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Capítulo I

"siento como si estuviera viviendo en la boca de un león, pero el león es un ángel."

Sus largos y finos cabellos rozaban con desordenada pantomima la fina cintura de la joven, empapados en frío sudor se adherían a sus desnudos brazos y de vez encunado enmarcaban el anémico rostro. Isabella rezaba en su mente porque algún ser supremo se apiadase de ella, incapaz de fabricar la saliva necesaria para articular palabra se vio a si misma gimiendo por un poco de piedad. Al parecer, el todopoderoso se había olvidado de la más devota y sufrida de sus hijas. El clima era cruel, entrecruzó ambas piernas, mientras en un vano esfuerzo intentaba estirar su corta falda. Creyendo conseguir de esa forma un poco de calor para su congelado cuerpo. La tarde cruda no le ayudaba en absoluto con su pobre labor. El frescor le calaba hasta los huesos, y como deseó haber alcanzado a tomar al menos un sweater. Continuó sentada en aquella banca, incapaz de moverse, incapaz de hablar, incapaz siquiera de llorar, no podía, no le quedaban fuerzas. El hambre la había torturado durante todo el día, habían pasado dos ya desde aquel fatídico suceso, y ella prefería no recordar, jamás lo olvidaría, pero al menos fingiría que nunca sucedió. Quizás no debería haber huido, al menos ahora tendría un techo seguro, un trozo de pan, duro y añejo, pero al fin y al cabo era algo que debería agradecer. De ese modo conseguía engañar a su estómago, no gozaría de grandes privilegios, pero era un sitio seguro, por lo menos lo fue hasta esa noche… Llevó ambas manos hacia su boca y exhaló sobre ellas, el espeso vapor nunca antes fue tan visible, como lo era ahora mientras se alojaba en sus manos, y es que el contraste de su tibio aliento con el implacable entorno era despiadado. Un agudo sonido comenzó a incomodarle, aumentó la fricción de ambos brazos sobre su piel, el frío se había vuelto doloroso, apenas sentía los dedos de sus pies. Se llevó una mano hacia su boca para reprimir el llanto, la extraña mezcla entre terror y desesperación por no saber que le depararía el futuro era espeluznante. Y sólo en ese momento fue consciente de que aquella molesta sinfonía provenía de un castañear de dientes, en efecto, todo su cuerpo se encontraba tiritando de forma insostenible. Con el lento y tortuosa correr de las interminables horas, sus pequeños y carnosos labios fueron perdiendo el borgoña, siendo cruelmente reemplazado por una amarga lividez, los hermosos ojos pardos se encontraban surcados por un contorno violáceo, húmedos por aún, gracias a que la fría noche se había encargado de mantener las lágrimas intactas en sus espesas pestañas. Como frío consuelo de que esto era real, cada ápice de dolor que su dermis sostenía era autentica y aguda.

En algún momento cayó vencida por el sueño, lo cual agradeció. No es que disfrutase dormir en el banco de un parque, pero al menos la inconciencia la protegería del implacable otoño.


Suave, fino y frío se sintió aquel roce, se supondría que después de permanecer tantas horas a la intemperie un poco más de frescor no debería suponer la diferencia, pero lo hizo. Su gélido tacto liberó de sus pesadillas, arrebatándola a tiempo de las garras de la oscuridad. Y es que más que un sueño, lo que estaba viviendo era un infierno. La joven se encontraba al borde del abismo presa de la hipotermia gracias a las pobres baratijas a las que a difícilmente se podría llamar ropa. Isabella había estado al borde de la muerte, sin ser consciente de ello. — Sé que voy a arrepentirme — suspiró el ángel, antes de cargar a la débil humana en sus brazos y llevarla hasta su morada.

"siento como si estuviera viviendo en la boca de un león, pero el león es un ángel.".


Cap 1