La solidaridad geselina sigue presente El Rotary y las cooperativas donaron un arco en C para el Hospital Importante donación de la fundación Hilfe para Fundamun
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Abril 2021
Villa Gesell Año - XXXIII Nro 2036
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Llegó la segunda ola, vuelven las restricciones
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Llegó la segunda ola, volvieron las restricciones En un mensaje en vivo a través de las redes sociales de la Municipalidad, el intendente anunció las nuevas restricciones tras los anuncios nacionales y provinciales. Entre otras cuestiones, resaltó el fuerte aumento de casos en Gesell y en la zona y afirmó que, en base a las tres jornadas de testeo en la plaza Carlos Gesell, donde se realizaron unos 250 testeos, se puede determinar que en la ciudad hay unos tres mil vecinos asintomáticos, que no saben que tienen en virus y son agentes de contagio. En cuanto a las restricciones, tras los anuncios provinciales, explicaron que las actividades deportivas se permitirán hasta diez personas, los cultos religiosos hasta 20 personas, y actividades sociales y culturales en espacios públicos hasta 30 personas. Las restricciones horarios siguen siendo de 23:00 a 6:00 para el comercio y de 0:00 a 6:00 para la circulación. Están prohibidas las reuniones sociales. En cuanto al reclamo específico de gimnasios, estos podrán trabajar con un aforo del 30%, y los natatorios, sin importar su tamaño, hasta 10 personas en total. Los comercios gastronómicos podrán trabajar hasta un 30% en espacios cerrados y el 100% del aforo en espacios abiertos.
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Llegó al Hospital el arco en C donado por el Rotary y las cooperativas Esta semana arribó al Hospital el arco en C adquirido por el Rotary Club, junto a las cooperativas Cotel, Cevige y Mar y Sierras, para el Hospital. El aparato marca GBA, el cuál es fundamental para los servicios de traumatología y cirugía. La inversión total rondo en unos U$S 87000, cifra que fue cubierta por los donantes en un 45%, siendo el resto aportado por la comuna. Además esta incorporación representa una mejora sustancial en términos de prestaciones médicas hacia los pacientes como así también para los profesionales que lo utilicen. Mediante un comunicado, el Rotary Club Villa Gesell "agradeció públicamente a quienes apoyaron el proyecto y se enorgullece de haber podido unir a estas importantes instituciones con el fin de lograr un bien común, tal cual el legado de Don Carlos Idaho Gesell y los pioneros de nuestra ciudad."
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Los adjudicatarios del barrio ex-Foecyt ¨festejaron¨
diez años del sorteo de las viviendas inconclusas Los adjudicatarios del barrio ex-Foecyt, el grupo de viviendas sociales en gran parte inconclusas de 122 y 15, emitieron un comunicado para recordar los diez años del sorteo de las viviendas, un paso más dentro de la serie de promesas que llevaron a este barrio a seguir inconcluso, a treinta años de su lanzamiento. Comunicado de prensa Villa Gesell, Abril de 2021 Por estos días de abril, se cumplen 10 años del sorteo de adjudicación de las viviendas sociales de nuestro Barrio (Ex- Foecyt) ante Escribano Público. El acto se realizó en la Casa del Abuelo, con presencia de autoridades municipales y del Instituto de la Vivienda de la Provincia de Buenos Aires. Hoy, diez años después, la algarabía inicial ante tan anhelado sueño ha mutado en una lucha incesante para la entrega de nuestras casas. De las 142 viviendas del fallido Plan Federal II, sólo se entregaron 40. Durante el sorteo alguien dijo que "se iban a pagar las deudas de la política". Según nuestro balance, en 2021 las cuentas siguen en rojo. Han pasado gobiernos y gobernantes, llegaron a Gesell visitas "ilustres" antes de cada elección, se anunciaron supuestos financiamientos para su reactivación, se hicieron (y aún se hacen) promesas de todos los colores políticos; incluso dirigentes locales han llevado a cabo acciones judiciales. Sin embargo, la respuesta está a la vista: sólo hay un "cementerio de casas" donde debieran estar