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El Fundador / Agosto 2021

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Guardavidas, docente y dirigente

Marcelo “Negro” Ojeda fue declarado ciudadano ilustre

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Agosto 2021

Villa Gesell Año - XXXIII Nro 2040

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Después de un año y medio y en clave política, volvieron las fiestas


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Mucho éxito, mucha política; volvió la Chocogesell, que es Fiesta Nacional Tras un año y medio sin actividad turística de baja temporada (cortada por supuesto por el verano donde si hubo posibilidad de turismo), la actividad de turismo se relanzo nada menos que con la Chocogesell, la fiesta emblema de los últimos años de la ciudad, que este año fue declarada fiesta nacional, igualando en nivel a la tradicional festividad de la Semana de la Diversidad Cultural. Además del muy positivo impacto turístico, calculado por la comuna en 19 millones de pesos solo en el predio, la fiesta sirvió de “vidriera” para las próximas elecciones PASO de septiembre. La visita del Ministro provincial Augusto Costa, acompañado por el gabinete municipal en pleno y los candidatos del FdT, festejando la recuperación económica, y en la otra vereda, las listas opositoras remarcando justamente el impacto negativo de las pasadas restricciones. Nada pudo opacar, sin embargo, el paso de casi cincuenta mil personas por los cuatro días de la festividad del bosque fundacional. Solo resta esperar que no haya sido una jornada aislada, sino el inicio de la tan esperada nueva normalidad.

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El legendario guardavidas Marcelo "Negro" Ojeda fue declarado ciudadano ilustre Por una iniciativa de los Bomberos Voluntarios y el Rotary Club, el legendario guardavidas Marcelo “Negro” Ojeda fue declarado Ciudadano Ilustre por el HCD de Villa Gesell. Además de guardavidas, Marcelo fue un destacado docente de natación, tanto para guardavidas como para varias generaciones de geselinos, y participó de la creación de la Cruz Roja local, de la que fue presidente y principal impulsor de la actual sede de 128 y playa. Tras este reconocimiento, conversamos con el desde su casa en Buenos Aires. ¿Cómo te iniciaste en la tareas de guardavidas? En 1970, luego de hacer dos temporadas de carpero en playa serena de Mar del Plata: 1964 Y 1965. Yo tenía 14 y 15 años. Comienzo en 1970 como guardavidas en el Río de la Plata... ¿Cuándo empezó fue tu trayectoria en Gesell? En 1974 hacia suplencia en lugares desérticos al sur de Villa Gesell, por ejemplo en el Paseo 150 y playa, en balneario Lido con Jorge Reyero, uno de mis maestros, luego en 107 y playa con Rulo Rivero, gran maestro, en el hotel Cap-Arcona junto a Jorge Fernández, mi hermano del mar, mi gran amigo también, junto a Pedro Mika, otro grande, y serio maestro. Después en balneario Zeus, junto a dos gigantes Daniel Rotello y Agnelli. El gran Eduardo Escudero del balneario San Isidro… Busqué consejos de los pioneros Julio De la Fuente, Juan Carlos Galeano, Roberto Lindhal, Roberto Annovi, Boris y Oscar Kaucic, Néstor Melcon, mi hermana Matilde Ontiveros mi querida negra maestra y primera mujer Guardavidas del mar argentino. Eliseo Stocco, mi gran amigo Chiche Granier, los hermanos Cecchino, los Baeza Quintanilla mis queridos chilenos. Todos me formaron a todos los sigo queriendo y recordando

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todos los días!! ¿De qué modo uniste tu tarea de docente de guardavidas con tu vocación de salvar vidas y con la Cruz Roja? Estudié en el actual Cenard, como instructor de natación y entrenador. Por venir a Gesell no rendí los finales de Entrenador y me gustó siempre enseñar a nadar. Pero mi pasión es enseñar en las escuelas de guardavidas. En Gesell aprendí mucho en los 7 cursos que dicté de mis Alumnos son mis hijos del Mar, me hacen muy feliz. Calculá del 69 estudiando en la Cruz Roja Argentina. No puedo más que agradecer a las familias que confiaron en mí con la Escuela a Distancia. En Mar Del Plata en el desaparecido Royal Hotel y luego en el Club Kimberley y en la Pileta Climatizada de Cef. N°1 de Mar del Plata, al que viajábamos a enseñar a nadar a los más chicos y con los alumnos de nuestras escuelas de Guardavidas y creamos la Filial Villa Gesell de la Cruz Roja. Ayer ejemplar hoy cerrada desgraciadamente. Tengo fé que pronto tendrá nuevas fuerzas y abrirá sus puertas!!!

Palabras de reconocimiento Marcelo Zulkoski, Director de Seguridad en Playas: “El nombramiento de Marcelo Ojeda como Ciudadano Ilustre es a mi entender un premio a una persona que ama a su Villa, como el define...y que volcó su sabiduría enseñando a tantos guardavidas que cumplieron y cumplen como es mi caso y el de tantos otros, su legado de vocación, profesionalismo, educación para una tarea tan noble como la compartida por el con tanta pasión. Me llena de orgullo este nombramiento para quienes lo sentimos como un padre del agua”. Mayco Pinazo, guardavidas: “Es muy merecido, algo muy bien hecho por las autoridades. No te olvides que fue ideólogo de la sede de la Cruz Roja en Villa Gesell en la playa. Si bien la sede tenía una casita precaria en el centro, él se puso al hombro la tarea de llevar adelante la construcción de la sede en el Paseo 128. Y después las camadas de guardavidas que sacó, la mía logró que fuera pagada por la Municipalidad. Gracias a esa gestión que él tuvo muchos de ese grupo ya estamos casi jubilándonos… Y el cariño que tiene la gente hacia él y él hacia la gente habla de una persona de bien, que ha hecho mucho por Gesell y seguramente es un ciudadano ilustre. Porque le dio mucho a la ciudad. Yo estoy muy contento y muy orgulloso”.

