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que viene. Si discutieron fue en voz baja porque yo no e8CU· ché nada. Ni siquiera me di cuenta en qué momento 11e fue ... Tu padre me pidió que le llevara café. Cuando entré. tenía muchos papeles sobre la mesa, le pregunté si quería algo máa y no me contestó siquiera; pero me señaló la puerta, y como al buen entendedor ... salí en seguida, naturalmente ... -¡Pero no es posible que no coma en todo el día! -pro te.tó Isabel, preocupada. -¡Qué le vamos a hacer! Cuando le pregunté si servía la cena, volvió a señalarme la puerta, muy impaciente. Todo marcha manga por hombro en esta casa desde que la señora, que en paz descanse, se nos fue para siempre. En fin ... ¿Sir vo la comída? -No, espera.. . ,., Isabel San Román fue hacia la cerrada puerta y la fran queó con gesto decidido; tampoco se detuvo, al cruzar el um bral, frente al hombre que ocultaba entre las manos la frente, como si meditara sobre un problema doloroso. -¡Papá! -llamó con dulzura- ¿qué te pasa, qué tienes? Alfredo San Román levantó el rostro y miró a su hija como si volviera a la realidad; � dominó con esfuerzo y trató de sonreír. -¡Nada, Isabel! ¿Qué ha de pasarme? -respondió. -Papá, nunca has disimulado conmigo ... ¿por qué quieres hacerlo ahora? ¿Es que ya no confías en tu hija, que es ya una mujer, toda una mujer? Tú estás preocupado, algo te pasa ... Sé que estuvo a verte don Humberto. ¿Le debes algún dinero? -Un poco, pero eso es lo que menos importa. -No almorzaste y ahora no quieres comer. Has estado recibiendo últimamente cartas y telegramas por docenas. Ya ves que es inútil el disimulo, y que con él no haces más que aumentar mi inquietud. -Lo que veo es que Juliana te ha dado sus quejas. Con sidera un crimen rechazar un menú dispuesto por ella. Cuan do los criados envejecen en las casas, creen tener derechos sobre los amos. -Sonrió, procurando animarse--. Vamos, no seas niña, no pasa nada. Negocios que ya resolveré como pue da. Muy pronto se arreglará todo ... Se puso de pie, asintiendo con la palabra y con el gesto, como si más que a su hija, quisiera afirmarse a sí mismo una aeguridad que no tenía. Era un hombre aún joven, de faccio-
EL
F.NF.!IfJGO
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nee hermosas y enérgicas, de soberbios y altaneros ojos cla ros. ahora dulcificados por la terrible angustia con que lu chaba -Bueno, ahora déjame. He pedido una llamada de larga distancia y estoy esperándola. -¿Son en la capital tus negocios, entonces? -preguntó la joven, segura de que su padre disimulaba. -Naturalmente, pero olvidalos. Esa llamada que espero resolverá todo a mi favor... Tuve peores problemas y salí de ellos ... -¡Pero ese don Humberto, papá! -murmuró Isabel aca· riciando la mano que su padre había puesto sobre su hom· bro--. Por el pueblo dicen que cuando él entra en una casa, va con él la desgracia ... que es un chupa-sangre, un vampiro. -No es más que un usurero como cualquier otro, hijita. Presta con capa de amigo y conoce todas las trampas y todas las rendijas de la ley. Pero yo escaparé de él, muy pronto, te lo aseguro ... y él no es mi verdadero enemigo ... -¿Pues quién es? -Uno más poderoso, y más despiadado, también. Isabel iba a insistir, cuando el timbre del teléfono la in terrumpió. San Román, impaciente, exclamó, mientras 1e di rigía con prisa a descolgar el aparato. -¡ Déjame ahora, te lo suplico! Isabel se encaminó a la puerta. El teléfono quedaba al otro extremo de la habitación y Alfredo, creyendo que se ha bía quedado 110lo, dio la espalda a la entrada. La muchacha vaciló un momento, junto a la puerta, pero no salió. Le inte· resaba mucho escuchar lo que su padre iba a decir. Lo único que hizo fuJ abrir, para poder irse en cuanto él terminara au conferencia telefónica. Quedaba oculta tras la cortina, y con los nervios tensos y el alma en los oídos, percibió cada ps· labra, estremecida por un presentimiento de angustia. -Pero, ¿qué has dicho? -exclamó San Román-. ¿Le has expuesto mi situación? ¿Sabes lo que significa para mí FU negativa? ¡La deshonra, la muerte! ¡Sí, la muerte, porque no consentiré nunca que mi hija ...! En ese momento 1e volvió y adivinando que la.bel es· taba ahí, gritó con enfado. -¡Isabel! ¿Qué haces ahí? Te dije que te fueras._! ¡Ve· te! ¡Cierra esa puerta! ¡Tendré que encerrarme con U.n para librarme de las impertinencias de ustedes!
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BRAVO
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ad. San Román ió. contra su volunt La muchacha obedec s de IIU hija. tra ró ndo la puerta se cer siguió hablando, cua versación en con la do uan aldas, y contin sin volverse de esp . voz baja. edado en la puerta Isabel se bahía qu a not -Sí, Esteban... o, alg que pasa pobrecita presiente e eacuchándome. La . Pero ella no deb . . zos uer esf s os mi hom· ese algo a pesar de tod a r lica sup a ella estoy dispuesto ajlber nada ... Por el único cariño qu·· a sus pies; Isabel es me rar ast arr · b�e .., a respondió la voz leja ... -Algo doloroso tengo en el mundo angustia-. la or jotp tra con semblante se na, porque el noble eban ... -continuó ¿Todo es inútil? Est no? que s ice ¿D ¿ o? e haber algún me· qu ne , no es posible, tie en en tono de ruegoalmente, mira, iré hablar con él, person dio. Si yo pudiera ... o gur a tiempo, te lo ase mismo el acto... y llegaré un momento, en el por do lan hab uió ido y Todavía sig ráp to ges con un go, dejó el aparato tono suplicante, lue salió del cuarto. en la pared, junmanecido recostada Isabel, que había per y descolgar el ro perche miró correr hasta el to a la puerta, lo a. iad ust ang , brero. Lo sig uió impermeable y el som -preguntó a? alm mi de to , papaci -Pero, ¿a dónde vas , cuando ble osi imp á -. ¡La carretera est tratando de detenerlo a ras del aba lleg a agu el del pueblo ya yo volví esta tarde entonces, estará cue ha llovido desde qu lo con puente ... creciendo ...! la bierto, el río venía impaciencia retiró la escuchaba y con no San Román ovilizarlo. mano que quería inm la capital. -replicó-, sino a blo -No voy al pue ola con expre sión miránd brazos sus Tomó a su hija entre lágrimas, y por en sus ojos había ra; nu ter a rad spe de dese n. azó hó contra su cor Cieun instante, la estrec a! Tengo que ir ... me digas nad no ... a a, ijit ñan -¡H ma reso reg de ar as, si no puedo est ert pu las les n hab bie le n rre ible que no no... y será prefer las te llamaré por teléfo para la venta de !lll l ido he que di de mi viaje a nadie; reses. ia la puerta. nte y fue rápido hac La besó en la fre -. ¡No podrás bel -gritó afligida Isa -¡Papá! ¡Papá! con esta noche! , gas sal e qu ¡Es una locura llegar a la capital! las sombras de en n se había perdido Pero ya San Romá través de los a ana; vent corrió hacia la la noche. La joven
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ENEMIGO
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cristales vio los reflectores del pequeño auto de su padre. ih• minando un instante los árboles sacudidos por la tormenk luego, los do� pequeños focos rojos que se alejaban ha�ta perderse. Juliana, que había llegado hasta su joven ama. la m•ro. interrogante. -¡Algo grave pasa! -murmuró Isabel-. No'qui!'n 11ue oyera lo que hablaba por teléfono, pero oí el principio de l1• conversación, y suplicaba. . . ¿a quién, y para qué? -un sollozo le impidió terminar. Juliana, tan inquieta como ella, trató de consolarla. -Vamos, criatura, no te angusties de esa manera; co sas de negocios, o de política. Ya verás cómo lo arre¡' ! ! a todo como siempre ... Mientras tanto, el auto volaba más que corría sobre el asfalto negro y brillante de la carretera. La lluvia seguía cayendo violenta y espesa. Apenas alumbraban los farole!' frente al auto, lanzado en tan loca carrera, unos pocos me tros. Pero Alfredo San Román seguía acelerando, como un ,. loco. -¡Que Isabel no lo sepa ·-murmuraba-, tengo que llegar a tiempo ! Era su única ansia, Sll, único anhelo. Las palabras del amigo, quitándole toda esperanza, martilleaban en sus oídos.
La imagen de su hija se clavaba en su mente con un dolor capaz de hacerlo gritar, y la duda, la duda angustiosa. que mante, cruel ... -¡Si no quisiera oírme, si no tuviera piedad de mí ... El nunca tuvo piedad de nadie! Su vista se nubló, sus manos temblorosas se aferrar,•n al volante con desesperación, pero aún hizo ,.un.esfuerzo pan: acelerar más la vertiginosa carrera. -¡Andrés Renón! -cada sílaba de ese nombre tembla ba en sus labios y las pronunciaba como si las mordiera en una súplica desesperada, con una voz que era a la \'t'Z i�lto y amenaza. El coche patinó en el asfalto empapado; Alfredo no pudo detenerse a tiempo en la loca carrera que había emprendido v fue a estrellarse contra un árbol. El motor se incendió al impacto y una roja llamarada iluminó por un instante las eombras, como respondiendo al relámpBf!o que envohió d paisaje en su luz siniestra. San Román murió imtautinea-
..,. ...._ • ..._ '•tc-•-•tem1MIItad apagó el fuego y por JIIIdll_.� ..U. • acerc6 81 Jasar de la tragedia. Rata al dfa eiguiente Isabel no volver a IU padre. eo aa flntro. Le había avisado el jues del puebl0y íntimo amiRo de la familia y tío de Arturo, el prometido de la joven. Ella Roró IÍD deecanso, recordando las palabras de su padre, ea ••hilad, la extraña llamada tdefónica y, casi sin sorpreo dene, oy6 decir al juez, horas más tarde, que sin duda AJ. fredo San Román había buacado la muerte. ¿Un suicidio? ¿Por qué no? El dijo a la persona a quien hablaba por larga clütaneia, que se mataría Como una sonámbula, iba de UD lado a otro, perdida en el abismo de su prooia pena. Uegó hasta la ventana del ves tlbalo y hasta ella fueron las frases del juez, que decían a Juliana. -Sí, mujer, para todos ha sido una sorpresa, bien des8padable por cierto. San Román lo había perdido todo, no le qaedaben más que la finca y la caaa, pero los acreedores CMriD sobre ellas Su mente fatigada pareció despertane UD instante. Todo ....,. claro. Su padre se había arruinado y alguien, UD ene l!lllp al que él calificaba de pederoso, lo lanz6 a la muerte. El dolor volvió a estrujar su corazón. No tenía, pues, nada ... Pero, ¿por qué la había dejado sola en el mundo? El re proche se detuvo en sus labios. Alfredo San Román era un hombre a la antigua, que no conocía más que dos caminos: el honor y la muerte. Sin duda pensó que su hija se casaría coa Arturo, y él pagaba con su vida sus deudas. Abatida, no tuvo ni fuerzas para rebatir las frases del ja& Tal YeB, todos lo pensarían así.. . Caminó hasta el des pacho de su padre y entre los objetos familiares pareció se reDal'lle. A sus ojos habían vuelto las lágrimas y Doró mucho, de bruces sobre aquella mesa que aún estaba tal cual la de jara San Román. Periódicos estrujados, papeles con cifras•.• y telegramas Isabel los barajó en IIUI manos, mirando UDo con all'n· .U.: ..._USolución tuya imposible, negó ayuda rotundamente, Es, .•• • te,é trabajoeameDte, a través de 1M lápimas, y de nue w l. pelabru dichas por teiMoao acudieron a su mente. ..
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ENEMir.O
Si. su padre había luchado contra un enemigo clP.!OpiadcHln \ crud. contra ahuien que huhif'ra porlidn salvarlo v se h�hía negado a hacerlo. Arturo, entrando. cortó el hilo de sus pensamientot�- amar· lOS. Se echó llorando en los brazos del joven. Era alto y rlel·
gado, como su tío, el juez Esteves. Vestía con elegancia que
Jo hacía destacarse entre todos los jóvenes del pueblo: en
su
ro&ro de líneas regulares la expresión era vacilante y débil. ,parecía más disgutado que triste.
Hizo cuanto pudo por consolar a la inconsolable Isabel: pero no trató siquiera de quitarle de la mente la dolorosa idea del suicidio de su padre. Incluso Uegó a decir que San Ro mán tenía muchos enemigos que se alegraban de lo sucedido . A todos molestaba Alfredo con su arrogancia. con su segu· ridad. con la insolencia con que derrochaba el dinero. Al final, todo había sido apariencia. Isabel escuchaba a Arturo, más atónita que ofendida. -Sí . . . -seguía diciendo el joven-, prometió a mi tío ayudarlo en una empresa de cientos de miles de pesos, y tenía hipotecado hasta el último palmo de tierra. .. Ni esta ca10a es ya tuya, querida... El tono duro, las frases usadas, incluso la actitud fría
de su prometido, hicieron a Isabel reaccionar. -Y pensar que te he estado esperando durante cada unA
de la� horas de esta horrible noche y de esta atroz mañana,
como al único capaz de darme consuelo, Arturo.. . -repro· chó separándose de él-. ¡Tú eres lo único que me queda ya sobre la tierra!
Arturo no supo qué contestar, por un instante; luego, ncilante, replicó : -¡Por favor, no tomes así las cosas!
¡Claro e&tá que
yo te quiero! ¡Convenceré a mi tío de que nos deje casar .. .
tú sabes que tu padre me había concedido tu mano como ha· ciéndome un gran favor! Isabel miraba fijamente a su novio, con lot ojos secos
y los labios apretados.
-¿Y qué .. . ? -interrogó-, ¿qué quieres decirme aho· ra
con eso? -Ahora... mi tío opina ...
-Que d fa\Or
me lo haces tú a mí, ¿_no es verdad?
-No exactamente -Arturo, confuso, no se atreví11
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ndo de pasa es que depe Isabel-; lo que a .. Ü frente él. de mirar él, vivo con mente, trabajo con poco ... un boda mi tío económica la retrasar pero bastará con de Isabel; !ievero, exigente; ó en los labios insinu se ñosa os ar· negr Una mueca desde ojos seren a. Sus ente pálida, pero estaba intensam brillo de fuego. casarno� dían con un que íbamos a ías a decirme -Pensé que '•endr puedo en el acto ... o de mi tío no Pero sin el permis ver· s. rende -¡Bien quisiera! .. ¿Me comp ar mi porvenir. hacerlo sin arruin lo im· dad, Isabel? novia. pero ella las manos de su Pretendió tomar rápido. pondió con fir· pidió con un gesto perfectamente -res -Sí, te comprendo te vi nunca, te veo como no hasta el fondo ... para mi! es, verdad meza-; veo de las grandes hora la es padre. E:;ta mi de Arturo. ; que el cadáver no me queda más ar la que indic de sé ra és Aho despu ancia del despacho, lsa· Salió con arrog se adelantó. baja, Este, con la cabeza o. Artur a puerta de su padre. llave el despacho a él vol· bel cerró con ez; los asistentes rapid hizo con su concien· El entierro se con a luchab ves sólo Arturo Este tacto y su �a vieron al pueblo; obrado con poco había que juez, quien, del cia. Comprendía ncias exige lucha ba contra las ya el matri· riño por Isabel aría acept no que había advertido rtar sin rodeos, le No iban a sopo de San Roro:ln. hija la con auto y su a monio suyo subir a o. Lo obligó ncia sin su diner observaba. Lue· !'U arroga una venta na, los desde l. }s,lbr alejarse ('On él. su padre y pi· de cho volvió hasta el despa ud, lentit cia. Míen· go, con por larp;a distan rencia por teléfono, confe s. En ella una Esteve dió a Arturo e5cribió una carta tras aguardaba, monio. palabrn de matri s del anoche· le devolvía su Juliana, poco ante para esa sorpr Con gran la lla mó para y negro sencillo traje sastre un con ó visti A rtuw. pi· cer se carta dirig:ida a aje. Le dio la és de su despu preparar su equip sig:uiente, entregara al día diéndole que la ada partida. -preguntó alarm vas, criatura? -Pero, ¿a dónde ... Le Juliana. Lola, mi amiga He hablado con ll ca&a. modest -A la ciudad. su ofrecido situación. y me ha la finc a no toda he explicado mi de na; Julia me perten ece. Este sitio ya no
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E!'\EMJCO
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mío ni un palmo de tierra ... Ya oíste a don Humbe.rto
y aJ juez Esteves.
Juliana enjugó una lágrima. -Quédate conmigo niña... --rof!Q--. compartiremo!! lo que tengo ... -No, lo que tienes te hará mucha falta de ahora en adelante. Yo soy joven y fuerte, trabajaré . .. Y Uegaré a atar un día, frente a frente, ante aquel por quien mi padre perdió todo .. . -Pero ... ¿qué harás. Isabel? -La angustia de la vieja arvienta la conmovía, pero su resolución era inquebrantable. -Ya te dije, trabajaré. Tuve muy buena educación, y coa d dinero que tenía mi padre en su escritorio, me bastará para vivir los primeros meses, mientras aprenrlo taquigrafía J mecanografía ... No te preocupes. Te escribiré a menudo... Juliana no se conformaba, pero la tranquil.izaha algo saber que estaría al lado de Lola, su amiga de la infancia, una mochec:ha humilde, pero muy buena, que siempre admirara a lsahel. Prometió entregar la carta a Arturo y una hora des· paéa quedaba sola, en la casona, encargada de recoger los electos personales que Isabel no podía llevar consigo. Isabel subió al ómnibus que debía llevarla hacia la ciu cbd inmen!la, como el ancho y amargo mar, donde la ·ial m.ra era como una gota de agua que se perdía en él. Rezaba, pua no llorar. Había salido de Santa Rosalía, su puebl'l, •in 9CIIYer el rostro, despidiéndose apenas de los que, no obstante lio que decía Arturo, estimaban a su padre y fueron a des·
pedirla.
Durante dos años logró vivir, con estricta economía, elbldiando con afán, y al encontrarse apta para buscar un �eo en una oficina, recurrió a Esteban Estrada, el gran �o de su padre, que era nada menos que el jefe de per· .:mal. y hombre de confianza, de uno de los hombres más poderosos en la capital. Esteban la había acogido con afecto ahora hablaban los dos en la oficina privada de Estrada. La joven ya no lloraba y sólo pasó una sombra por !IUS her· .asas ojos cuando Esteban recordó a su padre y a su madre. �o, �-.cilando, tocó el tema del trabajo. Cierto, era el �re de confianza de Andrés Renón. había ya tratado su -mo eon él, pero sin tener experiencia, era peligroso en· lr'U ea las oficinas "Renón y Compañía". El único puesto aa precisamente el de secretaria particular de An·
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tipo múl drés Renón, y era un hombre de genio difícil, un mal cosa por pasaba no que jefe un , tiple, extraordinario los torpes, hecha, ni perdonaba una equivocación; odiaba a a los tími a lo!J perezosos, a los distraídos, a los vacilantes, odia poco, fuera eso todo si como Y etos. indiscr dos, a los y como una ba a las mujeres; sólo tenía empleados hombres, excepción, iba a aceptarla a ella. a-, -A in�ancias y ruegos míos... --concluyó Estrad · femeni toque el faltaba le !'iempre pensé que a esta oficina espe· única la ; dárselo s intente no , quedas te si no. .. pero se dé cuenta de ranza de que t� conserve a w lado, es que no que eres mujer. ida que asus-¡Caramha! -exclamó Isabel más divert
tada. cuanto le dijeSi Estrada había creído aterrorizarla con ante la tembló no tivo ra, se equivocaba. Sus espíritu comba ojos. sus a figura que ponían frente dispuesta a -¡No impo�ta! --dijo con decisión-, estoy ... te permi lo me genio ese pasar los días de prueba, si vamos al -; Esteban te vacilan todavía tó -Bien -acep no sabe despacho del señot Renón. El anda de viaje ahora, del pobre y avisar, sin e siempr mos por dónde; ptlro regresa ... llega él cuando f?uesto su en esté que no ién· -¿No exagera un poco? -interrogó Isabel, dispon
dose a seguirlo. de los -Al contrario. Ya verás tú... Ven... Soy uno con la e conced quien a Renón pocos empleados de la Banca to, y el momen ier cualqu en ho despac stt a entrar fianza de único a quien oye algunas veces ... -¿Cuál será mi trabajo? -quiso saber. hueco del -Serás una especie de comodín. Llenarás el están todos ahora y tres, Tiene secretario que está de yiaje. fuera ... ho del jefe Mientras hablaba abrió la puerta del despac ima ha amplís la ieron recorr Isabel de supremo, y los ojos ; las persianas alguno gusto ni lujo, sin lada amueb n bitació as en mucho estaban rotas, las paredes no habían sido pintad los re· naban amonto se mesas s enorme las tiempo. Sobre ti· sitio, su de ado vueltos papeles. Había un teléfono arranc rado en un rincón. --(:omentó -Parece que hubiera habido un batalla aquí Isabel.
EL
ENEMICO
ll
-Se libran cien batallas diarias en este cuarto ... Cuando en la tarde Lola e Isabel se reunieron, la ú)ti. roa abrazó a la primera con efusión, casi alegra, iJUÍZá con· tenta por primera yez desde que llegara del pueblo. Coutó a su amiga que ya tenía empleo, con un magnífico sueldo, y que para empezar había vuelto al revés el despacho del se ñor Andrés Renón, limpiando ceniceros, quitando el polvo, Jmniendo en orden los papeles, mandando arreglar todo lo IIUO habla rot n, y coln<�andu un ramo de rosas sobre la mesa. ··-Mt jllllll! el 61tlnu.� pl'ln, pt�ru no importa, se acabó la .. ., ••.•• Lala1 M...tr11 l••hnl hahlaba cntnlta1la, ee quitaba los , P"fNirlhl ..UI tllllcmtn JliTI lnvar IIUI pies adolo·
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1 NUM horu "" t�l dt�Jtarlamenln de adornos para el ...... di Nt•ldad 1 ••c lamó, ruarulu laabel terminó de rela ltrlf 1tt hu.!nt fortun.,� �., ¡Cuar�nta y tres minutos esperandtJ � �
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1 lffll _,. loni'MI t••r• lle�ar haRta aqu1... haz la cuenta! .. ., In. pl1111 cle.hnchua! ,,...•
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¡l•uhrll l.olitn! -la cumpadeció Isabel besándola en la ·1 llOn lut nchcmta y cinco kilos de peso ...
¡}:. o no hay para No lfl Jltf!ucupea;
qué mencionarlo! si quieres, deja la tienda y huaca otrn ftftiJII�� mb cómodo. Hasta ahora has cargado tú con e.IM IM 811tóa de laa dos. Ahora me toca a mí... ¡f>c. nln�ún modo! No estás más que a prueba ... y, ....... no e1 mucho lo que he gastado, en ti. Lol1 Pi-re& tr.nía 27 años; menos alta que Isabel y más MMida t�n narnea, con ojoa pequeños y boca risueña. Era una MUjt�n-lla toda sentido práctico; ni muy soñadora, ni muy Cltlllt, ni n1uy distinguida; pero tenía dos cualidades esen· l•l•1 aleRrn y buena. Yo - ��erll la subsecretaria -siguió explicando Isabel ....,U611 dt� un instante de silencio-; secretaria suplente de lnt trftl lleert'tarios particulares del señor Renón, qut' siem· 1'"' .. . MtAn 11118entea. El primero Ue�a los uun os de la Banca . _ ltwn(m, . t�l ��nSUndo los de la fabnca de cablllaR y v 1 gu de . •t(l1 el tercero te ocupa de la compra y venta de indu8• lr la1 y com�rdo8. •l Y de lol!l asuntos particulares? -inlt'rrogó con ma· lk-la Lola. �
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CARIDAD
12
BRAVO
tiene asun· señor Renón no cho que el sospe .. té -No .-(:omentó espo que es. .. toa particular o, con lo gua much aña -Me extr esada Isabel. sonriendl -preguntó inter énfasis Lol a-. -¿Es guapo? -respondió con cine! s en las de -¡Un galán casta ño con cana metros, pelo le dan dos s cana casi Las Ea alto, mide viejo, ¡qué va! los ojos porque sea con no io ind pero sienes, te un príncipe Gre· .. Imagína e, la boc a de más atractivo . de Clark Gabl iz nar la er, Boy de Charles o? detallarlo tant gory Peck ... para poder visto has -¿Dónde lo un ada Isabel. o. Inauguró exclamó asombr en un noticier . . ser. una de a tenía a su lado -Dónde habí Renón... y zafi· para la Banca un collar de icio y edif s vo piele nue una capa de con , nda mujer estupe que ba el hipo ... señor Estrada ros que quita raro! Dice el é ¡Qu r? -¿Una muje quiere en· res. ¿Para qué odia a las muje ¡Qué imbécil! a? odi nos -¿Qué 1 y el dinero? toncea el tipo noticieros . . . de salir en los de una niña esita -Será para voc la bra· en alegres, pero ó on, lanz rier o y se Las dos llegó corr iend en brazos, interrumpió. Ella la tomó a". seis años las amit "m iéndole ola ofrec ánd el, llam ó de mimos, zoa de Iaab llos y la llen s Lola, ntra cabe mie sus s, uete la besó, alisó y mil jug dad, la de Navi adir disu para la , trataba de una muñeca se fue con reproche uilla a cabez chiq ndo la moviend o la imiento. Cua tanto ofrec a: olest que hiciera m rtió, te llamara , Lola advi Euge nia que muy contenta itir a Maria lito tie· perm ange re as -No debí porque el pob e hac lo prende es· prendo que gente no com mamá. Com , pero la adre igente, m intel una muy de y tú serás ne necesidad piensan mal, de latín o, pre erci siem com de tas cosas. . . de filo sofía, La gente sabr ás mucho del mundo. nada no lo niego, sabes no pero o, grieg y basta de os, Lol a ... compadecerl es mala. malos hay que malos, a los loa a son ues -P malos porque los a eces ue ya dejaron -Tú com pad grandes porq Re· niños y a los son a Andrés que compadecer chiquitos por que más a no te falt de serlo. .. .
EL
ADAMS
ENEMIGO
13
nón porque es millonario y tiene mal genio, y odia a Jaa mujeres... -Pues sí, lo compadezco, porque el hombre que odia a lu mujeres se ha olvidado de su madre. ¡Qué triste, qué amarga, qué dolorosa ha tenido que ser su juventud y su infancia para hacerlo olvidar que nació de una mujer! Y sonrió a pesar suyo, recordando su infancia feliz al lado de su padre, su adolescencia plena de halagos y amor. -¿Vamos a ver el árbol de Navidad de María Eugenia? -invitó, deseando no pensar demasiado en el pasado. -Si lo arregló ese zampatortas de Juan Luis, parecer á un loro desplumado --comentó Lola, secándose los pies y ¡10niéndose de nuevo las zapatillas. -La tienes tomada con ese pobre hombre ... -Adora sus desdichas, y por eso me violenta. Debería IM'r feliz nada más con tener una hija como María Eugenia , pero vive atormentado, lleno de complejos, y ándate con cuidado, porque se ha enamorado de ti. Isabel se encogió de hombros. Conocía la adoración de ,Juan Luis, el vecino de una de las buhardillas de la casa, cuya hijita se había encariñado tanto con Isabel, por ser ella muy Afectuosa con la niña. Juan Luis no tenía todavía treinta anos, pero ya una angustia crónica, el hábito de vivir en la n.-,uietud y en la tristeza perennes, habían marcado sutile. arrugu en las comisura de sus labios y dejado un pliegue prufundo entre las pobladas cejas. La joven procuraba ignorar el amor que leía en los ojos do Juan Luis, y su corazón, quieto, decepcionado desde su ftXperiencia con Arturo Esteves, no palpitaba más apriM, ftCa80 sólo se conmovía ante la desdicha del vecino y ante 11u t.IIJ•Íritu miedoso. Eran Juan Luis un magnífico dibujant�, pero incapnz de 11dministrarse por sí mismo y de encontrar un trabajo de· :cut!:. Era Isabel la que siempre buscaba en los anuncio. de :los diarios las solicitudes de empleos, y la que loa recortaba llAna dárselos; pero generalmente cuando él-llegaba el t'.mpleo ya estaba ocupado. El y María Eugenia vivían en una habi· tac16n pobre, desarreglada, casi sucia, donde faltaba la mano dl'l una mujer, pero para él todo era igual, apitieo y des· lht1lonado, convencido de que Isabel no lo amarla nunca. s.bl. que no era por él por quien loe vecinoe ae preocu peban, tino por au hijita, que era querida por todos, y te complacla ·
CARIDAD
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BRAVO
tiene asun· señor Renón no cho que el sospe .. té -No .-(:omentó espo que es. .. toa particular o, con lo gua much aña -Me extr esada Isabel. sonriendl -preguntó inter énfasis Lol a-. -¿Es guapo? -respondió con cine! s en las de -¡Un galán casta ño con cana metros, pelo le dan dos s cana casi Las Ea alto, mide viejo, ¡qué va! los ojos porque sea con no io ind pero sienes, te un príncipe Gre· .. Imagína e, la boc a de más atractivo . de Clark Gabl iz nar la er, Boy de Charles o? detallarlo tant gory Peck ... para poder visto has -¿Dónde lo un ada Isabel. o. Inauguró exclamó asombr en un noticier . . ser. una de a tenía a su lado -Dónde habí Renón... y zafi· para la Banca un collar de icio y edif s vo piele nue una capa de con , nda mujer estupe que ba el hipo ... señor Estrada ros que quita raro! Dice el é ¡Qu r? -¿Una muje quiere en· res. ¿Para qué odia a las muje ¡Qué imbécil! a? odi nos -¿Qué 1 y el dinero? toncea el tipo noticieros . . . de salir en los de una niña esita -Será para voc la bra· en alegres, pero ó on, lanz rier o y se Las dos llegó corr iend en brazos, interrumpió. Ella la tomó a". seis años las amit "m iéndole ola ofrec ánd el, llam ó de mimos, zoa de Iaab llos y la llen s Lola, ntra cabe mie sus s, uete la besó, alisó y mil jug dad, la de Navi adir disu para la , trataba de una muñeca se fue con reproche uilla a cabez chiq ndo la moviend o la imiento. Cua tanto ofrec a: olest que hiciera m rtió, te llamara , Lola advi Euge nia que muy contenta itir a Maria lito tie· perm ange re as -No debí porque el pob e hac lo prende es· prendo que gente no com mamá. Com , pero la adre igente, m intel una muy de y tú serás ne necesidad piensan mal, de latín o, pre erci siem com de tas cosas. . . de filo sofía, La gente sabr ás mucho del mundo. nada no lo niego, sabes no pero o, grieg y basta de os, Lol a ... compadecerl es mala. malos hay que malos, a los loa a son ues -P malos porque los a eces ue ya dejaron -Tú com pad grandes porq Re· niños y a los son a Andrés que compadecer chiquitos por que más a no te falt de serlo. .. .
EL
ADAMS
ENEMIGO
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nón porque es millonario y tiene mal genio, y odia a Jaa mujeres... -Pues sí, lo compadezco, porque el hombre que odia a lu mujeres se ha olvidado de su madre. ¡Qué triste, qué amarga, qué dolorosa ha tenido que ser su juventud y su infancia para hacerlo olvidar que nació de una mujer! Y sonrió a pesar suyo, recordando su infancia feliz al lado de su padre, su adolescencia plena de halagos y amor. -¿Vamos a ver el árbol de Navidad de María Eugenia? -invitó, deseando no pensar demasiado en el pasado. -Si lo arregló ese zampatortas de Juan Luis, parecer á un loro desplumado --comentó Lola, secándose los pies y ¡10niéndose de nuevo las zapatillas. -La tienes tomada con ese pobre hombre ... -Adora sus desdichas, y por eso me violenta. Debería IM'r feliz nada más con tener una hija como María Eugenia , pero vive atormentado, lleno de complejos, y ándate con cuidado, porque se ha enamorado de ti. Isabel se encogió de hombros. Conocía la adoración de ,Juan Luis, el vecino de una de las buhardillas de la casa, cuya hijita se había encariñado tanto con Isabel, por ser ella muy Afectuosa con la niña. Juan Luis no tenía todavía treinta anos, pero ya una angustia crónica, el hábito de vivir en la n.-,uietud y en la tristeza perennes, habían marcado sutile. arrugu en las comisura de sus labios y dejado un pliegue prufundo entre las pobladas cejas. La joven procuraba ignorar el amor que leía en los ojos do Juan Luis, y su corazón, quieto, decepcionado desde su ftXperiencia con Arturo Esteves, no palpitaba más apriM, ftCa80 sólo se conmovía ante la desdicha del vecino y ante 11u t.IIJ•Íritu miedoso. Eran Juan Luis un magnífico dibujant�, pero incapnz de 11dministrarse por sí mismo y de encontrar un trabajo de· :cut!:. Era Isabel la que siempre buscaba en los anuncio. de :los diarios las solicitudes de empleos, y la que loa recortaba llAna dárselos; pero generalmente cuando él-llegaba el t'.mpleo ya estaba ocupado. El y María Eugenia vivían en una habi· tac16n pobre, desarreglada, casi sucia, donde faltaba la mano dl'l una mujer, pero para él todo era igual, apitieo y des· lht1lonado, convencido de que Isabel no lo amarla nunca. s.bl. que no era por él por quien loe vecinoe ae preocu peban, tino por au hijita, que era querida por todos, y te complacla ·
1<1
CARIDAD
BRAVO
ADAM5
un pobre e, en saberse a de la suert víctim una se �n sentir ranzas de fortuna. , que tristeza. a Isabel hombre sin espe un momento de en para do o confia onad Había a lo había aband sin sino que su espos que o, ar; viud vulg era no historia dolorosa, una · re; decir homb de irse con otro siempre. Después la vida para rar gó inspi amar le para embargo, lo había hecho a sí mismo si haber le· lo, se preguntó luego imbécil por se ándo llam , podía Isabel nada a compasión Pero, aunque dos una barr era. terrilos su e ni entr l ado Isabe vant su amor por nuía dismi eso esperar, no por inferioridad. dad los ble complejo de herví an de activi la mañana ya pañh. Com y A las ocho de Renón oe de las oficinas o cio pasill edifi o del cort seis pisos Isabe l cruzó el cho Esteban Estrada, despa por del edida onal Prec de pers ofirina del jefe an reta· que separaba \a caminaban, Esteb ras Mient mo. máxi jefe del ado priv iento. último acontecim e en la cataba a Isab l el tario número uno secre su a traba está que -Hoy ha puesto viaje, es el tres ha vuelto del .. El no ién. dos tamb el dan ... lle despi s de que lo dedo ir dos destitu a para jando, pero entra razones ... es, siempre encu lo así hacer n, a Renó par señor se las arregla o. No sé cómo Renón estaba a todo el mund cristal es. Andrés de a puert la abrió oscur o ada Estr do, vestía un traje recio, bien planta aten· Alto, y as. notas espald ba de ras toma cia. Dictaba mient ancha y revue lta de absolu ta elegan su sobre nos puestos ahora te el día a los teléfo asomaba tímidamen e repleto de pap les el escri· e sobr a mesa . Del cesto vísper ara la que Isabel coloc aron a la ex· ramo de rosas y Estrada qued joven la nte, torio. Por un insta y escuchando. ¿Secr etario de l'l pectativa, mirando Renón habla ... sus con· -Bueno ... sí ... alegro que llama ra, era? Vaya ... me hacemos no o compañía petrol mías las misibles, o aceptan diciones son inad última palabra ... mi es ésa . . . ario, absolutamente nada órdenes al secret r una carta , dio especie de Terminó de dicta una Era . . s . llamadas telefónica enérgica, contestó otras dos bien timbrada, o; su voz, muy ajand que no uiera cualq torbellino trab para amplio recinto, y el table . a intra llenab dura , sentado un ogro l, habría repre y verlo al sólo hubiera sido Isabe ada retrocedido aterr a habrí ario, otra contr Cualquiera no se asustó, al minuto; pero ella es· escucharlo en ese estuvo alerta, dispu tivo comba espíritu como la víspera su
t: N E M 1 C O
IC 1,
15
lo • la lucha, casi contento oe enfrentarse a enemigo digno
do �1. Cuando acabó de dictar, de hacer advertencias terminan IN p or teléfono, de tocar timbres y de dar órdenes, ae vol y!(, hacia ellos. Como si no viera a Isabel, entregó a Eatrada lol! t�Jpedientes de tres empleados despedidos la semana an lerloa, urgiéndolo para que solucionara esos asuntos en el ACht, Eeteban iba a presentar a Isabel, pero no pudo. -Por presentada. .. -cortó un poco impacient&-. Va· ya. a hacer lo que le he dicho. . . Acérqueae usted, señorita (luncluyó. Se! había sentado frente a su mesa cubierta de papeles 'Y rApiclamente los pasaba de una a la otra mano. Una marca H!j 11 u "'mi que trazaba con un lápiz, decidía la suerte de cada AIU!IIn No había vacilaciones en su mano, que más que escri lth' ¡Hm: cin cortar con certera cuchillada; no había un tem Mor lturnano en sus labios, duros y firmes como los de una ,111111111, No había levantado los ojos, no había mirado a Isa· l!t!l, •1uir.n del otro lado del escritorio, esperaba. ¿Cómo se llama? -interrogó. r.. mano se inmovilizó y el hermoso rostro varonil se lt�YIIiiÓ1 Jl •ra mirarla al fin, con sincero asombro. ¿ J.lt? ¿Qué ha dicho? Mi nombre, señor .. . n..n6n la contempló con una extraña expresión, intensa, fítfllllculura, y a la vez fría y cortante como la hoja de acero df! Yll ltisturí. =¿J� parece mal que me llame así? -preguntó Isabel ttrl lic.:ICII rnoleeta por aquella mirada. Mn es perfectamente igual, señorita -respondió, ya I"!IIIC(IIu ele su sorpresa-, tome papel y lápiz, voy a dictar· lt�:,, ¿No es usted mi nueva secretaria? Pues a trabajar... bah•·l nbedeció. Por una hora, Renón dictó sin cesar, con l¡¡ n•iamn precisión con que antes ponía las rayas azulea o roj111 1uhre los papeles, sin vacilar, y casi siempre negando t'"lclouca. Así, una y otra carta. Respuestas breves, concisas, t•Ot'ti!flh�tl, ain una palabra de simpatía, ni un leve margen de Mf"flllla ara nadie. Cuando uno de los montones quedó qoltdo, f: talló un momento y la joven, con un extraño t.tUin cm lat pupilas oscuras, preguntó: · l Debo hacer estas cartas, o va usted a dictarme C!lal ..... v ·
f'
,
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CARIDAD
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un pobre e, en saberse a de la suert víctim una se �n sentir ranzas de fortuna. , que tristeza. a Isabel hombre sin espe un momento de en para do o confia onad Había a lo había aband sin sino que su espos que o, ar; viud vulg era no historia dolorosa, una · re; decir homb de irse con otro siempre. Después la vida para rar gó inspi amar le para embargo, lo había hecho a sí mismo si haber le· lo, se preguntó luego imbécil por se ándo llam , podía Isabel nada a compasión Pero, aunque dos una barr era. terrilos su e ni entr l ado Isabe vant su amor por nuía dismi eso esperar, no por inferioridad. dad los ble complejo de herví an de activi la mañana ya pañh. Com y A las ocho de Renón oe de las oficinas o cio pasill edifi o del cort seis pisos Isabe l cruzó el cho Esteban Estrada, despa por del edida onal Prec de pers ofirina del jefe an reta· que separaba \a caminaban, Esteb ras Mient mo. máxi jefe del ado priv iento. último acontecim e en la cataba a Isab l el tario número uno secre su a traba está que -Hoy ha puesto viaje, es el tres ha vuelto del .. El no ién. dos tamb el dan ... lle despi s de que lo dedo ir dos destitu a para jando, pero entra razones ... es, siempre encu lo así hacer n, a Renó par señor se las arregla o. No sé cómo Renón estaba a todo el mund cristal es. Andrés de a puert la abrió oscur o ada Estr do, vestía un traje recio, bien planta aten· Alto, y as. notas espald ba de ras toma cia. Dictaba mient ancha y revue lta de absolu ta elegan su sobre nos puestos ahora te el día a los teléfo asomaba tímidamen e repleto de pap les el escri· e sobr a mesa . Del cesto vísper ara la que Isabel coloc aron a la ex· ramo de rosas y Estrada qued joven la nte, torio. Por un insta y escuchando. ¿Secr etario de l'l pectativa, mirando Renón habla ... sus con· -Bueno ... sí ... alegro que llama ra, era? Vaya ... me hacemos no o compañía petrol mías las misibles, o aceptan diciones son inad última palabra ... mi es ésa . . . ario, absolutamente nada órdenes al secret r una carta , dio especie de Terminó de dicta una Era . . s . llamadas telefónica enérgica, contestó otras dos bien timbrada, o; su voz, muy ajand que no uiera cualq torbellino trab para amplio recinto, y el table . a intra llenab dura , sentado un ogro l, habría repre y verlo al sólo hubiera sido Isabe ada retrocedido aterr a habrí ario, otra contr Cualquiera no se asustó, al minuto; pero ella es· escucharlo en ese estuvo alerta, dispu tivo comba espíritu como la víspera su
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16
CARIDAD
BRAVO
ADAM5
vez despacio. Tal estudiarlas más que .. . hay fácil más -No, éstas negar es mucho eque sí ...; poder conte nen sin el Isab habrá que decir o -dij veo za. lo dure -Sí, señor, ya -replicó con usted opinar? -¿Se permite palabras. sus corroboraba advertirle, se--No, señor, ocasión para la har ovec apr a atañe, será mu· -Pues voy onalmente le lo que pers de ni de juzgar era er fu rend ñorita, que tratar de comp no d uste a cho mejor par haga o diga. yo que n. lo , señor Renó costumbre -Perfectamente desagradable iniendo esa prev y mirarlo digo -Se lo no les importa sobr e lo que mientos senti ar opin Sus de femenin a sentimental vista ... de Aquí to . un pun en su casa .. todo desde cuando esté para usted pero firme. los rese rva tono suave, . Con Isabel cortó, con Renón. Aquí soy una máquina r seño -Entendido, o Andrés, un poc .. su permiso . do, mientras rápi paso aba: . Y se alejó con stado, murmur pero no disgu resulte una ca· que o tem sorprendido, Me con la niña! ba aram -¡C e, y limpia era inteligent lamidad ... Estrada que a pusiera decía quien de Más tar habí a sido ella después , Enterado de que tivo jar. pensa traba para ó un instante la mesa, qued las flores en de hombros. que estaban... se encogió el florero en ue se rompió untó-: ¿de preg -Las tiré porq ulado interés, disim con o, mendó? -comentó. Lueg agencia la reco acha? ¿Qué much San Ro· edo esta Alfr de dónde vino n. Es la hija Renó señor ... -Ninguna, hace dos años mío que murió Rom án. San edo mán, un amigo Alfr el nombre de disculpó Esse Andrés repitió a .. no recordab d uste que -Pensé tante listo, lo trada. Un tipo lo bas dar? olvi a -¿Cómo voy ... entró con las bastante audaz abrió e Isabel . puerta se La : nó. decir termi para No hacia Renón das. Se volvió esita verlo con nec que cartas ter mina dice ón V alcárcel -El señor Ram voz dura. .. . -respond ió con mucha urgencia mur· estoy ocupado! Renón que gale ales. -¡Dí puerta de crist la por ió Isabel desaparec muró. .
-
t: N E M 1 C O
1 l,
17
-¡Ea el colmo! Hija de Alfredo San Román ... Y, ¿qué kka le dio a usted de metérmela en el despacho, Estrada? -Era el único puesto libre, señor, y eUa tiene tanta ne
ldacl de trabajar; quedó sola en el mundo, sin recunc». �-¿Por que no ae casa? Es bastante agraciada. Las muJtrr:s están muy equivocadas en su manía de competir con 1(11 hombrea en las profesiones y en el trabajo. No tienen la 'Dlltma capacidad... tienen una mentalidad de mariposa, de
mo�<¡uito ...
-Uated aceptó tener una secretaria, probar al menos ...
y
tiCaha de decirme que au trabajo es bueno -agregó tímida·
nwmte F..e trada.
Es pronto para juzgar... ya verá usted cómo falla. l.a puerta volvió a abrirse. Isabel, sin inmutarse, dijo. Dispénseme, pero el señor Valcárcel es un pobre viejo
y
fttA cleaeaperado. Dice que hablar con usted es cuestión de
vida o muerte para él ... ¡Digale que me deje en paz! -gritó impaciente-. JNO quiero verlo! ¿Se entera usted? ¡Y no lo veré, diga lo tlliíl diga y haga lo que haga! ¡Vuelva a su trabajo y no ee liU\IIlfl de gentes molestas ...! . l11a�l. contrariada, desapareció. Renón ee dirigió a Ea
tfll!b,
-¿Qué le decía hace un momento? ¡Esas son las muje ae juega el empleo •'"'• �egún usted, necesita tanto, para favorecer a un viejo ¡J (IUfl ni siquiera conoce ... Si me lo permite, le advertiré ... No. no le advierta nada --eortó Renón con violen· •• Mftndeme al secretario número tres, si es que ya re·
fNI Sal�e que me está molestando, que
•
•
"'"�{¡ .• :Atracla salió a su vez del despacho del jefe, y no pudo ·
ll'!llilll
íJUC detenerse frente al escritorio de Isabel, para rcco·
Mf!Jidtrle prudencia, poca compasión por loa demás, y aobre ltlt1o, 110 cli11gustar al jefe. Isabel se mordió loa labios pllra ltei re¡11icar; para no dejar escapar la protesta que acudía a
1U01. l.a indignaba la sumisión de todos, ese miedo servil 'IUfl 111 1ol a presencia, que la sola palabra de Renón desper· W.. 1'11 todos. Pero recordó lo que representaba para eUa el ...,&.o , el 1ueldo que ganaba y, auapirando, ueo de nuevo ... IMDoe en la máquina. Trató de olvidar rOitro ADpll· Wo del viejo Valcárcel y la dureza de Aadrée Renón.
¡
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CARIDAD
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vez despacio. Tal estudiarlas más que .. . hay fácil más -No, éstas negar es mucho eque sí ...; poder conte nen sin el Isab habrá que decir o -dij veo za. lo dure -Sí, señor, ya -replicó con usted opinar? -¿Se permite palabras. sus corroboraba advertirle, se--No, señor, ocasión para la har ovec apr a atañe, será mu· -Pues voy onalmente le lo que pers de ni de juzgar era er fu rend ñorita, que tratar de comp no d uste a cho mejor par haga o diga. yo que n. lo , señor Renó costumbre -Perfectamente desagradable iniendo esa prev y mirarlo digo -Se lo no les importa sobr e lo que mientos senti ar opin Sus de femenin a sentimental vista ... de Aquí to . un pun en su casa .. todo desde cuando esté para usted pero firme. los rese rva tono suave, . Con Isabel cortó, con Renón. Aquí soy una máquina r seño -Entendido, o Andrés, un poc .. su permiso . do, mientras rápi paso aba: . Y se alejó con stado, murmur pero no disgu resulte una ca· que o tem sorprendido, Me con la niña! ba aram -¡C e, y limpia era inteligent lamidad ... Estrada que a pusiera decía quien de Más tar habí a sido ella después , Enterado de que tivo jar. pensa traba para ó un instante la mesa, qued las flores en de hombros. que estaban... se encogió el florero en ue se rompió untó-: ¿de preg -Las tiré porq ulado interés, disim con o, mendó? -comentó. Lueg agencia la reco acha? ¿Qué much San Ro· edo esta Alfr de dónde vino n. Es la hija Renó señor ... -Ninguna, hace dos años mío que murió Rom án. San edo mán, un amigo Alfr el nombre de disculpó Esse Andrés repitió a .. no recordab d uste que -Pensé tante listo, lo trada. Un tipo lo bas dar? olvi a -¿Cómo voy ... entró con las bastante audaz abrió e Isabel . puerta se La : nó. decir termi para No hacia Renón das. Se volvió esita verlo con nec que cartas ter mina dice ón V alcárcel -El señor Ram voz dura. .. . -respond ió con mucha urgencia mur· estoy ocupado! Renón que gale ales. -¡Dí puerta de crist la por ió Isabel desaparec muró. .
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-¡Ea el colmo! Hija de Alfredo San Román ... Y, ¿qué kka le dio a usted de metérmela en el despacho, Estrada? -Era el único puesto libre, señor, y eUa tiene tanta ne
ldacl de trabajar; quedó sola en el mundo, sin recunc». �-¿Por que no ae casa? Es bastante agraciada. Las muJtrr:s están muy equivocadas en su manía de competir con 1(11 hombrea en las profesiones y en el trabajo. No tienen la 'Dlltma capacidad... tienen una mentalidad de mariposa, de
mo�<¡uito ...
-Uated aceptó tener una secretaria, probar al menos ...
y
tiCaha de decirme que au trabajo es bueno -agregó tímida·
nwmte F..e trada.
Es pronto para juzgar... ya verá usted cómo falla. l.a puerta volvió a abrirse. Isabel, sin inmutarse, dijo. Dispénseme, pero el señor Valcárcel es un pobre viejo
y
fttA cleaeaperado. Dice que hablar con usted es cuestión de
vida o muerte para él ... ¡Digale que me deje en paz! -gritó impaciente-. JNO quiero verlo! ¿Se entera usted? ¡Y no lo veré, diga lo tlliíl diga y haga lo que haga! ¡Vuelva a su trabajo y no ee liU\IIlfl de gentes molestas ...! . l11a�l. contrariada, desapareció. Renón ee dirigió a Ea
tfll!b,
-¿Qué le decía hace un momento? ¡Esas son las muje ae juega el empleo •'"'• �egún usted, necesita tanto, para favorecer a un viejo ¡J (IUfl ni siquiera conoce ... Si me lo permite, le advertiré ... No. no le advierta nada --eortó Renón con violen· •• Mftndeme al secretario número tres, si es que ya re·
fNI Sal�e que me está molestando, que
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"'"�{¡ .• :Atracla salió a su vez del despacho del jefe, y no pudo ·
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Mf!Jidtrle prudencia, poca compasión por loa demás, y aobre ltlt1o, 110 cli11gustar al jefe. Isabel se mordió loa labios pllra ltei re¡11icar; para no dejar escapar la protesta que acudía a
1U01. l.a indignaba la sumisión de todos, ese miedo servil 'IUfl 111 1ol a presencia, que la sola palabra de Renón desper· W.. 1'11 todos. Pero recordó lo que representaba para eUa el ...,&.o , el 1ueldo que ganaba y, auapirando, ueo de nuevo ... IMDoe en la máquina. Trató de olvidar rOitro ADpll· Wo del viejo Valcárcel y la dureza de Aadrée Renón.
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AD CARID
ADAV5 BRAVO
mp•eod"' ni ;,c.pu de co ,..!, e .. O, V alcárcel . ...,.;go du< ese pobre o com habló de un y a nadie ... tió Lola. de ayudar rcel? -repi alcá de V -¿ os y eedaa oces? vendía pañ ; per· eces -¿Lo con v dos una buena viato una o bajo. Era -Lo he nde yo tra do nda a la tie 111 fábrica Isabel. . . enón, extrañeza . a 110n pitió con oficinas de R re las a? de ope -¿Er sínc n con un -Lo sacaro ... has contad o e m que lo ún llegar seg falleció al perarse y u bra r - Sí... rec nom do que no pu pero sin ndo por radio, -Parece ser cuo icia yo, not la accidente· .. l. Dieron el pita hos ido •ufr al inas haMa · ¡No en qué ofW ... e ira Iaabelnn ¡es errumpió con él, int ern�e a deci la ante ente! dobl egan - ¡Na turalm n! Todos se enó R a a atacar se atrev en aje! salv ..! brutal, do desde ¡Por favor . rta, llaman -¡Cálmate! peó la pue gol ntil infa Una mano
20
con afuera. -dijo Lol a , mamita! la lata ... ... -¡Mamita dar ita" a mam ahí la niña gritarte " la está ndo Ya o. oyé rta abaj edificio he la pue Y todo el m· no nos ec o enfado-· elit o una tro ang com a que el · enia entró ,.,di Eug "'' ría abriré par . abrió, y Ma colocó ,.b, to, la efec y En la lev antó babel, quien iño. ndo l\e· ha h.,ta ó con car bes la maste cua quil la no me lla qué 1\as. La chi r linda, ¿po da, -Mamila nó tan lin ¿Quién te pei .. . te? o ciel gas llegar, mi me -Ac abo de almorzar, y rizos? la hora de a o con tantos vin ta, cua ndo .. -Tía Loli m anzana . trató de dWde pastel de Lola, que azo a ped a, n lon u bur dio , un poco Isabel miró parte, y , le di tu a almorzar nir la car a. culparse. ve en a s no ibas con los pelo do. erla v -Como tú fatiga P"" a,.egta rque m e da gun• maña nin da o. la peiné po no ,. tec had au pad,. e pan bajo mM Lo que es o que com eer a los de sos cr más er hac bre ereB hom qui el e Ea Lola, siempr -Sí ... sí,
t: l.
F: N E M 1 C O
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:1�� t� lo!l comes crudos, y eres la mujer más buena del mun·
. -Of.jate de gansadas, ya está bueno con que la niña me lltmH! tía. -Si a mí me dice mamá, justo es que a ti te lla me tia. para tní eres como una hermana. -Bonito parentesco postizo tenemos todos. Mnría Eugenia contó, ajena a las sutilezas de la conver· ,�a!lic'lll, que escribiría a los Reyes Magos pidiéndoles una muiicca y otras cosas más. Isabel la animaba. -Sí, reinita, tendrás todo ... Ven. escribiremos las do� ltt l'lrta para que tía Lolita la eche en el buzón mañana mismo. Pc�t•o después llegó Juan Luis por la niña y advirtió que hl!hla vt·ndido varios dibujos. Tímidamente invitó a las doe l!mlftu a ir con él al circo. Isabel estuvo a pu nto de rehusar, 'ii'IO l .t1lo contestó por ella que irían encanta das. Llevaríau lil!lihlén a María Eugenia y se olvidarían por unaa h oru del híll•aiu y las miserias. juan Luis e Isabel prepararon la mesa para cenar an� 1Ítl l!llir, mientras Lola iba a abrir la puerta, pues el timbre !WifiAhlt inai�tente. Volvió con una caja de flores y con el J111tro 11tónito.
¡Snn pura tí. Isabel! -indicó-. No quería creerlo>, �IMflr,n clr. la Maison Doré ... la casa más elega nte de la ciu· .. .. , . .
¡ lnrreíble! --exclamó la joven desatando con manos lt.ttmla. rl ancho lazo de cinta de seda que sujetab a la .pre fklt!l Cllja, y alzó la tapa mirando en el fondo el más mara· •Uio-.J c:orllllge de orquídeas que recordaba haber visto ja N, 1'c)mÓ la tarjeta y murmuró estupefacta. 11Andrés Renón ... a cambio de un ramo de rosas mal ln!lulo, )' ron todo mi respeto". ¡Absurdo! ¡Inexplicable! ¿El millonario? -preguntó Juan Luis- ¿Andrés Re· 1M ha dicho? Si, au nuevo jefe --explicó Lola-, y le diré que lsa lto ha aimpatizado con él en absoluto. .. Pero este detalle decir que sabe arrepentirse, y que no es tan insensi tiii!W e reíos.. . l!<abel. Tu traje negro necesitaba a l�o 1 nhnarlo ahí tienes ... ¡algo divino! Juan l.uis, triste, tímido, balbuceó. V pensar que yo iba a rogarle que se pusiera esta mi fJObre ramo de violetas ... .
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ADAV5 BRAVO
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. -Of.jate de gansadas, ya está bueno con que la niña me lltmH! tía. -Si a mí me dice mamá, justo es que a ti te lla me tia. para tní eres como una hermana. -Bonito parentesco postizo tenemos todos. Mnría Eugenia contó, ajena a las sutilezas de la conver· ,�a!lic'lll, que escribiría a los Reyes Magos pidiéndoles una muiicca y otras cosas más. Isabel la animaba. -Sí, reinita, tendrás todo ... Ven. escribiremos las do� ltt l'lrta para que tía Lolita la eche en el buzón mañana mismo. Pc�t•o después llegó Juan Luis por la niña y advirtió que hl!hla vt·ndido varios dibujos. Tímidamente invitó a las doe l!mlftu a ir con él al circo. Isabel estuvo a pu nto de rehusar, 'ii'IO l .t1lo contestó por ella que irían encanta das. Llevaríau lil!lihlén a María Eugenia y se olvidarían por unaa h oru del híll•aiu y las miserias. juan Luis e Isabel prepararon la mesa para cenar an� 1Ítl l!llir, mientras Lola iba a abrir la puerta, pues el timbre !WifiAhlt inai�tente. Volvió con una caja de flores y con el J111tro 11tónito.
¡Snn pura tí. Isabel! -indicó-. No quería creerlo>, �IMflr,n clr. la Maison Doré ... la casa más elega nte de la ciu· .. .. , . .
¡ lnrreíble! --exclamó la joven desatando con manos lt.ttmla. rl ancho lazo de cinta de seda que sujetab a la .pre fklt!l Cllja, y alzó la tapa mirando en el fondo el más mara· •Uio-.J c:orllllge de orquídeas que recordaba haber visto ja N, 1'c)mÓ la tarjeta y murmuró estupefacta. 11Andrés Renón ... a cambio de un ramo de rosas mal ln!lulo, )' ron todo mi respeto". ¡Absurdo! ¡Inexplicable! ¿El millonario? -preguntó Juan Luis- ¿Andrés Re· 1M ha dicho? Si, au nuevo jefe --explicó Lola-, y le diré que lsa lto ha aimpatizado con él en absoluto. .. Pero este detalle decir que sabe arrepentirse, y que no es tan insensi tiii!W e reíos.. . l!<abel. Tu traje negro necesitaba a l�o 1 nhnarlo ahí tienes ... ¡algo divino! Juan l.uis, triste, tímido, balbuceó. V pensar que yo iba a rogarle que se pusiera esta mi fJObre ramo de violetas ... .
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!) r. A R 1 D A
B R ·' V O
A D A }f !'
de vio · ueño atado to, un peq e efec en Isab l. Ella, o había, a dar a En su man ía atrevido hab se as, que no quie· letas fresc violetas. Si tomó. las pondré sus Me gentil, s. Lui , Juan f regalo ... -Y así será Lola, "te la& las orq uí· orquídeas, s de la caja la tú ar al sac res lucir er sobr e su plac jeció de eniéndolas lola enro espejo sost al ó mir pañ eros. villosas, se deas mara ¿dónde hacia su!! com se volvió Juan Luis, go d, lue uste y , o Per hombro d? rda n, ¿ve -Están bie -- No etas? avergonzado viol las -explicó . . na ... guardaba o . bue sac tan sa del dé que era -En la bol Isabel. Olvi rse con para a s sela com ofr ecér no puede sabía cómo re presente sa. Mi pob ero gen que tan y no hay de menos, lo es ra, aho cio ese ... cosas el pre Isabel-. Y s --dijo -En estas Lui n Jua del asunto, sati sfe· hablar más mesa ... él, muy arreglar la de -propuso ra fue a acabar os comer acepten. -De beríam ruego que -pro· un día. Les ó, hombre es gan día que lo o cho-· Un tod ará usted -Pero gast dos te· Isabel-. Los s -apoyó testó Lola. Lui n Jua n -Tiene razó celebrarlo. y hay que , ajo trab na. ... nemos urlo b , antes, nada un ojo lo dicho de Lola guiñó que quiere decir -Lo cua l ? ncia de Renón, ¿eh icas, la age en la Banca . son las fábr te quedas ca, ,,.,;., ,,,, ban " " es la plonte do lo• -No sólo ,. a mirab ooY quo s la recuerd• s Juan Lui publicid •d, ente, mientra rilm feb ló Isabel hab ogó. leo? -interr nar su emp ndo cha· asombrado. aba dese nsado en pero la he -¿Había pe e esa idea, tuv to men un mo -Sí, por aliento ... ataque de des no enti rep pasado. do; un ha Pero fortuna, ya de analizar. -Que por mente difícil con s, real Lui es Renón aquí, Juan -Andrés Espérenos él. de o. dar nos un moment os vamos a olvi os listas en a si que rem enia, estarem darnos pris Eug mos ía Mar debe floj a, -, rda cue Lola ó mbre de la -Sí -aprob más ver al ho hora para , porque es a uen b o a erid el cine de pref lleg ar or a mad ier gusta el do .. Yo hub tamb ién me en el circo. or mej pero a \a romántico, .. . leones
22
E N E M 1 G O
E l.
23
Eran casi las ocho de la noch.. cuando al volante de un lujosíaimo convertible, Andrés Renón dejaba atrás laa lumi tl(taaa calles de �d ciudad para tomar las avenidas bordeadas dl'l árboles ¡ entrar a un chalet del más exclusivo barrio resi tlrrwial. Las diez horas de trabajo y de lucha nada parecían :!'tJtrl�entar para su cuerpo atlético y elástico, para su rostro dum y frío, para sus firmes manos y sus grises ojos de mi r•cln audaz. Era su casa una de las más soberbias mansiones que bor ¡'lo�thun la ancha calle, y el automóvil se deslizó sobre el en ll!t:urulo camino que conducía al frente. 'Dejó el auto al pie •lo In c�scalinata y entró al vestíbulo. 1 Gerardo! -llamó. 1 Buenas noches, Andrés! -susurró una voz femenina. ¡Oh . . . tú, Valentina ... ! --dijo sin interés, casi con hlnltlucl. Dd alto respaldo de una butaca surgió una fina figura d@ !illlj rr : alta, elegantísima, maquillada, vestida y enjoyad a l'iHi In propiedad y el buen gusto de quien ha dedicado su •ld1 ni arte de agradar; pero en sus ojos había un frío re JtfOCho y en sus labios estaba mal disimulada una mueca if11 dí!ansrado. ¡Aquí estoy! -agregó- ¡todavía existo! ¡todavía hay tflll\ 11111jrr en esta casa, aunque tú no te hayas tomado el lfllii!Jo ch• enterarte! j Vnya, veo que estás del peor humor! ¿Puede saber�e tlfll ¡¡ur'\ me lo reservas siempre? ,Te esperé a almorzar, te esperé a la hora del té ... hl flllf•Y esp�rando para la cena ... Y ll te he dicho que no lo hagas, nunca doy importan '" i! ln1 horas de comida. Es una necesidad que se cum ttlt� t!li (llnlquier momento; no me gusta esclavizarme estú l'hll!liCHin a esas pequeñeces. ¿También te molesta la costumbre de comer? Mo molesta que quieras obligarme a colocarme la pe .,, ílhuiclunada para sentarme a la mesa, frente a ti y ... lt'li 111611, y estar así por horas, bebiendo y hablando ton· ·
•..
1
1
SI, ya eé que según tú, sólo digo tonteriu, lo mi1mo tnl11 lltnigus. Siempre estoy en mi papel de viuda. Siem· tola; •ftlgo con otros hombres para ir al club, al teatro, C'lrr!ór.. ; ¿soy tu mujer para eso, Andrét?
!) r. A R 1 D A
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•--' 8,- poao ...... - - -J er t -Ya e6 qae pua ti ao lipiftca ..... pua d .., • .., . ... aa aato DUeYo, aa caWo de carreraa.•• -Te dedico todo el tifapo qae puedo, Vel.tine••• -Pen alempre llepa ...dido, a&otado, liD mú de.eot qM dormir y de.c•neer. ¿Te puece fll'edable qae aiempre e.p que eoportar la prepatM malicioeM de mis ...U,oe y ... perieDtel eobre d? -No loe 1011* • cuela. Y no ...... coataduw en la I8CJIÚKol8. Ea u adomo para lucirlo ute tu amigM••• -'fa lo 16; -... d.n.;ado ....... Te dedicet a lat IÚI aoblea tarea, como por ejemplo, ll'I'UÍDar a - Valdr cel, a - pobre Yiejo que ., mató por culpa tuya••• _ Lo JDir6 a loe ojot, COD tullo deldén, que ADdril le U• ti6 a.perado. -¡Ni le mató, DÍ JO Jo arraia6! �tmó COD 'rioleD· el COI'aóa y ., armiD6 por Oenr el.-. Mari6 de ieatot qae DO IOD de. elle aislo. - wpcioe COD perMdicot te atecaa ..m...demeate. -¡Po. que Jo bapa U ...... que ya eabré JO Jo qae Jea CODtelto f -El riejo Valcárcel fae ...U,o de mi padre. -Lo aieDto; DO le paedea Ucer loe Jle80CÍOS COII un eritmo _.a;.....,tl, y dejemoe ello. Te apadeceré que euu· do eltoy • cae, DO me htblea de loe aaato. de la oflciaa, porqae IICPÚ Do me SOlla oeuparme de elloe. -¿y puede ubene ele qaé UUDto. te psta tratar CUU• do ...., COIUIIi8o? -iaterros6 iróaica. -Ea - toDO, ele Diapao. , • -Ee ¡..,•.,..... la ....,.._. que eepertba oir de' tua Wriot, Alldré.. ¡Te importo .._oe que u JDUeble! -¡Por IPor, Valeatiaa! Hoy be teaido UD día muy daro, IDUJ peuclo. -¡Peon. IOD loe que pato yo por culpa tuya, pero triDQ1Iiliute. te dejo••. ! lJaa bociaa de auto, iDiilteDte, ., dej6 oir, delde la ..... ¿Qaiéa •? -pnpató ceiado Aadréa. . -Aipiea cpe Yiew · por mi. ¿Te eorpreade? ¿Te peo .- nN qae ....- • ._. la moleltie de ..Ur a ..
-¡a.to,
·
�
--=toe
-
_
¡N__,_ tOt,
"""'-t Tj ....... ,. � .. ... .. IIÍIIUJ -. , ofit a ....... .. .. ... ...... .. .... · ··..r,.-· ¡... ...., ·�-.... ......_ . '" �·m.,s ...... .. . <'n tt•ndt-rn -.,.¡,. • ......, .. ; oa!
lloddi,¡. - · •
El Umh., de lo ,_ t• ...,.; alejánd-. ,., , d ¡.., t.. ,_. ;u .. que And,<s '""·
lej- ....,
-
.._ •�nduda • ,. ;.,..;,¡ la - de l<onq,..oh., mi<a ndo • lo la e n t rado Uft criado do m...,"' • •• h. t i "'"'ido. .,,. jo...., .... Ido de alto. ruhio, etiq._ qv • 1• dio ;, ,. .,.. Vtleatiaa. •xl mó--..., Mi -••t odo,. •ml� ,,.,.,M •• a. "'•y .,. -. .,to • Andris • ,.. ó"'-no. . . . frialdad -;O � . y ,.ludó h .. . . ·no lo •· eh ? ._._ Ahora regr loah io •loto! ¿Mu eq deo le of�e y E.acto . Pin a . . mi . ..., loa UD du• pera ustedes o dio de cornieaza una lah o., de le vide . . . ; Que 8e •lepe noche de fie.ta . Coa. S. olejó • divi ert an! - - ,.; .. C!O Jnp ...,.. Val añero. lueg entina ..U o, Corno ., delllr... ni W. ·· ai fepentiJI lo, .. dojó IJDenfe Jo • ...,..,.Id .. - �oa-. 88DUa o en ._, . rictus ol ...... ..., .... ..... duro loo 1r de acer de o. Silenci ... oatJnente M .¡.. ¿1:1..,;,. •• ac:erec; 1111 cri • ado. -..? -, ato 1 le vea . _.tó -' afee. ·No. Gera rdo, 11 ....,, t• eetoy CQaado, muy CQfldo .• aloaja �..... 1111 . do lo rato. SU ca D.l.eria ne
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J-! -Si, pero hoy be conocido a uaa majer... DO lé¡ me peta, muy grttt • ,.._encia, ,._ dildntt a la demá r.. mi nueva mal recuerdo. UD trae me nombre ......- • ...uria. Se IMr•tó r ello alguaoe ,.... Su criado permaDeCÍ"l m.6ril, .....o ... órdea& -¡Sine la ceaa¡ despuée iré al circo! ¡VenJIIlC» li tu .ediciat • eficu! El &el .u.ieate aoarió. -¿FJ. llior • ha decidido al tia a tomar uaa leCreta· ar ria ptrticul? -Si, • aapeió - Yiejo tooto de r..tnda y al tia me dej6 CODfti¡iiCel' lliempre be deb!atado e.u oficiau lleau de mujeres. -¡P.-o de élta DO -' delcoataato! -Ya te be dicho que ao té por qué. Debiera Mtarlo, pe· ea fia, dejemos ato. Supoago ro llay t1ao ea ella que. ... le btbráa llegado la flores a tiempo. Genrdo DO pudo meaoe que lazar uaa exclamación de .. ....o. -¿Florea? ¿FJ. leior le mudó flore. a su eecretaria? -¡Otra toateria, lo té, pen hoy ao té cpé teago! La J. ellllllddo uaa tru otra¡ pero tampoco me guata parecer groeero. Si deteeto a lu mujerea ea loe aegocioe. e. precia· ..... porque me moielta chocar COD ella y eueleu leJ' laD -CIIDelid-. taD ialoleatel. . quierat eateaderlo todo, .. J.erlo todo, opiaar aobre todo ... -¿Ttmbiéa M aai la nueva eecretaria, eeiior? -A media. .. Me temo que me raulte ialoporttble. -Oh. . me pareció que mtM el eeiior babia afirmtdo .. CODinrio. R.óa adró a Gertrdo, al creer percibir UD ligero ......, • - ,....r,.¡ pero ao, el leal criado tólo cierta 11 � En tl 6Dieo iaferior tl que permitfa .
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BRAVO
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erlo . ado a hac has anim e m mo mis -Sí, tú uaje .,.al· . un ing? boml><•·. No, - ¿S mok o? ¡, al dre este -¿Pa<a urr ido en muy conc m•· ulo lla .. tác . pec quiera ,.,.,..... es un es palc o. y ,. n u -El circo a<Ó tom o<· Uot.d al cir· tan to . .. tiemP"• ,.;i en vayan conocen \o n, me conoc olvi· nció que a ate ie< tes quia rá \a que \as gen dije qu< o te cre a! ya -No a<l.,; ot<o bomb a onc ontt · .. i""' ; e gu ota<i mi mi>m• o ülóaof<>d< a<d co, ni m ta Ge< todo, bao _,uapi•Ó A nd<óo de d me ..,. ,.;io n da< quiaio<a la vida, tantoo qu< -¡Aai " tanto> y o mbi ca ¡ha y •• Renón! e sta n o· ri os ; te. alegremen de m\\\ona ÓO a rió vid \a o mo And< Lo \la m ol ,.¡,.'.,¡,i \o que yo oi {ue<a - E..c;to e::. mo co uot.d portado e --eo· eh< o< ha import ant ui!l. L tipo tan an un }u r , se ón o Ren r fantástic · -Oebe !!f! de preteren también. gre ale mera fí\a en, a pri jov di la divi e\ do en mentó ..Jio qu e acomoda al int e•m a>t• Se habían cha,laba b ian llogado bab a olit y L eo, . u lo de ci< n ol cia , on ido .,pcclác \a atonció completo U· t<S o\ mov po• par go i doo cao nia, en ula Eugo p"ando od"'• aca icada a M atem alet po• loo c Joabel, d.d dola •• m " ién •'' volv mi• en is, , !.u g<ia Juan "' alo .,..oció• y . te vas ba co n ou de maíz .. palomas iquilla ' más ch cui dados. no la a s, nena, s, vion do !oli ca<· da, �¡Por Dio .,¡ máA qu< 'ó div orti " dojado " -p•ot" h "'" no ••' ; a cacomo nun a. albo•o uda ió \a niñ la -pid ami m .. , . ado tucho e un hel de -Cór.tpram pal omitas o. vin colates ... cho , el Lola inter les elos, chic ng<lito en c ar am omió el a telalo -Helado . o lo que c tod único qu< ve< o hay qu< c<iatu.a! L "• t<ag mai•·. y d< da ... ué man"a ante, asa taunnt. ¡Q rna de elef pie ó Isabel. una lam es -exc ta pedir esionaba eD az, Lola! p en se impr -i Dí-jala genia no Eu ..te babia ría . Ma En..., ¡., ola. {)e&de luego, L d< .,la payasos con la cb circo y lO$ máA minimo clásica de a quill si mu pezado una
ENEMIGO
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u IJI�trlción. La niña, entusiasmada, aplaudió con sus mane·
t·lll!l «-ndulzadas, gritando.
¡Mira, mamita! ¡Mira papá! ¡Mira tía Lola! ¡Los paya·
IM!j�J •:.e que lleva un perrito vestido. .. y aquel con la aariz •·olorada y la cabeza grande ...
Por
la redonda pista del circo, groteecos y soleiDDel avan·
Alllh lu1 payasos, provocando carcajadas y sonrisas. La mi· tlítll dn Isabel se desvió, recorriendo la fila de las butacu de lftht!t!fA línea, y alzó las cejas coa gesto asombrado. llntposible! -murmuró. l. Qué pasa? -preguntaron a un mismo tiempo Juan
1.-.111 y
l.c•la.
'Mir�n cee hombre que acaba de levantarse ... el quf' el del traje oscuro ... Creo que es el ��eñor ttttl l\tt.� la acá "-'"'• nn persona ... En IH�re-nna -confirmó Lola con énfasis--. ¡No puedo llltWtr IU retrato ... es él! ¿•:1 magnate de la banca ...? -Juan Luis lo miró con •
.
.
t.&.lad t:t rnlemo -respondió Isabel-; nunca pensé verlo •• l.ot grandes hombres suelen tener esas genialidades
I'IM!jor
le gusta el circo ... --<:omentó Lola.
c;u�lllllc 1111 lo creo, parece que se va -advirtió Juan ,_,.lvamcntl'!, Andrés Renón, en ese momento, marrh1·
�·la l�t 1nlida, nuzando el largo pasillo con aire de can· , 8111 oj os, al pasar, resbalaron sobre la muchedumbre, •••• tln mirarla, como perdidos en un pensamiento le· Ju1n IJul�t impaciente, contenía el entusiasmo de su hi· &rtnilo CQU ansia a Isabel. Ella había quedado inmóvil, --�� laa manos en la baranda, fijos los ojos en el hombre 11 ...taha a unos pasos de ellos. ¡Qué distinto le parecia,
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n�lrada tristemente lejana, con aquel amarso ric·
utlo •n los labios, con aquel paso lento, del que mar· tambo 1 ¡l.e parecía más joven y extrañamente auavtd
11 lu mlradu fijas en él hirieran su tenaibilidad, An· .W la cabeza, cuando estaba caai frente a ella J ..,....Ión de asombro cruzó por IUS ojoe. •a•r noche., eeñorita Sao Romá 1 �ljo 0011 pa·
AD (:ARID
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CARIDAD
:m
S BRAVO ADA'W
ondió ella. que· señor Renón! -resp -¡Buenas noches, rente. se riendo ��er indife bastó par a que Isabel nte tan sólo, pero insta violeta"!, Fue un de ramo su visto que Renón había las tres per· diera cuenta de ojos escrutadores, a con rido, recor en el mirada la y de que había luego pañaban, para fijar de Lola, y !>onas que la acom ro homb el eas que adornaban corsage de orquíd gesto habitual. ándolos con su duro apret s plegar los labio de tan cerca, me así, en persona, y visto que ias· bes -¿Sa -dijo Lola con entus o más guapo? parece todavía much
én los labio s, con pero apretó tambi confe leabel no respondió, ta y no quería rado. Se sentía moles flores las r regala UD repentino desag ido no que hubiera prefer triste y aire sarse a sí misma aquel con no \'erlo alejarse,
mo.
de Andrf!:' Rcnón,
helado. quitarse siquiera la casa, Isabel, sin Cuand o volvieron a ionaba sus cla apris te samen rero que gracio somb a la eño pequ el ventana que daba frente a la única o los mpland ros cabellos, quedó conte tiva, profundamente ponsa En su calle, inmóvil, n el oscuro cielo. aba ric rub e qu sos ino lum s des· ero de letr a l mi s qu e acabab el ramito de violeta casa, de s lla ma no bla nca estaba ati zap y bata queta. Lola, ya en prender de su cha a ella. ae acercó nsas? -interrogó. bel? ¿En qu é pie -¿Qué te pasa, Isa ? -respondió dissar había de pen En nada. . . ¿en qué
traída. fieso que no bago ejemplo. Yo te con -En Renón, por del buen !lrñor. dor ede a la cabeza alr m:ls que darle vueltas un hombre como él? un circo de barrio ;. Por qué estaría en triste ... ¿te fijaste? Y tan solo, y tan
-Sí.... ara flores ... y raro que te mand -Y también fue mu -Todo es raro en él. qué abrazos debe es! ¿Te imaginas -¡Pero qué guapo él? . dar un hombre como sin saber por qué-ó Isabel, enfadada, idi --p co· re -¡Cállate! mb ho un tanto, es a que lo ponderes No veo motivo par ... ué mo otro cualquiera is, por ejemplo. ¡Q áralo con Juan Lu n· abu -¡Qué va! Comp del ió sal UD suspiro hondo mujer! dichosa debe ser su lita. dante pecho de Lo -
EL
ENEMICO
31
Isabel se volvió vivam ente hacia ella. -¿Su mujer? ¿Cómo su mujer ..? -Es casado -agregó con naturalidad Lola, ¿no lo sabías? ¿No te lo dije ayer cuando hablamos de él? - ¡No! ¿Y cómo te las arreglas tú para entera rte de tu do? -Leo los periódicos en la tienda; y en el de hoy preci� mente está su mujer entr egando el cheque de un donath•o a un asilo de ancianos. Isabel sintió cólera y despecho, una ciega cóle ra que la hizo decir. -¡Algunos ancianos arru inados por Renón irán a parar a ese asilo! -Es una manera de com pensar ... -Puede ser, pero dete sto a los hombres com o él. ¡ Detesto a Renón -replicó con ira contenida. -No sé por qué, Isabel; a ti no te ha hecho nin gún da fío. Eres injusta -Lola la miraba atentamente, escrutadora y maliciosa. -Sin saber por qué, lo miro como a un ene migo. De un hombre como él deb ió ser víctima mi padre ... -¡Pero qué tontería! ¡Por qué tienes que pensar eso! Son ganas de atorment arte, de hacerte la vid a peor de lo que e�. A ver si ese ton to de Juan Luis te ha contagiado su neu rastenia . . .
-Pobre Juan, con él sí que eres tú injusta, Lola. Es hon rado, ea bueno; tien e el alma herida por la traición de una mala mujer ... -¡Isabel! -gritó Lol a alarmada-. No irá s a enamorar lt: de ese papanatas, ¿verdad? Isabel se arrancó el som brero con un gesto bru aco. L. \'Íoletas cayeron al suelo. -¡Ni de ese, ni de nin guno! -respondió con violencia-. Una vez quise a un hom bre y él se encargó de curarme del amor, para !Siempre. -¡Bah! Volverás a ena morarte, a querer ... y a lo ._. jor ea de ese propio Ren ón a quien gratuitameate deteeaaa, -¡Nunca, Lola, nunca! -protestó con tanta vehemea. cía <¡ue su compañera volvió a observarla con atención-, A Renón casi lo odio ... y vamos a dormir. Ma&an a leDclñ que soportar sus órdenes y au presencia desde lu ocho. Hay que tener fuerzas para ello . •
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CARIDAD
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ondió ella. que· señor Renón! -resp -¡Buenas noches, rente. se riendo ��er indife bastó par a que Isabel nte tan sólo, pero insta violeta"!, Fue un de ramo su visto que Renón había las tres per· diera cuenta de ojos escrutadores, a con rido, recor en el mirada la y de que había luego pañaban, para fijar de Lola, y !>onas que la acom ro homb el eas que adornaban corsage de orquíd gesto habitual. ándolos con su duro apret s plegar los labio de tan cerca, me así, en persona, y visto que ias· bes -¿Sa -dijo Lola con entus o más guapo? parece todavía much
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de Andrf!:' Rcnón,
helado. quitarse siquiera la casa, Isabel, sin Cuand o volvieron a ionaba sus cla apris te samen rero que gracio somb a la eño pequ el ventana que daba frente a la única o los mpland ros cabellos, quedó conte tiva, profundamente ponsa En su calle, inmóvil, n el oscuro cielo. aba ric rub e qu sos ino lum s des· ero de letr a l mi s qu e acabab el ramito de violeta casa, de s lla ma no bla nca estaba ati zap y bata queta. Lola, ya en prender de su cha a ella. ae acercó nsas? -interrogó. bel? ¿En qu é pie -¿Qué te pasa, Isa ? -respondió dissar había de pen En nada. . . ¿en qué
traída. fieso que no bago ejemplo. Yo te con -En Renón, por del buen !lrñor. dor ede a la cabeza alr m:ls que darle vueltas un hombre como él? un circo de barrio ;. Por qué estaría en triste ... ¿te fijaste? Y tan solo, y tan
-Sí.... ara flores ... y raro que te mand -Y también fue mu -Todo es raro en él. qué abrazos debe es! ¿Te imaginas -¡Pero qué guapo él? . dar un hombre como sin saber por qué-ó Isabel, enfadada, idi --p co· re -¡Cállate! mb ho un tanto, es a que lo ponderes No veo motivo par ... ué mo otro cualquiera is, por ejemplo. ¡Q áralo con Juan Lu n· abu -¡Qué va! Comp del ió sal UD suspiro hondo mujer! dichosa debe ser su lita. dante pecho de Lo -
EL
ENEMICO
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Isabel se volvió vivam ente hacia ella. -¿Su mujer? ¿Cómo su mujer ..? -Es casado -agregó con naturalidad Lola, ¿no lo sabías? ¿No te lo dije ayer cuando hablamos de él? - ¡No! ¿Y cómo te las arreglas tú para entera rte de tu do? -Leo los periódicos en la tienda; y en el de hoy preci� mente está su mujer entr egando el cheque de un donath•o a un asilo de ancianos. Isabel sintió cólera y despecho, una ciega cóle ra que la hizo decir. -¡Algunos ancianos arru inados por Renón irán a parar a ese asilo! -Es una manera de com pensar ... -Puede ser, pero dete sto a los hombres com o él. ¡ Detesto a Renón -replicó con ira contenida. -No sé por qué, Isabel; a ti no te ha hecho nin gún da fío. Eres injusta -Lola la miraba atentamente, escrutadora y maliciosa. -Sin saber por qué, lo miro como a un ene migo. De un hombre como él deb ió ser víctima mi padre ... -¡Pero qué tontería! ¡Por qué tienes que pensar eso! Son ganas de atorment arte, de hacerte la vid a peor de lo que e�. A ver si ese ton to de Juan Luis te ha contagiado su neu rastenia . . .
-Pobre Juan, con él sí que eres tú injusta, Lola. Es hon rado, ea bueno; tien e el alma herida por la traición de una mala mujer ... -¡Isabel! -gritó Lol a alarmada-. No irá s a enamorar lt: de ese papanatas, ¿verdad? Isabel se arrancó el som brero con un gesto bru aco. L. \'Íoletas cayeron al suelo. -¡Ni de ese, ni de nin guno! -respondió con violencia-. Una vez quise a un hom bre y él se encargó de curarme del amor, para !Siempre. -¡Bah! Volverás a ena morarte, a querer ... y a lo ._. jor ea de ese propio Ren ón a quien gratuitameate deteeaaa, -¡Nunca, Lola, nunca! -protestó con tanta vehemea. cía <¡ue su compañera volvió a observarla con atención-, A Renón casi lo odio ... y vamos a dormir. Ma&an a leDclñ que soportar sus órdenes y au presencia desde lu ocho. Hay que tener fuerzas para ello . •
•
j
C .4.RIDA 0
BRAVO
ADAM!'
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ndo. un boro· a Isabel, rie ... odia r a Lol a abr azó o muy mal de él. per , rse veo ora te m al ena -A y, qué m camino de en r quedó esta a; e Isabel era vista es de la ventan bre a prim rubri vía, que a tod riendo luminosos Se alejó, los letreros chispo que oso teri más mirando vivo y mis sola, ahí, ciudad, el .. de la gran o ciel sentimientos s el ado ontr caban ¡Andrés Re· vos y enc nue sía sus par rroteo de murmuró ón\ Ren -¡Andrés cada uno recordaba \ de la que nón gen lo cono· ima si , una ntos, como Un nombre los movi mie o si la de com uno . . e. tos, cada desde siempr s, de los ges atrá a rrar en su ucho tiempo erte que bo ra tan fu ciera de m fue dueña de sara ella que le cau vencido, y nó agi verlo impresión im Se lo a; soñó con lo dem ásque la suy sa V al dero alma todo o viej po como el banca más in· y t<émulo, una casa de ero nte letr lica ,up un encia, no, había leja muy pidiendo clem , oscuro re el cielo endía. con cárcel. Sob paga ba y enc a ---dijo Isabel se que ón ...\ Ren re· menso , rojo, ca se Ban que . .. s Renón letrero -¡Banca a en los hast ... tod as partes detesto\ odioso, lo ira- ¡él por cielo! ¡Es el ra ho. pac des flejan cont ada al ó apresur Isabel entr
he Creo que me a, fría-. dó correct salu e. días me perdon -Buenos ruego que lamentabl e· minutos, le co cin a, adelanta doorit señ retr asa j, relo punto. fíe de ese las ocho en -No se a tiempo. Son en o y cha quet ed clar ust n á taló mente. Est a, se añana pan gom m de ella aqu atos de suela Renón v estía s con zap aner a parecía pies, calzado aquella m Sus de va. tido Ves deporti o. menos som· ruid mirada era el m enor perioso -y más ágil. Su movían sin im e, xibl to ges más fle el mismo an más jov en, tení sus labios bría, aunque como es· re. o dejarlo p pocas r, si gusta, cruel de siem egla muy arr o andarlo que lo mir por ro al -Puede m quie igu que mi es jes es por ó-· P ara ca· as de relo la llen o tá -agreg n iend está r volv las oficinas ajo de esta ción veces y si eados el trab arm e la tenta mpl e evit is y m da, sali de evitarles a hora to. atisbar la er ese ges ía. beza para que vea hac el o con lev e iron tod ella a r ---dijo de despedi aza ... men a una -Es toda
F. L
E N E M 1 G O
3:-\
-En el peor de los casos sería sólo una advertencia; pero no va con usted, que sabe ser puntual, aun cuando trasnocha. ¿Se divirtió mucho en ese horrible circo? -Poco -confesó Isabel-; pero por lo visto, algo más que usted. -Anoche no estaba yo de humor... Es difícil estar en plan de divertirse cuando se lucha a todas horas con el cret;. nismo, la estulticia y la incompetencia de las gentes. Acab0 de despedir a mi secretario número tres... hoy lo suplirá us ted a él. Nos ocuparemos de los asuntos de construcciones c¡ue hay pendientes. j Busque en ese archivo! Isabel obedeció. El indicó los expedientes que debía lle var a la mesa, y Renón los hojeó con rapidez. Ella esperaba, li!lta, con el lápiz en la mano y el block enfrente. Antes de em pc•zar a dictar, Andrés la miró, con una rara expresión en el M-mblante. -¿No le gustan las orquídeas? -preguntó sorprendién· elola. -Bueno. . . -respondió confusa-, no es eso ... -Prefiere. .. ¿las violetas, eh? -No se trata de una flor o de otra, señor Renón; las v•oletas llegaron primero. -¿Sólo por eso? ¿Para usted todo es cuestión de turno? , -No, pero un regalo no tiene para mí más valor que lo c¡ue significa espiritualmente. El hombre que me regaló esas violetas se privó de algo necesario para hacerme el modesto ubsequio; usted, con sus preciosas orquídeas, me pagó un JIObre ramo de rosas despreciado olímpicamente; aunque uno c·u�tara cincuenta centavos y el otro cincuenta pesos. la Vl'n· lllja estaba entera del lado de las violetas... a mi modo dr v.,r... -Yo no regalé su ramo de rosas a otra persona. -No, se conformó con echarlo al cesto ... -Yo no sabía que era de usted. Isabel lo miró, dulcificándose para replicar. -Es toda una disculpa... gracias por tomaree la .mo· le$tia de ofrecérmela, perdiendo en ello su precioso tiempo ... Andrés, brusco, casi amenazante, exclamó: ¿No puede hablar oin ironía? ¿Por qué repite lo <JU� digo ...? -Dispénseme, no traté ... --Sí -cortó él con violencia-, trató de dar, y dio en el
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-En el peor de los casos sería sólo una advertencia; pero no va con usted, que sabe ser puntual, aun cuando trasnocha. ¿Se divirtió mucho en ese horrible circo? -Poco -confesó Isabel-; pero por lo visto, algo más que usted. -Anoche no estaba yo de humor... Es difícil estar en plan de divertirse cuando se lucha a todas horas con el cret;. nismo, la estulticia y la incompetencia de las gentes. Acab0 de despedir a mi secretario número tres... hoy lo suplirá us ted a él. Nos ocuparemos de los asuntos de construcciones c¡ue hay pendientes. j Busque en ese archivo! Isabel obedeció. El indicó los expedientes que debía lle var a la mesa, y Renón los hojeó con rapidez. Ella esperaba, li!lta, con el lápiz en la mano y el block enfrente. Antes de em pc•zar a dictar, Andrés la miró, con una rara expresión en el M-mblante. -¿No le gustan las orquídeas? -preguntó sorprendién· elola. -Bueno. . . -respondió confusa-, no es eso ... -Prefiere. .. ¿las violetas, eh? -No se trata de una flor o de otra, señor Renón; las v•oletas llegaron primero. -¿Sólo por eso? ¿Para usted todo es cuestión de turno? , -No, pero un regalo no tiene para mí más valor que lo c¡ue significa espiritualmente. El hombre que me regaló esas violetas se privó de algo necesario para hacerme el modesto ubsequio; usted, con sus preciosas orquídeas, me pagó un JIObre ramo de rosas despreciado olímpicamente; aunque uno c·u�tara cincuenta centavos y el otro cincuenta pesos. la Vl'n· lllja estaba entera del lado de las violetas... a mi modo dr v.,r... -Yo no regalé su ramo de rosas a otra persona. -No, se conformó con echarlo al cesto ... -Yo no sabía que era de usted. Isabel lo miró, dulcificándose para replicar. -Es toda una disculpa... gracias por tomaree la .mo· le$tia de ofrecérmela, perdiendo en ello su precioso tiempo ... Andrés, brusco, casi amenazante, exclamó: ¿No puede hablar oin ironía? ¿Por qué repite lo <JU� digo ...? -Dispénseme, no traté ... --Sí -cortó él con violencia-, trató de dar, y dio en el
C\RIOAU
"'
BRAVO
'UAM�
; pe· al decir esto se r«"fiere que · \o ctiva a te efe perfe cta men e!' pr("(�io!'O. blanco. Sé : mi tit>mpo ochar· nada de derr nto de epie sea dueño ro no me arr decir que no no quie re mente, lo cual y a"rrepenti da, ra ... sí se sentía lo como quie . -Isabel . ón. Ren -Señor sigo misma. oy ... disgustada con tiem po, por h bajó los ojos, bastante de ese s imo perd -Pero ya día, mente. inmediata amigo; ni ese voy a dictarle palabra como Año la e , girl ena diri dez. Nochebu No volvió a ron con rapi tor· es, que pasa como en un ient sigu el los Isab vivía ni nta, n· cue gie e reco sin dars su empleo, Nuevo . .. Casi · vertiginioso de mitir o ritm tras el para endo as y horas bellino, sigui durante hor tuyen· ón susti Ren , ibir de de escr do las frases su máquina odiando por medio de secretarios; tres sus las al papel de es cion eficien· fun su las nto, do tale do y usurpan ar suyo su irando a 'pes adm pero ón. su dureza, cidad de acci preguntas, aordinaria capa pre le . hacía siem da, su extr Lola , casa . No ha· jefe su a su Al volver jo y sobre traba su udo, la e resad a sobr ante, y a men �iemprc inte él ni un inst dond e de arse stas de olvid ojos las revi bía manera Her· ponía ante sus a ntin era Vale pañ charlatana com belleza, aparecía de dad; y cari as de alhaj a función de deslumbr ante fiesta, en un asilo; ón, en una ción para un Ren de struc ez con nánd una le de ra que primera pied ía conf esarse poniendo la Isabel no quer , oria .. . mem ro teat de un ocía ya de a la salida ostro, que con no r rior o mos supe her su l odio por dolía ver aque el naciente que no ha reconocer que ando a Lola rog ni tampoco ba mina de ter mpre tan cansada . Sie . . ¡estaba existía en ella seguía de su espos a . , y sola ón aba Ren ndo qued blara más de embargo, cua aquella mujer trabajo! Sin selo junto a él y de su ndo giná ima como en rés; sería And pensando en uosa, donde él sunt demás. casa en una a todos los tan hermosa, que manejaba ella r rio tras supe mien el ser ! Renón, sus oficinas, ha· de la realidad que ba el esta en s ¡Qué lejo departamento esto de mod o el amig ello en del Mar el imaginaba aqu o sólo era Raúl oros no am que onio ubría ido, su dem hitaba, desc morado rend huir con ena a y su l yuga sino su m ujer, el hogar con que se a abandonar miento en lo que la incitaba tal descubri por n ale· ba vivía uta a inm ntin se que él y Vale él. Andrés no ho y muc ía no la amaba mujer. Hac refería a su a mucho que hací o per os; o; añ mism dos extr ostrar lo jados, como í a para dem to cuan a que ella hací
J»>CC:
F. L
tNEMICO
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no era agradable que en su propia casa, su propia mujer acep· tara las galanterías de un hombre que pretendía convertir� r.n amante, y que permitiera que hablara de su marido en tér minos despectivos. Renón no ignoraba que Valentina pertenecía a una clase 10eial superior a la suya; pero precisamente por eso, por el hecho de ser una señora, y de preciarse ella de serlo, lo ofen clía más su actitud pasiva, casi de aquiescencia ante el in!IO· lente Raúl del Mar. j Cómo lo habría compadecido Isabel si lo hubiera visto c'flll los labios resecos, plegados en un amargo gesto, más pro fundamente tristes sus duros ojos de color de acero y todo el robusto cuerpo de hombre de acción inclinado bajo el peso elel au desdicha íntima! Pero no lo veía, no sabía nada de su vida, aun cuando adivinaba, con la intuición de las personas sensibles y bonda dosas, que no era feliz, no obstante su poder, su riqueza, liU hflrmosa mujer ... Al día siguiente, Isabel entró a la oficina de Estrada, que la recibió alegremente. -Buenos días, primavera. Mira que voy a tener un buen dla, comenzando por esto: entrar tú en mi despacho ... -Vamos, está usted galante -rió ella a su vez. -No es sólo eso ... estoy contento, ¿sabes? Quiero que firmes aquí. Sólo formalidad, pero he estado esperando et�te momento con verdadera ansia .. . y ayer, el señor Renón me llamó para decirme que entras a formar parte de la plant� de empleados ... -¡Oh! -replicó ella, burlona-. El señor Renón me per illlna la vida, ¿entonces? -No ha podido encontrarte defecto, y no sabes el gusto qur. me da. -Gracias, señor Estrada ... Procedió a firmar los papeles que le tendía, y en ese :momento sonó, violenta, la chicharra que llamaba imperiosa al jr.fe de personal. Estrada saltó casi de su asiento . . . Dejó 11 hnhc.>l firmando y corrió al despacho de Renón. Unos instan· tf'fl clellpués ella también llegaba al privado del jefe máximo. Antes de entrar escuchó la voz airada de éste, que reprendía Jo:Steban. -¡Son asuntos que deberían estar resueltoa! Ya eab. que no me gusta decir las cosas dos veces. Si vueiYe a ocurrir 1
C\RIOAU
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BRAVO
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no era agradable que en su propia casa, su propia mujer acep· tara las galanterías de un hombre que pretendía convertir� r.n amante, y que permitiera que hablara de su marido en tér minos despectivos. Renón no ignoraba que Valentina pertenecía a una clase 10eial superior a la suya; pero precisamente por eso, por el hecho de ser una señora, y de preciarse ella de serlo, lo ofen clía más su actitud pasiva, casi de aquiescencia ante el in!IO· lente Raúl del Mar. j Cómo lo habría compadecido Isabel si lo hubiera visto c'flll los labios resecos, plegados en un amargo gesto, más pro fundamente tristes sus duros ojos de color de acero y todo el robusto cuerpo de hombre de acción inclinado bajo el peso elel au desdicha íntima! Pero no lo veía, no sabía nada de su vida, aun cuando adivinaba, con la intuición de las personas sensibles y bonda dosas, que no era feliz, no obstante su poder, su riqueza, liU hflrmosa mujer ... Al día siguiente, Isabel entró a la oficina de Estrada, que la recibió alegremente. -Buenos días, primavera. Mira que voy a tener un buen dla, comenzando por esto: entrar tú en mi despacho ... -Vamos, está usted galante -rió ella a su vez. -No es sólo eso ... estoy contento, ¿sabes? Quiero que firmes aquí. Sólo formalidad, pero he estado esperando et�te momento con verdadera ansia .. . y ayer, el señor Renón me llamó para decirme que entras a formar parte de la plant� de empleados ... -¡Oh! -replicó ella, burlona-. El señor Renón me per illlna la vida, ¿entonces? -No ha podido encontrarte defecto, y no sabes el gusto qur. me da. -Gracias, señor Estrada ... Procedió a firmar los papeles que le tendía, y en ese :momento sonó, violenta, la chicharra que llamaba imperiosa al jr.fe de personal. Estrada saltó casi de su asiento . . . Dejó 11 hnhc.>l firmando y corrió al despacho de Renón. Unos instan· tf'fl clellpués ella también llegaba al privado del jefe máximo. Antes de entrar escuchó la voz airada de éste, que reprendía Jo:Steban. -¡Son asuntos que deberían estar resueltoa! Ya eab. que no me gusta decir las cosas dos veces. Si vueiYe a ocurrir 1
CARIDAD
BRAVO
ADAM S
algo parecido, dejará usted de ser jefe de personal. Y no pierda tiempo disculpándose. ¡Vaya a hacer lo que le he dicho inmediatamente ... ! Isabel entró al mismo tiempo que Estrada salía, cabizbajo y mortificado. -Buenos días, señor Renón -saludó--, aunque para usted no parecen muy buenos ... -No pueden serios para el que lucha con vejestorios .. -El señor Estrada es su empleado más fiel. -Lo cual no es inconveniente para que me desespere con su manía de querer hacer las cosas a su modo, y como se acostumbraban hace veinte años. Acérquese, busque su block ; ya sé que si Uega un poco tarde es porque Estrada la ha entretenido haciéndola firmar papeles sin más importancia que una simple formalidad. -¿Le parece que contratarme con carácter defmitivo es una simple formali4ad? Andrés se sentó frente a su mesa, impaciente. -Tiene usted la mala costumbre de hacer preguntas que no necesitan respuesta. Demasiado sabe que no tengo que· ja de usted, lo cual es bastante raro; todo lo hace bien, y no ha pedido aumento de sueldo, cosa más rara todavía. . . Pero por lo mismo, y si leyó los papeles que acaba de firmar, sabrá que no necesitará nunca pedir aumentos. Así como despi· do a los que no me sirven, les doy mejor sueldo a los que sirven. Como le he aumentado considerablemente el trabajo, he hecho lo mismo con el sueldo ... -Gracias, señor Renón. . . - Isabel no pudo meuos que eentirse satisfecha- Pero usted sabe que el señor Estrada no vive sino para servirlo. -¡Vamos1 ¿Quién hablaba ya de Estrada? No se empeñe en considerar el valor de cosas absurdas. Lo importante no son los sentimientos de los empleados, sino m eficiencia. -Decididamente, para usted no hay más que máqui· . nas. . . Y ya que me permite hablarle con franqueza ... -La franqueza se la está usted permitiendo. . . ' -¿Por qué quiere ser cruel? Por eso no puede ser dichoso. Andrés dió un golpe en la mesa, con el puño cerrado. -¿ Qué? ¿Que no soy dichoso ¿De dónde saca eso? -Salta a la vista, aun cuando usted no lo crea. Para ser feliz hay que salir de sí mismo, acercarse a loe coruones
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EL
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ajenos, sembrar el bien a cambio de sonrisas, hay que pasarlo todo por el sentimiento .. . -Como hace usted .. . - Como trato de hacerlo. - Pues no me diga que es feliz -dijo con dureza-, no mienta ... ¿Feliz ahogando sus naturales ambiciones de mu· jer, para encerrarse en una oficina? ¿Feliz en la pobreza, en la estrechez? ¿Feliz, teniéndome que obedecer y soportar mis órdenes? Isabel miró un instante fijamente el duro y viril semblan· te ,de Andrés Renón, y una sonrisa tenue, leve, aquella pecu: liar suya, a la vez dulce y burlona, apareció en sus frescos labios. - Sí, señor Renón -aseguró-, soy feliz, muy feliz aun trabajando para usted. En la noche, cuando ya hacía tiempo que se habían apagado los rumores de las máquinas de escribir y los timbres de los teléfonos, cuando las grandes oficinas estaban desiertas, Andrés, solo, frente a su mesa todavía llena de papeles, trabajaba. Estrada, abriendo la puerta poco a poco, pidió permiso para entrar. Sorprendido, Renón le hizo seña de que se acercara. - Tuve la desgracia de disgustar lo a usted -explicó Esteban- ; me apena muchísimo que me juzgue un inepto ... Renón sonrió, cosa poco común en él cuando estaba en ese despacho. - Olvide todo, Estrada, y vaya a su casa tran_quilo. Hoy todos parecían tener mucha prisa en dejar la oficina. - Mañana es día de Reyes, señor, y esta noche ... todos hacen compras. -Cierto . . . pues vaya usted también, y no se preocupe. -Gracias, señor Renón. Ya Esteban se dirigía a la puerta, cuando Andrés lo detuvo. - Espere. . . quería hacerle una pregunta, sin importancia, sobre esta muchacha San Román. . . Vive con su familia naturalmente, ¿verdad? - No, señor, no tiene familia. Alfredo San Román, al morir, la dejó totalmente sola en el mundo. - ¿Cómo? ¿No tiene entonces una hermana, más baja, más gruesa ... ? ¿No tiene una sobrina pequeña? - No señor, no tiene a nadie, que yo sepa.
1: l. ?.8
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-¿Con qu1en vive? quiere, puedo prelo sé, pero si usted -La verdad, no guntarle ... palabra . .. -No... no, ni una que vivía en un rdo, ella me dijo acue me que -Ahora a, una mucha· amig una ado a medias con creo que en departamento, tom ... Globo El los Almacenes de en aja trab que ha e de juguetes. el departamento -insistió Renó n. -¿Una amiga? Isabel. Ella va a veión me la prese ntó ocas Eso es ... -Sí. En una ven juntas a su casa. la tien da, y vuel de sus poco tan ces a buscarla a a habl el por completo. Isab ado olvid había lo asuntos ... despidió, saliendo. más y Estrada se untó preg no Renón en ese momento cuatro paredes que o, entre \as ó, de nue' de Solo de trab ajar. Sinti arlo, Andr és dejó de que s, hora parecían aprision \as ran pasa insensato de que re el bloc k pronto, un deseo a él, inclinad�Psob junto ahí, r esta lápiz, mo el Isabel volviera a do ca empuñan za, la mano blan o si algo le com \a dorada cabe Era ágil. libr eta, rápida y viéndose sobre la puso de pie. . Con decisión se ella faltara al faltar rías --t.e dijo-, me tonte que más -Todas éstas no son iré a casa ... que. lo conducía la amplia avenida Pero no siguió por or; tomó una anteri decisión no obstante su bullicio, ple a su resi dencia, de etas repl las de comercio, rtas aquella calle que conducía a abie tiendas \as puertas de las n como taba tóricas de gente. De bro sada, hasta una hora desu Vo etes. noche excepcional, paqu cargados de ombres y mujeres ven los de un río humano h mio apre al risue ños respondían de los ces, risas, rostros desbordarse generoso un o com era s; com· nadie dedores ambulante que en la de Reyes! Aquella tienden s sentimientos. ¡Noche alma las que la mismo; aquella en la caricia pra nada para sí del interés ajeno, en ra dulzu a hond hacia fuera en la del recuerdo cordial. a los almacenes tran sversal, próxima ble En una callejuela porque no era posi dejar el automóvil, extra· con El Globo, tuvo que Miró ana. de aquella ola hum avanzar más a través rozándolo, como si gentes que pasaban las de ran ñeza las caras masa, como si llf'ga viese de cerca la gran Repenti atrás. por primera vez años os much los recuerdos de precieo \o a él agolpándose u�. recuerdo claro y ar. cion reac ió namente parec
hirió, sacudiéndolo; y abriéndose pa!o, entró en loa almace· nea El Globo, C()n la esperanza inconfesada de encontrar a Isabel San Román. Y en efecto, ahí estaba ella, discuti�ndo con Lola, en el clepartamento de juguetes. Tenía en las manos una linda mu· iic:ca. -¡María Eugenia se va a volver loca de alegría cuando la vra matíana! --exclamó feliz. - ¡Pero esa es la más cara. criatura! -protestó Lola. -No me hables esta noche de las cosas caras o barata!!. Quiero que Miria Eugenia tenga lo que desea ... pobrecita ... •i�rnpre llena de antojos insatisfechos ... -Pero lo mismo juega con una de tres cincuenta que Cftn rsa de veinte pesos ... No importa... y también llevaré la silla, y el cocheci1(1, y todo lo que pidió a los Reyes Magos ...anda ...hazme la nula ... :-Bien -aceptó Lola, rezongando--, ¡voy a dar la vuel ta por detrás de la caja a ver si te despachan rápido para que I'U�_Ias largarte! -Tú, ¿a qué horas sales? ¿Quieres que te espere? -No, esta noche, figúrate ...me darán aquí las dos de la madrugada... ¡Tengo una suerte! ¡Para Pascuas, para t\cyc:s... en el departamento de juguetes, y cuando llegue el dlll ele las madres, en otro sitio donde se vendan cosas para llns ...! ¡Estov más harta! Mientras hablaba, escribía, y levantó luego el rostro para l'tll"�t:ar a f'U am•t-8 la nota de compra. Una exclamación salió de 11111 labios. Isabel siguió la dirección de sus ojos. -Renór.. Renón aquí ¡Es el colmo! -murmuró. -En persona, sí, -afirmó Lola riendo--, para recreo de eus ndmirat'lon•<;... y viene hacia acá... Y no sé por qué di (1('• cJut: es el colmo. Tiene tanto derecho como cualquiera otro . 111 tr nrr hijos y a comprarles juguetes -No tiene hijos. En cinco años de matrimonio no ha h'llld(l uno !!'Olo -replicó Isabel, con un ligero acento de u tl•facción en la voz. ¡Caramba! Ahora eres tú la que está bien informada IM.l hurló Lola. -Me enteré por casualidad ... -Pero con lujo de detalles. �¡No veo el chiste, Lola ...!
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-¿Con qu1en vive? quiere, puedo prelo sé, pero si usted -La verdad, no guntarle ... palabra . .. -No... no, ni una que vivía en un rdo, ella me dijo acue me que -Ahora a, una mucha· amig una ado a medias con creo que en departamento, tom ... Globo El los Almacenes de en aja trab que ha e de juguetes. el departamento -insistió Renó n. -¿Una amiga? Isabel. Ella va a veión me la prese ntó ocas Eso es ... -Sí. En una ven juntas a su casa. la tien da, y vuel de sus poco tan ces a buscarla a a habl el por completo. Isab ado olvid había lo asuntos ... despidió, saliendo. más y Estrada se untó preg no Renón en ese momento cuatro paredes que o, entre \as ó, de nue' de Solo de trab ajar. Sinti arlo, Andr és dejó de que s, hora parecían aprision \as ran pasa insensato de que re el bloc k pronto, un deseo a él, inclinad�Psob junto ahí, r esta lápiz, mo el Isabel volviera a do ca empuñan za, la mano blan o si algo le com \a dorada cabe Era ágil. libr eta, rápida y viéndose sobre la puso de pie. . Con decisión se ella faltara al faltar rías --t.e dijo-, me tonte que más -Todas éstas no son iré a casa ... que. lo conducía la amplia avenida Pero no siguió por or; tomó una anteri decisión no obstante su bullicio, ple a su resi dencia, de etas repl las de comercio, rtas aquella calle que conducía a abie tiendas \as puertas de las n como taba tóricas de gente. De bro sada, hasta una hora desu Vo etes. noche excepcional, paqu cargados de ombres y mujeres ven los de un río humano h mio apre al risue ños respondían de los ces, risas, rostros desbordarse generoso un o com era s; com· nadie dedores ambulante que en la de Reyes! Aquella tienden s sentimientos. ¡Noche alma las que la mismo; aquella en la caricia pra nada para sí del interés ajeno, en ra dulzu a hond hacia fuera en la del recuerdo cordial. a los almacenes tran sversal, próxima ble En una callejuela porque no era posi dejar el automóvil, extra· con El Globo, tuvo que Miró ana. de aquella ola hum avanzar más a través rozándolo, como si gentes que pasaban las de ran ñeza las caras masa, como si llf'ga viese de cerca la gran Repenti atrás. por primera vez años os much los recuerdos de precieo \o a él agolpándose u�. recuerdo claro y ar. cion reac ió namente parec
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\ 1l ::0
¿Aeí de �-:'<lo te enfade�. E� que has puesto una cara. a? oficin botiCa eres con él en la deber y mi tra· -En la oficina lo soporto porque ee mi en seguida. irme quiero bajo. Por favor, acábame de atender, compañero un a tes paque los ar entreg a ró Lola se apresu Pero Renón toda,:a pudo y su amig:a corrió a pagar a la caja. preguntaba lo que de· saludarla, mientras Lola, obsequiosa, decir, ni •qué pedir, qué do sabien no so, confu s, seaba. André y para ealir del domo, recordó los hijos de Gerardo, su mayor la misma Lota que lo aran mand que de apuro, dio órdenes
eecogiera. untó de -¿Dónde está la señorita San Román? -preg pronto. ... -expli· -Fue a recoger sus paquetes, junto a la caja Ieabel freo· a ando imagin eí, có maliciosa Lota, riendo para •
te a Andrée. scos de Lota lo Eete � alejó butiCándola, y loe ojos picare guiño. un en dose cerrán e, eiguieron por un instant -murmu· -Me parece que la vida se nos va a complicar ró.
e que llena· Andrés, corriendo casi entre la muchedumbr puerta de la calle, ha el almacén, alcanzó a Isabel ya en la zaban escapar eujetando uno de los tres paquetee que amena de sus manos. ayude �x-Va usted muy cargada, permítame que le o. clamó, un poco sofocad puedo con los -No ... no, señor ... muchas gracias ...
•
paquetes ... -Opino lo contrario ... se La mirada de sus ojos grises siempre dura, ahora pálido el bañó que luz , extraña luz una había suavizado con n. rostro de Isabel, comunicándole desconocida emoció nte-. -Tengo el auto muy cerca -insistió casi suplica eso! ¡Deme casa. su a llevaré la to En un momen paque· Era inútil prote-�tar. Andrés casi le arrebató los auto· su aba aguard lo donde lugar tes y fue con ellos hasta el de que ella seguro , mirarla para a siquier volverse sin mó.U, lo seguía. acomo· Llegaron al auto y deepués de abrir la portezuela, un grito. dó sin precaución los paquetee. Isabel lanzó sus rega· -¿Qué pasa? -interrogó él-. ¿Son frágiles loa?
t: 1,
E N E 'M 1 G O
-Si, uno es una muñec-a.
41 . .
t'1le
largo.
-Y a, para la niña que llevó ueted al circo hace dua :UIHIIIIS •
!'e·
• •
-Pret·isam•.nte, tiene usted el don de:> adivina r, por lo vÍll·
lo ...
-No lo crea, y lo siento. Me sería utilísimCI en lo!� nc�o·
dos de todas clases.
··lla.
No todo en el mundo puede ser utilidad ... -ircmi zó
Desde luego ...pase. ¡Ahi,-con usted! - ¡Por supuesto! Creo que no prefer irá ir corrirnoo trlls ... -Lo que quiero, es evitar que se mole!! te . . . Entonces, siéntese ahí sin discutir, por favor. ¿A dónde vamos? -interrogó cuando )'a ('orrían por lll. c:all�. ¿cuál es la dnección de la criatura a quien va a :llevar los paquetes? Isabel dijo su propia dirt'Ción. ¿Su casa? -preguntó asombrado- ¿Vire en ,;u fa�a? -Sí, señor Renón. ¿Le parece raro? -Ba!lante ...claro que no tengo derecho a intervenir en tli vida privada, pero no puedo negar que me sorprentie que haya una niña en su casa ... -Es un edificio de cuarenta y ocho departamento s. -¡Ah! -exclamó él con alivio-. Llegaremos en el acto. En efecto, sólo se necesitaron pocos minutos para llegar ha�la la puerta de la casa; Isabel pensó que el mismo camino lf' rtocorría en más de media hora en el ómnibu s, y lamentó ltner que bajar tan pronto del auto. -¡Aquí es, sin duda ...! -<lijo Andrés deteniéndose. -Ha venido sin una vacilación, no pensé que conocie ra Hm bien estos barrios ... -Como mis manos, señorita. No de ahora, los conozco ciC!Hie que esa flamante avenida que atravesamos tenía un nom l•ro cnrriente, y era una especie de vertedero dond� v�nian a Jlllfar todas las inmundicias de la ciudad que enton<'es termi· 1111ha en donde está hoy la escuela de artes pláetic att. Entou n·l d rentro era la vieja plaza de armas. Usterl no rec·uf'rdn nado de eso, es muy joven ... -Diga mejor que muy pueblerina. Viví como quien dit'c tn d campo hasta hace dos años. ·
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.f A M
S
le escapó a Renón. da. el lo miró, sorprendi -�Lo sabe? -Isab ente. ifer ind ijo -d d ida -Sí, por casual miradas rle dt>l auto brillaron las En la semipenumbra uieta, inte inq era diferente. La de ella los dos con expresión o lejana, poc un teza tris a ía una extrañ rrogante; la de él ten Renón, de grises asomaba a las pupilas la honda tristeza que as. dor ina imperiosas y dom cuando dejaban de ser de darme trarmes de mi vida, antes info ado tom Ha -¿ . bajo? -inquirió ella ea la costumde todos mis empleados, rmes info -Tengo ncia --evasi orta imp or men la e tien bre de la casa, sí, pero no -. ¿Quie arla ba, sin embargb, de mir vo, al contestar, no deja s ... uete paq los ir sub a La ayudaré re bajar por ese lado? ha molestado ae ya . rta. pue la en -No ...hasta aquí,
-Y a lo sé. ..
-se
bastante>. de humilada estaba un portero En la puerta medio cerr ba a aba arri de Renón recorrieron de dísima traza. Los ojos de vivien e ient amb o tosc , del edificio jo la fea mole cuadrada alum mal e también la estrecha call das baratas, y contempló triste la , hes bac dos de basura, los hon brada, los recipientes oroso de dol to bul el y , aba alej que se silueta de un menidgo baj o los portales. un muchacho que dormía miaería y o poco- comentó-, -El barrio ha cambiad hace veinte años. suciedad, lo mismo que joven, se años debía usted ser muy te vein e -Pero hac s lugares, teesto por iera vin que nde ñor Ren ón.. . me sorpre niendo.-. El cortó su frase. un poco de aquí ... es decir, de --Doce años cuando salí tablas de s cha casu las re del río. Ent más abajo, de la orilla pa de la ciudad. ae apilaba toda el ham terminar. -Isabel no se atrevió a ? ... d -¿Pero uste mérito coes No io. barr mi nces -Sí, yo .. éste era ento de la cuenta con más o iend eten entr y nocerlo bien, pero la esto y le in n . . . -Llamó al portero historias que no le interesa s. uete dicó que subiera los paq bausted haya nacido en este -Me parece increíble que le! ¡Increíb rrio -comentó ella-. llenos sformado, ahora estaban Sus ojos se habían tran rlos hace ecía par que rés humano de interés de un noble inte recisa del imp luz la a y ves, sua , más mú bellos, más profundos
EL
ENEMIG O
48 '
farol, que alumbraba mal la humilde fachada, Andrés Renón bebió toda la dulzura que por primera vez temblaba en aque· Uoa ojos de mujer. -¿Por qué le sorprende tanto? Para nadie ea un teere lo que me alcé desde lo más bajo.._ nunca he tratado de ocul tarlo_ . Sé lo que es la pobreza__ .y por haberla sentido en mi propia carne, tengo un criterio cerrado a todo aentimen· talismo. Los pobres pueden dejar de serlo, y ai no lo hacen C'l' porque no quieren esforzarse ... -No todos pueden tener su fuerza, au audacia, su genio, 11u suerte. -¿Usted cree en la suerte? -Naturalmente. Creo que cada uno tiene su destino, y CJUe la felicidad o la desgracia es algo que nos cae de pronto 11in que sepamos por qué ... Sin que podamos prevenirlas .._ -Habla como una fataliata, pero actúa como luchadora. -Sí, claro, pero no por eso desprecio a loa otros. No digo, como dijo usted en una ocasión, que no necesitaba nad11 d" nadie, ni su amistad, ¿recuerda._?
-Lo recuerdo, eso lo dije en un momento de violeiK'ia, ' pero dije la verdad. Hasta ahora no había necesitado de la amistad de nadie, ni había creído en ella, pero con usted ten go ganas de hacer un pacto__ . ¿Quiere ser mi amiga? Andrés dio un paso para acercarse más a la figura ju venil iluminada por la luz mortecina del farol, mientras Isabel 110 estremecía, a impulsos de una emoción nueva. ¿Qué había ·�n él de sugestivo, de atrayente, de extraordinariamente sub )'Ugador, cuando a pesar de la antipatía que creía tenerle, a pesar de su hostilidad, su mano cayó temblorosa en la de él f uerte y ancha? bre.
