Issuu on Google+

L

a medicina legal nos permite acercarnos desde un punto de vista científico a algunos elementos que integran el mito del vampirismo. Durante el complejo proceso de putrefacción de los cadáveres se produce una fermentación bacteriana, durante la cual se producen una serie de sustancias, entre las que destacan metano, amoníaco y dióxido de carbono. Estos gases originan una fase conocida como enfisematosa, en la cual pueden quedar atrapados y producir una distensión abdominal. Estos gases pueden hacer aflorar restos de los tejidos en descomposición de las vísceras abdominales por la nariz y por la boca del finado. En el supuesto de que en esa fase el tórax fuese atravesado con un objeto punzante –por ejemplo una estaca afilada– los gases podrían ser liberados y producir un sonido silbante, que bien podría confundirse con un quejido. El proceso de putrefacción puede ser enlentecido en determinadas situaciones: cuando la temperatura a la que se realiza la inhumación es inferior a 10ºC, cuando el cadáver se encuentra en un estado de deshidratación o cuando la sepultura se realiza con un proceso de sellado excepcional. Por otra parte, se ha observado que cuando el entierro se realiza en tierra rica en arcilla la temperatura del féretro puede mantenerse en cifras próximas a 0ºC, lo cual dificulta el proceso de corrupción. Además, se ha constatado que en los pacientes fallecidos por asfixia se produce un incremento de una sustancia, denominada fibrolisina, la cual incrementa la fluidez de la sangre y ralentiza el proceso de coagulación. Por este motivo, en los pa-

cientes fallecidos por asfixia puede constatarse la existencia de mayor fluidez sanguínea. Hay que tener presente que el momento álgido del mito del vampirismo coincide históricamente con las epidemias de peste que asolaron Europa. Durante dichas epidemias los enterramientos tuvieron una serie de características peculiares: fueron muy frecuentes los enterramientos en fosas comunes y los fallecidos eran enterrados con enorme celeridad para evitar que la enfermedad se propagase. Es bastante probable que buscando la celeridad para evitar el contagio, algunas personas fueran enterradas antes de que hubiesen fallecido, mientras estaban todavía agonizando. Su entierro prematuro, en algunos casos, no siempre se debió de acompañar del fallecimiento del enfermo, por lo que pudo haber situaciones dantescas, en las que la persona acabase escapando a su destino y saliese de la tumba. Algún viandante pudo observar la escena e iniciar la leyenda de los muertos que salen de las tumbas. Tampoco es descabellado pensar que durante la agonía alguno de los enfermos hubiese arañado el ataúd y las marcas hubiesen sido constatadas tiempo después. Desde un punto de vista psiquiátrico, existe un grupo especial de psicópatas que tienen un fetichismo patológico por la sangre humana (hematodipsia), hasta el punto de llegar a asesinar a personas de su entorno para degustar la sangre. Esta fue la línea argumental del abogado de Peter Kurten, famoso asesino en serie del siglo XX apodado el vampiro de Dusseldorf. Tras ser detenido fue condenado en 1931 a la guillotina. El reo trató de defenderse afirmando que estaba enfermo y que su pa-

sión desenfrenada por la sangre era la misma que la de los alcohólicos por la bebida. En 1972 el profesor Lawrence Kayton de la Universidad de Chicago estableció por vez primera una relación entre vampirismo y esquizofrenia –ver recuadro–. Sin embargo, esta teoría tiene sus limitaciones, ya que la esquizofrenia es una enfermedad infrecuente –aproximadamente 1% de la población sufre este trastorno–, no tiene carácter epidémico y no resulta mortal a corto plazo, elementos característicos del vampirismo. En 1964 el doctor Illis publicó su teoría sobre la posibilidad de que los vampiros pudiesen haber sido enfermos afectos de porfiria. Dicha dolencia tiene un carácter genético y/o hereditario, y se caracteriza por la existencia de una alteración a nivel del grupo HEM de la hemoglobina, lo cual hace que sufran de anemia de forma crónica. Conviene explicar que existen varios tipos de porfirina, con unos rasgos clínicos y analíticos concretos. En general, los pacientes presentan una notable fotosensibilidad a la radiación ultravioleta, que les produce marcadas lesiones en la piel, con la aparición de deformidades y numerosas cicatrices, las cuales suelen localizarse con mayor frecuencia en la nariz y en los pabellones auriculares. Además, suelen tener retracción labial, por lo que los dientes incisivos pueden simular un crecimiento anormal; esta retracción labial favorece la erosión de las encías y una mayor propensión al sangrado. Todas estas alteraciones propician que estos pacientes permanezcan encerrados en sus casas durante el día, para evitar la luz solar, y que deambulen tras la caída del sol.


