ARTĂ?CULO La casa de Villapol
Si el lector tiene alguna vez el buen acuerdo de ir por este camino de Ribadeo, le aconsejo que se detenga entre Cervo y Burela y recorra sin prisa los jardines de la fábrica de Sargadelos. No hay hornos. No queda en realidad la fábrica donde salía aquella loza fina, blanca y azul, que dio fama a Santiago de Sargadelos. Pero está la casa señorial, casi feudal, del fundador Ibáñez, con su puerta de acceso, dique de una ciudad murada; su jardín del xvrrr, invadido, profanado, pero todavía sujeto a cierta férula de aire carlotercesco. Parece que lo exótico le perdió al jardín, como a la fábrica y como al dueño. Los hornos se apagaron. A don Antonio Raimundo Ibáñez lo asesinaron el año 8 sus propios paisanos, por afrancesado y por déspota. ¡Sangriento fracaso del despotismo ilustrado! El jardín conserva cipreses y laureles, un templete, un estanque. Pero lo invaden, más que la hiedra de las ruinas, el campo de maíz y la huerta, como si lo quisieran reconquistar. Por melancólicos que sean estos campos de batalla debemos ir a verlos y a sentir la elocuencia de su catástrofe. Tampoco hará mal el lector desviándose del camino cerca de Foz y llegando a San Martín de Mondoñedo, que está cerca, para ver la antigua catedral primitiva, el mejor templo románico de Galicia. Allí el culto sigue en pie, al amparo de las mismas piedras que lo cobijaron en el siglo VI y como estos veneros antiguos siempre dan algo nuevo, allí podrá admirar las pinturas murales recién descubiertas. Pero nosotros vamos a la escuela de Foz, que yo conocía antes de verla por su fama entre los maestros de Lugo. He aquí las noticias que tenía antes de llegar. La escuela de Foz está hace muchos años, más del siglo, en un hermoso caserón, frente al mar, legado al pueblo sólo para ese fin por un benemérito ciudadano: Villapol Maañón. Villapol se llamaba también el alcalde que se opuso a los proyectos de Ibáñez, y que sin duda luchó luego contra él. Este era Bermúdez Villapol, según documentos vistos por Lence-Santar. Llegaba un maestro a Foz y le agradaba la amplitud del aula, le conmovía la solana, abierta sobre el mar, y cierto aspecto de curato austero en el menaje y en las dependencias. Arreglada y encalada como cualquier casa de la villa, habría lucido bien y no parecería tan vieja. Pronto veía el maestro nuevo que, de no encalarlo él, seguiría aquello con polvo y telarañas de la fecha del
testamento de Villapol Maañón. Lo hacía por no seguir la suerte de algún compañero que murió allí tísico. Con ese arreglo y con la alegría de los muchachos la escuela era habitable. La escuela, sí. Pero la primera noche oía el maestro nuevo resonar debajo de su casa pavorosas lamentaciones y ruido como de... ¿De cadenas? No sé. Ruidos confusos, y desde luego, ayes y blasfemias. Lo que tenía allí abajo era una cárcel. No una cárcel como cualquiera otra, sino todo el bajo, cuarto trastero, pajar o cuadra, convertido en calabozo. Los huecos de las cuatro paredes cerrados por rejas de hierros gruesos, en cruz, pero sin ventanas, abiertos día y noche a la intemperie y a los vendavales del mar cántabro. Calabozo municipal donde los presos quedaban encerrados sin unas malas pajas donde dormir, sin más socorro que un diario de dos o tres reales, pero sin llevarles comida. Presos, por lo tanto, abandonados a sus propios recursos y a la fuerza de atracción que pudieran tener sus míseros setenta y cinco céntimos. ¿Qué hace un maestro con semejante vecindad? Lo primero, quejarse. Protestar en la villa y en la misma escuela, no sólo por tener los presos allí, sino por verlos tratados tan inhumanamente. Como la queja es nútil y nadie quiere oírla, y ya no vive Villapol Maañón, que dió su casa sólo para escuela de primeras letras y no para calabozo, el maestro se deja ganar, aunque no quiera, por otro sentimiento: la compasión. Por compasión les envía el caldo del país, y muchas noches de invierno crudo les da café caliente, que ellos agradecen casi tanto como el tabaco. Hasta los mismos presos se conmueven y dejan letreros expresivos de reconocimiento escritos en la pared de su calabozo; especie de plana burda con mención honorífica que entre todos los maestros de España sólo sé que haya merecido el maestro de Foz. Si no hubiera más que esto, como la vida, se sazona de satisfacciones morales, el maestro quedaría contento de sí mismo y relativamente pagado de todas las molestias. Pero los presos llaman a los chicos desde lo alto de sus rejas, y hablan con ellos, y les dan encargos. Algunas veces les dicen que traigan retama, que se hielan; y encienden lumbre, con lo cual se llena la escuela de humo en plena sesión. Y más grave aún era -con serlo mucho esta convivencia- que los presos estaban allí sin vigilancia y tenían abierto un «boquerón», por donde otros se fugaron, que daba precisamente a los bajos de
la escuela. Si permanecían presos era por su palabra y por hombría de bien. La noche es temerosa. Suele poblarse de fantasmas. Y yo me explico que algunas noches no pudiera dormir el maestro de Foz. Con esta prevención llegué a Foz, y por una calleja que acaba en vereda y luego en corredoira, descubrí en las afueras la casa de Villapol Maañón, con su atrío o corte, muy a lo aldeano, y su galería abierta, bastante marinera. El maestro es hoy Salgado Toimil, publicista erudito y poeta. Su clase tiene algo de taller y de entrepuente. No llega todos los días la espuma de las olas; pero me complace imaginar que ahora, en diciembre, el viento Norte limpiará bien el polvo de los pupitres. Saneará la escuela y también su sentina, que ya se sabe el lector cuál es. La celda de Salgado Toimil -hablo de celda de religioso- tiene unos armarios toscos, pero llenos de libros, y una gran mesa de trabajo, refectorio espiritual, todo lo revuelta que debe estar la mesa de un hombre de letras. -¿Cuántos tiene usted ahora? -le pregunto discretamente. -¿Chicos o presos? - especifica, bajando la voz. -Presos. -Ahora no hay ninguno. Ahora podemos respirar tranquilos todos: los muchachos y yo. No le engaño a usted si digo que aprovechamos mejor el tiempo. Hay cosas que quitan libertad hasta para enseñar doctrina cristiana. Salgado Toimil, refugiándose en otros temas, no quiere decir más. Acaso ya no vuelva a servir de calabozo el legado de Villapol. Yo he oído a alguien sostener la tesis del espíritu fuerte, que es también el espíritu práctico: -¿Un calabozo? ¿Y qué? ¡Que escarmienten en cabeza ajena! Antes de volar por el mundo conviene que estén enterados. -Si. Lección de cosas. La cárcel, centro de interés. Moral con ejemplos vivos. (14 de diciembre de 1929) ( "Viaje por las Escuela de Galicia" Luís Bello)