


El Programa Antártico Argentino en imágenes
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El Programa Antártico Argentino en imágenes
Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República
Argentina
Secretaría de Malvinas, Antártida, Política Oceánica y Atlántico Sur
Dirección Nacional del Antártico
Instituto Antártico Argentino
Tripulación del rompehielos ARA Alte. Irízar CAV 2024/2025
Comando Conjunto Antártico
Fotografía
Marcelo Gurruchaga, con excepción de las siguientes:
• Pág 11 – Archivo Histórico del Departamento de Estudios Históricos Navales
• Págs. 49, 53, 60, 61 – Instituto Antártico Argentino
Diseño
Marcelo A Dall'Alba
Todos los derechos reservados
Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro sin permiso previo por escrito del autor.
Queda hecho depósito que marca la ley 11 723
El programa antártico argentino en imágenes ; Fotografías de Marcelo Gurruchaga. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Gurruchaga, 2026.
Libro digital, PDF
Archivo Digital: online
ISBN 978-631-90307-8-5
1. Antártida Argentina. I. Gurruchaga, Marcelo, fot. CDD 998
Ediciones Gurruchaga
© 2026 Marcelo Gurruchaga
Instituto Antártico Argentino



Patrimonio Audiovisual Recuperado

Archivo Histórico de Fotografía IAA



La Antártida, ese vasto continente cubierto de hielo, ha sido durante décadas un escenario donde la humanidad se enfrenta a su propia capacidad de exploración, conocimiento y cooperación. En el extremo sur del planeta, la presencia argentina se mantiene firme desde hace más de un siglo, uniendo ciencia, compromiso y soberanía en una empresa colectiva de profundo valor simbólico y estratégico. El Programa Antártico Argentino constituye una de las expresiones más claras del vínculo entre la nación y su compromiso con la ciencia y la paz. Desde la fundación de la Base Orcadas en 1904 la primera estación científica permanente del mundo en el continente antártico Argentina ha mantenido una presencia ininterrumpida, sostenida por el esfuerzo de generaciones de científicos, técnicos y logísticos, tanto militares como civiles. A través de ellos, el país reafirma su participación activa en un espacio regido por los ideales del Tratado Antártico, firmado en 1959, que consagra a la Antártida como un territorio dedicado a la paz, la cooperación científica internacional y la protección del medio ambiente. Este libro, con sus imágenes, busca rendir homenaje a esa presencia, a las mujeres y hombres que habitan y trabajan en el continente antártico, y a la belleza conmovedora de un territorio que, aunque remoto, está íntimamente ligado a nuestro futuro común como nación.
El Programa Antártico Argentino es la gestión del Gobierno nacional de Argentina para llevar adelante la política nacional respecto de la Antártida. La Dirección Nacional del Antártico (DNA) tiene a su cargo la programación, planificación, coordinación, dirección, control y difusión de la actividad antártica argentina, con el fin de cumplir los objetivos, políticas y prioridades de la Política Nacional Antártica. Entre sus funciones se encuentra la recopilación, análisis y articulación de los requerimientos del Instituto Antártico Argentino (IAA) para el desarrollo de actividades científico-técnicas, de gestión ambiental, apoyo logístico y prestación de servicios. En base a ello, elabora el Plan Anual Antártico, que reúne todas las actividades comprendidas en el Programa Antártico Argentino.
Junto con la Dirección Nacional de Política Exterior Antártica, la DNA representa a la Argentina ante el Consejo de Administradores de Programas Antárticos Nacionales (COMNAP) y ante la Reunión de Administradores de Programas Antárticos Latinoamericanos (RAPAL).
Asimismo, asesora al Ministerio de Relaciones Exteriores en materia de Política Nacional Antártica y estrategia a mediano y largo plazo, así como a las distintas jurisdicciones del Estado Nacional.
El Sistema del Tratado Antártico (STA) comprende el conjunto de normas e instituciones derivadas del Tratado Antártico, incluyendo su texto original, los instrumentos internacionales asociados y las medidas e instituciones establecidas en virtud de ellos.
Entre los principales instrumentos jurídicos asociados al Tratado se encuentran:
• La Convención para la Conservación de Focas Antárticas (CCFA o CCAS,1972);
• La Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA o CCAMLR, 1980);
• El Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente, conocido como Protocolo de Madrid (1991), junto con sus Anexos.
De los siete países signatarios del Tratado Antártico que mantenían reclamos de soberanía al momento de su firma, la Argentina era uno de ellos. Sin embargo, los reclamos de Chile y del Reino Unido se superponen con el argentino: el del Reino Unido abarca en su totalidad el Sector Antártico Argentino, mientras que el chileno lo hace parcialmente. Desde 1947, la Argentina y Chile se reconocen mutuamente derechos de soberanía en la región, quedando pendiente la delimitación de la zona de superposición entre ambas reivindicaciones. A fin de evitar la expansión del debate sobre los reclamos, el Tratado Antártico establece que, mientras permanezca vigente, no podrán formularse nuevas reclamaciones de soberanía ni ampliarse las ya existentes.
Asimismo, en su Artículo IV dispone que las actividades desarrolladas tras su entrada en vigor no podrán interpretarse como una renuncia o debilitamiento de los derechos soberanos, de sus fundamentos jurídicos, ni de la posición de los Estados reclamantes. De este modo, el Tratado preserva las posiciones de los países con reclamos de soberanía, armonizándolas tanto con aquellos Estados que se reservan el derecho a formular reivindicaciones en el futuro como con los que no reconocen ningún tipo de reclamo territorial en la Antártida.