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Carlos Gesell Inmobiliario Se destaca en esta nota de Anibal Zaldívar, tomada del archivo del semanario El Fundador, una información poco conocida de la experiencia de Carlos Gesell como urbanizador y vendedor de lotes: su correspondencia con Norberto Vanneste. Estos documentos que se encuentran en el Museo y Archivo Histórico Municipal reflejan rasgos particulares de la personalidad del fundador de la ciudad. En 1964 Carlos Gesell le escribe a Norberto Vanneste, uno de sus primeros agentes inmobiliarios, estableciendo las condiciones de la venta de lotes en el marco del “plan galopante”. Son pautas claras y sencillas: 1) los boletos deben hacerse por quintuplicado, en hojas de distinto color; 2) se debe cobrar el 20% de seña; 3) el 6% es la comisión que recibe el vendedor; 4) antes de las 48 horas de producida la venta debe llevarse la documentación a la administración Gesell. Además don Carlos indica nuevas pautas, que ilustran acerca de las ideas que

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el fundador tenía acerca de su empresa: 1) queda prohibido colocar carteles en los lotes, permitiéndose solamente un cartel en la manzana, con una leyenda que diga: “tal inmobiliaria tiene lotes a la venta”. El objetivo es cuidar la estética del paisaje; 2) no quiere que se mencione su nombre en los carteles de venta de lotes y en las publicidades de las inmobiliarias. La correspondencia entre Gesell y Vanneste es atractiva por incluir “amables discusiones” e intercambios de ideas. Por ejemplo, en una carta del 12 de noviembre de 1964, Gesell le hace un reclamo por haber hecho un descuento del 20% en la venta de un lote, sobre el ya estipulado en el plan galopante (se descontaba el 50% del valor del lote si el comprador edificaba antes de un tiempo determinado). El objetivo era no bajar excesivamente el valor de los lotes, para evitar la especulación. En tal sentido, prohibe que se venda un segundo lote a un comprador que tenga un lote baldío (sin edificar). Además enumera los gastos, que no pueden solventarse si se venden los lotes demasiado baratos: mensura, forestación, apertura de calles, propaganda,


impuestos y estructura administrativa. “Hay que amortizar 15 años de inversión”, argumenta. Carlos también la emprende contra las anulaciones de contratos. Como no era justamente un hombre humilde, se ponía a sí mismo como ejemplo: “cuando yo hacía las ventas, era muy raro que hubiera que hacer un cambio o una anulación”, escribe, agregando: “si se hacen anulaciones, es posible hacer errores...” Vanneste, indudablemente, fue una persona entusiasta que tuvo mucha proximidad con Carlos Gesell. Un rasgo curioso es que se escribían en francés, un idioma que ambos dominaban y para el fundador representaba la posibilidad de ejercitarlo. Tal vez tuvieron un nivel de entendimiento que les permitió trabajar mucho tiempo juntos. Vanneste llamaba “plan democrático” al plan galopante, porque facilitaba a la gente trabajadora el acceso a un lote y a una vivienda propia. Esta confianza queda testimoniada en una carta que Vanneste le escribe a

Gesell, que se encuentra en Munich, Alemania, el 17 de abril de 1963. Le cuenta acerca de un “secreto” que “ya no es tal” porque “la villa está llena de rumores”. El tema es simple: una firma americana está interesada en comprar todos los lotes que le quedan a Carlos Gesell desde el Paseo 133 hacia el sur. Es un negocio millonario y Vanneste lo felicita pero se lamenta, porque esta posibilidad implica la “suspensión” de la venta de lotes, hasta que este negocio se cristalice por sí o por no. Carlos le contesta, desde Munich, que efectivamente está la propuesta americana, pero que él les impuso las siguientes condiciones: 1) que construyan casas y que las vendan con plazos largos, 2) que realicen el pavimento entre Villa Gesell y Madariaga (por Juancho), 3) que ensanchen la ruta entre Madariaga y Las Armas. Carlos reafirma su decisión de suspender la venta de lotes y justifica la venta en que traerá “un progreso enorme” y con el objetivo de “hacerme la vida más fácil”. Esto último no se cumplió... la “megaventa” no se hizo y con 72 años encima, el

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fundador tuvo todavía mucho trabajo por delante. * A don Carlos también lo preocupaba la utilización de su nombre con fines comerciales, y en este sentido prohibía expresamente que se lo incluyera en los volantes de publicidad de las agencias. Evidentemente nuestro fundador era un hombre meticuloso e insistente, y así lo demuestran varias cartas, en las que vuelve una y otra vez sobre las mismas pautas, preocupado por su cumplimiento efectivo. Por ejemplo, protesta contra la actitud especulativa de aquellos que no cumplen con el plan galopante, perdiéndose el descuento del 50% que otorgaba por no construir en el tiempo estipulado (seis meses). Sabe que mayor estímulo que rebajar un lote a la mitad es imposible, pero reconoce que “cualquier compra, aún sin el descuento del plan galopante, es conveniente por la inflación”. El objetivo era que el inversor compre y edifique, evitando la proliferación de lotes baldíos y la especulación, que haría variar los precios. Contra esto lucha. A su vez, va incorporando nuevas medidas de acuerdo a los cambios que presenta tanto su empresa como la realidad económica del país y de la Villa. En la temporada 1964-1965, reduce las cuotas de 24 a 10, y dispone una reorganización: divide la Villa en dos partes, Norte y Sur. “Por haber obtenido buenos precios y mejores condiciones le reserva el norte para la señora Elhan (Irell), quedando el sur para Vanneste”. La zona norte queda definida desde el Paseo 105 hacia el norte, y la zona sur desde el Paseo 107 hacia el sur, quedando una “tierra de nadie” que será de exclusivo manejo de Carlos Gesell. No explica el porqué de esta franja entre ambos “territorios”, pero de acuerdo a lo que dice a continuación, se supone que lo hizo para

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establecer una distancia y evitar conflictos. “La división orienta al comprador y no lo confunde” y agrega “debe haber armonía entre las dos agencias y no debe haber carteles de una zona en la otra y viceversa”. Con esta subdivisión, ordena que en los volantes, además de suprimir su nombre, se especifique “Villa Gesell Sur” y “Villa Gesell Norte” según el caso. Un poco más tarde, decide un nuevo encuadre para su nombre, incluyendo un slogan que ya era conocido: Carlos I. Gesell Fundador y Urbanizador de Villa Gesell “El balneario que se recomienda de amigo a amigo” Más arriba hicimos referencia a la propuesta de una empresa norteamericana (en 1964) de comprarle a don Carlos todos los terrenos que le quedaban, desde el Paseo 133 hasta el extremo sur. La compra no se concretó, pero a partir de entonces tomó la precaución de advertirles a sus agentes inmobiliarios que lo consulten cuando apareciera alguien con propuestas de gran envergadura. Diez años después la Villa exhibe un crecimiento enorme. La venta de lotes ya está en manos de varias agencias, pero don Carlos mantiene –o intenta mantener- un control sobre el gigantesco movimiento inmobiliario que hizo de Villa Gesell la localidad de mayor índice de crecimiento en la historia del país. En una carta fechada el 2 de abril de 1974, anota la lista de inmobiliarias que en ese momento están trabajando con sus terrenos: Vanneste -Irell - Salgado - Masor/Bevacqua - Nicastro - Maldonado - Confetto Llorens/Lara - Ketsner - Horizonte Seguramente estos martilleros recordarán aquellos tiempos como una época de oro.


