Edición No. 6
EL MANGLE
Marzo 2013
Periódico virtual y ecológico del árbol genealógico de raíces limeñas
Editores: Francisco Silva y Beatriz de Silva Diagramación: Andrés López Cornejo
Contenido Editorial Descendientes de Papá Roberto y Mamá Rosita - Francisco Silva Mojica Reflexiones ¿Quién es Dios? - Hernando Silva S.J. Conozcámonos Familia Silva Mojica y sus descendientes Padres Antonio José Silva S.J. y Hernando Silva S.J. Familia MARTÍNEZ SILVA Familias RUIZ SILVA, Ruiz Vergara, Fitch Ruiz Familias SILVA GIL, Herrera Silva, Silva Díaz, Silva Mejía y Silva Puerta Familias MOJICA SILVA, Mojica Osorio, Mojica Vélez, Sánchez Mojica y Maria Esperanza Mojica Silva Familias SILVA GONZÁLEZ, Grosvenor Silva, Rodríguez Silva González, Silva Zúñiga, Muñoz Silva y Alvarado Silva Familia RODRÍGUEZ SILVA Mojica y Beatriz Helena Rodríguez Silva El balcón de la cabaña Mi primera visión del Limo - Beatriz de Silva
Anécdotas Papá Roberto, un niño con nosotros - Antonio José – Toño Mis paseos con papá Roberto - Hernando Silva, S. J. El comandante - Enrique Silva Gil Recordando el Dulce de Mora - Luis Francisco Silva Gastronomía casera Torta de piña - Beatriz de Silva Pernil de cerdo en Coca Cola - Luis Francisco Silva Notas sociales Cumpleaños enero a marzo Avisos
Editorial Descendientes de Papá Roberto y Mamá Rosita
Como lo habíamos anunciado, en este número de El Mangle se inicia la serie “Conozcámonos” con los descendientes de Mamá Rosita y Papá Roberto, con la idea de que por lo menos conozcamos a toda nuestra parentela en fotos y que cada número de El Mangle sea como un álbum familiar donde encontremos los más de 200 familiares provenientes de Papá Juan José y Mamá Carlota. La carátula de este número presenta una fotografía tomada por el tio Abel en el patio de la casona en el año de 1936. En ella aparecen, en la parte inferior, Marorita, Papá Roberto, Mamá Rosita con la chiquita Beatriz Carlota y Toñito. En la parte superior están Hernando, Nenita, Cecilia, Carlos Roberto y Pachito. A los pies del grupo está Tom, pastor alemán, fiel mascota del tio Abel y cuidandero de El Limo por mucho tiempo.
Sus descendientes hasta la fecha, son en total 8 hijos, 16 nietos, 15 bisnietos y 6 tataranietos. Los textos de este número se ilustran con fotografías de los ocho hijos de Mamá Rosita y sus descendientes. Sin embargo se da preferencia al jefe de esta familia como fue Papá Roberto, con anécdotas de los Padres Jesuitas Toñito y Hernando y del nieto Enrique Silva. Agradecemos la contribución de los parientes que han enviado no sólo las fotografías de sus núcleos familiares sino un historial de cómo se formaron, cumpliendo así el deseo de El Mangle de tener un recuento ilustrado de todos los descendientes de Papá Juan José y Mamá Carlota, para conocimiento de esta gran familia que hoy se encuentra dispersa por los cinco continentes del globo terráqueo. - Francisco Silva Mojica
Reflexiones ¿Quién es Dios?
a) “Dios es amor” (lJn 4,8). Esta es la definición que nos da de Dios el Apóstol Juan. Dios es la hoguera eterna de amor que arde desde siempre y arderá por siempre.
b) “Dios es el Alfa y la Omega”, el Principio y el Fin (Ap 21,6). El mismo Apóstol Juan en el Apocalipsis, nos da esta otra definición de Dios: Él es el Principio y el Fin.
Él ha hecho todas las cosas por amor: por amor nos creó al principio de los tiempos; por amor envió a su Hijo al mundo para redimirnos; y por amor este Hijo se hizo hombre, compartió con nosotros la debilidad, la fatiga, el sueño, el hambre, el sudor y el cansancio.
En el principio, con su omnipotencia creó la energía inicial de la cual procedieron las galaxias por millones y las estrellas por millones de millones, como el polvo de la tierra.
Por amor al Señor Jesús pronunció las palabras que nos iluminarán hasta el final de los tiempos.
Por amor se quedó con nosotros en la Eucaristía; por amor dio su vida en el tormento de la cruz; y por amor resucitó para abrirnos las puertas de la vida eterna.
En su horno de las estrellas Él fue fraguando los metales, con sus propiedades y los elementos todos del universo.
Hace muchos millones de años Él creó nuestra estrella el Sol, con su corona de Planetas.
Formó también la Tierra con su atmósfera, su luz, su calor, sus océanos y sus continentes.
Después de millones de años de las semillas que Él había esparcido por el Universo, brotó la vida con sus infinitas variedades y su deslumbrante belleza.
pueblos y naciones, reinos e imperios. Él levantó al ser humano cuando cayó, lo sanó cuando enfermó, lo enderezó cuando se torció y lo redimió cuando se perdió.
Hace miles de años Él trajo al hombre a la tierra, constituyó la pareja humana: hombre y mujer; para que se amaran y se multiplicaran hasta llenar el Orbe.
Y Él espera, al final de los tiempos, a ese mismo ser humano, para vestirlo con el ropaje de la luz eterna y para introducirlo en la morada que le había preparado desde antes del principio de los tiempos.
Él ha acompañado a la humanidad en todas sus peripecias: cuando fue tribu, cuando se constituyó en
- Hernando Silva, S.J. Tomado del libro: “Amarás Espiritualidad laical”
Conozcámonos Descendientes de Roberto Silva Muñoz y Rosa Elena Mojica de Silva
Familia Silva Mojica
Foto tomada en Bogotá en 1970 Sentados, de izq. a der.: Marorita, Nenita, Mamá Rosita, Papá Roberto y Beatriz Carlota. De pié: Padre Hernando, Carlos Roberto, Toñito, Pacho y Cecilia.
Padres jesuitas ANTONIO JOSE y LUIS HERNANDO SILVA MOJICA
En la foto: Antonio José Silva, S.J., Rosa Elena Mojica de Silva, Roberto Silva Muñoz y Hernando Silva, S.J. El Padre Antonio José fue misionero por muchos años en el Magdalena Medio, profesor en varios colegios de los Jesuitas en Bogotá, Manizales, Medellín y Bucaramanga. Autor de varios libros de cuentos infantiles y poesías. Es un experto en armar pesebres, inventor del pompívalo y de varios juguetes móviles que hacen la dicha de chicos y grandes. También fue propulsor de la ortografía fonética y actualmente reside en el Colegio San Pedro Claver en Bucaramanga.
El Padre Hernando se especializó en Teología en Roma y durante muchos años fue profesor en la Universidad Javeriana tanto en Cali como en Bogotá. Ha escrito varios libros relacionados con la familia y la vida espiritual, algunos de cuyos pensamientos El Mangle acoge en sus páginas bajo el lema “Reflexiones”. Actualmente está jubilado y reside en la Casa Pedro Arrupe de la Compañía de Jesús en la ciudad de Medellín.
Familia MARTINEZ SILVA
El día 7 de febrero de 1942 tuvo lugar el matrimonio de María Aurora Silva Mojica “Marorita”, con Helí Martínez Toledo. La ceremonia religiosa tuvo lugar en la Capilla de la Curia en la ciudad de Tunja. Marorita fue como una mamá para todos sus hermanos que ayudó a criar. Con gran dedicación acompañó a su Helí Martínez Toledo y María Aurora Silva Mojica esposo desde cuando fue Juez en Garagoa y luego como El tiempo pasó, cambió la estatura, ganadero en su finca Quindío en cambió el colegio y se convirtió en Santana (Boyacá), como industrial y universidad, cambió la universidad y constructor en Bogotá y en sus se convirtió en una agencia de innumerables faenas de cacería y publicidad… lo que no cambió nunca pesca en los Llanos Orientales. fue el saludo, la revisión de las uñas, La siguiente semblanza escrita por Beatriz Helena Rodríguez la describe fielmente: “Cuando me saludaba me miraba las uñas, siempre… que no las tuviera muy largas, ni muy cortas, limpias y con brillo… y siempre me decía: “eso… tienes unas manos muy bonitas”. Luego me ofrecía un arrocito con huevo y luego de comer me invitaba a hacer la siesta… siempre…
el huevito frito y el arroz. Con la siesta fue un poco más complicado, si le hubiera hecho caso a todas las veces que me puso a dormir, en este momento seguiría en su cama, roncando, desempleada y con las arrugas de la almohada en la cara!! Todos fuimos sus hijos, desde mi mamá, hasta mis primos, hasta el canario, Fidelia, y hasta su propia madre. Ella fue el amor hecho persona. Si alguien no sabe o no
entiende cómo se ve el amor, ha debido conocerla. Infinitamente amorosa, infinitamente generosa, noble, justa, tierna y sin pretensiones (si viera todo esto que le escribo me regañaría por echarle tantas flores…). Y cuando no era el huevito, era una changua, un caldito de pollo o una sopita de habas. Sabia mujer!! Agradezco el respeto que me inculcó por las sopas… se dice que en Colombia hay más de 70 variedades de sopas, y gracias a ella, sin problema las probaría todas! Claro que con los años las sopitas hicieron sus estragos… pero bueno, lo importante era que ella me viera comer y que yo heredara su apetito y capacidad de gozar con cada elemento del plato. Pero además de eso, ojalá hubiera heredado su sabiduría y fé. Cuando voy manejando, rumbo a la oficina, rezo: “…os ofrezco todas las acciones durante este día, mis pensamientos, palabras y obras que sean una oración contínua y de
acción de gracias por todos los beneficios que he recibido”… y es justo en esa frase que siempre la pienso… cómo alguien puede efectivamente hacer de cada pensamiento, cada palabra y cada obra, una oración?? Cómo lograba ella llegar a ese nivel supremo de tolerancia y paz?... Y cada día, cada segundo, intento cuidar mis palabras… y cuesta… e intento cuidar mis pensamientos… y cuesta más… pero ella sigue ahí, siempre… a pesar de mis intentos fallidos, me sigue, confía en mí y espera que aunque sea en la vejez, logre tener una pizca de su equilibrio. Mi tía Mao, hija mayor de Mamá Rosita, hermana de 7 hijos, maestra, casada y luego viuda, sin hijos biológicos, envuelta en saquitos y chales, de pelo blanco, rizado, sin maquillaje, solamente lo suficiente para evitar la vanidad, tierna y con la mirada profunda… Mi ángel de la guarda… al cual tuve el honor de conocer en persona y abrazarlo mil, mil veces!.”