Pedro Gargantilla es licenciado en Medicina y Cirugía por la UCM y profesor del Departamento de Especialidades Médicas de la UEM. El organismo se defiende frente a los estímulos físicos incrementando la pilosidad en lugares poco usuales, como son las manos, las mejillas y la nariz, configurando un aspecto poco agradable. Por si esto no fuera suficiente, ciertas sustancias, como por ejemplo el diakilsulfito, pueden alquilar un átomo de hidrógeno y destruir el grupo HEM, agravando la enfermedad. No deja de ser curioso que el diakilsulfito sea uno de los principales constituyentes del ajo, por lo que una ingesta elevada del mismo podría agravar la enfermedad. Mito y ciencia se entrecruzan una vez más. Entonces, ¿se puede afirmar que los vampiros eran realmente enfermos afectos de porfiria? Desgraciadamente la explicación no es tan sencilla, puesto que esta enfermedad es extremadamente infrecuente, no se manifiesta en brotes epidémicos, no se acompaña de agresividad ni de un fallecimiento precoz, aspectos que configuran parte del mito. En 1995 el doctor Gómez-Alonso publicó su tesis doctoral en la que arrojaba un nuevo foco de luz al mito: la rabia. Se trata de una infección producida por un

virus y que causa más de 20.000 muertes anuales. El principal vector de esta enfermedad en Europa es la zorra colorada; en América el murciélago vampiro, los zorros y los mapaches; en Asia y Africa, los lobos y los chacales. Así pues, tenemos un primer nexo de unión, los animales en los que un vampiro puede convertirse son los vectores de esta enfermedad. La infección se adquiere por la mordedura de estos animales y hasta la fecha no existe documentación precisa sobre la transmisión hombre-hombre. El virus asciende hasta el sistema nervioso central, concretamente hasta la región que se encarga de los sentimientos, el sistema límbico. Este hecho explica por qué los enfermos con rabia experimenten un aumento de la agresiva, de la sexualidad y alteraciones del ritmo vigilia-sueño, triada que aparece recogida en el folclore del vampirismo.

Relaciones entre vampirismo y esquizofrenia  No es infrecuente que los pacientes esquizofrénicos presenten gran temor a verse reflejados en los espejos.  En la enfermedad puede existir una inversión del ciclo vigilia-sueño, por lo que estos pacientes podrían haber vagado de noche por calles y aldeas.  La incidencia de suicidio en los pacientes esquizofrénicos es elevada. Esto coincide con el hecho de que los suicidas pertenezcan al grupo de personas que tienen mayor riesgo de conversión en “vampiro”.  En el contexto de la esquizofrenia, la agresividad es bastante frecuente.  Los esquizofrénicos se comportan de forma extraña, lo cual hace que sean catalogados como “personas raras”.

Por otra parte, se sabe que durante el siglo XVIII hubo grandes epidemias de rabia en la Europa del Este, lo que implica una más que curiosa coincidencia témporo-espacial con el momento de mayor difusión de la leyenda. Además, los pacientes afectados por esta enfermedad fallecían en un plazo de tiempo muy corto, al igual que sucedía con las personas que eran atacas por un vampiro. Además los pacientes aquejados de rabia presentan una extremada sensibilidad a determinados estímulos olorosos, como por ejemplo al ajo, al agua –hidrofobia– o a verse reflejados en un espejo. Cualquiera de estos estímulos puede producir espasmos faciales que pueden desembocar en asfixia, la cual constituye la causa de muerte más frecuente en estos pacientes. Como ya se explicó anteriormente, la asfixia permite explicar algunas de las características relacionadas con el mito. Desgraciadamente esta teoría tiene elementos que no aparecen recogidos en el folclore del vampirismo, ya que en todos los casos la vía de transmisión es la mordedura y en prácticamente todos los pacientes aparecen características contracciones faciales, hechos que no aparecen en ninguno de los 500 casos recogidos por Calmet. ¿Y entonces…? Como se puede observar, ninguna de las teorías permite explicar el vampirismo en su totalidad. Lo más probable es que el mito se nutriese de elementos multifactoriales y que la combinación de determinadas características de algunas enfermedades –peste, porfiria, rabia y esquizofrenia– dieran origen a la leyenda como la conocemos actualmente.


Vampirismo a la luz de la medicina