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Después de esperar a que mi esposa se durmiera, salí de la casa con dirección a la policía. Mi seguridad personal me escoltaba ya que nos llegaron datos que Aro no estaba actuando sólo. Caius era su cómplice, por lo visto dejarlo arruinado no había limitado sus recursos. Los policías no habían podido hacerlo hablar, pero confiaba que yo lograría sacarle la información que me sería útil para reforzar la seguridad de mi hogar. Al llegar a la estación crucé unas cuantas palabras con los oficiales que me estaban haciendo el favor de dejarme hablar con esa escoria. Al parecer además del corte en la frente que le vi, se había fracturado un par de costillas en la colisión, me guardé el pensamiento que hubiera deseado que sufriera mucho más en el choque. Me encaminaron a la enfermería a la que lo trasladaron después de que lo revisaron en el hospital. La puerta estaba fuertemente custodiaba y mi equipo de seguridad se quedó en una esquina. —Bien, bien… mira lo que ha traído el gato.—dijo en cuento me vio. —La única rata que yo veo por aquí eres tú.—le espeté mirándolo con desdén. —Lo cierto es que resultaste más astuto que un zorro y tener más vidas que un gato, muchacho, te subestimé cuando te conocí. —Sonrió con saña y luego su rostro se contorsionó en una mueca de dolor. —Ese parece ser tú problema, no sabes medir a tus enemigos.—me burlé—Si no hubieses estado tan ciego por mi dinero te habrías dado cuenta que te desprecié desde que cruzamos la primera palabra. Te habrías dado cuenta que te ganaste un enemigo al que no podías ganarle. —No tengas tan confianza muchacho, no siempre estarás para proteger a la mocosa esa—volvió a sonreír. —¿Así que ese era tu plan?—me burlé— Matarme y secuestrar a Renato para tener el control nuevamente sobre Isabella…—¿crees que no lo había pensado?—me recosté en la silla, llevando uno de mis dedos al costado de mi boca que se curvaba en una cruel sonrisa, al ver la cara de estupefacción que tenía Aro—Déjame adivinar. Vulturi y tú pensaron que ese sería un excelente plan. Yo muerto, Isabella la heredera universal de mi fortuna y ustedes dos nadando en mi dinero—sus ojos destilaban veneno—eres tan transparente, tan obvio. Con razón habías perdido casi


todo el patrimonio de mi mujer haciendo negocios en los que sólo un tonto hubiera invertido. —Entonces si tanto sabes, ¿qué demonios haces aquí? —Sólo quería tener la satisfacción de decirte que aunque no puedo probar que forzaste tu mano en el accidente de Charles, si tengo las pruebas que te implican en la desaparición de Phil Dwyer. Seguramente sabrás que en Chicago hay pena de muerte por homicidio…—dejé la oración sin completar, regodeándome de cómo su rostro perdía todo el color. —Es mentira que tienes pruebas de eso. Nadie sabe sobre eso, no hay ninguna evidencia que me apunte. Además nadie lo dio por desaparecido, él no tenía familia—me encogí de hombros luciendo despreocupado. —¿Estás seguro que cubriste bien tus huellas? Yo no estaría tan seguro si fuese tú, pero si tú lo dices… supongo que tendremos que esperar a que tengas las pruebas frente a ti. —¡Te dije que es imposible, yo mismo me encargue de despacharlo, fue el trabajo más limpio que hice, a estas alturas lo único que quedará de ese imbécil son sus huesos!—estaba tan enojado que pude ver gotas de saliva salir de su boca. Quería golpearlo, pero tenía que contenerme sólo unos minutos más. —Como te dije no fuiste tan cuidadoso como creíste, alguien te vio y nos dio los datos necesarios.—volví a encogerme de hombros. —No es posible, saqué a todos los empleados de la casa, las únicas que quedaron fueron las dos zorras, nadie pudo ver cuando lo mate y lo hice comida de peces. La única que sospechaba fue la puta de Renne, la dejé que sufriera, era lo menos que se merecía por despreciarme primero por el imbécil de Charles y luego por el muerto de hambre ese.—lo miré con asco. —¿Por despecho?¿Me vas a hacer creer que fue despecho lo que te hizo hacer todas esas crueldades?—le levanté tirando la silla al suelo por el brusco movimiento.— ¿Por despecho las maltrataste? —Yo la amaba pero ella escogió a mi hermano menor quien ya me lo había quitado todo. Isabella debió ser mi hija, no la de Charles—escupió, sus ojos parecían salirse de sus orbitas. —¿La amabas? ¿Amabas a Renee y aún así la obligaste a brincar de cama en cama para facilitar tus negocios?


