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Maracay, Sábado 13 de agosto de 2011

Crónicas del Olvido

Días de carga

sobre los hombros ALBERTO HERNÁNDEZ

de arriba, las que nos hacen recientes y tardíos. A veces nos ponemos de acuerdo para amarnos. O para odiarnos. La ciudad nos arranca los ojos. Nos hace perros, insectos en los bares, en los cafés donde el país nos hinca la piel. Dicen que retornamos y siempre llegamos. Que somos distintos. Que nos han dividido. Que el día sigue siendo aciago, tortuoso, curvo. Son pesados estos días, amiga. Tanto, que te busco y sólo la sombra animal de un árbol atestigua la desazón, la muerte de puntillas. El peso sigue sobre los hombros. Un dolor agudo tiraniza los huesos planetarios. Fardo de las horas. Los poemas sólo son un momento, un regalo de algún Dios aturdido bajo el calor de la ciudad.

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D

ías de abulia, días de carga sobre los hombros. El país se nos deshace en el interior, en los espasmos del diarismo. Días pesados, piedras atadas a los pies. El clima se niega y sus efectos conservan la desesperanza: las lluvias son sólo un anuncio de su poquedad. Las calles, sucias y abrumadas por la miseria, nos encaran y gritan desde una esquina. Nadie ha salido ileso de estos largos días de ingrata realidad. Unos, agitados por la planificación ojerosa del poder, se cimbran con una mochila que los apoca frente al mundo. Otros, desnudos por la necedad, fabrican el destino con cortos mensajes clandestinos. Los días naufragan frente a nuestros ojos. Entonces resuelvo encontrarme en un poema de Beverly Pérez Rego, para no olvidar la infancia que tantas veces fue una hoja de libro, o el polvo de una alacena oscura. "No intentes, niña, mirarte en la faz del fondo insondable. No busques el origen de esas tristes voces. No desnudes tanto. Eres atrevida, niña mía; sonríes a los espectros y esperas ser perdonada. Se hace tarde. Obedece. Devuelve tus muñecas al sepulcro...". Amarga esa infancia, ese recuerdo duro, denso en los huesos. 2.-

Los días siguen su curso entre la algarabía, las aves desplumadas de un país irredento. La ciudad, la que a diario nos tropieza, abre los ojos

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y nos emplaza con un texto de Leonardo Padrón: "Todas las tardes me dedico a deambular por esta bella ciudad de mierda/ sin mayor orden ni concierto que recoger tickets de lavandería del suelo,/ y contar toda la chatarra que consigo a mis pies/ desagües, ancianos, naranjas,/ adolescentes narcotizados,/ talleres mecánicos, dientes cariados,/ ojos eléctricos,/ ex boxeadores orinando la fachada de las iglesias/ vendedores de fritangas y fresas oscuras/ recitales de poesía en idiomas imprevistos/ niñas líquidas que exhiben su ombligo de cristal/ donde yo juego a encajar una esfera que no es el amor...".

Me evito renegar de cuanta especie bípeda me mire a los ojos. En todo caso, soy el que me mira, el que me irrita con la oscura premura de su descripción. Soy un sujeto, sólo eso. Una parte de la oración que no ejerce acción alguna. Sólo camina y se revisa los dientes en el reflejo de una vidriera. La ciudad, los días, la perversión del sol sobre nuestras infamias. De reconocernos, podríamos desatar arengas para que nadie nos oiga. Un cansancio invertebrado se pasea triunfante sobre el silencio de los que regresan a la casa luego de una larga jornada de trabajo.

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Y en ese mismo ardor, la tristeza se anuncia sobre el pesimismo. Aturdidos divagamos con los ojos puestos en lo que nos hace trastabillar. "Por nada me dan ganas de llorar/ a veces/ Si al amanecer un pájaro pasa/ Y yo sentado en ese escalón escascarañado/ recuerdo, fumo y olvido. / Si tu mirada de pronto en un espejismo/ Y está lo imposible de un beso/ Si en la neblina te prefiguro lejana/ En la madrugada cuando regreso/ Si después sobre la cama y en el espejo...". Adolfo Segundo Medina regresa del resplandor rojo del aire para decirnos eso, lo que acabamos de dejar en las líneas