Familia RUIZ SILVA
Alfonso Ruiz Ojeda, Rosa Elena Silva Mojica, Yolanda y Germán Ruiz Silva
GE N ES Siempre procuramos recordar a nuestros antepasados, en imágenes vivaces de nuestra memoria o en las vagas sombras de un sueño o en fotos o en determinadas circunstancias y costumbres, pero siempre los ubicamos en pasado, no en presente y mucho menos en futuro; sin embargo es evidente que
ellos, los que nos antecedieron en la vida y de los cuales surgió nuestra propia existencia, están aquí, hoy, no a nuestro lado sino en nosotros mismos, muy, muy adentro, en el alma misma. ANA JOAQUINA OJEDA DE RUIZ Y ROSA HELENA MOJICA DE SILVA, mis veneradas abuelas, tuvieron 8 hijos cada una, las dos fueron niñas en el siglo XIX, terminaron sus días
en el XX y ahora creo que están enfrentando las vicisitudes del siglo XXI en mi hermana YOLANDA RUIZ SILVA, a quien visité ahora en noviembre pasado en su casa de la muy bella ciudad de Savannah, en Georgia, Estados Unidos. Las dos abuelas eran muy diferentes entre sí, nunca fueron amigas entre ellas, muy pocas veces se encontraron y saludaron, jamás las vi charlando , pero compartían unos rasgos comunes que han pasado multiplicados, fortalecidos, magnificados y viven plenos en el día a día de mi hermana, quien hoy, 12 de la noche del dia 12 del mes 12 del año 12 de este siglo, no tiene 8 hijos, Dios nos libre, pero si esposo, dos hijos, un yerno, una nuera y cinco nietos, para los cuales ella en su hogar es el centro indiscutido alrededor del cual todo gira y que les depara atención plena en los mismos términos en que lo harían nuestras abuelas. Todo en la vida de ellas y de mi hermana, queda explicado con su entrega incondicional y absoluta a sus familias. Ningún valor es superior en su concepción de Ser, al valor de la familia. Siendo en las tres muy diferentes las personalidades, su entorno inmediato, su devenir y circunstancias diarias, representan un modelo de mujer y sobretodo un
modelo de Madre, venerable y único, que podría estar desapareciendo de nuestra tecnificada civilización occidental. El cariño a flor de piel, la amabilidad permanente con todos, el consejo oportuno, el cuidado permanente del hogar-refugio para que allí encuentren todos en todo momento lo que necesiten; su verticalidad y disciplina, su inmaculada dignidad de Mamás; su obsesiva atención a todos los detalles, mayores y menores, de apetitos, vestidos, costumbres,…de sus seres queridos, así como esa intensa e inconfesada satisfacción de saberse el principio de todo y ese amar sin tiempo ni medida; su vehemente rechazo a la crueldad, a la maldad y a todo lo torcido,… todo ello las vuelve seres de leyenda, especies de mito, prolongación de María madre de Jesús a través de dos mil doce años, hasta nuestros propios hogares y el pesebre que celebramos estos días. Es conmovedor, admirable, como de milagro. Los Genes han sido poderosos en nuestra familia. Yolanda no es sólo prolongación de comportamientos y maneras de enfrentar la vida que tuvieron nuestras abuelas, sino que sus hijos y nietos llevan ya sellos
indelebles. Daniel su hijo, Mayor del ejército de los Estados Unidos con elevado cargo diplomático, limpia con la servilleta los cubiertos de cualquier mesa en que se sienta, en forma similar a como yo lo hago y a como lo hacía Papá Roberto; y comparte con él, como yo, la misma manía por la limpieza y el orden, incluso iguales gestos y reacciones ante determinadas cosas… los Genes…. Y Vanessa, su hija, psicóloga enfermera oncóloga, no sólo tiene la elegante y refinada belleza que tuvieron mis abuelas a sus veinte años, sino que demuestra una tenacidad y dedicación sólo similar a la que ellas tuvieron en la crianza de sus ocho hijos. Daniel y Vanessa, él con dos niños y una niña, ella con dos niñas, representan dentro de las complejidades y
permanentes disoluciones de la sociedad norteamericana, valores de unión familiar que vienen de muy atrás, de Tunja, de Tasco, de El Limo,…es fantástico. Las distancias geográficas y las abismales distancias culturales que los separan de nuestros antepasados, no han logrado apartarlos de orígenes untados de papa y trigo, carbón y hierro, del primitivo humanismo “subdesarrollado” de los campos boyacenses. Me siento terriblemente orgulloso de ello y le agradezco mucho a El Mangle, la invaluable oportunidad que ofrece de conocernos más como parte de unas mismas raíces genéticas. Que Dios conserve nuestros mejores valores muchos siglos. - Germán Ruiz Silva
Familia Ruiz Vergara
Luis Alfonso Ruiz Vergara, Germán Ruiz Silva y Martha Sofía Vergara Villamizar
GENES, que Dios conserve nuestros mejores valores muchos siglos….por otro lado, si he de referirme a mí mismo, al grupo Ruiz Vergara, a mi esposa MARTHA SOFÍA VERGARA VILLAMIZAR DE RUIZ y a nuestro hijo LUIS ALFONSO RUIZ VERGARA, las herencias, el ADN que llaman, el Destino, todo está presente. Martha Sofia y yo estábamos en el mismo camino desde siempre y nuestros apellidos andan cerca desde hace rato… En 1669 Doña Catalina de Vergara se casó en segundas nupcias con Don Nicolás de Serna y Mujica, Encomendero Alguacil Mayor de Tunja; en 1721, la españolísima Doña
Gertrudis Ruiz Madriñan, esposó en Caracas al hacendado Bartolomé Villamizar Escudero; y ya en el siglo XX, mi tía Beatriz Carlota Silva tuvo su primer trabajo con Dolcey Vergara, tío de Martha; mi tía Cecilia Silva fue la primera jefe de enfermeras del Seguro Social, siendo Jorge Vergara, tío de Martha, el primer Director Médico de esa Institución; luego, más cercanamente a nuestro encuentro, mi hermana Yolanda era Directora de tesis y Coordinadora de Práctica Hospitalaria de la Facultad de Nutrición y Dietética de la Pontificia Universidad Javeriana, siendo
Martha Sofía alumna de esa facultad y parte del grupo que acudía a nuestra casa para entregar trabajos o tener orientaciones, y eso cuando estaba de moda la minifalda. Si ven? Yo no tenía escapatoria. El Vergara de Martha Sofía viene de la cálida Buga, mientras que su Villamizar viene de la fría Pamplona, explosiva mezcla; en los dos casos esos apellidos correspondieron a casas principales en la respectiva plaza mayor, con escudos tallados en piedra en las respectivas catedrales, numerosa servidumbre y encajes europeos en las cunas. Mija y sus tres hermanas son fieras linajudas que nacieron mandando y pueden enfrentar con naturalidad a príncipes, reyes, gerentes,
presidentes o Papas. Yo estoy muy bien casado, pero no sé qué diga ella. De manera que a nuestro hijo Luis Alfonso le queda una carga de tradición y química orgánica nada fácil; por lo pronto es Historiador y Arquitecto de la Universidad de Los Andes, maneja cuatro idiomas, recorrió ya medio mundo, ha tenido y tiene extraordinarias parejas, puede leer dos libros por semana mientras yo leo uno al año, es un ser de mente muy sofisticada, un intelectual con los pies en la tierra, independiente y crítico. Eso es. De mí no digo nada porque me da pena y porque en eso de los Genes, si empiezo no acabo. - Germán Ruiz Silva
Familia Fitch Ruiz
En la foto de izquierda a derecha: atrás Daniel Fitch Ruiz, Robert Fitch y Jonathan Brinks. Al centro: Jenny Wallack, Yolanda Ruiz Fitch y Vanessa Fitch Ruiz. Al frente: Nathan Fith W., Mathew Fitch W., Daena Brinks Fitch y Tess Fiona Brinks Fitch (no está en la foto Taylor Elena Fitch Wallack). Mi hermano Germán envió un artículo sobre nuestra familia muy poético y bien escrito; este es sólo un recuento de nuestra pequeña familia que empezó en 1974 cuando Bob y yo nos casamos en Bogotá despues de graduarnos ambos en la Universidad Case Western Reserve de Cleveland. Decidimos vivir con mis padres en Bogotá y al año siguiente nació nuestro hijo Daniel ; 2 años después emigramos a USA, donde hemos
vivido por 35 años. Nuestra hija Vanessa nació en Napa y vivimos en California por 12 anos, durante los cuales Bob estudió Biología y Horticultura y empezó a trabajar para USDA US Dpt.of Agriculture. Nos trasladamos a Cheshire, Connecticut donde vivimos 12 años y luego volvimos a California, donde vivimos 10 anos en la bella ciudad de San Diego. Por motivos de trabajo, hemos vivido en 8 ciudades de este país en los estados de California, Connecticut y actualmente estamos
en Savannah, Georgia, donde viven mis hijos y nietos; estamos felices pues nunca habíamos tenido la oportunidad de vivir cerca de ellos; como Bob y yo estamos ya jubilados, no dudamos un instante en atravesar este inmenso país por tercera vez y continuar nuestra vida aquí. Daniel, de 37 años, ha llevado una carrera militar admirable, es Mayor de Infantería del Ejército y actualmente desempeña el cargo de Agregado Militar de la Embajada de USA en Puerto Príncipe, Haití. Su familia vive aquí por motivos de seguridad , Jenny y los tres niños: Matthew de 10, Nathan de 7 y Taylor Elena de 4 viven muy cerca de nosotros y los vemos con mucha frecuencia. Vanessa, de 33 años, es psicóloga y enfermera oncóloga, trabaja para un centro de tratamiento de cáncer y es directora de la asociacion de enfermeras oncólogas de Savannah. Su esposo Jonathan termina este año su Master en biología y reforestación. Ellos tienen dos niñas, Daena de 10 y Tess de 7; vivimos a 2 cuadras de ellos y todos nos reunimos varias veces por semana. Yo siempre quise que mis hijos estuvieran cerca de sus abuelos,
Alfonso y Nena y James y Jean,como yo crecí cerca de Mamá Rosita y mi abuelita Ana Joaquina, pero fue muy difícil pues vivíamos muy lejos de ellos y estábamos trabajando; así aunque mis hijos si tienen mucho de gringos , conservan el amor a la familia y los valores morales que heredaron de nosotros y de nuestros antepasados.
