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Maracay, Sábado 25 de febrero de 2012

Crónicas del Olvido

Elías Canetti

o la profesión de escritor -ALBERTO HERNÁNDEZ-

1.-

E

n enero de 1976, Elías Canetti pronunció un discurso en Munich. Entre otras cosas dijo: "Pues lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo". De esta manera, el Premio Nobel de Literatura 1981 liquida la idea del hombre encerrado en una cripta, rodeado de libros, absorto en sus fantasmas. El título de esta crónica es el mismo de un ensayo contenido en La conciencia de las palabras, del autor búlgaro y, precisamente, recoge la angustia sobre los peligros en los que se encuentra el mundo. De allí que sean los escritores los que salen a tragarse el humo de los vehículos, los insultos del poder y el gas de la represión, así como las protestas de quienes sobreviven entre el sobresalto diario y la muerte. "Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él". ¿Cómo se vive en cualquier paisaje si quien se dice escritor mira desde su miopía el polvo de unas letras que contamina la realidad y la misma imaginación? No se trata del viejo tema del compromiso y la llamada realidad. Se trata de saberse parte del universo, de sus movimientos, de las revelaciones humanas, de la decadencia de los dioses, de la ascensión de

la muerte en bombas y disparos. Se trata de ser parte de la política, aun cuando sea para registrarle los bolsillos. 2.-

Los escritores que viven en castillos de cristal amasan la fortuna del silencio. Atajados por el temor a ser colocados en el sitio de la realidad, presumen de puros, de estar más allá de los pecados humanos, toda vez que los ángeles que escriben tienen alas y revolotean alrededor de la vida y de la muerte. "Tal vez valga la pena preguntarse si, dada la situación actual de este planeta, existe algo en virtud de lo cual los escritores -o los que hasta

ahora han sido considerados como tales- puedan ser de utilidad". En efecto, ¿para qué sirve un escritor si la conciencia que tiene de las palabras es solamente lúdica, estrictamente literaria, ficción pura, poesía abstracta? El mundo, tan dinámico, cargado de estupideces y crímenes, bien vale la participación de la presencia de los escritores. Por supuesto, no bajo la batuta ideologizante del poder, porque éste tiene sus intereses bien fundados. Así, "la literatura podrá ser lo que quiera, pero muerta no está, como tampoco lo están quienes se aferran todavía a ella". Se escribe sobre la piel de

los hechos, sobre el cuerpo vivo de un mundo agitado por la política, la pobreza y los cataclismos naturales. En ese juego, calcado por la inteligencia humana más sensible, se debe colocar el ojo de quien usa las palabras como arma, como reflexión. 3.-

En estos días de tomas de decisiones, es bueno retomar las páginas de los escritores que vivieron los momentos más terribles de la persecución. Los que murieron en nombre de su oficio y de su conciencia, plasmaron la evidencia de que valió la pena, de que la libertad es el don más preciado del ser humano. Es

decir, el uso de las palabras no exime al escritor de formar parte de los hechos, de las acciones que intentan convertirse en absoluto. Un escritor debe tener la libertad para tratar todos los temas, para abordar la luz y la sombra, para luchar por la vida y pelearse a muerte con la muerte. Un escritor no es un héroe, pero tampoco debe ser presa del miedo. "Un escritor sería, pues -tal vez hayamos encontrado la fórmula con excesiva rapidez-, alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos...". Palabras para los hombres, la humanización de la escritura, sin olvidarse de la calidad de éstas, porque la mediocridad, el poco cuido, la falta de pulitura ensucia la libertad que éstas ofrecen al acercarse al lector, quien deberá ser siempre el objetivo de la escritura. La responsabilidad del escritor para con los suyos tiene que ver con el estrujamiento del talento. Tal responsabilidad reclama la presencia de la belleza, por muy hosca y dura que sea la realidad. Escribir es un acto de sensibilidad. Y por muy estéril que sea el tema, se impone la calidad idiomática, que es la raíz de toda imagen, de todo esfuerzo por conjugar lo verbal y lo humano. Una palabra que no vibre, es letra muerta. Una palabra fría es un cadáver de la conciencia. Por eso, con Canetti, es preciso ponerlo todo en duda, así la misma profesión de escritor y la sexualidad de los ángeles que se creen musas de la realidad.


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Maracay, Sábado 25 de enero de 2012

Fúlgida Luna de Miguel Zamora Bolívar

Salvador Rodríguez

A Glenda Guerrero para que calme su enorme preocupación.