La noche se instala felizmente. Queda en nuestros oídos el sabor de los textos. Mientras la ciudad duerme, alguien levanta el codo y celebra, a sabiendas de que el día siguiente volverá a instalarse en la pesadumbre. Vuelvo a entonar la lectura. Me recojo ileso acostado sobre la sonoridad de Eugenio Montejo: "Escribe claro, Dios no tiene anteojos. / No traduzcas tu música profunda/ a números y claves,/ las palabras nacen por el tacto./ El mar que ves corre delante de sus olas,/ ¿para qué has de alcanzarlo?/Escúchalo en el coro de las palmas…" Suerte tener estos poemas, estos milagros. Sabernos parte de su elaboración, de su eterna discrepancia con la sangre que nos recorre internamente. Días de abulia para vivir, para desandar, para regresar a todos los lugares, a todos los poemas.


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Maracay, Sábado 13 de agosto de 2011

La Obstinada Vitalidad de Ramos Sucre

JOSÉ ANTONIO SUCRE MILLÁN

I

nútil será toda tarea des tinada a "comprender" la obra poética de J.A. Ramos Sucre. No por incomprensible en sí, ya sea por el lenguaje aparentemente inextricable o por el exotismo temático en mucho de sus poemas, sino porque la vida atormentada llena de visiones que cargó a cuestas con entrañable lucidez el poeta; la poderosa fuente imaginativa que poseyó como don divino, son señales inequívocas de que abarcar una naturaleza semejante, y, más aún, comprenderla, no es más que le engaño a que nos sometemos siempre a nuestro terco y lógico empeño de desentrañar la realidad (vitalidad de su obra) con ojosconciencia. Es como preten-

NOTA ESPECIAL: Este artículo ha sido tomado y transcrito de la revista "en letras vivas" por Alfonso Solano, una publicación independiente surgida al calor de los albores de la prodigiosa década de los setentas en nuestra ciudad Jardín. Revista fundada y conducida por tres mosqueteros de la cultura aragüeña: José Aloise Abreu, Santiago Rojas y nuestro querido y recordado Nono Sucre a quien pertenece el mencionado artículo. Con él queremos rendir un sentido homenaje a su ingenio, a su pluma pertinaz, aguda y a su pasión eterna: la poesía.

der probar el fuego de los Dioses para recibir la maldición eterna. A lo sumo llegaríamos a una aproximación de su creación. Nada nos es permisible en esa empresa destinada por la razón al fracaso. Insistir en nuestra actitud es estrellarnos en tratar de comprender lo que no admite comprensión. Acercarse a sus poemas es tocar fuego sagrado, es sumergirnos en las profundidades insondables de su mundo con espíritu inocente; es reencontrarnos nosotros mismos despojados de todas nuestras miserias terrenales. Luz fulgurante es la anunciación de la muerte, la soledad o el amor siempre presente en toda su poética. Dejarnos conducir por todo ese universo de bellísimas imágenes sugeridas, sin más compañía que la propia del poeta; he allí la ruta a seguir para no extraviarnos en su mundo fantásticamente construido. "Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien; los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época…". No otra cosa podría hacer quien alejado por la realidad mediocre de su tiempo decididamente rompió con los lazos que lo ataban a ella y resolvió volcar con asombrosa pasión toda su interioridad en comunión estrecha con la poesía. En diálogo constante y profundo con su yo, construyó su mansión alucinante poblada de fantasmas. Lejos de los infernales ruidos mundanos que en su crepitación envolvente imposibilitan a los más la penetración en el subterráneo de la verdad; solo, aceptando únicamente la visita de pájaros, nadie estorbará las alas de su meditación. "Desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento

de la verdad inalcanzable". La enorme Posibilidad interior de la palabra es utilizada sabiamente por Ramos Sucre para aprisionar los mayores secretos del cosmos. Las imágenes se entrecruzan en una red fantásticamente armada, sin juego gratuito, sin enmarañado tecnicismo, sino con una transparencia sintáctica que irradia con esplendor una unidad increíble. Beatriz, Penélope, Ulises, Don Quijote, etc. son sus personajes. Fácilmente podría creerse que así el trataba evadirse de su tiempo. Nada más alejado de la verdad. Hay en Ramos Sucre una adhesión etérea de la realidad, que implica construir sobre las cenizas del pasado un tiempo presente real a través de crónicas fabulosas. El no trató de plasmar la realidad que le tocó vivir, de dar el testimonio en su cotidianeidad fugaz. Es el universo entero el volcán de su grandiosa imaginación, sus sueños visionarios en donde trató de aprehender con pasmosa nitidez, los misterios de la vida. Su enorme erudición y su milagrosa videncia es lo que hace desviarlo afortunadamente de las circunstancias de su tiempo, de ese medio hostil y salvaje de las tres primeras décadas del siglo veinte venezolano. Logra así trascender por su verdad y por su genio. El silencio que se tejió en torno de su nombre; la incomprensión, por demás natural, de su obra en aquella sociedad de espaldas a toda manifestación artística, no resulta en modo alguno extraño y no debe sorprendernos tal actitud. Ramos Sucre significó el reto de su época. Fue la antítesis de todo lo banal y mediocre de nuestros descarriados folkloristas. Fue la estrella radiante que iluminó solitariamente el desierto árido de la literatura provinciana.


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Bartleby

desasosegado JUAN MARTINS

L

a escritura del No. Considerando los aspectos emocionales del sujeto escritor que lo asume, veamos entonces la fachada que lo constituye. Es decir, qué tipo de vida acaso instaura la negación del mundo por parte del escritor y con ello negarse él también sobre la hechura de la vida, tal como lo hace al concebir el no estar, no presenciar el goce del ego intelectual. No existir, permanecer en el dolor y en la ausencia de todo, puesto que el dolor es una acepción poética y venida a palabra: la sensación que produce la vida se intelectualiza y deviene en escritura, en palabra escrita. Negarlo, es dejar de tejer la vida sobre el artificio de la escritura. Quizás estemos hablando del dolor si el lector encuentra, como yo lo encontré, un desarraigo de la realidad en pos de una verdad: mi verdad como lector, el placer de concurrir a la escritura. Tengamos presente que la escritura es un juego de elementos que no tienen conexión entre sí ni enlace con nada en la vida para este tipo de escritores (esa relación será interna al texto cuando han dejado obras de culto para los lectores, pero ya no escriben ni quieren escribir). Sin embargo, la vida fluye, se encuentra y el dolor queda expresado en palabras. No sé porqué son las palabras lo que me une al ensayo-novela de Enrique VilaMatas con su libro Bartleby y compañía, su protagonista, quien a su vez toma su nombre del personaje creado por Herman Melville, busca estar en la lista de los escritores anónimos, que se hacen anónimos para no escribir como si el heterónimo de la nada fuese un estado emocional y colisión con la soledad. Y si

lo entiendo bien, la soledad se excava con esa actitud doble del escritor cuando huye y juntamente se expresa con ese estado absoluto de la escritura: el no. Escritor del No, pero que a su vez desea tener el mayor crédito con su obra, en secreto, ser un escritor secreto en cualquier rincón del mundo siempre que esté ajeno a la escritura misma. Mejor dicho, y no nos enredemos tan-

to, por lo que se entiende por escritor: una persona llena de fama, de tonterías y egos que pocas veces tienen que ver con la escrituran y sí más con la industria del libro. Aquello que llaman literatura pareciera estar cada vez más cerca de un producto comercial. De esto huye nuestro protagonista o por lo menos quiere explicarnos cuando va a la "captura" de escritores bartlebys los cua-

