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t a r

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el magazín

El Niño Dios versus Papá Noel: vidas paralelas Por Óscar Domínguez

 

E

l Niño Dios tuvo niñez, infancia, adolescencia. Y fue el primer yupi. A los 33 años se las sabía todas. Papá Noel, como don Fulgencio, el de las tiras cómicas, prefirió ahorrarse la infancia. Nació veterano de una vez. Se saltó varias vidas. Allí está la clave de su espléndida generosidad. El Niño Dios y Papá Noel no nacieron para pedir, sino para regalar, para darse, un oficio que deberían enseñar en la escuela. Jesús fue hijo único con las arandelas que ello implica. Papá Noel ha sido único en su especie. Ambos han tenido buena prensa. El Niño Dios tuvo cuatro reporteros —evangelistas— que cubrieron su nacimiento... a posteriori. Papá Noel siempre será noticia de primera página en el corazón de los bípedos implumes que lo admiran. Los dos tienen once meses para no existir. Como que apagan la luz de sí mismos en diciembre y desaparecen. ¿Para dónde se va la luz cuando se va? ¿Para dónde se van Jesús y Papá Noel cuando se les acaba su cuarto de hora decembrino? Eso no lo sabe ni el omnisapiente Google. Del Niño Dios ofrece 5.330.000 entradas. De Papá Noel, 2.480.000. Dios es Dios. De Niño, Jesús, o Chucho, para entrar en confianza, hacía de todo, como cualquier muchacho de su edad. Eso sí, a todo le metía teología, para ir haciendo la tarea que le fue encomendada. Papá Noel, con caminado de agnóstico, nunca se ha complicado la vida. Se dedica a ser papá ficticio. Y adiós. Para un niño, el Niño Dios es un colega más. Desde su mundo, el menudo asume que el Niño Dios y él son iguales. Papá Noel no se complica con la religión. Se limita a tener en los niños la razón de su sinrazón de existir. Al Niño Dios primero lo anunciaron los profetas. Todo salió como estaba escrito. No faltó ni la estrella que hizo las veces de linterna para alumbrar a

M erry O ld S anta C laus de T homas N ast , 1881 T omado del H arper ’ s W eekly . los tres Reyes Magos. Los historiadores decembrinos ven en San Nicolás, obispo de Bari, o de Myra, ciudad del Asia Menor, el antecedente más antiguo de Papá Noel. San Nicolás, nacido a finales del siglo III  y cuyo día se celebra el 6 de diciembre, tenía el palito para regalar. Nadie que le pidiera un «catorce» se iba con las manos vacías. Se le conoce como la cuota inicial de Papá Noel.

Todo el mundo conoce hasta el nombre de los padres del Niño Dios: Jesús, buena persona pero mal carpintero como todos los de su gremio, y simplemente María. Papá Noel nació por generación espontánea. El Niño Dios es el Niño Dios y punto. Papá Noel, en cambio, es creación de un teólogo y un caricaturista. El teólogo, doctor Clement C. Moore, escribió en 1822 un poema titulado «Una

