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Capítulo IX "Siento como si estuviera viviendo en la boca de un león, pero el león es un ángel"

Quien ama añora la felicidad del otro por sobre la propia—se repitió apenada, mientras corría hacia la salida de la mansión que durante un siglo le proporcionó los mejores momentos de su existencia. Le extrañaría… En un esfuerzo digno de admiración obligó a sus pies a caminar en dirección a la salida, sin siquiera ir por alguna de sus cosas, mal que mal si quería empezar de cero lo mejor era no traer recuerdos de su pasado, ya que sería inevitable, todo le recordaría a él. Sigiloso e inamovible, manteniendo una distancia prudente se encontraba Edward, observando en silencio desde el balcón del segundo piso cada una de las acciones de la hermosa vampiresa, impávido, ni siquiera se inmutó cuando la expresión de asombro cruzó el semblante de quien antaño se atrevió a llamar amante. Mientras ésta repasaba con desgarrador impacto cada tramo del inerte papel, tampoco mostró indicios de emoción alguna al observar las facciones del rubio querubín contraerse en profunda culpa, porque ésa era la emoción predominante. Tanto para ella como para él, en Tanya por atentar contra la joven, y en Edward por preferir a una humana antes que a ella. Sus dedos se cerraron en torno al barandal de la escalera y se permitió a sí mismo observar una ultima vez ese extenso mar dorado, recordó las interminables noches en las que se había sumergido en él, deseando con todo su ser ahogarse en medio de sus olas, finas y exquisitas, perderse entre sus cabellos, inhalar de esa fragancia dulzona y volverse dependiente de ella, pero aquello no ocurrió. Por más que pasaron los años el corazón del inmortal era incapaz de sentir, el sexo no iba ligado al amor y Edward Cullen lo sabía a la perfección. Su mirada se posó sobre la esbelta silueta de ella, delicada, sensual y gloriosa. Aun en condición humana ella había conseguido destacar del resto sin siquiera proponérselo. Una gota carmesí aterrizó en sus mejillas, espesa y pequeña, pero en ese casi imperceptible ente se mostraba la más grande expresión de amor. Tanya sabía que lo suyo con Edward nunca había tenido verdadera razón de ser, pero se negó a rendirse, ilusionada ante lo desconocido y anonada ante la perfección del inmortal no lo dudó un instante antes de proponerse conquistarlo, no lo consiguió. Las verdes e intensas dagas del vampiro traspasaron su curvilínea figura con intensidad y furor, estremeciéndola, quemándola. Tanya podía sentirle, no lo veía; pero sabía que se encontraba ahí, podía olerlo, a pocos metros de distancia, pero a kilómetros de ella en lo que al corazón respectaba, castigándola con su indiferencia, rechazándola. Él ni siquiera tuvo la distinción de bajar a despedirse de la herida joven. Vampira o no, había sido su amante por más de un siglo, su niña, su mujer; pero por sobre todo continuaba siendo una simple chica, sencilla y real; deslumbrada por la ilusión del primer amor, ése que te ciega y a la vez te condena, el mismo que tan rápido como te trae a la vida es capaz de arrebatarla de una sola estocada. Esa clase de amor que sólo un inmortal te puede dar, el mismo que Edward fue incapaz de corresponderle… El sonido del la puerta principal cerrándose con estruendo no lo conmovió, al menos no en comparación a campanilleo de unos suaves pies moviéndose de forma torpe y desacompasados sobre la alfombra del pasillo. Edward no necesita ser un vampiro con más de tres siglos en el cuerpo para atribuir aquellas temblorosas pisadas a su invitada.