nuestros hogares. Y esa triste realidad es el motor que nos impulsa a seguir reclamando por nuestro derecho social a la vivienda, que quedó trunco en 2011. Nuestro grupo de vecinos y vecinas no considera el camino de la "salvación individual" porque trabaja por una meta comunitaria; mantiene la apertura al diálogo permanente con las autoridades, está atento a las propuestas de solución y continúa unido y firme por el justo e histórico reclamo colectivo: la finalización y entrega de las 102 viviendas a sus adjudicatarios y adjudicatarias, tal como debió hacerse hace DIEZ AÑOS. Seguimos esperando respuestas CONCRETAS. Grupo Autoconvocados Barrio Ex FOECYT Villa Gesell
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La Fundación Hilfe realizó una importante donación al proyecto Fundamun La Fundación Hilfe gestionó la donación de 150 bolsas de pegamento de 30 kilos de la empresa Saint Gobain, que fueron entregadas a Fundamun para la construcción de un centro de rehabilitación integral para el tratamiento de distintas discapacidades, que está en desarrollo en Circunvalación y Paseo 100. El presidente de Fundamun, Ernesto Centric, recibió la donación y agradeció a la empresa por su compromiso social y colaboración constante y destacó la labor desinteresada y solidaria de Hilfe. El centro de rehabilitación integral Fundamun contará con atención médica de kinesiólogos, fisiatras, médicos clínicos, fonoaudiólogos, psiquiatras, nutricionistas, musicoterapeutas, terapistas ocupacionales, trabajadores sociales, profesores de educación especial, profesores de educación física especial, licenciados en artes visuales y acompañantes terapéuticos para un abordaje completo e integral de quienes lo necesiten, convirtiéndose en la única
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institución en su tipo en toda la zona sur de la Provincia de Buenos Aires, y en una de las pocas que funcionarán en el país en su especialidad, generando un fuerte impacto social positivo en toda la región, siendo de vital importancia para la colaboración y descompresión del centro más cercano, el reconocido, INAREPS de la ciudad de Mar del Plata. Sobre Fundación Hilfe La Fundación se aboca a la gestión de diferentes elementos para mejorar la calidad de vida de quienes viven en la zona. Actualmente, suma su aporte al Sistema Sanitario frente a la pandemia, realizando gestiones permanentes para adquirir los elementos necesarios para luchar de la mejor manera contra el COVID-19. Para esta labor se necesita la colaboración de vecinos, instituciones o empresas quienes lo deseen pueden contactarse con la fundación a través de sus redes o ingresar a www.fundacionhilfe.com.ar para más información.
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Las recetas de Olivia CHAMPIÑONES A LAS FINAS HIERBAS INGREDIENTES (para dos personas): diez champignones frescos y grandes, aceite de oliva, manteca, media cebolla, tres dientes de ajo, media taza de caldo, media copa de vino blanco, hierbas frescas, tres o cuatro, pueden ser perejil, romero, salvia, menta, orégano, sal, pimienta, una rodaja de batata, una rodaja de miga de pan. PREPARACIÓN: poner en una sartén una cucharadita de manteca y una cucharada de aceite, agregar la media cebolla picada muy fina. Cuando esté blanqueada, agregar los champiñones cortados en 2 o en 4. Dejar dorar treinta segundos, y agregar el ajo picado. Agregar la mitad de las finas hierbas, picadas pero no tan fino que sean un polvo; mas bien, que se vean. En quince segundos, remover la sartén para que todo se integre, y agregar la media taza de caldo. En otra sartén, habremos freído cubos de batata de 2 cm de lado. Y a la vez, en otra sartén habremos dorado la miga de pan, cortada de cubos, apenas sobre tres gotas de aceite, de ambos lados, y que queden crocantes. Entonces, será el momento de agregar a la sartén de los hongos, la batata, los crutones de pan y el resto de las hierbas, y un chorrito de vino blanco. Dejaremos el fuego encendido quince segundos más, y listo. Emplatar enseguida porque se enfría rápido, y a comer. La media copa de vino restante, se deberá beber después del primer y delicioso bocado. Bon aptetit!!!!!