visita de San Nicolás». Allí describía el personaje —Papá Noel— al cual le daría vida el caricaturista Thomas Nast, del periódico Harper’s Weekly. Publicadas décadas antes de la Guerra Civil Norteamericana, sus ilustraciones pegaron y... habemus Papá Noel. Papá Noel, con su barba como la del presidente del Polo Democrático, Carlos Gaviria, y su pinta roja y blanca, puso desde un principio las cartas sobre la mesa: Ego sum qui sum, se identificó de una vez por todas, y listo. Nació el Niño y los tres Reyes Magos le llevaron oro, incienso y mirra. Era lo que Fenalco de la época sugería regalar. Papá Noel ofrece un menú de regalos más variado. Cuando irrumpió Jesús, en medio de «pobres y humildes pajas», ya existía la costumbre romana de regalar. Si lo dice el historiador Suetonio póngale la firma. El arte de regalar le lleva tres años a cualquier lote de engorde bogotano. Entre los romanos también regalaban miel, frutas, faroles y monedas de oro. Tad Tuleja, Suetonio de nuestros días, en sus Costumbres curiosas asegura que la tradición de regalar que llegó con Papá Noel se remonta al siglo XVIII. Antes de ser Niño, Dios se hacía llamar Jehová, Yavé y similares. Papá Noel no se quedó atrás y desde que irrumpió le dicen Père Noel en Francia, Father Christmas en Inglaterra, Santa Claus en Estados Unidos. Muchos niños perdimos la virginidad teológica cuando el más listo de la cuadra proclamaba  urbi et orbi en la mañana del 25 de diciembre: el Niño Dios es papá. Hoy hasta el Papa de Romá sabe quién es Papá Noel. En el principio, el sitio obligado para dejar los regalos era debajo de la almohada. Nos dormíamos con un ojo abierto a la espera del amanecer que llegaba con regalo. Hoy la almohada sólo se utiliza como psiquiatra nocturno. ¡Cómo cambian los tiempos! Feliz Navidad y muchos regalos.


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Porfirio Barba Jacob Por Belisario Betancur

L

a lírica de Barba Jacob está limitada siempre por el aliento de la muerte, por la inminente rosa vencida de la desintegración vital y por el pavor del encaramiento de la Divinidad. Todo en ese verso es violento, con el temblor pávido de los placeres que custodian al hombre de delicia o lo agobian de congoja: en él se siente el regusto del plácido cuerpo femenino trenzado sobre el ánima; la desazón adviene tras la total posesión ante su efímera esencia; el frenético deseo de tenerlo todo y el hastío de haberlo conquistado todo; la constante obsesión de superar el festín pretérito por no dejar un instante de sosiego al corazón, todo en Porfirio es tremante, catarata que golpea, llamarada que inunda, látigo de pasión que hiere.

Al tramonto de una dorada colina porfiriana, fluyen los manantiales de la niñez y se encrespa entre el follaje, risa vegetal, la sombra de Dios. Barba lo supo todo en su poesía. El conocimiento intuitivo de sus versos ratifica a Bergson: ángeles intactos vuelan por su cielo y Dios llovizna sobre los hombres en dulces enlaces que atan y enajenan. La enamorada candela divina trina en su trino con denuedo formidable. La travesía de su canto es un exacto tratado biográfico del hombre. He hallado un seguro paralelo psicológico entre san Agustín y Barba: las mismas conmociones, los mismos vuelcos, similares precipicios enamorados, fogatas de pasión iguales, pares incendios de sexo. San Agustín vació en las Confesiones el arrume estremecido de su fuego interior; Barba colmó

S anta R osa

A lberto A gurre

de

O sos

vista por el fotógrafo

la cristalina dimensión del poema con sus alaridos, por los cuales iba acercándose a Dios, pura la voz, fértil el corazón, sollozante el pecho. Sólo que el santo planteó primero en su vida la ecuación de un destino cifrado en las volcánicas humaredas de la carne sin que, antes de que la luz lo poseyera, viera la luz definitiva de Dios; en tanto que, en la lírica porfiriana, se sabe que a cada paso Dios está más cercano. Esta lírica edifica su encanto sobre frágiles flores, aromas de romero, cámbulos, higuerones y mortiños. Los guayacanes de infancia iluminan de amarillos el paisaje. El hombre agita al cielo los brazos como un trágico espantapájaros de sí mismo. Humo de vinos fogosos asciende aire adelante. El vino del Anáhuac se añeja en los viejos odres: todo esfuerzo será vano, todo perece, todo concluye, porque estamos, el corazón y el ánimo, en el imperio de lo transitorio: «Pero si el corazón es brasa transitoria...» Barba Jacob se estremece, catadas todas las sensaciones del ámbito a la altura de la emoción, con el solo pensamiento de su condición de transitoriedad: «¡Ah de la vida parva, que no nos da sus mieles / sino con cierto ritmo y en cierta proporción!». Porfirio no encaró, frente a frente, el problema de la muerte. Pero ni Rilke con sus delicados avisos sobre la muerte, ni siquiera Quevedo con su tremendo sueño, que es el verdadero antecedente de la ontología kierkegaardiana, contaron en la ecuación de sus poemas. En la lírica porfiriana, sobremodo en la «Balada de la loca alegría», la muerte no es el vigilante que llevamos con nosotros, ni ese vestigio rilkeano, ni la piel vegetal sobre la humana carnadura de la fruta en sazón, sino que llega de afuera, de la intemperie, de lo absoluto extrahumano: «La Muerte viene, todo será polvo / bajo su imperio: Polvo de Pericles, / polvo de Codro, polvo de Cimón!». Polvo serás, mas polvo enamorado. Hay un raro parecido, un entronque intuicional entre el poeta castellano y Porfirio. La misma emoción, el mismo pánico ante la muerte, iguales concepciones, idénticos alaridos. Barba no habla en ninguno de sus capítulos biográficos de la llegada de doña Muerte a la comarca quevediana. No es de suponer que haya conocido el sueño donde aparece enraizada la concepción del angustismo. Lo que sí aparece claro es que hubo similitud

