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IRVING WALLACE

LOS SIETE ItIINUTOS Versión al español de ANTONIA MENINI PAGÉS

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LOS SIETE MINUTOS de Irving Wallace Título de la obra original en inglés: THE SEVEN MINUTES Versión al espa1íol de Antonia Menini Pagés, de la primera edición inglesa de Simon and Schulter, New York, 1969, U.S.A. Copyright ® 1969 by Irving Wallace. D. R. ®, 1970 sobre la versión espa1íola por Editorial Grijalbo, S. A., avenida Granjas, 82, México 16, D. F. Publicado mediante convenio con Paul R. Reynols, Inc., New York.

Restwvados todos los dtw(Jchos. Este libro no puede stw reproducido, en todo o en parte, en forma alguna, sin permiso.

HECHO EN MÉXICO

PRINTED IN MEXICO


A Fanny, Constance y Molly, que la hicieron posible, y

a Sylvia, David y Amy, que le dieron el visto bueno


La señora Digby me contó que cuando vivía en Londres con su hermana, la señora Brooke, solían verse honradas de vez en cuando con las visitas del doctor Johnson. Este las visitó un día después de la publicación de su inmortal diccionario. Ambas damas lo felicitaron a este respecto. Entre otros tópicos de alabanza, elogiaron en gran manera la omisión de todas las palabras feas. "¿Cómo, queridas mías? ¡Entonces significa que las han buscado ustedes!" -dijo el moralista. H. D. Be;:;t, "Recuerdos Personales y Literarios" (Londres, 1829)


1 A las once en punto de la mañana, el sol ya había salido y las mujeres de Oakwood, en su mayoría amas de casa en atuendo veraniego y en su mayoría al volante de sus propios coches, convergían todas en el sector comercial para efectuar sus compras. Ante la repentina densidad del tráfico, el verde coupé Ford de dos puertas con una fea abolladura en el guardabarros frontal, se vio obligado finalmente a aminorar la marcha. Hundido en el asiento contiguo al del conductor, Otto Kellog manifestó su desagrado y después se incorporó impacientemente. Le molestaban las demoras en momentos como éste, cuando debe hacer algo y la ansiedad lo domina por algo que tiene que hacer pronto. Deseaba terminar cuanto antes. Se produjo un estridente chirrido cuando Iverson, que conducía el coche, accionó los frenos murmurando: -Al diablo las mujeres que conducen. -Si -dijo Kellog-. Esperemos que se muevan. En la parte posterior, el tercer ocupante del vehículo, Eubank, más viejo, más tolerante y menos expuesto al mundo exterior que sus acompañantes, parecía gozar de la situación. Se había incorporado en su asiento para mirar por encima del hombro de Iverson a través del parabrisas. -Conque esto es Oakwood -dijo-. Bonito. No sé cuantas veces habré estado fuera, pero creo que nunca he prestado demasiada atención a nada. -No es tan distinto -dijo Iverson, dejando de presionar el freno con el pie--. Sigue siendo el Condado de Los Angeles. -Bueno, pero me parece más floreciente y sosegado -dijo Eubank. -Tal vez no dure mucho -dijo Iverson-. Hoy vamos a sacudirlos un poco. 9