-¡Isabel! -dijo llamándola por primera vez por su nom
Espere... - vaciló ella- creo que necesito explicarle. -¿Explicar qué? Basta con que haya aceptado mi pac 'lo. .. la amistad que le ofrezco _
-La agradezco en todo lo que vale, pero ea casi impo· aible una amistad entre dos personas de tan distinta poei ción__ .Los amigos necesitan tener algo de común: iluaionea, e��peranzas, hasta penas-. - Necesitan pensar de un modo li· milar, y uated y yo somos tan diferentes, estamos tan dilta· tea uno de otro. . . Mi pobre amistad no puede ....vle ele
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-Lo recuerdo, eso lo dije en un momento de violeiK'ia, ' pero dije la verdad. Hasta ahora no había necesitado de la amistad de nadie, ni había creído en ella, pero con usted ten go ganas de hacer un pacto__ . ¿Quiere ser mi amiga? Andrés dio un paso para acercarse más a la figura ju venil iluminada por la luz mortecina del farol, mientras Isabel 110 estremecía, a impulsos de una emoción nueva. ¿Qué había ·�n él de sugestivo, de atrayente, de extraordinariamente sub )'Ugador, cuando a pesar de la antipatía que creía tenerle, a pesar de su hostilidad, su mano cayó temblorosa en la de él f uerte y ancha? bre.
-¡Isabel! -dijo llamándola por primera vez por su nom
Espere... - vaciló ella- creo que necesito explicarle. -¿Explicar qué? Basta con que haya aceptado mi pac 'lo. .. la amistad que le ofrezco _
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CARIDAD
BRAVO ADAM!I
nada. . . la suya, en cambio, sería para mí demasiado. Podría huta ser mal interpretada ... El soltó la mano que todavía oprimía en la suya. --Calle, se lo ruego; sospecho que va a decirme cosas des· agradables, que se siente obligada a explicar en nombre de la sinceridad. -No ... sólo quisiera que comprendiera ... -¡He comprendido demasiado! -cortó casi brusco--. Por un momento me engañé; pero ya veo claro, otra vez. No se preocupe, señorita San Román, no la molestaré más. . . No quiere ser mi amiga, no se lo permiten sus sentimientos, ni sus ideales, y tampoco se atreve a rechazar al jefe que le pa·
ga ... ¿no es eso? -Sus palabras son muy duras -murmuró, arrepentida de sus frases. -¡Son absolutamente necesarias para la expresión cabal de la verdad, que usted ama tanto! Perdóneme, siento haberla molestado, buenas noches. Y con gesto rapidísimo, subió al auto y lo puso en mar cha. Isabel, confusa, dio unos pasos hacia él, ahogada en su garganta la voz con que quería llamarlo, amargo y conturbado el ánimo, mientras el elegante coche se perdía calle abajo. Fue Juan Luis quien la sacó de su confusión, mirando con descon fianza la sombra fugaz del auto. Preguntó solicito lo que le sucedía, pero ella, casi fría, como nunca había estado con él, pidió que no preguntara nada. Apenado, se excusó. Agradeció con calor los paquetes que el portero acababa de entregarle pa· ra !'U hija, y como su acento era tan contrito, Isabel reaccionó. Trató de sonreír, horrando con el gesto toda la rudeza de antes, y tomó la mano de Juan Luis, mano de artista y de aristócrata, nerviosa, delgada, de largos dedos pálidos, y se dirigió hacia el edificio. -Vamos, le arreglaremos todo a María Eugenia. Quiero que lo vea cuando abra los ojos, y dichoso usted que va a gozar de toda la alegria de ese momento, que va a verle la canta de cielo con que seguramente recibirá los regalos ... El no protestó, y la siguió hasta su buhardilla. Entre los dos deshicieron los paquetes y colocaron los juguetes, procu· rando no despertar a la chiquilla dormida. Luego salieron y Juan Luis la acompañó hasta la puerta de su departamento. Celoso, trataba de averiguar en forma discreta quién la había llevado, pues el portero le había dicho que un señor, esplén·
�L
ENEMIGO
� ' su propina, le había ordenado que subiera loe paqueta. Isabel compr endió la intención de sus palabras al tanto de la gala y lo puso ntería de Renón. Juan Luis supuso •lr1eagradable había que algo pasado entre ellos motivando la extra actitud de la much ña acha; pero Isabel se apresuró a •JUO no sólo no la asegurar había ofendido, sino que tal vez era ella que debía acusarse la de haberlo ofend ido. Se despidieron. -¡No detenga usted a María Eugenia si muy temprano •JUit•re venir a despe rtarme! --en cargó sonri endo--. ¡La· rcí esperando! esta Andrés Ranón entró en su casa. Un profundo disgusto, un sentim iento amargo, que no despertaba su ira, rlnlo r, le subía hast sino su a los labios apre tados. Arrojó la •:artera de cuero y ancha el ligero abrigo que llevaba en el ltre la butaca más brazo SO· próxima y fue hacia la escalera, cuand rudo , con paso o Ge. rápido, se acercó a él. -;Se ñor... no sé cómo darle la gracias! ¡Han traído el paquete con los regal os para mis hijos ! ¿Cómo es posib usted se haya moles le que tado así? ¡Oh, señor ...! Renón alzó la cabeza como despe rtando, para fijar ojns sorprendi dos loa e interrogadores en el rostro del 11 inclinó criado, que en su súbi to acces o de gratitud besán dole nns. las ma -¡Pero estás loco, Gerardo! ¿Qué te pasa? -Perdóneme, señor. Fue tan sorprende elijo el muchacho nte cuando me del almacén que usted.. . usted fllf'nte había comp personaJ. rado regalos a mis niños. Me pareció �taha soñando. El que señor sabe que yo me dejaría matar fiC'ro nunca pensé por él, que ... -Bas ta, Gerardo .. no es para tanto -murmuró recor rlondo su actuación en la tienda, que le parecía muy todos los años te he lejana·-; dado una gratificació n ... -Que agradezco en el alma, señor . . pero esto de ahora t:a algo más, mucho más. . . esto indica que usted mia tres pequeños, recuerda a una muñeca p ara mi Eulalia . . y lo J•ara mis muchachos demú ... -Bien, pues me alegro que a_tus hijos no les falteu 8Uetea. .. Y puedes jairte, si lo deseas, y llevárseloa .. -Pero ... ¿no me necesitará, aeiíor? -prepató tímido feliz, pensan do en irse en el acto. dido
en
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CARIDAD
BRAVO ADAM!I
nada. . . la suya, en cambio, sería para mí demasiado. Podría huta ser mal interpretada ... El soltó la mano que todavía oprimía en la suya. --Calle, se lo ruego; sospecho que va a decirme cosas des· agradables, que se siente obligada a explicar en nombre de la sinceridad. -No ... sólo quisiera que comprendiera ... -¡He comprendido demasiado! -cortó casi brusco--. Por un momento me engañé; pero ya veo claro, otra vez. No se preocupe, señorita San Román, no la molestaré más. . . No quiere ser mi amiga, no se lo permiten sus sentimientos, ni sus ideales, y tampoco se atreve a rechazar al jefe que le pa·
ga ... ¿no es eso? -Sus palabras son muy duras -murmuró, arrepentida de sus frases. -¡Son absolutamente necesarias para la expresión cabal de la verdad, que usted ama tanto! Perdóneme, siento haberla molestado, buenas noches. Y con gesto rapidísimo, subió al auto y lo puso en mar cha. Isabel, confusa, dio unos pasos hacia él, ahogada en su garganta la voz con que quería llamarlo, amargo y conturbado el ánimo, mientras el elegante coche se perdía calle abajo. Fue Juan Luis quien la sacó de su confusión, mirando con descon fianza la sombra fugaz del auto. Preguntó solicito lo que le sucedía, pero ella, casi fría, como nunca había estado con él, pidió que no preguntara nada. Apenado, se excusó. Agradeció con calor los paquetes que el portero acababa de entregarle pa· ra !'U hija, y como su acento era tan contrito, Isabel reaccionó. Trató de sonreír, horrando con el gesto toda la rudeza de antes, y tomó la mano de Juan Luis, mano de artista y de aristócrata, nerviosa, delgada, de largos dedos pálidos, y se dirigió hacia el edificio. -Vamos, le arreglaremos todo a María Eugenia. Quiero que lo vea cuando abra los ojos, y dichoso usted que va a gozar de toda la alegria de ese momento, que va a verle la canta de cielo con que seguramente recibirá los regalos ... El no protestó, y la siguió hasta su buhardilla. Entre los dos deshicieron los paquetes y colocaron los juguetes, procu· rando no despertar a la chiquilla dormida. Luego salieron y Juan Luis la acompañó hasta la puerta de su departamento. Celoso, trataba de averiguar en forma discreta quién la había llevado, pues el portero le había dicho que un señor, esplén·
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ENEMIGO
� ' su propina, le había ordenado que subiera loe paqueta. Isabel compr endió la intención de sus palabras al tanto de la gala y lo puso ntería de Renón. Juan Luis supuso •lr1eagradable había que algo pasado entre ellos motivando la extra actitud de la much ña acha; pero Isabel se apresuró a •JUO no sólo no la asegurar había ofendido, sino que tal vez era ella que debía acusarse la de haberlo ofend ido. Se despidieron. -¡No detenga usted a María Eugenia si muy temprano •JUit•re venir a despe rtarme! --en cargó sonri endo--. ¡La· rcí esperando! esta Andrés Ranón entró en su casa. Un profundo disgusto, un sentim iento amargo, que no despertaba su ira, rlnlo r, le subía hast sino su a los labios apre tados. Arrojó la •:artera de cuero y ancha el ligero abrigo que llevaba en el ltre la butaca más brazo SO· próxima y fue hacia la escalera, cuand rudo , con paso o Ge. rápido, se acercó a él. -;Se ñor... no sé cómo darle la gracias! ¡Han traído el paquete con los regal os para mis hijos ! ¿Cómo es posib usted se haya moles le que tado así? ¡Oh, señor ...! Renón alzó la cabeza como despe rtando, para fijar ojns sorprendi dos loa e interrogadores en el rostro del 11 inclinó criado, que en su súbi to acces o de gratitud besán dole nns. las ma -¡Pero estás loco, Gerardo! ¿Qué te pasa? -Perdóneme, señor. Fue tan sorprende elijo el muchacho nte cuando me del almacén que usted.. . usted fllf'nte había comp personaJ. rado regalos a mis niños. Me pareció �taha soñando. El que señor sabe que yo me dejaría matar fiC'ro nunca pensé por él, que ... -Bas ta, Gerardo .. no es para tanto -murmuró recor rlondo su actuación en la tienda, que le parecía muy todos los años te he lejana·-; dado una gratificació n ... -Que agradezco en el alma, señor . . pero esto de ahora t:a algo más, mucho más. . . esto indica que usted mia tres pequeños, recuerda a una muñeca p ara mi Eulalia . . y lo J•ara mis muchachos demú ... -Bien, pues me alegro que a_tus hijos no les falteu 8Uetea. .. Y puedes jairte, si lo deseas, y llevárseloa .. -Pero ... ¿no me necesitará, aeiíor? -prepató tímido feliz, pensan do en irse en el acto. dido
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CARIDAD BRAVO
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ADAKS
é ...! -¡No ... no te necesitar ió gracias, efusivamente, y corr las vo nue de dio Gerardo tado, con· rien deso rés, And o. íbul casi atravesando el gran vest esca· o, se volvió para subir las fuso y a pesar suyo conmovid rr .muj de ra figu Una e. deteners leras, pero de nuevo, tuvo que de su esposa. o íntim nete gabi del es apareció entre los cortinaj entina. Era precisamente ella, Val las sarcástica-. Hoy no fue a -¡Vaya, hombre! -dijo ocu· te se do una de la mañana cuan diez de la noche, sino a la sirvien· papel de Rey Mago con los el do cien ejer y ar, rrió lleg no sé si reirme ya rés, And os, men o tes. ¡Cada vez te entiend
o llorar ...! l, Va· me es perfectamente igua -Haz lo que quieras. .. lentina, buenas noches. que hes ... es la única frase -Tiene gracia: buenas noc .. s año o cinc e hac e escucho de tus labios desd leras. siguió subiendo las esca El, como si no la oyera, ahogar a par uelo pañ un os sus labi Valentina apretó contra s de An· dejar lleEar hasta los oído los sollozos que no quería aba en entr s, lejo ya iba vano. El drés, pero su esfuerzo fue las lágrima a o risa la a ente ifer s, ind sus habitaciones privada de la referente a los sentimientos de ella, nada le importaba a mism la con s, ante años sa cinco mujer que tomara por espo o un lu a, itab hab que cete pala el frialdad con que compraba butaca, se dejó caer cansado en una joso auto ... En su alcoba rro. ciga un y encendió mecánicamente e· tura más extraña. Cualqui -¡Isabel! murmuró-. Cria 1ué r ¿po , pero e, rrec que me abo ra diría que me odia ... al verme relampaguearon de rabia puede odiarme? Sus ojos rá algo, acaso? cerca. . . ¿Por qué? ¿Sab marcan· cenicero y fue al teléfono, al o rrill ciga el ojó Arr le contestó una ndo Cua . guía su en ó do un número que busc dijeron por Esteban Estrada ... Le voz adormilada, preguntó a pedir suró apre se El ían. rtar que dormía, pero que lo despe ando mir , fuso ó del teléfono, con que no lo hicieran. Se retir a· mañ la de dos las para minutos el reloj que señalaba cinco na.
vez ió madrugar esa mañana, tal -¡ 6 d� enero! El sol parec los de ría aleg la s ana vent de las curioso de atisbar a través sus primeros ra· y vos, nue etes jugu los pequeñuelos frente a más altos, as humildes de los pisos yoa saludando las viviend as ha· apen n quie rés, And de ba alco entraron luego a la lujosa
1. :.
•: N •: 't 1 e o
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ltla dnrmido tres horas. Se levantó en el acto y mucho antes
de las cl(:ho estaba en la oficina. Sentía una extraña impacien cia.
Isabel, casi a la misma hora en que él se levantaba, reci· lolu In vi!'ita de María Eugenia, con toda su ingenua felicidad. -¡Mamila! ¡Mira mi muñeca ... la más linda del mun· clol ¡Abre lús ojos, los cierra, camina si la llevo de la mano ... 1 irm1 traje de seda, y mírale el pelo, largo. .. largo ...! -¿Te gusta? -Isabel estaba tan encantada como la pro· JIÍA chiquilla; la escuchaba olvidada de todo. - ¡ �y, mamila, qué buenos son los Reyes! ¡Me trajeron rruwha� cosas más, todo lo que les pedí. .. y además, un gran hultu de caramelos y chocolates! ¿Comerá caramelos mi mu· lleca? Lola entró en ese momento en el saloncito. Bostezó ruidll· �amente y respondió por Isabel. -Tt' los comes tú y es lo mismo. ¿Sabes que contigo nQ hay quien duerma, angelito? -¡Mira mi muñeca! -gritó la niña-. Me la trajeron loa Uey� .. . -¡Ya ... ya lo veo, la más cara que había en los al· mac1-nes El Globo! �-¿Compraron en tu tienda los Reyes? -preguntó la uHin abriendo mucho sus lindos ojos, tan parecidos a los de ' IIU muñeca. -Si, hija, en mi tienda. Allí tienen los Reyes un descuen· lo. . . Pero sabes tú que no son todavía ni las seis y que yo ma acosté a las dos y media? - ¡Por favor, Lola! -la reconvino suave, Isabel. Lola sonrió. Bostezó de nuevo y se acercó a María Euge· ni u -La verdad es que tu muñeca es preciosa, María Euge· ni a y tú también. . . -se volvió hacia Isabel, sonriendo--. ¡<Amo se las arreglaría el zampatortas de Juan Luis par:a tener una hija así! En ese instante, Juan Luis pedía permiso para entrar. babel ya estaba totalmente vestida; Lola sólo tenía una bata líOlow .�us ropas de dormir, y sonreía, encantada a pesar suyo, frcnt.: a la-.desbordada alegría de María Eugenia. -¡Haré café para todos! -dijo dirigiéndose a la co· dua-, ustedes preparen la mesa ... Juan Luis la vio irse, movieudo la cabeaa . ...
CARIDAD BRAVO
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é ...! -¡No ... no te necesitar ió gracias, efusivamente, y corr las vo nue de dio Gerardo tado, con· rien deso rés, And o. íbul casi atravesando el gran vest esca· o, se volvió para subir las fuso y a pesar suyo conmovid rr .muj de ra figu Una e. deteners leras, pero de nuevo, tuvo que de su esposa. o íntim nete gabi del es apareció entre los cortinaj entina. Era precisamente ella, Val las sarcástica-. Hoy no fue a -¡Vaya, hombre! -dijo ocu· te se do una de la mañana cuan diez de la noche, sino a la sirvien· papel de Rey Mago con los el do cien ejer y ar, rrió lleg no sé si reirme ya rés, And os, men o tes. ¡Cada vez te entiend
o llorar ...! l, Va· me es perfectamente igua -Haz lo que quieras. .. lentina, buenas noches. que hes ... es la única frase -Tiene gracia: buenas noc .. s año o cinc e hac e escucho de tus labios desd leras. siguió subiendo las esca El, como si no la oyera, ahogar a par uelo pañ un os sus labi Valentina apretó contra s de An· dejar lleEar hasta los oído los sollozos que no quería aba en entr s, lejo ya iba vano. El drés, pero su esfuerzo fue las lágrima a o risa la a ente ifer s, ind sus habitaciones privada de la referente a los sentimientos de ella, nada le importaba a mism la con s, ante años sa cinco mujer que tomara por espo o un lu a, itab hab que cete pala el frialdad con que compraba butaca, se dejó caer cansado en una joso auto ... En su alcoba rro. ciga un y encendió mecánicamente e· tura más extraña. Cualqui -¡Isabel! murmuró-. Cria 1ué r ¿po , pero e, rrec que me abo ra diría que me odia ... al verme relampaguearon de rabia puede odiarme? Sus ojos rá algo, acaso? cerca. . . ¿Por qué? ¿Sab marcan· cenicero y fue al teléfono, al o rrill ciga el ojó Arr le contestó una ndo Cua . guía su en ó do un número que busc dijeron por Esteban Estrada ... Le voz adormilada, preguntó a pedir suró apre se El ían. rtar que dormía, pero que lo despe ando mir , fuso ó del teléfono, con que no lo hicieran. Se retir a· mañ la de dos las para minutos el reloj que señalaba cinco na.
vez ió madrugar esa mañana, tal -¡ 6 d� enero! El sol parec los de ría aleg la s ana vent de las curioso de atisbar a través sus primeros ra· y vos, nue etes jugu los pequeñuelos frente a más altos, as humildes de los pisos yoa saludando las viviend as ha· apen n quie rés, And de ba alco entraron luego a la lujosa
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ltla dnrmido tres horas. Se levantó en el acto y mucho antes
de las cl(:ho estaba en la oficina. Sentía una extraña impacien cia.
Isabel, casi a la misma hora en que él se levantaba, reci· lolu In vi!'ita de María Eugenia, con toda su ingenua felicidad. -¡Mamila! ¡Mira mi muñeca ... la más linda del mun· clol ¡Abre lús ojos, los cierra, camina si la llevo de la mano ... 1 irm1 traje de seda, y mírale el pelo, largo. .. largo ...! -¿Te gusta? -Isabel estaba tan encantada como la pro· JIÍA chiquilla; la escuchaba olvidada de todo. - ¡ �y, mamila, qué buenos son los Reyes! ¡Me trajeron rruwha� cosas más, todo lo que les pedí. .. y además, un gran hultu de caramelos y chocolates! ¿Comerá caramelos mi mu· lleca? Lola entró en ese momento en el saloncito. Bostezó ruidll· �amente y respondió por Isabel. -Tt' los comes tú y es lo mismo. ¿Sabes que contigo nQ hay quien duerma, angelito? -¡Mira mi muñeca! -gritó la niña-. Me la trajeron loa Uey� .. . -¡Ya ... ya lo veo, la más cara que había en los al· mac1-nes El Globo! �-¿Compraron en tu tienda los Reyes? -preguntó la uHin abriendo mucho sus lindos ojos, tan parecidos a los de ' IIU muñeca. -Si, hija, en mi tienda. Allí tienen los Reyes un descuen· lo. . . Pero sabes tú que no son todavía ni las seis y que yo ma acosté a las dos y media? - ¡Por favor, Lola! -la reconvino suave, Isabel. Lola sonrió. Bostezó de nuevo y se acercó a María Euge· ni u -La verdad es que tu muñeca es preciosa, María Euge· ni a y tú también. . . -se volvió hacia Isabel, sonriendo--. ¡<Amo se las arreglaría el zampatortas de Juan Luis par:a tener una hija así! En ese instante, Juan Luis pedía permiso para entrar. babel ya estaba totalmente vestida; Lola sólo tenía una bata líOlow .�us ropas de dormir, y sonreía, encantada a pesar suyo, frcnt.: a la-.desbordada alegría de María Eugenia. -¡Haré café para todos! -dijo dirigiéndose a la co· dua-, ustedes preparen la mesa ... Juan Luis la vio irse, movieudo la cabeaa . ...
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CARIDAD
BRAVO ADAMS
-¡Es más buena que el pan ...! -(;omentó. -Ya lo creo... es inútil que trate de disimularlo. Por más que gruña y reniegue y pretenda tomar el aspecto de mujer dura y egoísta, la bondad le sobresale por encima de la cabeza. -Voy a enseñarle mi muñeca a la portera, y a la señora del primer piso... -indicó María Eugenia corriendo hacia la puerta. Lola, deede lejos, al oír el golpe que la niña diera al sa· lir, gritó. -¡Van a arrancar esa puerta! -Buena como el pan, pero con un genio. : . -dijo ríen· do Isabel. -Nadie es perfecto, excepto usted ... -¡Yo!, ¿qué está diciendo, Juan Luis? -La verdad, mientras más la miro, más admirable me parece. Permitame que le dé una vez más las gracias, ¡ha
hecho feliz a mi hija! -Todavía con eso. -Nunca podría olvidar lo que hace usted por ella, Isa· bel. Aunque no fuet{l por otra cosa, tendría que adorarla por
esto ... -Ya le he dicho qlle no me diga tonterías, Juan Luis ... si no quiere que me enfáde ... -Ya ... sé que para usted es tontería que la adore ... · Perdóneme. Cuando terminaron el desayuno, Lola entró a su alcoba a vestirse. María Eugenia había vuelto a salir para mostrar a todo el vecindario el tesoro de su muñeca nueva, y Juan Luis contemplaba embelesado a Isabel mientras ésta guarda/ha la vajilla. -En estos días, recuerdo mucho a mi padre.. . mis años de infancia tan felices, a su lado . .. -murmuró la joven-. Era tan maravillosa su intuición para apoderarse de mis se cretos infantiles. ¡Sí, era feliz! -Me lo imagino, también la mía lo fue, Isabel -respondió Juan Luis-. Un hogar rico, dichoso. ¡Parece mentira que yo haya llegado a esto! Todo sobraba en la casa donde nací, como todo falta en mi pobre hogar de hoy. -Pues hay que luchar, Juan Luis, hay que hacer que la!! cosas eean de otra manera. -Mi lucha es inútil, ya usted ve, no han vuelto a lla-
•; r
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t; .'i 1 e
o
·1'1
tn11rme de la fábrica de almanaqu es. Creo que ee va a abrir una puerta, y se cierra de nuevo. La miseria es como un pozo (lrl que no ee puede salir cuan do se cae en él. -No diga eso. Hay quien ha nacid o en lo má& hondo Ot' �� pozo, y ha sabid o surgir, sin embargo, llegar a la opu· lcnda contra viento y marea .. - ¿,Renón? -murmuró Juan Luis a su pesar. Si. ¿Lo sabía usted? -Había oído decir que en su infancia había sido un pilluelo, limpiabotas, vendedor de periódicos, creo que hasta ur.arrraba basuras para el alimento de los puercos . . . ¡ab
llurcln!
-¡Admirable! -replicó ella vivam ente. -Bueno, prueba una gran volun tad, una gran suerte 111mhirn -Juan Luis ae eentía incómodo, sin saber por qué. -Para lograr eso hay que ser super ior, indiscutiblemen-
1···
-Penlé que no simpatisaba usted con Renón, Isabel ... --Aai es, pero no puedo negar la evidencia. Desde que IU hiatoria; desde anoch e, que sé algo de su vida, me pa que lo comprendo mú, que justifico muchas cosas que anlr.a me parecían extrañu en él. - ¿ u grosería? ¿Su falta de refinamiento? -No seamos injustos, Juan Luis. Renó n no es grosero. ha aclaptado admirablemente. Pensé que había nacido millo
?
Ilirio.
�¡ hubiera nacido millonario, la carrera hubiera sido 1!1 .nwés, como la mía; del palacete a la buhardilla. El fue de 11 �hoza al palacio; pero hoy, por favor, Isabel, no pienee tnb r.n él, míreme, e.cúcheme. S., acercó mú a ella, buscando a travé s de loa grandes ol''- avellana el alma de aquella muje r para él lejana y enig IIIAtlra; pno Isabel, mirándole, no lo veía. Su pensamie
nto Vf!l!lha hasta otra imagen, hasta un rostro varonil de rasgos
f!ü�fRICos, de labios duros y mord aces, de grises ojos altane fOil, hnsta la imagen de aquel hombre cuyo recuerdo la en �ulvfa y la atormentaba. l&ahd ... ¿no me oye? Sí, Juan Luis pero dispénseme, hoy quiero llegar tem ..lano a la oficina. .. y tengo que darme prisa ... AndréA Renón fue directamente a la oficin a de su jefe cft JN'raonal, donde casi detrás de él entró Estrada. '
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CARIDAD
BRAVO ADAMS
-¡Es más buena que el pan ...! -(;omentó. -Ya lo creo... es inútil que trate de disimularlo. Por más que gruña y reniegue y pretenda tomar el aspecto de mujer dura y egoísta, la bondad le sobresale por encima de la cabeza. -Voy a enseñarle mi muñeca a la portera, y a la señora del primer piso... -indicó María Eugenia corriendo hacia la puerta. Lola, deede lejos, al oír el golpe que la niña diera al sa· lir, gritó. -¡Van a arrancar esa puerta! -Buena como el pan, pero con un genio. : . -dijo ríen· do Isabel. -Nadie es perfecto, excepto usted ... -¡Yo!, ¿qué está diciendo, Juan Luis? -La verdad, mientras más la miro, más admirable me parece. Permitame que le dé una vez más las gracias, ¡ha
hecho feliz a mi hija! -Todavía con eso. -Nunca podría olvidar lo que hace usted por ella, Isa· bel. Aunque no fuet{l por otra cosa, tendría que adorarla por
esto ... -Ya le he dicho qlle no me diga tonterías, Juan Luis ... si no quiere que me enfáde ... -Ya ... sé que para usted es tontería que la adore ... · Perdóneme. Cuando terminaron el desayuno, Lola entró a su alcoba a vestirse. María Eugenia había vuelto a salir para mostrar a todo el vecindario el tesoro de su muñeca nueva, y Juan Luis contemplaba embelesado a Isabel mientras ésta guarda/ha la vajilla. -En estos días, recuerdo mucho a mi padre.. . mis años de infancia tan felices, a su lado . .. -murmuró la joven-. Era tan maravillosa su intuición para apoderarse de mis se cretos infantiles. ¡Sí, era feliz! -Me lo imagino, también la mía lo fue, Isabel -respondió Juan Luis-. Un hogar rico, dichoso. ¡Parece mentira que yo haya llegado a esto! Todo sobraba en la casa donde nací, como todo falta en mi pobre hogar de hoy. -Pues hay que luchar, Juan Luis, hay que hacer que la!! cosas eean de otra manera. -Mi lucha es inútil, ya usted ve, no han vuelto a lla-
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llurcln!
-¡Admirable! -replicó ella vivam ente. -Bueno, prueba una gran volun tad, una gran suerte 111mhirn -Juan Luis ae eentía incómodo, sin saber por qué. -Para lograr eso hay que ser super ior, indiscutiblemen-
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-Penlé que no simpatisaba usted con Renón, Isabel ... --Aai es, pero no puedo negar la evidencia. Desde que IU hiatoria; desde anoch e, que sé algo de su vida, me pa que lo comprendo mú, que justifico muchas cosas que anlr.a me parecían extrañu en él. - ¿ u grosería? ¿Su falta de refinamiento? -No seamos injustos, Juan Luis. Renó n no es grosero. ha aclaptado admirablemente. Pensé que había nacido millo
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Ilirio.
�¡ hubiera nacido millonario, la carrera hubiera sido 1!1 .nwés, como la mía; del palacete a la buhardilla. El fue de 11 �hoza al palacio; pero hoy, por favor, Isabel, no pienee tnb r.n él, míreme, e.cúcheme. S., acercó mú a ella, buscando a travé s de loa grandes ol''- avellana el alma de aquella muje r para él lejana y enig IIIAtlra; pno Isabel, mirándole, no lo veía. Su pensamie
nto Vf!l!lha hasta otra imagen, hasta un rostro varonil de rasgos
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B R ·'- V O
AD A M S
-¡Señor Renón! -dijo obsequioso- Me dijeron que me había llamado usted anoche, y siento enormemente que no me hubieran avisaclo a tiempo para levantarme ... -Yo mismo dije que no lo llamaran, Estrada ... no era nada importante. -Sin embargo, cuando usted se tomó la molestia de lb· mar .. -Tengo un sentido personal de las horas y del tiempo; pero no puedo exigirlo a los demás. Eran las dos de la ma· ñana y usted dormía, lo cual es absolutamente lógico. Era sólo para hacerle unas preguntas. -Estoy a sus órdenes, señor Renón. Tengo al día todas las planillas de empleados... no me queda más asunto por resolver que el de ... Renón cortó con un ademán la frase de Esteban. -Ayer le pregunté a usted algunas cosas sobre la seño· rita San Román. Me dio usted unos informes vagos, pero ver· daderos ... -Sí, sí señor ... -Bien, pero yo quisiera saber algo 10bre ella, sobre su familia, su vida, sus costumbres. Quisiera saber si está al corriente de los asuntos de su padre ... si sabe lo que suce· dió hace dos años... es indispensable que lo sepa ... Estrada retrocedió, palideciendo. Aun después de dos años, la desdichada historia del que fuera su amigo más que· rido lo turbaba, lo hería, lo embargaba dolorosamente en una rara mezcla de piedad y remordimiento, de vergüenza y an· gustia. Pero Renón, por encima de su emoción, apremiaba impaciente. -¿No me contesta? -Perdón... pero no creo que Isabel eepa una palabra de esto. -¿De verdad? -inquirió con cierta alegría. -Sí, estoy seguro ... no sabe nada. Recuerdo bien las últimas palabras de mi pobre amigo ... fueron por teléfono ... no creí preciso decirlas a usted, le advertí que el asunto esta· ba liquidado ... Andrés paseó por el cuarto. -Naturalmente ... Hice por él lo único que podía. Pero no se trata de eso, sino de lo que sucedió después ... Mejor cuénteme todo, Estrada ...
CAPITULO 11 l·:S 1 t:BAN EsTRADA nunca había visto así a Andrés Renóa, Impaciente por conocer una desdicha ajena, humanizado hu· 111 conmoverse. Recogió sus recuerdos, y. empezó ... -Alfredo San Román me llamó por teléfono justamen· In r.n los momentos en que se reuní a la Junta de Accionistas. 'Uetccl aún no había llegado, pero llegaría, y bien sabía yo lo IJUC iba a decirles a todos. San Román me suplicó que lo hablara otra vez, y yo lo juzgu é inútil, totalmente inú· Hl. . tal vez no lo hubiera sido, señor Renón, y esa es la IIIII;Ustia que siempre llevé... que llevo aún. Henón era todo oídos. No replicó y Estrada prosiguió: -Le dije que todo era inútil; él me habló de sus ra· temes personales, pero yo sé que... las razones personales da loa otros, no le han interesado a usted jamás ... Me ha hl(• de su hija Isabel, a quien adora ba; por ella, sólo por rlltt quería salvar su nombre, librar algún dinero para po· dt�r ponerse a flote más adelante. No quería la miseria para IU hija, a la que había criado como una princesa. -¡Isabel! -murmuró Andrés. -Sí, señor, ella, su única hija. Toda vía me parece que lo estoy oyendo: "Mi hija me adora y me respeta ... para rnl es cuestión de vida o muerte". " .
Se atrevió a levantar la cabeza para mirar el rostro do Renón: más duro, más ceñudo, más sombrío que nunca lill esos momentos. Cont inuó hablando, con lentitud. -Insistía en hablar personalmente con usted ... me dijo fJUO si aún no había dado su informe al directorio, él le I11J.laría antes, él llegaría a tiemp o, aunque fuese corriendo como loco por la carretera; y así salió, en una noche de lotrnenta ... corrió sólo unos kilóm etros, y muy cerca aú•· do �;u finca halló la muerte estrellándose contra un árbol. Al amanecer llevaron a Isabel su cadáver y la noticia de su ruina. Todo junto, y del modo más cruel. -¡Pero Isabel no sabía la razón de todo aquello! ¿No lo sabe? ¿No lo ha sabido después por los papelea de IU pa· dre? -inquirió ansioso Renón.
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B R ·'- V O
AD A M S
-¡Señor Renón! -dijo obsequioso- Me dijeron que me había llamado usted anoche, y siento enormemente que no me hubieran avisaclo a tiempo para levantarme ... -Yo mismo dije que no lo llamaran, Estrada ... no era nada importante. -Sin embargo, cuando usted se tomó la molestia de lb· mar .. -Tengo un sentido personal de las horas y del tiempo; pero no puedo exigirlo a los demás. Eran las dos de la ma· ñana y usted dormía, lo cual es absolutamente lógico. Era sólo para hacerle unas preguntas. -Estoy a sus órdenes, señor Renón. Tengo al día todas las planillas de empleados... no me queda más asunto por resolver que el de ... Renón cortó con un ademán la frase de Esteban. -Ayer le pregunté a usted algunas cosas sobre la seño· rita San Román. Me dio usted unos informes vagos, pero ver· daderos ... -Sí, sí señor ... -Bien, pero yo quisiera saber algo 10bre ella, sobre su familia, su vida, sus costumbres. Quisiera saber si está al corriente de los asuntos de su padre ... si sabe lo que suce· dió hace dos años... es indispensable que lo sepa ... Estrada retrocedió, palideciendo. Aun después de dos años, la desdichada historia del que fuera su amigo más que· rido lo turbaba, lo hería, lo embargaba dolorosamente en una rara mezcla de piedad y remordimiento, de vergüenza y an· gustia. Pero Renón, por encima de su emoción, apremiaba impaciente. -¿No me contesta? -Perdón... pero no creo que Isabel eepa una palabra de esto. -¿De verdad? -inquirió con cierta alegría. -Sí, estoy seguro ... no sabe nada. Recuerdo bien las últimas palabras de mi pobre amigo ... fueron por teléfono ... no creí preciso decirlas a usted, le advertí que el asunto esta· ba liquidado ... Andrés paseó por el cuarto. -Naturalmente ... Hice por él lo único que podía. Pero no se trata de eso, sino de lo que sucedió después ... Mejor cuénteme todo, Estrada ...
CAPITULO 11 l·:S 1 t:BAN EsTRADA nunca había visto así a Andrés Renóa, Impaciente por conocer una desdicha ajena, humanizado hu· 111 conmoverse. Recogió sus recuerdos, y. empezó ... -Alfredo San Román me llamó por teléfono justamen· In r.n los momentos en que se reuní a la Junta de Accionistas. 'Uetccl aún no había llegado, pero llegaría, y bien sabía yo lo IJUC iba a decirles a todos. San Román me suplicó que lo hablara otra vez, y yo lo juzgu é inútil, totalmente inú· Hl. . tal vez no lo hubiera sido, señor Renón, y esa es la IIIII;Ustia que siempre llevé... que llevo aún. Henón era todo oídos. No replicó y Estrada prosiguió: -Le dije que todo era inútil; él me habló de sus ra· temes personales, pero yo sé que... las razones personales da loa otros, no le han interesado a usted jamás ... Me ha hl(• de su hija Isabel, a quien adora ba; por ella, sólo por rlltt quería salvar su nombre, librar algún dinero para po· dt�r ponerse a flote más adelante. No quería la miseria para IU hija, a la que había criado como una princesa. -¡Isabel! -murmuró Andrés. -Sí, señor, ella, su única hija. Toda vía me parece que lo estoy oyendo: "Mi hija me adora y me respeta ... para rnl es cuestión de vida o muerte". " .
Se atrevió a levantar la cabeza para mirar el rostro do Renón: más duro, más ceñudo, más sombrío que nunca lill esos momentos. Cont inuó hablando, con lentitud. -Insistía en hablar personalmente con usted ... me dijo fJUO si aún no había dado su informe al directorio, él le I11J.laría antes, él llegaría a tiemp o, aunque fuese corriendo como loco por la carretera; y así salió, en una noche de lotrnenta ... corrió sólo unos kilóm etros, y muy cerca aú•· do �;u finca halló la muerte estrellándose contra un árbol. Al amanecer llevaron a Isabel su cadáver y la noticia de su ruina. Todo junto, y del modo más cruel. -¡Pero Isabel no sabía la razón de todo aquello! ¿No lo sabe? ¿No lo ha sabido después por los papelea de IU pa· dre? -inquirió ansioso Renón.
CARIDAD
52
aaAVO
ADAIII
a -Alfredo no teDia nmpn papel que � pte. comproeli int ado ui dem . . o. ado n.t mui cJe Era 18rlo. 11 11 con cierta a! -repitió Andrés -¡DemMiedo, sin dud
aaarpra. como él aoñó era su memoria, tal -Y ella respeta y ven padre estuvo su que e ni siquiera sab siempre. Y o creo que modo, no me hu· ca Renón .. . de otro en tratos con la Ban ajo, aquí. biera pedido nunca trab ? osa cor -¿Ea ren les como criaturas tan adorab -No por eso . .. pocas Román. San los de o tiene el orgullo migo. Isabel be conocido; per ene de un recibir nada de manos . No y moriría antes de ónRen e ? -alegó vivament -¿Enemigo por qué a ... nada personal, Estrad • trató de -Lo sé, pero ... coaa<t. nadie cómo fueron lu -Usted sabe mejor que el escáu· aqu lico púb er hac pérdida sin Sabe que soporté la un modo mucho a podido proceder de ier hub que sabe , dalo mú cruel ... ido !lll· Reuón. No hubiera pod -Efectivamente, señor si hu· ho, hec be ta lealtad como lo guir sirviéndolo con tan mis igo am mi era n má nera. San Ro dad biera sido de otra ma ver esa porque saber ea diferente, tltbnado. Pero Isabel da· hon tao irla her o, tao terrible... la -'a para ella tao dur . erlo sab e deb Ella no sabe nada, ni ...te vale que que yo pie nao ... ¡máa a -E precisamente lo sco-: bru do tan gun , pre -reacic onó de pronto DUDC8 lo eepa! . ¡Hay hua rec Me e? rrec qué me abo Pero, entonces, ¿por rencor... algo contra mí, como un está que ella en o alg muy intimo ...! el con· ón, pero no lo creo. Por -Perdóneme. eeñor Ren . Mil pleo em su está muy contenta en trario, eé que Isabel ayu· erla hab por o ent imi su agradec veces me ha c�emoetrado dedo a coueguirlo. .. me le interese. pero yo no. . -Puede que el aapleo máa a nad , ocBa IÍD motiTO, poi' ocJiarme ere, le en ella ... Si usted qui -Me parece ,.., .nro. ... nt•ré -¿Qué está ... ocarreacia•
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La lliorita S.. JloiMa DO.-- CIÍia ... .. --; ., 1 ' Lo úaico que paede impoltanBe - .... ten •u deber. Si no lo hace, ya sabe usted qué fáik1 1 .. yo un expediente Se alejó con rapid. y Eetrada lo TÍo ine, eléako; ...... .. 110 un pato de i.mpol¡encia. -Pues, leiíor -murmuró-, no entiendo nada de eiiD. 1 Oué hombre más extraño! Primero me habla por teiM.W. 1 1u doa de la madrupda para enterarse, y ahora dice ..lO le importa nada. Andrés casi tropeaó coa Isabel, al entrar a su priw.do. La Joven llegaba retrasada diez mínutoa y aunque él eólo • Hmlló a mirar el reloj, ya compuesto, ella comprendió el 111· 1lflcado de esa mirada, y ee apresuró a explicar. -No llego retrasada, supe que estaba usted en el dee �t.o del señor Estrada, y fui a recoger la correspondencia. Ta mltirn he puesto en su escritorio las cartas de ayer, para • firmadas y loa borradores de loe contratos y lu escri· ....... Renón gruñó por lo bajo y ee sentó. -Hoy está usted de muy buen humor. . -coiDIIDlÓ 10ft disimulada ira. -Y usted no... ya lo veo, señor Renón. -¿Por qué está tan contenta? ¿Le agradecieron mucho • regalos de anoche? -Sí ... sí, señor ... Pero sólo quiero, con mí actitud • hoy, borrar la mala impresión que dejé en usted anoche. No aabe cuánto �enti herirlo ... -No me hirió. Eetoy por encima de todo e.o . Olridelo. Además, hi&o muy bien contestando como lo hizo. Me dee ,.tó de un ataque de debilidad, de estupidez, de romanticia ao, que no volverá a atacarme ... -Pues lo �entiría, señor Renón. Ya le estoy pidieado tlllcuJpa ... Fui bruJea, tonta ... no recogí au bueaa 90hantad .. -¡No ... no! Repito que lúao muy bien ... fue ..._. f n; mi amistad no le intereea, le huta con la de lu quienes puede proteger, hacer regaloe, dar alisato. demui.do orplloaa para .ceptar ana amieted de eaa IIIIJMICie. Ealre Ulllld J JO DO hay .... - • lo dijo W.. claro. lllo.
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ein .eaber por qué ... -Fa es la verdadera felicidad, ¿no lo cree Wlted? ¿Ser6 poeible que no pueda perdoJW'IDe mi torpeu? Ano· che mimlo qui1e decínelo, pero usted ee fue tan de priea Notó que la múcara dura ee ablandaba. Loe ojos gri· - 1e volvieron hacia ella, brillantes, pero no cortants como el acero, aino euavea, b1UD&Ile». -No habría podido eer ID amiga einceramente, penan· do que uated no bahía eufrido nunca, que ignoraba loe dolo .._ de la verdadera lucha, la que ee libra contra el hambre, contra la miaeria, pero deede anoche eé por eue propios labios que usted conoció bien todo eeo, que usted aupo luchar con· "Ahora es difereate, aí, y mi amiatad de tra todo y yencer hoy no es para el hombre triunfador, aino para el muchacho qae ució en mi barrio pobre y que tal vea lloró de frío y de llambre. . -Sonrió tímidamente apoyando la mano en el borde de la meea y mirándolo con intensidad, concluyó caai •plicante-. ¿Puedo ahora pedirle que me dÜiculpe? ¡Ea l a •
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lierOera vea que l o hago! Con súbito arranque, Andrés estrechó la mano que eetaha tan cerca de la euya y la llevó a 11118 labios. -¡Cómo no perdonarla! Al contrario, le doy lu gracias; neoiiÍtO realmente IU ami•ad -Creo que le da demuiada importancia a mi pobre amütad, y me temo que ha de aerrirle de muy poca cosa ... -Me hece Wis uherme amigo de uated babel habla tenN.do de eorpiW& y de emoción al lflll· tir loe labioe .....,..._ IOin • mano; laep las pUahru ele a.óa le .... otra honda y P,riou leiiUCióa que biso latir 18 ...... ..,...uradameate, truaáormado • . temura, en entuei •ílí• .• .. 8lpiiCie de sratitad dulciaiPNi .
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INBIIICO
• �Wo cuanto de duro y laod había ea • ......... �h � • fino ÍDitiato de mujer CODia wo el dl ..illdmf 11· .. ,. U.aba • loe labio., .. .. ......... 1 diaela. -Me halaga demuiado. -Ueted sabe que yo no halago a nadie, L.bel. Dejó en libertad la mano que antes babia beudo y pro. uró dominare.e Le molestaba 1111 debilidad. El la COIIIpN8dl6 lo que eucedia, y replicó con rapida. -Ahora como aeted die e: a trabajar, tenemoe mucho q uehacer ... hay cartas urgentes, la más apremia nte • -. de la Compañia Textil, suplicándole una pequeña prórrop. del rédito ... •••
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-No ea coatumbre de la c:ua Renón prolongar jamás el pluo de un crédito ... -Lo eé, pero eeta pobre gent e no le pide mú que aa par de eemanu, y la cantidad ea tan inaipifican te; eon acle DIÚ, magnificoe clientes, ¿por qué no hacerles un favo r, por una sola vea? Lo miró de nuevo a los ojoe , y él sonrió. -¿Tiene ueted acciones en esa compañía? ---preguntó, cui bromeando. -¡Por Dioe! -No quiero que en el inic io de nuestra amiltad, Ulted tenga una contrariedad; eé que no debo hacerlo, pero lo had. Le prorrogaremos el plazo de crédito a esa compañía Los dos rieron, alegres. Estrada abrió la puerta, y se sorprendió tanto, qae � ria se prolongó. Advirtió que estaban reunidos loe mi� de la Junta Directiva para tomar el acuerdo contra la ec... •pañia Textil. . . y au asom bro llegó al limite cuando Rea6a, con tranquilo acento, ueg uró que 1e les iba a conceder aa pluo de quince díu. Esteban miró a 1111 superior , luego a que ya ae. eonreia, pero que arlrebo ada y feliz parecía decirle ...... coeu con lu pupila brill antes. Se encogió liger.. ....,. hombr,)�. El buen hombre segu · ía sin entender nada; era cada na más incompnmaible. Pu:;.o sobre au mesa el escrito contra el mero lJW de.pedido por incoPape t da .-a . firmara. lo miró 1. penaidó CQII '1 -Coa - .... DO ......lrt tnJ.ejo .. .
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C \RIDAD
56
BRAVO
ADAIII
que él había hecho, -Pues usted misma rehizo las_ cartas plagadas de errores lamentables. su madre había es-Aquel día, según supimos después, acho no tenía cabeza para tado muy grave. El pobre much
nada ... endo ser severo. -¿Y qué pretende? -interrogó queri Ella respondió con dulzura. n. Pero si pudiera -Nada absolutamente, señor Renó diera por una razón men� decir algo, sugeriría que lo despi lé que necesita mucho , dura, para que no 1e perjudique pues cinas le cuestan un medi Las e. madr su a el sueldo para curar
dineral. ba el escrito. IndeEstrada observó que Renón no firma a dejarlo atónito. volvía vida, su en vez ra ciso, quízá por prime a trabajar en el nte -Dígale a ese imbécil que se prese nervios en el sus lparle discu a s vamo acto, y que por una vez sus cmo· nar da a domi desempeño de su labor ... que apren cionea. -pudo murmurar Es-¿Entonces, no lo despide usted? trada. idioma? �jo con -¿Tan mal me expreso en nuestro necesita revisar usted que será ¿O -. lidad jovia cierta ruda que tenemos paz, en os se los oídos o la cabeza? Ahora déjen mucho quehacer ... rápidamente el papel. Eltrada, alegre, conmovido, recogió re de ese mucha· nomb en as -Permítame darle las graci ... mos quere dto al que todos temiera que el jefe Y salió también con prisa, como si Cuando la puerta ad. bond ita insól su fuera a arrepentirse de l exclamó. 1e cerró tras él, Isabe ezco inten· -¿Puedo yo también decirle que se lo agrad lallleDt e?
... pero por su -Eata ea su obra de destrucción, Isabel los prine_?ipios ndo olvida estoy culpa me siento tan feliz, que será si la fuma suya Culpa . mento monu este aron que levant Renón 1e arruina. contenta-, y -No será por cosas como estas -protestó z . .. feli hacen lo ve, ya io, camb en conso· ¿Le parece bien que comamos juntos hoy para . vivesa con guntó -pre l? Isabe oeo, lidar el .,.cto amiet diaimular su -¡Comer juatoel -repitió ella ain poder ,..,. -
f: 1,
F. N E M 1 C O
57
-Si no tiene usted otro compromiao, naturalmeate. -Claro que no lo tengo. Como siempre sola en la cafe. teria de la esquina. -Pues la voy a llevar un poco más lejos. al restaurant "l..oa Jardines"... está en la azotea de un rascacielos; creo lflltl le gustará. Una idea nubló la alegría de Isabel. ¿Su esposa no lo espera a comer? -interrogó. Mi esposa, a la hora en que yo como, todavía duerme. Su rrgimen social es incompatible con mis horas de oficina ... Lola se sorprendió esa noche al ver a Isabel alegre, abrien llu las ventanas y tarareando una canción.
-Ya veo que estás encantada de la vida -<:omentó sin 11nlir Je su estupor-. ¿Qué pasó? ¿Quebró In Banca Renón? ¿Atropelló a tu jefe un tranvía? -Lola, ¡qué barbaridades dices! ¿Podía estar conteo la por una cosa como esa? -Todos los días llegas agobiada, rendida, echando pestes de Renón, ¡el hombre negro de las finanzas nacionales! -Nunca dije semejante cursilería ... -El hombre de piedra, sin corazón, sin alma ... -Ah. ·1· pero cuando se consigue que las cosas camhien un poquito ... Y sin poder contener más tiempo su secreto, contó a Lola c•uanto había sucedido ese día en la oficina. Su amiga la es· cuchaba atónita, y su asombro se parecía mucho al de Este· han Estrada ... -Hemos comido en el restaurant más lindo que soñé ver en mi vida -<:oncluyó--; "Los Jardines", se llama ... una terraza casi en las nubes, entre plantas y flores, con piar ele pajarillos y rumor de fuentes, camareros silenciosos, vajilla finísima, menú exquisito, y música acondicionada que llega no sabes de dónde; pero que muy bien podría proceder de un coro angelical ... El estupor de Lola fue transformándose poco a poco en alarma. -¿Y la esposa de Renón? -dijo con viveaa-. Loa hom· Lres no se satisfacen con amistades del alma, Isabel. -Este sí; el terrible Renón no ea máa que un alma ele. masiado sensible que se acoraza en la rudeu pera clef.dene,
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nada ... endo ser severo. -¿Y qué pretende? -interrogó queri Ella respondió con dulzura. n. Pero si pudiera -Nada absolutamente, señor Renó diera por una razón men� decir algo, sugeriría que lo despi lé que necesita mucho , dura, para que no 1e perjudique pues cinas le cuestan un medi Las e. madr su a el sueldo para curar
dineral. ba el escrito. IndeEstrada observó que Renón no firma a dejarlo atónito. volvía vida, su en vez ra ciso, quízá por prime a trabajar en el nte -Dígale a ese imbécil que se prese nervios en el sus lparle discu a s vamo acto, y que por una vez sus cmo· nar da a domi desempeño de su labor ... que apren cionea. -pudo murmurar Es-¿Entonces, no lo despide usted? trada. idioma? �jo con -¿Tan mal me expreso en nuestro necesita revisar usted que será ¿O -. lidad jovia cierta ruda que tenemos paz, en os se los oídos o la cabeza? Ahora déjen mucho quehacer ... rápidamente el papel. Eltrada, alegre, conmovido, recogió re de ese mucha· nomb en as -Permítame darle las graci ... mos quere dto al que todos temiera que el jefe Y salió también con prisa, como si Cuando la puerta ad. bond ita insól su fuera a arrepentirse de l exclamó. 1e cerró tras él, Isabe ezco inten· -¿Puedo yo también decirle que se lo agrad lallleDt e?
... pero por su -Eata ea su obra de destrucción, Isabel los prine_?ipios ndo olvida estoy culpa me siento tan feliz, que será si la fuma suya Culpa . mento monu este aron que levant Renón 1e arruina. contenta-, y -No será por cosas como estas -protestó z . .. feli hacen lo ve, ya io, camb en conso· ¿Le parece bien que comamos juntos hoy para . vivesa con guntó -pre l? Isabe oeo, lidar el .,.cto amiet diaimular su -¡Comer juatoel -repitió ella ain poder ,..,. -
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-Si no tiene usted otro compromiao, naturalmeate. -Claro que no lo tengo. Como siempre sola en la cafe. teria de la esquina. -Pues la voy a llevar un poco más lejos. al restaurant "l..oa Jardines"... está en la azotea de un rascacielos; creo lflltl le gustará. Una idea nubló la alegría de Isabel. ¿Su esposa no lo espera a comer? -interrogó. Mi esposa, a la hora en que yo como, todavía duerme. Su rrgimen social es incompatible con mis horas de oficina ... Lola se sorprendió esa noche al ver a Isabel alegre, abrien llu las ventanas y tarareando una canción.
-Ya veo que estás encantada de la vida -<:omentó sin 11nlir Je su estupor-. ¿Qué pasó? ¿Quebró In Banca Renón? ¿Atropelló a tu jefe un tranvía? -Lola, ¡qué barbaridades dices! ¿Podía estar conteo la por una cosa como esa? -Todos los días llegas agobiada, rendida, echando pestes de Renón, ¡el hombre negro de las finanzas nacionales! -Nunca dije semejante cursilería ... -El hombre de piedra, sin corazón, sin alma ... -Ah. ·1· pero cuando se consigue que las cosas camhien un poquito ... Y sin poder contener más tiempo su secreto, contó a Lola c•uanto había sucedido ese día en la oficina. Su amiga la es· cuchaba atónita, y su asombro se parecía mucho al de Este· han Estrada ... -Hemos comido en el restaurant más lindo que soñé ver en mi vida -<:oncluyó--; "Los Jardines", se llama ... una terraza casi en las nubes, entre plantas y flores, con piar ele pajarillos y rumor de fuentes, camareros silenciosos, vajilla finísima, menú exquisito, y música acondicionada que llega no sabes de dónde; pero que muy bien podría proceder de un coro angelical ... El estupor de Lola fue transformándose poco a poco en alarma. -¿Y la esposa de Renón? -dijo con viveaa-. Loa hom· Lres no se satisfacen con amistades del alma, Isabel. -Este sí; el terrible Renón no ea máa que un alma ele. masiado sensible que se acoraza en la rudeu pera clef.dene,
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Lola. .. un corazón hambriento de comprensión, de afecto, de simpatía ... -Humnun ... un incomprendido -replicó Lola con desdén-. No lo creas ... Y no juzgues a la esposa sin conocerla. A la mejor él fue quien se casó con ella por vanidad y ahora se siente incomprendido .. . Me alegra qu e bayas cambiado, que ya trabajes contenta pero te confieso que me alanna un poco tu actitud. -¿Qué piensas de mi? -inquirió ofendida. -Nada malo, pienao que eres una ingenua, nada mú. -Pues Renón no me interesa más que como jefe y amigo, y ai mi amistad puede hacerlo dichoso, no voy a negársela. Lola movió la cabeza, desaprobando la frase, pero ya no insiltió. Isabel se encerró en su pequeña alcoba, y buscó, con mano febril, la revista en la que había visto el retrato de la eapoaa de Renón. La contempló por un largo minuto y murmuró. -Sí, es linda, elegante, distinguida ¡pero no ha aabido hacerlo bueno, ni feliz! Apartó sua ojos con desagrado y arrojó la reviata al cesto de los papeles inútilea. A peaar de todas lu razonea que ae daba a sí misma, la idea de que aquella mujer existía, de que era la esposa de Andrés Renón, de CJ11e tenía al lado de él todos los derechos y todos los deberes, le producía un malestar indefinible. ¿Era dolor, angustia, ira? No eran celos, Isa bel no quería saberlo, no quería confesáraelo, pero los celos estaban allí, torturándola, ahogándola, poniendo un dejo de despecho en las palabras con que hablaba a solas con su cora zón y su conciencia. -El no la quiere, tal vez nunca la quiso... pudo casarse sin amor, por vanidad, por capricho ... pero eso no hubiera aido digno de él. .. Es ella quien no lo quiere, y él seguramen te sufre; ese será su dolor, su martirio, lo que le amarga el alma. ¡Ella! Y cuando más tarde estuvo frente a Lola, ante la humilde mesa, su pensamiento seguía volando lejos, hasta aquellos exóticos jardines que se alzaban sobre una montaña de trein· ta pisos, y creía ver de nuevo sobre el mantel blanco, las ma noe de .Renón: anchas, duras y recias, las manos del hombre que bab¡a luchado contra el destino, y que se le antojaban de repente infinitamente adorables, manos que sentía el deseo de beur, de acariciar, de apretar contra sus mejillas. Y mi.
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r�hA IIU mano, la que él había besa do esa mañana, y lo!J dedos 'lt; In otra la rozaban, ahí mism o, dond
e Andrés había puestu lnhios, como si buscara la caric ia que él dejara. - ¡ l!label, que la sopa se enfría! -protestó Lola, voi \'IAndnlll de golpe a la realidad.
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Valr.ntina, con sorpresa, se acercó a Renón. ,\1t• acaba de decir Cerardo que cenas ho}
en rasa. .--,Sí, salí de la oficina un poco más temprano, me enterf r oi!Sualidad de que tú tampoco babias salido. Si no tienes f!\'nnvrniente, haz servir la com ida para los dos ... Valentina aplastó el cigarrillo apenas encendido, en el ce ttlrcro, y miró un poco conf usa a su marido. Esa noche no �f'lllla traje de calle; lleva ba un deshabillé sencillo y elega n lh!lmo t:nvolviendo su figura alta, fina, un tanto rígida; sólo Uhn •li!ICretamente maquillada, y en sus ojos había sorpre "' hnata temor, mientras examinab an escudriñadores el va lilllllmcntc hermoso semblante de su esposo. St'guramente has hecho hoy un negocio magnífico .. .
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htllllllfÍ.
Oh, no, todo marcha norm almente ... ¿ t•or qué s¡¡)iste tan temprano de la oficina, entonces? que en cinco· años que lleva mos de casados, es la primera !]U!l vienes a cenar conm igo ... lle estado pensando que nues tra vida es muy extraña, Yl!lrfllina, y quisiera que hab láramos ... traté de hacerlo en 11411111 (ICMiones, pero dab a la casualidad de que cuando U..,11ha 1 cnM tú habías salid o o tenías invitados ... Hoy me �ro •Ir. haberte hallado aquí ... Cenaron casi en silencio, mien tras los sirvientes llevaban r ff'!•ogiun fue�tes, platos Y. ensa laderas. Andrés miraba di!l· tuhlo a Valentina, y le hacra el efecto de una persona extr a •, I<J l'll<:(lntraba fria, lejana, hostil: trataha en vano de rc ftll!r que habían pasado mom entos felices, que ni siquiera .. hlit IIOI' qué habian huido de ellos, pero no podía cslablce er la romuui1:aeióo cordial, íntima.Tod o parecía forzado en aque L rnrnltla y, en cambio, encontra ba natural la hecha el mismo '" fr.-ult' a Is:thel. Su mirada reco nió la e::tancia dema!oiadu .. JIJN, loa grandes muebles abru mados de plata y cristalería. la mujer curiosa, helada y rígida que silenciosa lo miraba. ¿Qué es lo que quieres deci rme, Andrés? -:-preguntó
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Lola. .. un corazón hambriento de comprensión, de afecto, de simpatía ... -Humnun ... un incomprendido -replicó Lola con desdén-. No lo creas ... Y no juzgues a la esposa sin conocerla. A la mejor él fue quien se casó con ella por vanidad y ahora se siente incomprendido .. . Me alegra qu e bayas cambiado, que ya trabajes contenta pero te confieso que me alanna un poco tu actitud. -¿Qué piensas de mi? -inquirió ofendida. -Nada malo, pienao que eres una ingenua, nada mú. -Pues Renón no me interesa más que como jefe y amigo, y ai mi amistad puede hacerlo dichoso, no voy a negársela. Lola movió la cabeza, desaprobando la frase, pero ya no insiltió. Isabel se encerró en su pequeña alcoba, y buscó, con mano febril, la revista en la que había visto el retrato de la eapoaa de Renón. La contempló por un largo minuto y murmuró. -Sí, es linda, elegante, distinguida ¡pero no ha aabido hacerlo bueno, ni feliz! Apartó sua ojos con desagrado y arrojó la reviata al cesto de los papeles inútilea. A peaar de todas lu razonea que ae daba a sí misma, la idea de que aquella mujer existía, de que era la esposa de Andrés Renón, de CJ11e tenía al lado de él todos los derechos y todos los deberes, le producía un malestar indefinible. ¿Era dolor, angustia, ira? No eran celos, Isa bel no quería saberlo, no quería confesáraelo, pero los celos estaban allí, torturándola, ahogándola, poniendo un dejo de despecho en las palabras con que hablaba a solas con su cora zón y su conciencia. -El no la quiere, tal vez nunca la quiso... pudo casarse sin amor, por vanidad, por capricho ... pero eso no hubiera aido digno de él. .. Es ella quien no lo quiere, y él seguramen te sufre; ese será su dolor, su martirio, lo que le amarga el alma. ¡Ella! Y cuando más tarde estuvo frente a Lola, ante la humilde mesa, su pensamiento seguía volando lejos, hasta aquellos exóticos jardines que se alzaban sobre una montaña de trein· ta pisos, y creía ver de nuevo sobre el mantel blanco, las ma noe de .Renón: anchas, duras y recias, las manos del hombre que bab¡a luchado contra el destino, y que se le antojaban de repente infinitamente adorables, manos que sentía el deseo de beur, de acariciar, de apretar contra sus mejillas. Y mi.
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ella cuando h'rminarl)n y se encontraron sentadus uno frente a la otra en el saloncito, fumando. -Yo mismo no lo si>, Valentina -4:onfesó--, no se trata de algo concreto. Quería !!implemente hablar de nosotros, de de nuestra vida ... - ¿De nuestra vida? ¡No entiendo! ¿ De nuestro pasado? - Acaso tengamos que empezar por el pasado. . . sí ... - ¿ Y para qué quieres recordar lo que fue, lo que ya no puede ser, Andrt>s? Nunc·a nos hemos entendido. No puedo hacerte cambiar, ni tú a mí. Tú estás muy satisfecho de ser como eres. Nunca te importé, por otra parte ... y estoy &e· brura de que nunca me has querido ... -¿ Y tú ... me quieres? ¿Me has querido? - preguntó vivamente. -Sí. mr enamoré de ti como una imbécil. Dejé por ti a todos los que me pretendían, desprecié a tipos que además de dinero tenían apellido, sangre, casta ... - Y luego te arrepentiste enormemente, lo sé. . . Pero dime, Valentina ... ¿me quieres todavía? - Por ti he llorado, Andrés, he sufrido, he renegado de mi suerte mil veces ... Ahora ... te diré que todo lo has dest.r uido en mí. Me has abandonado, humillado con tu frialdad ; me has puesto en r idículo frente a mis amigos. - Somos muy distintos, Valentina ; ellos son para mí unos parásitos; yo, para ello soy el nuevo rico que no merezco más que el desprecio. Quisiste imponérmelos a la fuena y yo de· seaba que nuestra casa fuera sólo para nosotros dos; pero tú también pensabas que le habías casado con un patán, y necesitabas verte rodeada de ellos para no ser demasiado infeliz. -¡Andrés! -Te estoy diciendo la verdad; yo quise salvar el abismo que Já casta, el nombre, la sangre, abrían entre nuestros corazones ; pero tú no quisiste prescindir de nada, por mí. -¿ Y tú. has prescindido alguna vez de tus ne~ocios. por mí? -No sé. . . acaso los dos seamos ig ualmente responsa· bies; pero yo no sentía calor en mi hogar, y huía a encerrar· me en mi oficina. ¿ Ahora. . . podemos salvar algo del amor que nos tuvimos? -¡Creo que no, desgraciadamente! Porque en la intimi· dad, junto a ti, conociéndote, viéndote, soportándote cada día, puedo jurarte que no hay una mujer capaz de quererte
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traron senlallos uno frente ella l:uando terminar''" ·" se encon ndo. fuma a la otra en el saloncito, �onfesó·-, no se trata -Yo mismo no lo si-, Valentina hablar de nosotros, de te de algo concreto. Quería simplemen
de nuestra vida ... ¿De nuestro pasado? -¿De nuestra vida? ¡No entiendo! el pasado ... sí... por zar empe Aca:;o tengamos que fue, lo que ya no que lo dar recor es quier qué -¿Y para dido. No puedo enten !l hemo puede ser, Andrf.s? Nunea nos echo de ser satisf muy está!� Tú mí. a hacerte cambiar, ni tú y estoy ae· . . . por otra parle como eres. Nunca te importé, ... ido quer �ura de que nunca me has o? - ¿Y tú ... me quieres? ¿Me ha!'> querid vivamente. '" imb�·il. Dejé por ti -Sí. r.w enamoré tle ti n11no una a tipos que además ·, ecié despr dían, preten me que a todos los . . . casta de dinero tenían apellido, sangre, te, lo .sé ... Pero emen enorm ntiste -Y luego te arrepe ía'! todav es quier ¿me ... tina dime, Valen o, he renegado de -Por ti' he llorado, Andrés, he sufrid todo lo has des que diré te ... a Ahor ... mi suerte mil vcce5 tu frialdad; con llado humi truido en mí. Me has abandonado, os. amig mis a e frent ulo me has puesto en ridíc ellos son para mí unos -Somos muy di!ltintos, Valentina; que no merezco más rico parásitos; yo, para ellos soy el nuevo la fuerza y yo de· a elos nérm impo que el desprecio. Quisiste nosotros dos; pero t6 para sólo fuera casa ra nuest seaba que casado con un patán, y también pensabas que te habías no ser demasiado para ellos de da sitabas verle rodea -¡Andrés! salvar el --;-Te estoy diciendo la verdad; yo quise entre nuestros n ahría e, san�r la re, nomb el , que la casta indir de nada, por mí. razones; pero tú no quisiste presc a vez de tus ne�ocios, al�un ndido -¿Y tú, has presc·i mí?
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por ti mismo ... -Vaciló un momento. luego concluyó -: per· d6name si he sido dura, pero cuando menos tú y yo dehern011 'eer francos uno con el otro. Valentina se puso de pie, miró por un instante el rostro dC��Concertado de Andrés y salió del salón, satisfecha de haber· lu herido en su vanidad, mientras él, solo, volvía al recuerdo do Isabel San Román; creía sentir la caricia de su voz y ver la gloria de su sonrisa.· -¡Ninguna mujer es capaz de quererme por mí mismu! repitió con lentitud-. ¿Será verdad? ¡Ella, Isabel... no po· thía amarme, tampoco! ¡Oh, no, creo que te equivocas, Valen· tina! Isabel entró al despacho privado de Andrés, sonriendo. -¡Hace un día magnífico ...! ¿Ha visto usted qué sol rnáe espléndido? ¿Qué maravilloso cielo azul? Este año se 1101 adelanta la primavera.
-Sí, en efecto... -aprobó Renón, pero mientras lo de· cla convencido, no miraba a la ventana por donde la luz en· traha a raudales, cálida y clara, sino a la mujercita que fren lt! a él, trayendo todo el calor del sol en las pupilas, parecía la f íllr&onificación de esa primavera, y la figura flexible y fina producía una deliciosa sensación que iba inundando su alma, ' 11ntes sombría.
k!
-Hoy ha venido usted más temprano -dijo amable-. ' las ocho menos diez... Sí, me adelanté un poquito con la esperanza de poder preparar algunas cosas para facilitar el trabajo antes de qut: 11te<l llegara; pero imposible, por mucho que madrugue siem· tifO ha llegado usted antes. 'º"
Prefiero ser yo quien la espere. No quiero perder un ltllnuto de su compañía. .. es como un tónico para mis ner •loll, se lo confieso.
-¡Por Dios, va usted a volverme vanidosa! ¿Se ha fj. t•do en que hay dos pilas, como dos pirámides, sobre el es tltnrio? Pues son los asuntos del día. ¡Como para que pierda 1111r.cl el tiempo en decirme cosas amables! -¿En qu� quedamos? ¿No dice usted que no todo pue· ter negocio y trabajo árido en la vida? ¿No me puso us· ayer el ejemplo de la tierra, que hasta en el trigo abre ama· para poner un poco de belleza sobre lo que será el pan
oada día?
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-Y me ron..ndó, que oo lo pande. Ademú."" nolacln que cuandu ,-amn.. a rortlf"r juntos a "'Los )ardiD~", traltej•· moo mucho mejor doopuios, ..,. la tarde. Oe modo que romt• hoy tendrt>mc~oM un lrahajo excesi\ro, la comida juntos. ~n '"lA!!! Jardines". eo de rig<>r. laabel no pudo tkjar de reir, levemente, encantada. -E!5tá bien, comeremos en "Los J ardlnes", así como IAÍ, no es ninguna (W"nhtnf"ia. • . ¿Quiere que empt'lOOmos a tra·
bajar? - T ranquilíccec, >a tengo e8tudiado el máo importante d~ los asunt011 pendifntt"'S: irnpulsar la rapidez df' tnoducdón en la fábrica de cabillas. -¿Siguen fallan<lt>'t -Sí. a)•r entregaron mruado otro de loa pedid¡,. drl Eotado. n...,.tro dí~nt~ prin<ip.l, y eoo no "" I'O"il•le. O..bí4n haber lo tt-nido listo en veinticuatro horas. -rue .;.1., un día • .. -Un dia puede cambiar la fu del mundo, loa!Jt'l. En un día J>Uf'd<o haiN"r un ciclón, diez terremotos. den iDcend~ declarane tr" gue-rru y tr.obrevt"ffir treinta cri"it~~;. No tomOt' fabricant"" d< •ajilla• chinaa que pued~n entrega,.... a ).,, dos si@:IOs de pedida~. F'urjamos acero, el nerviu clt· lus gran· dt>s edifh iu~oo; t· .. t.uno~ en t-1 siglo (11" ht velocidad, dt- la ,U~· rra rayo y de la tlt""inlf'p;ración del átomo. -Con\'tncido. convt-n('ida -aceptó ella, rif'ndo--; pero u~ted no turnará mt"didas muy de uguerra rayo" contra la máA antigua de ..us indu•tri&Jo, m•• &upongo .•. Hr lut11ddo la medido para qut.• todo cambi~ allí M rit· mo. Más pl'nonal tn 1<>• talleres, borao d• trabajo dístintu, nue\oa ~rn·nd:~ ) nue...·o personal d,. oficina ... mát que rn 1• fabricación. tol rt-tr&jl.e~ en la entrega de 10!' pedido., nt'• caitamOO< l't'nonr tudo lo que allí hutle a polilla .. . IMhd alr-i> <JU< había abí empleado• qut Unabon huta treinta aiioo dt oeni<iM; Andrés lo aceptó •• . •i. había •n eaa fábric-a un homl>re que ya bacía treinta y cinco all"" qUf'
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trabajaba.
-¿Y •• uoted a deopedirlos? -preguntó loabel, deoolada . -No ... no quiero embuli• ni tragedia. ni MJiddicno -dijo él, COD firmna-; no quiero ser cruel por sistema, to· mo lllted dice. Loa dHp<diré, premiándolos por ou labor de tanto tiempo ... mire ...
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ENEMIGO
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Renón sacó de debajo de su cartera dos lindos dibujos a todo color. Pequeños chalets rodeados de modestos ja.rdines con un pequeño plano dibujado en uno de los ángulos; todos pintados de colores alegres, con amplias terrazas y diminutas fuentes. Isabel lo miró todo con curiosidad. -¿Y qué es esto? -quiso saber. - Mi regalo para los retirados. Estas gentes a quienes hay que despedir para poder dar a la fábrica nuevo ritmo, recibirán su retiro con un sentido de la más estricta justicia, tendrán una de estas casas y una pequeña renta que les permitirá vivir con decoro. En esa forma no podrán sentirse desgraciados los abuelitos de mi primera fábrica. Isabel sonreía, feliz . -¡Es maravilloso! -murmuró. - La idea surgió el primer día que comimos juntos en "Los Jardines". Me imagino que usted no recuerda toda nuestra charla, pero yo sí. . . y mandé venir a uno de nuestros arquitectos a sueldo, le expliqué lo que quería y aquí está la realización, que me ha dejado muy satisfecho. Mis obreros serán jubilados, simplemente, y en ellos puede usted ensayar cualquiera de esos planes recreativos o de trabajo grato que me sugirió exponer a la consideración del gobierno. -¿ De veras? ¿Me permitiría usted hacer esto? -¿Por qué no? Podemos planearlo entre los dos en un par de noches a la semana, y así completaremos la obra feliz mente . . . ¿Está dispuesta a trabajar duro? - ¡Hasta la madrugada, si es preciso! -aseguró alegremente. Y como se lo propusieran, lo hicieron. Por días y días trabajaron juntos, dejando sólo el despacho para ir a comer, también juntos al sitio que a los dos les gustaba tanto. LoiJ estaba de acuerdo con los proyectos, pero no con esa manera de trabajar; sin embargo, el entusiasmo de Isabel, cuando 11' explicaba lo que hacíah, acababa por contagiarla. Además, le agradaba que su amiga hubiera olvidado al fin su pena y la tragedia de su padre. Aquel trabajo que la apasionaba, la hacía feliz, llenaba sus horas y volvía a casa siempre contenta. El único que no se sentía dichoso era Juan Luis. Opinaba que Isabel se mataba trabajando, y en su interés por la joven había también celo, el presentimiento angustioso de perderla, ya que ahora, cuando se encontraban, apenas podían hablar unos minutos. y en ellos Isabel no hacía más que explicar lo
....... liqaiera el .... .. .- Wlo habiera ! do al eeiior FAinda y de qae élle le eacarpra di njw, Cf\n la prorneaa de un empleo de planta. IDUJ bien re t. _. neJo. Juan Lais adiYiuba eD R.óa UD m.J de peli¡ro, .
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....... .aanu,clo que había llepdo a ter como un dic. para llíiW y para Lola, y hubiera cl.eado no neceaitar de aquel . por Eltrada, IÓio porque lo pqaria �réa. ......., ofreciclo Uaa noche había confiado a Lola IU amor deauperado ,. ....... y t.ta. a�tre bromas y w:ru, trató de hacerlo com ...... que no debía .Jimentar ni la mú mínima eaperanu. -No neceüta que le den esperanau quiea tiene el alma entera puesta en un empeño, Lola -rebatió él con vebemen· Gia-; ella ataba cerca de mi, cada día podía hablarle, �la, compartir con ella lu horas de delcanao, mirar rila, 8llrechar .... manoa; verla junto a mi hija, baciéadcn._; la ilaaión de que babia empeudo a quererla como madre .. -¡)eiÚa, Maria y Joeé! -inYocó Lola. -Me juga usted un loco, un il010 ... ¿no es cierto? -Por el momento más nle que no lo c.lifique, pero nJeiO, el que DO clip lo que acaba de decirme, •
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-¡Alto ahí! No tiene nmpn derecho para decir eao. una perfecta eeñorita y Andréa Renón • un calado ••. un hombre que no le intereu sino como amigo como jefe. . . ¿entiende? -Si, Lola, pero el coruóa no entiende neda. . . y a - perece demasiado interé. de lubel. . . y no 86lo yo 10 t!ll. lino también la. vecinoe, que la Yea llegar todas ....._ • el aatomóYil, COil él.. . A mi me duele que la . má -pienlea mal de ella. -Y ,_ 110 ,._. también uted mal, ¿no? Pa. de - caua J no ftlaD lo que wciDoe que • · .,..._ dicWDdoie.la ftll'dad, o ....... J ..... . .... ....... . ..... de - modo totalm-18 -do Y .at�a ._.. • 111 obra de .... ... a
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liíiWt ·... ....... ..
-Ea diferente yo no eoy millonario; y junto a....., un compañero, un hombre igual a ella y aadie puede deafr . .. En ese momento entró leabel, arrebolada, feliz, habland o aiempre sobre el proyec to que ya cui termina ban ella Notó que Juan Luie ape nu contestaba, y un mbn lló ae deapidió, lerio, páli do. Sorprendida, ella ae yolftó .
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-¿Qué le pua a ea? --pregua tó. -N ada . . . tonlerias. .. Me imagino que vendrá muy -5f, pero no tengo auei o i . ¿Tieaea cigarriUa.? Naturalmente•.. Lola le alargó la cajetilla y le encendió el cigarro . -Cómo ayuda a eoñar el ham o. . . -comentó babel. Permanecieron calladu, lae doe aspirando con dele ite lu de humo, que, como eua propioa eueñ-, parecían .... • el vacío. ¿Qué estaba diciéndote Jua n Luis, Lola? -pregunt ó .. lubel-. Desde el paeiUo oí sus vocee y mi no� .. ¿No te molestará• ai te lo digo? Ultimamente un poco eueceptible; eetM muy contenta, pero ca•k p4tiB 11 altera ... te irrita. No tengu rniedo de hab lar ... ¿Qué clería -· - que está enamorado de ti como un poUino leahel rió levemente. rfes? de tu expresión eobre Jua n 14 lo coneideru dipo de fij� -. .• �•:."ru conaidero tan dipo a.uaifdad que DO •
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-¡Alto ahí! No tiene nmpn derecho para decir eao. una perfecta eeñorita y Andréa Renón • un calado ••. un hombre que no le intereu sino como amigo como jefe. . . ¿entiende? -Si, Lola, pero el coruóa no entiende neda. . . y a - perece demasiado interé. de lubel. . . y no 86lo yo 10 t!ll. lino también la. vecinoe, que la Yea llegar todas ....._ • el aatomóYil, COil él.. . A mi me duele que la . má -pienlea mal de ella. -Y ,_ 110 ,._. también uted mal, ¿no? Pa. de - caua J no ftlaD lo que wciDoe que • · .,..._ dicWDdoie.la ftll'dad, o ....... J ..... . .... ....... . ..... de - modo totalm-18 -do Y .at�a ._.. • 111 obra de .... ... a
bel
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liíiWt ·... ....... ..
-Ea diferente yo no eoy millonario; y junto a....., un compañero, un hombre igual a ella y aadie puede deafr . .. En ese momento entró leabel, arrebolada, feliz, habland o aiempre sobre el proyec to que ya cui termina ban ella Notó que Juan Luie ape nu contestaba, y un mbn lló ae deapidió, lerio, páli do. Sorprendida, ella ae yolftó .
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-¿Qué le pua a ea? --pregua tó. -N ada . . . tonlerias. .. Me imagino que vendrá muy -5f, pero no tengo auei o i . ¿Tieaea cigarriUa.? Naturalmente•.. Lola le alargó la cajetilla y le encendió el cigarro . -Cómo ayuda a eoñar el ham o. . . -comentó babel. Permanecieron calladu, lae doe aspirando con dele ite lu de humo, que, como eua propioa eueñ-, parecían .... • el vacío. ¿Qué estaba diciéndote Jua n Luis, Lola? -pregunt ó .. lubel-. Desde el paeiUo oí sus vocee y mi no� .. ¿No te molestará• ai te lo digo? Ultimamente un poco eueceptible; eetM muy contenta, pero ca•k p4tiB 11 altera ... te irrita. No tengu rniedo de hab lar ... ¿Qué clería -· - que está enamorado de ti como un poUino leahel rió levemente. rfes? de tu expresión eobre Jua n 14 lo coneideru dipo de fij� -. .• �•:."ru conaidero tan dipo a.uaifdad que DO •
.....
•••• lo .......
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CARIDAD BRAVO
66
ADAMS
tú ue te quiere de verdad y si conmovió. Sé que sufre, porq ... ito poqu un a fuer ue pudieras quererlo aunq ca, sorprendida. Isabel se enderezó en la buta -¿Qué dices, Lota? ado, tengo entendido que -Es un hombre decente, educ r contigo ... casa a podí hasta de buena familia. Se el humor casamentero? hoy ti a viene te e -¿Y de dónd e de él, y de pronto, lo con Te has pasado la vida burlándot te molestaba hasta que lH Antes . sideras un buen partido. . tratara como un amigo ... además, un viudo sin com -Ahora tiene empleo y es, promiso. o, Lola. Su mujer vive ... -En primer lugar no es viud amor por mí, no te dijo su de arte Me imagino que al habl ue estuviéramos solos los dos que tiene espo sa... pero aunq r a ... No puedo ni podría ama en el mundo, no lo aceptaría angustias y de lleno o, tadiz asus ante, un hombre débil, vacil asiado a Arturo Esteves ... de pesimismos; se parece dem -¡Oh! , había llegado a creer que -Por Arturo y por Juan Luis o, y a pensar que nunca po· todos los hombres eran lo mism dría querer a ninguno. ión totalmente en estos -Pero has modificado tu opin ón ... Ren rés And a días. Supongo que gracias decirlo . . . ¡Estabas rta impo me no . . él. -Sí, gracias a Renón que es su a Gracias empeñada en oírlo! ¿verdad? ido. . . gracias conoc a habí a ahor perior a todos los que hasta vencer las dificultades y nada la de se alzar supo a Renón, que a ciones más difíciles. ¡Gracias más duras, y dominar las situa cabal .. ! bre hom un como r senti y ar Renón, que sabe pens que no me doy cuenta ...! -Ya ... ya lo sé, ¡no creas do, soy yo, lsabelita. Tu mun Si alguien te comprende en este e antes de que tú mis desd eso, todo era que ve la intuición de es ... olvid lo ... no ma lo supieras; pero Renón n ofendiera a I!ta· quie ella ser o Se detuvo, no queriend reticencia. Con tono grave, agre bel; pero ésta comprendió su ·.
gó:
desgracia, ni un momento -¡No lo olvido, Lola! ¡Por casado. .. casado, sí. .. es de lo olvido! Andrés Renón está é no puedo pensar en él? ¿Qu otra otra; pero, ¿porque es de de z capa es no una mujer que derechos tiene a encadenarlo és era un corazón solitario compartir su vida? Porque Andr
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E :'\. F.
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O
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cuando yo acepté la amistad que me ofrecía .. . porque c:uan do está a mi lado, los ojos y el alma se le iluminan, y cuan do está lejos, cuando se aleja de mí, sé que se queda soh amargado y triste ... Lola contempló a su amiga, ansiosa, olvidada del cigarr .. que se consumía entre sus dedos. -¡Isabel! -murmuró con angustia-. ¡Isabel querida! ¡Dime que no te has enamorado de Renón! ¡ Repíteme otr�• vez lo que un día me dijiste, que como hombre no te importa ni te importará nunca... que no te interesasá más que como jefe y como amigo. .. repítemelo, Isabel ...! Isabel movió la cabeza, negando. . . De su hermoso ros tro habían huido los colores; sus ojos estaban llenos de som bras y en su boca se insinuó un gesto amargo. -¡No, Lola, hoy no podría, hoy no sería sincera al re petírtelo! Tendrla que m�ntir, y no quiero mentir. -Entonces, ¡es lo que yo temía! ¡Te has enamorado de: Renón! �xclamó Lola, desolada. --Creo que sí ... creo que lo amo --i:onfesó con voz débil, Isabel. Sus lr.hics temblw on al decirlo, pero sintió el anhelo de repetirlo, de saborear aquellas palabras que le anunciaban algo divino y terrible, que tenían en sus labios el sahur c.lc algo exquisito. -Si es amor pensar en él a todas horas; si es amor ben decir el minuto en que lo conocí, si es amor sentirme feliz <>ól., de verlo al lado mío y no saber más que soñar con él cuantlu me aparto de su lado ... Si es amor adorar sus manos fuertes, y su mirada, y su sonrisa, y su voz, y su risa. . . y su rostru grave cuando medita, y sus ojos cuando se vuelven lejanos y tristes, y adorar su infancia dolorosa y su vida plena ... y querer vivir cada minuto de vida junto a él. . . si eso C'l amor ... Lola la había escuchado primero estupefacta, después ate rrada. -¡Amor! ¡Dios mío! ¡ E..,n es estar rematadamente l&:a por él, Isabel! -¡No, todavía no estoy loca, porque pienso, y analizo, y medito, y comprendo que no puede ser, que no puedo seguir soñando así, pero sigo... a pesar mío! -¿Pero te das cuenta de que es un desatino? ¿De que una muchacha como tú no debe, no puede dar cabida en su corazón a un sentimiento así? Aun cuando tengas razón en
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tú ue te quiere de verdad y si conmovió. Sé que sufre, porq ... ito poqu un a fuer ue pudieras quererlo aunq ca, sorprendida. Isabel se enderezó en la buta -¿Qué dices, Lota? ado, tengo entendido que -Es un hombre decente, educ r contigo ... casa a podí hasta de buena familia. Se el humor casamentero? hoy ti a viene te e -¿Y de dónd e de él, y de pronto, lo con Te has pasado la vida burlándot te molestaba hasta que lH Antes . sideras un buen partido. . tratara como un amigo ... además, un viudo sin com -Ahora tiene empleo y es, promiso. o, Lola. Su mujer vive ... -En primer lugar no es viud amor por mí, no te dijo su de arte Me imagino que al habl ue estuviéramos solos los dos que tiene espo sa... pero aunq r a ... No puedo ni podría ama en el mundo, no lo aceptaría angustias y de lleno o, tadiz asus ante, un hombre débil, vacil asiado a Arturo Esteves ... de pesimismos; se parece dem -¡Oh! , había llegado a creer que -Por Arturo y por Juan Luis o, y a pensar que nunca po· todos los hombres eran lo mism dría querer a ninguno. ión totalmente en estos -Pero has modificado tu opin ón ... Ren rés And a días. Supongo que gracias decirlo . . . ¡Estabas rta impo me no . . él. -Sí, gracias a Renón que es su a Gracias empeñada en oírlo! ¿verdad? ido. . . gracias conoc a habí a ahor perior a todos los que hasta vencer las dificultades y nada la de se alzar supo a Renón, que a ciones más difíciles. ¡Gracias más duras, y dominar las situa cabal .. ! bre hom un como r senti y ar Renón, que sabe pens que no me doy cuenta ...! -Ya ... ya lo sé, ¡no creas do, soy yo, lsabelita. Tu mun Si alguien te comprende en este e antes de que tú mis desd eso, todo era que ve la intuición de es ... olvid lo ... no ma lo supieras; pero Renón n ofendiera a I!ta· quie ella ser o Se detuvo, no queriend reticencia. Con tono grave, agre bel; pero ésta comprendió su ·.
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desgracia, ni un momento -¡No lo olvido, Lola! ¡Por casado. .. casado, sí. .. es de lo olvido! Andrés Renón está é no puedo pensar en él? ¿Qu otra otra; pero, ¿porque es de de z capa es no una mujer que derechos tiene a encadenarlo és era un corazón solitario compartir su vida? Porque Andr
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cuando yo acepté la amistad que me ofrecía .. . porque c:uan do está a mi lado, los ojos y el alma se le iluminan, y cuan do está lejos, cuando se aleja de mí, sé que se queda soh amargado y triste ... Lola contempló a su amiga, ansiosa, olvidada del cigarr .. que se consumía entre sus dedos. -¡Isabel! -murmuró con angustia-. ¡Isabel querida! ¡Dime que no te has enamorado de Renón! ¡ Repíteme otr�• vez lo que un día me dijiste, que como hombre no te importa ni te importará nunca... que no te interesasá más que como jefe y como amigo. .. repítemelo, Isabel ...! Isabel movió la cabeza, negando. . . De su hermoso ros tro habían huido los colores; sus ojos estaban llenos de som bras y en su boca se insinuó un gesto amargo. -¡No, Lola, hoy no podría, hoy no sería sincera al re petírtelo! Tendrla que m�ntir, y no quiero mentir. -Entonces, ¡es lo que yo temía! ¡Te has enamorado de: Renón! �xclamó Lola, desolada. --Creo que sí ... creo que lo amo --i:onfesó con voz débil, Isabel. Sus lr.hics temblw on al decirlo, pero sintió el anhelo de repetirlo, de saborear aquellas palabras que le anunciaban algo divino y terrible, que tenían en sus labios el sahur c.lc algo exquisito. -Si es amor pensar en él a todas horas; si es amor ben decir el minuto en que lo conocí, si es amor sentirme feliz <>ól., de verlo al lado mío y no saber más que soñar con él cuantlu me aparto de su lado ... Si es amor adorar sus manos fuertes, y su mirada, y su sonrisa, y su voz, y su risa. . . y su rostru grave cuando medita, y sus ojos cuando se vuelven lejanos y tristes, y adorar su infancia dolorosa y su vida plena ... y querer vivir cada minuto de vida junto a él. . . si eso C'l amor ... Lola la había escuchado primero estupefacta, después ate rrada. -¡Amor! ¡Dios mío! ¡ E..,n es estar rematadamente l&:a por él, Isabel! -¡No, todavía no estoy loca, porque pienso, y analizo, y medito, y comprendo que no puede ser, que no puedo seguir soñando así, pero sigo... a pesar mío! -¿Pero te das cuenta de que es un desatino? ¿De que una muchacha como tú no debe, no puede dar cabida en su corazón a un sentimiento así? Aun cuando tengas razón en
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naAVO
EL
ADAMS
siente. de mí cuando no lo -¡Qué tontería! Más cerca está aún Pero te repito que huir? ía valdr me tengo delante. ¿De qué un sueño mío, una que más es no esto todo upes, no te preoc e íntima que guardo para locura mía, una felicidad extraña
mí sola. ha dicho ...? -¿Quieres decir que él aún no te casi con dolor. Lola atió -reb me? -¿Qué había de decir . ovida conm y ta moles la miró, entre res suelen decir en -¡Caramba, pues lo que los homb
casos como estos! ía! -No, no me ha hablado de amor, ¡todav -¿Quieres decir que esperas que lo haga? ese será el o\ía -No lo espero, Lola, lo temo. Porque rechace y en lo yo definitivo, el día en que será preciso que �
.
�
mitía semejante posibilidad. Ella no quería que ae divo rciara por su culpa ; si lo hacía debía aer porque no era felis con Valentina, pero sin interven ir el amor de Isabel par a nada. -Entonces, ¿qué pretend es? -insistió Lola. -Nada, serie útil, como hast a aquí; es un hombre que nunc3 se ha sentido feliz, y a mi lado lo es. -¿Y cuánto tiempo va a conformarse un hombre com o Renón con una felicidad así? -Eso será él quien lo determin e. Cuando considere que no es bastante, será el momento de concluir ... Lola se paseó, nerviosa, por la habitación. -¡Pero es absurdo, tú te dest rozas el corazón, te amar gas la vida! -Nada de eso, yo también soy feliz, a mi modo; quizá sea cursi, romántic a, anticuada, pero quiero segu ir soñando, mientras pueda. Déjame sentir que vivo, mientras pueda vivir . Andrés descolgó el teléfono y Valentina lo observó con curiosidad. Sin duda hablaba alguien que le causaba gran sa tisfacción. Renón respondió, com o conteatando a la curiosidad de su esposa. -Sí, Márquez, sí, iba a llam arle en este momento .. . Las obras van muy bien, ha real izado usted los proyectos de modo magnífico. Lo felicito. .. Nos veremos mañana a prim era hora ... Colocó el teléfono en su sitio y distraído silbó una can ción de moda. -¡Estás muy contento! �o mentó sorprendida Valenti na-. Y tienes muy buen aspecto. Hoy no pareces cansado ni aburrido, Jo cual quiere decir que tu resistencia se va vol viendo inagotable. ¿Vas a volver a la oficina también esta no· che?
felis, no es por él, ni lo de que su esposa no lo ha hecho preocupo ... por ella, sino por ti, por quien me va a pasar nada. no Lola, -Pues no te preocupes, eso, Isabel! Quiere decir oírte d uilida tranq qué y, -¡A decir que aún estás a tiempo ... -¿A tiempo de qué? cortar por lo sano, -De alejarte, de huir. Tienes que corazón que no ven, no que ojos poner tierra de por medio;
que todo acabe de pronto. desagradable? -¿Y para qué esperar ese extremo tan antes de que irlo imped de ¿Por qué no buscar un medio que está� novio, tienes que dices le no ocurra? ¿Por qué Luis? Juan con lo, ejemp por a, ometid compr para comprender -¡No lo creería; me conoce lo bastante Luis! Juan como re homb un a que no puedo amar para usarlo como -Tampoco está tan mal el pobrecillo, un pretexto, bastaría ... la vida. -¿Y después? No, Lolita ... deja correr ¿Y los comen--Con qué tranquilidad tomas las cosas. ta, es inevitable... tarios? La gente habla, inventa, comen n. Nunca he per quiera que lo digan que pues no, -Bue de decir. deje o diga dido el sueño por lo que la gente enamorara m� se Isabel que de o peligr el Lola aún alegó sólo la haría sufrir, y má.,c; que se aferrara a ese sueño que que Renón se divor a tm�nos, claro, de que tuviera la idea de alteró, no se se no Isabel ... ella un c. t> l"'!sar:; :1 . iara p:u rando que no asegu ros, {lió siquiera. Se enco�ió de homb
ENEMIGO
- Si, tengo el proyecto de despachar algunos asunto<J. -T e has bañado, cambiado de tra.ie, afeitado y pulido como si fueras a una fiesta ... -¿Y qué? -replicó agres ivo-- ¿Te he preguntado yu alguna vez a ti por qué te perfumas y para qué te viste s? ¿Me he metido a preguntarte por qué cambias de traje cada día? -No, claro que no -admitió con despecho Valentina-, para eso hubiera sido preciso que te fijaras alguna ves en nú y nunca ha ocurrido tal cosa ; me has tenido delante y no me has visto. ·
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siente. de mí cuando no lo -¡Qué tontería! Más cerca está aún Pero te repito que huir? ía valdr me tengo delante. ¿De qué un sueño mío, una que más es no esto todo upes, no te preoc e íntima que guardo para locura mía, una felicidad extraña
mí sola. ha dicho ...? -¿Quieres decir que él aún no te casi con dolor. Lola atió -reb me? -¿Qué había de decir . ovida conm y ta moles la miró, entre res suelen decir en -¡Caramba, pues lo que los homb
casos como estos! ía! -No, no me ha hablado de amor, ¡todav -¿Quieres decir que esperas que lo haga? ese será el o\ía -No lo espero, Lola, lo temo. Porque rechace y en lo yo definitivo, el día en que será preciso que �
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felis, no es por él, ni lo de que su esposa no lo ha hecho preocupo ... por ella, sino por ti, por quien me va a pasar nada. no Lola, -Pues no te preocupes, eso, Isabel! Quiere decir oírte d uilida tranq qué y, -¡A decir que aún estás a tiempo ... -¿A tiempo de qué? cortar por lo sano, -De alejarte, de huir. Tienes que corazón que no ven, no que ojos poner tierra de por medio;
que todo acabe de pronto. desagradable? -¿Y para qué esperar ese extremo tan antes de que irlo imped de ¿Por qué no buscar un medio que está� novio, tienes que dices le no ocurra? ¿Por qué Luis? Juan con lo, ejemp por a, ometid compr para comprender -¡No lo creería; me conoce lo bastante Luis! Juan como re homb un a que no puedo amar para usarlo como -Tampoco está tan mal el pobrecillo, un pretexto, bastaría ... la vida. -¿Y después? No, Lolita ... deja correr ¿Y los comen--Con qué tranquilidad tomas las cosas. ta, es inevitable... tarios? La gente habla, inventa, comen n. Nunca he per quiera que lo digan que pues no, -Bue de decir. deje o diga dido el sueño por lo que la gente enamorara m� se Isabel que de o peligr el Lola aún alegó sólo la haría sufrir, y má.,c; que se aferrara a ese sueño que que Renón se divor a tm�nos, claro, de que tuviera la idea de alteró, no se se no Isabel ... ella un c. t> l"'!sar:; :1 . iara p:u rando que no asegu ros, {lió siquiera. Se enco�ió de homb
ENEMIGO
- Si, tengo el proyecto de despachar algunos asunto<J. -T e has bañado, cambiado de tra.ie, afeitado y pulido como si fueras a una fiesta ... -¿Y qué? -replicó agres ivo-- ¿Te he preguntado yu alguna vez a ti por qué te perfumas y para qué te viste s? ¿Me he metido a preguntarte por qué cambias de traje cada día? -No, claro que no -admitió con despecho Valentina-, para eso hubiera sido preciso que te fijaras alguna ves en nú y nunca ha ocurrido tal cosa ; me has tenido delante y no me has visto. ·
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ahora la eterna di!'Cu· -Lo siento, no quisiera empezar vez hice un t>sfuerzo para qu�' sión en que vivimos. Y a una ramos alguna determinación tomá que llegáramM a un arreglo, Tú me e.�uchastc a medias y ron respecto a nuestras vidas. ad de concluir. De todo eso te fuiste sin darme l a oportunid como estábamos, como es· r segui ías quer creí entender que . Y ahora, me voy. . . me es· tamos. Pues hien, así St>guimos peran. con retintín, mirándolo a ---;,Tu l't'l'll'taria'! - -pre¡HJntó los ojos.
empleados. -Sí, mi secrl'taria, } además otros interesarse por lo que Se alejó sin volver la cabeza, sin tó el cigarrillo con aplas sa, !->uced iera a Valentina. Esta, rabio No vio siquiera ero. cenic del plata la a <lt·dos nerviosos, <:ontr puerta distinta una do por a Raúl del Mar que había entra Valentina y de e inert mano la a la que saliera Renón. Tomó pronunciar una de az incap a, pálid Ella, s. la llevó a sus labio uró: pa l ah: a lo dejú 1-- accr. lue¡!.o. murm ;, Oíste todo, verdad? qué te desesperas? respondió con sencillez-. ¿Por Sí ;, Lo quieres todavía?
la mesa un cigarrillo ruTomó de la cajita que había en la respuesta de Va ando esper a, calm con dió bio y lo encen ias nubecilla� dPI de s a travé lentina, mirándola dt' soslayo te. delei con humo que aspiraba --confesó la joven. -¡No sé si lo quiero, o lo aborrezco! anza de que hubiera -Es casi lo mismo. Tenía la esper fiaba en que te enteraras de llegado a serte indiferente. ¡Con n·,;, otra 'ida, que no e;; la homh qUI� huy t·n el munrl•· otro· re que no te quiere, que homb un con tir de aguardar y discu nunca te quiso!
osa. ·¡Cierto! -admitió con ira dolor ... tina Pues es absurda tu lucha, Valen a mi marido? ar ¿Absurdo que luche por reconquist sabes bien. Ya Lo s. --Ni luchas, ni lo conseguirás jamá propio heri amor tu N queda que no te importa.. . lo único <��n rehacer tu vida. ras pensa que sería able razon más do; y lo si quisiera acercarse -El me habló la otra noche, como a mí ... Perdóname si te -0 separarse de un modo definitivo.
EL
ENEMIGO
71
ofendo, Valentina, pero no creo que Andrés quiera alar .más fuerte los lazos de su matrimonio, sino desatarlos. . . -aspiró de nuevo el humo perfumado del cigarrillo y concluyó-: ten go, además, mis razones para decirlo. Valentina aferró su brazo, con violencia. -¿Razones? -repitió-. ¿Quieres decir, prueba s de que me engaña? -No tanto como eso, pero sí buenos indicios. -¿Indicios de qué? ¡Habla de una vez! -Pues bien, Valentina, si yo te probara que tu marido está interesado en otra mujer, ¿te decidirás a resolver nuestro asunto, también? Valentina dejó libre el brazo de Raúl, sus manos cayeron sobre su regazo y hubo en sus ojos una mirada indecisa . -¿Podrías hacer eso? ¿Podrías demostrarme que nc mientes? -inquirió. -Sí... podría.
-¿Pero, cómo? ¿Cuándo? -Si tienes mucha prisa, esta misma noche. Estoy seguro de que tu marido estará media hora escasa en la oficina. -¿Y después?
-Después irá a otro lugar más grato. ¿No has oído hablar de un restaurant llamado "Los Jardines"? Es muy cén trico y muy bonito, en la azotea de un rascacielos. Hay un ambiente discreto, y no es frecuentado por las gentes de tu drculo. El lugar predilecto de Andrés Renón en las últimas• tres o cuatro semanas. ¿Te gustaría pasar esta noche por allá? Valentina se puso de pie, en sus ojos brilló un relámpag () de ira, que hizo sonreír a Raúl del Mar. -¡Iremos inmediatamente! -exclamó-. Y si es cierto lo que dices ... -Lo verás por ti misma. No sé nada más de lo que vas '' ver ... -¡Vamos en seguida! Y mientras Raúl y Valentina se disponían a sorprend er· lo, Andrés conducía a Isabel a "Los Jardines" y se acomoda han en la misma mesa que ocupaban todos los días. -Aquí podemos pensar mejor que en ninguna parte --co· mentó alegre Renón-. j Estoy totalmente de acuerdo con su teoría de buscar los ambientes gratos! -Hoy no era necesario; ha resuelto usted maravilloa.a· mente el problema hasta en sus últimos detalles. Es fucin•n
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osa. ·¡Cierto! -admitió con ira dolor ... tina Pues es absurda tu lucha, Valen a mi marido? ar ¿Absurdo que luche por reconquist sabes bien. Ya Lo s. --Ni luchas, ni lo conseguirás jamá propio heri amor tu N queda que no te importa.. . lo único <��n rehacer tu vida. ras pensa que sería able razon más do; y lo si quisiera acercarse -El me habló la otra noche, como a mí ... Perdóname si te -0 separarse de un modo definitivo.
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ofendo, Valentina, pero no creo que Andrés quiera alar .más fuerte los lazos de su matrimonio, sino desatarlos. . . -aspiró de nuevo el humo perfumado del cigarrillo y concluyó-: ten go, además, mis razones para decirlo. Valentina aferró su brazo, con violencia. -¿Razones? -repitió-. ¿Quieres decir, prueba s de que me engaña? -No tanto como eso, pero sí buenos indicios. -¿Indicios de qué? ¡Habla de una vez! -Pues bien, Valentina, si yo te probara que tu marido está interesado en otra mujer, ¿te decidirás a resolver nuestro asunto, también? Valentina dejó libre el brazo de Raúl, sus manos cayeron sobre su regazo y hubo en sus ojos una mirada indecisa . -¿Podrías hacer eso? ¿Podrías demostrarme que nc mientes? -inquirió. -Sí... podría.
-¿Pero, cómo? ¿Cuándo? -Si tienes mucha prisa, esta misma noche. Estoy seguro de que tu marido estará media hora escasa en la oficina. -¿Y después?
-Después irá a otro lugar más grato. ¿No has oído hablar de un restaurant llamado "Los Jardines"? Es muy cén trico y muy bonito, en la azotea de un rascacielos. Hay un ambiente discreto, y no es frecuentado por las gentes de tu drculo. El lugar predilecto de Andrés Renón en las últimas• tres o cuatro semanas. ¿Te gustaría pasar esta noche por allá? Valentina se puso de pie, en sus ojos brilló un relámpag () de ira, que hizo sonreír a Raúl del Mar. -¡Iremos inmediatamente! -exclamó-. Y si es cierto lo que dices ... -Lo verás por ti misma. No sé nada más de lo que vas '' ver ... -¡Vamos en seguida! Y mientras Raúl y Valentina se disponían a sorprend er· lo, Andrés conducía a Isabel a "Los Jardines" y se acomoda han en la misma mesa que ocupaban todos los días. -Aquí podemos pensar mejor que en ninguna parte --co· mentó alegre Renón-. j Estoy totalmente de acuerdo con su teoría de buscar los ambientes gratos! -Hoy no era necesario; ha resuelto usted maravilloa.a· mente el problema hasta en sus últimos detalles. Es fucin•n
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B RAV O
A. O A M S
de un modo te que un proyecto de esa clase pueda realizarse o. rápid tan perfecto, tan de no tra· -Entonces, bien podemos permitimos el lujo fuerzas, las poco un r repara y bajar más, por lo menos hoy, do. abuun s estamo que las de usted, de las especialmente , nunca -Le aseguro que no -dijo Isabel, sonriendo... diga me que quiero y ... sta dispue me he sentido mejor El la interrumpió con un gesto amable. diré todo -Encarguemos la cena. Mientras la traen, le lo que quiera. que como Isabel asintió, sonriendo de nuevo, dejándolo el cén por resbaló vista Su s. siempre, él escogiera los platillo aza por terr una como abría se que ante restaur trico y bonito a, vibraba y par encima de los millones de luces en que brillab Silenciosamente . ciudad gran la de na padeaba la vida noctur , mientras l.1 Renón de orden la a tomab ero camar solícito un ía suave envolv , mismo o silenci música, más sedante que el blan mesas as redond , enanas as palmer de paisaje mente el bri la En as. discret las cas y pequeñas lámparas con pantal so y s, pareja tres o dos te damen lángui llante pista bailaban para Renón y bre el rincón íntimo y cordial, reservado ya , dando al con ella, parpadeaban también las estrellas lejanas ad. eternid de sentido do junto un profun Le gusta, ¿verdad? -pre para el fmal un -Ciupagne to, mientras el d guntó él, volviéndola a la realida del momen a. retirab se camarero la ca· -Me gusta demasiado -aseguró ella-, me llena afi iada demas tiene iento pensam el y , beza de burbujas rubias ción a volar sobre ellas. de sus -Soñar un poco no está mal. ¿No es ésta una de la sentido mi ado modific haya que a reproch frases? ¿Me aquí, gusto, su a vida para acercarme más al suyo? ¿Se siente Isabel? a cada una Ella había asentido o negado con la cabeza, ró: murmu y pista, la hacia de sus preguntas. Miró de nuevo al compás gente esa desliza se ad facilid qué con -Vea de la música. -¿Le gusta bailar? cómo se -Me gustó en otro tiempo. Creo que ya olvidé •
•
.
.
baila. ¿Y usted? ó una -Yo nunca lo he sabido. Siempre me pareci notar que tería más. Hasta ahora, me ha hecho usted -
.
EL
ENEMIGO
tivamente puede ser muy grato bailar, deslizarse al compát4 de la música, sentirla a usted un poquito más cerca ... Trató de tomar una mano de la joven, pero ella la re· tiró suavemente, y quedaron mirándose, luchando por dominar la turbación que los envolvía. Ardió un rubor repentino (;11 las mejillas de Isabel, y tembló un anhelo violento en los labios del hombre que se inclinó sobre la mesa un P-OCO má11. Su tono bajo, insinuante, era una vibración de su apasiona miento. -¿Sabe usted cómo me siento esta noche, Isabel? --murmuró. Isabel trató de bromear. -Por su aspecto, no creo que se sienta muy mal ... -Como el viajero sediento que al cruzar el desierto viera de pronto un lago, un lago cristalino donde puede apagar lu sed que lo ha atormentado durante días y días, en mi caso podría decir: durante años ... -Un lago ... -Sí, de cabellos castaños, de ojos de color de avellanc1, de labios demasiado frescos ... -¡Andrés! ¡Señor Rcnón! -No se alarme, y déjeme terminar... estoy pbntcándole un problema y no debemos Uegar antes de tiempo al final: el viajero de mi cuento no sabe si el lago en que puede calmar su sed es un espejismo de sus sentidos atormentados, tiembla sin atreverse a acercar sus labios al agua. .. Sería horrible <�i en lugar de su frescura tocara la arena abrasada, ardiente del desierto, y hasta el consuelo de pensar que puede apagar !.'u sed, hasta el recurso de la ilusión, de la esperanza, le fuese negado ... ¿Se da usted cuenta? Isabel tembló. Un estremecimiento que era a· la vez fuego y hielo, recorrió su espalda, deteniendo casi el ritmo de su r.orazón. Sus ojos fijos en los de Renón se alzaron como si c¡uisieran implorarle ayuda, contra sí misma, en ese caso. Y ele pronto, quedó inmóvil, aterrada. -¡Oh! -murmuró solamente. -¿Qué le pasa? interrogó él, asombrado. -¡Mire ... allí! Rcnón alzó a su vez la cabeza, volviéndose hacia la de· recba, como si un resorte la impulsara. A pocos pasos de elloe «:!taba la mujer fría y pálida a quien jurara fidelidad y amor cinco años atrás.
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C A R 1DA D
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A. O A M S
de un modo te que un proyecto de esa clase pueda realizarse o. rápid tan perfecto, tan de no tra· -Entonces, bien podemos permitimos el lujo fuerzas, las poco un r repara y bajar más, por lo menos hoy, do. abuun s estamo que las de usted, de las especialmente , nunca -Le aseguro que no -dijo Isabel, sonriendo... diga me que quiero y ... sta dispue me he sentido mejor El la interrumpió con un gesto amable. diré todo -Encarguemos la cena. Mientras la traen, le lo que quiera. que como Isabel asintió, sonriendo de nuevo, dejándolo el cén por resbaló vista Su s. siempre, él escogiera los platillo aza por terr una como abría se que ante restaur trico y bonito a, vibraba y par encima de los millones de luces en que brillab Silenciosamente . ciudad gran la de na padeaba la vida noctur , mientras l.1 Renón de orden la a tomab ero camar solícito un ía suave envolv , mismo o silenci música, más sedante que el blan mesas as redond , enanas as palmer de paisaje mente el bri la En as. discret las cas y pequeñas lámparas con pantal so y s, pareja tres o dos te damen lángui llante pista bailaban para Renón y bre el rincón íntimo y cordial, reservado ya , dando al con ella, parpadeaban también las estrellas lejanas ad. eternid de sentido do junto un profun Le gusta, ¿verdad? -pre para el fmal un -Ciupagne to, mientras el d guntó él, volviéndola a la realida del momen a. retirab se camarero la ca· -Me gusta demasiado -aseguró ella-, me llena afi iada demas tiene iento pensam el y , beza de burbujas rubias ción a volar sobre ellas. de sus -Soñar un poco no está mal. ¿No es ésta una de la sentido mi ado modific haya que a reproch frases? ¿Me aquí, gusto, su a vida para acercarme más al suyo? ¿Se siente Isabel? a cada una Ella había asentido o negado con la cabeza, ró: murmu y pista, la hacia de sus preguntas. Miró de nuevo al compás gente esa desliza se ad facilid qué con -Vea de la música. -¿Le gusta bailar? cómo se -Me gustó en otro tiempo. Creo que ya olvidé •
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baila. ¿Y usted? ó una -Yo nunca lo he sabido. Siempre me pareci notar que tería más. Hasta ahora, me ha hecho usted -
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EL
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tivamente puede ser muy grato bailar, deslizarse al compát4 de la música, sentirla a usted un poquito más cerca ... Trató de tomar una mano de la joven, pero ella la re· tiró suavemente, y quedaron mirándose, luchando por dominar la turbación que los envolvía. Ardió un rubor repentino (;11 las mejillas de Isabel, y tembló un anhelo violento en los labios del hombre que se inclinó sobre la mesa un P-OCO má11. Su tono bajo, insinuante, era una vibración de su apasiona miento. -¿Sabe usted cómo me siento esta noche, Isabel? --murmuró. Isabel trató de bromear. -Por su aspecto, no creo que se sienta muy mal ... -Como el viajero sediento que al cruzar el desierto viera de pronto un lago, un lago cristalino donde puede apagar lu sed que lo ha atormentado durante días y días, en mi caso podría decir: durante años ... -Un lago ... -Sí, de cabellos castaños, de ojos de color de avellanc1, de labios demasiado frescos ... -¡Andrés! ¡Señor Rcnón! -No se alarme, y déjeme terminar... estoy pbntcándole un problema y no debemos Uegar antes de tiempo al final: el viajero de mi cuento no sabe si el lago en que puede calmar su sed es un espejismo de sus sentidos atormentados, tiembla sin atreverse a acercar sus labios al agua. .. Sería horrible <�i en lugar de su frescura tocara la arena abrasada, ardiente del desierto, y hasta el consuelo de pensar que puede apagar !.'u sed, hasta el recurso de la ilusión, de la esperanza, le fuese negado ... ¿Se da usted cuenta? Isabel tembló. Un estremecimiento que era a· la vez fuego y hielo, recorrió su espalda, deteniendo casi el ritmo de su r.orazón. Sus ojos fijos en los de Renón se alzaron como si c¡uisieran implorarle ayuda, contra sí misma, en ese caso. Y ele pronto, quedó inmóvil, aterrada. -¡Oh! -murmuró solamente. -¿Qué le pasa? interrogó él, asombrado. -¡Mire ... allí! Rcnón alzó a su vez la cabeza, volviéndose hacia la de· recba, como si un resorte la impulsara. A pocos pasos de elloe «:!taba la mujer fría y pálida a quien jurara fidelidad y amor cinco años atrás.
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O CARIDAD BR .,V
AO'"S
-exclamó. -¡Valentina! -felicitarte por el cam· . Creo que debo es . . noch ejó enas -Bu que hu mejorado -d se puede oegar No a. ron oficin tuvie de bio tinamente burlonas, pero repen deslizar sua palabras ella tu secretaria, ¿Ea ISabela al mirar un tono despectivo, . empleo encantada con su verdad? Debe estar u. Junto a Varis son lu de e insultant Sonrió, con la más del Mar. La Raúl én ante, sonreía tambi triunf y vil, cínico a, lentin juvenil figura inmó se separaba de la mirada de ella no frente a la mesa. ecesar ias para ello. lu c.ondiciones n so, y -Y tiene usted todas vidad de mi espo la incansable acti Ahora me explico gada. madru cartas casi huta la cómo resiste dictar pronto la preaen· pie, recuperada de Isabel se puso de Román apretad o en b el orgullo de loa San evecia de ánimo, con los ojoa color de mirada desafiante en garganta, con una habíamoe ter· Uana. huta tan tarde. Hoy, -Nunca trabajamoa pio mañana lim en rlo el proyecto para pasa aré llev Me o. nad mi permiso de ustedesmuy temprano. Con idez. El se había , se alejó con rap y !jin mirar a Renón . a, pero Valen· levantado, a su vez nto! -dijo con vivez -¡Isabel, un mome nía a correr dispo que se el brazo, al ver tina lo detuvo por aria. detrás de su secret ? vas de dón -¿A firmeza-. Ea decasa ---exclamó con -A llevarl a a su perfecta señori ta como que salga sola una masiad o tarde para bien acompañad a. ella. Tú quedas muy elevadores, fue de llegar al 1uJll de los al y lidad Casi corrió, impaciencia. La casua a, rabiando de la opor· e una a la otra puert dándol Isabel, violenta huida de había favorecido la la puerta automática minuto antes, cuando un llegar tunidad de rla, importándÓ detene e ya no le era posibl ndo cua a, tres mi· cerrab se pensar. Y uno, dos, Valentina pudiera nd.·r desce le le poco lo que posib fuera on antes de que le a::!'or, de nulos eternos pasar ño sue su se comenzara a forjar del pan íso donde fin, el ascensor llc.· antes de que por ado, trunc bruscamente sabía, estaba gara. perdido un instante; Pero Isabel no había de la ex· espanto el iría tras ella, sintió el miedo segura de que Renón él, con llegar riamente había de plicación que necesa
E l.
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dt� que él hablara de amur, el miedo aún peor ele que ,M,Iu hablara de dd,.·r ) amistad. Se cm·ontró en la calle; con ojos angustiados buscó un vehículo donde seguir su huida; detu· vo un taxi ) dio su dirección. Rcnón 11eAÓ al borde de lu aet�ra a lit·rnpo de "t>rla marcharse, y su mano extendida cayt"• c on impac·ieucia, con amar:.�a rabia. ¡ l::stá hien! murmuró- . De lt)(los modos !lt"rá i�ual; ¡muchacho! -�ritú impcrioS(r ¡mi autu. en seguida! Cuando Isabel entró en !<U casa, estaba ahí Juan Lui:t, charlando con Lola. Los dos se sorprendiero n al oir el por lazo y al Vl'rla llegar, pálida y agitada. Los dos la interrogaron con la mirada. Nn sucl•de nada rt>spondió procu ran do tranquilizar·
�--. Pensé q ue ya estarían acostados todos ... Juan Luis
se·
puso de pit>.
- En efecto, es un poco tarde... pero prolo ngué mi vi sita c·on la esperanza tle c.¡ue al fin volvería usted de ese horrible trabaju ... Isabel arrojó su holso y la cartera repleta de papeles 110· bre el primer mueble que encontró al paso, y cruzó sin dete·
nerse hasta su cuarto. La mirada de Juan Luis la siguió tris temente. Part!(•e que a Isabel le molesta mi presencia -dijo. ¿Por qur piensa siempre lo que má.� lo lastima? -in h'rrugó irnpal'it•nll' L<�la- . Puede t'Star de mal humor, n <-an l'ada. Olvídt-St' y váyase a dormir. -Me hubiera gustado tanto decirle que mañana, por (in, empezaré a t rabajar con puesto fijo ... -Se lo diré en su nombre y se alegrará iguaJ -Lola, más impaciente cada instante, hubiera deseado empujar aJ impertinente. Comprendía que algo a normal sucedía a su ami �a y deseaba hallarse a solas con ella-. Ande -insistió-, rt•<·uerde que mañana tenemos todos que ma drug ar. -Si, me voy, hasta mañana, Lolita ... En ese momento sonó el timbre de la puerta. Juan Luis n1rrió y se t>nwntró frente a Renón. Lola lo siguió y quedó a unos pasos del amigo. mirando estupefacta a Andrés. Perdonen... -comenzó él, con violencia, tratando de ter amable--. Necesito hablar con Isabel. ¿Usted es su amiga , verdad? -interrogó a Lola-, ¿y el señor es su espoeo . .. d llt'ñor Pérez ...? -¡Jesús me valga! -negó Lola con energía, moviendo
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O CARIDAD BR .,V
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-exclamó. -¡Valentina! -felicitarte por el cam· . Creo que debo es . . noch ejó enas -Bu que hu mejorado -d se puede oegar No a. ron oficin tuvie de bio tinamente burlonas, pero repen deslizar sua palabras ella tu secretaria, ¿Ea ISabela al mirar un tono despectivo, . empleo encantada con su verdad? Debe estar u. Junto a Varis son lu de e insultant Sonrió, con la más del Mar. La Raúl én ante, sonreía tambi triunf y vil, cínico a, lentin juvenil figura inmó se separaba de la mirada de ella no frente a la mesa. ecesar ias para ello. lu c.ondiciones n so, y -Y tiene usted todas vidad de mi espo la incansable acti Ahora me explico gada. madru cartas casi huta la cómo resiste dictar pronto la preaen· pie, recuperada de Isabel se puso de Román apretad o en b el orgullo de loa San evecia de ánimo, con los ojoa color de mirada desafiante en garganta, con una habíamoe ter· Uana. huta tan tarde. Hoy, -Nunca trabajamoa pio mañana lim en rlo el proyecto para pasa aré llev Me o. nad mi permiso de ustedesmuy temprano. Con idez. El se había , se alejó con rap y !jin mirar a Renón . a, pero Valen· levantado, a su vez nto! -dijo con vivez -¡Isabel, un mome nía a correr dispo que se el brazo, al ver tina lo detuvo por aria. detrás de su secret ? vas de dón -¿A firmeza-. Ea decasa ---exclamó con -A llevarl a a su perfecta señori ta como que salga sola una masiad o tarde para bien acompañad a. ella. Tú quedas muy elevadores, fue de llegar al 1uJll de los al y lidad Casi corrió, impaciencia. La casua a, rabiando de la opor· e una a la otra puert dándol Isabel, violenta huida de había favorecido la la puerta automática minuto antes, cuando un llegar tunidad de rla, importándÓ detene e ya no le era posibl ndo cua a, tres mi· cerrab se pensar. Y uno, dos, Valentina pudiera nd.·r desce le le poco lo que posib fuera on antes de que le a::!'or, de nulos eternos pasar ño sue su se comenzara a forjar del pan íso donde fin, el ascensor llc.· antes de que por ado, trunc bruscamente sabía, estaba gara. perdido un instante; Pero Isabel no había de la ex· espanto el iría tras ella, sintió el miedo segura de que Renón él, con llegar riamente había de plicación que necesa
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- En efecto, es un poco tarde... pero prolo ngué mi vi sita c·on la esperanza tle c.¡ue al fin volvería usted de ese horrible trabaju ... Isabel arrojó su holso y la cartera repleta de papeles 110· bre el primer mueble que encontró al paso, y cruzó sin dete·
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•
.-a. llhr .... a Iilllf(f�•>....... cJelayo. ..... t!or . .__ :.� • pilO la ..,...,.. ...... . .. . cJeola ·al IIJÓor 'a.6D; aat .... Oh, J.abel , . . -· ledo su a p aad • a el wr la ridicula; mieDtrU ..... Lola ..-a aD poco de tra�W uai6D pereció CODf La Juan Luia oeo e imnóvil a silenci éo. teaia .t.d que fieeto ira �UDi quien lo miró �n Isabel, qué hace elle mitine a ADdréa. SU amip , de .-poeo con toDO -¿Si no ea el noche? -preguntó eetaa horu de la hombre aqul, a Luia; pero · ! -eomea&Ó Juan poco amiltoeoes cuento mío -¡Eeo enir. que debía iDte" r con el Isabel comprendió deje. Debo habla noe que ruego rtante s. impo toe -Juan Loia, le .clarar ciertoe uun Luia -. Bue· Ren6D; dejamos sin .