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LA TIERRA ELEGIDA-Relatos de Juan Forn
"Moscú feliz" de Andréi Platónov, un libro que permaneció inédito hasta la Perestroika Nacido en 1899 en la ciudad de Voronezh, el autor no pudo editar ningún libro en vida, a pesar de contar con el apoyo de notables escritores como Máximo Gorki. Pero todos sus colegas lo veneraban en secreto. Dinamitaba como ningún otro la realidad soviética en nombre del ideal. En el año 1922, el joven Yasunari Kawabata escribió, en un folletín por entregas para un diario de Tokio, que acababa de ver descender del cielo a una brigada de sonrientes chicas paracaidistas. El diario era de gran tirada, así que mucha gente lo repetía como si lo hubiera visto con sus propios ojos: del cielo de Tokio caían chicas en paracaídas. El ruso Boris Pilniak estaba en Japón por esa época. Cuando volvió poco después a Moscú empezaron los años difíciles, para él y para muchos otros escritores, entre ellos su mejor amigo, Andréi Platónov, que cayó en desgracia cuando tuvo la peregrina idea de escribir una novelita llamada Moscú feliz, en la que una chica huérfana criada por la revolución y llamada Moscú Chestnova estudia para ser paracaidista y, en un momento memorable y fatídico, desciende del cielo de Moscú fumando un cigarrillo. Del cielo de Moscú, en esos años, no podía esperarse que descendieran muchas cosas buenas. Pero lo que hace Andréi Platónov con esa escena es una novela inolvidable. Y yo no puedo evitar imaginar a Pilniak contándole el episodio a Platónov en alguna de sus caminatas por las calles moscovitas (el único lugar donde se estaba a salvo de oídos indiscretos) tal como se la habían contado a él en Tokio. Creo que al propio Kawabata lo habría conmovido la escena no menos que la visión aérea que tuvo aquella tarde en Tokio; me refiero al momento en que Platónov miró el cielo de Moscú y se imaginó qué pasaría si en ese instante cayera una chica en paracaídas. Platónov era un soñador. Y, en ese gran caos efervescente que era la Rusia de los primeros años bolcheviques, un hijo de obrero parecía tener más oportunidades que cualquier otro para soñar: el mundo se había dado vuelta y los hijos de proletarios ahora estaban arriba, tenían derecho a sus sueños por primera vez; el mundo nuevo sería construido por ellos, con sus propias
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manos. Cuando el joven Platónov publicó su primer cuento, en una revista ferroviaria regional, se presentó así: "Nací en 1899 en un asentamiento ferroviario cerca de Vorónezh, compuesto no de casas sino de barracas. Éramos diez hermanos y yo era el mayor, así que empecé a trabajar antes de aprender a leer. La campana de las locomotoras era la única música que teníamos y los días de descanso estaban dedicados a eufóricas batallas a puño limpio con otros asentamientos. Además del sonido de aquellas campanas, los colores del crepúsculo y la paciencia de mi madre, amo las máquinas a vapor y el sudor del trabajo. Creo que existe un vínculo, una afinidad secreta, entre el sonido de las campanas y la electricidad, entre las locomotoras y los terremotos, entre el crecimiento del pasto y la jornada en la fábrica. Ése es el mecanismo que me propongo retratar en lo que escribo". Las leyes del cosmos, las leyes de la naturaleza, las leyes de la historia y las del corazón humano se tejen en asombroso mecanismo en cada libro que escribió Platónov. No pudo publicar ninguno en vida, pero todos sus colegas lo veneraban igual, en secreto, porque lo que hacía Platónov era único: dinamitaba la realidad soviética en nombre del ideal soviético; hacía realismo socialista, ciencia-ficción disidente y gran literatura rusa, todo al mismo tiempo. Dice Tatiana Tolstáia que la grandeza del pensamiento ruso radica más en su escala que en su lucidez, en su fuerza más que en su atención al detalle. Cada libro de Platónov es así, los personajes siempre destruyen todo (puede ser una fábrica, una ciudad, un corazón o una hormiga) en nombre de una idea, en nombre del futuro. "Más allá de la secuencia de las noches, del marchitar y florecer de los campos, más allá de la esperanza, allí existe nuestro tiempo", escribió Platónov en un texto que tuvo la desgracia de llegar a manos de Stalin, como les había pasado antes a Boris Pilniak, a Isaak Bábel, a Ósip Mandelstam, a Anna Ajmátova, a Mijaíl Bulgákov. Se salvó de ir a Siberia porque Gorki convenció a Stalin de que Platónov sólo aspiraba a ser «un buen escritor soviético», pero no pudo pasarla peor a partir de la muerte de Gorki en 1936. Vio cómo le cerraban todas las puertas en sus narices, vio cómo se
