Sábado, 14.06.14 Número CLXXIV
SOMBRA CIPRES LA
DEL
La vigencia de El Greco, proyectada al siglo XXI
El Museo de Escultura de Valladolid rastrea su influjo en artistas contemporáneos [P2]
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DEL CIPRÉS
EL GRECO DESDE EL FUTURO
CARLOS AGANZO
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l retrato de ‘El caballero de la mano en el pecho’ (1585), de El Greco, refleja quizás mejor que ninguna otra obra de un pintor español el alma del último Renacimiento de Castilla. Su honrosa hidalguía, su tristeza espiritual, la suntuosa austeridad del imperio venido a menos. Nadie sabe a ciencia cierta si el adelgazamiento psíquico de las figuras que pintó en los últimos años de su vida es fruto del misticismo, del astigmatismo o del propio genio de Doménikos Theotokópoulos; o de las tres cosas a la vez. Pero lo que parece indudable es que sus retratos, por encima incluso de sus grandes composiciones religiosas, se terminaron situando en las mismas fronteras del espíritu, del arte y de la condición humana. Basta con detenerse en la serie del Apostolado, tomada, según las crónicas, de los rostros más expresivos del manicomio toledano, para darse cuenta de este gusto enfermizo por los límites. Una co-
lección de rostros fantasmales, sin espacio ni tiempo, profundamente afectados por la agitación del alma, que conmueve los cimientos del espectador. Algo tiene que ver en esta sacralidad de los rostros de El Greco su experiencia primera como maestro de iconos ortodoxos en su Creta natal. Y algo más su incorporación plena a la exaltación del Renacimiento con Tiziano (a quien siguió en la colocación y en la elección de los fondos neutros para sus retratados) y con Tintoretto en Venecia, y con Miguel Ángel en Roma. Pero sobre todo su larga etapa (37 años, la mitad casi exacta de su vida) en aquella Toledo de finales del XVI que fue capital religiosa de Castilla, expresión profunda de la Contrarreforma y ciudad de grandes mecenas que no acababan de hacer bien las cuentas cuando se trataba de pagar a sus artistas. No le terminaron de creer en Roma cuando le aseguró al papa Pío V, inclinado a cubrir los desnudos de Buonarotti en la Capilla Sixtina, que él era capaz de ejecutar una nueva pintura «con honestidad y decencia y no inferior a ésta en buena ejecución pictórica». Ni le terminó de gustar a Felipe II el resultado de las dos primeras
obras que le encargó para la magna pinacoteca de El Escorial. Pero en Toledo encontró valedores y seguidores entusiastas que no se cansaban de encargarle obras nuevas o, incluso, copias de sus originales, con el consiguiente lío que se han traído los catalogadores de su pintura hasta la fecha. En Toledo se convirtió en un pintor de éxito, en un intelectual que tenía en su biblioteca 130 volúmenes (un auténtico lujo para la época), y en un español tan genuino como sus contemporáneos San Juan de la Cruz o Cervan-
El crítico germánico Julius Meier-Graefe destacó a El Greco como precursor de los impresionistas
tes, sólo unos años más jóvenes que él. Genuino en el genio como en la figura. Esa figura extravagante que retrataron sus coetáneos y ese genio que sólo empezaría a apreciarse, en su verdadera dimensión, muchos años después
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de su muerte. Si al verdadero Cervantes lo olvidaron los españoles y lo rescataron del olvido los románticos europeos, a El Greco lo colocó, como precursor indiscutible de la modernidad de Cezánne, Monet, Degas o Renoir, un extraordinario crítico y escritor germánico llamado Julius MeierGraefe, autor de ‘Spanische Reise’, y una de las figuras claves del arte europeo de finales del siglo XIX y principios del XX. «Por medios simples, el artista crea una memorable caracterización que le coloca en el más alto rango de los retra-
tistas, junto a Tiziano y Rembrandt», escribió sobre El Greco, decenios más tarde, Harold Wethey, egregio profesor de Arte de las universidades de Washington y Harvard. Los ojos de sus apóstoles y de sus santos, muy especialmente los de sus versiones de San Francisco (hasta 25 pintó de su mano y hasta un centenar en total salieron de su taller), perdidos entre la inspiración, la santidad, el hallazgo o la locura, dan testimonio del estado de gracia de un artista que, desafiando a su tiempo, se atrevió a pintar el alma de los hombres.
Retratos de la mirada del alma El Greco culminó la espiritualidad de su pintura con los modelos del Toledo del siglo XVI
‘San Andrés’, de El Greco, perteneciente al Museo de Escultura de Valladolid. :: MARCOS MORILLA
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De cómo El Greco pervive en artistas del siglo XXI Creadores actuales reflexionan de obra y palabra en Valladolid sobre su influjo ANGÉLICA TANARRO
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‘Magdalena’, 2009. De Pierre Gonnord. Fotografía en color siliconada bajo metacrilato.
ué les dice El Greco a los artistas de hoy? ¿Encuentran, si no una influencia directa, un aliento. una especie de impulso, una complicidad con un artista que se definió a sí mismo como excéntrico, en el primigenio sentido de ‘diferente a lo común’? Estas preguntas están en el origen del proyecto ‘Doce miradas al Greco cuatrocientos años después’ (doce más una para ser exactos) y que desde finales de abril conmemora en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid el Año Greco. Alejándose de caminos más trillados, la exposición, de la que es comisaria Isabel Durán, rastrea «en qué medida y de qué forma el arte del Greco está presente en el trabajo de algunos artistas que están produciendo obra» en el momento presente. Como ya se explicó en el momento inaugural de la muestra, el número de artistas seleccionados, doce, se corresponde con el de los doce apóstoles, las doce pinturas de mediano formato que se exhiben conjuntamente con las obras contemporáneas en el Palacio de Villena. El Apostolado del Greco, propiedad del Museo y depositado en el Museo Provincial de Oviedo, recala en su casa para dar carnalidad al discurso de la exposición. Esa carnalidad que Jorge Galindo (Madrid, 1965) destaca en la obra del pintor rememorado y que le hace pensar en el placer físico de pintar. Este artista expone dos obras de gran formato, quizá las de mayor atrevimiento de la muestra. Son las dos últimos de su serie ‘El Greco revisitado en Borox’ que parten de un ejercicio de bocetos-collages ampliados luego a cuadros de gran formato. Galindo se inspira en las reproduc-
ciones baratas, en la iconografía popular kitsch de los calendarios. «En los años 60 y 70, creo que el pintor antiguo del que mas se reproducían sus cuadros para calendarios era El Greco. ‘El entierro del Conde Orgaz’ es un cuadro sublime pero también un calendario de pared y con el mismo cuadro reproducido es una alegoría del paso del tiempo muy interesante». Para otros pintores de la muestra, El Greco tiene que ver con la memoria de una imagen que en algún momento de su infancia les impactó. Es el caso de Marina Núñez (Palencia, 1965) que recuerda el ‘San Sebastián’ de la catedral de su ciudad natal como «el primer cuadro bueno que vi de niña». En línea con su trabajo, Núñez muestra un vídeo poderoso y magnético, realizado expresamente para esta ocasión que reproduce desde su lenguaje futurista muchas de las características iconográficas, formales y compositivas del pintor griego. Inspirado en ‘Vista y plano de Toledo’, el personaje de la Virgen levitante, es aquí una mujer envuelta en llamas y aprisionada en un agujero, lo que remite a sus preocupaciones feministas. Para la artista palentina es difícil concretar la influencia de El Greco en su trabajo, pero afirma que en él «resuenan él y otros pintores barrocos a los que admiro por su dramatismo, su tensión, su dramatismo y espectacularidad».
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DEBATES EN EL PALACIO DE VILLENA Día 17.
Isabel Durán conversará con Luis Gordillo, Carlos León y Montserrat Soto.
Día 26.
Pierre Gonnord y Din Matamoro debatirán sobre ‘¿Qué hace hoy al Greco un artista de referencia?’ Las dos citas son a las 19:00 horas y la entrada, libre.
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Arriba, ‘Vista y plano de Toledo’. 2013. Marina Núñez, vídeo.
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‘Terrado 2’ 1997. Fotografía de Montserrat Soto.