En ese instante olvidó todo, Tanya dejaba de ocupar un lugar en sus desconcertados pensamientos, ya no era su pasado ni su error, simplemente no era nada. Insensible y despiadado como se había catalogado a sí mismo con el correr de los años sólo pudo pensar en la pequeña criatura que se acercaba a pasó torpe cada vez más a su encuentro. Saltó con agilidad hasta el primer piso y se escondió tras una de las cortinas, casi podía imaginar la expresión de desconcierto en la joven y una sonrisa genuina se formó en los labios de él. Antes de que pudiese pensar en un motivo que justificara su actuar el agitado latir de un corazón irrumpió en el ambiente, dejando al vampiro estático en su lugar; incapaz de reaccionar, de seguro podría moverse a velocidad inhumana y encontrar un mejor escondite, tal vez menos vergonzoso e infantil, pero no lo hizo, no quería. De alguna extraña forma a Edward le aliviaba saber que todo lo que lo separaba de la humana no eran más que centímetros de fina tela purpúrea. El delgado cortinaje le permitía observar a la escuálida figura sin mayor inconveniente, en momentos como éstos él agradecía ser un vampiro, Edward se contradijo al instante por haber pensado tal aberración. No existía motivo alguno como para agradecer tal yugo. Ninguno. Bella se encontraba nerviosa, tal vez no había sido buena idea dejarles una nota, después de todo aún no sabía cuánto tiempo permanecería en aquel sitio. Lo más maduro hubiese sido esperar abajo hasta que él o los propietarios se dignasen a aparecer. Porque tendrían que hacerlo algún día… Un estruendoso golpe la obligó a arrojar el control del plasma a casi tres metros de distancia, un acto impensado, sólo reflejos, pero ella ya no se encontraba en casa. Aquello era exagerado, pensó para sí con vergüenza y remordimiento. En este sitio no existían motivos por los qué temer, estaba fuera de su alcance, estaba a salvo… Alejando los malos recuerdos de su mente la castaña de dispuso a bajar, si habían ruidos al menos significaba que no se encontraba sola en aquel sitio. Bajó de su cama en un salto que en cualquier otra ocasión le hubiese significado una raspadura en su codo o rodilla, pero esta vez no ocurrió nada, ya que su habitación poseía un alfombrado tan pulcro que sobrepasaba los límites del lujo, suave y grueso recibió a la muchacha, casi como si se tratase de un colchón, uno fino y exquisito, ella simplemente se dejó caer sobre el ostentoso tapizado. Sonrió para sí, aliviada. "De verdad debo estar soñando" musitó para sí, antes de ponerse en pie y partir corriendo hacia el primer piso, de donde parecían provenir los ruidos. Sólo disminuyó la velocidad cuando llegó hasta la escalera, quien le parecía no sólo imponente sino la forma perfecta para que ocurriese una desgracia, y la pobre niña ya no quería saber más nada de aquello. No ahora que por primera vez se sentía libre. Finalmente llegó a la planta baja, con su corazón batiendo a un ritmo imposible. La corrida en conjunto con la extensa escalinata le estaba pasando la cuenta. Observó con detenimiento en todas las direcciones que su mediocre vista humana le permitía ver… Nada. Ni una sola mosca estaba presente en ese lugar.


Ella caminó meditabunda en dirección a la salida, suplicando en su inconsciente porque algún alma se encontrase en aquel sitio. Entonces justo cuando prácticamente se encontraba a sólo centímetros de la puerta lo vio. Un pequeño papel blanco reposaba en el suelo, ella lo estaba pisando y ni siquiera lo había notado. Se agachó dispuesta a recogerlo, pero una extraña brisa la dejó inmóvil en su sitio, calándola hasta los huesos con su gélida esencia. Isabella sintió pavor. Sus labios se secaron ipso facto, Bella estaba casi segura de haber oído un leve gruñido, pero aquella idea fue dejada a un lado cuando se concentró en una labor mucho más difícil de lograr, cesar el sonoro castañear de sus propios dientes. Quitó la mano que se encontraba en su pecho, producto del susto y ordenó sus cabellos, los que se habían levantado producto de la repentina ventisca. Un exquisito aroma a sándalo quedó impregnado el en ambiente, fresco, sensual; y por sobre todo atrayente. Aquello fue todo lo que necesitó Isabella para encontrar su norte y olvidar la sensación de terror, siendo sutilmente reemplazada por un clima de armonía y serenidad. Su vista viajó hasta el suelo, donde se encontraba el papel, pero ya era tarde…No había nada. Una vez estando lejos, en el ala opuesta de la mansión Edward maldijo en todas las lenguas que conocía, se permitió gemir, con ímpetu y desespero, con furia y frustración. Se sentía tan confundido, había arriesgado demasiado a la humana con su presencia y de paso se había expuesto él. Sin embargo, eso no era lo que impulsaba aquel arrebato de ira, no, el vampiro se sentía al borde del colapso por un único motivo, ella le temía. Y entonces todas las palabras que la joven había musitado entre sueños hicieron eco en su interior. Él era un monstruo, el protagonista de sus pesadillas. Aún con vestigios de su furia impresa en sus ojos posó sus oscuras dagas sobre el papel, pensando con dolor en su eterno suplicio, nadie jamás podría acompañarle en ese oscuro y desierto sendero. Su única acompañante sería la oscuridad, él no había nacido para amar, nadie moriría por él, nadie moriría por amor. Tanya no lo amaba, al menos no a él, ella simplemente había creído sentir aquello, pero Edward sabía a la perfección que nadie podría amar a un vampiro. Incapaz de encontrar una respuesta lógica ante lo ocurrido, se convenció de que simplemente había visto mal, porque un papel no podía desaparecer así como así. Olvidó sus intenciones de dirigirse hacia la salida y se limitó a regresar a su habitación, o eso pensó en un principio, pero una vez más sus necesidades más básicas le pasaban una mala jugada. Había comido hace tan sólo unas horas… pensó con vergüenza, pero qué se podía hacer, un desayuno nutritivo no aliviaría los dos días que se había pasado al abrigo de nada más que una fría banca en medio del parque. Caminó hasta la cocina e invadió con tímida ansiedad la despensa. Los panecillos no parecían significar mayor inconveniente al invadir su pequeña boca a velocidad vertiginosa. Una vez saciada su hambre, subió hasta su habitación y con cierta cantidad de víveres escondidos bajo su almohada se encerró en la comodidad de aquel sitio, porque le pertenecía,


