Primer aniversario luctuoso del Dr. José Francisco Coello Ugalde. “Morir es estar en todas partes en secreto”. Jaime Sabines
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e honra poder recordar a un gran ser humano, al Dr. José Francisco Coello Ugalde a quien quiero brindar estas líneas hasta las constelaciones infinitas en las barreras del cielo, ¡Va por ti Maestro! Al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento parece haberse detenido el tiempo, como sucede con un lance en la arena. Su voz inconfundible dejó de escucharse entre nosotros, pero permanece viva en todo su legado, en cada página que escribió, en todas las remembranzas que rescató del olvido, en la narración de sus brillantes conferencias, siempre buscando la huella de los secretos del pretérito, que supo darles todo un significado devolviendo aliento al presente. Nadie como él para hablar de tauromaquia a la que dedicó toda su vida, y soñaba décadas antes con el acontecimiento de llegar a los 500 años de existencia y permanencia que se conmemoran este año 2026. Muchos taurófilos siempre volveremos la mirada a su vida, al fiel amigo, a la impecabilidad y ética de su persona, al incansable investigador y sobre todo, a seguir honrando su trabajo con gratitud y respeto, convencidos de quienes consagran su existencia al preservar la memoria cultural de este país, tal como él son todo un orgullo nacional, un referente en la búsqueda de cualquier arista que se vincule a la tauromaquia, su historia y cultura, además de la historia de la electricidad en este país, entre otros temas. San Juan del Río, Querétaro fue la ciudad en que nació José Francisco, un 27 de julio de 1962, se integró al infinito un 11 de agosto de 2025 en la Ciudad de México. Tuvo la fortuna de crecer en un hogar taurino, su padre lo llevó a los toros al igual que a sus hermanos, dejándoles esta herencia que fue fértil generacionalmente; así comenzó su asombro en aquel redondel que cambiaba de colores según las emociones de la tarde, desde entonces en su inquietud de niño le gustaba anotar al reverso en aquellos programas de mano y en los boletos todo lo que le parecía importante de una corrida. Aquellos escenarios fueron motivo en su imaginación para ir viajando poco a poco por todas las rutas del mundo del toreo, buscando al toro desde el Mediterráneo y por todos los puntos cardinales, siempre con la inquietud de preguntarlo todo al respecto. Ante la disciplina de casa, su padre le pidió con énfasis que cursara una carrera de ciencias exactas, por lo que se tituló como Ingeniero Mecánico Electricista en la Escuela superior de Cuautitlán, (UNAM-1988) Su Tesis fue: Puesta al servicio de la subestación de interconexión de la red de alta tensión de 230 KV. (kilo volts). Pero su verdadera vocación, se encontraba en las áreas humanísticas, por ello quiso emprender su maestría en historia, que aplicó no solo como ciencia que estudia el pasado, sino para comprender al ser humano en su amplia dimensión; de tal manera, obtiene su grado académico, con una tesis que tituló: “Cuando el curso de los toros en México fue
alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo, entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX. Hecho ocurrido en el gobierno de Benito Juárez”. Tuve la fortuna de acudir a su examen profesional de maestría, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el año 1994 de donde salió por la puerta grande, pero siendo siempre muy discreto, sin tanta algarabía, ser reservado era lo suyo. Ambas ciencias las exactas y humanísticas no se disociaron, aplicaba el rigor de ambas, logrando formar toda una estructura que fortaleció su metodología en materia de investigación. Paco, como le llamaremos siempre sus amigos cercanos, nunca fue epidérmico, ni mucho menos le gustaba el iceberg de las cosas, él iba a fondo, a la cepa, como la vid de los buenos vinos, lo mismo a la procedencia de los encastes de ganado bravo, le gustaba aplicar la palabra summa, “con doble m”, como todo un referente, que es una forma culta del latín para decir, “lo más alto”, lo “esencial”. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, decía Summa Teológica, como algo solemne para remitir a la tradición medieval, de la summae, como grandes compilaciones del saber. Él mismo Coello era tan culto y profundo como una misma summa, una biblioteca andante, un patrimonio de enseñanza para todo aquel que se acercara a su persona. Todos sus trabajos estaban escritos bajo el rigor del método científico, desarrollando cada proyecto de investigación a la vez, adaptando una capacidad de lenguaje vasto de acuerdo con el tema; un valiente estudioso que se aventuraba en los lugares más inimaginables, buscando tesoros ocultos. También era capaz de poner “un par de Pamplona” a través de sus escritos, toreaba como nadie por naturales, ya que era zurdo y con su pluma en sepia escribía con temple y mando en sus cuadernillos de pasta dura, mientras escuchaba el susurro de las voces del pasado en sus oídos. Su naturaleza interpretativa fue vinculada a las humanidades, incluso sustentado en los diversos géneros literarios en medio de cantidad de citas y referencias de otros autores, o de toreros con agudeza verbal que siempre traía a cuenta, como la siguiente del diestro Rafael Guerra Bejarano, “El Guerra”. Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. Y otra que es un clásico: “Unos firman las corridas y otros las torean”. Entre otras más y axiomas fundamentales de la filosofía: “El pasado nos constituye”. Sus terrenos de abordaje fueron multidisciplinarios, le interesaban los enigmáticos diestros de coleta natural, con trajes de oro y plata, castoreños o tricornios, siempre en la búsqueda entre los que ya habían partido a otros planos, y por la crueldad del tiempo sus ajuares eran de oro viejo y les faltaba un alamar, de ahí que Coello interesado por los diestros de luces, “sin luces”, los volvía a la vida, hechos un resplandor de leyenda, como el alma de Gaona en varios lugares en los que anduvo y plazas de toros antiguas, hasta en los terrenos de lo que fue el antiguo Toreo en la colonia Condesa en la Ciudad de México. Coello hacía lo propio en esas faenas de búsquedas incansables por todo vestigio que mostrase de los toreros más importantes de la historia de México, no se le fue uno, ni una, porque también siempre fue incluyente con las mujeres toreras y todas aquellas que aportaron riqueza a la tauromaquia y su amplio abordaje, como poetas, artistas de toda índole, ganaderas, historiadoras, escritoras y más profesionales.
