Los paisajes de Iván Herrera me recuerdan inmediatamente a los artistas de la Escuela de la Sabana, categoría bajo la cual se agrupó a los pintores que, entre inicios y mediados del siglo XX, dedicaron sus días a pintar la naturaleza, recorriendo las cercanías o mejor, las goteras de Bogotá, capturando los cerros, potreros, humedales, las siempre presentes hileras de eucaliptos y manchas de bosque, y sobre todo, los hermosos e inigualables fenómenos lumínicos del altiplano.Dicha búsqueda del paisaje es casi la misma que Ivan Herrera ha realizado durante los dos últimos años, madrugando día tras día para recorrer esos parajes con su cámara instantánea.
A contracorriente, y a diferencia de lo que un fotógrafo convencional haría al encarar el tema, Herrera se auto impuso una dificultad para lograr un resultado: usar una cámara digital instantánea, descendiente directa de la legendaria Polaroid, con todos los retos que el formato impone: blanqueamiento y aplanamiento de los colores, simplificación de los planos,