Barba Jacob en 27 voces colombianas

Acaba de aparecer un CD, con carátula de Fernando Botero, dirigido por Bernardo Hoyos y editado por la emisora cultural de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, 106.9 FM, a manera de celebración de sus 25 años. Es una antología de voces colombianas leyendo la poesía de Porfirio Barba Jacob, santarrosano nacido en 1883 y fallecido en México en 1942. En esta antología hay de todo: un ex presidente, varios poetas, críticos de literatura, actores, cantantes, novelistas, hombres de radio y de televisión. Algunos de ellos ya han desaparecido.

de caracteres en los poetas y que en no pocos instantes dramáticos de sus vidas chocaron, por así decir, las aristas de sus aconteceres vitales. No creo que haya en la poesía americana quien se haya estremecido como Porfirio. Bloy habría visto en él, de haberlo conocido, uno de aquellos seres destinados a sangrar, por la desolación del temblor que viaja en su poesía. Temblar, decía el desesperanzado y desesperado Caín Marchenoir, eso es lo esencial. Y más temblor dónde que en estos trémulos versos: «...te hablo en la triste vanidad del verso: / tú en la Muerte rendido, yo en la Muerte / ni un grito apenas del afán del mundo / podrá hallar eco en la oquedad vacía... / El polvo reina, EL POLVO, EL IRACUNDO !». El retorno de Porfirio a la Divinidad fue un regresar jubiloso a las comarcas que sirvieran de contorno a sus anodinos traveseos infantiles. Música primeriza del bambuco que sonara en sus ratos adolescentes en Antioquia y que volvió a aureolar sus peripecias vitales cuando se entregaba a ese total abandono en los brazos de Dios. [1944]


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Mutis: cuando el té de Bogotá se evaporó Según Francisco José de Caldas, el sabio Mutis —muerto hace 200 años en Bogotá— es el español más importante de la Colonia. Pero la Expedición Botánica no fue una tarea personal; por eso en la importantísima y completa exposición titulada «Mutis al natural», abierta a partir del próximo 2 de enero en el Museo Nacional, también se les rinde homenaje a muchos de sus colaboradores, con los cuales a veces la historia ha sido avara.