Miró hacia Kellog y son(lo: -¿Qué dices, Otto? ¿Preparado para actuar? -Sí -<lijo Kellog-. Siempre y cuando podamos llegar. Miró bizqueando a través de sus gafas de sol: -la Calle Tres está al doblar la próxima esquina. Dobla en la próxima esquina a la derecha. -Ya lo sé -<lijo Iverson. El tráfico se movió, volvió a hacerse más fluído y el coupé verde avanzó al mismo ritmo a lo largo del Center Boulevard, girando después bruscamente en dirección a la Calle Tres. Tanto el tráfico rodado como el de peatones era menos denso en aquella calle lateral. El hombre del volante suspiró aliviado. -Allí está, a medie cuadra de la manzana -<lijo-. Se ve el rótulo justo después de la Joyería Acme. ¿Lo ves? Fremont, Emporio del libro. ¿Qué les parece el nombre? Emporio. -Parece que hay mucho sitio para estacionar -<lijo Eubank-. Temía que no hubiera ningún lugar en las cercanías. - Siempre se encuentra sitio una vez se sale del Center Boulevard -<lijo Iverson. Giró el volante del coche en dirección al bordillo de lo acera y se detuvo con pericia ante la joyería. Al ir a apagar el motor, observó a una joven rubia que vestía un ajustado jersey y unos pantalones cortos y que se disponía a cruzar la cal!e. Iverson emitió un prolongado silvido: -Miren qué pecho-o Observó a la rubia mientras ésta se dirigía apresuradamente al otro lado de la calle-. No está mal tode ella, pero yo soy estrictamente un hombre de pecho. Me gustan grandes y fuertes. Buscó lo aprobación de su compañero de asiento: -¿Qué dices tú, Otto? En aquel momento, o Kellog no le interesaban las preocupaciones de su amigo por las muieres. Tenía una mente de una sola pista y la pista ya estaba ocupada. Su mano derecha rebuscaba en el interior de su chaqueta sport a cuadros, por debajo de su sobaco izquierdo. Al final, levantó la mirada con el rostro serio y tenso. -¿Estoy bien? -le preguntó a Iverson mientras cerraba el botón central de la chaqueta y se arreglaba el cuello abierto de su camisa sport. -¿Se nota? -No se nota nada -<lijo Iverson-: Tienes el aspecto de un aficionado al tenis corriente. No, estoy bromeando. Estás muy bien, Olto -como un vendedor de seguros o un contable que se haya tomado una mañana libre para hacerle las compras a su mujer. -Así lo espero.

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-No te preocupes. -¿Qué hora es? -Son las once -las once y catorce minutos. -Es mejor que empiece a marcharme-o Giró sobre su asien· to-o ¿Estás preparado ahí detrás, Tony? Eubank dio unas palmadas a la tapa abierta de una maleta situada en el asiento posterior-o Todos los sistemas están en posición de funcionamiento. Kellog volvió a dirigirse al conductor: -¿Tú te quedarás aquí? -No me moveré un palmo hasta que me necesiten. -De acuerdo -dijo Kellog-. No tardaré más de diez minutos. Abrió la portezuela de su lado, salió del coche con dificultad, luego la cerró y permaneció unos momentos parado en la acera, arreglándose la chaqueta. Después, despreocupadamente caminó por delante de la joyería, se acercó a la librería, pasó frente a su puerta y se detuvo ante el escaparate principal. En el ángulo inferior derecho del escaparate, podía observarse pintada una representación de Pega550 y, debajo, con carácteres spencerianos, "Emporio del Libro de Ben Fremont, Fundado en 1947". Al otro lado del escaparate principal, a la altura de los ojos y pegado con cinta adhesiva por el centro estaba un anuncio de periódico de una nueva novela, a toda plana. Kellog se inclinó hacia el anuncio. Estudió los descarados titulares:

¡DENTRO DE UNA SEMANA A PARTIR DE MAf'JANA GRAN ACONTECIMIENTO EDITORIALI Los ojos de Kellog corrieron rápidamente por el resto del anuncio. Después de 35 Años de Supresión, la Novela Más Injuriada y Más Alabada de la Historia -escrita por un Americano

Expatriado- Será Finalmente Accesible al Público. Usted debe leer "El libro más amplia y completamente prohibido de todos los tiempos".