Marina Núñez cree, sin salir de esta exposición, que las imágenes de Pierre Gonnord serían la forma en que El Greco se expresaría hoy. Por su parte, el fotógrafo francés (Cholet, 1963) encuentra su rastro en artistas como Bill Viola «por su forma humanista de tratar la obra». Esa manera humanista está también en su propia obra. Gonnord trae tres retratos de mujer sobre un fondo neutro en el que la mirada lo es todo (la del espectador, pero también la del retratado) y el resultado es de una verdad rotunda. Especialmente pintado para la exposición es el tríptico titulado ‘El cardenal Don Fernando Niño de Guevara’, obra de Carlos León (Ceuta, 1948). Junto a la obra de Din Matamoro saluda al visitante en la primera sala de la exposición. Y no es casual. El color (además de la potencia del gesto) es protagonista de la obra de este artista al que el Patio Herreriano dedicó en 2009 una
exposición que reunía dos momentos de su trayectoria. El tríptico lleva el mismo título que la obra de El Greco que lo inspira y que León visitaba con frecuencia durante su estancia en Nueva York (el cuadro pertenece a la colección del Metropolitan). Para él El Greco es «el ejemplo de una libertad creadora que se encarna en obras turbadoras y deslumbrantes en las que abundan sorpresas formales y hallazgos desconcertantes», y está convencido de que su magisterio está presente en el arte actual tanto en aspectos formales y técnicos reconocibles como en ámbitos más secretos, incluso inconscientes para el artista. En esta primera sala se encuentran también dos obras de gran formato de Din Matamoro (Vigo, 1958). De nuevo el color, pero también el aire, la transparencia que le sirven al pintor para mostrar «lo interno, la vida que fluye por dentro y recorre el cuadro». Su proximidad al pintor del
LOS ARTISTAS PRESENTES EN LA EXPOSICIÓN José Manuel Broto Jorge Galindo Pierre Gonnord Luis Gordillo Secundino Hernández Cristina Iglesias Carlos León Din Matamoro Marina Núñez Pablo Reinoso Montserrat Soto Darío Villalba Joan Fontcuberta
apostolado la relaciona con el color de sus paisajes de los ochenta, con los colores ácidas y las «tonalidades amarillas y rojas que discurrían por los territorios del lienzo». Rastros que ahora encuentra en el amarillo más cálido y gigante de Anish Kapoor o en el color de su compañero de sala. A través de sus obras quiere recuperar «la costumbre perdida de contemplar, que está en la obra de El Greco. «Al construir con la luz y el color la obra se transforma, se mueve en el interior, respira y los colores suben de intensidad». Más que influjo directo, José Manuel Broto (Zaragoza, 1949) encuentra con Theotokopoulos «sospechosas coincidencias que son evidentes en mis últimas pinturas». Las dos obras que ha seleccionado para la muestra fueron concebidas especialmente para ella y cree «que cumplen con el espíritu formal de El Greco. «Sus combinaciones cromáticas, sus
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Vista de la sala con la obra de Gordillo junto al Apostolado de El Greco. :: HENAR SASTRE
Un buen argumento expositivo :: A. TANARRO
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n toda exposición, pero aún más en una de estas características en la que se juntan tradición y modernidad y, sobre todo, pluralidad de planteamientos artísticos, la forma determina el fondo, y el argumento expositivo resulta fundamental. En este sentido, la muestra del Palacio de Villena, que dirige María Bolaños, tiene aciertos destacables. Entre ellos la disposición de los cuadros en la sala del Apostolado. La obra de El Greco ha encontrado contrapunto y acompañamiento en la de Luis Gordillo (Sevilla,
1934) –junto con Darío Villalba, el artista más veterano de la muestra– que ha cedido un cuadro de gran formato, titulado ‘Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío’, obra de 1992 perteneciente a la colección del Reina Sofía. Gordillo, hombre que se confiesa «no creyente» afirma haber elegido este cuadro «de título irónico» porque, a pesar de ese alejamiento suyo de la religión, «mientras lo pintaba tuve la sensación de estar haciendo un cuadro religioso». La organicidad en tonalidades frías de Gordillo contrasta pero dialoga con la de El Greco y sus colores ácidos, pero debe de encontrarse a
gusto al lado de un pintor al que ve «más avanzado que Manet (...) y si me alejo un poco de él casi veo a un Jackson Pollock», afirma en un texto del catálogo. El conjunto es impactante, como lo es el tríptico de Darío Villalba (San Sebastián, 1939) para quien el influjo de El Greco en su obra es grande «no en formas icónicas parecidas, sino en la vivencia iconográfica de una visión totalizadora del mundo». La duplicidad entre lo tangible y lo intangible está simbolizado en el tríptico en el que una gran foto del rostro sonriente de un niño está ‘atrapado’ entre una tierra
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A la izquierda, obra de la serie ‘El Greco revisitado en Borox’, 2006, de Jorge Galindo. Sobre estas líneas, ‘Camuflajes, El caballero de la mano en el pecho II’. 2009. Impresión digital sobre papel de algodón de Joan Fontcuberta.
completamente matérica y un cielo tenebroso a la manera de los pintados por el artista de referencia. La disposición en la sala junto a las fotografías de Montserrat Soto potencia la fuerza de la obra de Villalba como ocurre también en la obra de Gonnord, cuyas fotografías componen una especie de capilla laica de gran interés. Estos ‘diálogos’ pictóricos tendrán estos días en el Museo una vertiente literal con las mesas redondas que la comisaria ha organizado con parte de los artistas representados en la exposición, bajo el título genérico de ‘El Greco, uno de los nuestros’.
composiciones zigzagueantes, exaltadas siguen siendo un referente primordial de la pintura». Otros artistas se relacionan con el protagonista de la efemérides desde un punto colateral. Es el caso de Secundino Hernández (Madrid 1975) a quien le interesan los arrepentimientos de un «pintor auténtico» (esas pruebas que se han descubierto en ocasiones en los márgenes del lienzo que tapan los marcos), «descargas de pincel», paleta adyacente que considera el contenido emocional del cuadro. Espíritu que está en ‘Secular Breeze’ y ‘Sol y sombra’, las dos obras que expone. Más reconocible es el dramatismo casi pictórico que Montserrat Soto (Barcelona, 1961) imprime al cielo (más que bien que le ofrece el cielo) en sus fotografías. Los tres ‘terrados’ que se pueden contemplar en Villena pertenecen a una serie sobre el paisaje y el horizonte que se enmarca a la perfección el subtítulo de la muestra ‘Entre el cielo y la tierra’, en este caso entre un cielo a medias sublime y amenazante y una tierra más prosaica. Dualidad que asemeja a la que encuentra entre los fon-
dos de El Greco que «muestran abiertamente sus impulsos» y un primer plano «en el que mostraba el compromiso adquirido». Y añade: «en sus fondos siempre hay una temeridad que me atrae de forma misteriosa». La escultora Cristina iglesias (San Sebastián, 1958) mezcla el vidrio, la chapa oxidada y el tapiz en ‘Sin título (Berlín II)’ una obra que, según la comisaria de la exposición «desubica al espectador» y produce en él una extrañeza similar a la que produce el uso de la naturaleza en la obra de El Greco. El escultor Pablo Reinoso (Buenos Aires, 1955) considera que ha salido enriquecido de la experiencia, pues su trabajo consiste en un movimiento hacia las formas del pintor clásico. «He tratado de ponerme bajo su luz, forzando la interpretación para experimentar su peso en mi obra. Y al lado de todos, pero camuflado, Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955)y su juego con ‘El caballero de la mano en el pecho’ y las variaciones procedentes de su autorretrato que juega con la idea del engaño visual, de que no siempre lo que se nos da por bueno lo es.
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Albert Camus y el verano
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oca es la soledad cuando cae encima sin ser llamada. La soledad sabe sostenerse en una mínima mano capaz de exprimir el gran dolor en tan diminuto espacio. Lo mejor para esquivarla es leer a un buen escritor o correr libre por el campo. Amo para siempre la lectura de Albert Camus en un verano bajo el magnolio centenario. Uno de los más imaginativos que ha dado el siglo XX. Grande, pleno, diversas ramas con fuerte claridad y otras goteando desconsuelos. Abierto a la riqueza en horas dibujando la vida. O dándole la espalda simulando buscar esconderse. Creía que la manera más idiota de morir era en un accidente de automóvil. El 4 de enero de 1994 se estrelló yendo con su amigo Michel Gallimard que conducía. Allí mismo se encontró el manuscrito en el que trabajaba entonces, ‘El primer hombre’, considerada dicha novela como una de los más importantes de la literatura francesa del siglo ya citado. Camus es para siempre, aunque gustemos de lecturas de antes y de ahora de muy buenos autores. ¿Por qué solo leen los jóvenes (más mujeres que chicos) determinados títulos de algunas lecturas abriendo desde la primera palabras búsqueda de exitosa
El escritor y filósofo Albert Camus. :: AFP
Latrocinios
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i algo, en estos tiempos, irrita al escuálido grupo de escritores que obtienen una ganancia con sus libros es que cualquiera, sin ser un experto informático, puede hacerse por la patilla con el fruto de su esfuerzo, las más de las veces arduo hasta decir basta. O sea, por una simple regla aritmética, en un pispás su ganancia queda, con alevosía y premeditación, aminorada. Obviamente, nadie, aunque tenga un ínfimo sentido
de la justicia, pondrá un pero a su reclamación. Ocurre, no obstante, que se trata de un robo con unas características determinadas. Y es que, como diría un incondicional de los argumentos no muy intrincados, hay robos y robos. Veamos. He de reconocer que siempre han despertado mi simpatía quienes se han apropiado de una obra de arte animados no por cuestiones crematísticas sino por disfrute personal. Esa obra de arte, despreciada por la ignorancia o
condenada a su exhibición ante una masa de gusto atrofiado, desde el instante de la sustracción sólo provocará el gozo de una sola persona –al que imagino, cosas de la cinefilia, deleitándose con ella desde un confortable sillón de cuero mientras sus papilas gustativas son honradas con un delicioso whisky de malta y un aromático habano–. Por decirlo de algún modo, antes era propiedad de una muchedumbre gregaria y anodina y ahora de un único individuo cuya extrema pasión sólo es comparable a su muy amplia sabiduría. Y no hay letraherido, en asuntos de mangancia más o menos graves, que pueda presumir de ciudadano modélico; y si no fuera porque un servidor peca –digo bien: peca– de excesiva sensatez, tampo-
LOS TRIGALES AZULES ROBERTO RODRÍGUEZ
co sacaría pecho. ¡Cuántas veces me ha asaltado la tentación de aludir a una pérdida a la hora de restituir una primera edición que, desde que se inaugurara, nadie, en la bi-
DONDE HABITO ELENA SANTIAGO
venta no siendo buena literatura: solo malamente frívola y llamativa; ni verdadera? O bien, sugerente por su bella fantasía. Camus y los veranos fueron especiales, una riqueza inolvidable. Sus páginas se comunicaban como ríos o regatos del río Órbigo de Veguellina: imágenes de belleza cercana e intensa. La orilla del
blioteca pública, había solicitado! ¡Y esa joya bibliográfica que el querido amigo permitió que la alojase en mi hogar! ¿Acaso no pensé, con el fin de poseerla para mí, las respuestas más insólitas y estrafalarias que justificarían la imposibilidad de devolvérsela? –¡Qué corriente cuando abrimos las ventanas! ¡Es que vuela todo! Y, claro está, el querido amigo se sentiría como el alguacil alguacilado, pues, como dije antes, no hay letraherido que no sea un hurtador de libros en potencia. Sirva como ejemplo Valle-Inclán: de la puerta de su biblioteca colgaba un cartel en el que advertía que estaba hecha con libros robados y que no prestaba ninguno. El súmmum. Intuyo que el escritor que puede jactarse de llenar la an-
río para reposar soñando su ruido casi música escapando entre tierras cuidadas y chopos amigos inolvidables. Sombras de chopo donde leer rodeados bajo un sortilegio (románico o moderno brillante) una comparación adaptada moldeando ya invariablemente algunas lecturas. Albert Camus, «el amante del aforismo fulgurante» (según Juan Ángel Juristo) y tan fulgurante su obra grandiosa, subrayada. Comentarios, páginas incansables sobre cada uno de sus títulos: algunos tan especialmente intensos, en un afán emocional y justo. En presente y un futuro sin final. Comenta Camus: «Crecí en el mar y la pobreza fue para mí fastuosa; después perdí el mar, todos los lujos me parecieron entonces grises, la miseria, intolerable. Desde entonces, espero». Cuantas referencias a millones de seres de la actualidad perdiéndose entre la violencia, la carencia, mezquindad: realidades rotas, sueños rotos, infinidad de esperas de puertas abiertas de entrada a la justicia y el orden. Las mejores intenciones para arreglar lo que tanto duele. El verano llegará a mostrar su luz, cambio a un aire de más vida, de consoladores paisajes y misericordias de calor y sosiegos.