Por Germán Izquierdo Manrique

L

a Castilla, así se llamaba el barco de guerra en el que José Celestino Mutis partió de Cádiz en septiembre de 1760. Allí mismo, en aquella embarcación que tardó cerca de dos meses para llegar a Cartagena de Indias, entre el vaivén del Océano Atlántico, empezó la historia del científico en la España americana. Las vicisitudes de aquella travesía están consignadas en el Diario de navegación de La Castilla, una de las 132 piezas que forman parte de la exposición del Museo Nacional: «Mutis al natural, ciencia y arte en el Nuevo Reino de Granada». En la muestra, que empieza el día 2 de enero, podrán verse retratos poco conocidos del científico, instrumentos de medicina de la época, dibujos, libros, cartas, mapas, y sobre todo 25 láminas y 10 perfiles geográficos originales de la Real Expedición Botánica. Las láminas pertenecen al Archivo Real del Jardín Botánico de Madrid y fueron seleccionadas de acuerdo con varios criterios: obras no exhibidas, obras realizadas por destacados pintores, obras inconclusas para dar a conocer su proceso de elaboración, y obras de especies importantes para José Celestino Mutis, como el té de Bogotá (Symplocos alstonia), que tiene una curiosa historia. Mutis creyó haber encontrado una planta tanto o más aromática que el té de China. El gaditano se lo hizo saber al virrey Caballero y Góngora, a quien se le iluminaron los ojos ante semejante descubrimiento. En una relación de mando, Caballero y Góngora escribió a su sucesor, Francisco Gil y Lemos: «Pero en mi concepto lo que hace el principal ornamento y gloria de la Expedición Botánica es el té de Bogotá [...]. Siempre es cierto que [...] puede ponerse mejor y acaso más barato en Europa que el de China [...]. Aunque ha sobrado para hacer muy abundantes remisiones, he cuidado de que no se hagan sino en unas cajitas curiosas con sus frascos y botes de la posible decencia». Todo fue un

castillo en el aire; el tal té bogotano no era la mina de oro que imaginaba el virrey, y el ambicioso proyecto de comercialización se evaporó. La adecuación del espacio para exponer las láminas originales de Mutis en el Museo Nacional fue todo un reto. Dada su fragilidad, es necesario controlar las condiciones ambientales, pues la preservación de las piezas requiere una humedad del 55%, una

temperatura de 20 grados y una iluminación carente de rayos ultravioleta, entre otras cosas. Pero como ya se anotó, la muestra se caracteriza por su variedad, y muchas son las piezas que llaman la atención. Entre ellas un retrato al óleo de Mutis que definió para siempre su aspecto físico en la iconografía, elaborado a partir de un grabado de Alexander von Humboldt. Junto

R etrato de E loy V alenzuela por M efisto I riarte . Ó leo C olección particular , B ogotá .

sobre lienzo , sin fecha .

con varios retratos de Mutis, que por vez primera se exhiben en conjunto, podrán observarse cuadros de otros personajes decisivos en la ambiciosa empresa. Uno de ellos es el sacerdote Juan Eloy Valenzuela, subdirector de la Expedición durante algún tiempo. Nacido en Girón, Santander, fue el primero en estudiar detalladamente las plantas gramíneas. Su Herbario de gramíneas, que conserva el Museo Francisco José de Caldas, forma parte de la exhibición del Museo Nacional. Precisamente de Francisco José de Caldas se mostrarán, aparte de sus retratos, los perfiles geográficos de los Andes que dibujó con gran maestría, dando cuenta de su diversidad de climas y riqueza natural. En su famosa obra Del influjo del clima sobre los seres organizados, Caldas expresa: «Estas montañas, las más célebres del universo, sostienen pueblos numerosos a niveles extremadamente diferentes. La temperatura, la densidad del aire, los meteoros, los frutos, los animales, los usos, el ingenio, las costumbres, las facciones, el color, las virtudes, los vicios, todo varía con el nivel». Las pinturas que se expondrán suman veinte e incluyen tres miniaturas, así como retratos de Linneo, Cavanilles, Jorge Tadeo Lozano y Pablo Antonio García del Campo. Entre los libros destaca Plantas equinocciales de Humboldt. Se abrirá un espacio para mostrar los objetos de medicina y cirugía pertenecientes a Mutis, como lancetas y extractores de bala, además de instrumentos de medición. Hay curiosidades como un recipiente para guardar la quina: se trata de una caja fabricada en madera, bellamente decorada con una pintura mostrando un atardecer cubierto de árboles, propiedad de la Universidad Complutense de Madrid. Los objetos que hacen parte de la exposición pertenecen a las colecciones del Real Jardín Botánico de Madrid, la Biblioteca Nacional de España, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de Madrid, La Real Academia de la Historia de Madrid y el Museo de las Cortes de Cádiz, entre otras entidades. La exposición es un recorrido por una empresa que, a la par, dejó una huella científica y artística. Cada dibujo, cada retrato, cada trazo, cada anotación corresponden a ese encuentro con aquel mundo nuevo que aún hoy no se ha acabado de descifrar.