Osservatore Romano, Roma Usted debe leer "La obra pornográfica más obscena escrito desde que

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Gutenberg inventó la imprenta", Brillante como una revelación privada, pero imperdonable como una confesión público", Le Figaro, París,

Usted debe leer "Una de las obras de arte mas honrada, sensible y notable entre las creadas por la moderna literatura occidental", Sir Esmond Ingram, Times de Londres CON JUSTIFICADO ORGULLO, LA EDITORIAL SANFORD HOUSE OFRECE A AMERICA y AL MUNDO LA VERSION ORIGINAL NO EXPURGADA DEL SUBREPTICIO CLASICO MODERNO

LOS SIETE MINUTOS DE J J JADWAY Kellog pudo observar que había más, pero no se tomó la molestia de leerlo. Lo había leído todo en el periódico del último domingo. Rápidamente, la mirada de Kellog estudió el contenido del escaparate. El escaparate contenía muchos libros, tres elevadas pirámides de libros, pero todos los volúmenes correspondían a un mismo libro, con el mismo título. Cada ejemplar estaba dotado de una sobrecubierta blanca y, en la portada, se representaba delicadamente el débil perfil de una muchacha desnuda tendida de espaldas, con las piernas dobladas, levantadas y separadas. Impreso más arriba en escritura corrida artísticamente imitada, en color rojo, podía leerse el título Los Siete Minutos y debajo del mismo, "por J J Jadway", J sin punto, J sin punto, Jadway,

Sí. Kellog deslizó su mano derecha por el interior de su chaqueta sport, buscó debajo de su axila, tocó el frío metal y, entonces, ya estuvo preparado. Penetró rápidamente en la tienda. Era una tienda brillante, alegre y desordenada. Hacia el centro del local, estaban unas mesas rectagulares, con altas pilas de recientes publicaciones. De pie, junto 12


a la mesa más prOXlma, repleta de ejemplares de Los Siete Minutos, Kellog escudriñó el interior. En la parte de atrás había dos personas --clientes en apariencia-, uno era un hombre anciano removiendo en las estanterías bajo el letrero de LIBROS EN RUSTICA, otra una mujer de baja estatura, probablemente la madre de alguien, curioseando bajo el letrero de LITERATURA JUVENIL A corta distancia de aquellos clientes, una señora gorda vistiendo bata corta, sacaba libros de una caja de cartón y los colocaba sobre una mesa. Entonces Kellog observó la presencia de otra persona en el local. A su izquierda, a unos cinco metros de distancia, unos estantes que sobresalían de la pared formaban como una especie de alcoba. Por la parte exterior, se encontraba cerrada por un mostrador sobre el que descansaba una caja registradora y otra columna de ejemplares de Los Siete Minutos, y, sentado sobre un taburete detrás del mostrador, se encontraba hojeando unas facturas un hombre ligeramente corpulento, de unos cuarenta años quizás. Compensando el escaso cabello de la parte superior de su cabeza, mostraba unas espesas patillas morenas. Llevaba también unas gafas de gruesos cristales con montura de metal, que distorsionaban sus ojos. Poseía nariz aguileña, mandíbulas retraídas y tez color rosa pálido. Su jersey marrón estaba mal abrochado por la parte de abajo. Kellog nunca había visto a aquel hombre, pero Iverson sí, e incluso lo había descrito. Kellog contuvo la respiración, se dirigió torpemente hacia la caja registradora y exhaló un suspiro. -Oiga -dijo el vendedor de seguros, que se había tomado una mañana libre para hacerle las compras a su mujer. El sujeto calvo y miope levantó la mirada, esbozó inmediatamen·· te una sonrisa especial para clientes y dijo cortésmente: -Buenos días, señor. -Apartó el taburete y dejó las facturas-o ¿Puedo ayudarle en algo esta mañana o prefiere usted curiosear un poco por aquí? -¿Está el señor Fremont -Ben Fremont? -Yo soy Ben Fremont. -Oh, encantado de conocerle. Estoy intentando recordar si he estado aquí alguna otra vez. Es muy agradable. Debería dedicarle más tiempo a los libros pero eSTOy demasiado ocupado, me paso la mitad del tiempo por la carretera. Mi mujer es la lectora de la familia; Es una de sus clientes. Quiero decir, que suele venir aquí de vez en cuando. -Estupendo -dijo Ben Fremont--. Estoy seguro de que recuerdo su nombre. -No creo. Ella suele venir de vez en cuando. Sí. No permitiré que no tenga nada quehacer. Ya conoce usted a las mujeres. 13