Inauguración del Destacamento Naval Melchior el 31 de marzo de 1947, fue la segunda base permanente argentina en la Antártida (Fondo Secretaría de Prensa - Archivo Histórico del Departamento de Estudios Históricos Navales)

Durante el siglo XIX, cazadores de focas de diversas nacionalidades, entre ellos rioplatenses, visitaban tierras antárticas en viajes comerciales que fueron previos a las exploraciones científicas. Estos navegantes evitaban informar sobre sus destinos para no atraer competencia. Aunque la presencia privada predominó durante esta etapa, conocida como la "era comercial", hacia fines del siglo XIX comenzaron a desarrollarse expediciones oficiales que dieron inicio a la denominada "era heroica" de la Antártida, coincidiendo con la expansión de la actividad ballenera.
En las dos últimas décadas del siglo XIX, el Estado argentino inició sus propios planes de exploración. En 1879 se fundó el Instituto Geográfico Argentino, que luego señalaría a la Antártida como una prioridad nacional.
El siglo XX se inauguró con la asistencia argentina a la Expedición Antártica Sueca de 1901, en la que participó el alférez José María Sobral, primer argentino en invernar en la Antártida. Este gesto solidario marcó el comienzo de una rica tradición de cooperación científica internacional, continuada por el rescate de la misma expedición mediante la corbeta ARA Uruguay, de la Armada Argentina, que a su vez abrió un camino de operaciones de salvataje lideradas por argentinos que se extiende hasta la actualidad.
Otro hito trascendental tuvo lugar el 22 de febrero de 1904, cuando la República Argentina tomó posesión del Observatorio Meteorológico en las islas Orcadas del Sur, estableciendo así su presencia permanente en la Antártida. Se trata de la ocupación más antigua del continente en forma ininterrumpida. Desde entonces, la actividad científica argentina en la región ha sido

constante, motivo por el cual cada aniversario se conmemora como el Día de la Antártida Argentina. Ese mismo año se fundó la Compañía Argentina de Pesca, que durante medio siglo complementó la presencia estatal con el respaldo del sector privado a las campañas científicas.
Al año siguiente, el nombramiento de autoridades nacionales para esos territorios y la adquisición de un buque polar para la Armada Argentina, sellaron este singular período fundacional.
Durante las primeras cuatro décadas del siglo XX, el Estado nacional sostuvo la continuidad de sus actividades científicas y su presencia estable en las Orcadas del Sur, lo que constituye un caso único en el contexto antártico. Aquellos primeros invernantes, además de sus tareas técnicas y científicas, fueron autores de los primeros relatos en el mundo sobre la vida cotidiana de contingentes que, relevados anualmente, habitan la Antártida haciendo ciencia.
Con el inicio de la llamada "era mecánica" en la década de 1920, la Argentina mejoró significativamente las comunicaciones con sus bases mediante el uso de la radio y modernos buques a vapor, lo que también posibilitó nuevas expediciones científicas a islas subantárticas.
Entre 1939 y mediados de la década de 1950, la presencia argentina en la Antártida experimentó una expansión notable, impulsada por la recientemente creada Comisión Nacional del Antártico. De contar con una única estación, el país pasó a mantener ocho bases y veintiocho refugios en el Sector Antártico Argentino.

