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El Fundador / Julio 2021

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Carlos Dalto, ingeniero y músico

Con el fuelle en el corazón

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Julio 2021

Villa Gesell Año - XXXIII Nro 2039

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Con la vuelta de las fiestas populares, Gesell hace punta


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La Chocogesell cumple 25 años La fiesta Chocogesell se realizará del 13 al 16 de agosto. Si bien la realización seguirá atada a la condición epidemiológica, al estar en Fase 3 se buscará retomar el calendario de fiestas populares, con la realización del primer evento desde que inició la pandemia, en marzo del 2020. El Secretario de Turismo, Emiliano Felice expresó que es la primera fiesta que vuelve a la presencialidad en el país y se intenta volver al calendario de fiestas tradicionales de Villa Gesell que tienen como fin romper con la estacionalidad y reactivar el sector turístico en este año tan particular. Además, indicó que estas fiestas les abren las puertas a microemprendedores gastronómicos y culturales para el desarrollo de su actividad, y anunció la apertura de las inscripciones para aquellos emprendimientos que deseen participar mediante el teléfono 458118, la web https://www.gesell.tur.ar/ o el mail eventos@gesell.tur.ar. En cuanto a los protocolos sanitarios, Felice dejó en claro que se ampliará la zona del evento y se redistribuirán los espacios con el fin de ordenar y evitar la aglomeración de personas en el marco del contexto sanitario actual.

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Interés provincial A raíz de una solicitud hecha mediante expediente por la Secretaría de Turismo, a cargo de Emiliano Felice, la Subsecretaría de Turismo de la Provincia dispuso mediante resolución declarar de interés turístico provincial permanente a la Fiesta Provincial del Chocolate Artesanal, más conocida como “Chocogesell”. Para ello, la cartera de turismo provincial, a cargo de María Soledad Martínez, consideró de gran relevancia este evento que se desarrollará del 13 al 16 de agosto debido a notabilidad que tiene la Chocogesell no solo para la comunidad geselina, sino también para los turistas que año a año se acercan a Villa Gesell por dicho evento local. Cabe destacar que este año la fiesta del chocolate cumple 25 años de trayectoria y que será la primera fiesta local que se realizará luego de casi dos años de suspensión de actividades. La Chocogesell vuelve a reunir a trabajadores del sector gastronómico, artesanal e institucional. Sin embargo, el Municipio planea un evento con todas las medidas de prevención sanitaria vigentes.

Es una publicación propiedad de Manuel Ignacio Zaldivar. Registro Nacional de la Propiedad Intelectual Nro. 5347624. Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio. La Dirección no se hace responsable del contenido de las notas firmadas. Todas las colaboraciones firmadas son Ad Honorem.

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Carlos Gesell, inventor En un trabajo realizado en el año 1988, la Junta de Estudios Históricos de Villa Gesell (institución que ya no existe), indica que nuestro fundador tenía registrados los siguientes inventos: generador de energía solar, motor de combustión interna, aparato para utilizar radiación central, bielas transmisoras de fuerzas, ejes económicos con lubricación automática para carruajes, más de 30 modelos de rodados para bebés, balanza ultrasensible, interruptor de corriente eléctrica, eslabón para cadenas de tractores, muebles para bebés, freno retroceso para andador, pañal descartable (1937), procedimiento para producir aire seco, frío y caliente. Esta lista no es exhaustiva y representa una parte de las muchas invenciones de Carlos Gesell, sobretodo si le agregamos a los trabajos patentados, los esbozos, los proyectos a medio camino y las ideas apuntadas y nunca desarrolladas.

Desde la cuna La vocación de inventor la viene a Carlos desde la infancia. Su padre tenía un espíritu inquieto e inquisitivo, y su abuelo materno –Böettger- también era aventurero e inventor, aunque su rastro se pierde cuando emigró a Brasil y se convirtió en un pionero de Blumenau. Cuentan sus familiares que siendo estudiante secundario, Carlos recibió de su tío Ernesto un juego de química para hacer experimentos. Mientras estaba pupilo en una escuela de Alemania, utilizó el jueguito para probar que su padre Silvio tenía razón cuando postulaba que Moisés conocía la pólvora. La experiencia terminó en una explosión en el cuarto que ocupaba el audaz joven, que fue invitado a empacar y a retornar a la Argentina... Estaba considerado muy buen alumno, pero su espíritu inquisitivo revestía cierta peligrosidad.

Un deseo incesante El citado trabajo de la Junta de Estudios Históricos (publicado en El Fundador,

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edición del 2 de agosto de 1988), señala que Carlos no dejó de inventar a lo largo de 60 años, patentando trabajos en tres etapas de su vida: en Estados Unidos, entre 1916 y 1930; en Alemania en la década del ’40 y en la Argentina desde 1950 en adelante. Más allá de esta esquematización, el impulso por inventar no se detuvo nunca. Luego de una educación autodidacta y de trabajar unos años en Casa Gesell junto a su padre, emigró a Estados Unidos en 1916 –a los 25 años- donde decididamente consideraba que estaba su futuro como inventor. Quiere seguir las huellas de Edison y de Henry Ford, hombres capaces aportar nuevas creaciones para el progreso de la humanidad. Luego de varias experiencias, en 1926 vuelve a la Argentina y vuelca su creatividad en Casa Gesell. Sus inventos en esta empresa familiar le darán regalías que le aportan una renta, no muy grande, que a Carlos lo ayudaría a sobrevivir en los médanos. Ya en Villa Gesell, mientras empieza a progresar su empresa y se convierte en un prócer y en un “domador de médanos”, Carlos mantiene siempre un espacio para su creatividad y su íntimo deseo de ser un inventor. El taller mecánico es el lugar donde sigue inventando, con algún cómplice, todo tipo de cosas, desde las más domésticas hasta las más exuberantes y descabelladas.