--'-Claro, claro. -De todos modos, estoy aquí en calidad de representante. Parece ser que tuvo un ataque de cálculos renales. Ya ha pasado y ahora se encuentra bien, pero todavla está en el Hospital Saint John y quiere algo para leer. La televisión puede llegar a aburrirle a uno mucho. -Se leen más libros que nunca, gracias a la televisión --asintió Fremont seriamente-. No hay nada como la experiencia de un buen libro, tal como evidentemente lo sabe su esposo. -Un buen libro -repitió Kellog-. Sí. Esto es lo que quiero para ella .. -Bien, ahora tenemos libros para todos los gustos. Si pudiera darme usted alguna indicación ... Kellog se acercó más al propietario' de la tienda. -La chica lee de todo. Incluso historia. Pero creo que lo que más le gusta son las novelas. De todos modos, estando en el hospital, creo que no debe ser nada muy profundo o triste. Tal vez algo rápido y de fácil lectura, algo que tenga un poco de garra. Y nuevo, tendría que ser una auténtica novedad, para no comprarle algo que a lo mejor ya le han prestado sus amigos. Anoche le pedí que me ayudara un poco -¿qué quería?- pero ella se limitó a decirme: -Otto, dame tú una sorpresa. Y si te encuentras en apuros, acércate aBen Fremont y pregúntale qué te sugiere. -y aquí estoy. -Bueno, estoy seguro de que podemos encontrar ... -Desde luego -le interrumpió Kellog, inclinándose sobre el mostrador y bajando la voz-, no creo que a ella le importe que el libro contenga un poco de realismo. Ya sabe, un poco de ... en fin ... ~h, claro, claro, ya comprendo. -No me interprete usted mal. A ella le interesan también los temas profundamente intelectuales, pero desde luego le gustó mucho aquel libro de Lady Chatterley. Le gustó extraordinariamente, no sé si me entiende. Y sin embargo, era un clásico pero, por lo menos, no resultaba aburrido. Bueno, pues ella está en el hospital y si usted tiene algo que sea la mitad de bueno que aquél y que acabe de publicarse ... -¿La mitad de bueno? -Fremont se animó--. En cuanto usted me describió a su esposa, supe lo que iba a sugerirlp.. Escuche, tengo un libro que es una absoluta novedad, una novedad extraordinaria, todavía no ha sido publicado oficialmente siquiera, y este libro es diez veces mejor que Chatterley o que cualquier otro clásico semejante, tal vez cien veces mejor. Yo se lo digo a todas las mujeres que entran en la tienda, y no es que yo lo elogie todo. Le apuesto a que dentro de un par de semanas, los ojos de todas las lectoras de Oakwood y de todo Los Angeles estarán pegados a este libro. 14