En 1951 se creó el Instituto Antártico Argentino, el primero en el mundo dedicado exclusivamente a la investigación científica en el continente. Bajo su coordinación, se impulsaron campañas hacia nuevas regiones hasta entonces inexploradas, facilitadas por la incorporación del rompehielos ARA General San Martín. En este período se formalizó también el reclamo de soberanía argentina sobre el sector antártico y se profundizó el proceso de concientización social en torno a la proyección nacional en la región. Con el Año Geofísico Internacional (1957–1958) y la firma del Tratado Antártico (1959) se inicia una nueva etapa en la que las naciones involucradas acuerdan preservar el continente para la paz y el desarrollo científico. Durante el Año Geofísico Internacional (AGI), participaron 30.000 científicos de 66 países, con la Antártida como eje central de las investigaciones, aunque sólo una docena de países —entre ellos la Argentina— operaron directamente en el continente.
Las investigaciones del Instituto Antártico Argentino se destacaron especialmente por el Proyecto Aurora, centrado en el estudio de ese fenómeno atmosférico, y por sus contribuciones en el campo de la glaciología. Esta experiencia de cooperación científica internacional constituyó el preludio del Tratado Antártico y sirvió de base para la creación, en 1958, del Comité Científico de Investigación Antártica (SCAR).
El 8 de marzo de 1961, el presidente Arturo Frondizi se convirtió en el primer mandatario argentino en visitar la Antártida, al arribar al Destacamento Naval de isla Decepción. Desde allí pronunció un discurso, transmitido por Radio Nacional, en el que destacó el trabajo conjunto de investigadores, técnicos y personal militar. Esta visita reflejó el decidido apoyo de su gobierno a la participación argentina en la Conferencia del Tratado Antártico celebrada en Washington en 1959,

así como sus esfuerzos para lograr la ratificación del Tratado, efectivizada el 23 de junio de ese año.
En esta nueva era, la Argentina se consolida como una de las naciones líderes en la Antártida por su producción científica y su aporte constante al Sistema del Tratado Antártico (STA), en calidad de signatario original, Estado reclamante y Parte Consultiva. A comienzos de la década de 1960, las tres Fuerzas Armadas argentinas impulsaron expediciones hacia el Polo Sur que, además de su dimensión logística, aportaron valiosos datos científicos. En este contexto, la creación de nuevas estaciones, como la Base Vicecomodoro Marambio en 1969, con su pista de aterrizaje que habilita un puente aéreo intercontinental permanente, y la incorporación del rompehielos ARA Almirante Irízar en 1978 fortalecieron significativamente la capacidad logística nacional. A su vez, la fundación de la Dirección Nacional del Antártico en 1970 permitió reorganizar y centralizar la política antártica argentina. Es durante este período que la ciencia, la logística y la política nacional antártica adquieren su configuración actual.
En 1991, con la adopción del Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente, se abre una nueva etapa en la que la preservación ambiental se vuelve una prioridad fundamental. A partir de 2003, la Dirección Nacional del Antártico y el Instituto Antártico Argentino pasan a depender del Ministerio de Relaciones Exteriores, y en 2004 la sede de la Secretaría del Tratado Antártico se establece en Buenos Aires.