Una zona inexplorada Hay muchas anécdotas sobre sus inventos. Podría decirse que su cabeza funcionaba a una alta velocidad y que continuamente estaba inventando. Pero no a la manera de los artistas, sino a la manera de los racionalistas: inventaba máquinas, objetos funcionales, con sentido utilitario. Sin embargo, en ese marco de racionalismo y practicidad, había en él una fantasía enorme y una especie de juego, de sentido lúdico, que se disparaba para cualquier parte. Junto a un dirigible, a un sistema de aprovechamiento de las mareas, a un soldador eléctrico, a un sistema de aire acondicionado, Carlos proponía


inventos domésticos, como una juguera, un lavarropas a manija, un dunamóvil para jugar en los médanos. Pero también tenía lugar para ideas exóticas, como un triciclo gigante para internarse en el mar, a pescar atrás de la rompiente –un triciclo con ruedas de ocho metros de altura- y un sinfín de ideas que brotaban

de su afiebrada cabeza. Desentrañar esta faceta del fundador es ingresar en una zona inexplorada, donde los miles de papeles, dibujos, anotaciones y patentes, se confunden con los aspectos más complejos de su personalidad.

Variedad y cantidad La siguiente es la lista provisoria de inventos que aparecen enunciados y en algunos casos, desarrollados, en los archivos del Museo Histórico Municipal. El mismo surge de un trabajo de clasificación realizado el año pasado por el autor de esta nota, en colaboración con la museóloga Estefanía De Marchi. La enumeración es arbitraria y no implica un orden cronológico ni una agrupación temática. 1) aparato para refrigeración, 2) máquina de enfriar leche en las granjas, 3) heladera eléctrica, 4) rompeolas, 5) aeronave tipo dirigible, 6) máquina para fabricación de bloques, 7) equipo de refrigeración central, 8) aparato para convertir la energía cinética de rotación de la tierra en energía aprovechable para el hombre, 9) motor de combustión interna, 10) placa de protección galvánica contra la oxidación de las planchas de los barcos, 11) automóvil de aluminio duro, 12) sistema para evitar la caída lateral de los helicópteros en caso de fallas en el motor, 13) vehículo para juntar conchillas de la playa, 14) soldadura de acero con arco eléctrico, 15) vaporizador para cocinas a fin de evitar la acumulación de hollín, 16) hélice reguladora de velocidad para aerocargadores de energía eólica, 17) creación de fuerza dinámica aprovechando los manantiales termales, 18) mejoramiento de las resistencias de las almohadillas eléctricas, 19) aislador para líneas de alta tensión, 20) cañón de aire comprimido para lanzar la plomada para pescar,

21) aparato para medir el tiempo de una comunicación telefónica, 22) compresor de gases combinado con motor a combustión interna, 23) aparato para iniciar el tiraje de las chimeneas, 24) autobús para hacer el servicio de pasajeros en la playa, 25) aparato para utilizar el calor radiante, 26) cultivo de hongos de hormigas, 27) aire acondicionado, 28) enfriador de aire con anillos de compresión y expansión de agua, 29) medida de seguridad para automóviles ante el riesgo de pérdida de aceite del motor, 30) calentador a gas oil, 31) máquina de vapor y aire para aprovechar el vapor de agua que expulsan las industrias, 32) control automático de la altura de las cuchillas de las máquinas topadoras, 33) bloques de vidrio celular para construcción de casas, 34) cobertura de pintura mezclada con zinc para evitar la oxidación del hierro en el hormigón armado, 35) telar giratorio con sistema de imanes, 36) motor diesel a dos tiempos, 37) cojinete y eje más fuerte hecho con placas semicirculares de acero, 38) cojinete magnético con imanes, 39) techo combinado de chapas de aluminio y tejas coloniales para ahorrar entablado y ruberoi, 40) motor a vapor de agua, 41) refrigeración de turba congelada con un ventilador que lleva el aire frío, 42) calefacción con quemador a goteo, 43) combustible sólido para propulsar cohetes al espacio, 44) estufa a leña con tiraje forzado utilizando un secador de pelo, 45) pila eléctrica, 46) fusible para instalaciones eléctricas, 45) motor de dos tiempos con pistón de agua.

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Carlos Dalto, ingeniero y músico

Con el fuelle en el corazón Carlos Enrique Dalto, músico letrista, guionista, nació el viernes 24 de enero de 1958 en Saladillo “la ciudad de los bandoneones”, ha vivido 27 años en ciudad de La Plata (Capital de la provincia de Buenos Aires) y desde 2003 vive en Villa Gesell. Es hijo de Angela Mariana Depascuale, modista y Enrique Ricardo Dalto, peluquero. La familia Dalto (D’Alto) es descendientes de un pequeño pueblo del sur de Italia llamado Teggiano (“La perla del valle de Diano”, en el Parque Nacional Cilento ), provincia de Salerno, del cual provienen muchas familias saladillenses. Sus estudios primarios transcurrieron en la escuela N°1 Domingo F. Sarmiento de Saladillo, secundario en el Colegio Nacional “Manuel Pardal” egresando como bachiller y universitarios en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) donde se graduó como Ingeniero Hidráulico y Civil. Su actividad profesional es la ingeniería y actualmente cumple funciones como Director de Ecología en la Municipalidad de Pinamar. ¿Cuándo das los primeros pasos como bandoneonista y cuál ha sido tu trayectoria? A los diez años más o menos empecé a estudiar con mi tío abuelo Alberto Andriuolo, otra familia también originaria de Teggiano, fue un gran bandoneonista de la década de oro del tango junto a otros como Pepe Maio, Valdés y Santansiero. El “fueye” era un instrumento casi olvidado por los ’60 ya que en los inicios del rock todos los pibes querían tocar la guitarra o algún otro instrumento para rockear. A mí de todos modos me gustaba el sonido armónico

Dalto con Mauro Lázzaro y Miguel Uzlé.