Fremont agarró un volumen de la columna situada junto a la caja registradora. , -Aquí está. ¿Ella está en el hospital? Muy bien, esto es justamente lo que el médico le ha recetado. Kellog hizo ademán de quitarse las gafas de sol. -¿Qué dice la cubierta? La yema del dedo de Fremant señaló el título de la portada. -Los Siete Minutos, de J J Jadway. Es algo que ninguna mujer podrá olvidar jamás. A su esposa le entusiasmará, le garantizo que le entusiasmará -y, sin embargo, es literatura. -Oh, es literatura. Bien. No estoy seguro, tal vez no es exactamente ... -Perdone. No es eso lo que yo quería decir. Me refiero a que no es nada de que uno tenga que avergonzarse de leer si uno es un lector, un lector sofisticado como su esposa. La mayoría de la gente, como no es sofisticada sino zoquetes o puritanos, puede sentirse escandalizada por el tema. Pero si usted sabe lo que es la vida, podrá apreciar la sinceridad de una novela como ésta. Por lo que a mi respecta, puede tomar todos los libros de Cleland, D. H. Lawrence, Frank Harris o Henry Miller y le aseguro que son como leer Blancanieves y los Siete Enanitos comparados con Jadway. No saben nada acerca del sexo, y nadie ha sabido nunca nada, hasta que apareció Jadway. El lo inventó. El lo inventó para Los Siete Minutos, sólo que el suyo es real, más real que todo lo que yo he leído. -¿Ha leído usted el libro? -Dos veces. La primera vez en París. La edición Étoile. Los franceses no autorizaron su publicación en francés y los Estados Unidos y Gran Bretaña no autorizaron su publicación en inglés, por lo que sólo existía aquella pequeña edición especial de París para turistas. Después leí esta primera edición comercial, la primera destinada al público en general. ¿No vio usted el gran anuncio del periódico del domingo? El libro más prohibido de todos los tiempos. -¿Pero por qué fue prohibido Los Siete Minutos? -qui50 saber Kellog-. ¿Acaso es obsceno? ¿Es por eso? Fremont frunció el ceño. -Este libro fue prohibido porque... sí, supongo que fue prohibido en todos los países del mundo porque se consideró obsceno. Hasta que un gran editor de Nueva York tuvo finalmente la valentia de decir que tal vez el mundo había crecido un poco, por lo menos algunas personas, y que tal vez ya era hora de sacarlo a la luz ... porque, a pesar de lo que se haya dicho del libro, que es obsceno o lo que sea, no deja de ser una obra maestra. -¿Cómo es posible que un libro sea obsceno y al mismo tiempo una obra maestra?

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-Este lo es. Es ambas cosas. -¿Cree usted que el libro es obsceno, señor Fremont? -¿Quién soy yo para decirlo? Se trata simplemente de una palabra. Hay una palabra de cuatro letras que algunas personas consideran sucia y otras consideran hermosa. Esta es la cuestión. Algunas personas, la mayoría de las personas, dirán que es sucio, pero habrá mucha gente que dirá que vale la pena. -Se refiere usted a los lectores sofisticados. -Eso es. A ellos no les importa la obscenidad si, al final, disfrutan de una buena lectura que les proporciona un nuevo discernimiento y una nueva comprensión de la naturaleza humana; eso es, de la naturaleza humana. -¿ y este libro se lo proporciona? -Desde luego que sí. -¿A pesar de las prohibiciones? ¿Qué hay en el libro? Quiero decir de qué trata. -Es sencillo, muy sencillo, como todo el verdadero arte --dijo Fremont-. Una muchacha, una mujer joven, está tendida en la cama y piensa en el amor. Esta es la esencia. -¿ Yeso es todo? -preguntó Kellog-. Casi había conseguido usted interesarme, pero si me lo pone usted así... parece bastante aburrido. -¿Aburrido? Espere un momento, escuche. He dicho que estaba tendida en la cama, desde luego, pero, mientras está tendida, la están poseyendo sexual mente, poseyendo de verdad. Y mientras, ella va pensando, recuerda cosas, y Jadway nos muestra la repercusión en su mente de lo que le está pasando abajo y lo que piensa ella de otros hombres que ha tenido o que hubiera deseado tener. la manera en que lo hace le enloquece a uno. Kellog sonrió. -Esto ya está mejor. Ya es algo de lo que esperaba. ¿Y cree usted que una cosa así va a gustarle a mi mujer? Fremont volvió a sonreir. -le aseguro que se olvidará de las piedras del riñón. -¿Cuánto vale? -Seis dólares noventa y cinco centavos. -Es mucho dinero para un libro tan pequeño. -La dinamita se entrega en pequeños paquetes --dijo Fremont-. Esto es dinamita, se lo garantizo. El libro no se pondrá oficialmente a la venta hasta la próxima semana. Recibimos pronto los envíos por barco aquí en la Costa, y tuvimos que desembalar y sacar inmediatamente los ejemplares como consecuencia de la gran demanda que se había producido a raíz del anuncio previo. Jadway ya se ha convertido en nuestro mayor best-seller. 16