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Escombros “Nunca disfrutamos de nada puro”, dice, sentencioso, Montaigne, en uno de sus ensayos. “La flaqueza de las cosas en su simplicidad y pureza naturales no pueden servir a nuestro uso”. Y, sin ingenuidad, completa: “Nuestro extremo placer tiene algo de gemido y de queja. El dolor y el placer, tan disímiles en su naturaleza, se asocian por una rara unión natural”. Nacido Michel Eyquem, señor de Montaigne en 1571, a los treinta y ocho años, se retiró de la vida pública hacia el horizonte de su “opera magna”. Es probable que no advirtiera que, al denominar “ensayos” sus escritos, fundaba un género, un modo de pensar que requiere una experiencia antes de arriesgar una verdad. Al leerlo en este tiempo nuestro puede añorarse su certidumbre y sentido común. Y Montaigne opinaría: “Hay algo de deliberación y complacencia en alimentarse de melancolía”. Sin embargo, en la contemplación de un río, en el temblor de unos gorjeos puede encontrarse, una verdad olvidada. Y me pregunto si esta verdad, similar a una fe, no era la búsqueda de Juan Laurentino Ortiz (1896-1978), que a los cuarenta y cinco cobró una jubilación y se fue a vivir a la orilla del Paraná, a concentrarse en su caligrafía de letra mínima, delicada, cincelando sin apuro su poesía, corregida una y otra vez, en la soledad de una existencia impregnada por ese sentimiento de pureza del que Montaigne, racionalista, pragmático, desconfiaba. “La entrada a Gualeguay tiene, en menos de tres kilómetros, ocho puentes que sortean canales y riachos. El último es un puente largo, que corre paralelo al puente viejo (1892) quebrado a la mitad sobre el lecho del río. Estoy otra vez en Gualeguay. ¿Cuántas veces ya? Siete, nueve, diez quizás. Me tomo un café en la YPF del pueblo antes de encontrar al Dr. Beracochea. Espero que hoy pueda ver finalmente la casa de los pájaros”. Con esta brevísima introducción empieza Mario Nosotti “La casa de los pájaros”, un intento moroso de biografiar un enigma que puede leerse como novela del camino. El introito se titula “Ruta de acceso”. Pero de qué clase de camino se trata. El camino de una escritura, en principio. Pero también es la reconstrucción de un itinerario, el de Juanele, que se inicia con una infancia en la selva, la memoria de la Guerra del Paraguay, las chacras judías pioneras, la luchas del anarquismo, los primeros esbozos poéticos, la Buenos Aires de los 20, el contacto con el pecé, la relación entre los grupos literarios porteños, un viaje súbito a Marsella, el retorno decisivo al pago, la militancia, la persecución política, otro viaje, ahora invitado a China, y después la determinación de recluirse sumido en el aura de esa orilla que, valga la metáfora, dejaría de ser periferia en el territorio literario nacional para convertirse en un centro. Todos estos datos refieren una intensidad que poco tiene que ver con la imagen posterior del gurú que el mismo cultivaría. Entonces, si alguien adhiere a la autonomía de los textos como dicta cierta crítica, uno puede también preguntarse si los datos agregan algo a la lectura y el goce de sus versos. Obvio, suman, porque Nosotti, en su investigación, pone en tela de juicio la autonomía del texto, su prescindencia de la historia individual y colectiva. “Habíamos despertado a los pájaros que dormían entre las hojas de las palmeras. / Ya el crepúsculo cuando los tordos se abatían sobre el bebedero, / y posados sobre los bordes conversan – de qué cosas vistas en los vuelos/ y desde los lomos de los caballos, de qué cosas de la luz, de qué cosas de las ramas, / de qué cosas terribles de los pasos?-, /ya el crepúsculo cuando los tordos conversaban”. Citar el texto no es gratuito en la medida que ancla el punto de vista desde el vuelo. “El mundo es un pensamiento/ realizado de la luz”, pensaba Juanele. Y así nos recuerda “Los años luz”, aquel film del suizo Alain Tanner en el que un viejo intenta armar en un galpón un aparato que vuele imitando los pájaros. Nosotti define el poema de Juanele “como una subjetiva que descubre la escena, el sujeto poético adopta la visión de los pájaros, y en ese sobrevuelo, ora alto (desde los lomos de un caballo, desde las ramas de un árbol), ora rasante, nos acerca a los misterios de la luz. La acechanza innominada de los pastos. Desde marzo hasta octubre, palomas, tordos,

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Por Guillermo Saccomanno

tijeretas, chingolos, loros, gorriones y otros “que no sé”, que ya son sólo alas, vuelo, el murmullo variable, la música de fondo de esos días”. Pero Juanele no se deja hipnotizar por el sortilegio: lo poético no oculta la realidad dura de lo rural. Porque desde el vuelo, como señala Nosotti, se tiene la conciencia del frío de los ranchos, el dolor de los pobres. En otro poema, Juanele habría de redondear su concepción lírica: “Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía/ igual que un capullo…/ No olvidéis que la poesía, / si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva / es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin”. Nosotti puntualiza: “La impresión que producen en él los fenómenos de la naturaleza ya no tienen que ver con la abstracción de una escena sino con el efecto de la materialidad”. En el autoconfinamiento su casa se convirtió en una variación, aunque más modesta, de la finca tolstoiana de Yasnaia Poliana. Mientras su poesía empezaba a ser de culto y difundirse lentamente y ganaba lectores jóvenes crecía su imagen de gurú del interior. Juanele proviene no sólo de un interior geográfico (Entre Ríos, el Gualeguay, una flora y fauna que trascienden lo concreto y se transforman en simbólicas) sino de un interior político que no es tanto paisaje como cuerpo. En este señalamiento, el objetivo de Nosotti consiste en deconstruir el mito y legitimar la voz que fortaleció, como argumento, a los jóvenes intelectuales provincianos para plantarse ante el colonialismo porteño. A medida que la investigación avanza (los viajes sucesivos a Gualeguay, casi peregrinaciones, hasta llegar por fin a “La Casa de los Pájaros”), lo que el biógrafo investiga es otra cosa. Del mismo modo en que Montaigne se dedica a sus ensayos, Juanele también se aparta del ruido para estar en la suya. Y Nosotti, por su lado, se cuestiona la necesidad, a esta altura, de una biografía del consagrado. Por tanto, su proyecto, en su hibridez afortunada, tantea, al modo Montaigne, una forma que es, en sus derivas, ensayo narrativo que va desde la teoría literaria al diario de trabajo y más acá, a su historia personal: “Escribo para saber quién soy”, escribe Nosotti. Y lo que nos entrega es confesión, deseo del yo escritural que, al espejarse en el personaje, en su constante interrogación de un sentido sólo puede encontrarse en ese poema que vuela como los pájaros y vale la pena leer una y otra vez planeando sobre la imposible pureza – no la hay, no puede haberla – del idealizado escenario natural.