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del bandoneón. Yo era bastante tímido y entonces mi papá que era peluquero cuando venía algún cliente tanguero me hacía tocar algún tanguito o algún vals para que me animara a tocar frente a otras personas. Ya por los 15 años Juan Carlos “Yuna” Rodríguez fue a pedirle permiso a mi papá para que tocara en unos bailes de Carnaval en el Club Huracán, así empecé a tocar con la Agrupación Lluvia, que integraba el propio Yuna en guitarra y voz, Julio César “Chiqui” (Chiquitín) García en teclados, Alberto “Beto” Andriuolo (hijo de mi maestro) en bajo y Daniel Viola en batería. Yo hacía un pase con la banda para que pudieran bailar los tangueros. Así estuve con ellos hasta que me fui a estudiar a la universidad. Recorríamos la zona tocando en bailes de los clubes. También participé en algunos recitales con la banda que lideraba Adolfo De Castro un gran luthier y músico saladillense radicado en CABA. En el año ’75 integré el Grupo Amigos de las Letras donde convergíamos los jóvenes escritores con los escritores ya reconocidos y premiados de nuestro Saladillo. También ese año escribo y dirijo una obra de teatro El Ajedrez donde actúo junto a un grupo de compañeros del colegio. ¿Qué pasó con el bandoneón y el tango en la universidad? En la época de la universidad no había lugares para el tango. Pero si muchas peñas folclóricas, así que ahí me hice amigo de un compañero de la facultad, Rafael Toledo, un referente de la cultura catamarqueña, ganador como solista en Cosquín, entre muchos logros, a veces compartíamos el escenario e incluso cantó en el Teatro Español de Saladillo. En La Plata, también tuve oportunidad de compartir la cartelera en un show de Opus 4, que por aquellos años actuaban en lugares reducidos ya que era años difíciles los de la dictadura. Por entonces estudiaba y trabajaba para poder mantenerme y quedaba poco tiempo para el fueye. Una vez graduado en la facultad los desafíos laborales que incluían viajes al interior de la provincia me fueron alejando prácticamente del todo del bandoneón, aunque en los pueblos siempre había algún bandoneonista para compartir un rato de música. Me gradué de Ingeniero Hidráulico en 1988 y varios años después de Ing. Civil. Hubo un tiempo que integré el Coro de Saladillo bajo la dirección de Diego Miller. Por su intermedio conocí a Luis Gorelik, hoy consolidado director de la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos y dueño de una gran trayectoria artística, quien a su vez me invitó a una tertulia musical en casa de Osvaldo Golijov hoy afamado compositor de nivel internacional. ¿Cuándo te casaste con Mara? Fue en 1995, que formamos una familia con Mara Casademunt, con quien


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tenemos tres hermosos hijos, Matías, Agustín y Francesca. ¿En qué momento fuiste recuperando tu vínculo con el bandoneón? Y de a poco fui volviendo al instrumento, aunque solo tocaba en alguna reunión familiar y entre amigos. En 2008 el Dr. Guillermo “Pemo” Trofino me invita a tocar en el show “Juntos y bien acompañados” junto un hermoso grupo de músicos saladillenses , al que se sumó el cellista Patricio Villarejo con un cuarteto de cuerdas. Ese fue el comienzo del regreso al instrumento en forma más sostenida. Así y todo, recién en 2011 empecé por invitación del pianista Ricardo Cieri a tocar en la temporada de verano de Villa Gesell, en el Centro Cultural El Ventanal todos los viernes, ahí disfrutamos mucho y entre otros muchos cantores que se acercaban a la milonga acompañamos a Fernando Rodas que hoy es el cantante de La Juan Darienzo. Mito Trofino en acordeón, su hijo el doctor Guillermo Trofino en percusión, Fernado De Luca en guitarra y Carlos Dalto en bandoneón. Presentación en la ciudad de Saladillo. ¿Cuándo se conocieron con Mauro Lázzaro? Con Mauro nos conocimos en 2008 cuando se hizo el show “Juntos y Bien

Acompañados”, que fueron dos funciones viernes y sábado a sala llena en el “Teatro La Comedia” y quedo gente sin poder ingresar. ¿Qué sucedió después? Luego conformamos un dúo con Miguel Uslé, un gran guitarrista que hoy está radicando en España, con él tocamos en varias temporadas geselinas y participamos de un film documental “Entrevistangos” que refiere a las milongas de Bs. As. y del interior y ha sido realizado por Américo Salvador Elvira que promueve el “Rio Tango Festival” (Brasil) y que ha llevado el documental a diversos festivales internacionales. También, participé en la revista del Rio Festival en el homenaje a Aníbal Troilo. En 2013 tuve el gusto de tocar en el Teatro Marconi, de Saladillo, con el amigo y maestro Oscar Dominguez en oportunidad del 150 aniversario de Saladillo y con motivo de la inauguración del “Monumento al bandoneón”. En 2014 tuve la dicha de viajar a Italia a conocer el pueblo de mi bisabuelo, Teggiano en la región de Campania. Ahí fui invitado a participar en San Pietro al Tanagro, una localidad vecina donde se lleva a cabo la Festa della Cipolla, donde para mi sorpresa había varias parejas que al escuchar el bandoneón salieron presurosos a bailar. En 2014 celebramos el “Centenario de Pichuco” con una reunión de músicos, cantantes, bailarines, poetas y recitadores en El Ventanal y contamos con la presencia de Francisco Torné nieto de Zita Troilo a quien le obsequié un poema que escribí en oportunidad del fallecimiento de Pichuco en el año ’75. En 2015 en Aniceto Café Tanguero de Madariaga tuve la oportunidad de compartir show con Mariana Novoa, que en 2016 fue ganadora del Premio Gardel a la mejor cantante femenina de tango con su disco “Ayer”. También por esto del fuelle hace una década que comparto una linda amistad con el talentoso bandoneonista Pablo Mainetti. En alguna oportunidad estuvimos musicalizando poemas como solistas en el ciclo La Poesía y el Mar que todos los veranos organiza el poeta y escritor geselino Anibal Zaldivar en el chalet que fuera la vivienda de don Carlos Gesell. ¿Cuándo presentaste el proyecto

Con Patricio Pedernera en el homenaje a Carlos Gardel.