. . •
teior gana Juan adtnit ió de mala -Está bien -
la nunochee. dido. Isabel cerró er el roetro , ofen medio del en Se alejó aiD volv eetaba que reunió con Andréa a su puerta tru él y ee clillcrda. • encaminó Lola, • mientr . indeciao to, Mloaci
alcoba-
-¿Qaiéa
---a.rOIÓ Renón. bnbénd, W! io mucho.
que aprec o nuestro. al -Un buen amig aeaer la -AJDi80··· de él. ¿Quiere noe olvidemos que vale Mis ane. Andrés? única butaca boDdad de eent eeñalándole la cortesía perfecta. con ; pero fte. ajuar Sonrió mo odeatísi confortable del m nte ame pie. wrdatler rmaneció de impaciencia, pe mirando hacia D6D. trémulo de . -comenzó él . oirá. nos -Su amiga. . . en na. Confío plenamente la alcoba cerca ena es diacretape. reocu p • -No detrQ. su afecto. 111 lealtad y en venido corriendo a; pero si he quier usted -Como demoltJ'arle mia II!Dtimientoe en un aDiia de · que tenga 1lllecl tieln de .-, ha sido atamf"'e. No quier o iDJnedi oído. � mM ntee de haberme Andr éa. y nna reeo\ucióD a po de toiPI' de antemaDo, toiDIIIla eetaba ac:iÓD c:auu de te10l la Mi _. recta. No � la ns6a dlpa, la 6nica toda tilDe ea la 6Bica matriJnoaio. Sa � el •· • • JM»! ••o Dewar • 6c• mal dejiadome ha ,... .-echo. Hice 111111 ea-
·
¡JIIIallo
• mL llla t11 ocaCÓD v-a � le reooDQCIII' que que O feDI y .... ·...t.
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eRo.; . ......., clebwo- ¡........_ ,.., .... .. .,.-.ipl6-: Lo áDieo qa. ...... - .... ..,. -ele ...... ... ele ....... ¡- . .... ........: �.a plicacionea que eeprameute e.peraba. · . .•• :.. :: -No tenso ninguna eq»licacióa c¡ue dar a qna .....,. tan eltÚpida como la que Valentina tomó . . . --npllo6.. da pronto, con ira. , , re -Sus palabras 110n duru para ella. Piense que yo •• a. ofendida, y, sin embargo -Usted no sabe nada, abeolutamente nada de mi lllllri· monio, Isabel. -Me bata con saber que su espoea tiene celoe, celoe todo lo injustificados, todo lo ridículos que usted quiera -Perfectamente normales, puesto que ella ..be lo qae usted significa para mí -Andrés. . . ¡por favor! -No pretenda hacerme callar. Ya le dije que iba a llli'' sincero, tan rudo y sincero como soy siempre. Mi mujer ..a. que nunca fui feliz al lado suyo, sabe que nuestra vida conJ11gal es un desastre sin posible arreglo por su parte y por la mía. . . Lo que pua entre eRa y yo nada tieae que ver coa usted. Isabel parpadeó ligeramente; ae contenía a dura pena. pero pudo todavía agregar con aparente aerenidad. -Ella, ain embargo, parece opinar lo contrario, y freate a esa opinión, la moral más elemental me indica que debo re tirarme, eliminar mi presencia entre uetedea. Hemos aido de masiado imprudentes dejándonos llevar por una amistad que tan grata era para los dos. ¿Era? -repitió anhelante-. ¿Quiere decir que la di por terminada? -¿Qué otra co.. podemos hacer? -Escúcheme, I..bel. Mi mujer no me ama. . . me lo ... dicho, no hace mucho si esta noche fue allí, fue porq118 la empujó a ir la malicia de ese tipo que iba con ella el ... tenaz de sus admiradores, su indispensable compañero de bal-. les, teatros, comidas y cabarets, el tipo hecho a la medida dlt su capricho, de su antojo. . -¿Y usted consiente ? -no pudo maaoe qae � tar Isabel. -¿Qué puede iaapoilarme U D tipo COIDO _,Na., ... que un lacayo dilliapido qae tieae poi' W.. ._,,..... -
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CARIDAD
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BRAVO
ADAMS
muy usual en el mundo tado por el mejor sastre. Ea UD tipo yo me ofendiera por que de Valentina. Sería de muy mal tono eso.
l, Andrés. -Perdóneme, pero no entiendo su mora por no entender· y ellos, de la -No es la mía, Isabel, es y yo. Mi moral, a espos mi entre o abism UD la, hubo siempre r, pero sincero mejo o peor me ordena solamente eer sincero,
siempre. aquellos ojos de co· Dio un paso hacia ella, y sus ojos, veces, estaban ahora as much lor de acero tao fríos y tan duros os, ojos tan elo· tiern ente ndam profu ntes, extrañamente ardie rubor cubrió vivo aje, un cuentes que comprendiendo su mens
laa mejillas de Isabel. para un hombre como -Hay cosas muy difíciles de decir r como usted comprende yo -agregó-;- pero que una muje . Isabel, mi vida es otra . . digan sin necesidad de que se las tiene ahora para mí un todo ella; en entró desde que usted tud, y va usted a per· sentido nuevo, un raro sentido de pleni escrúpulo de concien· ivo exces por icio, mitir que por un preju
cia ... a su pesar-; usted -No es eso -cortó ella conmovida por ella, pero hay o amad ser no a, espos su podrá no amar a un lazo que los ata, UD lazo legal. ones y nuestras ádas -Legal solamente; nuestros coraz s. Y el lazo legal se jamá rse fundi sin elas marcharon paral
rompe ... mía, Andrés ... -dijo -Usted no se divorciará por culpa ella con firmeza. que no quiere enten· -No sería por culpa suya ... ¿Es que su amistad m-:: bien el r rende comp e derme? ¿No quier
ha hecho? puedo hallar a mis pro· -Sí, sí, y es la sola disculpa que cada vez que me ator· eso en ba pensa a píos ojos. Hasta ahor a en adelante ya no me hasta· mentaba la conciencia. De ahor no puedo, no debo escucharlo, rá para hacerlo ... No, Andrés, sufra, sea cual sea nuestro que lo sufra a, sienta lo que sient que digo: nuestro, y si le dolor. .. nuestro, oiga usted bien sufriendo solo ... está no que sirve de consuelo pensar ia. menc vehe con , frase su El cortó de los que se conforman -No soy de los que se consuelan, il. Usted me rechaza estér y to injus ficio aceptando un sacri porque no soy libre ...
EL
ENEMIGO
19
-Naturalmente ... y sabe que no es cierto lo que le dijo su mujer; usted puede ser amado, inmensamente amado por !IÍ . mtsmo ... Andrés dio otro paso hacia ella, pero Isabel retrocedió. -¡No, por favor, no se acerque, tenga piedad de mi ... ayúdeme, usted que es tan fuerte, ayúdeme a sostenerme en mi deber ... ! -¿Por qué? ¿Si me quiere y yo la quiero a usted, con un amor demasiado respetable para que lo sacrifiquemos? -¡Pero nuestro amor no puede ser! -Y cuando sea libre, muy pronto... ¿dirá lo mismo? j No, Andrés. no haga eso! Lo rechazaría ... -No lo hará; sé que no podría hacerlo; aunque no me diga más, ya sé bastante, y me voy feliz, muy feliz, Isabel .. Y gracias por ser sincera, como yo he sido. Que tenga dulc� sueños. Y mientras él salía, seguro de ser amado, de la humilde casa; en el elegante restaurante que antes dejara, Valentina y Raúl del Mar permanecían una frente al otro, bebiendo. Raúl procuraba tranquilizar a su compañera, cuyos ojos todavía re· lampagueaban de ira. -Tu marido volverá... -aseguró llenando de nue,·o la copa de Valentina-; volverá porque esa muchacha le impor· ta muchísimo. .. es una pobre ilusa, deslumbrada por los irre· sistibles atractivos de tu espose ... si una mujer de tu educa· ción y de tus refinamientos cayó en ellos, ¿qué tiene de parti cular que una muchacha ignorante se enamore de él? -¿Y qué sabes tú de todo eso, Raúl? -interrogó vio· lenta, pero deseando enterarse. -He tomado informes; las gentes como Renón se cuidan poco, se imaginan que tienen el derecho de hacer cuanto (e:; venga en gana. . . sé que están enamorados, cándidamente ena· morados, con ese amor romántico de los novios de los pueblos. El, después de todo, no ha tenido tiempo de vivir, y tú eres de· masiado para un tipo asi ... Valentina bebió lentamente la copa, sin hacer ningún co· mentario. -Andrés va a pedirte el divorcio, como si lo viera, en las condiciones que tú quieras, con la pensión que pidas; har.i lo que se te antoje, con tal de ser libre. Tú quedarás también libre y millonaria. -¡Cállate! ¡No digas bromas estúpidas para distraerme! •
CARIDAD
78
BRAVO
ADAMS
muy usual en el mundo tado por el mejor sastre. Ea UD tipo yo me ofendiera por que de Valentina. Sería de muy mal tono eso.
l, Andrés. -Perdóneme, pero no entiendo su mora por no entender· y ellos, de la -No es la mía, Isabel, es y yo. Mi moral, a espos mi entre o abism UD la, hubo siempre r, pero sincero mejo o peor me ordena solamente eer sincero,
siempre. aquellos ojos de co· Dio un paso hacia ella, y sus ojos, veces, estaban ahora as much lor de acero tao fríos y tan duros os, ojos tan elo· tiern ente ndam profu ntes, extrañamente ardie rubor cubrió vivo aje, un cuentes que comprendiendo su mens
laa mejillas de Isabel. para un hombre como -Hay cosas muy difíciles de decir r como usted comprende yo -agregó-;- pero que una muje . Isabel, mi vida es otra . . digan sin necesidad de que se las tiene ahora para mí un todo ella; en entró desde que usted tud, y va usted a per· sentido nuevo, un raro sentido de pleni escrúpulo de concien· ivo exces por icio, mitir que por un preju
cia ... a su pesar-; usted -No es eso -cortó ella conmovida por ella, pero hay o amad ser no a, espos su podrá no amar a un lazo que los ata, UD lazo legal. ones y nuestras ádas -Legal solamente; nuestros coraz s. Y el lazo legal se jamá rse fundi sin elas marcharon paral
rompe ... mía, Andrés ... -dijo -Usted no se divorciará por culpa ella con firmeza. que no quiere enten· -No sería por culpa suya ... ¿Es que su amistad m-:: bien el r rende comp e derme? ¿No quier
ha hecho? puedo hallar a mis pro· -Sí, sí, y es la sola disculpa que cada vez que me ator· eso en ba pensa a píos ojos. Hasta ahor a en adelante ya no me hasta· mentaba la conciencia. De ahor no puedo, no debo escucharlo, rá para hacerlo ... No, Andrés, sufra, sea cual sea nuestro que lo sufra a, sienta lo que sient que digo: nuestro, y si le dolor. .. nuestro, oiga usted bien sufriendo solo ... está no que sirve de consuelo pensar ia. menc vehe con , frase su El cortó de los que se conforman -No soy de los que se consuelan, il. Usted me rechaza estér y to injus ficio aceptando un sacri porque no soy libre ...
EL
ENEMIGO
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-Naturalmente ... y sabe que no es cierto lo que le dijo su mujer; usted puede ser amado, inmensamente amado por !IÍ . mtsmo ... Andrés dio otro paso hacia ella, pero Isabel retrocedió. -¡No, por favor, no se acerque, tenga piedad de mi ... ayúdeme, usted que es tan fuerte, ayúdeme a sostenerme en mi deber ... ! -¿Por qué? ¿Si me quiere y yo la quiero a usted, con un amor demasiado respetable para que lo sacrifiquemos? -¡Pero nuestro amor no puede ser! -Y cuando sea libre, muy pronto... ¿dirá lo mismo? j No, Andrés. no haga eso! Lo rechazaría ... -No lo hará; sé que no podría hacerlo; aunque no me diga más, ya sé bastante, y me voy feliz, muy feliz, Isabel .. Y gracias por ser sincera, como yo he sido. Que tenga dulc� sueños. Y mientras él salía, seguro de ser amado, de la humilde casa; en el elegante restaurante que antes dejara, Valentina y Raúl del Mar permanecían una frente al otro, bebiendo. Raúl procuraba tranquilizar a su compañera, cuyos ojos todavía re· lampagueaban de ira. -Tu marido volverá... -aseguró llenando de nue,·o la copa de Valentina-; volverá porque esa muchacha le impor· ta muchísimo. .. es una pobre ilusa, deslumbrada por los irre· sistibles atractivos de tu espose ... si una mujer de tu educa· ción y de tus refinamientos cayó en ellos, ¿qué tiene de parti cular que una muchacha ignorante se enamore de él? -¿Y qué sabes tú de todo eso, Raúl? -interrogó vio· lenta, pero deseando enterarse. -He tomado informes; las gentes como Renón se cuidan poco, se imaginan que tienen el derecho de hacer cuanto (e:; venga en gana. . . sé que están enamorados, cándidamente ena· morados, con ese amor romántico de los novios de los pueblos. El, después de todo, no ha tenido tiempo de vivir, y tú eres de· masiado para un tipo asi ... Valentina bebió lentamente la copa, sin hacer ningún co· mentario. -Andrés va a pedirte el divorcio, como si lo viera, en las condiciones que tú quieras, con la pensión que pidas; har.i lo que se te antoje, con tal de ser libre. Tú quedarás también libre y millonaria. -¡Cállate! ¡No digas bromas estúpidas para distraerme! •
81
80
E�t: MICO
-No bromeo, te lo digo para que esté. prevenida. -Pue. yo no le daré el divo rcio, no ee lo daré a precio, y si esa muchacha es lo que tú dices, que no lo tendrá que dejarlo. -¿Quieres que te odie? -¡No me importa; con tal de que aulra lo que yo be sufrido! Pero no me ped irá el divorcio, ni siquiera vendrá de nuevo aquí ... -Pues ahí lo tienes... --dijo triunfante Raúl volvién. doae ligeramente hacia la puerta. Valentina ae irguió, con movimiento brusco alejó la copa. En efecto, Renón estaba ahí, y fue rápidamente hacia ellos. Se detuvo ante la mesa, tran quilo ya. -Creo preferible que hab lemos inmediatamente, a solas, Valentina, y, desde luego, en nuestra casa. ¿Quiere s hacerme el favor de venir conmig o? El señor Del Mar te perdonará; ai guata, él puede quedarse aquí todo el tiempo que quiera ... Raúl lo miró con altivez. -Habla usted como si estu viera entre sus empleados -re plicó.
-Ea mi costumbre, dispénse .me ¿Vamos, Valentina? FJ rostro de la joven ae bah
ía vuelto frío, impasible, y sus labios, antes crispados de ira, ae plegaron en una suti l mueca de desprecio. -No puede negarse que / eres un hombre galante a tu manera. Ya que cumpliste con la secretaria, quieres cumplir con la esposa también. .. ¿Qué fuiste a hacer tras ella? ¿Ofrecerle por mí tus excu sas? -No fue neceao ari ; la señorita San Román ha perdonad .. tu equivocación espontán eamente . .. tu lamentable equivoca ción. -Me conmueve tanta indu lgencia. -No es cuestión de indu lgencia, sino de carácter y de principios; es lo bastant e pura, lo bastante rect a para repro charse una simpleza com o la de venir a tomar un bocado con migo después de un día de trabajo. -Un bocado acompaiiad o del mej or clun.e unpog ¿eh? -¿Piensas que es privileg io excluaivo de los deso cupadoe poder beberla? -Pienso que lo único que le faltaba era ponerme en ri dícuJo, eDúbiéndote en un lu¡ar como eet1e con· una muchacha cualquierL •
.
.
deja de ente, lo cual no ridículo es difer elle lua aa -Mi idea del veag que No me afecta ti. para ter una suerte ... re cualquiera Raúl del Mar, Bnr con un homb arriba a abajo a de pero yo, te moleato, se Miró de sosla emen visibl ada figura. Raúl, fríos y deaagrises, rr.corr iend o su atild ojos clavó en él los nces ento pie; puso de ón. fiantes. ó en tono burl usted? -pregunt mis resntarte -¿Se despide prese a iré e.. . Mañana ribl prefe es -Sí, noches... a. .. . Buenas poco sorprendid petos, Valentina dos hombres, un los o a lueg miró y Vale ntina n a Renón , tió ver con desdé permi do, mari se vez, su a Raúl, a su volviéndo se haci a, mientras ella, se alejó sin pris violencia. preguntaba con uesto, Andrés? ¿qué te has prop . . o . moda presen� -Per de una incó ento, libra rme mom casa? el r a -Po nos vaya mos .<� dese os de que licne rá así la ¿no queda . . cia. caballero.. . no to perfec un -Ra úl es diste. aunque cosa. Lo ofen que lo haga.. . padri nos? Bien . nderle po es r ¿Env iará �us pamplinas, sabré debía esas anticuadas de otros, río nos me de os yo em del Mar... Habl di· Raúl nos a to mos cuan Pero deje o antes, en o antes, much nuestra hech a, Ahor rlo habe . mos equivocación nuestra mutu a anas... mos cuen ta de hace algunas sem dije lo te ya rdo, rfecta absu pe un vida es vida la secretaria apareció en tu Vason, o -Sí, en cuanto com cosas tal encé a ver las poco ba ocupa --Cu ando com me mi trabajo, s, engol fado en normal entre un lentina. . . Ante lo que creía a naba resig me y o, a prefiero que mism Ahor de mí ya no se aman. que r y femuje es los dos. . . hombre y una que seamos libr ción, situa esa definamos serlo, todavía ... ... voy a acceder lices , si podemos pien sas que yo más. a nad yo, -Y naturalmente, o com desearás tanto lo orque !div o eres -Su pong Andrés... ¡qui del cinismo, o colm el -Es muchaclla! rte con esa quiere& ni yo k ciarte para casa porque ni tú me me rciar divo -Quiero iento! quiero. .. palabra de casam nes de darle _.. mM -¡Mi entes! ¡Vie o much admitido! ¡Es era hubi q.me -¡Nunca escrupulo.a de kt ! Mucho más crees tú que pulosa de lo .
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E�t: MICO
-No bromeo, te lo digo para que esté. prevenida. -Pue. yo no le daré el divo rcio, no ee lo daré a precio, y si esa muchacha es lo que tú dices, que no lo tendrá que dejarlo. -¿Quieres que te odie? -¡No me importa; con tal de que aulra lo que yo be sufrido! Pero no me ped irá el divorcio, ni siquiera vendrá de nuevo aquí ... -Pues ahí lo tienes... --dijo triunfante Raúl volvién. doae ligeramente hacia la puerta. Valentina ae irguió, con movimiento brusco alejó la copa. En efecto, Renón estaba ahí, y fue rápidamente hacia ellos. Se detuvo ante la mesa, tran quilo ya. -Creo preferible que hab lemos inmediatamente, a solas, Valentina, y, desde luego, en nuestra casa. ¿Quiere s hacerme el favor de venir conmig o? El señor Del Mar te perdonará; ai guata, él puede quedarse aquí todo el tiempo que quiera ... Raúl lo miró con altivez. -Habla usted como si estu viera entre sus empleados -re plicó.
-Ea mi costumbre, dispénse .me ¿Vamos, Valentina? FJ rostro de la joven ae bah
ía vuelto frío, impasible, y sus labios, antes crispados de ira, ae plegaron en una suti l mueca de desprecio. -No puede negarse que / eres un hombre galante a tu manera. Ya que cumpliste con la secretaria, quieres cumplir con la esposa también. .. ¿Qué fuiste a hacer tras ella? ¿Ofrecerle por mí tus excu sas? -No fue neceao ari ; la señorita San Román ha perdonad .. tu equivocación espontán eamente . .. tu lamentable equivoca ción. -Me conmueve tanta indu lgencia. -No es cuestión de indu lgencia, sino de carácter y de principios; es lo bastant e pura, lo bastante rect a para repro charse una simpleza com o la de venir a tomar un bocado con migo después de un día de trabajo. -Un bocado acompaiiad o del mej or clun.e unpog ¿eh? -¿Piensas que es privileg io excluaivo de los deso cupadoe poder beberla? -Pienso que lo único que le faltaba era ponerme en ri dícuJo, eDúbiéndote en un lu¡ar como eet1e con· una muchacha cualquierL •
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deja de ente, lo cual no ridículo es difer elle lua aa -Mi idea del veag que No me afecta ti. para ter una suerte ... re cualquiera Raúl del Mar, Bnr con un homb arriba a abajo a de pero yo, te moleato, se Miró de sosla emen visibl ada figura. Raúl, fríos y deaagrises, rr.corr iend o su atild ojos clavó en él los nces ento pie; puso de ón. fiantes. ó en tono burl usted? -pregunt mis resntarte -¿Se despide prese a iré e.. . Mañana ribl prefe es -Sí, noches... a. .. . Buenas poco sorprendid petos, Valentina dos hombres, un los o a lueg miró y Vale ntina n a Renón , tió ver con desdé permi do, mari se vez, su a Raúl, a su volviéndo se haci a, mientras ella, se alejó sin pris violencia. preguntaba con uesto, Andrés? ¿qué te has prop . . o . moda presen� -Per de una incó ento, libra rme mom casa? el r a -Po nos vaya mos .<� dese os de que licne rá así la ¿no queda . . cia. caballero.. . no to perfec un -Ra úl es diste. aunque cosa. Lo ofen que lo haga.. . padri nos? Bien . nderle po es r ¿Env iará �us pamplinas, sabré debía esas anticuadas de otros, río nos me de os yo em del Mar... Habl di· Raúl nos a to mos cuan Pero deje o antes, en o antes, much nuestra hech a, Ahor rlo habe . mos equivocación nuestra mutu a anas... mos cuen ta de hace algunas sem dije lo te ya rdo, rfecta absu pe un vida es vida la secretaria apareció en tu Vason, o -Sí, en cuanto com cosas tal encé a ver las poco ba ocupa --Cu ando com me mi trabajo, s, engol fado en normal entre un lentina. . . Ante lo que creía a naba resig me y o, a prefiero que mism Ahor de mí ya no se aman. que r y femuje es los dos. . . hombre y una que seamos libr ción, situa esa definamos serlo, todavía ... ... voy a acceder lices , si podemos pien sas que yo más. a nad yo, -Y naturalmente, o com desearás tanto lo orque !div o eres -Su pong Andrés... ¡qui del cinismo, o colm el -Es muchaclla! rte con esa quiere& ni yo k ciarte para casa porque ni tú me me rciar divo -Quiero iento! quiero. .. palabra de casam nes de darle _.. mM -¡Mi entes! ¡Vie o much admitido! ¡Es era hubi q.me -¡Nunca escrupulo.a de kt ! Mucho más crees tú que pulosa de lo .
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R2
C.\RIDAD
BRAVO
AD\MS
pensé que pudiera serlo una muchacha en nuestros dias ... ee . . .
Valentina lo interrumpió. -No necesito saber cómo es, Andrés, ni me interesa. Yo soy para ti la mujer a quien se desdeña y desprecia; ao tienes que mentir ni por galantería. Sé a lo que te refieres. Sé que estás enamorado de ese mirlo blanco, de esa suma de perfecciones que ella representa. -¡Un momento, Vahmtina, no hubiera querido jamás lle var la discusión a ese terreno! -De eso estoy segura --sonrió, despectiva; encendió con parsimonia un cigarrillo y lo miró con ironía-. Pen aute que no tendrías siquiera que discutir. Con decir sola mente: "Estoy cansado de ti, no me interesas, quiero a otra mujer ... vamos a divorciarnos", todo estaba listo. Supones que con ofrecerme un cheque yo aceptaré todo en el acto ... Pues no, Andrés, te has equivocado, esta vez no estás arre glando un asunto con un infeliz acreedor. .. en último caso, yo no necesito de tus millones, y lo sabes bien. No te libra rás de mí con facilidad. Andrés la contempló, asombrado. -¡Valentina ... no te creo capaz de empeñarte! -Pues sí. .. me empeño; soy tan imperfecta como ella es perfecta .. . y como da la casualidad de que estás casado conmigo, así seguiremos por mucho tiempo ... a menos que me mates para ser viudo, lo cual entra de lleno en tus proce· dimientos expeditivos, y en tu costumbre de resolver las co· aas a tu antojo ... -¡Basta de disparates y tonterías! -No oirás una más de mi boca, te lo prometo. Sólo recuerda esto: no te daré el divorcio; puedes decir y hacer lo que quieras, pero esa entrometida no se convertirá en tu esposa, y haré algo más, lucharé para apartarla de ti con todas mis fuerzas, con todos los medios de que puedo dis· poner. -¡Pero es absurdo, injusto, cruel! ¿Qué ganarás con eso? -Tal vez nada... Y ahora puedes volver a buscarla, calmar su impaciencia dándole mi. respuesta; te dejo libres todos los caminos tortuosos. El recto, el limpio, es el mío ... Y ahora yo soy la que digo: buenas noches ... Se levantó con rapidez y fue hacia la salida. Ciego de
E l.
•: :'\ E M 1 G O
uru I'Óit>ra 11orda, An1lr�!' dio unos pasos tras ella, pero Raúl 1h•l Mar apart>eiú oportunamente, junto a la puerta de entr11· da, como si desde lejos huhiera estado espiándolos, aguar· dando aquel momento para ofrecerle ahora el brazo con un gesto cort�s y caballeresco, para alejarse llevándola en uu triunfante ademán de desquite. -¡Será aunque tú no quieras -murmuró con rabia Re nón-, aunque no quiera ella! Raúl guió el auto en silencio, hasta la puerta de la lujosa residencia de los Renón. Ahí se detuvo y tomó la bella mano de Valentina, llevándola a sus labios. - Tenia razón ¡,verdad? ¡Está enamorado de la secre· taria! -Sí, la considera la mujer perfecta ... y quiere divor· ciarse para casarse con ella ... -¿Te lo ha dicho así? -No, pero no era nec��Sario. 'fe agradezco que me hayas puesto en guardia. Le advertí que no aceptaría el di vorcio. -¿Podrías ser sincera conmigo, y decirme ai todavía lo amas? -¡No, Raúl, lo odio! ¡Me ha hecho mucho mal! Me amargó la vida! -¡Entonces, déjalo! -¡No lo dejaré sin vengarme de él! -En qué forma ... -No lo aé ... pero necesito que ella también lo abo rrezca ... Una sonrisa malvada alteró por un instante la placi dez del semblante de Raúl del Mar. -¿Podriaa ayudarme? -interrogó ella que lo vio son reir. -¿Necesitas ese desquite? ¿Acabará tu obaesión por ese hombre cuando logres que esa muchacha lo odie, Valentina? -¡Sí, Raúl! Después, lo abandonaré fríamente; enton· cee seré yo quien pida el divorcio, le daré la libertad cuand9 ya no le sirva para nada. -Eres más complicada de lo que pensé. Te tt:aía 1im· plemente por una enamorada ilusa de ese hombre ... Ahora, casi casi podrías darme miedo ... -No digas ridiculeces ... y hahl,. ... algo ibu a pro ponerme ... •
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C.\RIDAD
BRAVO
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pensé que pudiera serlo una muchacha en nuestros dias ... ee . . .
Valentina lo interrumpió. -No necesito saber cómo es, Andrés, ni me interesa. Yo soy para ti la mujer a quien se desdeña y desprecia; ao tienes que mentir ni por galantería. Sé a lo que te refieres. Sé que estás enamorado de ese mirlo blanco, de esa suma de perfecciones que ella representa. -¡Un momento, Vahmtina, no hubiera querido jamás lle var la discusión a ese terreno! -De eso estoy segura --sonrió, despectiva; encendió con parsimonia un cigarrillo y lo miró con ironía-. Pen aute que no tendrías siquiera que discutir. Con decir sola mente: "Estoy cansado de ti, no me interesas, quiero a otra mujer ... vamos a divorciarnos", todo estaba listo. Supones que con ofrecerme un cheque yo aceptaré todo en el acto ... Pues no, Andrés, te has equivocado, esta vez no estás arre glando un asunto con un infeliz acreedor. .. en último caso, yo no necesito de tus millones, y lo sabes bien. No te libra rás de mí con facilidad. Andrés la contempló, asombrado. -¡Valentina ... no te creo capaz de empeñarte! -Pues sí. .. me empeño; soy tan imperfecta como ella es perfecta .. . y como da la casualidad de que estás casado conmigo, así seguiremos por mucho tiempo ... a menos que me mates para ser viudo, lo cual entra de lleno en tus proce· dimientos expeditivos, y en tu costumbre de resolver las co· aas a tu antojo ... -¡Basta de disparates y tonterías! -No oirás una más de mi boca, te lo prometo. Sólo recuerda esto: no te daré el divorcio; puedes decir y hacer lo que quieras, pero esa entrometida no se convertirá en tu esposa, y haré algo más, lucharé para apartarla de ti con todas mis fuerzas, con todos los medios de que puedo dis· poner. -¡Pero es absurdo, injusto, cruel! ¿Qué ganarás con eso? -Tal vez nada... Y ahora puedes volver a buscarla, calmar su impaciencia dándole mi. respuesta; te dejo libres todos los caminos tortuosos. El recto, el limpio, es el mío ... Y ahora yo soy la que digo: buenas noches ... Se levantó con rapidez y fue hacia la salida. Ciego de
E l.
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uru I'Óit>ra 11orda, An1lr�!' dio unos pasos tras ella, pero Raúl 1h•l Mar apart>eiú oportunamente, junto a la puerta de entr11· da, como si desde lejos huhiera estado espiándolos, aguar· dando aquel momento para ofrecerle ahora el brazo con un gesto cort�s y caballeresco, para alejarse llevándola en uu triunfante ademán de desquite. -¡Será aunque tú no quieras -murmuró con rabia Re nón-, aunque no quiera ella! Raúl guió el auto en silencio, hasta la puerta de la lujosa residencia de los Renón. Ahí se detuvo y tomó la bella mano de Valentina, llevándola a sus labios. - Tenia razón ¡,verdad? ¡Está enamorado de la secre· taria! -Sí, la considera la mujer perfecta ... y quiere divor· ciarse para casarse con ella ... -¿Te lo ha dicho así? -No, pero no era nec��Sario. 'fe agradezco que me hayas puesto en guardia. Le advertí que no aceptaría el di vorcio. -¿Podrías ser sincera conmigo, y decirme ai todavía lo amas? -¡No, Raúl, lo odio! ¡Me ha hecho mucho mal! Me amargó la vida! -¡Entonces, déjalo! -¡No lo dejaré sin vengarme de él! -En qué forma ... -No lo aé ... pero necesito que ella también lo abo rrezca ... Una sonrisa malvada alteró por un instante la placi dez del semblante de Raúl del Mar. -¿Podriaa ayudarme? -interrogó ella que lo vio son reir. -¿Necesitas ese desquite? ¿Acabará tu obaesión por ese hombre cuando logres que esa muchacha lo odie, Valentina? -¡Sí, Raúl! Después, lo abandonaré fríamente; enton· cee seré yo quien pida el divorcio, le daré la libertad cuand9 ya no le sirva para nada. -Eres más complicada de lo que pensé. Te tt:aía 1im· plemente por una enamorada ilusa de ese hombre ... Ahora, casi casi podrías darme miedo ... -No digas ridiculeces ... y hahl,. ... algo ibu a pro ponerme ... •
•
KL
-En efecto; hay un au. nto que de haber aido como yo sospecho, podría ser defintivo entre Andrés y esa muchacha. -¿De qué ae trata? -Entiendo poco de negocios. pero la otra tarde que f•Ji al club de Banqueros, a comer. .. sentaron a mi lado s "1 guien,que hablaba con su vecino sobre Renón ... por tratarse de él presté atención a la charla. -¡Ah, sí! ¿Y qué decían? -Lo admiraban. Ponían de manifiesto sus huañu co· mo pirata en el mundo de los negocios, hablaban de su habi· lidad, de su forma implacable para destrozar a los enemigos y competidores .. . se mencionaron nombres: el viejo Vsl. cárcel, entre ellos; y el otro refirió la historia de un tal Alfredo San Román, que se suicidó o algo por el estilo, dea· puéa de haber tenido negocios bastante misteriosos con tu marido ... -¡Alfredo San Román! - repitió-. San Román ... r.l
apellido de Isabel... -Sí, Alfredo era su padre.. . El tipo que lo mencionó habló también de ella. .. Era juez, o algo así, en su pueblo, Santa Rosalía. . . Lo único incomprensible es que haya ido a parar justamente a las oficinas de Renón, por lo que \."!le juez deducía que ignoraba por completo la historia de au padre.. . Entonces intervine en la conversación, discretamen· te, y supe que el juez la conocía desde pequeña.. . y otrne detalles que si te interesan te contaré más adelante ... 1 V .1!entina quedé, sile nc io sa inmóvil, hundida el alma r.n un negro abismo de rencores. -¡Mañana mismo sabré huta qué punto es verdad todn eeo, Raúl! Si fuera cierto, lo heriría con sus propias armas. lo envenenaría con su propio veneno. -No pensarás hablar con Renón otra vez esta misma noche. Valentina ... Te suplico que tengas cuidado. Ya aa ,
hemos que ea UD mal enemigo... -El peor de todos. pero le conozco todas las mañas. -..:- ...rf: utucia. y como ahora sé a dónde voy, no tengo que bue�ao "'lneho para dar con el camino. -Y a :�bea que estaré a tu lado, pase lo que pase... -Grac181>, Raúl. . . procuraré que no te arrepientas de tu lealtad. -Mi úaico ana • lo ea llegar huta tu eoruón, ValeD· tiDa -aepró con veht.'-"'t!DC ia Raúl-. Si viera cómo eaYi· .
dio a-......,.apa•t.- -- 16111111 amado, de odiar, ec;nao tú lo ocn. ahora ... .. JO
- .. lagar
1 ,...
• • •
Se IICei'CÓ a ella
br� bU8Cal'
8U8
bruqued8d.
como ai pretendiera eltnda ala • labio.; pero Valentina lo ..¡aiv6 .,.¡
.,.
0011
-¡No, Raúl ... aún no aÚD aoy la aeiora Rea6D y quiero teDer la aatiafeccióa de no haber faltad o jamM ! ADdréa Reaóa miró por centé.ima vea el reloj colocedo sobre la puerta de su cte.p.cho, coD&Ultando también al que llavaba en la muñeca, en el preciao ÍDitan te en que. por la ¡A¡erta privada. con aire UD tanto preocupado , aparecia el rnáe viejo y leal de IU8 empleados: Esteb an ERrada. -¿No ha llegado la? abel -preguntó ain diaimular • •
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ansiedad.
-Justamente ftJIÚa a avisarle, .eiior R.enón ... � Estrada-, la amiga de laabel me ha telefoneado que no ee eacuentra bien, y que por hoy rogab a que la di.cuJ.
teetó
paran.
.ADdréa w puao brucameote de pie, encend ieado UD ci· garro que aplató • el ecto contra el cenicero. Parecia ÍD· quieto, receloao, pero no había en • roltro aquel lu claras lfneu que hacían temblar a los que dependían de au carie· ter, aquel gesto de fria cnaeldad que lo había hecho temihle en el mllbdo de los negocio.. Su mirada gris ee fijó ea el anciano, cargada de una extraña tristeza . -ED la vida hay
pronto.
coaaa
inevitables. . .
�omentó .fe
-Deade luego, eeñor R.enón, nadie tiene la riela COID• prada. Doa de IUI eecretarioa están ausentes con lo. 6lthaol encargos; pero el número trea aguarda en el puiUo . ¿w hago entrar? -¿Para qué?
. -Tendrá usted que despachar con él cia. .. -inainuó.
esa
eo�
-La dejaré para mañana. Eapero que I..w w.p . -No lo lé. .. depende de lo que le ,_ -E.tnda, . pida por favor mi auto; que � • .. cuando 1•o baJ e . . aaJso en el -=to. -¡Pero hay jwata, hoy, ..._ ._.�, 1 t. yj 11. -. •
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-En efecto; hay un au. nto que de haber aido como yo sospecho, podría ser defintivo entre Andrés y esa muchacha. -¿De qué ae trata? -Entiendo poco de negocios. pero la otra tarde que f•Ji al club de Banqueros, a comer. .. sentaron a mi lado s "1 guien,que hablaba con su vecino sobre Renón ... por tratarse de él presté atención a la charla. -¡Ah, sí! ¿Y qué decían? -Lo admiraban. Ponían de manifiesto sus huañu co· mo pirata en el mundo de los negocios, hablaban de su habi· lidad, de su forma implacable para destrozar a los enemigos y competidores .. . se mencionaron nombres: el viejo Vsl. cárcel, entre ellos; y el otro refirió la historia de un tal Alfredo San Román, que se suicidó o algo por el estilo, dea· puéa de haber tenido negocios bastante misteriosos con tu marido ... -¡Alfredo San Román! - repitió-. San Román ... r.l
apellido de Isabel... -Sí, Alfredo era su padre.. . El tipo que lo mencionó habló también de ella. .. Era juez, o algo así, en su pueblo, Santa Rosalía. . . Lo único incomprensible es que haya ido a parar justamente a las oficinas de Renón, por lo que \."!le juez deducía que ignoraba por completo la historia de au padre.. . Entonces intervine en la conversación, discretamen· te, y supe que el juez la conocía desde pequeña.. . y otrne detalles que si te interesan te contaré más adelante ... 1 V .1!entina quedé, sile nc io sa inmóvil, hundida el alma r.n un negro abismo de rencores. -¡Mañana mismo sabré huta qué punto es verdad todn eeo, Raúl! Si fuera cierto, lo heriría con sus propias armas. lo envenenaría con su propio veneno. -No pensarás hablar con Renón otra vez esta misma noche. Valentina ... Te suplico que tengas cuidado. Ya aa ,
hemos que ea UD mal enemigo... -El peor de todos. pero le conozco todas las mañas. -..:- ...rf: utucia. y como ahora sé a dónde voy, no tengo que bue�ao "'lneho para dar con el camino. -Y a :�bea que estaré a tu lado, pase lo que pase... -Grac181>, Raúl. . . procuraré que no te arrepientas de tu lealtad. -Mi úaico ana • lo ea llegar huta tu eoruón, ValeD· tiDa -aepró con veht.'-"'t!DC ia Raúl-. Si viera cómo eaYi· .
dio a-......,.apa•t.- -- 16111111 amado, de odiar, ec;nao tú lo ocn. ahora ... .. JO
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Se IICei'CÓ a ella
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como ai pretendiera eltnda ala • labio.; pero Valentina lo ..¡aiv6 .,.¡
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-¡No, Raúl ... aún no aÚD aoy la aeiora Rea6D y quiero teDer la aatiafeccióa de no haber faltad o jamM ! ADdréa Reaóa miró por centé.ima vea el reloj colocedo sobre la puerta de su cte.p.cho, coD&Ultando también al que llavaba en la muñeca, en el preciao ÍDitan te en que. por la ¡A¡erta privada. con aire UD tanto preocupado , aparecia el rnáe viejo y leal de IU8 empleados: Esteb an ERrada. -¿No ha llegado la? abel -preguntó ain diaimular • •
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ansiedad.
-Justamente ftJIÚa a avisarle, .eiior R.enón ... � Estrada-, la amiga de laabel me ha telefoneado que no ee eacuentra bien, y que por hoy rogab a que la di.cuJ.
teetó
paran.
.ADdréa w puao brucameote de pie, encend ieado UD ci· garro que aplató • el ecto contra el cenicero. Parecia ÍD· quieto, receloao, pero no había en • roltro aquel lu claras lfneu que hacían temblar a los que dependían de au carie· ter, aquel gesto de fria cnaeldad que lo había hecho temihle en el mllbdo de los negocio.. Su mirada gris ee fijó ea el anciano, cargada de una extraña tristeza . -ED la vida hay
pronto.
coaaa
inevitables. . .
�omentó .fe
-Deade luego, eeñor R.enón, nadie tiene la riela COID• prada. Doa de IUI eecretarioa están ausentes con lo. 6lthaol encargos; pero el número trea aguarda en el puiUo . ¿w hago entrar? -¿Para qué?
. -Tendrá usted que despachar con él cia. .. -inainuó.
esa
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-La dejaré para mañana. Eapero que I..w w.p . -No lo lé. .. depende de lo que le ,_ -E.tnda, . pida por favor mi auto; que � • .. cuando 1•o baJ e . . aaJso en el -=to. -¡Pero hay jwata, hoy, ..._ ._.�, 1 t. yj 11. -. •
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fuao Etlnda.
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CARIDAD
BRAVO AD .\!>!S
-¡Que se las arreglen sin mí; como cuando ando de viaje! -¿Quiere decir que no volverá en toda la mañana? -¡Quizá ni en todo el día! Y no me pregunte tonterías, por favor. . . Todo se arreglará, todo tiene que arreglarse... -¿Qué es lo que está descompuesto, señor Renón? Andrés, en lugar de impacientarae, como era de esperar Be, sonrió indulgente. -Amigo Estrad, sería usted periecto e.i tuviera un poco de tacto y fuera capaz de adivinar ... -¡Justamente de lo que tengo miedo es de adivinar, ��eñor! Hizo una ligera inclinación de cabeza y se apresuró a salir. Pocos minutos más tarde Andrés dejaba su despacho. Apenas había empezado Estrada a trabajar, después de ha· ber perdido media hora en meditar y llegar a peligrosas con clusiones, cuando la puerta de su oficina se abrió, y Valen tina se detuvo frente a él, dejándolo anonadado. Vestía un elegantísimo traje de mañana, y sonrió al jefe del personal muy amablemente, sin que aun esa sonrisa pudiera suavizar su porte altanero. Se dirigió al despacho privado de Renón, seguida por Esteban, y con aire desafiante tomó asiento en la butaca de su marido, encendiendo uno de sus cigarrillo:s perfumados. -El señor Renón no está, �ñora... --pudo decir al fin Estrada-, y me parece que no vendrá en todo el día... -Supongo que le sorprenderá mi visita ... -dijo Va lentina como si no le interesara en absoluto no hallar a su esposo. -¡Por Dios, señora! -protestó Esteban-. Está usted en su caaa. Pero hacía cuatro años, lo menos, que no nos hacía el honor de visitarnos. -Ya ve que no he olvidado el camino para llegar al despacho de mi marido ... un lugar bastante feo, por cierto. Parece una cueva. -Pues ahora está magnífico -Estrada sonrió levemen te-. Si lo hubiera usted visto antes ... -¿Antes de qué? -repitió con intención-. Antes de que la señorita San Román entrara como secretaria particular, ¿no? -Sí, claro, una mujer siempre tiene otro cuidado .. . Eatrada, inocentemente, 1e dejaba arrutrar por la pen·
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F.NEMICO
diente por la cual lo llevaba la maliciosa Valentina. Ella también asumía una actitud inofensiva y su tono procuró 1er ingenuo. -Y tratándose de una criatura encantadora como la se- ñorita San Román, con más razón. Andrés ·me ha hablado , mucho de ella, me alegro que esté a su lado .. . -Es una excelente muchacha, sí, señora.. . -¿Quién la recomendó? ¿Usted, verdad? -Sí . .. la conozco (;así desde que nació. . . su padre y yo fuimos muy buenos amigos. . . y como sé que es una mu· chacha decente ... -·Creo que vino de un pueblo, ¿no es así? -En efecto. Su padre fue dueño de haciendas. Hombre muy simpático. -Pero c:on muy poca suerte, ¿no? -¿Por qué, señora'? --preguntó un poco sorprendido. -Porque ni su propia hija, ni su mejor amigo, le han guardado rencor al homLre que lo arruinó obligándolo a 1ui, cidarae. -¿Qué dice usted? --Estrada estaba cada momento má• uombrado-. Esa es una historia descabellada. Mintió el ·
que...
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Valentína lo interrumpió, diciendo con audacia: -¡Mintió Renón, en ese caso! -El señor Renón no puede haberle dicho a usted una cosa semejante ... porque ni Alfredo San Román se auicidó, ni el !eñor Rcnón ... Volvió a interrumpirlo, ahora con una voz algo dura. -No pretenda mentirme, E�trada. Estoy perfectamente al tanto de todos los asuntos 1le mi marido. Sé lo que puó mejor que usted, por lo visto . .. -·Yo puedo asegurarle <JIU! AUrcdo 11e motó en un acci dente ele automóvil, cuando venía u lu«la pTÍIIIl paru lu capi· tal, a pesar de la noche de tormenta. -Ya lo sé, venía a conferendar cun el humhrc «Jill'! lo tenía en sus manos, «�on el que lo dcstruzú 1:nrnn a tantna ... -El señor Renón no fue culpable, tlllñora. No r.é c:ómo ha podido él decirlt' otra cosa, porque yo lié muy bien que no fue culpable ... -Ya, y su hija piensa como usted. -¡Oh, no señora! Isabel no sabe absolutamente mida.. . ¡cómo iba a sah<!rlo sí su padre prefirió matarse a que ella . . . !
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CARIDAD
BRAVO AD .\!>!S
-¡Que se las arreglen sin mí; como cuando ando de viaje! -¿Quiere decir que no volverá en toda la mañana? -¡Quizá ni en todo el día! Y no me pregunte tonterías, por favor. . . Todo se arreglará, todo tiene que arreglarse... -¿Qué es lo que está descompuesto, señor Renón? Andrés, en lugar de impacientarae, como era de esperar Be, sonrió indulgente. -Amigo Estrad, sería usted periecto e.i tuviera un poco de tacto y fuera capaz de adivinar ... -¡Justamente de lo que tengo miedo es de adivinar, ��eñor! Hizo una ligera inclinación de cabeza y se apresuró a salir. Pocos minutos más tarde Andrés dejaba su despacho. Apenas había empezado Estrada a trabajar, después de ha· ber perdido media hora en meditar y llegar a peligrosas con clusiones, cuando la puerta de su oficina se abrió, y Valen tina se detuvo frente a él, dejándolo anonadado. Vestía un elegantísimo traje de mañana, y sonrió al jefe del personal muy amablemente, sin que aun esa sonrisa pudiera suavizar su porte altanero. Se dirigió al despacho privado de Renón, seguida por Esteban, y con aire desafiante tomó asiento en la butaca de su marido, encendiendo uno de sus cigarrillo:s perfumados. -El señor Renón no está, �ñora... --pudo decir al fin Estrada-, y me parece que no vendrá en todo el día... -Supongo que le sorprenderá mi visita ... -dijo Va lentina como si no le interesara en absoluto no hallar a su esposo. -¡Por Dios, señora! -protestó Esteban-. Está usted en su caaa. Pero hacía cuatro años, lo menos, que no nos hacía el honor de visitarnos. -Ya ve que no he olvidado el camino para llegar al despacho de mi marido ... un lugar bastante feo, por cierto. Parece una cueva. -Pues ahora está magnífico -Estrada sonrió levemen te-. Si lo hubiera usted visto antes ... -¿Antes de qué? -repitió con intención-. Antes de que la señorita San Román entrara como secretaria particular, ¿no? -Sí, claro, una mujer siempre tiene otro cuidado .. . Eatrada, inocentemente, 1e dejaba arrutrar por la pen·
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F.NEMICO
diente por la cual lo llevaba la maliciosa Valentina. Ella también asumía una actitud inofensiva y su tono procuró 1er ingenuo. -Y tratándose de una criatura encantadora como la se- ñorita San Román, con más razón. Andrés ·me ha hablado , mucho de ella, me alegro que esté a su lado .. . -Es una excelente muchacha, sí, señora.. . -¿Quién la recomendó? ¿Usted, verdad? -Sí . .. la conozco (;así desde que nació. . . su padre y yo fuimos muy buenos amigos. . . y como sé que es una mu· chacha decente ... -·Creo que vino de un pueblo, ¿no es así? -En efecto. Su padre fue dueño de haciendas. Hombre muy simpático. -Pero c:on muy poca suerte, ¿no? -¿Por qué, señora'? --preguntó un poco sorprendido. -Porque ni su propia hija, ni su mejor amigo, le han guardado rencor al homLre que lo arruinó obligándolo a 1ui, cidarae. -¿Qué dice usted? --Estrada estaba cada momento má• uombrado-. Esa es una historia descabellada. Mintió el ·
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-miró la expresión triunfante de Valentina y calló, aterrado.
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apartlció por la puerta lateral, mi entras, presa de repentina rahia, . \fl,lrl·s tvw.ó hruseamente la muite�;a de Valentina. - ¿A qué has venido aquí? ¿Qué te propones? ¡Dilo de
Se pasó la mano por la cabeza, con gesto de impotencia,
para concluir-: no sé ya ni lo que me digo .. . -Siga, si¡;a, Estrada. . . ¿se mató o no se mató? Pri mero dijo que había sido un accidente, ahora... -Sí, señora, se mató en un accidente ; pero su hija no estaba al tanto de sus negocios y no sabe nada, ni debe sa berlo jamás . El propio señor Renón me lo tiP.ne ordenado ... -¡Ah, sí. . . ! Estrada <'omprendió que había caído en una trampa, pe· ro no podía explicarse cuál era, ni lo que Valentina pretendía con sus preguntas y su aire de desafío. Sin embar go, todavía agregó. -Y si es él quien le ha dicho a usted esas cous, me extraña sobremanera que no le haya advertido el ailencio que quie re guardar, pero nH� parece muy raro que haya sido él. Alguien con mala intención, alguno de los muchos enemigo• que tiene su esposo, le ha dado a Ja¡¡ cosa s otro carácrer, y la ha informado a usted mal . ..
una vez! -¡Suelta, me hace.s daño! i Eres un verdadero·salvaje! Liberó su rnuñ�a con un fuerte tirón y lo miró desafiánte. -No tcnf!:o nada que t:ontestarte. Si no quieres qÚe me dejen entrar en t us oficinas, adviértesclo a tus empleado&. -Has venido persiguiendo a Isabel con tus celos estú pidos ... ·-exclamó con ira, mirándola con la peor de ;us miradas. ·-
N u "" " (:do!'. Par,1 tem�r n�los lt!ndría que amarte, y ya n o te amo, pero sabes que no pienso dejarte en paa. -- ·
-Conmi�.r" JlUf'tk-s hacer lo qu� quit!ras, pero a el la nn vas a ofemlerla ni a molestarla, te lo prohibo. --¡Sí ... ! ¿.Y con qué derecho'? -Con el dt� la j usticia y el sentitJo común. Anoche hablé hien claro. No he mentido. y tú lo sabes. Isabel no tiene la ��nipa de n ada .
En ese inatante se abri ó la puerta y Andrés entró. Es trada calló, desconcertado, mientras Valentina seguía fumando
•
.
.
-¡Pobrecita! -Valentina sonrió, irónica, hiriente-. ¡Qué amor al trabajo... le da igual que la llames por la mañana, que por la tarde, que por la noclle. Lo misroo rinde su labo r frente a una máquina de e�cribír, que frt!nte a una copa de champagne! ¡Admirable!
con ge11to despreocupado, echada hacia atrás en la cómoda butaca. Asombrado, Renón exclamó: -¡Valentina, tú, en mi despacho! ¿Qué sucede? -Poca cosa, querido --contestó ella con aire inocente--, me han enviado dos talonarios de entradas para la nueva tómbola de caridad. Hay pocos días y pensé que para ganar tiempo era mejor empezar por C()sa --¿Para eso has venido? --repli �.:ó con desconfianza-. ¡Es asombroso que te hayas levantado a las nueve de la mañana! -Sí, fue un sacrificio, pero no tuve otro remedio. -No necesitabas venir aquí para donar la cantidad que quisieras...
--Sabes 1•crfectamente que cuantn dices malvado, pero le gozas t:n n:petirlo .
es
rnaliciosQ y
--Cada uno goza como puefl�. hijo de mí a lma . . . como puede.
• • •
y
c ombate
--¿Y no has p ensado <JUC yo tam bién puedo lm:har coo tra ti? ¿Abofetear a tu Raúl del Mar, echlirlo a puntapiés de mi casa?
-i Hazlo! _.¿¡jo con lranquilidan -. ¡ AUá él si se deja! Pero no se dejará ... tú tienes la costumbre de vivir entre criados, entre empleados que son esclavos de tu tiranía, y todavía no te has enfrentado a un hombre que te dc�¡m:dn, que te es superior, a pt!sar de: tu !'.Oberbia, de tu orgu llu ... Alguien tendrá, un día, q ue demostrarte que no ere11 el triun-
-Una repuesta generosa, pero poco amable. Ya aé que no te gusta ver mujeres en tus oficinas, pero pensé que como has cambiado de opinión, y aceptado aecretaria particular... que por cierto veQ no ha venido hoy. . . sin duda se acatarró anoche en la terraza de "Los Jardines" . .. ¡hacía un aire tan desapacible allá arriba! Lo siento, porque quería saludarla. Aspiró con deleite el humo de su cigarro. Totalmente daconcertado, caminando como un sonámbulo, Estrada des-
' fador que te empeñas en ser ... -Y si me desprecias así, ¿por qué no quiere• divor·
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j No soy la única mujer que vive junto a un hombre
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una vez! -¡Suelta, me hace.s daño! i Eres un verdadero·salvaje! Liberó su rnuñ�a con un fuerte tirón y lo miró desafiánte. -No tcnf!:o nada que t:ontestarte. Si no quieres qÚe me dejen entrar en t us oficinas, adviértesclo a tus empleado&. -Has venido persiguiendo a Isabel con tus celos estú pidos ... ·-exclamó con ira, mirándola con la peor de ;us miradas. ·-
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con ge11to despreocupado, echada hacia atrás en la cómoda butaca. Asombrado, Renón exclamó: -¡Valentina, tú, en mi despacho! ¿Qué sucede? -Poca cosa, querido --contestó ella con aire inocente--, me han enviado dos talonarios de entradas para la nueva tómbola de caridad. Hay pocos días y pensé que para ganar tiempo era mejor empezar por C()sa --¿Para eso has venido? --repli �.:ó con desconfianza-. ¡Es asombroso que te hayas levantado a las nueve de la mañana! -Sí, fue un sacrificio, pero no tuve otro remedio. -No necesitabas venir aquí para donar la cantidad que quisieras...
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-Una repuesta generosa, pero poco amable. Ya aé que no te gusta ver mujeres en tus oficinas, pero pensé que como has cambiado de opinión, y aceptado aecretaria particular... que por cierto veQ no ha venido hoy. . . sin duda se acatarró anoche en la terraza de "Los Jardines" . .. ¡hacía un aire tan desapacible allá arriba! Lo siento, porque quería saludarla. Aspiró con deleite el humo de su cigarro. Totalmente daconcertado, caminando como un sonámbulo, Estrada des-
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C .\ R 1 D A D
BRAVO
ADA M S
que desprecia! Pero no quiero quitarte más tiempo. Hoy tendrás que trabajar solo ... -No sé qué traes entre manos, VaJen tina. pero Isabel no pagará las consecuencias de todo esto, porque yo aabré evitarlo por cualquier medio . . . ¡No olvides mis palabras ! Si no quieres darme la libertad, no me la des, pero piensa que db 111.1 1:~ cul!•able .. . -N<) seas ridícuio, defendiéndola como un caballero andank ... Y O Snbú lo que hago ... y me r íu de 1m~ am~naza s .. . ¡Hasta la vista ! Mientras hablaba, se dirigía a la puerta. Su se~uridad, su aire tranquilo, inquietaban a Renón. -¡Valentina! -la detuvo-. ¿No puedes razonar un poco? -¿Para que te complazca? ¿ Para que me entregue mansamente a tu capricho ? No ... es inútil que hablemos más. -¿No puedes prescindir de tus prejuicios, y juzgar con el corazón. una vez siquiera? -Cómo has cambiado. . . antes te encogías de hombros cuando se nombraba el corazón en tu presencia. ¡Ya sé q w· no tienes que agradecerme a mí ese cambio, sino a ella ... a la señorita San Román . . . la virtuosa, la perfect.a ! Otra vez adiós, Andrés ... Y riendo suavemente, sin volver el rostro, atravesó lit entrada cerrando la puerta tras de sí. Renón quedó inmóvil, fru ncido el ceñ11, inmovilizada por un instante, tambit:n, b voluntad. Luego, cerró los puños, amenazante. - ¡He cambiado, sí, pero no tanto para que puedas jugar conmigo, Valentina! - murmuró iracundo.
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l' ' lllf tll• ;l l:t ide:~ de que tu\·iertt <¡ue ,·erlo cada <Jía. <le <]Ut! fw·1" •·namuránd ome de él más y más __ . Jln,·e do!! días era diferente . . . no lo había oído haJ.I" 1k .-umn te habló anoche. Me pareció tan noble ... . tan
...,.. •·ro . . .
- -¿TA:YIPOt.O ron la larde \'as a ir a la oficina? - preguntó Lola. -No. . . - respondió Isabel. -¿ Y mañana? Supongo que no vas a renunciar a tu empleo, a echarlo to<lo a rodar ... -·Hn('e dos dias me aconsejabas <¡ue huyera de Renón, que pusiera tierra de por medio, que me alejara, y te es-
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·i. Es todo eso, verdaa? Pero no me atormenles máa 1"1' il il·rulnlu. l.olo acahaha de recoger los pocos platos usados pa!'a el ......,.íiJ.. rlesayuno, y sólo tenía que dar unos pasos para dejar In di111inuta cocina y estar al lado de Isabel, en aquel rincón ,¡,. In l1nhitación principal que sus primorosas manos de mu1"' lu1hínn hecho lindo y grato. Contra los cristales de la v•·11ltt11n •:<!rrarla golpeaba suave la lluvia de primavera, y el •ul ""'"1111La a ratos entre las nubes caprichosas, como la es· ¡u·rnn7.u en el alma de Isabel, que aguardaba y temblaba al mÍ•mn tiempo, por lo que pudiera suceder. · Lu verdad es que no hacía ninguna falta que la vida "" ,., .., ('urnplicara -dijo Lola con enfado·-..- ; ·cuando comen· , ¡,t.,uuu!l a vivir como las gentes, cuando las deudas estaban pn¡t.ndn!!, ('liando por fin había dinero hasta fin d t! mes. Tit:nes razón, cuando empezaba yo a poder correspon· ,¡.., n lo hucna y generosa que siempre fuiste conmigo ... ¡ l'ur fa\'or, no digas C:!O. Jsahel, no me refería a eso ._. •¡n•· do·1Pn11io! Eso c¡ue no sé... la vida es fácil para lo,:,~ n11ll .. 1o.1riw;: ¡.¡t:rn los pobre'1 no tenemos ni el derecho dt: •ltu importa ncia a los confli ctos sentimentales ... ellos, ltlS ,¡, ...,., l u1n ~n un viaje. . . y ya ... nosotros, a pensar y a lfll· 11111 11 u~ In-< mallos ••. o te aguantas . .. o te mueres de hambre ... 1'•:···· no_. pu~:d •.> volver, l.cl:~; junto a él pi1:rdo la volunlnd , •· 11 ··unntu me habla, me sonríe ... es una atracción irre·
·'·•11·1···El tlijn c¡ue volvería a ti cuando
CAPITULO ri1
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E N ~: ~ 1 C O
fuera lib.re ... 1',- , ·' "·' ·: I!Í,·ro ,,ue ,;:- tlh·,•r:' ic po r mi causa ... Ptws <~stás loca, entonces, o lo estoy yo. Te dijo clara""'"~~' •1u•· "'l tenías nada que ver con su divorcio, que '"' '''" l•·li1. _. . Le ret:onoces el derecho a rehacer su vida. . . } h• olo111iuuM en perder un empleo como no hallarás otru ... Todo eso es cierto, Lola ... además, sé que si mt~ 11par· tu •l•· i•l, será terriblemente desgraciado, que volverá a ~r ••nwl . .. ¡ Pu{!S no ltl apartes, qué demonios! ¡Mi moral no cambia, como la tuya, todo11 loa díall!
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BRAVO
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que desprecia! Pero no quiero quitarte más tiempo. Hoy tendrás que trabajar solo ... -No sé qué traes entre manos, VaJen tina. pero Isabel no pagará las consecuencias de todo esto, porque yo aabré evitarlo por cualquier medio . . . ¡No olvides mis palabras ! Si no quieres darme la libertad, no me la des, pero piensa que db 111.1 1:~ cul!•able .. . -N<) seas ridícuio, defendiéndola como un caballero andank ... Y O Snbú lo que hago ... y me r íu de 1m~ am~naza s .. . ¡Hasta la vista ! Mientras hablaba, se dirigía a la puerta. Su se~uridad, su aire tranquilo, inquietaban a Renón. -¡Valentina! -la detuvo-. ¿No puedes razonar un poco? -¿Para que te complazca? ¿ Para que me entregue mansamente a tu capricho ? No ... es inútil que hablemos más. -¿No puedes prescindir de tus prejuicios, y juzgar con el corazón. una vez siquiera? -Cómo has cambiado. . . antes te encogías de hombros cuando se nombraba el corazón en tu presencia. ¡Ya sé q w· no tienes que agradecerme a mí ese cambio, sino a ella ... a la señorita San Román . . . la virtuosa, la perfect.a ! Otra vez adiós, Andrés ... Y riendo suavemente, sin volver el rostro, atravesó lit entrada cerrando la puerta tras de sí. Renón quedó inmóvil, fru ncido el ceñ11, inmovilizada por un instante, tambit:n, b voluntad. Luego, cerró los puños, amenazante. - ¡He cambiado, sí, pero no tanto para que puedas jugar conmigo, Valentina! - murmuró iracundo.
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l' ' lllf tll• ;l l:t ide:~ de que tu\·iertt <¡ue ,·erlo cada <Jía. <le <]Ut! fw·1" •·namuránd ome de él más y más __ . Jln,·e do!! días era diferente . . . no lo había oído haJ.I" 1k .-umn te habló anoche. Me pareció tan noble ... . tan
...,.. •·ro . . .
- -¿TA:YIPOt.O ron la larde \'as a ir a la oficina? - preguntó Lola. -No. . . - respondió Isabel. -¿ Y mañana? Supongo que no vas a renunciar a tu empleo, a echarlo to<lo a rodar ... -·Hn('e dos dias me aconsejabas <¡ue huyera de Renón, que pusiera tierra de por medio, que me alejara, y te es-
,
·i. Es todo eso, verdaa? Pero no me atormenles máa 1"1' il il·rulnlu. l.olo acahaha de recoger los pocos platos usados pa!'a el ......,.íiJ.. rlesayuno, y sólo tenía que dar unos pasos para dejar In di111inuta cocina y estar al lado de Isabel, en aquel rincón ,¡,. In l1nhitación principal que sus primorosas manos de mu1"' lu1hínn hecho lindo y grato. Contra los cristales de la v•·11ltt11n •:<!rrarla golpeaba suave la lluvia de primavera, y el •ul ""'"1111La a ratos entre las nubes caprichosas, como la es· ¡u·rnn7.u en el alma de Isabel, que aguardaba y temblaba al mÍ•mn tiempo, por lo que pudiera suceder. · Lu verdad es que no hacía ninguna falta que la vida "" ,., .., ('urnplicara -dijo Lola con enfado·-..- ; ·cuando comen· , ¡,t.,uuu!l a vivir como las gentes, cuando las deudas estaban pn¡t.ndn!!, ('liando por fin había dinero hasta fin d t! mes. Tit:nes razón, cuando empezaba yo a poder correspon· ,¡.., n lo hucna y generosa que siempre fuiste conmigo ... ¡ l'ur fa\'or, no digas C:!O. Jsahel, no me refería a eso ._. •¡n•· do·1Pn11io! Eso c¡ue no sé... la vida es fácil para lo,:,~ n11ll .. 1o.1riw;: ¡.¡t:rn los pobre'1 no tenemos ni el derecho dt: •ltu importa ncia a los confli ctos sentimentales ... ellos, ltlS ,¡, ...,., l u1n ~n un viaje. . . y ya ... nosotros, a pensar y a lfll· 11111 11 u~ In-< mallos ••. o te aguantas . .. o te mueres de hambre ... 1'•:···· no_. pu~:d •.> volver, l.cl:~; junto a él pi1:rdo la volunlnd , •· 11 ··unntu me habla, me sonríe ... es una atracción irre·
·'·•11·1···El tlijn c¡ue volvería a ti cuando
CAPITULO ri1
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fuera lib.re ... 1',- , ·' "·' ·: I!Í,·ro ,,ue ,;:- tlh·,•r:' ic po r mi causa ... Ptws <~stás loca, entonces, o lo estoy yo. Te dijo clara""'"~~' •1u•· "'l tenías nada que ver con su divorcio, que '"' '''" l•·li1. _. . Le ret:onoces el derecho a rehacer su vida. . . } h• olo111iuuM en perder un empleo como no hallarás otru ... Todo eso es cierto, Lola ... además, sé que si mt~ 11par· tu •l•· i•l, será terriblemente desgraciado, que volverá a ~r ••nwl . .. ¡ Pu{!S no ltl apartes, qué demonios! ¡Mi moral no cambia, como la tuya, todo11 loa díall!
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-Pero e11 que yo veo sin apasionamiento las circunstan. r al<{im an<'glc> h u) t¡Ut> en<.:vntrarle a este enredo .. . -¿ Pief!:~as que 111'> lo busco desde anoche como una desesperada? -exclamó Isahel, con angustia-. ¿Que hora tras ho ra, minuto a minuto, no lucho con mi conciencia?. . . ¿ Y con mi amor? ¡Con mi amor, sí, necesito decirlo, Lola, lo quiero, lo quiero más a cada instante que pasa, a cada difi. t:ultad q t:e .>urg(' ! ¡Que~ rrwl hic{' dejandu soiiar a mi poln,• alma! ,.ia...
-Te lo advertí, y me respondiste que te dejara, que todo terminaría cuando llegara el momento indicado. . . que se conformaban los dos con una sencilla amistad ... y ya ves . .. - Así lo creía, de buena fe, Lola . . . Pero ahora me doy cuenta de que si él me falta, me faltan también la luz, y el aire ... y todo, hasta la razón para seguir viviendo ... ---conluvo un ,..;,IJu:w-- . ¡ Qu(. uwi)ana intt·r minahlc esta ! ¡ Qui. siera morirme! - Creo tlllc ahora exageras... nadie se muere de amor ... Yu verás.. . Renón se divorciará de su Valentina y luego te reirás de lodo este sufrimiento que ahora te agobia ... --Ella no lt! da rá d divon;iu, Lola. . . me bastó '.'t!l'· la para comprenderlo. . . y si lucha, será lógico. Si yo estuviera en su Jugar, si yo pudiera llamarlo mío ... no lo dejaría por nada del mundo . ..
Lola iba a rebatir, cuando el timbre de la puerta cortó su comentario. Isabel se estremeció, presintiendo un peligro " tt:r ublanclo pur una c;;peranza. L)la se dirigió a lu entrada. -¡Están tocando, tal vez sea él. . . es lo más probable! --Si, claro, vendrá y le bastará una palabra para hacer de mí Jo que quiera -murmuró lsabel, consciente de su derrota. Lola se había detenido. - Bueno, le abres tú, o abro yo ... - ¿ Qué vendrá a decirme? --Con dejar lo entrar, nos enteramos ... Isabel se puso de pie, totahnente trastornada, buscando en vano la manera de recobrar la serenidad, arreglando nerviosamente con las manos los cabellos un tanto despeinados, sintiendo que el corazón latia tan fuerte que era como si la sangre le golpeara en cada arteria, como si el alma se le escapara por Jos ojos, para verlo llegar. LoJa había ido hasta
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¡•unrla, abriéndola. A los oídos de Isabel llegó su exclaftlatM•rr tln asombro. ¡AIr . . . caramba! Y In vnz d<! Valentina, amable, educada. llue iHIS tardes. '""'"!l t!!!peró, conteniendo la respiración. En un instante V.. l,•ul 11111 c:stuvo frente a ella, como un personaje de pesadilla: """· c•l•··fl.lllltc, con una fría mirada penetrante en· los ojos • ¡,....,.. nm una sonrisa i:le superioridad en los labios bien
'''"'"''''"· ¡ St~ñ ora
Renón ! -pudo pronunciar. 1. l'odría perder unos minutos. . . señorita ? 1)t:trtfc Juego . . . pero . .. ( :on su permiso, voy a sentarme - agregó Valentina- , r• 111taurdo vivir en un quinto piso, sin ascensor. Por supues· lu, "" lllltoy criticando, ya que es usted dueña de vivir como Ir ,Jj. In gana . . . ¿Puedo. hablar? Supongo que la señora ..,.,.,¡ li11 1·onfianza . .. s,·ñorita, para lo que usted guste mandar - replicó l.uln, ,f,mdida por el tono y la mirada de Valentina, quien ''"'"1 rin la humilde habitación, con ojos burlones-- . Me lla· 111" 1)ulurcs Pér ez, y soy a medias, con Isabel, la dueña de " "'" l ' lll\ll . • •
Gracias por la información; ¿ quiere cerrar la puerta? preferible que no nos interrumpiera nadie. l ~<nhd, en esos breves instantes, se había serenado. La l"'"*' "'~ iu de Valentina tuvo el poder de ·llevarla de nuevo a la rrt~litlncl, de hacerla dura, fría, dueña de sí misma, como si 1111 vit:ju orgullo se alzara en eUa sosteniéndola, alentándola, Jlllltírulnle al oído que nada tenía que reprocharse. ..¿,Puedo saber a qué debemos el honor de su visita? · Quiero hablar con usted. . . ¿Le extraña? ·.Bastante, pero supongo que me explicará en seguida 1lr IJU tl 8C trata. ·-En la oficina me dijeron que estaba enferma; ya veo •¡un no es verdad. Faltó para esquivar la presencia de mi muido, y le confieso que ha sido un. rasgo que hallo prudente y nHtirnable. Me ha predispuesto a au favor, le soy aincera. llahlé, además, con tll viejo Estrada, muy amigo auyo y de 1111 ~eñor padre, que en paz descanee. . . amigo de verdad .• . Sorprendida, Isabel se había eentado también, frente a ~~ In
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-Te lo advertí, y me respondiste que te dejara, que todo terminaría cuando llegara el momento indicado. . . que se conformaban los dos con una sencilla amistad ... y ya ves . .. - Así lo creía, de buena fe, Lola . . . Pero ahora me doy cuenta de que si él me falta, me faltan también la luz, y el aire ... y todo, hasta la razón para seguir viviendo ... ---conluvo un ,..;,IJu:w-- . ¡ Qu(. uwi)ana intt·r minahlc esta ! ¡ Qui. siera morirme! - Creo tlllc ahora exageras... nadie se muere de amor ... Yu verás.. . Renón se divorciará de su Valentina y luego te reirás de lodo este sufrimiento que ahora te agobia ... --Ella no lt! da rá d divon;iu, Lola. . . me bastó '.'t!l'· la para comprenderlo. . . y si lucha, será lógico. Si yo estuviera en su Jugar, si yo pudiera llamarlo mío ... no lo dejaría por nada del mundo . ..
Lola iba a rebatir, cuando el timbre de la puerta cortó su comentario. Isabel se estremeció, presintiendo un peligro " tt:r ublanclo pur una c;;peranza. L)la se dirigió a lu entrada. -¡Están tocando, tal vez sea él. . . es lo más probable! --Si, claro, vendrá y le bastará una palabra para hacer de mí Jo que quiera -murmuró lsabel, consciente de su derrota. Lola se había detenido. - Bueno, le abres tú, o abro yo ... - ¿ Qué vendrá a decirme? --Con dejar lo entrar, nos enteramos ... Isabel se puso de pie, totahnente trastornada, buscando en vano la manera de recobrar la serenidad, arreglando nerviosamente con las manos los cabellos un tanto despeinados, sintiendo que el corazón latia tan fuerte que era como si la sangre le golpeara en cada arteria, como si el alma se le escapara por Jos ojos, para verlo llegar. LoJa había ido hasta
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Renón ! -pudo pronunciar. 1. l'odría perder unos minutos. . . señorita ? 1)t:trtfc Juego . . . pero . .. ( :on su permiso, voy a sentarme - agregó Valentina- , r• 111taurdo vivir en un quinto piso, sin ascensor. Por supues· lu, "" lllltoy criticando, ya que es usted dueña de vivir como Ir ,Jj. In gana . . . ¿Puedo. hablar? Supongo que la señora ..,.,.,¡ li11 1·onfianza . .. s,·ñorita, para lo que usted guste mandar - replicó l.uln, ,f,mdida por el tono y la mirada de Valentina, quien ''"'"1 rin la humilde habitación, con ojos burlones-- . Me lla· 111" 1)ulurcs Pér ez, y soy a medias, con Isabel, la dueña de " "'" l ' lll\ll . • •
Gracias por la información; ¿ quiere cerrar la puerta? preferible que no nos interrumpiera nadie. l ~<nhd, en esos breves instantes, se había serenado. La l"'"*' "'~ iu de Valentina tuvo el poder de ·llevarla de nuevo a la rrt~litlncl, de hacerla dura, fría, dueña de sí misma, como si 1111 vit:ju orgullo se alzara en eUa sosteniéndola, alentándola, Jlllltírulnle al oído que nada tenía que reprocharse. ..¿,Puedo saber a qué debemos el honor de su visita? · Quiero hablar con usted. . . ¿Le extraña? ·.Bastante, pero supongo que me explicará en seguida 1lr IJU tl 8C trata. ·-En la oficina me dijeron que estaba enferma; ya veo •¡un no es verdad. Faltó para esquivar la presencia de mi muido, y le confieso que ha sido un. rasgo que hallo prudente y nHtirnable. Me ha predispuesto a au favor, le soy aincera. llahlé, además, con tll viejo Estrada, muy amigo auyo y de 1111 ~eñor padre, que en paz descanee. . . amigo de verdad .• . Sorprendida, Isabel se había eentado también, frente a ~~ In
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Valentina. Lola permanecía de pie, mirando con a la visitante.
-Así lo estimo -respondió Isabel-, pero no veo qué relación pueda tener ... · -Un poco de calma. . . lo que vengo a decirle no es fácil. -Me ... lo imagino; viene usted a invocar sus derechos de esposa -Se equivoca, señorita -Valentina sonrió desdeñosa-. Para reclamar derechos no tenía que venir aquí; me hasta con . hacerlo en mi casa, y frente a quien debo hacerlo ... que no es usted, precisamente. He venido sólo a hacerle un favor. . . a evitar que continúe engañada ... -¡Nadie ha tratado de engañarme! -protestó Isabel, ofendida por el tono usado por Valentina, y comprendiendo c¡ue nosegura decía... más que la verdad respecto a sus derechos-. &toy Valentina levantó fa mano enguantada, suplicando paciencia. -¡Déjeme terminar! A veces el silencio también es un y alrededor de usted se ha hecho una conspiración engaño, de silencio. -No entiendo nada ... -Ya entenderá. En primer lugar, no me mire como a una enemiga. Vine porque si es usted la persona que describe Estrada, va a interesarle mucho lo que voy a decirle ... -Hubo una pausa, deliberadamente, mirando con fijeza a Isabel, al agregar con lentitud-: ¿Sabe usted por qué murió su padre? ¿Sabe quién fue el culpable de la desgracia de Alfredo San Román?
-No, claro que no, pero usted ... -Isabel se había puesto pálida y sus labios no supieron cómo terminar la frase. -Le asombra que yo sepa. . . lo comprendo. Se mató en un accidente hace unos dos años ... accidente motivado por una tensión nerviosa que lo llevó al borde de la locura, casi. .. su padre estaba arruinado, desesperado, trató de Jlegar a la ciudad en un tiempo inverosímil, bajo una tormenta, y au automóvil se estrelló contra un árbo~ y todos sus bienes ca· yeron en manos de sus acreedores. . . ¿no es esa la historia? -¿Quién le ha contado todo eso? ¿Estrada? -inquirió Isabel.
• t.
•: N E M f G O
Nu ... yo la sé, desde hace tiempo. ¿Sabe usted a quien '""'• " vt~r aquella noche de tempestad, su padre, aeñorita P'au tlorruín? '""lwl estaba helada, cadavérica. No necesitaba escuchu 111 noml.rr' que iba a pronunciar Valentina; comprendía, adi,¡,.,.¡,,., ~<rmtía la horible verdad clavarse en su carne, hirién· 1lulu luu•tu lo más hondo, hasta lo más íntimo. Como si quiolur· más fuerza a las palabras que iba a pronunciar, 'V nl111rt in u, se había puesto de pie, la miró de arriba a abaJo, lilllr•ulnrulu la fuerza del tayo con que iba a fulminarla. lo::~r~ hombre fue Andrés Renón; a él debe usted ser hu/ldnnn y ser pobre. Eso es todo cuanto yo quería decirle ... ,\lwnt, u1<lc<l sabe lo que hace ... Buenos días ... 1-'ur, hacia la puerta, y como era su costumbre, salió sin \'ulv"' '"'· ~<in mirar lo que dejaba atrás, con una amarga sa· tl•lrwdr'.n, con una alegría malvada inundándole el alma. l .ul11 mrrió hacia su amiga, inmóvil, como si fuera de ¡•lr•olrn, y wn los ojos secos fijos en la puerta que acababa de l't'l rnr ,.,.. ¡ l:mhel! -gritó angustiada-. ¡Háblame, mírame! N u <~s verdad. . . no puede ser verdad -murmuró la ,¡,,,.v"nlurucfa recobrando de pronto el uso de la palabra y t!llhArulu"': a llorar en los brazos de Lola, que la recibieron ca-
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t'li'lu"o". (:un su permiso, señor Renón. . . -murmuró Estrada. llur<r·u. como volviendo con esfuerzo a la realidad, Retu'!n 111irú al viejo jefe de personal, de pie, respetuosamente frrul ·· rtl nmplísimo escritorio, donde inúti.lmente se acumul'.\· h•n "'l'tdla mañana los asuntos sin resolver, las cartas de llr·¡lun.nrios, las cotizaciones y los proyectos que aguarda~an 1 ri.,.-Jhulm del hombre en cuyas manos estaba hacer tanto b1en fl tanto mul. ··Perdóneme si vengo a interrumpirlo, pero ya están reunltlu!l ln11 accionistas en la sala de conferencias, y no se atre· ~f!fl a t:omcnzar, esperándolo... Tengo entendido que hay IIUUIIIIII importantes ... - Oigales <Jue empiecen sin mí, y que me dejen en paz ... -Como para usted es tan fácil desembrollar los peores
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-No, claro que no, pero usted ... -Isabel se había puesto pálida y sus labios no supieron cómo terminar la frase. -Le asombra que yo sepa. . . lo comprendo. Se mató en un accidente hace unos dos años ... accidente motivado por una tensión nerviosa que lo llevó al borde de la locura, casi. .. su padre estaba arruinado, desesperado, trató de Jlegar a la ciudad en un tiempo inverosímil, bajo una tormenta, y au automóvil se estrelló contra un árbo~ y todos sus bienes ca· yeron en manos de sus acreedores. . . ¿no es esa la historia? -¿Quién le ha contado todo eso? ¿Estrada? -inquirió Isabel.
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Nu ... yo la sé, desde hace tiempo. ¿Sabe usted a quien '""'• " vt~r aquella noche de tempestad, su padre, aeñorita P'au tlorruín? '""lwl estaba helada, cadavérica. No necesitaba escuchu 111 noml.rr' que iba a pronunciar Valentina; comprendía, adi,¡,.,.¡,,., ~<rmtía la horible verdad clavarse en su carne, hirién· 1lulu luu•tu lo más hondo, hasta lo más íntimo. Como si quiolur· más fuerza a las palabras que iba a pronunciar, 'V nl111rt in u, se había puesto de pie, la miró de arriba a abaJo, lilllr•ulnrulu la fuerza del tayo con que iba a fulminarla. lo::~r~ hombre fue Andrés Renón; a él debe usted ser hu/ldnnn y ser pobre. Eso es todo cuanto yo quería decirle ... ,\lwnt, u1<lc<l sabe lo que hace ... Buenos días ... 1-'ur, hacia la puerta, y como era su costumbre, salió sin \'ulv"' '"'· ~<in mirar lo que dejaba atrás, con una amarga sa· tl•lrwdr'.n, con una alegría malvada inundándole el alma. l .ul11 mrrió hacia su amiga, inmóvil, como si fuera de ¡•lr•olrn, y wn los ojos secos fijos en la puerta que acababa de l't'l rnr ,.,.. ¡ l:mhel! -gritó angustiada-. ¡Háblame, mírame! N u <~s verdad. . . no puede ser verdad -murmuró la ,¡,,,.v"nlurucfa recobrando de pronto el uso de la palabra y t!llhArulu"': a llorar en los brazos de Lola, que la recibieron ca-
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t'li'lu"o". (:un su permiso, señor Renón. . . -murmuró Estrada. llur<r·u. como volviendo con esfuerzo a la realidad, Retu'!n 111irú al viejo jefe de personal, de pie, respetuosamente frrul ·· rtl nmplísimo escritorio, donde inúti.lmente se acumul'.\· h•n "'l'tdla mañana los asuntos sin resolver, las cartas de llr·¡lun.nrios, las cotizaciones y los proyectos que aguarda~an 1 ri.,.-Jhulm del hombre en cuyas manos estaba hacer tanto b1en fl tanto mul. ··Perdóneme si vengo a interrumpirlo, pero ya están reunltlu!l ln11 accionistas en la sala de conferencias, y no se atre· ~f!fl a t:omcnzar, esperándolo... Tengo entendido que hay IIUUIIIIII importantes ... - Oigales <Jue empiecen sin mí, y que me dejen en paz ... -Como para usted es tan fácil desembrollar los peores
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te transportada, mientras como una fina sombra uS(:ura, Isa· hd San Román se dt·slizó por los pasiJiog silenciosos. Hahíél esperadv aquella llora t•n la t jUt' creía encontrur solo a F:elt'· han Estrada, quien ha bía ido a su e asa, y no la encontró ... . l.t u n:t entacl:.~ p or la duda. por la un<!u;;tin, pur la esperanza ·d,· que todo fuera una mentira, f'Cir el espanto de que todo fuera verdad, decidió ir a buscarlo a su vez. Al quedarse sola no pudo soportar las paredes y el· techo de la casa, y salió a vagar ... buscando alivio a su angustia ... ahora, en el momento de llegar al despacho de Estrada, empezó a sentirse Co· barde ... pero ya Carlos, el muchacho encargado de llevar la correspondencia al c:orreo, la había visto. - ¡Señorita Isabel! -..· exclamó con alegre sorpresa- . Pero, ¿no estaba enferma? ¡Cuánto me alegro de que no haya sido nada! ¿Viene a trabajar ? ¡El señor Renón no está! - Vine a ver al señor Estrada, ¿él sí está? - Si, en su despacho . . . Me alegro de haberla saluda· do. . . usted sabe que esta oficina, sin usted, es otra. Isabel apenas escuchaba la charla del muchacho. Sentía como si su cerebro estuviera vacío, como si una gi~antesca mano de acero oprimiera su corazón permitiéndole latir ape· nas. - ¡Hasta el jefe parecía otro --siguió diciendo Carlos-- : creo tJU~ no ha hecho más que entrar y salir c:omo un tonto! Isabel abrió, maquinalmente, la puerta del despacho d t: su amigo, quien, al verla, lanzó una exclamación de asombro: luego la miró, deteQidamente, y vio sus mej illas pálida¡¡, ¡.,_,. ojos inyectados. La tomó por el brazo. solícito, y la hizo sen· tarse. - ¿ Para qué has salido sintié-ndote mal? ¿Te dijeron que fui a buscarte? ¡Y o hubiera vuelto, al terminar aquí ... ~ Vamos, te llevaré a tu casa. . . en la cara se te ve que estÚ:< muy mal... · - No. . . no. . . necesito hablar con usted ; sólo usteLI puede ayudarme, diciéndome la verdad, señor Estrada. Esteban la contempló, atónito, inquieto. En aquel tlia h abía experimentado muy d iversas emociones. - ¿ Pero ... de qué verdad hablas, muchacha? Carlos se retiró de la puerta del despacho de Estrada, vivamente, al . ver abrirse la entrada principal y penetrar Re· nón. Aterrado, esperó. Andrés llegó hasta él. -¿Qué haces ahí? - preguntó brusco-. ¿ Desde cuán·
- Es una idea muy optimista - ret'licú Arulrí•11 cnn iro· nía- ; lo malo es que no eea vtmlad. Estrada sonrió, un poco incrédulo, aunque 11in lltrtwcrsc a rebatir, y Renón lo miró como si nunca In huhiera vi!4lo. lo miró considerándolo un ser humano; con curiusidud el e sus pensamientos y de su alma por primera vez. Nunca lo hahia mirado más que como un instrumento de trabajo, tan insen· sible y dócil como una máquina de escribir, como un dict:i· fono, como un automóvil bajo sus manos hábiles. Ahora vr.ía el rostro surcado de arrugas, los cabellos entrecanos, su mira· da llena de adhesión y lealtad, su gesto a la vez inquieto y solícito, como si pretendiera adivinar sus pensamientos, comu si estuviera ofreciéndole su ayuda incondicional, y de pronh) sintió por él súbita confianza. -¿Estuvo aquí mucho tiempo Valentina? - preguntó. - Sólo unos minutos antes de que usted llegara. -¿Habló con alguien. . . aparte de usted ? - No, señor ... Andrés se levantó. - ¿Va a asistir a la junta, señor Renón? - No, Estrada, ya le dije que no ; la verdad es que no sé para qué volví hoy a la oficina. . . no tengo ganas de tra· bajar . .. - ¡Nunca le había ocurrido eso! -comentó Esteban, atÓ· nito. · - Algún día tenía que cansarme. . . ¿Quiere hacerme un favor ? Entérese cómo está la señorita San Román ... me imagino que podrá hacerlo, ¿verdad ? - Desde luego. P uedo ir a verla, en cuanto salga. - Vaya ahora mismo ... deje todo. Yo le hablaré más tarde, y me informaré. . . quier o saber si vendrá a trabajar mañana ... -Sabía, señor Renón, que se entendería con ella. . . Voy a cumplir su encargo ... Renón dejó su despacho, sintiéndose aliviado, deseando que pasaran las horas, con un ansia infantil, y pensando en el mañana en que Isabel estaría de nuevo a su lado, en que la vida volvería a tener para él aquel hondo y dulce sentido que sólo su secretar ia podía darle. Y las horas pasaron. El reloj de pared dio seis campa· nadas. Las amplias oíicinas iban quedando desiertas, los aseen· sores inmóviles, tras el agobio de la enorme carga rápidamen·
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te transportada, mientras como una fina sombra uS(:ura, Isa· hd San Román se dt·slizó por los pasiJiog silenciosos. Hahíél esperadv aquella llora t•n la t jUt' creía encontrur solo a F:elt'· han Estrada, quien ha bía ido a su e asa, y no la encontró ... . l.t u n:t entacl:.~ p or la duda. por la un<!u;;tin, pur la esperanza ·d,· que todo fuera una mentira, f'Cir el espanto de que todo fuera verdad, decidió ir a buscarlo a su vez. Al quedarse sola no pudo soportar las paredes y el· techo de la casa, y salió a vagar ... buscando alivio a su angustia ... ahora, en el momento de llegar al despacho de Estrada, empezó a sentirse Co· barde ... pero ya Carlos, el muchacho encargado de llevar la correspondencia al c:orreo, la había visto. - ¡Señorita Isabel! -..· exclamó con alegre sorpresa- . Pero, ¿no estaba enferma? ¡Cuánto me alegro de que no haya sido nada! ¿Viene a trabajar ? ¡El señor Renón no está! - Vine a ver al señor Estrada, ¿él sí está? - Si, en su despacho . . . Me alegro de haberla saluda· do. . . usted sabe que esta oficina, sin usted, es otra. Isabel apenas escuchaba la charla del muchacho. Sentía como si su cerebro estuviera vacío, como si una gi~antesca mano de acero oprimiera su corazón permitiéndole latir ape· nas. - ¡Hasta el jefe parecía otro --siguió diciendo Carlos-- : creo tJU~ no ha hecho más que entrar y salir c:omo un tonto! Isabel abrió, maquinalmente, la puerta del despacho d t: su amigo, quien, al verla, lanzó una exclamación de asombro: luego la miró, deteQidamente, y vio sus mej illas pálida¡¡, ¡.,_,. ojos inyectados. La tomó por el brazo. solícito, y la hizo sen· tarse. - ¿ Para qué has salido sintié-ndote mal? ¿Te dijeron que fui a buscarte? ¡Y o hubiera vuelto, al terminar aquí ... ~ Vamos, te llevaré a tu casa. . . en la cara se te ve que estÚ:< muy mal... · - No. . . no. . . necesito hablar con usted ; sólo usteLI puede ayudarme, diciéndome la verdad, señor Estrada. Esteban la contempló, atónito, inquieto. En aquel tlia h abía experimentado muy d iversas emociones. - ¿ Pero ... de qué verdad hablas, muchacha? Carlos se retiró de la puerta del despacho de Estrada, vivamente, al . ver abrirse la entrada principal y penetrar Re· nón. Aterrado, esperó. Andrés llegó hasta él. -¿Qué haces ahí? - preguntó brusco-. ¿ Desde cuán·
- Es una idea muy optimista - ret'licú Arulrí•11 cnn iro· nía- ; lo malo es que no eea vtmlad. Estrada sonrió, un poco incrédulo, aunque 11in lltrtwcrsc a rebatir, y Renón lo miró como si nunca In huhiera vi!4lo. lo miró considerándolo un ser humano; con curiusidud el e sus pensamientos y de su alma por primera vez. Nunca lo hahia mirado más que como un instrumento de trabajo, tan insen· sible y dócil como una máquina de escribir, como un dict:i· fono, como un automóvil bajo sus manos hábiles. Ahora vr.ía el rostro surcado de arrugas, los cabellos entrecanos, su mira· da llena de adhesión y lealtad, su gesto a la vez inquieto y solícito, como si pretendiera adivinar sus pensamientos, comu si estuviera ofreciéndole su ayuda incondicional, y de pronh) sintió por él súbita confianza. -¿Estuvo aquí mucho tiempo Valentina? - preguntó. - Sólo unos minutos antes de que usted llegara. -¿Habló con alguien. . . aparte de usted ? - No, señor ... Andrés se levantó. - ¿Va a asistir a la junta, señor Renón? - No, Estrada, ya le dije que no ; la verdad es que no sé para qué volví hoy a la oficina. . . no tengo ganas de tra· bajar . .. - ¡Nunca le había ocurrido eso! -comentó Esteban, atÓ· nito. · - Algún día tenía que cansarme. . . ¿Quiere hacerme un favor ? Entérese cómo está la señorita San Román ... me imagino que podrá hacerlo, ¿verdad ? - Desde luego. P uedo ir a verla, en cuanto salga. - Vaya ahora mismo ... deje todo. Yo le hablaré más tarde, y me informaré. . . quier o saber si vendrá a trabajar mañana ... -Sabía, señor Renón, que se entendería con ella. . . Voy a cumplir su encargo ... Renón dejó su despacho, sintiéndose aliviado, deseando que pasaran las horas, con un ansia infantil, y pensando en el mañana en que Isabel estaría de nuevo a su lado, en que la vida volvería a tener para él aquel hondo y dulce sentido que sólo su secretar ia podía darle. Y las horas pasaron. El reloj de pared dio seis campa· nadas. Las amplias oíicinas iban quedando desiertas, los aseen· sores inmóviles, tras el agobio de la enorme carga rápidamen·
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do <~s co~tuml>re en · mi easa que se e!lcuc·he detrás de la~ puertas d e los despac·hus de los jefe!l? ;. Sabes que por esr, ptwdo ,le'spedirll' Pn d a('!"? --No m~ dP.,.;pi•la. ¡pur OiM! - ¡.dmió el muchach o. tem blando-; escuchaba, sí, pero es que me asu!>tÓ ver a la señorita Is abeL .. tan pálida, tan rara . . . ¡Le juro CJUe jamás volveré a hacerlv ! F.l d i s~u stu de Renón se evaporó como por enr.anto. - - ;.Qué dices? . ¡ ls'lhcl está ahí? - Sí, con el señor Estrad a . Lle~ó de pronto, como tra!jtornada. con los ojos llorosos . .. Renón apoyó la mano en el picaporte de la puerta, pero contuvo su impulso de entra r, serenándose de repente. Su mirada inquisitiva y dominadora se fij ó en el much,a ch o que temblaba de pie!! a cabeza, como si temiera la muerte. - No va a despedirme por eso. ¿verdad, señor Renón? Yo lo ún ico que ten ía era interés por la señorita Isabel, qu tes tan buena con todos nosotros . . . interés en saber , en ayudarla .. . - Está bien, vete a tu <:asa; por esta vez no te despido, pero ten cuidado. No tienes que contarle a nadie si llegó contenta o triste . . . si hay un solo comentario alrededor de ella en la oficina, sabré q ue fuiste tú v entonces sí, te desped iré. --¡ !1o señor, no . . . no di ré a nadie ni una palab ra... ! - ¡Lin gate, y a! Cad os se alejó con rapidez. Andrés entró en su despacho , profundamente preocupad o, ta n inqu ieto como no recordaba habed o estado jamás. Inútilmente fue de un lado a otro, encendía y apagaba cigarros. De pronto, sonó el teléfono. Descolgó nervioso. La voz de Valentina, llegó a él. -¿ Par a qué has llamado? - preguntó impaciente- . Naturalmente que estoy aquí, lo estás comprobando tú misma ! ¿ De qué te ríes? ¡Contesta, idiota ! Oh . .. · Valentina hab ía cortado la comunicación. Con ira, Andr¡.s sacud ió el aparato y a<:abó por colgar la bocina cvn furh - ¡ Al diablo contigo! -exclamó. Pero bruscamente se irguió, presintiendo, adivinando. Sus labios se apretaron en una mueca de sospecha y de rs!Jia, y entonces, silencioso, cruzó el pas illo que separab a s•: despacho del de Estrada . Y como antes hiciera Cario~, escuchó
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detrás de la puerta, anhelante, angustiado, como el <'<•leg ial cogid o en falta que espera temblando su sentencia. L J.;; l'occs llegaban :nuy claras, apenllS alejadas de í·l unos metros, tras la frágil puerta de cristales esmerilad os. - ¡Sólo quiero que me responda lo q ue he preguntado, 1.1eñor Estrada! Usted fue amigo de mi padre, usted conocía todos sus asuntos. . . · - Bueno, si . . . per o. . . - Andrés adivinaba que Estrada temblaba, igual que él, pero sin ventaja, atrapado en las preguntas de Isabel, apremiantes y firmes. - El le escribía a usted , le consultaba . .. - Sólo como viejos amigos, hija .. . - Y como viejo amigo de él quiero q ue me comeste . .. tiene que saberlo, puesto que lleva diez años en la casa Renón . . . ¿Tuvo mi padre negocios con Andrés Renón ? ¿ Los tenía en el momento de su muerte? - Negocios ocasionales, y por una sola vez . . . Y no aon aauntos que p uedan interesarte ... - ¡Es lo que m á,;; me interesa en el mundo, señor Estrada! ¿ En qué ocasión .. . cuándo tuvo mi padre negocios con Renón? - Déjame recordar fechas .. . - ¡ Dígame la verdad, .sin pensar, sio buscar una piat.losa mentira! ¿No se da cuenta de que necesito saber, t.le que estoy desesperada? ¿ Le pidió mi padre a Renón algú n crédito? ¿T uvo que ver algo con la h tpoteca de nuestras fincas ? - ¡ No, hija, no! - Pero Renón arruinó a mi padre, ¿verdad? -¿ Quién te h a contado semejante cosa ? -Quien me lo contara es lo de menos ... ¡necesito saber la verdad ! - - ¡Cálmate! ¡Has conocido a Renón In bastante para estimarlo y . .. ! Isabel cor tó, con impaciencia. - ¡También sé que hasta h ace muy poco no tuvo compasión de nadie y mi padre fue una de sus víctimas! - No lo juzgues así ... ¡no! -¿Qué pasó entonces ? ¿Cuál fue su intervención ? Porque yo recuerdo muy b ien lo que dijo mi p adre: tengo un enemigo poderoso. . . Y también recuerdo haber visto el teleg rama que usted firmó . . . lo tengo, entre mis papeles . . . y
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detrás de la puerta, anhelante, angustiado, como el <'<•leg ial cogid o en falta que espera temblando su sentencia. L J.;; l'occs llegaban :nuy claras, apenllS alejadas de í·l unos metros, tras la frágil puerta de cristales esmerilad os. - ¡Sólo quiero que me responda lo q ue he preguntado, 1.1eñor Estrada! Usted fue amigo de mi padre, usted conocía todos sus asuntos. . . · - Bueno, si . . . per o. . . - Andrés adivinaba que Estrada temblaba, igual que él, pero sin ventaja, atrapado en las preguntas de Isabel, apremiantes y firmes. - El le escribía a usted , le consultaba . .. - Sólo como viejos amigos, hija .. . - Y como viejo amigo de él quiero q ue me comeste . .. tiene que saberlo, puesto que lleva diez años en la casa Renón . . . ¿Tuvo mi padre negocios con Andrés Renón ? ¿ Los tenía en el momento de su muerte? - Negocios ocasionales, y por una sola vez . . . Y no aon aauntos que p uedan interesarte ... - ¡Es lo que m á,;; me interesa en el mundo, señor Estrada! ¿ En qué ocasión .. . cuándo tuvo mi padre negocios con Renón? - Déjame recordar fechas .. . - ¡ Dígame la verdad, .sin pensar, sio buscar una piat.losa mentira! ¿No se da cuenta de que necesito saber, t.le que estoy desesperada? ¿ Le pidió mi padre a Renón algú n crédito? ¿T uvo que ver algo con la h tpoteca de nuestras fincas ? - ¡ No, hija, no! - Pero Renón arruinó a mi padre, ¿verdad? -¿ Quién te h a contado semejante cosa ? -Quien me lo contara es lo de menos ... ¡necesito saber la verdad ! - - ¡Cálmate! ¡Has conocido a Renón In bastante para estimarlo y . .. ! Isabel cor tó, con impaciencia. - ¡También sé que hasta h ace muy poco no tuvo compasión de nadie y mi padre fue una de sus víctimas! - No lo juzgues así ... ¡no! -¿Qué pasó entonces ? ¿Cuál fue su intervención ? Porque yo recuerdo muy b ien lo que dijo mi p adre: tengo un enemigo poderoso. . . Y también recuerdo haber visto el teleg rama que usted firmó . . . lo tengo, entre mis papeles . . . y
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él habló con usted por telt;fono . . . untes dt• l:lnzars~ ll la muerte ... - ¡Hija ... por Dios! - ¡Nunca quiSI'~ pr~~untarle, porque d horror d1~ esas horas me angustiaba, al recordarlas! Pe ro ahora tengo que saber.. . y usted no puede ne~arse a decirme la verdarl. ¿ Era Renón el enemi ~o al que él aludía ? ¡ Dígame ! ¿ Era él '! Sí. . . su rostro me contesta, aunque sus labios estén calla· dos . . . ¡ Era él el enemigo implacable, y sin embargo, usted me trajo a esta casa, me puso a las órdenes de ese hombre . .. ! ¿Por qué lo hizo? --; l.;ahd. te ruc;ro que le cal rnes; las cosas no son conw tú crees . .. Renón no fue culpable de nada! Si quieres sa· ber la verdad, si quieres que te diga toda la verdad horriblt' y dolorosa .. . La puerta se abrió eón vielencia. Renón apareció y avanzó hacia ellos, brusco y decidido. Estaba intensamenh' pálido, apretadas las mandíbulas, cerrados los puños grande:s y duros como mazas. - ¡Si dice usted lo que no debe decir ... soy capaz de . .. : Isabe l y Estrada estaban atónitos ; apenas daban crédito a la aparición que estaba frente a ellos. Isabel fue la prirnerli en reaccionar. Se levantó, indignada y se enfn:ntó a Renón. - Basta, ya veo que también es capaz de ~olpear a un anciano! -- ¡Isabel! -·gritó él, dejando caer la mano. - ¿,l'c!ro . .. dt~ ttué no será usted capaz .. . de~ qué? ~imió ella, rf'lrnt'I!Ciic•culn tambaleante, con má11 dolor que r,,. bia, on un hrutul dc:rrumlwmit:ntn ele cnsuc:ños, de ilusione:>, de et~peranaAII, 11Ínticnclu IJUC 11nn~ rnha su corazón destrozado y CJllél t•urrinn "u" liÍ¡.(I'ÍUIIIM MÍn puch:r evitarlo. •J. I~ tlU{I nu !ltl flt eupar. c:l enemip;o implacable, frente • f¡ulcm mi paclrc1 inictilnmnlc 114: a rrn;~tró llorando, suplicando, 1111r mi. .. pur mi, pur 1111 hija adorada? Sólo por amo r a ml huhl•r• •lelo t'MJIU• un hombre como mi padre, de suplí· tllf ,,. luclu fue inútil, lo sé; ahora recuerdo hasta la 6hlm1 e" aua palnlms11, por teléfono! Y todas las que contie · "" 11l lt~lr~, nuu n flnwul u por usted, señor Estrada. ¡ Po1· usted. Rtn6n, murll1 mi padre, desesperado ! S.•lluall c.;on la misma angustia con que había recibido el UUifJMl dC!Mtrozado de Alfredo San Román, con tal fuerza que
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Estrada pretendió calmarla, acercándose y poniendo una mano· , sobre el hombro tembloroso. Pero Isabel lo rechazó con ira, mientras Andrés volvía · a imponer silencio a Estrada. - No diga una sola palabra . . . se lo prohibo . .. de esto, ni una palabra . . . · - No es preciso que . nadie diga nada más - replicó laabel, fuera de ai-, me basta con recordar, con saber lo que Jé, con tener por fin en mis manos esta horrible verdad. ¡Oaro ... Andrés Renón .. . era usted! ¡Y yo, ciega, loca, estúpida llegué a amarlo en esta forma insensata. Esteban murmuró, aterrado : -- ¡Isabel. .. qué dices! Por loa ojos de Renón crúzó un relámpago que era luz de ternura, de. amor, de triunfo, de felicidad. Ante el ~panto de Esteban, fue hasta ella, extendidas laa manos. -¡ Isabel ! ¡Mi amod ¿Es cierto lo que has dicho? ¡Tu .. rne quieres ! ¡Sí, no puedes negarlo ya . . . me quieres! Pero ella había retrocedido, aterrada a su vez por. lo que dijera ; escondió en fingida indignación su dolor, IU amor, te irguió soberbia, y él tuvo que dejar de nuevo caer loe brazo•. - ¡Pero está loco! ¡No lo amo ya! ¡Lo quiae, ciega, d~lumbrada, estúpidamente ignorante de todo! ¡Ahora lo odio, sí, tengo que odiarlo ! ¡Lo odio y lo desprecio con toda mi alma! Rápida, decidida, salió del dC$pacho, cruzó lu oficinas dMiertas, corrió hacia las escaleras laterales. Bruscamente vuelto a la realidad, Renón miró la puerta donde Eetrada temblaba de angustia, confuso y espantado. - ¡Pero esto es horr ible ! -exclamó el viejo, desolado--. ¿Quién ha podido decir a Isabel esta mentira? - ¡Valentina! - respondió Andrés con voz torda, concentrada-. ¡Ahora comprendo su risa, su llamada, su amenaza ... éstas eran sus armas ! -¡La señora, claro! ¡Ella! - Estrada se dio una palma· da en la frente. -¿ Pero quién pudo decirle algo a mi mujer? - pre· guntó Andrés-. ¿Quién la infor mó? ¡Una indiscreción suya .. . Estrada ! - Ella ya sabía muchas cosas cuando habló conmigo, !leñor Reoón . . . Usó su mala fe, su astucia, si usted me pennite decirlo ...
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él habló con usted por telt;fono . . . untes dt• l:lnzars~ ll la muerte ... - ¡Hija ... por Dios! - ¡Nunca quiSI'~ pr~~untarle, porque d horror d1~ esas horas me angustiaba, al recordarlas! Pe ro ahora tengo que saber.. . y usted no puede ne~arse a decirme la verdarl. ¿ Era Renón el enemi ~o al que él aludía ? ¡ Dígame ! ¿ Era él '! Sí. . . su rostro me contesta, aunque sus labios estén calla· dos . . . ¡ Era él el enemigo implacable, y sin embargo, usted me trajo a esta casa, me puso a las órdenes de ese hombre . .. ! ¿Por qué lo hizo? --; l.;ahd. te ruc;ro que le cal rnes; las cosas no son conw tú crees . .. Renón no fue culpable de nada! Si quieres sa· ber la verdad, si quieres que te diga toda la verdad horriblt' y dolorosa .. . La puerta se abrió eón vielencia. Renón apareció y avanzó hacia ellos, brusco y decidido. Estaba intensamenh' pálido, apretadas las mandíbulas, cerrados los puños grande:s y duros como mazas. - ¡Si dice usted lo que no debe decir ... soy capaz de . .. : Isabe l y Estrada estaban atónitos ; apenas daban crédito a la aparición que estaba frente a ellos. Isabel fue la prirnerli en reaccionar. Se levantó, indignada y se enfn:ntó a Renón. - Basta, ya veo que también es capaz de ~olpear a un anciano! -- ¡Isabel! -·gritó él, dejando caer la mano. - ¿,l'c!ro . .. dt~ ttué no será usted capaz .. . de~ qué? ~imió ella, rf'lrnt'I!Ciic•culn tambaleante, con má11 dolor que r,,. bia, on un hrutul dc:rrumlwmit:ntn ele cnsuc:ños, de ilusione:>, de et~peranaAII, 11Ínticnclu IJUC 11nn~ rnha su corazón destrozado y CJllél t•urrinn "u" liÍ¡.(I'ÍUIIIM MÍn puch:r evitarlo. •J. I~ tlU{I nu !ltl flt eupar. c:l enemip;o implacable, frente • f¡ulcm mi paclrc1 inictilnmnlc 114: a rrn;~tró llorando, suplicando, 1111r mi. .. pur mi, pur 1111 hija adorada? Sólo por amo r a ml huhl•r• •lelo t'MJIU• un hombre como mi padre, de suplí· tllf ,,. luclu fue inútil, lo sé; ahora recuerdo hasta la 6hlm1 e" aua palnlms11, por teléfono! Y todas las que contie · "" 11l lt~lr~, nuu n flnwul u por usted, señor Estrada. ¡ Po1· usted. Rtn6n, murll1 mi padre, desesperado ! S.•lluall c.;on la misma angustia con que había recibido el UUifJMl dC!Mtrozado de Alfredo San Román, con tal fuerza que
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Estrada pretendió calmarla, acercándose y poniendo una mano· , sobre el hombro tembloroso. Pero Isabel lo rechazó con ira, mientras Andrés volvía · a imponer silencio a Estrada. - No diga una sola palabra . . . se lo prohibo . .. de esto, ni una palabra . . . · - No es preciso que . nadie diga nada más - replicó laabel, fuera de ai-, me basta con recordar, con saber lo que Jé, con tener por fin en mis manos esta horrible verdad. ¡Oaro ... Andrés Renón .. . era usted! ¡Y yo, ciega, loca, estúpida llegué a amarlo en esta forma insensata. Esteban murmuró, aterrado : -- ¡Isabel. .. qué dices! Por loa ojos de Renón crúzó un relámpago que era luz de ternura, de. amor, de triunfo, de felicidad. Ante el ~panto de Esteban, fue hasta ella, extendidas laa manos. -¡ Isabel ! ¡Mi amod ¿Es cierto lo que has dicho? ¡Tu .. rne quieres ! ¡Sí, no puedes negarlo ya . . . me quieres! Pero ella había retrocedido, aterrada a su vez por. lo que dijera ; escondió en fingida indignación su dolor, IU amor, te irguió soberbia, y él tuvo que dejar de nuevo caer loe brazo•. - ¡Pero está loco! ¡No lo amo ya! ¡Lo quiae, ciega, d~lumbrada, estúpidamente ignorante de todo! ¡Ahora lo odio, sí, tengo que odiarlo ! ¡Lo odio y lo desprecio con toda mi alma! Rápida, decidida, salió del dC$pacho, cruzó lu oficinas dMiertas, corrió hacia las escaleras laterales. Bruscamente vuelto a la realidad, Renón miró la puerta donde Eetrada temblaba de angustia, confuso y espantado. - ¡Pero esto es horr ible ! -exclamó el viejo, desolado--. ¿Quién ha podido decir a Isabel esta mentira? - ¡Valentina! - respondió Andrés con voz torda, concentrada-. ¡Ahora comprendo su risa, su llamada, su amenaza ... éstas eran sus armas ! -¡La señora, claro! ¡Ella! - Estrada se dio una palma· da en la frente. -¿ Pero quién pudo decirle algo a mi mujer? - pre· guntó Andrés-. ¿Quién la infor mó? ¡Una indiscreción suya .. . Estrada ! - Ella ya sabía muchas cosas cuando habló conmigo, !leñor Reoón . . . Usó su mala fe, su astucia, si usted me pennite decirlo ...
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Andrés hizo un ademán hacia la puerta, pero volvió a detenerse, un gesto de desaliento. de an~u stia, alteró su rostro. - ¡No puedo retenerla . . . no puedo ir tras ella, no pue· do explicarle! - murmuró. - ;. Y por qu ~ no? - rebatió Estrada- . No me rlejó u sl c~d decirle la verdad, y llegado un caso a su límite, como éf>te, es mejor hablar con la verdad. Eso iba yo a hacer con todo el dolor de mi alma ... - ¡Nunca, Estrada, usted era amigo de Alfredo San Ro· mán . . . no debe hacerlo! ¡Si estima y quiere a Isabel, debe callar! - ¡Pero es una iajusticia, señor ReDÓn . . . no debo callar, Do ! - Sí. . . callará usted, ahora y siempre. - ¿Pero, qué se propone? -¡Eso pregunto yo, Estrada! ¿Qué se propone al querer herirla, humillarla, destrozarla? ¿Arrojar sobre ella el dolor > la vergüenza que no ha merecido? ¡Eso sí sería injusto y cruel! ¡Usted no lo hará ! - ; Pero ella lo odia a usted! - No me odia ... cree odiarme ... Su reaccióD es perfectamente natural, pero debajo de esa reacción está su alma, su alma que al fin me gritó la verdad. . . - su rostro cambió repentinamente. dulcificado- . ¡Me quiere! ;, Usted la oyó, Estrada? Me quiere esa criatura exquisita, adorable, y lo gritó frente a usted ... ! - También gritó que lo odiaba y lo despreciaba. - ¡Eso qué importa! ¡Usted no entiende nada, mi buen Estrada! - Pues sí entiendo que hay aquí una intriga horrible, de la cual usted espera salir bien librado por arte de magia, pero a la que no le veo arreglo de ninguna clase. - Sé que ella me ama, y es bastante. - Pues es otro lío. . . ella, mientras crea que usted es culpable, se sentirá en la obligación de odiarlo. . . y ademáf!, tiene que pensar que es usted un hombre casado. - ¡Seré libre muy pronto ! Valentina ha escogido el camino de la lucha, que es mi elemento ... ¡donde hay lucha, yo triunfo, Estrada! - ¡Nunca estuvo usted entre celos y amores de mujeres! - ¡Es verdad; pero no serán esas cosas las que vaD a
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derrotarme; conozco bien lo que son las intrigu, las traicioaea, y sé cómo aplastar a un reptil cuando quiere morder! - Pero .e trata de su esposa ... - ¿Y cree que después de lo que ha hecho, merece mi c·oosideración? Además, Valentina no está sola, tiene un cómplice. . . -sonrió, desdeños<r--. Ya sé de dónde viene la pu- . íialada . . . Raúl del Mar . . . ese mequetrefe y sus amigos del Club de Banqueros ... El viejo juez Esteves, ese puñado de onvidioaoa y de cobardes que me fingen amistad ; que pretenden destruirme envenenándome en mi vida privada . . . ¡Ya verán, todos esos canallas! Se irguió, en toda su imponente estatura. Se deshizo, (le un manotazo, el nudo de la corbata, librando su cuello para respirar mejor, hinchadas lu potentes arterias, brillantes los ojos grises que ahora refulgían como el centellear de una espada en el combate. - ¡Han de.cubierto que la amo, y quieren herirme en ella, es la brecha, la rendija entre las mallas de la coraza, por la que pretenden deslizar el puñal, pero no lo lograrán! - ¡Me temo que lo han logrado ya! -murmuró abatido Estrada-. ¡Creyendo Isabel lo que cree, no volverá a mirarlo a la cara, no volverá al trabajo, no volverá aunque se muera de hambre! - ¡ laabel t~mdrá que oírme, entender mi concepto de la vida, tendrá que dar por muerto el paaado! - No lo espere usted, se trata del padre al que adoraba, al que creía el más hon8to y honrado de los hombres. -Si me ama lo bastante, pasará por encima de todo. - ¡Conozco la conciencia de Isabel San Román! - ¡Pero parece que no conoce usted a Andrés Renón; daré la batalla, y la daré con las mismu armas, rastreras, cobardes, heriré a Valentina en pleDo corazón! ¡Lo que ha hecho la excluye de toda piedad! -¡Podría yo hablar con Isabel! - insiDuÓ Eatrada. -¡ No! A ell~ no deben tocarla las armas, Do debemos berirla. Venga a mi despacho, necesito inmediatamente la información completa de todo lo relacionado con Raúl del Mar! Ese será el primero que caiga ... ¡Golpe por golpe, Valentina ! ¡Veremos quién ríe mejor! Isabel se había arrojado sobre la estrecha y blanca cama,
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Andrés hizo un ademán hacia la puerta, pero volvió a detenerse, un gesto de desaliento. de an~u stia, alteró su rostro. - ¡No puedo retenerla . . . no puedo ir tras ella, no pue· do explicarle! - murmuró. - ;. Y por qu ~ no? - rebatió Estrada- . No me rlejó u sl c~d decirle la verdad, y llegado un caso a su límite, como éf>te, es mejor hablar con la verdad. Eso iba yo a hacer con todo el dolor de mi alma ... - ¡Nunca, Estrada, usted era amigo de Alfredo San Ro· mán . . . no debe hacerlo! ¡Si estima y quiere a Isabel, debe callar! - ¡Pero es una iajusticia, señor ReDÓn . . . no debo callar, Do ! - Sí. . . callará usted, ahora y siempre. - ¿Pero, qué se propone? -¡Eso pregunto yo, Estrada! ¿Qué se propone al querer herirla, humillarla, destrozarla? ¿Arrojar sobre ella el dolor > la vergüenza que no ha merecido? ¡Eso sí sería injusto y cruel! ¡Usted no lo hará ! - ; Pero ella lo odia a usted! - No me odia ... cree odiarme ... Su reaccióD es perfectamente natural, pero debajo de esa reacción está su alma, su alma que al fin me gritó la verdad. . . - su rostro cambió repentinamente. dulcificado- . ¡Me quiere! ;, Usted la oyó, Estrada? Me quiere esa criatura exquisita, adorable, y lo gritó frente a usted ... ! - También gritó que lo odiaba y lo despreciaba. - ¡Eso qué importa! ¡Usted no entiende nada, mi buen Estrada! - Pues sí entiendo que hay aquí una intriga horrible, de la cual usted espera salir bien librado por arte de magia, pero a la que no le veo arreglo de ninguna clase. - Sé que ella me ama, y es bastante. - Pues es otro lío. . . ella, mientras crea que usted es culpable, se sentirá en la obligación de odiarlo. . . y ademáf!, tiene que pensar que es usted un hombre casado. - ¡Seré libre muy pronto ! Valentina ha escogido el camino de la lucha, que es mi elemento ... ¡donde hay lucha, yo triunfo, Estrada! - ¡Nunca estuvo usted entre celos y amores de mujeres! - ¡Es verdad; pero no serán esas cosas las que vaD a
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ENEMIGO
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derrotarme; conozco bien lo que son las intrigu, las traicioaea, y sé cómo aplastar a un reptil cuando quiere morder! - Pero .e trata de su esposa ... - ¿Y cree que después de lo que ha hecho, merece mi c·oosideración? Además, Valentina no está sola, tiene un cómplice. . . -sonrió, desdeños<r--. Ya sé de dónde viene la pu- . íialada . . . Raúl del Mar . . . ese mequetrefe y sus amigos del Club de Banqueros ... El viejo juez Esteves, ese puñado de onvidioaoa y de cobardes que me fingen amistad ; que pretenden destruirme envenenándome en mi vida privada . . . ¡Ya verán, todos esos canallas! Se irguió, en toda su imponente estatura. Se deshizo, (le un manotazo, el nudo de la corbata, librando su cuello para respirar mejor, hinchadas lu potentes arterias, brillantes los ojos grises que ahora refulgían como el centellear de una espada en el combate. - ¡Han de.cubierto que la amo, y quieren herirme en ella, es la brecha, la rendija entre las mallas de la coraza, por la que pretenden deslizar el puñal, pero no lo lograrán! - ¡Me temo que lo han logrado ya! -murmuró abatido Estrada-. ¡Creyendo Isabel lo que cree, no volverá a mirarlo a la cara, no volverá al trabajo, no volverá aunque se muera de hambre! - ¡ laabel t~mdrá que oírme, entender mi concepto de la vida, tendrá que dar por muerto el paaado! - No lo espere usted, se trata del padre al que adoraba, al que creía el más hon8to y honrado de los hombres. -Si me ama lo bastante, pasará por encima de todo. - ¡Conozco la conciencia de Isabel San Román! - ¡Pero parece que no conoce usted a Andrés Renón; daré la batalla, y la daré con las mismu armas, rastreras, cobardes, heriré a Valentina en pleDo corazón! ¡Lo que ha hecho la excluye de toda piedad! -¡Podría yo hablar con Isabel! - insiDuÓ Eatrada. -¡ No! A ell~ no deben tocarla las armas, Do debemos berirla. Venga a mi despacho, necesito inmediatamente la información completa de todo lo relacionado con Raúl del Mar! Ese será el primero que caiga ... ¡Golpe por golpe, Valentina ! ¡Veremos quién ríe mejor! Isabel se había arrojado sobre la estrecha y blanca cama,
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sacudido el cuerpo JXlr los sollozos. deshecha el alma, sintiendo que para su vida en derrota, todo había terminado. Lola, desolada. trataba en vano de calmarla, de consolarla. - ¡Isabel querida ... no puedo verte llorar así! ¿ QuierP.s que acabe también haciendo pucheros? ¡No será para tanto! ¿Crees que hay en el mundo un canalla que merezca que sufras así? - ¡No es por él! -murmuró Isabel, entre sollozos. - ¿ Por quién, entonces? - ¡Déjame, Lola!' - Bien, sig ue llorando, no bables, ni comas, ni duermas,' ni te levantes, tírate a morir, que eso es precisamente lo que ha querido que te pase esa lagartona que vino aquí a darte este disgusto ... Isabel se volvió hacia Lola. - Ella no dijo más que la verdad. Ella fue más leal que los que me hablaron de amistad y de amor. Dijo la verdad, la verdad que él calló, la verdad que disimula el viejo Estrada. . . -su tono se hizo agresivo, irónico- . Amigo ... amigo de mi padre, y sigue comiendo el pan de Renón, y me arrastró a mí también a cometer la indignidad de traba· jar para ese canalla. -Cuando te hayas calmado y me cuentes despacio .. . - No hay nada que contar, Lota. Todo cuanto dijo esa señora es verdad . . . ¡absolutamente cierto! Se sentó en la cama. Al calor de la ira, se seca ron sus lágrimas, y brillaron otra vez sus ojos avdluna. a rdientes, apasionados, mientras se hundían sus Jedos entre los brillantes cabellos castaños. -¡ No puedes comprenderme, Lola! -concluyó. - ¿Por qué? ¿Soy de otra pasta? - ¡Eres de otro carácter, de otra conformidad! Yo, a quien primero no puedo perdonar, és a mí misma. - ¡En tu manía de echarte la culpa de todo . .. ! - No, Lola. . . óyeme. . . nunca te he contado cómo murió mi padre, cómo fue el torbellino de aquellas horas espantosas en que mi vida se derrumbó, en que t.penas pude darme cuenta de lo que pasaba. Pero hubo un !momento tras aquella tormenta horrible, cuando abandoné mi pueblo, cuando dejé mi casa para venir a reunirme contigo, cuando fue como si hubiera nacido de nuevo, al borde del camino ...
