Imaginemos una escuela sin paredes, un prado, una extensión sin límites. Una escuela sin profesores, sin alumnos, un puro encuentro entre personas curiosas que se comparten unas a otras todo lo que saben, lo que han visto, lo que sueñan y lo que desean. Un espacio extenso para construir infinitamente, una y otra vez, el mundo con palabras. Un porvenir que habita en las premoniciones de las personas que están allí reunidas.