M

iguel Elías Zamora Bolívar nació en San Casimiro de Güiripa en un día y un mes indeterminados del año de mil ochocientos sesenta y uno. Sus padres fueron Dionisio Zamora Milano, natural de San Casimiro y María Bolívar, natural de Villa de Cura, y emparentada con Anacleto Clemente Bolívar, hijo de María Antonia Bolívar. Miguel Zamora Bolívar estudió con su tío Pablo Ramón Zamora Milano, primer sacerdote sancasimireño y luego con el maestro Narciso Bello, primer educador de la Escuela (ubicada donde está hoy la casa del poeta Eleazar Casado) que fundara Pablo Ramón. Miguel Zamora Bolívar tuvo una hermana llamada María Zamora Bolívar quien fue maestra en el caserío Güiripa después de la muerte de la maestra Antonia Santa Cruz. En días de diciembre de 2011, la Sra. Glenda Guerrero se acercó sumamente preocupada por la autoría de Fúlgida Luna y me tendió un papel escrito donde dice que en ninguna parte aparece el autor de la romántica canción y un tal Ángelo se la escribe a la dueña de un blog que se llama "Arte y Fotografía" y le dice a la que se hace llamar Artepa lo siguiente: "Bueno me has pedido la luna y yo tan solo puedo ofrecerte esta canción preciosa de una leyenda que hay en Canarias". Debo decirle al Sr. Ángelo que Fúlgida Luna fue escrita por el poeta sancasimireño Miguel Elías Zamora Bolívar. La hizo en enero de 1902 antes que contrayera matrimonio con Isabel Dolores Hidalgo Melgarejo el 18 de abril de

Sentados: Miguel Zamora Bolívar y el General Ramón Guerra

1902. Nos cuenta el Dr. Anibal Zamora, nieto de Miguel Zamora Bolívar, que por tradición oral contada por sus tíos, su abuelo Miguel se hallaba abatido por un terrible

despecho, ya que Elías Hidalgo, padre de la que sería su esposa le había manifestado que si quería casarse con su hija tenía que dejar a la "negra" Mercedes Casado.

Para seguir aclarando la empañada ignorancia, el poeta Eleazar Casado, hijo de Miguel Zamora Bolívar, escribió en el periódico Clamor (de San Casimiro) de mayo de 1970 lo siguiente: "Año nuevo!... tal lo musitan los labios, al llegar enero: el mes primigenio; el mes epistolar, en cuyo horizonte ilímite se suceden auroras soberbiales, rielan lunas esplendorosas; y la soberbial epifanía. Enero!...ventanal por el cual se asoma todo cuanto ha de trillar la nueva senda que nos depara el Supremo Hacedor; y desde el cual se columbra esa fuente, ese paraíso de ventura que todos anhelamos. Enero!... lo exaltan los poetas, porque es verdaderamente el mes de los hermosos plenilunios; en uno de los cuales, sin duda, se suscitó en la musa afortunada del poeta, de fino estro- Zamora Bolívar-tan sublime inspiración: la dulce serenata: Fúlgida luna del mes de enero,/ raudal inmenso de eterna luz,/ a la insensible mujer que quiero,/ llévale tiernos mensajes tú". Claro! Miguel tenía prohibido hablarle a Mercedes, pero ella conocía muy bien la escritura de su amado Miguel. Miguel Zamora Bolívar fue alumno de la cátedra de francés que fundara e impartía el Presbítero Dr. Manuel Felipe Rodríguez y músico bajo la dirección de Mariano Carrera Castillo Veitía (así firmaba). También maestro de generaciones y de diversas escuelas municipales y federales, y de la de Valle Morín hacia 1887. Fue secretario de la Jefatura, del Tribunal, del Concejo Municipal, Concejal y Presidente del Concejo Municipal en varias ocasiones. Ejerció el cargo de Registrador Subalterno y Tesorero General en el Estado Cojedes cuando era Presidente de ese Estado, el General José Rafael Luque (sancasimireño). También acompañó al General Ramón Guerra