pese a que Bella muy en su interior continuase sintiéndose como una completa intrusa, toda la extensión de aquella gloriosa mansión acababa de conocer a su dueña, la dueña del león. Isabella observó maravillada las delicadas prendas que le esperaban sobre su cama, una nueva tenida para dormir, esta vez hecha justo a su medida. Nada de vestidos extravagantes ni costosos y dificultosos, sino un sencillo y cómodo pijama de dos piezas. Una vez recostada sobre la cama se permitió suspirar, el día había sido… intenso y la exquisita textura de la franela al rozar contra su piel conseguía que Bella sonriese por agradecida por el pantalón que ahora usaba. —Esto es un sueño… Fue lo ultimo que articuló la chica antes de caer bajo un manto de profundo y pacífico descanso. Edward por su parte había cesado sus arrebatos en cuanto la oyó ir hacia la cocina, jamás pensó que observarla comer sería tan intrigante y….perturbador. ¿Qué te habrán hecho criatura? Pensóconsternado al presenciar la forma desesperada en que la adolescente se embutía los alimentos hacia su pequeña cavidad. No soportando más presenciar ese desgarrador escenario, se dirigió a velocidad desmedida incluso para los de su especie- hacia a la habitación de Tanya, porque pese a haber compartido el lecho desde hace más de un siglo, él jamás le invitó a convivir en una misma cama. Aquello se limitaba a disfrutar de buen sexo, era repetir una serie de certeros movimientos a un ritmo sincronizado y deleitarse con el manjar que le propinaba su glorioso cuerpo, pero el vampiro jamás compartió su alcoba. Cuando llegó a la recamara no se dejó amedrentar por la nostalgia que invadía el entorno; hizo caso omiso sobre el hecho de que su aroma aún se encontraba presente en aquel sitio de forma concentrada e inherente; tampoco perdió tiempo en apreciar las pertenencias de quien solía llamar su leal pareja. Edward Cullen se limitó a abrir con desenfreno las puertas del enorme guardarropa que poseía la vampiresa, y agradeció una infinidad que su corazón hubiese sido tan grande, que aun molesta hubiese cedido a su petición. Observó la gran cantidad de bolsas apiladas una junto a otra en el interior de armario, tomó una al azar, y grata fue su sorpresa al comprender que su labor le tomaría menos tiempo del que se había imaginado, sacó la delgada tela de su interior y se dirigió con ya caracterizada velocidad hacia la alcoba de la humana, no corría riesgos de ser descubierto, puesto que desde el extremo opuesto de pasillo, aún estando en el segundo piso, podía oírle a la perfección abriendo y cerrando puertas al azar, se oía el ruido de una especie de nylon. Edward no tenía que ser un genio para atribuir aquel sonido a la alacena siendo abierta, y mucho menos le costó presagiar que la pobre joven no hacía más que tomar provisiones desde la cocina. Sonrió sin alegría, no podía creer que alguien pudiese padecer tal nivel de necesidad… de hambre. Pero, por otra parte se sentía dichoso de haber ordenado el día anterior a Tanya llenar la despensa e ir de compras, al parecer su invitada si sabría valorar su gesto. En menos de lo que Bella tardaba en tragar un bocado, Edward ya había ingresado a su cuarto con sigilo, incluso se había dado el trabajo de dejar estirado el conjunto sobre las cubiertas de la cama, con la gracia propia que te otorga la experiencia de vivir una eternidad. Enumeró uno a uno los segundos que tardó la joven en subir hasta la habitación, sobrepasado por la ansiedad y curiosidad de conocer la reacción de la chica ante su sorpresa. Cual niño en la mañana de navidad Edward Cullen, un vampiro con más de trecientos años sobre sus hombros