Instrumental científico, Base Esperanza

La ciencia es el corazón de la presencia argentina en la Antártida. Desde los primeros años del siglo XX, el país comprendió que conocer el extremo sur del planeta era una forma de ejercer soberanía a través del conocimiento y de contribuir al entendimiento global de la Tierra. En un territorio donde la naturaleza se muestra en su estado más puro, la investigación científica se convierte en una herramienta de diálogo, cooperación y descubrimiento.
En este contexto, el Instituto Antártico Argentino (IAA) ocupa un lugar central. Creado el 17 de abril de 1951, por el Decreto del Poder Ejecutivo Nacional N˚ 7338, tuvo como impulsor y primer director al entonces coronel Hernán Pujato. Fue el primer organismo del mundo dedicado exclusivamente a la investigación científica en la Antártida. Su fundación marcó un hito no solo para el país, sino también para la historia de la ciencia polar internacional. Desde entonces, el IAA ha coordinado, impulsado y desarrollado los programas de investigación que la Argentina lleva adelante en el continente blanco, articulando el trabajo de científicos, técnicos y logísticos que operan bajo condiciones extremas.
El Instituto tiene como misión principal promover y ejecutar estudios en todas las áreas del conocimiento antártico: desde las ciencias físicas y biológicas hasta las geológicas, ambientales y sociales. Las investigaciones abarcan temas clave para la comprensión del planeta: la regulacion del clima, la dinámica de los glaciares, la composición atmosférica, la capa de ozono, la biodiversidad marina y terrestre, y el impacto humano en los ecosistemas polares. Cada campaña científica argentina aporta datos valiosos a redes internacionales de observación y monitoreo, consolidando al país como un actor de referencia dentro del Sistema del Tratado Antártico

Así mismo el IAA, principalmente a través de su Museo, lleva adelante el rescate de la memoria antártica argentina mediante la puesta en valor del patrimonio histórico antártico argentino, así como con la creación de los archivos históricos de fotografía, cine y oral de la Antártida Argentina. Las bases argentinas funcionan como plataformas de investigación distribuidas a lo largo de distintas regiones del continente. En Base Carlini, ubicada en la península Potter, se realizan estudios en colaboración con instituciones de Alemania, Italia y otros países, centrados en la variabilidad climática y la ecología marina. En Base Marambio, que constituye el principal nodo logístico argentino, científicos estudian la geología y paleontología del continente, así como la meteorología polar. Belgrano II, una de las bases más australes del planeta, permite obtener datos esenciales sobre fenómenos atmosféricos y variaciones magnéticas. Cada instalación, desde Orcadas hasta Esperanza, aporta una pieza distinta al complejo rompecabezas del conocimiento antártico.
A lo largo de más de siete décadas, el IAA ha formado generaciones de investigadores y ha construido una red de cooperación con universidades, centros científicos y organismos internacionales. Su labor ha permitido que la Argentina mantenga una presencia activa, pacífica y científica en el continente, reafirmando su compromiso con los principios del Tratado Antártico: la paz, la cooperación y la protección del medio ambiente.
En la Antártida, cada dato medido, cada muestra recogida y cada observación realizada contribuyen a una causa mayor: comprender cómo funciona el planeta y cómo puede la humanidad preservarlo. El Instituto Antártico Argentino encarna esa misión.


Módulos habitacionales diseñados para la visibilidad y resistencia climática. Con el tiempo se convirtieron en un símbolo identitario de Base Carlini