en la Revolución Legalista de Joaquín Crespo y allí es secretario, trayendo años más tardes el recuento de las batallas y ostentando el título de Coronel. Miguel Zamora Bolívar es lo que Manuel Felipe Rugeles, en nota explicativa del culto bolivariano de su libro Poetas de América le Cantan a Bolívar, llamó los guerrerospoetas a quienes alternaban la espada y la pluma, fenómeno típicamente criollo. De todas estas facetas, Miguel prefirió la de maestro, poeta y periodista. De su vena de poeta escribió este sentido poema, intitulado A mi hijo César Augusto en su Tumba: Morir a tu tierna edad,/ en realidad no es morir,/ que es preferible al vivir/ escapar de la maldad. A esa edad angelical, / sin saber del mundo nada,/ la muerte es la libre entrada/ a la mansión celestial. Esta vida es tan amarga/ por el acíbar mundano,/ que es feliz quien de antemano / releva Dios de esa carga! En el periodismo dirigió, redactó e imprimió La Hoja Periodística en 1890. Igualmente colaboró con la caricatura y el humorismo en otro pequeño periódico que se editó en San Casimiro. Miguel Elías Zamora Bolívar murió el 29 de agosto de 1921 a la edad de 58 años y su amada Mercedes, el otro motivo de inspiración de Fúlgida luna, murió el 21 de abril de 1931. El compositor Miguel Zamora Bolívar procreó cuatro hijos con Mercedes: Luis Roberto, Mercedes, María Teresa y Eleazar. Con Isabel Dolores Hidalgo Melgarejo nacieron: Tulio, Hortensia, Edmundo, César Augusto, Héctor y Miguel Ángel. En el mundo musical se supo de Fúlgida Luna, cuando Vicente Emilio Sojo realizó la recopilación de canciones populares y folclóricas venezolanas que abarcó desde 1940 hasta 1966.


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Maracay, Sábado 25 de enero de 2012

Entretextos

El Viejo

de Adriano -FRANCISCO ARÉVALO-

A

driano Gonzalez León es y será nuestro escritor conversador por excelencia. Al punto de que un encuentro con él mínimo estaba por las 2 horas. Era, con todo el respeto que lleva implícito, un ser genial que contradictoriamente quebraba las estadísticas, pues su buen humor y chispa lo alejaban de la tristeza y de cualquier estado que diezmara su gracia que bien era confundida con felicidad en estado puro, no así con un principio básico de hedonismo muy bien llevado que tenía como fin vacilarse este mundo de absurdos que nos aporrea sin ninguna pausa, sin ningún vestigio de clemencia. Hace poco me tocó asistir al centro del país en cumplimiento con ciertos compromisos editoriales y en mi cartera de viaje me llevé la edición de Viejo. Monte Ávila. 140 páginas. Este libro estaba en guardia del momento preciso para su lectura y como esperaba quedé complacido de la hermosura con que nuestro gran Adriano aborda el tema de la muerte lenta que lleva implícita la vejez. Es un recorrido sabio, sin desperdicios, por la etapa de cierre del ciclo existencial a los que muchos hoy inmersos en la estupidez le huyen. En sus 140 páginas uno va desgranando incógnitas y cayendo seducido por la incertidumbre que debe ser el alimento de todo escritor. Alejando de un plumazo el temor a que nos han acostumbrado los que culturalmente manejan los espacios más insignificantes de la existencia y que terminan sentenciando la decadencia como la caída en la

oscuridad estrepitosa al abismo. El fin dentro de un fin que pareciese intocable. En frío, este libro que bien puede ser una novela corta o un diario memorioso, tiene como característica lo terrible, el desfase con lo vital, el cansancio que ocasiona la búsqueda en el centro de la nadería. La posibilidad de que el ser raye en el vértigo o la idiotez, pero sobre todo la renuncia al arrepentimiento por lo vivido. Porque es allí que radican los códigos intransferibles de la vida. Porque a la conclusión se llega, quien pone el fin pone los medios de la búsqueda que es lo que nos motiva a despertar cada día bendecidos por los misterios y las luchas señeras contra las

sombras del minado camino que nos toca transitar desde el desasosiego y las alegrías conseguidas mordidas por la emoción y otras sustancias que nos condimentan. En una reunión de café en el centro indigesto de Maracay, acompañado de los poetas Alberto Hernández y Juan Martins, autores y motores creativos del proyecto editorial Estival, de boca de Alberto me enteré que Carlos Fuentes, uno de nuestros más celebrados escritores del Boom latinoamericano, comentó y todavía comenta que el libro Viejo, de Adriano Gonzalez León, es una joya u obra de arte de nuestra literatura latinoamericana, no creo conociendo al personaje por sus posiciones criticas y