Las recetas de Olivia Ragú de cordero Ingredientes (para dos personas): un kg de cordero fresco, una cebolla grande ó dos medianas, tres dientes de ajo, dos zanahorias, aceite de oliva, sal y pimienta, 20 cc de vino blanco, dos hojas de laurel, dos papas medianas. Preparación: el ragú (del francés “ragout”) consiste en cocinar en olla alguna carne, con vegetales y algún medio líquido. En este caso, usaremos carne de cordero, que puede ser un cuarto delantero, paleta, costilla, que siempre quedará exquisito. Claro que este adjetivo solamente nos involucra a los seguidores del sabor del cordero, que, como se sabe, sólo tiene seguidores o detractores… Cortaremos la carne en cubos generosos, de 4 cm de lado, y la pondremos en una cacerola donde ya tendremos un chorro de aceite caliente. Doraremos esa carne por todos sus lados, moviéndola con una pinza o con una cuchara de madera. E s el momento de agregar 15 gramos de sal y dos pellizcos de pimienta. Cuando esté dorada la carne, tres o cuatro minutos, agregaremos la cebolla picada en doble cincelado, los dientes de ajo enteros y pelados, y las zanahoria cortadas “paille”, finitas tiras. Cuando esté blanqueada la verdura, agregamos el laurel y un vaso generoso de vino blanco, o tinto, o rosado, o cerveza. Cualquier medio líquido

con sabor estará bien. Dejamos destapada la olla dos minutos hasta que evapore el alcohol, luego bajamos el fuego, tapamos la cacerola, y dejamos que todos los sabores se conjuguen amablemente, por unos 45 minutos. Este tiempo es estimado, y depende del corte de cordero usado: si son trozos grandes, o con hueso, tardarán más, y si son cortes pequeños, se cocinarán más rápido. Iremos revisando el fondo de la olla: siempre deberá tener algo de líquido, y si se seca, le agregamos más vino o simplemente agua, y volvemos a tapar la olla. Ya por entonces, deberemos tener peladas las dos papas y cortadas en trozos, que haremos al horno con apenas un chorrito de aceite de oliva, horno fuerte a 280 grados y a no perderlas de vista, porque son riquísimas doradas, pero si se pasan, habrá que hacer un arroz blanco, otra estupenda guarnición. También podemos usar el ragú para acompañar una pasta, queda fantástico. En nuestro caso, serviremos el ragú acompañado por papas doradas, con una mezcla de aromas que abrirá todas las ventanas de nuestros sentidos. Marida fantástico con un buen pinot noir, ó un firme malbec. Se acerca la época del cordero. Sugiero estar listos para el ragú, sabroso, clásico y siempre vigente. Salud !!!!!

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Pandemonólogos por Daniel Martínez Rubio

María la Tifoidea Typhoid Mary (Merriam Webster, Collins) Término utilizado para indicar “una persona que, por la fuerza de las circunstancias, a sabiendas o no, disemina algo indeseable —una enfermedad, un vicio, o una mala noticia—”. Se aplica informalmente a quien cambia de trabajo con excesiva frecuencia.

1. Verano de 1906 Cuando el inclemente verano de 1906 se abatió sobre la New York que crecía desaforada entre dos ríos de aguas grises, llenos de desechos industriales y de caballos muertos, el banquero Charles Henry Warren pensaba solo en los días que faltaban para estar en su casa de verano de Oyster Bay, ese ambiente de burgueses ricos que atraía a grandes personalidades, incluido el presidente Theodore Roosevelt. Warren no podía quejarse. Mientras fumaba el gran cigarro cubano y miraba la ciudad desde las alturas de su oficina, casi podía sentir en las paredes y en el piso de roble la vibración del dinero que brotaba, literalmente, de cada rincón de los Estados Unidos. Entre las volutas de humo repasó mentalmente el ejército de sirvientes contratados para el verano, y entre ellos, una perla especial, Mary, la cocinera, a la que había contratado una semana atrás, y de la que esperaba grandes proezas culinarias para afianzar ante sus amistades su don de hombre de mundo. Mary Mallon era una irlandesa corpulenta de 37 años. Había nacido en 1869 en un pueblo de Irlanda, flanqueado por el discurrir indeciso del Balinderry, al oeste de Belfast. El apellido Mallon procede de la palabra gaélica meall, que vale por “atractivo”; meallán es su diminutivo (o sea, “pequeña atractiva”). Los buscadores de simetrías no las hallarán esta vez al contemplar los retratos de Mary: cuerpo poderoso, altos pómulos, fuertes brazos, recogida cabellera rojiza, ojos pequeños que habían visto pasearse por su pueblo la larga sombra de la muerte por hambre, que se había abatido sobre Irlanda con el saldo de un millón de muertos y de tres millones de personas en la miseria absoluta, huyendo de la isla en busca de un mejor destino. Mary huyó de esa sombra alrededor de los quince años (mucho más tarde, ya desplegada su tragedia, porfiaría que había nacido en los Estados Unidos). En la Tierra Prometida pasó a ser casi el último eslabón de la cadena: era irlandesa, era católica, era pobre, era mujer. El servicio doméstico irlandés era particularmente apreciado. Hacia 1900 las crónicas registraron su paso por las cocinas de las casas de familias ricas de Manhattan. Nada sabemos, en cambio, de los quince años previos de Mary, que las crónicas no registraron y que ella escondió prolijamente, con un silencio obstinado. Los Estados Unidos de esos años entraban al nuevo siglo llenos de expectativas y de autoconfianza. William Randolph Hearst fogoneaba desde la prensa la “pequeña guerra” con España en 1898, que había servido para galvanizar los ánimos patrióticos. El estadounidense pasaría a ser el “americano”, y cantaría sin complejos, como el Pinkerton de Madama Butterfly, “Dovunque al mondo / Lo Yankee vagabondo...” En 1903, los hermanos Wright vencían a la gravedad en las dunas desoladas de Kitty Hawk. Entronizaban así un ícono de la cultura estadounidense: dos muchachos pobres del medio oeste hacían realidad sus sueños adolescentes, venciendo donde todos habían fracasado. En el extremo opuesto, Henry Ford encarnaba el prototipo del millonario puritano, que lograba inundar al mundo con automóviles y con loas al capitalismo. No bastaba para atemperar los ánimos positivistas de esa Progressive Era que el presidente McKinley hubiera sido abatido en Buffalo en 1901 por las balas anarquistas de

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Leon Czolgosz. El reemplazante de McKinley, el energético y rechoncho Theodore “Teddy” Roosevelt, prometía la política del garrote “dovunque al mondo”. No bastaba tampoco el solo minuto de abril de 1906 en el que un terremoto había destruido San Francisco casi en su totalidad. El vuelo de los hermanos Wright terminaría abruptamente para uno de ellos —Wilbur— en 1912, a causa de la fiebre tifoidea, subrayando brutalmente que los peligros estaban más en la tierra que en el aire.