La Antártida es el lugar más extremo de la Tierra. A menudo pensamos en ella como un territorio uniforme, una vasta planicie blanca sin matices. Sin embargo, los paisajes antárticos son sorprendentemente diversos: montañas que emergen entre glaciares, valles desérticos donde casi no nieva, costas que se abren en fiordos, y plataformas de hielo que se prolongan sobre el mar como continentes flotantes. Cada rincón ofrece una geografía particular, marcada por la combinación única de hielo, roca, viento y océano, en ocasiones con la vida abriéndose paso en ellos.
El rasgo dominante de la Antártida es, sin duda, el hielo. Cerca del 98 % de su superficie está cubierta por la mayor masa de hielo del planeta. Desde el aire, el continente parece un desierto blanco, pero en realidad está modelado por glaciares que se desplazan lentamente hacia el mar. Estos glaciares forman barreras de hielo de cientos de kilómetros de extensión, como la de Filchner-Ronne. Cuando partes de esas plataformas se fracturan, se generan témpanos colosales, verdaderas islas errantes que vagan por el Atlántico Sur hasta fundirse en él. El hielo antártico, además, muestra una paleta sorprendente. El blanco domina, pero también aparecen tonos azul profundo en bloques compactos, o verde turquesa cuando burbujas microscópicas quedan atrapadas en su interior. En los atardeceres de verano, la luz del sol bajo tiñe los témpanos de rosa y naranja, creando un espectáculo que contrasta con la idea de un paisaje monocorde.
Más allá de las llanuras heladas, se alzan cordilleras imponentes. Los Antartandes, en la península Antártica, alcanzan alturas superiores a los 3.000 metros y conforman un escenario montañoso que recuerda a los Andes australes. Más hacia el interior, la cordillera Transantártica divide al continente en dos grandes bloques: la Antártida Oriental y la Occidental.

En estas montañas, la roca desnuda se mezcla con glaciares colgantes y cumbres que rara vez ven un día templado.
Algunas zonas están tan aisladas que el ser humano apenas las ha explorado. En sus laderas se conservan registros de otras eras geológicas en que regiones como la península Antártica se encontraban unidas a Sudamérica.
Las costas antárticas muestran otra cara del continente. En la península Antártica y en algunas islas cercanas, los glaciares se precipitan directamente al mar formando fiordos y bahías profundas. Estos paisajes, más accesibles y dinámicos, son los que primero ven los investigadores y visitantes. Allí el contraste entre hielo y vida es evidente. Las playas rocosas están ocupadas por colonias de pingüinos, por lobos y elefantes marinos. El mar circundante hierve de actividad gracias al krill, diminuto crustáceo que sostiene toda la cadena alimenticia. Sobrevolando el agua, albatros y petreles completan una postal que mezcla la crudeza del hielo con la vitalidad del océano.
La experiencia de un paisaje antártico no se reduce a lo visual. El silencio, interrumpido por el crujido de los glaciares o el golpe seco de un témpano al partirse, es parte esencial de la atmósfera. En verano, cuando el sol nunca llega a ocultarse del todo, la luz crea una sensación de tiempo suspendido. En invierno, la oscuridad casi permanente transforma el paisaje en una penumbra helada, iluminada apenas por auroras australes que pintan el cielo de verde y violeta. Los olores también sorprenden, como ocurre en colonias de pingüinos o lobos marinos. Los contrastes son constantes: entre silencio y estrépito, entre desolación y vitalidad, entre el blanco absoluto y los colores intensos del hielo.













Sombra del helicóptero SH-3 Sea King del Rompehielos ARA Alte. Irízar con un chinguillo colgando mientras realiza tareas de descarga en la Base Belgrano II, en la que durante el verano nunca se pone el sol.


Cuando pensamos en la Antártida, solemos imaginar un continente blanco, vasto e inhóspito, donde el viento sopla con furia y la vida humana parece imposible. Sin embargo, desde hace más de un siglo, Argentina mantiene presencia continua en este territorio extremo. Lo hace a través de sus bases, refugios y campañas anuales, organizadas principalmente por el Estado a través de la Dirección Nacional del Antártico (DNA) y el Comando Conjunto Antártico (COCOANTAR).
Detrás de esa presencia, que parece casi invisible desde el continente sudamericano, hay un complejo sistema de logística que cada verano austral moviliza barcos, aviones, helicópteros, vehículos oruga, toneladas de alimentos, combustible y equipos científicos. Sin esa maquinaria, la vida en las bases y la investigación que allí se desarrolla serían impensables.
La logística consiste en todo lo necesario para sostener la presencia argentina en la Antártida: aprovisionar a las bases permanentes y temporarias, trasladar y rotar al personal, abastecer de combustible y víveres, instalar y mantener equipos de investigación, e incluso construir o reparar infraestructura. Pero no se trata sólo de transporte. La coordinación es un elemento clave, en un entorno donde las condiciones cambian de manera abrupta, donde el hielo puede bloquear el paso de los buques, y la meteorología es extremadamente dinámica, el margen de error se reduce al mínimo.
En este sentido, la planificación comienza mucho antes de que un avión despegue rumbo al sur o el rompehielos zarpe desde Buenos Aires. La Campaña Antártica de Verano (CAV) se planifica con meses de anticipación.