«No hay letraherido, en asuntos de mangancia más o menos graves, que pueda presumir de ciudadano modelo»
dorga y pagar la hipoteca con lo que gana con su trabajo –que no hay tantos, repito–, le duele en el alma y en el bolsillo el robo concreto que él denuncia: un robo de guante negro que tiene mucho de burdo saqueo, de bárbaro pillaje. De expolio sin ton ni son; voraz y zafio. Pero ya se sabe lo que tienen las hordas, sean de carne y hueso, sean virtuales.
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egún una hipótesis, en el universo en expansión, las galaxias más remotas se alejan de nosotros a una velocidad superior a la de su luz, que no llega a alcanzarnos, de forma que la oscuridad que vemos en los cielos no es más que la invisibilidad de esa luz». Lo recuerda Giorgio Agamben en ‘Estancias’, libro publicado en 1977, aún hoy atractivo y vigente entre los títulos de su densa producción. Ese sería el ámbito de las ‘estancias’, el de lo visible y lo invisible que se confunden, la dificultad para distinguir lo que existe de lo imaginario, o para saber si lo que la imaginación genera viene realmente a existir. Su indagación ofrece una gama en extremo diversa de mundos, al modo de un proyecto enciclopédico que fuera abriendo áreas de conocimiento y multiplicando sus intereses de forma casi inagotable. Así, junto a las frases de la física moderna, caben estas otras de Aristóteles: «No cualquier sonido emitido por un animal es voz, sino que es necesario que el que hace vibrar el aire tenga fantasmas». Y este campo será uno de los más activos del volumen, que se subtitula: ‘La palabra y el fantasma en la cultura occidental’. Porque, y Agamben lo advierte desde el principio, en este juego de lo visto y no visto, de lo manifiesto y lo oculto, de lo que invisible late en lo visible, está inscrita «la imposibilidad de poseer plenamente el objeto de conocimiento» que caracteriza a nuestra cultura. Quizá por ello el libro participa del mismo sistema, alienta en él algo decisivamente perdido, una carencia perfora el espesor de su sabiduría; la escritura empuja a seguir leyendo en una experiencia de notable excitación intelectual, y a la vez va dispersando preguntas, malestar, la sospecha de una extraña renuncia que al lector le cuesta precisar. La enciclopedia tiene un centro oscuro, cuya imantación la dirige, la va absorbiendo, su «modelo de conocimiento se busca en aquellas operaciones en las que el deseo niega y a la vez afirma su objeto y, de este modo, logra entrar en relación con algo que de otro modo no hubiera podido ser ni apropiado ni gozado». Y esta resistente y tal vez fértil negatividad la encuentra Agamben en la melancolía o en el fetichismo o en la concepción del amor de los poetas del ‘dolce stil nuovo’ o en los emblemas barrocos. Estas son las cuatro partes de ‘Estancias’; pero mencionarlas no da idea del proceso desplegado: una extraordinaria erudición (que quizá tiene sus puntos más propios en
Voz contiene fantasmas el recurso a la antigüedad tardía y al saber medieval) va encadenando y tejiendo los motivos de análisis en una red que no se mueve ni avanza en un solo sentido. La argumentación consiste, sobre todo, en una puesta en contacto, en hacer contiguos espacios y épocas varios, más que en construir una visión de conjunto, aunque todo esté atravesado por la pulsión de hacerse fuerte en la ausencia, en lo perdido y carente. ‘Estancia’ era para los poetas del siglo XIII la ’morada capaz y receptáculo’ que custodiaba el núcleo esencial de su poesía; aunque el plural del título de Agamben ya señala la multitud de sus núcleos, quizá los que más me dan que pensar son la relación entre la teoría del fantasma –huella de las imágenes en el
Bandeja nupcial del Medievo, ‘El espejo del amor’. :: JORDI ALEMANY
alma o la memoria– y la concepción amorosa, por un lado, y entre el «fetichismo de la mercancía» descrito por Marx y la propuesta poética de Baudelaire, por otro. «El descubrimiento medieval del amor –indica Agamben– es el descubrimiento de la irrealidad del amor, o sea de su carácter fantasmático»; esta impresión, que los lectores de la poesía cortés bien podemos compartir, se apoya en un tupido palimpsesto que enlaza la teoría de la imaginación de origen aristotélico y, como derivación suya, la fantasmología medieval, con la doctrina neoplatónica del ‘pneuma’ –el soplo cálido,
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transmisor de la vida– como vehículo del alma, la teoría médica antigua de los influjos entre espíritu y cuerpo, las aportaciones de Avicena y Averroes, etc. Todo el tejido es apasionante y, sin embargo, parecería reductor el corpus de poemas de Cavalcanti y Dante que se citan, los que más se adecuan a su trazado filosófico. Sugiere Agamben que esta concepción procede de un giro en la categoría patológica del ‘amor hereos’, enfermedad mortal de la imaginación, y no en el rescate de la teoría idealista y ‘alta’ de Platón; pero esto apenas le hace notar el componente decisivo de sufrimiento que el ‘amor’ medieval incluye desde su germen; quizá si se hubiera abierto a textos como ‘Tristán e Iseo’, los de Chrétien de Troyes o de ciertos trovadores occitanos, el cuadro habría pintado un ‘fantasma’ menos aséptico, más nítidamente impreso –aunque fuera en negativo– en la materia de la vida y en la perspectiva de la muerte. Por su parte, Marx descubría el fetichismo de la mercancía como fruto de la pérdida del valor de uso de los objetos, en aras de la abstracción de su valor de mercado –«fantasmal objetualidad, mera gelatina de trabajo humano indiferenciado», en
«‘Estancia’ era para los poetas del siglo XIII la ‘morada capaz y receptáculo’ que custodiaba el núcleo de su poesía»
las palabras de ‘El Capital’. La poética de Baudelaire –atento observador de las primeras Exposiciones Universales, como lo fue Marx– exprimiría en paralelo el poder de extrañamiento con que se cargan las cosas liberadas de su utilidad; así, el poema amplía su espacio hacia ‘lo inasible’, a cambio de perder la garantía de la tradición. Baudelaire inaugura la poesía moderna asignándole –cree Agamben– «la tarea más ambiciosa que el ser humano hubiese confiado nunca a una creación suya: la apropiación misma de la irrealidad». Pero quizá la radical lucidez de la reflexión del filósofo italiano sobre la alienación lingüística en las sociedades contemporáneas, presente en otros libros suyos (‘Medios sin fin’, por ejemplo), no lo está tanto todavía en ‘Estancias’: la voz expropiada por sus fantasmas. Y mi pregunta sería: ¿apropiación de la irrealidad o deseo de realidad? –deseo de esa ‘realidad’ perdida en el laberinto del consumo y su espectáculo. Habría que cambiar la perspectiva tomando como base la propuesta por el mismo Agamben en ‘Lo que queda de Auschwitz’: «el acontecimiento de palabra», que se da «cada vez que ponemos en funcionamiento la lengua para hablar», el ejercicio de la voz que genera un hecho físico, recupera la realidad al hacerla perceptible, sensible; «un instrumento capaz de transformar –como quería Hanna Arendt– lo invisible en una apariencia». Tiendo a leer así la empresa de Rimbaud: «Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos». Una empresa cuya condición de posibilidad fuera la resistencia existencial: «Debilidad o fuerza: estás ahí, eso es la fuerza». Y cuyo objetivo, utópico e inmediato, es –aún Rimbaud– la realidad. «Yo, yo, que me declaré mago o ángel, exento de toda moral, he vuelto al suelo, con un deber que buscar y la rugosa realidad por abrazar». Más allá de los matices, en positivo o en negativo, hay pocos espacios de pensamiento que resulten tan movilizadores como el que Agamben abría en ‘Estancias’.