EJ.
ENEMIGO
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sola y :!esamparada, al cruzar frente al sitio donde mi :>adre halló la muerte, hice un juramento solemne ... -¿ Cuál. .·.? - Juré averiguar quién era el hombre que lo había arruinado que lo había hundiao er• la desesperación, que lo había impulsado tal vez hasta a mats.rse ... -¡No ... no ! . - Si, lo he negado siempre, lo ne¡..(u:~ con todas mis fu<'r· zas, hente a los que entonces la ·afirmaron, tenía que negarlo para defender la memoria de mi padre ; pero la espina que· dó clavada muy hondo, tan hondo, que la herida no cerrar{t jamás. El accidente de mi padre pudo ser voluntario . . . Y de su desesperación, de su iocura, un hombre tuvo la culpa : Andrés Renón; y e.e hombrt- triunfa, y sonríe, y no piensa ni siente remordimientos; y yo he procurado, con toda la ter· nura de mi corazón. . . hacerlo dichoso, y yo be deseado por encima de todo darle la felid dad y he olvidado por él a mi padre ... - ¡Nunca lo haa olvidado! - ¡Sí, Lola. . . cuando estudié, cuando me preparé a costa de los mayores sacrificios, tú sabes cómo, para entrar en las grandes oficinae, no tenía en realidad más que una sola intención, una sola idea: conocer :. todos los grandes comerciantes, a todos los grandes industriales, lo~ financieros ... buscar, investigar, hallar al que había arruinado y perdido a mi padre! ¡Conocer .a nuestro enemigo y vengarme de él; vengar aquel dolor, aquella muerte! - ¡Pero .. . qué locura ! - Quería saber ; me había propuesto averiguar; pero fren· te a Renón lo olvidé todo, todo. . . se desvaneció el pasado, se durmieron los sentimientos que habían sido mi vida hB!ta entonces, y el mundo ee volvió para mí tan pequeño que caf>ia entero en las pupilas grise.s de Andrés Renón. - ¡Isabel! Lota estrechó entre sus brazos a su amiga. 1amás le ha· bía hablado así, y ella, discreta, jamás había preguntado. - ¡Y así lo adoré locamente! ¡Adoré sus manos, sus pa· sos, su voz, su cabello. . . y cuando en sus ojos asomó el amor, le entregué el alma entera! ¡Esa es la culpa porque me aborrezco! Sollozó de nuevo, enloquecida de dolor, disuelto en el ilanto su rencor, el odio que creía sentir, queriendo ahogar
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sola y :!esamparada, al cruzar frente al sitio donde mi :>adre halló la muerte, hice un juramento solemne ... -¿ Cuál. .·.? - Juré averiguar quién era el hombre que lo había arruinado que lo había hundiao er• la desesperación, que lo había impulsado tal vez hasta a mats.rse ... -¡No ... no ! . - Si, lo he negado siempre, lo ne¡..(u:~ con todas mis fu<'r· zas, hente a los que entonces la ·afirmaron, tenía que negarlo para defender la memoria de mi padre ; pero la espina que· dó clavada muy hondo, tan hondo, que la herida no cerrar{t jamás. El accidente de mi padre pudo ser voluntario . . . Y de su desesperación, de su iocura, un hombre tuvo la culpa : Andrés Renón; y e.e hombrt- triunfa, y sonríe, y no piensa ni siente remordimientos; y yo he procurado, con toda la ter· nura de mi corazón. . . hacerlo dichoso, y yo be deseado por encima de todo darle la felid dad y he olvidado por él a mi padre ... - ¡Nunca lo haa olvidado! - ¡Sí, Lola. . . cuando estudié, cuando me preparé a costa de los mayores sacrificios, tú sabes cómo, para entrar en las grandes oficinae, no tenía en realidad más que una sola intención, una sola idea: conocer :. todos los grandes comerciantes, a todos los grandes industriales, lo~ financieros ... buscar, investigar, hallar al que había arruinado y perdido a mi padre! ¡Conocer .a nuestro enemigo y vengarme de él; vengar aquel dolor, aquella muerte! - ¡Pero .. . qué locura ! - Quería saber ; me había propuesto averiguar; pero fren· te a Renón lo olvidé todo, todo. . . se desvaneció el pasado, se durmieron los sentimientos que habían sido mi vida hB!ta entonces, y el mundo ee volvió para mí tan pequeño que caf>ia entero en las pupilas grise.s de Andrés Renón. - ¡Isabel! Lota estrechó entre sus brazos a su amiga. 1amás le ha· bía hablado así, y ella, discreta, jamás había preguntado. - ¡Y así lo adoré locamente! ¡Adoré sus manos, sus pa· sos, su voz, su cabello. . . y cuando en sus ojos asomó el amor, le entregué el alma entera! ¡Esa es la culpa porque me aborrezco! Sollozó de nuevo, enloquecida de dolor, disuelto en el ilanto su rencor, el odio que creía sentir, queriendo ahogar
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en ,.,>ll "~zos la pn~ ión CJU!' fut'l'll'. dominad.)ra, estrujaba :01: corazón. -¡Pero tú no sabías nada ! - alegó cariñosa Lola- -. ,: Cómo pueo es :<~t~r c-ulpahle? ¿ Porque- sientes q ue todavi:t 1,. quieres? ¡Bien, el corazón no puede cambiar en un minuto .. . hay que ser lógicos! - ¡No. no, no debo q uererlo, no lo quiero ! i Mi voluntad no permitirá que lo quiera, que llore por él! - ¡ Peru, Isabel ita, y qué otra cosa estás haciendo! Lola cfejó caer las manos con gesto de desaliento, mientras Isabel ocultaba otra vez el rostro entre las manos, de· jando correr las lág rimas en silencio. - i Bien o mal, ha terminado para siempre ! --concluyú Isabel secando rabiosamente las lágrimas- . Dicho y hechn está todo de una vez. ¡Se acabó para mí, se acabó! i No volveré a verlo ! -Y, naturalmente, otra vez sin empleo . .. - Ya encontraré otra cosa que hacer. Acaso en tu m t ~ · ma tienda. - No, no, no te has quemado las pestañas estudiandc• para ir a ese matadero de los Almacenes El Globo. No ti• apures, aunque nos ha durado poco la abundancia tengo ul· gunos ahorros. Tod o se irá componiendo, ¡hay que vivir! - ¿ Vivir?, ¿ por qué ?, ¿ para qué ? Siempre oí decir esa frase. . . y ahora menos que nunca le encuentro el sentido. Estrada éntró al despacho de Renón y le entregó un grueso expediente. - - Aquí está lo que de::eaba: Raúl del Mar. La investigación está bastante completa. Se hizo hace unos dos años cuando usted mandó hacerla, y según veo, !le han seguido agre· gando papeles. Fríamente, como si se tratara de un negocio, Andrés exa · minó el fárrago de informes, datos y antecedentes alrededor del hombre a quien consideraba peligroso cómplice de Va· lentina. Era ya muy tarde ; por el enorme edificio silencioso sólo transitaban los mozos de la limpieza. Sólo ellos parecían trabajar febrilmente. Renón leyó todo con atención : padres, familia, posición, haciendo de vez en cuando algún sarcástico comentario. - ¡Ocupaciones .. . derroc~ar el poco dinero que le queda . . . ! Cuestiones económicas . . . claro, bienes hipotecado., ·. deudas . ..
El.
ENF.MICO
107
- Aspiraciones ... - leyó Estrada. Andrés detuvo su mano en aquel papel. - ;.Qur ¿Qué d ice'? - El señor del Mar ha solicitado reiteradamente un puesI n de agregado cultural a nuestra Embajada en París. Hasta uhora sin resultados de ninguna especie. - ¿ Y en el capítulo de las de4das? - ¡Debe casi diez mil pesos; aquí hay, además, otra nota: sin esa cantidad antes de tres meses, será muy difícil C(UC el señor del Mar pueda continuar en la situación de un perfecto caballero ! Renón sonr ió, satisfecho. - Bien, basta ; -:s todo cuanto necesitaba saber. Déme c•!ws papeles, y márchese, si quiere. - ¿Puedo hacer una pregunta, .señor Renón ? ---dijo Es· trada, con timidez. - ¡ Hágala, si tiene ese empeño! - ¿ Qué es lo que va usted a hacer con respecto a Isahe!? Perdóneme si le parezco indiscreto, impertinente, ¿pero por qué no me permitió ir tras ella, hablarle, convencerla, decirle al verdad? Sí, la verdad. Ya que la sabe a medias más vale que se entere de una vez. -¡ Nunca, Estrada, la q uiero demasiado, me importa demasiado! ¿No lo comprende usted? Quiero conquistarla, hacerla mía para siempre por encima de todo esto, por eso tomo el camino que parece más largo .. . - ¡Pero mientras ella no sepa la verdad, seguirá ahorre· ciéndolo ! - ¿Qué le vamos a hat'.er ? - ¿Se resigna usted a eso? - ¡Antes que a herirla, sí 1 Ya sé que no me entiende usted, Estrada, y sé también que no es fácil entenderme ... - Entiendo que es usted bueno y generoso con ella, pero al mismo tiempo la deja sufrir un desengaño cruel. - Nadie más lo siente que yo, se lo aseguro, pero todo se irá arreglando. Poco a poco iré hablando con ella, convenciéndola, buscando la forma según sus reacciones. - ¡Hablar con ella! ¿ Pero piensa usted que Isabel va a regresar a la oficina? Oh, ¿ ve usted cómo no la conoce? Elta no volverá, no volverá nunca, jamás podrá verla ni hablarle. -Vendrá mañana mismo, y si no viene, iremos a buecar· la. . . No piense ni por un momento que renuncio a ella ...
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- Aspiraciones ... - leyó Estrada. Andrés detuvo su mano en aquel papel. - ;.Qur ¿Qué d ice'? - El señor del Mar ha solicitado reiteradamente un puesI n de agregado cultural a nuestra Embajada en París. Hasta uhora sin resultados de ninguna especie. - ¿ Y en el capítulo de las de4das? - ¡Debe casi diez mil pesos; aquí hay, además, otra nota: sin esa cantidad antes de tres meses, será muy difícil C(UC el señor del Mar pueda continuar en la situación de un perfecto caballero ! Renón sonr ió, satisfecho. - Bien, basta ; -:s todo cuanto necesitaba saber. Déme c•!ws papeles, y márchese, si quiere. - ¿Puedo hacer una pregunta, .señor Renón ? ---dijo Es· trada, con timidez. - ¡ Hágala, si tiene ese empeño! - ¿ Qué es lo que va usted a hacer con respecto a Isahe!? Perdóneme si le parezco indiscreto, impertinente, ¿pero por qué no me permitió ir tras ella, hablarle, convencerla, decirle al verdad? Sí, la verdad. Ya que la sabe a medias más vale que se entere de una vez. -¡ Nunca, Estrada, la q uiero demasiado, me importa demasiado! ¿No lo comprende usted? Quiero conquistarla, hacerla mía para siempre por encima de todo esto, por eso tomo el camino que parece más largo .. . - ¡Pero mientras ella no sepa la verdad, seguirá ahorre· ciéndolo ! - ¿Qué le vamos a hat'.er ? - ¿Se resigna usted a eso? - ¡Antes que a herirla, sí 1 Ya sé que no me entiende usted, Estrada, y sé también que no es fácil entenderme ... - Entiendo que es usted bueno y generoso con ella, pero al mismo tiempo la deja sufrir un desengaño cruel. - Nadie más lo siente que yo, se lo aseguro, pero todo se irá arreglando. Poco a poco iré hablando con ella, convenciéndola, buscando la forma según sus reacciones. - ¡Hablar con ella! ¿ Pero piensa usted que Isabel va a regresar a la oficina? Oh, ¿ ve usted cómo no la conoce? Elta no volverá, no volverá nunca, jamás podrá verla ni hablarle. -Vendrá mañana mismo, y si no viene, iremos a buecar· la. . . No piense ni por un momento que renuncio a ella ...
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\
c_,RID.,D
BRAVO
ADAM'J
- ¿Pero, y la señora Renón? La situación es grave ... - La situación es altamente desagradable; pero contra eUa lucharemos. Recoja esos papeles y váyaee. Yo me quedaré todavía aquí. . . . Cuando Estrada lo dejó solo, Renón tomó el teléfono, comunicándose al Ministerio de Relaciones Exteriores. Pidió hablar con el Ministro en persona, y el funcionario no se hizo esperar cuando supo quién lo llamaba. Andrés conversó con él por espacio de unos segundos, y satisfecho 8e retiró del teléfono. Quedó pensativo un momento, y la bella y que· rida imagen de Isabel se presentó ante sus ojos, apartándolo de todo, sorbiéndole hasta el fondo del pensamiento. - Isabel - murmuró conmovido-. Tendrás que ser mía, contra todo, contra todos, porque me quieres y te adoro. Rápido, con gesto decisivo, se puso de pie, y salió. María Eugenia entró corriendo a la casa de Isabel. - Mamita - gritó--, ¿sabes que estoy muy contenta? Pero lo más bueno es que todo el día has estado aquí, con· migo . . . La dulce y linda pequeñuela, hija de Juan Luis, cmo con sus bracitos el cuello de Isabel, que acarició sus cabellos con aire triste y distraído. Luego, con la tiernamente capri · chosa tiranía de la infancia, María Eugenia trepó en las rodi· llas de la muchacha pensativa, y la obligó a prestarle aten · ción. - ¿Ya no ''as a ir nunca a la oficina? - preguntó. --Claro que iré. . . más adelante. . . cuando tenga otro empleo. . - ¿Ya no estás en aquel bueno, bueno, en que ganabu . mucho dinero? -No ... - ¿ Y por qué no ? - María Eugenia, las niñas no deben preguntar tanto ... - Antes me contestabas a todas las preguntas que te ha· . . . . o ya . . . . ¿ Que' te pasa ah ora.? ¿ Está's tnste , manuta cta, • no me qweres. . . ?. --Sí, te quiero. . . -replicó con ternura- , pero a veces la vida es amarga, y es mejor que las niñitas no sepan de esas amarguras ... - No te entiendo ...
l; l.
E ;'1 E P.t 1 ~ O
109
- Ojalá nunca tuvieras que entender esto, María Eugenia. Sin querer, las lágrimas habían mojado sus ojos ... las 11ecó rabiosa; luego besó los cabellos eedosos, la frente bella · y pura, las frescas mejillas de la pequeña, y la estrechó con· Ira su pecho, estremecida de amor y de dolor ... Juan Luis, viendo la puerta sin cerrar, habla entrado 11ilencioso. Isabel, al verlo, trató de disimular su estado de ñnimo; ya sabía el enamorado sin esperanza que Isabel ha(,ja tenido un disgusto en la casa Renón, pues Lola se lo tlijo, y después lo corroboró en la propia oficina, donde ya trabajaba. Estrada había preguntado insistentemente por IR muchacha, y al decirle él a Isabel esto, ella suplicó que si Esteban \'olvía a interrogarlo, le dijera que no pensaba volver a la oficina de Renón. Se negó, sin embargo, a e~plicar a Juan Luis el motiYo de su decisión, y le aconsejó que no fuera a perder él tonta· mente un buen empleo, tomando actitud de solidaridad con ella. Se bahía separado porque ya no se sentía a gusto ahí, no había nada que arreglar ni que explicar. -Quiere decirme que soy un entrometido, Isabel . . . se quejó Juan Luis. Ella, aún dominándose, se exasperó ante la insistencia del amigo, y replicó casi con violencia. - No quiero decirle nada más de lo que le he dicho; por favor, déjeme, Juan Luis ... déjeme. -Está usted muy nerviosa ... sufre al extremo de Óo poder contenerse, ·y para que una mujer como usted llegue u ese estado, alguna ofensa grave han debido de hacerle. Le aseguro que, por desgracia, no me sorprende; se lo dije a usted desde el primer día. ¡>orque desde el primer día lo estoy temiendo. . . y si Andrés Renón se ha atrevido a hablarle u usted de ... Isabel cortó, impaciente. -¡Por favor, basta! ¿A qué viene todo esto? ¡Lo que ha ocurirdo entre Andrés Renón y yo es absolutamente per· sonal, y no admito que nadie quiera averiguarlo! - ¡Gracias, Isabel! - respondió el propio Renón, entrLlll· do por la puerta que Juan Luis había dejado entreabierta. Sorprendidos, tanto la muchacha como su vecino, se volvieron. -Perdone. . . -siguió diciendo André&-, por tegunda ves llego a esta casa cuando no me esperan, y llego con la
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- ¿Pero, y la señora Renón? La situación es grave ... - La situación es altamente desagradable; pero contra eUa lucharemos. Recoja esos papeles y váyaee. Yo me quedaré todavía aquí. . . . Cuando Estrada lo dejó solo, Renón tomó el teléfono, comunicándose al Ministerio de Relaciones Exteriores. Pidió hablar con el Ministro en persona, y el funcionario no se hizo esperar cuando supo quién lo llamaba. Andrés conversó con él por espacio de unos segundos, y satisfecho 8e retiró del teléfono. Quedó pensativo un momento, y la bella y que· rida imagen de Isabel se presentó ante sus ojos, apartándolo de todo, sorbiéndole hasta el fondo del pensamiento. - Isabel - murmuró conmovido-. Tendrás que ser mía, contra todo, contra todos, porque me quieres y te adoro. Rápido, con gesto decisivo, se puso de pie, y salió. María Eugenia entró corriendo a la casa de Isabel. - Mamita - gritó--, ¿sabes que estoy muy contenta? Pero lo más bueno es que todo el día has estado aquí, con· migo . . . La dulce y linda pequeñuela, hija de Juan Luis, cmo con sus bracitos el cuello de Isabel, que acarició sus cabellos con aire triste y distraído. Luego, con la tiernamente capri · chosa tiranía de la infancia, María Eugenia trepó en las rodi· llas de la muchacha pensativa, y la obligó a prestarle aten · ción. - ¿Ya no ''as a ir nunca a la oficina? - preguntó. --Claro que iré. . . más adelante. . . cuando tenga otro empleo. . - ¿Ya no estás en aquel bueno, bueno, en que ganabu . mucho dinero? -No ... - ¿ Y por qué no ? - María Eugenia, las niñas no deben preguntar tanto ... - Antes me contestabas a todas las preguntas que te ha· . . . . o ya . . . . ¿ Que' te pasa ah ora.? ¿ Está's tnste , manuta cta, • no me qweres. . . ?. --Sí, te quiero. . . -replicó con ternura- , pero a veces la vida es amarga, y es mejor que las niñitas no sepan de esas amarguras ... - No te entiendo ...
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- Ojalá nunca tuvieras que entender esto, María Eugenia. Sin querer, las lágrimas habían mojado sus ojos ... las 11ecó rabiosa; luego besó los cabellos eedosos, la frente bella · y pura, las frescas mejillas de la pequeña, y la estrechó con· Ira su pecho, estremecida de amor y de dolor ... Juan Luis, viendo la puerta sin cerrar, habla entrado 11ilencioso. Isabel, al verlo, trató de disimular su estado de ñnimo; ya sabía el enamorado sin esperanza que Isabel ha(,ja tenido un disgusto en la casa Renón, pues Lola se lo tlijo, y después lo corroboró en la propia oficina, donde ya trabajaba. Estrada había preguntado insistentemente por IR muchacha, y al decirle él a Isabel esto, ella suplicó que si Esteban \'olvía a interrogarlo, le dijera que no pensaba volver a la oficina de Renón. Se negó, sin embargo, a e~plicar a Juan Luis el motiYo de su decisión, y le aconsejó que no fuera a perder él tonta· mente un buen empleo, tomando actitud de solidaridad con ella. Se bahía separado porque ya no se sentía a gusto ahí, no había nada que arreglar ni que explicar. -Quiere decirme que soy un entrometido, Isabel . . . se quejó Juan Luis. Ella, aún dominándose, se exasperó ante la insistencia del amigo, y replicó casi con violencia. - No quiero decirle nada más de lo que le he dicho; por favor, déjeme, Juan Luis ... déjeme. -Está usted muy nerviosa ... sufre al extremo de Óo poder contenerse, ·y para que una mujer como usted llegue u ese estado, alguna ofensa grave han debido de hacerle. Le aseguro que, por desgracia, no me sorprende; se lo dije a usted desde el primer día. ¡>orque desde el primer día lo estoy temiendo. . . y si Andrés Renón se ha atrevido a hablarle u usted de ... Isabel cortó, impaciente. -¡Por favor, basta! ¿A qué viene todo esto? ¡Lo que ha ocurirdo entre Andrés Renón y yo es absolutamente per· sonal, y no admito que nadie quiera averiguarlo! - ¡Gracias, Isabel! - respondió el propio Renón, entrLlll· do por la puerta que Juan Luis había dejado entreabierta. Sorprendidos, tanto la muchacha como su vecino, se volvieron. -Perdone. . . -siguió diciendo André&-, por tegunda ves llego a esta casa cuando no me esperan, y llego con la
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CARIDAD
BRAVO
ADA ~{s
miama súplica: hablar un momento a solas con usted, de maDera que le ruego a este señor . .-;
¡.,
Miró casi desafiante a Juan Lui&, que frente a él palideció de rabia. Un poco asustada. María Eugenia se bahía lanzado a los brazos de su padre. Isabel se irguió, y respondió aeca y terminante. -Esta vez no hablaremoa, señor Renón. Todo lo que teníamos que decirnos fue dicho ya. Le ruego que se marche. -¿Me echa usted, Isabel? - Renón no pudo menos que sorprenderse. - lbamos a salir, ¿verdad, Juan Luis? Por lo tanto, no lo echo, queda usted en su casa. Cuando guste irse, tenga la bondad de cerrar la puerta ... E Isabel tomó del brazo a Juan Luis, empujándolo al mismo tiempo; oprimió nerviosa la mano de María Eugenia que estaba de nuevo en el suelo y los tres cruzaron ante Renón, alejándose por el pasillo, rápidamente. Andrés quedó solo en la salita, mientras en su rostro se pintaba la sorpresa, la ira, el desconcierto, viéndolos alejarse en aquella especie de grupo fam iliar que le crispó los nervios, que le encendió la sangre. Súbitamente se contuvo; examinó con curiosidad los muebles modesto&, laa cortinas de telas baratas, las litografías que adornaban las parede$, todo el humilde conjunto que formaba, sin embargo, un ambiente sencillo, cordial. grato. En el aire aún flotaba el suave aroma de Isabel, de su fresco perfume a flor, y tras la cortina transparente, blanca como un copo de nieve, se veía la alcoba pulcra, con muchos libros y un ramo de flores en un florero barato. La ira de Renón desapareció para dar paso a una tristeza suave, llena de nostalgia, y también de una esperanza dolorosa que te agarraba a aquellas paredes donde ella vivía, donde ella alentaba; la terca y tenaz esperanza de lograr cuanto quería, aiempre viva en su corazón de hombre de lucha. Así, inmóvil, en medio de la sala, lo encontró Lola, la tercera persona que entraba, lélrJlrendida al hallar su puerta abierta. Pero, nat:.aralmenle, te torprt'lndió máa al ver a Andrés Renón, solo, ahl. Apenaa pudo saludarlo. Lo veía, y no lo creía. Si se hubiera atrevido, habria palpado con sus manos el cuerpo alto, que tan hermo10 le parecía, para cerciorarse de que en efecto, era H en carne y hueso. - 1Ulled 1 - murmuró sin salir de su a!JOmbro--. ¿Cómo • que eetá aquí? ¿Cómo pudo entrar ... ?
1•: 1.
ENEIIfiCO
lll
- Por la puerta, que estaba abierta, como la encontró - respondió con senciliez, ya recuperado el dominio de ~~~!\ nervios- . ¿No ha visto a Isabel en la escalera? - No .. . pero siempre entro por la otra puerta, la que da 11 In calle de atrás ... ¿Entonces, la ha visto usted a ella? _ - Cuando llegué estaba aquí, pero salió con ese tipo de l1t otra tarde y la niñita que estaba en el circo con ustede~~. - ¿Pero Isabel lo ha dejado aquí? - Lola, atónita, lo .,,iró dudosa. - Sí, parece ser que la salida era muy urgente; pero 4'•>mo hablar con ella lo es también para mí, he decidido es· perarla, tarde el tiempo que tarde, si es que no molesto ... t l " este último caso, aguardaré en el pasillo . . . dígamelo con frnnqueza ... - ¡No, por Dios! ¡Siéntese! Pero le advierto que Isabel "" quiere verlo ni oírlo, y supongo que sabrá usted toda la mzón que tiene . .. - Toda la razón que cree tener, que no es lo mismo~Ir i ~ió Andrés. - ¿Entonces niega usted? - Lola. esperanzada, sonrió. - No niego nada, ya veo que está usted al tanto de todo. - j Cómo no iba a estarlo, después de lo que vino a ded r aquí su esposa, señor Renón ! - Ah . . . vino aquí Valentina . . . j se atrevió a hacerlo! -Oh, sí, tranquilamente, en esta casa todo el mundo se 11lreve; parece que no pagamos el alquiler - Lola volvió a •onreir, pero Andrés no estaba para bromas--. Isabel al prinnlpio no quiso creerla, no podía creer que usted fuera caJlftZ de. . . bueno, de esto tan feo. - ¡Dolores! - ¡Caramba, recuerda mi nombre! - Nunca olvido un nombre que me interesa: ¡Dolores l'í·rez, Almacenes El Globo, sección de juguetería! - ¡Ojalá siguiera ahí .. . empleada suplente para el de· pttrtamento donde hay más trabajo! - Sé hasta su sueldo . . . y pienso que no supondrán que van a vivir con él Isabel y usted, indefinidamente; quiero tlf'ltlir, huta que ella encuentre otro empleo ... Dolores se molestó y manifestó su violencia . . . Renón l11 aseguró que sólo deseaba ser amigo suyo. Habló como sa· dijo a Lola hlo hablar cuando quería, con su voz insinuante, ,...
111<h · d
110
CARIDAD
BRAVO
ADA ~{s
miama súplica: hablar un momento a solas con usted, de maDera que le ruego a este señor . .-;
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Miró casi desafiante a Juan Lui&, que frente a él palideció de rabia. Un poco asustada. María Eugenia se bahía lanzado a los brazos de su padre. Isabel se irguió, y respondió aeca y terminante. -Esta vez no hablaremoa, señor Renón. Todo lo que teníamos que decirnos fue dicho ya. Le ruego que se marche. -¿Me echa usted, Isabel? - Renón no pudo menos que sorprenderse. - lbamos a salir, ¿verdad, Juan Luis? Por lo tanto, no lo echo, queda usted en su casa. Cuando guste irse, tenga la bondad de cerrar la puerta ... E Isabel tomó del brazo a Juan Luis, empujándolo al mismo tiempo; oprimió nerviosa la mano de María Eugenia que estaba de nuevo en el suelo y los tres cruzaron ante Renón, alejándose por el pasillo, rápidamente. Andrés quedó solo en la salita, mientras en su rostro se pintaba la sorpresa, la ira, el desconcierto, viéndolos alejarse en aquella especie de grupo fam iliar que le crispó los nervios, que le encendió la sangre. Súbitamente se contuvo; examinó con curiosidad los muebles modesto&, laa cortinas de telas baratas, las litografías que adornaban las parede$, todo el humilde conjunto que formaba, sin embargo, un ambiente sencillo, cordial. grato. En el aire aún flotaba el suave aroma de Isabel, de su fresco perfume a flor, y tras la cortina transparente, blanca como un copo de nieve, se veía la alcoba pulcra, con muchos libros y un ramo de flores en un florero barato. La ira de Renón desapareció para dar paso a una tristeza suave, llena de nostalgia, y también de una esperanza dolorosa que te agarraba a aquellas paredes donde ella vivía, donde ella alentaba; la terca y tenaz esperanza de lograr cuanto quería, aiempre viva en su corazón de hombre de lucha. Así, inmóvil, en medio de la sala, lo encontró Lola, la tercera persona que entraba, lélrJlrendida al hallar su puerta abierta. Pero, nat:.aralmenle, te torprt'lndió máa al ver a Andrés Renón, solo, ahl. Apenaa pudo saludarlo. Lo veía, y no lo creía. Si se hubiera atrevido, habria palpado con sus manos el cuerpo alto, que tan hermo10 le parecía, para cerciorarse de que en efecto, era H en carne y hueso. - 1Ulled 1 - murmuró sin salir de su a!JOmbro--. ¿Cómo • que eetá aquí? ¿Cómo pudo entrar ... ?
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- Por la puerta, que estaba abierta, como la encontró - respondió con senciliez, ya recuperado el dominio de ~~~!\ nervios- . ¿No ha visto a Isabel en la escalera? - No .. . pero siempre entro por la otra puerta, la que da 11 In calle de atrás ... ¿Entonces, la ha visto usted a ella? _ - Cuando llegué estaba aquí, pero salió con ese tipo de l1t otra tarde y la niñita que estaba en el circo con ustede~~. - ¿Pero Isabel lo ha dejado aquí? - Lola, atónita, lo .,,iró dudosa. - Sí, parece ser que la salida era muy urgente; pero 4'•>mo hablar con ella lo es también para mí, he decidido es· perarla, tarde el tiempo que tarde, si es que no molesto ... t l " este último caso, aguardaré en el pasillo . . . dígamelo con frnnqueza ... - ¡No, por Dios! ¡Siéntese! Pero le advierto que Isabel "" quiere verlo ni oírlo, y supongo que sabrá usted toda la mzón que tiene . .. - Toda la razón que cree tener, que no es lo mismo~Ir i ~ió Andrés. - ¿Entonces niega usted? - Lola. esperanzada, sonrió. - No niego nada, ya veo que está usted al tanto de todo. - j Cómo no iba a estarlo, después de lo que vino a ded r aquí su esposa, señor Renón ! - Ah . . . vino aquí Valentina . . . j se atrevió a hacerlo! -Oh, sí, tranquilamente, en esta casa todo el mundo se 11lreve; parece que no pagamos el alquiler - Lola volvió a •onreir, pero Andrés no estaba para bromas--. Isabel al prinnlpio no quiso creerla, no podía creer que usted fuera caJlftZ de. . . bueno, de esto tan feo. - ¡Dolores! - ¡Caramba, recuerda mi nombre! - Nunca olvido un nombre que me interesa: ¡Dolores l'í·rez, Almacenes El Globo, sección de juguetería! - ¡Ojalá siguiera ahí .. . empleada suplente para el de· pttrtamento donde hay más trabajo! - Sé hasta su sueldo . . . y pienso que no supondrán que van a vivir con él Isabel y usted, indefinidamente; quiero tlf'ltlir, huta que ella encuentre otro empleo ... Dolores se molestó y manifestó su violencia . . . Renón l11 aseguró que sólo deseaba ser amigo suyo. Habló como sa· dijo a Lola hlo hablar cuando quería, con su voz insinuante, ,...
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112 CARID .- \D
BRAVO
ADA.VS
que en su rostro veía que era una persona decente; pero ella no parecía dispuesta a dejarse convencer. - Menos mal -replicó--, porque en cambio, hay caras que engañan, hombres que parecen decentísimos y qúe, sin embargo ... Renón no se alteró por la alusión tao directa.
- Y que, sin embargo, pueden verse obligados a dejar
que u.o enemigo en desgracia caiga en la ruina. Eso es de todo lo que pueden acusarme.
- Desde luego. . . ya sabemos que la Banca Renón nunca fue una casa de beneficencia ; pero, aparte de eso, este caso es diferente; usted no ha hecho nada contra la ley, la propia Isabel le ha perdonado la muerte de Valcárcel, por ejemplo; pero ni la hija de Valcárcel puede perdonar a usted, ni Isabel puede mirarlo más que como a un enemigo. No espere de ella otra cosa, señor Renón, se lo digo lealmente, sinceramente. Le estoy hablando como usted quería que hablara, como amiga. -5i Isabel me escuchara, tendría que comprenderme. Yo entonces no la conocía, todo era para mí diferente. . . mi vida era otra, mis sentimientos otros. Yo no quiero que Isabel y yo hablemos sobre lo que pasó con su padre, pero <'reo tener razones suficientes para que ella lo acepte todo tal como fue, tal como tuvo que ser. -Esas cosas no se aceptan ... y le diré más: Isabel no regresará mientras vea su automóvil a la puerta. Renón decidió entonces llevar su auto a la caUe de atrás de la casa. Lola advirtió que no engañaría a Isabel, pero al !in aceptó callar por unos minutos. Andrés estaba seguro de que si la joven lo escuchaba, cedería ; Lola todavía alegó que Renón procedía como si su esposa no existiera. El se encogió de hombros, sin dar importancia a la observación. - Un poco de paciencia - pidió--. Primero tengo que hablar c:on l11abel . .. Salió con Renia ciClCJra:
8U
paso rápido; y minutos después María Eu.
·Ya ee fue el automóvil del señor guapo, mamita ... Juan Luis frunció con disgusto el entrecejo mirando a eu hija, mientras Isabel se ponía de pie para mirar sobre las cortinillas que velaban los cristales del pequeño café situado caai enfrente de su casa.
t•: l.
F: N F. M 1 G O
u :~
- Efectivamente, Renón se ha ido --dijo volviéndose ~~
lunu Luis-. Podemos volver. - Todavía no he acabado de tomarme mi helado - pro-
,,.,.IÚ la niña.
- Tu papá se quedará acompañándote. - Pero, Isabel, ¿qué va ~ hacer allá arriba? ¿Encerrar~·· en sus preocupaciones? · Quédese unos minutos más aquí, ' " " nosotros. - No tengo preocupaciones, Juan Luis. Simplemente dejé un empleo que ya no me interesa y no quiero volver a él. Yu ve usted que nada ha pasado, desde el momento en que •1l t!Cñor Renón se digna venir a mi casa. - Pues eso es prec isame~te lo extraordinario ; mucho 1ione usted que interesar le para que un hombre como él se Inane esa molestia. - Está bien, no es asunto que deseo tratar. Creo que •·un que no me interese él a mi, es suficiente. Juan Luis sonrió. - Ya lo creo. . . ¡para mí es más que suficiente, pa1·a •uí es la gloria, Isabel ! Pero no quiero consentir que él la 11 i ~ u molestando .. . - Yo soy quien lo consiente o no lo consiente, Juan l.uis --dijo suavemente pero con todo decisivo. Se levantó y Juan Luis tuvo que aceptar que no tenía ningún derecho para inmiscuirse en los asuntos de la joven; ..tlu habló todavía unos instantes, no queriendo ofenderlo, pero deseosa de hacerle comprender que no admitía que natl ie la aconsejara. -Usted es un empleado de Renón, Juan Luis; tiene, por fin., un buen empleo. No importa que ni siquiera se haya rnterado él, que haya pasado cien veces .por la mesa donde 11 uhaja sin verle la cárn, como usted dice; de todos modos, ,.,. mejor para usted, así no tiene que ocuparse más que de 1111 trabajo. Piense en el porvenir de María Eugenia, y siga 11in buscarse contratiempos, ¡se lo ruego! Juan Luís hizo un gesto de resignación. - ¡Está bien, supongo que no debo decir una palabra 111ás! · - Ni una, ¿para qué? - Isabel sonrió con suavidad- . Quédese con la nena y más tarde mándela para que cene con nosotras. Creo que Dolores ha ~echo torta de ciruelas ...
...
112 CARID .- \D
BRAVO
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que en su rostro veía que era una persona decente; pero ella no parecía dispuesta a dejarse convencer. - Menos mal -replicó--, porque en cambio, hay caras que engañan, hombres que parecen decentísimos y qúe, sin embargo ... Renón no se alteró por la alusión tao directa.
- Y que, sin embargo, pueden verse obligados a dejar
que u.o enemigo en desgracia caiga en la ruina. Eso es de todo lo que pueden acusarme.
- Desde luego. . . ya sabemos que la Banca Renón nunca fue una casa de beneficencia ; pero, aparte de eso, este caso es diferente; usted no ha hecho nada contra la ley, la propia Isabel le ha perdonado la muerte de Valcárcel, por ejemplo; pero ni la hija de Valcárcel puede perdonar a usted, ni Isabel puede mirarlo más que como a un enemigo. No espere de ella otra cosa, señor Renón, se lo digo lealmente, sinceramente. Le estoy hablando como usted quería que hablara, como amiga. -5i Isabel me escuchara, tendría que comprenderme. Yo entonces no la conocía, todo era para mí diferente. . . mi vida era otra, mis sentimientos otros. Yo no quiero que Isabel y yo hablemos sobre lo que pasó con su padre, pero <'reo tener razones suficientes para que ella lo acepte todo tal como fue, tal como tuvo que ser. -Esas cosas no se aceptan ... y le diré más: Isabel no regresará mientras vea su automóvil a la puerta. Renón decidió entonces llevar su auto a la caUe de atrás de la casa. Lola advirtió que no engañaría a Isabel, pero al !in aceptó callar por unos minutos. Andrés estaba seguro de que si la joven lo escuchaba, cedería ; Lola todavía alegó que Renón procedía como si su esposa no existiera. El se encogió de hombros, sin dar importancia a la observación. - Un poco de paciencia - pidió--. Primero tengo que hablar c:on l11abel . .. Salió con Renia ciClCJra:
8U
paso rápido; y minutos después María Eu.
·Ya ee fue el automóvil del señor guapo, mamita ... Juan Luis frunció con disgusto el entrecejo mirando a eu hija, mientras Isabel se ponía de pie para mirar sobre las cortinillas que velaban los cristales del pequeño café situado caai enfrente de su casa.
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F: N F. M 1 G O
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- Efectivamente, Renón se ha ido --dijo volviéndose ~~
lunu Luis-. Podemos volver. - Todavía no he acabado de tomarme mi helado - pro-
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- Tu papá se quedará acompañándote. - Pero, Isabel, ¿qué va ~ hacer allá arriba? ¿Encerrar~·· en sus preocupaciones? · Quédese unos minutos más aquí, ' " " nosotros. - No tengo preocupaciones, Juan Luis. Simplemente dejé un empleo que ya no me interesa y no quiero volver a él. Yu ve usted que nada ha pasado, desde el momento en que •1l t!Cñor Renón se digna venir a mi casa. - Pues eso es prec isame~te lo extraordinario ; mucho 1ione usted que interesar le para que un hombre como él se Inane esa molestia. - Está bien, no es asunto que deseo tratar. Creo que •·un que no me interese él a mi, es suficiente. Juan Luis sonrió. - Ya lo creo. . . ¡para mí es más que suficiente, pa1·a •uí es la gloria, Isabel ! Pero no quiero consentir que él la 11 i ~ u molestando .. . - Yo soy quien lo consiente o no lo consiente, Juan l.uis --dijo suavemente pero con todo decisivo. Se levantó y Juan Luis tuvo que aceptar que no tenía ningún derecho para inmiscuirse en los asuntos de la joven; ..tlu habló todavía unos instantes, no queriendo ofenderlo, pero deseosa de hacerle comprender que no admitía que natl ie la aconsejara. -Usted es un empleado de Renón, Juan Luis; tiene, por fin., un buen empleo. No importa que ni siquiera se haya rnterado él, que haya pasado cien veces .por la mesa donde 11 uhaja sin verle la cárn, como usted dice; de todos modos, ,.,. mejor para usted, así no tiene que ocuparse más que de 1111 trabajo. Piense en el porvenir de María Eugenia, y siga 11in buscarse contratiempos, ¡se lo ruego! Juan Luís hizo un gesto de resignación. - ¡Está bien, supongo que no debo decir una palabra 111ás! · - Ni una, ¿para qué? - Isabel sonrió con suavidad- . Quédese con la nena y más tarde mándela para que cene con nosotras. Creo que Dolores ha ~echo torta de ciruelas ...
...
"'-.;
l • 1,
114
CARIDAD
BRAVO
115
F. N E M 1 C (.
ADA\fS
\
- ¡Oh, qué bueno, mamila! -terció María Eugenia, con la boca llena de crema-. Iré, sí, iré . . . Forzó Isabel una sonrisa de despedida, queriendo . ser cordial, y cruzó la avenida, la triste avenida de arrabal, casi desierta. Triste, paladeando sus amargos pensamientos, comenzó a subir las largall escaleras, pero al desembocar en el pasillo, se tropezó con Andrés. - j Isabel! -murmuró él con una voz que la hizo estre· mecer; pero en el acto, reaccionando, dio un paso hacia atrás. - ¡ Usted . . . es el colmo! ---i:xclamó disgustada, comprendiendo demasiado tarde el ardid de que él se había valido para engañarla y sorprenderla. - ¡Perdón! -pidió Andrés mirándola intensamente-. Pero necesito hablarte de todas maneras. - ¿Pero qué se ha creído? ¿A qué viene eso de hablarme de tú . . . su tono y su gesto ... ? ¡Retírese! Pero Andrés no retrocedió. Apasionado, oprimió entre lu suyas las manos de Isabel, mientras agregaba. - ¡A que te quiero ... a que sé que me quieres, a que ea absolutamente preciso que nos pongamos de acuerdo de una vez! Estamos entre enemigos de los que tenemos que defendemos, o destrozarán nuestros sentimientos, nuestro amor. - ¡Nuestro amor! -repitió ella luchando por librarse de la presión-. ¡Está usted loco. . . déjeme! -¡No te irás, no ... tienes que oírme, tienes que enten· der mis razones, tienes que sentir como yo siento, que nuestro amor está por encima de todo y lo sentirás, Isabel! La atrajo hacia él, mientras la envolvía en la onda de cálida emoción que brotaba de su voz, de sus ojos, del contacto de su piel, de la fuerza de BUs sentimientos. ¡Qué difícil era para ella rechazarlo cuando estaba tan cerca! j Cómo latía su asustado corazón y trataban en vano de huir sus pupUu de lu de él, a la vez dominadoras y suplicantes! - ¡Te quiero, Isabel! -murmuró a su oído-. ¿No es nada eso para ti? - ¡Antes pudo serlo todo. . . ahora . . . ! - ¡Ahora ea igual que antes! -cortó él con vehemencia- . Puesto que nada ha cambiado respecto a nuestros mutuos sentimientos. - ¿Qué sabe usted de los míos para hablar de esa ma-
'",rn? - inquirió ella logrando reaccionar 1111
d., él.
UD
poco y eeparar-
- ¡Sé la vr:rdad, la divina verdad, que a pesar tuyo e!l· de tus lahios, ayer! No lo nieguea, no puedes desmen11• •··· ¡Fue el ~rito del alma, que yo sentí traspasándom!! tQ· '' " · .. inundándome de una luz.nueva! ¡Me quieres, procuras· ' " mi dicha, deseaste hacerme feliz, comprendiste la soledad ,,,, mi alma, como nadie jamás bahía logrado comprenderla! - ¡Oh, hasta! --exclamó ella, queriendo ser dura. - No, no basta. Déjame decirlo todo, Isabel. . . tú baJ •~• e al fondo de mi conciencia, al fondo de mi corazón, rlu11tle todo era sombra y frialdad, para inundarlo como inun· .1,. el sol e~ calabozo sombrío ... ¿es que DO recuerd4$ cada 11110 de nuestros minutos juntos,; cada una de nuestras palal••nll, cada uno de nuestros silencios ? ¿Es que vas a negar •tu o si nuestros labios no se han besado en cambio nuestros "jos lo han hecho muchas, muchas veces? ¿Es que no nos lu•mos mtregado el alma? - Aunque así hubiera sido, ya no importa -dijo dla • .... r.3fuerzo-; no importa lo que fue, desde el momento 1111 que no volverá a ser ... - Te engañas. . . ¡el cuerpo puede entregarse muchas ,,,.,.,:s, el alma no se entrega más que una sola vez! - Es posible, pero el alma también muere. - No muere mientras hay voluntad y esperanza. - Para mí todo ha terminado. - ¡No, no es cierto ... No hay sobre la tierra un ser humano cuya voluntad alcance para eso! ¡Ni tú ni nadie puede cambiar su corazón así! Ah. . . si se pudiera, qué fá· ··11, qué sencillo resultaría todo .. . ¡me bastaría con ordenar· lll al mío: ama a Valentina, apasiónate de ella . . . adórala! ¡()ué más quisiera yo, Isabel, que poder hacerlo! No está en mi poder, ni en el de nadie. Como no está en el poder de 11ndie arrancarse del alma un sentimiento como el que tú me Inspiras, como el que yo te inspiro a ti . .. Hablaba con angustia contenida ; no había pretendido de uuevo tomarla en sus brazos, permanecía inmóvil, pero Isabel no se atrevía a huir, sentía ella · también la necesidad de hahlar, de verlo, aunque fuera como en ese momento, decidida a perderlo, pero como si quisiera prolongar indefinidamente ,.¡ instante de la separación.
l'n¡tb
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l • 1,
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- ¡Oh, qué bueno, mamila! -terció María Eugenia, con la boca llena de crema-. Iré, sí, iré . . . Forzó Isabel una sonrisa de despedida, queriendo . ser cordial, y cruzó la avenida, la triste avenida de arrabal, casi desierta. Triste, paladeando sus amargos pensamientos, comenzó a subir las largall escaleras, pero al desembocar en el pasillo, se tropezó con Andrés. - j Isabel! -murmuró él con una voz que la hizo estre· mecer; pero en el acto, reaccionando, dio un paso hacia atrás. - ¡ Usted . . . es el colmo! ---i:xclamó disgustada, comprendiendo demasiado tarde el ardid de que él se había valido para engañarla y sorprenderla. - ¡Perdón! -pidió Andrés mirándola intensamente-. Pero necesito hablarte de todas maneras. - ¿Pero qué se ha creído? ¿A qué viene eso de hablarme de tú . . . su tono y su gesto ... ? ¡Retírese! Pero Andrés no retrocedió. Apasionado, oprimió entre lu suyas las manos de Isabel, mientras agregaba. - ¡A que te quiero ... a que sé que me quieres, a que ea absolutamente preciso que nos pongamos de acuerdo de una vez! Estamos entre enemigos de los que tenemos que defendemos, o destrozarán nuestros sentimientos, nuestro amor. - ¡Nuestro amor! -repitió ella luchando por librarse de la presión-. ¡Está usted loco. . . déjeme! -¡No te irás, no ... tienes que oírme, tienes que enten· der mis razones, tienes que sentir como yo siento, que nuestro amor está por encima de todo y lo sentirás, Isabel! La atrajo hacia él, mientras la envolvía en la onda de cálida emoción que brotaba de su voz, de sus ojos, del contacto de su piel, de la fuerza de BUs sentimientos. ¡Qué difícil era para ella rechazarlo cuando estaba tan cerca! j Cómo latía su asustado corazón y trataban en vano de huir sus pupUu de lu de él, a la vez dominadoras y suplicantes! - ¡Te quiero, Isabel! -murmuró a su oído-. ¿No es nada eso para ti? - ¡Antes pudo serlo todo. . . ahora . . . ! - ¡Ahora ea igual que antes! -cortó él con vehemencia- . Puesto que nada ha cambiado respecto a nuestros mutuos sentimientos. - ¿Qué sabe usted de los míos para hablar de esa ma-
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poco y eeparar-
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C:\RID.\0
ER\ VO
ADAMS
-Cuando un sentimiento nos avergüenza, ~uando lo con· sideramos indigno, cuando con él nos j;entimo, traidores y desleales a los nuestros, hay que saber ar-rancarlo hasta las raíces, aunque s~ngre el corazón al hacerlo. . . - Hizo una pausa, y prosiguió con lentitud, pero al mismo tiempo con vehemencia- . Mi más puro, mi más noble sen~imiento, el culto de mi corazón y de mi vida era mi padre . . . ¿entiende usted? ¡Mi padre! El él se mezclan todos mis ret~uerdos de niña, todos mis sueños de adolescente, toda mi dignidad de ser humano. Todo mi orgullo de mujer. Mi padre so1po serlo todo para mí: madre amorosa, guía, compañero, cvnfidente de mis pequeñas cuitas. . . De sus manos recibí tod(,. . . de su mano di los primeros pasos, él me enseñó a hablar, ... leer, a escribir. . . guió mis dedos de pequeña sobre las teclar dt'l piano y sobre los cuadernos de la escuela. Sus manos ...,e colocaron por primera vez sobre el lomo de un caballo, : me sostuvieron sobre el agua, enseñándome a dominar olas y corrientes, a cazar, a pescar y a disparar las armas de fue· go. . . y a reírme en vez de llorar cuando caía, y a amar la vida; sí, me enseñó a amar la vida, y a vivirla dignament-:. Todo lo que yo soy, todo lo que usted ama en mí, es de él. .. a él se lo debo todo ... - Lo sé, Isabel, pero es preciso ... Ella cortó su frase, agregando con dureza, esta vez sincera. - ¡Y también me enseñó a ser leal, y no podría orerlo traicionando su memoria y su recuerdo! ¡Déjeme asted, An· drés . . . déjeme para siempre! Con verdadero esfuerzo , Isabel se encaminó a la puerta de su casa. El la detuvo de nuevo, más decidido, más apasionado, acaso más desesperado ante la idea de perderla. -Todo eso puede ser verdad, ni lo discuto pi lo niego; pero hay otra verdad, también, que es la que yo le ofrezco, otra verdad tan fuerte, tan respetable como esa que ha dicho usted. . . - había vuelto a hablarle de usted, casi sin darse cuenta-; sé que no puede ser desleal a la memoria de su padre, ¿pero debe acaso ser desleal a su corazón, a sus sentimientos, a ese soplo divino que nos movió uno hacia el otro, sin que nos detuviera la diferencia de ideas, de criterio, de posición? ¡No, Isabel! Nuestro amor también es algo respetable, algo que también merece que usted se detenga a pensar un momento en él ...
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- Demasiado he pensado, y luchado. . • pero al fin be "••ncido, al fin puedo decirlo claramente, rotundamente: An' lo (.,.., usted no es más que mi enemigo; al que mi padre llamó ¡, ~¡. ul que yo no podré llamar nunca de otra manera ... - No se aferre a esa idea, permítame razonar, razone 1111lt:d también .•. supongamos que ~aya habido culpa en mí ... - Suponer, ¿solamente? -dijo ella con dolorosa ironía. - Hablaré de otro modo: supongamos que es una culpa ''" omisión en mí, no haber ayudado a su padre ... Enton' ··~ para mí no era su padre, Isabel; era uno más de los ollontos, de los miles de hombres con quienes lucho a brazo ruortido, en esta diaria batalla feroz de la guerra financiera; ~u po ngamos que yo hubiera podido tener entonces una piellncl, que hasta hace muy poco me fue desconocida ; y que, ,.¡ he de serie sincero, aún me ·lo es ... porque no creo en la plo:dad, más que cuando estoy cerca de usted. Es usted la 'ruc tiene la facultad de abrir mis ojos y mi corazón a ese 104•ntimiento ... y si usted me deja, si me abandona, volverá n cerrarse mi co~:azón, también ... - ¿Qué pretende decirme con eso? - Espere. . . -pidió ansioso-, sin querer le he dicho '! "e por usted, yo puedo cambiar, yo puedo ser ganado para In causa de sus ideas, pero no era eso lo que pretendía decir .. . !le trata de algo más hondo, más íntimo, más nuestro .. . 1M) trata de que mi amor nació después de esa culpa, real c. Imaginaria, se trata de que el hombre que la ha querido a usted, el hombre que la quiere, no es el mismo Renón que hoce dos años no supo tener piedad de un comerciante ga· nadero, ni salvar su situación con un gesto de altruísmo. - Pero mi padre no dijo eso, mi padre me dijo bien claro refiriéndose al viejo usurero de mi pueblo: no es ·.ese nú enemigo, hija ... mi enemigo es otro, más fuerte, más poderoso, más implacable, y al decirlo le temblaba la voz, los labios, no sé si de angustia o de miedo. . . ¡Nunca podré olvidar aquellos momentos, jamás los olvidaré ... jamás po· clré perdonarlo, Andrés! - ¿Ni aun oyendo que te quiero con toda el alma, Isabel? ¿Qué importa lo que fue, si al conocerte puedo decirte •tue he empezado a vivir realmente? ¡Borra el pasado, arrÁD· calo ! ¡Piensa que sólo existimos tú y yo sobre la tierra ... para estrecharte entre mia bruos como ahora te eatrecho,
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C:\RID.\0
ER\ VO
ADAMS
-Cuando un sentimiento nos avergüenza, ~uando lo con· sideramos indigno, cuando con él nos j;entimo, traidores y desleales a los nuestros, hay que saber ar-rancarlo hasta las raíces, aunque s~ngre el corazón al hacerlo. . . - Hizo una pausa, y prosiguió con lentitud, pero al mismo tiempo con vehemencia- . Mi más puro, mi más noble sen~imiento, el culto de mi corazón y de mi vida era mi padre . . . ¿entiende usted? ¡Mi padre! El él se mezclan todos mis ret~uerdos de niña, todos mis sueños de adolescente, toda mi dignidad de ser humano. Todo mi orgullo de mujer. Mi padre so1po serlo todo para mí: madre amorosa, guía, compañero, cvnfidente de mis pequeñas cuitas. . . De sus manos recibí tod(,. . . de su mano di los primeros pasos, él me enseñó a hablar, ... leer, a escribir. . . guió mis dedos de pequeña sobre las teclar dt'l piano y sobre los cuadernos de la escuela. Sus manos ...,e colocaron por primera vez sobre el lomo de un caballo, : me sostuvieron sobre el agua, enseñándome a dominar olas y corrientes, a cazar, a pescar y a disparar las armas de fue· go. . . y a reírme en vez de llorar cuando caía, y a amar la vida; sí, me enseñó a amar la vida, y a vivirla dignament-:. Todo lo que yo soy, todo lo que usted ama en mí, es de él. .. a él se lo debo todo ... - Lo sé, Isabel, pero es preciso ... Ella cortó su frase, agregando con dureza, esta vez sincera. - ¡Y también me enseñó a ser leal, y no podría orerlo traicionando su memoria y su recuerdo! ¡Déjeme asted, An· drés . . . déjeme para siempre! Con verdadero esfuerzo , Isabel se encaminó a la puerta de su casa. El la detuvo de nuevo, más decidido, más apasionado, acaso más desesperado ante la idea de perderla. -Todo eso puede ser verdad, ni lo discuto pi lo niego; pero hay otra verdad, también, que es la que yo le ofrezco, otra verdad tan fuerte, tan respetable como esa que ha dicho usted. . . - había vuelto a hablarle de usted, casi sin darse cuenta-; sé que no puede ser desleal a la memoria de su padre, ¿pero debe acaso ser desleal a su corazón, a sus sentimientos, a ese soplo divino que nos movió uno hacia el otro, sin que nos detuviera la diferencia de ideas, de criterio, de posición? ¡No, Isabel! Nuestro amor también es algo respetable, algo que también merece que usted se detenga a pensar un momento en él ...
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- Demasiado he pensado, y luchado. . • pero al fin be "••ncido, al fin puedo decirlo claramente, rotundamente: An' lo (.,.., usted no es más que mi enemigo; al que mi padre llamó ¡, ~¡. ul que yo no podré llamar nunca de otra manera ... - No se aferre a esa idea, permítame razonar, razone 1111lt:d también .•. supongamos que ~aya habido culpa en mí ... - Suponer, ¿solamente? -dijo ella con dolorosa ironía. - Hablaré de otro modo: supongamos que es una culpa ''" omisión en mí, no haber ayudado a su padre ... Enton' ··~ para mí no era su padre, Isabel; era uno más de los ollontos, de los miles de hombres con quienes lucho a brazo ruortido, en esta diaria batalla feroz de la guerra financiera; ~u po ngamos que yo hubiera podido tener entonces una piellncl, que hasta hace muy poco me fue desconocida ; y que, ,.¡ he de serie sincero, aún me ·lo es ... porque no creo en la plo:dad, más que cuando estoy cerca de usted. Es usted la 'ruc tiene la facultad de abrir mis ojos y mi corazón a ese 104•ntimiento ... y si usted me deja, si me abandona, volverá n cerrarse mi co~:azón, también ... - ¿Qué pretende decirme con eso? - Espere. . . -pidió ansioso-, sin querer le he dicho '! "e por usted, yo puedo cambiar, yo puedo ser ganado para In causa de sus ideas, pero no era eso lo que pretendía decir .. . !le trata de algo más hondo, más íntimo, más nuestro .. . 1M) trata de que mi amor nació después de esa culpa, real c. Imaginaria, se trata de que el hombre que la ha querido a usted, el hombre que la quiere, no es el mismo Renón que hoce dos años no supo tener piedad de un comerciante ga· nadero, ni salvar su situación con un gesto de altruísmo. - Pero mi padre no dijo eso, mi padre me dijo bien claro refiriéndose al viejo usurero de mi pueblo: no es ·.ese nú enemigo, hija ... mi enemigo es otro, más fuerte, más poderoso, más implacable, y al decirlo le temblaba la voz, los labios, no sé si de angustia o de miedo. . . ¡Nunca podré olvidar aquellos momentos, jamás los olvidaré ... jamás po· clré perdonarlo, Andrés! - ¿Ni aun oyendo que te quiero con toda el alma, Isabel? ¿Qué importa lo que fue, si al conocerte puedo decirte •tue he empezado a vivir realmente? ¡Borra el pasado, arrÁD· calo ! ¡Piensa que sólo existimos tú y yo sobre la tierra ... para estrecharte entre mia bruos como ahora te eatrecho,
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
para no decir más palabra que tu nombre adorado, para he· sarte dándote el alma en cada beso! Mientras hablaba, la había encerrado en el cerco poderoso de sus brazos, la oprimió contra su pecho con tal fuerza que ella escuchaba el latir apresurado de su corazón. Pero logró echar hacia atrás la cabeza, esquivando sus besos, intentando escapar en vano de aquel abrazo que la envolvía, oprimiéndola, que la transportaba lejos de todo, que la elevaba a raros planos de ventura, haciendo que a su alrededor el mundo se desvaneciera. - ¡No ... no! ¡Déjeme! -pidió desfallecida- . ¿Es que no comprende que no puedo? ¿Que aunque lo idolatrara, no puedo? ¿Que aunque me muriera por usted, no puedo? -¡Ten tú piedad de mi dolor y de mi amor, Isabel! -suplicó él, a su vez, ansioso, rendido, desesperado. Una vocecita infantil, la voz de María Eugenia, se escuchó desde lejos. Venía gritando, alegre. Se acercaba rápidame.nte. Uegó a ellos. -¡ Mamila, mamita! Isabel se desasió con violencia de los brazos varoniles. El, desconcertado, miró a la niña llegar hasta Isabel, prenderse a sus faldas, y decir, todavía sofocada por la carrera. ---Mamita linda ... papá no quería dejarme venir a buscarte, pero me escapé. . . quiero estar contigo. . . nada más contigo ... Renón, trémulo, ansiosamente interrogante la mirada de los ojos grises, murmuró. - ¿Por qué le dice "mamita" esa niña, Isabel ? Ella lo miró frente a frente. Sus mejillas antes enrojecidas de emoción, palidecieron de repente, sus ojos húmedos de lágrimas de amor, estaban ahora secos; el rostro desencajado de Andrés le hizo comprender, le hizo adivinar su pensamiento, un pensamiento que la hirió como la peor de las ofensas, que la hizo erguirse fiera y helada, cruel y serena, como quien se yergue ante un insulto inmerecido. -¿Por qué no me contesta? - insistió con viveza-. ¿Por qué le dice "mamila" ... ? Dígame, por Dios. ¿O es que no he entendido bien? - Ha oído y entendido perfectamente -dijo Isabel con voz dura, sin dejar de mirarlo de frente--, ¡esta niña es mi hija!
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1No, no puede ser! Se b~;~rla usted de mí, se ríe, ee •ll vlf1'"'· . . Es mi hija. . . ¡Es mi hija! - repitió con más firme· '"· .-~r rcchando contra sí a la pequeñuela, que miró a Renón • "" ruu• grandes ojos asustados; clavando en él la mirada ,,,.,... flnnlc, acaso go~ando dolorosamente ante el dolor y la '" 'KII!IIÍtt que leía en las pupilas que tanto amaba. ¡Isabel. .. ! ¿ Entonces. : . usted ... ? -murmuró bal· '"'"'llndo- ... ¡usted! - ¡Soy una mujer que no le importa, que no tiene por ,,, ... inlportarle ... supongo que ahora lo comprenderá usted y 11111 dcjnrá tranquila ... ! E~:~taban muy cerca de la puerta de la casa de Isabel, tan , ,f,'ll, •tue bastaron a ésta unos pasos para llegar a ella. Arras· Ir (, de la mano a María Eugenia, ahora sin que Renón la ,J,,ruviera, y él la vio marchar sintiendo como si temblasen "' rrcho y las paredes, como si el mundo se derrumbara frente 11 rl. - ¡Una hija ... tiene una hija! -pensó en el colmo de 1,, ''''1\Csperación-. ¡Una hija ele ella! y ¿de quién ? ¿de ilu lrn, Señor ... de quién? Isabel abrió la puerta con mano nerviosa y, casi 1in fuc,rza• ya, se recostó sobre ella al cerrarla de golpe. Taml,l{,n ella sintió como si temblaran el techo y las paredes, 11111110 si el mundo se derrumbara sobre ella. Un temblor convul11ivo la sacudió de pies a cabeza, y no acertó a responder 11 lltl.l alarmadas preguntas de Lola, que al verla entrar así , •.,,, i¡) a ella, para sostenerla. - ¿Qué pasa, qué ha pasado? ¡Por amor de Dios, Isalo"!. .. ! María Eugenia miró a una y a otra, y fue quien respondió • Lola. - El señor guapo hablaba con ella. . . su auto se había lelo, pero él estaba con ella, en el pasillo. . . y se enojó porc¡ue le dije mamita ... Isabel trató de serenarse. Miró a Lola como a través de 11118 niebla, y murmuró: - ¡Sí, estaba esperándome ... volvió a hablarme, me obliIJÓ a escucharlo por la fuerza . . . pero ahora sí, ahora lé que IClrá la última vez! Dos lágrimas ardientes corrieron por aus mejilla, pero no había un sollozo en su pecho. Habló como si paladeara
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CARIDAD
BRAVO
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para no decir más palabra que tu nombre adorado, para he· sarte dándote el alma en cada beso! Mientras hablaba, la había encerrado en el cerco poderoso de sus brazos, la oprimió contra su pecho con tal fuerza que ella escuchaba el latir apresurado de su corazón. Pero logró echar hacia atrás la cabeza, esquivando sus besos, intentando escapar en vano de aquel abrazo que la envolvía, oprimiéndola, que la transportaba lejos de todo, que la elevaba a raros planos de ventura, haciendo que a su alrededor el mundo se desvaneciera. - ¡No ... no! ¡Déjeme! -pidió desfallecida- . ¿Es que no comprende que no puedo? ¿Que aunque lo idolatrara, no puedo? ¿Que aunque me muriera por usted, no puedo? -¡Ten tú piedad de mi dolor y de mi amor, Isabel! -suplicó él, a su vez, ansioso, rendido, desesperado. Una vocecita infantil, la voz de María Eugenia, se escuchó desde lejos. Venía gritando, alegre. Se acercaba rápidame.nte. Uegó a ellos. -¡ Mamila, mamita! Isabel se desasió con violencia de los brazos varoniles. El, desconcertado, miró a la niña llegar hasta Isabel, prenderse a sus faldas, y decir, todavía sofocada por la carrera. ---Mamita linda ... papá no quería dejarme venir a buscarte, pero me escapé. . . quiero estar contigo. . . nada más contigo ... Renón, trémulo, ansiosamente interrogante la mirada de los ojos grises, murmuró. - ¿Por qué le dice "mamita" esa niña, Isabel ? Ella lo miró frente a frente. Sus mejillas antes enrojecidas de emoción, palidecieron de repente, sus ojos húmedos de lágrimas de amor, estaban ahora secos; el rostro desencajado de Andrés le hizo comprender, le hizo adivinar su pensamiento, un pensamiento que la hirió como la peor de las ofensas, que la hizo erguirse fiera y helada, cruel y serena, como quien se yergue ante un insulto inmerecido. -¿Por qué no me contesta? - insistió con viveza-. ¿Por qué le dice "mamila" ... ? Dígame, por Dios. ¿O es que no he entendido bien? - Ha oído y entendido perfectamente -dijo Isabel con voz dura, sin dejar de mirarlo de frente--, ¡esta niña es mi hija!
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1No, no puede ser! Se b~;~rla usted de mí, se ríe, ee •ll vlf1'"'· . . Es mi hija. . . ¡Es mi hija! - repitió con más firme· '"· .-~r rcchando contra sí a la pequeñuela, que miró a Renón • "" ruu• grandes ojos asustados; clavando en él la mirada ,,,.,... flnnlc, acaso go~ando dolorosamente ante el dolor y la '" 'KII!IIÍtt que leía en las pupilas que tanto amaba. ¡Isabel. .. ! ¿ Entonces. : . usted ... ? -murmuró bal· '"'"'llndo- ... ¡usted! - ¡Soy una mujer que no le importa, que no tiene por ,,, ... inlportarle ... supongo que ahora lo comprenderá usted y 11111 dcjnrá tranquila ... ! E~:~taban muy cerca de la puerta de la casa de Isabel, tan , ,f,'ll, •tue bastaron a ésta unos pasos para llegar a ella. Arras· Ir (, de la mano a María Eugenia, ahora sin que Renón la ,J,,ruviera, y él la vio marchar sintiendo como si temblasen "' rrcho y las paredes, como si el mundo se derrumbara frente 11 rl. - ¡Una hija ... tiene una hija! -pensó en el colmo de 1,, ''''1\Csperación-. ¡Una hija ele ella! y ¿de quién ? ¿de ilu lrn, Señor ... de quién? Isabel abrió la puerta con mano nerviosa y, casi 1in fuc,rza• ya, se recostó sobre ella al cerrarla de golpe. Taml,l{,n ella sintió como si temblaran el techo y las paredes, 11111110 si el mundo se derrumbara sobre ella. Un temblor convul11ivo la sacudió de pies a cabeza, y no acertó a responder 11 lltl.l alarmadas preguntas de Lola, que al verla entrar así , •.,,, i¡) a ella, para sostenerla. - ¿Qué pasa, qué ha pasado? ¡Por amor de Dios, Isalo"!. .. ! María Eugenia miró a una y a otra, y fue quien respondió • Lola. - El señor guapo hablaba con ella. . . su auto se había lelo, pero él estaba con ella, en el pasillo. . . y se enojó porc¡ue le dije mamita ... Isabel trató de serenarse. Miró a Lola como a través de 11118 niebla, y murmuró: - ¡Sí, estaba esperándome ... volvió a hablarme, me obliIJÓ a escucharlo por la fuerza . . . pero ahora sí, ahora lé que IClrá la última vez! Dos lágrimas ardientes corrieron por aus mejilla, pero no había un sollozo en su pecho. Habló como si paladeara
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CARIDAD
BRAVO
ADA~IS
la amarga satisfacción de saber que todo habia terminado definitivamente, que él sería quien la dejara y se alejaría de ella; pero la pequeñuela volvió a tomar su mano, trémula todavía. · - ¡Mamila, lloras otra vez ... ! ¿Por qué ? Lola trató de separar a María Eugenia de Isabel. -¿ Quieres irte un ratito con tu papi, hija de mi alma ? ¡Eres u·n mareo, enredada siempre en cosas que no entiendes! - ¡Sí entiendo! El señor guapo se puso bravo porque no quería que mamila fuera mi mamita . . . cuando ella se lo dijo, no lo creyó, dijo que era mentira .. . Lola comprendió todo de pronto. Sacudió suavemente a Isabel, como si quisiera despertarla, y preguntó, aterrada: - ¡Isabel! ¿pero, le has dicho a ese hombre que .. . ? - ¡Ese hombre es malo porque no quiere que mamita me quiera y que sea mi mamita! - gritó María Eugenia. Lola empujó impaciente a la pequeña, quien llorando se eM:ondió tras Isabel. Esta reaccionó con esfuerzo. - ¿Qué culpa tiene ella? - ¿Quieres hacerme el favor de contestarme, Isabel? Y tú, María Eugenia, toma . . . ve a comprarte caramelos, y te los cornea en tu casa, ¿eh? La niña miró con desconfianza, pero al ver el billete, 10nrió, olvidada de su miedo anterior. Corrió a la puerta y desapareció. Lola se acercó a Isabel y la arrastró hasta una butaca. - Sí . . . - :~firmó la joven con lentitud- . ¡Le d ije qw~ María Eugenia era mi hija. . . se le ocurrió a él, sólo porque la niña me dijo: mamita ... ! - Ah . . . claro. . . no me extraña --<:omentó enfadada Lola- . Llegó el angelito llamándote a gritos como suele ha· cerio . .. ¿qué otra co8a podía pensar el que no te conoce? Pobre hombre .. . ¡ya me imagino lo que sintió! - ¡Pobre hombre ! - repitió con amarga ironía Isabel-. Cualquier cosa puedes decirle menos eso, Lota. - ¡Pues se lo digo con toda mi alma ... sí, pobre hombre. . . que será lo que sea , pero te q uiere de ver as, y que se habrá llevado un sofocón! Y, ¿por qué lo hiciste? -No lo comprendes . . . ¡se lo dije porque quiero que me deje en i>a.z para siempre; al fin lo he conseguido! Se pasó la mano por los ojos, alisó su cabello, sin darse
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1ll t t lt l ll , y f1l fin , en sus labios apareció una sonrisa, débil, t i HI III 11~11 .
¡ Qui· graciosos son los hombres, Lola, qué originales, iufunlilrnente egoístas en todas sus ideas! Según él, no j llll ll l• viv ir s in mí, le fallaba hasta el aire para respirar si 1111 1 " ' ul lado mío . . . ¿ El pasado? ¡El horrible pasado era "'"' , ~~~~~ tnuerta en la que no. valía la pena pensar ! Pero '"''"''''ltnonlc !IC refería al pasado suyo, al de él. . . porque 1 111111tl• • ~<•~ trató del mío, en el acto pensó de otra manera . . . Bueno . . . es diferente . .. l Por qué? El se defiende diciéndome que el hombre IJI" ' "" luvo piedad para mi padre no es el mismo que hoy ,;,,, uf• cce su corazón y su vida, no es el mismo que hoy daría ' "'1" pnr complacerme .. . Pues bie·n, si su amor fuera tan 1\••mtl•, como dice, también debería pensar que la mujer que ht vu nua hija hace seis años no es la misma mujer que lo l jlll
1011 1i1
¡¡looru . •.
l .olu ni quiso discutir . . . cuando por una palabra suya
ho1d1o'l ,.,,. o!ntcrú de que había hablado con él y de que ella Renón la esperaba en el pasillo, ni siquiera se en· l~tol li; l'onocía el poder de Andrés para convencer, pa.ra arras1• 11 1 u l üs demás a hacer lo que él quería, y se alegró una ~· ~ 1111Í s de que María Eugenia hubiera llegado tan oportuna· ""'"'"· cuando ya desfallecía entre sus brazos, y que le profl"' '\lunara la manera de alejarlo definitivamente. Sabía que vuluntad acabaría por ceder si él insistía en verla y en t... t.t.u lc. Lola, desesperada, advirtió con firmeza. -¡Hay que sacarlo del error inmediatamente . .. iré a llll!'l('ltrlo ! ¡Te lo prohibo! - gritó Isabel irguiéndose-. Si le tl l•·•·11 algo de eso, si le explicas q ue la niña no es mi hija, me . V••Y 1lo esta casa, y no volver-ás a saber nunca de mí. .. Lola dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo . . . iml"'"'"lc, desolada. - Prométeme que pase lo que pase no dirás una palabra pru11iguió Isabel- . Dímelo. . . ¡ júralo! - ¡Está bien; encontraste el modo de hacerme callar ! 1 callaré! ¡Pero un día de éstos reviento . . . no . . . no te 11eu r~tcs, me callaré aunque reviente! Imperioso, apremiante, herido en lo más íntimo de sus .-,ntimientoe, sufriendo con un d olor que lo enfurecía, Andrés Nlaba frente a Estrada, en su ancho despacho que ahora ~ ,,, ,j,, c¡ue
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la amarga satisfacción de saber que todo habia terminado definitivamente, que él sería quien la dejara y se alejaría de ella; pero la pequeñuela volvió a tomar su mano, trémula todavía. · - ¡Mamila, lloras otra vez ... ! ¿Por qué ? Lola trató de separar a María Eugenia de Isabel. -¿ Quieres irte un ratito con tu papi, hija de mi alma ? ¡Eres u·n mareo, enredada siempre en cosas que no entiendes! - ¡Sí entiendo! El señor guapo se puso bravo porque no quería que mamila fuera mi mamita . . . cuando ella se lo dijo, no lo creyó, dijo que era mentira .. . Lola comprendió todo de pronto. Sacudió suavemente a Isabel, como si quisiera despertarla, y preguntó, aterrada: - ¡Isabel! ¿pero, le has dicho a ese hombre que .. . ? - ¡Ese hombre es malo porque no quiere que mamita me quiera y que sea mi mamita! - gritó María Eugenia. Lola empujó impaciente a la pequeña, quien llorando se eM:ondió tras Isabel. Esta reaccionó con esfuerzo. - ¿Qué culpa tiene ella? - ¿Quieres hacerme el favor de contestarme, Isabel? Y tú, María Eugenia, toma . . . ve a comprarte caramelos, y te los cornea en tu casa, ¿eh? La niña miró con desconfianza, pero al ver el billete, 10nrió, olvidada de su miedo anterior. Corrió a la puerta y desapareció. Lola se acercó a Isabel y la arrastró hasta una butaca. - Sí . . . - :~firmó la joven con lentitud- . ¡Le d ije qw~ María Eugenia era mi hija. . . se le ocurrió a él, sólo porque la niña me dijo: mamita ... ! - Ah . . . claro. . . no me extraña --<:omentó enfadada Lola- . Llegó el angelito llamándote a gritos como suele ha· cerio . .. ¿qué otra co8a podía pensar el que no te conoce? Pobre hombre .. . ¡ya me imagino lo que sintió! - ¡Pobre hombre ! - repitió con amarga ironía Isabel-. Cualquier cosa puedes decirle menos eso, Lota. - ¡Pues se lo digo con toda mi alma ... sí, pobre hombre. . . que será lo que sea , pero te q uiere de ver as, y que se habrá llevado un sofocón! Y, ¿por qué lo hiciste? -No lo comprendes . . . ¡se lo dije porque quiero que me deje en i>a.z para siempre; al fin lo he conseguido! Se pasó la mano por los ojos, alisó su cabello, sin darse
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1ll t t lt l ll , y f1l fin , en sus labios apareció una sonrisa, débil, t i HI III 11~11 .
¡ Qui· graciosos son los hombres, Lola, qué originales, iufunlilrnente egoístas en todas sus ideas! Según él, no j llll ll l• viv ir s in mí, le fallaba hasta el aire para respirar si 1111 1 " ' ul lado mío . . . ¿ El pasado? ¡El horrible pasado era "'"' , ~~~~~ tnuerta en la que no. valía la pena pensar ! Pero '"''"''''ltnonlc !IC refería al pasado suyo, al de él. . . porque 1 111111tl• • ~<•~ trató del mío, en el acto pensó de otra manera . . . Bueno . . . es diferente . .. l Por qué? El se defiende diciéndome que el hombre IJI" ' "" luvo piedad para mi padre no es el mismo que hoy ,;,,, uf• cce su corazón y su vida, no es el mismo que hoy daría ' "'1" pnr complacerme .. . Pues bie·n, si su amor fuera tan 1\••mtl•, como dice, también debería pensar que la mujer que ht vu nua hija hace seis años no es la misma mujer que lo l jlll
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¡¡looru . •.
l .olu ni quiso discutir . . . cuando por una palabra suya
ho1d1o'l ,.,,. o!ntcrú de que había hablado con él y de que ella Renón la esperaba en el pasillo, ni siquiera se en· l~tol li; l'onocía el poder de Andrés para convencer, pa.ra arras1• 11 1 u l üs demás a hacer lo que él quería, y se alegró una ~· ~ 1111Í s de que María Eugenia hubiera llegado tan oportuna· ""'"'"· cuando ya desfallecía entre sus brazos, y que le profl"' '\lunara la manera de alejarlo definitivamente. Sabía que vuluntad acabaría por ceder si él insistía en verla y en t... t.t.u lc. Lola, desesperada, advirtió con firmeza. -¡Hay que sacarlo del error inmediatamente . .. iré a llll!'l('ltrlo ! ¡Te lo prohibo! - gritó Isabel irguiéndose-. Si le tl l•·•·11 algo de eso, si le explicas q ue la niña no es mi hija, me . V••Y 1lo esta casa, y no volver-ás a saber nunca de mí. .. Lola dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo . . . iml"'"'"lc, desolada. - Prométeme que pase lo que pase no dirás una palabra pru11iguió Isabel- . Dímelo. . . ¡ júralo! - ¡Está bien; encontraste el modo de hacerme callar ! 1 callaré! ¡Pero un día de éstos reviento . . . no . . . no te 11eu r~tcs, me callaré aunque reviente! Imperioso, apremiante, herido en lo más íntimo de sus .-,ntimientoe, sufriendo con un d olor que lo enfurecía, Andrés Nlaba frente a Estrada, en su ancho despacho que ahora ~ ,,, ,j,, c¡ue
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parécía haberse convertido en campo de batalla. Rota una cortina, arrancado un teléfono, en desorden los muebles, amon· tonadas las colillas de mil cigarros en los ceniceros; volcados en el suelo los cestos de papeles. - ¿ Usted lo sabía? ¡Conteste, Estrada. . . conteste ! - Pero ya le dije que yo no sabía nada .. . señor Renón . . . me pa rece. imponible que una mochacha como babel. . . - El viejo estaba confuso, aterrado. - ¡También yo lo creía, pero he visto a la niña ... la he visto a su lado varias veces, y hoy la escuché llamarla : mamá. ¡La vi lleg ar como sólo llega una criatura cerca dtsu madre, después de haber salido juntos los tres: ella, la niña y ese imbécil, ese mequetrefe ... que no sé quién es ni por qué aparece siemp re en esa maldita casa cuando yo llego . . . Mejor d icho, temo demasiado saber quién es .. . - ¿ Y dice usted que Isabel misma le aseguró que la niña era suya? - Sí. .. ¡sí, me lo dijo y me lo repitió ! - ¿ Pero cómo?, ¿cuándo? Alfredo San Rornán murió hace d os años .. . - Esa niña tiene cinco o seis .. . ¿Pudo ocurrir en vid a de su padre? ¡Ocurrió entonces, eso no podemos dudarlo, Estrada! - ¡Es extraño, pero no imposible. . . y a los dieciocho nñc>s es cuando se cometen las tonterías .. ·. ! - ¡ Acer>ta usted el hecho con toda tranquilidad! - gr itó And rés, con ira indominable. --¡Pero, señor Rcnón . . . si ella lo d ijo. No creo quf! haya una muchacha en el mundo capaz de calumniarse en esa forma . . . generalmente ocultan un hijo cuando no es de matrimonio ! Si no lo negó ... - ¿ Pero su padre? ¿ Usted nie ha dicho que vivía sólo para ella ? - Sí . . . sí. . . bien pudo aceptarlo todo, precisamente por quererla tanto. O bien pudo no saber nada. El viajaba mucho ; Isabel quedaba sola por meses enteros . . . Nadie eslú libre de una mala hora, de un mal pensamiento. - ¡Una hija de cinco años es más que un mal pensamien· to, Estrada! Dio un puñetazo feroz sobre la mesa, y todo lo que había ahí danzó y cayó al suelo. Pero ninguno de los d os se ocupó de que el tintero manchaba la rica alfombra ni de que los
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rtupolcs importantes se mezclaban a los del cesto. Estrada s~ d ln un a palmada en la frente.
/\hora recuerdo que Alfred o me hallló de cierto Ol') hija, que no le gustaba nada . .. pero que bahía complacerla . .. era un hombrt: tímido, sin· vo· · '""'".!, vanidoso y tonto. Hcnón palideció intensam!!nte. j Coinciden perfectamente las señas! -exclamó con ""' •onca, mientras Estrada lo veía, si u entender- . ¡ Y ese l1"'"' '"' cst -~ :t•lt'í' Vive en su ca ~ a o s-t: pasa all í la vida, al 11 1"11 11~ ! ¡ Y no es el hecho de tener una hija, sino lo que siguHin 1 •le engaño, de doblez, de meotira en ella ! ¡Mentira no, señor Renón ! - la defendió tímidament~ 1•"' ruda- . ¡ lsabel nunca dijo que no la tuviera . . . son cosa;; ' 1"" 110 se cuentan al primero que llega! ¿ Y eso estima usted que soy yo para ella? - preguntó • 1111 ira, dando un puñetazo más sobre la mesa. Pero a usted se lo_ ha dicho .. . Sí, naturalmente. Me lo ha d icho echá ndomelo en cara, •''"11' :;i me arrojara un insulto, me lo ha dicho gozándose ••11 ,,¡ daño que sabía que me estaba hacie ndo . . . me lo ha tl l••ltu para vengarse de mí. - ¡Si usted quiere, iré a su casa esta misma noche! fH opu;;o Esteban que no podía ~al ir de su asombro. ¿ Para qué? Si son así las cosas, será para mí como -.1 l11uhcl hubiese muerto, peor, sí, peor mil veces. Los que se 111 11•1rtlll se van dejándonos sólo pena, dla me deja en cambio '""l•r¡.;o certeza de que nada ni nadie vale la pena de preocu· 1'1" rw, sobre la tierra, de que no pod emos hacer más que 111111 ··osa alrededor nuestro: mal, daño, y lo haré --<:ontestó ¡¡• lt 1u•clo casi, con los rasgos del semblante alterados por mil "''" límicntos- , ¡lo haré como nunca lo he hecho ... por pla· 1 ' ' ' . por el placer de ser cruel. en nomb re de Isabel San Ro· 1111111! T ratando en vano de ahogar en :.u corazón el descon.. w·lu, el despecho, los celos rabiosos q ue lo consumían, -\n · .lti•:\ voh·ió bruscamente hacia su escritorio y se dejó C'ler ( O In 11illo ; sus ojos resba laron sobre los papeles que llevahan 1111 Ítl 'l días sin atender, sin ser mirad os siq uiera. Su mano t ny\1 sobre ellos. - Menos mal que no falta trabajo en que pasar el tieru1"' comentó- -. lVliré, Estrada, son soli<-itudes de prórroga de v t"'·f.4H de su ••• ••l•ltu lo por
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BR A VO
ADAM S
parécía haberse convertido en campo de batalla. Rota una cortina, arrancado un teléfono, en desorden los muebles, amon· tonadas las colillas de mil cigarros en los ceniceros; volcados en el suelo los cestos de papeles. - ¿ Usted lo sabía? ¡Conteste, Estrada. . . conteste ! - Pero ya le dije que yo no sabía nada .. . señor Renón . . . me pa rece. imponible que una mochacha como babel. . . - El viejo estaba confuso, aterrado. - ¡También yo lo creía, pero he visto a la niña ... la he visto a su lado varias veces, y hoy la escuché llamarla : mamá. ¡La vi lleg ar como sólo llega una criatura cerca dtsu madre, después de haber salido juntos los tres: ella, la niña y ese imbécil, ese mequetrefe ... que no sé quién es ni por qué aparece siemp re en esa maldita casa cuando yo llego . . . Mejor d icho, temo demasiado saber quién es .. . - ¿ Y dice usted que Isabel misma le aseguró que la niña era suya? - Sí. .. ¡sí, me lo dijo y me lo repitió ! - ¿ Pero cómo?, ¿cuándo? Alfredo San Rornán murió hace d os años .. . - Esa niña tiene cinco o seis .. . ¿Pudo ocurrir en vid a de su padre? ¡Ocurrió entonces, eso no podemos dudarlo, Estrada! - ¡Es extraño, pero no imposible. . . y a los dieciocho nñc>s es cuando se cometen las tonterías .. ·. ! - ¡ Acer>ta usted el hecho con toda tranquilidad! - gr itó And rés, con ira indominable. --¡Pero, señor Rcnón . . . si ella lo d ijo. No creo quf! haya una muchacha en el mundo capaz de calumniarse en esa forma . . . generalmente ocultan un hijo cuando no es de matrimonio ! Si no lo negó ... - ¿ Pero su padre? ¿ Usted nie ha dicho que vivía sólo para ella ? - Sí . . . sí. . . bien pudo aceptarlo todo, precisamente por quererla tanto. O bien pudo no saber nada. El viajaba mucho ; Isabel quedaba sola por meses enteros . . . Nadie eslú libre de una mala hora, de un mal pensamiento. - ¡Una hija de cinco años es más que un mal pensamien· to, Estrada! Dio un puñetazo feroz sobre la mesa, y todo lo que había ahí danzó y cayó al suelo. Pero ninguno de los d os se ocupó de que el tintero manchaba la rica alfombra ni de que los
1¡ 1,
·~ NEMICO
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rtupolcs importantes se mezclaban a los del cesto. Estrada s~ d ln un a palmada en la frente.
/\hora recuerdo que Alfred o me hallló de cierto Ol') hija, que no le gustaba nada . .. pero que bahía complacerla . .. era un hombrt: tímido, sin· vo· · '""'".!, vanidoso y tonto. Hcnón palideció intensam!!nte. j Coinciden perfectamente las señas! -exclamó con ""' •onca, mientras Estrada lo veía, si u entender- . ¡ Y ese l1"'"' '"' cst -~ :t•lt'í' Vive en su ca ~ a o s-t: pasa all í la vida, al 11 1"11 11~ ! ¡ Y no es el hecho de tener una hija, sino lo que siguHin 1 •le engaño, de doblez, de meotira en ella ! ¡Mentira no, señor Renón ! - la defendió tímidament~ 1•"' ruda- . ¡ lsabel nunca dijo que no la tuviera . . . son cosa;; ' 1"" 110 se cuentan al primero que llega! ¿ Y eso estima usted que soy yo para ella? - preguntó • 1111 ira, dando un puñetazo más sobre la mesa. Pero a usted se lo_ ha dicho .. . Sí, naturalmente. Me lo ha d icho echá ndomelo en cara, •''"11' :;i me arrojara un insulto, me lo ha dicho gozándose ••11 ,,¡ daño que sabía que me estaba hacie ndo . . . me lo ha tl l••ltu para vengarse de mí. - ¡Si usted quiere, iré a su casa esta misma noche! fH opu;;o Esteban que no podía ~al ir de su asombro. ¿ Para qué? Si son así las cosas, será para mí como -.1 l11uhcl hubiese muerto, peor, sí, peor mil veces. Los que se 111 11•1rtlll se van dejándonos sólo pena, dla me deja en cambio '""l•r¡.;o certeza de que nada ni nadie vale la pena de preocu· 1'1" rw, sobre la tierra, de que no pod emos hacer más que 111111 ··osa alrededor nuestro: mal, daño, y lo haré --<:ontestó ¡¡• lt 1u•clo casi, con los rasgos del semblante alterados por mil "''" límicntos- , ¡lo haré como nunca lo he hecho ... por pla· 1 ' ' ' . por el placer de ser cruel. en nomb re de Isabel San Ro· 1111111! T ratando en vano de ahogar en :.u corazón el descon.. w·lu, el despecho, los celos rabiosos q ue lo consumían, -\n · .lti•:\ voh·ió bruscamente hacia su escritorio y se dejó C'ler ( O In 11illo ; sus ojos resba laron sobre los papeles que llevahan 1111 Ítl 'l días sin atender, sin ser mirad os siq uiera. Su mano t ny\1 sobre ellos. - Menos mal que no falta trabajo en que pasar el tieru1"' comentó- -. lVliré, Estrada, son soli<-itudes de prórroga de v t"'·f.4H de su ••• ••l•ltu lo por
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DRAVO
ADAMS
crédito. . . negaré todo, nadie volverá a tener esperanzas de piedad con Andrés Renón. Salió del despacho de la misma manera que había en· trado, como un huracán que a su paso devasta todo, cerrando de golpe las puertas, enloquecido de dolor y de ira. Estrada movió la cabeza, con ansiedad, con dolor también; comprendía el sufrimiento de aquel hombre, en el que todas las pasiones eran iguales: avasalladoras, indomables. Andrés no subió a su coche, caminó durante algún tiem· po, y después, un poco calmado, se dirigió a su casa. Al día siguiente, trahajó fabrilmente. Estrada no lo vio desfallc· cer ni un momento, no adivinó ya ira en sus ojos o en sus palabras. Había vuelto a ser el jefe que él conocía antes de que Isabel entrara a las oficinas de la Banca Renón. En la tarde, advirtió a Esteban que iba a su casa¡ por si lo necesitaban, pero volvería al despacho más tarde. Valentina recibió a Raúl un poco sorprendida, al verlo llegar a esa hora a su casa. La encontró más bella y elegante. Tenía los pies calzados con suaves zapatillas de raso, envuelta en sedosa deJhabillé, los rubios cabellos como siempre, pei· nados con exquisito esmero, y en los dedos el cigarrillo egipcio. Su asombr o llegó al colmo cuando Raúl le explicó que bahía ido porque Andrés lo había citado en su propia casa. - ¡Es extraño! -el(clamó olvidándose del cigarrillo-. Yo no sé lo que hace desde la noche de nuestra aparición en "Los Jardines"; no viene a esta casa . .. y ahora te cita en ella ... - En cambio, yo puedo informarte de todo lo que hace, si lo deseas, come en el Club de Banqueros, entra y sale a su oficina, despide empleados, tiene discusiones violentas con sus ingenieros, sobre todo con el jefe de las obras de su barrio de retirados . .. - ¿Y para qué te citó? - No tardaremos en saberlo. Esta es la hora de la cita ... - Y. . . ¿qué sabes sobre Isabel San Román, Raúl? - Poca, cosa, en realidad, tu marido ha ido a verla, pero no es recibido ... - Sonrió, ante el evidente asombro de Valentina-. Ya sé que vas a preguntarme cómo me entero dt~ todo; tengo mis medios, no muy elegantes ni muy discretos ... pero muy prácticos ... un portero, otro .. . algún amigo, y alguna indiscr~ión, hasta c?n ser hábil para preguntar. y para dar propmas . . . Ademus, no se puede estar tranqUilo
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lu upariencia despectiva de tu marido ... Lo heriste en
,r,.. hondo ...
V11lcntina volvió a aspirar con deleite el humo de su d ile>. Sonrió enigmática. ¡Ita vuelto a despedir empleados ... pelear con sus 1,¡1,., iurt·s ... magnífico! Es de nuevo el Andrés Renón al , t fl ilt
.,, .., yu no temo ...
Valentina. . . - Raúl se acercó a ella, mirándola intenYo te quiero . . . ¡te quiero tanto, que haré cuanto "''' pidas; pero no te expongas demasiado! Andrés es de los ' ''"' rluslrozan a quien se opone a sus deseos. Y tú te estás " l'" "ic·ndo ... Dale el divorcio, ¿qué te importa ya? ¡Nos ' '''""',. lejos ... felices ... ! 1•:,, ese instante, en el preciso momento t>n que tal vez \' "'''"' i na, z.:rullada por la voz que constantemente le hablaba ¡j,, uuwr, hubiera cesado en su venganza, el ruido del auto ,j,, H .,r~ón , entrando a la casa, la hizo reaccionar en forma dt•,.fuvorable. Sacudió la cabeza y se puso de pie, aplastando ••l · · ·~urrillo en el cenicero. Raúl hizo un gesto de violencia y tl•'llf'< 't'lro y cuando vio entrar a Renón con aire fatigado, • ""'l"'•mdiendo que era profundamente desgraciado, una llalruor tuln de diabólica alegría brilló en sus ojos. Pero su actitud varió en el acto, al saludar con frialdad '' Hnúl y a Valentina. Llegó hasta sonreír, y pidió a Gerardo. ,,J lllayordomo, que sirviera bebidas. Valentina lo observaba con ardiente mirada. Tal vez uuru:u le parecía más seductor Renón que cuando lo veía así: ofu r;,, implacable, con aquellas pupilas cortantes y frí as, que " ¡wsnr suyo la hacían estrem~er con una especie de terrihln ddicia. Raúl, en cambio, empezaba a sentirse incómodo. 1. ()u t· (]Uería de él aquel' hombre? Muy pronlo lo supo. Cuando el criado desapareció des· pui·11 <ic dejar sobre una mesita la bandeja con las bebidas po·didm;, Henón habló con lentitud, y con bastante claridad. l'rirncro se volvió hacia su espoSli, que permanecía inmóvil y c'fl lloda. - A ti tendría que decirte muchas cosas, Valentina, pero '"' vale la pena; además, nada de lo que has hecho, nada de lu q ue hagas puede sorprenderme, ni puede herirme. Sí, quie· r•o que lo sepas: lo que has hecho contra mí no es lo que me lrn herido ... contra lo. que tú podías tramar sobraban armaa •t•uw ul c..~ .
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crédito. . . negaré todo, nadie volverá a tener esperanzas de piedad con Andrés Renón. Salió del despacho de la misma manera que había en· trado, como un huracán que a su paso devasta todo, cerrando de golpe las puertas, enloquecido de dolor y de ira. Estrada movió la cabeza, con ansiedad, con dolor también; comprendía el sufrimiento de aquel hombre, en el que todas las pasiones eran iguales: avasalladoras, indomables. Andrés no subió a su coche, caminó durante algún tiem· po, y después, un poco calmado, se dirigió a su casa. Al día siguiente, trahajó fabrilmente. Estrada no lo vio desfallc· cer ni un momento, no adivinó ya ira en sus ojos o en sus palabras. Había vuelto a ser el jefe que él conocía antes de que Isabel entrara a las oficinas de la Banca Renón. En la tarde, advirtió a Esteban que iba a su casa¡ por si lo necesitaban, pero volvería al despacho más tarde. Valentina recibió a Raúl un poco sorprendida, al verlo llegar a esa hora a su casa. La encontró más bella y elegante. Tenía los pies calzados con suaves zapatillas de raso, envuelta en sedosa deJhabillé, los rubios cabellos como siempre, pei· nados con exquisito esmero, y en los dedos el cigarrillo egipcio. Su asombr o llegó al colmo cuando Raúl le explicó que bahía ido porque Andrés lo había citado en su propia casa. - ¡Es extraño! -el(clamó olvidándose del cigarrillo-. Yo no sé lo que hace desde la noche de nuestra aparición en "Los Jardines"; no viene a esta casa . .. y ahora te cita en ella ... - En cambio, yo puedo informarte de todo lo que hace, si lo deseas, come en el Club de Banqueros, entra y sale a su oficina, despide empleados, tiene discusiones violentas con sus ingenieros, sobre todo con el jefe de las obras de su barrio de retirados . .. - ¿Y para qué te citó? - No tardaremos en saberlo. Esta es la hora de la cita ... - Y. . . ¿qué sabes sobre Isabel San Román, Raúl? - Poca, cosa, en realidad, tu marido ha ido a verla, pero no es recibido ... - Sonrió, ante el evidente asombro de Valentina-. Ya sé que vas a preguntarme cómo me entero dt~ todo; tengo mis medios, no muy elegantes ni muy discretos ... pero muy prácticos ... un portero, otro .. . algún amigo, y alguna indiscr~ión, hasta c?n ser hábil para preguntar. y para dar propmas . . . Ademus, no se puede estar tranqUilo
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.,, .., yu no temo ...
Valentina. . . - Raúl se acercó a ella, mirándola intenYo te quiero . . . ¡te quiero tanto, que haré cuanto "''' pidas; pero no te expongas demasiado! Andrés es de los ' ''"' rluslrozan a quien se opone a sus deseos. Y tú te estás " l'" "ic·ndo ... Dale el divorcio, ¿qué te importa ya? ¡Nos ' '''""',. lejos ... felices ... ! 1•:,, ese instante, en el preciso momento t>n que tal vez \' "'''"' i na, z.:rullada por la voz que constantemente le hablaba ¡j,, uuwr, hubiera cesado en su venganza, el ruido del auto ,j,, H .,r~ón , entrando a la casa, la hizo reaccionar en forma dt•,.fuvorable. Sacudió la cabeza y se puso de pie, aplastando ••l · · ·~urrillo en el cenicero. Raúl hizo un gesto de violencia y tl•'llf'< 't'lro y cuando vio entrar a Renón con aire fatigado, • ""'l"'•mdiendo que era profundamente desgraciado, una llalruor tuln de diabólica alegría brilló en sus ojos. Pero su actitud varió en el acto, al saludar con frialdad '' Hnúl y a Valentina. Llegó hasta sonreír, y pidió a Gerardo. ,,J lllayordomo, que sirviera bebidas. Valentina lo observaba con ardiente mirada. Tal vez uuru:u le parecía más seductor Renón que cuando lo veía así: ofu r;,, implacable, con aquellas pupilas cortantes y frí as, que " ¡wsnr suyo la hacían estrem~er con una especie de terrihln ddicia. Raúl, en cambio, empezaba a sentirse incómodo. 1. ()u t· (]Uería de él aquel' hombre? Muy pronlo lo supo. Cuando el criado desapareció des· pui·11 <ic dejar sobre una mesita la bandeja con las bebidas po·didm;, Henón habló con lentitud, y con bastante claridad. l'rirncro se volvió hacia su espoSli, que permanecía inmóvil y c'fl lloda. - A ti tendría que decirte muchas cosas, Valentina, pero '"' vale la pena; además, nada de lo que has hecho, nada de lu q ue hagas puede sorprenderme, ni puede herirme. Sí, quie· r•o que lo sepas: lo que has hecho contra mí no es lo que me lrn herido ... contra lo. que tú podías tramar sobraban armaa •t•uw ul c..~ .
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.\'o n
1: A Y O
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con qué defenderme. Cometiste una fea y sucia acción, com· pletamente inútil. Ella encendió un cigarrillo, sin alterarse . - ¡ Con lo que hice logré lo que quería, Andrés ! ¡ Esa mujer te od ia; sabe toda la verdad sobre ti! - La ve rdad sobre mí sólo puedo dt.>cirla yo mismo, pero ni tú ni ella la merecen . . . -·¿Ella tampoco? - replicó irónica Valentina . ¡_ Ya no es entonces tan perfecta como tú creías? El no se tomó la molestia de contestar. Se dirigió enton· ces a Raúl del Ma r, qu ien apretados los labios, tensos los nervios. aguard aba con impaciencia. -- i\·1e imag ino que tendrá que pensa r un poco antes d e decidir lo q-..._ voy a propo nerle, Raúl . . . - dijo con tono intencionado Renón. - ¿ Qué es lo que ha tramado contra mí? - preguntó ai· rado. - -Contra usted nada, al contrario, le traigo una buena noti.;ia. . . ¿ f 'u;'m to tif:mpo h ac•~ que e,;l ~t tratando de conse· guir un p uesto de Canciller o de agregado cultural en nuestra Embajada en París? Ra úl no pudo disimular su sorpresa ; por poco la copa que sostenían sus manos estuvo a punfo de caer. El jamás ha· hía hablaclo a nad ie sobre sus proyectos y sobre aquella solí· citud nunca atendida. - Unos tres años, según tengo entendido - siguió diciend'l Henón como ~¡ n o se fijara t·n e! semblante atÍlllÍto de Del Mar-. ¿Y si ese puesto fuera otorgado con una subvención de la Cámara de Comercio, y un adelanto de diez mil pe· sos para cumplir aquí sus compromisos . .. qué opinaría usted ? Lo miró fijamente. Raúl dejó la copa sobre la mesa, tratando de reaccionar con rapidez. -¿ Qué es lo que está diciendo ? - replicó siempre alti· vo. - - ¡ Diez mil pesos! - rep itió Andrés, burlón- . P recisamente lo que necesita con toda urgencia antes de tres meses para poder seguir siendo considerado como un perfecto ca· ballero .. . fíjese bien : diez mil pesos, y el nombramiento con honorarios dobles, exactamente como consta aquí .. . Con movimiento violento, sacó de su bolsillo un p apel y Jo arrojó sobre la mesa, desp':lés de desdoblarlo.
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luco? - Raúl no lograba dom inar.;e-- : i, qut':
¡ Mirdu! - ordenó Renón, señalando el papel- , ¡ahí uoo1uhrnmiento . . . y el cheque será firmado por la CáIIIHilr do· Conwrci(J en cuanto usted acepte! Puede disponer Jc l11tl 11 ,,,. ~'~q~u ida. T odo está en mis manos ; para 'J UC past.! a las ~;• • Y~~'' 1111 ltl u go sino q ue poner una condición muy simple . .. 1'1'"' "" nu:lva a acercarse jamás a .Valenti na! l·:llu M' irguió, de un salto, como si una víbora la hu bien Jti • tt d loln. Haúl del Mar, intensamente pálido, retroced ió un pa· 11, ) 1\ otrl rí·~o<, con calma, gozando del e fecto que produc ían sus l'''''' l1r 1111, encendió un c igarro, y esperó. ¡ Es el colmo, And rés! --exclamó VaiP.ntina, enture· '" ' o
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',,,,, •¡""'"
¡Te ruego que no intervengas ! Es el señor Del Mar que decidir . . . y quiero hacer constar que, deci· • 11 lt1 •¡uc decida, saldrá de esta casa inmediatamente, para no v" lv•u o pisarla jamás, mientras lleves mi. nombre, al menos. M 1rú u Raúl, y brusco, interrogó-: ¿Acepta . . . o no acep· 1ic·ne
'" ~
( :usi de repente, Raúl h abía dominado su asombro y su IHtllw om·ión. Sereno, aunque pálido, enfrentó la mirada fle ¡\ 11111 í-r~. Su oferta es te ntadora - rlijo sonriendo- . No se ¡me<le lh•flu • que usted entiende de negocios humanos, y q ue no le luw fu ltado los datos acerca de mis intereses y mis compro· utl,.oll . .. ¡Raúl . . . ! ---m urmu ró Valentina. ¡.¡ero . ,\ ncl ré:> no la ,,,,,,·, proseguir. Hiriente, irónico, cortó su frase. - ¡Te he pedido que calles, Valentina ! ¿ No tienes, como ~ o, In gran curiosidad de ver reaccionar a un " perfecto caba· llc•ro", tal y como dictan las circunstancias? ¿No te parece in· lm•lHUntc y útil comprobar que todos los honlbres so11 iguales? - En eso se equivoca usted, Renón - replicó Raúl, sin nlt•,rn rse-; no hay dos hombres igu ales. Frente a u11a propo· t~ ldón como la que acab a usted de hacerme, algunos rearcio· 1 un rían abofeteándolo. . . - ¡Usted no, desde luego ! - dijo sin dejar su tono hirien· h l.
- Yu no, claro ·- · c.dmitió trar.quilo Del Mnr ·. Dr:te!!l" ¡wleas en las que lleve todas las probahilidadcs rtP. perder. Vo y a limitarme a decirle que su proposición no me interesa, l 11~
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con qué defenderme. Cometiste una fea y sucia acción, com· pletamente inútil. Ella encendió un cigarrillo, sin alterarse . - ¡ Con lo que hice logré lo que quería, Andrés ! ¡ Esa mujer te od ia; sabe toda la verdad sobre ti! - La ve rdad sobre mí sólo puedo dt.>cirla yo mismo, pero ni tú ni ella la merecen . . . -·¿Ella tampoco? - replicó irónica Valentina . ¡_ Ya no es entonces tan perfecta como tú creías? El no se tomó la molestia de contestar. Se dirigió enton· ces a Raúl del Ma r, qu ien apretados los labios, tensos los nervios. aguard aba con impaciencia. -- i\·1e imag ino que tendrá que pensa r un poco antes d e decidir lo q-..._ voy a propo nerle, Raúl . . . - dijo con tono intencionado Renón. - ¿ Qué es lo que ha tramado contra mí? - preguntó ai· rado. - -Contra usted nada, al contrario, le traigo una buena noti.;ia. . . ¿ f 'u;'m to tif:mpo h ac•~ que e,;l ~t tratando de conse· guir un p uesto de Canciller o de agregado cultural en nuestra Embajada en París? Ra úl no pudo disimular su sorpresa ; por poco la copa que sostenían sus manos estuvo a punfo de caer. El jamás ha· hía hablaclo a nad ie sobre sus proyectos y sobre aquella solí· citud nunca atendida. - Unos tres años, según tengo entendido - siguió diciend'l Henón como ~¡ n o se fijara t·n e! semblante atÍlllÍto de Del Mar-. ¿Y si ese puesto fuera otorgado con una subvención de la Cámara de Comercio, y un adelanto de diez mil pe· sos para cumplir aquí sus compromisos . .. qué opinaría usted ? Lo miró fijamente. Raúl dejó la copa sobre la mesa, tratando de reaccionar con rapidez. -¿ Qué es lo que está diciendo ? - replicó siempre alti· vo. - - ¡ Diez mil pesos! - rep itió Andrés, burlón- . P recisamente lo que necesita con toda urgencia antes de tres meses para poder seguir siendo considerado como un perfecto ca· ballero .. . fíjese bien : diez mil pesos, y el nombramiento con honorarios dobles, exactamente como consta aquí .. . Con movimiento violento, sacó de su bolsillo un p apel y Jo arrojó sobre la mesa, desp':lés de desdoblarlo.
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luco? - Raúl no lograba dom inar.;e-- : i, qut':
¡ Mirdu! - ordenó Renón, señalando el papel- , ¡ahí uoo1uhrnmiento . . . y el cheque será firmado por la CáIIIHilr do· Conwrci(J en cuanto usted acepte! Puede disponer Jc l11tl 11 ,,,. ~'~q~u ida. T odo está en mis manos ; para 'J UC past.! a las ~;• • Y~~'' 1111 ltl u go sino q ue poner una condición muy simple . .. 1'1'"' "" nu:lva a acercarse jamás a .Valenti na! l·:llu M' irguió, de un salto, como si una víbora la hu bien Jti • tt d loln. Haúl del Mar, intensamente pálido, retroced ió un pa· 11, ) 1\ otrl rí·~o<, con calma, gozando del e fecto que produc ían sus l'''''' l1r 1111, encendió un c igarro, y esperó. ¡ Es el colmo, And rés! --exclamó VaiP.ntina, enture· '" ' o
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¡Te ruego que no intervengas ! Es el señor Del Mar que decidir . . . y quiero hacer constar que, deci· • 11 lt1 •¡uc decida, saldrá de esta casa inmediatamente, para no v" lv•u o pisarla jamás, mientras lleves mi. nombre, al menos. M 1rú u Raúl, y brusco, interrogó-: ¿Acepta . . . o no acep· 1ic·ne
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- Yu no, claro ·- · c.dmitió trar.quilo Del Mnr ·. Dr:te!!l" ¡wleas en las que lleve todas las probahilidadcs rtP. perder. Vo y a limitarme a decirle que su proposición no me interesa, l 11~
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y lo único que puede hacerse con ese nombramiento. . . es ésto . . . Dio un paso hacia la mesa y tomando el papel desdo· blado, lo rompió en seis pedazos, dejándolo caer sobre la ban· deja. Andrés, atónito, desconcertado, lo miró mientras Valentina, entusiasmada, envolvía a su enamorado en la delicia de su sonrisa prometedora. - Aun sin su graciosa condición sería completamente inútil para mí - prosiguió Raúl- , me bastaría con que viniera de manos de usted para serlo . . . Y como dijo que debería de salir inmediatamente . . . lo haré . . . - Se volvió hacia V,;lentin n y tomó su mann. besáudosela eon pasión- . A tus pies. Estaré a tus órdenes en todos los momentos ... total y absolutamente .en todos los momentos .. . Buenas tardes . . . Se fue antes de que Renón, inmóvil y es tupefacto, pudiera decir una palabra. Crispados los puños lo vió alejarse y miró ·después los rotos pedazos del codiciado nombramiento q ue Raúl dejara sobre la mesa. Valentina fue violentamente hacia él. - ¡Fracaso definitivo y rotundo de tus procedimientos! Una buena lección para ti, que todo crees poder comprarlo y venderlo. . . Tampoco está de más que te enteres de lo que es realmente un caballero al que has querido herir con tu ironía. Al conjuro de la voz de su esposa, Renón volvió de su estupefacción. Se puso de pie, dueño de sí mismo, para replicar. --- ¡Un caballero ! Tu amigo dejará de serlo según vuestros cánones, apenas no pueda pagar sus deudas. . . j el pobre diablo ha desperdiciado la gran oportunidad de su vida! Pero Valentina no iba a dejarse humillar. - Por algo que, según tu modo de ver, no vale la pena ... por la mujer a la que tú desdeñas, Andrés. - j Ninguna mujer vale la pena! --dijo con ira reconcen· trada. Valentina sonrió, burlona, triunfante. - Has adelantado bastante en esos conocimientos. - Sólo he vuelto a mi punto de partida. Afirmo lo que pienso hace mucho tiempo ... - Veo lJUC la mecanógrafa rtlnuíntíca te ha lleccpcionado. y no, como dijiste antes, por lo que yo le dije. Pero recuerda ·que te advertí que ninguna mujer podría quererte por ti mismo; no quiero que me expliques nada, sería inútil, no lo ha-
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pm o <' (olllo mujer, comprendo que ella ha hecho alg11 '\"'' lii IW' Jttll 11 cle{initivamente de ti ... te quedarás solo ... com1' •••wil•ul n !lltlo, porque yo también me voy, Andrés .. . llo1u :¡ n uo pudo menos que volver a asombrarse. Miró a V••l•n11 1nil, CJrguida frente a él, con una enérgica y bella acti: lwl 'li"' '"' lt· conocía, los ojos brillantes, d onde había un cla-
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i. (,)uó .. . qué dices? -murmuró, incrédulo.
¡SI, le saliste con la tuya! Después de lo que hiciste y después de pensarlo muy bien, he decid ido con', .t .. ,.,. ··1 divorcio . . . Me casaré con Raúl del Mar, que de l t 1t d11 d 111c ama. Hccuc rda que sólo le quedan tres meses de ser un 1 d ,.,IJ,·ru ... Vnlentina ignoró la ironía t>n que Andrés envolvió sus l"d"lorns, hiriéndolo a su vez, certeramente . Olvidas que soy muy rica, y que serás tú, con lo que 1" piola , con lo que la ley te ohligue a darme, quien pagará dt' Indos modos las deudas de Raúl. Diez mil pes os son una li lt " ' 'Lt. ¡Me haces reír... realmente, Andrés! - ¡Te has vuelto abnegada! - replicó rabioso, a pesar •u )'" reconociendo que esa vez no era él quien ganaba la • • •u IIIHie,
¡o1111ida.
- No me conoces, eso es todo. Ni mi abnegación, m amor , te interesaron jamás. He vivido cinco años a tu J¡ulu sin dejar de ser una extraña, pero basta ya . . . ¡fue un <H rnr mío retenerte! ¡Que acabe todo de una vez para siem · ¡on: ! Nos divorciaremos. . . pue<les mandarme a tu abogado t•unndo quieras. -No tengo ya prisa ninguna ... -dijo con lentitud. -¡ Pues yo sí, ahora yo sí! --exclamó Valentina, conh'niendo a duras penas un sollozo. Nue\'amente atónito, Renón la contempló. - ¿Lloras, pero. . . por qué? -¡Porque te he querido, Andrés! -<:onfesó olla, sin dejar su altivez pero sin esconder sus lágrimas--. Ya sé que no te importa, ya sí: q ue ni siquiera me comprendes, pero al ~ú n día llorarás tú también; no por mí, claro está, por otra ... estas cosas se pagan siempre, tarde o temprano, siempre llega el que cobra todas las deudas, y algún día sabrás lo que es sentir que estamos de más junto a quien más queremos. . . que son t'tn inútiles nuestr a ternura como nuestra 111 i
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CA RIDAD
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ira, nuestro · dolor como nuestros celos, algún día llorarás por alguien como yo estoy llorando por ti, en este momento. . . - Se secó las lágrimas, y agregó-- : Sí, por ti, es la última vez que lo hago, por eso no me importa que lo sepas. Valentina corrió, casi, y subió las escaleras, mientras Renón iba tras ella, q ueriendo detenerla. Había un raro impulso de piedad en su corazón, se sintió de pronto conmovido como nunca, al escuchar a su esposa, pero acalló sus sentimientos una vez más, con brusquedad, cerrando los puños, volviendo la espalda a la escalera por la que desaparecía ella. - ¡.Maldito amor que nunca es para quien nos quiere ! - ··gimió con dolor rabioso, sintiéndose vencido, casi humillado. Estrada, desolado, miraba con ansiedad el reloj de pa· red que tenía frente a él. Eran ya las diez de la mañana, y cosa insólita, Renón no había llegado a su oficina. Había citado para junta urgente, a las nueve, y se le esperaba con impaciencia en la sala de conferencias. Carlos, el office-boy, comentaba con otro empleado que era una lástima que el jefe hubiera vuelto a su antiguo y negro humor, cuando todo iba tan bien. Sugirió al señor Estrada que lo llamara a su casa, pero Esteban no se atrevió a hacerlo ; puesto al corriente de lo que sucedía a Andrés, pensó que era mejor esperar. Ordenó a Carlos que saliera a la puerta de la calle y le avisara por teléfono cuando viera llegar el auto de Ren.ón. El chico obedeció en el acto. Andrés llevó personalmente su auto hasta el departamento subterráneo que era zona de estacionamiento del edificio, y pensativo, como ausente, cruzó frente a los empleados y ·sirvientes que le abrieron paso, un poco sorprendidos, por aquel gesto tan desusado en él. Marchaba como un sonám· bulo, mordisqueando un cigarro entre los dientes, sombrío y helado como en sus peores d ías; pero en la puerta del ascensor, estuvo a punto de tropezar con Juan Luis, quien iba unn.s minutos retrasado. Andrés, al ligero choque, volvió a la realidad y miró con ira al impertinente que pretendía er~I:Tar antes que él en el elevador. Confuso, Juan Luis se hizo a un lado. - ¡Oh,· dispense ! -pidió con cortesía.
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dijo Rcnón, mirándo lo de frente-
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puerta del a~ce nsor, cosa CJ UC jamÚ!' hacía, como si quisiera ¡xmer entre los dos un obstáculo material, como si no se sintiera capaz de contenerse, sin ahofetcarlo, s in insultarlo; y uronlo la sorpresa hizo a Juan Luis reaccionar. Sin sahe:· por quP. había quedado ahí, sin alejarse, sin Jej ar la carpeta y huir. Ese había sido su primer impulso, pero maquinitlmente subió las e~caleras y ocupó su puesto. i Iha a aumentarle el sueldo! ¿ Estaría loco, o quería burlarse d e él? Renún hahía entrado a su despacho y Estrada se apre· 5'urú :1 recordarle <;ue In espcrnhan en la sala de juntas. An.1 r( s s<: e ncogió de: hombros. --¡Que se vayan todos al diablo! -dijo con dolencia. Arrojó el ci:-:arr" al suelu y fue de un lado a otro, apar· tando n puntapil-s lo!' muebles, cs¡>nr<:iendo al pasar, sin fj . jarse, los papeles. aumentando el desorden y la confusión de aquel despacho que tanto se parecía otra vez a la revuelta cueva de la mniíana en que lle¡;ara Isabel. De prontH se dt: tuvo frente ni leal empleado. que lo contemplaba indec iso, apl'nadu. - ¿Cómo se llama un dihujanle imhécil que lleva trahajanJo co n no~n tros alrededor de un mes? - ;. Oil,ujantc imhé<·il? - repitió atónito Estrada- ¡No c·•Hnprcndo! - ¡ Qul- raro! De un tiempo a esta parte, no entiende nada, F.~trada. . . Me refiero a un dibujante que se permite llc~ar a las diez de la mañana, y hasta más tarde, como uhora . . .