2. Velada de una noche estival La velada había sido un éxito, a la altura de las expectativas del señor Warren. La cena, compuesta por Mary Mallon para una cálida noche de verano, había transcurrido entre murmullos aprobatorios. Sopa Nantucket de pepinos, langosta Thermidor, pollo asado, ostras de Grand Central y sorbete de duraznos. Como gran final, merengues y pumpkin pie para acompañar el café, el brandy y las charlas de sobremesa. La noche se había completado con Lesley Ann, la hija menor de los Warren, interpretando canciones en francés, acompañada al piano por la señora Warren. El brindis final había sido en la galería, frente a la bahía iluminada por la luna estival. Pero esta felicidad tendría su fin diez días después de la cena —el 27 de agosto de 1906— cuando Lesley Ann enfermó de algo que, luego de algunas vacilaciones de los médicos, fue diagnosticado como fiebre tifoidea. En el transcurso de la semana, cinco personas más presentaron los mismos síntomas, incluida la señora Warren, dos criadas, el jardinero y un invitado. La circunstancia de un brote de fiebre tifoidea en un sitio veraniego de lujo resultaba completamente anómalo. Era una enfermedad asociada con la pobreza, con la falta de higiene, con los “miasmas”. Un grupo de expertos locales se abocó a la tarea de descubrir la causa de la incómoda situación. Cuando el verano terminó, todas las pesquisas se habían negado a indicar un culpable. Al promediar el otoño, fueron contratados los servicios de George Albert Soper, quien ingresó así en la historia y en la vida de Mary. Si bien le decían doctor, no era en verdad un médico, sino un ingeniero sanitario, un doctor de ciudades enfermas, al servicio del Departamento de Salud de New York (lo que no parece haberle impedido aceptar un trabajo free lance). Soper tenía un módico, aunque sólido, prestigio como investigador de brotes epidémicos de fiebre tifoidea, de fiebre amarilla y de cólera. Sus campos de batalla eran los mapas con banderitas de colores clavadas en ellos, y sus armas, las estadísticas. Los retratos de Topy —como era llamado Soper en su familia— y las opiniones de sus cronistas no son demasiado indulgentes: rostro serio y angosto, “que recordaba a un galgo”, bigotes cuidadosamente recortados, calvicie incipiente, cierto amaneramiento en sus modales. Las crónicas posteriores esbozan una personalidad racista, prejuiciosa, sexista y ambiciosa. Pero Topy fue eficiente en la tarea de detective epidemiológico. La llevó a cabo con pasión obsesiva, que perduró años después de los hechos. En 1939, un año después de la muerte de Mary, publicó The Curious Case of Typhoid Mary.

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3. La Bestia María la Tifoidea era el sobrenombre con el que Mary Mallon había pasado a ser conocida. Tifus y tifoidea provienen de la palabra griega que equivale a “humo” o “neblina”, para describir el estado de confusión y de estupor mental (typho) de los afectados por la enfermedad o, mejor, por las enfermedades, ya que el tifus y la fiebre tifoidea, a pesar de su cercanía fonética, no tienen relación entre ellas. Aun más, el término “tifus” designa en realidad a varias enfermedades poco relacionadas. La voz griega reverberó en el árabe, en el persa y en el chino, donde designó las tormentas del Mar de la India, para regresar finalmente a Occidente como tifón. El vocablo remite también a la mitología griega. Typhaon o Typhoeus, hijo monstruoso de Gea y de Tártaro, rebelado contra el Olimpo y vencido por Zeus, fue arrojado al mundo subterráneo, donde su rabia engendra las erupciones volcánicas. La fiebre tifoidea parece haber estado presente desde tiempos antiguos en la memoria de los hombres, confundida entre las innumerables “fiebres”. Solo en el siglo XVII se intentó una descripción completa que la individualizara, aunque el nombre de “fiebre tifoidea” lo usaría Pierre Louys recién en 1829. Durante tres siglos el estándar de tratamiento de la tifoidea fue “sangrar, vomitar, purgar”. Recién en 1880 Eberth identificó el bacilo causante (que no llevaría su nombre sino el de Salmonella typhi). La convicción popular y muchos científicos siguieron sosteniendo que la causa final estaba en los miasmas, la mala higiene y la pobreza. Tenían bastante razón, ya que, en definitiva, se trata de una enfermedad transmitida por el agua, o por alimentos contaminados por heces humanas. La bestia asomó una y otra vez su cabeza desde las entrelíneas de las estadísticas. Al terminar la Guerra Boer en 1902, los británicos contaron 8.000 bajas en los campos de batalla, y 13.000 por fiebre tifoidea. Unos años antes, las inundaciones del Lago Michigan habían dejado más de 90.000 víctimas de tifoidea y de cólera. En el mismo año en que Mary se afanaba en la cocina de la familia Warren, se habían reportado más de 3.000 casos de tifoidea solo en el estado de New York, con 600 víctimas fatales. Algunos historiadores sostendrían que muchos años antes, en 1830, ella —la fiebre— se había llevado al General Bolívar en su vuelo final desde la quinta de San Pedro Alejandrino, en una Santa Marta sumergida en el caos. Pero ya se sabe con la historia latinoamericana... En esos años positivistas, las ciudades y los pueblos de la costa este de los Estados Unidos temían ser señalados por sus vecinos como responsables de un brote epidémico. Todos se sentían ofuscados ante la perspectiva de ser equiparados con las vejaciones y con las miserias del viejo mundo. Para el desafortunado enfermo, el mal hacía su presentación una a dos semanas después del contagio. Altas fiebres, cefaleas infatigables, lenta evolución a un estado de postración, en una niebla turbia de estupor, de confusión y de delirio. Las diarreas, los vómitos y los dolores de abdomen eran acompañantes comunes, así como ciertas manchas rosadas que cubrían el cuerpo. Si el enfermo llegaba a un hospital, la bacteria podía ser hallada en su interior —en la sangre, en los intestinos y en la orina— y los médicos bajaban un poco la voz para informar a los familiares que uno de cada cuatro pacientes no sobreviviría.

que aplaudía entusiasta la entrada a escena del Doctor George A. Soper, PhD. Las nuevas pesquisas y la repetición de las anteriores no arrojaron resultados. Soper, taciturno y empeñoso, no se dio por vencido e investigó sistemáticamente a cada uno de los visitantes de aquel verano. Llamó su atención la cocinera —una tal Mary Mallon— que había sido contratada unas semanas antes de la aparición de los casos, desapareciendo después con destino desconocido. Un tiempo atrás había leído la transcripción al inglés de un informe científico, publicado dos años antes por el famoso bacteriólogo alemán Robert Koch. El informe relataba un brote de fiebre tifoidea en Estrasburgo, cuyo origen Koch había rastreado hasta la dueña de una panadería, en perfecto estado de salud, pero cuyo organismo albergaba y diseminaba la temida bacteria. La denominó un portador sano, pero las traducciones ocultan la resonancia tenebrosa de la palabra en alemán — typhusbazillenträgerin— que evoca algún íncubo de los bosques del norte de Europa. Se sabría años después que entre dos y cinco personas de cada cien que contraían el mal —y sobrevivían— serían portadores sanos de por vida, alojando en su interior al agente productor de la enfermedad, que se reproduciría indefinidamente en sus intestinos, inmunes a la enfermedad pero capaces de transmitirla y de desencadenar una epidemia si las condiciones eran las apropiadas. En una era sin antibióticos y con condiciones sanitarias paupérrimas para la mayoría de las personas, la perspectiva era siniestra. Se dice que los médicos pueden arribar a un diagnóstico por dos caminos diferentes, sin contar el azar y la serendipia: por la vía analítica, racional, barajando las distintas alternativas posibles, o por la vía gestáltica, intuitiva, viendo el diagnóstico entre la multiplicidad de signos y de síntomas. Nunca sabremos con certeza por cuál camino le