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Un indio se baña al amanecer en su río sagrado, el Ganges. :: DAVID GUTTENFELDER-AP
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e imagino a Chantal Maillard sentada en uno de sus queridos y odiados, temibles ghats de Benarés, la ciudad de los mil templos, con bolita y media de bhang en el cuerpo, abriendo las puertas de la percepción, mientras el Ganges arrastra las ofrendas y los cadáveres arden en las piras de leña bajo su mirada tan quieta como la de un sadhu desnudo, con sólo media cáscara de coco protegiéndole el sexo, impertérrito a su lado. Pocos escritores españoles –me vienen a la cabeza su compañero Jesús Aguado o el filósofo Rafael Argullol– se han acercado a la India como ella y creo que ninguno ha realizado una integración de tal calibre en su tradición y su manera de vivir. Así que ‘India’ (Pre-textos)
constituye una visión del país asiático desde todos los frentes de escritura posibles, una ‘summa’ impresionante que parte del sentimiento profundo y la entrega total, un esfuerzo titánico y prolongado por comprender e imbuirse del espíritu hindú, una muestra de amor absoluto. Me he saltado los diarios que encabezan el volumen, apuntamientos de los que en su día disfruté mucho, igual que de su libro de recuerdos primeros ‘Bélgica’, que devoré entre el asombro y la admiración, ambos en la misma editorial. La sección lírica se abre con una estremecedora ‘Carta desde Benarés’, a modo de poética, sobre la escritura y la noescritura. Luego, los apasionados poemas del té, los también amorosos, aunque más frágiles y prevenidos versos
UN ÁNGULO ME BASTA FERMÍN HERRERO
contra el apego de ‘La otra orilla’, la levedad en la altura nepalí de los escritos a los pies del Monte Langtang entre monjes que recitan sutras, me llegan más que su poesía última, que no es santo de mi devoción, si bien, al estar tan premiada y reconocida, algo tendrá esa agua cuando tantos la bendicen. Tanto los ensayos, una inmersión total, exegética, en la estética, la cosmología, la dramaturgia y la filosofía hindúes y hasta en el rol de la mujer, la ecología y la circulación vial por aquellos pagos, como los artículos, la mayoría a modo de reseñas, ordenados cronológicamente, buscan el acercamiento, incluso la simbiosis schopenhaueriana de la teoría del conocimiento de Kant, la metafísica vedántica y la escatología budista, lle-
gando a considerar el idealismo de Fichte, Schelling o Hegel un epigonismo hinduista. Persigue, en definitiva, una amalgama entre lo mejor de la sabiduría india y el pensamiento occidental. Y lo peor: el epílogo, en torno a la globalización, advierte que la India se ha hecho permeable a nuestro modo de vida, de manera peligrosa, pues la uniformidad todo lo fagocita, trivializa y desvirtúa. El mismo afán de tender puentes entre culturas, de coger lo mejor de otras tradiciones y no encerrarse en el ombliguismo autosatisfecho europeo, alienta ‘Mística de Oriente y Occidente’ (Trotta) de Rudolf Otto, un concienzudo análisis comparativo hacia la esencia del extraño y extremo fenómeno de la mística ontológica, partiendo de
dos de sus personalidades emblemáticas: el maestro medieval germano Eckhart y el Acarya –que también quiere decir maestro, en su caso del monismo, de la no dualidad del espíritu– Sankara. La traducción aprovecha las tres ediciones alemanas que se han realizado hasta la fecha, incorporando las correcciones manuscritas del propio autor. En el camino de la salvación, mediante el saber, R.Otto busca siempre las concordancias metafísicas, los motivos primordiales que contribuyan a un entendimiento recíproco, desde la especulación vedántica de la India antigua hasta los derroteros, por ejemplo, de Schleiermacher o Fries. Si bien otro de los principios que defiende es que el fundamento último de las vías unitivas desmiente la existencia de un
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Cuatro visiones de Oriente Hacia la India y Japón
misticismo genérico, intemporal y ahistórico que impugnaría la variedad de las manifestaciones particulares. El texto recoge las conferencias que en el marco de las ‘Haskell lectures’ pronunciara el autor de ‘Lo santo’ en Ohio, durante el invierno de 1923-24 y se desarrolla, en consonancia con lo apuntado, en un doble movimiento de establecer los curiosos paralelismos y el asombros parentesco, mediante semejanzas, coincidencias e incluso identidades, pero también las diferencias y extrañamientos entre ambos místicos, exegetas e intérpretes, en el caso de Sankara de las antiquísimas ‘Upanishad’, en especial la ‘Bhagavad Gita’ y en el caso de Eckhart de las Escrituras. Cuando leo a Otto no sé qué me conmueve más, si su eru-
dición vertical, nunca a la violeta, o el sentimiento que pone en preservar en los hondones del alma, en relación con la humildad, la gracia y la ética, lo sagrado, lo numinoso en acepción más precisa de este teólogo y filósofo, catedrático de Marburgo, firme defensor del entendimiento, la aproximación y el diálogo entre las diferentes creencias, como demuestra este libro. Para acercarse a una visión de la sociedad nipona clásica nada más adecuado que ‘Furinkazan’, la epopeya del clan Takeda recreada por Yasushi Inoue, uno de los narradores de referencia del s. XX del país del sol naciente. Los cuatro caracteres del título, que podían leerse como divisa, en polvo de oro sobre seda azul marino, en los estandartes y pendones del ejército, se tra-
INDIA
MÍSTICA DE ORIENTE Y OCCIDENTE
Chantal Maillard. Pre-Textos. 852 páginas. 35 euros
Rudolf Otto. Trotta. 360 páginas. 23 euros.
KIGO
FURINKAZAN
Nara Seiko Ota y Teresa Gallego. Hiperión. 643 páginas. 18 euros.
Yasushi Inoue. Sexto Piso. 288 páginas. 22 euros.
«Pocos escritores españoles se han acercado a la India como Chantal Maillard» «Para tener una visión de la sociedad nipona clásica nada más adecuado que ‘Fukinzan’, la epopeya del clan Takeda»
ducirían como: «sé rápido como el viento, sé silencioso como el bosque, sé fiero como el fuego, sé sereno como la montaña», toda una declaración de principios, de las cualidades que debe reunir un auténtico samurái. La novela se remonta al s. XVI, al período de los señoríos guerreros conocido como época Sengoku y se centra de entrada, jugando al despiste, en un samurái errante a causa de su vida disoluta, hábil y cruel, diestro y veloz con el sable, «con algo abominable tanto en su cara como en su figura», lo que provoca que la gente lo evite. Siguiendo las correrías de este siniestro vagabundo, damos con el héroe principal de la historia, otro personaje de cuidado, no menos aborrecible, lastimoso y malencarado, y por si fuera poco tuerto, cojo,
casi enano y con un dedo corazón amputado, aunque corre el rumor de que es virtuoso en la esgrima, sagacísimo en sus actos, valeroso como pocos en el campo del honor y reputado estratega. En realidad es un intrigante aúlico que se desenvuelve como pez en el agua entre catástrofes naturales, maniobras políticas, pasiones esdrújulas y el fragor continuo de veinte años de guerras feudales. A partir de ahí, Inoue nos sumerge con mano maestra en un mundo ancestral, bronco, despiadado, igual de remoto y ajeno que de fascinante, sumido en desgracias agrícolas y una violencia extrema, pero donde, entre las ambiciones y traiciones de los señores de la guerra, a veces se asoman el respeto, el sacrificio y la distinción como virtudes capitales. Una novela
histórica trepidante: batalla tras batalla, hasta la final, cuerpo a cuerpo, entre la niebla, asistimos a un despliegue bélico espectacular, de una épica sobrecogedora y una belleza singular, digno de ‘Ran’ de Kurosawa, por ejemplo. Como contraste y compensación del mundo heroico y tosco de los samuráis, qué mejor que la frágil sutilidad, instantánea, del jaiku. En ‘Kigo’ (Hiperión) la hispanista de Nara Seiko Ota y la burgalesa Teresa Gallego, han seleccionado, con anotaciones harto pertinentes, en torno a dos centenas de jaikus. El volumen cuenta, además, con una introducción del especialista Fernando Rodríguez-Izquierdo, autor del fundamental ensayo ‘El haiku japonés’. Entre los escogidos, hay un montón de haijines que desconozco, si bien me dicen más los clásicos como Yosa Buson, Matsuo Bashoo o Masaoka Shiki. Los poemas se agrupan, en función de la palabra que los enmarca en una época determinada del año y da título a la compilación bilingüe, en las cuatro estaciones, más el tiempo de Año Nuevo. Esta ordenación temporal, de primavera a invierno, ya había aparecido en otros libros de esta editorial consagrados a la estrofa por antonomasia de la lírica japonesa, pero éste es el primero que sigue a pies juntillas la estructura de ‘Saijiki’ o diccionario de kigo de las cinco estaciones, que en realidad se dividen a su vez en veinticuatro subestaciones, que las antólogas describen gozosa y pormenorizadamente en un capítulo. Dato harto indicativo de la extrema sensibilidad de los japoneses, ya Otto hablaba de «los enigmas de la escuela zen», hacia la naturaleza, de índole sintoísta, conmovedora, que continúa jugando un papel crucial en su cultura. Qué envidia, según andan por Occidente las cosas. Tengo un buen amigo de Osaka que se llama, como el general Takeda y condestable o shugo de Kai de ‘Furinkazan’, Harunobu, para los cercanos Haru, apócope que significa primavera. Ahora me lo imagino, antes de que florezcan los cerezos, recostado en un almez, a mitad de una ladera, después de caminar y caminar sin detenerse entre pedregales, esperando que pase un palanquín, en medio de una suave nevada, sabiendo que tras sus cortinillas viaja una delicada y sensual concubina. O durante la fiesta de otoño, admirando en la noche clara la luna llena mientras escucha de labios de su madre, muy aficionada a la poesía, jaikus de su haijin favorito, Taneda Santooka, que también figura en la antología ‘Kigo’. Le mando ánimos, porque el Valladolid, del que fue socio y que me consta sigue cada jornada, ha descendido.