se refugió bajo el catre, no podía verla, pero oía a la perfección cada latido de la humana, el más mínimo roce que su piel ejercía sobre la colcha él lo notaba, y sonreía por pura anticipación. Sus ojos se volvieron ónix al percatarse del armonioso trino que liberaban las prendas en complemento con su piel al ejercer exquisita fricción… Ella se estaba desvistiendo. Tomó el papel que había mantenido empuñado desde el instante en que comprobó que Tanya había dejado un vestigio de su presencia, un motor para su huída, un gatillante a creador de su dolor. Y a Edward no le había tomado mucho tiempo comprender la razón del actuar en la hermosa vampira, pero él ni siquiera se inmutó al observar las pequeñas manchas borgoña salpicadas en la servilleta, Edward se encontraba demasiado hechizado apreciando el nombre con el cual su invitada había firmado aquella nota. Bella Swan. Aun en la oscuridad que le imponía su escondite, las oscuras dagas repasaban con alabanza cada una de las letras impresas en aquel escrito, acariciando con inmensurable devoción. ¿Enamorado? A ciencia cierta nadie podría decirlo, pero ciertamente el vampiro se encontraba perdido, cegado por una inexplicable atracción hacia la chica, e imposibilitado por completo de libre albedrío. No tardó en erguirse en cuanto su respiración se volvió acompasada, respirando la libertad de su sangre y dando rienda suelta al demonio que ardía en su interior. Se acercó con timidez hacia la humana, algo fuera de lugar en un ser como él, confiado y soberbio. Edward no perdía tiempo en analizar sus acciones, el sólo actuaba y sentía. Y es que tiempo era justamente lo que no tenía. Sin perder más segundos de suprema y valiosa importancia se permitió subir a la cama, acomodándose junto a la frágil mujercita; Edward Cullen dejó de ser el insensible león dueño del universo, el sabelotodo racional y engreído, él experimentado vampiro dejó por instante de ser Un León indomable, y pasó a ser un manso gatito en las manos de su amo, su dueña. Bella — confesó en un suspiro, pero no era sólo un nombre. Era una verdadera revelación, se descubrió a si mismo ansiando su roce de forma desesperada. Pero, él no podía ser consciente aún del nivel de dependencia que se comenzaba a generar hacia la humana, no aún. Las frías manos inmortales cobraron vida por inercia, aventurándose con una humildad de la cual no se sabían portadoras a innovaron en el arte de la ofrenda, porque eso hacían, ofrendaban caricias, sutiles y afables sobre la piel de la castaña. Primero se deleitaron con la zona de sus muñecas, donde la fina tela del su camiseta dejaba en evidencia el nacimiento de su brazo. Degustó la textura de sus manos, suaves y frías, entonces cayó en cuenta de que su propia temperatura corporal no ayudaba demasiado, con horror descubrió que Bella Swan se había dormido sin siquiera cubrir su humanidad. De verdad quieres matarte — se lamentó el joven chico, y es que pese a ser un veterano en este mundo, él continuaba siendo portador de ese angelical semblante, sin siquiera haber cumplido la mayoría de edad al ser convertido, el dueño de los ojos abismales no era más que la detallada representación del infierno hecha hombre, pero jamás sería humano... Edward se permitió apreciar una última vez la piel de la hermosa adolescente, y esta vez se arriesgó a jugar con fuego, rozando con su dedo anular la tersa zona de sus labios. La pregunta no formulada por su parte, fue respondida segundos más tarde, cuando el incauto vampiro se vio a sí mismo perdido por la exquisitez de esa piel impresa bajo sus dedos, delgada,


fina y tan cálida al tacto, el profundo matiz cereza que estos portaban no fue en absoluto de ayuda para evitar lo ineludible. La respuesta a su pregunta. Uno, dos, tres. Fueron los segundos que necesitó Edward Cullen para perder el control y posar sus gélidos labios sobre los de la chica, aún con vestigios de muerte, y portador de condena éstos se permitieron acariciar la tibia boca de la humana, la que no emitió respuesta, ya que Bella dormía placidamente Mañana será pasado… — Susurró en el oído de su victima, antes de entregarse al deseo y enterrar sus colmillos en la delgada y casi inexistente barrera que simbolizaba su carne. Su mente dejó de trabajar, y la razón le abandonó por completo. El animal en él se despertó con presunción y no tardaron sus sentidos en ponerse alertas, cada uno de ellos concentrados en un único objetivo. Hacerla suya… .


cap 9