-Envuélvalo. Ha conseguido usted vendérmelo. -Kellog sacó la cartera-o Aquí tiene usted un billete de diez. ¿Puede cambiarme? -Desde luego que sí. Kellog esperó mientras Ben Fremont marcaba el valor de la venta en la caja registradora, sacaba el cambio y colocaba la factura y el ejemplar de Los Siete Minutos en el interior de una bolsa de papel a rayas. -Siento haber sido un cliente tan difícil -dijo Kellog excusándose. Fremont sonrió y le entregó la bolsa a rayas a través del mostrador. -Me gustan los clientes difíciles. No me importa que desafíen. Ello me estimula. Y no se preocupe por el libro. Acelerará la recuperación de su esposa, puede creerme. Buenos días. En cuanto salió de nuevo a la luz del sol, Kellog deslizó su mano por el interior de su chaqueta sport y oprimió el interruptor de la caja que llevaba bajo la axila. Apresuradamente, se dirigió hacia el Ford coupé y, al hacerlo, levantó la bolsa de papel a rayas por encima de su cabeza. Inmediatamente, Ike Iverson descendió del coche portando una bolsa similar y le alcanzó frente a la joyería. Al encontrarse, Kellog preguntó: -¿Qué tal le fue a Eubank en el asiento trasero? -Se recibió todo muy alto y muy claro -dijo Iverson-. Oye, has estado dentro un buen rato. -Estas conversaciones literarias son un poco laboriosas -dijo Kellog, guiñando el ojo. Sacudió su compra-o Pero está en la bolsa. Duncan estará contento. Bueno, es mejor que empecemos a comparar. Kellog extrajo un ejemplar de Los Siete Minutos de la bolsa a rayas. Abrió el libro, buscó la hoja frontal en blanco, sacó la pluma y escribió cuidadosamente sus iniciales y la fecha. Al terminar, Iverson estaba a su lado, con ofro ejemplar de Los Siete Minutos. -¿Preparado? Vamos a compararlos -dijo Iverson-. La misma cubierta y el mismo título. ¿De acuerdo? -De acuerdo. -El mismo editor, la misma fecha de publicación y los mismos derechos de propiedad literaria. ¿De acuerdo? -De acuerdo. -El mismo número de páginas impresas. ¿De acuerdo? Exactamente el mismo. -Vamos a comparar ahora los pasajes marcados de mi libro con las mismas páginas del libro que acabas de comprar. -Muy bien -dijo Kellog. Rápidamente, ambos hombres compararon media docena de páginas. Los Siete Minutos.-2