—No la dejaba acostaba con ellos, los drogaba antes que las cosas se salieran de control y yo traía prostitutas con las que les tomaba fotos.—se frotó la cara—¿Y cómo me lo pagó ella? Abriéndose de piernas para Dwyer y pariéndole un hijo. ¡Otro hijo que debía ser mío! ¡Por eso lo maté, él pretendía llevársela, alejarla de mí y nadie me quita lo que es mío! Renee era mía, yo la vi primero, pero a Charles no le importó, era mía—empezó a sollozar repitiendo una y otra vez que Renee era suya. —Tendrás que vivir toda tu vida sabiendo que tus acciones le costaron la vida a la mujer que dices que amabas.—sus sollozos se incrementaron diciendo que él no la había matado, que él la amaba y ella lo abandono. Miré la lastimosa forma que se estremecía por la fuerza del llanto sobre la camilla y apagué el grabador dándome la vuelta sin decir una sola palabra cuando se lo entregué al detective que esperaba fuera de la enfermería.

A medida que pasaban los días podía ver que el tiroteo había afectado a Isabella más de lo que pensé o ella misma quisiera reconocer. Podía sentir su mirada siguiéndome a donde me moviera en la habitación, empezó a llamar a mi oficina para preguntarme cosas que antes resolvía por sí misma, si me movía en la casa a donde no pudiera verme buscaba alguna excusa para estar en la misma habitación que yo. Las pocas veces que cuestioné su inusual comportamiento rompía en llanto y me abrazaba, buscando mis labios, cosa nada fácil de hacer con su prominente vientre en medio de los dos. Por lo general siempre terminábamos en la cama, bueno… por lo general no. Siempre terminábamos en la cama. Una semana y media después de haber ido a ver a Aro en la enfermería, me llamaron a la oficina para informarme que le habían dado de alta a Aro y que este estaba siendo trasladado a Estados Unidos bajo custodia. También me dijeron que había momentos en los que parecía estar perdiendo la razón. En sueños llamaba a Renee y otras veces rememoraba el asesinato de Phil o sus verdaderos pensamientos hacia su hermano. Siguieron tras la pista de Vulturi a quien Aro acusó de ser su cómplice en la trata de blancas y mi intento de asesinato. Lo encontraron en un apartamento en uno de los barrios más bajos de Chicago, después de un intercambio de disparos Caius fue declarado muerto de un tiro que le atravesó el pecho. —¿Qué te preocupa?—me preguntó mi mujer alisando mi ceño fruncido.


—Nada ahora que estas aquí—abrí mis brazos invitándola a sentarse en mi regazo— ¿cómo te sientes?—besé su sien y acaricie su vientre maravillándome con las pataditas de mi hija. —Lista para explotar—arrugó su nariz y suspiró frustrada.—La doctora dice que nacerá en cualquier momento, pero eso fue hace una semana—se quejó. —Aún te falta un poco para los nueve meses, amor. Mira el lado amable, ya no necesitas una mesita para comer sentada en la cama—le bromeé recordando la noche anterior cuando estábamos viendo una película y ella colocó el tazón de palomitas sobre su vientre para tener más comodidad al tener sus manos libres para poder tomar su limonada. —debería tomarte una foto para mostrársela a nuestra hija. —Eres un antipático—Me golpeó la frente con un dedo.—no te escuché quejándote cuando no tuviste que estirarte para tomar el tazón desde la mesita lateral. Sonreí contra su cabello antes de besar el tope de su cabeza. Habían sido días felices, mi esposa a pesar de estar algo removida por lo sucedido, sonreía a cada instante. Su sola presencia iluminaba toda la casa y mi familia parecía haber crecido en unos cuantos meses. Ahora el doctor Cullen y su esposa también formaban parte de nuestra familia. Esme y mi madre formaron una estrecha amistad. Al principio pensé en que tal vez regresarían a Chicago cuando mi suegro falleció pero tanto el doctor como su mujer acordaron que los únicos lazos que los ataban a América estaban aquí por lo que no había razón para volver. Esme se estaba dedicando, con bastante éxito, a reestructurar casas. Un negocio que estaban emprendiendo entre mi madre, quien ahora se encontraba casi completamente recuperada. —Tengo ganas de un helado, ¿no te apetece?—la tenté y sonreí al verla hacer un puchero como una niña pequeña. Tenía días quejándose de su peso pero yo le seguía repitiendo que a mis ojos no existía mujer más hermosa y que nadie se le podía comparar a la visión de ver su cuerpo henchido con mi hija. —Con papas fritas—fue lo único que dijo antes de empezar a tratar de levantarse sin mucho éxito. Esa era su nueva “combinación” ganadora. Helado de vainilla con papas fritas. Debía reconocer que no estaba nada mal, lo probé en un par de ocasiones y me gustó. La “ayudé” empujándola por el trasero y me gané una mirada envenenada que fue borrada cuando le di un beso y le dije al oído lo sexy que me parecía.