sus devaneos que haya equivocado el norte. Lo terrible es que nosotros seguimos pensando que leer escritores extranjeros nos va a hacer más cultos y más versados, más exquisitos y más especuladores, y no reparamos en que Adriano es uno de los carajos más serios en eso de leer hasta los obituarios y transferir sin ningún tipo de miseria todo lo que en su ensabrosada vida le tocó vivir. Allí está el Viejo de Adriano esperándonos a la vuelta de las tantas esquinas con las que nos vamos a conseguir. Sereno, con esa carga de evocación y reconocimiento de la decadencia expuesta sin ningún tipo de resentimiento, si con mucha maestría.


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Maracay, Sábado 25 de enero de 2012

Historias cruzadas (o el baño como objeto ideológico) "allá lejos, en el sur, (Cadáver balanceante). Pregunté al blanco señor Jesús De qué servía la oración. (Langston Hughes: canto de una muchacha negra)

Propongámonos realizar un ejercicio cognitivo: aprendamos desaprendiendo. Suspendamos la creencia de que la ideología es un asunto del marxismo y de que es perversa. Es comprensible que en un país polarizado como el nuestro se sostenga esta idea reductiva, la cual, paradójicamente, reproduce el discurso ideológico antimarxista de la Guerra fría. El hecho es que no existe un fuera de la ideología; no lo existe ni para quien pretende tomar distancia cínica, como lo explica profusamente Slavoj Zizek en El sublime objeto de la ideología, ni para el sujeto posmoderno que se ufana de su condición posideológica. Es imposible que el sujeto no tenga ideología por cuatro razones básicas: a) ocurre a nivel inconsciente; b) produce goce; c) cognitivamente, permite darle sentido a los fenómenos del mundo; y d) orienta nuestras acciones cotidianas. En el filme Historia cruzadas, de Tate Taylor, se palpa un ejemplo singular de la práctica ideológica. El film recrea el problema de segregación racial en el sur de Estados Unidos. En concreto, en Jackson, Mississippi, donde la joven Skeeter (Emma Stone) inicia una serie de entrevistas a las reacias criadas negras de las familias ricas del pueblo. Durante las conversaciones, los desmanes sufridos por las sirvientas se combinarán con la memoria de la protagonista al punto de que ésta usará los testimonios para cambiar la situación social de estas mujeres. Dejando a un lado lo obvio, esto es, los actos de habla ofensivos propios de un discurso racista. Detengámonos en un aspecto de harto interés para un análisis crítico del discurso: la autorepresentación del racista, es decir, cómo éste presenta su imagen en público. Análoga a la actitud

del posmoderno, el racista niega su situación de estar imbuido de ideología racista. Por consiguiente, recurre a un conjunto de estrategias para mitigar su autoimagen ante las demás personas. El problema que establece las relaciones entre los personajes del film es la expulsión de Aibileen (Viola Davis) del baño de sus patrones. Hilly (Bryce Dallas Howard) ha llenado el objeto baño con sus fantasías ideológicas. De ahí se sigue que ella argumente que los negros transmiten enfermedades. Quien mejor nos puede iluminar en este aspecto es Susan Sontag, cuyo libro La enfermedad y sus metáforas, el sida y sus metáforas revisa cómo históricamente la metáfora de la enfermedad es recurrente en el discurso racista. Las enfermedades siempre vienen desde un afuera donde se ubican los otros. En el imaginario del racista, la mala higiene y pobre salud de los otros constituyen una fuerza irracional que amenaza la armonía y estabilidad de su mundo. Sontag nos recuerda que por algún tiempo se creyó que el Sida se había originado en África, el continente negro. Igualmente, cuenta Sontag que para el discurso oficial del nazismo las personas de mixtura étnica eran llamados 'sifiliticos' y la llegada de la peste bubónica a Europa fue adjudicada a los judíos. En Los anormales, Michel Foucault nos da una idea de los motivos in-