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“La influencia italiana en el tango”? Fue en el 2016. Lo presentamos en el Circulo Italiano de Villa Gesell. para su 50 aniversario, ese trabajo sobre “La influencia italiana en el tango”, que luego llevamos a la Biblioteca Bartolomé Mitre de Saladillo, con auspicio de la Municipalidad de Saladillo y de la Associazione Tanos de Teggiano (it). Para dicha ocasión, nuestra querida poeta Ethel Mariotto de Mirassou escribió el bello poema “Tiempo de Tango” , que recitó de una manera incomparable. A continuación, ofrecemos un punteo de otras actividades de Carlos, quien para cerrar la entrevista nos dice: “Vivir en una ciudad turística, balnearia, como Villa Gesell, permite que en el verano podamos encontrarnos con músicos, cantores y bailarines de distintos puntos del país y disfrutar de la movida tanguera. (Con la pandemia del coronavirus todo esto está en el freezer, por ahora)”. Otras actividades: • Con el guitarrista y cantor Patricio Pedernera, integró un dúo, cuyos inicios se remontan al 2015. El año pasado (2020) participaron en la XVI Edición

del Rio Tango Festival (Brasil) que se llevó a cabo en forma virtual y lo que les permitió sumarse con su música a los tangueros cariocas y de muchos otros países que forman parte del prestigioso festival internacional. • El 24 de junio de 2016, para el “81 aniversario de la muerte de Carlos Gardel”, participaron con una formación de cuarteto con Miguel Uslé, Mariano Benede y Patricio Pedernera en el Hotel Coliseo de Villa Gesell, en el gran show que brindó el bailarín José Lugones habitual partner de Mora Godoy y Jorge Espósito reconocido cantor de tango, en piano y voz. • Participación en el Disco “Desde el Andén” de Martha Gaeta. • Fue invitado a la “Fiesta de la Diversidad Cultural” con Miguel Uslé en el escenario mayor de Villa Gesell, por el grupo de baile de tango dirigido por Paula Lauro. • En 2017 en oportunidad de los 50 años de la Parroquia Inmaculada de Villa Gesell compongo en letra y música Milonga a la Inmaculada estrenada el 8 de diciembre con Guillermo Brown en guitarra y voz. • En 2019 por invitación de la Sociedad de Encuentros Corales de Villa Gesell, con motivo de la celebración de los 50 años de los Encuentros Corales de Verano, produce “Tangos en el Pinar” junto con Patricio Pedernera y la participación de talentosos cantores, bailarines y poetas de nuestro medio. • En 2019, por idea de Hugo Mastrángelo, reconocido profesor y bailarín de tango, se realizó un encuentro de bandoneones y ahí coincidimos con Jorge Spessot, que integrara la orquesta El Arranque, y que se ha radicado en Villa Gesell. • Recientemente ha participado como invitado (por esta modalidad de grabar a distancia) en un homenaje por el Centenario de Astor Piazzolla por el grupo de rock El Nirvana, un grupo marplatense de los ’70 que se han vuelto a reunir para producir este tributo al gran Astor. Grabamos “Años de Soledad” del emblemático disco “Reunión Cumbre” de Astor Piazzolla junto a Gerry Mulligan, publicado en 1974 por el sello Trova. • En la actualidad, Carlos Dalto está trabajando en un proyecto que se llama Siamo Tango Quinteto, con Mauro Lázzaro como pianista y arreglador, Mariano Benede en contrabajo, Celeste Durando en violín, Miguel Uslé en guitarra, que ahora vive en España, queda en su reemplazo Patricio Pedernera y Dalto en el bandoneón. (Esta nota es un resumen de una más extensa publicada en el espacio digital de Raúl de los Hoyos/ rauldeloshoyos.com)

“Esta foto para mi es muy especial porque Mito Trofino y mi tío Luis, tuvieron una orquesta en Saladillo, que fue muy famosa, la Orquesta Trofino-Dalto.”

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Pandemonólogos por Daniel Martínez Rubio

Un color a medida —¿Cómo se llama? —preguntó la mujer rubia a su compañera en la fila, al escuchar los bisílabos que emitía el pequeño. —Francisco Jorge Mario Ezequiel Virgilio —respondió la mujer morocha, joven y de belleza descuidada y cerril. La mujer rubia hizo una pausa, sin decir nada—. Francisco-Jorge-Mario por el Papa, porque Francisquito nació unos días después de que lo eligieran al Papa Bergoglio, que se llama... o, mejor, se llamaba, antes de ser Papa, Jorge Mario, y como Ezequiel... el papá... ahora no nos vemos mucho, ¿viste? desde el problema del nene... Bueno... como Ezequiel era... es muy creyente, y su familia, nada ¿viste?, querían ponerle el nombre de Bergoglio... y el nombre del papá, también... Nada, no tiene un nombre, como yo digo, tiene un renombre. La mujer morocha recitó esto de corrido, casi atropellándose con las palabras, como una explicación que estuviese habituada a dar con frecuencia. —¿Y... Virgilio...? —preguntó con timidez la mujer rubia. —Bueno, por un abuelo mío, que me crió en el Chaco. Porque a mi viejo no lo conocí... —hizo una pausa— bah, que mejor hubiera sido no conocerlo, para mí está muerto... peor que muerto... no existe. La mujer rubia no respondió. Miró más bien distraídamente por sobre la mujer morocha. Parecía estar controlando la hora en el gran reloj que colgaba sobre el pasillo central del hospital. De hecho, tocó el reloj en su muñeca, como si quisiera asegurarse de que las horas coincidían y estaban en su lugar. —¿Y el nene tuyo, cómo se llama? —Nena. Lo que pasa es que tiene el pelo cortito. Se llama Milagros —giró la cabeza, buscándola—; Mili, ¿dónde estás? —Allá viene —dijo la mujer morocha, señalando a una pequeña de cinco o seis años, con jogging azul y pelo corto y enrulado, que llegaba como una pequeña tromba energética, para abrazar la pierna de la madre. La mujer rubia le tocó la cabeza, sin mirarla. La niña se esforzaba en levantar la pierna de la madre, como para despegarla del suelo. —Mili, hija —se rió la mujer rubia—, la vas a hacer caer a mamá. —Le pusimos Milagros porque fue prematura... muy prematura, muy chiquitita, seismesina, casi... ¿cómo es que le dicen? —La mujer rubia pareció buscar