4. La pesquisa Cuando George Soper llegó a Oyster Bay, habían pasado muchas semanas desde que la familia Warren había regresado a Manhattan. Había declinado la oferta de alojarse en el coqueto Massapequa Hotel, recientemente inaugurado, prefiriendo en cambio la casa que los Warren habían habitado, quizá con el celo profesional del detective en la escena del crimen. Esa noche, sentado en la galería, mientras fumaba adormilado una pipa pensativa, soñó con un ujier monstruoso de cien cabezas que anunciaba a la multitud

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llegó a Topy la visión, pero a partir de allí la certidumbre lo empujó con entusiasmo y tenacidad a la búsqueda de Mary Mallon: la cocinera era un portador sano, responsable del brote de tifoidea en Oyster Bay. Era el primer caso en América y él había sido señalado por la Providencia para descubrirlo. La combinación de entusiasmo y de juicio erróneo puede tener resultados devastadores, pero en este caso Soper tuvo razón. En marzo de 1907, luego de meses de búsqueda, la aparición impensada de varios casos de tifoidea en un suburbio elegante de New York guió los pasos de Soper, que dio con Mary trabajando en una mansión de Park Avenue, donde se encontró con ella. Nunca sabremos con exactitud el contenido del diálogo, pero seguramente predominaron los énfasis y las pasiones (y no los argumentos) ya que Soper relata su huída de la casa perseguido por una Mary Mallon armada de un cuchillo que lo tenía como destinatario. No corrió mejor suerte la doctora Josephine Baker —en 1907 todavía era una leve anomalía ser mujer y médica— enviada por el Departamento de Salud: fue expulsada por Mary sin miramientos, pero con abundancia de injurias, de lo que la doctora Baker dejó constancia, así como de su fuerza física: “...Peleaba y maldecía como un carrero...”. Mary se sentía fuerte y jamás —como lo reiteraría muchas veces— había estado enferma. Nunca, en los años que siguieron, aceptaría su responsabilidad en los casos de tifoidea que se le imputaron. Finalmente, la ley, encarnada en la doctora Baker y en cinco corpulentos policías uniformados, logró lo que no habían podido la persuasión y las amenazas. Mary fue trasladada por la fuerza al Willard Parker Hospital, donde los estudios de su sangre y de sus excretas sellaron su suerte. Mary era una typhusbazillenträgerin, el primer caso confirmado de portador sano de fiebre tifoidea en América. La pesquisa de Soper pudo reconstruir la vida de Mary desde 1900 en adelante, y sus sospechas se confirmaron: Mamaronek, New York, Dark Harbor, Sands Point, Tuxedo Park, Oyster Bay, nuevamente New York. En todos ellos la figura repetía el mismo patrón: residencias de familias pudientes, ingreso de Mary, casos de tifoidea (uno de ellos fatal) abandono posterior del trabajo. En todos ellos, Mary había atravesado el episodio sin mostrar signos de enfermedad, “sana como una yegua”, como Soper dijo atolondradamente a la prensa.

5. La isla sombría Donde el Long Island Sound se une con el East River, frente a la bahía de Bowery, el detritus milenario ha formado tres islas, rodeadas por aguas traicioneras para la navegación. La mayor es Rikers, famosa por su presidio; las otras son North Brother Island y su hermana menor y deshabitada, South Brother Island. En North Brother Island, asiento de un faro, se habían construido a partir de 1885 las instalaciones del hospital de Riverside, para albergar en cuarentena a los temidos enfermos contagiosos. La tuberculosis, el tifus, el cólera, la fiebre amarilla, la fiebre tifoidea, el sarampión, la escarlatina y la viruela asolaban comunidades enteras, sin discriminar si eran industriosas, blancas o temerosas de Dios. Si el enfermo era además extranjero y pobre, la función de las tres islas parecía un epítome de sus destinos probables: la cárcel, la cuarentena, la desaparición. No obstante, aun estas sombrías perspectivas representaban una mejora en la suerte de cientos de enfermos del pasado inmediato, que eran literalmente buscados y “cazados” por sus propios vecinos, y obligados —a veces a punta de pistola— a abandonar sus comunidades y a enfrentar las peligrosas aguas o, aun peor, a flotar anónimamente sobre las mismas. Los brotes epidémicos tendían a sacar a la superficie el lado oscuro de los hombres y de los pueblos: el miedo, la sospecha, la delación, el odio, la violencia contra lo diferente. Después de unas semanas de aislamiento forzoso en el hospital Willard Parker, la justicia ordenó la reclusión de Mary en North Brother Island, donde le fue asignado un pequeño cottage en el que viviría los tres años siguientes, sin otra compañía que la de su fox terrier. La población de la isla se componía del escaso personal del hospital Riverside, que asistía casi exclusivamente a enfermos de tuberculosis, mal que se multiplicaba