- Lf>s dibujantes tienen horas diferentes, señor . . . j tra· k tjan por tarea, no por tiempo! Y si se refiere usted a ese muchacho nue vo. le diré que <:umple admirablemente, y q ue rinde rnás que nin¡?:uno. Como el pobre tiene una niña ... Rcnón lo calló, c:on una fr ase violenta. --· j Ya lo ~é ... ya sé que tiene una niña! - Seño r Uenón . . . -Estrada permaneció estupefaeto y confuso. - ~le imagino qut• nu sabe usted una palabra de todo ~sto . . . ¿cóm•l se llama ese imhécil? ¡Se lo he preguntado muchas veces ... ! - - ¡J uan Luis I.ópez ! - -Y claro . . . ¿no sahe usted que es el amante de Isabel San Rumán. verdad ?
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1: N E M 1 C O
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l~lrada
abrió la boca y la cerró, sin poder proferir una · pnlobra. Su confusión bacía a su cabeza dar de vueltas. ¡Boja usted de las nubes, naturalmente! -comentó U" " .'' "• coda momento más violento. ¡ Pero. . . cómo iba yo a supóner ! - murmuró Estel tll ll , 1rotundo de dominar su turbación y su asombro. ¡Usted nunca supone nada! ¿Quién lo recomendó? 1, (iu ií-n le habló de él? lsubel San Román. . . pero ... ¡_Pero qué? - gritó enfurecido-. ·Hable al fin .. . Me dijo que se trataba de un amigo, amigo y vecino, '1 "" h 1n in una niña de seis años, que no encontraba empleo, ''ru un muchacho excelente ... que garantizaba su serie' tlll , 1111 honradez .. . l .os puños de Renón se cerraron furiosamente. Apretó " "' f uortes mandíbulas y se contuvo con un terrible esfuerzo. - ). Dónde están los antecedentes del tipo ese? -pregun111 e'" " una voz extraña, que ni él mismo reconoció como
~onlt•
'l'h'
...,.,.
Bueno ... Isabel me dijo .. . ¡No me importa lo que le dij o Isabel! -cortó de ''"'"'''• pálido por la ira-. Puedo figurármelo sin ningún • ·~ ru.,rzo, pero su deber, como jefe de personal, es averiguar J¡,~~ itlllccedentes de cada persona a quien va a darse un em· ,,¡,..,_c·onsultar conmigo cualquier punto dudoso. ¡No lo sabe ,J,.•puí·ll de diez años de trabajar para mí, de servirme leal"'''"'"• como dice usted muchas veces! - ¡Sé que ee una persona honrada ... ! - balbuceó Es· 11 111111.
- ¡ No sabe usted nada más que lo que ha querido de''"" •·lla! Su vida privada no nos interesa, señor Renón. No se llflltl du un empleo que maneje dinero, cumple dibujando .. . lt 11)u su cartilla de trabajo, su certificado de no antecedentes 1" n11lc;s, pero usted es muy dueño de ponerlo en la calle, si lo
'''''"'"·- ¿ Para qué?
- replicó airado--. ¿Para que ella se ima·
~eln11 que lo hago por celos? ¿Para que piense que no puedo •~tpurlur
la presencia del hombre a quien quit10 lo bastant~ olvidarse de todo y entregarse a él? ¡No, nu lo haré, ¡uu•tlcn irse todos, menos él. . . a él, al contrario, vamos a •umrntarle el sueldo, inmediatamente! ¡tal'll
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BRAVO
ADAMS
Estrad a volvió a su estupefacción, a su turbación. No podía comprender que todo aquello lo dictaba un dolor profundo, una angustia sin nombre, unos celos tan atroces y tan desesperados que se manifestaban así, en un torbellino de ira y despecho que él pretendía ahogar en desprecio. Estehan trató de alegar que los otros di bujantes protesta· rían, o pf:dirían aumento a su vez ... Juan Luis no había hecho ningún mt>rito especial que jus!ificara esa disti nción ; no podía, como jefe de personal, estar de acuerdo con sen:e junte procedimiento. Renón acumulaba una injusticia sobre otra, una arbitrariedad sobre otra. Todo el mundo t..>staba <' •', : llls nervios de punta, y él era el p rimero. -- -Es necesario que se calme usted -- se atrevió a agre· gar, decidido a hacerlo reaccionar de una vez por todas-. Por mucho que le haya dolido lo que Isabel le hizo, no es razón para ... Amenazador. Renón dio un paso hacia él. Estrada caUó de pronto. - ¡Silencio! - ordenó. - ¡ Perdóneme, señor Renón, pero creo que es mi obligación hablar! - i Se calla usted y se marcha inmediatamente ! ¡Estoy harto de sus ingenuidades y de sus protestas! En la casa Re· nón se hace lo que yo quiero, arbitrario o no, justo o no, y no es usted quién para discutir una orden mía. ¿ Entiende? Estrada se irguió de pronto, ofendido, pero sereno. - En ese caso no me queda más que una cosa que hacer, señor Renón. Presentar la dimisión de mi puesto. - ¡Aceptada! ~ij o sin vacilación Andrés. Vio estremecerse al viejo, palidecer aún más sus mejillas amarillentas y otra vez, como frente a Va len tina, un impulso de piedad tembló en su corazón amargado, pero lo acalló también, bruscamente, volviéndole la espalda. -Entregue todo al segundo jefe de personal. -¡Lo despidió usted ayer! - Entonces deje las llaves sobre la mesa. Me ocuparé de todo, personalmente .. . Estrada obedeció, lentamente, esperaw l., t. .. ~ a , Í:.J un gesto, una palabra que pudiera ser para él como una excusa, que aceptaría en el acto, que le permitiría quedarse ahí, al lado del hombre que a pesar de todo estimaba tanto ; pero Renón permane~ió de espaldas a él, inmóvil y silencioso. El ruido
•: NE MICO
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1,
•a u" laicleron las llaves, al caer \ sobre la mesa, lo hizo parpero no cambió de posición. Estrada salió, sin decir pnl&bra. Juon Luis entró a la casa de Isabel, con un ramo de rosas y 1111 periódico bajo el brazo. Lota lo recibió sin interés. ¿ Quiere poner estas flores en algUna parte? ¡Las traje 1"" 11 ulla ! - Si q ue es usted necio, hombre ... ~ij o Lola con ftaiiiJu t:Za- . Le ha dicho que no le traiga flores, y usted ... ,. •• norias. Lo manda a paseo, muy delicamente, pero a pa· ''" · y usted empeñado en no conformarse con la amistad que ' '""h e>~ quisieran inútilmente ... ¿,Se refiere a Renón? -preguntó con viveza. ¡Precisamente! · ¿ Usted siente mucha simpatía por él, verd ad, Lola ? No puedo remediarlo, ¡sí! - No hay como ver la las gentes de lejos. Lo he visto de cerca y he hablado con él. Le aseguro •rw• l(ona mucho con el trato ... - Pues no opina lo mismo la seño,ra Valentina Hernán· .¡,,, de Rcnón. Juan Luis, con ira, desdobló el periódico y mostró a Lola 111111 noticia: la del divorcio de Andres, que ya era un hecho. 1,uln leyó con avidez la nota, dos veces, y sonrió, sin recor· •lur que ya no sólo separaba a Isabel y a Andrés el importante rlfllnlle de ser casado. Unos pasos ligeros se detuvieron frente a la puerta. - fEs Isabel! -exclamó Lola doblando con rapidez el P'' ' iúdico y devolviéndolo a Juan Luis-. Guarde usted eso lrul icó- , no se lo enseñe, a veces hasta los nombres hacen
¡iiulrllr
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llnilv .
- Aunque lo haga, Dolores- opinó también con el mÍ:!· '"' ' tono bajo y rápido el joven- , hoy tendré que hablar ••luramcute. Hay cosas ·que Isabel tiene que saber y tendré que lf,.t•írsdas, aunque ni hacerlo, pierda esa poca de amistad t¡ue ,.,. ¡., único que tengo en la vida, aunque por hablar lsabf-1 111" nborrezca ... Lota se encogió de hombros, enfadada. La puerta 10•· uhrió e Isabel entró. Un instante se detuvo su mirada en Juan l ,u is, dominando el imperceptible gesto de disgus1t1 C1111 t1u•· l'l'dLía su presencia. Luego se acercó muy de8pnciu, millnl,rnr~ 1••1lu la contemplaba con afecto y pena. En t u ru11lru púlhlu,
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BRAVO
ADAMS
Estrad a volvió a su estupefacción, a su turbación. No podía comprender que todo aquello lo dictaba un dolor profundo, una angustia sin nombre, unos celos tan atroces y tan desesperados que se manifestaban así, en un torbellino de ira y despecho que él pretendía ahogar en desprecio. Estehan trató de alegar que los otros di bujantes protesta· rían, o pf:dirían aumento a su vez ... Juan Luis no había hecho ningún mt>rito especial que jus!ificara esa disti nción ; no podía, como jefe de personal, estar de acuerdo con sen:e junte procedimiento. Renón acumulaba una injusticia sobre otra, una arbitrariedad sobre otra. Todo el mundo t..>staba <' •', : llls nervios de punta, y él era el p rimero. -- -Es necesario que se calme usted -- se atrevió a agre· gar, decidido a hacerlo reaccionar de una vez por todas-. Por mucho que le haya dolido lo que Isabel le hizo, no es razón para ... Amenazador. Renón dio un paso hacia él. Estrada caUó de pronto. - ¡Silencio! - ordenó. - ¡ Perdóneme, señor Renón, pero creo que es mi obligación hablar! - i Se calla usted y se marcha inmediatamente ! ¡Estoy harto de sus ingenuidades y de sus protestas! En la casa Re· nón se hace lo que yo quiero, arbitrario o no, justo o no, y no es usted quién para discutir una orden mía. ¿ Entiende? Estrada se irguió de pronto, ofendido, pero sereno. - En ese caso no me queda más que una cosa que hacer, señor Renón. Presentar la dimisión de mi puesto. - ¡Aceptada! ~ij o sin vacilación Andrés. Vio estremecerse al viejo, palidecer aún más sus mejillas amarillentas y otra vez, como frente a Va len tina, un impulso de piedad tembló en su corazón amargado, pero lo acalló también, bruscamente, volviéndole la espalda. -Entregue todo al segundo jefe de personal. -¡Lo despidió usted ayer! - Entonces deje las llaves sobre la mesa. Me ocuparé de todo, personalmente .. . Estrada obedeció, lentamente, esperaw l., t. .. ~ a , Í:.J un gesto, una palabra que pudiera ser para él como una excusa, que aceptaría en el acto, que le permitiría quedarse ahí, al lado del hombre que a pesar de todo estimaba tanto ; pero Renón permane~ió de espaldas a él, inmóvil y silencioso. El ruido
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•a u" laicleron las llaves, al caer \ sobre la mesa, lo hizo parpero no cambió de posición. Estrada salió, sin decir pnl&bra. Juon Luis entró a la casa de Isabel, con un ramo de rosas y 1111 periódico bajo el brazo. Lota lo recibió sin interés. ¿ Quiere poner estas flores en algUna parte? ¡Las traje 1"" 11 ulla ! - Si q ue es usted necio, hombre ... ~ij o Lola con ftaiiiJu t:Za- . Le ha dicho que no le traiga flores, y usted ... ,. •• norias. Lo manda a paseo, muy delicamente, pero a pa· ''" · y usted empeñado en no conformarse con la amistad que ' '""h e>~ quisieran inútilmente ... ¿,Se refiere a Renón? -preguntó con viveza. ¡Precisamente! · ¿ Usted siente mucha simpatía por él, verd ad, Lola ? No puedo remediarlo, ¡sí! - No hay como ver la las gentes de lejos. Lo he visto de cerca y he hablado con él. Le aseguro •rw• l(ona mucho con el trato ... - Pues no opina lo mismo la seño,ra Valentina Hernán· .¡,,, de Rcnón. Juan Luis, con ira, desdobló el periódico y mostró a Lola 111111 noticia: la del divorcio de Andres, que ya era un hecho. 1,uln leyó con avidez la nota, dos veces, y sonrió, sin recor· •lur que ya no sólo separaba a Isabel y a Andrés el importante rlfllnlle de ser casado. Unos pasos ligeros se detuvieron frente a la puerta. - fEs Isabel! -exclamó Lola doblando con rapidez el P'' ' iúdico y devolviéndolo a Juan Luis-. Guarde usted eso lrul icó- , no se lo enseñe, a veces hasta los nombres hacen
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C ARIOA I)
BRAVO
ADAMS
sus ojos que parecían más grandes a la sombra de las ojeras, y sus labios contrafdos, hicieron un esfuerzo para sonreír, tristementt. - Buenas tardes, Juan Luis - murmuró apenas. El, efusivo, oprimió entre las suyas las manos de la muchacha. -Perdóneme, Juan Luis, pero me duele mucho la ca · beza - se disculpó librando sus manos de la afectuosa presión-, después hablaremos y como supongo que se queda usted a comer con nosotras ... De pie frente a ella, el joven le cerraba el paso, luchando con su timidez, con su angustia, con la profunda pena que la actitud de ella le producía, esforzándose por ahogar la voz de . su egoísmo, por hacer aceptar a su corazón el sacrificio que debía imponerse. - ¡Me esquiva usted! -dijo al fin. -¡No lo esquivo, pero no tengo ahora fuerzas para discutir! - Libra usted una lucha titánica contra sí misma, Isabel, y callar no le hace ningún bien ... Yo soy su amigo, diga· me por qué sufre de esa manera .. . - ¡ No sufro ! - negó casi sin aliento. -Sufre hasta morirse, Isabel, y desea averiguar, pre guntar, y cuando me ve regresar cada día de la casa Renón leo en sus ojos el ansia de oírme pronunciar un nombre que inútilmente se empeña en aborrecer. -¡ Basta, Juan Luis ! -dijo exasperada. -No, no basta, Isabel... óigame, yo sé perfectamente lo que está pasando por su alma ; a fuerza de quererla, de adorarla. he llegado a pasar por encima de mis celos, por encima de mi dolor para no pensar más que en el de usted ... No se pueden cerrar los oj os a la realidad, y la realidad de su vida es Andrés Renón. Isahel se irguió, pálida y dispuesta a rebatir la verdad, pero J uan Luis se~uía hablando, sin permitirle que lo interrumpiera. -A nadie más que a mí duele decir esto ... pero me resigno y acepto la amistad que me ofrece. . . pues bien: a un amigo debe dársele la oportunidad de ser útil . . . tiene derecho a que se le tenga confianza. ¿ Po r ·q ué no me pre· ¡.!'unta, si quiere saber algo sobre Renón, Isabel?
11 t.
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N E M 1 C O
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Ella lo miró ansiosamente, pero permaneció inmóvil y Juan Luis prosiguió, despu~ de un instante. Tres veces ha cambiado de secretarios en la última se· """ .,. · lince dos días acabó una junta de directores poco me· !lo~ que a puntapiés ; después de dos o . tres disgustos con el l t~ w· ll io: ro en jefe, paralizó las obras del barrio de vivienda para 1111 - o·mpleados jubilados ... ¡No, eso no puede ser! -protestó afligida Isabel. -Lo es ... sí. Cada día veo a mi alrededor caras nue· 1 ~· ~. no hay empleado que dure en su puesto, sólo a mí pa'' • ,. ignorarme, pasa a mi lado como si yo no existiera. . . y muy grave, que supe esta tarde . .. despidió a Esteban l•:,.ttada, sin consideraciones de ninguna especie, y se dice que l11 ,·, .. ica causa de todo esto es usted, amiga mía. - ¿ Qué . .. ? ¿ Despidió a Estrada? - repitió atónita Isaho•l, mientras todo un tumulto de emociones se levantaba en •u ulma, envolviéndola, arrollándola, produciéndole una dol.. rosa confusión que casi la ahogaba. - ¿Que yo soy la causa? - siguió interrogando, casi sin dnrse cuenta de lo que decía- . ¿Es que quieren hacerme •·uloquecer, Juan Luis? ¿ Qué quieren de mí ? ¿ Qué pretenden ? --Naturalmente que nadie quiere nada, Isabel; le ruego q ue se tranquilice ; he querido decirle todo esto porque es mejor que lo sepa. Además, pienso que lo de Esteban Estrada o·ll un crimen, una injusticia. . . y a usted la veo sufrir, lu,·ha r con su pena ... También, hay algo que debe sab6r, algu que seguramente la hará cambiar con respecto a Renón ... 1nire, lea . .. De nuevo desdobló el periódico que conservaba en la mano y puso frente a los ojos de Isabel la noticia del divorcio ele Andrés. Isabel no respondió de pronto; leyó una y otra vc:t con ojos ávidos la nota; pero cuando los retiró del diario, estaban tan tristes como antes. - ¿ No es esto definitivo para usted? -interrogó Juan Luis con tono doloroso. - ¡No; esto no arregla nada, no resuelve nada, Juan Luis! - respondió con cansancio-; pero hay algo que no puedo consentir. La injusticia de despedir a Esteban Estrada. cargándolo todo a mi conciencia. La vida privada de Renón no me interesa, puede divorciarse cien veces y volver a casarse otras tantas; pero no quiero que Estrada maldiga el ll••uf' Í(I!4U.
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C ARIOA I)
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ADAMS
sus ojos que parecían más grandes a la sombra de las ojeras, y sus labios contrafdos, hicieron un esfuerzo para sonreír, tristementt. - Buenas tardes, Juan Luis - murmuró apenas. El, efusivo, oprimió entre las suyas las manos de la muchacha. -Perdóneme, Juan Luis, pero me duele mucho la ca · beza - se disculpó librando sus manos de la afectuosa presión-, después hablaremos y como supongo que se queda usted a comer con nosotras ... De pie frente a ella, el joven le cerraba el paso, luchando con su timidez, con su angustia, con la profunda pena que la actitud de ella le producía, esforzándose por ahogar la voz de . su egoísmo, por hacer aceptar a su corazón el sacrificio que debía imponerse. - ¡Me esquiva usted! -dijo al fin. -¡No lo esquivo, pero no tengo ahora fuerzas para discutir! - Libra usted una lucha titánica contra sí misma, Isabel, y callar no le hace ningún bien ... Yo soy su amigo, diga· me por qué sufre de esa manera .. . - ¡ No sufro ! - negó casi sin aliento. -Sufre hasta morirse, Isabel, y desea averiguar, pre guntar, y cuando me ve regresar cada día de la casa Renón leo en sus ojos el ansia de oírme pronunciar un nombre que inútilmente se empeña en aborrecer. -¡ Basta, Juan Luis ! -dijo exasperada. -No, no basta, Isabel... óigame, yo sé perfectamente lo que está pasando por su alma ; a fuerza de quererla, de adorarla. he llegado a pasar por encima de mis celos, por encima de mi dolor para no pensar más que en el de usted ... No se pueden cerrar los oj os a la realidad, y la realidad de su vida es Andrés Renón. Isahel se irguió, pálida y dispuesta a rebatir la verdad, pero J uan Luis se~uía hablando, sin permitirle que lo interrumpiera. -A nadie más que a mí duele decir esto ... pero me resigno y acepto la amistad que me ofrece. . . pues bien: a un amigo debe dársele la oportunidad de ser útil . . . tiene derecho a que se le tenga confianza. ¿ Po r ·q ué no me pre· ¡.!'unta, si quiere saber algo sobre Renón, Isabel?
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Ella lo miró ansiosamente, pero permaneció inmóvil y Juan Luis prosiguió, despu~ de un instante. Tres veces ha cambiado de secretarios en la última se· """ .,. · lince dos días acabó una junta de directores poco me· !lo~ que a puntapiés ; después de dos o . tres disgustos con el l t~ w· ll io: ro en jefe, paralizó las obras del barrio de vivienda para 1111 - o·mpleados jubilados ... ¡No, eso no puede ser! -protestó afligida Isabel. -Lo es ... sí. Cada día veo a mi alrededor caras nue· 1 ~· ~. no hay empleado que dure en su puesto, sólo a mí pa'' • ,. ignorarme, pasa a mi lado como si yo no existiera. . . y muy grave, que supe esta tarde . .. despidió a Esteban l•:,.ttada, sin consideraciones de ninguna especie, y se dice que l11 ,·, .. ica causa de todo esto es usted, amiga mía. - ¿ Qué . .. ? ¿ Despidió a Estrada? - repitió atónita Isaho•l, mientras todo un tumulto de emociones se levantaba en •u ulma, envolviéndola, arrollándola, produciéndole una dol.. rosa confusión que casi la ahogaba. - ¿Que yo soy la causa? - siguió interrogando, casi sin dnrse cuenta de lo que decía- . ¿Es que quieren hacerme •·uloquecer, Juan Luis? ¿ Qué quieren de mí ? ¿ Qué pretenden ? --Naturalmente que nadie quiere nada, Isabel; le ruego q ue se tranquilice ; he querido decirle todo esto porque es mejor que lo sepa. Además, pienso que lo de Esteban Estrada o·ll un crimen, una injusticia. . . y a usted la veo sufrir, lu,·ha r con su pena ... También, hay algo que debe sab6r, algu que seguramente la hará cambiar con respecto a Renón ... 1nire, lea . .. De nuevo desdobló el periódico que conservaba en la mano y puso frente a los ojos de Isabel la noticia del divorcio ele Andrés. Isabel no respondió de pronto; leyó una y otra vc:t con ojos ávidos la nota; pero cuando los retiró del diario, estaban tan tristes como antes. - ¿ No es esto definitivo para usted? -interrogó Juan Luis con tono doloroso. - ¡No; esto no arregla nada, no resuelve nada, Juan Luis! - respondió con cansancio-; pero hay algo que no puedo consentir. La injusticia de despedir a Esteban Estrada. cargándolo todo a mi conciencia. La vida privada de Renón no me interesa, puede divorciarse cien veces y volver a casarse otras tantas; pero no quiero que Estrada maldiga el ll••uf' Í(I!4U.
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C \lll 0 \ ó1
1~ 11\VO
,\OA,\IS
momento en que quiso ayudarme ... - miró con ansiedad el reloj y prosiguió- : supongo que a estas horas aún e&tará Renón en su despacho. - Según tengo entendido trabaja hasta de madrugada. Ha mandado poner personal nocturno en los teiHonos y en los ascensores, - in formó Juan Luis. ---Enttmct·s dcho ir en ser-:uida ... - ¿Me ~ rmite ir con usted? - Sí, \·cn~a conmi~o . . . Lo la entró en ese momento; sin duda había escuchado toda la conversación, y nn encontraba mal que Isabel tratara de hace r algo por Estrada ; cun voz indiferente, preguntó. - -¿Sales a e~ t<•s horas. Isabel ? - Sí. v oy a lds oficinas de Renón .. . - Pero no deberías ir act>mpañada de Juan Luis. - No ocurrirá nada, Lola, el señor Renón no es tan fiero como se han empeiiadu en pintarlo los que le tienen miedu. Hablaré con él lo indispensable, y Juan Luis no tendrá que intervenir . . . ¿Vamos? --<:oncluyó volviéndose ligeramente ltacia él, quien asintió con alegría. Isabel cruzó con rápido pa!!o las antesalas atestadas de público, las o ficinas repletas de empleados, los pasillos por donde corrían veloces los mensajeros. Juan Luis la seguía sin hablar. Ella, en af¡uel amhiente, en medio de aquel ritmo de trabajo, ahora aceleradn por la dura voluntad de su jefe y propietario, sintió su ánimo más firme a medida que se acerc3ba a las nficinas principales. La impulsaba una alegria extraña, un ardiente y áspero deseo de discutir y luchar. A su paso mucbas cabezas se volvían, muchos rostros se levantaban, y una juvenil figura conocida, le salió bruscamente al paso. I::ra Carlos, el simpático adolescente tan devoto y leal. - Seííorita San Rumán! -exrlamó con sincero regocijo- . ¡Vuelve usted a trahajar! ¡Qué dicha! - No, Carlos, vine solamente a hablar con el señor Renón ; su¡wng<• qu•~ estarú en su despacho, ya que según parece, aquí nunca se termina la labor. - ¡Y que lo. diga ustf,!d , señorita ! ¡Doble jornal, pero d obl ~ jornada! Un día vamos a salir todos de aquí para el manicomio. derechito.. . ¡pero no hay que quejarse ... porque ... ! - se detuvo temeroso, mirando a derecha y a izq uierda. luego, bajando la voz, terminó confidencialmente-:
,,, 1,
t:
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111 1 quejarse despidieron ayer a un empleado, y ya sabrá 1" ,t,.f pobre señor Estrada . . . ¡todo el mundo está indignado! Por él he venido . . .
Cortos no pudo reprimir un · gesto de alegría. ¿ De verdad? ¿Va usted a hablarle al jefe? Si usted 1~ ltnhln, seguro que las cosas cambian. Cambiar ían solamente !'Í todos ustedes fueran capaces .¡,. tt'Sf)aldarme. Juan Luis la miró, sorprendido. lsabd, por Dios, qué está diciendo ! - murmuró comt"•·ruliendo que la joven cometía una indiscreción al hablar · ~ · a un chico <:orno Carlos. Pero ella advirtió, con frialdad. - ¡Déjeme, Juan Lui& ... sé muy bien lo que digo! Carlos se rascó la cabeza : luego, dijo en d mismo tono t .. 11fidencial usado un momento antes: - Le advierto a usted, señorita Isabel, que la cosa está '1 " '' a rde. Conque uno diera la idea de levantarse en huelga, '" ,~ o ·g uirían todos en el acto . . . ¿A eso se refería usted? - ¡Sí. tal vez . . . ! -¡Isabel! - volvió a amonestarla Juan Luis. Pero ella no lo tomó tampoco esta vez en cuenta. - Por el momento hazme el favor de anunciarme al señor ll o·uón - pidió a Carlos que la miraba anhelante--; dile que ltonhcl San Román solicita diez minutos de su precioso tiem· !'"· - V vy volando ... - prometió Carlos, alejándose preci· p i l tul amen tt~.
Juan Luis murmuró en voz baja, alarmado. ·-Isabel, no fue esa la actitud en que pensé que usted 1 <~ tu : r a . . . --E:; en la única en que puedo llegar hasta él, Juan Luis. Iba a contestar cuando Carlos volvió, radiante. - El seiíor Renón les espera, señorita. - A mí sola. Usted , Juan Luis, espéreme aquí, se lo •uq ;o. Procuraré no tardar .. . ---Como usted quiera ... - aceptó Juan Luis de mala )' UIta.
Ella fue ha<:ia la puerta, que se abría ya para darle dominando la emoción que la ahogaba, a la vez temiendo ) ansiando, como si cruzara sobre un abismo, entre la des;."~pt·ración y la esperanza. pa~o.
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momento en que quiso ayudarme ... - miró con ansiedad el reloj y prosiguió- : supongo que a estas horas aún e&tará Renón en su despacho. - Según tengo entendido trabaja hasta de madrugada. Ha mandado poner personal nocturno en los teiHonos y en los ascensores, - in formó Juan Luis. ---Enttmct·s dcho ir en ser-:uida ... - ¿Me ~ rmite ir con usted? - Sí, \·cn~a conmi~o . . . Lo la entró en ese momento; sin duda había escuchado toda la conversación, y nn encontraba mal que Isabel tratara de hace r algo por Estrada ; cun voz indiferente, preguntó. - -¿Sales a e~ t<•s horas. Isabel ? - Sí. v oy a lds oficinas de Renón .. . - Pero no deberías ir act>mpañada de Juan Luis. - No ocurrirá nada, Lola, el señor Renón no es tan fiero como se han empeiiadu en pintarlo los que le tienen miedu. Hablaré con él lo indispensable, y Juan Luis no tendrá que intervenir . . . ¿Vamos? --<:oncluyó volviéndose ligeramente ltacia él, quien asintió con alegría. Isabel cruzó con rápido pa!!o las antesalas atestadas de público, las o ficinas repletas de empleados, los pasillos por donde corrían veloces los mensajeros. Juan Luis la seguía sin hablar. Ella, en af¡uel amhiente, en medio de aquel ritmo de trabajo, ahora aceleradn por la dura voluntad de su jefe y propietario, sintió su ánimo más firme a medida que se acerc3ba a las nficinas principales. La impulsaba una alegria extraña, un ardiente y áspero deseo de discutir y luchar. A su paso mucbas cabezas se volvían, muchos rostros se levantaban, y una juvenil figura conocida, le salió bruscamente al paso. I::ra Carlos, el simpático adolescente tan devoto y leal. - Seííorita San Rumán! -exrlamó con sincero regocijo- . ¡Vuelve usted a trahajar! ¡Qué dicha! - No, Carlos, vine solamente a hablar con el señor Renón ; su¡wng<• qu•~ estarú en su despacho, ya que según parece, aquí nunca se termina la labor. - ¡Y que lo. diga ustf,!d , señorita ! ¡Doble jornal, pero d obl ~ jornada! Un día vamos a salir todos de aquí para el manicomio. derechito.. . ¡pero no hay que quejarse ... porque ... ! - se detuvo temeroso, mirando a derecha y a izq uierda. luego, bajando la voz, terminó confidencialmente-:
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111 1 quejarse despidieron ayer a un empleado, y ya sabrá 1" ,t,.f pobre señor Estrada . . . ¡todo el mundo está indignado! Por él he venido . . .
Cortos no pudo reprimir un · gesto de alegría. ¿ De verdad? ¿Va usted a hablarle al jefe? Si usted 1~ ltnhln, seguro que las cosas cambian. Cambiar ían solamente !'Í todos ustedes fueran capaces .¡,. tt'Sf)aldarme. Juan Luis la miró, sorprendido. lsabd, por Dios, qué está diciendo ! - murmuró comt"•·ruliendo que la joven cometía una indiscreción al hablar · ~ · a un chico <:orno Carlos. Pero ella advirtió, con frialdad. - ¡Déjeme, Juan Lui& ... sé muy bien lo que digo! Carlos se rascó la cabeza : luego, dijo en d mismo tono t .. 11fidencial usado un momento antes: - Le advierto a usted, señorita Isabel, que la cosa está '1 " '' a rde. Conque uno diera la idea de levantarse en huelga, '" ,~ o ·g uirían todos en el acto . . . ¿A eso se refería usted? - ¡Sí. tal vez . . . ! -¡Isabel! - volvió a amonestarla Juan Luis. Pero ella no lo tomó tampoco esta vez en cuenta. - Por el momento hazme el favor de anunciarme al señor ll o·uón - pidió a Carlos que la miraba anhelante--; dile que ltonhcl San Román solicita diez minutos de su precioso tiem· !'"· - V vy volando ... - prometió Carlos, alejándose preci· p i l tul amen tt~.
Juan Luis murmuró en voz baja, alarmado. ·-Isabel, no fue esa la actitud en que pensé que usted 1 <~ tu : r a . . . --E:; en la única en que puedo llegar hasta él, Juan Luis. Iba a contestar cuando Carlos volvió, radiante. - El seiíor Renón les espera, señorita. - A mí sola. Usted , Juan Luis, espéreme aquí, se lo •uq ;o. Procuraré no tardar .. . ---Como usted quiera ... - aceptó Juan Luis de mala )' UIta.
Ella fue ha<:ia la puerta, que se abría ya para darle dominando la emoción que la ahogaba, a la vez temiendo ) ansiando, como si cruzara sobre un abismo, entre la des;."~pt·ración y la esperanza. pa~o.
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CARIO.o\D
BRAVO
ADA\tS
Renón la recibió con tanta frialdad, que todo el ánimo anterior pareció disolverse en amargura. - ¿Sola? - inquirió él, mirando hacia la puerta. - Sí __ . dije a Carlos que me anunciara a mí, solamente.. . - respondió Isabel, procurando que su voz fuera normal, y fría, como la de Andrés. - Parece que el muchacho no entendió que debía guardaT el secreto. -No se trata de ningún secreto_ . . - rebatió ella con altanería. - Para mí es completamente igual, señorita San Román; no acostumbro intervenir en la vida privada de mis empleados. Fuera de las horas de oficina pueden hacer lo que les venga en gana, y naturalmente, no me refiero a usted, que ya no es mi empleada, sino a su acompañante; tengo entendido que aún trabaja en esta casa .. Isabel, que ignoraba la suposición de Renón respecto a ella y a Juan Luis, percibió la hiriente ironía que había en sus palabras, y todo su rencor subió a sus labios. -- Sí, sigue trabajando aquí, mientras usted no ejerza contra él sus represalias . -- - replicó con el mismo tono altanero. - ¿Represalias? - repitió Andrés desdeñoso-. Que yo sepa, no be hecho nada contra ese pobre diablo .. _ Renón había vuelto a su eacritorio, que abandonara un momento, al entrar babel, sin dejar su gesto duro, hostil, que cubría su rostro como una máscara, y sólo en el fondo de sus pupilas grises parecía arder como una pequeña llama fugaz, cuando ella se acercó muy despacio, cuando en el aire, con su presencia, pareció aspirar aquel aroma suave que era como un recuerdo sacudiendo su alma; pero muy pronto se apagó la llama. Con voz dura, profesional, preguntó: -¿ Puedo saber a qué debo el honor de su visita? Le ruego que se siente ... -No hace falta, gracias .. . Vine sólo a hablar unos minutos. - . de Esteban Estrada. - Ya no trabaja en mi casa -respondió con sencillez. -¡Ya Jo sé! -alegó Isabel acalorándose de pronto- . ¿Por qué lo ha despedido? ¿Por qué lo ha echado? -Son asuntos de administración interior que no acostumbro di!Cutir con extraños- . . y usted, señorita San Román, no es para mí más que lo que ha querido eer: ¡la mu-
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!••• c¡ue no me importa! Y creo pedirle demasiado, rogán· tlttltl que tome la misma actitud con respecto a lo que ocurre • u c·stas oficinas. Isabel no quiso darse cuenta de la fría despedida que ,,,...,.rraban aquellas palabras. · - ¡ Es que no puedo permitir que ,Esteban Estrada pier· du 111.1 empleo sólo porque usted se haya empeñado en morllllr·nrme! - ¿ Ah .. - cree que es por eso que Jo he despedido? Isabel no se tomó la molestia de contestar directamente. - ¿ No es bastante que se baya ensañado usted en lod e,~ los demás? - replicó con viveza-. Se ha convertido en u u n fiera, haciendo daño a cuantos tiene a · su alcance. ¿Qué M ha propuesto conmigo? Desesperarme .. - hacerme saltar, nhliAarme a venir aquí para suplicarle que tenga piedad de lw• que no tienen la culpa de nada ... Pues ya me tiene aquí, vc• t'llloy suplicándole que se vengue en otros; si lo he herido, ~ ~ olll: odia y me considera también su enemiga, vénguese en '"' · . _ persígame.-- ¡mande a alguien que me mate! - ¡No está en mis faeultades 1mmdar matar a los dt~''"i"!
- Lo cual quiere decir que no le faltan las ganas ... - Eso también es cuenta mía, señorita San Román. Tomó su cigarro y lo encendió, aspirando el humo con fingido deleite. Por primera vez después Je muchos días se: <t1ntia a gusto, mirándola, permitiendo que sus ojos sedientos clr· aquella imagen, la contemplaran a su sabor; pero sin muhurgo, el inmenso gozo no borró de sus labios el duro gestu clr- crueldad, estudiado. Isabel fue hasta él, decidida, como quion conoce el camino del corazón que desea despertar. - ¡Andrés Renón, le estoy hablando sinceramente, con lo1rla mi alma! -murmuró con calor, no atreviéndose a acer ' ur¡;¡-· más, temiendo que la proximidad de él fuera peligro1'11 • ¡Con toda mi alma! - repitió. - ¡Su alma ya no me interesa! - respondió él. - ¿.P or qué? ¿Porque tengo un pasado? ¿Acaso no lu tiene usted también? ¿O es que sólo a las mujeres puede t•c;hársenos en cara? ¿Es por lo visto {acuitad exclusiva para h•s hombres, borrar de su vida los años o las accion~ que "" son de su agrado? Sólo usted, por ser hombre, puede decirnw: "Olvídese de todo lo que no sea este instante". . . "01' ídt'!-W dt' todo lo que nu seamos nosotros <l o~"- - - ¿Piensa
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CARIO.o\D
BRAVO
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Renón la recibió con tanta frialdad, que todo el ánimo anterior pareció disolverse en amargura. - ¿Sola? - inquirió él, mirando hacia la puerta. - Sí __ . dije a Carlos que me anunciara a mí, solamente.. . - respondió Isabel, procurando que su voz fuera normal, y fría, como la de Andrés. - Parece que el muchacho no entendió que debía guardaT el secreto. -No se trata de ningún secreto_ . . - rebatió ella con altanería. - Para mí es completamente igual, señorita San Román; no acostumbro intervenir en la vida privada de mis empleados. Fuera de las horas de oficina pueden hacer lo que les venga en gana, y naturalmente, no me refiero a usted, que ya no es mi empleada, sino a su acompañante; tengo entendido que aún trabaja en esta casa .. Isabel, que ignoraba la suposición de Renón respecto a ella y a Juan Luis, percibió la hiriente ironía que había en sus palabras, y todo su rencor subió a sus labios. -- Sí, sigue trabajando aquí, mientras usted no ejerza contra él sus represalias . -- - replicó con el mismo tono altanero. - ¿Represalias? - repitió Andrés desdeñoso-. Que yo sepa, no be hecho nada contra ese pobre diablo .. _ Renón había vuelto a su eacritorio, que abandonara un momento, al entrar babel, sin dejar su gesto duro, hostil, que cubría su rostro como una máscara, y sólo en el fondo de sus pupilas grises parecía arder como una pequeña llama fugaz, cuando ella se acercó muy despacio, cuando en el aire, con su presencia, pareció aspirar aquel aroma suave que era como un recuerdo sacudiendo su alma; pero muy pronto se apagó la llama. Con voz dura, profesional, preguntó: -¿ Puedo saber a qué debo el honor de su visita? Le ruego que se siente ... -No hace falta, gracias .. . Vine sólo a hablar unos minutos. - . de Esteban Estrada. - Ya no trabaja en mi casa -respondió con sencillez. -¡Ya Jo sé! -alegó Isabel acalorándose de pronto- . ¿Por qué lo ha despedido? ¿Por qué lo ha echado? -Son asuntos de administración interior que no acostumbro di!Cutir con extraños- . . y usted, señorita San Román, no es para mí más que lo que ha querido eer: ¡la mu-
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!••• c¡ue no me importa! Y creo pedirle demasiado, rogán· tlttltl que tome la misma actitud con respecto a lo que ocurre • u c·stas oficinas. Isabel no quiso darse cuenta de la fría despedida que ,,,...,.rraban aquellas palabras. · - ¡ Es que no puedo permitir que ,Esteban Estrada pier· du 111.1 empleo sólo porque usted se haya empeñado en morllllr·nrme! - ¿ Ah .. - cree que es por eso que Jo he despedido? Isabel no se tomó la molestia de contestar directamente. - ¿ No es bastante que se baya ensañado usted en lod e,~ los demás? - replicó con viveza-. Se ha convertido en u u n fiera, haciendo daño a cuantos tiene a · su alcance. ¿Qué M ha propuesto conmigo? Desesperarme .. - hacerme saltar, nhliAarme a venir aquí para suplicarle que tenga piedad de lw• que no tienen la culpa de nada ... Pues ya me tiene aquí, vc• t'llloy suplicándole que se vengue en otros; si lo he herido, ~ ~ olll: odia y me considera también su enemiga, vénguese en '"' · . _ persígame.-- ¡mande a alguien que me mate! - ¡No está en mis faeultades 1mmdar matar a los dt~''"i"!
- Lo cual quiere decir que no le faltan las ganas ... - Eso también es cuenta mía, señorita San Román. Tomó su cigarro y lo encendió, aspirando el humo con fingido deleite. Por primera vez después Je muchos días se: <t1ntia a gusto, mirándola, permitiendo que sus ojos sedientos clr· aquella imagen, la contemplaran a su sabor; pero sin muhurgo, el inmenso gozo no borró de sus labios el duro gestu clr- crueldad, estudiado. Isabel fue hasta él, decidida, como quion conoce el camino del corazón que desea despertar. - ¡Andrés Renón, le estoy hablando sinceramente, con lo1rla mi alma! -murmuró con calor, no atreviéndose a acer ' ur¡;¡-· más, temiendo que la proximidad de él fuera peligro1'11 • ¡Con toda mi alma! - repitió. - ¡Su alma ya no me interesa! - respondió él. - ¿.P or qué? ¿Porque tengo un pasado? ¿Acaso no lu tiene usted también? ¿O es que sólo a las mujeres puede t•c;hársenos en cara? ¿Es por lo visto {acuitad exclusiva para h•s hombres, borrar de su vida los años o las accion~ que "" son de su agrado? Sólo usted, por ser hombre, puede decirnw: "Olvídese de todo lo que no sea este instante". . . "01' ídt'!-W dt' todo lo que nu seamos nosotros <l o~"- - - ¿Piensa
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que yo, sólo por ser mujer, tengo que obedecer lo que usted manda? Andrés arrojó el cigarro en el cenicero. Sin dejar de mirarla, contemplándola siempre con la misma avidez, cortó el torrente de palabras para decir con cierta ira: - Isabel ... más vale que se vaya inmediatamente ... máa vale que me deje tranquilo ... - ¡Pero es que no puedo dejarlo tranquilo e irme yo tranquila cuando usted comete injusticias, y los demás piensan que las comete por mi culpa! ¡Es demasiado peso para mi pobre conciencia! - No se preocupe - replicó de nuevo burlón, frío--, todo estará sobre la mía, que puede con todas las cargas. - ¡No es cierto! ¡Ha vuelto usted a ser desgraciado . .. lo sé ... lo veo! -¿ Y no era eso lo que usted quería? Pues ya ha logrado su venganza, alégrese, sea feliz . . . cobre su desquite. . . y déjeme en paz. Se levantó con rapidez y como una flecha pasó antt~ ella, salió del despacho y cruzó las oficinas. Juan Luis y Carlos, mirándolo salir en aquella forma, acudieron al lado de Isabel, quien pálida y helada, inmóvil junto al ancho escritorio desordenado, parecía una estatua. Los dos le hicieron la misma pregunta ansioaa . . . ¿qué había sucedido? - ¡Ese hombre salió como un loco! ---1:omentó Juan Luis. -¿Vamos a la huelga, señorita ? - inquirió poco después Carlos. Ella pareció despertar. Un poco de color aubió a aua mejillas al responder: -¡Sí, Carlos, creo que habrá que ir a la huelga ... y cuanto antes!
CAPITULO IV Y COMO EN un vértigo, Isabel se vio r odeada, secundada por todos los descontentos empleados de Andrés Renón. Como había dicho Carlos, bastó que uno levantara la mano y habla· ra, para que los demás lo siguieran de buen grado. La acti- .
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tud de Renón los tenía en una tensión insoportable y cuando •·lla habló y expuso su deseo de exigir que Estrada fuera re· puesto en su empleo, así como los otros, despedidos injusta· mente, no hubo uno solo que no se adhiriera al movimiento rebelde. Juan Luis, acaso, era el único que 'no estaba conforme •·on aquello. Enamorado celoso, adivinaba en el fingido odio de Isabel una pasión hacia Renón que lo hería; sin embargo, co~no siempre, no se opuso al deseo de la joven, y acalló una vez más sus sentimientos con tal df' estar a su lado y e;erle grato. Carlos, con el entusiasmo de la juventud, fue uno de los más adictos huelguistas. El movimiento empezó en la banca, y pronto se extendió en las demás industrias de Renón. En realidad, Isabel no esperó nunca aquel éxito, y ahora se sentía un poco aturdida, pero no por eso renunció a su propósito. Ese día, los gritos y las vivas de una muchedumbre al· horotada obligaron a Lola a correr espantada hasta la única ventana de su pequeño departa mento, para mirar hacia la ('alle y lanzar una exclamación de terror. Ella tampoco estaba de acuerdo con Isabel, pero al igual que Juan Luis, no se habr ía atrevido a dejar sola a su amiga. Apenas se retiraba de la ventana, cuando la revoltosa y alegre figura de Carlos se dejó ver en la puerta, dando la uoticia. - ¡Dos mil obreros de la fábrica de cabillas se nos han unido y han venido vitoreándonos desde el sindicato ... bueno, lanzando vivas a la señorita Isabel, como es natural! --co· rrigió sonriendo. - ¡Oh ... qué horror! - murmuró Lola volviendo a la "entana. - Pero no se preocuve, ya se van -siguió diciendo Carlos- . No tendrá usted que invitarlos a comer. Con Juan Luis y yo )'a es bastante. Son los últimos gritos para testimoniar afecto y simpatía. Después irán a chillar un poco fren te a la casa de Renón, para que se vaya enterunflo de CjiU' también sus empleados sabemos gritar . . . Lola calló al charlatán con un gesto enilrgico. - ¡Todos ustedes estún locos do rernntn! Ella no entendía nada de la eoliclllr4dacl ele cla~e; le d wcaba que Isabel hubiera inter venido en RcJu•·lla furma cm
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que yo, sólo por ser mujer, tengo que obedecer lo que usted manda? Andrés arrojó el cigarro en el cenicero. Sin dejar de mirarla, contemplándola siempre con la misma avidez, cortó el torrente de palabras para decir con cierta ira: - Isabel ... más vale que se vaya inmediatamente ... máa vale que me deje tranquilo ... - ¡Pero es que no puedo dejarlo tranquilo e irme yo tranquila cuando usted comete injusticias, y los demás piensan que las comete por mi culpa! ¡Es demasiado peso para mi pobre conciencia! - No se preocupe - replicó de nuevo burlón, frío--, todo estará sobre la mía, que puede con todas las cargas. - ¡No es cierto! ¡Ha vuelto usted a ser desgraciado . .. lo sé ... lo veo! -¿ Y no era eso lo que usted quería? Pues ya ha logrado su venganza, alégrese, sea feliz . . . cobre su desquite. . . y déjeme en paz. Se levantó con rapidez y como una flecha pasó antt~ ella, salió del despacho y cruzó las oficinas. Juan Luis y Carlos, mirándolo salir en aquella forma, acudieron al lado de Isabel, quien pálida y helada, inmóvil junto al ancho escritorio desordenado, parecía una estatua. Los dos le hicieron la misma pregunta ansioaa . . . ¿qué había sucedido? - ¡Ese hombre salió como un loco! ---1:omentó Juan Luis. -¿Vamos a la huelga, señorita ? - inquirió poco después Carlos. Ella pareció despertar. Un poco de color aubió a aua mejillas al responder: -¡Sí, Carlos, creo que habrá que ir a la huelga ... y cuanto antes!
CAPITULO IV Y COMO EN un vértigo, Isabel se vio r odeada, secundada por todos los descontentos empleados de Andrés Renón. Como había dicho Carlos, bastó que uno levantara la mano y habla· ra, para que los demás lo siguieran de buen grado. La acti- .
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tud de Renón los tenía en una tensión insoportable y cuando •·lla habló y expuso su deseo de exigir que Estrada fuera re· puesto en su empleo, así como los otros, despedidos injusta· mente, no hubo uno solo que no se adhiriera al movimiento rebelde. Juan Luis, acaso, era el único que 'no estaba conforme •·on aquello. Enamorado celoso, adivinaba en el fingido odio de Isabel una pasión hacia Renón que lo hería; sin embargo, co~no siempre, no se opuso al deseo de la joven, y acalló una vez más sus sentimientos con tal df' estar a su lado y e;erle grato. Carlos, con el entusiasmo de la juventud, fue uno de los más adictos huelguistas. El movimiento empezó en la banca, y pronto se extendió en las demás industrias de Renón. En realidad, Isabel no esperó nunca aquel éxito, y ahora se sentía un poco aturdida, pero no por eso renunció a su propósito. Ese día, los gritos y las vivas de una muchedumbre al· horotada obligaron a Lola a correr espantada hasta la única ventana de su pequeño departa mento, para mirar hacia la ('alle y lanzar una exclamación de terror. Ella tampoco estaba de acuerdo con Isabel, pero al igual que Juan Luis, no se habr ía atrevido a dejar sola a su amiga. Apenas se retiraba de la ventana, cuando la revoltosa y alegre figura de Carlos se dejó ver en la puerta, dando la uoticia. - ¡Dos mil obreros de la fábrica de cabillas se nos han unido y han venido vitoreándonos desde el sindicato ... bueno, lanzando vivas a la señorita Isabel, como es natural! --co· rrigió sonriendo. - ¡Oh ... qué horror! - murmuró Lola volviendo a la "entana. - Pero no se preocuve, ya se van -siguió diciendo Carlos- . No tendrá usted que invitarlos a comer. Con Juan Luis y yo )'a es bastante. Son los últimos gritos para testimoniar afecto y simpatía. Después irán a chillar un poco fren te a la casa de Renón, para que se vaya enterunflo de CjiU' también sus empleados sabemos gritar . . . Lola calló al charlatán con un gesto enilrgico. - ¡Todos ustedes estún locos do rernntn! Ella no entendía nada de la eoliclllr4dacl ele cla~e; le d wcaba que Isabel hubiera inter venido en RcJu•·lla furma cm
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la oficina de Renón; después de todo, ya no era ni siquiera su empleada. Era peor, aún, el hecho de que sin ser despe· dida hubiera procedido así. Lola sentía simpatía por Renón, y sabía, lo mismo que Juan Luis, que Isabel no hacía aquello por convencimiento, sino por un loco arrebato de pasión y rencor. Le parecía una tontería mayúscula que, después de buscar tanto tiempo un empleo y encontrar uno tan bueno como el que tenía, su amiga lo dejara y provocara semejante escándalo. Juan Luis y la joven entraron en ese momento. Ella pa· recía más delgada, más frágil. Una vitalidad febril iluminaba sus pupilas color de avellana. Pero a Lola no podía engañarla con su falso entusiasmo y sus palabras sin sentido. -¡ Creo que podemos estar satisfechos - la oyó Lola decir- , ya tenemos de nuestra parte a los últimos que faltaban! Juan Luis, Isabel y Carlos discutieron por unos instantes sobre los últimos acontecimientos. Lola apenas intervenía. Llevaban dos semanas de huelga, sin cobrar ninguno un centavo, y ella, nerviosa, trabajaba mal en la tienda, de la que, un día, podían ponerla en la calle. Además, por lo que oía, el viejo Estrada, motivo principal de la huelga, no sabía todavía nada, y acaso ni siquiera pretendía que lo repusieran en su empleo. - Bien -dijo Lola ya enfadada de una discusión que encontraba inútil y demasiado larga- , si el viejo Estrada desaprueba todo lo que ustedes hacen, ¿hasta dónde van a llegar las cosas? -Hasta donde Renón quiera hacerlas llegar - aseguró con énfasis Isabel-. En su mano está que cesen. . . él no tiene más que decir una palabra ... -¡Una palabra que no diré jamás! Todos se volvieron asombrados hacia la puerta, al escuchar la frase. Andrés Renón estaba en la puerta, y su presencia inesperada dejó a los cuatro pálidos de asombro. Una vez más había aparecido como si tuviera el don de adivinar en qué instante iba a pronunciarse su nombre, como si pose· yera poderes sobrenaturales, y en la fuerza de su presencia y en su alta figura arrogante que llenaba el hueco de la puerta había, en efecto, un raro poder subyugante, algo que sobrecogía, que se imponía, que arrastraba y dominaba ·)as voluntades, inútilmente dispuestas para rechazarlo. Dio al-
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gunos pasos hacia el grupo, después de cerrar la puerta, y S<! dirigió a Juan Luis. - St:ñor López, una c:omisión de los obreros metalúrgicos que acaban ustedes de levantar en contra mia, le está esperando abajo. N() debe hacerlos aguardar, porque creo que quieren decirle algo muy interesante. Carlos se aclelantú, con gesto digoo, que en cualquiera otra circunstancia hubiera hecho reir. - El secreU!rio de este movimiento no es el señor Lópc¡, sin() yo, st:ñor Henón - advirtió posesionado de su imporla.J· d a. - Lo tendremos muy en euenta, Carlos - respondió r.onriendo levemente Renón- . Por el momento busca a mi chofer ljlle está en la esquina y dile que me pónga el auto en la puerta y que se vaya ... Carlos iba a protestar, pero un ademán enérgico de Andrés le cortó la palabra. - ¡Pronto! ¡Y después, vete directamente a tu casa donele tu padre debe tener ya una carta de mis abogados! Carlos, con los ojos desorbitados por el espanto, lo miró. - Sí, tu padre vino del campo hace dos horas -siguió dic-iendo Renón- . Como fue con él y no contigo con quien traté tu empleo, rl y sólo· él es el responsable de cuanto hagas . . . No lo tengas esperándote, y lárgate . . . Carlos no trató de indagar más. Se despidió con rapidez de todos y salió casi corriendo. Para él, el hecho de que su padre anduviera ya en el asunto, era muy grave. · Isabel, comprendiendo lo que pasaba al muchacho, indit·ó a Juan Luis. - Vaya usted con (·1, Juan Luis . . . y explíquele todo a su padre - pidió. -Claro que iré, Isabel. - El joven se dirigía ya a la ¡merta, cuando Renón advirtió. -- Pero antes vea a la comisión de metalúrgicos. Es una conquista muy importante la que han hecho esta tarde, y máa vale que no la ~ejen pe rder. Corno Isabel dio algunos pasos hacia su al,:oba, Ren(m la detuvo. - También es importante para el i•xilu drl muvimit"nlo que usted me oiga, señorita San Román ... Juan Luis volvió sobre 8UII paao11.
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la oficina de Renón; después de todo, ya no era ni siquiera su empleada. Era peor, aún, el hecho de que sin ser despe· dida hubiera procedido así. Lola sentía simpatía por Renón, y sabía, lo mismo que Juan Luis, que Isabel no hacía aquello por convencimiento, sino por un loco arrebato de pasión y rencor. Le parecía una tontería mayúscula que, después de buscar tanto tiempo un empleo y encontrar uno tan bueno como el que tenía, su amiga lo dejara y provocara semejante escándalo. Juan Luis y la joven entraron en ese momento. Ella pa· recía más delgada, más frágil. Una vitalidad febril iluminaba sus pupilas color de avellana. Pero a Lola no podía engañarla con su falso entusiasmo y sus palabras sin sentido. -¡ Creo que podemos estar satisfechos - la oyó Lola decir- , ya tenemos de nuestra parte a los últimos que faltaban! Juan Luis, Isabel y Carlos discutieron por unos instantes sobre los últimos acontecimientos. Lola apenas intervenía. Llevaban dos semanas de huelga, sin cobrar ninguno un centavo, y ella, nerviosa, trabajaba mal en la tienda, de la que, un día, podían ponerla en la calle. Además, por lo que oía, el viejo Estrada, motivo principal de la huelga, no sabía todavía nada, y acaso ni siquiera pretendía que lo repusieran en su empleo. - Bien -dijo Lola ya enfadada de una discusión que encontraba inútil y demasiado larga- , si el viejo Estrada desaprueba todo lo que ustedes hacen, ¿hasta dónde van a llegar las cosas? -Hasta donde Renón quiera hacerlas llegar - aseguró con énfasis Isabel-. En su mano está que cesen. . . él no tiene más que decir una palabra ... -¡Una palabra que no diré jamás! Todos se volvieron asombrados hacia la puerta, al escuchar la frase. Andrés Renón estaba en la puerta, y su presencia inesperada dejó a los cuatro pálidos de asombro. Una vez más había aparecido como si tuviera el don de adivinar en qué instante iba a pronunciarse su nombre, como si pose· yera poderes sobrenaturales, y en la fuerza de su presencia y en su alta figura arrogante que llenaba el hueco de la puerta había, en efecto, un raro poder subyugante, algo que sobrecogía, que se imponía, que arrastraba y dominaba ·)as voluntades, inútilmente dispuestas para rechazarlo. Dio al-
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gunos pasos hacia el grupo, después de cerrar la puerta, y S<! dirigió a Juan Luis. - St:ñor López, una c:omisión de los obreros metalúrgicos que acaban ustedes de levantar en contra mia, le está esperando abajo. N() debe hacerlos aguardar, porque creo que quieren decirle algo muy interesante. Carlos se aclelantú, con gesto digoo, que en cualquiera otra circunstancia hubiera hecho reir. - El secreU!rio de este movimiento no es el señor Lópc¡, sin() yo, st:ñor Henón - advirtió posesionado de su imporla.J· d a. - Lo tendremos muy en euenta, Carlos - respondió r.onriendo levemente Renón- . Por el momento busca a mi chofer ljlle está en la esquina y dile que me pónga el auto en la puerta y que se vaya ... Carlos iba a protestar, pero un ademán enérgico de Andrés le cortó la palabra. - ¡Pronto! ¡Y después, vete directamente a tu casa donele tu padre debe tener ya una carta de mis abogados! Carlos, con los ojos desorbitados por el espanto, lo miró. - Sí, tu padre vino del campo hace dos horas -siguió dic-iendo Renón- . Como fue con él y no contigo con quien traté tu empleo, rl y sólo· él es el responsable de cuanto hagas . . . No lo tengas esperándote, y lárgate . . . Carlos no trató de indagar más. Se despidió con rapidez de todos y salió casi corriendo. Para él, el hecho de que su padre anduviera ya en el asunto, era muy grave. · Isabel, comprendiendo lo que pasaba al muchacho, indit·ó a Juan Luis. - Vaya usted con (·1, Juan Luis . . . y explíquele todo a su padre - pidió. -Claro que iré, Isabel. - El joven se dirigía ya a la ¡merta, cuando Renón advirtió. -- Pero antes vea a la comisión de metalúrgicos. Es una conquista muy importante la que han hecho esta tarde, y máa vale que no la ~ejen pe rder. Corno Isabel dio algunos pasos hacia su al,:oba, Ren(m la detuvo. - También es importante para el i•xilu drl muvimit"nlo que usted me oiga, señorita San Román ... Juan Luis volvió sobre 8UII paao11.
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CARIDAD
BRAVO
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- Yo soy el máximo responsable de este movimiento. Puede hablar conmigo. - ¡A usted no tengo que decirle nada! Baje .. . -Sí, baje, ¡hombre del demonio! -gritó Lola, exasperada ya. 1 - Gracias, señorita Pérez, veo que usted es la única con sentido práctico en esta casa ... - Pero no me moveré de aquí hasta que Isabel me lo diga - alegó Juan Luis, con altivez. Isabel se había vuelto y estaba frente a Renón. - Por favor, Juan Luis -{)ijo con violencia-, termine· mos con esta ridícula pantomima. Vaya usted abajo y vuelva cuanto antes. El joven no se hizo repetir la orden. Lanzó una mirada de reto a Renón y desapareció. Isabel se encaró con su an· .tiguo jefe. - Acabemos de una vez. . . -exclamó con voz firme. Lola fue a cerrar la puerta y echó la llave. - Gracias --dijo suavemente Renón, sonriéndole. - Si ha venido usted a burlarse. . . -empezó Isabel, pá· lida, haciendo un esfuerzo por conservar su serenidad. - ¿Cómo puedo burlarme de quien me está ganando la partida? - replicó con acento indefinible-. ¿No es eso lo que afirman más de cuatro periódicos, y no es lo que piensan usted y sus tontos partidarios? En efecto, me están ganando porque yo no he comenzado a luchar. .Me he limitado a per· mitirles hacer lo que les venga en gana; he tenido la curiosidad de saber hasta dónde llega su osadía, su inconsciencia y su audacia, Isabel. - ¡Hasta donde tengan que llegar pan detener sus cruel· dades, sus abusos, su falta de respeto a las gentes que para usted luchan y trabaj an y a quienes no concede siquiera el derecho de quejarse! ¿Qué motivos tenía usted para proceder como lo hizo contra utrada, que se ha esforzado como nadie para servirlo lealmente? Se cree usted dueño de la vida de los demás, se cree con derecho a destrozarla a su antojo ... Andrés la escuchaba sin interrumpirla, la miraba fija· mente, contestando sólo con los ojos, que por momentos bri· liaban dulces, y casi al instante se convertían en duros y cortantes como el acero, del que tenían el color. De pronto, hizo un ademán.
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- Escúcheme, Isabel, he venido a decirle, como lider y cabedlla de esta huelga descabellada, que les doy veinti· cuatro horas para volver al trabajo. - ¿Sin reponer a Esteban Estr~tda? - ¡Sin reponer a nadie! ¡Sometiéndose a esa voluntad que usted llama extravagante y tiránica! -¿ Y qué motivos cree usted que van a tener para obedecerlo? - ¡La sencilla razón del más débil, Isabel! Sé que muchos están ya arrepentidos. Son gentes que viven al día y a los que pronto va a faltarles el pan. Pues bien, de todo eso será usted la única responsable. Si lo. que ha hecho es para aliviar su conciencia del peso que puede representar el despido de Esteban Estrada, le aseguro que muy pronto tendrá pesos peores sobre usted . - ¿Qué piensa hacer? - ¿Espera que se lo diga? ¿ Aún considera que puede manejarme a su antojo? ¡Qué equivocada está si piensa que si por un minuto estuve en sus manos, voy a seguir siendo juguete de sus caprichos y de sus mentiras! Isabel se irguió, para protestar; pero él no le permitió hacerlo. -Porque ust()d mintió, ¡mintió al decir que me amaba! - dijo recalcando cada palabra, mientras sus ojos brillaban con fulgor siniestro- . Usted no me ha querido nunca, Isabel . . . usted se sirvió de mis sentimientos para satisfacer su vanidad. . . Permitió que mintieran sus ojos, que yo le entregara el alma, cuando quería usted a otro, cuando era de otro... de ese estúpido, incapaz de defenderla ni de amarla. La había tomado violentamente por los brazos; au mirada se había hecho tan intensa, tan profunda, tan ardiente, que Isabel sintió flaquear su voluntad. Por un instante, la verdad tembló en sus labios, iba a desfallecer, dejándola etcapar : pero reaccionó con impulso repentino. - No he mentido . . . No hice sino caUar algo que no debía saber todo el mundo, exactamente igual que ualed c:on respecto a la historia de mi padre. Estamos iguale~. no lene· mos nada que reprocharnos. Le he pagado con au miama mo• noda. He luchado con sus mismas armaa. - Tal vez no las conoce usted todu, laabol. .. no Nb. todavía de lo que soy capaz. Pero está bien, mi 6Jtlmo pluo es hasta mañana; si es cierto que siente ulled piedad. apl•·
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- Yo soy el máximo responsable de este movimiento. Puede hablar conmigo. - ¡A usted no tengo que decirle nada! Baje .. . -Sí, baje, ¡hombre del demonio! -gritó Lola, exasperada ya. 1 - Gracias, señorita Pérez, veo que usted es la única con sentido práctico en esta casa ... - Pero no me moveré de aquí hasta que Isabel me lo diga - alegó Juan Luis, con altivez. Isabel se había vuelto y estaba frente a Renón. - Por favor, Juan Luis -{)ijo con violencia-, termine· mos con esta ridícula pantomima. Vaya usted abajo y vuelva cuanto antes. El joven no se hizo repetir la orden. Lanzó una mirada de reto a Renón y desapareció. Isabel se encaró con su an· .tiguo jefe. - Acabemos de una vez. . . -exclamó con voz firme. Lola fue a cerrar la puerta y echó la llave. - Gracias --dijo suavemente Renón, sonriéndole. - Si ha venido usted a burlarse. . . -empezó Isabel, pá· lida, haciendo un esfuerzo por conservar su serenidad. - ¿Cómo puedo burlarme de quien me está ganando la partida? - replicó con acento indefinible-. ¿No es eso lo que afirman más de cuatro periódicos, y no es lo que piensan usted y sus tontos partidarios? En efecto, me están ganando porque yo no he comenzado a luchar. .Me he limitado a per· mitirles hacer lo que les venga en gana; he tenido la curiosidad de saber hasta dónde llega su osadía, su inconsciencia y su audacia, Isabel. - ¡Hasta donde tengan que llegar pan detener sus cruel· dades, sus abusos, su falta de respeto a las gentes que para usted luchan y trabaj an y a quienes no concede siquiera el derecho de quejarse! ¿Qué motivos tenía usted para proceder como lo hizo contra utrada, que se ha esforzado como nadie para servirlo lealmente? Se cree usted dueño de la vida de los demás, se cree con derecho a destrozarla a su antojo ... Andrés la escuchaba sin interrumpirla, la miraba fija· mente, contestando sólo con los ojos, que por momentos bri· liaban dulces, y casi al instante se convertían en duros y cortantes como el acero, del que tenían el color. De pronto, hizo un ademán.
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- Escúcheme, Isabel, he venido a decirle, como lider y cabedlla de esta huelga descabellada, que les doy veinti· cuatro horas para volver al trabajo. - ¿Sin reponer a Esteban Estr~tda? - ¡Sin reponer a nadie! ¡Sometiéndose a esa voluntad que usted llama extravagante y tiránica! -¿ Y qué motivos cree usted que van a tener para obedecerlo? - ¡La sencilla razón del más débil, Isabel! Sé que muchos están ya arrepentidos. Son gentes que viven al día y a los que pronto va a faltarles el pan. Pues bien, de todo eso será usted la única responsable. Si lo. que ha hecho es para aliviar su conciencia del peso que puede representar el despido de Esteban Estrada, le aseguro que muy pronto tendrá pesos peores sobre usted . - ¿Qué piensa hacer? - ¿Espera que se lo diga? ¿ Aún considera que puede manejarme a su antojo? ¡Qué equivocada está si piensa que si por un minuto estuve en sus manos, voy a seguir siendo juguete de sus caprichos y de sus mentiras! Isabel se irguió, para protestar; pero él no le permitió hacerlo. -Porque ust()d mintió, ¡mintió al decir que me amaba! - dijo recalcando cada palabra, mientras sus ojos brillaban con fulgor siniestro- . Usted no me ha querido nunca, Isabel . . . usted se sirvió de mis sentimientos para satisfacer su vanidad. . . Permitió que mintieran sus ojos, que yo le entregara el alma, cuando quería usted a otro, cuando era de otro... de ese estúpido, incapaz de defenderla ni de amarla. La había tomado violentamente por los brazos; au mirada se había hecho tan intensa, tan profunda, tan ardiente, que Isabel sintió flaquear su voluntad. Por un instante, la verdad tembló en sus labios, iba a desfallecer, dejándola etcapar : pero reaccionó con impulso repentino. - No he mentido . . . No hice sino caUar algo que no debía saber todo el mundo, exactamente igual que ualed c:on respecto a la historia de mi padre. Estamos iguale~. no lene· mos nada que reprocharnos. Le he pagado con au miama mo• noda. He luchado con sus mismas armaa. - Tal vez no las conoce usted todu, laabol. .. no Nb. todavía de lo que soy capaz. Pero está bien, mi 6Jtlmo pluo es hasta mañana; si es cierto que siente ulled piedad. apl•·
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CARIDAD
BRAVO
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dese de los que la siguen y tenga la seguridad de que yo no he de apiadarme. Fue hacia la puerta donde Dolores permanecía, tem· blando, y la abrió brtl!Camente, sin volver la cabeza para mirar a Isabel, quien lo observaba a través de sus lágrimas. Cuando la puerta se cerró detrás de él Lola fue hasta Isabel, angustiada. -¿Pero, por qué sigues mintiendo? ¿ Por qué no le dijiste la verdad ? - ¡Porque esa mentira es mi único escudo! -murmuró sollozando--. Sin esa mentira estaría perdida. No podría defenderme de él, porque volverla a hablarme de amor, y no podría resistirme. . . ¡Lo amo tanto! - Luego reconoces que te quiere. . . ¡que le quiere de verdad! Y que por ti sería capaz de todo lo bueno, como está siendo capaz de todo lo malo ... - Pero él fue la causa de que muriera mi padre, Lola .. . es lo único que debo pensar. . . Te ruego que no insistas .. . Andrés penetró en el amplio edificio de sus oficinas. Cruzó frente a los escritorios abandonados, frente a las máquinas silenciosas; aquella inquieta colmena de los mil negocios parecía ahora dormida o muerta. Empujó bruscamente la puerta de cristales para llegar a su despacho, más abandonado y revuelto que nunca, limpiando la mesa a manotazos. - ¡Peor para todos! - gritó con rabia-, ¡y ella sola será la culpable! Abrió sobre la mesa dos libro5 de inventarios. Rápidamente, con su eficacia habitual tomó nota, comprobó datos, hizo largas columnas de cifras, dándose sólo de cuando en cuando unos segundos para pensar; luego, con violencia, extendió el brazo para alcanzar el teléfono más cercano. Llamó a un banco y pidió hablar con el gerente, a quien le ofreció un gran negocio. La "fusión de su propia banca en aquella institución. Más tarde llamó al subsecretario de Estado para ofrecer la fábrica de cabillas a mitad de su valor; y poco después se comunicó con la Presidencia de la Asocbción de Banqueros, pidiendo al presidente que lo recibiera. Cuando levantó la cabeza, vio una sombra frente a la mampara de cristales de la pequeña puerta de escape, abierta de par en par. Una vieja sombra familiar, cuya presencia lo hizo estremecer.
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- j Estrada! --exclamó vivamente--. ¿Qué hace usted aquí? ¿Me ha estado escuchando? ' - Sí, señor Renón -afirmó tranquilo Esteban- . He estado escuchando, y adivinándolo también. En buena hora llegué aquí. Usted no puede hacer lo _que está pensando ... No lo hará ... El viejo, tembloroso de angustia, llegó hasta la mesa. Renón lo contempló cruzado de brazos, duro y amargo el gesto. Aquella mesa que acababa de limpiar a manotazos arrojando al suelo papeles que representaban miles de pesos en ganancias, estruj ándolo todo en su violento ataque de despecho y de rabia era lo único que los separaba. - ¡Buen papel le han reservado los huelguistas... C$pÍar! - murmuró con tono hiriente, buscando "ofender a su antiguo empleado-. Podían haber escogido algo más digno de su.e canas ... - ¡No vine a espiar, señor Renón! - respondió con dignidad. -¿ No? ¿Y espera que lo crea? Pero no me importa que sepan lo que pretendo hacer, corra usted a casa de Isabel y digale lo que voy a hacer ... -Le ruego que me escuche un momento - pidió Estrada- ; es preciso que cesen todas estas locuras, que se acabe esta pugna sin sentido en la que se ha tomado mi nombre sin siquiera consultarme. Usted tiene que creerme, pues anduve a su lado diez años y jamás le mentí. Andrés miró, dudando, el pálido rostro del ancia.no, la frente arrugada que ahora estaba húmeda por el sudor, la boca trémula de angustia. - ¿Pero es posible que cometan un disparate semejaate? Algo oí sobre usted, hace poco, en la casa de Isabel; pero suponía que usted acabaría por acceder. ¿Es que no ha hablado con ella. . para nada? - ¡No, señor Renón, para nada! Cuando salí de aquí iba tan trastornado, que no quise ver a nadie ni hablar con nadie. Sabía que si Isabel San Román iba a verme, faltaría al juramento hecho a usted ... que no podría callar con r•· pecto a la verdad en el asunto de Alfredo, su padre . . . - ¿Entonces, no le ha dicho ... ? - Absolutamente nada. . . Usted calló por no hftrlr lue sentimientos de Isabel, por no humillarla en la memoria dct s 1 padre: ..
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dese de los que la siguen y tenga la seguridad de que yo no he de apiadarme. Fue hacia la puerta donde Dolores permanecía, tem· blando, y la abrió brtl!Camente, sin volver la cabeza para mirar a Isabel, quien lo observaba a través de sus lágrimas. Cuando la puerta se cerró detrás de él Lola fue hasta Isabel, angustiada. -¿Pero, por qué sigues mintiendo? ¿ Por qué no le dijiste la verdad ? - ¡Porque esa mentira es mi único escudo! -murmuró sollozando--. Sin esa mentira estaría perdida. No podría defenderme de él, porque volverla a hablarme de amor, y no podría resistirme. . . ¡Lo amo tanto! - Luego reconoces que te quiere. . . ¡que le quiere de verdad! Y que por ti sería capaz de todo lo bueno, como está siendo capaz de todo lo malo ... - Pero él fue la causa de que muriera mi padre, Lola .. . es lo único que debo pensar. . . Te ruego que no insistas .. . Andrés penetró en el amplio edificio de sus oficinas. Cruzó frente a los escritorios abandonados, frente a las máquinas silenciosas; aquella inquieta colmena de los mil negocios parecía ahora dormida o muerta. Empujó bruscamente la puerta de cristales para llegar a su despacho, más abandonado y revuelto que nunca, limpiando la mesa a manotazos. - ¡Peor para todos! - gritó con rabia-, ¡y ella sola será la culpable! Abrió sobre la mesa dos libro5 de inventarios. Rápidamente, con su eficacia habitual tomó nota, comprobó datos, hizo largas columnas de cifras, dándose sólo de cuando en cuando unos segundos para pensar; luego, con violencia, extendió el brazo para alcanzar el teléfono más cercano. Llamó a un banco y pidió hablar con el gerente, a quien le ofreció un gran negocio. La "fusión de su propia banca en aquella institución. Más tarde llamó al subsecretario de Estado para ofrecer la fábrica de cabillas a mitad de su valor; y poco después se comunicó con la Presidencia de la Asocbción de Banqueros, pidiendo al presidente que lo recibiera. Cuando levantó la cabeza, vio una sombra frente a la mampara de cristales de la pequeña puerta de escape, abierta de par en par. Una vieja sombra familiar, cuya presencia lo hizo estremecer.
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- j Estrada! --exclamó vivamente--. ¿Qué hace usted aquí? ¿Me ha estado escuchando? ' - Sí, señor Renón -afirmó tranquilo Esteban- . He estado escuchando, y adivinándolo también. En buena hora llegué aquí. Usted no puede hacer lo _que está pensando ... No lo hará ... El viejo, tembloroso de angustia, llegó hasta la mesa. Renón lo contempló cruzado de brazos, duro y amargo el gesto. Aquella mesa que acababa de limpiar a manotazos arrojando al suelo papeles que representaban miles de pesos en ganancias, estruj ándolo todo en su violento ataque de despecho y de rabia era lo único que los separaba. - ¡Buen papel le han reservado los huelguistas... C$pÍar! - murmuró con tono hiriente, buscando "ofender a su antiguo empleado-. Podían haber escogido algo más digno de su.e canas ... - ¡No vine a espiar, señor Renón! - respondió con dignidad. -¿ No? ¿Y espera que lo crea? Pero no me importa que sepan lo que pretendo hacer, corra usted a casa de Isabel y digale lo que voy a hacer ... -Le ruego que me escuche un momento - pidió Estrada- ; es preciso que cesen todas estas locuras, que se acabe esta pugna sin sentido en la que se ha tomado mi nombre sin siquiera consultarme. Usted tiene que creerme, pues anduve a su lado diez años y jamás le mentí. Andrés miró, dudando, el pálido rostro del ancia.no, la frente arrugada que ahora estaba húmeda por el sudor, la boca trémula de angustia. - ¿Pero es posible que cometan un disparate semejaate? Algo oí sobre usted, hace poco, en la casa de Isabel; pero suponía que usted acabaría por acceder. ¿Es que no ha hablado con ella. . para nada? - ¡No, señor Renón, para nada! Cuando salí de aquí iba tan trastornado, que no quise ver a nadie ni hablar con nadie. Sabía que si Isabel San Román iba a verme, faltaría al juramento hecho a usted ... que no podría callar con r•· pecto a la verdad en el asunto de Alfredo, su padre . . . - ¿Entonces, no le ha dicho ... ? - Absolutamente nada. . . Usted calló por no hftrlr lue sentimientos de Isabel, por no humillarla en la memoria dct s 1 padre: ..
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BRAVO
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-No me haga tan generoso, Estrada ... -¡Lo es usted, aunque no quiera aparentado, a mí no me engaña! Andrés dejó su actitud de vencedor; su cabeza cayó so· bre las manos abiertas y un gran suspiro alivió su tensión. -Si Isabel hubiera sido la mujer que yo creía, la mu· jer que yo llegué a soñar, yo habría podido conquistar su corazón aun por encima de todo eso; pero es una mujer in· digna que nada importa, que nada vale ... - Para usted, por desgracia, me temo que importa de· masiado. ¿Por qué trata de disimular ante mí? ¡Cuánto debe importarle que está usted dispuesto a realizar una operación ruinosa! ¡Vender sus fábricas, sus industrias, traspasar su banco! -¡Pero si voy simplemente a castigar a los imbéciles que se han dejado embaucar con palabras, Estrada! Para mí será sólo librarme de preocupaciones, de agobios, de cuida· dos. Con la cuarta parte de lo que tengo podría vivir el resto de mi vida sin llegar a gastarlo. . . Tengo mucho. . . muchí· simo dinero, mucho más de lo que usted piensa. . . de lo que yo suponía ... - No se trata de dinero, sino de su vida, señor Renón ... - ¡Mi vida! ¡Nunca fui feliz! ¿Y qué puede importarme que mi firma valga cien millones de pesos, si no puedo com· prar con ellos una hora de felicidad ? ¡No puedo borrar el pasado, ni devolver la vida a los muertos, para que ellos hablen; no puedo limpiar de los labios de la mujer que quiero los besos de otro hombre que la han manchado! Y si no puedo hacer nada de lo que me importa. . . el dinero sobra ... es inútil. - Tampoco a mí me faltan ahorros para vivir los años que me quedan. . . y sin embargo, irme de todo esto ha sido peor que darme una puñalada, y conste, señor Renón, qu~ he dicho irme, porque la verdad es que usted no me ha echado, y ahora mismo voy a decirlo así a esos locos, porque usted ni siquiera se ha ocupado de aclarar las cosas ... A eso vine aquí, a avisarle lo que pienso hacer. . . y a pedirle que me releve de mi palabra, que me permita hablar claramente con Isabel. Renón se levantó vivamente. - ¡No, se lo prohibo! ¡Tengo su juramento y no se lo devuelvo! ¡Sé que usted no me traicionará, ni yo daré un
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paso atrás frente a esa muchacha, estúpidamente empeñada en vengarse de mi! Y hemos terminado, Estrada . . . Déjeme solo, se lo ruego . .. Esteban miró con tristeza a Renón, y al fin dio unos pasos hacia la puerta, donde se 'detuvo, antes de abrirla. - Ya no soy su empleado,. señor .Renón ~ijo con lentitud- ; pero siempre seré su amigo, aunque usted no quiera mi pobre amistad. Salió y Andrés lo dejó irse, sin hablar . . . cuando la puerta se cerró, apretó los fuertes puños, se mordió los labios, resecos de rabia, tal vez también de angustia, conteniendo el impulso de detener a aquel anciano con el que su , último amigo parecía marcharse. · Isabel habló con Juan Luis, repitiendo el utimátum de Renón. Sabía que su deber era informar a todos de lo que habían hablado. Juan Luis explicó a su vez que los comisionados de los obreros de la fábrica de cabillas sabían ya algo, pero que estaban dispuestos a mantenerse en huelga. Pero no eran sólo ellos; estaban también los empleados del banco, y los de la compañía textilera, y otros más. Era demasiada la responsabilidad que pesaba sobre los débiles hombros de Isabel ; medía perfectamente las consecuencias; sabía que Renón no mentía, que su fuerza era inmensa, y que perderían ellos, como Andrés había dicho, por ser los débiles. Juan Luis, temeroso siempre, manifestó su pensamiento: había llevado las cosas demasiado lejos; nunca debieron em· prender una lucha semejante. Isabel, desdeño~a, comprobó que con un carácter como . el de su amigo no podía llegarse a nada; sin embargo, tenía que agradecer el esfuerzo del joven por seguirla, impulsado por un amor que nunca sería correspondido. Por otra parte, se solucionara el asunto de un modo o de otro, ella nunca volvería a la casa Renón. Cuando lo dijo así, Juan Luis encontró un punto. sobre el cual apoyarse. - Una razón más para considerar a los que tienen allí su porvenir y su vida, Isabel . . . Las represalias de Renón pueden traer consecuencias muy graves. Renón ee terrible, usted lo sabe; le temen los fuertes, los grandes, tiene f!n au11 manos todos los hilos, toda la clave de la ritJue•:t.a y ••l poder. El gobierno, desde luego, está de eu parte. Puclrla, inclusive, hasta hacer votar una ley en contra nueetra, el &¡ul · siera. Usted no sabe lo que puede hacer Renón.
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-No me haga tan generoso, Estrada ... -¡Lo es usted, aunque no quiera aparentado, a mí no me engaña! Andrés dejó su actitud de vencedor; su cabeza cayó so· bre las manos abiertas y un gran suspiro alivió su tensión. -Si Isabel hubiera sido la mujer que yo creía, la mu· jer que yo llegué a soñar, yo habría podido conquistar su corazón aun por encima de todo eso; pero es una mujer in· digna que nada importa, que nada vale ... - Para usted, por desgracia, me temo que importa de· masiado. ¿Por qué trata de disimular ante mí? ¡Cuánto debe importarle que está usted dispuesto a realizar una operación ruinosa! ¡Vender sus fábricas, sus industrias, traspasar su banco! -¡Pero si voy simplemente a castigar a los imbéciles que se han dejado embaucar con palabras, Estrada! Para mí será sólo librarme de preocupaciones, de agobios, de cuida· dos. Con la cuarta parte de lo que tengo podría vivir el resto de mi vida sin llegar a gastarlo. . . Tengo mucho. . . muchí· simo dinero, mucho más de lo que usted piensa. . . de lo que yo suponía ... - No se trata de dinero, sino de su vida, señor Renón ... - ¡Mi vida! ¡Nunca fui feliz! ¿Y qué puede importarme que mi firma valga cien millones de pesos, si no puedo com· prar con ellos una hora de felicidad ? ¡No puedo borrar el pasado, ni devolver la vida a los muertos, para que ellos hablen; no puedo limpiar de los labios de la mujer que quiero los besos de otro hombre que la han manchado! Y si no puedo hacer nada de lo que me importa. . . el dinero sobra ... es inútil. - Tampoco a mí me faltan ahorros para vivir los años que me quedan. . . y sin embargo, irme de todo esto ha sido peor que darme una puñalada, y conste, señor Renón, qu~ he dicho irme, porque la verdad es que usted no me ha echado, y ahora mismo voy a decirlo así a esos locos, porque usted ni siquiera se ha ocupado de aclarar las cosas ... A eso vine aquí, a avisarle lo que pienso hacer. . . y a pedirle que me releve de mi palabra, que me permita hablar claramente con Isabel. Renón se levantó vivamente. - ¡No, se lo prohibo! ¡Tengo su juramento y no se lo devuelvo! ¡Sé que usted no me traicionará, ni yo daré un
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paso atrás frente a esa muchacha, estúpidamente empeñada en vengarse de mi! Y hemos terminado, Estrada . . . Déjeme solo, se lo ruego . .. Esteban miró con tristeza a Renón, y al fin dio unos pasos hacia la puerta, donde se 'detuvo, antes de abrirla. - Ya no soy su empleado,. señor .Renón ~ijo con lentitud- ; pero siempre seré su amigo, aunque usted no quiera mi pobre amistad. Salió y Andrés lo dejó irse, sin hablar . . . cuando la puerta se cerró, apretó los fuertes puños, se mordió los labios, resecos de rabia, tal vez también de angustia, conteniendo el impulso de detener a aquel anciano con el que su , último amigo parecía marcharse. · Isabel habló con Juan Luis, repitiendo el utimátum de Renón. Sabía que su deber era informar a todos de lo que habían hablado. Juan Luis explicó a su vez que los comisionados de los obreros de la fábrica de cabillas sabían ya algo, pero que estaban dispuestos a mantenerse en huelga. Pero no eran sólo ellos; estaban también los empleados del banco, y los de la compañía textilera, y otros más. Era demasiada la responsabilidad que pesaba sobre los débiles hombros de Isabel ; medía perfectamente las consecuencias; sabía que Renón no mentía, que su fuerza era inmensa, y que perderían ellos, como Andrés había dicho, por ser los débiles. Juan Luis, temeroso siempre, manifestó su pensamiento: había llevado las cosas demasiado lejos; nunca debieron em· prender una lucha semejante. Isabel, desdeño~a, comprobó que con un carácter como . el de su amigo no podía llegarse a nada; sin embargo, tenía que agradecer el esfuerzo del joven por seguirla, impulsado por un amor que nunca sería correspondido. Por otra parte, se solucionara el asunto de un modo o de otro, ella nunca volvería a la casa Renón. Cuando lo dijo así, Juan Luis encontró un punto. sobre el cual apoyarse. - Una razón más para considerar a los que tienen allí su porvenir y su vida, Isabel . . . Las represalias de Renón pueden traer consecuencias muy graves. Renón ee terrible, usted lo sabe; le temen los fuertes, los grandes, tiene f!n au11 manos todos los hilos, toda la clave de la ritJue•:t.a y ••l poder. El gobierno, desde luego, está de eu parte. Puclrla, inclusive, hasta hacer votar una ley en contra nueetra, el &¡ul · siera. Usted no sabe lo que puede hacer Renón.
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-Sé sólo lo que podemos hacer nosotros, Juan Luis : fallar en el momento preciso. No le pedimos más que un sim· pie detalle de justicia, no queremos sino que recobre su pue!'ti"l un empleado que le es útil y fiel. -Renón no cederá y usted lo sabe. Preferiría vender sus fábricas, traspasar su banco . .. -¿ Y qué ? - Isabel se esforzó por permanecer tranquib ante el débil amigo-. ¿Bueno, y qué? ¡Será un pulpo menos, un tirano que desaparece! -Cuando Sansón empujó las columnas del templo, no fue para aplastarse solo, sino para aplastar bajo ellas hasta el último de sus enemigos ... --Habla usted como si estuviera de parte de Renón, Juan Luis. . . ¿qué le pasa? - Se lo diré claro. Esteban Estrada ha estado en el sindicato ; nos ha rogado que dejemos el asunto; nos ha asegurado que su renuncia a la casa Renón fue voluntaria, que nada quiere, que nada tiene que reclamar. Yo le supliqué que viniera él mismo a decírselo a usted, pero se negó rotunda· mente. Me pidió que fuera yo quien tratara el asunto y que la convenciera de cualquier modo; considera una locura lo que hemos hecho ... Isabel miró estupefacta a Juan Luis. - ¿Dijo eso Esteban Estrada? - murmuró. - Sí, Isabel, se lo juro. Lo dijo frente a los jefes del sindicato. Ellos, de todos modos, están dispuestos a respaldarnos, pero me rogar on que hablara con usted, ya que Estrada se negaba a verla personalmente. - ¡Pues Estrada tendrá que verme, y tendrá que hablarme! - a5eouuró Isabel con firmeza-. Lo buscaré donde se encuentre, iré a su casa, y será en este mismo momento . .. - Me rogó que lo impidiera, Isabel. - Ni usted ni nadie puede impedirlo, Juan Luis. Se dirigió a la puerta, decidida, temblorosos los pálidos labios, el alma entera asomada a las pupilas color de avellana, como si presintiera, como si adivinara, que todo el misterio de su vida estaba en las manos de Esteban Estrada ; como si hubiese t~;nido de pronto la seguridad de haber baIlado al fin la clave de su dolor y de su amor. - ¡ Permítame cuando menos acompañarla! -pidió Juan Luis, yendo tras ella. - No . . . no quiero que ae haga responsable de mis actos.
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-Ni todas 110n fantasías, mi amigo, ni arrebatos románticos. Ya me tienen, entre todos, hasta la coronilla. . . que si la dignidad de los empleados de la casa Renón . . . que si el pobre señor Estrada ... que si la fuerza de lucha unidos ... que si terminar con la tiranía de los patronos y mil berenjenas más ... y, entretanto, ¿qué pasa? Que a ese paso va· mos todos a morirnos de hambre. . . hoy me han puesto a mi también en la calle. Juan Luis la miró, aterrado. -¿Pero, Lola, qué está diciendo? -Claro que todo fue por culpa mía - Lola arrojó la ropa que todavía tenía en las manos sobre la mesa- . Por meterme a hablar lo que no debo, por decir cosas que no me importan . . . Me llamaron a la oficina del jefe de ventas para decirme no sé qué tontería. Cuando llegué estaban hablando del caso Renón y poniendo a Isabel como un trapo .. . -¡Pero es posible! -Juan Luis casi quedó con la boca abierta por el asombro. -¿Qué tiene de particular? -prosiguió Lola con vive· za-. Cuando una persona está en el candelero, cada uno la juzga como le da la gana. Pero en ese momento yo no pensé que esto era la razonable; al oir hablar mal de Isabel se me subió la sangre a la cabeza, y le dije al jefe de ventas y hasta al gerente de los almacenes, lo que creo que no han oído de nadie, en toda su vida ... -¡Por Dios! . -Sí, les dije horrores, nada que no fuera verdad, ¡y ex· euso decirle que el puntapié para enviarme hasta la calle no se hizo esperar! Y ahora. . . aquí estamos las dos en la calle, y con una reputación que no nos abrirá fácilmente la puerta para conseguir otro empleo. . . Creo ·que pediremos limosna en una esquina, si no queremos convertirnos en mu· jeres de mala nota ... Juan Luis protestó con tal fuerza, que Lola sonrió. - Yo resolveré todo esto, Dolores -aseguró enfático. -Bueno, hijo, ¿ueted? Mire, tengo que reírme, aunque el ser protagonista de un chiste no suele tener nunca gracia... -Me estima usted muy poco ... - Lo estimo como un buen amigo, y nada más, porque para conseguir dinero, lo declaro un fracaso; sin contar con que no crea que va a salir muy bien librado, a la hora que Renón decida cobrar las cuentas ... usted, menos que aadie . ..
Habló en forma tan ·extraña y enigmática para Juan Luis, que éste no pudo menos que replicar. -¿Pero, por qué? Aparte de ser amigo de Isabel, no creo que Renón tenga de mi alguna queja especial. .. - Humm . .. siga durmiendo de ese lado ... -¿Qué quiere decir? Hable claró ... la actitud de Renón para mí fue muy rara . .. Hay algo que ignoro en todo esto ... -Pues más vale que siga ignorándolo. - No .. . le ruego que me lo diga. -Yo no voy a decirle nada. Ande, vaya a la tienda. Mientras podamos, más vale comer . . . -Iré adonde usted quiera, Lola, pero antes dígame por qué me odia Renón. . . ¿por qué su amor se ha trocado en desprecio, aí, en despecho, en rabia celosa ... ? Usted lo sabe ... -Pregúntele a Isabel, que al fin y al cabo es la que ha cocinado todo este potaje. Yo estoy que me salgo por el techo. Y si no quisiera a Isabel como a una hermana .. . Se detuvo de pronto; el timbre de la puerta sonó apre· miante. Juan Luis abrió y la cara, ahora compungida, de Carlos, apareció en el umbral. - ¿Se puede pasar? -preguntó mirando a todos lados. - Pasa. . . - invitó Lola, irónica-. ¿Qué quieres? ¿Comer con nosotros? ¿ Venirte a vivir a esta casa? ¡Pide, hijo, pide ! ¡Que te estoy viendo en la cara que vienes a pe· dir algo gordo ! ¿Qué pasa? Carlos bajó la cabeza, al responder. -¡Mi padre acaba de ponerme de palitas en la calle! Me amena1.ó con. meterme en el reformatorio, si no me pre· sento mañana a primera hora a trabajar en la Banca Renón, y yo le dije que primero me matan antes que dejar a la se· ñorita Isabel en la estacada. ¡Le advertí que soy el secretario del movimiento contra los abusos de autoridad, y mi padre me tiró un puntapié que si me alcanza, me elevo sin avión, y no aterrizo en una semana! - ¡Qué lástima que no te haya alcanzado! ~omentó Lola, divertida. - Gracias por la buena voluntad . . . pero ya compren· derán que después de ese gesto paternal, tuve que Nlir por la ventana, y no puedo volver a la casa ni amarrado. -En la rnia hay sitio para ti, Carlos -dijo Juan Carloa y mientras yo lo tenga, no te faltará el pan. - Por lo menos en dos o tres días, lo tendremos --.iguió
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-Ni todas 110n fantasías, mi amigo, ni arrebatos románticos. Ya me tienen, entre todos, hasta la coronilla. . . que si la dignidad de los empleados de la casa Renón . . . que si el pobre señor Estrada ... que si la fuerza de lucha unidos ... que si terminar con la tiranía de los patronos y mil berenjenas más ... y, entretanto, ¿qué pasa? Que a ese paso va· mos todos a morirnos de hambre. . . hoy me han puesto a mi también en la calle. Juan Luis la miró, aterrado. -¿Pero, Lola, qué está diciendo? -Claro que todo fue por culpa mía - Lola arrojó la ropa que todavía tenía en las manos sobre la mesa- . Por meterme a hablar lo que no debo, por decir cosas que no me importan . . . Me llamaron a la oficina del jefe de ventas para decirme no sé qué tontería. Cuando llegué estaban hablando del caso Renón y poniendo a Isabel como un trapo .. . -¡Pero es posible! -Juan Luis casi quedó con la boca abierta por el asombro. -¿Qué tiene de particular? -prosiguió Lola con vive· za-. Cuando una persona está en el candelero, cada uno la juzga como le da la gana. Pero en ese momento yo no pensé que esto era la razonable; al oir hablar mal de Isabel se me subió la sangre a la cabeza, y le dije al jefe de ventas y hasta al gerente de los almacenes, lo que creo que no han oído de nadie, en toda su vida ... -¡Por Dios! . -Sí, les dije horrores, nada que no fuera verdad, ¡y ex· euso decirle que el puntapié para enviarme hasta la calle no se hizo esperar! Y ahora. . . aquí estamos las dos en la calle, y con una reputación que no nos abrirá fácilmente la puerta para conseguir otro empleo. . . Creo ·que pediremos limosna en una esquina, si no queremos convertirnos en mu· jeres de mala nota ... Juan Luis protestó con tal fuerza, que Lola sonrió. - Yo resolveré todo esto, Dolores -aseguró enfático. -Bueno, hijo, ¿ueted? Mire, tengo que reírme, aunque el ser protagonista de un chiste no suele tener nunca gracia... -Me estima usted muy poco ... - Lo estimo como un buen amigo, y nada más, porque para conseguir dinero, lo declaro un fracaso; sin contar con que no crea que va a salir muy bien librado, a la hora que Renón decida cobrar las cuentas ... usted, menos que aadie . ..
Habló en forma tan ·extraña y enigmática para Juan Luis, que éste no pudo menos que replicar. -¿Pero, por qué? Aparte de ser amigo de Isabel, no creo que Renón tenga de mi alguna queja especial. .. - Humm . .. siga durmiendo de ese lado ... -¿Qué quiere decir? Hable claró ... la actitud de Renón para mí fue muy rara . .. Hay algo que ignoro en todo esto ... -Pues más vale que siga ignorándolo. - No .. . le ruego que me lo diga. -Yo no voy a decirle nada. Ande, vaya a la tienda. Mientras podamos, más vale comer . . . -Iré adonde usted quiera, Lola, pero antes dígame por qué me odia Renón. . . ¿por qué su amor se ha trocado en desprecio, aí, en despecho, en rabia celosa ... ? Usted lo sabe ... -Pregúntele a Isabel, que al fin y al cabo es la que ha cocinado todo este potaje. Yo estoy que me salgo por el techo. Y si no quisiera a Isabel como a una hermana .. . Se detuvo de pronto; el timbre de la puerta sonó apre· miante. Juan Luis abrió y la cara, ahora compungida, de Carlos, apareció en el umbral. - ¿Se puede pasar? -preguntó mirando a todos lados. - Pasa. . . - invitó Lola, irónica-. ¿Qué quieres? ¿Comer con nosotros? ¿ Venirte a vivir a esta casa? ¡Pide, hijo, pide ! ¡Que te estoy viendo en la cara que vienes a pe· dir algo gordo ! ¿Qué pasa? Carlos bajó la cabeza, al responder. -¡Mi padre acaba de ponerme de palitas en la calle! Me amena1.ó con. meterme en el reformatorio, si no me pre· sento mañana a primera hora a trabajar en la Banca Renón, y yo le dije que primero me matan antes que dejar a la se· ñorita Isabel en la estacada. ¡Le advertí que soy el secretario del movimiento contra los abusos de autoridad, y mi padre me tiró un puntapié que si me alcanza, me elevo sin avión, y no aterrizo en una semana! - ¡Qué lástima que no te haya alcanzado! ~omentó Lola, divertida. - Gracias por la buena voluntad . . . pero ya compren· derán que después de ese gesto paternal, tuve que Nlir por la ventana, y no puedo volver a la casa ni amarrado. -En la rnia hay sitio para ti, Carlos -dijo Juan Carloa y mientras yo lo tenga, no te faltará el pan. - Por lo menos en dos o tres días, lo tendremos --.iguió
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BRAVO
AD~AíS
diciendo Lola, sin dejar su tono irónico y un poco hiriente--, después comeremos todos dignidad asada. ' Juan Luis la miró, y sonrió. - Ya usted no puede hablar, lAJa. Ha entrado en la co· fradía de los que nos dejamos matar por Isabel . .. --Bueno, bueno - admitió riendo Lola- , venga a la cocina para que le dé el dinero y la lista de le provisiones que debe comprar; y tú, ilustre secretario, ve poniendo la mesa para cuatro ... En la sencilla y modesta sala de la casa de Esteban Estrada en las afueras de la ciudad, en la que ee respiraba ord~:n, limpieza y esa honda paz que suele respirarse en lo,; hogares honrados, se encontraron frente a frente el viejo ami· go de Alfredo San Román y la hija de éste. Por un momento los ojos de Isabel se detuvieron en el rostro bondadoso de Esteban, después de recorrer .la estancia. Lo vio agitado por la turbación y la angustia. Ofreció torpemente un asiento a la joven. · - No puedo acostumbrarme a la idea d~ue no quiera verme, señor Estrada -dijo ella con dulzura, a punto de llorar- ; supongo que renegará del día en que quiso ayudar· me. . . Sé que mi estancia en la casa Renón no le ha traído a usted más que disgustos y calamidades, y que, ahora, cuan· do he tratado de ayudarlo con todas mis fuerzas, no he hecho mas que disgustarlo más. .. Esteban tomó entre las s1.1yas las manos de Isabel. - Jamás me arrepentiré de haber ayudado a la hija de Alfredo San Román; pero evidentemente hay algo de lo que me considero culpable, muy culpablt}, aunque bien sabe Dios qué fue lo que me movió a hablar a Renón para convencerlo. Recon'ozco que las oficin as marcharon admirablemente sin emplear en e1las a una mujM. Acaso él tenía razón ... - ¿Por qué no piensa mejor <¡ue el error ·de Renón fue emplear a la hija de una de su!l víctimas? - ¡Eso no es verdad, Isabel! - ¡Ni él mismo lo niega! Hay cosas que no pueden oírse y quedar uno callado. . . hay asuntos que ... Estrada se mordió los labios. Se puso de pie y dio unos pasos, abriendo bruscamente una ventana, buscando aspirar el aire de la noche, como si se ahogara. Isabel se levantó a eu vez y muy despacio llegó hasta él; -había una súplica desesperada en su. ojos, aún mú que en su. palabru.
EL
ENEMIGO
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- ¿Quiere usted cm1tarme la histuria que Renón no lt: dejó acabar una tarde, en su de.<~pacho ? - murmuró casi a su oído--. j Digame ci1mo se arruinó mi padre ; dígame cÓ· mo, por qué . .. por qué salió ·aquella noche como un lo(;O, para hallar la muerte C'O ntra un :ir bol! ¿ Qué hizf, Renón contra él? · Estrada se volvió lentamente hacia ella. Oprimió de nue· vo sus manos entre las suyas y respondió, con un acento tan desolado, que Isabel se estremeció. - ¡No ouedo. Isabel, no puedo decirte nada ! ¡No te lo diré, hagas lo que hagas ! ¡Este no es asunto mio ! ¿Entiendes ? ¡He jurado, he dado mi palabra de honor! ¿ No crees que es basta nte el daño que has hecho ya al pobre Renón? ¿ No es suficiente ya todo lo que ha pasado, ·por causa tuya y sólo tuya? ¿ No te basta con haber destrozado su corazón y sua ilusiones? Isabel lo miraba, entre estupefacta y ansiosa. - ¡Que cesen esa huelga descabellada, hijita! - suplicó _Estrada- . Que se vayan, tú y ese buen Juan Luis López a donde quieran. ¡No sigas volviendo loco a ese hombre! Es lo único que tengo que pedirte, y te lo pido coruo tú me pediste mi ayuda, Isabel . . . por la memoria de tu padre, de mi amigo tan querido. Isabel clavó las uñas sobre las palmas de las manos de · Estrada, obligándolo a aflojar la presión : la saeudía la impa· c iencia, la invadía un ansia irresistible de saber, que era al mismo tiempo repentino espanto, adivinando y presintiendo un mundo tras de cada palabra dt! Estrada. - ¡ Pero no se da usted cuenta de que es indispensable tJUC yo sepa! - murmuró acongojada. - ¿ Y tú no sabes lo que es un juramento? ¿Lo que sig· nifica una palabra de ho'nor? Son algo que me atan y ant~ de tra icionar a ese hombre que confía en mí, me cortaría la lengua ... ¿oyes? No quiero ser débil,• y po r eso no quería hablarte . . . --¡Hasta qué punto le pertenece ... hasta el extremo dt· ser su esclavo ! - ¡ Esclav11, sí, pero de mi p3labra! - ¡No, esclavo <le Renón - replicó ella, comprendiendo que exasperarlo era acaso la única rendija por la que podía debilitar su firmeza-; diez años anulando 11u propia volun·
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CARIDAD
BRAVO
AD~AíS
diciendo Lola, sin dejar su tono irónico y un poco hiriente--, después comeremos todos dignidad asada. ' Juan Luis la miró, y sonrió. - Ya usted no puede hablar, lAJa. Ha entrado en la co· fradía de los que nos dejamos matar por Isabel . .. --Bueno, bueno - admitió riendo Lola- , venga a la cocina para que le dé el dinero y la lista de le provisiones que debe comprar; y tú, ilustre secretario, ve poniendo la mesa para cuatro ... En la sencilla y modesta sala de la casa de Esteban Estrada en las afueras de la ciudad, en la que ee respiraba ord~:n, limpieza y esa honda paz que suele respirarse en lo,; hogares honrados, se encontraron frente a frente el viejo ami· go de Alfredo San Román y la hija de éste. Por un momento los ojos de Isabel se detuvieron en el rostro bondadoso de Esteban, después de recorrer .la estancia. Lo vio agitado por la turbación y la angustia. Ofreció torpemente un asiento a la joven. · - No puedo acostumbrarme a la idea d~ue no quiera verme, señor Estrada -dijo ella con dulzura, a punto de llorar- ; supongo que renegará del día en que quiso ayudar· me. . . Sé que mi estancia en la casa Renón no le ha traído a usted más que disgustos y calamidades, y que, ahora, cuan· do he tratado de ayudarlo con todas mis fuerzas, no he hecho mas que disgustarlo más. .. Esteban tomó entre las s1.1yas las manos de Isabel. - Jamás me arrepentiré de haber ayudado a la hija de Alfredo San Román; pero evidentemente hay algo de lo que me considero culpable, muy culpablt}, aunque bien sabe Dios qué fue lo que me movió a hablar a Renón para convencerlo. Recon'ozco que las oficin as marcharon admirablemente sin emplear en e1las a una mujM. Acaso él tenía razón ... - ¿Por qué no piensa mejor <¡ue el error ·de Renón fue emplear a la hija de una de su!l víctimas? - ¡Eso no es verdad, Isabel! - ¡Ni él mismo lo niega! Hay cosas que no pueden oírse y quedar uno callado. . . hay asuntos que ... Estrada se mordió los labios. Se puso de pie y dio unos pasos, abriendo bruscamente una ventana, buscando aspirar el aire de la noche, como si se ahogara. Isabel se levantó a eu vez y muy despacio llegó hasta él; -había una súplica desesperada en su. ojos, aún mú que en su. palabru.
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ENEMIGO
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- ¿Quiere usted cm1tarme la histuria que Renón no lt: dejó acabar una tarde, en su de.<~pacho ? - murmuró casi a su oído--. j Digame ci1mo se arruinó mi padre ; dígame cÓ· mo, por qué . .. por qué salió ·aquella noche como un lo(;O, para hallar la muerte C'O ntra un :ir bol! ¿ Qué hizf, Renón contra él? · Estrada se volvió lentamente hacia ella. Oprimió de nue· vo sus manos entre las suyas y respondió, con un acento tan desolado, que Isabel se estremeció. - ¡No ouedo. Isabel, no puedo decirte nada ! ¡No te lo diré, hagas lo que hagas ! ¡Este no es asunto mio ! ¿Entiendes ? ¡He jurado, he dado mi palabra de honor! ¿ No crees que es basta nte el daño que has hecho ya al pobre Renón? ¿ No es suficiente ya todo lo que ha pasado, ·por causa tuya y sólo tuya? ¿ No te basta con haber destrozado su corazón y sua ilusiones? Isabel lo miraba, entre estupefacta y ansiosa. - ¡Que cesen esa huelga descabellada, hijita! - suplicó _Estrada- . Que se vayan, tú y ese buen Juan Luis López a donde quieran. ¡No sigas volviendo loco a ese hombre! Es lo único que tengo que pedirte, y te lo pido coruo tú me pediste mi ayuda, Isabel . . . por la memoria de tu padre, de mi amigo tan querido. Isabel clavó las uñas sobre las palmas de las manos de · Estrada, obligándolo a aflojar la presión : la saeudía la impa· c iencia, la invadía un ansia irresistible de saber, que era al mismo tiempo repentino espanto, adivinando y presintiendo un mundo tras de cada palabra dt! Estrada. - ¡ Pero no se da usted cuenta de que es indispensable tJUC yo sepa! - murmuró acongojada. - ¿ Y tú no sabes lo que es un juramento? ¿Lo que sig· nifica una palabra de ho'nor? Son algo que me atan y ant~ de tra icionar a ese hombre que confía en mí, me cortaría la lengua ... ¿oyes? No quiero ser débil,• y po r eso no quería hablarte . . . --¡Hasta qué punto le pertenece ... hasta el extremo dt· ser su esclavo ! - ¡ Esclav11, sí, pero de mi p3labra! - ¡No, esclavo <le Renón - replicó ella, comprendiendo que exasperarlo era acaso la única rendija por la que podía debilitar su firmeza-; diez años anulando 11u propia volun·
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CAJliDAD
BRAVO · AD .~M<;
tad para servirlo, para obedecerlo, para pensar como él piensa y aprobar todo lo que hace ... pero es contra eso, justamente, contra lo que luchamos! ¿Se mataría antes de traicionarlo? -Sí, ¿no sabes lo que significa ser leal? -¡Leal a quien lo ha humillado, a quien lo ha arrojado de su casa, a quien le ha tratado peor que a un mendigo inoportuno. . . dándole la cesantía como pago por toda una vida de trabajo! Estrada adivinó que detrás de aquellas palabras dichas con ira que encubría la ironía, no había más que una tram· pa para que él cayera, y hablara. Trató de sonreír, comprensivo, sin ofenderse. - Renón no me ha echado. . . yo he salido por mi gusto de la Banca, Isabel. Y si el empleado podía quejarse de algo, el amigo no ; ¡el amigo sólo lo compadece, y el amigo en quien él ha confiado no lo traicionará, no! -¡ Amigo! ¿Acaso Renón cree ep la amistad? - Si, y cree también en el amor, aunque te parezca asombroso. . . Y si tú te hubieras acercado a él como yo creía que te acercabas, con una buena voluntad, sabrías que debajo de toda su rudeza hay un corazón dolorido. Un corazón de niño sin afectos que sufre y calla. . . un alma de idealista que reniega de la vida, porque rio ea tan pura como él sueña ... -¿Todo eso es Renón? - La voz de Isabel tembló ligeramente. -Sí. . . ¡si tu amor por él hubiera sido verdad, no tendría necesidad de decirte todo esto! Lo sabrías. - Mi amor fue verdad -gritó casi ofendida. -No quieras mentirme a mí, Isabel. -¡A usted justamente no quiero mentirle! -repitió con viveza-. Mi amor fue verdad, es verdad ; pero tanto como le amo tengo que odiarlo, y por eso tengo que luchar contra él, contra mí misma. El destrozó a mi padre. ¡Para mí no debe representar más que la crueldad, pelear sin entrañas! - ¿Y si tu padre hubiera peleado también de ese modo? -Estoy esperando que usted me lo diga. . . ¡Ya no le pregunto qué hizo Renón. . . sólo quiero saber qué hizo mi padre! Estrada hizo un ademán de impotencia. - Eso es lo que no puedo explicarte. Pregunta, indaga, logra que sea Renón en pe_rsona el que hable . . . aunque creo
EL
ENEMIGO
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que no lo lograrás ' jamás. ¡Antes será capaz de todo, huta de la locura que tiene entre manos! -¿Cuál? .. - Pues bien, te lo diré, eso no prometí calJarlo. Lo oí casualmente y está bien que lo sepas. Renón va a vender todas sus propiedades . . . traspasat sus fábricas, las ofiCinas, el banco. Las construcciones, la¡¡ agencias de publicidad. Todo ese mundo que él ha amasado con sus manos, lo va a echar abajo de un solo golpe, para hundirse, hundiendo a los demás. -¡Pero él no va arruinarse! ¡No. . . no puedo creerlo! -Es de:nasiado rico para arruinarse por eso, pero dije que se hundía porque toda su vida está en su trabajo, y se hundirá por ti. .. una mujer que 'se burló de él, que con sus malas mañas le ha quitado hasta el poder y la fuerza ... -¡Pero yo no me he burlado de él, se equivoca usted! - protestó. -¿Cómo que no te has burlado? ¿Piensas que no sé la lamentable historia de Juan Luis López y de tu hija? -¿ El le ·ha dicho ... ? - murmuró en un soplo. -El no quería creerlo. . . no podía concebir que fingieras como fingiste, que pudieras ocultar con tanta astucia una cosa tan grave, y a mí mismo me costó trabajo creerlo. ¡Y aún ahora, me parece mentira! Y si no hubiera salido de tus labios, ten la seguridad de que a pesar de ser un viejo, hubiera abofeteado como a un calumniador al que hubiera venido a contármelo. ' Isabel había retrocedido hasta apoyarse en la mesa. Palideció aún más, como si fuera a desmayarse; sintió que las rodillas se le doblaban y que las piernas no tenían ya fuerza. Un nudo de angustia intensa le apretó la garganta, le opri· mió el pecho, ahogándola. Estrada la contempló un instante, y corrió n sostenerla, advirtiendo con pena: - Siento muchísimo haber hablado de eso. ¡Pero querías saber mi opinión, y ya la sabes ... ! Isabel se irguió por un segundo;' su dignidad, su orgu· llo de mujer honrada se rebeló; pero había otro orgullo al que se aferró con desesperación. Había otra dignidad que la hacía levant.ar la frente y caUar. -¡Usted halla imperdonable mi falta, claro! dijo ya con firmeza-. Piensa que nadie puede olvidar c¡ue yo tengo
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CAJliDAD
BRAVO · AD .~M<;
tad para servirlo, para obedecerlo, para pensar como él piensa y aprobar todo lo que hace ... pero es contra eso, justamente, contra lo que luchamos! ¿Se mataría antes de traicionarlo? -Sí, ¿no sabes lo que significa ser leal? -¡Leal a quien lo ha humillado, a quien lo ha arrojado de su casa, a quien le ha tratado peor que a un mendigo inoportuno. . . dándole la cesantía como pago por toda una vida de trabajo! Estrada adivinó que detrás de aquellas palabras dichas con ira que encubría la ironía, no había más que una tram· pa para que él cayera, y hablara. Trató de sonreír, comprensivo, sin ofenderse. - Renón no me ha echado. . . yo he salido por mi gusto de la Banca, Isabel. Y si el empleado podía quejarse de algo, el amigo no ; ¡el amigo sólo lo compadece, y el amigo en quien él ha confiado no lo traicionará, no! -¡ Amigo! ¿Acaso Renón cree ep la amistad? - Si, y cree también en el amor, aunque te parezca asombroso. . . Y si tú te hubieras acercado a él como yo creía que te acercabas, con una buena voluntad, sabrías que debajo de toda su rudeza hay un corazón dolorido. Un corazón de niño sin afectos que sufre y calla. . . un alma de idealista que reniega de la vida, porque rio ea tan pura como él sueña ... -¿Todo eso es Renón? - La voz de Isabel tembló ligeramente. -Sí. . . ¡si tu amor por él hubiera sido verdad, no tendría necesidad de decirte todo esto! Lo sabrías. - Mi amor fue verdad -gritó casi ofendida. -No quieras mentirme a mí, Isabel. -¡A usted justamente no quiero mentirle! -repitió con viveza-. Mi amor fue verdad, es verdad ; pero tanto como le amo tengo que odiarlo, y por eso tengo que luchar contra él, contra mí misma. El destrozó a mi padre. ¡Para mí no debe representar más que la crueldad, pelear sin entrañas! - ¿Y si tu padre hubiera peleado también de ese modo? -Estoy esperando que usted me lo diga. . . ¡Ya no le pregunto qué hizo Renón. . . sólo quiero saber qué hizo mi padre! Estrada hizo un ademán de impotencia. - Eso es lo que no puedo explicarte. Pregunta, indaga, logra que sea Renón en pe_rsona el que hable . . . aunque creo
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que no lo lograrás ' jamás. ¡Antes será capaz de todo, huta de la locura que tiene entre manos! -¿Cuál? .. - Pues bien, te lo diré, eso no prometí calJarlo. Lo oí casualmente y está bien que lo sepas. Renón va a vender todas sus propiedades . . . traspasat sus fábricas, las ofiCinas, el banco. Las construcciones, la¡¡ agencias de publicidad. Todo ese mundo que él ha amasado con sus manos, lo va a echar abajo de un solo golpe, para hundirse, hundiendo a los demás. -¡Pero él no va arruinarse! ¡No. . . no puedo creerlo! -Es de:nasiado rico para arruinarse por eso, pero dije que se hundía porque toda su vida está en su trabajo, y se hundirá por ti. .. una mujer que 'se burló de él, que con sus malas mañas le ha quitado hasta el poder y la fuerza ... -¡Pero yo no me he burlado de él, se equivoca usted! - protestó. -¿Cómo que no te has burlado? ¿Piensas que no sé la lamentable historia de Juan Luis López y de tu hija? -¿ El le ·ha dicho ... ? - murmuró en un soplo. -El no quería creerlo. . . no podía concebir que fingieras como fingiste, que pudieras ocultar con tanta astucia una cosa tan grave, y a mí mismo me costó trabajo creerlo. ¡Y aún ahora, me parece mentira! Y si no hubiera salido de tus labios, ten la seguridad de que a pesar de ser un viejo, hubiera abofeteado como a un calumniador al que hubiera venido a contármelo. ' Isabel había retrocedido hasta apoyarse en la mesa. Palideció aún más, como si fuera a desmayarse; sintió que las rodillas se le doblaban y que las piernas no tenían ya fuerza. Un nudo de angustia intensa le apretó la garganta, le opri· mió el pecho, ahogándola. Estrada la contempló un instante, y corrió n sostenerla, advirtiendo con pena: - Siento muchísimo haber hablado de eso. ¡Pero querías saber mi opinión, y ya la sabes ... ! Isabel se irguió por un segundo;' su dignidad, su orgu· llo de mujer honrada se rebeló; pero había otro orgullo al que se aferró con desesperación. Había otra dignidad que la hacía levant.ar la frente y caUar. -¡Usted halla imperdonable mi falta, claro! dijo ya con firmeza-. Piensa que nadie puede olvidar c¡ue yo tengo
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f.ARIDAD
BRAVO
ADAMS
una mancha en mi pasado, pero encuent.ra justo que olvide el horrible pasado de Renón, y su culpa todavía peor que la mía, porque no fue culpa de amor sino de odio ... - Yo no discuto tu pasado, sino tu falta de franqueza ... -¿ Y él fue franco, acaso? ¡No, calló porque así le con• ven1a ...,.1 -Calló por. . . -Estrada se detuvo, mordiéndoee los labios, maldiciendo en su interior el juramento que lo obligaba a callar a él también. - ¡Diga ... termine! - apremió ansiosa Isabel. - Por lo que sea . . . porque quiso callar --(:oncluyó casi con rabia Esteban- ; ¡pero te aseguro que nunca se ha presentado a ti mejor de lo que es, y loa casos no son iguales! -¡Son exactamente iguales! -afirmó con violencia- . Con una sola diferencia a mi favor, que no voy a decirle, porque no lo creo capaz de guardarme a mí un eecreto, como se lo está guardando a él ... - ¿Secreto? - repitió asombrado el viejo. -Sí, un secreto mío, tan mío como el que ustedes por considerar sólo suyo, guardan tan ferozmente ; y no se moleste en preguntarme, porque no responderé, como usted no ha querido responderme, sin que le importen mis súplicas .. . Se levantó de la silla donde se dejara caer poco antes, disponiéndose a salir. Estrada, conmovido, la detuvo por un brazo. - ¡Isabel, hija, no quiero que te vayas así. .. ! - Vine a una sola cosa; a saber si era cierto que usted nos negaba su apoyo en la campaña que estamos librando; ahora ya sé cuanto tenía que saber. No es este asunto una cosa personal, se lo aseguro .. . -Entonces, piensa que debes dejar a un lado la carga qllfl te hu echado sobre los hombros, y recuerda lo que te he dicho; piensa que no debes acusar a nadie antes de saber... -¿ Y qué sé, si no quiere hablar? - ¡Confía en mí. . : te juro ... ! Isabel cortó la Erase con un gesto de impaciencia. -Bien, no vamos a empezar de nuevo. Lo único que sé es que Renón es mi enemigo, y así tengo que tratarlo. No puedo obligarlo a que nos respalde . . . siento haber venido a molestarlo ... Estrada bajó la caben, abatido. Tenía que dejarla ir, sin hablar, sin conveocerla de IU injuticia. Isabel salió con
E 'L
' ENEMICO
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rapidez y una hora más tarde llegaba a su casa, donde Lola y Juan Luis la aguardaban, ansiosos. Pálida todavía, pero con fiereza, advirtió que Esteban, reconociendo que la justi· r:ia y la razón estaban de parte de los huelguistas, no quería luchar contra Renón . . . era su amigo, y seguiría siéndolo, sin importarle nada, él sabría por qué. . . Juan Luis trató de conciliar los intereses. Después de todo, Estrada no era má$ que un pobre viejo, y además, .la lucha y la pugna emprendidas estaban de más. -¡No, eso no ! - rebatió Isabel con calor- . Estrada sabe algo que justifica a Renón a sus propios ojos, pero no lo dirá. Guarda la razón para él solo, pero como los demás no tenemos razones sentimentales, seguiremos firmes, pidiendo a la justicia la reposición, no sólo de Estrada, sino de todos los despedidos' en el último mes. Juan Luis seguía inconforme. Renón era tan hábil; no le ganarían dentro de la ley. Era por demás que Isabel alegara que tenían más razón que el magnate. Exasperados los dos, Juan Luis agregó: - ¡Isabel, está usted empecinada en algo imposible, obs· tinada . . . ! -¡Y usted está más cobarde que nunca! ---1::ortó ella con ira. - Yo no soy un cobarde -se defendió con violencia el joven- ; pero es absurdo defender a un tipo que no quiere ser defendido, tratar de imponer una dignidad a empleados que prefieren cobrar antes que nada. - ¡Ah. . . prefieren cobrar! - repitió Isabel calmándose con un enorme esfuerzo-. ¿Le han dicho eso? ¿Por qué no me lo dijo antes? -Se rumora que Renón va a cerrar las fábricas. . . y si fuera verdad ... -¡Lo es! -Isabel recobraba su calma con rapidez- . Estrada acaba de confirmármelo. Y si usted me hubiera dicho lo que está diciendo ahora, ni siquiera hubiera ido a ver a Estrada ... Todos tienen miedo, como usted mismo, Juan Luis .. . pues bien, entonces que se rindan. Vaya usted al sindicato, dígales lo que hay, que nombren otra dirección pa· ra el movimiento de huelga, que entreguen las armas ; pero que me destituyan a mí antes. .Este acuerdo yo no lo firmaré jamás, fírmenlo ustedes, arreglen todo ustedes ... ¡contra toda mi opinión, contra toda mi voluntad!