En ese tiempo, se definen los objetivos científicos y operativos, se calculan las necesidades de cada base, se coordinan tareas con instituciones como el Instituto Antártico Argentino (IAA) y se diseñan los itinerarios de los medios navales y aéreos.
El corazón de la operación está en el Rompehielos ARA Almirante Irízar, una nave emblemática de la Armada Argentina, capaz de abrirse paso entre el hielo marino para llevar provisiones y personal, utilizando también dos helicópteros Sea King de la Aviación Naval embarcados. A su alrededor, colaboran los Avisos de la Armada, helicópteros Bell 2, aviones Hércules C-130 de la Fuerza Aérea y hasta aeronaves más pequeñas como los Twin Otter o los helicópteros Bell. La coordinación es tal que cada base sabe exactamente en qué ventana temporal recibirá los suministros y qué cantidad de personal será rotado.
Argentina es el país con más bases en la Antártida. En la actualidad cuenta con 13 bases, 7 permanentes y 6 temporarias. Las bases permanentes, como Marambio, Esperanza, San Martín, Orcadas, Belgrano II , Petrel y Carlini, permanecen activas todo el año. En ellas se necesita asegurar comida, combustible, medicamentos, repuestos para maquinarias y generadores eléctricos, además de los materiales científicos para sostener las investigaciones en áreas como biología, geología, glaciología y meteorología. Las bases temporarias, en cambio, se abren en la campaña de verano y funcionan como plataformas de investigación estacional. Abastecerlas requiere operaciones aún más precisas, porque se encuentran en lugares de difícil acceso, donde muchas veces solo se puede llegar en helicóptero o mediante vehículos sobre nieve.

La provisión de combustible, que en el continente puede parecer trivial, en la Antártida es crucial. Se utiliza principalmente para generar electricidad y calor. Sin él, no hay vida posible en las bases. Por eso, enormes cantidades de combustible se descargan cada verano, incluso en helicóptero, y se almacenan cuidadosamente para durar todo el invierno.
Actualmente, la puerta de entrada aérea argentina a la Antártida es la Base Marambio, inaugurada en 1969 sobre la isla del mismo nombre. Su pista de 1.200 metros, construida sobre permafrost, permite operar a los aviones C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Argentina que realizan vuelos regulares, así como a otras aeronaves de menor porte. Marambio funciona, en cierto modo, como un “aeropuerto internacional” en medio del hielo: recibe vuelos desde Río Gallegos o Ushuaia y, a su vez, conecta con bases más pequeñas mediante aeronaves de menor tamaño. Esta capacidad aérea le otorga a Argentina una ventaja logística significativa, ya que no depende exclusivamente del mar.
Más allá del desafío técnico, la logística antártica tiene un fuerte componente científico y político. Cada campamento, cada estación meteorológica, cada módulo de laboratorio instalado depende de esa cadena de suministros. Sin logística no hay ciencia, y sin ciencia la presencia antártica argentina perdería su principal razón de ser. Sostener bases y refugios es un acto de soberanía. Cada verano, cuando el Irízar navega entre los témpanos o cuando un Hércules aterriza en Marambio, se reafirma el compromiso del país con la investigación y el cuidado del continente blanco.



La pista de aterrizaje de la Base Marambio recibe a un avión C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Argentina con científicos y suministros a bordo (Foto: IAA).



El Aviso ARA Estrecho San Carlos realiza tareas de apoyo logístico Con capacidad polar, los cuatro avisos argentinos clase Neftegaz pueden atravesar pack de hielo marino de poco espesor. Estos buques también participan de la Patrulla Antártica Naval Combinada, en conjunto con la Armada Chilena (Foto: IAA).






La cubierta de vuelo del Rompehielos ARA Alte Irízar se prepara para recibir a un Helicóptero SH-3 Sea King y liberar su chinguillo para que pueda continuar con sus tareas de reabastecimiento.