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raudamente en las ciudades de ambas orillas del East River. Desde las poco hospitalarias playas de la isla podían verse las siluetas de las ciudades bajo amenaza. A Mary le estaba permitido preparar su propia comida pero le estaba vedado abandonar la isla. No hubo acusación, ni juicio, ni condena formal. El Departamento de Salud recurrió a los poderes discrecionales que le otorgaba una ley reciente, que le permitía segregar de la sociedad a las personas con enfermedades contagiosas. Mary batalló por su libertad a través de cartas a las autoridades. Su historia tomaría otro giro al intervenir la prensa de la época, encarnada en el New York American, el periódico sensacionalista del magnate de los medios, William Randolph Hearst. Hearst —que sería el modelo para el Citizen Kane de Orson Welles en 1941— perseguía con tenacidad y con pocos escrúpulos su ambicionado Rosebud: prevalecer sobre su competidor, Joseph Pulitzer y su periódico World, lo que finalmente lograría. El caso de Mary Mallon les daba una oportunidad para mostrarse como adalides de la causa de los pobres y de los excluidos, con un ojo especialmente puesto en la numerosa e influyente comunidad irlandesa. El New York American tomaría la delantera, haciendo público el affaire Mallon, imponiendo el nombre con el que se conocería a la desafortunada cocinera irlandesa desde ese momento: Typhoid Mary. No faltó el ingrediente de la ambivalencia. En un artículo aparecido en el New York American el 20 de junio de 1909 —con una tirada de 800.000 ejemplares— el texto apela a la empatía del lector para con el caso, pero la ilustración acompañante propone la imagen de una cocinera arrojando pequeños cráneos humanos a una sartén humeante. Mary había dejado de ser invisible. Su historia captaba la atención de toda una nación, que polemizaba acerca de dónde trazar la línea divisoria entre los derechos individuales y los derechos de una sociedad que se protegía. Alguien más entraría en la historia de Mary Mallon, alias Typhoid Mary: George Francis O’Neill, un joven abogado de 34 años, que iba a asumir el papel de defensor ante las cortes de New York. Quedaría sin responder la pregunta si O’Neill fue contratado por Mary con sus exiguos ahorros, si —como algunos cronistas deslizan— fue la mano y la billetera de W. R. Hearst las que lo empujaron a escena, o si O’Neill —que tenía ambiciones políticas— vio una oportunidad para su promoción personal. Las fotografías de Mary son escasas, y aun más lo son los documentos de primera mano. Entre estos últimos figura una carta escrita en junio de 1909, poco antes de comenzar su batalla en los estrados judiciales. El original de puño y letra puede encontrarse en Internet. La letra es llamativa por el desorden del trazo horizontal de las “t” (a veces ausente, a veces precediendo o siguiendo a la distancia a la letra), por el uso de un símbolo peculiar para la conjunción y, y por algunas curiosas marcas diacríticas que parecen acercar la grafía a una lengua gaélica. El contenido, en cambio, es liso y llano. Mary se revuelve amargamente contra su encierro, contra la indiferencia burocrática de los médicos que la asisten, contra la humillante obligación de proveer sus heces todos los lunes, los miércoles y los viernes, contra el descuido hacia su problema ocular (¿una parálisis facial?). También contra las ofertas terapéuticas que se le presentan y que ella rechaza sistemáticamente, aun al precio de su libertad: la urotropina, la levadura de cerveza, algo llamado ominosamente Anti Autotox, y finalmente, contra la remoción quirúrgica de su vesícula biliar, un quid pro quo al que Mary se negará con horror celta, pese a la recomendación del juez Mitchell Erlanger, de la Corte Suprema de New York, quien, fastidiado por las negativas de Mary, terminará denegando su pedido de liberación, inmune a la elocuencia del abogado O’Neill. En otro plano, Mary también rechazará la propuesta de Soper de escribir un libro sobre ella a cambio de su cooperación. Los argumentos del abogado para el pedido de libertad de Mary habían apuntado inteligentemente en varias direcciones, que iban desde la denuncia de manipulación de los resultados de laboratorio hasta el favor de la opinión pública. O’Neill reveló discrepancias entre el laboratorio “oficial” y el laboratorio privado que había sido contratado por Mary, recusó la ley invocada por el Departamento de Salud, que decía “personas enfermas” —y Mary estaba sana— y recordó que para ese momento, en 1909, ya habían sido detectados en América del Norte unos cincuenta portadores sanos de fiebre tifoidea, ninguno de los cuáles había sido aislado por la fuerza. La liberación llegaría casi un año después, en febrero de 1910, reflejando más los vaivenes veleidosos de la


política que el triunfo de la justicia. El nuevo comisionado del Departamento de Salud — Ernst J. Lederle— vio, al mismo tiempo, la oportunidad de liberarse de un problema embarazoso y de complacer a la opinión pública, volcada hacia la causa de Mary; de paso, como todo político, subrayaría que enmendaba errores de sus antecesores. Mary firmó un acuerdo que permitía su liberación, comprometiéndose a no ejercer el oficio de preparar alimentos para sus semejantes. Debía, además, presentarse periódicamente ante el Departamento de Salud de New York para ser sometida a exámenes de laboratorio.

6. La parábola final Alguno podría entrever un patrón en las biografías de Mary Mallon, incluso en sus biógrafos más empáticos. Los sentimientos de los autores parecen describir una parábola, que comienza en una abierta simpatía y termina en cierto rechazo moral y estético. También la opinión pública de la época parece mostrar este dibujo, desde el honesto sentimiento de repudio ante una injusticia hasta el rechazo, la invisibilidad gradual y el olvido final. Solo parece haber sobrevivido el epíteto denigratorio —Typhoid Mary— ya con la vida propia de los símbolos. La vida de Mary parece haber descripto también esta parábola. Luego de su liberación en 1910, Mary tuvo que renunciar a su oficio de cocinera y debió bajar más de un peldaño en las opacas cosmogonías del servicio doméstico. Donde antes había ocupado un sitial de respeto, rigiendo como una divinidad menor la comarca de las cocinas, ahora se ocupaba de lavar y de planchar, en competencia con huestes de mujeres recién bajadas de barcos hacinados de inmigrantes, más jóvenes, más inexpertas, más dóciles. Significaba también un salario más exiguo, que volvía a acercarla a la negra nube de la miseria que la acechaba desde siempre. La parábola descendente arrastró también, como un vendaval, los pocos puntos de apoyo de Mary. El abogado O’Neill fallecería en la víspera de la Navidad de 1914, víctima de la tuberculosis, después de que hubiera fracasado la demanda de Mary a la ciudad de New York por cincuenta mil dólares. Y un par de años antes había muerto Breihof. Biógrafos muy diversos —el mismo Soper, Judith Walzer Leavitt recientemente, testimonios directos— coinciden en señalar oblicuamente un rasgo de Mary: el que su aspecto físico y su forma de andar “eran impropios de una mujer”. La velada sugerencia carece de pruebas. La única relación de convivencia por largos años que se le conoció a Mary fue con un hombre de apellido Breihof, ya que las crónicas extraviaron su primer nombre. Ha quedado una imagen poco halagüeña de él: alcohólico, desempleado crónico, desaseado. Qué pasiones habrán acercado a la cocinera irlandesa y al bueno para nada venido de algún país del Mar del Norte, no lo sabremos. Unos meses después de la liberación de Mary, Breihof falleció en un hospital por “un problema cardíaco”, término vaporoso que podía esconder el alcoholismo, una enfermedad infecciosa, o simplemente la ignorancia y la desidia de los médicos. Mary estaba sola. Ocurriría lo que era inevitable. Cabe en este punto interrogarse sobre algo que surge al leer las crónicas. ¿Sabía Mary, en el fondo de su conciencia, que podía dañar a sus semejantes, aun sin proponérselo? ¿Por qué Mary abandonaría cada trabajo unas semanas después de aparecer los casos de tifoidea? ¿Tendría una oscura intuición o simplemente era su eterno diálogo con la negra nube que la seguía lo que la obligaba a marcharse? Luego de la liberación, Mary se hizo nuevamente invisible. A partir de 1911 dejó de acudir a sus citas periódicas con el Departamento de Salud. Era una lavandera de más de cuarenta años trabajando en los suburbios, sin que existiera en ese entonces una red de seguridad, un welfare system que la protegiera. Hizo lo esperable. Volvió a su antiguo oficio de cocinera, que ejerció bajo distintos pseudónimos: Brown, Bresof, Breihof (indudablemente, en recuerdo de su único compañero). Esta vez no serían las cocinas de casas ricas, sino oscuros lugares suburbanos poco exigentes con los antecedentes de sus empleados. En marzo de 1915 hubo un brote de fiebre tifoidea en el Sloane Hospital for Women, una maternidad en la intersección de la calle 59 y la avenida Amsterdam, en Manhattan. Veinticinco personas del personal del hospital enfermaron, y dos murieron. Como heraldos del pasado, aparecieron nuevamente en escena George Soper y la