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DEL CIPRÉS
LA DAMA INQUIETA
RAMÓN MAYRATA
Valle Inclán y la visión a través de los cuerpos opacos
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n aquel tiempo Valle-Inclán tenía la barba negra y Harry Houdini iba perfectamente rasurado. Coincidían en pocas cosas y, cuando se enfrentaron a un mismo enigma, reaccionaron de manera distinta. El enigma fue el caso Argamasilla, un joven español que aseguraba poseer visión de rayos X, de manera que podía ver a través de los cuerpos opacos. Valle terció en la polémica en 1923. El padre de Argamasilla era el marqués de Santa Cara, un buen amigo de Valle-Inclán con el que le unían dos inclinaciones: el carlismo y el ocultismo. El marqués reflejó el fiasco de su carrera política y el declive de la aristocracia en una novela de aliento modernista: ‘El yelmo roto’. La atmósfera libre y decadente de la novela sedujo a Valle, que aceptó escribir el prólogo. Reconocía en el orbe del marqués el desarraigo y la incomodidad frente a la realidad política y social, que se convertirían en los trazos maestros de su personaje Bradomín. En los años siguientes el marqués se interesó por el espiritismo. En 1920, fundó la Sociedad de Estudios Metapsíquicos. Valle sentía afinidad por las doctrinas espiritualistas que reaccionaban frente al positivismo y el materialismo, a los que responsabilizaba de inspirar la literatura realista y naturalista que detestaba. Convirtió las creencias esotéricas en el fundamento de su estética, plasmada en ‘La lámpara maravillosa’, que dedicó al marqués. Aquel carlista desengañado se sumergió con entusiasmo en los fenómenos psíquicos y las manifestaciones supranormales que decía registrar en su hijo Joaquín. En 1922 descubrió en el muchacho una nueva facultad a la que llamó metasomoscopia. Consistía en la visión a través de los cuerpos opacos. Organizó algunas sesiones ante un público proclive al espiritismo. El hijo sostenía una caja en la que, previamente, una persona elegida al azar introducía un escrito sin que lo pudiera ver. El joven Argamasilla, con los ojos vendados, leía el escrito en voz alta, dando a entender que había logrado atravesar con la vista las
El ilusionista Harry Houdini, a la izquierda, y el escritor Ramón María del Valle-Inclán, a la derecha. :: AP
Caricatura del doctor Lafora (izquierda) y Houdini junto a Argamasilla (derecha). opacas paredes de la caja. Según Caro Baroja, las tertulias madrileñas se dividieron entre argamasillistas y antiargamasillistas. El ingeniero Maluquer, ofreció una explicación del fenómeno que atribuyó a radiaciones especiales que producían los centros nerviosos del organismo. Explicación casi tan imaginativa como la de Valle. A su entender, el joven veía a través de
las paredes de la caja porque era capaz de doblar la mirada e introducirla por la fina rendija de la tapa como si se tratara de una hoja flexible de acero. Una vez dentro, la mirada se apropiaba de la imagen, se doblaba de nuevo y regresaba hasta el vidente. La polémica la desencadenó el doctor Lafora, un brillante neurólogo formado por Cajal. Publicó dos artículos
El caso Argamasilla adquirió dimensión internacional y gran éxito, a pesar de que Houdini descubrió los trucos del joven
en ‘El Sol’ que propiciaron una comisión para estudiar el caso, apoyada por la Reina María Cristina. Para entonces el caso había adquirido dimensión internacional. El viejo carlista llevó a su hijo a París, donde el doctor Richet, Premio Nobel de Medicina, se convenció de los poderes del joven Argamasilla. Tras el espaldarazo, un promotor americano les propuso una gira por las principales ciudades de Norteamérica. En Nueva York se presentó como ‘El hombre que tenía rayos X en los ojos’. A la sesión, celebrada en el hotel Pensilvania, asistió un hombre de mirada eléctrica. Se trataba de Harry Houdini, el ilusionista que había dedicado parte de su vida para descubrir los fraudes de los falsos médiums. El promotor Mr. Davis estaba tenso. El joven Argamasilla se dio cuenta que analizaba sus movimientos. La enorme experiencia de Houdini le permitió descubrir qué sentido tenían las oscilaciones que hacía Argamasilla con la cabeza. Le permitían levantar los párpados, cubiertos con algodones, y bajar la vista, para ver a través de la separación de la venda y el ros-
tro. Prácticas sutiles, que exigían gran soltura y entrenamiento. Houdini interrumpió la sesión. Apostó 5 contra 1 a que podía reproducir cada uno de los efectos que ejecutaba Argamasilla. Poco después publicó un folleto en el que describía el trucaje de las cajas y las maniobras para manipularlas. La prensa de Nueva York dejó de comparar a Argamasilla con un lince, portento de la visión que abría cauces inéditos a la percepción humana. Se convirtió en un mistificador fantástico, tal como lo denominaba Houdini. Mr. Davis suspendió la gira de demostraciones. Padre e hijo regresaron a España. Sorprende que volvieran aureolados por el éxito. Para parte de la prensa española, Houdini había sido el gran derrotado. Cuando Lafora difundió sus explicaciones, el ilusionista se convirtió en blanco de toda clase de ataques. La réplica de Valle, al menos, es divertida. «El señor Lafora exhibe con aire triunfal la carta de un señor que dice que ha presenciado la experiencia y cuenta que Argamasilla vio una línea de color violeta en el fondo de la caja. Este hecho destruye esa teoría de la rendija defendida por el señor Lafora. Si Argamasilla hubiera mirado por una rendija, aunque fuera muy amplia, un objeto de color violeta en una caja que estaba plenamente iluminada por el sol, el objeto le habría parecido negro... Eso lo sabe cualquier pintor. Es muy extraño que un doctor no lo sepa». Lafora debió sentir en aquellos momentos cierta soledad. En su apoyo acudieron Luis Araquistaín y el doctor Negrín. «El señor Argamasilla ve bien los cuerpos opacos –concluyeron– y mal a través de los cuerpos opacos». Al marqués, se le escapó, en una entrevista, que su hijo podía hacer con la baraja juegos maravillosos. Es decir, que era aficionado al ilusionismo y, en concreto, a la cartomagia. De hecho, cuando sus poderes se eclipsaron siguió vinculado al mundo del espectáculo. Tras la guerra civil, dirigió la sección de la que dependía la censura teatral y cinematográfica. Con los años, llegó a ser director general de cinematografía.
LECTURAS
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Un pintor y una ciudad ‘El Greco y Toledo’ se reedita con motivo del cuarto centenario de la muerte del artista
CÉSAR AUGUSTO AYUSO
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l doctor Gregorio Marañón estuvo muy vinculado a Toledo, donde poseía un cigarral que utilizaba como retiro y solaz. Fruto de su entrañable amor por la ciudad fue el libro ‘Elogio y nostalgia de Toledo’ (1941), en el que ya se incluía el capítulo ‘El Greco y Toledo’, fechado en Buenos Aires en 1939. Sería el germen de su último libro, que tituló del mismo modo y apareció en 1956. Si ya el pequeño ensayo supone un sugestivo y acendrado acercamiento al misterioso pintor, el libro supone un desarrollo cabal, aunque quizá pierda en intensidad lírica lo que gana en ambientación histórica e interpretación biográfica y pictórica. Precedido por un prólogo de Fernando Marías, el más conspicuo especialista actual en el pintor, y con el añadido de tres cartas del autor tocantes a la publicación del libro, su reedición no puede ser más feliz, al conmemorarse este año el cuarto centenario de
la muerte del artista y airearse su obra -dispersa en museos de todo el mundo- en una magna exposición en la ciudad del Tajo. Es cierto que en esta cincuentena larga de años transcurridos, los hallazgos documentales sobre el pintor se han multiplicado y ciertas afirmaciones o conjeturas del doctor Marañón le hubieran obligado a retocar o precisar su ensayo, pero para nada ha perdido éste atractivo, que no es otro que su bien encajada arboladura a base de certeros conocimientos y finas intuiciones, y lo elegante y reposado de su estilo, donde se dan la mano lo hondo de la reflexión y la gracia alígera de la imaginación lírica. Un ensayo en estado puro, ameno e inteligente, como todos los que escribió. La tesis del libro es que solo en Toledo el genio del pintor pudo cuajar, pues en cualquier otro lugar se hubiera malogrado. Si huyó de Italia es porque allí nada le quedaba por hacer, salvo aquilatar la técnica pictórica; eran otras las circunstancias y el clima humano y espiritual que él necesitaba para poder desarrollar sus ansias de creación. Circunstancias y ambiente que encontró precisamente en Toledo, de donde ya no sal-
El doctor Gregorio Marañón, autor de ‘El Greco y Toledo’. :: EL NORTE dría una vez que aceptó los primeros encargos. De este modo, su fracasado intento de triunfar en la corte de Felipe II, por el rechazo de su san Mauricio, habría sido providencial. El Escorial encarnaba el rígido y descarnado espíritu contrarreformista, del que tan lejos parece hallarse su pintura, hecha de anhelos místicos, ascensionales, y no del rigor geométrico en el que busca anclarse el monasterio herreriano. Recrea el panorama social, religioso y humano de la ciudad y anota los intelectuales, artistas, escritores y amigos con los que coincidió en ella o pudo coincidir. Repasa el influjo femenino en su vida y en su obra y aprovecha para estudiar la concepción y el reflejo del cuerpo humano y el desnudo en su pintura, así como la especial relevancia
de las manos de sus figuras, cargadas de simbolismo. Y apunta que los modelos de los seres espiritados y como enajenados del mundo que pintaba, no eran otros que locos o «inocentes» de los hospitales toledanos. Era un pintor intelectual, que leía y reflexionaba sobre el arte, al tiempo que preten-
EL GRECO Y TOLEDO Gregorio Marañón. Editorial: RBA, Madrid, 2014. Páginas: 320. Precio: 25 euros.
día expresar un anhelo inefable, místico, que calaba en la gente sencilla. El pueblo amaba sus cuadros pintados para conventos y parroquias porque le movían a devoción. Su misticismo, de raíz oriental, había encontrado en Toledo el clima perfecto de cultivo, pues la historia y el paisaje de la ciudad alimentaban en su alma las hondas contemplaciones que tenían en su Creta de origen la razón seminal. Toledo es el Sinaí, un paisaje onírico arraigado dentro. Marañón desecha por peregrinas las tesis del astigmatismo o la neurosis del pintor que otros le atribuyeron para explicar su singularidad, y apela a ese sentido místico, de atormentada espiritualidad, para dilucidar la forma estilizada y el sentido ascensional de los cuerpos que pin-
ta. En realidad, dice, son almas como sombras o como llamas, pues es la sombra la metáfora del cuerpo y la llama la del espíritu. Queda en este sugestivo ensayo explicado el duende de Toledo, como encrucijada de corrientes orientales y occidentales, el Toledo levítico y misterioso, poblado de espectros, que tanto atrajo a Galdós y a los noventayochistas. Una ciudad trascendida en la pintura del genio, que halló en ella la horma de su alma y el hálito para su pintura. Una simbiosis perfecta. La prosa del doctor Marañón no ha perdido un ápice de su frescura. No es tan osada y brillante como la de Ortega, pero sí grave y serena, exacta y cadenciosa, sumamente elegante. Como su saber y su agudeza meditativa, no pasa de moda.