les no escriben, dejan de vivir para cruzar aquel sentido del dolor, el dolor como postura estética, de hallazgo con lo poético. No estará reducido el libro a la anécdota del personaje, sino a la descripción de aquellos escritores: Robert Walser, Juan Rulfo, Kakfa, Jorge Luis Borges, Arthur Rimbaud, Pepín Bello, Hofmannstahl, Jerome David Salinger, Clément Cadou, Hawthorne, Melville, el mismo Fogwill. Escritores bartlebys. Es una lista interminable, una pasión desplazada en la condición del ensayo y la narración. Lo ficcionado con lo real está necesitando de esta formalidad de la escritura. Este estado del sujeto requerirá de esta forma a modo de que lo emotivo sea accesible para el lector en tanto discurso: la pasión misma de la escritura nos da curiosidad por estos escritores, cómo se desvanecen de la curiosidad de los otros (lectores o no) para identificarse con la propia vitalidad de su obra. Tal vez. Pero nos induce a saber quiénes son esos escritores, reconocernos en ellos, reconocernos también con ese dolor, la pérdida de la condición social y mediática de la escritura a cambio del desasosiego que produce el no escribir más. De estar en sitio con la obra y, por medio de esta actitud, allanarse de ella. Puesto que es una soledad articulada, el escritor encuentra su nivel de goce con la exigencia de lo escrito o con lo que ha dejado de escribir. El gesto de lo escritural devuelto a la vida, siempre que la emoción del dolor adquiera cuño estético, sentido de su propia obra. Podrá adquirirlo en la medida en que ese desarraigo sea profundo en el alma del lector. Mi alma se desvanece por conocer la vida y obra de Robert Walser, su muerte es la vida y el paisaje de su obra. Se desaso-

siega en aquellos pasos por el hallazgo: la emoción se intelectualiza y adquiere forma poética, sentido escritural. Y para adquirir sentido de escritura, contrariamente, habrá que alejarse de la densidad que produce la sociedad sobre el autor. Una paradoja, pero está allí en la escritura de este libro. Está presente en el anhelo de la voz poética de Enrique Vila-Matas y en la mía como lector. Tengo ese derecho al desasosiego. Me lo exige mi condición de lector. Lo poco que me es propio aquí: mi condición de lector vencido por el dolor. La No escritura busca lo sublime, el silencio y con el silencio la organización de las ideas. Inexcusable como ruptura de las convenciones atribuidas al escritor y también al lector por supuesto. Trendé que cocearme con otra idea de la escritura. No busco el éxito del escritor sino su obra. Esta idea nos conduce a una soledad diferente, a la soledad con la obra del autor, porque reconoceremos el escritor No en la medida de la lectura de aquellos, nos limita el anaquel de nuestros libros y de alguna manera nos vamos con la obra que no quiere ser del escritor. Volvemos entonces a la paradoja. La soledad es produce este dolor estético en el goce de descubrir obras secretas, escritores secretos. Si la mitad de lectores del mundo nos redimimos a los escritores secretos nos veremos reducidos a los límites del silencio: allí nos careamos con la obra. Será divertido, pero también un guiño sensible a los buenos libros. No sé porque tengo la impresión de que Enrique Vila-Matas es un heterónimo de Pessoa y ambos me están tomando el pelo desde Lisboa. Algo así decía ya el poeta portugués: Si Dios no tiene unidad/cómo he de tener yo.


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Clantos HUESOS DE PASOLINI VÍCTOR LORETO LÓPEZ Clanto enajenado (1) Atrapo la nostalgia que vuela por los aires y va a parar a la rueda del parque Niego tu sonrisa extraña tu mordida irregular la línea descendente de tu torso Columpio al llanto que apolisma la risa ¡Bestia¡ Niego tu presencia en la cámara negra y el buqué de los lirios amarillos que nos regalamos la caricia frente al espejo el ojo que se pierde y el acecho de ti aplastando flores en el campo

** Intolerable la necedad de los truenos fugazmente mi apariencia se deslizó frente a las bocas de las muecas muertas de los hombres A la palabra seca la palabra que se deja derrumbar por el viento de voz que se pudre con el miedo a esa palabra arrebataste el nacimiento No sabían que éramos hermanos se quedaron con la lluvia a medio caer Tu furia contra la palabra débil Clantos libres Hasta ahora los albatros no han hecho más que volar sobre el spleen e ideal pero de lo que se trata es de transformarlo

** El poema no se destruye la noche me lo otorga en el dintel sombreado del portón en que hoy me ha tocado dormir

** Bakunin es en política lo que Baco en religión Marx es lo mismo que el mar Y el amor es al tiempo lo que el dolor a la poesía

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Al hombre de sentidos contrarios que sueña encontrar un poncigué sobre la calle despejada el día le parece un domingo de rigor hermético que no muestra grietas

Para el sudor que castiga la huida de mi alma traigo pétalos de flores que urgen morir sobre piel Dios me libre del sudor frío de la noche

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