Así como Germán y yo crecimos rodeados de nuestros primos y abuelos, mis hijos y nietos van a recordar para siempre estos pocos años , compartiendo la rutina diaria y las celebraciones familiares. Bob y yo estamos disfrutando inmensamente de cada momento de esta etapa de nuestras vidas y le damos gracias a Dios por habernos permitido gozar a nuestros hijos y nietos . - Yolanda Ruiz Fitch
Familia SILVA GIL
Sentados en primera fila: Paula Silva Díaz con Lorenzo Duplat Silva, Norela Gil de Silva, Carlos R. Silva Mojica y Myriam Silva Gil. De pie, de izq. a der. Andrés Duplat, Jorge Vivanco, Laura Herrera Silva, Eduardo Silva Gil, Lucía Margarita Díaz, Juana Silva Puerta, Humberto Silva, Ana Maria Puerta, Enrique Silva Gil, Ivonne Mejía, Daniel Silva Mejía, Carlos Herrera y Maria Paz Herrera Silva. No aparece en la foto Andrés Silva Díaz. Esta historia de amor entre un boyacense y una paisa trasciende todas las fronteras. Desde que se conocieron, por pura casualidad, en un instituto de inglés hace ya más de sesenta años, Carlos Roberto y Norela supieron que no
querían volver a separarse el uno del otro nunca más. Así, de la mano y con perseverancia, se unieron en matrimonio y decidieron festejar su amor con una hermosa familia conformada inicialmente por sus cuatro hijos Enrique, Humberto, Eduardo y
Myriam. Con ellos soñaron y formaron un hogar; con ellos trabajaron para construir la famosa "casa que iba a ser rancho y acabó siendo mansión"; con ellos siempre en mente, viajaron por el mundo y conocieron gente y lugares maravillosos. Hoy en día, luego de un fascinante y envidiable recorrido por la vida, ellos siguen juntos. Su familia sigue unida
y ha ido creciendo, pues ya tienen seis nietos (Paula, Andrés, Laura, Maria Paz, Juana y Daniel) y hasta un bisnietico, el famoso Lorenzo, que los llenan de alegría. Carlos Roberto y Norela son un ejemplo de amor incondicional y de trabajo duro; su historia nos enseña que una familia que se quiere y que permanece unida puede lograr la felicidad.
Familia Herrera Silva
Carlos Herrera, Myriam Silva, Jorge Vivanco, Laura Herrera y Maria Paz Herrera Silva Esta es la familia Herrera Silva hoy en día. Carlos Alberto Herrera y Myriam Silva. Hace 14 años nos fuimos a vivir a Ciudad de México. Allá nuestras hijas terminaron sus estudios: Laura medicina y María Paz arquitectura. Hace cuatro años Laura viajó a España para hacer su especialidad en oftalmología. Allí conoció a Jorge Vivanco, ingeniero y se casaron en agosto del 2012. Viven en Zaragoza.
María Paz acaba de radicarse en Colombia, trabaja en la oficina de arquitectos STOA Arquitectura y vive con sus abuelitos Carlos Roberto y Noris. Ahora los papás estamos en México, Carlos Alberto- Ingeniero - trabaja en una compañía mexicana de outsorsing y Myriam es Terapeuta de Lenguaje, atiende niños a domicilio y dicta cursos de Terapia Miofuncional.
Familia Silva Díaz
Eduardo Silva Gil, Lucía Margarita Díaz, Paula Silva Díaz, Andrés Duplat y Andrés Silva Díaz Mis recuerdos de El Limo Normalmente viajábamos en caravana. Cecilia y los Mojicones en su Ford azul y blanco y nosotros en el Chevrolette de mi padre. Mamá cantaba para amenizar el viaje. Parábamos en el puente de Boyacá donde hacíamos simulacro de la batalla de Boyacá. También en Paipa a darle de comer a las palomas, en Santa Rosa a ver el pompibalo que instaló Toñito en el centro de la plaza el cual lanzaba bombas de jabón que volaban sobre la gente y resplandecían múltiples colores
hasta que finalmente reventaban. También allí íbamos a ver el aerolito que estaba en la plaza y algún día se lo llevaron. Hoy día nadie en el pueblo da razón de él, sin embargo, en la plaza se encuentra una tienda llamada “El Aereolito”. Después de un viaje casi interminable llegábamos a Varitas. A gritos llamábamos a pedir ayuda con el equipaje y pronto estaban con nosotros, Agustín, Marco Tulio y Vidal. Ellos se ajustaban el equipaje a sus espaldas y bajaban hasta llegar al Limo.
Javier, Luis Gabriel, Enrique y yo salíamos corriendo montaña abajo a ver quién llegaba primero. Nunca logré llegar antes que Javier, era una flecha. Era una experiencia fantástica: correr, brincar, sortear obstáculos sin caerse. Nos conocíamos el camino de memoria. Cada piedra, cada curva, cada árbol!
Mamá Rosita se levantaba temprano y se ponía su delantal. Tenía una escoba en el comedor que usaba para sacar “esos perros condenados”. Nos atendía mucho al desayuno y en cada comida, preocupándose de que nos gustara y de que comiéramos todo. Horneaba sus deliciosas galletas.
Vidal era un personaje. Muy querido. Nos entretenía mucho. Nos tallaba machetes de madera al principio de las vacaciones, nos hacía escopetas con caña brava así que disparábamos tocuas todo el día y nos contaba historias fantásticas que él imaginaba y nos hacía reír. Si hubiese sido letrado habría sido un “García Márquez”.
El tío Lucho entraba en escena en la noche. Ocupaba su puesto en la cabecera de la mesa, con la ventana a sus espaldas y mirando hacia la puerta. En la penumbra de un único bombillo que pendía de la punta de un cable sobre la mesa, cuya luz muy tenue titilaba al ritmo en que el agua caía sobre la rueda pelton de la planta eléctrica, con su voz pausada contaba historias de miedo que nos aterrorizaban. Recuerdos de tres fuertes golpes que a media noche se escuchaban en el póstigo de la ventana y al día siguiente llegaba un emisario a informar que la noche anterior había muerto tal o cual persona. O la vez que vio pasar una caravana que subió por el camino a varitas llevando un muerto en andas. O cuando un hombre vio como asomaba una mano debajo de una enorme piedra y le hacía señas para que viniese. El hombre escarbó debajo de la piedra y halló un tesoro de morrocotas de oro. Con el tío
Papá Roberto nos dedicaba tiempo en las mañanas. Dos de sus actividades preferidas era el juego de trompo que siempre nos regalaba. Nos enseñaba a hacerlo bailar en la palma de la mano, a lanzarlo al aire y otras suertes. También jugábamos a la guerra con un fusil viejo y hermoso que conservaba. Era muy pesado. Nos hacía tomar posición apoyándonos en una rodilla, y nos daba instrucción que debíamos seguir al ritmo que el imponía: carguen, apunten, fuego !
Lucho también jugábamos al póker. Las apuestas eran con fríjoles. Luis Gabriel era el alumno más aventajado. Germán, nuestro primo grande, fue nuestro ídolo. Un muchacho musculoso y fuerte que siempre queríamos imitar. Levantaba troncos pesadísimos y los llevaba a cualquier lugar, escalaba laderas empinadas, brincaba sobre el fuego, subía a los árboles etc. Un plan frecuente era hacer una hoguera en el potrero de la torre. Nos reuníamos a cantar, a conversar, o simplemente a ver la magia del fuego y las miles de chispas que la corteza del sauce producían y que se elevaban hacia el cielo. Germán tenía
algunas canciones y poemas muy especiales que recitaba con su voz grave. Pacho, el cazador. Nos daba escopetas de diablos y salíamos a cazar torcazas. Él con su poderosa escopeta de dos tiros y acompañado de su perro. Íbamos a los maizales a buscarlas, cuando alzaban vuelo, todos disparábamos pero obviamente era él quien siempre atinaba. Veíamos como caía la torcaza y luego le decía a su perro: “busca, busca, busca la torcaza” y éste salía corriendo y pronto regresaba con la presa. El baño en el chorro del azufre era muy especial. Podríamos pasar un par de horas, todos los primos y
Eduardo Silva Gil y Lorenzo Duplat Silva
primas, y tíos y tías, sentados sobre toallas cerca del chorro. Nos bañábamos varias veces. Mucho más agradable que las playas de Cartagena o Santa Marta. Papá Roberto llevaba siempre un jarro para beber el agua. El olor de la piel después de un baño en el chorro es un recuerdo muy especial. Un aroma delicioso, incomparable. Agua de vida. Mi padre, Carlos R. nos llevaba de excursión a los lugares más bellos que yo haya conocido. Las lagunas del Oro y del Barro. La laguna Colorada. El pico del Caracol. El Fraile, Badanique, la quebrada donde pescábamos truchas. Nos enseñó a apreciar y amar la naturaleza. En una ocasión fuimos a Cueva Chiquita. La noche anterior dormimos en Tasco en la casa del tío Jorge y salimos de madrugada por “calle arriba”. Después de todo un día de caminada, viendo bellos paisajes y apaciguando la sed en arroyos de agua cristalina, llegamos a ese hermoso lugar. La cocina era un fogón en una esquina de la casa donde había tres piedras sobre las cuales asentaban la olla. Con leña prendían el fuego. El humo llenaba todo el recinto y salía por entre las rendijas del techo que
era negro del hollín. Nos prepararon un caldo de papa que comimos en platos de lata adornados con flores y cucharas de palo. Qué caldo más delicioso! Dormimos en un zarzo. A la mañana siguiente, muy temprano, salimos a pescar. Mi padre llevaba cañas para cada uno de nosotros. Pachito estaba también. Fuimos a esa bella quebrada atravesando un bosque de siete cueros florecidos. Allí comprendí por qué se llaman así esos árboles. Cuando tienen muchos años, sus troncos rojizos tienen la corteza en capas, unas viejas que se van cayendo superpuestas a otras más nuevas. Cuando llegamos a un pozo muy bien escogido, donde se podían ver las truchas nadando, mi padre nos organizó a todos, cada uno con su caña, anzuelo y cuchara. Nada de lombriz pues éramos pescadores profesionales. Yo decidí cruzar la quebrada y hacerme en el lado opuesto. Lancé por primera vez mi anzuelo agitando diestramente la caña y éste salió volando lejos. Yo estaba muy contento pues iba a caer cerca de la otra orilla y en su largo recorrido, seguramente una trucha hambrienta iba a “picar”. Grande fue mi sorpresa
al ver que cuando cayó el anzuelo, no lo hizo dentro del agua sino que cayó exactamente clavado en la nariz de mi padre. Había pescado a mi padre! Pachito, no sé cómo, a esa muy temprana hora de la mañana y a más de 12 horas de camino del centro médico mas cercano, le sacó el
anzuelo a mi padre. Fue la última vez en mi vida que fui de pesca. En mi mente quedan el recuerdo del murmullo del río, el aroma de la flor de Mangle, el sonido del tren pasando por la carrilera, el rumor de las hojas de los árboles movidas por el viento. - Eduardo Silva Gil
Familia Silva Mejia
Enrique Silva Gil, Ivonne Mejía, Daniel Silva Mejía El esquivo apellido Silva Soy un SILVA Cuando era pequeño, un buen día mi familia creció, así no más. Sin aviso de ninguna clase aparecieron Luís Gabriel y Javier en la casa, DOS hermanitos nuevos para jugar. Fue una época inolvidable, ellos nos acompañaron durante un buen tiempo, pero de pronto se fueron a vivir a Boston, MA. Fuera de gratos recuerdos, me dejaron una gran inquietud, el tema del apellido. Su mamá, Cecilia, hermana de mi papá, se apellidaba Silva Mojica y ellos eran ¡¡Mojica Silva!! Fui descubriendo que
el apellido Mojica en la familia se repite y mezcla de muchas formas; eso me parecía inquietante, pues a nuestros nuevos hermanos los denominábamos MOJICONES y de pronto me entero que gran parte de la familia formaban algo así como un selecto clan bajo el nombre de LA MOJICADA, pero yo era apenas un SILVA GIL y el apellido Mojica no formaba parte de mi firma y por lo tanto yo no era parte del clan. Todo esto me hizo reflexionar e investigar acerca de mi origen y del futuro del apellido SILVA.