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LECTURAS
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Galería de interesantes Los textos de Óscar Tusquets plasman la admiración por alguien en unas cuantas pinceladas AMABLES PERSONAJES LUIS ANTONIO DE VILLENA
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n la primera página de esta colección de semblanzas, su autor Óscar Tusquets (Barcelona, 1941), conocido arquitecto pero además pintor y ocasional escritor –recuerdo su libro ‘Contra la desnudez’– se dedica a decirnos cómo hemos de entender el amable del título, que nada tiene que ver con el carácter de los personajes ni del autor, sino con el hecho de que todas esas personas ha despertado la admiración, el afecto real o intelectual de Óscar. Los textos –de diversas procedencias, desde prólogos a necrológicas– aparecen ahora revisados y unidos. Son textos (generalmente ilustrados) donde se plasma la admiración por alguien, por lo general en unas cuantas pinceladas, habitualmente ágiles y singulares. Es cierto que no faltan personajes desconocidos para el lector general y otros que tuvieron eco cuando ‘la gauche divine’ barcelonesa de los primeros 70, habiendo quedado luego relativamente opacados, pienso en el fotógrafo Leopoldo Pomés, quizás en el propio Ricardo Bofill (el gremio de arquitectos está bien representado) o en la primera y vana mujer brasileña de
Tusquets… Sin embargo (con esa sapiencia de lo inmediato y rápido) nos va a atraer la fascinación de Óscar por el gran pintor de Tomelloso, Antoñito López, retratado siempre con su aire pobre, la fuerza de ese otro gran pintor que es Miquel Barceló, visto de cerca activo y carismático, o las evocaciones de Salvador Dalí al que, con razón, Tusquets llama siempre ‘Maestro’. O el odio que se irá transformando en amor por el genio de Gaudí, cuya inconclusa Sagrada Familia los jóvenes arquitectos de los 60 querían que fuese demolida por su evidente mal gusto… Desde otra perspectiva pueden resultar simpáticas las defensas de personajes en un momento dado atacados por la prensa o la corrección política, como Amanda Lear, musa de Dalí, y a quien Óscar llama ‘Fantástica’ antes y después de Dali o a la modelo británica Kate Moss de quien el célebre diseñador de zapatos Manolo Blahnik (que también cuenta con su capítulo) dice que «es la hija que me hubiera gustado tener y nunca tuve». O Bimba Bosé, cuyo físico algo andrógino y fuerte personalidad, seducen al autor. Hay otros singulares retratos de Miró (defendiéndolo de su supuesto infantilismo) o del gran fotógrafo valenciano Ramón Masats que hizo uno de sus mejores trabajos en una edición con fotos del libro de Delibes ‘Viejas historias de Castilla
Autotelia
C
uando uno lee por primera vez sobre Autotelia en ‘Siete enigmas del corazón’, la ve a lo lejos. No mucho, una costa cercana, a pocas millas de Sahbia, la otra isla –diminuta, de catorce kilómetros– dónde se desarrolla la historia. En comparación con Sahbia, dónde aún queda, al menos, un mago, Autotelia, pese a su nombre de tinturas oníricas, parece un lugar bastante mundano. Un puerto comercial que importa del islote vecino patatas y una inmigración crecien-
te. Si mis suposiciones son ciertas, y la isla de ‘Los asesinatos del Corazón de Neón’, que alberga una ciudad costera que se ancló estéticamente en algo parecido a los ochenta, es Autotelia, esa mundanidad comienza a enrarecerse. Esa ciudad está estrechamente emparentada con Saudade, el puerto galáctico donde se desarrollan ‘Nova Swing’ y parte de ‘Empty space’. Tanto en la una como en la otra nos encontramos con el Café de la Espuma, un garito donde un dúo de músicos hacen nacer de
Oscar Tusquets Blanca. Acantilado, Barcelona, 2014. 317 págs. 22 euros.
trato, en más que primer plano, de la actual reina de Inglaterra, que uno no sabe si es expresionismo o burla feroz. O la acaso más larga que dirime a un personaje fascinante, artista plural y en todo abridor de modernidades como fue Mariano Fortuny y Madrazo (hijo y nieto de notables pintores españoles) pero que ha quedado, sobre todo, como gran diseñador y
esteta, ‘el Fortuny de Venecia’ – cuyos vestidos desea Albertine en la novela de Proust– y que es objeto de máxima admiración. Junto a otros amigos o incluso profesores no siempre bien conocidos, como adelanté, no podía faltar otra semblanza de la hermana mayor del autor, la ya fallecida escritora y editora Esther Tusquets, que aparece (en la niñez y adolescencia) como una mujer dura que tiene medio sometido a su hermano menor. Ambos tuvieron sendas editoriales, Lumen la de Esther –que ella guió muy bien muchos años– y Tusquets la de Óscar, que el arquitecto abandonó muy pronto pasando enseguida a otras manos, ahora al menos va por las terceras… También hay una corta pincelada sobre Hannah Arendt por un libro suyo, ‘Un estudio sobre la banalidad del mal. Eichmann en Jerusalén’ cuya lectura impresionó al autor. Con más o menos importancia en los retratados, nos damos cuenta que vida y cultura, amores y desamores forman un fuerte entramado en la persona que nunca desdeña la vida o el saber pero que está siempre alerta a los chispazos inteligentes. Un libro que se lee bien, incluso en sus partes más aparentemente circunstanciales.
un trasunto de alguna isla balear. Aunque trasunto tal vez sea mucho decir. Tal vez acierte más diciendo que es una isla vecina, o superpuesta, que, a fin de cuentas, no está del todo allí. Una isla electrón, en todo caso, o, quizás, una Isla Quark Top. Allí no hay que dar nada por supuesto. Lo cotidiano de la ciudad, del puerto, se desvanece en las ruinas, que salpican el altiplano de la isla, en los túneles que la horadan. Estas ruinas y túneles vuelven a emparentar Autotelia con el futuro lejano, con el espacio intergaláctico, ya que recuerdan a la excavación, en un planeta lejano, que aparece en ‘Empty Space’. En estas ruinas es posible que la gente desaparezca, o haga algo
parecido a desaparecer, y el espacio se altera. Los túneles, a veces, vomitan en el mar cuerpos humanos, enteros o troceados. Quizás el mayor enigma que plantea Autotelia– que, cómo el misterio central de ‘Cave y Julia’, la desaparición del hermano, deja más suposiciones que respuestas– sea saber si es el mismo lugar en los tres cuentos, o tres lugares diferentes, o tres estados o versiones del mismo. M. John Harrison ha conseguido en su narrativa la notable hazaña de mudar los principios científicos de la física de partículas en principios estéticos, en arte. Y el resultado no puede ser más asombroso, tan lleno de maravilla.
El diseñador, pintor, arquitecto y escritor Óscar Tusquets. :: ANDREU DALMAU la vieja’. Pero probablemente la mayoría de los lectores disfrute más (Dalí y Gaudí aparte) con personajes muy conocidos como el «nuevo periodista» Tom Wolfe, a quien no se restan méritos, prefiriendo sus libros periodísticos a sus novelas, la siempre inquietante Leni Riefensthal, para muchos un icono amable del III Reich, pero en realidad una mujer que
sus notas gente o simulacros de gente de vida o existencia breve –algo que huele a partículas virtuales y espuma cuántica, y teoría de cuerdas–. También pulula, por las calles de ambas ciudades, el detective Lens Aschemann, que es clavadito a Albert Stein. La primera vez que leí sobre Autotelia, tanto la mencionada en ‘Siete enigmas del corazón’, como la supuesta en ‘Los asesinatos del Corazón de Neón’, la ubiqué en el Atlántico sur, en algún lugar no muy lejos ni muy cerca de Brasil. No sé exactamente por qué. En ‘Cave y Julia’, sin embargo, se nos informa de que «es un lugar que, al tiempo, está aquí y no está aquí, un lugar que coincide con lo que solemos conocer como Mar
fue muy longeva, cautivadora y autora de magníficas fotos o de dos películas que han hecho historia del cine, como ‘Olympia’ –1937– donde exalta la belleza de los atletas y del atletismo. También es notable la semblanza dedicada al gran pintor británico Lucian Freud, nacido en Alemania y nieto del padre del psicoanálisis. Una pintura contundente y dura como su re-
EL TALISMÁN DE LA COSTURERA CIRO GARCÍA
Mediterráneo». También, a lo largo de la narración, se nos insiste en que no está «en nuestro lado de las cosas». A pesar de ello, se puede volar a ella, desde Heathrow, en un boing 787. El nombre español de la protagonista y la inclusión de ‘pescaito’ en los menús de los restaurantes del puerto, me hace suponer que en cierta manera Autotelia es
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LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
Las fábulas de Kipling :: V. M. NIÑO
Tomás Salvador González. :: RICARDO OTAZO
Canto y cuento El asombro y el recuerdo del asombro son las vetas de las que surge el libro de Tomás Salvador
LUIS MARIGÓMEZ
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uizá la palabra que define la labor de Tomás Salvador González (Zamora, 1952) sea búsqueda. Si su primer libro, clandestino, (¡qué tiempos en que un poemario podía ser ilegal!) de 1975, ‘Reunida estación de las ciudades’, es de poesía según los cánones habituales del S. XX; ‘Favorables país poemas’ (Icaria, 1996) está compuesto solo con collages de titulares de periódico, siguiendo otra manera, la de las vanguardias, también muy de su tiempo; la novela ‘El territorio del mastín’ (Juventud, 1995) bucea en las aguas de la memoria para construir un relato sutil de juventud; su actividad como poeta visual le ha llevado al terreno de la expresión gráfica… La última entrega son de nuevo poemas, algunos de ellos muy cercanos al cuento. El asombro y el recuerdo del asombro podrían ser las vetas de las que surge ‘Siempre es de noche en los bolsillos’. No se persigue el acontecimiento excepcional, aunque a veces aparece, siempre entre lo cotidiano, habitualmente en un entorno rural. Surgen iluminaciones en los
senderos que se recorren. El poeta mira alrededor, hacia adentro y hacia atrás, y apunta sus hallazgos. El libro viene enmarcado con dos poemas que, de alguna manera, dan el tono de lo que contiene. «Cuando cae la luz / todo se vuelve denso, / saturado, se vuelve /lecho la fronda.», dice el primero. A oscuras, entre el follaje, se acomoda quien va a hablar, a cantar y a contar. El texto acaba con los versos «Pero no es tanto la precisión / como la luz perdida que se escapa / de nuestras intenciones.» Quizá el libro quiere remediar en parte esa pérdida.