De don José Celestino Mutis dijo Caldas que era «el Luis López de Mesa lo llamó «el primer prócer de la Independenc

G eografía de las plantas cerca del E cuador . A lexander von H umboldt (1803). A cuarela (H umboldt y B onpland subieron hasta B ogotá sólo para conocer a M utis .)

sobre papel .

E stampa del O bservatorio A stronómico de S an F ernando , que mandó A guada en grises . R eal A cademia de la H istoria (M adrid , E spaña ).

Agradecemos a doña María Victoria de Robayo directora del Museo Nacional de Colombia por facilitar el material gráfico que aparece en estas páginas.

Herbari

importan

C aja en madera para guardar quina . I nscripción “Q uina Q.” S iglo XVIII M useo de la F armacia H ispana , U niversidad C omplutense de M adrid .

P lanta

de quina o

según icono de la

C inchona pubescens , E xpedición B otánica .

D on J osé C elestino M utis B osio , por J oaquín M anuel F ernández C ruza dos (1828). Ó leo sobre lienzo , M useo de las C ortes de C ádiz .


español más prominente que nos dio la Colonia». ncia». Doscientos años después, la Expedición Botánica sigue viva. C arlos L inno

ó construir

M agnus H allman (1774). Ó leo

sobre tela .

J osé C elestino M utis . E nunciado y resolución de varios problemas de álgebra . A l margen , dibujo a lápiz y tinta de un ave elaborado por J osé C elestino M utis , entre 1760 y 1808. A rchivo R eal del J ardín B otánico de M adrid .

io de gramíneas , elaborado a finales del siglo

nte de la

por

E xpedición B otánica . M aterial

XVIII

Eloy Valenzuela y Mantilla, botánico y miembro M useo F rancisco J osé de C aldas , B ogotá .

por el padre

orgánico sobre papel ,

C arlos III, quién autorizó la E xpedición B otánica del N uevo R eino G ranada . Ó leo sobre tela de P ablo A ntonio G arcía del C ampo (1770). de


P icasso

«César Vallejo ha muerto...»

V allejo

por

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora mismo como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. César Vallejo en «Voy a hablar de la esperanza»

Por Harold Alvarado Tenorio Fotos costesía de la revista El Malpensante

E

n su tesis de grado El romanticismo en la poesía castellana (1954) para optar al título de bachiller en letras de la Universidad de Trujillo, en 1915, César Vallejo destaca, del romanticismo alemán, «el pensamiento sereno, el vuelo metafísico, las interrogaciones al infinito y el soplo de cristianismo que impregnan esta poesía, junto con el idealismo, las nebulosidades del Norte y el sincero sentimiento de la limitación de la vida», concluyendo que: «Hoy en el Perú, desgraciadamente, no hay ya el entusiasmo de otros tiempos por el romanticismo; y digo desgraciadamente porque, siendo todo sinceridad en esta escuela, es de lamentar que ahora nuestros poetas olviden esta gran cualidad que debe tener todo buen artista». Vuelo metafísico, interrogaciones al infinito, soplo de cristianismo, sentimiento de la limitación de la vida y sinceridad: he aquí algunas de las constantes de su poesía. César Abraham Vallejo Mendoza (1892-1938) nació en Santiago de Chuco, una pequeña aldea de los Andes peruanos, a 3.115 metros sobre el nivel del mar, en el seno de una extensa familia de mestizos descendientes de dos sacerdotes españoles y dos indígenas peruanas. Sus padres quisieron hacerle El