llevaban a su hijo de 15 años al gulag. Por intercesión del "Tolstoi proletario", Mijaíl Shólojov, que contaba con los favores de Stalin, ese hijo de Platónov pudo volver de Siberia nueve años después, pero tuberculoso y agonizante: murió en brazos de su padre. Aun así, Platónov siguió buscando maneras de darle a esa patria hostil lo que sentía que podía darle para que surgiera el mundo nuevo. Acumuló cuadernos con los cuentos y novelas que no le querían publicar. Su mejor amigo en esos tiempos de penuria fue Vasili Grossman, el autor de Vida y destino, quien leyó con devoción esos cuadernos y después dijo que lo único que salvó a Platónov de un destino peor fue no haber publicado. El único trabajo que consiguió terminada la guerra fue de barrendero en la Unión de Escritores. Vivía en una habitación en el sótano de ese edificio, con la puerta siempre abierta, para demostrar a la KGB que no tenía nada que ocultar. Cuando se estaba muriendo de hambre, Shólojov acudió de nuevo en su ayuda; le dio a traducir al ruso (anónimamente, por supuesto, porque el nombre de Platónov seguía prohibido) una recopilación de leyendas folclóricas baskirias. La traducción era tan buena que los altos mandos ordenaron que la retradujeran al baskir y que esa nueva versión reemplazara las originales en los manuales de enseñanza; razón por la cual, durante los años siguientes, millones de escolares soviéticos leyeron a Platónov sin saber de quién era esa prosa sublime. Él murió en aquel cuarto del sótano de la Unión de Escritores de Moscú, en 1951, de la tuberculosis que le había contagiado su hijo, y sus libros se empezaron a publicar recién durante la Perestroika, cuarenta años después. De todos ellos, mi favorito es el que cuenta la historia de la chica paracaidista, que fue de los últimos en ser rescatados porque estaba en dos cuadernos distintos que parecían no tener relación entre sí: diferente tinta, diferente letra, diferente papel, diferente década. Uno era de los años veinte, el otro de los años treinta; el primer cuaderno era salvajemente alegre y optimista, el segundo parecía escrito con los dientes apretados para no perder la fe. Pero en ambos brillaba esa audacia estilística única que tenía Platónov: su endiablado don para combinar y superponer la intensidad desorejada de Gógol y Dostoievski con el oblomovismo de
Goncharov, la salvaje confianza en el futuro de Pilniak y Maiakovski, el utopismo racional de Zamiatin, los ecos satíricos de Ilf & Petrov y, por debajo de todo eso, el esfuerzo demencial por parecer "un buen escritor soviético". ANDRÉI PLATÓNOV, 1938 Gorki le había dicho una vez: "Nunca lograrás publicar porque hay algo anárquico en todo lo que escribes, algo que es evidentemente central en tu carácter: retratas la realidad bajo una luz farsesca que es inaceptable. A pesar del cariño que sientes por los personajes, aparecen satirizados a los ojos del lector: no como revolucionarios, sino como delirantes, crédulos, tontos, poseídos". Cincuenta años después, Joseph Brodsky afirmó: "Platónov es, seguramente, el más brillante prosista ruso del siglo veinte, porque no hay nada que se le parezca. En cada una de sus páginas hay tal proliferación de sensaciones, y tantas capas superpuestas de literatura rusa, que de sólo leerlo uno desarrolla nuevos órganos sensoriales". Lo cierto es que en 1938, cuando Platónov ya tenía en claro que nunca le permitirían publicar un libro semejante, escribió la siguiente anotación, al final de ese segundo cuaderno: "La trama no debe resolverse en el último capítulo, porque la historia no debe tener final". Hay libros que orbitan enteramente alrededor de un personaje incandescente: esa clase de criatura inolvidable es la joven paracaidista Moscú