conscientes que hacen actuar a Hilly: "…el modelo del individuo a quien se expulsa para purificar la comunidad…". No permitirle a Aibeleen usar el baño sería purificar el espacio físico que se ha corrompido, degradado, envilecido. Esta acción comporta la expulsión de la criada de las estructuras formales de las relaciones entre individuos, es decir, la convierte en un objeto desprovisto de significado, una incongruencia en estado puro, algo que no podemos entender. El baño se ubicaría entre las categorías del esquema ideológico elaborado por Teun van Dijk en Ideología y discurso, en tanto responde a la pregunta de quiénes pueden disponer de los recursos del grupo ideológico. Señala van dijk en Racismo y discurso de las élites que en el discurso racista se introduce el altruismo: "…hemos encontrado en nuestro análisis de tácticas <<firmes pero justas>> está todavía más marcado en las argumentaciones que sugieren que el orador quiere ser firme <<por su propio bien (de ellos)>>. El filme La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea, es ejemplar de esto cuando encontramos que el patrón les aconseja a sus esclavos que si aceptan su castigo físico con agrado, llegarán a ser incluso más felices que los blancos. En Historias cruzadas, cuando Hilly le anuncia a Aibeleen la construcción de su propio baño le explica que es para su beneficio.

En Historia del excremento, Dominique Laporte identifica los rastros de ideología en los baños de la Inglaterra de la reina Victoria. Estos eran símbolos de belleza, de lujosos ornamentos y finos materiales. Slavoj Zizek se ha ocupado de estudiar la forma de los sanitarios de varios países de Europa y concluye que en ellos se expresan la ideología de estas naciones, como, por ejemplo, en Alemania el hoyo se encuentra en la parte delantera del sanitario, ya que se cree que el excremento debe ser visto para rastrear señales de enfermedades. Por mi parte, he pasado los últimos meses analizando los mensajes escritos en las paredes de cubículos de baños públicos (sólo de caballeros, claro está). Especialmente, me he centrado en aquellos que tienen contenido ideológico y en los que se identifican la participación de varios individuos. Esto me ha llevado a plantearme algunas interrogantes: ¿qué motiva a una persona a escribir un mensaje ideológico en medio de necesidad fisiológica? ¿A quién se dirige nuestro mensaje si todo acto escritural tiene un lector, aunque sea imaginario? ¿Por qué replicarle a alguien anónimo, quien tal vez nunca vuelva a visitar ese baño para leer nuestro mensaje? la respuesta parece ser que escribimos porque en la ideología hay goce y en ese espacio íntimo vaciamos todas nuestras fantasías, por tanto, cualquier perturbación a éstas nos incomoda como si fuese el ojo del anciano del El corazón delator, de Edgar Allan Poe, es como una mancha que está a punto de saltar sobre nosotros para devorarnos, por eso insistimos en borrarla, en tacharla, como cuando el personaje central del Fruto al fondo del tazón, de Ray Bradbury, se arroja compulsivamente a borrar las huellas de su crimen hasta que amanece y la policía lo descubre. En síntesis, respondemos estos mensajes para que no nos perturbe, para que no nos prive del goce. Si Hilly con la expulsión del

baño transforma a Aibeleen una suerte de mancha irracional y amenazante, el nuevo baño al mismo tiempo se convierte en el símbolo de un estigma. El sociólogo Erving Goffman nos orienta en la comprensión de un símbolo de este tipo en su notable libro Estigma: la identidad deteriorada "…signos especialmente efectivos para llamar la atención sobre una degradante incongruencia de la identidad, y capaces de quebrar lo que de otro modo sería una imagen totalmente coherente, disminuyendo de tal suerte nuestra valoración del individuo" como es evidente, la dimensión traumática de un símbolo así es que es la información social que otros reciben ante nuestra presencia. Una asociación pertinente es la de la novela La letra escarlata, del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne, cuya heroína Hester Prynne es condenada por la sociedad puritana a llevar en el pecho la letra 'A' de adultera. Con todo, lo más aterrador parece ser que estos símbolos de estigma se convierten en la persona misma, como los números con los que fueron marcados los judíos durante el Holocausto. Hoy día, desde los estudios psicoanalíticos hasta el análisis crítico del discurso, se evidencia que la concepción general de ideología es el de un sistema de ideas de un grupo social, lo que podría incluir al feminismo o a la ecología, entre otras. El enfoque que referimos al principio no nos permitiría apreciar las prácticas ideológicas en Historias cruzadas, la cual nada tiene que ver con el marxismo. La ideología se reproduce desde los filmes que disfrutamos en el cine hasta en las formas de los sanitarios que usamos en baños públicos, y quienes aseguran superarla seguramente son quienes más la practican en la orientación de sus actos cotidianos, como el ateo del chiste: "gracias, Dios, por hacerme ateo". Maikel Ramírez


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