una palabra huidiza. —Invisible —se adelantó la mujer morocha, con el orgullo de saber del tema. —No... inviable. Eso. Inviable. Los seismesinos muchas veces son inviables. La traigo a control. Milagros había dejado de intentar levantar a su madre del piso e investigaba los alrededores con prudencia. Cada tanto se volvía hacia donde estaba la mujer rubia, se aseguraba de que estuviera en el lugar esperado y continuaba con su exploración. La mujer morocha pensó que la niña era tal vez algo mayor que lo que le había parecido al principio. Esa soltura para moverse... esa libertad que le daba la madre... —Sí, debe ser más grande. Como fue seismesina se quedó así, retacona, pero es madura la guacha —se dijo la mujer morocha, para sí. Y acto seguido pensó en Francisquito, que se había dormido en sus brazos, y comenzó a llorar en silencio. La mujer rubia pareció percibir el llanto de la compañera de fila, pero no la miró directamente, como si un pudor se lo impidiera. Sin embargo, cuando habló, había en su voz una suavidad que no había estado ahí antes. —Y tu gordito, ¿lo traés a control también? La mujer morocha asintió con la cabeza, aspirando ruidosamente lágrimas y mocos. —Le tocaba el control con la doctora de seguimiento, que me lo ve todos los meses. Francisquito también fue prematuro. Pero no tanto como la tuya, no, él fue ochomesino, nomás. Igual, tuvo bocha de problemas. Primero los pulmoncitos, que tenían como agua, ¿viste?, y por eso tuvo que estar con un tubo en la garganta y conectado a un aparato... —Un respirador... —asintió la mujer rubia. —Sí, como quince días. Y se puso amarillo, amarillo, lo tenían debajo de una lámpara. Y después le apareció esa como venita del corazón, que tienen los prematuros... que le dicen... ¿cómo es que le dicen? —El conducto. —No, parecido, el ducto, como los ductos de la calefacción y del agua, esos que pasan por ahí arriba, ¿los ves?

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—Sí, los escucho —asintió la mujer rubia. —Bueno, posta que lo tuvieron que operar para cerrarle ese ducto, y después que andaba bien, no va y se pesca una infección, puta digo, todo mal, que yo les decía a las enfermeras que era interhospitalaria, y los médicos de ahí me porfiaban que no, que era porque estaba sin defensas que se agarraba los bichos... La cuestión es que el Francisquito se pasó como dos meses internado, hasta que me lo dieron... La mujer morocha se interrumpió. La gran pantalla de televisión a un costado del pasillo pasaba las imágenes de un noticiero. En ese momento mostraba escenas de lo que parecía ser las secuelas de un asalto violento a un supermercado chino, con tiroteo incluido. La cámara alternaba la imagen compungida del periodista, arengando contra la «inseguridad ciudadana», con el retorno obsesivo al charco de sangre coagulada que había quedado sobre el cordón de la vereda. —¡Ufa. Pero pará, hermano! —la mujer morocha hizo un gesto de fastidio dirigido hacia la pantalla—. Al final del día te termina pareciendo que hubo cuatrocientos asaltos... Si te lo refriegan una y otra vez, qué querés... —Yo en casa ni los escucho a los noticieros —dijo la mujer rubia, sin mirar hacia la pantalla—. ¿Para qué? ¿Para amargarte? Pongo algún canal de música, o, si no, le pongo a Mili los dibujitos... ¿Viste que hay esos canales que les pasan los dibus con lenguaje de señas, para los chicos con... problemas?... En ese momento, por la sorpresa, la mujer morocha se llevó la mano a la boca. —Pero... ¡Qué boluda!... Te juro que no me había dado cuenta. —La mujer morocha, con un gesto de empatía, adelantó su mano y tocó el antebrazo de la mujer rubia. Casi al instante se arrepintió, porque la mujer rubia se sobresaltó ante el contacto y el brazo se tensó perceptiblemente. La mujer morocha retiró rápidamente su mano. Sin embargo, cuando la mujer rubia habló, el tono cordial y afectuoso no había cambiado. —No pasa nada, todo bien —la tranquilizó—, Mili estuvo equipada con audífonos desde chiquita. Además, ya la operaron de uno de los oídos... le pusieron eso... como un oído artificial. —Ah —dijo la mujer morocha, con cierto alivio. La niña se había acercado una vez más a su madre. Ahora sí vio entre los rulos rubios algo que le pareció como un pequeño volante de automóvil en miniatura, adherido al cráneo. Del volante salía un cable que se conectaba a un diminuto audífono disimulado detrás de la oreja. No dejaba de llamarle la atención la tranquilidad casi displicente con que la mujer rubia manejaba a su hija, permitiéndole ir y venir libremente por los alrededores. Era verdad que la niña parecía buscar todo el tiempo la referencia de su madre, viniendo una y otra vez, como para cerciorarse de que todo estaba bien, antes de continuar su aventura. —Lo que pasa es que es muy energética, un cohetito, siempre moviéndose — dijo la mujer rubia, como adivinando lo que la mujer morocha pensaba. Y añadió: —¿A tu gordo no le pasó nada en el oído? —Al principio. Los médicos tenían dudas, pero, por suerte, justo el día que le ponían el audífono, le hicieron otro estudio y dio que ya escuchaba. Menos mal, porque con el otro problema... —Se detuvo, haciendo esfuerzos por no llorar nuevamente. —Yo algo raro le notaba en los ojitos. Porque no me miraba, ¿viste? Yo es el