Chestnova. Platónov le dio a aquella huérfana de la revolución el nombre de la ciudad que amaba y le puso de apellido "Chestnova", que significa honrada, honesta. En la España más ultramontana existía un conjuro para espantar a los malos espíritus: los padres bautizaban a sus hijas con una palabra que fuera el opuesto de lo que deseaban para ellas, y de ahí vienen nombres como Soledad, Martirio o Dolores. Uno se pregunta qué nombre le hubiera puesto Platónov a su criatura moscovita de haber conocido en vida ese conjuro. Ahora que por fin tenemos ese libro en nuestro idioma, gracias a la formidable traducción de Alejandro Ariel González, podemos contestarnos esa pregunta. *** Moscú feliz: un fragmento Un hombre con una antorcha encendida corría por la calle en una aburrida noche de octubre. Una niña pequeña lo vio desde la ventana de su casa, tras despertar de un sueño aburrido. Después oyó un disparo de fusil y un grito triste y prolongado; seguramente, habían matado al hombre que corría con la antorcha. Pronto resonaron más tiros lejanos y
un estruendo de voces en la prisión cercana… Pero la niña se durmió y olvidó todo lo que vio en los días siguientes: era demasiado pequeña, y la memoria de la temprana infancia quedó cubierta para siempre por su vida posterior. Sin embargo, hasta sus últimos años, aquel hombre anónimo surgía súbita y afligidamente en su difusa memoria y volvía a morir en las tinieblas del pasado, en el corazón de esa niña adulta. En medio del hambre y del sueño, en un momento de amor o de alegría juvenil, de pronto oía a lo lejos, en lo profundo de su cuerpo, el grito del muerto y cambiaba de golpe su vida: dejaba de bailar si estaba bailando, trabajaba con más concentración y esperanza si estaba trabajando, se cubría el rostro con las manos si estaba sola. En aquella desolada noche de fines de otoño había comenzado la revolución en la ciudad donde vivía la niña llamada Moscú Ivánovna Chestnova. El padre murió de fiebre tifoidea y la hambrienta huérfana abandonó su casa y jamás regresó. Con el alma adormecida, sin recordar ni reconocer a nadie, sin sentido del espacio tampoco, deambuló varios años por
su patria como por un desierto hasta que volvió en sí en un orfanato escuela. Estaba sentada en un pupitre junto a una ventana, en la ciudad de Moscú. Afuera, en el bulevar, las hojas de los árboles se desprendían sin viento y cubrían la silenciosa tierra para su largo e inminente sueño; eran los últimos días sin frío del año, cuando terminaron las guerras y el transporte comenzó a restablecerse. En el orfanato le habían dado nombre, apellido e incluso patronímico, ya que la niña tenía un recuerdo muy borroso de su nombre y de su temprana infancia. Le pusieron de nombre el de la ciudad donde estaban, un patronímico para rememorar a Iván — es decir, a todos los soldados del Ejército Rojo caídos en combate— y un apellido en reconocimiento a la honradez de su corazón, que aún no había perdido la virtud a pesar de su prolongada desdicha. La luminosa y ascendente vida de Moscú Chestnova comenzó ese día de septiembre, cuando estaba sentada junto a la ventana del aula, mirando la muerte de las hojas en el bulevar. Antes de la última hora de clase, les habían dado por primera
vez en su vida un panecillo con una hamburguesa y les habían contado de dónde venía esa carne. A continuación, les ordenaron escribir para el día siguiente una composición sobre la vaca —si habían visto una alguna vez— y sobre lo que esperaban de su vida futura. Por la noche, recordando aún aquel panecillo y la espesa hamburguesa, Moscú Chestnova escribió su composición sentada a la mesa común, cuando todas sus compañeras ya dormían y una pequeña luz eléctrica ardía débilmente en la sala: CUENTO DE UNA NIÑA SIN PADRE Y MADRE: SOBRE SU FUTURA VIDA Ahora nos enseñan la mente, pero la mente está en la cabeza, por afuera no hay nada. Hay que vivir como verdaderos trabajadores, y así quiero vivir yo mi vida futura. Que haya galletas, mermelada, bombones y que siempre se pueda pasear por el campo entre los árboles. Si no, no viviré, no tendré ánimo para hacerlo. Quiero vivir de manera corriente con felicidad. No tengo más nada que agregar.