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una mancha en mi pasado, pero encuent.ra justo que olvide el horrible pasado de Renón, y su culpa todavía peor que la mía, porque no fue culpa de amor sino de odio ... - Yo no discuto tu pasado, sino tu falta de franqueza ... -¿ Y él fue franco, acaso? ¡No, calló porque así le con• ven1a ...,.1 -Calló por. . . -Estrada se detuvo, mordiéndoee los labios, maldiciendo en su interior el juramento que lo obligaba a callar a él también. - ¡Diga ... termine! - apremió ansiosa Isabel. - Por lo que sea . . . porque quiso callar --(:oncluyó casi con rabia Esteban- ; ¡pero te aseguro que nunca se ha presentado a ti mejor de lo que es, y loa casos no son iguales! -¡Son exactamente iguales! -afirmó con violencia- . Con una sola diferencia a mi favor, que no voy a decirle, porque no lo creo capaz de guardarme a mí un eecreto, como se lo está guardando a él ... - ¿Secreto? - repitió asombrado el viejo. -Sí, un secreto mío, tan mío como el que ustedes por considerar sólo suyo, guardan tan ferozmente ; y no se moleste en preguntarme, porque no responderé, como usted no ha querido responderme, sin que le importen mis súplicas .. . Se levantó de la silla donde se dejara caer poco antes, disponiéndose a salir. Estrada, conmovido, la detuvo por un brazo. - ¡Isabel, hija, no quiero que te vayas así. .. ! - Vine a una sola cosa; a saber si era cierto que usted nos negaba su apoyo en la campaña que estamos librando; ahora ya sé cuanto tenía que saber. No es este asunto una cosa personal, se lo aseguro .. . -Entonces, piensa que debes dejar a un lado la carga qllfl te hu echado sobre los hombros, y recuerda lo que te he dicho; piensa que no debes acusar a nadie antes de saber... -¿ Y qué sé, si no quiere hablar? - ¡Confía en mí. . : te juro ... ! Isabel cortó la Erase con un gesto de impaciencia. -Bien, no vamos a empezar de nuevo. Lo único que sé es que Renón es mi enemigo, y así tengo que tratarlo. No puedo obligarlo a que nos respalde . . . siento haber venido a molestarlo ... Estrada bajó la caben, abatido. Tenía que dejarla ir, sin hablar, sin conveocerla de IU injuticia. Isabel salió con
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rapidez y una hora más tarde llegaba a su casa, donde Lola y Juan Luis la aguardaban, ansiosos. Pálida todavía, pero con fiereza, advirtió que Esteban, reconociendo que la justi· r:ia y la razón estaban de parte de los huelguistas, no quería luchar contra Renón . . . era su amigo, y seguiría siéndolo, sin importarle nada, él sabría por qué. . . Juan Luis trató de conciliar los intereses. Después de todo, Estrada no era má$ que un pobre viejo, y además, .la lucha y la pugna emprendidas estaban de más. -¡No, eso no ! - rebatió Isabel con calor- . Estrada sabe algo que justifica a Renón a sus propios ojos, pero no lo dirá. Guarda la razón para él solo, pero como los demás no tenemos razones sentimentales, seguiremos firmes, pidiendo a la justicia la reposición, no sólo de Estrada, sino de todos los despedidos' en el último mes. Juan Luis seguía inconforme. Renón era tan hábil; no le ganarían dentro de la ley. Era por demás que Isabel alegara que tenían más razón que el magnate. Exasperados los dos, Juan Luis agregó: - ¡Isabel, está usted empecinada en algo imposible, obs· tinada . . . ! -¡Y usted está más cobarde que nunca! ---1::ortó ella con ira. - Yo no soy un cobarde -se defendió con violencia el joven- ; pero es absurdo defender a un tipo que no quiere ser defendido, tratar de imponer una dignidad a empleados que prefieren cobrar antes que nada. - ¡Ah. . . prefieren cobrar! - repitió Isabel calmándose con un enorme esfuerzo-. ¿Le han dicho eso? ¿Por qué no me lo dijo antes? -Se rumora que Renón va a cerrar las fábricas. . . y si fuera verdad ... -¡Lo es! -Isabel recobraba su calma con rapidez- . Estrada acaba de confirmármelo. Y si usted me hubiera dicho lo que está diciendo ahora, ni siquiera hubiera ido a ver a Estrada ... Todos tienen miedo, como usted mismo, Juan Luis .. . pues bien, entonces que se rindan. Vaya usted al sindicato, dígales lo que hay, que nombren otra dirección pa· ra el movimiento de huelga, que entreguen las armas ; pero que me destituyan a mí antes. .Este acuerdo yo no lo firmaré jamás, fírmenlo ustedes, arreglen todo ustedes ... ¡contra toda mi opinión, contra toda mi voluntad!
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
Hablaba con calma, aun cuando se sentía arrastrada por el vértigo de aquella lucha en la que iban juntas todas las emociones de su alma: su orgullo de mujer, su dignidad de ser humano, su lealtad de hija, su amargo y profundo amor por, Andrés ... Esquivó con frialdad las manos de Juan Luis, que trataron de tomar las suyas. - ¡Isabel - pidió el joven, con angustia- , comprenda usted ... ! - Comprendo muy bien. Renón sabe lo que hace. Ya cuenta con la ruindad de los otros, con su cobardía. . . Sí, decía usted bien, es muy hábil, porque conoce a los hombres. Vaya, Juan Luis, vaya, háhleles a todos, decidan lo que quieran, pero ya no cuenten conmigo para nada. . . y usted, el primero de todos. ¡Ahora déjeme, estoy muy cansada! Y, sin mirarlo, entró en su alcoba, cerrando de un golpe la puerta. Lola, que había asistido a la escena sin despegar los labios, detuvo a Juan Luis por el brazo, cuando éste se disponía a correr detrás de Isabel. Su cuerpo se interpuso para no dejarlo dar un paso más. - ¡ Déjela, será mejor para todos! No lo oiría, por mucho que usted le dijera. Más tarde yo trataré de hablarle. - ¡Pero es que su actitud es absurda, Lola! Ni siquiera sabe que usted tampoco tiene ya trabajo ... - No importa, es asunto de ella y mío, y perdóneme, no lo digo por molestarlo. . . ¡Pero por ahora, tiene bastante la pobre ... váyase ! Haga lo que ella le dijo; háblele a esa gente, compóngale el potaje de la mejor manera posible, y resuelvan lo que les convenga. En eso Isabel tiene razón; no la inmiscuyan en su resolución. - ¡No la entiendo bien, Dolores! - protestó Juan Luis. - ¡Ya! ¡Aquí nadie entiende a nadie, es la ventaja de estos enredos! ¿Quiere hacerme el favor de marcharse, Juan Luis? - Sí, Dolores, pero no al sindicato; voy a hablar solo, y directamente con Andrés Renón. - ¡Por Dios, no cometa ese disparate! ¿Quiere que lo mate? - ¿Por qué había de matarme? ¿Qué misteriosa ofensa personal le he hecho yo a Renón, sin enterarme? Los gritos de María Eugenia, detrás de la puerta, permitieron a Lola no decir nada. La chiquilla entró como una
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tromba cuando su padre abrió, más enfadado que otra cosa, al verla. - ¡La que nos faltaba! -murmuró Lota. -Papacito -dijo la niña todavía jadeante por la carrera- , hay unos hombres en la casa, unos hombres del sindi• cato con Carlos, pero es contigo con quien quieren hablar, y según dijeron, están muy U;Ustados, me mandaron a llamar· te ... -Por lo visto, el rumor sigue rodando --comentó él. -¡Pues vaya a dígales la verdad, que lo sepan todo de una vez; no se olvide de sacar a Isabel de todo esto! - Sí, lo haré . . . yo he sido un instrumento ciego en sus manos, pero muy pronto voy a ver claro. ¿Puedo dejar aquí a la niña? - ¡ Déjela, qué le vamos a hacer! Juan Luis salió al pasillo, pero se detuvo a los pocos pasos, vacilando, dudando. Al fin, con repentino impulso, vol• vió la espalda a las escaleras del pi.o alto y tomó el camino de la calle. La puerta de la biblioteca de Andrés Renón se abrió bruscamente, al impulso nervioso de su mano, y su alta figura cruzó el hall a grandes pasos, hasta la tímida figura de Este· han Estrada, que aguardaba de pie, en medio del inmenso recinto. - ¡Usted! - dijo con disgusto evidente-. Le dije por teléfono... · -¡Ya sé! --cortó Estrada con decisión- . ¡Ya sé que no quería verme ni hablarme! Sé además que le molesta muchísimo tratar en su casa los asuntos de trabajo, pero no se trata de eso, señor Renón. -¡Se trata de que quiero que me dejen en paz! -gritó rabioso--. Mañana a las ocho en punto se abrirán normalmente las puertas de mis oficinas, de mis fábricas y de mi banco. Si mis empleados no han acudido a tiempo, volverán a cerrarse, y firmaré los contratos de venta que ya tengo pre· parados. Fuera de esa determinación, no me interesa nada, ni quiero oir ni hablar de nada. - ¿Ni de Isabel. .. ? -¡De ella menos que de nadie! • -¡Hace una hora salió de mi casa! -¿Fue a catequizado para llevarlo al sindicato? ¿Quiao que retirara sus declaraciones de no intervención en el asunto ?
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
Hablaba con calma, aun cuando se sentía arrastrada por el vértigo de aquella lucha en la que iban juntas todas las emociones de su alma: su orgullo de mujer, su dignidad de ser humano, su lealtad de hija, su amargo y profundo amor por, Andrés ... Esquivó con frialdad las manos de Juan Luis, que trataron de tomar las suyas. - ¡Isabel - pidió el joven, con angustia- , comprenda usted ... ! - Comprendo muy bien. Renón sabe lo que hace. Ya cuenta con la ruindad de los otros, con su cobardía. . . Sí, decía usted bien, es muy hábil, porque conoce a los hombres. Vaya, Juan Luis, vaya, háhleles a todos, decidan lo que quieran, pero ya no cuenten conmigo para nada. . . y usted, el primero de todos. ¡Ahora déjeme, estoy muy cansada! Y, sin mirarlo, entró en su alcoba, cerrando de un golpe la puerta. Lola, que había asistido a la escena sin despegar los labios, detuvo a Juan Luis por el brazo, cuando éste se disponía a correr detrás de Isabel. Su cuerpo se interpuso para no dejarlo dar un paso más. - ¡ Déjela, será mejor para todos! No lo oiría, por mucho que usted le dijera. Más tarde yo trataré de hablarle. - ¡Pero es que su actitud es absurda, Lola! Ni siquiera sabe que usted tampoco tiene ya trabajo ... - No importa, es asunto de ella y mío, y perdóneme, no lo digo por molestarlo. . . ¡Pero por ahora, tiene bastante la pobre ... váyase ! Haga lo que ella le dijo; háblele a esa gente, compóngale el potaje de la mejor manera posible, y resuelvan lo que les convenga. En eso Isabel tiene razón; no la inmiscuyan en su resolución. - ¡No la entiendo bien, Dolores! - protestó Juan Luis. - ¡Ya! ¡Aquí nadie entiende a nadie, es la ventaja de estos enredos! ¿Quiere hacerme el favor de marcharse, Juan Luis? - Sí, Dolores, pero no al sindicato; voy a hablar solo, y directamente con Andrés Renón. - ¡Por Dios, no cometa ese disparate! ¿Quiere que lo mate? - ¿Por qué había de matarme? ¿Qué misteriosa ofensa personal le he hecho yo a Renón, sin enterarme? Los gritos de María Eugenia, detrás de la puerta, permitieron a Lola no decir nada. La chiquilla entró como una
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tromba cuando su padre abrió, más enfadado que otra cosa, al verla. - ¡La que nos faltaba! -murmuró Lota. -Papacito -dijo la niña todavía jadeante por la carrera- , hay unos hombres en la casa, unos hombres del sindi• cato con Carlos, pero es contigo con quien quieren hablar, y según dijeron, están muy U;Ustados, me mandaron a llamar· te ... -Por lo visto, el rumor sigue rodando --comentó él. -¡Pues vaya a dígales la verdad, que lo sepan todo de una vez; no se olvide de sacar a Isabel de todo esto! - Sí, lo haré . . . yo he sido un instrumento ciego en sus manos, pero muy pronto voy a ver claro. ¿Puedo dejar aquí a la niña? - ¡ Déjela, qué le vamos a hacer! Juan Luis salió al pasillo, pero se detuvo a los pocos pasos, vacilando, dudando. Al fin, con repentino impulso, vol• vió la espalda a las escaleras del pi.o alto y tomó el camino de la calle. La puerta de la biblioteca de Andrés Renón se abrió bruscamente, al impulso nervioso de su mano, y su alta figura cruzó el hall a grandes pasos, hasta la tímida figura de Este· han Estrada, que aguardaba de pie, en medio del inmenso recinto. - ¡Usted! - dijo con disgusto evidente-. Le dije por teléfono... · -¡Ya sé! --cortó Estrada con decisión- . ¡Ya sé que no quería verme ni hablarme! Sé además que le molesta muchísimo tratar en su casa los asuntos de trabajo, pero no se trata de eso, señor Renón. -¡Se trata de que quiero que me dejen en paz! -gritó rabioso--. Mañana a las ocho en punto se abrirán normalmente las puertas de mis oficinas, de mis fábricas y de mi banco. Si mis empleados no han acudido a tiempo, volverán a cerrarse, y firmaré los contratos de venta que ya tengo pre· parados. Fuera de esa determinación, no me interesa nada, ni quiero oir ni hablar de nada. - ¿Ni de Isabel. .. ? -¡De ella menos que de nadie! • -¡Hace una hora salió de mi casa! -¿Fue a catequizado para llevarlo al sindicato? ¿Quiao que retirara sus declaraciones de no intervención en el asunto ?
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-- E~t: fue el pretexto, nada más. La verdad es que Isabel ansía saber. - Pues ya le dije que no sahrá. ¡Quiero que siga creyen· do que asesiné o poco menos a su padre, que siga odiándo· me! ¡ De ese modo estamos igual! - - Es horrible comprobar cómo se parecen ustedes, aeñor Renón. Ella dijo casi las mismas palabras. Y además, ¡cst!Í desesperada! - ¿Y por qué? ¡Cuando sepa que ha logrado lo que no pudieron hacer las gra ndes empresas fin ancieras, dejará de estar desesperada ! ¡Gozará ¡>enaando que me ha arrancado la bandera de lucha de las manos, que lu dejé todo, que lo abandoné todo . . . se sentirá victoriosa! Pe ro así lo ha que· rido . . . y yo acato su voluntad, dejaremos entre los dos a miles de familia~ sin pan. - En realidad piden algo tan insignificante ... ¿ tanto estorbo le haría yo en un rinconcito 1lc la oficina por ·un par de semanas? Renón estaba ya tranquilo, y casi sonrió a la última frase de Esteban. - ¡No diga estupideces, Estrada 1 Usted ha sido siempre · mi mejor empleado. Si pensara seguir trabajando, no podría prescindir de usted. Pero no hablemos más de esto; venga, pase a mi despacho. Le enseñaré el itinerario de mis futuros viajes. Probablemente saldré a Europa la próxima semana, haré un crucero por el Mediterráneo, luego iré a Oriente. Dicen que es divertido viajar ... Mientras hablaba, arrastrada 11 Estrada hasta su lujoso despacho. . - ¿ Piensa usted irse? -preguntó desolado el viejo. - ¡Sí, hasta el fin del mundo! Llamó a Gerardo y le ordenó que llevara copas y cog· nac. Luego observó por un inatante a su viejo empleado. -A usted tampoco le vendría mal un viaje; ¿no le aburren ya estas gentes y sus caras? Venga conmigo, Estrada . . . Ayer me dij o una cosa que no he olvidado . .. Habían llegado a la vasta habitación y Estrada se sentó en la butaca que le fue ofrecida. Conmovido por la proposi· ción hecha por Renón, lo miró, tratando de sonreir. - Ayer - siguió diciendo Andrés mientras encendía un cigarrillo--, me dijo que había dejado de eer mi empleado, pero que siempre sería mi amigo.
-¡Así es, señor Renón! -No me hable con tanta ceremonia; dígame Andrés, 1 dispóngase a acompañarme. Cazaremos panteru en Argel y. leones en el Sabara. -¿Bromea usted? -Jamás bromeo, y SUJ>Pngo que esa es la razón ·de ·que resulte un tipo tan antipático. . . · - ¿ Quiéri le ha dicho que es antipáti~o ? -protestó Es· trada. -Salta a la vista. Llevo casi diez años dándoles de co· mer a tres mil hombres y a sus familas, y resulta que todos me odian. Nunca me dijo usted nada de eso, Estrada .. . -Tal vez yo mismo no me diera perfecta cuenta; pero creo que últimamente habían empezado a cambiar, y comenzaban a quererlo . .. -¿ Ah, sí? ¿ Usted cree? -Ese barrio de viviendas para sus antiguos empleados que ha paralizado últimamente, era una obra tan bella . . . la equiparación en sueldos y el pequeño tanto por ciento que proyectaba usted repartir todos los años a modo de aguinal· do, también había ilusionado a mucha gente . . . y no es sólo el dinero, es la sensación de que usted se preocupaba por el bienesta r de los que trabajaban para usted . . . era el verle sonriente, humano, cerca de ellos .. . ¿Por qué no siguió siendo de ese modo? ¿Es que no eentía el agrado de hacer esas cosas por usted mismo? Estrada se asombraba de hablar así, pero seguía en &u discurso, como si una fuerza superior lo impulsara a hacerlo. - ¡Naturalmente que sentía agrado! - aseguró Andrés--. Pero necesitaba vengarme de esa criatura que me había he· rido en lo más hondo. Usted ha olvidado ya lo que son lu pasiones, Estrada, y yo no lo había ·sabido hasta que la conocí. Hizo latir mi corazón, correr la sangre por- mis venas, embargó mis sentidos, llenó por completo mi alma. . . Y de pronto, supe que todo era mentira, que engañaba y se bur· Jaba .. . - No -dijo con calor Estrada-; Isabel me ha jurado, con lágrimas en los ojos, con una sinceridad de la que no puedo dudar, que le ha querido a usted con toda eu alma, y que aún le ama, aunque debe aborrecerlo por el aeunto de su padre. . . Isabel fue sincera, y si ueted me permitiera ha· J;,lar... 1
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-- E~t: fue el pretexto, nada más. La verdad es que Isabel ansía saber. - Pues ya le dije que no sahrá. ¡Quiero que siga creyen· do que asesiné o poco menos a su padre, que siga odiándo· me! ¡ De ese modo estamos igual! - - Es horrible comprobar cómo se parecen ustedes, aeñor Renón. Ella dijo casi las mismas palabras. Y además, ¡cst!Í desesperada! - ¿Y por qué? ¡Cuando sepa que ha logrado lo que no pudieron hacer las gra ndes empresas fin ancieras, dejará de estar desesperada ! ¡Gozará ¡>enaando que me ha arrancado la bandera de lucha de las manos, que lu dejé todo, que lo abandoné todo . . . se sentirá victoriosa! Pe ro así lo ha que· rido . . . y yo acato su voluntad, dejaremos entre los dos a miles de familia~ sin pan. - En realidad piden algo tan insignificante ... ¿ tanto estorbo le haría yo en un rinconcito 1lc la oficina por ·un par de semanas? Renón estaba ya tranquilo, y casi sonrió a la última frase de Esteban. - ¡No diga estupideces, Estrada 1 Usted ha sido siempre · mi mejor empleado. Si pensara seguir trabajando, no podría prescindir de usted. Pero no hablemos más de esto; venga, pase a mi despacho. Le enseñaré el itinerario de mis futuros viajes. Probablemente saldré a Europa la próxima semana, haré un crucero por el Mediterráneo, luego iré a Oriente. Dicen que es divertido viajar ... Mientras hablaba, arrastrada 11 Estrada hasta su lujoso despacho. . - ¿ Piensa usted irse? -preguntó desolado el viejo. - ¡Sí, hasta el fin del mundo! Llamó a Gerardo y le ordenó que llevara copas y cog· nac. Luego observó por un inatante a su viejo empleado. -A usted tampoco le vendría mal un viaje; ¿no le aburren ya estas gentes y sus caras? Venga conmigo, Estrada . . . Ayer me dij o una cosa que no he olvidado . .. Habían llegado a la vasta habitación y Estrada se sentó en la butaca que le fue ofrecida. Conmovido por la proposi· ción hecha por Renón, lo miró, tratando de sonreir. - Ayer - siguió diciendo Andrés mientras encendía un cigarrillo--, me dijo que había dejado de eer mi empleado, pero que siempre sería mi amigo.
-¡Así es, señor Renón! -No me hable con tanta ceremonia; dígame Andrés, 1 dispóngase a acompañarme. Cazaremos panteru en Argel y. leones en el Sabara. -¿Bromea usted? -Jamás bromeo, y SUJ>Pngo que esa es la razón ·de ·que resulte un tipo tan antipático. . . · - ¿ Quiéri le ha dicho que es antipáti~o ? -protestó Es· trada. -Salta a la vista. Llevo casi diez años dándoles de co· mer a tres mil hombres y a sus familas, y resulta que todos me odian. Nunca me dijo usted nada de eso, Estrada .. . -Tal vez yo mismo no me diera perfecta cuenta; pero creo que últimamente habían empezado a cambiar, y comenzaban a quererlo . .. -¿ Ah, sí? ¿ Usted cree? -Ese barrio de viviendas para sus antiguos empleados que ha paralizado últimamente, era una obra tan bella . . . la equiparación en sueldos y el pequeño tanto por ciento que proyectaba usted repartir todos los años a modo de aguinal· do, también había ilusionado a mucha gente . . . y no es sólo el dinero, es la sensación de que usted se preocupaba por el bienesta r de los que trabajaban para usted . . . era el verle sonriente, humano, cerca de ellos .. . ¿Por qué no siguió siendo de ese modo? ¿Es que no eentía el agrado de hacer esas cosas por usted mismo? Estrada se asombraba de hablar así, pero seguía en &u discurso, como si una fuerza superior lo impulsara a hacerlo. - ¡Naturalmente que sentía agrado! - aseguró Andrés--. Pero necesitaba vengarme de esa criatura que me había he· rido en lo más hondo. Usted ha olvidado ya lo que son lu pasiones, Estrada, y yo no lo había ·sabido hasta que la conocí. Hizo latir mi corazón, correr la sangre por- mis venas, embargó mis sentidos, llenó por completo mi alma. . . Y de pronto, supe que todo era mentira, que engañaba y se bur· Jaba .. . - No -dijo con calor Estrada-; Isabel me ha jurado, con lágrimas en los ojos, con una sinceridad de la que no puedo dudar, que le ha querido a usted con toda eu alma, y que aún le ama, aunque debe aborrecerlo por el aeunto de su padre. . . Isabel fue sincera, y si ueted me permitiera ha· J;,lar... 1
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Gerardo entró en ese momento, depositó la bandeja de plata con los licores y las copas y advirtió respetuosamente a su amo. - Señor, perdóneme que me atreva a interrumpirlos, pero ahí está un hombre empeñado en hablar con usted. Dice que se llama Juan Luis López, y que hablará con usted esta mis· ma noche, pase lo que pase. . Estrada se puso de pie, de un salto, sin ocultar su terror. - ¡Jesús! ¡ Dígale que no ... que no entre, Gerardo .. . <¡ut: el señor Renón nQ recibe a nadie en su casa. . . que no está ... ! Pero Renón había sonreído entre burlón y satisfecho. - Al contrario - dijo volviéndose hacia Gerardo--. ¡Dile que pase inmediatamente, que lo rec ibiré con mucho gusto! Cuando el criado salió, advirtió a Estrada: - No tenga miedo, estoy absolutamente tranquilo, aun cuando la llegada de ese hombre, su presencia, sean la res· pllesta más rotunda, más definitiva a sus falsas afirmaci ones de hace un momento. - ¿Cómo fal sas? . - Sí, Isabel le ha mentido a usted como a mí, con su rostrp ingenuo, angelical, sincero, porque quería obligarlo a secundar sus planes, así como me dominaba a mí mientras era la amante de ese canalla ... Juan Luis entró con paso decidido. - Buenas noches -saludó con tono frí o, y sorprendido al ver a Estrada, agregó-: Ah, Estr ada, estaba usted aquí. - Sí, señor -(;Ontestó por él Andrés, agresivo- está donde le da la gana, y no necesita pedirle permiso al sindicato para estar aquí. . . si le parece mal, se aguanta . .. Juan Luis no quiso hacer caso de la agresividad. Tenía que llegar hasta el final de una entrevista que tenía para él una importancia enorme. Se encogió ligeramente de hombros, simulando indiferencia. -No me parece ni mal ni bien, pero me alegro hallarlo en ese tono, Renón. Eso facilita la explicación que vengo a pedirle. - ¿Explicaciones a mí? - repitió Andrés, estupefacto y rabioso-. No me baga reir, que no tengo ganas ... -Pues ría, si quiere, pero después espero que me haga ·el favor de contestar a una pregunta: ¿ qué le he hecho yo?
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ENEMICO
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Me refiero a hacerle algo personalmente, algo que le ha hecho odiarme ... Estrada quiso, intervenir, pero Renón lo obligó a callar, con un gesto imperioso. Miró a Juan Luis, quien proseguía . con toda tranquilidad: - ¿ Quiere responderme? ¿Qué ofensa, qué injuria, qué daño personal me debe usted a mí, para que no pueda SO· portar mi presencia, para qué me trate como lo hace? Renón reía forzadamente. - ¡Maravilloso! ¿ Para preguntarme eso ha venido a m,i casa? -Sí, pero exijo una respuesta racional, porque uated no está loco. - ¡Oh, me hace el honor de creer en mi r azón! Pues se esquivoca, estoy loco de remate, algo que no le ocurrirá a usted nunca, ya que ningún imbécil se vuelve loco. Juan Luis se desconcertó por un instante. Miró primero a Estrada y después a Renón, quien agregó con ira: - j Lo estoy insultando! ¿No es usted hombre para res· ponder a mis insultos en la forma adecuada? Estrada quiso colocarse entre los dos, pero Andrés lo apartó con violencia. - Vine preparado para resistir sus insultos, Renón, y seguiré exigiendo sus razones -advirtió Juan Luis, conteniéndose con esfuerzo. -- ¿Y también viene usted preparado para resistir mis bofetadas? Todo sucedió en un instante. Estrada dio un grito tra· tanda de detener a Renón. Juan Luis, fuera de sí, gritó a su \' CZ.
- ¡Basta, miserable! ¡Usted es más fuerte que yo, pero tengo un arma! Sacó un revólver y apuntó al pecho dé Andrés, quien retrocedió un paso, irguiéndose después más altanero, más agresivo, más duro que nunca. Y fue la mano de Estrada, no obstante estar tan temblorosa, la que detuvo el gesto de Juan Luis, que habría sido irreparable. Renón rió, nervioso. - Vamos, me olvidé por un momento de que trataba con gentuza, por eso no lo hice registrar antes de entnll" a mi despacho . . . me olvidé, también, de que además J e todl) ,,. usted un cobarde, un sucio y rastrero cobarde.
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Gerardo entró en ese momento, depositó la bandeja de plata con los licores y las copas y advirtió respetuosamente a su amo. - Señor, perdóneme que me atreva a interrumpirlos, pero ahí está un hombre empeñado en hablar con usted. Dice que se llama Juan Luis López, y que hablará con usted esta mis· ma noche, pase lo que pase. . Estrada se puso de pie, de un salto, sin ocultar su terror. - ¡Jesús! ¡ Dígale que no ... que no entre, Gerardo .. . <¡ut: el señor Renón nQ recibe a nadie en su casa. . . que no está ... ! Pero Renón había sonreído entre burlón y satisfecho. - Al contrario - dijo volviéndose hacia Gerardo--. ¡Dile que pase inmediatamente, que lo rec ibiré con mucho gusto! Cuando el criado salió, advirtió a Estrada: - No tenga miedo, estoy absolutamente tranquilo, aun cuando la llegada de ese hombre, su presencia, sean la res· pllesta más rotunda, más definitiva a sus falsas afirmaci ones de hace un momento. - ¿Cómo fal sas? . - Sí, Isabel le ha mentido a usted como a mí, con su rostrp ingenuo, angelical, sincero, porque quería obligarlo a secundar sus planes, así como me dominaba a mí mientras era la amante de ese canalla ... Juan Luis entró con paso decidido. - Buenas noches -saludó con tono frí o, y sorprendido al ver a Estrada, agregó-: Ah, Estr ada, estaba usted aquí. - Sí, señor -(;Ontestó por él Andrés, agresivo- está donde le da la gana, y no necesita pedirle permiso al sindicato para estar aquí. . . si le parece mal, se aguanta . .. Juan Luis no quiso hacer caso de la agresividad. Tenía que llegar hasta el final de una entrevista que tenía para él una importancia enorme. Se encogió ligeramente de hombros, simulando indiferencia. -No me parece ni mal ni bien, pero me alegro hallarlo en ese tono, Renón. Eso facilita la explicación que vengo a pedirle. - ¿Explicaciones a mí? - repitió Andrés, estupefacto y rabioso-. No me baga reir, que no tengo ganas ... -Pues ría, si quiere, pero después espero que me haga ·el favor de contestar a una pregunta: ¿ qué le he hecho yo?
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Me refiero a hacerle algo personalmente, algo que le ha hecho odiarme ... Estrada quiso, intervenir, pero Renón lo obligó a callar, con un gesto imperioso. Miró a Juan Luis, quien proseguía . con toda tranquilidad: - ¿ Quiere responderme? ¿Qué ofensa, qué injuria, qué daño personal me debe usted a mí, para que no pueda SO· portar mi presencia, para qué me trate como lo hace? Renón reía forzadamente. - ¡Maravilloso! ¿ Para preguntarme eso ha venido a m,i casa? -Sí, pero exijo una respuesta racional, porque uated no está loco. - ¡Oh, me hace el honor de creer en mi r azón! Pues se esquivoca, estoy loco de remate, algo que no le ocurrirá a usted nunca, ya que ningún imbécil se vuelve loco. Juan Luis se desconcertó por un instante. Miró primero a Estrada y después a Renón, quien agregó con ira: - j Lo estoy insultando! ¿No es usted hombre para res· ponder a mis insultos en la forma adecuada? Estrada quiso colocarse entre los dos, pero Andrés lo apartó con violencia. - Vine preparado para resistir sus insultos, Renón, y seguiré exigiendo sus razones -advirtió Juan Luis, conteniéndose con esfuerzo. -- ¿Y también viene usted preparado para resistir mis bofetadas? Todo sucedió en un instante. Estrada dio un grito tra· tanda de detener a Renón. Juan Luis, fuera de sí, gritó a su \' CZ.
- ¡Basta, miserable! ¡Usted es más fuerte que yo, pero tengo un arma! Sacó un revólver y apuntó al pecho dé Andrés, quien retrocedió un paso, irguiéndose después más altanero, más agresivo, más duro que nunca. Y fue la mano de Estrada, no obstante estar tan temblorosa, la que detuvo el gesto de Juan Luis, que habría sido irreparable. Renón rió, nervioso. - Vamos, me olvidé por un momento de que trataba con gentuza, por eso no lo hice registrar antes de entnll" a mi despacho . . . me olvidé, también, de que además J e todl) ,,. usted un cobarde, un sucio y rastrero cobarde.
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Estrada eetaba· aterrado. Juan Luis había guardado de nuevo el arma. -No tenga temor, Eltrada, no peneaha disparar hasta que ese hombre me atacara. Déjelo que diga lo que quiera, al fin tendrá que responderme. No traje el revólver por cobarde, como él dice, sino por el contrario, ,POrque necesito enfrentarme a una verdad, una verdad que me dirá, ei es tan hombre como presume . . . - No le diré nada, perro mieerable; dispare, rnáteme si es que vino a eso, y si tiene valor para tanto. La mano de Juan Luis fue otra vez huta el revólver, pem no oprimió el gatillo. Con los dientes apretados, Heno de furor, replicó : - ¡No te acerque .. . no me obligue a· hacerlo! Renón sólo había dado un paso hacia adelante. Miró <! j uan Luis con profundo desprecio. - ¿ Quién lo mandó aquí? Ella . . . claro. . . ¿no es verdad?
- -He venido porque quiero saber, nadie me ha mandado, y espero <¡ue me responda: ¿por qué me odia y por qué la o~ia a ella cuando antes la amaba? No . . . no va a negarlo
- prosiguió al percibir un gesto ele rebelión de André~-. j usted la quiso. le hahló de amor, lo sé! Pero lo que no sé r.s por qué cambió de pronto, y sobre lodo, por qué soy yo la cauaa de e~e odio injusto. ¡Necesito saber la verdad, a todo trance! · - ¿ Pero, de IJUé está hablando? Decidido. haciendo otra vez a un lado a Estrada. <JUC u taba desesperado. fue hasta Juan Luis con gesto tan agre· sivo, que el joven retrocedió tropezando con la ancha mesa. Sentía que su <:<>razón teml,laba y veía también temblar la mano que sostenía el revólver: sabía que Renón iba a saltar soore él. sin importa rle na1fa. ) reunió sus fu erzas para ex· clamar : - - ¡Usted 1¡uicre a lsahel. y todo lo hace por <;elos, por despeeho! --¿Yo querer n. esa . .. a
sobras, miserahle ?
t~:<a perdida?
¿Yo
recow~r
liUs
Atónito, Juan Luis lo miró fijamente. Estaban tan cerca. t¡ue si hubiera disparado. Renón hubiera caído a sus pie!!; pero aun cuando el insulto a Isabel lo hizo palidecer m<ts por la ira, la última 1 f ras<~ lo desconcertó de nuevo.
¡,
EL
ENE MIGO
- ¿Pero, qué está diciendo? - preguntó confuso. - ¡Basta! -gritó1impaciente Renón-. ¡No me importa nada de usted, ni de ella, ni de la hija de ambos! - ¡ Renón! - El revólver cayó de las manos de Juan Luis. y Estrada se apresuró a recog~rlo. Un temblor convulsivo sacudió el rostro desencajado del joven. Balbuceó, pues las palabras salían con dificultad· de sus labios- : ¡hija <le ambos! ¿ Pero usted está loco ? ¡Mentira, mi hij a no es hija de Isabel, y es usted el más vil de los calumniadores, el más canalla, el más malvado! Se arrojó como un loco sobre Andrés, pero las recias manos del banquero lo sujetaron conteniendo sus golpes, mien· tras· su rostro se transfiguraba b~jo una llamarada de alivio, de esperanza, de intensa y loca felicidad. - ¿No es hija de Isabel? ¿ Dice la verdad? - ¿Pero quién ha podido decirle una cosa semejante? --Juan Luis trataba de desasirse de la presión de las mano11 de hierro que lo sujetaban- . Maria Eugenia es mi hija legítima. Tiene seis años, y yo he ·conocido a la señorita San Román hace sólo unos meses ... Isabel es una mujer inta· chable, honesta. . . y nadie puede decir nada más de ella. Andrés soltó su presa, anonadado por la felicidad, como pudiera estarlo por el dolor, mientras el cuerpo de Juan Luis, sacudido por un violento espasmo se dobló sobre el escritorio, se estremeció convulso, se retorció para caer al fin al suelo. Estrada corrió, tratando de auxiliarlo. -¿ Qué tiene, qué pasa? -interrogó el viejo, angus· tiado. Andrés, mientras tanto, como si soñara, como si no viera nada de lo que sucedía a unos pasos de ~1. repetía. - Intachable ... ¡Intachable! - Se llevó las manos a la cabeza, oprimiéndola, 11intiendo un terrible dolor en las sienes-. ¡Oh, Isabel, mentiste, mentiste para vengarte de mí. para torturarme . .. ! - ¡Este hombre está enfermo, señor Renón, abra la puer· ta, llame. . . se nos muere! -gimió Estrada quien en vano · trataba de reanimar el cuerpo inerte de Juan Luis. Sacudió con ansia los hombros de Renón, que permanecía inmóvil, sin reaccionar aún de la tremenda sorpresa, sin darse cuenta de lo que pasaba. Estrada corrió, abrió la puerta y llamó a Geral'do. El mayordomo acudió en el acto; en un
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Estrada eetaba· aterrado. Juan Luis había guardado de nuevo el arma. -No tenga temor, Eltrada, no peneaha disparar hasta que ese hombre me atacara. Déjelo que diga lo que quiera, al fin tendrá que responderme. No traje el revólver por cobarde, como él dice, sino por el contrario, ,POrque necesito enfrentarme a una verdad, una verdad que me dirá, ei es tan hombre como presume . . . - No le diré nada, perro mieerable; dispare, rnáteme si es que vino a eso, y si tiene valor para tanto. La mano de Juan Luis fue otra vez huta el revólver, pem no oprimió el gatillo. Con los dientes apretados, Heno de furor, replicó : - ¡No te acerque .. . no me obligue a· hacerlo! Renón sólo había dado un paso hacia adelante. Miró <! j uan Luis con profundo desprecio. - ¿ Quién lo mandó aquí? Ella . . . claro. . . ¿no es verdad?
- -He venido porque quiero saber, nadie me ha mandado, y espero <¡ue me responda: ¿por qué me odia y por qué la o~ia a ella cuando antes la amaba? No . . . no va a negarlo
- prosiguió al percibir un gesto ele rebelión de André~-. j usted la quiso. le hahló de amor, lo sé! Pero lo que no sé r.s por qué cambió de pronto, y sobre lodo, por qué soy yo la cauaa de e~e odio injusto. ¡Necesito saber la verdad, a todo trance! · - ¿ Pero, de IJUé está hablando? Decidido. haciendo otra vez a un lado a Estrada. <JUC u taba desesperado. fue hasta Juan Luis con gesto tan agre· sivo, que el joven retrocedió tropezando con la ancha mesa. Sentía que su <:<>razón teml,laba y veía también temblar la mano que sostenía el revólver: sabía que Renón iba a saltar soore él. sin importa rle na1fa. ) reunió sus fu erzas para ex· clamar : - - ¡Usted 1¡uicre a lsahel. y todo lo hace por <;elos, por despeeho! --¿Yo querer n. esa . .. a
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Atónito, Juan Luis lo miró fijamente. Estaban tan cerca. t¡ue si hubiera disparado. Renón hubiera caído a sus pie!!; pero aun cuando el insulto a Isabel lo hizo palidecer m<ts por la ira, la última 1 f ras<~ lo desconcertó de nuevo.
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- ¿Pero, qué está diciendo? - preguntó confuso. - ¡Basta! -gritó1impaciente Renón-. ¡No me importa nada de usted, ni de ella, ni de la hija de ambos! - ¡ Renón! - El revólver cayó de las manos de Juan Luis. y Estrada se apresuró a recog~rlo. Un temblor convulsivo sacudió el rostro desencajado del joven. Balbuceó, pues las palabras salían con dificultad· de sus labios- : ¡hija <le ambos! ¿ Pero usted está loco ? ¡Mentira, mi hij a no es hija de Isabel, y es usted el más vil de los calumniadores, el más canalla, el más malvado! Se arrojó como un loco sobre Andrés, pero las recias manos del banquero lo sujetaron conteniendo sus golpes, mien· tras· su rostro se transfiguraba b~jo una llamarada de alivio, de esperanza, de intensa y loca felicidad. - ¿No es hija de Isabel? ¿ Dice la verdad? - ¿Pero quién ha podido decirle una cosa semejante? --Juan Luis trataba de desasirse de la presión de las mano11 de hierro que lo sujetaban- . Maria Eugenia es mi hija legítima. Tiene seis años, y yo he ·conocido a la señorita San Román hace sólo unos meses ... Isabel es una mujer inta· chable, honesta. . . y nadie puede decir nada más de ella. Andrés soltó su presa, anonadado por la felicidad, como pudiera estarlo por el dolor, mientras el cuerpo de Juan Luis, sacudido por un violento espasmo se dobló sobre el escritorio, se estremeció convulso, se retorció para caer al fin al suelo. Estrada corrió, tratando de auxiliarlo. -¿ Qué tiene, qué pasa? -interrogó el viejo, angus· tiado. Andrés, mientras tanto, como si soñara, como si no viera nada de lo que sucedía a unos pasos de ~1. repetía. - Intachable ... ¡Intachable! - Se llevó las manos a la cabeza, oprimiéndola, 11intiendo un terrible dolor en las sienes-. ¡Oh, Isabel, mentiste, mentiste para vengarte de mí. para torturarme . .. ! - ¡Este hombre está enfermo, señor Renón, abra la puer· ta, llame. . . se nos muere! -gimió Estrada quien en vano · trataba de reanimar el cuerpo inerte de Juan Luis. Sacudió con ansia los hombros de Renón, que permanecía inmóvil, sin reaccionar aún de la tremenda sorpresa, sin darse cuenta de lo que pasaba. Estrada corrió, abrió la puerta y llamó a Geral'do. El mayordomo acudió en el acto; en un
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ADAMS
rnomcn!c) ¡•nlc)caron a Juan Luis sobre una butaca, mientras cumcn tll.ban.
Se muere! ¡Se muere! Renón despertó de su ensueño, a los gritos desesperados de los dos hombres. Se inclinó sobre el cuerpo que, cobrandv de nue\'o movimiento, se retorcía mientras las manos se agitaban sobre el pecho, con ansia. _ - j Que traigan un médico en el acto, Gerardo! -exclamó Andrés-. ¡Corre, ve tú a buscarlo, el mejor, un especialista ... es el corazón .. : y avisa a Isabel San Román ... no, tú no, usted, Estrada. . . tú, Gerardo, ve en mi cocltf' por el médico! Volvía a ser el hombre de acción, quien decidido arrancó la corbata y afloj ó la ropa a Juan Luis. El rostro del joven se congestionaba y sus ojos entreabiertos estaban opacos. Con movimientos rápidos lo enderezó, lo hizo respirar con un Ji. gero masaje sobre el pecho. Estrada, trastornado, salió para enviar un recado a Isabel, volviendo luego al lado de Renón, que a fuerza de paciencia lograba hacer respirar a Juan Luis. Poco después entró Gerardo seguido del médico de la familia. Estrada salió hasta el amplio vestíbulo, donde esperó a Isabel, quien llegó con Lola y Carlos. Los tres amigos del enfermo rodearon con ansia al viejo. Los criados subían y bajabun silenciosamente obedeciendo órdenes del doctor y estaba ya abierta una de las puertas laterales frente a la que se había detenido una blanca ambulancia. - ¿Pero ... · qué sucedió? -Lola se agitaba, presa de la angustia- . ¿ Pelearon, señor Estrada? - No, discutían solamente, y Juan Luis cayó de pronto, con el ataque. Pero no se alarmen. Ya lo atienden debidamente, y lo llevarán a la mejor clínica. El señor Renón ee ha preocupado por todo ... En efecto, los enfermeros salieron con una camilla, donde yacía el joven. Isabel dio un paso hacia ellos; pero Renón se adelantó, cerrándole el paso, y había una honda dulzura serena en sus ojos grises, profundos y enigmáticos. - No se acerque, Isabel no se acerque nadie -dijo con suavidad,- , la menor emoción puede matarlo. No ha perdido el conocimiento, a pesar de todo ... Si gustan pueden ir en mi auto, detrás de la ambulancia. Estrada inició la marcha. _:_ ¡Sí, sí, vamos todos! -invitó, con decisión. -
j
1: N. E M 1 C O
\,ola y Cado& lo ,;guie<•n en el a<t•· babel iba a bo<"r lo ,.;,mo cuando Andr¡,, cerrándole de nu«• el 'P""'' 1• envolvió una ,.;,.da lote•,., ardiente, apaaionada, per<>
~n
tnmhi.én protundamente . . con - ·;Y a ,;, que mintiótriste. uotod. babel --"•1•
. tent~tud-;
pero no,. alar,.., también,;, h.,.. qué punto me.,.¡,., para baberroe ,uentid• como lo hi••• para d""ro•ar.., como "" tal de alejarme de ,u lado! .. j,abelconcoroprendió que Juan Lui• babia hablado Y baJO
d<~tro•ó,
- Yo la he amad•· \,.bel .-pro&lguió Andréo-• la be amado cuanto un hombre eo capaZ de aroar a ""' ,.ujeT. Y cuando,. ama.,;,"' pien,. que no puod• haber obotácul"'· Me blOC la 1\u>ión de que uotod coroprenderia. · · Pero en !In . . . ah•"· ya qué puod• ¡,.portule • .,.a tod• .,.•. Ell• leVantó el ro•U•• ;bo a repli<"• per• él lo ¡,.pidió. - Y• ,;,. La .epua de roi el roeuordo de ou padre ; en'" coraZón de ari"óc"'" la olen,. ""á viva, en ¡,. gente> do >U ....... wodan lo• .,dio• ....... """'"" loo titulo& • 1" riqu"'"' y w;ted oree que debe odiar'"e, a P""' de tod•
\a cabeza.
- ;Andréo! y sobre todo ... --murrouró muy conmovida a pC'" ,uyo.
_perdón.,,,. ,¡ he tardodo •• coro prender, yo, un ,¡.,. pie hijo del pueblo cuY• '"' eropiez& en ai rniJm•• oin ua· dici••" y ,in , - . pero nunca ., tarde 1"'" error ... U>tod roe aroó, acaoO. . . pero luego ,.,... que deb.. odi,.,..· No te.,., pu.., vaya tranquila. no la rool-ré
~"" u~
paso>• más, Dio se \ouno& prometo ...ateiá•d.,e de ella, eoqui.and•
.,.;~ad~;
Sintiendo que el corazÓ• ae le d.,garrabo, ¡,.bel ,. d•<>P• hacia la puerta. donde apareció la inquieta llf!uJ' de Lola· -¿No vi••" con ..,.....? .-preguntó en vos baja, -Si,,;, .. _ ..,pondió ah<>l!••d• ,u emoción Y viendo ale}atsevamOS· a Andrésapoyando su brazo en e\ de su amiga.
Lle•ar•• el borde de la aceta· Lola e,q>licó que touada y Cario; ,. hablan ;do dotráo de la ambulanCia en el aUto de Renó•· En ese"'"'""''"' un chol" uoilo.,..ao abrió ante ella> \a puerta de otro de ¡., aut., de Aodrio. Y ,..q.mal· mente ¡,abel ,ubió, aeguida de Lola. .,.,;éodoo< , .... ••• Lola. ,...,.,••a. ,.,.¡_.;,, m•"""'ó'
,.,.ámbUI•·
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f.\RIDAO
BRAVO
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Se muere! ¡Se muere! Renón despertó de su ensueño, a los gritos desesperados de los dos hombres. Se inclinó sobre el cuerpo que, cobrandv de nue\'o movimiento, se retorcía mientras las manos se agitaban sobre el pecho, con ansia. _ - j Que traigan un médico en el acto, Gerardo! -exclamó Andrés-. ¡Corre, ve tú a buscarlo, el mejor, un especialista ... es el corazón .. : y avisa a Isabel San Román ... no, tú no, usted, Estrada. . . tú, Gerardo, ve en mi cocltf' por el médico! Volvía a ser el hombre de acción, quien decidido arrancó la corbata y afloj ó la ropa a Juan Luis. El rostro del joven se congestionaba y sus ojos entreabiertos estaban opacos. Con movimientos rápidos lo enderezó, lo hizo respirar con un Ji. gero masaje sobre el pecho. Estrada, trastornado, salió para enviar un recado a Isabel, volviendo luego al lado de Renón, que a fuerza de paciencia lograba hacer respirar a Juan Luis. Poco después entró Gerardo seguido del médico de la familia. Estrada salió hasta el amplio vestíbulo, donde esperó a Isabel, quien llegó con Lola y Carlos. Los tres amigos del enfermo rodearon con ansia al viejo. Los criados subían y bajabun silenciosamente obedeciendo órdenes del doctor y estaba ya abierta una de las puertas laterales frente a la que se había detenido una blanca ambulancia. - ¿Pero ... · qué sucedió? -Lola se agitaba, presa de la angustia- . ¿ Pelearon, señor Estrada? - No, discutían solamente, y Juan Luis cayó de pronto, con el ataque. Pero no se alarmen. Ya lo atienden debidamente, y lo llevarán a la mejor clínica. El señor Renón ee ha preocupado por todo ... En efecto, los enfermeros salieron con una camilla, donde yacía el joven. Isabel dio un paso hacia ellos; pero Renón se adelantó, cerrándole el paso, y había una honda dulzura serena en sus ojos grises, profundos y enigmáticos. - No se acerque, Isabel no se acerque nadie -dijo con suavidad,- , la menor emoción puede matarlo. No ha perdido el conocimiento, a pesar de todo ... Si gustan pueden ir en mi auto, detrás de la ambulancia. Estrada inició la marcha. _:_ ¡Sí, sí, vamos todos! -invitó, con decisión. -
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1: N. E M 1 C O
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\a cabeza.
- ;Andréo! y sobre todo ... --murrouró muy conmovida a pC'" ,uyo.
_perdón.,,,. ,¡ he tardodo •• coro prender, yo, un ,¡.,. pie hijo del pueblo cuY• '"' eropiez& en ai rniJm•• oin ua· dici••" y ,in , - . pero nunca ., tarde 1"'" error ... U>tod roe aroó, acaoO. . . pero luego ,.,... que deb.. odi,.,..· No te.,., pu.., vaya tranquila. no la rool-ré
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paso>• más, Dio se \ouno& prometo ...ateiá•d.,e de ella, eoqui.and•
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Sintiendo que el corazÓ• ae le d.,garrabo, ¡,.bel ,. d•<>P• hacia la puerta. donde apareció la inquieta llf!uJ' de Lola· -¿No vi••" con ..,.....? .-preguntó en vos baja, -Si,,;, .. _ ..,pondió ah<>l!••d• ,u emoción Y viendo ale}atsevamOS· a Andrésapoyando su brazo en e\ de su amiga.
Lle•ar•• el borde de la aceta· Lola e,q>licó que touada y Cario; ,. hablan ;do dotráo de la ambulanCia en el aUto de Renó•· En ese"'"'""''"' un chol" uoilo.,..ao abrió ante ella> \a puerta de otro de ¡., aut., de Aodrio. Y ,..q.mal· mente ¡,abel ,ubió, aeguida de Lola. .,.,;éodoo< , .... ••• Lola. ,...,.,••a. ,.,.¡_.;,, m•"""'ó'
,.,.ámbUI•·
172 CAR IDAD
BRAVo
ADA ,'I(S
- Isl!bel, no en'tieodo nada; pero sé que están pasando cosas horribles ... Renón; ese pobre Juan Luis ... - Renón ya sabe que mentí, Lola -la tranquilizó Isabel. -¡Gr acias a Dios! ¿Lo supo por ti ? - No, me imagino que fue Juan Luis quien se lo dijo ... También sabe molestará más. que lo odio, y me ha asegurado que no m(: Con un pañuelo apretado sobre la boca, como para ahogar los sollozos, Isabel hundió eJ rostro entre las manos dando al fin rienda suelta a su dolor. Lola trataba de consolarla, de calmada. Después de todo, lo que eUa quería era eso: que Reoón no la huseara, que la dejara tranquila; pero Lola olvidaba que el amor tiene contradicciones. IIJahel replicaba, con esfuerzo, en medio de un llanto que no podía reprimir. -¿frívolo Piensascapricho? que no lo he querido nunca ? ¿Que mi amor fue un -;No, querida! ¿Cómo voy a pensar eso? Pero todo es mejordea olvidarte. su furia, a sus celos. Ahora está en mucho mejor camino -Sí, ahora ya no me quiere -exclamó Isabel con dolor infinito-. Su amor está muerto. Está sereno, tranquilo, satisfecho, ya no le importo nada ... como tú querías, ¿verdad? No tienes por qué aflj. girte -Tal tanto ... -No me aflijo, estoy muy contenta, ¿no me ves? Lola acarició su cabeza, maternal. -Tienes que tranquilizarte. Estrada nos dijo que Andrés pensaba marcharse a un viaje muy largo por el extranjero, y que él iba acompañándolo ... Ya tú ves; no lo repone en au empleo, pero menuda ganga! ¡Así da gusto estar cesante!
Quiso reir, pero no pudo; zniró el demudado rostro de Isabel, quien no articuló palabra, y la abruó cariñosa, en un arranque voz muy baja.de comprensión y afecto. Murmuró a su oído, en -Sí, mi pobre Isabel, se te va, y demasiado sé cómo lo sientes; pero más vale ... a enemigo que huye, puente de plata. Isabel se irguió, dominando su dolor.
-5í, Lola, es mi enemigo; ¡lo es aunque el alma ae me desgarre! · Andrés Renón aplastó el cigarriUo a medio fumar en el
1•; 1.
F.NF.MICO
•
tn
ancho cenicero reple_to de colillas. y miró casi con extrañeza al fi el Gerardo, quien, de pie ante él le preguntó respetuosu· mente si no deseaba desayunar. No sabía el tiempo que había permanecido solo en la biblioteca, fumando, pensando, hundido en sí mismo como en un abismu sin fin ; y ahora · que llegaba la luz . del sol que entraba a raudales, al descorrer el mayordomo las gruesa!' cortinas de terciopelo y apagar las lámparas, parecía desper· tar de una dolorosa pesadilla. - ¿Ya es de día ? - murmuró sorprendido. - Sí, señor, y el baño est.á listo, así como su traje ... - ¿Has llamado a la clínica? -interrogó ya de nuevo en la realidad. - Sí, señor, el enfermo sigue igual, pero el doctor fue personalmente al teléfono al saber que era de parte de usted la llamada, y parece más descorazonado que ayer. Según me dijo, ese pobre diablo no es la primera vez que sufre un ataque de esa clase, y las repeticiones suelen ser fatales. - Bien . . . írP. la clínica más tarde, ¿ qué horas son? - Las nueve señor. Del despacho de sus ahogados han llamado tres veces, dos del banco, una de la fábrica de Cll· billas, Í1tra de la de ... Renón hizo un gesto de fastidio, cortando la frase de Gerardo. - ¡Deja eso! - pidió. - Es que ... - Gerardo parecía turbado--. Lo aguardan clos empleados. de una agencia de pasajes., un procurador de lu notaria del licenciado Maree!, y la señora ... - ¡Cómo! -se enderezó con viveza. l .u señora Valentina -concluyó Gerardo-, sí. Ella fucl CJUiCJn me sugirió que viniera a molestarlo ... Jlueno, los otros q ue esperen ... Valentina que pase en rl arto ... ¡ (;rac·ias ! - agradeció ella, q"ien esperaba en la puerla, alonla a 11abe r el efecto que produciría en Andrés su prC'IW!nda. Satiafr,cl.a al escucharlo, llegó hasta él-. Te agraclr.zr.o Nlr. ,.,,.,., de c:onsidcración y de galantería, recihiéndomt~ anl1111 •1un n le~11 clmnúíl. ¿Puedo sentarme? ¡ IJNcln lurJ(u, •~11l iÍ~ en tu casa! 1Nu, ya nu l l'rru vc~o que no te hu enterado. Aquí Nlá el aobh! .t.. la nularla Mnrccl, intacto. No lo haa abierto.
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172 CAR IDAD
BRAVo
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- Isl!bel, no en'tieodo nada; pero sé que están pasando cosas horribles ... Renón; ese pobre Juan Luis ... - Renón ya sabe que mentí, Lola -la tranquilizó Isabel. -¡Gr acias a Dios! ¿Lo supo por ti ? - No, me imagino que fue Juan Luis quien se lo dijo ... También sabe molestará más. que lo odio, y me ha asegurado que no m(: Con un pañuelo apretado sobre la boca, como para ahogar los sollozos, Isabel hundió eJ rostro entre las manos dando al fin rienda suelta a su dolor. Lola trataba de consolarla, de calmada. Después de todo, lo que eUa quería era eso: que Reoón no la huseara, que la dejara tranquila; pero Lola olvidaba que el amor tiene contradicciones. IIJahel replicaba, con esfuerzo, en medio de un llanto que no podía reprimir. -¿frívolo Piensascapricho? que no lo he querido nunca ? ¿Que mi amor fue un -;No, querida! ¿Cómo voy a pensar eso? Pero todo es mejordea olvidarte. su furia, a sus celos. Ahora está en mucho mejor camino -Sí, ahora ya no me quiere -exclamó Isabel con dolor infinito-. Su amor está muerto. Está sereno, tranquilo, satisfecho, ya no le importo nada ... como tú querías, ¿verdad? No tienes por qué aflj. girte -Tal tanto ... -No me aflijo, estoy muy contenta, ¿no me ves? Lola acarició su cabeza, maternal. -Tienes que tranquilizarte. Estrada nos dijo que Andrés pensaba marcharse a un viaje muy largo por el extranjero, y que él iba acompañándolo ... Ya tú ves; no lo repone en au empleo, pero menuda ganga! ¡Así da gusto estar cesante!
Quiso reir, pero no pudo; zniró el demudado rostro de Isabel, quien no articuló palabra, y la abruó cariñosa, en un arranque voz muy baja.de comprensión y afecto. Murmuró a su oído, en -Sí, mi pobre Isabel, se te va, y demasiado sé cómo lo sientes; pero más vale ... a enemigo que huye, puente de plata. Isabel se irguió, dominando su dolor.
-5í, Lola, es mi enemigo; ¡lo es aunque el alma ae me desgarre! · Andrés Renón aplastó el cigarriUo a medio fumar en el
1•; 1.
F.NF.MICO
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ancho cenicero reple_to de colillas. y miró casi con extrañeza al fi el Gerardo, quien, de pie ante él le preguntó respetuosu· mente si no deseaba desayunar. No sabía el tiempo que había permanecido solo en la biblioteca, fumando, pensando, hundido en sí mismo como en un abismu sin fin ; y ahora · que llegaba la luz . del sol que entraba a raudales, al descorrer el mayordomo las gruesa!' cortinas de terciopelo y apagar las lámparas, parecía desper· tar de una dolorosa pesadilla. - ¿Ya es de día ? - murmuró sorprendido. - Sí, señor, y el baño est.á listo, así como su traje ... - ¿Has llamado a la clínica? -interrogó ya de nuevo en la realidad. - Sí, señor, el enfermo sigue igual, pero el doctor fue personalmente al teléfono al saber que era de parte de usted la llamada, y parece más descorazonado que ayer. Según me dijo, ese pobre diablo no es la primera vez que sufre un ataque de esa clase, y las repeticiones suelen ser fatales. - Bien . . . írP. la clínica más tarde, ¿ qué horas son? - Las nueve señor. Del despacho de sus ahogados han llamado tres veces, dos del banco, una de la fábrica de Cll· billas, Í1tra de la de ... Renón hizo un gesto de fastidio, cortando la frase de Gerardo. - ¡Deja eso! - pidió. - Es que ... - Gerardo parecía turbado--. Lo aguardan clos empleados. de una agencia de pasajes., un procurador de lu notaria del licenciado Maree!, y la señora ... - ¡Cómo! -se enderezó con viveza. l .u señora Valentina -concluyó Gerardo-, sí. Ella fucl CJUiCJn me sugirió que viniera a molestarlo ... Jlueno, los otros q ue esperen ... Valentina que pase en rl arto ... ¡ (;rac·ias ! - agradeció ella, q"ien esperaba en la puerla, alonla a 11abe r el efecto que produciría en Andrés su prC'IW!nda. Satiafr,cl.a al escucharlo, llegó hasta él-. Te agraclr.zr.o Nlr. ,.,,.,., de c:onsidcración y de galantería, recihiéndomt~ anl1111 •1un n le~11 clmnúíl. ¿Puedo sentarme? ¡ IJNcln lurJ(u, •~11l iÍ~ en tu casa! 1Nu, ya nu l l'rru vc~o que no te hu enterado. Aquí Nlá el aobh! .t.. la nularla Mnrccl, intacto. No lo haa abierto.
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\
... CARIDAD
BRAVO
174 Bien, entonces, te daré yo la noticia. Se ha fallado
A.DAJI!l
~l divorcio
a favor de mi demanda Valentina tomó un ... cigarrillo encendiéndolo con su antigua gracia ; sin embargo, había mucha tristeza en aua ojos azules al envolver en su mirada, casi como si la acariciara, la recia figura de Andrés, hundida en la butaca, en amargo e indiferente _!...Dan laabandono. noticia todos los periódicos de la mañana, aunque supongo que tampoco has leído la prensa. La dan junto con los titulares en que anuncian tu triunfo. -¿Eh ... ? ¿Mi triunfo? Valentina -Sí, una sonrió. vez más has impuesto tu voluntad, has dominado a tu antojo muchedumbres y circunstancias. Pensé encontrarte muy contento ... pero veo 'que los éxitos también cansan, y que has olvidado que tendrás que enfrentarte a las comisiones que van a rendírsete ... Andrés se puso de pie, de mala gana, peinó con los de· dos los revueltos cabellos y Uamó a Gerardo dándole órdenes: el baño, el desayuno, la prensa. La obligación de volver a la vida, de moverse, de atender loa negocios que ya no le interesaban, lo hacía hablar, obrar, dar el ritmo acostumbra· do a Poco sus actos. después leía las noticias de los periódicos mientras tomaba a toda prisa un vaso de leche y un pan con mantequilla. T odos los diarios decían más o menos lo mismo. Tras un largo debate, la nueva directiva de la huelga había acordado reanudar las interrumpidas labores, respondiendo a la súplica de Esteban Estrada, que negaba tener reclamaciones que hacer a su jefe, el señor Renón, ya que no había sido despedido, sino que él mismo había presentado su renuncia. ¿La nueva directiva? ¿Qué quer~a decir eso? ¿Entonces, Isabel, qué había sucedido con ella? Otro periódico indicaba que Renón había sobornado al sindicato para que fue-ra destituida la eeñorita San RoDlán como directora de la huelga. Lo arrugó, indignado y lo arrojó al suelo. Había pasado horas y horas encerrado en la biblioteca, sin saber la marcha de sus asuntos; sin duda la radio había dicho la noche ..nterior cosas muy interesantes; pero él no se enteró de ellas. Gerardo se acercó a él; muy alarmado. · - Señor, perdone, una llamada urgente de la clínica. Juan Luis López ha empeorado terriblemente y dice el doctor
F.L
E NE MJCO
175
que la única súplica del enfel'mO es hablar con usted antes de morir . .. El señor Estrada le suplica que vaya ... ---¡Iré en el acto! -dijo levantándose con rapidez. En un instante dejó atrás las cavilaciones, las dudas, angustias y ensueños en que pasara la noche entera. ~La huel· ga estaba ganada; el lazo que lo atara a Valentina roto, dejándolo libre; y el imaginario pecado de Isabel, causa de su rencor y de su dolor, desvanecido. Volvía a verla como antes: pura, honesta, sincera, distinta y superior a todas las mu· jeres, criatura ideal que despertaba en su alma los más in· sospechados ecos. La voz de Valentina, que entró con precÍ· pitación, llegó hasta él. - Por radio están dando noticias extrañas, Andrés, dicen que uno de los directores de la huelga te atacó anoche, y que esta madrugada sacaron de aquí un hombre ~n una ambulancia ... ¿es el que se muere? ¿Por el que te llamaD a la clínica? Andrés negó enérgicamente con la cabeza. - No, por fortuna, mi conciencia está tranquila. - Debe ser una sensación nueva para ti . . . -br omeó Valentina. - Sigues juzgándome un monstruo ... - No soy yo sola, a lo que parece. He leído las declaraciones de algunos de tus · empleados, y las de la señorita San Román. Es curioso, ¿cómo P!!eden cambiar las gentes con tanta facilidad? - En efecto, nadie puede imaginarse lo implacable que puede ser la zarpa de una mujercita delicada y elegante. Casi es preferible luchar con las garras de una pantera . . . cuando menos, ya sabe uno que no tendrá piedad. Sonrió, y concluyó: - ¿ Me esperarás, Valentina? Ahora tengo que irme( ... - Sí, te espera ré, por última vez - respondió, sonriendo a su vez. Andrés salió apresuradamente, con rumbo a la clínica. Ahora que ya no odiaba a Juan Lui11, lamentaba el peligroso ataque que por desgracia había tenido lugar en su casa, no por lo que pudieran decir sus enemigo11, a quienes sabía contestar, sino por lo grave del incidente, en el que se jugaba la vida de un hombre. Isabel se le habíá adelantado, y estaba al ládo de Juan Luis, quien, con voz débil, murmuró :
... CARIDAD
BRAVO
174 Bien, entonces, te daré yo la noticia. Se ha fallado
A.DAJI!l
~l divorcio
a favor de mi demanda Valentina tomó un ... cigarrillo encendiéndolo con su antigua gracia ; sin embargo, había mucha tristeza en aua ojos azules al envolver en su mirada, casi como si la acariciara, la recia figura de Andrés, hundida en la butaca, en amargo e indiferente _!...Dan laabandono. noticia todos los periódicos de la mañana, aunque supongo que tampoco has leído la prensa. La dan junto con los titulares en que anuncian tu triunfo. -¿Eh ... ? ¿Mi triunfo? Valentina -Sí, una sonrió. vez más has impuesto tu voluntad, has dominado a tu antojo muchedumbres y circunstancias. Pensé encontrarte muy contento ... pero veo 'que los éxitos también cansan, y que has olvidado que tendrás que enfrentarte a las comisiones que van a rendírsete ... Andrés se puso de pie, de mala gana, peinó con los de· dos los revueltos cabellos y Uamó a Gerardo dándole órdenes: el baño, el desayuno, la prensa. La obligación de volver a la vida, de moverse, de atender loa negocios que ya no le interesaban, lo hacía hablar, obrar, dar el ritmo acostumbra· do a Poco sus actos. después leía las noticias de los periódicos mientras tomaba a toda prisa un vaso de leche y un pan con mantequilla. T odos los diarios decían más o menos lo mismo. Tras un largo debate, la nueva directiva de la huelga había acordado reanudar las interrumpidas labores, respondiendo a la súplica de Esteban Estrada, que negaba tener reclamaciones que hacer a su jefe, el señor Renón, ya que no había sido despedido, sino que él mismo había presentado su renuncia. ¿La nueva directiva? ¿Qué quer~a decir eso? ¿Entonces, Isabel, qué había sucedido con ella? Otro periódico indicaba que Renón había sobornado al sindicato para que fue-ra destituida la eeñorita San RoDlán como directora de la huelga. Lo arrugó, indignado y lo arrojó al suelo. Había pasado horas y horas encerrado en la biblioteca, sin saber la marcha de sus asuntos; sin duda la radio había dicho la noche ..nterior cosas muy interesantes; pero él no se enteró de ellas. Gerardo se acercó a él; muy alarmado. · - Señor, perdone, una llamada urgente de la clínica. Juan Luis López ha empeorado terriblemente y dice el doctor
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que la única súplica del enfel'mO es hablar con usted antes de morir . .. El señor Estrada le suplica que vaya ... ---¡Iré en el acto! -dijo levantándose con rapidez. En un instante dejó atrás las cavilaciones, las dudas, angustias y ensueños en que pasara la noche entera. ~La huel· ga estaba ganada; el lazo que lo atara a Valentina roto, dejándolo libre; y el imaginario pecado de Isabel, causa de su rencor y de su dolor, desvanecido. Volvía a verla como antes: pura, honesta, sincera, distinta y superior a todas las mu· jeres, criatura ideal que despertaba en su alma los más in· sospechados ecos. La voz de Valentina, que entró con precÍ· pitación, llegó hasta él. - Por radio están dando noticias extrañas, Andrés, dicen que uno de los directores de la huelga te atacó anoche, y que esta madrugada sacaron de aquí un hombre ~n una ambulancia ... ¿es el que se muere? ¿Por el que te llamaD a la clínica? Andrés negó enérgicamente con la cabeza. - No, por fortuna, mi conciencia está tranquila. - Debe ser una sensación nueva para ti . . . -br omeó Valentina. - Sigues juzgándome un monstruo ... - No soy yo sola, a lo que parece. He leído las declaraciones de algunos de tus · empleados, y las de la señorita San Román. Es curioso, ¿cómo P!!eden cambiar las gentes con tanta facilidad? - En efecto, nadie puede imaginarse lo implacable que puede ser la zarpa de una mujercita delicada y elegante. Casi es preferible luchar con las garras de una pantera . . . cuando menos, ya sabe uno que no tendrá piedad. Sonrió, y concluyó: - ¿ Me esperarás, Valentina? Ahora tengo que irme( ... - Sí, te espera ré, por última vez - respondió, sonriendo a su vez. Andrés salió apresuradamente, con rumbo a la clínica. Ahora que ya no odiaba a Juan Lui11, lamentaba el peligroso ataque que por desgracia había tenido lugar en su casa, no por lo que pudieran decir sus enemigo11, a quienes sabía contestar, sino por lo grave del incidente, en el que se jugaba la vida de un hombre. Isabel se le habíá adelantado, y estaba al ládo de Juan Luis, quien, con voz débil, murmuró :
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• . - ¡Isabel. .. le agradcaco c¡u., haya ~ttnhlu l --Chist. . . hay que obedecer al dtH'h•r, 1111 .tf'l•r~ ltahlar ni moverse . .. - Tengo que hablarle ... - Lo hará después. - Después no habrá tiem¡)u, añ '1"" na~~ .,..,..Jan 1""'"" horu de vida. -;-No hable asi. ¿A qué vienen ,..•• y "~"a miedos? ·-No tengo miedo, aunque lé ( IUO nc• nN! ll•ue" ...,,.., l'"r muy valiente. ••'at..lt•ic.í Isabel se inclinó eobre él y 11U manu la frente húmeda de audor. Sonrió lt,vom"''"'• '"Jtll••••ulu. -Olvidemos eao ... - No, sí tenía usted razón. Fui •ll•l•aHI, 1111111 la vicia, Jlero no lo seré ante la muerto . .. Los ojos del cnrermo I'IC ··orrat'llll 11dlllll J)(}"O Je un cansancio supremo y parooló n.,••, "' lllll'lltllo " " el pe · queño cuarto, todo bltm<:o. l!lnllt'l ttutH,nl• '' tlura• ¡)flnll8 las lágrimas. Sabia qtlll Juo11 1.ul11 a~unlul•n . Yn la muerte ponía au aello augusto en la" noltltlll racclflnf'!l tlcl joven. Luego, loa párpados volvieron o a~itor&o, con o11ruenw. - ¡Isabel - murmuró Juan Luís- , cuando yo haya muer· . to, Maria Eugenio efllariÍ sola en el mundo! - Si esa tontería que dice sucediera, María Eugenia me tiene a mí ... - Ya lo sé, y lo sabe ella, que en su inocencia aprendió a decirle a usted mamá. . . su corazoncito tenia hambre de esa palabra y usted le inspiró suficiente amor para llamarla así. .. La mano, ansiosa, buscó la de Isabel, que acarició los dedos que la aprisionaron débilmente. - Isabel . . . Renón la quiere ... - Oh, no hablemos de eso, se lo ruego ... - Sí, sólo Dios sabe lo que me cuesta decirle eetaa pa• labras, aun estando a las puertas de la muerte, pero or110 un deber decírselas, Isabel. El la quiere, intenaa, profunda.-.., como es capaz de querer su alma ruda y NC!II , , , 1 -..1 sería feliz junto a él. .. le he pedido qu. .... lu char con mis últimu fuenu por ~ p ,., • rlJ&tt.., - ¡Pero qué idea abeurda, Juu .....
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EL
ENEMIGO
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-Sí, tal vez, pero temo que mi poJ>re amor haya sido culpable ... Renón entró y se acercó al lecho del enfermo. En •u• ojoa había una honda tristeza, serena, la de sus momentos de bondad, era la mirada profunda y lejana que tanto comnov.ía a Isabel. La joven se separó .de Juan Luis, luchando contra sus sentimientos, incapaz de afrontar esa mirada que la turbaba. -No, Juan Luis --dijo Renón con suavidad-. Su amor, su pobre amor -como usted lo llama, por Isabel, ahora que sé lo que es, y lo que fue, puedo asegurarle que nada tiene que ver en esto ... ¿Me mandó llamar por eso? El rostro del enfermo parecía de cera. Los labios se habían puesto amoratados, se- abrían buscando el aire que le faltaba. Isabel corrió a su lado, y se inclinó sobre aquella cabeza, sobre aquellos labios que pronunciaban las últim.u palabra con infinito esfuerzo. -Usted debe ser feliz .. . INhel ... mi hija ... mi hija. ¡Oh! Renón llamó a la enfermera, Isabel trató de aliviar el ansia que cerraba la garganta de Juan Luia. El médico entró y aplicó una inyección, hizo levantar al moribundo sobre un.. almohadas y dio órdenes perentorias al ayudante que entró tras él. Andrés veía todo en silencio, mientras Isabel lloraba con suavidad, junto a Estrada, que había llegado junto con los médicos. -Ven ... vamos afuera - la invitó Eateban. ....:.No, quiero estar junto a él, que me vea .. , que sienta mi presencia hasta el último momento. Andrés la contempló por un inst.ante, después, salió silencioso, en busca del médico. -Es esto lo que me hace rebelarme contra la vida -tte dij~, ¿por qué es tan fácil hacer mal y tan difícil ha~r bien? En el mismo saloncito íntimo que fuera su refugio durante sus largos años de matrimonio y tedio, Valentina recibió a Raúl del Mar, impecable como siempre, la mirada amable y un tanto cínica, donde sin embargo, siempre había amor para ella. -Vine porque sabía que estabas aquí -explicó &eDtán· dose al lado de Valentina- , y porque sé ~':'e aunque esperu
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-Sí, tal vez, pero temo que mi poJ>re amor haya sido culpable ... Renón entró y se acercó al lecho del enfermo. En •u• ojoa había una honda tristeza, serena, la de sus momentos de bondad, era la mirada profunda y lejana que tanto comnov.ía a Isabel. La joven se separó .de Juan Luis, luchando contra sus sentimientos, incapaz de afrontar esa mirada que la turbaba. -No, Juan Luis --dijo Renón con suavidad-. Su amor, su pobre amor -como usted lo llama, por Isabel, ahora que sé lo que es, y lo que fue, puedo asegurarle que nada tiene que ver en esto ... ¿Me mandó llamar por eso? El rostro del enfermo parecía de cera. Los labios se habían puesto amoratados, se- abrían buscando el aire que le faltaba. Isabel corrió a su lado, y se inclinó sobre aquella cabeza, sobre aquellos labios que pronunciaban las últim.u palabra con infinito esfuerzo. -Usted debe ser feliz .. . INhel ... mi hija ... mi hija. ¡Oh! Renón llamó a la enfermera, Isabel trató de aliviar el ansia que cerraba la garganta de Juan Luia. El médico entró y aplicó una inyección, hizo levantar al moribundo sobre un.. almohadas y dio órdenes perentorias al ayudante que entró tras él. Andrés veía todo en silencio, mientras Isabel lloraba con suavidad, junto a Estrada, que había llegado junto con los médicos. -Ven ... vamos afuera - la invitó Eateban. ....:.No, quiero estar junto a él, que me vea .. , que sienta mi presencia hasta el último momento. Andrés la contempló por un inst.ante, después, salió silencioso, en busca del médico. -Es esto lo que me hace rebelarme contra la vida -tte dij~, ¿por qué es tan fácil hacer mal y tan difícil ha~r bien? En el mismo saloncito íntimo que fuera su refugio durante sus largos años de matrimonio y tedio, Valentina recibió a Raúl del Mar, impecable como siempre, la mirada amable y un tanto cínica, donde sin embargo, siempre había amor para ella. -Vine porque sabía que estabas aquí -explicó &eDtán· dose al lado de Valentina- , y porque sé ~':'e aunque esperu
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
a Renón, tardará en llegar. Lo esperan en demasiados sitios a la vez. ·-¿Y suponías que saldría del país sin avisarte? -No, pero deseo estar contigo todos los minutos· que aún pueda hacerlo. 'En la casa de tu madre me dijeron que habías venido, y encontré tan natural que lo hicieras. . . no s,e arranca bruscamente del corazón lo que por muchos años se tuvo dentro de él. . . Para ti, éste es el amargo momento inevitable de decir adiós al pasado, y quise estar contigo, pa· ra ayudarte a soportarlo. -'-Gracias, Raúl. .. pero dime, ¿qué piensas de mí? - Lo sabes perfectamente. Que eres una mujer adorable, exquisita; la mujer por quien yo puedo renunciar a todo, porque vales más que todo para mí. Por eso comprendo todo lo que haces, y aunque sufro pensando que aún puedes pe.nsar ~~~ Renón, · sé que llegará un día en que al fin podré acercame a ti, sin temor de nada. . . para no separamos más. - Tus palabras son un consuelo para mí, Raúl, para mi soledad, para mi melancolía. Es cierto, vine a decir adiós a todo esto que me perteneció, pero te equivocas al suponer que sufro. Al contrario, fui inmensamente desgraciada en me· dio de esto, y siento ahora una especie de liberación, una sensación dulce, quizá triste, pero no doloro.s a, al saber que no volveré a verlo más. . . Y te aseguro que no pienso como t:ú crees, en Renón. . . Estamos definitivamente separados, Raúl. -Tus palabras son un consuelo para mí, Valentina; repito lo que has dicho antes. . . Y puedo preguntarte. . . ¿es verdad que entonces, eres realmente libre, y estás contenta de serlo? -Sí, estoy contenta. -Nadie lo diría, pero me imagino que son mis celos los que ven tus ojos tristes; es mi envidia a ese Renón ca· paz de hacerse amar y odiar así por una mujer como tú, Valentina. -Ya no lo odio, Raúl. . . ya no lo amo. . . Ahora, al verlo, me di cuenta de que me es indiferente. No encontré siquiera un gozo en molestarlo, hablamos como do11 camaradas que por causa de un viaje se separan una larga lempo· rada ... Tampoco hubo rencor en él. .. -Me felicito, entonces. Para mí será ya toda tu pre&en·
EL
' ENEMIGO
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cia, el divino encanto de estar junto a ti; de llevarte connúgo, de oirte, de· verte. • . en la realización de un largo sueño. Insinuante, se acercó más a ella, diCiéndole al oído. -¿Querrías que te acompañara en ese viaje que vas a hacer? Valentina separó un poco la cabeza y lo miró. Leyó ~n sus ojos la verdad de un amor que nunca leyó en otros y respondió lentamente: · -¿Ir conmigo? ¿Me amas de verdad, Raúl? -Lo sabes ... lo estás viendo en mis ojos ... - Cierto; bieo, vámonos, no esperemos ya a Andrés. Nos iremos juntos, muy lejos, por muchos años. . . ¡Necesito tanto un amor verdadero.! Raúl ciñó con sus brazos el bello cuerpo que se abando· nó en ellos. Sus labios se unieron por primera vez en un beso de amor. - ¡Cuántas veces soñé, aquí mismo, en este instante, Valentina! -murmuró enamorado, sinceramente emocionado. -Pues el instante llegó, Raúl ... Pero vámonos, no quie· ro que nos encuentre aquí Renón. - ¿Qué diremos a tu madre? -La verdad. . . que nos casaremos pasado el tiempo que exige la ley. . . y mientras, nos iremos lejos, donde nadie nos conozca, donde no oigamos hablar de los triunfos y de las infamias de un señor Andrés Renón .. . -¿Todavía quieres huir de él? - No. . . quiero olvidarme por completo de él. . . Lo más doloroso es amar a una persona, y después convencerse. de que nos es indiferente. Raúl abrazó de nuevo, estrechamente, a Valentina. Con delicadeza besó sus cabellos. Luego, se puso de pie, sonriendo. - Esperé el último momento para decirte algo importante, Valentina. . . Mi tío murió hace quínce días, y soy su heredero. No es muy grande su fortuna, pero me permitirá vivir a tu lado sin avergonzarme ...
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·Juan Luis había muerto sin volver a abrir los ojos, sin pronunciar una palabra más, llevándose con él el secreto de aquella súplica que no llegó a formular, que no llegó a CU!l~ jar en sus labios aquella súplica para Isabel en la que iba mezclado el nombre de su hija.
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a Renón, tardará en llegar. Lo esperan en demasiados sitios a la vez. ·-¿Y suponías que saldría del país sin avisarte? -No, pero deseo estar contigo todos los minutos· que aún pueda hacerlo. 'En la casa de tu madre me dijeron que habías venido, y encontré tan natural que lo hicieras. . . no s,e arranca bruscamente del corazón lo que por muchos años se tuvo dentro de él. . . Para ti, éste es el amargo momento inevitable de decir adiós al pasado, y quise estar contigo, pa· ra ayudarte a soportarlo. -'-Gracias, Raúl. .. pero dime, ¿qué piensas de mí? - Lo sabes perfectamente. Que eres una mujer adorable, exquisita; la mujer por quien yo puedo renunciar a todo, porque vales más que todo para mí. Por eso comprendo todo lo que haces, y aunque sufro pensando que aún puedes pe.nsar ~~~ Renón, · sé que llegará un día en que al fin podré acercame a ti, sin temor de nada. . . para no separamos más. - Tus palabras son un consuelo para mí, Raúl, para mi soledad, para mi melancolía. Es cierto, vine a decir adiós a todo esto que me perteneció, pero te equivocas al suponer que sufro. Al contrario, fui inmensamente desgraciada en me· dio de esto, y siento ahora una especie de liberación, una sensación dulce, quizá triste, pero no doloro.s a, al saber que no volveré a verlo más. . . Y te aseguro que no pienso como t:ú crees, en Renón. . . Estamos definitivamente separados, Raúl. -Tus palabras son un consuelo para mí, Valentina; repito lo que has dicho antes. . . Y puedo preguntarte. . . ¿es verdad que entonces, eres realmente libre, y estás contenta de serlo? -Sí, estoy contenta. -Nadie lo diría, pero me imagino que son mis celos los que ven tus ojos tristes; es mi envidia a ese Renón ca· paz de hacerse amar y odiar así por una mujer como tú, Valentina. -Ya no lo odio, Raúl. . . ya no lo amo. . . Ahora, al verlo, me di cuenta de que me es indiferente. No encontré siquiera un gozo en molestarlo, hablamos como do11 camaradas que por causa de un viaje se separan una larga lempo· rada ... Tampoco hubo rencor en él. .. -Me felicito, entonces. Para mí será ya toda tu pre&en·
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cia, el divino encanto de estar junto a ti; de llevarte connúgo, de oirte, de· verte. • . en la realización de un largo sueño. Insinuante, se acercó más a ella, diCiéndole al oído. -¿Querrías que te acompañara en ese viaje que vas a hacer? Valentina separó un poco la cabeza y lo miró. Leyó ~n sus ojos la verdad de un amor que nunca leyó en otros y respondió lentamente: · -¿Ir conmigo? ¿Me amas de verdad, Raúl? -Lo sabes ... lo estás viendo en mis ojos ... - Cierto; bieo, vámonos, no esperemos ya a Andrés. Nos iremos juntos, muy lejos, por muchos años. . . ¡Necesito tanto un amor verdadero.! Raúl ciñó con sus brazos el bello cuerpo que se abando· nó en ellos. Sus labios se unieron por primera vez en un beso de amor. - ¡Cuántas veces soñé, aquí mismo, en este instante, Valentina! -murmuró enamorado, sinceramente emocionado. -Pues el instante llegó, Raúl ... Pero vámonos, no quie· ro que nos encuentre aquí Renón. - ¿Qué diremos a tu madre? -La verdad. . . que nos casaremos pasado el tiempo que exige la ley. . . y mientras, nos iremos lejos, donde nadie nos conozca, donde no oigamos hablar de los triunfos y de las infamias de un señor Andrés Renón .. . -¿Todavía quieres huir de él? - No. . . quiero olvidarme por completo de él. . . Lo más doloroso es amar a una persona, y después convencerse. de que nos es indiferente. Raúl abrazó de nuevo, estrechamente, a Valentina. Con delicadeza besó sus cabellos. Luego, se puso de pie, sonriendo. - Esperé el último momento para decirte algo importante, Valentina. . . Mi tío murió hace quínce días, y soy su heredero. No es muy grande su fortuna, pero me permitirá vivir a tu lado sin avergonzarme ...
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·Juan Luis había muerto sin volver a abrir los ojos, sin pronunciar una palabra más, llevándose con él el secreto de aquella súplica que no llegó a formular, que no llegó a CU!l~ jar en sus labios aquella súplica para Isabel en la que iba mezclado el nombre de su hija.
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
-¡El iba a decirme algo! -gemía Isabel, de801ada-. ¡El quería decir algo sobre su hija.... eobre María Eugenia! - Lola la abrazó, ca~iñosa. -¡Mujer, qué podía ser que no supiéramos! Tú com· prendes ... y yo también. Quiere que te encargues de su hija ... nos encargaremos las dos, tú y yo . . . La sacó del cuarto donde otros compañeros penetraban. Desde la puerta, Andrés la miró con una mirada intensa, cargada de dolor, tal vez de celos, e impulsivamente dio unos pasos tras ella. · -¡Isabel! - llamó. - ,¿Qué quiere usted? -Lo miró a través de las lágri· mas, cambiando, endurecido el gesto, mientras la expresión de Renón se hacía más profundamente triste, más amarga· mente sincera. -Quería preguntarle algo sobre su amigo. . . ¿lo estima· ba usted mucho, verdad? --Con toda mi alma, como sólo -puede estimarse a un hombre que fue siempre bueno, esencialmente bueno, sin bri· llantez, sin talento, sin belleza física siquiera, sin habilidad para amontonar dinero, sin nada; pero con un corazón incn· paz de hacer mal a nadie; algo que vale más que todo, algo que pesa más para mí que todos los méritos, aunque a usted le parezcan risibles mis sentimientos. -Se adelanta usted atribuyéndome opiniones que no tengo. - Me es igual que las tenga. Andrés hizo un gesto de impaciencia, exasperado por la injusta actitud de Isabel ; replicó ya con tono duro: -¡Ya lo sé! Tratándose de mí todo le es igual. Pero no iba a hablarle de mí, sino de él, de su hija, de eaa pequeñuela que según he oído decir queda desamparada. - Me tiene a mí, no le faltará nada. No necesita que nadie más se ocupe de ella. -¡Es usted muy orgullosa, Isabel! - Soy nada más joven y fuerte. Cien veces me ·enfrenté a la vida, seguiré haciéndolo y en paz. - Bien, como usted quiera. Por un instante permanecieron uno frente a otro, en si· lencio. Luego, comprendiendo que él no iba a decir nada máa, Isabel se alejó, sin · volver la cabeu. Lola, que babia
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ENEM 'ICO
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eScuchado :(a breve conversación, dio unos pasos hacia Renón y pidió. - Perdónela, todos estos' sucesos han sido tan violentos, tan inesperados, tan tristes. La pobre Isabel está trastornada .... no sabe lo que quiere. - Al contrario, Lola, sabe Perfectamente lo que quiere. Demostrarme una vez más su absoluto desprecio. - Había palidecido Ii8eramente, pero trató de 101m1ir-. Hacerme com· prender que de mí no aceptaría ni la .salvación de au alma si en mi mano estuviera concedérsela. Pero no se preocupe, y gracias por ser amable conmigo, aun siendo amiga de Iaabel. Vaya con ella, y oblíguela a descansar. . Se despidieron y Lola corrió para alcanzar a Iaabel que ya se perdía en el final de un corredor que terminaba en el jardín. Renón se dispuso también a salir, pero antea hizo una seña a Estrada que aguardaba respetuoso a unos metros de distancia. El viejo se acercó en el acto. - Hágase cargo de todo esto, Eateban, ocúpese de los funerales, del entierro . . . puede darles la tarde libre a los compañeros para que cumplan como es debido con él . . . después, que se reanuden las labores en la mejor forma po· sible. Estrada lo miró, sorprendido y contento a la vez. - ¡Pero. . . para eso tenía yo que ser de nuevo el jefe de personal, señor Renón ! ¡Cómo ir a dar órdenes a la oficina! ' - ¿Y quién niega que es usted el jefe de peraonal? Vaya y hágase cargo de su puesto inmediatamente; ellos volvieron al trabajo sin condiciones; yo le ruego que olvide su renun· cia y que siga llevando mis asuntos como hasta aquí. - Gracias ... - No tiene nada que agradecer; vuelvo a tomarlo por· que es usted mi mejor empleado, el único hombre de verdadera confianza que tengo, para poder dejarlo como gerente general durante mi ausencia. - ¿Pero ... es verdad que se va usted? - Sí, mañana,' como tenía planeado, y créame que siento no llevarlo conmígo, como habíamos hablado; pero los nego· cios siguen siendo míos, y necesito dejarlo aquí, al frente de ellos; vaya a las nueve al aeropuerto, ae lo ruego, le daré algunas iutruccionea indispensables. • . -Poso amiwtoeamen· te su mano eobre el hombro de Eatrada, abrumado éete por .e-
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-¡El iba a decirme algo! -gemía Isabel, de801ada-. ¡El quería decir algo sobre su hija.... eobre María Eugenia! - Lola la abrazó, ca~iñosa. -¡Mujer, qué podía ser que no supiéramos! Tú com· prendes ... y yo también. Quiere que te encargues de su hija ... nos encargaremos las dos, tú y yo . . . La sacó del cuarto donde otros compañeros penetraban. Desde la puerta, Andrés la miró con una mirada intensa, cargada de dolor, tal vez de celos, e impulsivamente dio unos pasos tras ella. · -¡Isabel! - llamó. - ,¿Qué quiere usted? -Lo miró a través de las lágri· mas, cambiando, endurecido el gesto, mientras la expresión de Renón se hacía más profundamente triste, más amarga· mente sincera. -Quería preguntarle algo sobre su amigo. . . ¿lo estima· ba usted mucho, verdad? --Con toda mi alma, como sólo -puede estimarse a un hombre que fue siempre bueno, esencialmente bueno, sin bri· llantez, sin talento, sin belleza física siquiera, sin habilidad para amontonar dinero, sin nada; pero con un corazón incn· paz de hacer mal a nadie; algo que vale más que todo, algo que pesa más para mí que todos los méritos, aunque a usted le parezcan risibles mis sentimientos. -Se adelanta usted atribuyéndome opiniones que no tengo. - Me es igual que las tenga. Andrés hizo un gesto de impaciencia, exasperado por la injusta actitud de Isabel ; replicó ya con tono duro: -¡Ya lo sé! Tratándose de mí todo le es igual. Pero no iba a hablarle de mí, sino de él, de su hija, de eaa pequeñuela que según he oído decir queda desamparada. - Me tiene a mí, no le faltará nada. No necesita que nadie más se ocupe de ella. -¡Es usted muy orgullosa, Isabel! - Soy nada más joven y fuerte. Cien veces me ·enfrenté a la vida, seguiré haciéndolo y en paz. - Bien, como usted quiera. Por un instante permanecieron uno frente a otro, en si· lencio. Luego, comprendiendo que él no iba a decir nada máa, Isabel se alejó, sin · volver la cabeu. Lola, que babia
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eScuchado :(a breve conversación, dio unos pasos hacia Renón y pidió. - Perdónela, todos estos' sucesos han sido tan violentos, tan inesperados, tan tristes. La pobre Isabel está trastornada .... no sabe lo que quiere. - Al contrario, Lola, sabe Perfectamente lo que quiere. Demostrarme una vez más su absoluto desprecio. - Había palidecido Ii8eramente, pero trató de 101m1ir-. Hacerme com· prender que de mí no aceptaría ni la .salvación de au alma si en mi mano estuviera concedérsela. Pero no se preocupe, y gracias por ser amable conmigo, aun siendo amiga de Iaabel. Vaya con ella, y oblíguela a descansar. . Se despidieron y Lola corrió para alcanzar a Iaabel que ya se perdía en el final de un corredor que terminaba en el jardín. Renón se dispuso también a salir, pero antea hizo una seña a Estrada que aguardaba respetuoso a unos metros de distancia. El viejo se acercó en el acto. - Hágase cargo de todo esto, Eateban, ocúpese de los funerales, del entierro . . . puede darles la tarde libre a los compañeros para que cumplan como es debido con él . . . después, que se reanuden las labores en la mejor forma po· sible. Estrada lo miró, sorprendido y contento a la vez. - ¡Pero. . . para eso tenía yo que ser de nuevo el jefe de personal, señor Renón ! ¡Cómo ir a dar órdenes a la oficina! ' - ¿Y quién niega que es usted el jefe de peraonal? Vaya y hágase cargo de su puesto inmediatamente; ellos volvieron al trabajo sin condiciones; yo le ruego que olvide su renun· cia y que siga llevando mis asuntos como hasta aquí. - Gracias ... - No tiene nada que agradecer; vuelvo a tomarlo por· que es usted mi mejor empleado, el único hombre de verdadera confianza que tengo, para poder dejarlo como gerente general durante mi ausencia. - ¿Pero ... es verdad que se va usted? - Sí, mañana,' como tenía planeado, y créame que siento no llevarlo conmígo, como habíamos hablado; pero los nego· cios siguen siendo míos, y necesito dejarlo aquí, al frente de ellos; vaya a las nueve al aeropuerto, ae lo ruego, le daré algunas iutruccionea indispensables. • . -Poso amiwtoeamen· te su mano eobre el hombro de Eatrada, abrumado éete por .e-
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8 RA V O
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mej'ante distinción, y prosiguió con afectl.h-: Ya veremos después la manera de que me acompañe más adelante. . . y aho· ra, hasta mañana, tengo mucho quehacer. Las horas pasaron; los funerales, el entierro, los mil tristes detalles materiales que rodean a la muerte se desar~olla· ron una vez más muy cerca de Isabel, poniendo en •u alma, sobre el viejo dolor del recuerdo, el nuevo de haber perdido al amigo fiel , sencillo, humilde, enamorado y sincero. Y cuan· do al fin de regreso, la joven se dejó caer como sin fuerzas en el sofá del pequeño departamento, la voz de Dolores llegó hasta ella primero como algo sin sentido, como un ruido en el que no reparaba apenas; luego las palabras se agrandaban, se aclaraban, se precisaban, llegando como flechas al lasti· mado sentimiento. - ¡Quién le iba a decir al pobre Juan Luis que iba a tener un entierro con caja de quinientos pesos y carroza a todo lujo! Porque no puede negarse que Renón ha hecho las cosas bien, aunque a última hora no se presentó por el ce· menterio. . . Será de esas gentes que les tienen fobia a las cosas fúnebres. . . -Lola iba y venía arreglaado todo en la casa. Isabel la miró ansiosamente. -¿ Y dónde está Maria Eugenia? -Todavía no la han traído ... te dije que la llevó la portera al campo, a la casa de su hermana ... ¿no lo recuer· das? - No, no recuerdo nada. . . me duele atrozmente la ca· beza; pero me alegro de que se la hayan llevado. Ya le diré yo lo que sucedió ... - Sí, yo, tan tosca y tan bruta, se lo diría de una mane· ra poco conveniente ... ¿Tú, te sientes bien, aparte del do· lor de cabeza? -Sí, muy bien, dame una pastilla para la jaqueca ... por favor . Diligente, Lola obedeció. Después contempló a su amiga con ternura maternal. - Isabel querida, ya sé que no tienes ganas de hablar, pero tampoco puedo quedarme callada, con la noticia aden· tro ; todos han vuelto a sus puestos en la casa Renón, incluso Estrada ... - Me lo imaginé - admitió Isabel ·sin alterarse-. Renón necesita de Estrada, es su único hombre de verdadera confianza; con despedirlo el único perjudicado era él. No ee
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trataba más q~e de un puntillo de amor propio, de demostrar que él hace lo que quiere y que siente por el resto de la humanidad el más profundo desprecio. - Perdóname que te recuerde que a ti ha tratado de acercarse tres o cuatró veces y que no has querido escucharlo ..:. ¿Sabes que se va de viaje, muy lejos, por muchos años, tal vez? . Los ojos color de avellana se clavaron con angustia en el r ostro de Lo la; pero inmediatamente los desvió, mirando hacia la lejanía, a través de la ventana abierta. - El secretario del sindicato me preguntó si tú ibas a volver a la casa Renón ... - agregó Lola con voz insegura-; después de todo no salió tan mal la cosa . . . Renón no tomó represalias con nadie, y estando él lejos ... -¡De ninguna manera volvería yo a trabajar para él, Lola. . . y bien sabes por qué no puedo hacerlo! -Sí, pero la verdad, cuando me habla, cuando lo veo, me resisto a creer que sea capaz de hacer lo que tú crees que hizo con tu padr-e ... - Pues si no es verdad, no entiendo por qué, adorándome como dice que me adoró, ha prohibido a Estrada que me explique todo ... - ¿Y si como te dijo Estrada, se lo ha prohibido para no herirte? -Mira, Lola -exclamó Isabel con voz firme-·. Mi padre era un hombre intachable, y si tuviera que dudar de él, dudaría de todo en la vida; preferiría morirme. Y estoy convencida de que Estrada dijo eso para que no siguiera preguntando. Y dejémoslo ya, ¿quieres? Sé que será difícil que encuentre otro trabajo como el que perdí, perq ya veremos ... Lola calló, mordiéndose la lengua, conteniendo el pensamiento, acaso comprendiendo, adivinando las razones de Andrés por primera ve2:, y estremeciéndose con un sobresalto nuevo al escuchar los pasitos que se acercaban. Corrió a la puerta y María Eugenia entró, arrojándose a los brazos de Isabel. -¡Mamila, mamila linda! Isabel la abrazó con infinita ternura. - María Eugenia, mi cielo, ¿ has estado contenta? ¿Te gustó el campo? -Más que todo. . . voy a decirle a papito que me lleve a vivir al campo, y a ti con nosotros, mamila. . . -Miró
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mej'ante distinción, y prosiguió con afectl.h-: Ya veremos después la manera de que me acompañe más adelante. . . y aho· ra, hasta mañana, tengo mucho quehacer. Las horas pasaron; los funerales, el entierro, los mil tristes detalles materiales que rodean a la muerte se desar~olla· ron una vez más muy cerca de Isabel, poniendo en •u alma, sobre el viejo dolor del recuerdo, el nuevo de haber perdido al amigo fiel , sencillo, humilde, enamorado y sincero. Y cuan· do al fin de regreso, la joven se dejó caer como sin fuerzas en el sofá del pequeño departamento, la voz de Dolores llegó hasta ella primero como algo sin sentido, como un ruido en el que no reparaba apenas; luego las palabras se agrandaban, se aclaraban, se precisaban, llegando como flechas al lasti· mado sentimiento. - ¡Quién le iba a decir al pobre Juan Luis que iba a tener un entierro con caja de quinientos pesos y carroza a todo lujo! Porque no puede negarse que Renón ha hecho las cosas bien, aunque a última hora no se presentó por el ce· menterio. . . Será de esas gentes que les tienen fobia a las cosas fúnebres. . . -Lola iba y venía arreglaado todo en la casa. Isabel la miró ansiosamente. -¿ Y dónde está Maria Eugenia? -Todavía no la han traído ... te dije que la llevó la portera al campo, a la casa de su hermana ... ¿no lo recuer· das? - No, no recuerdo nada. . . me duele atrozmente la ca· beza; pero me alegro de que se la hayan llevado. Ya le diré yo lo que sucedió ... - Sí, yo, tan tosca y tan bruta, se lo diría de una mane· ra poco conveniente ... ¿Tú, te sientes bien, aparte del do· lor de cabeza? -Sí, muy bien, dame una pastilla para la jaqueca ... por favor . Diligente, Lola obedeció. Después contempló a su amiga con ternura maternal. - Isabel querida, ya sé que no tienes ganas de hablar, pero tampoco puedo quedarme callada, con la noticia aden· tro ; todos han vuelto a sus puestos en la casa Renón, incluso Estrada ... - Me lo imaginé - admitió Isabel ·sin alterarse-. Renón necesita de Estrada, es su único hombre de verdadera confianza; con despedirlo el único perjudicado era él. No ee
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trataba más q~e de un puntillo de amor propio, de demostrar que él hace lo que quiere y que siente por el resto de la humanidad el más profundo desprecio. - Perdóname que te recuerde que a ti ha tratado de acercarse tres o cuatró veces y que no has querido escucharlo ..:. ¿Sabes que se va de viaje, muy lejos, por muchos años, tal vez? . Los ojos color de avellana se clavaron con angustia en el r ostro de Lo la; pero inmediatamente los desvió, mirando hacia la lejanía, a través de la ventana abierta. - El secretario del sindicato me preguntó si tú ibas a volver a la casa Renón ... - agregó Lola con voz insegura-; después de todo no salió tan mal la cosa . . . Renón no tomó represalias con nadie, y estando él lejos ... -¡De ninguna manera volvería yo a trabajar para él, Lola. . . y bien sabes por qué no puedo hacerlo! -Sí, pero la verdad, cuando me habla, cuando lo veo, me resisto a creer que sea capaz de hacer lo que tú crees que hizo con tu padr-e ... - Pues si no es verdad, no entiendo por qué, adorándome como dice que me adoró, ha prohibido a Estrada que me explique todo ... - ¿Y si como te dijo Estrada, se lo ha prohibido para no herirte? -Mira, Lola -exclamó Isabel con voz firme-·. Mi padre era un hombre intachable, y si tuviera que dudar de él, dudaría de todo en la vida; preferiría morirme. Y estoy convencida de que Estrada dijo eso para que no siguiera preguntando. Y dejémoslo ya, ¿quieres? Sé que será difícil que encuentre otro trabajo como el que perdí, perq ya veremos ... Lola calló, mordiéndose la lengua, conteniendo el pensamiento, acaso comprendiendo, adivinando las razones de Andrés por primera ve2:, y estremeciéndose con un sobresalto nuevo al escuchar los pasitos que se acercaban. Corrió a la puerta y María Eugenia entró, arrojándose a los brazos de Isabel. -¡Mamila, mamila linda! Isabel la abrazó con infinita ternura. - María Eugenia, mi cielo, ¿ has estado contenta? ¿Te gustó el campo? -Más que todo. . . voy a decirle a papito que me lleve a vivir al campo, y a ti con nosotros, mamila. . . -Miró
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CAR IDAD
BRAVO
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hacia todos lados y preguntó con extrañeza- : pero, ¿dónde está papá¿ ¿Sigue ocupado con eso de la huelga? - No, tu papá tu\'o que irse a un viaje, a un viaje muy largo, y te dejó conmigo, que te quiero tanto. . . conmigo. que ahora te querré por los d os, María Eugenia ... Hubo en su voz un temblor de dolorosa ternura y sus ojos lucharon con las lágrimas, hasta contenerlas en un gesto sereno cuando la rubia cabecita de largas trenzas se apar tó de su pecho, y los claros ojos se alzaron interrogantes. - ¿ Pero, por qué no me dijo nada papito? Nunca se va de viaje sin llevarme. . . ¿cuándo volverá? Isabel acarició los cabellos de la niña, y mirándola con fij eza, como si quisiera con su mirada transmitirle fuerza, continuó: - Maria Eugenia , mi vida, es preciso que seas valiente, tú papá no volverá más. Pero desde d onde está, velará por ti, y sabe lo que haces, y su pensamiento estará a tu lado, siempre... , La chiquilla se desconcertó primero, luego su carita tk! contrajo en una mueca de dolor. - Se fue .. . como mamá, para no volver más - murmuró a punto de sollozar- ... También mamá se fue de viaje, y no volvió. - Pero no llores. no te aflijas, yo estaré siempre a tu lado, no nos separaremos nunca, te llevaré al campo, a f!lle campo que te gusta más que nada, ¿quieres? La niña asintió con la cabeza y mientras corrían sus lágrimas, preguntó con curiosidad ansiosa: - ¿ De verd¡¡d? ¿ Me llevarás al campo ? ¿ Irás tú con· migo, mamita? - Si, sí, te llevaré a un campo muy hermoso que hay mu y lejos de la capital, al campo d? nde yo nací. Allí tengo una viej a amiga que nos recibirá nwy contenta en su casa. Sin darse cuenta, lloraba ella también, y María Eugenia la contempló, entre sorprendida e interrogante. - Mamí, tú dices que no llore, y tú estás llorando ... - Porque las personas mayor~ tenemos que llorar algu· nas veces, pero las niñas no ... Ven ahora conmigo, dormÍ · rás en mi cuarto, y mañana hablaremos de ese viaje al caro · J.'O · Creo que será lo mejor para q ue ni tú ni yo volvamos a llor11r.
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Andrés Renón cruzó muy despacio la ancha .t erraza cu· bierta de pequeñas mesas, rodeada de palmeras enanas, alumbrada con discreta luz indirecta, refrescada por fuentes artificiales, abierta bajo el cielo sobre un edificio de treinta pisos, donde el restaurante " Los Jardines" esperaba a su distin-. guida clientela. El maitre se acercó oficioso, al verlo. - ¡Señor, qué sorpresa tan agradable! -exclamó. Andrés lo miró como si despertara. Aún no sabía por qué secreto impulso había tomado el camino de "Los Jardines", esa última noche que pensaba pasar en la ciudad, antes de emprender el largo viaje proyectado. Se sentó en la misma mesa que ocupaba siempre con Isabel y rechazó la carta, así como los vinos que le ofrecía el maitre. - ¡Traiga sólo algo helado, ·muy helado, agua, refresco. . . y nada más, he venido buscando silencio y soledad ! Bien ... ¡también cluampagne! Sorprendido, el maitre se alejó. Renón miró hacia la ciudad, que a sus pies parecía un absurdo cielo invertido, constelado de millones de luceros artificiales; la música le llegaba tan suave como el leve arañazo de su recuerdo sentimental. Sus manos anchas, recias, de largos dedos fuertes se extendieron sobre el blanco mantel como si tentaran aprisionar la sombra de otras manos suaves, blancas, siempre fugitivas a su deseo. - ¡Isabel! - murmuró casi en una queja- . ¡Mi Isabel! Cerró los ojos. Cuand o los abrió, el mesero había colocado silenciosamente un cubo con una botella de cluampa.gtu, una copa de fino cristal, y un apetitoso helado de almendra. Maquinalmente se sirvió el líquido ambarino en la copa y lo bebió de un trago; repitió tres veces la operación, míen· tras pensaba. - ¡Beber, beber hasta que se duerman los sentidos, huta r¡ ue no pueda escuchar la voz de mis recuerdos! Volvió a cerrar los ojos por un instante; pero una voz masculina, a su lado, lo obligó a abrirlos, sobresaltado. - ¿El señor Andrés Renón, verdad? El miró al inoportuno y terminó de beber lo que quedaba en la copa. El cosquilleo de la espuma rubia, que se había extendido sobre su cara como una suave tela de araña, pareció aflojar los nervios tensos durante tantas horu; y como a lravéa de un velillo sutil contempló la figura alta, flaca,
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hacia todos lados y preguntó con extrañeza- : pero, ¿dónde está papá¿ ¿Sigue ocupado con eso de la huelga? - No, tu papá tu\'o que irse a un viaje, a un viaje muy largo, y te dejó conmigo, que te quiero tanto. . . conmigo. que ahora te querré por los d os, María Eugenia ... Hubo en su voz un temblor de dolorosa ternura y sus ojos lucharon con las lágrimas, hasta contenerlas en un gesto sereno cuando la rubia cabecita de largas trenzas se apar tó de su pecho, y los claros ojos se alzaron interrogantes. - ¿ Pero, por qué no me dijo nada papito? Nunca se va de viaje sin llevarme. . . ¿cuándo volverá? Isabel acarició los cabellos de la niña, y mirándola con fij eza, como si quisiera con su mirada transmitirle fuerza, continuó: - Maria Eugenia , mi vida, es preciso que seas valiente, tú papá no volverá más. Pero desde d onde está, velará por ti, y sabe lo que haces, y su pensamiento estará a tu lado, siempre... , La chiquilla se desconcertó primero, luego su carita tk! contrajo en una mueca de dolor. - Se fue .. . como mamá, para no volver más - murmuró a punto de sollozar- ... También mamá se fue de viaje, y no volvió. - Pero no llores. no te aflijas, yo estaré siempre a tu lado, no nos separaremos nunca, te llevaré al campo, a f!lle campo que te gusta más que nada, ¿quieres? La niña asintió con la cabeza y mientras corrían sus lágrimas, preguntó con curiosidad ansiosa: - ¿ De verd¡¡d? ¿ Me llevarás al campo ? ¿ Irás tú con· migo, mamita? - Si, sí, te llevaré a un campo muy hermoso que hay mu y lejos de la capital, al campo d? nde yo nací. Allí tengo una viej a amiga que nos recibirá nwy contenta en su casa. Sin darse cuenta, lloraba ella también, y María Eugenia la contempló, entre sorprendida e interrogante. - Mamí, tú dices que no llore, y tú estás llorando ... - Porque las personas mayor~ tenemos que llorar algu· nas veces, pero las niñas no ... Ven ahora conmigo, dormÍ · rás en mi cuarto, y mañana hablaremos de ese viaje al caro · J.'O · Creo que será lo mejor para q ue ni tú ni yo volvamos a llor11r.
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Andrés Renón cruzó muy despacio la ancha .t erraza cu· bierta de pequeñas mesas, rodeada de palmeras enanas, alumbrada con discreta luz indirecta, refrescada por fuentes artificiales, abierta bajo el cielo sobre un edificio de treinta pisos, donde el restaurante " Los Jardines" esperaba a su distin-. guida clientela. El maitre se acercó oficioso, al verlo. - ¡Señor, qué sorpresa tan agradable! -exclamó. Andrés lo miró como si despertara. Aún no sabía por qué secreto impulso había tomado el camino de "Los Jardines", esa última noche que pensaba pasar en la ciudad, antes de emprender el largo viaje proyectado. Se sentó en la misma mesa que ocupaba siempre con Isabel y rechazó la carta, así como los vinos que le ofrecía el maitre. - ¡Traiga sólo algo helado, ·muy helado, agua, refresco. . . y nada más, he venido buscando silencio y soledad ! Bien ... ¡también cluampagne! Sorprendido, el maitre se alejó. Renón miró hacia la ciudad, que a sus pies parecía un absurdo cielo invertido, constelado de millones de luceros artificiales; la música le llegaba tan suave como el leve arañazo de su recuerdo sentimental. Sus manos anchas, recias, de largos dedos fuertes se extendieron sobre el blanco mantel como si tentaran aprisionar la sombra de otras manos suaves, blancas, siempre fugitivas a su deseo. - ¡Isabel! - murmuró casi en una queja- . ¡Mi Isabel! Cerró los ojos. Cuand o los abrió, el mesero había colocado silenciosamente un cubo con una botella de cluampa.gtu, una copa de fino cristal, y un apetitoso helado de almendra. Maquinalmente se sirvió el líquido ambarino en la copa y lo bebió de un trago; repitió tres veces la operación, míen· tras pensaba. - ¡Beber, beber hasta que se duerman los sentidos, huta r¡ ue no pueda escuchar la voz de mis recuerdos! Volvió a cerrar los ojos por un instante; pero una voz masculina, a su lado, lo obligó a abrirlos, sobresaltado. - ¿El señor Andrés Renón, verdad? El miró al inoportuno y terminó de beber lo que quedaba en la copa. El cosquilleo de la espuma rubia, que se había extendido sobre su cara como una suave tela de araña, pareció aflojar los nervios tensos durante tantas horu; y como a lravéa de un velillo sutil contempló la figura alta, flaca,
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BRAVO
ADAMS EL
ve~tida
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de negro, el tipo de rancio sabor provinciano que se inclinaba frente a él, pronunciando su nombre. -Oh, sí, es usted el señor Renón; no es difícil saberlo, después de ver su .retrato en todos los noticieros y revistas; además, lo conozco desde hace muchos años. . . es usted el hombre del día, señor Renón ... ¿Puedo felicitarlo? - ¿ Felicitarme? - repitió con extrañeza. - Su triunfo es el triunfo de todas las personas de orden ; la decencia y la legalidad se regocijan en el triunfo de usted; hizo muy bien en poner las peras a cuatro a esos ganapanes que no sé qué habían llegado a figurarse. Hablaba con un tono campanudo, chocante, que obligó a Andrés a mirarlo de frente, para decir después de un mo· mento. - ¡Perdóneme, pero no recuerdo haberlo visto en mi vida! El otro sonrió con indulgencia. - Por supuesto, su asombro es perfectamente natural. No soy más que un pobre juez provinciano y aunque me hubiera visto usted una o dos veces no podría recordarme. Pero no, no me ha visto. - Usted dijo qu1! me conocía hacía años ... - ¡Claro! Conozco su labor, y en cuanto al físico, ya expliqué: lo había visto en revistas, periódicos, noticieros ... Usted, sin embargo, va a recordarme, en cuanto le diga mi nombre: soy el juez Esteves, ejerzo y vivo en el pueblo de Santa Rosalía ... Repentinamente Renón se sintió interesado. Sabía que Isabel era de ese lugar. Dejó de jugar con la copa y miró con más atención a Esteves. - ¿Santa Rosalía? - repitió queriendo ser indiferente. - Sí, el pueblo de Isabel San Román - indicó con re· tintín intencionado--; ¡vaya chiquilla para darle a usted trabajo! Me dicen que es la única de sus empleados a quien dejó usted en la calle, y me parece perfectamente bien que no haya querido volver a admitir en su casa a un elemento tan in· dt.-seable. Andrés se sintió molesto, pero no dijo una palabra. El otro continuó: - Perdóneme que le hable de un modo tan franco; pero yo también fui una víctima de los San Román. El efecto de la espumosa bebida rubia se evaporó súbi-
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tamente. Los ojos de acero de Andrés se clavaron inquisidores y cortantes en el rostro cínico e hipócrita del viejo juez, que sonreía, encantado de haber logrado interesar a un hom· hre como Renón. - Esa muchacha fue novia de mi sobrino, y lo tenía completamente engatusado. Trabajo me costó cortar las relaciones por lo sano. Pero comó comprenderá usted, fui implacable. En los mismos funerales de San Román, lo obligué a I'J Ue la dejara plantada .. . y como juez me incauté de todas las propiedades para pagar a los acreedores, que fueron bastantes ... -¿Usted ? ¿Entonces,.. . es usted? - Renón miraba á,·j. damente a Esteves, como si quisiera grabar en su retina el rostro desagradable que tenía delante. El juez, interpretando de diversa manera esa curiosidad, agregó con suficiencia. -Si hubiera usted hablado conmigo, habría terminado la huelga de sus fábricas mucho antes. Con amenazar a Isabelita San Román de publicar en los periódicos la verdadera historia de su padre, ella hubiera dejado de armar alboroto . . . yo hubiera podido relatarla, presentando pruebas, detalles y hasta copias fotostáticas de ciertos documentos que ... No pudo terminar. Andrés, con repentina violencia, cortl• su frase. - ¿Cómo dijo usted que se llama? ¿Estevc!l? i.l-.:s Arnaldo Esteves? Se había puesto de pie d~ un salto y su mano se clavó eorno una tenaza en el brazo del juez, sacudiéndolo con ru · deza. -¡Sí, soy Arnaldo Esteves! - respondió ta rtamudeando, ¡,;in comprender el cambio de actitud en Renón. - ¡Entonces, era \'erdad! -exclamó Andri·s con vive1.a--. j Usted es el miserable, el canalla, el traidor juez Este'·es! ¡Ya lo creo que lo conozco ! ¡Es usted hipócrita y far · sante! ¡Usted era el pretendido socio comanditario de Alfredo San Román! Aterrado, Esteves lanzó una exclamación de sorpresa. Rcnón oprimió aún más el brazo que sujetaba. -¡ CáUese ! -ordenó con un raro fulgor en los ojos-. ¡No es necesario que se enteren los demás! ¿ Pensaba usted 1¡ ue yo no lo sabía? ¿Creía que ignoraba todo su papel en la sucia estafa que costó la vida a Alfredo San Román? - Pero ... señor Renón - protestó débilmente Esteves.
