Toque final Toque final
El brindis Fernando-Alonso Ramírez En Twitter: @fernalonso
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Marzo, 2012
del casi abstemio
En torno de una mesa de la casa una noche de verano regocijadamente departían cuatro amigos... con sus esposas e hijos. ebo confesar que tuve una época de tomador, era un tiempo agradable, sabroso, en el que siempre había una excusa para poder beber. Nunca nos faltaba motivo. Desde mi adolescencia, empecé a tomar a los 17, realmente mayor para la época en que se inicia en los placeres de Baco en nuestros pueblos, y hasta la universidad, la de Bogotá y la de Manizales, cuando ya me encontraba trabajando en La Patria. Un día, cuando borré película, me asusté, asusté a muchos a mi alrededor y me prometí no volver a tomar. De eso ya hace como tres lustros, pero hay amigos que no lo aceptan. He sido víctima repetida de la amenaza constante del "Se lo toma o se lo echo". No me importa, porque después de derramar el primer aguardiente en todo mi cuerpo, entienden que les salgo más caro bañándome en licor, que gastándome gaseosa o agua, y trato de seguir siendo igual de divertido, con trago o sin él, eso sí que haya buena música y, de pronto, hasta karaoke. No voy a hacer aquí como esos conversos que ven maldad en todo lo que ellos hacían y disfrutaban antes. Tomarse unos tragos con los amigos era una delicia, es la verdad. Era tanta la emoción de compartir que se cantaba uno hasta a Darío Gómez o brindaba aunque ellas mal pagaran. Efectos del trago, porque desde que no bebo, tampoco soy capaz de escuchar la llamada música popular, me revienta los oídos. A veces me tomo una cerveza, rebajada con Colombiana, por supuesto, y me prendo. Es más hasta guayabo me da. Suele suceder que en diciembre amigos, familiares
y a uno que otro desconocido les da por enviarme de regalo de Navidad trago, largo, la mayoría de las veces, o unas buenas cervezas de edición limitada. Para poder darle mate a todo eso debo hacer un convite con mis amigos. Es así como nos citamos un sábado en días pasados en mi apartamento y temprano, para que nos rindiera. Empezamos a las 4:00 de la tarde, pues a eso de las 8:00 muy seguramente ya estemos bostezando. Las mujeres, muy animadas, destaparon una de vino y a duras penas se tomaron media. Nosotros empezamos con las cervezas. Hubo, uno muy guapo que se tomó tres, la mayoría dos, y yo no alcancé ni a una. Lo cierto es que igual nos reímos como enanos, nos burlamos de nuestra incapacidad para beber como en los viejos tiempos, o como lo hacían otras generaciones que nos antecedieron y no nos quedó otra que aplazar la tarea para próximas reuniones. Creo que no bastará con un encuentro mensual para poder darle toque final a esta tarea. Por ejemplo, un día nos dio por irnos de rumba. Llegamos a un conocido sitio de la ciudad donde un grupo de música en vivo toca delicioso. Cuando vieron llegar a semejante patota, nos dieron la mesa principal, al lado de la pista y al frente del grupo. Llegó el mesero animado a tomar el pedido. Todos nos miramos: pedimos media de ron, por física pena. Sobró la mitad como era previsible. El consumo en gaseosas y agua fue alto. Cerramos el negocio y al final, no entendíamos por qué nos miraban un poco molestos, pero claro, seguramente cualquier mesa de dos consumió más que nosotros y no les dieron preferencial. Por eso, parafraseando el viejo poema popular, brindo por ser abstemio, en una región de bebedores. Siempre es bueno hacer parte de los raros