Todo un erudito Paco llevaba la espuerta del conocimiento a cuestas, además de seguir aprendiendo como el experto investigador que era, aferrado a encontrar reliquias entre bazares de anticuario, librerías de viejo y todo tipo de objetos que incluso él mismo restauraba y creaba obras de arte. Entre sus aficiones destacaba por ser un gran melómano, escuchaba polifonía antigua y era amante del flamenco. Le gustaba al mismo tiempo fugarse en un verso de Rubén Bonifaz Nuño y hasta en las páginas de libros para niños de esos que les llaman “popof”, tridimensionales e interactivos, unas joyas de la ingeniería en papel que logran enlazar la lectura de forma lúdica al ser tácticos, dando rienda suelta al niño que ocultaba en su profunda solemnidad y seriedad. Fue un incansable buscador de cornamentas astifinas indagando las trashumancias y los misterios que había en ese entrecruzamiento de rutas que marcaron los antiguos Uros, su evolución y proceso de vida como toros bravos. El Valle de Atenco acaparó también su atención, al ser un sitio receptor del ganado bravo que introdujo siglos atrás Hernán Cortés y Manuel Altamirano, un largo proceso histórico que le llevó años de investigación. Nadie como él para también “echarse el capote a la espalda” y darle reconstrucción al pretérito táurico y los enigmáticos personajes que han vivido alrededor de este binomio indisoluble del toro y el ser humano en el que depositó todo su profesionalismo, como un torero íntegro que expone la femoral en un palmo de terreno lleno de autenticidad y veracidad, cual verdad es la lidia. Ingeniero, historiador y doctor en bibliotecología, fue el mejor investigador en materia taurómaca; siempre debemos reconocer y valorar el legado histórico y científico social que nos deja José Francisco Coello a través de su trabajo de faenas colosales a las que dedicó sus desvelos y suspiros. Elementos que lo llevaron a ser un Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la UNAM, cuya tesis fue: Los Impresos y Documentos Taurinos en México, siglos XVI al XXI: El caso de dos bibliotecas taurinas en Madrid y en Morelia. Sus obras recopilan poesía, cine, documentales, coautor y autor de 20 libros editados en papel y 50 digitalizados, rescatista de la filmoteca de la UNAM, de los que hizo 4 discos DVD con faenas memorables, uno de sus libros ícono es, La Novísima Grandeza de la Tauromaquia Mexicana. 1999. Bernardo Gaviño y Rueda, español que hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. A su vez también se destacó por ser gran conferencista de coloquios internacionales, ensayista, asesor de tesis, curioso y afanado por el pretérito, por ello viajaba hecho un alma vieja por la vida y hasta en una nota del pasodoble “La Virgen de la Macarena”, la misma imagen que mandaba enmarcar en oros barrocos. Su voz era un eco del pasado, contando narrativas épicas del siglo XIX, ya que se impregnó de esa época de la cual platicaba como si la hubiese vivido, siempre frente a un café, “recién hecho” y tan cargado, que su pinta era en color negro zaino y con sutil espuma en la superficie de la taza, con ese conjunto aromático, como lo es igual en el toreo, con una nota de salida, nota del corazón y nota de fondo. Paco apreciaba el campo del Valle de Atenco y el frescor de la hierba, el tabaco de un cigarro mientras narraba lo vivido, y en el fondo se escuchaba el cante de Juan Peña, “El Lebrijano”, en un tema llamado, “Dame la libertad”.