Referencia a pintores Las referencias a los pintores Ambrogio Lorenzetti, Simone Martini, Piero de la Francesca, de entre el Trecento y el Quattrocento italianos, cuando se inventa la pintura europea, da otra de las claves de la aventura, una
SIEMPRE ES DE NOCHE EN LOS BOLSILLOS Tomás Salvador González. Papeles mínimos, 2014. 15 euros.
vuelta a los orígenes, al tiempo en que aparecen, frescas, nuevas maneras de expresión atendiendo a lo inmediato permanente. Todo el aparato teórico se disuelve en versos llenos de corporalidad, de contemplación desde dentro de la escena, de lo fascinante que aparece en la infancia, de un entusiasmo sosegado, casi clásico. El apartado más gozoso y sorprendente es ‘Aldea’, textos en prosa, a un tiempo relatos y poemas, que brotan de la mirada de un niño, tamizada por la voz del poeta narrador. Hay una intensidad en las vivencias, un continuo descubrimiento de misterios que lleva a otros misterios, una deriva al compás del paisaje y las estaciones, que acompañan al lector a un territorio mítico, mágico y reconocible, el de los acontecimientos de la infancia, con las obligadas modificaciones hechas por la memoria o el discurrir del cuento. ‘Siempre es de noche en los bolsillos’ surge de una frase de un niño que acaba de descubrir ese prodigio. Tomás Salvador González, a partir de ella, elabora un discurso con una enorme capacidad de deslumbramiento; más que acercar al lector al recuerdo de su inocencia, le hace revivirla, también como adulto, y con ella, un universo en el que tantas pequeñas maravillas tienen lugar.
Es un clásico revisitado cada cierto tiempo de muy distintas formas. Esta vez Edelvives presenta una edición que quiere ser fiel a la original en cuanto a que las aventuras de Mowgli fueron publicadas por separado, a modo de serial de fábulas, y con una ilustración espectacular, generosa, integradora del público infantil a pesar de la dureza de las enseñanzas. Conocido como ‘El libro de la selva’, en realidad este el título del primero de los dos libros protagonizados por el niño abandonado entre los animales criado por los lobos, la pantera Bagheera, el oso Baloo y la pitón Kaa. ‘El destino de Mowgli’ es el segundo, donde el cachorro de hombre interactúa con los de su especie. La tradición de la fábula, de utilizar a los animales como vehículos de enseñanzas morales, tiene aquí un elemento nuevo ya abordado desde la filosofía: el buen salvaje, el hombre abandonado en manos de especies supuestamente inferiores. Kipling otorga a las bestias una organización similar a la humana, con una ley que divide al ecosistema entre los que la respetan y por tanto reciben su protección -los que participan en la asamblea- y los que no, los monos locos que viven en la ruina humana de las Moradas Frías. Mowgli recibirá la protección de la comunidad, le enseñarán a sobrevivir en la selva, a escuchar sus instintos, a protegerse del hambre, de
MOWGLI Texto de R. Kipling, adaptado por M. Rovere. Ilustraciones de Justine Brax. Edelvives. 120 páginas. A partir de 8 años
la sequía, de los depredadores. Al final del primer libro ya Bagheera le instruye sobre su condición de hombre, sobre la necesidad de que
esté con los suyos. Y en el segundo, esa intuición quiere hacerse realidad, aunque entonces topará con los prejuicios de esa nueva comunidad, conocerá el sufrimiento devenido de la relación con los demás no de la insatisfacción de los instintos, y tendrá que derribar prejuicios más irracionales que los monos. Todo ello está contado en medio de unas ilustraciones naifs, recuerdo de Henrry Rousseau aunque más azuladas, que tienden a suavizar la narración. Nada que ver con las de Gabriel Pacheco, que reseñábamos en estas páginas hace un año.
Juegos de palabras marítimas :: V. M. N. Una comunidad de vecinos curiosa la del mar, vista por Enrique Cordero Seva. ‘La mar chalada’ nos presenta algunos de sus personajes. El herrero marino es el pez martillo y el habitante más avaro, el tiburón. Los hay que procuran juegos naturales de palabras: el (des)lenguado, el sal-monete o la anémona brújula apta para no olvidar la acentuación de las esdrújulas. Trabalenguas como la abadía del abadejo, el festín del delfín o el arenque renqueante, adivinanzas ma-
rinas, charadas de pescadería, hasta canciones que sabemos todos, se van sucediendo en este libro de poesías subacuáticas. Cordero parte de la materia doméstica, no estrictamente infantil, y lo acerca a través de la personificación de los seres vivos del océano. Fabula sobre el nombre del pez-espada, el emperador de la pescadería, sobre la navaja, un tímido molusco, el pez-enagua o el caballito de mar. La rima y el ritmo abren el apetito de leer en alto ‘La mar chalada’, casi entran ganas de cantarlo. En esta misma colección publi-
LA MAR CHALADA Texto de Enrique Cordero Seva. Ilustraciones de Esther García. Edelvives, colección Ala Delta. A partir de 6 años. 70 páginas. 8,25 euros.
có Ignacio Sanz su ‘¡Cómo como!’ con un planteamiento similar. Un poema lleva a otro y resulta sencillo enganchar a los pequeños en una red literaria que sienten propia.
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DEL CIPRÉS
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as llamadas construcciones consecutivas expresan una consecuencia o efecto que se desprende de lo expresado en la oración principal. En los enunciados ‘Juan es tan alto que no cabe por la puerta’ y ‘Juan es muy alto, así que no cabe por la puerta’, el hecho de que el tal Juan no quepa por la puerta es consecuencia de su gran altura. Los enunciados que me han servido como ejemplo de construcciones consecutivas son ilustrativos de los dos grupos que tradicionalmente se han establecido, que responden a dos tipos distintos desde el punto de vista sintáctico. En el primer caso estamos ante un tipo que expresa la consecuencia de la intensidad con que se manifiesta una cualidad, acción o circunstancia. Se las conoce como consecutivas de intensidad o consecutivas intensivas. Son de tipo ponderativo, encarecedor, intensificativo y se las reconoce porque van introducidas por el nexo ‘que’. Se caracterizan por la presencia obligatoria de un elemento enfático, cuantificador o intensivo en la oración principal y del segmento ‘consecutivo’, introducido por ‘que’, que constituye la garantía de su valor intensivo. En el segundo caso el énfasis nace del contenido, de la pausa, de la reticencia o de la entonación. Presentan la estructura A más nexo (así que, así pues, conque, por (lo) tanto, por consiguiente, en consecuencia, luego, entonces, por eso, por ello, total que, de modo/manera/forma que, etcétera) más B, donde B expresa la consecuencia que se desprende de lo enunciado por A. Enunciados del tipo ‘Esta persona no cuenta para nadie en esta empresa, por lo tanto dudo que importen sus decisiones’; ‘No está para bromas, conque no le tomes el pelo’; ‘He ganado la apuesta, luego págame; ‘Tiene que viajar continuamente, de ahí que cambie de coche con frecuencia’ son ejemplos de este tipo de construcción. ¿Cuál es la puntuación correcta de estos dos
USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA
CONSTRUCCIONES CONSECUTIVAS Y COMA
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tipos de enunciados? Está claro que en las del segundo tipo (las llamadas consecutivas no intensivas y también ilativas) ha de ponerse coma antes del nexo o de la locución conjuntiva como en ‘Pienso, luego existo’; ‘Se lo dijeron a él primero, por tanto no tiene ninguna excusa para hacerse el loco’ o ‘El niño ha dormido muchas horas esta noche, así que a lo mejor hoy no duerme la siesta’. En las del primer tipo, la RAE (en la ‘Ortografía de la lengua española’) es muy explícita: «Aunque en la cadena hablada es frecuente la presencia de una inflexión tonal o de una pausa entre los dos miembros de estas construcciones, debe evitarse la escritura de coma ante el segundo término». En ‘Expuso su teoría tan claramente que hasta los no especialistas lo entendieron’ es incorrecta la presencia de la coma a juzgar por la infor-
mación contenida en la última edición de la ‘Ortografía’ académica. ¿Qué elementos funcionan como cuantificadores con sentido intensivo y enfático en estas construcciones? Veámoslos: a) ‘tanto’ y sus variantes seguido de sustantivo: ‘Tiene tantos libros que no sabe dónde ponerlos’, ‘Cuenta tantas mentiras que nadie le cree’; b) ‘tanto’: ‘Ha bebido tanto que no se tiene de pie’, ‘Tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe’; c) ‘tan’ seguido de adjetivo o adverbio: ‘Es un diamante tan grande que no tiene precio’, ‘Lo has puesto tan arriba que no puedo alcanzarlo’; d) ‘tal número/cantidad de’: ‘Contó tal cantidad de chistes que no paramos de reírnos’; e) ‘cada’ seguido de sustantivo: ‘Tiene cada caída que te partes de risa’; f) ‘de un/una’ seguido de sustantivo: ‘Esta tarta es de una finura que dan ganas de comérsela entera’; g) ‘una de’ seguido de sustantivo en plural: ‘Sabe una de conjuros que a mí me pone nervioso’. Existe la posibilidad de que las construcciones de este tipo en las que ‘tan’ o ‘tanto’ funcionan como intensificadores sean formuladas de manera distinta, sin que prácticamente el sentido se vea alterado. Se trata de desplazar el elemento intensivo hacia el final del enunciado de tres maneras: a) Haciendo que el intensificador quede fuera de la oración principal: ‘Trabajó mucho, tanto que terminó exhausto’; b) Invirtiendo el orden de los segmentos, de modo que el subordinado aparezca en primer lugar sin el elemento de enlace ‘que’: ‘Terminó exhausto; tanto había trabajado’; y c) Introduciendo el segmento ‘hasta el punto/grado de que’ entre la oración principal y la subordinada: ‘Había trabajado hasta el punto de quedar exhausto’. Como pueden ver, la puntuación cambia según el modo de reformulación del contenido consecutivo que se haya elegido y, por tanto, quien escribe ha de moverse con soltura por sus entresijos.
