Hay momentos en los que el mundo deja de sentirse estable. No es una gran explosión, es algo más sutil: una sensación constante de que todo podría moverse de lugar en cualquier momento.Y entonces inevitablemente pienso en la historia. No como materia, sino como advertencia. Porque cada vez que la humanidad ha entrado en uno de esos puntos de quiebre, hay ciertos protagonistas que nunca fallan en aparecer: las grandes monarquías europeas. Ahí estaba el asesinato que detonó la Primera Guerra Mundial, la caída de Nicolás II de Rusia, María Antonieta convertida en símbolo antes de perder la cabeza —literal y narrativamente.
El poder, cuando se hereda, siempre termina enfrentando el mismo problema: explicar por qué sigue existiendo. Hoy, siglos después, el escenario no es tan distinto. Las coronas siguen ahí, pero ya no imponen, se justifican. Entre escándalos,filtraciones y una opinión pública que ya no perdona, las casas reales viven uno de sus momentos más frágiles.
Este número es una radiografía de eso: distin