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-lo mismo -concluyó Iverson-. Bien, Otto, los libros son idénticos. ¿Estás de acuerdo? -Sí. -Creo que es mejor que le hagamos otra visita al señor Fremont. -Sí -dijo Kellog, introduciendo de nuevo el libro en la bolsa. -Otto, no te olvides de tu equipo Fargo. Kellog introdujo la mano bajo su chaqueta de sport y encontró el interruptor del micrófono de su unidad transmisora portátil Fargo F-600. Apretó la palanca. -Ya está en marcha. Caminando a grandes zancadas, ambos regresaron al Emporio del libro de Fremont, y penetraron en el mismo. Una vez en el interior, Kellog observó que Ben Fremont se encontraba todavía detrás del mostrador, junto a la caja registradora, ocupado en verter un Coke en un gran vaso de papel. Kellog se encaminó hacia él, seguido de Iverson. Fremont acababa de llevarse la suave bebida a los labios cuando reconoció a Kellog. -Hola, aquí otra vez ... -Señor Fremont -dijo Kellog- usted es Ben Fremont, propietario del Emporio del libro Fremont ¿verdad? -¿Qué quiere decir? Claro que lo soy. Ya lo sabe. -Señor Fremont, será necesario que nos presentemos oficialmente. Yo soy el sargento Kellog, del Subdepartamento del Despacho del Sheriff del Condado de Los Angeles. -Le mostró la placa y la volvió a guardar en su bolsillo-. Mi compañero es el oficial Iverson, también del Subdepartamento del Sheriff. El librero pareció perplejo. -No ... no lo entiendo -dijo posando el vaso con fuerza y derramando el contenido del mismo- ¿Qué pasa ... ? -Ben Fremont -dijo Kellog-. Queda usted detenido por infracción del artículo 311.2 del Código Penal de California. El Código establece que toda persona que deliberadamente ofrezca distribuir cualquier clase de materia obscena, es culpable de un delito de menor cuantía. Bajo el artículo 311 a, "obscenidad" significa que, para una persona corriente, aplicando una medida común contemporánea, el atractivo predominante de la obra en cuestión, considerada en su conjunto, se debe a su interés lascivo. Ello significa que la obra rebasa los límites habituales de candor en sus descripciones, careciendo totalmente del atenuante de importancia social. El Fiscal del Distrito cree que el libro Los Siete Minutos de J J Jadway, sería considerado obsceno en los tribunales; por consiguiente, queda usted detenido por vender este libro. Ben Fremont, con la boca abierta, con el rostro ceniciento, agarró 18


el borde del mostrador, tratando de hallar una respuesta adecuada. -Esperen un momento, esperen, no pueden ustedes detenerme. Soy simplemente un sujeto que vende libros. Hay miles igual. No pueden. Señor Fremont -dijo Kellog- queda usted detenido, absolutamente. Ahora, por su propio bien, no nos ponga dificultades. Queremos todas las facturas de la Sanford House correspondientes a los ejemplares de este libro adquiridos. Tenemos que confiscar todos los ejemplares de Los Siete Minutos que existan en este local y mantenerlos bajo custodia. También es necesario que quitemos aquel anunCIO del escaparate y todos los materiales de propaganda de! libro. -¿Y yo qué? -Creía que recordaba usted el procedimiento. No importa. Tenemos fuera un vehículo de la policía. Tendremos que acompañarle al despacho del Sheriff en la calle West Temple, para el registro. -¿Al despacho del Sheriff? .. Pero ¿por qué ... , por qué? ¡maldita sea! ¡Yo no soy un criminal! De repente, Kellog se impacientó. -Por vender una obra obscena. ¿Acaso no me lo dijo usted hace diez o quince minutos ... ? Iverson se acercó apresuradamente, colocando una mano moderadora sobre el hombro de Kellog. -Un minuto, Otto. Permíteme que le informe al caballero de sus derechos. -Se dirigió al librero-. Señor Fremont, todo lo que ha dicho usted antes de su detención y todo lo que está diciendo ahora está siendo registrado por un transmisor sin hilos portado por la persona del sargento Kellog y conectado con un magnetofón situado en el interior del vehículo de la policía de aquí afuera. No era necesario advertirle a usted de sus derechos antes de ser detenido. Ahora que ya está usted bajo arresto, es mi deber advertirle, que no es necesario que conteste a las preguntas, que tiene usted el derecho de guardar silencio, que tiene usted derecho a la presencia de un abogado. Ahora ya está usted completamente informado. Si usted quiere hacer preguntas o contestar preguntas, es cosa suya. -¡No vaya decir ni una sola palabra más a ninguno de ustedes dos, maldita sea! -gritó Fremont-. ¡No diré nada hasta que tenga un abogado! -Puede usted hacer una llamada -dijo Kellog, muy tranquilo-. Puede llamar a su abogado y encontrarse con él en el 'cuar;el general del Sheriff. Instantáneamente, la cólera de Fremont se desvaneció, cediendo el lugar al temor. -Yo ... yo no tengo abogado. Quiero decir, que ni siquiera conozco a ninguno. Tengo simplemente un contable. Yo no soy más que un ... 19

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