Abril 2021 / El Fundador / 13
Carl Van Vechten: el hombre que no amaba a los perros
Por Guillermo Saccomanno
Hacia los años 20, Carl Van Vechten se propuso escribir un estudio enciclopédico y desmesurado, una suerte de historia cultural de los gatos. Este libro que ahora se publica en castellano, El tigre en la casa, sugiere que Dios hizo a los gatos para que el hombre pudiera acariciar a un tigre. Y, además, explica por qué los gatos siempre han sido los animales favoritos de dandies, bohemios y artistas soñadores. “Cada vez que se toca el tema, y siendo moderado puede decirse que surge unas cuarenta veces al día, invariablemente alguien dice: “No, a mí no me gustan los gatos, me gustan los perros”, escribe Carl Van Vechten (Cedar Rapids, Iowa, 1880; 1964, Nueva York). De esta forma, arremetiendo contra el prejuicio, empieza El tigre en la casa. De todos los libros que puede ser, el suyo es un estudio enciclopedista, desmesurado, fenomenal en su ambición, a veces pagado de sí mismo pero siempre profusamente informativo, proponiéndose, nada menos, como “una historia cultural del gato”. Es obvio, a pesar de su reflexión introductoria, que no se trata de un libro para todo el mundo, o al menos, no para esa parte del mundo que integran los lectores que aman los perros o aquellos a los que los animales les son indiferentes, aunque no les vendría mal una incursión en sus páginas.La tenacidad compilatoria de Van Vechten es apabullante. En su inagotable coleccionismo de datos, chismes, de escritura de soledad omnipotente apenas compartida con su gata, resulta natural y lógico su sugestivo acápite: “Dios creó al gato para concedernos el placer de acariciar un tigre”. Van Vechten escribió su obra más sapiencial y popular entre febrero de 1919 y marzo de 1920. Es decir, en tan sólo catorce meses.(No hace falta recordar que entonces no había internet, ¿verdad?) En este lapso consultó más de 600 libros de historia, antropología y literaturas diversas, incluyendo ensayos, cuentos, novelas y poesías y también, en sus viajes, la observación de la arquitectura, la escultura y la pintura. Y todo este saber acumulado discurre a través de un registro
vertiginoso, amenísimo y chispeante entre la crónica y la comedia, un tono en el que predomina no poco de humor británico al referir cada anécdota. Sin duda, Van Vechten fue un adorador incondicional de los gatos. Pero también supo ser otros Van Vechten Periodista, crítico de teatro y de música, en su tiempo fue el descubridor de Irving Berlin y George Gershwin. Como novelista, entre sus gestos, que pudieron en su época ser considerados snobs, cuenta haber sido albacea literario de Gertrude Stein, a quien conoció en París en 1913. No menos valiosa y recordada
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es su promoción de la Harlem Renaissence. En defensa de la negritud respaldó autores como Langston Hughes y Richard Wright. Escribió una serie de novelas polémicas contra los prejuicios con que se topaba la homosexualidad, prejuicios que no eran menores que aquellos contra sus queridos felinos. Por tanto, muchos de sus relatos permanecieron inéditos hasta después de su muerte en los 60. No obstante, en vida, tuvo su notariedad al publicar Cielo para negros y un ensayo en Vanity Fair: Negro Blues Singers (1926). Estuvo casado con la actriz rusa Fania Marinoff. A Fania la
irritaba ser conocida como “Carlo’s wife”. Van Hechter la retrataría insinuante entre la Stein y su amiga Toklas. El desenfado de Fania pudo comprobarse en una puesta de Wedekind que incluyó sexo explícito hasta que la policía cerró el teatro. A través de su marido, tuvo una vastísima colección de amantes. Pero a pesar de una intimidad a menudo belicosa perduraron juntos cuarenta años. Por tanto, Fania hace una que otra entrada simpática (los gatos todo lo pueden) en El tigre en la casa. Van Vechten fue, además de un personaje conocido en su tiempo, un fotógrafo dedicado y no pocos de sus