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de negro, el tipo de rancio sabor provinciano que se inclinaba frente a él, pronunciando su nombre. -Oh, sí, es usted el señor Renón; no es difícil saberlo, después de ver su .retrato en todos los noticieros y revistas; además, lo conozco desde hace muchos años. . . es usted el hombre del día, señor Renón ... ¿Puedo felicitarlo? - ¿ Felicitarme? - repitió con extrañeza. - Su triunfo es el triunfo de todas las personas de orden ; la decencia y la legalidad se regocijan en el triunfo de usted; hizo muy bien en poner las peras a cuatro a esos ganapanes que no sé qué habían llegado a figurarse. Hablaba con un tono campanudo, chocante, que obligó a Andrés a mirarlo de frente, para decir después de un mo· mento. - ¡Perdóneme, pero no recuerdo haberlo visto en mi vida! El otro sonrió con indulgencia. - Por supuesto, su asombro es perfectamente natural. No soy más que un pobre juez provinciano y aunque me hubiera visto usted una o dos veces no podría recordarme. Pero no, no me ha visto. - Usted dijo qu1! me conocía hacía años ... - ¡Claro! Conozco su labor, y en cuanto al físico, ya expliqué: lo había visto en revistas, periódicos, noticieros ... Usted, sin embargo, va a recordarme, en cuanto le diga mi nombre: soy el juez Esteves, ejerzo y vivo en el pueblo de Santa Rosalía ... Repentinamente Renón se sintió interesado. Sabía que Isabel era de ese lugar. Dejó de jugar con la copa y miró con más atención a Esteves. - ¿Santa Rosalía? - repitió queriendo ser indiferente. - Sí, el pueblo de Isabel San Román - indicó con re· tintín intencionado--; ¡vaya chiquilla para darle a usted trabajo! Me dicen que es la única de sus empleados a quien dejó usted en la calle, y me parece perfectamente bien que no haya querido volver a admitir en su casa a un elemento tan in· dt.-seable. Andrés se sintió molesto, pero no dijo una palabra. El otro continuó: - Perdóneme que le hable de un modo tan franco; pero yo también fui una víctima de los San Román. El efecto de la espumosa bebida rubia se evaporó súbi-
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tamente. Los ojos de acero de Andrés se clavaron inquisidores y cortantes en el rostro cínico e hipócrita del viejo juez, que sonreía, encantado de haber logrado interesar a un hom· hre como Renón. - Esa muchacha fue novia de mi sobrino, y lo tenía completamente engatusado. Trabajo me costó cortar las relaciones por lo sano. Pero comó comprenderá usted, fui implacable. En los mismos funerales de San Román, lo obligué a I'J Ue la dejara plantada .. . y como juez me incauté de todas las propiedades para pagar a los acreedores, que fueron bastantes ... -¿Usted ? ¿Entonces,.. . es usted? - Renón miraba á,·j. damente a Esteves, como si quisiera grabar en su retina el rostro desagradable que tenía delante. El juez, interpretando de diversa manera esa curiosidad, agregó con suficiencia. -Si hubiera usted hablado conmigo, habría terminado la huelga de sus fábricas mucho antes. Con amenazar a Isabelita San Román de publicar en los periódicos la verdadera historia de su padre, ella hubiera dejado de armar alboroto . . . yo hubiera podido relatarla, presentando pruebas, detalles y hasta copias fotostáticas de ciertos documentos que ... No pudo terminar. Andrés, con repentina violencia, cortl• su frase. - ¿Cómo dijo usted que se llama? ¿Estevc!l? i.l-.:s Arnaldo Esteves? Se había puesto de pie d~ un salto y su mano se clavó eorno una tenaza en el brazo del juez, sacudiéndolo con ru · deza. -¡Sí, soy Arnaldo Esteves! - respondió ta rtamudeando, ¡,;in comprender el cambio de actitud en Renón. - ¡Entonces, era \'erdad! -exclamó Andri·s con vive1.a--. j Usted es el miserable, el canalla, el traidor juez Este'·es! ¡Ya lo creo que lo conozco ! ¡Es usted hipócrita y far · sante! ¡Usted era el pretendido socio comanditario de Alfredo San Román! Aterrado, Esteves lanzó una exclamación de sorpresa. Rcnón oprimió aún más el brazo que sujetaba. -¡ CáUese ! -ordenó con un raro fulgor en los ojos-. ¡No es necesario que se enteren los demás! ¿ Pensaba usted 1¡ ue yo no lo sabía? ¿Creía que ignoraba todo su papel en la sucia estafa que costó la vida a Alfredo San Román? - Pero ... señor Renón - protestó débilmente Esteves.
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- ¡Y yo ll e~ u é a pensar que usted no existía! ¡No t¡uist' r·rce r a Alfredo San Hl)rnán c uando m.- ha hló de usted ! ¡ Pen,_¡. q ue le calumn iolHt! Creí los informes q ut! me mandaro n d e su pueblo. . . pero s us palabras de ant~. s us torpes palahr:ts de od io, de rencor. acaban de desenmascararlo ... Me han hr.dw ver da ro de l't' jH! nle. ¡ Us!t:d. usl t·d es el verdatlno r ulpn· hit·! Este\'es tratú dr: libra rse de la prcsiim a la que t~"t:~ha !' U jeto. -- ¡S u élteme~ --pidió en vuz baja--. ¡Suélteme o llamaré- pidiendo auxi lio! ¡ Uste<l mt> confu nde con otr o, o está loco de rema te! ¡ Suélteme. señor Renón! Andrés son rió, siniest ro. - No lo soltan;. ¡Ahora mismo vit:ne usted conmigo, a buscar a Esteban Estrada, para poner todo esto en claro ! ·--¡Le asc¡,turo que se t•quivoca, !:leñor Renón! ¡Yv soy un h"mh re honrado! Y ¡:j trata de ejercer sobre mí violencia fí . :<ir·a, pido auxili o ... Pero Andrés 11 11 se a~ u sta!Ja fácilmente. Hizo una se ita al maitre, quien se acercó con rapidez, solícito. - i Ordene q ue mi auto esté en la puerta cuando yo baje, pronto! El maifre se alejó a toda prisa, mientras Renón, arra;:trando a Esteves, lo c>bligada a travesar el restaurante y lle· ¡.w r ha;:ta e! a!'cen~or. - ¡Su conducta es incalifi cable! - e xclamaba ~:on más terro r que ira d jue-t- . ¡Es la de un l o~:o, la de un ... - ¡Cállese! - cortó Andrés cuando el ascensor llegó y entraron en t·l- . ¿ lgnCHa que tengo en mis manos pruebas c' un t r:1 usted que con mi testimonio pueden llevarlo a la cár· t·el? - Miró fij ame!nte al hombre, y concluyó ;;on voz t:n la q ue tBmhlaba la e;;peranza- : ¡Al fin ten~o en mis manos l:t verd a ti; al fin ! Estaba tan tl e~co n cert ado . tan aterrado, que no opuso re,istencia para subir al auto de And rés. Conociendo el po· tlt'r del ma~nat e, el juez Esteves maldijo, una y mil veces, t'n un insta nte. la estúpida vanidad que lo había llevado a hnhla r c:o m o lo hiciera a Ren(m. Minutos más tarde lo hacía o·ntrar a "u propin oficina y llamaba por teléfono a Estchan , di o·i·:·nd olc qw· fuc·r a en el acto allá, pues lo necesitaba. !V!ientras espe raban al fiel servidor, Esteves quiso librar· :-•· dt· 1, que c·on~ idera ha una trampa, pero comprendía q ue
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~~ra difícil, imposible hacerlo. Los ojos de acero de Renón J., tenían clavado en s u sitio, y a s us protestas respondía siern• prc con frases terminantes y duras. - Es usted, j uez· Esteves, un funcionario de los que man chan y deshonran la clase. Usted es un falso servidor del pue-. hlo, y los primeros que van" a ag radecerme que lo desenmascare, son los hombres hon rados que tengan su misma prof•·· sión. Haré justicia a mi modo. - ¡Pero yo no soy culpable .. . y aunque lo fu era, se trata de un as unto liquidado ! - ¡No en el terreno moral, qu:: es el único que me iu!· porta! - Todos recibier on su dinero, tod os los acreedores t l·~ ~an Román cobraron - protestó drhilmrn te. ---¡Sí, a costa de la herencia de la huérfana, dcjándoht usted cu la mis(:ria! - ¿Pero va usted a defender a esa víbora que ha estado a punto de hacerlo cerrar y vender sus fábricas? -interrogó cstupefaeto Esteves. - ¿ Qué ha dicho ? -- gritó Andrés lanzándose enfurecido sobre el juez y sacudiéndolo por las solapas. -- ¡Por Dios, suéltcme! Me está ahogando ... - ¡La lenp:ua debiera· arrancarle; pero no. necesito qur· hable, necesito que me lo diga todo, que lo confiese todo! ¡Sólo contándome la historia, capítulo por capítulo, palabra por palabra, se librará de ir a la cárcel para toda su vida! ·- ¡ Csted no puede mandarme a la cárcel por un nef!;O· .-io casi legal ! - Estcvcs cayó en una silla. sofocado todavía por la fuerte sacudida que s ufriera. - ;Casi legal! - repitió con desdén Andrés. -- Quiero dec ir que me sobrarún med ios para def(mder· lll<', para probar c[tH' aunque yo ayudio a l padre de Isabel con alg unos fondo.-. el único y verdadero culpable . .. - ; Es u,;ted! --<:oncluyó a ~r il o!' Reuón- . Cada p:.lla · l1ra q ue d i~:e lo delata. Si alguna duda me quedara. su acti lurl lo denunciaría. --; T cn¡,:o medio~ le¡:!ales para defenderme . . . ! -''Jaluralmentr:. ¿ Piensa que no lo sé? Bien arregle') u ~ t ed J.,s papeles, ta n bien, que durante tres años viví c:ngn· iiadu. ; P<~ro no es fi1cil engañar a Andrés Renón durante mu· dtu tiPrnpo ! Usted puP.de haber arre~ l ado las cosas para bur. lar la ley, pero a mí no va a burlarme.
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- ¡Y yo ll e~ u é a pensar que usted no existía! ¡No t¡uist' r·rce r a Alfredo San Hl)rnán c uando m.- ha hló de usted ! ¡ Pen,_¡. q ue le calumn iolHt! Creí los informes q ut! me mandaro n d e su pueblo. . . pero s us palabras de ant~. s us torpes palahr:ts de od io, de rencor. acaban de desenmascararlo ... Me han hr.dw ver da ro de l't' jH! nle. ¡ Us!t:d. usl t·d es el verdatlno r ulpn· hit·! Este\'es tratú dr: libra rse de la prcsiim a la que t~"t:~ha !' U jeto. -- ¡S u élteme~ --pidió en vuz baja--. ¡Suélteme o llamaré- pidiendo auxi lio! ¡ Uste<l mt> confu nde con otr o, o está loco de rema te! ¡ Suélteme. señor Renón! Andrés son rió, siniest ro. - No lo soltan;. ¡Ahora mismo vit:ne usted conmigo, a buscar a Esteban Estrada, para poner todo esto en claro ! ·--¡Le asc¡,turo que se t•quivoca, !:leñor Renón! ¡Yv soy un h"mh re honrado! Y ¡:j trata de ejercer sobre mí violencia fí . :<ir·a, pido auxili o ... Pero Andrés 11 11 se a~ u sta!Ja fácilmente. Hizo una se ita al maitre, quien se acercó con rapidez, solícito. - i Ordene q ue mi auto esté en la puerta cuando yo baje, pronto! El maifre se alejó a toda prisa, mientras Renón, arra;:trando a Esteves, lo c>bligada a travesar el restaurante y lle· ¡.w r ha;:ta e! a!'cen~or. - ¡Su conducta es incalifi cable! - e xclamaba ~:on más terro r que ira d jue-t- . ¡Es la de un l o~:o, la de un ... - ¡Cállese! - cortó Andrés cuando el ascensor llegó y entraron en t·l- . ¿ lgnCHa que tengo en mis manos pruebas c' un t r:1 usted que con mi testimonio pueden llevarlo a la cár· t·el? - Miró fij ame!nte al hombre, y concluyó ;;on voz t:n la q ue tBmhlaba la e;;peranza- : ¡Al fin ten~o en mis manos l:t verd a ti; al fin ! Estaba tan tl e~co n cert ado . tan aterrado, que no opuso re,istencia para subir al auto de And rés. Conociendo el po· tlt'r del ma~nat e, el juez Esteves maldijo, una y mil veces, t'n un insta nte. la estúpida vanidad que lo había llevado a hnhla r c:o m o lo hiciera a Ren(m. Minutos más tarde lo hacía o·ntrar a "u propin oficina y llamaba por teléfono a Estchan , di o·i·:·nd olc qw· fuc·r a en el acto allá, pues lo necesitaba. !V!ientras espe raban al fiel servidor, Esteves quiso librar· :-•· dt· 1, que c·on~ idera ha una trampa, pero comprendía q ue
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~~ra difícil, imposible hacerlo. Los ojos de acero de Renón J., tenían clavado en s u sitio, y a s us protestas respondía siern• prc con frases terminantes y duras. - Es usted, j uez· Esteves, un funcionario de los que man chan y deshonran la clase. Usted es un falso servidor del pue-. hlo, y los primeros que van" a ag radecerme que lo desenmascare, son los hombres hon rados que tengan su misma prof•·· sión. Haré justicia a mi modo. - ¡Pero yo no soy culpable .. . y aunque lo fu era, se trata de un as unto liquidado ! - ¡No en el terreno moral, qu:: es el único que me iu!· porta! - Todos recibier on su dinero, tod os los acreedores t l·~ ~an Román cobraron - protestó drhilmrn te. ---¡Sí, a costa de la herencia de la huérfana, dcjándoht usted cu la mis(:ria! - ¿Pero va usted a defender a esa víbora que ha estado a punto de hacerlo cerrar y vender sus fábricas? -interrogó cstupefaeto Esteves. - ¿ Qué ha dicho ? -- gritó Andrés lanzándose enfurecido sobre el juez y sacudiéndolo por las solapas. -- ¡Por Dios, suéltcme! Me está ahogando ... - ¡La lenp:ua debiera· arrancarle; pero no. necesito qur· hable, necesito que me lo diga todo, que lo confiese todo! ¡Sólo contándome la historia, capítulo por capítulo, palabra por palabra, se librará de ir a la cárcel para toda su vida! ·- ¡ Csted no puede mandarme a la cárcel por un nef!;O· .-io casi legal ! - Estcvcs cayó en una silla. sofocado todavía por la fuerte sacudida que s ufriera. - ;Casi legal! - repitió con desdén Andrés. -- Quiero dec ir que me sobrarún med ios para def(mder· lll<', para probar c[tH' aunque yo ayudio a l padre de Isabel con alg unos fondo.-. el único y verdadero culpable . .. - ; Es u,;ted! --<:oncluyó a ~r il o!' Reuón- . Cada p:.lla · l1ra q ue d i~:e lo delata. Si alguna duda me quedara. su acti lurl lo denunciaría. --; T cn¡,:o medio~ le¡:!ales para defenderme . . . ! -''Jaluralmentr:. ¿ Piensa que no lo sé? Bien arregle') u ~ t ed J.,s papeles, ta n bien, que durante tres años viví c:ngn· iiadu. ; P<~ro no es fi1cil engañar a Andrés Renón durante mu· dtu tiPrnpo ! Usted puP.de haber arre~ l ado las cosas para bur. lar la ley, pero a mí no va a burlarme.
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C\11 111\ 0
UR.~VO
AOAMS
La pu1:rta se abrió bruscamente y Estrada entró, alar· mado. - i Señor Renón! ¿Qué pa;<a? - al ver al juez, agregó - : ., ¡Oh, Estevf's 1 - ¿ Lo conoel: usted . Esteban? -·preguntó Renón. -Sí, bastante. Una repentina friald ad cubrió el semblante de Estrada. l!n prnfundn desagrado se retrató en su rostro, mientras d hornhre acorralado por Rcnón haeía un último esfu erzo par<! re~: upe rar la di~nidad. - - ¡Esto es algo parecido a un se..:ucstro: pe ro no permi tiré que me coacdone usted con sus violencias, señor Renón ! Sereno, duro, con el gesto de dominador que tan bien le conocía Esteban. obligó al jut>z a sentarse de nuevo en la silla que había abandonado. Lue~o se volvió hacia su fi l·l empleado y preguntó: - ¿Tiene listo el dictáfono? Cuanto diga este señor tient! . que quedar bien asentado. --¡No diré una palabra! - amenazó Estcves, disimulando su terro r detrás de un gesto altanrro que se veía clara · mente era fingido. - -Entitmda de una vez por todas-- advirtió Rcnón- ; necesito la verdad para un asunto personal, íntimo, pero si me In niega, la conseguir.:· por todos los medios y le haré pagar a u:;;Lcd la ..:ulpa innegable q ue tuvo en el asunto San Román. . . Uste<l C!'o culpable, no sé has ta dónde, no sé hasta q u ~ punto. jll!ro n~:cesit o saher PI grado de responsabilidad de Alfredo San Homán en este asunto. No me dejaré enga· iiar, ni le permitir{- una sola menti ra. Tengo documentos que usted no sn~pecha . Esteves se agitó en su asiento. :Veía que Estrada prepa· raba el di c~áfo no y que abría un archivero, sacando de él un g rueso expediente. --Son los papeles de San Román --explicó con ealma Renón- , estú hasta el último, hasta el in forme privado de mi detective particular . . . Y ahora, comience su historia, jue7. Estcves . . . ac¡uí ten ~n todo lo necesario para ir comprobando los hechos. Se sentó cómodamente en su butaca, frente a su escrito· riol, y hojcú el exped ien lP que Estrada le había en'tregado. F.struda permanecía j unto a la puerta cerrada previamente t·on llave. Andrés empezó a hacer preguntas concisas.
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E N EMICO
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Primero Esteves protestó, trató de seguir. mintiendo ;
l 1m¡ ~u, acabó por contestar, rabioso y pálido.
CAPITULO V se durmió, por fin , Isabel y Lola vol vieron al pequeño salón. Rendido el cuerpo, transida de d .. lur el alma, rotos los nervios, Isabel se acercó a la ventana por do nde el aire de la noche, aire espeso de los últimos días ,¡,. verano, penetraba en blandas ráfagas. Las dos amigas l.uhluron largamente. Lola tuvo que conta r a Isabel que se lonllaba también sin trabajo, sin explicar con muchos detalles ol motivo de su despido; Isabel se quejó de que se lo dijera llfl~t u ese momento, pero la otra a legó que no había creído oportuno hacerlo para agregar una mortificación más a todos lus sufridas. En resumen: había en la casa una boca más, y n in~una de las dos tenía empleo ; contaban con diez y siete ¡wM•~ y \'eintiséis centavos, lo que le habían dado a Lola en ··1 empeño por su modesto anillo. Isabel quedó inmóvil y ~< llcnciosa por unos instantes; después, se enderezó decidida. - Bien, la misma María Eu~e nia me sug irió algo. No., i rotnos ella y yo al campo; tengo un lugar seg uro donde ir y •·s lo mejor que puedo hacer. Necesito alejarme de toch r f'tol o, Lola. . . encontrarme de nuevo a rní misma, recuperar In f·nlrna para volver en buena disposición a buscar trabajo .. . ,¡,. otra manera, me volveré loca. Lula. comprendiendo que Isabel tenía razón, protestó l,(,lo débilmente, angustiada al pensar que que<laría sola, des· pu \;ll de tan dolorosos acontecimientos. Isabel le sug irió que huMeara a Estrada y pidier a empleo en la Banca Renón; se Jt, darían, estaba seg ura, máxime si no vivía con ella. . . LueJ.\11 em¡>ezó a describir la linda casita donde vivía Juliana, 1111 vieja y buena sirviente ; y la nostalgia de su pueblo, la •·vocación de sus recuerdos llevaron lágrimas dulces a sus ujos. El pensar que volvería a estar en los sitios donde fuera foliz, donde estaba enterrado su padre, la t(_onmovían profuntlurncnte. -Supon~o qut• no hay modo de convencerte para que C:• Ji\NOO M AnÍA EUGENio\
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La pu1:rta se abrió bruscamente y Estrada entró, alar· mado. - i Señor Renón! ¿Qué pa;<a? - al ver al juez, agregó - : ., ¡Oh, Estevf's 1 - ¿ Lo conoel: usted . Esteban? -·preguntó Renón. -Sí, bastante. Una repentina friald ad cubrió el semblante de Estrada. l!n prnfundn desagrado se retrató en su rostro, mientras d hornhre acorralado por Rcnón haeía un último esfu erzo par<! re~: upe rar la di~nidad. - - ¡Esto es algo parecido a un se..:ucstro: pe ro no permi tiré que me coacdone usted con sus violencias, señor Renón ! Sereno, duro, con el gesto de dominador que tan bien le conocía Esteban. obligó al jut>z a sentarse de nuevo en la silla que había abandonado. Lue~o se volvió hacia su fi l·l empleado y preguntó: - ¿Tiene listo el dictáfono? Cuanto diga este señor tient! . que quedar bien asentado. --¡No diré una palabra! - amenazó Estcves, disimulando su terro r detrás de un gesto altanrro que se veía clara · mente era fingido. - -Entitmda de una vez por todas-- advirtió Rcnón- ; necesito la verdad para un asunto personal, íntimo, pero si me In niega, la conseguir.:· por todos los medios y le haré pagar a u:;;Lcd la ..:ulpa innegable q ue tuvo en el asunto San Román. . . Uste<l C!'o culpable, no sé has ta dónde, no sé hasta q u ~ punto. jll!ro n~:cesit o saher PI grado de responsabilidad de Alfredo San Homán en este asunto. No me dejaré enga· iiar, ni le permitir{- una sola menti ra. Tengo documentos que usted no sn~pecha . Esteves se agitó en su asiento. :Veía que Estrada prepa· raba el di c~áfo no y que abría un archivero, sacando de él un g rueso expediente. --Son los papeles de San Román --explicó con ealma Renón- , estú hasta el último, hasta el in forme privado de mi detective particular . . . Y ahora, comience su historia, jue7. Estcves . . . ac¡uí ten ~n todo lo necesario para ir comprobando los hechos. Se sentó cómodamente en su butaca, frente a su escrito· riol, y hojcú el exped ien lP que Estrada le había en'tregado. F.struda permanecía j unto a la puerta cerrada previamente t·on llave. Andrés empezó a hacer preguntas concisas.
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Primero Esteves protestó, trató de seguir. mintiendo ;
l 1m¡ ~u, acabó por contestar, rabioso y pálido.
CAPITULO V se durmió, por fin , Isabel y Lola vol vieron al pequeño salón. Rendido el cuerpo, transida de d .. lur el alma, rotos los nervios, Isabel se acercó a la ventana por do nde el aire de la noche, aire espeso de los últimos días ,¡,. verano, penetraba en blandas ráfagas. Las dos amigas l.uhluron largamente. Lola tuvo que conta r a Isabel que se lonllaba también sin trabajo, sin explicar con muchos detalles ol motivo de su despido; Isabel se quejó de que se lo dijera llfl~t u ese momento, pero la otra a legó que no había creído oportuno hacerlo para agregar una mortificación más a todos lus sufridas. En resumen: había en la casa una boca más, y n in~una de las dos tenía empleo ; contaban con diez y siete ¡wM•~ y \'eintiséis centavos, lo que le habían dado a Lola en ··1 empeño por su modesto anillo. Isabel quedó inmóvil y ~< llcnciosa por unos instantes; después, se enderezó decidida. - Bien, la misma María Eu~e nia me sug irió algo. No., i rotnos ella y yo al campo; tengo un lugar seg uro donde ir y •·s lo mejor que puedo hacer. Necesito alejarme de toch r f'tol o, Lola. . . encontrarme de nuevo a rní misma, recuperar In f·nlrna para volver en buena disposición a buscar trabajo .. . ,¡,. otra manera, me volveré loca. Lula. comprendiendo que Isabel tenía razón, protestó l,(,lo débilmente, angustiada al pensar que que<laría sola, des· pu \;ll de tan dolorosos acontecimientos. Isabel le sug irió que huMeara a Estrada y pidier a empleo en la Banca Renón; se Jt, darían, estaba seg ura, máxime si no vivía con ella. . . LueJ.\11 em¡>ezó a describir la linda casita donde vivía Juliana, 1111 vieja y buena sirviente ; y la nostalgia de su pueblo, la •·vocación de sus recuerdos llevaron lágrimas dulces a sus ujos. El pensar que volvería a estar en los sitios donde fuera foliz, donde estaba enterrado su padre, la t(_onmovían profuntlurncnte. -Supon~o qut• no hay modo de convencerte para que C:• Ji\NOO M AnÍA EUGENio\
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CARID.\D
BRAVO
ADAMS
no lo hagas -dijo con tristeza Lola-; dime cuando menos cómo se llama esa mujer, en qué lugar queda su casa ... Al hablar de su sirviente, al describir su retiro, Isabel, sin proponérselo, no había mencionado ni el nombre de Juliana, ni el de su pueblo natal. Fue como la narración de un sitio de hadas, y sólo cuando Lola le pidió que le diera esos datos, se percató de su omisión. Estuvo a punto de responder sinceramente ; pero una idea la hizo detenerse. -No, Lola, no quiero que nadie pueda llegar allá. Quiero perderme, olvida.rme de todo lo que pasó aquí, curarme, ¡curanne, sobre todo, este corazón enfenno! ¡Te quiero como a una hermana, tú lo sabes, pero te ruego que me dejes ir sin preguntarme nada ! Lola la miró irse hasta su alcoba, decidida, firme, y no trató de detenerla, no encontró palabras para replicar. Aceptó la determinación desesperada como se aceptan los remedios heroicos, como se amputa un miembro destrozado, salvando con lll mutilación la vida. - ¡Pobre Isabel ! - munnuró rabiosa de pronto-. ¡Qué suerte perra tiene la gente honrada! Y después de todo, tiene razón: ¿qué hacemos aquí las tres, ella, María Eugenia y yo, sin poder trabajar? ¿Qué importa que no me diga cómo se llama esa vieja criada que la quiere tanto, si a su lado puede recobrar la paz? Además, ¡maldita sea! ¡quedó tan mal parada con este asunto de la huelga, que difícilmente conseguiría trabajo ... es mejor que pase un poco de tiempo y se olvide esta polvareda! ¡Espero que esa buena mujer viva lo bastante cerca como para que le alcance la mitad de nuestro capital para llegar! Y mientras Isabel buscaba la manera de resolver temporalmente su vida, y Lola se quejaba amargamente de la suerte, Andrés Renón seguía junto al juez Esteves, obligándolo, acorralándolo, cerrándole toda puerta de escape, no permitiéndole más camino que el de la verdad, obligándolo a rectificar cada falsa disculpa, cada maliciosa inexactitud en 5us contestaciones, arrancándole poco a poco el secreto que podía ser para él la única manera de acercarse de nuevo a Isabel San Román. -Alfredo San Román era, como usted sabe, el ganadero más fuerte de Santa Rosalía -dijo Esteves, reticente. -¡Sí, sí, lo sé de sobra. Era el má~ fuerte, el más preparado para el cuidado científico de las reses. Por eso la
--·" t: r.
ENEMIGO
-
19.3
Co,upuñía General de Alimentos recurrió 8 él para que fuera ,.u intermediario y su agente. - Esa compañía quería establecer el trust de la carne. - Quería explotar el negocio en gran escala, nada más · corrig ió Andrés, con voz sev~ra-. Suministrar mejor calillud en precios más bajos. - Con lo que arruinaba a los competidores ... - Pero con lo que el público salía beneficiado. Compró, l'nr lo tanto, la producción total del pueblo de Santa Rosalín por cinco años. ¿Qué más? Esteves vaciló un instante. - ¡Bueno... el negocio de esa compañía era bastante turhio! - ¡Mentira! ¡El negocio era perfectamente legal! Los prcci<?S a que se pagaba el ga nado en pie tenían un aumento progresivo cada año, aumento bastante fuerte. - Los pequeños propietarios no quisieron comprometerlit' por tanto tiempo sin tener una ganancia considerable, señor ltfJnÓn. - Y a lo sé, y la compañía aceptó como buenas sus razones. Alfredo San Román comenzó a servir los pedidos; primero normales, tal como los esperaba, luego inmensos, el dohlc, el triple ... No era posible que Santa Rosalía produjese tal cantidad de ganado, y más imposible aún que los eompetidores tuvieran también el suministro que necesitaban. Entonces se sospechó que San Román estaba jugando una mula pasada ... El habló de un socio, un socio que era, el t•ncnrgado de las compras en el interior, ¡y ... ese socio era n11tcd, juez Arnaldo Esteves! - ¡Un momento! - protestó vivamente--. Yo era socio, pero sólo socio comanditario. Yo me limitaba a poner mi rlíncro en manos de San Román, dejando que él lo administrusc. - ¡Mentira otra vez! - replicó con dureza Rcnón- . ¡ Usted compraba a nombre de él, pero era usted quien comprnba! - i No, le aseguro que no. . . sólo una vez! - Cien veces, estoy seguro de ello. Un día, de los mataderos, vino una noticia horrible. Tres de las reses estaban contaminadas de una enfermedad desconocida en nuestro país. El ganado suministrado venía del extranjero... Entraba rlandestinamente, sin pagar derecho de aduana, burlando los
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no lo hagas -dijo con tristeza Lola-; dime cuando menos cómo se llama esa mujer, en qué lugar queda su casa ... Al hablar de su sirviente, al describir su retiro, Isabel, sin proponérselo, no había mencionado ni el nombre de Juliana, ni el de su pueblo natal. Fue como la narración de un sitio de hadas, y sólo cuando Lola le pidió que le diera esos datos, se percató de su omisión. Estuvo a punto de responder sinceramente ; pero una idea la hizo detenerse. -No, Lola, no quiero que nadie pueda llegar allá. Quiero perderme, olvida.rme de todo lo que pasó aquí, curarme, ¡curanne, sobre todo, este corazón enfenno! ¡Te quiero como a una hermana, tú lo sabes, pero te ruego que me dejes ir sin preguntarme nada ! Lola la miró irse hasta su alcoba, decidida, firme, y no trató de detenerla, no encontró palabras para replicar. Aceptó la determinación desesperada como se aceptan los remedios heroicos, como se amputa un miembro destrozado, salvando con lll mutilación la vida. - ¡Pobre Isabel ! - munnuró rabiosa de pronto-. ¡Qué suerte perra tiene la gente honrada! Y después de todo, tiene razón: ¿qué hacemos aquí las tres, ella, María Eugenia y yo, sin poder trabajar? ¿Qué importa que no me diga cómo se llama esa vieja criada que la quiere tanto, si a su lado puede recobrar la paz? Además, ¡maldita sea! ¡quedó tan mal parada con este asunto de la huelga, que difícilmente conseguiría trabajo ... es mejor que pase un poco de tiempo y se olvide esta polvareda! ¡Espero que esa buena mujer viva lo bastante cerca como para que le alcance la mitad de nuestro capital para llegar! Y mientras Isabel buscaba la manera de resolver temporalmente su vida, y Lola se quejaba amargamente de la suerte, Andrés Renón seguía junto al juez Esteves, obligándolo, acorralándolo, cerrándole toda puerta de escape, no permitiéndole más camino que el de la verdad, obligándolo a rectificar cada falsa disculpa, cada maliciosa inexactitud en 5us contestaciones, arrancándole poco a poco el secreto que podía ser para él la única manera de acercarse de nuevo a Isabel San Román. -Alfredo San Román era, como usted sabe, el ganadero más fuerte de Santa Rosalía -dijo Esteves, reticente. -¡Sí, sí, lo sé de sobra. Era el má~ fuerte, el más preparado para el cuidado científico de las reses. Por eso la
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Co,upuñía General de Alimentos recurrió 8 él para que fuera ,.u intermediario y su agente. - Esa compañía quería establecer el trust de la carne. - Quería explotar el negocio en gran escala, nada más · corrig ió Andrés, con voz sev~ra-. Suministrar mejor calillud en precios más bajos. - Con lo que arruinaba a los competidores ... - Pero con lo que el público salía beneficiado. Compró, l'nr lo tanto, la producción total del pueblo de Santa Rosalín por cinco años. ¿Qué más? Esteves vaciló un instante. - ¡Bueno... el negocio de esa compañía era bastante turhio! - ¡Mentira! ¡El negocio era perfectamente legal! Los prcci<?S a que se pagaba el ga nado en pie tenían un aumento progresivo cada año, aumento bastante fuerte. - Los pequeños propietarios no quisieron comprometerlit' por tanto tiempo sin tener una ganancia considerable, señor ltfJnÓn. - Y a lo sé, y la compañía aceptó como buenas sus razones. Alfredo San Román comenzó a servir los pedidos; primero normales, tal como los esperaba, luego inmensos, el dohlc, el triple ... No era posible que Santa Rosalía produjese tal cantidad de ganado, y más imposible aún que los eompetidores tuvieran también el suministro que necesitaban. Entonces se sospechó que San Román estaba jugando una mula pasada ... El habló de un socio, un socio que era, el t•ncnrgado de las compras en el interior, ¡y ... ese socio era n11tcd, juez Arnaldo Esteves! - ¡Un momento! - protestó vivamente--. Yo era socio, pero sólo socio comanditario. Yo me limitaba a poner mi rlíncro en manos de San Román, dejando que él lo administrusc. - ¡Mentira otra vez! - replicó con dureza Rcnón- . ¡ Usted compraba a nombre de él, pero era usted quien comprnba! - i No, le aseguro que no. . . sólo una vez! - Cien veces, estoy seguro de ello. Un día, de los mataderos, vino una noticia horrible. Tres de las reses estaban contaminadas de una enfermedad desconocida en nuestro país. El ganado suministrado venía del extranjero... Entraba rlandestinamente, sin pagar derecho de aduana, burlando los
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...
CARIDAD
BIL\VO
V. N E M l C 0
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ADAMS
requisitos de sanidad . Era ganado compr~do a precio muy bajo, marcado a toda prisa con el hierro de San Román. Era una estafa que atentaba contra la salud pública . . . un \'erdadero crimen social, aparte de un desfalco al Erario y era obra suya, Esteves. - ¿ Por qué obra mía ? -alegaba desesperado el juez, asombrado, confuso, al comprobar que Rcnón estaba tan bien informado como él de todos los detalles de aquel sucio negocio. - ¡Tengo en mi poder dos papeles de envío firmad o con sus iniciales, A. E ... . ! - Las iniciales no significan nada ... hay miles de nom· bres que pueden escribirse con ellas. --Pero no hay más qut! un juez en Santa Rosalía que tenga tales iniciales .. . Y AUn'<.lo San Román tenía un cÓm· plice con bastante poder para hacer desaparecer las pruebas en su contra . .. Oe pronto, Esteves pareció comprender. Se irguió, más pálido aún, y murmuró. - ¿Entonces, la Compañía General de AlfmeQtos era ll"'tcd. Renón ? - Si, yo - afirmó Andrés con fer-oz alegría- ; pude dar t-rlloncc·s el escándalo, pero preferí callar . .. Calló po r la cuenta que le tenía. . . su proyecto del lrust de la carne era todavía un secreto . . . Usted estaba aca· parando para subir precios. 1 --Eso creyeron algunos - rió Renón- , lo que nadie pudo probarme porque no era verdad. Yo sólo quise tener la indus· tria ganadera del país en las manos, para manejarla se~ttn mi punto de vista .... -Ganando millones . . . - Naturalmente ; para algo invertía mi dinero, mi esfuer· zo, mi iniciativa personal. La sucia maniobra de ustedes me convertía en envenenador público o poco menos, a más de un \'Uigar ladrón de impuestos. Fue entonces cuando envié a Santa Rosalín un detective privado, y en su informe tuve la comprobación exacta. Con esos datos en la mano, convoqué a una junta. Era preciso renunciar al negocio, perder casi dos millones, pero podíamos meter en la cárcel a los culpables: al culpable, pensaba yo entonces: Alfredo San Román. --~ ¿ Por qué no lo hizo? - preguntó ansiosamente Esteves.
Así estaba usted a salvo, ¿no? Había engañado a su JI' ¡; pi~> socio.
El era quien me engañaba, ocultando el nombre de usl••ol 11! hablar de la Compañía General de Alimentos ...
l .a Compañía General de Alimentos dejaría su nombre· •'" o·l pn~ciso instante en que debía empezar a funcionar bajo
"' " " "'hre de mi casa .. . y se derrumbó en ese momento .. l'"r rui iniciativa, como ya expliqué.
Estrada, que hasta entonces no había hablado, se adeluut ;,, pa ra decir con violencia, casi con ira, arrojando al
de · Estevcs las palabras con verdadero furor. Y Alfredo me juró por la vida de su hija Isabel que o•l it)noruba totalmente los manejos de un socio en quien hahin l'onfiado. Me suplicó que detuvie~;a por veinticuatro horas ·· ~'' junta. - Y yo negué el plazo -concluyó Andrés de nuevo som· lorl u . Nunca he concedido plazos a nadie y menos al hombre q uo· me había hecho víctima de una estafa, colocándonos en 11lt unc ión difícil. - Yo telegrafié a San Román, diciéndole que todo era inútil - murmuró abatido Estrada, perdida su violencia anIMÍor - ; él comprendí~ que estaba perdido, · que. iban a llevnrlo frente a los tribunales. Desc.onfió de usted demasiado tar•lc, y Renón no le creyó. - ¡No podía creer! -admitió Andrés con ira. - ¡Confiese, Esteves, que usted echó encima a los nc:recclures a Alfredo San Román, agobiándolo para que no pudiese 11vuriguar a tiempo toda la verdad! - Estrada estaba de nuevo ante el juez, casi amenazador. - ¡Confiéselo! - lo conminó Renón- , ¡dígalo! Y el ur~unto quedará enterrado, como, enterrado estaba ya. Si no lo luacc, abriré la investigación de nuevo. Lo llevaré a los tribunales. - ¿Y si confieso? -insinuó en voz baja, acorralado, ain1ic·ndo que no podría escapar. - Lo dejaré en paz, totalmente en paz. No hay más que unu persona en el mundo a quien deseo hacer conocer este fUiunto: Isabel San Román. Esteves, al escuchar a Andrés, protestó con vigor: --¡Pero a ella le faltará tiempo para divulgarlo! - ¡No lo hará, tiene usted mi promesa de que lo impedin'· . . . Mientras no sea usted quien trate de manchar la memo· • .,,; t r tJ
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requisitos de sanidad . Era ganado compr~do a precio muy bajo, marcado a toda prisa con el hierro de San Román. Era una estafa que atentaba contra la salud pública . . . un \'erdadero crimen social, aparte de un desfalco al Erario y era obra suya, Esteves. - ¿ Por qué obra mía ? -alegaba desesperado el juez, asombrado, confuso, al comprobar que Rcnón estaba tan bien informado como él de todos los detalles de aquel sucio negocio. - ¡Tengo en mi poder dos papeles de envío firmad o con sus iniciales, A. E ... . ! - Las iniciales no significan nada ... hay miles de nom· bres que pueden escribirse con ellas. --Pero no hay más qut! un juez en Santa Rosalía que tenga tales iniciales .. . Y AUn'<.lo San Román tenía un cÓm· plice con bastante poder para hacer desaparecer las pruebas en su contra . .. Oe pronto, Esteves pareció comprender. Se irguió, más pálido aún, y murmuró. - ¿Entonces, la Compañía General de AlfmeQtos era ll"'tcd. Renón ? - Si, yo - afirmó Andrés con fer-oz alegría- ; pude dar t-rlloncc·s el escándalo, pero preferí callar . .. Calló po r la cuenta que le tenía. . . su proyecto del lrust de la carne era todavía un secreto . . . Usted estaba aca· parando para subir precios. 1 --Eso creyeron algunos - rió Renón- , lo que nadie pudo probarme porque no era verdad. Yo sólo quise tener la indus· tria ganadera del país en las manos, para manejarla se~ttn mi punto de vista .... -Ganando millones . . . - Naturalmente ; para algo invertía mi dinero, mi esfuer· zo, mi iniciativa personal. La sucia maniobra de ustedes me convertía en envenenador público o poco menos, a más de un \'Uigar ladrón de impuestos. Fue entonces cuando envié a Santa Rosalín un detective privado, y en su informe tuve la comprobación exacta. Con esos datos en la mano, convoqué a una junta. Era preciso renunciar al negocio, perder casi dos millones, pero podíamos meter en la cárcel a los culpables: al culpable, pensaba yo entonces: Alfredo San Román. --~ ¿ Por qué no lo hizo? - preguntó ansiosamente Esteves.
Así estaba usted a salvo, ¿no? Había engañado a su JI' ¡; pi~> socio.
El era quien me engañaba, ocultando el nombre de usl••ol 11! hablar de la Compañía General de Alimentos ...
l .a Compañía General de Alimentos dejaría su nombre· •'" o·l pn~ciso instante en que debía empezar a funcionar bajo
"' " " "'hre de mi casa .. . y se derrumbó en ese momento .. l'"r rui iniciativa, como ya expliqué.
Estrada, que hasta entonces no había hablado, se adeluut ;,, pa ra decir con violencia, casi con ira, arrojando al
de · Estevcs las palabras con verdadero furor. Y Alfredo me juró por la vida de su hija Isabel que o•l it)noruba totalmente los manejos de un socio en quien hahin l'onfiado. Me suplicó que detuvie~;a por veinticuatro horas ·· ~'' junta. - Y yo negué el plazo -concluyó Andrés de nuevo som· lorl u . Nunca he concedido plazos a nadie y menos al hombre q uo· me había hecho víctima de una estafa, colocándonos en 11lt unc ión difícil. - Yo telegrafié a San Román, diciéndole que todo era inútil - murmuró abatido Estrada, perdida su violencia anIMÍor - ; él comprendí~ que estaba perdido, · que. iban a llevnrlo frente a los tribunales. Desc.onfió de usted demasiado tar•lc, y Renón no le creyó. - ¡No podía creer! -admitió Andrés con ira. - ¡Confiese, Esteves, que usted echó encima a los nc:recclures a Alfredo San Román, agobiándolo para que no pudiese 11vuriguar a tiempo toda la verdad! - Estrada estaba de nuevo ante el juez, casi amenazador. - ¡Confiéselo! - lo conminó Renón- , ¡dígalo! Y el ur~unto quedará enterrado, como, enterrado estaba ya. Si no lo luacc, abriré la investigación de nuevo. Lo llevaré a los tribunales. - ¿Y si confieso? -insinuó en voz baja, acorralado, ain1ic·ndo que no podría escapar. - Lo dejaré en paz, totalmente en paz. No hay más que unu persona en el mundo a quien deseo hacer conocer este fUiunto: Isabel San Román. Esteves, al escuchar a Andrés, protestó con vigor: --¡Pero a ella le faltará tiempo para divulgarlo! - ¡No lo hará, tiene usted mi promesa de que lo impedin'· . . . Mientras no sea usted quien trate de manchar la memo· • .,,; t r tJ
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BRAVO
ADAMS
ria de San Romá n! Eso quería hacer cuando se acercó a mí, en el restaurant. . . porque ignoraba, como todos, que la compañía ganadera se movía por mí y con mis dineros. Esteves abatió la cabeza. Podían más que él. Volvió a maldecir el momento de vanidad que lo llevó hasta al mesa donde Renón se hallaba. Estrada, obedeciendo a una señal de su jefe, asintió. - ¡Todo está listo para recihir la confesión privada de estt: cabaUero -dijo con extraña entonación- ; puede empezar! - Sí, no saldrá de aquí sin haberla firmado - aseguró Renón, amenazador. Isabel y Ma r ía Eugenia subieron al óm.nibus que debía Uevarlas hasta el pueblo de Santa Rosalía. Amanecía, rasgando las nubes, doraba el sol con sos primeros rayos la ciudad -1ue iba quedando atrás, y mientras la niña volvía a dormirse, la joven sentía una vez má s sobre sus labios la sal amarga de sus lágr imas. Lola, después de despedirlas, permanec ió qui~t>t, en una butaca, llorando suavemente. Un gran vacío la circundaba. Por primera vez en su vida no se sentía con ánimos de usar la filosofí a para consolarse: un extraño dolor, el de la sole· clad, oprimía su pecho. Y opaca, a través del velo de sus lác:rimas, se desvanecía la figura de Isabel, nerviosa, en actitud desesperada, al cerrar tras de sí la puerta que las separaba sólo Dios sabía por cuánto tiempo. " ¿ A dónde ha icJo? " St> ¡>regur:LÓ secando distraída las lágrimas; " ¡sufre tanto, pobre Isabel!" El timbre de la puerta la sobresaltó. ¡Se hallaba tan fu era de la realidad ! Se levantó de un salto, limpiando con energía su rostro húmedo, y fue a abrir. Sorprendida miró frente a ella un rostro q ue no recordaba haber visto jamás. Era una mujer de casi treinta años, vestida con sencillo buen gusto. Muy blanca, delgada, de ojos clar os, de cabeiJos rubios, cuya mirada inspeccionaba a Lola de pies a cabeza, llena de interés un ta nto agr esivo. - ¿Es usted Isabel San Román? -preguntó. - No, soy Dolores Pérez . .. pero, pase . . . como no tengo d gusto de conocerla, iba a decirle que se había equivocado de casa ; pero si pregunta usted por Isabel, es aquí ... Siéntese y dispense este desorden y la facha en que estoy, pero no pensé que viniera nadie.
F.l.
ENEMIGO
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l ola a brió de par en par la venta na por 'l a que un · lurnirwso sol de verano entró a raudales en la estrecha salita. Eran aproximadamente las diez de la mañana y calculó que Iluda cuatro horas q ue el ómnibus que se llevara a Isabel y 11 Muria Eugenia, se alejaba rodando por la cinta de la ca· rrdcra. La mirada de aq uella mujer desconocida recor rió · la et~tflnda escudriñando hasta los últimos rincones, pa ra fijarse ''"'' leve sobresalto en una pequeña muñeca de trapo caída al pi•· del sofá. - ¿ Dónde está María Eugenia ? - interrogó de la mane· rn rmis inesperada la visita nte. - - ¿Cómo? ¿Qué dice? -Lota se volvió a mirarla, estupefacta. - ¿ Dónde está mi hija? Por .favor, no lo oculte usted utús . .. quiero verla . . . ¿ No me entiende? - No, no le entiendo nada. Su hija . .. ¿ Quién es su hija ? --María Eugenia, ya lo dije. . . - un gesto doloroso y ulgu irónico se extendió por su rostro- . Ya sé que Jua n Lui~ tlct:iu a todo el mundo que era viudo, ya sé que al morir en··urgó a su hija a la señorita San Román, como si Ma ría Eu· ¡.tenia no tuviera una madre. l.ola la escuchaba, con la boca abierta. Atónita , no ~uh i~• qu t• replicar. --¡Ya sé que les habrá pedidt~ ... que les habrá rogado .... n lágrimas en ros ojos que no me la entreguen jamás ! ¡Les habrá dicho que soy una mala mujer, y por eso me mira uíttt·d con desconfianza, con espanto ; pero he venido por mi hija. y no me iré sin ella! ¿ Dónde está? Sin esperar que Lula se repusiera de su estupefacción, ¡~ i n esperur siquiera que le respondiera, corrió al comedor, a lu pequeña alcoba ; registró nerviosamente tras las cortinas d.· cretona, mientras Lola iba tras ella, realmente asustada. - ¡Cálmese, por favor! - pidió cuando estuvieron de nuevo en la salita- . ¡Me hará creer que se ha vuelto loca! - ¿ Por qué? ¿Porque reclamo a mi hija ? ¡T raigo con, migo todos los papeles necesarios que comprueba n mi identi· dud, y no permitiré que nadie me robe mis derechos ! · - ¡ Pero si nadie quiere robarle nada ! ¡Buena hipoteca •·s una alhaja a la que hay que alimentar ! - Poco a poc<;. l .•>b había ido recobrand o su ánimo combativo. - Bien, ¡dígame ya d ónde están mi hija y la señorita S11n R~1mún! ~xig i ó casi con altanería.
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C .~RIDAD
BRAVO
ADAMS
ria de San Romá n! Eso quería hacer cuando se acercó a mí, en el restaurant. . . porque ignoraba, como todos, que la compañía ganadera se movía por mí y con mis dineros. Esteves abatió la cabeza. Podían más que él. Volvió a maldecir el momento de vanidad que lo llevó hasta al mesa donde Renón se hallaba. Estrada, obedeciendo a una señal de su jefe, asintió. - ¡Todo está listo para recihir la confesión privada de estt: cabaUero -dijo con extraña entonación- ; puede empezar! - Sí, no saldrá de aquí sin haberla firmado - aseguró Renón, amenazador. Isabel y Ma r ía Eugenia subieron al óm.nibus que debía Uevarlas hasta el pueblo de Santa Rosalía. Amanecía, rasgando las nubes, doraba el sol con sos primeros rayos la ciudad -1ue iba quedando atrás, y mientras la niña volvía a dormirse, la joven sentía una vez má s sobre sus labios la sal amarga de sus lágr imas. Lola, después de despedirlas, permanec ió qui~t>t, en una butaca, llorando suavemente. Un gran vacío la circundaba. Por primera vez en su vida no se sentía con ánimos de usar la filosofí a para consolarse: un extraño dolor, el de la sole· clad, oprimía su pecho. Y opaca, a través del velo de sus lác:rimas, se desvanecía la figura de Isabel, nerviosa, en actitud desesperada, al cerrar tras de sí la puerta que las separaba sólo Dios sabía por cuánto tiempo. " ¿ A dónde ha icJo? " St> ¡>regur:LÓ secando distraída las lágrimas; " ¡sufre tanto, pobre Isabel!" El timbre de la puerta la sobresaltó. ¡Se hallaba tan fu era de la realidad ! Se levantó de un salto, limpiando con energía su rostro húmedo, y fue a abrir. Sorprendida miró frente a ella un rostro q ue no recordaba haber visto jamás. Era una mujer de casi treinta años, vestida con sencillo buen gusto. Muy blanca, delgada, de ojos clar os, de cabeiJos rubios, cuya mirada inspeccionaba a Lola de pies a cabeza, llena de interés un ta nto agr esivo. - ¿Es usted Isabel San Román? -preguntó. - No, soy Dolores Pérez . .. pero, pase . . . como no tengo d gusto de conocerla, iba a decirle que se había equivocado de casa ; pero si pregunta usted por Isabel, es aquí ... Siéntese y dispense este desorden y la facha en que estoy, pero no pensé que viniera nadie.
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l ola a brió de par en par la venta na por 'l a que un · lurnirwso sol de verano entró a raudales en la estrecha salita. Eran aproximadamente las diez de la mañana y calculó que Iluda cuatro horas q ue el ómnibus que se llevara a Isabel y 11 Muria Eugenia, se alejaba rodando por la cinta de la ca· rrdcra. La mirada de aq uella mujer desconocida recor rió · la et~tflnda escudriñando hasta los últimos rincones, pa ra fijarse ''"'' leve sobresalto en una pequeña muñeca de trapo caída al pi•· del sofá. - ¿ Dónde está María Eugenia ? - interrogó de la mane· rn rmis inesperada la visita nte. - - ¿Cómo? ¿Qué dice? -Lota se volvió a mirarla, estupefacta. - ¿ Dónde está mi hija? Por .favor, no lo oculte usted utús . .. quiero verla . . . ¿ No me entiende? - No, no le entiendo nada. Su hija . .. ¿ Quién es su hija ? --María Eugenia, ya lo dije. . . - un gesto doloroso y ulgu irónico se extendió por su rostro- . Ya sé que Jua n Lui~ tlct:iu a todo el mundo que era viudo, ya sé que al morir en··urgó a su hija a la señorita San Román, como si Ma ría Eu· ¡.tenia no tuviera una madre. l.ola la escuchaba, con la boca abierta. Atónita , no ~uh i~• qu t• replicar. --¡Ya sé que les habrá pedidt~ ... que les habrá rogado .... n lágrimas en ros ojos que no me la entreguen jamás ! ¡Les habrá dicho que soy una mala mujer, y por eso me mira uíttt·d con desconfianza, con espanto ; pero he venido por mi hija. y no me iré sin ella! ¿ Dónde está? Sin esperar que Lula se repusiera de su estupefacción, ¡~ i n esperur siquiera que le respondiera, corrió al comedor, a lu pequeña alcoba ; registró nerviosamente tras las cortinas d.· cretona, mientras Lola iba tras ella, realmente asustada. - ¡Cálmese, por favor! - pidió cuando estuvieron de nuevo en la salita- . ¡Me hará creer que se ha vuelto loca! - ¿ Por qué? ¿Porque reclamo a mi hija ? ¡T raigo con, migo todos los papeles necesarios que comprueba n mi identi· dud, y no permitiré que nadie me robe mis derechos ! · - ¡ Pero si nadie quiere robarle nada ! ¡Buena hipoteca •·s una alhaja a la que hay que alimentar ! - Poco a poc<;. l .•>b había ido recobrand o su ánimo combativo. - Bien, ¡dígame ya d ónde están mi hija y la señorita S11n R~1mún! ~xig i ó casi con altanería.
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CARIJ):\0
URAVO
AD .~~IS
- Ninguna de lás dos se encuentran ya en la casa. Lo sien· lo, JICro llegó usted con unas horas de retraso. Isabel ha sa·
Jido para el campo, llevándose a la niña por una temporada. recido
¡No importa, iré a buscarla. . . donde esté! ¡Lo malo es que ignoro dónde se hallan! ¡Por favor, <:ontésteme ... ! -la altanería había desapade la visitante. Estaba frente a Lola, ansiosa. casi llo-
roS;~.
1
- - No puedo contestarle porque sencillamente no lo sí·, :wiiora. - !Xo intente mentir para confundirme - Lola obser vó que aquella mujer cambiaba de actitud con una rapidez asom· hrosa. Ahora estaba d'e nuevo exigiendo, cas• ofendiendo con !'U tono--. Sé que Juan Luis vivía en este mismo edi fi cio, que llevaba relaciones con la señorita San Román. - ¡Un momento, señora mía, Isabel no llevaba rela· dones con nadie! Juan Luis López era amigo de Isabel, lo ltlÍsmv que lo era mío ... amigo nada más ... Decía efectiva· mente a todo el mundo que era viudo, pero a nosotras nos dijo la verclud ... Una historia que por cierto no la favorece nada! - ¡Basta, no es usted quien tiene que juzgarme! --excla· mó violenta la otra. - Desde luego, y no lo pretendo. Además, me parece muy naturul <lUe sea lo que sea, venga usted en busca de su hija; 1>ero ya que toma 'las cosas en ese tono, le hablaré también da· ro: su hij a no se acuerda de usted. Juan Luis se la entregó a Isabel pidiéndole que le sirviera de madre, y según tengo en· tendido, los derechos legales en este caso, estaban de parte del padre. - Pero mi marido está muerto, y yo quiero a mi hija ... Llame usted en el acto a Isabel San Román. Se habían erguido una frente a la otra. Lola, exasperada vvr la actitud ofensiva de la desconocida; ésta queriendo esconder su ansiedad tras esa actitud de agresión. - ¡Pero no le digo que se ha ido al campo, señora! - res¡wndió airada- , ¡que no sé dónde está! ¡Le he dicho y usted misma se ha enterado de que no está aquí en la casa, y me dice que la llame ! El timbre de la puerta volvió a sonar. Lola, malhumora· da, fue a la puerta. Nuenmente se asombró: frente a ella estaba Andrés Renón. - ¡Caramba! --exclamó la joven haciéndose a un lado,
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E N E M 1 C O
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- f"""+i ;.-·.._......~._....,..~
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putlll Andrés, como una tromba, entró al departamento, llalt t llflill) a gritos a Isabel. La visitante, primero lo miró asom· ltrndn, luego lo apoyó en sus llamadas. - ¡Eso, búsquela, yo también la necesito mucho! Renón se detuvo, jadeante, después de inspeccionar, como l''wu antes la mujer, toda la casa.· Lula, repuesta de su sor· pt~·~<u, sonreía ahora, más divertida que contrariada. - Bien, señor Renón -difo cuando él se volvió hacia ' lla- . Creo que ya basta de registros en mi casa; Isabel se l111 ido esta mañana, no se a dónde. llevándose a la pequeñR, porque el padre le había rogado que se hiciera cargo de ella, v usted lo sabe. - - ¡Cierto, lo ~. yo oí a Juan Luis hacerlo, antes de mot ir . pero yo también estaba dispuesto a ampararla! La mujer se adelantó para enfrentarse a Renón. - ¡Mi hija no necesita de nadie. mientras yo esté viva! exclamó. Andrés miró por primera vez a la visitante. - i Soy Eugenia Grant, señor, soy la madre de María Eu~enia y la esposa de Juan Luis López! He venido a bus· o·arla; la encontraré dondequiera que la tengan escondida, la rc:clamaré por medio de la justicia, si es menester. Como antes Lola, Renón quedó estupefacto frente a Euge· nia, y sólo pudo murmurar: - ¡La esposa de Juan Luis! - ¡Así parece! -admitió Lola, burlona- . ¡La conozco de diez minutos a esta parte; pero vaya una mujer terca y con las entendederas cerradas! Andrés, suplicante, se volvió hacia Dolores. -¡Dígame, se lo ruego! ¿Dónde está Isabel? ¿Por qu~ se ha ido así? - Por huír de Andrés Renón -<:ontestó Lola mirándolo de frente-. Se ha ido con dos pasajes en ómnibus no sé hasta qué dichoso pueblo y con diez pesos por todo capital. Se ha ido para no \•erlo, para no hablarle. . . para curarse el corazón, y no me ha dicho dónde va porque no le ha dado la realísima gana. ¿Está claro todo, señor Renón? ¿ Me enricnde ahora, señora Grant? Pues siento no tener más que decirles, y pueden marcharse y dejarme en paz, q ue todavía no me he desayunado siquiera. Eugenia miró primero a Dolores, agresiva y molesta; lue·
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- - No puedo contestarle porque sencillamente no lo sí·, :wiiora. - !Xo intente mentir para confundirme - Lola obser vó que aquella mujer cambiaba de actitud con una rapidez asom· hrosa. Ahora estaba d'e nuevo exigiendo, cas• ofendiendo con !'U tono--. Sé que Juan Luis vivía en este mismo edi fi cio, que llevaba relaciones con la señorita San Román. - ¡Un momento, señora mía, Isabel no llevaba rela· dones con nadie! Juan Luis López era amigo de Isabel, lo ltlÍsmv que lo era mío ... amigo nada más ... Decía efectiva· mente a todo el mundo que era viudo, pero a nosotras nos dijo la verclud ... Una historia que por cierto no la favorece nada! - ¡Basta, no es usted quien tiene que juzgarme! --excla· mó violenta la otra. - Desde luego, y no lo pretendo. Además, me parece muy naturul <lUe sea lo que sea, venga usted en busca de su hija; 1>ero ya que toma 'las cosas en ese tono, le hablaré también da· ro: su hij a no se acuerda de usted. Juan Luis se la entregó a Isabel pidiéndole que le sirviera de madre, y según tengo en· tendido, los derechos legales en este caso, estaban de parte del padre. - Pero mi marido está muerto, y yo quiero a mi hija ... Llame usted en el acto a Isabel San Román. Se habían erguido una frente a la otra. Lola, exasperada vvr la actitud ofensiva de la desconocida; ésta queriendo esconder su ansiedad tras esa actitud de agresión. - ¡Pero no le digo que se ha ido al campo, señora! - res¡wndió airada- , ¡que no sé dónde está! ¡Le he dicho y usted misma se ha enterado de que no está aquí en la casa, y me dice que la llame ! El timbre de la puerta volvió a sonar. Lola, malhumora· da, fue a la puerta. Nuenmente se asombró: frente a ella estaba Andrés Renón. - ¡Caramba! --exclamó la joven haciéndose a un lado,
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'' g.o a .Rel)4n,
.•.gió.:·•· 1~ puet~a. :tanle,i}a:i~t\do
· : · -.:.¡·Busc¡¡ré mundo! . , Renón. levantó el , ro~tro al escu<:har la voz de la mujér. · - ¡Encontraré a Isabel aunque la tierra se la l1aya tragado, Lola! , Y casi al mil'mo tiempo ahandonar,on el depurtamt!nto. mientras Lola, ol v id~da su pena por un momento, reía a carcajadas. Sí que tenía la vida e$Cenas tlivcrtidas! Casi en aquel mismo momento, Isabel y Maria Eugenia · bajaban del ómnibus y la joven miraba indecisa hacia unu y otro lado. Estaban e~ el cruce ele dos caminos. ¿Qué fuerza elttraña, qué anhelo inconfesado de saborear el dolor hasta J., última gota de amargura, hizo a Isabel bajar justamente c>n el mismo lugar donde una noche casi tres años antes, tomara el primer ómnibos que iba rumbo a la ciudad? Ni ella misma hubiera sabido responder. María Eugenia brinéaba, gozosa. pensando que todo era campo, y que tendría mucho sitio para •:orrer y jugar. 'lsahél se . or ientaba, y minuto!!' después lumaha un senderu marcado a través 'de aquel ·campo que amaba ' lanlu. ' - ¡Vamos a una casa chiquita, pobre, pero llena de sol! - indicó a la niña q·ue hada mil preguntas, ·éuriosa, feliz. -¿Entonces, no ~s esa casa g'raiu.le·?· .:_interrogó María Eugenia. · · · Isabel se estrem'eció, a pesar suyo. Estaban frente a su propia. casa, a la vieja casa de los San Román,, hundida en la maleza' de un jardín selvático; los caminos de arena 9e habían perdido, las enredaderas caían cubriendo puertas y ven· tanas y anidaban las cigüeñas entre lu rotu tejas. - ¡No vamo;; ahí . .. no! -<Ji jo con tristeza infinita. - ¡Mej or·! ¡Es una casa grantle y fea! ¡Es como el palacio· de aquella princesa que durmió cien :u1os, <J Ue tú me coutaste una vez, mamita ! .\-le da miedo ... ¿l'\o v11mos a entrar. verdad ? . , - No, María Eugenia, no tengo ningún derecho a .entrar ahi. . ·. sólo quise mirarla un momento. ¡Vámonos ya! 5e volvió, para tomar ot~o sendero, después de un nue\'O momento de indecisión, y sus ojos tropezar on con un~ figura varonil que se interponía en· SI,\ camino. Era Arturo Esteves, su nntil5uo novio, el sobrino del. jue-l .Arpalqo Esteves. Estupe:
f11uta, creyendp'
In,
¡H'eguntarl~.
- ¡Pero 'esto '~s· un · nwnte. .., .. , , - ¡Acabo de llegar! -pudo decir al fin Isabel.. - Yo también. Me fui d~l puebl~ una semana destlués tfii O tú, y hoy que he vuelto, sin saber por qué, vine aqur trimero que a otra parte. . . quer ía ver tu casa y evocar tu , magen . .. cuando tu recuerdo me envolvía, oí tu voz y corrí\ ft buscarle. . . Isabel. . . Isabel, ¡me parece todavía increíble! Trató de tomar sus manos, pero Isabel esquivó suavemente aquel gesto demasiado efusivo, y la mirada de Arturo fuu hacia la pequeña. Luego volvió hacia la joven, interro· ¡.tllnte. Ella sonrió y explicó brevemen~e que María Eugenia nrn su hija adoptiva. Después de un momento proguntó a Arturo por Juliana, su vieja sirviente, y él explicó que vivia al otro lado del arroyo, habría que cruzar el puente de tablas, ~1 ella le permitía, la acompañaría. . . Isabel vaciló un mo· mento; sonrió indiferente, aceptando. · Y los tres echaron a andar. Hablaron de mil .cosas·:-del lusado y del presente, con precipitación, como si tuvieran que lucerlo y contaran con · poco tiempo. Arturo murmul'Ó viva-'· mente: · · · ' - - Sí, sé que la .vida te h~ he'r ido, que han sido duros pará , . ti e11tos años ... .Y hace unos días, cuando volví a mi paí~ · me recibió tu nombre en los periódicos, en los radios; en 'lós comentarios de todo el mundo. Casi me parecía mentira que fueras tú esa mujer que tanto nombraban .. . Isabel, siempre batalladora, siempre rebelde. ¡Mi pequeña Isabel! Marchaban cada vez más despacio. Isabel callaba ahora. uasi sombr ía; Arturo dejándose ganar por un entusiasmo nuevo en él; la pequeña mirando con desagrado al extraño que al fin, an~es de cruzar el puentecilla de tablas, tomó a Isabel del brazo. - ¡Es admirable que haya, tenido .valor para enfrentarte a un tip.o como Andrés Renón, .y no me elttraña que estéa dettrozada después de perder la batalla . . . un hombre de presa, un pirata! ¡ Debe ser un canalla ! - ¡No es un canalla! :-lo defendió c~n repentina ira- . ¿Qué sabes tú de él? ¿Qué ~be nadie de i l?
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o. •,:· pueblo,· nuestro encuentro·, .. , . - Nada tiene que ver una cosa con la otra, Arturo ... Me derrotó, ¿y qué? No he venido destrozada, ni mucho menos; sólo quiero olvidar - ¡Ya. . . somos en el fondo más románticos de lo que creemos; pero veo que estás muy lejos de ser la muchacha para quien yo era toda la vida! - Por fortuna me equivocaba, al creer que te amaba así ... ya ves, vivo, y puedo decirte que tu recuerdo no me hjzo sufrí~ más que en las primeras horas de tu abandono. Habló con· frialdad, y Arturo supo inmediatamente que 1 ·, decía la verdad. Su vanidad sufrió un rudo golpe, pero su corazón más aún. Atravesaron en silencio el puente de tablas, qte e¡ra en realidad la entrada a la pequeña finca de Juliana. Ya desde lejos la buena mujer los bahra· divisado y fue hacia ellos con sorpresa y alegría. Arturo no pudo decir nada más. · Jul~·ana llegó, jadeante, feliz, no dando crédito a sus ojos, llamando a Isabel entre llanto y gritos de alegría, y hasta que la tuvo en sus brazos, hasta que la palpó con sus manos rudas, hasta que besó sus frescas ,mejillas, pareció conven· cerse. Pasado el primer momento,: volvió a sorprenderse al ver a Arturo, y éste tuvo que explicarle que acababa de venir del extranjero, adonde había ido a estudiar. Juliana enten· dió a duras penas que sólo la casualidad había reunido aque· Has dos personas que hacía tres años estuvieran a punto de unir sus-vidas para siempre. . Luego miró a María Eugenia, quien, aferrada a la mano de. Isabel, veía todo, con ojos curiosos y un poco asustada. - ¿ Y esta muñeca rubia? ¿ De dónde la has sacado? -·-preguntó Juliana. . , · - ¡Es María Eugenia, la niña de que te hablaba en mis cartas! Su papá hace un viaje inuy largo. y la dejó a mi cuidado ... Arturo se mostró SQrprendido, pero la actitud de Isabel era tan -fría hacia él, que no se atrevió a decir ni una palabra. ·Cáminaron todos hacia la casa de Juliana, y Arturo se despi· dió,. deja·n do en la puerta· la maleta que había cargado hasta ahí. ··Cuando quedaron solas, Isabel comentó con malhumor : , - ¡Vine buscando el oh•ido, y el pasado me sale al en· l:uentrctl., M
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día con él? ·-¡No, por fortuna, la ciudad es muy grande, Juliana! --Mangas y capirotes hizo el muy canalla con lu tierra&' 1h• tu padre, y todo el mundo lo criticó; algunos dicen que '""' fue el motivo de que Arturo puscara la primera oportuni· 1lnd pnra independizarse. , - Me alegro por él, Juliana. Y quizá también por mí; ltlt•ll pronto me con vencí de no amarlo, y no hubiéramos sido rtlllcc!l casándonos. Tengo que agradecer a su timidez y a IIU tln, el juez, que los dos seamos todavía libres - suspiró pro· rundamente y el hermoso rostro de Renón se presentó a su tmmte, haciéndola estremecer. . - Ya volverá Arturo - dijo sonriendo Juliana- ,¡Ya vulvcrá! ¡Ahora vamos a arreglar el cuarto del fondo, para 111 niiia y para ti ... todo es. tan humilde, pero . me alegra 111111utenerte a mi lado .. . ! - María Eugenia estará muy bien, y yo también, Ju. ll~tna ... Esto es tan hermoso, tan amplio. ¡Si supieru cómo lm vivido en la ciudad! Lamento traer muy poco dinero, poro ... Juliana le cortó la frase. - ¡Por Dios, no hablemos de eso ! ¿Para qué queremolJ 111111i dinero, Isabel? Mira hacia el huerto, mi hortaliza, y al ¡•orrul, donde tengo animales... y la tierra sembrada que muy pronto dará maíz y trigo ... -Ansiosa, con una mirada lltlna de amor y de humildad, abrazó a la muchacha, quien, conmovida, se dejó estrech~~:r-. ¡Quédate siempre aquí, oon· nal~o l ¡Tú y la niña, estarán muy bien . . . te lo prometo! laabel no contestó; ee concretó a ~<~~reir. Juliana U8vó ¡loco después a María Eugenia al jardin, a loa gaÍlineros, 'ál corral y al pequeño establo, donde tenía doa vaéaa. laabel, terminado el arreglo del cuarto; se recoató en la camá, ce· rronclo los ojos, tratando inútilmente de. ,ahuyentar, a fuer~,a el¡, voluntad, los recuerdos dolorosoa que la perseguían y cei'· uban. . Andrés se paseaba con -violen(:ja d~ po lado a otro ~ . el Amplio despacho. La salida para s~ _viaje babia sido anul. y aún estaban sobre la revuelta IÍJéla ).,. planoa, loa mapa. lu lndi.caciones soJ,re Hneas de ,ferrocarri)ee y •vionee, wo . •
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cuidado, Renón be:bía puesto a Eateban Q corriente de cuan· to spcedía, incluso de l.a ·repentina aparición de Eugenia Grant, madre de la pequeña encomendada a Isabel. Estrada limpió lo,S: anteojos por ~ntésima vez y levantó el rostro de las guias · de ferrocarril que observaba aún. . -.¡No entiendo! -opinó el viejo-, ¿a dónde puede haberse ido con diez pesos y dos pasajes? Dice usted que Lola le dijo eso ... -¡Sí, era todo cuanto tenían. . . será necesario hablar ' con Lola .Y decirle que tenemos un puesto para ella! Est>i también cesante, según me dijo Carlos, y a causa de la estú· pida huelga, por defender a Isabel cuando la atacaban. Se , encargará usted de eso . . .. pero antes n~ito saber lo que ha puado con Isabel. . . No puede haberse ido muy lejos v ~n ~a ~,>.antidad y con la preocupación' de una criatura a su c¡~rgo. · ·-La verdad es que Isabel comete locuras inexplicables... ' -Isabel no está loca, Estrada, nunca lo estará. Es sólo , una criatura rebelde, indomable. Le ueguro que más de una · vez he sentido deseos de matarla. . . pero creo que ni así po- . dría dominarla. No le importa nada, no la detiene nada. No hay dolor ni desgracia que parezcan ser más fuerteS que ella. Esa testarudez, esa altanería, deben venir le de casta ... ¿no es verdad? Usted conoció a su gente ... - ¡Un poco, sí! ·-Estrada sonrió--. Los San Román fueron célebres en Santa Rosalía por su cabeza dura y su carácter firme, por. su generosidad y por su orgullo. Son de los que se rompen antes que doblarse. Ahllndan en esa pro· vincia todavía las viejas familia hidalgas que llevan esa " altivez y esa fuerza en la mua de la sangre ... Renón se detuvo de pronto. Ansioso, como si un repentino pensamiento lo asaltara, repitió. ~ - ¡Santa Rosalía! ¡Señálemelo en el mapa, Esteban! ¿Dónde está? ¿Cuánto vale el pasaje hasta ahí? - Aquí está. . . - Esteban señaló un punto en el mapa extendido sobre el escritorio- y el ómnibus vale tres cin· cue~ta. . . - Levantó el rostro, comprendiendo lo que Renón habíi querido decir-: Oh. . . sí. . . sin duda Isabel fue allá . .. Dolore8 le explicó que htbía ido a la casa de una sirvienta, aunque no sabía quién era ni dónde vivía.
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•• Jullunl, la criada' qu~· la vió: !\~[:; la q~~b q';.-iere cómo • una hija.
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- ¡Claro! - gritó casi R~ilÓJf, ,con e( rostro i~~inact,o pur l11 eeperanza- . ¿Cómo no lo pensé antes ? ¡Isabel vue,lve 11 " 11 mudriguera, al lugar que ama. la tierra hidalga do~~ ' tln nnct~n muje~es como ella, mujel'es a las que hay que' olJiar, 11 ruuur con toda el alma.! · - ¡ Y llevamos días pensando sobre esto! · ¡ Atormen~án elunut l - gimió casi el viejo, limpiando otra vez con gesh\ nur~ lu11u los anteojos. - ¿Usted sabe lo que sucedió con su casa, Esteban? - Tengo entendido que nadie ha 'vuelto a habitarla . ~ . IIUtl .,ahí, como quien dice, abandonada ; como quiera que se~, t•n Santa Rosalía se respetaba, se respeta aún el 'nombre de IHII San Rumán. Ha debido parecerles tina profanación comy habitar aquella casa. Las ge~~es de provincia tieJ~eJl ulru ~entido de 18$ cosas espirituales, y en la conciencia de l utJu~t está la certéZa de que Isabel fue despojada en forma lnju11ta, ilegal. No sé quien de por· all~ me dijo hace un·ós, cllu que la ca.sa está puesta en venta inútilmente desde hace · lrtll años, sin que se presen,Je un solo comprador: . Renón lo escuchabá con un extraño fulgor en los ojos
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- Tal vez esperan que Isabel regrese algún día a · recu· perar la propiedad, y. . . -sonrió de nuevo-, claro que con dlta pesos, que es lo que ella llevaba, no será fácil que la ClOmpre, aun cuando la den muy barata por falta de demanda. - ¡Bien, creo que podemos hacer · algo, Esteban! -exrlamó Renón. . - ¿Qué ha pensado, señor ... ? - interrogó un poco aor· · vrcndido el viejo. - Muchas cosas, amigo mío,; la primera, ·ausentar~e durentc: unos días. . . ,. Estrada protestó, llevándose las manos a la cabeza. - ¡ Pero, por Dios. con toda la enormidad de cosas que . llene usted que resolver, con t·odos los asuntos que eJperan! - ¡Tendrán que seguir: esperando! Isab~l ha ter,íido el don de trastornar la casa Renón ._desde sus b4aet,, y no he •i4o yo el menoa trastornado. l Qué le' Y!lJDOS a ha~r? Será ,)11• 6111 todo mientras la tenga en la cabeza .• . - ¿Va usted a ir a bu~arla ?' Pero ea &aba locyra, 1a.nemos' ni la seguridad ~e· que .esté en San.. Rotllla •' . • '
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~ ~ ;~ :~~ ~:~1,.,1 ;k '1;\t.~tt, ·i' :~·:~~··J',; .~~;,;~.~~,·~· '1 ~'\~ifij [f.~ ;( 1F.l nhe dónde ~tá la eeñorita $an RO'ID.árt~ ~+.4ó,.. eecondidéii 1rfi hijo! "-prot~to álraüa'::~Eiíléftiii~ ·~ . · No lo sabe. Igual que usted, la ha estado bull(:áridc~: f~ul'4 1t• h•ner una pista, pero de eso a saberlo. hay. mucha dis- · llllll'ln. ~~eñol'a. · . · (, Por qué no me indica siquiera esa pista ? · . · Es alp;o a lo que no puedo contestarle. No e8toy ni en l11 t•lll~t•u, ni en el corazón del señor Renón, para saber lo . lflltl vlun1a y lo que siente. Y !IÍ le digo una cosa, solamente: 1111 l11 nyudará a hacer nada contra Isabel San Román. - Entonces, lucharé sola. y con todas las armas. Eso vlna 11 dllCir a .su jefe, señor Estrada . • - Encuentro absurda su actitud,, pues sé que IsabeL DI? h11 t~eeueetr~do a su hija ; sencillamente se la llevó, sin' duda f)4trll'lll cataba encargada de ella. Por deseo de Juan Luis, no fHHIIII (lejarla; no quiso decir a dónde iba, pero volvefá muy vrunto . . . no sé por qué se obstina usted en . que trata de wluu·le a su hija ... - Tengo que asegurarme de todo esQ que me dice ... Te~· . jlCI (JUe hablar con Renón. , - Haga lo que guste, en ese caso ; d señor Renón saldrá. cll! viaje probablemente dentro de unos minutos. Pasará. por lf) menos una semana antes de que pueda hablarle. - ¿Y dice que estaba aquí hace unos momentos? - Sí ... 'pero no quiere ver a nadie, señora. ¿Cómo debo ~lrlo para que lo entienda usted ? Eugenia no contestó. Salló tan rápidamente como babia fnt rado y se lanzó a calle como una loca. Llegó a la acera en f1 Jlreciso momento en que Renón, saliendo de\ estaciona· Miento propio de su edificio, guiaba su automóvil y t~inaba una calle lateral. Ella llamó un taxi a grandes voces y pidió 11 c:hof~r que siguiera el auto negro, y. que no lo perdiera • vista. Estaba segura de que Renón · la llevaría huta 'el tltlu donde se encontraba Isabel. , Se dejó caer con cierto desgano, en el asiento del auto· 114vll, al verse rápidamente obedecida por el chof~r. l ' - ¿Y María Eugenia dónde está, Juliana '- preguntó leabel. .. . ._ ' :t( - ¡En el corral, beb1endose lo tneJot del .ordeno·! Y.e q . que se ha hecho,·intima amiga 'del hombre :que me •;cuia •~te•• y q"t_ ~i -1~ terneros, ni} la¡ .s~J.•.~ ...ni loe ., .._, ya aecretos ~ra dla. · 1
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eso,, que Maña Eugenia es cobardona. Había que verte a ti cuando tenías sus años. Cruzabas nadando la pocela grande del rio, te montabu ·hasta en los caballos de tu padre; daba gloria verte. Sin embargo, ya ves cómo se está poniendo María Eugenia. . . es otra en dos semanas. Isabel llegó hasta el ancho portal que bañaba el sol de la tarde. Juliana se acercó hasta la rústica mecedora donde la muchacha se sentó con desgano, abandonando el libro que llevaba en las manos, sobre su regazo; estaba más triste, mú delgada, mú pálida aún de cuando saliera de. la ciudad. Juliana la miró con ten1ura compasiva. - Tú, en cambio, no acabas de reponerte, hija de mi alma; pero es natural. ~o comes nada, te pasas las noches como un fantasma dando vueltas por la casa. . . ¡Si no haces un esfuerzo, vas a enfermarte de verdad! 7 ¡Por favor, Juliana! - ¡Te lo digo porque me duele! - alegó vivamente la buena mujer-;-. Porque no quiero que te marchites uí día a
día. ·. .
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-No te preocupe:.. , · · -Ea·como para ..no preocuparse. "¡Tienes una cara! to, todo el' día sola, toéio eLdía pensando en las musarañas. El pobre Arturo se ha c~sadó de venir a verte y ni siquiera u1ea a verlo. Como no has querido que le digamos a nadie que estás aquí, ninguna de tus amigás ha venido a visitarte. La gente joven no puede vivir así, babel; este rincón es como el fin del mundo. - ¡Pues en el fin del mundo quiero estar, Juliana ! Para eso vine aquí, para no ver a nadie, para no hablar con nadie: para que me dejen en paz ... -Pues lo siento, hija, creo que vamos a tener mu~ pronto. -¿Vecinos? - Isabel se enderezó vivamente. - Cuando crucé para aquí, vi un automóvil parado la puerta de la casa de tu padre. Estaban abiertas lu tanu y habían quitado. el~ letrero anunciando la venta. - ¿Crees que la han comprado·? ........,reguntó con ~~ .....;_•• en la vos.
- De eso erant(l:~t~3-eñ,.8; ·•t 1d,e~,, .et:( ún., Jor-tp,'' por: ,..,., lo que ~s deltp~~~M?:• iiad,ie : ,: • ~~nadie ·~· '~~r~.ena,~:~ ~or,ñ· flt'llrla. Habta un auto 'negro, muy largo, muy brillante;·, auto 1 "'·· · ¡J,. ntlllonario. ' l1111bel se puso de pie, intensamente pálida. - ¡No, no ... no puede ser, Juliana, no puede ser! l'xdnmó angustiada. ' - Asómate si quieres, desde el puentecito lo verás ! - ¡No, él no! -repitió con dolorosa obstinación- . ¡El fttl puede comprar la casa de mi padre! Juliana la miró, atónita. - ¿Entonces ... lo conoces? ¿ Sabes quién es? ¿Has adi· vln1do por lo que te he dicho? l1abel dio unos pasos hasta Uegar bajo el portal. Miró t~l l1r~o camino, las altas piedras junto ,al arroyo, el puentet~ lllti cie tablas, y allá lejos, el macizo de árboles detrás de lo• cuales sabía que se alzaba la vieja residenc;ia que fuera de IIUI padres, de s~s .abuelos ... la casona de gruesos muros y altu puertas de roble envuelta ataor.a en su jardín abando· nado y selvático. La casa, .cuna de loa suyos; que parecía 11uardar tras sus ventanas polvorientas la última esencia del fil i ado. Quiso correr, pero sintió que lu fue~as le faltaban, IJUC le Je doblaban las rodillas, quf el alma no podía sufrir A los lejos, muy a los lejos, en el pequeño trozo de ca~ . rretera, vio la forma negra y .brillante ·de ,un auto lujoso, un auto que conocía ·demasiado. Juliana la observaba, estupefActa y ansiosa. - ¡Sí, es él! ¡Andrés Renón! -murmuró Isabel lleván· dn11e las manos al pecho--. Pero esta vez no me vencerá, .... vez ~:~o quedará triunfante ... .Aun cuando tenga que piso· ltlr lo único que me queda: mi t orazón y mi sinceridad. ' - ¡Hijita, Isabel! -gimió Juliana, queriendo abruarla. - ¡No, déjame ahora, .Juliana! - pidió conteniendo lot 101loaoa. - ¡Estrada ! ¿Pero qué hace usted aquí? - preguntó 110r· prendido Renón. · - Seguirle, señor Renón ... - Dejé la oficina a su cargo. - Y yo la dejé a · mi vez a cargo del jefe iDmediato . • • Ptrdóneme, o écheme otra vez si le da lá gana. Al fin y Al
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éabo~ya ·té' qile' pueclo. .nailtir¡;; aln ~rinÍMS. En cambi~, puedo· abaDdoiWLl a útecl';. aoportar 1( ~ltia y 1~ p~ ,J*iód de· Ílo "~!saber lo, q• iucede .aqui ... · ' ~traron ju~toe al ampliaimo ltoll de aquella vieja ca· aona deatartalada, cubierta de 'polvo, de telarañas, manchada por el agua de sus varias docenas de goteras, aquella casa pol' cuyos vidrios rotos penetraba el aire tibio de la tarde de fines de verano y los últimos rayos del sol en poniente. ¡La casa de los San Román! ' -¿Y cómo supo que estaba aquí? ~interrogó de nuevo Renón, sin tomarse el trabajo de fingir disgusto. -¡ Bah! El pueblo lo conozco como la palma de mi ma· no, y me butó ver al viejo Humberto, que es el que corre con eata casa, y otru propiedades de esas que el jue:z Esteves tieDe de ocuUú ; preguntarle con maña, y saber que un foras· tero de sus eeñu le babia pedido las llaves de esta casa, tnuy interesado en comprarla. Tomé el primer carromato que encontré en la plaza y vine hasta aquí. Andrés sonrió, poniendo una mano sobre el hombro del viejo. -¡Sé está usted despejando mucho, Esteban! -¡Me prt~ocupan usted e Isabel! Después de todo, ella es 1~ hija de mi mejor amigo, y la idea de que dura~te casi tre1 aiios peneé mal de él, la idea de que tal vez no le ayudé en •el momento preciso, como hubiera sido necesario ... -¡Cállese 1 -pidió violento Andrés. ., -Perdóneme, ya aé que no debí decirlo; pero lo tengo en la cabeza ... Dígamé, ¿habló ya con babel? ¿La ha visto? ..:_No, recuerde que sólo me adelanté a usted en unas cuantaa horas, y me fue preciao despistar a la señora Grant , que venia· detrás de mi en un aut~ de alq'IJiler ... -¿Cómo? ¿Qué dice usted? -preguntó asombrado. Renón volvió a sonreír. - Ahora todos quieren eer máa listos que yo, Eateban ... Esa señora venia siguiéndome para descubrir el para- . dero de babel, y por mí no ha de lograrlo: Que lo averigüe por su cuenta. Que se valga de sus abogados . .• ~ '""7¿Entonces por eso. no ha huecado a Isabel? . . . tan cerca ... -¿Eh? - Eatrada vio eateremeceree bios de Renón. ·;
- ¿No lo. sa~"? Isabel está en • . dé "la ,~ ~.,¡ta 11ntlgua sirvienta, como yo me lo suponía .•• Juliana -Súéhea. 1hunberto le vendió ' una parcelita de tierra de lo que' fuer~~~t· ' '"' propiedades de San Román; y la buena mujer no súeña ''';, ·•· " 1111\11 c1ue con devolverle a Isabel ése pedacito de. su patrimo-' ' '~'· nlu, rescatado por ella con los ahorros de veinte año1 de 1 1rul111jo . , . - ¿ Y dice que está muy cerca? - la voz temblaba tamhl¡.n, al hacer la interrogación. - Sí, del otro lado del arroyo ·que separaba en dos la prupiedad . . . Si quiere, voy a llamarla ... - Creo que no hace falta ... Disimulando su emoción, Andrés fue · hasta la · puerta principal, abierta de par en par sobre la vieja terraza, y por t•l camino invadido de espinas y zarzas, vio acercarse ligera y decidida la grácil f~gura de Isabel. - ¡CarambJl! - murmuró Estr,ada. - ¡Viene ella misma, y no· creo que eea en son de pu, Elltflban! - agregó Andrés, procurando reconquistar su eerenhlnd. ~ ' Isabel fue ha!ta 'ellos; y se detuvo, mirando con ~r~he 1 E11teban. ·- ¡Usted también! -exclamó con dolor- . ¡No se llCC!r· 'lue 1 ¡No me diga una palabra! ·Le auplico que se ahorre la molefl.ia de saludarme ... - ¡Pero, hija! -protestó desconcertado el viejo. Andrés intervino, con cierta ironía. - Por favor, Estrada, deje usted hablar a la señorita San Román. Viene muy sofocada ; y apuesto a que tiene algo jnat•ortante que comunicarme. - ¡Su torpe ironía está de más! - replicó la joven non lra- . No oculto mi emoción, no trato ·de disimularla; ¡estoy temblando, sí, pero de indignación, de rabia! ¡No era bastanle que usted intentara esto; era preciso que lo acompañara au in'condicional . . . lacayo! - ¡ laabel! -el viejo se adelantó un paso, seriamente ofendido. - No me arrepiento de decirles la verdad -dijo ella·,con altanería. -Call1.l&, Eatrad~ - pidió Andrés y .e vo"i~ .-di ~la ella....... Siga· hablando, lebortta. ; • a ..._ ....... ltlea deaabogane. ·• •
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ría capaa. • . .. _. _ · -¿De abofetearme? ¿~atrevería a tanto? No lo creo .. recuerde que soy • un, hombre vulgar, que entre los , ' bres de mi clase se devuelven las bofetadas. - ¡Ee usted un patán! -Ee justamente lo que estoy afirmando ... -asintió con tr~nquilidad-. Un patán capaz, según usted, de las peores infamias. . . ¡su enemigo, el eterno enemigo de su raza . . . de los. de su nombre. . . .de los de su casta 1 El enemigo que me ha· considerado siempre, por encima de tq,dos mis esfuerzos, de todas mis palabras, de todas mis pruebas de amor . .. -¿Se atreve a hablarme de amor? - ¡No, ya no! -dijo con rapidez- . Me refiero a Mnti· mientos puados, estoy sólo haciendo una poca de historia. -Todo eso es inútil, _basta con que me responda lo que "oy a preguntarle: ¿Piensa comprar esta casa? ¿Esta c.asa que el pueblo · entero ha respetado como un homenaje a )a memoria de eee hombre digno, honrado y generoso que fue mi padre? -¿Cree usted que comprar la casa es infamar su memo· ria? -Uited .•• ¡aí! -lanaó la última palabra como un in· eulto, como un reto doloroeo que quedó vibrando en el aire. Indignada, advirtió que Renón no se conmovía. · -¿No se ha preguntado a si misma con qué propósito quiero comprarla? ' -Será igual uno que otro, siendo usted el que lo FJ dominio que tenía sobre sí mismo empezó a disminuir. Una rabia sorda puso color en sus mejillas pálidas. · - ¡Condena sin proceso, es como un consejo de guerra para todos mis sentimientos! ¡Maravilloso! -¡ Es justo, y nada más! ¡Pero eecuche lo que voy decirle, Andrés Renón. . . usted me ha vencido, me ha des· trozado con la fuerza de sus millones, con los que ata a · to· dos! ¿Por qué ha venido a insultarme cuando yo huí . no verlo más? Porque es un vil y un cobarde. . . pero ' vericidá, puedo levantarme de nuevo. Antes no gané contaba con los deD)ás, los que estaban vendidos o sometida~ a ~; ahora lucharé sola. ¡ Ust,ed no comprará esta ¡ Uated no agregará esté' techo; · ~tas ·parec:Jtl$, este peduotierra donde nací, ·donde lloré por tlltima vez junto' al ·
w•r dn mi I_Jadre, a' la i11termin~b..le ' liMa}d~ au~· p,ropleddee 1
1L t• batalla no la ganará 11ln t~nlraiiaa como el que va
usted, porque huta ._un WW'éro iec;onoce JDi d~rt1c •hu, d que tengo antes que usted, encontraré el di-pro ttH•••11rln para comprarla, aunque tenga que robarlo ·¿Me 'o ye·? ¡1 oll t•un..eguiré de cualquier modo! ¡ l t~abel! -gimió Estrada, aterrado. Andrés la había escuchado, sin pestañear, sin moverae, llftt•unl•·úndola adorable en su actitud belicosa, soberbia. No ••UIM casi disgusto, la ira se había evaporado a .medida que h11blaba; sentía 'el. corazón, por el contrario, lleno de amor, de un amor que contenía a duras penas, y que domiftllla como se domina a un potro salvaje, reuniendo toda la httitln vara haj;erlo. Isabel cortó la frase de Estr~da con un ltlt~mÁn enérgico, feroz. - ¡Ahora ya he terminado ... ahora puede usted deci~ lu c¡ue quiera a quien le paga ... yo no tengo nada que -eecu(lh•r de usted, Esteban! . '' · ·· • Y se alejó como había llegado, pc)r el sendero marcado ~·· Ülrada iba a seguirla, pero Renón lo detuvo por el b~az.o. - ¡Déjela! · . - ¿Pero, por qué no le dice? ¿Por qué no le habla ? pttjlluntó atónito-- ¡Eso es inhumano, Renón, va uated a vol~trla loca! - ¡Está loca ya, de rencor y de odio ... ! - Es capaz de cualquier disparate .. . - ¡Puede ser. ·. . sí! - ¿ Y va usted a ' permitirlo'? ¿No ·tiene siquiera com· a venderle mi casa,
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p~~lóo ?
- ¿Compasión ? ¡Inmensa! Pero es un sentimient,o._que,
debo ahogar, Estrada. Todavía. la quiero; enloquezco íólo
mirarla. ¡Todavía frente a ella me jugaría la vida, ri .... purvenir y la fortuna! ¡Todavía- quiero hacerla m!•, vencecl11, 1 : dominarla, conquistarla por encima de ese' renéor y de eae edlo que me lanza a la cara! ¡Todavía espero ganar la batalla! ¡t;¡la con sus armas, y yo con las mías ! - Per«? no es posible ;-Estrada trató de dar un puo. - Quieto -otdenó imperioso R.eÜón-. No le permitiré ..... se separe de mí lado. Ño irá a dec;irle lo que ao quier~ le dig~. Déjela .. . Lp ~brá . todo :,c&J~o deba ..a;-¡q, llegue el monM:ñto, per~ D9 ~ .... labio~, .mJ, por 110ft
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usted, porque huta ._un WW'éro iec;onoce JDi d~rt1c •hu, d que tengo antes que usted, encontraré el di-pro ttH•••11rln para comprarla, aunque tenga que robarlo ·¿Me 'o ye·? ¡1 oll t•un..eguiré de cualquier modo! ¡ l t~abel! -gimió Estrada, aterrado. Andrés la había escuchado, sin pestañear, sin moverae, llftt•unl•·úndola adorable en su actitud belicosa, soberbia. No ••UIM casi disgusto, la ira se había evaporado a .medida que h11blaba; sentía 'el. corazón, por el contrario, lleno de amor, de un amor que contenía a duras penas, y que domiftllla como se domina a un potro salvaje, reuniendo toda la httitln vara haj;erlo. Isabel cortó la frase de Estr~da con un ltlt~mÁn enérgico, feroz. - ¡Ahora ya he terminado ... ahora puede usted deci~ lu c¡ue quiera a quien le paga ... yo no tengo nada que -eecu(lh•r de usted, Esteban! . '' · ·· • Y se alejó como había llegado, pc)r el sendero marcado ~·· Ülrada iba a seguirla, pero Renón lo detuvo por el b~az.o. - ¡Déjela! · . - ¿Pero, por qué no le dice? ¿Por qué no le habla ? pttjlluntó atónito-- ¡Eso es inhumano, Renón, va uated a vol~trla loca! - ¡Está loca ya, de rencor y de odio ... ! - Es capaz de cualquier disparate .. . - ¡Puede ser. ·. . sí! - ¿ Y va usted a ' permitirlo'? ¿No ·tiene siquiera com· a venderle mi casa,
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p~~lóo ?
- ¿Compasión ? ¡Inmensa! Pero es un sentimient,o._que,
debo ahogar, Estrada. Todavía. la quiero; enloquezco íólo
mirarla. ¡Todavía frente a ella me jugaría la vida, ri .... purvenir y la fortuna! ¡Todavía- quiero hacerla m!•, vencecl11, 1 : dominarla, conquistarla por encima de ese' renéor y de eae edlo que me lanza a la cara! ¡Todavía espero ganar la batalla! ¡t;¡la con sus armas, y yo con las mías ! - Per«? no es posible ;-Estrada trató de dar un puo. - Quieto -otdenó imperioso R.eÜón-. No le permitiré ..... se separe de mí lado. Ño irá a dec;irle lo que ao quier~ le dig~. Déjela .. . Lp ~brá . todo :,c&J~o deba ..a;-¡q, llegue el monM:ñto, per~ D9 ~ .... labio~, .mJ, por 110ft
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-Antes de la aparición dé! este c~mprador, Hum~rto hubiera dado Íu casa en diez mil pesos. Ahora quién sabe lo ¡ . que pedirá . -¡Diez mil pesos! -repitió con amargura Isabel. -Vale mucho más, aun contando CQn loa miles que hay . que gastar en repararla, pero tú sabes que las ventas están en relación directa con la ley de la oferta y la.demandll. Cuando · na,die quiere comprar se puede poner precio; cuando hay más de .un interesado . .. Isabel dio 'unos pasos sin rumbo, como esforzándose por volver a la realidad, repitiendo en su mente la irrisoria c.ifra en la cual remataban la casa que tanto amaba, pero qut. aun siendo tan insignificante, ella no poseía. Arturo la miró, con tristeza. ~¡Estoy incondicionalmente a tus órdenes, Isabel ! dijo con vive2.a. Ella sacudió la cabeza, desalentada. -Ya lo sé, Arturo, gracias; pero me temo que ni tú ni YQ ·poder:qos hacer nada, y qu,e no hay en todo el pueblo · q!lien lo preste a quien no tiene, como yo, posibilidades para ·.P~~r, ' · · ' . · • "'~· · -El pueblo está lleno de buena voluntad para ti, lsa· bel; pero ya sabes cómo son las gentes. . . - La expresión ' de sU( rostro cambió por un instante, haciéndose dura-. La :verdad es que hay cosas incomprensibles. ¿Qué puede intere· · sarle a ese millonario esta vieja casa de campo a unas hora3 de la capital? ¿No sería para él lo mismo buscar· otro refu-· gio, ya que te mor tifica tanto la idea de que compren tu casa? -¡Lo único que me atormenta es que la compre él! -dijo Isabel, casi sin darse cuenta. ..;.¡Ah, vaya! - Arturo la miró como si qu1s1era nar lo que pensaba-:-. ¿Es cuestión personal? Entonces · n9s qued~ ni el recurso de hablarle. . . · ·-Vengo de hacerlo; de desafiado; de decirle que comprará mi casa aun cuando tenga que robar el dinero . eesario para rescatarla. Vengo de gritarle que y un patán. El joven la miró de nuevo, asombrado.
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IIIRO parecido. · ,, '~~ :.t! . ·, . ,.., Isabel se enc.ogió de hombros, sin contesrilr, dir~ament~ " In frase. - Vamos al ·pueblo, Arturo -pidió ansiosa-. Quiem · I111Liar con don Humberto, luego eón el alcalde. . . después, 1111 ~~~ ••• pero vamos. ¿Cómo viniste? - Andando . . . acaso para ti sea un poco lejos. · - No importa, vamos. Echaron a andar uno al lado del otro, en silencio ; de IJrOnlo, cuando habían dado unos pocos pasos eri el sendero pura tomar la carreter.a , cruzaron junto al lujoso auto .de Rtmón, en el preciso instante en que se abría de nuevo la puerta de .la vieja casa. La figura alta y an:ogante del millo· nnr io 'fue rápidamente hacia su automóvil, mientras Estrada 11n apresuraba para alcanzarlo. · · · - ¡Mira! -indicó Arturo en voz baja-. ¿Es Renón, verdad? - Luego, con sorpresa y cierto agrado--: ¡Caram· hn, y don Esteban Estrada; no sabía que estuviera en el flUeblo! ¿Es el secretario de Renón? - ¡Entre perro y lacayo ! --dijo con violencia I~bel. - ¡Por Dios, Isabel, don Esteban fue siempre un hom· · hrn honrado! Si habláramos con él. . . - ¡Pobre ~trada! - murmuró ella con profundo des· precio- . Anda, vamos, y no perdamos tiempo. . · ., Arturo tomó del brazo a la joven, obligándola a alejarse c•un forzada marcha. De pie, junto al automóvil, Andrés los miró con el más profundo desagrado pintado en el semblante. - ¿A dónde irá Isabel ? - interrogó volviéndose a Ealrada- . ¿No dijo usted que vivía detrás del arroyo? - Supongo que irá al pueblo. - ¿ A pie? - Es una tirada larga, es cierto; pero . .. - Ya tiene UD ; buen acompañante ... ¿quién es im· bécil ? . - Arturo Esteves .. .' ~1 sobrino del juez. En otro tiem· · po prometido de Isabel. dijeron que estaba en el e~· lranjero, pero ha debido regresar. - ¡Con la ll}ás ~bsoluta oportunidad! -comentó con Ira Renón-. ¡Magnífico! Ya tiene otro monisote a quien •anejar a su antojo. Otro. mequetrefe ~ eer6 cera blanda e aus manos, como lo era Juan Luia .••
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biéndoee ·,Hbrádo de la bafluencia del tío ... ·....,.El:, 'tipo de: homb~ que parece e~antar a Isabel .. · Eetrada. miró a la parej• que se alejaba; pero RenÓD lo apremió con ira mal disimulada. -¡Vamos, qué mira! Acabe de entrar al auto ... -¡No sabía que nos marchábamos! - No nos marchamos, volvemos al pueblo, a devolver las llaves de la casa; mejor dicho, a devolverlas no, a comprarla en · firme inmediatamente por el doble dé lo que nos han pe' dido ... -¡Pero, aeííor ... ! -quiso protestar EStrada. -¡O por el triple si hace falta con tal de firmar el contrato en el acto ! .Esteban wbió al auto, acomodándose al lado de Renón, quien imprimió una velocidad fantástica al vehículo, mientras murmuraba; todavía rabioso : .. -¡Vamos a enseñarle a Isabel San Román quién ea An: dréa Renó'n! . Eatrada, haciendo disimuladamente la señal de la Cruz, dijo· para sí: , ··-¡Vamos a matarnos! ¡Que el Señor nos. encuentre con,, feNdo.l . . - •· · Como una flecha puó' el magnífico automóvil frente a laabely Arturo, detenidos por un instante para dejar la vía , .lil)r. Eila,, lo miró con rabia, él con espanto. 1 :,-1Pero eetá· loco! ¡Van a estrellarse! -¡Es un pérfecto imbécil! -dijo ella con saña-. siquiera piensa en el infeliz que va con 'él. .. el pobre Estraaa.~ Arturo sonrió, mirándola. · -¿En qué quedamos? Hace un instante res de Estrada. . . ahora lo compadeces. -No lo compadezco - negó con violencia-; pero compadecerlo él. ¡Claro- que para tener consideración de guíen sería preciso que no se tratara de Andréa Renón! cuJDto a Estrada, bien merecido se tiene cuanto le sucede -Se interrumpió, presa de súbito espanto-. ¡Ay ... ! ---trrno~· -¿Qué? - preguntó sorprendido Arturo. ~¡Nada, creí que no to~aban el puente, que se ·iban rio de cabezal ¿~ara qué correrá e8e maldho de esa maDf!l'á1 Arturo·la· cotqempló en silencio, adivinando cui el livo de aua :contradicciones,, : ~ ' ·, · :; , ~. ,,_ ,· . .... ;'. '
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biéndoee ·,Hbrádo de la bafluencia del tío ... ·....,.El:, 'tipo de: homb~ que parece e~antar a Isabel .. · Eetrada. miró a la parej• que se alejaba; pero RenÓD lo apremió con ira mal disimulada. -¡Vamos, qué mira! Acabe de entrar al auto ... -¡No sabía que nos marchábamos! - No nos marchamos, volvemos al pueblo, a devolver las llaves de la casa; mejor dicho, a devolverlas no, a comprarla en · firme inmediatamente por el doble dé lo que nos han pe' dido ... -¡Pero, aeííor ... ! -quiso protestar EStrada. -¡O por el triple si hace falta con tal de firmar el contrato en el acto ! .Esteban wbió al auto, acomodándose al lado de Renón, quien imprimió una velocidad fantástica al vehículo, mientras murmuraba; todavía rabioso : .. -¡Vamos a enseñarle a Isabel San Román quién ea An: dréa Renó'n! . Eatrada, haciendo disimuladamente la señal de la Cruz, dijo· para sí: , ··-¡Vamos a matarnos! ¡Que el Señor nos. encuentre con,, feNdo.l . . - •· · Como una flecha puó' el magnífico automóvil frente a laabely Arturo, detenidos por un instante para dejar la vía , .lil)r. Eila,, lo miró con rabia, él con espanto. 1 :,-1Pero eetá· loco! ¡Van a estrellarse! -¡Es un pérfecto imbécil! -dijo ella con saña-. siquiera piensa en el infeliz que va con 'él. .. el pobre Estraaa.~ Arturo sonrió, mirándola. · -¿En qué quedamos? Hace un instante res de Estrada. . . ahora lo compadeces. -No lo compadezco - negó con violencia-; pero compadecerlo él. ¡Claro- que para tener consideración de guíen sería preciso que no se tratara de Andréa Renón! cuJDto a Estrada, bien merecido se tiene cuanto le sucede -Se interrumpió, presa de súbito espanto-. ¡Ay ... ! ---trrno~· -¿Qué? - preguntó sorprendido Arturo. ~¡Nada, creí que no to~aban el puente, que se ·iban rio de cabezal ¿~ara qué correrá e8e maldho de esa maDf!l'á1 Arturo·la· cotqempló en silencio, adivinando cui el livo de aua :contradicciones,, : ~ ' ·, · :; , ~. ,,_ ,· . .... ;'. '
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. .rhura: dinero; un poco de .diftérct .• ~~~-...te ~ q• 1141o falte pára, Ji ~- verlí• •'de':Já1•. c...·:<~~~9ni~.ii;~Ji{¡.$iui·. de. '1 Humberto, y esa firma voy a tener el pl~cet de rec~ delante de la propia Isabel. ¡Venga, . Estrada,. ven.ga! ,¡l.fe ., gu·.-a, rt~lr al último, siempre. · ' ·~ · ·~S · . ' .~ Humberto buscó a Renón. en cuan,to entró a la d-.r~ • casa de 1os San Roman. • . 'i·l· ta1auu ~·u.,,, - ¡Pero, señorita -dijo volviéndose a ella, un 'p~ tlfiiJCOnfiado. y alarmado al no encontrarlo-, usted me dijo :, 1 filie eetaba aquí el señor Renón, aguardándome! , 1 ' - Y en efecto, aquí estaba - respondió ella con tranquillrlftd- . Pero ha desaparecido mientras fuimos hasta el .:m.~··. .., rnndero para llamarle a usted. Supongo que no tardará, y ., tlOdemos ir haciendo entretanto el contra~o de compra-venta. - ¡De eso se enc~rg¡¡frá el notario Salcedo, y~ se lo d,l;'e .. •l ~eñor Renón ! En cuanto aparezca, no tenemos más que ·ir • la notaría, y en paz. Me da el cheq~e y le doy, uri recibo . . •~ ' Jlrovisional . . . se arreglan los papeles y . . . Isabel cortó la animada 'plática de Humberto. - Parte usted de un grave .error, don Humbe~~o. -exc1a·,> mó con firmeza- ; no es Andrés 1 Renón quien va a ·comprar:· e11ta casa. Los ojillos del viejo usurero parpadearon con visible ao· bresalto, yendo desde el rostro pálido y tranquilo de lsabel, h11ta el triste y preocupado de Arturo Esteves. - ¡El señor Renón me dijo que el negocio era seguro! - alegó. · -¡ Y lo es, sólo que usando el derecho de prioridad que · me concedió usted, que genero.wmenk me mandó ofrecer, aoy yo quien compra esta casa en los 'diez mil peso• ... ! ~. -¡Un momento, un momento! -nervil)ao, don "IÍuinf'J herto se lanzó a dar una serie de explicaciones. ' ; Aquel era un precio de lance; él nunca h~ía tenid.o i,a : ..' lermediarioe ni cobrad~rea. Pero ei ella le entfe8aba' inmedia· lamente los diez mil pesoa, Ja - ~ era suya, ae firmaba y • pu. Habría que hacerló,. ain embargo, en la oficin1 del tario, y después de que Renón aparecier1 y explicar• él todo. Sabía que Andrés eataba encaprichado1 con la cua y , - ~· ~aria p<)r ella . bastante :m._ ~ ~ diei mil pe.o.. . . lJelpl* alabó la casa; era un inmueble ~Sfico, ele primera, puerta&; .her·raj.~~~y:¡ ~r cle., Jujo. , · ' Isabel lo escuchó ~teaieado la ira, . . . _ . 4• lltD
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em,...Jon. . • . ,. 1• · :__Ahórr* la descri~ión. • Conozco ·muy bien· mi Se la compro yo en los diez mil . pesos porque a Andrés Re· nón no le interesa. · -Pues' se mostró interesadísimo esta mañana - alegó co·· convencido- , yo, sin hablar con él, no cierro trato, y per· , dóneme, señorita San Román, no ea desconfianza; es que si ·• con algo no quiero yo bromas en el mundo es con el dinero. '·. Isabel tomó una actitud agresiva. Atacó · por el lado que sabía impresionaría al usurero. Recordó que · su padre debía sólo mil quinientos pes~s y que por esa irrisoria cantidad el juez Esteves' le había cedido la cua. El viejo trató de defenderse torpemente; no esperaba el ataque. Ella siguió por ese camino. Quizá conviniera más proclamar la verdad, hablar con el alcalde y vo~ver a ~ir a los tribunales la revisión del juicio. Se 'd emostraría públicamente que habían violado las leyes. . . Sobrarían victimas de don Humberto .que se unieran a ella. Arturo, que apenas había intervenido en la conver· sación, a.nimó al usurero. -¡ Atienda a lo que ella le dice, el negocio será . menos productivo pero más legal! . . - ¡Es que .no me conviene, Arturo ... ! -alegó todavía, más débilmente-. ¡Esto es como una encerrona! ' ''- Entonces, ¿le conviene más que le acuse a los tri· ., · bun!llet.Z -interrogó ella, ya visiblemente alterada. -.·Pero no iue Humberto ,qu~en ,contestó, sino Andrés, que ent~ó con rapi~.ez, acercándose al grupo. . -¡ No, le conviene más hacer negocio conmigo, -exclamó. El x:ostro de Humberto se iluminó de alegría. - ¡Señor Renón! -dijo yendo hacia él-. En hora aparece usted. Nuestro trato ... - Está en pie --concluyó Andrés--. .Su notario es marayilla. Aquí están los papeles y aquí viene te para dar fe d~ que firmamos los dos con los testigos necesarios. Le compro la casa en los diez mil pesos que t me pidió esta mañana. ~. Isabel no .acertó a pronunciar palabr~t. .Pálida y tr.6mula contempló " Renón .con honda mirada . ;·indefinible. En ·la ,;
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- La tiene. -dijo con calma Re~ón-. Usted es · indilcu-~·' Ublemente un ' ladrón, señor · Hernández, pero el más culplble no e• usted, sino quien le facilitó los medios de realizar este d'•flojo. Mi de&eo es poner las cosas en su lugar, precisamente. Quiero rescatar esta casa para·· ponerl~J ·e n manos de tfUIC!D debe poseerla, para pagar así una deuda personal a l1 memoria de Alfredo San Román, su antiguo dueño. Isabel encontró al fin las palabras, para preguntar atÓ·
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- Pero, ¿qué está usted diciendo? · - Esta· casa no. puede pertenecer más que a usted,. lsa· bt!l - agregó Andrés procurando no mi~arla-; per<r-·tengo 111 capricho de ser yo quien la compre, el capricho no;· el ·.}elhlmo deseo. . . -levantó un poco la voz, llarpando .a Estra• de- , por favor, mi querido Esteban, que preparen una dé' Mil mesas pal-a que podamos firmar ... leabel se irguió, desafiante. - ¿Y espera usted que yo acepte su .regalo? -interrogó. ~No sería sino una restitución, Isabel . . . - Pues guarde su generosidad para quien esté en con~ dlclones de recibirla. Yo no la necesito ni .la acepto. '· ~xij,o.. :.• e61o mi ~erecho a comprar yo, con mi esfuerzo y con la ayu· da de mis verdaderos amigos, la'. casa que ' fue de mü ' pa· drn y de mis abuelos. ·Un día dijo · u'sted que yo ' no acepta· rla de sus.. manos ni la salvación de mi alma. Puea bien, diJo la verdad: nada de lo que pueda usted darme me interesa. · ¡Exijo mi derecho! · · -Entonces, vaya ..~ted a loa tribunalee, leftorlta San ltomán. Entretanto, realiuremoa :.a:r.raclóa, don H~· &o, • . Aquí está el dinero, fipue · • Arrojó aobre ,Ja . polvorienta a.a · loa papel• que el 10tario acababa de a~r~ volvi6Ddoae hiiCia -el .tejo lilu· que lo. miró ofendido. '
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- Pero, ¿qué está usted diciendo? · - Esta· casa no. puede pertenecer más que a usted,. lsa· bt!l - agregó Andrés procurando no mi~arla-; per<r-·tengo 111 capricho de ser yo quien la compre, el capricho no;· el ·.}elhlmo deseo. . . -levantó un poco la voz, llarpando .a Estra• de- , por favor, mi querido Esteban, que preparen una dé' Mil mesas pal-a que podamos firmar ... leabel se irguió, desafiante. - ¿Y espera usted que yo acepte su .regalo? -interrogó. ~No sería sino una restitución, Isabel . . . - Pues guarde su generosidad para quien esté en con~ dlclones de recibirla. Yo no la necesito ni .la acepto. '· ~xij,o.. :.• e61o mi ~erecho a comprar yo, con mi esfuerzo y con la ayu· da de mis verdaderos amigos, la'. casa que ' fue de mü ' pa· drn y de mis abuelos. ·Un día dijo · u'sted que yo ' no acepta· rla de sus.. manos ni la salvación de mi alma. Puea bien, diJo la verdad: nada de lo que pueda usted darme me interesa. · ¡Exijo mi derecho! · · -Entonces, vaya ..~ted a loa tribunalee, leftorlta San ltomán. Entretanto, realiuremoa :.a:r.raclóa, don H~· &o, • . Aquí está el dinero, fipue · • Arrojó aobre ,Ja . polvorienta a.a · loa papel• que el 10tario acababa de a~r~ volvi6Ddoae hiiCia -el .tejo lilu· que lo. miró ofendido. '
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. .-Us.t~ ;.,:uft~.:; Nó·::~~: preéH~'& ·¡r¡·S,~lt'•rf'·:a · V Andrés frlos. EJ' nejo e<ortó su fiase, un poco temeroso. Renón ad'·ir'lió, Cofl ~ono . duro. , . · · - j No: he venido a _o ir majaderíu; don Humberto, sino a dejar cerrado un trato importante! ¿Le conviene a usted venderme en el acto esta casa ep diez mil pesos descargando titl" poco su alma al mismo tiempo? · · '· · - Pero si · ella no la quiere refral~a por usted ; si esto .·~ un lío que no hay quién lo enJienda . . . -protestó el usu.' .,r~ro, olvidado ya de la ofensa. , - ¡Aquí está el cheque! - agregó Renón- . ¿Acepta o no. acepta? Es la última vez que se lo pregunto .. ; . . Humberto ~ rascó la calva cabeza, y sin volver; el ros· ·lro; clavados los ojos ávidos en el cheque que Renón le ofrecía, alargó la mano para tomarlo. · - ¡Acepto, qué demonios! ..:...exclamó; luego se volvió hac.ia Isabel- . Y usted, tf:nga en cuenta ... --empezó ; pero de nuevo dejó la frase comenzada: -Tengo en cuenta que es usted un canalla hasta el fin - cortó Isabel con altivez- . ¡Qpé otra cosa podía ha· cer un hombre como usted, · más que vender$fl por dinero! - ¡Basta ! --dijo con ira Humberto. guarda~dó cop pre· . cipitación el cheque en su cartera-. A mí también me están 'cargando ustedes; ¿a qué más puede aspirar sino a que le r~galen Jo que no tiene con qué pagarme? Nadie perderla una ocasión como ésta, ni nadie puede criticarme por lo que hago. ¡Firmaré ipmediatamente, señor Renón! · Sm palabras, ergllida ·y helada·, Isabel miró aJ usurero y a Reqón firmar loa papeles ; luego, rápida, fue hacia la puer.ta, pero Andrés la detuvo, f!errándol~ el paso. - ¡Espere un mom~nto! - pidió. - ¡No, puesto que ya estas paredes y este techo le per· tenecen, no quiero permanecer a la aombra de eUas! ··· - ¡Pero no sea tan terca! ¡No sea tan soberbia! ¿Para qué podía yo querer esta casa sino para devolvérsela a us· ted? ¿Por qué no admite mi rectificación, mi deseo de hacer , justícia · a su · padre? ¿Por qué no quiere comprenderme? - Lo comprendo perfectamente. ¿Qué son para usted unoa miles de peaos? ¡Nada, un. capricho que bien puede p~,~~te,.~,?-n. ~1 de ofende~!"e .con. ~n~, .l i.T 98nat .. · ;
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- No, eso no -dijo con sincera vivacidad. - ¡Entonces; déjame quererte! . La atrajo hacia él besándola en la ftente con ~~· de hermano. Ella no tuvo fuerzas para resistir, y acaso encón~ tró la caricia consoladora. ¡Se sentía tan sola! Traspuao el vmbral de la modestá casa y por unos momentos estuvo sola, ~n la oscuridad, con los ojos · secos y la · garganta oprimida por un dolor desconocido. ¿Había hecho bien? ¿Había sido dtmaeiado soberbia, como dijera Renón? ¿Por qué eentía aquel rencor mezclado con , angustia? ¿Amaría acaso · más 1 Andrés? Tembló al asaltarle ese pensamiento. ' . ' "' ~. Arturo también se había alejado pensativo y angustiado. Ante11 de que llegara al puentecillo, se tropezó con lul~a~a. - ¿Volvió ya Isabel? -preguntó con inierés; la buena'· mujer. . - En este momento; pero creo que desea estar sola. Tkme los netvios deshechos ... -Observó a J.uliana que tenia una actitud rara, como si estuviera en acecho de algo que 110apaha a los ojos de Arturo-. ¿Qué sucede? -agregó inIrisado. · . .: ,· ">" ·"~ - Espere. . . no, nada. . . creo que ya se fue . .. - ¿Quién? - El auto que estaba por el camino de atrás. Un ,auto de alquiler que ha estado rondando.- Vino primero un hombre preguntando por lsa~l, después vi a una mujer .dando vuel· 111 por los corralee. · - ¿Una mujer? ·-tepitíó Arturo atónito. -Sí, bien vestida y bastante pintada deade luego, forutera. Lo que es en el fUeblo no he viato yo eea cara en mi vida. Pero ena r'.-.o 'hiso .ino humear ' como loe pe· no me dio nada de bueaa eapiD•. Ea trille que . la pob~ l~ viene .•• elle riDcóa par• loe iJUaluatoe, Ueguen. lo' · di~.~ . ú.\ de .U..