La Base Carlini recibe a un helicóptero Bell-412 proveniente de la Base Marambio con científicos a bordo La Pre-Campaña Antártica de Verano comienza (Foto: IAA).

Un Avión DHC-6 Twin Otter de la Fuerza Aérea Argentina sobre el suelo de permafrost helado de la Base Marambio es alistado para su despegue con el fin de realizar tareas de apoyo científico (Foto: IAA).


Tareas de reabastecimiento en la Base San Martín con la lancha de desembarco del Rompehielos ARA Alte. Irízar. Las mismas pueden durar desde varias horas, hasta días, sin interrupción, descargando todo lo necesario para que la dotación se mantenga en funcionamiento durante más de un año, además de replegar todos los residuos generados durante la última invernada.

En la Base San Martín, el personal del Grupo Playa de la Armada desengancha hábilmente las nuevas cisternas transportadas por el Helicóptero SH-3 Sea King del Rompehielos.



Habitar la Antártida es una experiencia que desafía los límites de lo humano. No se trata solo de sobrevivir en uno de los ambientes más hostiles del planeta, sino de convivir con un paisaje que impone silencio, humildad y admiración. En medio de la inmensidad blanca, hombres y mujeres argentinos sostienen, año tras año, una presencia que combina la vocación científica, el esfuerzo colectivo y la pasión por el conocimiento. Las bases, refugios y campamentos constituyen los puntos de apoyo de esa presencia: pequeñas islas de vida en un océano de hielo.
Desde la histórica Base Orcadas, hasta las instalaciones más modernas como la nueva Base Petrel, la Argentina ha desarrollado una red logística y científica que refleja más de un siglo de compromiso. Cada base tiene su carácter, su paisaje, su ritmo propio. Algunas permanecen activas todo el año y se convierten en verdaderas comunidades aisladas durante los largos meses del invierno polar. Otras, las bases temporarias, renacen con el verano, cuando el deshielo permite el arribo de buques, aviones y nuevas expediciones científicas.
Vivir en una base antártica implica adaptarse a una rutina distinta, marcada por la luz y la oscuridad. Durante el verano, el sol nunca se oculta del todo: ilumina el hielo a medianoche, tiñendo el paisaje de tonos rosados y dorados. En invierno, en cambio, reina la noche perpetua, y el viento alcanza velocidades que hacen vibrar las estructuras metálicas. La vida cotidiana transcurre en un equilibrio entre el trabajo científico, las tareas logísticas y la convivencia. Cada integrante cumple un rol esencial: meteorólogos, biólogos, médicos, técnicos, mecánicos, cocineros, comunicadores, todos unidos por la misma misión.
Las bases permanentes son auténticas aldeas científicas. Marambio, por ejemplo, erigida

sobre una meseta de permafrost y roca, es una pieza clave de la presencia argentina: su pista aérea permite la conexión con el continente durante gran parte del año y sostiene la logística de las campañas.
En Esperanza, donde familias enteras habitan durante el invierno, se levanta la única escuela de la Antártida, símbolo de la vocación de arraigo y permanencia. Carlini, en la península Potter, es un faro de investigación biológica y ambiental, donde científicos de distintos países trabajan codo a codo estudiando las relaciones entre el clima, los glaciares y la biodiversidad marina y costera. En Belgrano II, la más austral de las bases argentinas, los inviernos son largos y extremos, y el hielo domina el horizonte sin interrupción. Allí, el aislamiento absoluto se convierte en un ejercicio de disciplina, paciencia y espíritu colectivo. Más allá de las bases principales, la red argentina se extiende a refugios y campamentos temporales, diseminados a lo largo del territorio antártico. Los refugios, muchas veces apenas visibles entre las rocas o la nieve, ofrecen abrigo y seguridad a quienes emprenden expediciones científicas o travesías de reconocimiento. Son símbolos de autosuficiencia y resiliencia: espacios mínimos donde el calor de una estufa y una radio encendida bastan para mantener el vínculo con el resto del mundo. Los campamentos, en cambio, se levantan por breves temporadas en lugares donde la ciencia requiere estar presente: sobre glaciares, junto a colonias de pingüinos o en zonas remotas de estudio atmosférico. Allí, las carpas anaranjadas contrastan con el blanco absoluto, recordando que el ser humano es apenas un visitante efímero en este vasto ecosistema. Entre las disciplinas que requieren campamentos, casi todos desplegados desde la Base Marambio en helicóptero, se encuentran: paleontología,