Inicié mirando la foto de Papa Roberto, mamá Rosita y sus hijos y comprendí que ahí estaba el origen genético de mi rama familiar moderna (siglo XX), un principio químico que une y relaciona células por medio de actos de amor, generando nuevas células que en el tiempos repetirán inexorablemente el mágico ciclo de vida, generando nuevas células con el código secreto del ácido ribonucléico, que es el que imprime un sello indeleble en cada nuevo individuo que nace. Pero la complejidad humana es infinita y, en alguna parte de la evolución, se inventaron primero nombres y luego apellidos para distinguirnos unos de otros. En nuestra cultura el apellido pasa de padre varón a los hijos que engendra, y los varones harán lo propio. Las mujeres, parte fundamental de la reproducción de células, inexplicablemente no trasmiten el apellido o lo transmiten de una manera secundaria, no dominante, por lo tanto no imprime en el portador un sello que lo destaque. Pues bien, mi apellido SILVA viene de Papá Roberto, quien por medio de varios actos de amor engendró junto
con su amada esposa, Mamá Rosita, a cuatro damas y cuatro varones, ellos eran los encargados de perpetuar el apellido. Sin embargo, dos de ellos decidieron aceptar el llamado Divino y dieron su vida al servicio de Dios, haciendo votos de castidad y perdiendo la posibilidad de multiplicar el apellido. Pero Carlos Roberto y Pacho se enfrentaron al reto del amor con todas sus consecuencias y contrajeron nupcias con dos bellas y fértiles damas. El resultado de estas uniones: Carlos R tres varones y una niña y Pacho sólo uno varoncito y ¡¡¡cuatro niñas!!! La situación de nuestro apellido SILVA se va complicando ya que a lo largo de un siglo no han sido muchos los varones. En la primera década del siglo XXI las familias tienen uno o dos hijos, por lo tanto cada día hay en el planeta tierra menos representantes masculinos encargados de preservar el legado de papá Roberto. Hoy no sabemos que nos depara el futuro ni cuántos varoncitos correrán por la tierra llevando la espiral genética que papá Roberto nos transmitió, así como su bello apellido SILVA (el cual me llena de orgullo). Ojalá algún día podamos tener un Clan llamado la SILVATINA. - Enrique Silva Gil
Familia Silva Puerta
Humberto Silva Gil, Juana Silva Puerta y Ana María Puerta La familia Silva Puerta vista por Juana: La familia Silva Puerta siempre se ha considerado a sí misma como un equipo de básquet: todos los miembros del equipo se apoyan para lograr su objetivo común y si uno de ellos está mal, los demás están allí para apoyarlo. Este es el presupuesto que los ha llevado hasta el día de hoy y que ha hecho que Humberto, un arquitecto amante del origami y de los modelos a escala; Ana María, una agente de
viajes que siempre anda con un pie en países lejanos, y Juana, una estudiante por partida doble, aspirante a traductora y correctora de estilo, funcionen tan bien. La familia vive en una casita de tres pisos, llena de cariño y compromiso, ubicada en el Recodo del Country. Todos los que la ocupan, incluido su perro, Spot, son amantes de las montañas y aprovechan cada oportunidad para escapar e ir a visitar El Limo, El Fogón y las hermosas tierras boyacenses.
Familia MOJICA SILVA
En la foto, sentadas, de izquierda a derecha, Lucrecia Mojica Silva, Cecilia Silva de Mojica, Patricia Osorio, Maria Esperanza Mojica Silva, Anabella Vélez; de pie, Ángela Mojica Osorio, Luis Carlos Sánchez Mojica, Juliana Mojica Osorio, Carlos Sánchez y Luis Gabriel Mojica Silva.
Familia Mojica Osorio
Javier Mojica Silva, Ángela Mojica Osorio, Patricia Osorio, Juliana Mojica Osorio Desde finales de 1999 los Mojica Osorio tienen como residencia el colorido país de Guatemala. Gracias a su ilimitado espíritu de aventura, su fortaleza como equipo y su empuje y laboriosidad, este grupo familiar ha echado raíces con éxito y determinación, en ese país mítico y maravilloso. Además de ofrecer con generosidad su hogar en la zona 16 de la ciudad capital a todo el que quiera visitar el país y sus tesoros, ellos han recorrido incansables las geografías majestuosas y los recintos
arqueológicos de las culturas precolombinas, han asimilado sabidurías de los antiguos y modernos mayas, han generado afectos profundos en el país centroamericano y nos participan de sus conocimientos y su experiencia, cada cual en su oficio: Patricia como profesional homeópata y terapeuta en varias especialidades; Javier como empresario comercializador de productos para la industria; Ángela María como Bióloga Marina y consultora para la gestión ambiental, y Juliana como Psicóloga y terapeuta de medicinas alternativas.
Familia Mojica Vélez
Anabella Vélez y Luis Gabriel Mojica Silva El mundo de las bicicletas es el cercano futuro de movilización en nuestras ciudades. No hay otra alternativa más ecológica y rápida. Dentro de este maravilloso paraiso de dos ruedas se destacan para los ejecutivos las bicicletas eléctricas. Ninguna ciudad en América Latina tiene casi 400 Kmts de ciclorutas, sólo Bogotá. Con una bicicleta eléctrica los usuarios no llegan sudados a sus trabajos. Parientes de todas las edades: a contribuir con la ecología y la movilización! Pasando al tema de la foto, con Anabella hemos recorrido en cicla
muchos caminos repletos de naturaleza... y sin carros, sólo amables campesinos, vacas y paisajes. La foto corresponde al Alto de Tibasosa, en donde hay unas antenas ubicadas a mas de tres mil metros de altura. La dicha de llegar sin afanes a la cima, y comer ricos sanduches y frutas a la sombra de un árbol no tiene igual. El Limo es excelente para montar ciclas, y como me dijo el mejor compañero ciclista de la familia, Álvaro Ariza: "las ciclas le cambiaron la perspectiva a El Limo", qué fantasía!
Familia Sánchez Mojica
Luis Carlos Sánchez Mojica, Lucrecia Mojica Silva y Carlos Sánchez Algunas anecdotas familiares de los Mojica Silva Buenos días, familia del Mangle, soy Lucrecia del Rosario Mojica Silva, hija de Luis Gabriel Mojica Márquez y su prima Carmen Cecilia Silva Mojica. Nací el 20 de octubre de 1957 en una clínica de Bogotá, la última de cuatro hermanos, Javier, Luis Gabriel y María Esperanza. Quiero contarle algunos recuerdos especiales de mi vida en familia para que los disfruten y se acuerden de esas anécdotas aquellos que ya las conocen. Mi papá murió en 1958 producto de la violencia política que ya se venía gestando en Colombia, y quedó mi mamá con cuatro hijos, el mayor de 5
años, pero afortunadamente ella tenía una profesión, algo poco usual en esa época. Nada menos que había viajado a Chicago en los años 40, en plena guerra mundial a estudiar enfermería en la Universidad de Loyola, cuando viajar a EEUU era como viajar a la Luna, hablar inglés era algo exótico y la comunicación por teléfono o por carta era casi imposible. Y culminó exitosamente sus estudios pero el amor llamó a su puerta y finalmente solo comenzó a trabajar en su profesión ahí, cuando las circunstancias la obligaron. Pero ella amaba su profesión y se destacó inmediatamente y la pescaron en la Universidad Javeriana.