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La buena reputación. I. Martínez de Pisón (Seix Barral)
Pacto de lealtad. Gonzalo Giner (Planeta)
La mirada de los ángeles. Camila Läckberg (Maeva)
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La vida es suero. P. García y Enfermera saturada (Amarie)
La desventura de la libertad. P. J. Ramírez (La Esfera)
Gente, años, vida: Memorias I. Ehrenburg (Acantilado)
Las tres claves de la felicidad. M. Álvarez (La Esfera)
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La Tercera República. A. Garzón (Península)
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Sábado 14.06.14 EL NORTE DE CASTILLA
QUINCE MINUTOS DE FAMA
Javier Zarza Cordobés
ÁNGEL MARCOS
Soy nacido en Peñafiel y aunque por razones de trabajo llevo treinta años viviendo en Torrelavega, lugar donde vivo estupendamente, me siento orgulloso de ser castellano. Casado, con un hijo en paro… me apasionan los toros, soy de la peña Juan del Álamo de Santander y también miembro de la peña taurina de Torrelavega. Este año iré a las fiestas de mi pueblo, a Peñafiel. Buenos toros, buenas fiestas, buen vino y buenos amigos.
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LA SOMBRA DEL CIPRÉS
Sábado 14.06.14 EL NORTE DE CASTILLA
Director: Carlos Aganzo Coordinadora: Angélica Tanarro
:: ILUSTRACIÓN BEATRIZ MARTÍN VIDAL
La vida de los ángeles (y 2) T
odas las criaturas que pueblan los cuadros de Fra Angélico están unidos por el vínculo del amor. Un vínculo que también está presente entre los ángeles y los hombres, como demuestran los cuadros en que Fra Angélico hace aparecer a estas criaturas aladas, y que parecen animados por una doble curiosidad. Como si no solo fueran los hombres quienes reaccionaran con estupor y asombro ante la presencia de los ángeles sino como si también estos llegaran a sentir las cuitas y temores de los hombres como algo que concierne a su propia naturaleza. No, no hay nada de terrible en los ángeles dulces y temblorosos de Fra Angélico. En realidad, salvo por su vestiduras y sus alas, sus rostros y actitudes son semejantes a las nuestras. Es verdad que desprenden luz, pero ¿no pasa eso mismo con todos los personajes de Fra Angélico? En La Anunciación la paloma del Espíritu Santo proviene de las manos de Dios y atraviesa, siguiendo la estela de un rayo de oro, el jardín del Edén hasta alcanzar el rostro y el pecho de María, que
adopta una actitud de absorta entrega. Pero la luz de este cuadro no sólo viene de ese rayo divino. Un tenue haz de luz dorada entra por la ventana del fondo, y el propio ángel resplandece. En realidad está en cada cosa, como si la luz fuera la cualidad más íntima de todo cuanto existe, no solo de los seres vivos sino de los objetos y las plantas. Basta con mirar a María. Su cuerpo, su cabello y sus manos resplandecen, al igual que su vestido. Pero lo hace, y esto es lo prodigioso, no como si recibiera esa luz de algún punto invisible del exterior sino como si la desprendiera. «Ya lo veis, parece decirnos, no he parado de arder». Y el mismo ángel parece sorprendido al verla, como si dudara de su misión o se asomara a través del gesto luminoso de María a una realidad más honda y conmovedora que aquella que representa él. Ese asentimiento, esa callada disponibilidad, esa mezcla de gratitud y de gracia, este mundo de luz que todo lo invade es la piedad. Y la piedad y la luz son los grandes protagonistas de toda la obra de Fra Angélico. Las pinturas de Fra Angé-
lico parecen pertenecer al reino de la fábula pero las pinta con los ojos del que se detiene a contemplar las cosas reales. Puede que una mirada así sea lo que hemos dado en llamar mirada poética, porque la poesía es el realismo supremo. Basta con pensar en lo que pasa entre los amantes. Viven un sueño del que no quieren despertar, pero se miran con los ojos de quienes contemplan las cosas reales. El amor no es sino hambre de realidad. Y todo el arte de Fra Angélico parece estar dominado en grado sumo por un apetito así. Todo en este mundo delicado y extraño quiere ser real. Eso significan las dos manos cruzadas sobre el pecho: «Tómame». Es curioso que el ángel y María realicen el mismo gesto. En realidad se recogen, se ovillan, forman un capullo. Un capullo de seda. Pero ¿no buscan eso todos los amantes, recogerse, transformarse en un capullo en las manos del otro? Y ¿qué dice María?: «Haré de mi cuerpo un capullo, una mandorla, el lugar de la aparición» Y ¿qué le contesta el ángel?: «Quiero parecerme a ti». Por eso se inclina como ella, por
eso cruza sus manos e imita cada uno de sus gestos como si sólo aspirara a ser su reflejo. Claro que podemos decir que su reverencia responde al hecho de saberla elegida por Dios para ser la madre de su hijo. O dicho de otra forma, que no es tanto que se incline ante una muchacha, fascinado por su misterio humano, sino por el hecho de saberla la predilecta de Dios. Pero en ese caso, ¿por qué la mira así? ¿más atento a su rostro y a su turbación humana que al rayo divino? Puede que al arte de Fra Angélico alcance en este cuadro su momento a la vez más hondo y sublime. Porque hace del corazón de la muchacha visitada por el ángel el verdadero centro de la escena encantada. Como si viniera a decirnos que el verdadero misterio no está en ese rayo de oro sino en el interior de la muchacha que lo recibe. Aun más, como si el ángel lo supiera y por eso se
DÍAS FELICES GUSTAVO MARTÍN GARZO
inclinara ante ella y guardara silencio. Y es verdad que desde un punto de vista estético la Anunciación del Museo del Prado siendo deudora del mundo de las miniaturas góticas, con su fijación por el oro, su sublime luminosidad y su atmósfera cortesana, pero su tono es muy diferente. En realidad todo el cuadro parece tener una cualidad mental, como si Fra Angélico no pintara una escena real, sino los pensamientos de los que la están viendo. No el mundo, sino nuestros pensamientos acerca del mundo. En realidad, en esta tabla María y el ángel han dejado de ser figuras alegóricas, que representan las ideas de la religión, para transformarse en personajes individualizados. Casi podríamos decir, en los tiernos personajes de un hermoso y misterioso cuento. Pero ni los cuentos ni la poesía han surgido para apartarnos de la realidad, sino para permitirnos adentrarnos más profundamente en ella. Eso representa este cuadro: ese instante privilegiado en que nuestros sueños se hacen reales. Claro que Fra Angélico, al pintar este cuadro, no podía pensar en nada parecido. Se limitaba a servir piadosamente a una historia en la que creía. Pero lo que hace inolvidable este cuadro es que más allá de las intenciones de su autor, ha llegado a nosotros flotando como un cofre en las aguas del tiempo. Un cofre que sigue conservando el poder de encantar a esos espectadores de hoy para los que los misterios de la religión apenas son otra cosa que un puñado de temas para las salas de los museos. ¿Cómo es
«La piedad y la luz son las grandes protagonistas de la obra de Fra Angélico» «Ni los cuentos ni la poesía han surgido para apartarnos de la realidad, sino para permitir adentrarnos más profundamente en ella»
posible, nos preguntamos, que nos siga conmoviendo una escena tan maravillosamente pueril? No es tan extraño si pensamos que lo que hace Fra Angélico, como todos los grandes poetas, es transmitirnos a través de las tópicos de su tiempo una verdad humana esencial. Porque aunque la idea de un ángel que visita a la tierra para anunciar a una muchacha que será la madre de un niño dios pueda parecernos a lo sumo un extraño cuento, algo nos dice que, como sucede con los verdaderos cuentos, oculta algo que no cabe desatender. Y nos bastará con detener nuestra mirada en el cuadro de Fra Angélico para darnos cuenta de lo que es, pues el misterio de la encarnación no es otro que el misterio del amor humano, y que es esa la razón de que un cuadro así nos siga fascinando.