Estaba en el patio jugando con Renato y unos botes de carreras a control remoto que le compre cuando Jacob llegó a mi lado luciendo algo sombrío. Me separé un poco para que el niño no me escuchara. Revisé mis bolsillos comprobando que había dejado el celular en la oficina de la casa, la parecer al no poder contactarme el detective Smith, quien estuvo desde el inicio en la persecución de Aro, llamó a la casa. Le dije a Renato que Jacob sería mi relevo en las carreras ya que tenía que hacer una llamada telefónica, el niño aceptó de buena gana y yo me apresuré a llegar a mi oficina sin ser visto por mi esposa, quien estuvo mirándonos esporádicamente por la ventana. Tenía que ser algo relacionado con Aro para que me llamara. Esperaba que me dijera que lo habían sentenciado. Fruncí el ceño mientras escuchaba lo que me decía. Aro fue encontrado muerto en su celda, no se dieron cuenta hasta que no apareció a desayunar con los demás presos. Se suicidó colgándose de los barrotes de la ventana con su sabana dejando una carta dirigida a la madre de Isabella. Querían saber si reclamaríamos el cuerpo. Esa no era una decisión únicamente mía. A pesar que conocía la respuesta tenía que preguntarle a Isabella. La encontré en la habitación de la bebé, doblando la ropita que compramos ayer. La tomé de la mano y llevé a mi oficina. No quería manchar el cuarto de nuestra hija con la mención del nombre de Aro. —Aro se suicidó—le dije en cuanto la hice sentarse en el sofá de mi oficina. Su rostro no develó ningún tipo de emoción por lo que proseguí—le dejó una carta a tu madre—nuevamente no respondió nada.—quieren saber si quieres recuperar el cuerpo. —No…—sacudió su cabeza en negación. —¿puedes…? ¿Puedes hacerte cargo de todo? Asentí y la abracé, no necesitaba decirme nada, sabía exactamente lo que ella me había pedido. Me encargué que fuese enterrado en Chicago junto con la carta que le escribió a Renee.


Isabella me había pedido que cortara todos los lazos con Chicago. No quería volver a poner un pie en esa ciudad. Los huesos de Phil fueron encontrados en el lago artificial que tenían en su casa. Lógicamente fue la primera propiedad que vendí, luego siguieron las demás casas y las empresas. Todo el dinero lo deposité en una cuenta a nombre de mi esposa para que decidiera que hacer con eso cuando llegase el momento. Isabella cambió de carrera, ahora que tenía a Renato con ella ya no quería ser abogada ahora quería ser escritora. Me mordí la lengua antes de decirle que ser abogada era una mejor profesión. Yo tenía la ilusión de poder molestar a mi mejor amigo amenazándolo con despedirlo y colocar a mi esposa en su puesto. Entendía que ese era mi sueño, no el suyo. Y como tal tenía que apoyarla en su cambio de vocación. Estábamos en Irlanda, a pesar que me opuse ya que Isabella se pondría de parto en cualquier momento, habíamos venido unos días a revisar los preparativos para la casa. Mi madre y yo queríamos reestructurarla, queríamos crear nuevas memorias para nuestra familia en ella. Esme, Isabella y mi madre tomaron el proyecto con mucha emoción. Habían transformado una de las habitaciones de huéspedes de la casa de Londres en su cuartel de trabajo. Telas, tapices, muestras de pinturas y fotos de muebles gobernaban la estancia. Estuve a punto de declarar zona de desastre esa habitación, sólo me permitieron entrar una sola vez y luego me fue vetada la entrada, según ellas yo no tenía estilo o gusto… Lo de estilo se los dejé pasar pero lo de gusto no. —¿Cómo pueden decir que no tengo gusto? —abracé a mi esposa y le besé el cuello—no ven la hermosa mujer que escogí como esposa. Ese comentario me ganó un beso apasionado de mi mujercita y una sonrisa complacida de mi madre y Esme. Luego de eso me echaron de todos modos. Mujeres… Mañana regresaríamos a Londres y yo me sentiría más aliviado de saber que estábamos de regreso a casa aunque hubiésemos traído con nosotros a su doctora. Cerca de las doce de la noche el sueño al fin me venció…