Se pasaron a vivir con nosotros entonces mamá Rosita, papá Roberto y Beatriz y nos consintieron hasta más no poder! A Papá Roberto le gustaba prepararse huevos tibios con azúcar y Esperanza y yo desayunábamos lo mismo con él, luego lo acompañábamos al frente de Carulla a comprar su billete de lotería y un aguacate para el almuerzo, y luego nos “componía las narices” en un gesto muy típico de él. Mamá Rosita preparaba diariamente empanaditas con bocadillo, galleticas y ponqués de sus recetas y claro los demás primos nos envidiaban porque a ellos estos manjares sólo les tocaban los domingos cuando venían de visita. Además nos cosía los disfraces que nos poníamos para el Halloween y le hacía los mismos vestidos a nuestras muñecas, y una vez le cosió unos vestidos de bautizo a unos gaticos que efectivamente “bautizamos” un día con mis hermanos y el padre Toñito. Papá Roberto era además mediador de las peleas entre Javier y Luis Gabriel y un día les trajo unos guantes de boxeo para que hicieran deporte en vez de pelear sin ton ni son. Y luego mi mamá se ganó una beca para estudiar en Boston y nos llevó a todos, y la gente allá le decía "brave woman" porque no les cabía en la cabeza que ella se pudiera hacer cargo de todos, pero fue una experiencia que a todos
nos marcó y de la mejor manera y se lo agradezco de corazón. Cuando estábamos ya en la universidad, - todavía no entiendo como mi mamá logró educarnos a todos al tiempo,- había ocasiones en que se reunían grupos de estudio de cada uno en la casa, y había muchachos en el estudio, el comedor, la sala y hasta en el patio, y a las onces nos daban chocolate y luego juiciosamente hacíamos fila para que mamá Rosita nos leyera la suerte en la taza, y ella con su paciencia y sabiduría le llegaba a cada uno al corazón con sus palabras y era famosa en todas las universidades. Después recuerdo cuando le presenté a Carlos a mamá Rosita. Ella no reaccionó como siempre que se le presentaba alguien, mirándolo de arriba abajo y diciendo toda seria: “Cómo esta joven?”, sino que de una le dijo: “Carlitos, cómo está?” Y luego nos fuimos al rural y mi mamá armó viaje a Arauquita para organizar el matrimonio, en el año 1981. En esa época se viajaba en avión a Arauca, se tomaba un “cuatro puertas” o sea un jeep viejo que eran los taxis de allá para que la llevara al río, de ahí tomaba una voladora, o sea una lancha para 15 personas durante 3 horas por todo el río Arauca, entre paisajes de pantanos, selva y llano. Al llegar al pueblo, éste era una sola calle
ancha de tierra, casa de madera y ranchitos a lado y lado y al final el centro de salud. Por supuesto en cuanto puso el pie a tierra todo el mundo supo que era la “mamá de la doctora”, porque llegó de gabardina larga, pañoleta, gafas oscuras, tacones y sombrero y al punto la siguieron todos los niños del pueblo para llevarle las maletas y mostrarle el camino… Y claro concretó fecha de la ceremonia, invitados, y todo... y dos meses después estábamos casados! La ceremonia fue en la iglesia de la Bella Suiza, con anillos prestados porque el tío Juanchito, que en paz descanse, no aceptó que tuviéramos cadenas en vez de anillos y gracias a Martha de Ruiz y a Javier a última hora nos los pasaron en plena misa! Pero ese día también tuvimos otra anécdota con Javier y Patty que gentilmente ofrecieron llevarnos al aeropuerto a Carlos y a mí, porque nos íbamos para Santa Marta. Entregamos las maletas y nos fuimos a comer algo porque aun era muy temprano, y charle que charle pasó el tiempo y fuimos a preguntar por qué no nos habían llamado y Oh sorpresa! El avión ya carreteaba por la pista! Ahí Carlos fue entendiendo a qué familia de despistados se había
metido. Porque también ya le había tocado la parte de la familia Mojica que hace chanzas. Cuando estábamos de novios fuimos a pasar la Semana Santa a Tenza con Jorge y familia, Pachito y familia y Teresita y familia; y el grupo de primos en la noche levantaron el Renault 4 que tenía Carlos y se lo escondieron en una bodega y en la mañana el pobre Carlos no sabía qué hacer porque le habían robado el carro! A esa familia que quiero tanto llegó Luis Carlos el 7 de diciembre de 1989 y aunque vivíamos en Villavicencio tratamos de que él pudiera participar de las reuniones de familia, navidades en el Limo, pólvora del primo Germán, juegos y consejitos de la tía Maro, organización de fiestas de la tía Beatriz, enseñanzas de música y arte de su tía Esperanza y luego actividades deportivas con el padrino Luis Gabriel, porque cada uno de esos momentos lindos son los que fortalecen el alma y alimentan el espíritu y a cada una de las personas de mi familia les doy gracias porque forman parte de mi historia y me encanta todo el bien y el amor que nos han dado! - Con cariño, Lucrecia
María Esperanza Mojica Silva
LA OO7 Ahí donde la ven, con apariencia de no espantar ni una mosca, la Arquitecta Flautista MARÍA ESPERANZA MOJICA SILVA es una fuerza telúrica pura, un ser singular como pocos, de espíritu estoico, crítico, combativo y contestatario; análisis frío y objetivo, reacción inmediata y frentera a todas las situaciones, valor a toda prueba; rechazo abierto a toda inmoralidad, vanalidad, deshonestidad e injusticia; pensamiento de avanzada, universal y culto. Con capacidad ilimitada de actuación en múltiples frentes, en un coro, en una orquesta, en un teatro de títeres, esquivando a pie o en carro el infernal tráfico bogotano, asimilando las últimas tecnologías de comunicación, cocinando galleticas con recetas centenarias, formulando
complejidades arquitectónicas, llenando de pompas de jabón la cabina de un vuelo trasatlántico, subiéndose a la torre de Pisa o a cualquier árbol, consintiendo gatos por todas partes y consintiendo y apoyando solidariamente en todas sus vicisitudes a sus seres queridos; recorriendo Suramérica “a dedo” o inspirando a revoltosos izquierdistas contra el gobierno, en su época gloriosa de universitaria de “la Nacho”. Una destacada personalidad en cualquier medio que se encuentre, por su ingenio, su sinceridad y espontaneidad, su fidelidad, constancia y disciplina. Una verdadera fortaleza en quien todos pudiéramos protegernos y en cuyas muletas todos debiéramos apoyarnos para seguir con su inalterable alegría la lucha del día a día. Así es nuestra 007, capaz de lo imposible, con permiso para amar sin distingos, a quien todos los limeños debemos mucho mucho mucho, por su constante preocupación y permanente labor de mantenimiento de esa invaluable heredad, su refugio preferido, El Limo. - Germán Ruiz Silva
Familia SILVA GONZÁLEZ
Fotografía tomada en Julio de 2011 en casa de María Clara y Julián en Filadelfia durante unas vacaciones de verano. Faltan en la foto Luz Helena y Martin, Claudia y Camilo y sus hijos Simón y Matías. En primera fila, de izquierda a derecha, David Silva Zúñiga, Juan Manuel Rodríguez, Laura Alvarado Silva, Beatriz de Silva, Francisco Silva con Benjamín Silva Zúñiga en las rodillas y Valentina Muñoz Silva. En la segunda fila, Luis Francisco Silva, Jimena Zúñiga, Adriana Silva González, Sebastián Muñoz Silva, Manuel Rodríguez, María Clara Silva y Julián Muñoz. Pacho y Beatriz, pilares de esta familia, se conocieron cuando él era funcionario del Laboratorio Químico Nacional, Dependencia del Ministerio de Minas. Se casaron en 1953 y viajaron a Estados Unidos donde él
se especializó en Química de Suelos gracias a una beca del gobierno americano. A su regreso a Colombia él se incorporó al Instituto Geográfico Agustín Codazzi como Jefe del Laboratorio de Suelos cuyo
edificio ayudó a diseñar. Ella ocupó varios cargos en Naciones Unidas y terminó como Directora del Programa de Greeting Cards de UNICEF.
fueron innumerables los paseos que realizaron a San Agustín, al Tayrona y al Nevado del Cocuy, acompañados de otros parientes y de Babar la fiel mascota de la familia.
Tuvieron cinco hijos, Luz Helena quien reside con su esposo Martin Grosvenor en Australia, lo mismo que Luis Francisco y su esposa Jimena Zúñiga y sus hijos David y Benjamín. María Clara con su esposo Julián y sus hijos Sebastián y Valentina, nacida en Sao Paulo, Brasil, residen en Houston; Adriana, reside en Bogotá con su esposo Manuel Rodríguez y su hijito Juan Manuel, y Claudia, con su esposo Camilo Alvarado y sus hijos: Laurita nacida en Chile y los mellizos Simón y Matias, nacidos en Nueva York un 4 de julio. En esta edición de El Mangle cada uno de sus hijos hacen un breve recuento de sus vidas.
Ya jubilados, Pacho le dedica su tiempo a colaborar con la Sociedad Colombiana de la Ciencia del Suelo que él ayudó a fundar en 1955. Dicha Sociedad, con el auspicio de Monómeros, creó el “Premio Nacional de la Ciencia del Suelo Francisco Silva Mojica”, consistente en una beca para estudios de posgrado en ciencia del suelo. Beatriz dedica sus ratos libres al arte, la lectura, la culinaria y al internet.
La vida de esta familia ha sido muy activa y mientras los hijos se educaban y eran pequeños, siempre pasaban las vacaciones en El Limo y luego en la idílica Cabaña. También
Los dos decidieron fundar El Mangle, periódico familiar, que trata de continuar las publicaciones del periódico El Limo, fundado por Carlos Roberto, y continuado luego por Carlos Hernán Mojica y familia y cuyo objetivo primordial es mantener unida a la familia a través de comunicaciones periódicas.
Familia Grosvenor Silva
Martin Grosvenor y Luz Helena Silva González Quiénes somos? Luz Helena Silva, conocida tambien como Luchis, hija mayor de Pacho y Beatriz, y mi esposo Martin Grosvenor. Vivimos en Melbourne (Australia) que a pesar de ser un puerto es una ciudad bastante extendida. Nuestro suburbio se llama Heathmont y es cerca a las montanas. Unas 5 veces al año vamos a diferentes playas durante los fines de semana y vacaciones para disfrutar del ambiente, no mucho del agua, porque acá el agua del mar es helada! Pero disfrutamos de la playa y del sonido del mar y de la naturaleza.
Martin era un ciclista semiprofesional hace 16 años e iba en su bicicleta hacia el trabajo cuando un camión lo enganchó en su trailer y lo arrastró por kilómetro y medio…. Es un milagro que esté vivo, pero es gracias a su determinacion y amor al deporte que ha logrado ser independiente. Martin va al gimnasio por lo menos una vez a la semana y vamos los dos al menos una vez el fin de semana. También tiene su bicicleta recumbent que le permite ir a lugares cercanos para hacer las compras de la casa o almorzar.
Disfrutamos muchísimo de la naturaleza. Martin tiene unos 100 bonsais en la casa y son sus hijitos… los cuida y los mete en agua y los pone en la sombra cuando en verano hace mas de 30 y hasta 40 grados de temperatura. Nos encanta cultivar una huerta casera con tomates, cohombros, fresas, espinaca, limones, mandarinas, patillas y otras verduras y frutas dependiendo de la estación. Luchis trabaja con Proyectos Especiales y ahora está trabajando en el Departamento de Industrias
Primarias de Victoria con proyecto del medio ambiente.
un
Amamos la naturaleza y en todos nuestros viajes tratamos siempre de que sea este el tema principal. Hemos ido a Tahití, Isla de Pascua, Nueva Zelanda, Chile, Argentina y obviamente Colombia. Este año esperamos visitar nuevamente Colombia en esta Navidad para compartir con la familia. Mientras nos vemos en Bogotá reciban todos un abrazo grande desde Melbourne. - Martin y Luchis
Familia Rodríguez Silva González
En la foto aparece la Familia Rodríguez Silva, quiénes somos? Para los que no nos conocen o no nos reconocen en la foto, somos Adriana Silva, Manuel Rodríguez y Juan Manuel Rodríguez. Adriana o Ayi (como me bautizaron mis sobrinos) soy la segunda hija de Pachito y Beatriz, abogada de la Universidad Sergio Arboleda, con especialización en Derecho Público Económico de la misma universidad; viví en Chile dos años y medio tiempo en el cual hice una Maestría
en Derecho Público de la Pontificia Universidad Católica de Chile, experiencia que fue muy enriquecedora a nivel personal, con muchas anécdotas y aventuras, en especial cuando nuestra querida familia nos visitaba en ese país austral. Actualmente trabajo en la Comisión de Regulación de Agua Potable y Saneamiento Básico – CRA. Estoy casada hace cuatro años con Manuel Rodríguez Ospina, abogado de la Universidad Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario,
Especialista en Derecho Comercial de la Universidad de los Andes y con Master en Administración de Negocios MBA, Business School – Cambridge, United Kingdom. Actualmente trabaja en la Comisión de Regulación de Energía y Gas – CREG.
hermana Claudia, somos las únicas que vivimos en Colombia, pues mis demás hermanitos decidieron vivir en países lejanos. Sin embargo siempre estamos en contacto, esperando a que lleguen las vacaciones, ya sea para ir a visitarlos o que ellos nos vengan a visitar.