hermano del poeta ,

N éstor ,

con

C ésar

sacerdote. Durante un tiempo enseñó en el Colegio Nacional de San Juan, publicando sus poemas en periódicos y revistas de Lima y otras partes. Era un joven apasionado e infeliz en el amor, incluso intentó suicidarse. En 1918 ingresó a la Universidad de San Marcos para hacer un año de estudios de abogacía, formó parte del grupo vanguardista Colónida y publicó su primera colección de poemas, Los heraldos negros (1918). En 1920, mientras visitaba a su madre en Santiago de Chuco, fue arrestado y puesto en prisión por 112 días, acusado de incendiario. En la cárcel escribió constantemente, y esos poemas y otros fueron reunidos en Trilce (1922), cuya publicación fue financiada con el dinero de un premio que había ganado en un concurso de cuento. En 1923, al reabrirse el proceso en su contra, desolado por la muerte de su madre y la fría recepción dada a Trilce, sin dinero alguno partió para Francia. Vallejo ingresó al partido comunista, visitó la Unión Soviética en 1928 y regresó un año después con su joven esposa bretona Georgette Philippart, luego de haber conocido a Maiakovski y otros artistas soviéticos. Expulsado de Francia en 1930 por razones políticas, se mudó a Madrid, donde escribió Rusia en 1931, reflexiones al pie del Kremlin (1931). Volvió a Francia en 1932, pero con el estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939) se sintió obligado a regresar a España y allí escribió en 1937 los poemas reunidos luego de su muerte bajo la seña de España, aparta de mí este cáliz (1940). Enfermo de gravedad va rápidamente a Francia, donde murió al año siguiente a la edad de 46 años, en la clínica del bulevar Aragó. La causa de su muerte fue diagnosticada como una mezcla de tuberculosis, infección intestinal y malaria, pero lo cierto es que murió de hambre. Trilce (1922) hizo trizas la tradición e inició una nueva época en la poesía. Sus 77 poemas, que como título llevan apenas números romanos, aparecieron tres años antes de Tentativa del hombre infinito (1925) de Neruda, inventando el surrealismo antes del Surrealismo. Con una riqueza sin fin, que pareciera surgir del fondo mismo de la lengua, usa arcaísmos, tecnicismos, neologismos, adverbios que se hacen verbos, exclamaciones que se sustantivan para transmitir sus nuevas visiones. Aunque independiente de escuela alguna, es absolutamente contemporáneo en sus expresiones herméticas e irracionales y, desechando la lógica tradicional, intenta dar nueva vida a las palabras a través de temas donde busca amor, y otros valores, en un mundo absurdo. Una angustiosa crisis de conciencia que produce la arbitrariedad del mundo y de los signos lingüísticos. La amarga ironía y el humor negro ofrecen un sentido de inmediatez y urgencia; la sintaxis refleja una violenta lucha interior por aislar, con la ayuda del lenguaje, los últimos recursos espirituales del hombre. Vallejo abandona el simbolismo y los tonos modernistas como rechazo a las supersticiones en boga sobre «lo bello» y la pretensión de una poesía como catarsis. El amor preside Trilce. Unas veces como sexo, otras como sensaciones, sentimientos, refugio ante la soledad, o como expresión de fracaso, de remor-

D omingo C órdoba

con

C ésar V allejo . M adrid , 1927

dimiento, de lo aberrante. La mítica presencia de la madre está en el horizonte inalcanzable del amor filial y del pasado, vivido como una inmediata realidad que no termina. Las mujeres amadas en la niñez y la adolescencia son presencias inmediatas o sombras simbólicas donde reposa el frustrante deseo de comunión: XV En el rincón aquel, donde dormimos juntos tantas noches, ahora me he sentado a caminar. La cuja de los novios difuntos fue sacada, o tal vez qué habrá pasado. Has venido temprano a otros asuntos y ya no estás. Es el rincón donde a tu lado, leí una noche, entre tus tiernos puntos, un cuento de Daudet. Es el rincón amado. No lo equivoques. Me he puesto a recordar los días de verano idos, tu entrar y salir, poca y harta y pálida por los cuartos. En esta noche pluviosa, ya lejos de ambos dos, salto de pronto... Son dos puertas abriéndose cerrándose, dos puertas que al viento van y vienen sombra a sombra.