criología, glaciología, biología, arqueología, patrimonio histórico y geología.
Trabajar y habitar en la Antártida significa aceptar la convivencia con la naturaleza en su estado más puro y exigente. Cada jornada es un desafío físico y emocional, pero también una fuente de orgullo. El aislamiento enseña la importancia de la cooperación; el clima extremo revela el valor de la solidaridad. En la rutina de cada base, en el silencio de los refugios y en la fragilidad de los campamentos, se refleja el espíritu del Programa Antártico Argentino: presencia sostenida, ciencia al servicio de la humanidad y respeto absoluto por el ambiente.








La Antártida ha sido desde siempre un territorio de exploradores, científicos y soñadores. Sin embargo, a mediados del siglo XX, comenzó a gestarse una nueva forma de vínculo entre el ser humano y este espacio extremo: el turismo antártico. Lejos de los circuitos tradicionales, esta actividad nació bajo una idea profundamente argentina: la de acercar la Antártida a la sociedad, no como una conquista, sino como una experiencia de conocimiento, respeto y admiración.
El Estado argentino fue pionero en imaginar y concretar esta posibilidad. En enero de 1958, el buque ARA Les Eclaireurs, perteneciente a la Armada Argentina, zarpó desde Ushuaia con un grupo de turistas a bordo, marcando el inicio de una nueva etapa en la relación entre el país y su territorio austral. Aquella travesía, organizada por el Estado argentino, tuvo un profundo valor simbólico: por primera vez, ciudadanos civiles pudieron contemplar el continente blanco no desde la distancia de los mapas, sino desde la inmensidad real del mar austral.
El viaje del Les Eclaireurs fue más que un recorrido marítimo; fue un gesto de apertura, una invitación a conocer y valorar el patrimonio natural y científico que la Argentina ayudaba a preservar. Aquel impulso inicial sentó las bases de un fenómeno que, con el tiempo, crecería hasta convertir al turismo antártico en una de las experiencias más singulares del planeta, siempre guiado por los principios del Tratado Antártico: la paz, la cooperación internacional y la protección del medio ambiente.
En este entramado histórico y geográfico, Ushuaia ocupa un lugar central. Situada en el extremo sur del continente americano, entre los Andes fueguinos y el canal Beagle, la ciudad es reconocida mundialmente como la “puerta de entrada a la Antártida”. Desde su puerto parten la

mayoría de los cruceros y expediciones turísticas que se dirigen al continente blanco, consolidando a la capital fueguina como un punto de encuentro entre viajeros, científicos y soñadores. Ushuaia no es solo un punto de partida físico, sino también simbólico: representa la conexión entre la Patagonia y el continente antártico, entre el esfuerzo humano y la naturaleza en su estado más puro.
Luego de cruzar el temido Mar de Hoces o Pasaje de Drake, los turistas arriban a las costas antárticas, donde no solo contemplan un paisaje de belleza incomparable, sino que participan de una experiencia transformadora: comprender la fragilidad y la grandeza del planeta en su expresión más extrema. El turismo antártico, bajo normas estrictas y un profundo compromiso ambiental, se desarrolla en el marco del Sistema del Tratado Antártico y las directrices de la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO), de la cual Argentina es un actor fundamental. La presencia del Estado argentino, a través de su programa antártico y su apoyo logístico, garantiza que esta actividad se mantenga dentro de los parámetros de sustentabilidad y respeto que el continente exige. Cada visitante se convierte, de algún modo, en un embajador de ese mensaje: la necesidad de proteger este santuario natural que influye en el equilibrio climático del planeta.


Los pasajeros tienen oportunidad de desembarcar y disfrutar de la naturaleza antártica