Para ser despertado dos horas más tarde por el sonido de la ducha y la frialdad de las sábanas. —¿Isabella, amor?—la llamé saliendo de la cama. La puerta del baño se abrió antes de llegar a ella. Isabella estaba vestida en uno de sus vestidos de verano y tenia puesto un pequeño abrigo. —¿Qué haces vestida?—enarqué una ceja mirándola sorprendido. —¿Qué crees que hace una mujer embarazada de nueve meses vestida a las dos de la mañana?—me lanzó dagas con los ojos. Seguí mirándola como idiota, la verdad mi cerebro se negaba a entender. —¿Por qué te estabas bañando a esta hora? El aire acondicionado estaba en lo más bajo, no puedes tener calor.—Isabella habia estado quejándose de calor desde hace un mes atrás, se quejaba incluso que la almohada de cuerpo entero que le compré para ayudarla a dormir mejor, le daba calor. —No tengo calor y me estaba bañando porque no pretendo que una extraña me rasuré o me bañe cuando llegue al hospital. —estaba enojada y no tenía idea del motivo. Bueno… ella siempre se enojaba cuando algo la despertaba a mitad de noche. Un momento… — ¿Hospital?—me paré en seco viéndola pasar a mi lado, me giré para seguirla con la vista. Isabella estaba tomando las llaves de mi auto de la mesita lateral y eso me dejó más perdido aún. — ¿Siempre eres tan tonto cuando te despiertas en la noche?—Sí, estaba enojada. — ¿Uh?—fue mi brillante respuesta. — ¿Vienes conmigo al hospital o te quedas a esperar que te avisen que nació tu hija?—me soltó impaciente antes de reclinarse y apoyarse sobre la mesita respirando pesadamente. —Oh mierda… Tomé los primeros pantalones que encontré y empecé a ponérmelos sólo para ser interrumpido por mi esposa.


— ¿Vas a ir comando, Edward, en serio?—volvió a soltarme con enojo pero ahora entendía que no era enojo sino miedo.

—Todo va a estar bien, gatito—le besé la frente mientras le quitaba las llaves y la sentaba en la cama. —en menos de dos minutos estaremos listos para irnos.

La verdad fue que estuvimos listos en menos de uno.

A pesar de estar aterrado, sabía que tenía que transmitirle seguridad.

Le avisé a la doctora, a mi madre y llamé al chofer para que nos llevara al hospital, no creía que con lo nervioso que me encontraba debía ponerme detrás de un volante.

La acuné contra mi cuerpo y acariciaba su estómago sintiéndolo tensarse.

El camino al hospital se hizo eterno y cada vez que un quejido salía de sus labios yo no podía evitar mirar mal a la doctora que lo único que le decía era que controlara su respiración.

¡Respiración del carajo! Quería gritarle. Drogas es lo que mi mujer necesitaba en estos momentos.

Diez largas y tortuosas horas después, a la una y cuarenta y cinco de la tarde el llanto de mi hija, Elizabeth Renee Masen, llenó la habitación.

Los ojos me ardían mientras miraba a mi esposa acunar el pequeño bulto rosado contra su pecho.

—Te amo, Edward Masen—me dijo con voz queda palmeando el lado de su cama.


La abracé y besé suavemente sus labios antes de besar el tope de la cabeza de mi hija.

—No más que yo a ti, Isabella, no más que yo a ti—murmuré.

Era cierto, el amor que sentía por ella era el tipo de amor que te puede destruir o te puede ayudar a construir.

El suyo me ayudó a construir un hogar, una vida, pero sobre todo una familia…

FIN...

28 The Price  

Fanfic de Troyis