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primer bebé que tengo, pero Yani, mi vecina, va y me dice que ella vio un programa, y que los bebés chiquitos, aunque fueran prematuros, igual buscaban la mirada de la mamá, para hacer contacto, se llama. Y dale que me insistía y me insistía con eso. Y yo le decía al médico del control... —Y... ¿no lo estudiaban? —preguntó la mujer rubia. —No, ni bolilla me daban. Me decían que era vaguito nomás, que era porque era ochomesino, que venía un poco retrasado de la maduración. Hasta que insistí tanto que me mandaron al oculista, que me dieron turno como un mes después, porque allá donde vivo no tenían el aparato para verle los ojitos y el médico iba una vez por mes. Después que me lo vio el oculista me derivaron acá. Yo le vi la cara al médico, pero no me quería decir nada. Decía que me derivaba acá porque necesitaba mayor complejidad. —¿Y acá...? —La mujer rubia dejó la pregunta en suspenso. —Acá... todo mal... No, no quiero decir los médicos, con eso todo bien. Todo mal porque el estudio dio que ya tenía la retina desprendida en un ojito, y que ese ya se le había perdido, y en el otro le intentaron hacer el láser, pero no respondió, cuestión que... —Hizo una pausa para indicarle a la mujer rubia que la fila había avanzado. Como siguiendo una orden invisible, la fila se reacomodó, llenando el espacio que se había generado. Los cochecitos se pusieron en movimiento, las mochilas y bolsos cobraron vida por unos momentos, las mujeres —la mayoría lo eran— cambiaron sus posiciones, algunas se levantaron del suelo donde se habían sentado, tomaron hijos, mamaderas, botellas de gaseosas, bolsas de galletitas y de papas fritas y asumieron sus puestos unas decenas de centímetros más adelante. La mujer morocha siguió con su historia. —Me dicen que fue por el oxígeno que le dieron de chiquito, cuando estuvo con el respirador ese... que tendrían que haberle puesto un control para no darle tanto oxígeno... No sé... A mí siempre me pareció que esa lámpara que le pusieron cuando estaba amarillo le hizo mal a los ojos... Los médicos me dicen que nada que ver, pero algo tiene que hacerle a los ojos una luz fuerte, ¿no? — La voz había cambiado, con una dureza que marcaba las sílabas de las palabras. —Volví a donde nació, para hablar con los médicos... para qué... vos vieras cómo se puso el jefe de Neonatología. Por poco me trató de ignorante y de desagradecida. «Bueno, le salvamos la vida, ¿no?, a veces hay complicaciones», me dijo. Yani me dice que le haga juicio, que ella conoce un abogado. Pero no sé... a mí no me gustan los abogados, siempre te terminan empomando. Milagros había vuelto, una vez más, junto a la madre, para aprovisionarse de algún alimento. La mujer rubia había bajado el bolso que llevaba al hombro y lo había abierto, dejando que la niña buscara libremente. —Hay galletitas, Mili, no comás caramelos, que ya sabés que te dijo la doctora que te hace mal a los dientes. La mujer morocha notó la forma particular de comunicarse entre la madre y la hija. La mujer rubia hablaba tratando de estar siempre de frente a la niña; a la vez, se ayudaba con los gestos propios del lenguaje de señas. La voz de la madre adquiría un tono suave y monocorde al dirigirse a la niña. —¿Y el papá...? —La mujer rubia se había incorporado y había colgado el bolso nuevamente sobre su hombro.

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—Ni me hablés... Se puso como loco... Violento... Quería ir a la maternidad y romper todo... Después, como siempre, se borró. Ahora hace tiempo que no lo veo... Mirá, la verdad... no quiero saber nada con los tipos, ni con ese ni con ninguno, ¿para qué? Ahora vivo con mi vieja y una hermanita menor que tengo, bah, es medio hermana, pero todo bien. Me lo cuida al Francisquito cuando yo voy al nocturno. Porque estoy terminando el secundario ¿viste? Y sí... yo no sabía hacer nada... una boluda era... Acá en el hospital me dieron bola, son unos rompepelotas ¿vos viste? Me agarró esa, la Mary, la asistente social, ¿vos la conocés?, la rubia de rulitos, que siempre anda con pañuelos al cuello, esa... Bueno, que me enseñó como tenía que hacer para anotarme en la Asignación Universal y en el subsido para terminar el secundario... cuando el Francisquito nació yo era menor ¿viste? tuve que esperar hasta este año... —Y... ¿ya sacaste el certificado? —La mujer rubia había escuchado atentamente. Se diría que su forma de escuchar tenía una cualidad especial. Por momentos parecía distraída, miraba hacia otra parte, pero sus intervenciones eran como volantazos que mantenían el tema en el centro de la charla. El rostro de la mujer morocha se nubló ostensiblemente. —Y... yo no quería al principio, como negación tenía. Yo prefería hacerlo todo sola. ¿Cómo va una a aceptar así nomás que al hijo le pongan el rótulo de discapacitado? Yo no quería saber nada. Me parecía que era como ponerle un sello en la frente que dijera ciego, para que todos lo miraran... En las palabras de la mujer morocha había aparecido de nuevo una dureza que separaba y afilaba las palabras. La mujer rubia pareció percibirlo. Su voz era tranquila, como casual. —Una vez conocí una profesor ciego —dijo—, un capo el tipo. Decía que lo que hace que exista la discapacidad es la mirada de los otros... ¿entendés? Y a veces la gente no se se fija tanto... ¿Vos te fijaste en la mujer que atiende la ventanilla donde estamos haciendo la fila? ¿Te diste cuenta que es ciega? ¿No? ¿Viste? Yo la conozco de tanto venir. Tu mirada no registró la ceguera, no la viste. A la entrada del hospital, hay uno de los quioscos que está atendido todo por ciegos... Si venís distraída, ni cuenta te das... Francisquito se había despertado hacía unos minutos. Después de esa etapa de ensimismamiento tranquilo que tienen algunos niños cuando salen del sueño, había empezado a aburrirse y a revolverse. La mujer morocha sacó un celular baqueteado de su mochila y tecleó con rapidez. Una cumbia sincopada y espesa comenzó a sonar. Francisquito comenzó a mover la cabeza con el ritmo. La mujer morocha se rió con ganas, festejando al niño. —Mirá, mirá como baila el pende, esto es en el cumpleaños del primito —dijo, acercando la pantalla del celular al rostro de la mujer rubia, que se sonrió—, tenía poco más del añito, miralo vos. La música había tranquilizado al niño, que seguía balanceando la cabeza, apoyado en el hombro de la madre. —¿Sabés qué es lo que más me jode? —dijo la mujer morocha— En mi familia somos todos de Boca. Mi hermano, fanático es el guacho. Apenas nació Francisquito le compró el equipo completo, para cuando cumpliera el año. Todo. Camiseta de Riquelme, pantaloncitos, medias... ¡Hasta los botines amarillos! ¡Vos vieras! Se asesoró de cuánto calzaban los bebés al año... Y eso es lo que