doctora Josephine Baker, que en esta oportunidad no necesitaron desplegar demasiado sus dotes detectivescas. La cocinera del hospital —una tal “Mrs. Brown”— no solo correspondía a la descripción física de Mary, sino que recibía por parte de sus compañeros de tareas, que no imaginaban la verdad, el apodo burlón de Typhoid Mary. Curiosamente, esta vez no abandonaría el trabajo, ni aun después de que se obtuvieran muestras para estudio del personal de cocina. Fue hallada acurrucada en el baño de su domicilio suburbano y no opuso resistencia. No la opuso ella ni la opinión pública, repugnada al saber que había puesto en peligro a madres y a recién nacidos. Es cierto también que los millones de muertos de la Iª Guerra Mundial pronto atraerían a los periódicos, que olvidarían tanto el módico récord de Mary como su persona. El mismo mes de marzo de 1915, Mary Mallon era confinada nuevamente en North Brother Island. Hasta su muerte, ocurrida 23 años después, no abandonaría la isla.

7. El adiós a Mary Mallon Más de dos décadas transcurrieron. Los fantasmas del General Slocum —el barco repleto de familias alemanas luteranas que se había incendiado en 1904 en medio del río— vovieron cada año a visitar las toscas orillas de North Brother Island, más de mil espectros con sus vestidos domingueros, sus voces germánicas y sus prolijos paquetes de Leberwurst, pepinos y pan negro. En su pequeño cottage de prisionera, Mary Mallon se habrá sentido a salvo —tal vez por primera vez en su vida— del hambre y de la miseria, especialmente cuando la Gran Depresión arrojó a cientos de miles a la desocupación y a la pobreza. Mary tendría un modesto trabajo —era asistente de laboratorio— hasta el fin. Nos consta que vivió años frugales, pero sin apremios. Al morir no dejaría deudas, había pagado de antemano su propio entierro, y legaría cuatro mil dólares a Adelaide Offspring, una enfermera de Riverside con quien había tejido algo cercano a una amistad. Esporádicamente saldría de su ostracismo para enviar una carta ofuscada a las autoridades, reclamando por su situación, pero hay que decir que sin la vehemencia de antaño. Estaba atrapada en la telaraña legal, que había decidido al mismo tiempo protegerla y olvidarla. Tal vez percibió un sabor parecido a la felicidad —o a la resignación— y aceptó su destino. Había huido una y otra vez, a través de decenas de cocinas estadounidenses, de su perseguidora. Ahora, a salvo de ella, sintió quizá el sabor agridulce de la derrota mezclado con la certeza de haber terminado su huida. Nunca más trataría de escapar. Una de las fotos más conocidas de Mary es de esta época y la muestra junto a la bacterióloga Emma Goldberg Sherman, quien dejaría los mejores testimonios de Mary de estos años. Mary no luce infeliz en la foto, más bien orgullosa. La contundencia de su cuerpo contrasta con la figura frágil de Emma. El relato de la bacterióloga parece recorrer la misma parábola entre la simpatía y el rechazo que trasuntan las biografías, y eso que ella misma era parte de la casta de los marginados, ya que había sufrido discriminaciones laborales motivadas por su condición de judía. La crónica de Emma es impiadosa cuando se refiere a los hábitos higiénicos y al aspecto personal de Mary. Además de Adelaide y de Emma, Mary parece haber anudado relaciones de amistad con Aleksandra Plavska —una médica rusa con un vago título de nobleza barrido por la Revolución— que aparentemente fue su protectora, y con Mary Lempe, quien tal vez la ayudó en los años prófugos. De Julie Efros —nieta de Plavska— ha quedado grabado, en un documental de la BBC, quizá el único testimonio lleno de afecto y de calidez hacia Mary, como hablando de una amiga querida: “...She was warm and dear and was always trying to help in some way...”. Un día de diciembre de 1932, Emma Goldberg Sherman notó con cierta preocupación que Mary no se había presentado a trabajar en el laboratorio. Costó abrir la puerta de su cottage, obstruida por decenas de objetos y muebles en desorden. Mary había sufrido una “apoplejía” y yacía en el suelo, inconsciente y con medio cuerpo paralizado. Nunca se recuperaría, perfeccionando su confinamiento a una cama del hospital de la isla. Tendría períodos de lucidez, durante los cuáles dictaría un testamento minucioso y pragmático, y saldaría sus deudas. Emma refiere que Mary nunca logró reconocerla de nuevo. Un tiempo después, la bacterióloga abandonó North Brother Island para siempre. Cuando Mary falleció, a fines de 1938, los Estados Unidos y el mundo se preparaban para recibir nuevamente una nube de dolor y muerte, que se llamaría Auschwitz, Hiroshima, Varsovia o Leningrado, entre otros muchos nombres. Las crónicas registraron la presencia de nueve personas en el entierro, en la iglesia católica de St. Luke. Se sabe quiénes eran siete de ellas. Nada cuesta imaginar que los dos desconocidos fueron George Soper y Josephine Baker, dejando el último adiós a Mary Mallon desde los repliegues del anonimato. Entre las mezquinas necrológicas, un periódico hizo notar que 237 portadores sanos de fiebre tifoidea estaban en ese momento bajo el escrutinio del Departamento de Salud de New York, y que ninguno había sufrido la privación de su libertad. En el antiguo cementerio de Saint Raymonds, en el Bronx, se repiten incesantemente nombres italianos, irlandeses, eslavos y alemanes. También hay algunos muertos célebres: la cantante Billie Holiday, un par de gangsters conspicuos... Frente al portón de hierro del cementerio, Charles Lindbergh entregó el dinero del rescate de su hijo, que ya había sido asesinado. En ese lugar sueña su sueño definitivo Mary Typhoid Mary Mallon. La lápida de su tumba casi anónima despliega, tallados en la piedra, unos lirios que envuelven una cruz. Al pie puede leerse la leyenda “Jesus Mercy”. Debajo del nombre de Mary, en lugar de las dos fechas separadas por el guión, está solamente la fecha de su muerte, el 11 de noviembre de 1938. Entre el nombre y la fecha, por un lado, y la leyenda al pie por el otro, la superficie rugosa del granito está en blanco, como un espacio abierto que invita a conjeturar la clave de la vida de Mary Mallon, cocinera y prisionera, víctima y verdugo, símbolo de algo siempre a punto de revelarse.

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