Mi esposo Manuel es el papá de Juan Manuel Rodríguez, quien tiene once años, estudia en el Gimnasio los Robles, le encanta el fútbol (lo practica todos los fines de semana) y los videojuegos.
Me alegra que a través del Mangle conozcamos mas a nuestra querida familia y conocer anécdotas, experiencias y un sin fin de historias, que unen a este Clan Familiar.
Vivimos en Bogotá, muy cerca de Pachito y Beatriz y junto con mi
Que Dios Bendiga por Siempre a esta Gran Familia!!!!
Familia Silva Zúñiga
De izq. a der. David Silva Zúñiga, Luis Francisco Silva González, Benjamín Silva Zúñiga y Jimena Zúñiga. En primera fila las mascotas de la familia Molly y Rocky. Hola, soy Luis Francisco Silva, el “primo LuisFra”, hijo de Pachito y Beatriz. Al igual que algunos de mis primos, estudié en el Liceo de Cervantes y luego me gradué de Ingeniería de Sistemas en la Universidad de Los Andes. Me casé en 1999 con María Jimena Zúñiga, una ingeniera de sistemas de Los Andes a la que curiosamente nunca
conocí estando en la universidad pero vino a resultar ser la mejor amiga del que era mi jefe en mi primer trabajo de graduado. Entré a trabajar en Microsoft en 1998, y buscando nuevos horizontes acepté un trabajo en Australia, a donde nos trasteamos en el 2001. Sigo trabajando en Microsoft, y Jime trabaja para un departamento del gobierno. Vivimos en Melbourne, una hermosa ciudad conocida por ser el escenario del Australian Open de Tenis, la carrera de Fórmula Uno, y una gran cantidad de eventos culturales como exposiciones, festivales de teatro, comedia, y conciertos para todos los gustos musicales (mi espíritu rockero está en su salsa en esta ciudad, y afortunadamente me he podido dar el gusto de ir a ver en vivo a todos esos grupos que adoro). Melbourne está en la costa pero cerca de las montañas (bueno, los montecitos de 1200mts a los que acá llaman montañas) así que uno puede ir a la playa en verano y a esquiar en invierno sin tener que tomar un avión. En lo que sí se parece a Bogotá es en el clima, que es más
bien frío (de hecho es más frío que Bogotá, aunque en verano puede hacer un calor bárbaro). Melbourne también tiene una oferta gastronómica muy variada, con comida representativa de las tantas nacionalidades que han hecho de este país de inmigrantes su hogar. Comida de Tailandia, de la China, de la India, de Japón son acá tan comunes como las empanadas en Bogotá. En lo que desafortunadamente no han dado en el clavo los australianos es con las hamburguesas; daría lo que fuera por poder comer en El Corral, porque las hamburguesas acá son espantosamente malas!! Tenemos dos hijos, David (8 años) y Benjamín (5 años), y el año pasado
nos dio por duplicar la familia con la adición de dos perritos, Rocky y Molly. Entre los hijos y los perros (a los que nuestros hijos sospechan que queremos más) no es que nos quede mucho tiempo libre para más cosas, pero gracias al Internet tratamos de mantenernos en contacto con la tierrita – hablando con mis papás, leyendo El Tiempo cada día, devorando la revista Semana y chismoseando por Facebook. David y Benjamín ya han ido a El Limo, y ojalá puedan volver algún día a escalar Piedragorda con sus primos como lo solía hacer su papá hace ya muchos años. - Luis Francisco Silva
Familia Muñoz Silva
Valentina Muñoz Silva, Maria Clara Silva González, Julián Muñoz Jaramillo y Sebastián Muñoz Silva Me parece difícil escribir y todavía más difícil escribir sobre uno mismo, pero aquí va mi intento: Soy “María Clara, María, Marie Claire, María Clarita”, la cuarta hija de Pachito y Beatriz. Mi vida se puede resumir en una palabra: Felicidad ! Creo firmemente que fui bendecida al haber nacido en una familia tan linda y especial. Estudié en el Colegio Santa María (las Benedictinas) y siempre estuve muy ocupada entre clases de cocina, coro, tenis, natación, etc. Al
terminar bachillerato decidí irme un año de intercambio a Estados Unidos antes de empezar mi carrera universitaria. Viví en un pequeño pueblito llamado Manchester, en Connecticut, donde me gradué de High School. A mi regreso a Bogotá estudié Ingeniería Industrial en la Universidad de Los Andes y al graduarme en 1994 entré a trabajar con mi único empleador hasta la fecha, Dow Química. Tengo una especialización en Mercadeo
Estratégico del CESA y en junio 1 de 1996 me casé con el amor de mi vida, Julián Muñoz, (arquitecto), quien era mi vecino desde que éramos niños y a quien yo no me aguantaba… (ja ja ja). En junio del 2000 y con Sebastián de 6 meses nos fuimos a vivir a Sao Paulo, Brasil. Allá nació nuestra princesita Valentina en el 2002. Luego de 5 años en ese país caluroso y espectacular, nos fuimos al otro extremo norte del planeta. Vivimos
2 años en Midland, Michigan, entre nieve y más nieve. De ahí salimos en el 2007 para Shanghai, China, que ha sido sin duda alguna una de las más increíbles experiencias de nuestras vidas. Estuvimos 3 años aprendiendo de esa cultura milenaria, increíble, mágica e inolvidable. En el 2010 partimos una vez mas hacia USA, esta vez a Philadelphia y luego de 2 años y medio empacamos una vez más para irnos al sur, a Houston, que es donde residimos actualmente.
Familia Alvarado Silva
Un 5 de febrero…
Me gustaría reproducir apartes del inspirado escrito de nuestro padrino Germán Ruiz Silva el día de nuestro matrimonio el 5 de febrero del 2000 en Villa de Leyva para así describir el comienzo de esta familia Alvarado Silva: “….. pero ella ya liberada de todas las ataduras que a duras penas lograban tenerla quieta un instante, se fue subiendo de cielos hasta llegar muy arriba, mariposa voladora, mariposa transparente como fantasía de tules, mariposa soñadora compañera de las nubes…. hasta que una tarde se puso
la luz difusa cuando un joven llegó serio a darle flores a su musa. “Ay mami, qué voy a hacer? Ay mami si tú supieras lo que acaba de pasarme… en Andrés Carne de Res he conocido al muchacho con el que quiero casarme… que sí, que sí… estoy segura… también él me miró mucho, también le encanta viajar, es elegante y muy fino, muy caballero y apuesto, trabaja como banquero, sueña con tener mellizos, quiere cuidar a Lorenzo, prefiere el reggae al bolero, es de una familia bella,
probamos el mismo vino y ya tenemos resuelto todito nuestro destino. “… Los padres no se opusieron ni tan siquiera un momento al comprender que el asunto era de enamoramiento. “…Ya suenan los voladores y las campanas al viento… Camilo Alvarado Ayalde y Claudia Silva González han dicho que sí, que se aman… y que se acabe la misa porque desde el alto cielo están que se bajan todos, dejando arriba las alas, a celebrar que aún aquí, en este país sin nortes, hay amores como soles que inflaman los horizontes, hay amores que dan ganas de bailar como gitanos buscando al amanecer abrazar a los hermanos, hay amores tan sinceros, tan espontáneos y fuertes, que dan ganas de llorar en
honor a tantas muertes, hay amores como el de Claudia y Camilo que cambian la noche en día y hacen que todos gocemos la fortuna de vivir semejante fantasía...” Y han pasado varios años y los sueños como profecía se cumplieron: en Santiago de Chile nació Laura el 14 de octubre de 2003 y en Nueva York nacieron Simón y Matías el 4 de julio de 2007. Más adelante llegó Rosita una perrita Westy y ahora se une Pascal un peludo gatito Persa que llegó hace poco, el día de nuestro aniversario No. 13. Ahora el destino nos tiene viviendo en Bogotá desde el 2008 para alegría de los abuelos! - Claudia Silva
Matías, Simón y Laura Alvarado Silva y sus mascotas Rosita y Pascal.
Familia RODRÍGUEZ SILVA MOJICA
Beatriz Helena Rodríguez, Hernán Rodríguez y Beatriz Silva Mojica Nada describe mejor a la familia Rodríguez Silva que las palabras escritas por Germán Ruiz con motivo del grado de Psicóloga de Beatriz Helena en la Universidad Javeriana: “LA PARÁBOLA DEL CAMINO (variaciones libres al Romance Sonámbulo de Federico García Lorca) “Beatriz y Hernando, dos caminantes de caminos distintos de la vida, de la vida luminosa, de la vida intensa, de la vida plena, de la vida bella, dos caminantes de la vida prodigiosa del amor, se encontraron un día inesperado bajo el sol….. y ardieron al unísono en llamas de cariño y de pasión.
“Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas, con la sombra en su cintura ella sueña en la baranda, verde carne, pelo verde con ojos de fría plata. Bajo la luna gitana las cosas la están mirando y ella no puede mirarlas. Pero quién vendrá? Y por dónde?” Cuando los amaneceres en arrullo con los atardeceres de encantamiento, se truecan a veces en tormentas desatadas de cielo roto, un día, otro, el que fuera un camino común para los dos, se volvió como al comienzo dos caminos, con una sola diferencia trascendental: quedaba entre los dos, colgada feliz entre sus manos, mirándolos con fe absoluta y esperanza creciente, en medio del
vasto horizonte de la existencia, en medio de todos los soles y todas las lunas y todos los vientos, en medio de silencios, verde que te quiero verde, una pequeña niña sonriente, de cabello rizado y suave voz, carácter fuerte, seguridad e independencia, vivacidad, ensoñación, encanto, aparecida como el mago de Oz. Niña que te quiero niña, mi hijita adorada, mi pequeña luz, que eres todo lo que tengo, que eres mi único tesoro, que sólo por tus ojos veo, que con sólo una lágrima en tus ojos, en los míos se anida el desespero “temblaban en los tejados farolitos de hojalata y mil panderos de cristal herían la madrugada”. La niña siguió adelante cogiendo un tercer camino que por las cosas divinas quedó siempre protegido bajo un arco iris grande de muñecas, pan y vino; y con sus padres siguiéndola, andando alegre y dispuesta, nos ha traído hasta aquí a mirarla ya mujer con todo un título a cuestas. Qué sigue bello milagro? Qué sigue mi niña bella? Que por favor no se acabe el encanto de mirarte como romance sonámbulo. Somos felices de verte y todos deseamos que ese camino que llevas nos enrede en los enredos de las mentes que soñamos. Viva Dios
que nos vigila buscando entre tus caminos el más seguro remedio para nuestros desvaríos. “Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas, el barco sobre la mar y el caballo en la montaña”. Te entregaron ilusiones como ramitas de olivo y las volviste un gran árbol cuya sombra ya se expande como cobija de alivio para tu padre y tu madre.” Y el tiempo pasó ........y Beatriz Helena siguió su camino..... y actualmente se encuentra en San José de Costa Rica, feliz y dichosa en ese lindo país, trabajando en "The Coca Cola Company". En cuanto a mí, estoy ahora gozando de buen retiro, después de haber trabajado muchos años con el Gobierno Americano, (USAID y Fulbright), coordinando un programa de becas de post grado hacia los Estados Unidos, que favorecieron a muchos colombianos y que enriquecieron mi vida con experiencias maravillosas que siempre recordaré. Y como dice Germán en su poema, a pesar de que Hernando y yo seguimos por distintos caminos, siempre estamos pendientes de la "hijita adorada". - Beatriz Silva Mojica
El balcón de la cabaña Mi primera visión del Limo
Sentada en el balcón de la Cabaña hace unos pocos días, recordaba con nostalgia mi primera visita a El Limo, a finales de 1954. Después de un corto noviazgo, Pacho y yo nos casamos y nos fuimos a vivir a Estados Unidos, gracias a una beca que obtuvo del gobierno americano para realizar una especialización en Química de Suelos. Desde entonces él soñaba con dedicar su vida a la agricultura, tal vez apegado al cariño que siempre ha tenido por ese pedazo de tierra donde pasó varios
años en su niñez, conviviendo con tios y primos. Para mi todo era una novedad, ya que mi único contacto con el campo eran los paseos que hacía con mis padres y hermanas en Barrancabermeja donde pasé mi niñez y adolescencia dado que mi padre era un funcionario del Ministerio de Minas y Petróleos encargado de la supervisión gubernamental a la Tropical Oil Company, empresa que tenía en esa época la concesión para la explotación petrolera en esa zona.
Por lo tanto me sentía muy emocionada de ir a pasar la Navidad y el Año Nuevo en una finca y donde tendría además mi primer contacto con muchos de los miembros de la familia a quienes aún no conocía. Viajamos en bus de Bogotá a Duitama en compañía de Helí y Marorita. Allí pernoctamos y al día siguiente Helí contrató un taxi para que nos llevara hasta Varitas (en esa época todavía no se había construido el carreteable de Varitas a la casona). Al llegar me bajé presurosa del taxi y corrí loma abajo deseosa de ver esa casa mágica de la que tanto me hablaba Pacho. Al llegar al Patio de los Pinos fuimos recibidos con gran algarabía pues la mayoría de los veraneantes ya se encontraba disfrutando de sus vacaciones. Una de las cosas que mas me llamó la atención era escuchar tantos nombres raros: que vamos al Chovo, a la Piedra del Miradero, a las Pavas, a Piedragorda, la Morera, la Cabuya, el Llano, el Potrero de la Cruz, etc. etc. Para no hablar de la casona con el consultorio, la pieza de Abel, la alcoba chiquita, el cuarto de las abejas, etc. etc. Proviniendo yo de una familia pequeña (mi padre hijo único), mis abuelos a quienes no conocí, ya habían fallecido, mi madre
tenía dos hermanas y un hermano, y mi familia inmediata la componían mi papá, mi mamá y dos hermanas, me sentía abrumada de ver la cantidad de hermanos, hermanas, tios, tias, primos y sobrinos que conformaban la familia de Pacho. Cada día llegaba un nuevo veraneante a la casona y Mamá Rosita multiplicaba, como por milagro o arte de magia, camas y “tendidos” para albergar a toda la familia. Pasamos unas vacaciones maravillosas, como muchas que luego se sucederían. A medida que pasaban los años y las familias iban creciendo, llegó el momento de pensar en tener un lugar propio pues ya no cabíamos en la alcoba que nos había asignado Mamá Rosita. Ya no se trataba de Pacho y Beatriz, sino que también estaban Luz Helena, Adriana, Luis Francisco, Maria Clara y Claudia, amen de Jorge, uno de mis sobrinos que casi siempre acompañaba a Luis Francisco en sus excursiones y los infaltables “zarcillos” como les decía Pachito a las amigas de las niñas. Por esa razón en 1985 aceptamos la oferta de Mamá Rosita de construír nuestra Cabaña en el terreno llamado la Huerta y concebida desde el principio como un mirador desde
donde apreciar la belleza del paisaje limeño. Esperamos que nuestros hijos y nietos nunca se olviden de este bello rincón de la naturaleza y
puedan apreciar y mantener viva la llama del amor y la unión fraternal. - Beatriz de Silva
Anécdotas Papá Roberto, un niño con nosotros
Imposible olvidar aquellos paseos al río Chicamocha organizados por mi madre. Bajaba toda la familia: papá y mamá, mis tíos Abel y Juanito. Marora, Nena, Carlos Roberto, Cecilia, Toño, Hernando y Quico. (Beatriz Carlota y Carlos Hernán fueron postmodernos, no habían aterrizado en el planeta). Las cocineras bajaban con el mercado y con la vajilla en ollas y canastos. Prendían fuego en el fogón de tres piedras a la sombra de los mangles. Aventaban las brasas abanicándolas con chinas (abanicos de palma) y lloraban con el humo. La principal diversión la inventaba y dirigía mi padre. Tendía un buen lazo sobre el río, al nivel del agua, sujetándolo por punta y punta en los mangles. Y empezábamos a pasar el río agarrándonos del lazo. Las niñas en chingue, o sea en maxifalda.
Con este ejercicio y esta diversión aprendimos a nadar. Gracias, papá Robertico.
Después del baño en el río jugábamos al tejo en el blanco arenal de la playa. Eran tejos de piedra y no se trataba de embocinar ni de reventar mecha sino de tumbar la turra. Abel empuñaba un enorme tejo de piedra como para el gigante Goliat. Mi padre parecía un niño entre nosotros. Dicen que los chibchas jugaban con tejos de oro. (A lo mejor en los predios del Limo, de La Cabaña y del Fogón se encuentren soterrados algunos tejos de oro). También recordamos a mi padre cuando íbamos al chorro del azufre; llevaba siempre un jarro y tomaba con mucha fe agua bendita.
Papá Roberto en Bogotá nos instalaba un columpio en el solar. Nos llevaba al museo de La Salle y al Circo Dúmbar. Y a elevar cometas en Luna Park. Cuando vivíamos en Santa Rosa de Viterbo mi padre fue magistrado del tribunal, era muy apreciado en la población. A Carlos Roberto y a mí nos llevó a vacaciones a Soatá, y en particular a un veraneo en un trapiche a orillas del Chicamocha. La pasamos rico. Mi padre nos llevaba de vez en cuando a Paipa. En una tienda del pueblo nos compraba el avío para llevar a termales: pandeyucas, almojábanas y unos deliciosos quesillos que nunca volvimos a probar. Luego nos encaminábamos a pie a los pozos termales. No existía ninguna edificación, todo eran potreros. Desde lejos se veía subir el vapor de los pozos en forma de neblina. Eran tres pozos: uno con agua al clima, otro tibio (donde nos
bañábamos) y otro hirviente donde cocinaban huevos sumergiéndolos dentro de una mochila de fique. Salíamos del pozo y en la orilla merendábamos felices. Papá Robertico: no solo fuiste nuestro padre, sino también nuestro hermano y compañero. Y con mi madre fuiste siempre novio, la trataste con tanta delicadeza y tanto amor. Jamás oímos que la llamaras diciéndole Rosa Elena, sino que siempre le decías Rosita. Cumplieron 60 años de matrimonio feliz. Jamás los oímos discutir ni presenciamos la menor desavenencia. Jamás nos castigaron (solo regañitos). Claro que, modestia aparte, nosotros éramos unos niños juiciosos. - Antonio José - Toño
Mis paseos con papá Roberto
Corrían los años 30 del siglo pasado. Papá Roberto era magistrado en el tribunal de Santo Rosa de Viterbo y, por consiguiente, la familia lo acompañaba en esa localidad. Marora y Nena estaban internas donde las Terciarias y Carlos Roberto y Toño estudiaban en el Seminario de Tunja. Papá Roberto sufría de reumatismo y, por este motivo, le gustaba ir a Paipa a tomar baños en los termales de esa población. Todavía no había piscinas, sino unos pozos donde brotaban las fuentes termales. Papá Roberto me llevaba a mí de compañero porque Pachito era muy pequeño. Salíamos de Sta. Rosa temprano y llegábamos a Paipa como a media mañana. Todavía no había carretera hacia los termales, sino un camino de herradura que había que recorrerlo a pie. Por el camino, papá Roberto me iba contando historias: Siendo él niño, en la plaza de Guicán, lo atacó un cordero bravo: lo golpeó en el estómago y lo tiró lejos: pudo haberlo matado. Se salvó para bien de su futura familia.
Hizo su primaria en la escuela de Guicán. Pero, para el bachillerato, el abuelito Francisco lo mandó a estudiar a Bogotá, al Colegio del Rosario, que era el plantel de mayor fama en la república. Allá fue discípulo de Monseñor Castro Silva y su diploma está firmado por Marco Fidel Suárez, que era Ministro de Educación. Cuando llegó la guerra de los mil días, el abuelito Francisco le dio una mula con su apero y un peón para que lo acompañara, le llevara la maleta y le lavara la ropa. Al llegar al regimiento, lo recibió el general y lo nombró su coronel. Por las cosas que él me contó, papá Roberto tuvo un combate en el que estuvo próximo a morir: a él le temblaba la voz cuando se refería a ese combate. A mí me parece que su universidad la hizo después de la guerra. El abuelito Francisco lo mandó a estudiar abogacía, aunque él quería estudiar medicina; pero, en esos tiempos, las cosas eran así. Estudió derecho en la universidad nacional. En esos tiempos no eran los encapuchados y
tirapiedras de hoy. La universidad nacional era un templo de la sabiduría. Siendo abogado joven, lo nombraron juez en Socha. Muchos años después, cuando yo ya era sacerdote, fuimos a Socha, cuando Ramoncito era el párroco. Entonces papá Roberto me llevó a una esquina y me dijo: “en esta esquina conocí yo a su mamá”. Mamá Rosita iba para Socotá y papá Roberto salió a verla pasar a esa esquina. Después fue al Limo y entablaron relaciones. Se casaron en Tasco y papá Roberto le regaló a mi mamá un mobiliario muy bueno que todavía se conserva. Para la ceremonia del matrimonio Papá Roberto le dio a mi mamá las arras de oro. Mamá conservó religiosamente esas monedas y las fue vendiendo, una por una, para sacar a la familia de algún aprieto en el que se veía metida. Poco después de casados, llegó a Colombia la peste que azotó al mundo después de la primera guerra. En el Limo se enfermaron todos. También las muchachas del
servicio se enfermaron. Solamente quedó en pie papá Roberto: él tuvo que ordeñar las vacas, preparar el alimento para todos, servírselos y atenderlos en sus dolencias. En las vacaciones de diciembre, antes de bajar al Limo, papá Roberto se iba, religiosamente, hasta Guicán a visitar a la abuelita Felisa, y a llevarle alguna “lupias” como decía él. En el Limo, le gustaba caminar, y me invitaba a que lo acompañara, y a mí me gustaba mucho acompañarlo. Siempre cogíamos camino del Chovo y de la Loma. Por el camino, me iba hablando de cuanta matica veía: me enseñaba su nombre y me explicaba para qué servía. En esas caminatas, también me hablaba de su profesión: me contaba algunos de los casos que estaba tratando. Yo en esos tiempos creía que los abogados ganaban los pleitos a fuerza de mentiras, pero me encontré con la rectitud de conciencia de papá Roberto y con su altísimo sentido de la justicia. - Hernando Silva, S. J.