retratos merecen atención, como el de Billie Holiday con un kimono por atuendo o el de Marlon Brando en actitud de chongo recio. Los modelos de Van Vechten componen un elenco tan numeroso como variado en el que figuran desde Scott Fitzgerald hasta Truman Capote, desde Bessie Smith hasta James Baldwin. La mirada con que Van Vechten captura una expresión distintiva de sus modelos tiene la misma puntería que su estilo para retratar los gatos y sus dueños famosos o, si se prefiere, al revés, las manías de los segundos y la afectación entre caprichosa y snob de los segundos, trátese de Montaigne o Chautebriand. En su celebración, defensa y alegato a favor de esta especie, vale la pena señalar, a modo de ejemplo, la clase de situaciones que Van Vechten elige. Por ejemplo: “En el Priorato de Great Malvern se pueden ver ratas colgando a un gato en presencia de buhos que miran con aire de gravedad y saber jurídico”. Analicemos la estampa. Si el
gato encarna, además de un anarquismo prototípico, la imagen puede bien representar el triunfo de la mediocridad y la razón sobre el el individualismo. Demás está aclararlo, las ratas y los búhos encarnarían el sentido común. Y el gato, símbolo de la libertad, representaría el punible deseo errático. Es cierto, esta es la clase de escenas y alegorías que Van Vechten recopila y con las que salpimienta un libro que va más allá de la vulgata gatuna (la independencia, la sensualidad, el erotismo, lo enigmático, la percepción misteriosa) y no tiene empacho de incurrir en su zoología fantástica, en el realismo costumbrista, la cita cultísima, la anécdota estrambótica, la crítica social y el horror gótico. La toma de partido de Van Vechten por los gatos es radical: “En todos los tiempos, incluso durante la oscura época de la brujería y la persecución, el gato ha mantenido su supremacía, ha continuado reproduciéndose y multiplicándose, desafiando cuando
es conveniente las leyes de Dios y las leyes de los hombres, de pronto amigo, de pronto enemigo, ahora salvaje, ahora amansado, la mascota de la casa o el tigre en la selva, pero siempre libre, siempre independiente, siempre un anarquista que insiste en hacer valer sus derechos cualquiera sea el costo. El gato nunca forma soviets, el gato trabaja solo. El gato no hace ni acepta invitaciones insinceras. Se cansa de sus amigos a veces, pero, bueno, yo también”. Basta atisbar el índice para advertir ante la clase de obsesión que domina a su autor: el ocultismo, el folklore, las leyes, el teatro, la música, el arte, la ficción, la poesía. No hay actividad con la que los gatos no tengan que ver y en la cual hayan incidido de un modo u otro. Quizás convenga detenerse, en particular, en los capítulos que conectan a esta especie en superficie doméstica y no tanto, con las artes. Y, en particular, tal vez convenga detenerse en “Literatos que han amado los gatos”. La lista es tan
inabarcable como el anecdotario jugoso: Merimeé, Wilde, Gautier, Byron, las Bronté, Hugo, Mencken, James, Baudelaire, Yeats, Poe, Huysmans, Dostoievski, Crane, Colette, Loti, Mirbeau, Dickens, y un sinfín de nombres ilustres. Pero esta lista es acotada si se tiene en cuenta que la misma llega sólo a 1920. La misma podría extenderse más y más hasta nuestros días si se consulta en la web la afinidad entre escritores y gatos. Huxley, Chandler, Holst, Hesse, Cocteau, Eliot, Pound, Hemingway, Burroughs, Warhol, Mishima, Kerouac, Lessing, Hrabal, Derrida, Perec, Highsmith, Holst, Sartre, Jaggy, Dick, King, Gaiman y por acá Borges, Cortázar y Soriano, entre muchos, entrarían en la lista. En la medida que la humanidad pueda salvarse de la debacle a la cual parece dirigirse apurada, la lista puede extenderse. En caso contrario, no es improbable que los gatos, en su condición de sobrevivientes, sean los encargados de contar nuestra historia.
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