más me jode... Que yo ahora le pongo el equipo y él no puede ver los colores que tiene puestos... ¿Cómo va a hacer? Mi hermano dice que igual la azul y oro se siente en el pecho... si será boludo... La mujer morocha se pasó la mano por los ojos, como para eliminar los últimos restos de lágrimas. La empleada ciega de la ventanilla había llamado en tono imperativo... «Q’sigue». Antes de avanzar, la mujer rubia le habló a la mujer morocha. —¿Sabés qué otra cosa decía... el profe ese que te contaba, que me ayudó un montón... Decía que entre no ver y no oír era peor no oír, porque la ceguera separa al ciego de las cosas, pero la sordera separa al sordo de las personas... La mujer rubia se adelantó y saludó a la ciega del mostrador, que pareció reconocerla, porque conversaron con animación entre ellas. La mujer rubia sacó de su bolso una carpeta, de la carpeta unos papeles, que le alcanzó a la mujer ciega. Esta los pasó por sus manos, los barajó, los tocó del anverso y del reverso, palpó los sellos y los códigos en Braille en un ángulo de los documentos. Todo mientras seguían conversando con animación. —Estas dos se entienden posta —pensó la mujer morocha, mientras Francisquito amagaba con un nuevo berrinche. La madre se agachó en cuclillas, sacó de su mochila el yogur que tenía preparado. El niño se aplacó, balanceándose mientras comía, porfiando en hacerlo solo. La mujer morocha lo mantenía contenido entre sus piernas, tratando de mover el vaso de yogur para que su trayectoria intersectara a la cuchara de plástico que blandía Francisquito. Unos minutos después, cuando percibió que la mujer rubia estaba por retirarse de la ventanilla y que llegaba su turno, se apresuró a guardar sus cosas en la mochila. Francisquito se había calmado, estaba tranquilo en sus brazos, jugaba distraídamente con la oreja de la madre, la recorría con suavidad, con un dedo. En ese momento, la mujer rubia giró y quedó de frente a la mujer morocha. Hizo un gesto que a la otra mujer le resultó inesperado. Con la mirada baja, sin mirarla a los ojos, adelantó la mano con cierta vacilación, como si temiera ser rechazada, la acercó lentamente al rostro de la mujer morocha, le tocó la frente, luego la mejilla —la mano era suave y caliente— y luego le apoyó la palma sobre el pecho, como si quisiera palpar el latido de su corazón. La mujer morocha sintió que las lágrimas le subían otra vez a los ojos y la vista se le empañó. En esa semiclaridad acuosa escuchó, casi al mismo tiempo, la voz impaciente de la empleada ciega del mostrador, que urgía que se aproximara el siguiente de la fila, y la voz de la mujer rubia que le tocaba el corazón y le decía: —No te preocupés, él se va a inventar un color a su medida... La mujer morocha se terminó de enjuagar las lágrimas y tomó su posición en el mostrador. Miró de reojo a la mujer que se alejaba. De algún lugar —tal vez era uno de esos extensibles, que se guardan en el bolso o en la cartera— la mujer rubia había sacado un bastón blanco con el que tanteaba el camino hacia la salida, llevando a su lado, de la mano, a la niña rubia que saltaba y se regocijaba de estar otra vez en movimiento. —Siguiente —sonó la voz, con impaciencia no disimulada. La mirada inútil de la mujer ciega del mostrador se perdía en algún lugar impreciso, arriba y detrás de la mujer morocha.

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Escombros El deslumbre puede empezar por el título: ¡Que no me asfixie de hacer tanto silencio! La autora es la prácticamente ignorada Inge Müller. De pronto la lectura de su poesía deviene corporización de sobresaltos. Müller no afloja ni suelta, impone exclusividad. El enganche tiene su razón de ser: te conecta con zonas intempestivas de la realidad cercanas, dolorosas a pesar de la distancia en tiempo y espacio. La lectura adquiere entonces vértigo y, paradoja, al mismo tiempo impone un freno, impone pensar. El silencio es un problema filosófico complejo. A veces, el definirlo implica retorizar. La poesía, en cambio, ante el silencio, acierta al nombrarlo como herida que no cicatriza. Müller lo cuenta: Yo escribía y escribía/ El verde en el pasto / Y mis lágrimas no humedecieron la tierra. / Y mi risa / No revivió a ningún muerto. / Me puse en la piel de cada uno. / Pero ahora no voy a gritar más. Su silencio son estos poemas rescatados de una vida que duró apenas cuarenta y un años signados por el desconsuelo. Su biografía, como la de todos los escritores alemanes de su generación, que padecieron la iniciación bajo el nazismo, expone la marca del desastre en la escritura, una escritura dañada, como la que reinvidicaba Günther Grass. Bombas y cañones / Me enseñaron a tener paciencia. / A considerar a los que sangran. / A pensar qué significa la culpa, dice Müller. Su historia tiene que ver con la Historia, es inseparable. Nacida Ingeborg Ursula Meyer en 1925, estudia comercial en un tiempo en que sólo el diez por ciento de las mujeres lo hacen. En 1942 es reclutada por la Ley del Servicio Laboral del Reich, maneja camiones. Cuando regresa un año más tarde a Berlín los alimentos escasean, el pavor bajo los bombardeos es constante. Se la incorpora a las fuerzas armadas, conduce camiones de la Lutwaffe. En el frente, para amortiguar la desesperación, toca el acordeón. Prueba desertar, pero es atrapada. En abril de 1945 – muchos de sus poemas llevan ese número, el 45 -, cerca de las cuatro de la mañana, yendo a buscar agua, acorralada por un bombardeo, queda enterrada junto a un perro tres días bajo escombros. Cuando logra emerger, corre a la casa de sus padres: también está en ruinas. Tiene que arrancar sus cadáveres de entre los escombros. En este sentido, los poemas de Müller, en su sentido más literal, están hechos con restos. De sus tres matrimonios, el último en 1955 con el dramaturgo Heiner Müller no es el menos problemático. La pareja vive en la Alemania Federal. Al principio parece unida en la creación. Exploran la reconstrucción del socialismo, escriben teatro, obtienen el premio Heinrich Mann. Pero ella no figura en los créditos. Además de la censura de estado, Müller sufre el ninguneo de su compañero. Empieza a sufrir trastornos psicosomáticos. Cuando la angustia la sitia recurre al alcohol y se agarra del acordeón. Escribe y rompe los manuscritos. Comienza una novela titulada Jonás y la abandona. Sus depresiones se agudizan. También los intentos de suicidio. Hasta que finalmente lo consigue en 1966. En los días en que descubrí el libro de Müller pude ver imágenes de unos chicos palestinos caminando charcos de sangre después de un bombardeo israelí. Y no pude evitar el recuerdo de Alemania hora cero, de Roberto Rosellini, rodada en 1948 poco después de la muerte de su hijo Romano, a quien dedica el film. El relato se centra en un pibe de doce años que vagabundea trapicheando las calles de Berlín bombardeada. El pibe envenena a su padre enfermo y después se suicida, dos actos simbólicos, representación de la piedad y la culpa. Con la crudeza característica del neorrealismo, Rosellini compone su narración penetrando en las sombras espectrales de las ruinas. A la memoria, me doy cuenta, le gustan esta clase de asociaciones menos ilícitas de lo que parecen. El lenguaje no es inocente, nunca. Si Adorno se pregunta si es posible escribir después de Auschwitz, Müller le responde con un poema: «Amar después de Auschwitz». Como es habitual en ella, hay una radicalidad desolada en la forma: Fue amor/ Cuando llegué a ti/ Porque debí llegar/ Fue amor cuando te dejé/ Porque sabía/ La vieja vergüenza es falsa vergüenza. // No ayuda ningún Dios ni un Estar juntos. // Y me fui. Y nada pasó. / Me miré a mí misma y también a ti / Y a los demás/ Y no fue suficiente. La poesía de Inge Müller no encuentra, no puede encontrar sosiego: Todo lo que camina soy yo. /Todo lo que cae también soy yo. /Gravemente herida levanto mi cara. / De