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¡;.ugema: · -.. ' . _ 1. • ~Durmiendo .. Ella, ·· apen81!1 ' come, se duume. ¿Usted sa~e lo que batalla, brinca, corre y habla en el día, y por el campo? Lo que siento es que estas vacaciones ·no puedan durar mucho tiempo. Isabel tendrá que mandarla a la es· cuela, y no hay ninguna cerca. Pienso que aunque es un encanto, será para Isabel una carga y una preocupación. -Tranquilícese, mi buena Juliana -dijo Arturo con ~¡~cento intencionado-, pronto acabarán las preocupaciones para laabel. Juliana se mostró incrédula. Preguntó a Arturo cómo había terminado el asunto. de la ~- Este se. explayó con ella. En realidad, Renón era, ~ sus .o jos, un hombre des· concertante. :Por ,otra parte, según' le habían dicho, más de una persona en el pueblo, Isabel había sido la causa de que él se divorciara. Desde luegó~ él no permitia q~e nadie hablara mal de ·la joven, pero por ·desgracia tampoco podía evitarlo cuando no estaba delante. . -¡Isabel e8 la cr~atura más honrada de la tierra! . .. -concluyó Arturo-. Sé que su h~Cha es por . eso, pero su ludia y su angustia acabarán muy pronto. - Espera usted un milagro, por lo que veo . .. ' Con aire misterioso Arturo agregó. · · · ..;.:.Quiero que sea usted la primera en saberlo, Juliana.. Isabel y yo vamos a cuarnos .. : . ·· . ··" En •lu sombras.· Juliana th~tó de mirar de frente a Ar· turo, ,queriendo . saber si hablaba en broma o en eerio. La . noticia la dejó atónita, pero · al mismo tiempo la alegró. Era lo que necesitaba Isabel: cuane, dejar de sufrir en una lu· cha desigual frente a la vida. · ......:.¿De verdad? . -interrogó ansiosa. - Por fin cede a mis súplicas. . . ¿Se alegra usted, Juliana? - ¡Claro que me alegro- ... ! ~nee pronto, y lléveeela lejos . . . mientru esté aquí, mirando estos campos. esa casa abandonada. . . sufrirá. AncJrés Renón encendió un cigarriJio, sentándoee en la vieja ciima de madera, en la mejor habitación del destarta· ·~
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del [J!U"'U,IV
a tan 'import,inte hliésped hc11IAtencins de Estrada para que· ft'lll ll f¡ue habían recibido, y para cln~ de larga distancia. Desaprobaba . . . . ~ _. ~rlna idea que había tenido Esteban ·de avisar que est~an lltl Santa Rosalía. ' · · ~¡¡'• - Pues yo no hice sino responder a una llamada dt'• allá, tw~l\or Renón . . . -se disculpó--. El que dio la voz de··atar; ~~--,,.c.,.l~ ma fue ese endiablado cronista del único periódico del vuoblo. - Pues no diga nada, entonces, a esos que hablan por tfliHono. Valveremos cuando hayamos terminado de . arre· t~lar lo que venimos a hacer aquí; cuando ~a casa esté en nondiciones de t~er entregada al Ayuntamiento, y el alcalde t>nnga las llaves en manos de Isabel. En ese acto diré ' lo que clulero decir sobre Alfredo San .Román; después nos iremos é ., Santa Rosalía y haremos de cuenta que ya está borrada ele! mapa. · · Cuando Estrada salió para contestar una. \lamadn .telefónica de larga distancia, se encontró con el juez Esti.!Ve1, Qut.· rla ver a Andrés. Estrada le advirtió que no quería reci~ir ~ . nadie, pero el viejo insistió. Tenía que · verlo. Los camarero:• lo habían asegurado . que no podría franquear ' la puerta; • pcrb ·:. ·.~ habla ido hasta Santa Rosalía para hablarle y lo han a. :· Y... 1ntes de que Esteban pudiera evitarlo, abrió la puerta, '1 An-' drét lo tuvo frente a él. No · pudo disimular .el desagrado qile ' . le causó la presencia de tan indeseado personaje. ·· • ; ' - Perdóneme que haya forzado su puerta --ee ex~u~~' pero tenía que verlo y hablarle. · · . ,t •/' · Andrés se encogió de · hombros como si lo que pudier• decir el juez no le_interesara lo más mínimo. - Usted me ofreció algo, eeñor Renón, y por eso be ve· nido hasta Santa Rosalía; reclamo el cumplimiento de su palabra de caballero, - No tiene nada que !eclamar. - Oigáme al men~ .o le peaará si no lo hace. - Está bien; vaya a hablar, ütrada . . . y cierre la ~tL Estrada obedeció ·y:,tA&eves ee acercó a R.enón. r..le dijo Oóll earcumo: . -~~- , -¿De ~aner~ :q ue peurá oo .la Y· 'Y. ¡por t~ué? ........-r ::.: -~ -~
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¡;.ugema: · -.. ' . _ 1. • ~Durmiendo .. Ella, ·· apen81!1 ' come, se duume. ¿Usted sa~e lo que batalla, brinca, corre y habla en el día, y por el campo? Lo que siento es que estas vacaciones ·no puedan durar mucho tiempo. Isabel tendrá que mandarla a la es· cuela, y no hay ninguna cerca. Pienso que aunque es un encanto, será para Isabel una carga y una preocupación. -Tranquilícese, mi buena Juliana -dijo Arturo con ~¡~cento intencionado-, pronto acabarán las preocupaciones para laabel. Juliana se mostró incrédula. Preguntó a Arturo cómo había terminado el asunto. de la ~- Este se. explayó con ella. En realidad, Renón era, ~ sus .o jos, un hombre des· concertante. :Por ,otra parte, según' le habían dicho, más de una persona en el pueblo, Isabel había sido la causa de que él se divorciara. Desde luegó~ él no permitia q~e nadie hablara mal de ·la joven, pero por ·desgracia tampoco podía evitarlo cuando no estaba delante. . -¡Isabel e8 la cr~atura más honrada de la tierra! . .. -concluyó Arturo-. Sé que su h~Cha es por . eso, pero su ludia y su angustia acabarán muy pronto. - Espera usted un milagro, por lo que veo . .. ' Con aire misterioso Arturo agregó. · · · ..;.:.Quiero que sea usted la primera en saberlo, Juliana.. Isabel y yo vamos a cuarnos .. : . ·· . ··" En •lu sombras.· Juliana th~tó de mirar de frente a Ar· turo, ,queriendo . saber si hablaba en broma o en eerio. La . noticia la dejó atónita, pero · al mismo tiempo la alegró. Era lo que necesitaba Isabel: cuane, dejar de sufrir en una lu· cha desigual frente a la vida. · ......:.¿De verdad? . -interrogó ansiosa. - Por fin cede a mis súplicas. . . ¿Se alegra usted, Juliana? - ¡Claro que me alegro- ... ! ~nee pronto, y lléveeela lejos . . . mientru esté aquí, mirando estos campos. esa casa abandonada. . . sufrirá. AncJrés Renón encendió un cigarriJio, sentándoee en la vieja ciima de madera, en la mejor habitación del destarta· ·~
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a tan 'import,inte hliésped hc11IAtencins de Estrada para que· ft'lll ll f¡ue habían recibido, y para cln~ de larga distancia. Desaprobaba . . . . ~ _. ~rlna idea que había tenido Esteban ·de avisar que est~an lltl Santa Rosalía. ' · · ~¡¡'• - Pues yo no hice sino responder a una llamada dt'• allá, tw~l\or Renón . . . -se disculpó--. El que dio la voz de··atar; ~~--,,.c.,.l~ ma fue ese endiablado cronista del único periódico del vuoblo. - Pues no diga nada, entonces, a esos que hablan por tfliHono. Valveremos cuando hayamos terminado de . arre· t~lar lo que venimos a hacer aquí; cuando ~a casa esté en nondiciones de t~er entregada al Ayuntamiento, y el alcalde t>nnga las llaves en manos de Isabel. En ese acto diré ' lo que clulero decir sobre Alfredo San .Román; después nos iremos é ., Santa Rosalía y haremos de cuenta que ya está borrada ele! mapa. · · Cuando Estrada salió para contestar una. \lamadn .telefónica de larga distancia, se encontró con el juez Esti.!Ve1, Qut.· rla ver a Andrés. Estrada le advirtió que no quería reci~ir ~ . nadie, pero el viejo insistió. Tenía que · verlo. Los camarero:• lo habían asegurado . que no podría franquear ' la puerta; • pcrb ·:. ·.~ habla ido hasta Santa Rosalía para hablarle y lo han a. :· Y... 1ntes de que Esteban pudiera evitarlo, abrió la puerta, '1 An-' drét lo tuvo frente a él. No · pudo disimular .el desagrado qile ' . le causó la presencia de tan indeseado personaje. ·· • ; ' - Perdóneme que haya forzado su puerta --ee ex~u~~' pero tenía que verlo y hablarle. · · . ,t •/' · Andrés se encogió de · hombros como si lo que pudier• decir el juez no le_interesara lo más mínimo. - Usted me ofreció algo, eeñor Renón, y por eso be ve· nido hasta Santa Rosalía; reclamo el cumplimiento de su palabra de caballero, - No tiene nada que !eclamar. - Oigáme al men~ .o le peaará si no lo hace. - Está bien; vaya a hablar, ütrada . . . y cierre la ~tL Estrada obedeció ·y:,tA&eves ee acercó a R.enón. r..le dijo Oóll earcumo: . -~~- , -¿De ~aner~ :q ue peurá oo .la Y· 'Y. ¡por t~ué? ........-r ::.: -~ -~
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' ~ · -'ol.P~r~Üe la ~ieneia de 'tQdo hombre tiene limite, y aun~ q'e'"usted. 'JPb tenga'.. como quien ' di~ atado por el cuello, hay
1 coeaa-.que no· aufriré.1• ~· . ...;..Bien, fof111ule IUI amenazas, juea ' Este-Vea. Me divertirá 1
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El viejo miró hacía la puerta cerrada, vaciló unos momen·
tos 1y ~ . fin cambiaron 'áu expresión y au tono. Se acercó más c•si humildemente. Andrés, al verlo uí, preguntó con bruequedad : -;-¿Qué le pasa ahora, qué qJJiere? ¡Acabe de una vez . . . ! · - ¡He venido al pueblo eapantado 'por Ja noticia que un amigo acaba de darme. . . Don Humberto, que ea una per· aona honorable y estimaJ,le en todos. conceptos! ' Andréa no pudo ·menos que aoníeir, y ·replic6 irónico : -¿ Le dio a usted su parte en la venta de la casa de los ' ' ·san Román ? '1 ·' - Sus bromas están de más ... yo .no tengo nada que v~r con eso; pero el hecho de que vaya uste41 :a resalar ese edifi. cío a la heredera por medio del Ayuntainiento, y de que en el acto de su entrega ae haya propuesto reivindicar a Alfredo •. , San Román ... - ¿Le espanta a usted ? -dijo Andrés viendo que el juez . callaba. · ,. .....-¡ Eso no fue lo convenido e~tre usted y ·yol - protestó, pero sin cambiar de actitud- . U&t~ me dijo que no utiliza· ría mi confeaión máa que para reao~ver un asunto. íntimo, pri· vado, pero por lo .que veo pretende hacer partícipe de ella al pueblo ~tero. ¡ Deapuéa de eso, no me quedaría máa solución , que pegarme un tí ro! - No lo hará, estoy aeguro; para eso iería menester que · tuviera usted una vergüenu que no tiene. Eeteves se irguió, dominando au ira, ofendido. - Pero tranquilícese -continuó diciendo Andrée-, no voy a ponerle en -evidencia, me butará con limarle lu garras. Todo se reducirá a que renuncie usted a au empleo de juez,. y eso se lo pido desinteresadamente, eólo porque no siga \ manchando la investidura de su título. · ._¡Señor Renón ! . . -.-Guardaré en el anónimo nombres y detalles, y diré que Ulted renuncia porque eu ~a salud no le permite buecar '111 cr~ ,dei!Conocido, al que haré IÓ)o una 'WIIada refe_ren. Cumpliré no llevándolo a loe tribu~_.; ,pel'O tu falta no. . ' .
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puede sin casti@;o, y·· si· no tiene ,utMd \a ley puede imponerle, a~pte ~l meno• la ~~~1\~c;ión· de la renan· cía y del destierro. . ' · . , ·· · La' puerta se abrió y Estrada entró, un poto aptado. - Perdóneme, señor Renón, que le interrumpa• pero Ar· turo Esteves está empeñado en hablar con usted. · ' ' . • · · El juez se alarmó mucho· al escucharlo. ' • ·;· -¡ Cómo! ¿Qué dice? ¡Arturo\ ¿Arturo mi sobrino? ¿P ero está mi sobrino en el pueblo? ¿Le ha hablado usted, le ha visto, Estrad'a ? Le advierto que ese muchacho se ha por· tado conmigo como un ingrato, y le aconsejo que no lo reci· ba -concluyó volviéndose hacia Andrés, que •
pacientem~n'te
esperaba terminara. - Ibaque a decir que no lo recibía - indicó Renón-> pero su consejo me hace temer que Arturo t:steves pueda tener algo muy importante que decirme. H ágalo pasar, Estrada .. . ueted, . ' juez, se va o se queda, como quiera. .. .. Arturo entró, · deteniéndose un inetante, sorprendido, al:' ver a su tío, quien le lanzó una mirada furiosa. _:.¿Qué vienes a hacer aquí? - le preguntó antes de que el joven pudiera dirigirse a Andrés. · - Nada que a usted le concierna, tío - respondió con fir· meu Arturo-. Vine a un asunto personal, y me retiraré hasta que pueda hablar a aola& eón el eeñor Renón. . , - ¿Personal, o de esa Isabel. .. ? - insistió cada vez máa · violento. El joven se irguió frente al viejo juez. - iExijo más respeto para mi prometida! Lanzó la frase con rapideZ y el efecto no se h~ • · rar : tres exclamaciones de asombro se oyeron, casi simulti· neas. Estrada miró con angustia el rostro de Ren6n, ahora impasible y duro, mientras una oleada de cólera ilnpOtente ta· cudía el alto y flaco cuerpo del juez. , - íTu prometida! Y usted, Renón, le re¡ala la cMa · •• todos están de todoe contra ml todos son para perderme. . ' " - Pero, ¿qué dice uatec.l, ti o?· _,interrosó' 110..-briado Al• turo. ,. - ¡Pero no crean que voy a 'qu~anne con loe br.... eN- • aados! taai fuera ·de sí-. Toclot .......- . . . . lado flaco, .y aí, .a ríemeteR yo ........ •, ....... • de acuerdo, hagan lo •que quWatl. , , · ''· . ,. t :t
amigo~,
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·' ., •·i ~Pero: ¿esf!i . l~o ? ~se dijo en voz .alta Arturo, miJ;"ando ya,1 a Jl~t,t.~n~ . Y4 ·: a .,Estrada, quienes permanecían silenciosos, o~servand,o . fa escena. -..-:-:¡Me temo .que todos estemos IOfOS, Arturo, o en carni· '!o-de !4'rlo! -:-0pi~ó Estrada, todavía desconcertado.. ' -,Con permiso de usted~ - Arturo se dirigió a l!l puerta, pero Renón lo detuvo por un .brazo. .,.-¿A dónde .va? · - Es que ... no comprendo . .. ¡quiero.,que mi tío me ex· , ,., . . . pr~que.' . . - Déjelo en paz. Le explicará en o~o ~mentp, si él quiere. . . Le cerró el paso, clavando en el. joven ~li mirada domin:t· dora· y penetrante, mientras Estrada cerraba la puerta que había quedado abierta. ' -Será mejor que me diga lo. que estaba empeñ~do en comunicarme. - agregó Renón- .. ¿A qué ha venido? ¿A anunciarme su compromiso con Isabel, por encargo de ella? -Su tono es muy d~gradable .,-advirtió altanero Arturo. ., - Lo siento, pero no soy capu de uaar otro. . - Yo soy quien · lo siente., Hubiera 'preferido hablar de otra manera. En realidad DO ~O nad.a CODtra uated .. :· pero la actitud de mi tio . • . IIU preeeocia mexplicahle aqUí ... 1 ' -Olvídela, 8u tío Do tiembla más que por sí mismo ; Do hiCbi mú que ~r au8 propioS intereses. . Tiene miedo de q!Je · ualed eepa deinuiado y ~le tiláa de la cuéDta. . . Pero usted no lo trai~iooaría nunca, ¿ verda<t? Es diacréto, ·to bastante diacretó para ba,.ir al extranjero etoquivando la posibilidad de tener que de-clarar contra su único pariente cercano ... - No entiendo lo que dice, señor Renóó ... - No ee moleste en fingir que no entiende. Su tío ha con· feaado plenaJ:Qente para evitar la investigación judicial, y ten· go en mi poder las pruebas de todo cuanto pueda interesarme saber en el turbio asunto que costó la vida a Alfredo San Ró· tniÍD. ¿Sabe su. . . prometida, que usted no ignoraba nada de eiQ'? . .•Arturo vaciló por un instante. Loa, ojos ei!CrutadoreJ de Reaóalo vieron parpadear, confun<lirae, y prosiguió• sin d.arle tiempo a·.~pepsar una reapu. . : ·,· . ~· . ,~,\ · ; ' , 1 ' ~.1 ... t.:, ·J'!l .~ ~· :1~tl.' •. ' 1
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san. - ¡Pero Isabel no sabe nada! . - babel sabe a medias; sabe lo que le dejaron creer, lo ' . que su tío hizo correr de boca en bqca por todo el puebld, ein que usted tuviera el valor· ·de desmentirlo. Lo demás no · lo sa}>e ni ha pensado W!ted jamás en revelánelo, a' pesar de decir que la quiere, a pesar de anunciar pomposamente que es '
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otra vez su prometida . Le volvió la espalda, con desprecio, mientras. Artur.l ha• 1, .'<v:¡ cía esfuerzos para reaccionar.. · · -¡ Yo no a hablarle a.usted de nada de eso!
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muró.-Deede' luego, eso ya lo sé; de es~. . cosas no se babla1>· te disimulan, ee callan, se deja que alguien que no lleve ·fiuel• tro apellido cargue con las culpas ajenas, y luego ·se·,· &eerCil~" '• uno a una mujer desesperada en actitud de héroe. ·•' · - Señor Renón, no permito que me siga báblatado•en ete tono ... Al fin y al cabo, yo no recibí beneficid''alguno¡· ~o denuncié mi tío porque no podía exigíneme ~ue' lo· hiciera. debiéndoselo todo como se lo debía en Peaparté de él, no quise aprov.ecba_rin.'e ·dinero=l ro hab1do. L.o que soy en estos momel).tOl ·lo'· debo a ml trab a mi, esfuerzo, y por mi cobardít.,d.e."en~opcel. ya he .. perdona Isabel. .. • · • ., •• . . . 1 Una irónica , se dibujó eó loe·· lablol cll -Y ella se1\Q·.ha oltoraad .. 6; sreoeroel--· ,, \~ 1 ,lfi,~;r'; '~='•' '( J
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cof)nt'igq, ni . me i'\.teresa; .. ·' '. -Querí~ h!lblarle de Isabel. No me importan !~la bras con que usted me ha bumilládo; ni su actitud áe ira y .d e d~spredo, porque en el fondo comprendo bien los sentimien· tos que lo mueven. Sé que usted la quiere y que eiJa lo re· chaza. - ¿Se lo ha dicho ella? - No, pero no es tan dificil adivinarlo . . . y vine con la esperanza de llegar al corazón de .usted. - Oh, un ataque sentimental . .. - Isabel sufre; esta pugna está minando su salud, desequilibrando sus nervios. Vine a pedirle que se áparte de esto . . . que la deje en paz. - No pienso hacerle ningún daño. Voy a devolverle lo que le pertenece. ·Después me apartaré. No es culpa mía que ' ni ella ni nadie quieran entenderme. Voy a cumplir con mi conciencia, ·y nada más. No··alteraré los nervios de Isabel, sobre todo siendo su prometida, estando dispuesta a casarse con • usted, lo CUIII indica q~e ya np le import9. . . porque si le im· ,. J.orto, y aun así usted. 8e casa , sabi~ndolo; 'prefiero no darle él calificativo. que merece,' ·séñor· .Estevei: : . Y ahora, hemos terminado ... Por favor,'Estráda{acompáñelo .. : y por Dios, ·ft.O, permita que entre"naqie m~. A~ío eStar tranquilo ... ....:...Sí, señora, soy el juéz Esteves. Acabo' de · venir de la eapital y me ha ·bastado verla para·· reconocerla. Es una verda· de~a suerte para usted haberse hospedado en este hotel y que la éasualidad nos haya hecho encontrarnos justamente en es· tos momentos. El juez estaba frente a .Eugenia Grant, quien lo miraba desconfiada e inquieta. Se hallaba en uno de los destartalados salonesd'el hotel, diez minutoS escasos después de abandonar el cuartcuie- Renón de la brusca manera como lo había hecho, cua~ recuerao de aquella mujer vista al pasar puso a su alcance el arma necesaria. . - Leí sus declaraciones a los periódicos de la capit~_--si· guió diciendo-, y sospeché que no ,P9dia usted estar en otra
ldjaha;llcio é.oo-Wa ,...,,.'1' ·,;. ,. ' " , , r ·.· '"~_.:··: ~ -':~ ··..· r -¿Perd .es usted' realme'nte.el jue!t: de1S~~ta l't~la? -in· sistió 'E\igenia, casi desvanecida su detÍconfi'á'DS·;·:~.'~ ~ 1
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-Creo haberle dado ya mÍ tarjeta; pero ~ie ca~ DO me he acercado a usted como juez, sino como amigo..~Quiet9· ayudarla, señora Grant,' su caso me ;nteresa. . -Creí que, por el contrario estaría usted, como todo el pueblo, de parte de Isabel San Ítomán ; aquí todo el mundo tiene simpatías por ella, como si fuera paco el dinero de R~ nón, respaldándola. ~ · -¡Ah! ;.Renón la respalda? -por un instante, la cara . del juez perdió su placidez; después, disimuló su contrarie· dad- : ES interesante el detalle .. .· por otra parte, no me l!>r· prende mucho. . Eugenia Grant se decidió hablar, y . relató al juez E" teves cuant~ había sucedido, y no tuvo empacho en confe· sar que había abandonado a Jua:n Luis y a su hija pol' un amor estúpido, olvidando sus de~~. para arrepentirae déa· pués. En la actualidad era una mujer intachable, que trabajaba y estaba resuelta a todo con tal de recuperar a su hija, no ·obs-. tante que su marido la había entregado a Isabel San Román. Esteves quiso saber si la niña tenía dinero, si se trataba de una rica heredera, pero Eugenia rió, ante la. fregunta ' P,ue'ril: -Podríamos inventar una herencia - insmuó torvo, sou· '' · riendO' levemente-; preparar un escándalo, y amenazar C6n "· él no sólo a Isabel, sino a personas tan interesadas en élla , como Andrés Renón·. . . ,, Eugenia lo miró, sorprendida. · •' .·• -¿Por qué me dice eso? ¿Qué iría usted ganando ai lne
en
a
laa
ayudara? -Quiero ser sincero. Renón y yo tenemos una cueata 1 pendiente; me tiene en sus manos. A él no hay qllien le ata• que, en vano le he bu!IC&do el punto débil, y al fin parece que hemos dado con él. Isabel San Román ea au único puato débil. . . ¡Al heril:' a ella, lo herimos a él! Y una mueca salvaje, de alegria, algo que queria • aDI eonrisa, distendió los labios finos y ·cruelea del J- .,_,., te puso bruacamente de pie. Eugenia lo imitó, ~:
-s; ..u uoled
ru.pueoto. ...............- •
a
tiempo que ~~r·.•. Renón no ee hombN oaD .--... .ano descuidarae; .~ _especialid.d ee Jo illllt':
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, "" ..., ~v 'lu~~: na ·· v~ma,o--usted
actit~des
cof)nt'igq, ni . me i'\.teresa; .. ·' '. -Querí~ h!lblarle de Isabel. No me importan !~la bras con que usted me ha bumilládo; ni su actitud áe ira y .d e d~spredo, porque en el fondo comprendo bien los sentimien· tos que lo mueven. Sé que usted la quiere y que eiJa lo re· chaza. - ¿Se lo ha dicho ella? - No, pero no es tan dificil adivinarlo . . . y vine con la esperanza de llegar al corazón de .usted. - Oh, un ataque sentimental . .. - Isabel sufre; esta pugna está minando su salud, desequilibrando sus nervios. Vine a pedirle que se áparte de esto . . . que la deje en paz. - No pienso hacerle ningún daño. Voy a devolverle lo que le pertenece. ·Después me apartaré. No es culpa mía que ' ni ella ni nadie quieran entenderme. Voy a cumplir con mi conciencia, ·y nada más. No··alteraré los nervios de Isabel, sobre todo siendo su prometida, estando dispuesta a casarse con • usted, lo CUIII indica q~e ya np le import9. . . porque si le im· ,. J.orto, y aun así usted. 8e casa , sabi~ndolo; 'prefiero no darle él calificativo. que merece,' ·séñor· .Estevei: : . Y ahora, hemos terminado ... Por favor,'Estráda{acompáñelo .. : y por Dios, ·ft.O, permita que entre"naqie m~. A~ío eStar tranquilo ... ....:...Sí, señora, soy el juéz Esteves. Acabo' de · venir de la eapital y me ha ·bastado verla para·· reconocerla. Es una verda· de~a suerte para usted haberse hospedado en este hotel y que la éasualidad nos haya hecho encontrarnos justamente en es· tos momentos. El juez estaba frente a .Eugenia Grant, quien lo miraba desconfiada e inquieta. Se hallaba en uno de los destartalados salonesd'el hotel, diez minutoS escasos después de abandonar el cuartcuie- Renón de la brusca manera como lo había hecho, cua~ recuerao de aquella mujer vista al pasar puso a su alcance el arma necesaria. . - Leí sus declaraciones a los periódicos de la capit~_--si· guió diciendo-, y sospeché que no ,P9dia usted estar en otra
ldjaha;llcio é.oo-Wa ,...,,.'1' ·,;. ,. ' " , , r ·.· '"~_.:··: ~ -':~ ··..· r -¿Perd .es usted' realme'nte.el jue!t: de1S~~ta l't~la? -in· sistió 'E\igenia, casi desvanecida su detÍconfi'á'DS·;·:~.'~ ~ 1
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-Creo haberle dado ya mÍ tarjeta; pero ~ie ca~ DO me he acercado a usted como juez, sino como amigo..~Quiet9· ayudarla, señora Grant,' su caso me ;nteresa. . -Creí que, por el contrario estaría usted, como todo el pueblo, de parte de Isabel San Ítomán ; aquí todo el mundo tiene simpatías por ella, como si fuera paco el dinero de R~ nón, respaldándola. ~ · -¡Ah! ;.Renón la respalda? -por un instante, la cara . del juez perdió su placidez; después, disimuló su contrarie· dad- : ES interesante el detalle .. .· por otra parte, no me l!>r· prende mucho. . Eugenia Grant se decidió hablar, y . relató al juez E" teves cuant~ había sucedido, y no tuvo empacho en confe· sar que había abandonado a Jua:n Luis y a su hija pol' un amor estúpido, olvidando sus de~~. para arrepentirae déa· pués. En la actualidad era una mujer intachable, que trabajaba y estaba resuelta a todo con tal de recuperar a su hija, no ·obs-. tante que su marido la había entregado a Isabel San Román. Esteves quiso saber si la niña tenía dinero, si se trataba de una rica heredera, pero Eugenia rió, ante la. fregunta ' P,ue'ril: -Podríamos inventar una herencia - insmuó torvo, sou· '' · riendO' levemente-; preparar un escándalo, y amenazar C6n "· él no sólo a Isabel, sino a personas tan interesadas en élla , como Andrés Renón·. . . ,, Eugenia lo miró, sorprendida. · •' .·• -¿Por qué me dice eso? ¿Qué iría usted ganando ai lne
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ayudara? -Quiero ser sincero. Renón y yo tenemos una cueata 1 pendiente; me tiene en sus manos. A él no hay qllien le ata• que, en vano le he bu!IC&do el punto débil, y al fin parece que hemos dado con él. Isabel San Román ea au único puato débil. . . ¡Al heril:' a ella, lo herimos a él! Y una mueca salvaje, de alegria, algo que queria • aDI eonrisa, distendió los labios finos y ·cruelea del J- .,_,., te puso bruacamente de pie. Eugenia lo imitó, ~:
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..un.
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236
CARIDAD
BRAVO
AD:\MS
trario piensa, ganarle por la mano; dominar siempre, si no puede con la astucia, con la violencia. -¿ Pero cómo vamos nosotros a atacar? --Con testigos que declaren que Isabel San Román se r1c· gó a entregarle a su hija, cuando usted se la pidió por las buenas. -¿Testigos? - repitió atónita Eugenia-, ¿pero cuáles? ¡Yo Do he hablado siquiera con Isabel San Román . . . porque sé perfectamente lo que va a contestarme! -Yo también lo sé; pero es preciso que alguien la oiga, que pueda afirmarlo ante un juez, que en este caso no podrá ser más benévolo para usted¡ porque seré yo mismo. Lo úni· coque tiene que hacer es ir inmediatamente. ¿Sabe dónde está? -Si, he rondado los alrededores desde ayer con la es· peranza de ver a mi hija. - Pues ahora mismo toma usted UD coche de alquiler. -¿Sola? - Eugenia empezaba a animaree. No era mala; pero comprendía que Isabel no le entregaría con facilidad a la niña. --Completamente sola, por supuesto -afirmó Estcvaa·-, y va a hacer lo que yo le diga. De la exactitud con que tl!.'led realice esta primera parte del programa, dependerá la segundA, que está a mi cargo ... Por unos momentos los dos hablaron en voz baja, como si· temieran ser escuchados, después, salieron juntos. Estrada, que estaba asomado a la ventana, los vio y obligó a Renón a asomarse a su vez, alarmado. - ¡Caramba! -exclamó Andrés-. Eugenia Grant... y el juez Esteves, en gran charla, en gran consorcio. Pero, ¿cómo llegó aquí esta mujer? - Detrás de usted, por la noticia en los periódicos. - Naturalmente, no podía ser de otra manera, y ese sal· tamontes de Esteves la había visto entrar al hotel. Esa fue su amenaza velada. Está en mis manos, lo tengo bien cogido, y sin embargo ... Meditó un momento. - Todavía está dispuesto a morder, el muy perro -co• mentó Estrada-. Pero, ¿qué puede tener él que tratar coa Eugenia Grant? Apostaría la cabeza a que va a ayudarla en asunto de Isabel. - Esteves no es capaz de ayudar a nadie. -Para hacer un mal a otro, sí. No la ayudaría
F:L
ENEMIGO
237
m('nte; pero si puede capitalizar lw; ventajas de un ("j!("ftnclalu contra una persona a la que odia ... ya lo creo que ayurla. Los ojos de Andrés brillaron siniestramente. A~re~ó lt>ntu. - ¡Un escándalo! ¡Eso es! Su amenaza no podía ser otra cosa. Sabe que personalmente no puede herirme y tratará el~ herirla a ella ... Pero va a salir le mal el juego ... - ¿ QlJé piensa usted hacer? - interrogó anhelAnte El!l· trada. --Creo que no hay mucho tiempo que perder, Esteba.l. Estoy sep;uro de que procederá inmediatamente, porque me co· noce lo bastante para estar convencido de que a mí no :ne ~a na ninguno que se duerma. . . ¡Pluma, papel, pronto! Se retiró de la ventana que daba al pequeño patio del hotel, donde aún estaban el juez Esteves y Eugenia Grant dis c·utiendo, bien lejos de sospechar que ojos tan interesados los ubservabnn. Pero sólo unos minutos habían bastado a Renón 11ara adivinar, para comprender, para formar a su vez un plan de defensa. Estrada fue tras él y le entregó lo que pedía, aun cuando 110 comprendía lo que Renón pensaba hacer. - Va usted a ir inmediatamente a ver al alcalde con unas lineas mías -explicó rápido Andrés-. En ellas le ruego que ••l~an juntos para la Dirección General de Policia, adonde ya luthré llevado yo al juez ... -¿ Cómo ... ? - Estrada estaba atónito, más confundido 111111
Voy a detenerlo en seguida, apenas quede solo, y antes tlr •rue salga del hotel. Pero no estamos seguros ... - insinuó Esteban. Con un pillo como él puede estaree siempre seguro de ltllí lnfall)ia, y no hay duda de que alguna traman contra Isa· hPI1 ¡w·ro caerán en sus propias redes . .. ;, Va usted a defenderla? Claro está. ¿Lo duda? En la batalla entre ella y yo nada """'' •¡ue ver los extraños, y el juez Esteves va muy pronto IIVI"IIt~rse ... N"ntó y escribió precipitadamente. Estrada babia vuel· 1 lí vrnlana a tiempo de ver a Eugenia Grant cruzar bajo lfCu• del patio para salir, así como también al juez, dea· .&. 1leapedirse sonriendo. Advirtió a Renón lo que sucedía. rró rl sobre y se puso de pie, murmurando.
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CARIDAD
BRAVO
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trario piensa, ganarle por la mano; dominar siempre, si no puede con la astucia, con la violencia. -¿ Pero cómo vamos nosotros a atacar? --Con testigos que declaren que Isabel San Román se r1c· gó a entregarle a su hija, cuando usted se la pidió por las buenas. -¿Testigos? - repitió atónita Eugenia-, ¿pero cuáles? ¡Yo Do he hablado siquiera con Isabel San Román . . . porque sé perfectamente lo que va a contestarme! -Yo también lo sé; pero es preciso que alguien la oiga, que pueda afirmarlo ante un juez, que en este caso no podrá ser más benévolo para usted¡ porque seré yo mismo. Lo úni· coque tiene que hacer es ir inmediatamente. ¿Sabe dónde está? -Si, he rondado los alrededores desde ayer con la es· peranza de ver a mi hija. - Pues ahora mismo toma usted UD coche de alquiler. -¿Sola? - Eugenia empezaba a animaree. No era mala; pero comprendía que Isabel no le entregaría con facilidad a la niña. --Completamente sola, por supuesto -afirmó Estcvaa·-, y va a hacer lo que yo le diga. De la exactitud con que tl!.'led realice esta primera parte del programa, dependerá la segundA, que está a mi cargo ... Por unos momentos los dos hablaron en voz baja, como si· temieran ser escuchados, después, salieron juntos. Estrada, que estaba asomado a la ventana, los vio y obligó a Renón a asomarse a su vez, alarmado. - ¡Caramba! -exclamó Andrés-. Eugenia Grant... y el juez Esteves, en gran charla, en gran consorcio. Pero, ¿cómo llegó aquí esta mujer? - Detrás de usted, por la noticia en los periódicos. - Naturalmente, no podía ser de otra manera, y ese sal· tamontes de Esteves la había visto entrar al hotel. Esa fue su amenaza velada. Está en mis manos, lo tengo bien cogido, y sin embargo ... Meditó un momento. - Todavía está dispuesto a morder, el muy perro -co• mentó Estrada-. Pero, ¿qué puede tener él que tratar coa Eugenia Grant? Apostaría la cabeza a que va a ayudarla en asunto de Isabel. - Esteves no es capaz de ayudar a nadie. -Para hacer un mal a otro, sí. No la ayudaría
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m('nte; pero si puede capitalizar lw; ventajas de un ("j!("ftnclalu contra una persona a la que odia ... ya lo creo que ayurla. Los ojos de Andrés brillaron siniestramente. A~re~ó lt>ntu. - ¡Un escándalo! ¡Eso es! Su amenaza no podía ser otra cosa. Sabe que personalmente no puede herirme y tratará el~ herirla a ella ... Pero va a salir le mal el juego ... - ¿ QlJé piensa usted hacer? - interrogó anhelAnte El!l· trada. --Creo que no hay mucho tiempo que perder, Esteba.l. Estoy sep;uro de que procederá inmediatamente, porque me co· noce lo bastante para estar convencido de que a mí no :ne ~a na ninguno que se duerma. . . ¡Pluma, papel, pronto! Se retiró de la ventana que daba al pequeño patio del hotel, donde aún estaban el juez Esteves y Eugenia Grant dis c·utiendo, bien lejos de sospechar que ojos tan interesados los ubservabnn. Pero sólo unos minutos habían bastado a Renón 11ara adivinar, para comprender, para formar a su vez un plan de defensa. Estrada fue tras él y le entregó lo que pedía, aun cuando 110 comprendía lo que Renón pensaba hacer. - Va usted a ir inmediatamente a ver al alcalde con unas lineas mías -explicó rápido Andrés-. En ellas le ruego que ••l~an juntos para la Dirección General de Policia, adonde ya luthré llevado yo al juez ... -¿ Cómo ... ? - Estrada estaba atónito, más confundido 111111
Voy a detenerlo en seguida, apenas quede solo, y antes tlr •rue salga del hotel. Pero no estamos seguros ... - insinuó Esteban. Con un pillo como él puede estaree siempre seguro de ltllí lnfall)ia, y no hay duda de que alguna traman contra Isa· hPI1 ¡w·ro caerán en sus propias redes . .. ;, Va usted a defenderla? Claro está. ¿Lo duda? En la batalla entre ella y yo nada """'' •¡ue ver los extraños, y el juez Esteves va muy pronto IIVI"IIt~rse ... N"ntó y escribió precipitadamente. Estrada babia vuel· 1 lí vrnlana a tiempo de ver a Eugenia Grant cruzar bajo lfCu• del patio para salir, así como también al juez, dea· .&. 1leapedirse sonriendo. Advirtió a Renón lo que sucedía. rró rl sobre y se puso de pie, murmurando.
23a CAJ.ltDAl)
111tAVO
ADA~fS F.L
- ¡La última canallada del juez Estevcs! Juliana se empeñaba en que Isabel comiera algo. Apenas había tomado una poca de leche en la rnaiiana, y un tazón ele caldo al mediodía; pero Isabel no estaba dispuesta a complace•·la. Parecía obsesionada con una idea fija, y en lugar de acep. lar el ofrecimiento de la vieja, preguntó: - ¿No ha vuelto Arturo? - No, y es bastante raro. Aunque esta mañana no quisis· te recibirlo y tuve que decirle que estabas mal, pensará que vale que no te moleste. El pobre muchacho no puede ser más bueno. más - ;Lo sé, Juliana! - ¿Y por qué no te alegras pensando en que vas a c-asar. te con él? - La buena mujer sonrió, rna.lic iosa.
- ¿Casarme con él? -dijo asombrada Isabel- . ¿Quién dijo semejante cosa? - i Ah, caramba J ¿Ahora te haces de nue•·as? j Pues CS· tamos freacas! ¿Quién podía decírmelo sino él mismo después de hablar contigo y de lograr que al fin consintieras en ha· cerio dichoso y eo cambiar un poco esta triste vida que llevas? ¿Lo 'afirmó? ¿Lo dio por seguro? - preguntó vivamente la -joven. - ¡Naturalmente! ¿Por qué había de ocultarme una noticia que me ha dado tanta alegría? ; Hizo bien! - ;}lizo mal! -.:orrigió Isabel con violencia-. Porque yo no había respondido aún. Le dije que lo pensaría. lfizo n.al, y lo sabe; por eso no ha venido, por eso no ha vuelto. vieja.- ¿Ibas a decirle que no? - interrogó descontenta la - Ay, Juliana, la verdad es que no lo sé ••• - ¡ l!ues él te quiso y te ha querido siempre. . . te quiere mucho ahora todavía. . . su único incotweniente era ser se> brino del jue-• y la poca simpatio que babia entre tú y él! - Ese era el inconveniente entonces, Juliana; el de hoy c. más grave: no lo quiero, no lo querré nunca, lo sé perfecto· mente. Juliana suspiró con ll"isteza.
Enno ese oirás-que ....;aso, fue un falso alegrón;
ENEMICO
2:1'1
- Tal vez. Hay algo a lo que no puede hacerse trakiim. y es al verdadero sentimiento~ Juliana ... al corazón. - Hummm ... esas tenemos .. . ¡no me habías dicho na
da!
•
- Ni a mi misma quisiera tener que decirroelo, te lo juro.
Podré alejarme de él, gritarle que lo aborrezco, eoconderme, huir. . . tratado como a un enemigo, pero traicionar el son!itniento que me inspira, no ... no puedo. fingir afecto a otro cuando a él Jo adoro, rne repugnaría . .. Juliana la escuchaba, maravillada.
- ¿Te est"s acaso refiriendo a . . . ? ¿Al que compró la casa de tu padre? - preguntó ansioso-. ¿Al que dedas que despreciaba a tu padre? - No ~ si es cierto; sólo sé que algo terrible pasó e11tre los dos, pero Renón oculta la verdad y no deja que Estrada rne la diga ... EJ:ige que Jo quiera por encima de mis Sc!otimie.ntos, por encima de mi lealtad y de mi respeto 1l mi pa. dre; quiere atarme a su voluntad siempre tciunfante y yo pre· fiero morirme antes que caer . ..
-
¿Pero lo quieres? ¡Con toda mi alma .. . ! ¿Y él a ti? A su manera . . . sí . . .
- ¡Cararnba, pues con caracteres tan parecidos, !Será di. (icil que se entiendan . .. se parecen roucho~ sí, y . .. ! lsa.beJ la interrumpió, atónita. - ¿Yo parecida a él, Juliana?
- ¡Más de lo que crees, hijita! Una vocecita infantil gritó, a lo lejos:
- ¡Mamá, mamila!
Alannada, Isabel se puso de pie, Juliana la imitó. - ¿Qué sucede a Maria Eugenia? ~clamó la joven dio·
)•uniéndose a correr par¡¡ ir en boSCB de la chiquilla, pero ya Ucgaba sofocada, con el terror pintado en su lindo rostro .1, muñeca.
• 11l a
¡ Mamita. . . la señora. . . la señora del velo! - gritó ""' II Rda, abrauíndose a las faldas de Isabel, quien no com.
j••n11ha su espanto.
¿De quiéo babias, hijita?
Oe ella, la vi esta mañana, la vi ayer ... quiso cogerme lllll•u,o .. . llevarme con ella; pero yo no quiero, tna.mita ...
Juliano explicó lo que sabía. Una mujer babia rondado la
...
23a CAJ.ltDAl)
111tAVO
ADA~fS F.L
- ¡La última canallada del juez Estevcs! Juliana se empeñaba en que Isabel comiera algo. Apenas había tomado una poca de leche en la rnaiiana, y un tazón ele caldo al mediodía; pero Isabel no estaba dispuesta a complace•·la. Parecía obsesionada con una idea fija, y en lugar de acep. lar el ofrecimiento de la vieja, preguntó: - ¿No ha vuelto Arturo? - No, y es bastante raro. Aunque esta mañana no quisis· te recibirlo y tuve que decirle que estabas mal, pensará que vale que no te moleste. El pobre muchacho no puede ser más bueno. más - ;Lo sé, Juliana! - ¿Y por qué no te alegras pensando en que vas a c-asar. te con él? - La buena mujer sonrió, rna.lic iosa.
- ¿Casarme con él? -dijo asombrada Isabel- . ¿Quién dijo semejante cosa? - i Ah, caramba J ¿Ahora te haces de nue•·as? j Pues CS· tamos freacas! ¿Quién podía decírmelo sino él mismo después de hablar contigo y de lograr que al fin consintieras en ha· cerio dichoso y eo cambiar un poco esta triste vida que llevas? ¿Lo 'afirmó? ¿Lo dio por seguro? - preguntó vivamente la -joven. - ¡Naturalmente! ¿Por qué había de ocultarme una noticia que me ha dado tanta alegría? ; Hizo bien! - ;}lizo mal! -.:orrigió Isabel con violencia-. Porque yo no había respondido aún. Le dije que lo pensaría. lfizo n.al, y lo sabe; por eso no ha venido, por eso no ha vuelto. vieja.- ¿Ibas a decirle que no? - interrogó descontenta la - Ay, Juliana, la verdad es que no lo sé ••• - ¡ l!ues él te quiso y te ha querido siempre. . . te quiere mucho ahora todavía. . . su único incotweniente era ser se> brino del jue-• y la poca simpatio que babia entre tú y él! - Ese era el inconveniente entonces, Juliana; el de hoy c. más grave: no lo quiero, no lo querré nunca, lo sé perfecto· mente. Juliana suspiró con ll"isteza.
Enno ese oirás-que ....;aso, fue un falso alegrón;
ENEMICO
2:1'1
- Tal vez. Hay algo a lo que no puede hacerse trakiim. y es al verdadero sentimiento~ Juliana ... al corazón. - Hummm ... esas tenemos .. . ¡no me habías dicho na
da!
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- Ni a mi misma quisiera tener que decirroelo, te lo juro.
Podré alejarme de él, gritarle que lo aborrezco, eoconderme, huir. . . tratado como a un enemigo, pero traicionar el son!itniento que me inspira, no ... no puedo. fingir afecto a otro cuando a él Jo adoro, rne repugnaría . .. Juliana la escuchaba, maravillada.
- ¿Te est"s acaso refiriendo a . . . ? ¿Al que compró la casa de tu padre? - preguntó ansioso-. ¿Al que dedas que despreciaba a tu padre? - No ~ si es cierto; sólo sé que algo terrible pasó e11tre los dos, pero Renón oculta la verdad y no deja que Estrada rne la diga ... EJ:ige que Jo quiera por encima de mis Sc!otimie.ntos, por encima de mi lealtad y de mi respeto 1l mi pa. dre; quiere atarme a su voluntad siempre tciunfante y yo pre· fiero morirme antes que caer . ..
-
¿Pero lo quieres? ¡Con toda mi alma .. . ! ¿Y él a ti? A su manera . . . sí . . .
- ¡Cararnba, pues con caracteres tan parecidos, !Será di. (icil que se entiendan . .. se parecen roucho~ sí, y . .. ! lsa.beJ la interrumpió, atónita. - ¿Yo parecida a él, Juliana?
- ¡Más de lo que crees, hijita! Una vocecita infantil gritó, a lo lejos:
- ¡Mamá, mamila!
Alannada, Isabel se puso de pie, Juliana la imitó. - ¿Qué sucede a Maria Eugenia? ~clamó la joven dio·
)•uniéndose a correr par¡¡ ir en boSCB de la chiquilla, pero ya Ucgaba sofocada, con el terror pintado en su lindo rostro .1, muñeca.
• 11l a
¡ Mamita. . . la señora. . . la señora del velo! - gritó ""' II Rda, abrauíndose a las faldas de Isabel, quien no com.
j••n11ha su espanto.
¿De quiéo babias, hijita?
Oe ella, la vi esta mañana, la vi ayer ... quiso cogerme lllll•u,o .. . llevarme con ella; pero yo no quiero, tna.mita ...
Juliano explicó lo que sabía. Una mujer babia rondado la
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
-
casa, ella la bahía visto, sin comprender el motivo de su espionaje. Ahora comprendía que la causa era María Eugenia. Isabel se molestó. Debía haberle dicho lo que sucedía. Mientras diecutían, unos pasos se dejaron oír. Eugenia Grant, aprovechando que la niña había dejado abierta la puerta, entró tras ella, después de una ligera vacilación, y se enfrentó a Isabel. --Soy la madre de María Eugenia -dijo con violencia-. Su verdadera madre, y vengo por ella. La niña, que se había refugiado en los brazos de Isabel, la que volvió a sentarse, alzó la temblorosa cabeza al escuchar las palabras que dijera la desconocida, quien tanto mierl•1 le había causado. Isabel la obligó a ponerse de pie, y ella fue hacia Eugenia. Esta, altiva, aconsejada por Esteves, representaba su papel con aplomo y facilidad. -Si ha esquivado usted la ley, si ha huido de mis reclamaciones legales -exclamó--, ahora no podrá seguir ~ul tándose, ni escondiéndose. He dado con su madriguer3, y me llevaré a mi hija en el acto. -¡ Pero usted está loca, señora! - protestó Isabel, sorprendida y ofendida por el tono usado por la otra. -¿ Loca porque reclamo mis derechos? ¿Porque quiero a mi hija, que es mía y no de usted, aunque canallescamente la obligue a darle un nombre que no le pertenece? -¡ Pero ... no entiendo nada! ¿Quién es usted? Eugenia había retrocedido hacia la puerta alzando la voz, esperando ver llegar a los testigos preparados por el juez Esteves, aprovechando el momento de espanto, de desconcierto, que su aparición y sus palabras habían ejercido sobre Isabel y Juliana. -¡Si no quiere darme a mi hija la llevaré ante el juez, presentaré testigos! Isabel reaccionó con esfuerzo. -¿Por qué grita de esa manera? ¿Por qué se conduce como una loca ? Yo no le he negado nada, yo no sé nada, yo no la he visto jamás en mi vida, hasta este momento. . . apeo nas sabía que existía . .. Isabel también había ido hasta la puerta. Una alta gura varonil se acercaba entre los toscos pilares del -¡Voy a acusarla de secuestro! -seguía gritando nia-. Tengo testigos de que usted se niega a ,.nt.--• ..a mi hija. -¿Test~gos? - repitió asombrada Isabel.
EL
II:PfEV:ICO
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Su mirada se volvió, con más ira que e.panto, h~i:a el hombre que se aproximaba a ella. Un dolor hondo, que 11e desbordó en ironía, la invadió, serenándola, infiltrúdole una nueva amargura. -¿ De modo que el señor Renón es su teetigo contra ml? - interrogó. Eugenia, aterrada, se volvió. Andrés había llegado balta la puerta. - Debí suponer que iba usted a pensar así, Isabel -dijo con calma-. Ya que no hay infamia que no me suponga ca· paz de cometer. - ¡El señor Renón! -murmuró Eugenia, retrocediendo, como si hubiera visto a un fantasma. -Sí, sí señora - afirmó Andrés, clavando en Eugenia unos ojos acusadores--, yo vengo en lugar de sus cómplices. Hágame el favor de repetir en voz bien alta que a mí, lo que es a mí, no me esperaba usted. Sonrió, amargamente. María Eugenia, más aterrada que nunca, estaba ahora en los brazos de Juliana, que en silencio la acogieron; y la alta figura cubría toda la puerta cerrando el paso a las dos mujeres, igualmente desconcertadas, ya que ninguna de las dos sabía lo que sucedía. Andrés, sereno e iróni· co a su vez, interrogó a Isabel. -¿No conocía usted a la madre de Maria Eugenia? -¿Pero ... lo es realmente? -preguntó ella, en lugar de contestar. -Sí, es la viuda de su amigo Juan Luis López. La única a quien la naturaleza le ha dado el derecho de oir de labios de esa niña la palabra tan dulce que me hirió una vez tan cruelmente. Si por su conducta lo mereciera, hubiera podido ronservar ese derecho. . . si no fuera acreedora a todo el clesprecio de las gentes honradas. Eugenia, atónita, lo escuchaba. -No me refiero a su pasado - agregó rápido André&--, c1ue a nadie importa, sino a su torpe alianza con el juez Falcvts, para dar un escándalo a la señorita San Román. 1 Isabel Jo miró, empezando a comprender. Eugenia se ha· lti• cubierto el rostro con las manos, se tambaleó, herid11, 1vrrgonzada, confusa, mientras en el corazón de la otra te lhria como una flor, la compasión. Se dirigió a Juliaua, quiea en silencio a la ~onversación, y dijo:
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
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casa, ella la bahía visto, sin comprender el motivo de su espionaje. Ahora comprendía que la causa era María Eugenia. Isabel se molestó. Debía haberle dicho lo que sucedía. Mientras diecutían, unos pasos se dejaron oír. Eugenia Grant, aprovechando que la niña había dejado abierta la puerta, entró tras ella, después de una ligera vacilación, y se enfrentó a Isabel. --Soy la madre de María Eugenia -dijo con violencia-. Su verdadera madre, y vengo por ella. La niña, que se había refugiado en los brazos de Isabel, la que volvió a sentarse, alzó la temblorosa cabeza al escuchar las palabras que dijera la desconocida, quien tanto mierl•1 le había causado. Isabel la obligó a ponerse de pie, y ella fue hacia Eugenia. Esta, altiva, aconsejada por Esteves, representaba su papel con aplomo y facilidad. -Si ha esquivado usted la ley, si ha huido de mis reclamaciones legales -exclamó--, ahora no podrá seguir ~ul tándose, ni escondiéndose. He dado con su madriguer3, y me llevaré a mi hija en el acto. -¡ Pero usted está loca, señora! - protestó Isabel, sorprendida y ofendida por el tono usado por la otra. -¿ Loca porque reclamo mis derechos? ¿Porque quiero a mi hija, que es mía y no de usted, aunque canallescamente la obligue a darle un nombre que no le pertenece? -¡ Pero ... no entiendo nada! ¿Quién es usted? Eugenia había retrocedido hacia la puerta alzando la voz, esperando ver llegar a los testigos preparados por el juez Esteves, aprovechando el momento de espanto, de desconcierto, que su aparición y sus palabras habían ejercido sobre Isabel y Juliana. -¡Si no quiere darme a mi hija la llevaré ante el juez, presentaré testigos! Isabel reaccionó con esfuerzo. -¿Por qué grita de esa manera? ¿Por qué se conduce como una loca ? Yo no le he negado nada, yo no sé nada, yo no la he visto jamás en mi vida, hasta este momento. . . apeo nas sabía que existía . .. Isabel también había ido hasta la puerta. Una alta gura varonil se acercaba entre los toscos pilares del -¡Voy a acusarla de secuestro! -seguía gritando nia-. Tengo testigos de que usted se niega a ,.nt.--• ..a mi hija. -¿Test~gos? - repitió asombrada Isabel.
EL
II:PfEV:ICO
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Su mirada se volvió, con más ira que e.panto, h~i:a el hombre que se aproximaba a ella. Un dolor hondo, que 11e desbordó en ironía, la invadió, serenándola, infiltrúdole una nueva amargura. -¿ De modo que el señor Renón es su teetigo contra ml? - interrogó. Eugenia, aterrada, se volvió. Andrés había llegado balta la puerta. - Debí suponer que iba usted a pensar así, Isabel -dijo con calma-. Ya que no hay infamia que no me suponga ca· paz de cometer. - ¡El señor Renón! -murmuró Eugenia, retrocediendo, como si hubiera visto a un fantasma. -Sí, sí señora - afirmó Andrés, clavando en Eugenia unos ojos acusadores--, yo vengo en lugar de sus cómplices. Hágame el favor de repetir en voz bien alta que a mí, lo que es a mí, no me esperaba usted. Sonrió, amargamente. María Eugenia, más aterrada que nunca, estaba ahora en los brazos de Juliana, que en silencio la acogieron; y la alta figura cubría toda la puerta cerrando el paso a las dos mujeres, igualmente desconcertadas, ya que ninguna de las dos sabía lo que sucedía. Andrés, sereno e iróni· co a su vez, interrogó a Isabel. -¿No conocía usted a la madre de Maria Eugenia? -¿Pero ... lo es realmente? -preguntó ella, en lugar de contestar. -Sí, es la viuda de su amigo Juan Luis López. La única a quien la naturaleza le ha dado el derecho de oir de labios de esa niña la palabra tan dulce que me hirió una vez tan cruelmente. Si por su conducta lo mereciera, hubiera podido ronservar ese derecho. . . si no fuera acreedora a todo el clesprecio de las gentes honradas. Eugenia, atónita, lo escuchaba. -No me refiero a su pasado - agregó rápido André&--, c1ue a nadie importa, sino a su torpe alianza con el juez Falcvts, para dar un escándalo a la señorita San Román. 1 Isabel Jo miró, empezando a comprender. Eugenia se ha· lti• cubierto el rostro con las manos, se tambaleó, herid11, 1vrrgonzada, confusa, mientras en el corazón de la otra te lhria como una flor, la compasión. Se dirigió a Juliaua, quiea en silencio a la ~onversación, y dijo:
242
CARIOAD
BRAVO
A()A.MS
-jUévate a la niñt4 Juliana, ella no tiene por qué es· cuchar esto! Juliana obedeció, y Maria Eugenia, después de lanzar una última mirada aterrada a su madre, se dejó llevar. Cuando
dcs.aparecieron, Isabel, súbitamente serena, se volvió hacia Eugenia Grant. -Creo que ahora podremos entendemO$, o por lo me· nos, entender yo algo de lo que pasa, porque apenas com· prendo. Eugenia titubeó, mirando a todas partes. -¡No busque a sus testigo$! -advirtió Andrés-. No han venido, ni vendrán. En cuanto al juez Esteves, ya lo he dejado en &itio bien seguro para que no pueda repetir sus hazañas, ni echar más veneno sobre lO$ corazones confiados.
lsabcllo e.cuchaba, estupefacta. - ¡El juez Esteves! ¿Pero. . . está en el pueblo? -¡Pregúntelo a la señor' Grant, Isabel. .. ! Pero Eugenia no hubiera podido contestar. Estalló en soUo•c>8. -¡No llore usted! -dijo brusco Andrés-. Es muy có· modo arreglar con llanto todas las iofam.ias que se <:ometen.
Ya ha visto usted a su hija. Ya sabe cómo está al ladu Je la mujer que desinteresadamente ha sabido ser para ell• la mejor de las madres, la mujer para quien no ha tenido usted una palabra de gratitud. . . Ahora, salga de aquí, aléjese y agradezca que la deje irse sin llevarla adonde está su cóm·
plice, que es lo que merecería . .. Eugenia, con los ojos llenos de lágrimas, recorrió la es· tancia; se cla\·aron dolorosamente en Is.abel, quien se estremeció, pero Renón evitó que se compadeciera. - ¡Estrada! -Uamó alzando la voz. El fiel aervidor es dejó ver, acercándose. - Le ruego que acompañe a la aeñora Grant. .. Vaya en mi auto -prosiguió casi amabl~; no queremos de usted más que una declaración. Si se niega, bueno. . . - su tono eambió de pronto, haciéndose duro--, entonces irá acusada como cóm· plice en el intento de estafa del juez Esteves contra la aeño·
rita San Román ... -Oh. . . Dios mio ... - gimió Eugenia. -Señora Grant, yo quisiera ... -empezó Isabel; pero Renón cortó.
EL
ENl:.MICO
2·~!
-Le hablará usted eo otra ocasión, si guela. Ahon rl alcalde nos espeta. . . ¡en marcha, señora! Eugenia no intentó oponerse y siguió a Estrada. Andrc·" miró a Isabel, y ella, aoaiosa, interrogó: - ¿Pero, qué es esto? ¿El juez Esteves pretendía ... ? -EnvQiverla en un escám.Jalo, sL .. herirla, con la pr~,• tCl'lsión (le herirme a roí . .. .Menos usted~ todo el mundo &al..t' hasta qué punto me hieren al herirla, Isabel. - ¡Andrés ! --el nornbre escapó de sus labios, con fu vehemencia de antes. Por un instante, los ojos del hombre bri· Jlaron apasionados.
- ¡Cosas de la vida! -dijo dando un paao hacia la puerta. - ¿Pero quiere usted explicarme? - pidió ella, anhelan· te-. Neecsito saber ... - Odio ras ekplicaciones. Buen111; tardes. - No. . . no, dígame. . . i bable, hable por fin! - gritó cUa corriendo tras éJt sin poder alcamarlo. Andrés llegó a Ja pequeña carretera donde dejara su auto,
y subió a él sin querer oirla, sin esperarla, ein que su voz ni su angu¡stia lo detuvieran. El auto se alejó raudo como una flecha. Isabel dio unos pasos tras él, y se detuvo como abrumada; luego, u.n rayo de Juz penetró en su cerebro.
-El juez Esteves . .. me odia ... es mi enemigo ... pero, ¿por qué? Acaso él. . . ¡Oh, tengo aue aaber! - Y sin avisar sitJUÍera a JuJiana, marchó rápidamente a pie, por la carretera, rumbo al pueblo. Caminaba como impelida por Ulla extTaña fuerza cuando
Arturo Esteves le salió al paso, cerrándoselo; pero Isabel Jo es<¡uivó, y Iue en vano que el joven la siguiera, y que la com.·ersación se desarrollara casi a gritos, uno detrás de Jn olra. Arturo se sentía despechado y furioso, comprendiendc• que lsabel iba ul pueblo en busca de Renón; ella oo lo n1·
gaba.
- ¿Por qué tne hablas como si me odiara~? tó Arturo.
}Uq..(tlfl
-¡Si es verdad Jo que pienso, tengo motivo~ ti(• fttln,. para odiarte!
-¡Isabel! ¿Quién te ha dicho? ---exclamó iruplutirnh
Arturo.
- Luego, lo sabías...
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BRAVO
A()A.MS
-jUévate a la niñt4 Juliana, ella no tiene por qué es· cuchar esto! Juliana obedeció, y Maria Eugenia, después de lanzar una última mirada aterrada a su madre, se dejó llevar. Cuando
dcs.aparecieron, Isabel, súbitamente serena, se volvió hacia Eugenia Grant. -Creo que ahora podremos entendemO$, o por lo me· nos, entender yo algo de lo que pasa, porque apenas com· prendo. Eugenia titubeó, mirando a todas partes. -¡No busque a sus testigo$! -advirtió Andrés-. No han venido, ni vendrán. En cuanto al juez Esteves, ya lo he dejado en &itio bien seguro para que no pueda repetir sus hazañas, ni echar más veneno sobre lO$ corazones confiados.
lsabcllo e.cuchaba, estupefacta. - ¡El juez Esteves! ¿Pero. . . está en el pueblo? -¡Pregúntelo a la señor' Grant, Isabel. .. ! Pero Eugenia no hubiera podido contestar. Estalló en soUo•c>8. -¡No llore usted! -dijo brusco Andrés-. Es muy có· modo arreglar con llanto todas las iofam.ias que se <:ometen.
Ya ha visto usted a su hija. Ya sabe cómo está al ladu Je la mujer que desinteresadamente ha sabido ser para ell• la mejor de las madres, la mujer para quien no ha tenido usted una palabra de gratitud. . . Ahora, salga de aquí, aléjese y agradezca que la deje irse sin llevarla adonde está su cóm·
plice, que es lo que merecería . .. Eugenia, con los ojos llenos de lágrimas, recorrió la es· tancia; se cla\·aron dolorosamente en Is.abel, quien se estremeció, pero Renón evitó que se compadeciera. - ¡Estrada! -Uamó alzando la voz. El fiel aervidor es dejó ver, acercándose. - Le ruego que acompañe a la aeñora Grant. .. Vaya en mi auto -prosiguió casi amabl~; no queremos de usted más que una declaración. Si se niega, bueno. . . - su tono eambió de pronto, haciéndose duro--, entonces irá acusada como cóm· plice en el intento de estafa del juez Esteves contra la aeño·
rita San Román ... -Oh. . . Dios mio ... - gimió Eugenia. -Señora Grant, yo quisiera ... -empezó Isabel; pero Renón cortó.
EL
ENl:.MICO
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-Le hablará usted eo otra ocasión, si guela. Ahon rl alcalde nos espeta. . . ¡en marcha, señora! Eugenia no intentó oponerse y siguió a Estrada. Andrc·" miró a Isabel, y ella, aoaiosa, interrogó: - ¿Pero, qué es esto? ¿El juez Esteves pretendía ... ? -EnvQiverla en un escám.Jalo, sL .. herirla, con la pr~,• tCl'lsión (le herirme a roí . .. .Menos usted~ todo el mundo &al..t' hasta qué punto me hieren al herirla, Isabel. - ¡Andrés ! --el nornbre escapó de sus labios, con fu vehemencia de antes. Por un instante, los ojos del hombre bri· Jlaron apasionados.
- ¡Cosas de la vida! -dijo dando un paao hacia la puerta. - ¿Pero quiere usted explicarme? - pidió ella, anhelan· te-. Neecsito saber ... - Odio ras ekplicaciones. Buen111; tardes. - No. . . no, dígame. . . i bable, hable por fin! - gritó cUa corriendo tras éJt sin poder alcamarlo. Andrés llegó a Ja pequeña carretera donde dejara su auto,
y subió a él sin querer oirla, sin esperarla, ein que su voz ni su angu¡stia lo detuvieran. El auto se alejó raudo como una flecha. Isabel dio unos pasos tras él, y se detuvo como abrumada; luego, u.n rayo de Juz penetró en su cerebro.
-El juez Esteves . .. me odia ... es mi enemigo ... pero, ¿por qué? Acaso él. . . ¡Oh, tengo aue aaber! - Y sin avisar sitJUÍera a JuJiana, marchó rápidamente a pie, por la carretera, rumbo al pueblo. Caminaba como impelida por Ulla extTaña fuerza cuando
Arturo Esteves le salió al paso, cerrándoselo; pero Isabel Jo es<¡uivó, y Iue en vano que el joven la siguiera, y que la com.·ersación se desarrollara casi a gritos, uno detrás de Jn olra. Arturo se sentía despechado y furioso, comprendiendc• que lsabel iba ul pueblo en busca de Renón; ella oo lo n1·
gaba.
- ¿Por qué tne hablas como si me odiara~? tó Arturo.
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-¡Si es verdad Jo que pienso, tengo motivo~ ti(• fttln,. para odiarte!
-¡Isabel! ¿Quién te ha dicho? ---exclamó iruplutirnh
Arturo.
- Luego, lo sabías...
244
CARIDAD
BRAVO
ADil'MS
Isabel se detuvo de pronto y se enfrentó al joven, que jadeante estuvo a su lado en un instante. - Tú sabías. . . -acusó ella- . Tú sabes, ¡acaso desde hace tres años, y has callado, y me has visto agonizar y morir de pena, y acusar a un inocente, y sin embargo, has seguido callando y hablándome de amor, fingiéndome amor! - ¡No, no finjo, sabes que te quiero! -¡Pero como antes, te quieres más a tí mismo! ¡Has preferido ocultarte en el silencio, el silencio que protege tu nombre, que protege a los tuyos, antes de ~ conmigo leal, recto, sincero! - ¡He roto con mi tío; no aceptaría ni un centavo de su dinero aunque me nombrase su heredero! No tengo la culpa de sus errores; he venido a ofrecerte un nombre y un cora· zón limpios y honrados, porque quiero que seas mi esposa. - Encuentras para todo disculpa, Arturo . . . Pero, ¿no comprendes que no sólo se es honrado no robando dinero? Ibas a dejarme ser injusta con un hombre tpdo nobleza ... -¿Te refieres a Renón? -Sí, a él. . . sabes que es digno y recto, que no fue él quien arruinó a mi padre; si tienes todavía un resto de hon· radez, habla ... dime todo ... -Bien, si así lo deseas, te lo diré todo . .. Isabel se apoyó contra un árbol, buscando un sostén y quedó tensa, inmóvil, al borde de la carretera, dispuesta y anhelante, a oír aquella verdad que sabía perseguido inútil· mente; la verdad callada por Esteban Estrada, oculta por Renón; la verdad que llegó al fin dicha por Arturo. Explicó a Isabel que su tío y Alfredo San Román eran socios; puso ante sus ojos, lo más claramente que pudo, el complicado problema del ganado, de la Compañía General de Alimentos, que estaba sin que él mismo lo supiera hasta hacía poco, bajo el control de Renón ; habló sobre la estafa que, según todas las apariencias, cometía San Román cuando era el juez Esteves quien compraba y vendía las reses enfer· mas. Isabel lo escuchaba y había instantes en que su corazón parecía querer detenerse. Arturo proseguía, lento, avergonzado. El juez salió del pueblo y azuzó contra San Román a sus acreedores; quería que no tuviera tiempo de defenderse, porque ya Alfredo conocía el tráfico infame que se hacía en su nombre. El quiao
E' L
E N E M 1C O
245 explicar. ..todo a Renón; pero no tuvo tiempo tampoco p11ra hacerlo - ¡Me doy cuenta! - murmuró al fin Isabel con voz eom. bría-. ¡Todo está demasiado claro! Renón tenía que creer culpable a mi padre, lo consideraba un estafador, un ladrón sin escrúpulos y no quiso decírmelo. No qüiso herirme con esa horrible afrenta. Tuvo piedad de mi. . . piedad mientras yo lo insultaba y lo ofendía. . . ¡qué necia he sido! ¿Cómo pude estar tan ciega? ¡Por eso callaba, por eso prohibió a Estrada que hablara! Arturo la contemplaba, dándose cuenta de que la perdía por completo. Sí, tenia que reconocerlo ; babia obrado con egoísmo, con intención, para aprovecharse de las circunstan. cias y hacerla su esposa. Por segunda vez había callado; pri. mero dejando que se acusara a un inocente de ladrón y estafador; después, dejando que ella creyera que Renón era su enemigo. Retrocedió, con dolor, murmurando. -Comprendo de amor es inútil, · • que ahora, hablarte , Isabel. - Si, Arturo - afirmó ella secando las lágrimas que moja. han su rostro- . Tú tienes que pensar como yo, que Renón es tan superior a todos, que a su lado Jos demás parecen co. bardes y mezquinos, tontos 1 débiles. - ¡Gracias por ser tan sincera! - Lo fui siempre. Ahora, te ruego que me dejes ir sola al pueblo. Echó a andar, resueltamente, cada vez más de prisa, con más ardiente anhelo de volar hacia donde estaba él, y Arturo dio unos pasos tras ella, como un sonámbulo. Pero un auto apa· reció a lo lejos, un auto que más que correr, devoraba las distancias, un auto que avanzaba vertiginosamente, como si lo guiase un demente. Isabel tuvo que hacerse a un lado, ere. yendo que se le echaría encima. Arturo volvió a la realidad repentinamente. - ;Jesús! - gritó aterrada la joven. - ; El automóvil de Renón! - gritó a su vez Arturo. - ¡Pero no va él en el auto! - ¡No, es mi tío ... lo vi muy bien! Apenas acababa Arturo de decir aquella frase, cuando un estrépito llegó hasta ellos. El auto acababa de chocar con· tra un árbol. Isabel dio otro grito de espanto. Un vehículo 1e
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CARIDAD
BRAVO
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Isabel se detuvo de pronto y se enfrentó al joven, que jadeante estuvo a su lado en un instante. - Tú sabías. . . -acusó ella- . Tú sabes, ¡acaso desde hace tres años, y has callado, y me has visto agonizar y morir de pena, y acusar a un inocente, y sin embargo, has seguido callando y hablándome de amor, fingiéndome amor! - ¡No, no finjo, sabes que te quiero! -¡Pero como antes, te quieres más a tí mismo! ¡Has preferido ocultarte en el silencio, el silencio que protege tu nombre, que protege a los tuyos, antes de ~ conmigo leal, recto, sincero! - ¡He roto con mi tío; no aceptaría ni un centavo de su dinero aunque me nombrase su heredero! No tengo la culpa de sus errores; he venido a ofrecerte un nombre y un cora· zón limpios y honrados, porque quiero que seas mi esposa. - Encuentras para todo disculpa, Arturo . . . Pero, ¿no comprendes que no sólo se es honrado no robando dinero? Ibas a dejarme ser injusta con un hombre tpdo nobleza ... -¿Te refieres a Renón? -Sí, a él. . . sabes que es digno y recto, que no fue él quien arruinó a mi padre; si tienes todavía un resto de hon· radez, habla ... dime todo ... -Bien, si así lo deseas, te lo diré todo . .. Isabel se apoyó contra un árbol, buscando un sostén y quedó tensa, inmóvil, al borde de la carretera, dispuesta y anhelante, a oír aquella verdad que sabía perseguido inútil· mente; la verdad callada por Esteban Estrada, oculta por Renón; la verdad que llegó al fin dicha por Arturo. Explicó a Isabel que su tío y Alfredo San Román eran socios; puso ante sus ojos, lo más claramente que pudo, el complicado problema del ganado, de la Compañía General de Alimentos, que estaba sin que él mismo lo supiera hasta hacía poco, bajo el control de Renón ; habló sobre la estafa que, según todas las apariencias, cometía San Román cuando era el juez Esteves quien compraba y vendía las reses enfer· mas. Isabel lo escuchaba y había instantes en que su corazón parecía querer detenerse. Arturo proseguía, lento, avergonzado. El juez salió del pueblo y azuzó contra San Román a sus acreedores; quería que no tuviera tiempo de defenderse, porque ya Alfredo conocía el tráfico infame que se hacía en su nombre. El quiao
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245 explicar. ..todo a Renón; pero no tuvo tiempo tampoco p11ra hacerlo - ¡Me doy cuenta! - murmuró al fin Isabel con voz eom. bría-. ¡Todo está demasiado claro! Renón tenía que creer culpable a mi padre, lo consideraba un estafador, un ladrón sin escrúpulos y no quiso decírmelo. No qüiso herirme con esa horrible afrenta. Tuvo piedad de mi. . . piedad mientras yo lo insultaba y lo ofendía. . . ¡qué necia he sido! ¿Cómo pude estar tan ciega? ¡Por eso callaba, por eso prohibió a Estrada que hablara! Arturo la contemplaba, dándose cuenta de que la perdía por completo. Sí, tenia que reconocerlo ; babia obrado con egoísmo, con intención, para aprovecharse de las circunstan. cias y hacerla su esposa. Por segunda vez había callado; pri. mero dejando que se acusara a un inocente de ladrón y estafador; después, dejando que ella creyera que Renón era su enemigo. Retrocedió, con dolor, murmurando. -Comprendo de amor es inútil, · • que ahora, hablarte , Isabel. - Si, Arturo - afirmó ella secando las lágrimas que moja. han su rostro- . Tú tienes que pensar como yo, que Renón es tan superior a todos, que a su lado Jos demás parecen co. bardes y mezquinos, tontos 1 débiles. - ¡Gracias por ser tan sincera! - Lo fui siempre. Ahora, te ruego que me dejes ir sola al pueblo. Echó a andar, resueltamente, cada vez más de prisa, con más ardiente anhelo de volar hacia donde estaba él, y Arturo dio unos pasos tras ella, como un sonámbulo. Pero un auto apa· reció a lo lejos, un auto que más que correr, devoraba las distancias, un auto que avanzaba vertiginosamente, como si lo guiase un demente. Isabel tuvo que hacerse a un lado, ere. yendo que se le echaría encima. Arturo volvió a la realidad repentinamente. - ;Jesús! - gritó aterrada la joven. - ; El automóvil de Renón! - gritó a su vez Arturo. - ¡Pero no va él en el auto! - ¡No, es mi tío ... lo vi muy bien! Apenas acababa Arturo de decir aquella frase, cuando un estrépito llegó hasta ellos. El auto acababa de chocar con· tra un árbol. Isabel dio otro grito de espanto. Un vehículo 1e
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CARIDAD
BRAVO
ADAIIS
dej6 ver en la carretera, a gran velocidad; era de la poli· cía; detrás venía otro aún. -¡Lo perseguían! ~omentó Arturo. -¡Sí, la policía va tras él! Los dos jóvenes corrieron al lugar del siniestro. De todas pa.r tes surgían gentes; otros autos llegaban también. Gritos, voces y movimiento inusitado llenó aquella carretera por lo general tranquila. Todos comentaban, gritaban, querían acercarse al auto que ardía, y del que pretendían sacar al juez Esteves. - ¡Está muerto! - ¡Está muerto, sí! - las voces se confundían. Isabel retrocedió, tambaleándose; no quiso mirar más; no quiso ver la masa informe que sacaban entre los destro· zados restos del auto de Renón, y un brazo familiar la sostuvo. Estrada estaba a su lado, la envolvió en sus brazos, y ella se recostó, sollozando, sobre su hombro. - Tenía que acabar así ~omentó Esteban-. ¡Quiso huir, quiso escapar al saberse perdido y con la vida pagó su deuda! ¡No sabes, hija ... no sabes lo que hizo ... y lo que trató de hacer ahora ... ! -Sí, ya sé -dijo Isabel leva.n tando el rostro--. En este momento acabo de saber. . . pagó su deuda, sí; Dios quiso castigarlo aquí mismo, en este mismo sitio donde murió mi padre por su causa. • - ¡Isabel. .. hijita! Renón se acercó a ellos. - ¡Llévese a Isabel, Estrada! -suplicó-. Ella no tiene por qué seguir contemplando un espectáculo como este. - Lo sabe todo, señor Renón. . . --empezó Estrada, pero Andrés cortó su frase. -Ya escuché. Uévesela al pueblo. Uévela al hotel, y atiéndala, más tarde tendrá que prestar declaración, como todo el mundo. Isabel alzó la cabeza para ver a Renón a través de sus lágrimas, pero él no la miraba, parecía no verla, su rostro era un máscara de piedra, sus ojos eran duros y fríos. Isabel sintió girar como un torbellino las horas sobre ella. Respondió a las preguntas del alcalde, a las del jefe de policía, a las del secretario, alas del reportero local. Como una sonámbula se movió, como una autómata fue junto a Estrada mirando cruzar a su lado gentes, sin verlas, escuchando comen-
EL
F.NEMICO
247 tarios sin oírlos; respondiendo sin saber lo que contestaba; y al fin, más que sentarse, se dejó caer en un viejo sillón de cuero, en una especie de sala baja del hotel del pueblo, dondr., a su lado, tímida e indecisa, llegó Eugenia Grant, y se sentó. La joven la miró de pronto, como si no la hubiera visto nunca; después pareció reconocerla. Eugenia se apresuró a hablarle con humildad, a pedirle perdón por haber escuchado consejos mal intencionados; ella no la conocía. Habló de María Eugenia, contó toda su historia, sin atenuar su falta, al abandonarla, lo mismo que a su esposo; pero entre llantos suplicó que se la devolviera. Se había convertido en una mujer honrada, que trabajaba, como podía comprobar fácilmente. Había, sí, faltado a sus deberes de esposa y de madre, pero había también llorado cinco años ansiando volver a ver a su hija. Renón se presentó ante ellas cuando menos lo esperaban. Eugenia, al verlo, tembló. Isabel no se movió siquiera. - Le dije que no molestara a la señorita San Román- dijo Andrés con voz dura- . Mis abogados se entenderán con usted. - ¡No, no, por Dios - gimió la infeliz--, no se trata de eso ! ¡Estoy suplicando a la señorita San Román que me deje ver a mi hija. . . le estoy pidiendo perdón por el daño que iba a hacerle! - ¡Y usted la perdonará, naturalmente! -dijo Andrés mirando a Isabel. - Naturalmente -afirmó ella, con suavidad- . No ae trata de perdonarla, sü.o de comprender lo que sufre. Le agradezco profundamente su intervención en este uunto, pero creo que podremos arreglarlo mejor sin abogados, entre mujeres ... - j Oh, sí, sí ... ! -se apresuró a apoyar Eugenia. - Si me aguarda usted un momento, iremos juntas a buscar a María Eugenia - prometió Isabel, gentil. - ¡Dios la bendiga! -murmuró entre sollozos de alegría la otra. - Un momento, que necesito para hablar con el señor Renón, a solas, si es que él quiere escucharme. . . - Miró suplicante ruego ... a Andrés antes de añadir- : ¿Quiere usted? Se Jo Pero él, frío, indiferente, replicó: - Lo siento mucho, pero el alcalde todavía me ¡con el permiso de ustedes!
~pera,
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CARIDAD
BRAVO
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dej6 ver en la carretera, a gran velocidad; era de la poli· cía; detrás venía otro aún. -¡Lo perseguían! ~omentó Arturo. -¡Sí, la policía va tras él! Los dos jóvenes corrieron al lugar del siniestro. De todas pa.r tes surgían gentes; otros autos llegaban también. Gritos, voces y movimiento inusitado llenó aquella carretera por lo general tranquila. Todos comentaban, gritaban, querían acercarse al auto que ardía, y del que pretendían sacar al juez Esteves. - ¡Está muerto! - ¡Está muerto, sí! - las voces se confundían. Isabel retrocedió, tambaleándose; no quiso mirar más; no quiso ver la masa informe que sacaban entre los destro· zados restos del auto de Renón, y un brazo familiar la sostuvo. Estrada estaba a su lado, la envolvió en sus brazos, y ella se recostó, sollozando, sobre su hombro. - Tenía que acabar así ~omentó Esteban-. ¡Quiso huir, quiso escapar al saberse perdido y con la vida pagó su deuda! ¡No sabes, hija ... no sabes lo que hizo ... y lo que trató de hacer ahora ... ! -Sí, ya sé -dijo Isabel leva.n tando el rostro--. En este momento acabo de saber. . . pagó su deuda, sí; Dios quiso castigarlo aquí mismo, en este mismo sitio donde murió mi padre por su causa. • - ¡Isabel. .. hijita! Renón se acercó a ellos. - ¡Llévese a Isabel, Estrada! -suplicó-. Ella no tiene por qué seguir contemplando un espectáculo como este. - Lo sabe todo, señor Renón. . . --empezó Estrada, pero Andrés cortó su frase. -Ya escuché. Uévesela al pueblo. Uévela al hotel, y atiéndala, más tarde tendrá que prestar declaración, como todo el mundo. Isabel alzó la cabeza para ver a Renón a través de sus lágrimas, pero él no la miraba, parecía no verla, su rostro era un máscara de piedra, sus ojos eran duros y fríos. Isabel sintió girar como un torbellino las horas sobre ella. Respondió a las preguntas del alcalde, a las del jefe de policía, a las del secretario, alas del reportero local. Como una sonámbula se movió, como una autómata fue junto a Estrada mirando cruzar a su lado gentes, sin verlas, escuchando comen-
EL
F.NEMICO
247 tarios sin oírlos; respondiendo sin saber lo que contestaba; y al fin, más que sentarse, se dejó caer en un viejo sillón de cuero, en una especie de sala baja del hotel del pueblo, dondr., a su lado, tímida e indecisa, llegó Eugenia Grant, y se sentó. La joven la miró de pronto, como si no la hubiera visto nunca; después pareció reconocerla. Eugenia se apresuró a hablarle con humildad, a pedirle perdón por haber escuchado consejos mal intencionados; ella no la conocía. Habló de María Eugenia, contó toda su historia, sin atenuar su falta, al abandonarla, lo mismo que a su esposo; pero entre llantos suplicó que se la devolviera. Se había convertido en una mujer honrada, que trabajaba, como podía comprobar fácilmente. Había, sí, faltado a sus deberes de esposa y de madre, pero había también llorado cinco años ansiando volver a ver a su hija. Renón se presentó ante ellas cuando menos lo esperaban. Eugenia, al verlo, tembló. Isabel no se movió siquiera. - Le dije que no molestara a la señorita San Román- dijo Andrés con voz dura- . Mis abogados se entenderán con usted. - ¡No, no, por Dios - gimió la infeliz--, no se trata de eso ! ¡Estoy suplicando a la señorita San Román que me deje ver a mi hija. . . le estoy pidiendo perdón por el daño que iba a hacerle! - ¡Y usted la perdonará, naturalmente! -dijo Andrés mirando a Isabel. - Naturalmente -afirmó ella, con suavidad- . No ae trata de perdonarla, sü.o de comprender lo que sufre. Le agradezco profundamente su intervención en este uunto, pero creo que podremos arreglarlo mejor sin abogados, entre mujeres ... - j Oh, sí, sí ... ! -se apresuró a apoyar Eugenia. - Si me aguarda usted un momento, iremos juntas a buscar a María Eugenia - prometió Isabel, gentil. - ¡Dios la bendiga! -murmuró entre sollozos de alegría la otra. - Un momento, que necesito para hablar con el señor Renón, a solas, si es que él quiere escucharme. . . - Miró suplicante ruego ... a Andrés antes de añadir- : ¿Quiere usted? Se Jo Pero él, frío, indiferente, replicó: - Lo siento mucho, pero el alcalde todavía me ¡con el permiso de ustedes!
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BRAVO
ADAMS
Y sus pasos, firmes y rápidos, se perdieron en el corredor. Se fue sin mirarla, tan frío y lejano como el día en que Isabel lo viera por primera vez, y ella quedó inmóvil. ain voz y sin gestos, sólo con el espanto y el dolor de haberlo perdido para siempre. El vacío se hizo a su alrededor y por un instante ignoró hasta la presencia de Eugenia, quien, tímidamente, la volvió a la realidad murmurando: - Me prometió usted llevarme a ver a mi hija, señorita San Román. -Sí, desde luego, iremos en el acto. . . sólo que yo ... yo ... ~on esfuerzo logró dominarse y mirar a Eugen.ia. - Mi hija no me quiere, sintió miedo y horror por mí. Acaso su padre le hablaba de mí como de un ogro ... ¿Usted nunca lo oyó? ¿Pero ... no me responde? Eugenia Grant se aferró al brazo de Isabel, despertándola al fin, del todo, del doloroso letargo en que el recuerdo de Renón la envolvía, en que la imagen de aquel hombre que acababa de marcharse hundía su corazón y su cerebro. Volvió, llamada por aquel dolor, por aquella otra pena, por aquella angustia ajena a la que nunca fuera sorda su alma generosa. -No se angustie usted, Eugenia. La pequeña se asustó justamente porque no la conoce ni sabe nada alrededor de usted. No suponga al pobre Juan Luis capaz de la infamia de envenenar el corazón de su propia hija con un rencor que él guardaba para sí, si es que lo guardaba ... -¿Entonces, usted cree que la niña podrá quererme? - ¡Naturalmente! Su hija no sabe de usted sino que partió para un largo viaje del que no podía regresar. Es lo mismo que le hemos dicho al referirnos a su papá. Ahora le hablaré en forma de traerla poco a poco a la verdad y ya verá usted cómo cambia. - Pero ella cree que usted es su madre ... - Sabe perfectamente que no lo soy. Su forma de llamarme así no es sino una prueba de su hambre de cariño. Vamos, venga conmigo, no se aflija, no llore más. Su hija es adorable y usted debe sentirse feliz de tenerla ... Tendra por quien luchar ... por quien vivir. -Le prometo que consagraré mi vida a mi hijita ; le daré una buena educación ... Ha sido mi obsesión, tenerla junto a mí, deede que murió el hombre por quien cometí este gra·
EL
ENEMIGO
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ve pecado. . . y por amigu, por vecinas, eegw sabiendo de ella. Le enviaba algunos pequeños regalos ... - ¿Y por qué no buscó el modo de hablar con Juan Luia cuando quedó sola? - No sé ... creí que no me perdonaría. Tenía horror a una escena que se grabara para siempre en el corazón dr. mi hijita, por eso preferí mantenerme cerca, sin que me vieran ... Lloraba suavemente, casi sin darse cuenta. Isabel la tomó del brazo y se alejaron con lentitud, mirando al pasar con an· sia los corredores, los anchos patios y al fin la calle. Isabel anhelaba ver la figura de Renón, se habría conformado con escuchar su nombre. De pronto, Estrada lea salió al encuentro. Preguntó por Andrés, sin recato. · - No sé dónde estará ~ontestó Esteban-. He llegado buscándolo. Creí que estaba contigo. -No, no ha querido oírme, pero tendrá que hacerlo. Ruéguele usted que espere, Estrada, que me oiga. Muy pron· to estaré de regreso. Dijo que lo aguardaba el alcalde. Las dos jóvenes tomaron u.n auto de alquiler y se aleja· ron; Estrada las vio irse, entristecido, moviendo la cabeza con desaliento. Apenas había dado unos pasos hacia el hotel, cuando vio a Andrés. Corrió hasta él. -Oh, justamente hablaba con Isabel en este instante ... creo que todavia puedo llamarla - gritó disponiéndose a al· canzarlas, pero Renón lo detuvo. - Quieto. . . estaba esperando que se marcharan para ve· nir . . . no quiero ver ni hablar a Isabel. Este asunto está terminado. Ahora que ella sabe toda la verdad, ahora que palpa y comprende su equivocación y su injusticia; ahora que su amor no necesita perdonarme, quiere decirme lo que hace unos dias, unas horas, hubiera dado hasta la última gota de mí sangre por escuchar. Hoy ya no me interesa. Hoy puedt'l seguir odiándome por el resto de su vida, si le da la gana. Estrada alzó los brazos al cielo, indignado. -¡ Pues sí que son ustedes dos buenu patas para un mla• mo banco!· -exclamó olvidándose por completo del reep1to que siempre había manifestado a su jefe-; eato ea lo úldmo que me faltaba por ver y por escuchar. -Efectivamente, es lo último -respondió a.... • _. trarae ofendido-. Mia diligenciaa en este pueblo U. .....
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CARIDAD
BRAVO
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Y sus pasos, firmes y rápidos, se perdieron en el corredor. Se fue sin mirarla, tan frío y lejano como el día en que Isabel lo viera por primera vez, y ella quedó inmóvil. ain voz y sin gestos, sólo con el espanto y el dolor de haberlo perdido para siempre. El vacío se hizo a su alrededor y por un instante ignoró hasta la presencia de Eugenia, quien, tímidamente, la volvió a la realidad murmurando: - Me prometió usted llevarme a ver a mi hija, señorita San Román. -Sí, desde luego, iremos en el acto. . . sólo que yo ... yo ... ~on esfuerzo logró dominarse y mirar a Eugen.ia. - Mi hija no me quiere, sintió miedo y horror por mí. Acaso su padre le hablaba de mí como de un ogro ... ¿Usted nunca lo oyó? ¿Pero ... no me responde? Eugenia Grant se aferró al brazo de Isabel, despertándola al fin, del todo, del doloroso letargo en que el recuerdo de Renón la envolvía, en que la imagen de aquel hombre que acababa de marcharse hundía su corazón y su cerebro. Volvió, llamada por aquel dolor, por aquella otra pena, por aquella angustia ajena a la que nunca fuera sorda su alma generosa. -No se angustie usted, Eugenia. La pequeña se asustó justamente porque no la conoce ni sabe nada alrededor de usted. No suponga al pobre Juan Luis capaz de la infamia de envenenar el corazón de su propia hija con un rencor que él guardaba para sí, si es que lo guardaba ... -¿Entonces, usted cree que la niña podrá quererme? - ¡Naturalmente! Su hija no sabe de usted sino que partió para un largo viaje del que no podía regresar. Es lo mismo que le hemos dicho al referirnos a su papá. Ahora le hablaré en forma de traerla poco a poco a la verdad y ya verá usted cómo cambia. - Pero ella cree que usted es su madre ... - Sabe perfectamente que no lo soy. Su forma de llamarme así no es sino una prueba de su hambre de cariño. Vamos, venga conmigo, no se aflija, no llore más. Su hija es adorable y usted debe sentirse feliz de tenerla ... Tendra por quien luchar ... por quien vivir. -Le prometo que consagraré mi vida a mi hijita ; le daré una buena educación ... Ha sido mi obsesión, tenerla junto a mí, deede que murió el hombre por quien cometí este gra·
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ve pecado. . . y por amigu, por vecinas, eegw sabiendo de ella. Le enviaba algunos pequeños regalos ... - ¿Y por qué no buscó el modo de hablar con Juan Luia cuando quedó sola? - No sé ... creí que no me perdonaría. Tenía horror a una escena que se grabara para siempre en el corazón dr. mi hijita, por eso preferí mantenerme cerca, sin que me vieran ... Lloraba suavemente, casi sin darse cuenta. Isabel la tomó del brazo y se alejaron con lentitud, mirando al pasar con an· sia los corredores, los anchos patios y al fin la calle. Isabel anhelaba ver la figura de Renón, se habría conformado con escuchar su nombre. De pronto, Estrada lea salió al encuentro. Preguntó por Andrés, sin recato. · - No sé dónde estará ~ontestó Esteban-. He llegado buscándolo. Creí que estaba contigo. -No, no ha querido oírme, pero tendrá que hacerlo. Ruéguele usted que espere, Estrada, que me oiga. Muy pron· to estaré de regreso. Dijo que lo aguardaba el alcalde. Las dos jóvenes tomaron u.n auto de alquiler y se aleja· ron; Estrada las vio irse, entristecido, moviendo la cabeza con desaliento. Apenas había dado unos pasos hacia el hotel, cuando vio a Andrés. Corrió hasta él. -Oh, justamente hablaba con Isabel en este instante ... creo que todavia puedo llamarla - gritó disponiéndose a al· canzarlas, pero Renón lo detuvo. - Quieto. . . estaba esperando que se marcharan para ve· nir . . . no quiero ver ni hablar a Isabel. Este asunto está terminado. Ahora que ella sabe toda la verdad, ahora que palpa y comprende su equivocación y su injusticia; ahora que su amor no necesita perdonarme, quiere decirme lo que hace unos dias, unas horas, hubiera dado hasta la última gota de mí sangre por escuchar. Hoy ya no me interesa. Hoy puedt'l seguir odiándome por el resto de su vida, si le da la gana. Estrada alzó los brazos al cielo, indignado. -¡ Pues sí que son ustedes dos buenu patas para un mla• mo banco!· -exclamó olvidándose por completo del reep1to que siempre había manifestado a su jefe-; eato ea lo úldmo que me faltaba por ver y por escuchar. -Efectivamente, es lo último -respondió a.... • _. trarae ofendido-. Mia diligenciaa en este pueblo U. .....
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CARIDAD
BRAVO
ADAIIS
nado. El alcalde tiene las instrucciones y salimos en el tren de las seia y cuarto. ¡Dentro de diez minutos! -¿Pero, qué está usted diciendo? -Estrada quedó estupefacto. -En la puerta hay un taxi ; el hotel está pagado y aquel mozo que va allí, lleva nuestro equipaje. -¡Pero no puede ser! Usted no va a ... -¿ A dejarla sin hablarle? Sí. .. voy a dejarla en su pueblo, en su casa, con los medios de vida que las circunstan· cias le arrebataron, corrigiendo la injusticia que me propuse remediar cuando emprendí mi viaje a Santa Rosalía. - Pero ella le quiere, señor. . . ella quiere hablarle ... - Yo no creo ya en el amor de nadie. . . Vámonos. María Eugenia corrió a recibir a Isabel; pero cuando la vio llegar con aquella mujer que tantas veces la había asus· tado, sobre todo en la última escena de la víspera, se detuvo, buscando el amparo de Juliana. Isabel se vio obligada a to· marla en sus brazos y a hablarle con ternura, pero también con firmeza. - Escucha, María Eugenia, esta señora es tu mamá .. . de verdad ... -¿Mi mamá? -repitió la niña mirando a Eugenia con ojos de asombro- ¿Mi otra mamá? - La única que tienes, mi cielo. No hay más que una madre. A mí me llamas mamila por cariño, por gracia, y si te parece, puedes llamarme madrina de ahora en adelante ... La niña la escuchaba con una extraña luz en sus ojos cla· ros. No entendía bien lo que Isabel quería decir; pero el rostro afligido de Eugenia, sus pupilas brillantes wr las lágrimas y su actitud humilde, emocionaban su infantil co· razón. De pronto dejó de tener miedo, y aunque no separó sus brazos del cuello de Isabel, preguntó. -¿Y mamita? ¿No podré volver a decirte así? La mano de Isabel tembló, acariciando la cabecita de rubias trenzas, la frente y las mejillas sonrosadas de la ~ queña. La miró y descubrió que ya no había espanto en sus ojitos, al contrario, algo como el esbozo de una sonrisa jugue· teaba sobre los frescos labios. - Así deberás decirle a Eugenia ... ¿Recuerdas que tu papá decía que tu mamá estaba de viaje? Pues ya volvió .. . es ella. Quiso acercarse a ti sin decirte quién era, para ver si la conocías; pero mi muñequita preciosa es tan rematada-
251 mente tonta que en vez de conocerla, es asustó de su propia madre ... Eugenia, que a duras penas contenía las lágrimas, murmuró con voz dulce y tímida. - ¡María Eugenia, mi hijita ! ... ¿No quieres darme un beso? ¿No quieres quererme aun cuando sea un poquitito nada más? La niña vaciló todavía. - Yo te quiero con toda mi alma - agregó Eugenia, dan· do un paso hacia delante-. Yo he llorado mucho por no po· der estar contigo. - Sí, María Eugenia - afirmó Isabel-. Tu mamá te quiere mucho, y tienes que ir con ella. . . Es muy buena ... anda, ve, bésala. . . abrázala ... Puso a la niña en brazos de Eugenia, quien la estrechó con ansia, besándola como loca, entre lágrimas y palabr•a entrecortadas. La pequeña no pudo resistirse. Ni siquiera la molestaron las bruscas caricias. Sus bracitos rodearon el cuello de Eugenia y ésta la vio sonreír, a través de sus lágrimas. - Sí, te quiero ... pero no llores, mamá ... -dijo. Largo rato estuvieron abrazadas, hasta que la niña, in· quieta, quiso desasirse. Eugenia le dejó en libertad, secó sus lágrimas y buscó la triste y pensativa figura de Isabel. -¡ Que Dios se lo pague! ¡Que Dios la bendiga a usted, Isabel! ¡No tengo palabras con qué darle las gracias! - No es necesario. Le ruego que se quede unos díu con nosotras. Esta casa es humilde, pero Juliana es lo bastante bondadosa para hacerla agradable. lnvítala, anda ... -<:onclu yó volviéndose hacia la buena mujer que tan emocionada como la misma Eugenia permanecía silenciosa y como petrificada junto a la puerta. - Sí .. . sí, por supuesto, quédese - repitió amable- ·· Así se irá acostumbrando la niña a su presencia ... - jOh, después de la forma en que yo me he- t•urnpmll do, su bondad me avergüenza! - - murmuró EugeniA llmand•, de nuevo. - Vamos, deje de llorar, - pidió lsa~l --. Para uaaed ha pasado el motivo para hacerlo. Dentro de unoe di• pa .... ustNI y María Eugenia, emprender ti viaje a la -¿ Y IÚ no, madrina ... ? - prelfUniÓ la
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CARIDAD
BRAVO
ADAIIS
nado. El alcalde tiene las instrucciones y salimos en el tren de las seia y cuarto. ¡Dentro de diez minutos! -¿Pero, qué está usted diciendo? -Estrada quedó estupefacto. -En la puerta hay un taxi ; el hotel está pagado y aquel mozo que va allí, lleva nuestro equipaje. -¡Pero no puede ser! Usted no va a ... -¿ A dejarla sin hablarle? Sí. .. voy a dejarla en su pueblo, en su casa, con los medios de vida que las circunstan· cias le arrebataron, corrigiendo la injusticia que me propuse remediar cuando emprendí mi viaje a Santa Rosalía. - Pero ella le quiere, señor. . . ella quiere hablarle ... - Yo no creo ya en el amor de nadie. . . Vámonos. María Eugenia corrió a recibir a Isabel; pero cuando la vio llegar con aquella mujer que tantas veces la había asus· tado, sobre todo en la última escena de la víspera, se detuvo, buscando el amparo de Juliana. Isabel se vio obligada a to· marla en sus brazos y a hablarle con ternura, pero también con firmeza. - Escucha, María Eugenia, esta señora es tu mamá .. . de verdad ... -¿Mi mamá? -repitió la niña mirando a Eugenia con ojos de asombro- ¿Mi otra mamá? - La única que tienes, mi cielo. No hay más que una madre. A mí me llamas mamila por cariño, por gracia, y si te parece, puedes llamarme madrina de ahora en adelante ... La niña la escuchaba con una extraña luz en sus ojos cla· ros. No entendía bien lo que Isabel quería decir; pero el rostro afligido de Eugenia, sus pupilas brillantes wr las lágrimas y su actitud humilde, emocionaban su infantil co· razón. De pronto dejó de tener miedo, y aunque no separó sus brazos del cuello de Isabel, preguntó. -¿Y mamita? ¿No podré volver a decirte así? La mano de Isabel tembló, acariciando la cabecita de rubias trenzas, la frente y las mejillas sonrosadas de la ~ queña. La miró y descubrió que ya no había espanto en sus ojitos, al contrario, algo como el esbozo de una sonrisa jugue· teaba sobre los frescos labios. - Así deberás decirle a Eugenia ... ¿Recuerdas que tu papá decía que tu mamá estaba de viaje? Pues ya volvió .. . es ella. Quiso acercarse a ti sin decirte quién era, para ver si la conocías; pero mi muñequita preciosa es tan rematada-
251 mente tonta que en vez de conocerla, es asustó de su propia madre ... Eugenia, que a duras penas contenía las lágrimas, murmuró con voz dulce y tímida. - ¡María Eugenia, mi hijita ! ... ¿No quieres darme un beso? ¿No quieres quererme aun cuando sea un poquitito nada más? La niña vaciló todavía. - Yo te quiero con toda mi alma - agregó Eugenia, dan· do un paso hacia delante-. Yo he llorado mucho por no po· der estar contigo. - Sí, María Eugenia - afirmó Isabel-. Tu mamá te quiere mucho, y tienes que ir con ella. . . Es muy buena ... anda, ve, bésala. . . abrázala ... Puso a la niña en brazos de Eugenia, quien la estrechó con ansia, besándola como loca, entre lágrimas y palabr•a entrecortadas. La pequeña no pudo resistirse. Ni siquiera la molestaron las bruscas caricias. Sus bracitos rodearon el cuello de Eugenia y ésta la vio sonreír, a través de sus lágrimas. - Sí, te quiero ... pero no llores, mamá ... -dijo. Largo rato estuvieron abrazadas, hasta que la niña, in· quieta, quiso desasirse. Eugenia le dejó en libertad, secó sus lágrimas y buscó la triste y pensativa figura de Isabel. -¡ Que Dios se lo pague! ¡Que Dios la bendiga a usted, Isabel! ¡No tengo palabras con qué darle las gracias! - No es necesario. Le ruego que se quede unos díu con nosotras. Esta casa es humilde, pero Juliana es lo bastante bondadosa para hacerla agradable. lnvítala, anda ... -<:onclu yó volviéndose hacia la buena mujer que tan emocionada como la misma Eugenia permanecía silenciosa y como petrificada junto a la puerta. - Sí .. . sí, por supuesto, quédese - repitió amable- ·· Así se irá acostumbrando la niña a su presencia ... - jOh, después de la forma en que yo me he- t•urnpmll do, su bondad me avergüenza! - - murmuró EugeniA llmand•, de nuevo. - Vamos, deje de llorar, - pidió lsa~l --. Para uaaed ha pasado el motivo para hacerlo. Dentro de unoe di• pa .... ustNI y María Eugenia, emprender ti viaje a la -¿ Y IÚ no, madrina ... ? - prelfUniÓ la
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
bía seguido la charla con extraña atención-. Porque yo n<.o quiero ir sin ti. - Ya veremos, amor. Poco a poco todo se irá arreglando. Ahora, como yo tengo que volver al pueblo, tu mamá te va a acompañar a ver a los pollos ... luego, comerás con ella. - De mil amores ... -exclamó feliz Eugenia. - Atiéndelas, por favor, Juliana ... -Ya verás qué leche tan buena dan en esta casa, mamá, y los huevitos son de las gaJiinas que están en el corral, y yo misma los cojo de los nidos todas las mañanas ... Isabel sonrió levemente mirando cómo Eugenia tomaba de la mano a la pequeña y juntas se alejaban rumbo d~ la huerta. Juliana contempló por un momento a Isabel. Su mano ruda se posó con delicadeza sobre el brazo de la joven. - ¿Qué pasó, Isabel? - preguntó casi en voz baja- . No me refiero a esta señora, que ya comprendo cuanto pasó, sino a ti ... - Todavía no pasa nada, Juliana, pero vuelvo al pueblo en este instante. ¡Vo y a buscar a Andrés Renón! ¡No me im· portará pedirle de rodillas que me perdone! ¡No me importará decirle que lo quiero con toda el alma! Isabel se desprendió de la mano que detenía su brazo y corrió a la carretera, donde la aguardaba el auto de alquiler que las llevara poco antes a ella y a Eugenia. Subió con agi· lidad. -¡ Pronto, vuele al hotel Santa Rosalía! - ordenó al chofer. No tardó mucho en encontrarse en la puerta del hotel. Pagó en un instante y llegó hasta la habitación donde sabía se alojaba Renón. Abrió la puerta, que cedió a su presión fácilmente y el estupor la hizo detenerse. Frente a ella estaba Lota, nada más. -¡ Me imagino que buscas a Renón, querida -dijo Lola con toda naturalidad, como si acabaran de despedirse una hora antes y nada hubiera sucedido-, pero acaba de mnr· charse! Isabel no supo cómo, se halló en los brazos de su amiga, quien la estrechó con cariño. -¡ Pero ... tú aquí! - pudo decir al fin Isabel. -Y me parece que con bastante oportunidad. -¿Sabes ya lo que pasa? -A grandes rasgos me lo contó todo Estrada. Salieron
E L
ENEMICO
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en el tren de las seis y cuarto; el pobre viejo quiso detener a Renón por todos los medios, sin lograrlo. Pude hablar con ellos unos minutos, nada más. - ¡Ahora es él quien huye de mí, quien no quiere verml' ni escucharme! - Isabel iba a romper en sollozos, pero Lola no se lo permitió. - Me parece lo más natural, hijita. Es como en las ope· retas lo que pasa aquí. En el primer acto, él quiere y ella no quiere; en el segundo, es ella la que se empeña y él quien huye; pero en el tercero suelen querer los dos. - ¡Te estás burlando de mí! - ¡Cómo voy a burlarme, Isabel de mi alma! ¿Dime, no te persiguió él hasta volverte loca? Pues si~ue tú su ejemolo, y en paz. - Pero yo no puedo ir detrás de él como él andaba de· trás de mí, es distinto; además, yo no podría soportar sus desprecios, sería ridículo que en mi papel de mujer enamora· da anduviera detrás de él. Por otra parte, no puedo volver a la capital, ¿qué voy a hacer allá? - Pues vine precisamente a buscarte -dijo Lola, triun· fante. - ¿A buscarme? - Ya tengo empleo de nuevo, y en los Almacenes " El Globo". ¿Qué te parece? El buen Estrada me fue a buscar de parte de Renón, para ofrecerme un puesto en su Banca, pero el mismo día me llamaron de mi antiguo empleo. El señor con quien me disgusté, fue destituido, porque según parece, ro· baba, y al salir él volvimos dos o tres a quienes había despedido. Tengo un pequeño aumento y un mes de vacacior•~s. - Me alegro. . . me alegro mucho, Lola. . . pero ... - No hay pero que valga. Venías a olvidar, a curarte, y por poco te encuentro bajo tierra. Tú, tan valiente, to dt tienes ahora ante el último obstáculo, cuando no te faltn más que estirar la mano para alcanzar lo que más deku - Te equivocas. Creo que lo he perdido para tiernprf', y como es por mi culpa, no tengo siquiera el derechn cftl IJII!l• jarme. - Para siempre! -repitió Lola con cómica MravCKlacl --. No seas necia, por favor ... deja de ra.~onar como un c:ucodri· lo y no procedas como una tonta. Respecto de Hrnón, MI que et más listo que el hambre.
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CARIDAD
BRAVO
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bía seguido la charla con extraña atención-. Porque yo n<.o quiero ir sin ti. - Ya veremos, amor. Poco a poco todo se irá arreglando. Ahora, como yo tengo que volver al pueblo, tu mamá te va a acompañar a ver a los pollos ... luego, comerás con ella. - De mil amores ... -exclamó feliz Eugenia. - Atiéndelas, por favor, Juliana ... -Ya verás qué leche tan buena dan en esta casa, mamá, y los huevitos son de las gaJiinas que están en el corral, y yo misma los cojo de los nidos todas las mañanas ... Isabel sonrió levemente mirando cómo Eugenia tomaba de la mano a la pequeña y juntas se alejaban rumbo d~ la huerta. Juliana contempló por un momento a Isabel. Su mano ruda se posó con delicadeza sobre el brazo de la joven. - ¿Qué pasó, Isabel? - preguntó casi en voz baja- . No me refiero a esta señora, que ya comprendo cuanto pasó, sino a ti ... - Todavía no pasa nada, Juliana, pero vuelvo al pueblo en este instante. ¡Vo y a buscar a Andrés Renón! ¡No me im· portará pedirle de rodillas que me perdone! ¡No me importará decirle que lo quiero con toda el alma! Isabel se desprendió de la mano que detenía su brazo y corrió a la carretera, donde la aguardaba el auto de alquiler que las llevara poco antes a ella y a Eugenia. Subió con agi· lidad. -¡ Pronto, vuele al hotel Santa Rosalía! - ordenó al chofer. No tardó mucho en encontrarse en la puerta del hotel. Pagó en un instante y llegó hasta la habitación donde sabía se alojaba Renón. Abrió la puerta, que cedió a su presión fácilmente y el estupor la hizo detenerse. Frente a ella estaba Lota, nada más. -¡ Me imagino que buscas a Renón, querida -dijo Lola con toda naturalidad, como si acabaran de despedirse una hora antes y nada hubiera sucedido-, pero acaba de mnr· charse! Isabel no supo cómo, se halló en los brazos de su amiga, quien la estrechó con cariño. -¡ Pero ... tú aquí! - pudo decir al fin Isabel. -Y me parece que con bastante oportunidad. -¿Sabes ya lo que pasa? -A grandes rasgos me lo contó todo Estrada. Salieron
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en el tren de las seis y cuarto; el pobre viejo quiso detener a Renón por todos los medios, sin lograrlo. Pude hablar con ellos unos minutos, nada más. - ¡Ahora es él quien huye de mí, quien no quiere verml' ni escucharme! - Isabel iba a romper en sollozos, pero Lola no se lo permitió. - Me parece lo más natural, hijita. Es como en las ope· retas lo que pasa aquí. En el primer acto, él quiere y ella no quiere; en el segundo, es ella la que se empeña y él quien huye; pero en el tercero suelen querer los dos. - ¡Te estás burlando de mí! - ¡Cómo voy a burlarme, Isabel de mi alma! ¿Dime, no te persiguió él hasta volverte loca? Pues si~ue tú su ejemolo, y en paz. - Pero yo no puedo ir detrás de él como él andaba de· trás de mí, es distinto; además, yo no podría soportar sus desprecios, sería ridículo que en mi papel de mujer enamora· da anduviera detrás de él. Por otra parte, no puedo volver a la capital, ¿qué voy a hacer allá? - Pues vine precisamente a buscarte -dijo Lola, triun· fante. - ¿A buscarme? - Ya tengo empleo de nuevo, y en los Almacenes " El Globo". ¿Qué te parece? El buen Estrada me fue a buscar de parte de Renón, para ofrecerme un puesto en su Banca, pero el mismo día me llamaron de mi antiguo empleo. El señor con quien me disgusté, fue destituido, porque según parece, ro· baba, y al salir él volvimos dos o tres a quienes había despedido. Tengo un pequeño aumento y un mes de vacacior•~s. - Me alegro. . . me alegro mucho, Lola. . . pero ... - No hay pero que valga. Venías a olvidar, a curarte, y por poco te encuentro bajo tierra. Tú, tan valiente, to dt tienes ahora ante el último obstáculo, cuando no te faltn más que estirar la mano para alcanzar lo que más deku - Te equivocas. Creo que lo he perdido para tiernprf', y como es por mi culpa, no tengo siquiera el derechn cftl IJII!l• jarme. - Para siempre! -repitió Lola con cómica MravCKlacl --. No seas necia, por favor ... deja de ra.~onar como un c:ucodri· lo y no procedas como una tonta. Respecto de Hrnón, MI que et más listo que el hambre.
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CAR IDAD
BRAVO
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- Sí, lo es ; todo se le ha rendido; pero ya te dije que no puedo andar detrás de él. Me quedaré aquí, con Juliana. No por orgullo, ya que vine dispuesta a pedirle perdón de rodillas y a decirle que lo amaba con toda mi alma ; t ;no porque sé que todo lo que hiciera sería inútil. Vuelve sola .. . es lo mejor. - i De ninguna manera ! ¡Tengo un plan estupendo, algo que qe venido pensando durante el C~Jmino! Si estás dispues· ta a hacer a un lado el orgullo, no fallará ese plan. ¡ Andn! ¡Tendrás que pasarle un poco la mano para alisarle el pelo ... qué menos puedes hacer con un oso como él! Corramos p<.r tu equipaje, y no perdamos tiempo. - No . . . no. . . ¡Su amor ha muerto, no me queda sino llorar sobre su cadáver! 1 Lola rió sin cuidarse de ofender o no a su amiga, uego, abrazándola, exclamó con convencimiento: - ¡Si haces lo que te digo, resucitará ese amor como Lázaro! Y nada de lágrimas, ahora ... La amplia terraza del restaurant "Los Jardines' e~taba casi desierta en aquella hora en que caía la noche y brillaban ya sobre las mesas las lamparitas de colores. Lentamente iban encendiéndose a lo lejos las luces de la ciudad y la orque11t:1, con pereza, preludiaba el primer vals. El maitre, frente '\ la mesa que ocupaba Andrés Renón, ofrecía amable. - Acabamos de recibir su marca favorita. . . un clwmpagM exquisito. - Bien, tráigalo . . . - respondió distraído. Cuando el IT&4ilre se alejó, Isabel surgió. Al verla, así, de pronto, Andrés no pudo reprimir un gesto de emoción, de alegría contenida; pero en el acto reaccionó. Sin embargo, eso bastó para que ella se sentara frente a él, sin cere· monias. - Andrés ... - murmuró suave-, ¿todavía no quieres escucharme? ¿Todavía no puedes perdonarme? - ¡Isabel. .. ! - ella esperó, pero él · no dijo más. - No pensé que tu rencor durase tanto --prosiguió ella- . He llamado por teléfono a tu casa, a tu despacho, he hablado inútilmente con Estrada; te he pedido por escrito que me es· cucbes; te he dejado recados urgentes rogándote que fueras IDÍ casa ... Fui a buscarte a la oficina . . . y por fin, decidí '(1e, aeguirte y venir basta aquí.
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- No creo que en realidad tengamos nada que hablar - murmuró él con visible esfuerzo. - ¡No digas eso! ¡No afirmes con los labios lo que gracias a Dios están desmintiendo tus ojos! ¡Te quiero! ¡Te quise siempre ... ! ¿Es bastante que te lo diga así ... ? ¿ Quieres que lo haga de otra manera .. . ? - ;Me amabas, me amas, y tu amor no pudo saltar sobre tu pasado! - Te equivocas. ¡Mi amor saltó por encima de mí misma! Fue más fuerte que yo, a pesar de mi lucha desesperada contra él. Cada día era más fuerte, me derrotaba siempre. Te amaba contra mi razón, contra mi voluntad, contra mi dignidad ... - j Pero mentías para torturarme . . . ! - ¡Mentía porque estaba perdida, y buscaba que fueras tú quien me rechazaras, quien me odiaras .. . ! ¡Yo sabia que estaba vencida; por eso me escudaba en mi violencia, en mi aparente odio hacia ti! j Yo estaba vencida. . . sí. .. ! --Como sabes que lo estoy yo -confesó él, al fin, mirán· dola intensamente-. Yo también te sigo amando contra mi razón, contra mi voluntad, contra mi orgullo y contra mi dignidad. Y porque lo sabía, no quería verte; no quería atender ni tus llamadas telefónicas, ni recibirte, por eso huía de tí. j Estaba seguro de que me derrotarías en cuanto te viera! -No, Andrés ... soy yo la que viene a entregarse . . . la que llega humildemente a tu lado, a rogarte que me perdones ; a preguntarte si aún me quieres. -¡ Ya te lo dije, sin que lo preguntes! ¡Te amo! El 11&4itre se acercó seguido de un meaero, y Andrés sintió deseos de estrangularlo. El cubo con el hielo fue colocado sobre la mesa, y la botella estuvo por un instante en manos del mesero, que interrogaba con la mirada. Andrés hizo un gesto enérgico, y el precioso ámbar del licor llenó las copa11. Cuando volvieron a quedar solos, Isabel rió alegremente. - Repite lo que decías cuando llegó ese inoportuno pi• dió extendiendo su mano por encima de la mesa. -¡ Te amo! -dijo él apasionado, mientras sut manu1 oprimían los dedos que se le ofrecían. - Ahora ya no hay nada que nos separe, Andrét 1SI vlf!• ras qué dichosa me siento después de dominar mi or1uUo, de seguirte, de pedirte perdón! ¡Nunca peneé hacerlo gún hombre!
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CAR IDAD
BRAVO
ADAMS
- Sí, lo es ; todo se le ha rendido; pero ya te dije que no puedo andar detrás de él. Me quedaré aquí, con Juliana. No por orgullo, ya que vine dispuesta a pedirle perdón de rodillas y a decirle que lo amaba con toda mi alma ; t ;no porque sé que todo lo que hiciera sería inútil. Vuelve sola .. . es lo mejor. - i De ninguna manera ! ¡Tengo un plan estupendo, algo que qe venido pensando durante el C~Jmino! Si estás dispues· ta a hacer a un lado el orgullo, no fallará ese plan. ¡ Andn! ¡Tendrás que pasarle un poco la mano para alisarle el pelo ... qué menos puedes hacer con un oso como él! Corramos p<.r tu equipaje, y no perdamos tiempo. - No . . . no. . . ¡Su amor ha muerto, no me queda sino llorar sobre su cadáver! 1 Lola rió sin cuidarse de ofender o no a su amiga, uego, abrazándola, exclamó con convencimiento: - ¡Si haces lo que te digo, resucitará ese amor como Lázaro! Y nada de lágrimas, ahora ... La amplia terraza del restaurant "Los Jardines' e~taba casi desierta en aquella hora en que caía la noche y brillaban ya sobre las mesas las lamparitas de colores. Lentamente iban encendiéndose a lo lejos las luces de la ciudad y la orque11t:1, con pereza, preludiaba el primer vals. El maitre, frente '\ la mesa que ocupaba Andrés Renón, ofrecía amable. - Acabamos de recibir su marca favorita. . . un clwmpagM exquisito. - Bien, tráigalo . . . - respondió distraído. Cuando el IT&4ilre se alejó, Isabel surgió. Al verla, así, de pronto, Andrés no pudo reprimir un gesto de emoción, de alegría contenida; pero en el acto reaccionó. Sin embargo, eso bastó para que ella se sentara frente a él, sin cere· monias. - Andrés ... - murmuró suave-, ¿todavía no quieres escucharme? ¿Todavía no puedes perdonarme? - ¡Isabel. .. ! - ella esperó, pero él · no dijo más. - No pensé que tu rencor durase tanto --prosiguió ella- . He llamado por teléfono a tu casa, a tu despacho, he hablado inútilmente con Estrada; te he pedido por escrito que me es· cucbes; te he dejado recados urgentes rogándote que fueras IDÍ casa ... Fui a buscarte a la oficina . . . y por fin, decidí '(1e, aeguirte y venir basta aquí.
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E L
ENEM IGO
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- No creo que en realidad tengamos nada que hablar - murmuró él con visible esfuerzo. - ¡No digas eso! ¡No afirmes con los labios lo que gracias a Dios están desmintiendo tus ojos! ¡Te quiero! ¡Te quise siempre ... ! ¿Es bastante que te lo diga así ... ? ¿ Quieres que lo haga de otra manera .. . ? - ;Me amabas, me amas, y tu amor no pudo saltar sobre tu pasado! - Te equivocas. ¡Mi amor saltó por encima de mí misma! Fue más fuerte que yo, a pesar de mi lucha desesperada contra él. Cada día era más fuerte, me derrotaba siempre. Te amaba contra mi razón, contra mi voluntad, contra mi dignidad ... - j Pero mentías para torturarme . . . ! - ¡Mentía porque estaba perdida, y buscaba que fueras tú quien me rechazaras, quien me odiaras .. . ! ¡Yo sabia que estaba vencida; por eso me escudaba en mi violencia, en mi aparente odio hacia ti! j Yo estaba vencida. . . sí. .. ! --Como sabes que lo estoy yo -confesó él, al fin, mirán· dola intensamente-. Yo también te sigo amando contra mi razón, contra mi voluntad, contra mi orgullo y contra mi dignidad. Y porque lo sabía, no quería verte; no quería atender ni tus llamadas telefónicas, ni recibirte, por eso huía de tí. j Estaba seguro de que me derrotarías en cuanto te viera! -No, Andrés ... soy yo la que viene a entregarse . . . la que llega humildemente a tu lado, a rogarte que me perdones ; a preguntarte si aún me quieres. -¡ Ya te lo dije, sin que lo preguntes! ¡Te amo! El 11&4itre se acercó seguido de un meaero, y Andrés sintió deseos de estrangularlo. El cubo con el hielo fue colocado sobre la mesa, y la botella estuvo por un instante en manos del mesero, que interrogaba con la mirada. Andrés hizo un gesto enérgico, y el precioso ámbar del licor llenó las copa11. Cuando volvieron a quedar solos, Isabel rió alegremente. - Repite lo que decías cuando llegó ese inoportuno pi• dió extendiendo su mano por encima de la mesa. -¡ Te amo! -dijo él apasionado, mientras sut manu1 oprimían los dedos que se le ofrecían. - Ahora ya no hay nada que nos separe, Andrét 1SI vlf!• ras qué dichosa me siento después de dominar mi or1uUo, de seguirte, de pedirte perdón! ¡Nunca peneé hacerlo gún hombre!
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CARIDAD
BRAVO
ADAMS
- ¡Porque nunca pensaste amar como me amas!
-Es cierto. . . Bebamos, Andrés . . . por ti r por mi. Sin embargo, apenas probaron el champagne. Sentían el deseo de hallarse lejos, de hablar, de encontrarse a solas. Y cuando estuvieron abajo, en la calle, envueltos en la oscu· ridad, entre el mundo anónimo que iba y venía, no hablaron, no supieron decirse nada. Andrés tomó en sus brazos a lsa· hel y la besó con pasión, locamente. En realidad, no necesi· taban decirse lo que los dos sabían muy bien.
FI N
El enrmigo es. quiz.1, una de las más relev~ntcs creaciones
de Ci}ridad Bravo Adams. La alegoría hace aparición en la sensibilidad estética de la autora y nos permite disfrutar momentos de solaz que se antojan muy breves. La prodigalidad y la mez<juindad. El amor y el odio. La maldad y la bondad. Toda la gama en las antítesis de los atributos humanos. en juego luminoso que sumerge al lector en la reflexión y en el ensueño.