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En Poemas humanos (1939) el hombre aparece visitado por un doble; aspira a la unidad pero está condenado a una dualidad que termina en la destrucción y desintegración del ser. En estos poemas, de gran variedad técnica y virtuosismo, estamos sometidos no sólo a múltiples fragmentaciones sino a la multiplicación de ellas. Vivimos en el inicio de un proceso que parece no tener fin: aplastados por la vida, obsedidos por el horror a la muerte, la experiencia es apenas una progresiva desmoralización de nuestra personalidad. Dieciséis años separan a Trilce de Poemas humanos. En ese período Vallejo vivió en París en condiciones penosas, pobre y enfermo, al tiempo que se fue sumergiendo —con la ayuda de su nada saludable esposa— en el marxismo y las alucinantes ofertas de amor universal que debieron recordar al poeta los ofrecimientos de hermandad cristiana oídos en la niñez de boca de sus padres y los sacerdotes. Vallejo, más que un rebelde de partido, fue un escritor subversivo como muchos otros artistas latinoamericanos de hoy, como Cortázar, Fuentes o García Márquez. Su lucha frontal fue contra la pobreza de la tradición de la lengua y logró romper sus tejidos anacrónicos. Sus protestas fueron siempre desinteresadas y los viajes que hizo a la Rusia de Stalin los costeó él mismo. La vida en París no fue en vano. El París de Vallejo no fue el de los placeres mundanos y la frivolidad, sino la capital del sufrimiento y el dolor de los hombres de entre guerras. La Guerra Civil Española sacudió a Vallejo, quien tomó parte en varios comités antifascistas y viajó a España en dos ocasiones durante la contienda. En la última visita decidió redactar un libro sobre la tragedia, España, aparta de mí este cáliz, poemas publicados inicialmente en la revista Hora de España, en noviembre de 1938 y a raíz del fallecimiento del poeta. Son 17 textos, algunos extensos, otros discursivos; los más, breves y alucinados gritando a voz en cuello su dolor por los sucesos. En uno de ellos —el III— traslada al poema el habla de un hombre del pueblo, Pedro Rojas, con las palabras plenas de errores ortográficos y la vida cotidiana dando alma: Pedro Rojas escribía en el aire, con el dedo, su grito y su firma, pero por ser casi analfabeto se equivocaba: ¡Viban los compañeros!, decía y escribía. Afectado por la sospecha del paulatino fracaso de la causa de España, Vallejo cayó en cama unas seis semanas antes de morir. Al agonizar deliraba con España. Sus últimas palabras fueron: «España, me voy a España». Fue el más raro e inimitable de los poetas latinoamericanos del siglo XX. Los heraldos negros Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!   Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

XII Masa Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.   Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.   Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Piedra negra sobre una piedra blanca Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París —y no me corro— tal vez un jueves, como es hoy de otoño. Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo. César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...

V allejo . V ersalles , 1929

Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: «¡Quédate, hermano!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporose lentamente, abrazó al primer hombre; echose a andar... [10 de noviembre de 1937]

C ésar V allejo

en el campo


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2008: miradas vacilantes al cine colombiano Por Mauricio Laurens