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Por Guillermo Saccomanno

mierda y de tierra. / Una y otra vez / ¿Quién me ayuda? / ¿A quién ayudo? / Así y una y otra vez así. Su escritura, en iracundia, se relaciona con la poética de su contemporánea Ingeborg Bachman (1926-1973). «Quien sepa de un mundo mejor, que dé un paso al frente», así empieza un poema de Bachmann. Si se piensa el hecho poético como «dar un paso al frente», el desafío de Bachmann es fuerte. Según el Sartre de Qué es la literatura, ensayo publicado en esos años, toda pieza literaria es un llamamiento. Y Bachmann actúa en consecuencia aun consciente de la inutilidad de un poema frente a un drama social. Se trata de saber qué se va a escribir: si sobre las mariposas o las consecuencias del nazismo, dice Sartre. Y cuando esa decisión está tomada, todavía falta una: qué forma darle a la obra. En este punto, Müller y Bachmann resultan hermanadas en el desafío de tantear la negrura, como Rosellini, probando a ver qué belleza sobrevive en tierra arrasada. Situadas en la encrucijada entre lo subjetivo y la totalidad, es ahí donde se torna imposible aislar sus poesías del contexto. Previsible, un lector más refinado habrá de criticar este elogio de una escritura sin previa apreciación en la lengua original. Si bien el reparo es válido, cabe una reflexión: qué ocurre cuando unos versos traducidos consiguen un fuerte efecto emocional traspasando la barrera idiomática. En una de esas la respuesta la encontraremos en Müller: ¿Cómo escribir poemas/ Más fuertes que el grito de los heridos, / Más profundos que la noche de los hambrientos/ Más silenciosos que la respiración boca a boca/ Más duros que la vida? / ¿Blandos como el agua que sobrevive la piedra? / ¿Cómo no escribir ningún poema? Y todo el tiempo, mientras escribo estas reflexiones, están esos pibes caminando en la sangre. Tensa teoría literaria a esta altura. En todo caso, conviene aceptar que la teoría literaria es teoría política. En El libro de las semejanzas, Edmond Jabés (1912-1991), egipcio, judío y exilado, anota: «Lo importante para nosotros es saber en qué nos hemos convertido, en qué universo evolucionamos. A qué ritmo y por cual camino, a lo largo de qué vía y muerte apropiadas. Y de qué borradura somos víctimas».


Las recetas de Olivia RAXO Ingredientes, para dos personas: 350 gramos de carne de cerdo, una cabeza de ajo, vino blanco, aceite de oliva, pimentón, dos papas medianas, sal, aceite de girasol. Preparación. Esta receta necesita tiempo, más exactamente un día para su correcta medida. Empezaremos cortando en cubos la carne de cerdo, de 2 ó 3 cm de lado. Puede ser lomo, o carré, sin grasa. Pondremos a macerar esos cubos con 4 cabezas de ajo fileteadas a 2 mm de espesor, aceite de oliva generoso, que no cubra la mezcla pero sí que llegue a toda la carne, media copa de vino blanco, y abundante pimentón. Con todo el amor posible, usaremos una mano para lograr que todos esos elementos se conozcan entre sí, moviendo suavemente la carne y el pimentón de manera que los fluídos los embeban. Hecho esto, taparemos el bowl con film, ó con una bolsa plástica, y ponemos en la heladera por un día. Pueden ser más días, y la sazón aumentará. Tres días como máximo. Cumplida la maceración, sacaremos de la heladera el bowl, destapamos, y lo dejamos templar por una hora. En una sartén, puesta a calentar, no pondremos nada de líquido, ya que el cerdo está con aceite. Pondremos entonces todo el contenido del bowl a cocinar, y agregamos cuatro dientes de ajo , enteros, a la sartén. Fuego bajo, para que no se queme el pimentón. Si falta líquido, agregamos algo más de vino. En otra sartén, en aceite de girasol, pondremos las dos papas medianas, cortadas en cubitos de 2 cm de lado, a freír. Cuando estén doradas, las sacamos con una espumadera y se

agregan directamente, al cerdo, que ya estará cocido lo suficiente. Sarteneamos para que todo el jugo de cocción se mezcle con las papitas, y al plato. El vino blanco que queda en la botella, va a las dos copas de los comensales, que van a saborear esta delicia. Esta receta me la enseñó alguien nacido en 1885, en la pequeña aldea de Cabral, cerca de Vigo, Galicia, España, y que llegó a la Argentina en 1901. Unos días después de venir, consiguió un pasaje en tren hasta un pequeño pueblo llamado San Emilio, Partido de Bragado. Allí fue, hablando galego, e hizo historia. Se llamaba Enrique Carrera, fue mi abuelo, y a mí me enseñó a andar a caballo, a hacer fuego con dos piedras, a enlazar, a pegar dos ladrillos, a tirar, y a cocinar el raxo galego… Morrinha, en galego, significa melancolía… Gracias, abuelo, por tanto.

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