Su casa era un museo colmado de libros, cruces bizantinas, cofres de tesoros llenos de sorpresas, discos de acetato que sonaban en una tornamesa de aquellas de brazo, aguja y bocinas grandes; junto a su vera estaba su mascota, “La maga”, una perra preciosa de raza golden retriever, de pinta castaña que era cómplice de sus interminables días de estudio en el que hacía un paréntesis mientras la sacaba a pasear en alguna calle aledaña. Fue un excelente anfitrión que descorchaba un tinto y dejaba entre ver su mundo único, pero sobre todo con la calidez de su recibimiento en un edificio emblemático en el que vivió William Burroughs, ubicado en la misma zona en la que también pasó parte de su vida Leonora Carrington y Rodolfo Gaona, en el corazón de la colonia Roma en la Ciudad de México. Todo él fue y será un representante no solo para la tauromaquia de México, también para la ingeniería por haber sido el emisario de la compañía luz y fuerza en la que trabajó tantos años y abarcó la historia de la electricidad del país. Con el Doctor Coello usábamos mucho una palabra que me encanta y hasta era cómplice en las mañanas de café: “el maridaje”, toda una armonía que teníamos en todos los proyectos que emprendíamos juntos y realizábamos, como si fueran temas gourmet. Sus trabajos llevaban la misma amplitud de un percal, en esas faenas de entrega en los acervos de las bibliotecas, aunado a la gran diferencia que otros investigadores no siempre alcanzan, como la firme certeza, la hondura y profundidad. Él también citaba, templaba y mandaba, porque escribir es algo en donde también se carga la suerte y se imprime un sentimiento. Así regresaba del campo bravo, lleno de brío y aún con la tierra en sus zapatos, con alguna divisa vieja en la espuerta que era su portafolios, fue la forma en que encontró el hilo conductor de la historia de la tauromaquia. Siempre resaltó la relevancia de la llegada del ganado bravo y también el equino y su proliferación, entre otras especies de animales que dieron la semilla para el crecimiento del toreo nacional. Un factor determinante que en conjunto con la participación de toreros como Rodolfo Gaona, Ponciano Díaz y una cascada de toreros más, dieron pie a la representación más pura de nuestra mexicanidad profunda, del indigenismo y el propio mestizaje para entender la idiosincrasia que escribe el laberinto de la Soledad de Octavio Paz. Las prohibiciones a lo largo de la historia de la tauromaquia como la impuesta por Benito Juárez y la de Venustiano Carranza le inquietaban y molestaban muchísimo, al grado de darle tema a su propia tesis. La última y más actual que vivió y sufrió fue la de La Plaza de toros México, plaza construida en los terrenos del antiguo San Juan Malinaltongo, pueblo originario cuya lingüística proviene del náhuatl Malinalli, en donde se cimentó y floreció aún más la tauromaquia como cultura habiendo tenido otras plazas anteriores que siempre estuvieron llenas hasta la bandera. Pero padeció el presente y sin tener las autoridades ni la más mínima referencia ni memoria histórica de la importancia de las tradiciones taurinas, presentaron la demagógica iniciativa de un “espectáculo libre de violencia” el 25 de marzo de 2025, por la jefa de
gobierno, fecha en que entró en vigor una supuesta “reforma”, colmada de absurdos, la que es denigrante para el mismo toro de lidia, los ganaderos y los toreros, asunto inaceptable para el desarrollo de las corridas. Esta determinación fue todo un acto de totalitarismo y opresión que privó de la libertad a la afición mexicana, por lo que el Dr. Coello como director del Centro de Estudios Taurinos de México que fundó junto a su presidente el Lic. Julio Téllez desde el año 2005; giró cartas en la defensa del toreo entre el año 2024 y 2025, dirigiéndolas hasta las autoridades gubernamentales como la Honorable Comisión de Educación, Cultura y Tecnología del Senado de la República y a la Secretaría de Cultura; llevando a cabo el trámite de declaratoria de la tauromaquia como patrimonio cultural inmaterial de la Ciudad de México. Paco nos dejó a todos los aficionados una inquietud, lograr la cohesión social por la lucha en pro de la defensa de la tauromaquia, y comprometerse desde cualquiera de las esferas sociales que la gravitan, en seguir la búsqueda de su salvaguarda, sobre todo a los profesionales que ejercen el toreo, pues el totalitarismo impuesto de las autoridades políticas nos ha arrebatado la libertad cerrando plazas, violentándonos y atentando contra una manifestación artística que forma parte fundamental del alma de los pueblos originarios que amalgaman toda una sociología y cultura viva. Sabemos que Coello ofrendó toda su vida en la fiesta de los toros, la que lleva el rostro de claro oscuros en la filosofía de la vida y la muerte, con la incertidumbre metafísica de la que admiraba al hablar del filósofo y escritor francés Vladimir Jankélévitch, abriendo más nuestros ojos para reflexionar en el mismo existencialismo al sentir el duelo más profundo que nos quitó el aliento con su partida. El Dr. José Francisco será recordado siempre por esa expresión sobria, franca, tan ética, una figura que siempre ofrecía un paradigma histórico, por todo esto y más como ser humano lo hemos extrañado hasta en la discreta eternidad en la que habita. Su familia y amigos lo conmemoraremos siempre, mirando los cielos encapotados del verano lluvioso de este mes de agosto que nos lleva a pensar en esas almas libres y valientes en complicidad con los toreros que gravitan sobre el universo. ¡Luz eterna maestro, gracias por tanto! Mary Carmen Chávez Rivadeneyra. Ciudad de México, verano 2026
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