D

iez son los largometrajes nacionales que han sido estrenados comercialmente en el presente año. Cuatro corresponden a directores debutantes: Moreno, Campo, Lizarazo y Stathoulopoulos. Tres provienen de veteranos cineastas: Nieto Roa, Duque Naranjo, Loboguerrero. Dos segundas incursiones para Brand y Dorado, y una coproducción realizada por el mexicano Rafa Lara. Sin olvidar los créditos otorgados al actor Robinson Díaz como codirector. Bogotá encabeza la preferencia de las recreaciones urbanas en tres de estas cintas, mientras que hay dos películas bastante caleñas. Desde San Juan del Cesar (Guajira) hasta Villeta y una hacienda cundinamarquesa, también se vieron imprecisos interiores de alcoba en Entre sábanas y locaciones «selváticas» con el objeto de ambientar secuestros o pescas milagrosas. Nueva York aparece igualmente como el obligado destino del consabido colombian dream, después de un viaje lleno de percances. ¿Se manifiesta alguna tendencia? Dicen que la violencia es incontenible y que los temas del narcotráfico y el conflicto armado no dan tregua en nuestro medio. Semejantes asuntos de la mayor trascendencia han debilitado nuestras voluntades, pero son los artistas e intelectuales —novelistas, teatreros y cineastas— quienes están llamados a extraer, de lo más profundo de sus almas, casos desgarradores y situaciones lamentables del drama nacional, histórico y contemporáneo por antonomasia. ¿Cuáles son sus dificultades económicas? Si exactamente un dólar deja el espectador en taquilla cada vez que asiste a una película colombiana, y el promedio de los costos se aproxima al millón de dólares, hay que traspasar la D etrás

de cámaras de la película

P erro

como tal, y el drama de los inmigrantes ilegales no alcanza a reflejar la evidente trascendencia suicida o peligrosa de sus actos. Yo soy otro es el ejemplo palpable de cómo se desperdicia un talento de trayectoria documental, que rastrea archivos de noticieros e impresionantes visiones callejeras para, enseguida, desencadenar un agobiante montaje de llagas sociales que se ciernen sobre un individuo en particular. La Milagrosa, una débil coproducción con México, recrea de manera esquemática el conflicto armado de nuestro país, con la reconstrucción no muy convincente del plagio sobrellevado por un joven bogotano de clase alta y su previsible rescate militar, bajo los dones concedidos por una medalla de María Auxiliadora. barrera de las 500.000 entradas para no dejar pérdidas considerables. Los demás agregados son estímulos parafiscales de la Ley de Cine, fondos mixtos y franquicias nacionales e internacionales. El promedio de espectadores de una película colombiana fue de 240.500 durante 2007. El estreno más emotivo del año fue sin duda alguna Perro come perro, por cuanto desplegó las calidades poco habituales de un novel autor con «garra» y lenguaje propio, como Carlos Moreno. Porque lo violento dejó de ser un acto gratuito de sensacionalismo criminal, para ahondar en una secuencia rítmica de voracidades, traiciones y ajustes de cuenta. Aunque Paraíso Travel fue vista por casi un millón de espectadores, su contenido causó polémica, pues la búsqueda desesperada de un amor perdido en la Gran Manzana no se ve

come perro

Con personajes y músicos vallenatos, El ángel del acordeón se quedó en las pullas familiares que lanzan dos menudos músicos tras el amor de una chiquilla. Es tan «blanca» (sin sexo ni violencia) que no caló en el público, por ser demasiado local o provinciana; con escenas barnizadas de sentimentalismo y un romance ingenuo sin la química requerida. Te amo, Ana Elisa mezcla situaciones penosas o violentas con chistes flojos y caricaturas en medio de lo patético. Esta tragicomedia sufrida por una pueblerina, estudiante de medicina, está matizada por notas agresivas y excesos picarescos, o más bien burdelescos, que ahogan la seriedad de su trama.

En cuanto a Los actores del conflicto, posee un sentido del humor mucho más maduro y menos obvio, hasta llegar a convertir nuestra pesadilla nacional de guerrilleros y paramilitares en un juego bien ingenioso, gracias al remedo o la pantomima de sus tres rebuscadores de oficio. Quedan dos títulos pendientes cuyos consecutivos resultados en taquilla se desconocen debido a su estreno hace pocos días: PVC-1 y Nochebuena. Si la previa figuración internacional de una primera producción realmente independiente destaca el dramatismo de un collar-bomba en su plano-secuencia de 80 minutos, la publicidad del divertimento familiar cuyo colapso despierta suspicacias se acompaña de la sentencia que dice: a todo marrano le llega...


Magazine Ciudad Viva Diciembre 2008