El comandante
Cargue, apunte, Fuego.... Cargue, apunte, Fuego.... Así nos pasábamos las mañanas en el Limo, disparando con el viejo arcabuz a legionarios invisibles. Mientras uno disparaba, Luisga, Javier, Eduardo y Humberto esperaban a que uno se equivocara para quitarle el arcabuz. Que valga la pena contar que pesaba como 5 kilos y estaba oxidado, por lo que su gatillo no funcionaba suavemente y cargarlo era muy difícil. Disparábamos apostados al lado del corral rectangular de ladrillo que estaba en la mitad del patio, un corral horrible, sin pañete ni pintura, de unos 80 centímetros de altura y que encerraba irónicamente al símbolo de la finca: una extraña mata de limas o limos, no se bien la diferencia. En todo caso, la mata estaba ahí. El suelo del corral era de una tierra gris, pues allí terminaban las cenizas de los braseros que encendían en las frías noches de Boyacá. Durante nuestras batallas imaginarias, sentado en una pequeña banca de asiento mullido y espaldar de madera, estaba nuestro comandante, quien, de una forma férrea, nos daba las órdenes y no
dudaba en quitarnos el famoso arcabuz a la menor falla. “¡¡¡En la guerra uno no puede fallar!!!”, decía. Y mientras nosotros imaginábamos enemigos inverosímiles, él recordaba, seguramente, los enemigos reales que enfrentó en la Guerra de los Mil días, en la que se desempeñó como primera corneta y tambor del batallón Güicán, dando ritmo marcial a las órdenes impartidas por el Coronel a cargo. Llegó al Ejercito azul, godo o conservador un día de clase escolar en que sin avisar el ejercito irrumpió en el salón de clase en que se encontraba y, después de arengar a los muchachos, los fueron señalando para indicarles que eran aptos para servir al país y que su obligación era terminar con… los Rojos. Hijo ÚNICO, producto de la unión entre Francisco y Felipa; esto era extraño en familias del siglo XIX, época en que se cumplía a pie juntillas el precepto católico de creced y multiplicaos. Esa condición de hijo único lo debió marcar mucho. Sus amigos de infancia tendrían entre 10 a 20 hermanos para jugar y sobre todo pelear y él no tuvo a
nadie mas que sus padres. Al terminar la guerra, estudió derecho y fue juez de la república en varios municipios de Boyacá; también fue magistrado de la corte en Socha, condición que lo hacia ser uno de los habitantes mas respetados del pueblo, mas aún que el propio alcalde y muchos de los hacendados. Un día, estando en ese pueblo ejerciendo su magistratura, llegó a su despacho el cura párroco de Tasco. Ellos se conocían, pues él había sido juez en ese municipio y lo invitó a tomar tinto en el café de la esquina de la plaza, al lado de la alcaldía. Allí le dijo: “vea, su señoría, yo a usted lo respeto mucho, pero no está bien que ande solo por el mundo, sin mujer que lo acompañe. Usted ya está muy viejo y no puede seguir así; acuérdese de lo que nos enseño nuestro Señor Jesucristo... Eso de de tener muchos hijos... No quiero que de pronto se condene. Yo he estado buscando entre mis feligreses y encontré una jovencita de la mejor familia de la región. Vive en la vereda de Hormezaque y estoy seguro que será una excelente compañera para su señoría.” De esta forma lo convenció el cura para asistir a una cita con la madre de la doncella de Hormezaque. Compró vestido, camisa y zapatos nuevos.
Usó la colonia francesa Roger Galle, se puso su ruana de viaje, mandó ensillar a Rocinante y partió temprano, después de misa de seis, para la famosa finca El Limo. Allí lo esperaban con ansiedad pues nadie lo conocía, pero habían oído hablar mucho de él, de lo educado y de buenas maneras, respetuoso con sus congéneres, amigo de los animales, justo con sus fallos, de buen trato, piadoso y de un pasado que daba fe de lo buena persona que era. No tenía un pasado truculento, con hijos regados por hay, como era usual en la región, que muchos, creyéndose Bolívar, demostraban su hombría embarazando campesinas inocentes y sudorosas, dejando hijos desconocidos por todos lados. La cita no fue con la doncella, no señores, fue con la madre de ella quien lo recibió en el salón de la casona recién terminado. Había un bello piano francés de pared y pinturas hermosas en los muros; los muebles, también franceses, erean tallados a mano y estaban tapizados en el mejor terciopelo azul que se podía encontrar. La mañana estaba soleada y las cúchicas hacían una algarabía en el patio que nadie pudo oír lo que en ese salón se habló; hasta hoy es un misterio lo que se negoció, pero después de mas de
una hora de conversación la señora salió al patio y mandó llamar a Rosa. De pronto apareció la bella doncella y su madre le dijo: “¡mija, siga, le presento a don Roberto, con quien usted se va a casar y va tener sus hijos!” El resto ya es historia. Fueron una pareja feliz y prolífica, el juez se convirtió en padre y luego en mi abuelo. No fue mucho lo que lo vi, pero lo recuerdo como un ser tranquilo, flaco, con unas gafas que tenían un tinte medio oscuro, siempre con un saco de lana liviano de botones y encima ¡¡una ruana!!
Todo de tonos café, siempre leía la prensa, era de andar lento, amable, educado, cordial y de pocas palabras; nunca dijo una grosería. Su expresión más fuerte era ¡¡Cánastos!! Un día se murió. No sé de qué, pero me acuerdo bien que lo velaron en la sala de la casa de Cecilia, frente al jardín, rodeado de su familia. Esperanza puso música que, sumado al canto de los canarios de la casa, me hicieron recordar nuestras batallas en El Limo y en ése instante me di cuenta que éste era la despedida de un verdadero Héroe. - Enrique Silva Gil
Recordando el dulce de mora
Durante las últimas vacaciones estuve con Jime y los niños descansando en una casa que alquilamos en las afueras de Melbourne. Es una cabaña pequeña, en un pueblo apacible cerca de la playa. La casita está en medio de un jardín que cuenta con un asador de leña, en donde preparamos un suculento lomo al trapo mientras David y Benjamín asan masmelos. El jardín tiene además varios árboles llenos de frutas con las que nos podemos deleitar: manzanas, peras, duraznos, limones. Claro que yo considero que el tesoro de ese jardín es algo que pocos australianos aprecian: una mata de mora. Similar a esas zarzas que crecen silvestres en los terrenos cercanos a El Limo, esa mata ofrece a quien se atreva a sortear el obstáculo de sus ramas espinosas la recompensa de unos deliciosos frutos color rojo/morado/negro. Hay alimentos que nos evocan recuerdos agradables, y la mora es para mí un ejemplo perfecto de éstos. Me hace acordar de tardes enteras recorriendo con mi primo Jorge las cercas de piedra de los lotes entre la casona y Piedragorda, en busca de
moras. Recuerdo que había tremendos zarzales llenos de moras en las cercas de piedra de los potreros aledaños al chorro del azufre, lo mismo que en el camino al Chovo y en la parte posterior de Piedragorda. Cuando uno se olvidaba de llevar avío y la caminata se extendía por más tiempo que el presupuestado, siempre se podía contar con encontrar un racimo furtivo de moras rojas en uno de tantos zarzales que cubrían las cercas de piedra a la orilla del
camino.
Eché a perder unos cuantos sacos y camisetas a causa de esas espinas, pero a cambio disfruté de cientos de moras. Las más negras eran tan
tiernas y jugosas que a veces se desbarataban en la mano dejando rastros morados en los dedos, mientras que las rojas eran firmes y tenían todavía un toque ácido que las hacía perfectas para la sed. Recuerdo que las matas tenían tantas moras que llenábamos bolsas enteras a pesar de que mientras las recogíamos nos comíamos una buena parte del botín: dos o tres moras para la bolsa, una para la boca. Por lo general las moras se ponían en un tazón en la mesa del comedor, de donde nos las íbamos comiendo durante el veraneo. Sin embargo, a veces eran tantas que terminaban en la cocina, en donde las manos expertas de la querida Marta Cely las convertían en dulce de mora, un menjurje morado que podía transformar una humilde tajada de queso en un manjar exquisito. Ese dulce de mora con queso por la noche era el postre perfecto para el final de una típica jornada limeña de caminatas por peñas y bosques de eucaliptos bajo el sol boyacense. Yo siempre estaba pendiente de fijarme a quién no le gustaba el dulce de mora (qué herejía!) para reclamar su porción. A veces también trataba de usar tráfico de influencias con mi mamá, las tías, o Marta Cely para lograr
conseguir clandestinamente alguna ración extra que hubiera sobrado. Cuando me vine a vivir a Australia nunca me imaginé que echaría tanto de menos cosas como las moras. Yo que pensaba que las frutas y sus sabores eran algo universal, como la sal y el azúcar, pero resulta que no. En Australia algunas frutas son indudablemente más ricas que sus congéneres colombianas; por ejemplo, los kiwis y las uvas. Otras frutas, como por ejemplo los mangos y las mandarinas, son frustrantemente desabridas. Las frutas criollas como las guanábanas, los lulos y las curubas simplemente no existen. Pero aunque hay berries de todo tipo, como la fresa (strawberry), el agraz (blueberry), y la frambuesa (raspberry), la pobre mora (blackberry) brilla por su ausencia. Es casi imposible conseguirla en el supermercado, y cuando se consigue es carísima y en cantidades ínfimas. Pues resulta que en Australia la humilde mora es considerada noxious weed: una maleza nociva, a la que se lucha por erradicar en lugar de cultivar. Esto se debe a que no es una especia nativa, pero se esparce con gran rapidez y su naturaleza invasiva puede arruinar terrenos destinados a ganado (las ovejas se enredan en las
zarzas), o bloquear el acceso a las quebradas, o llenar terrenos baldíos de edificaciones abandonadas. Todos esos efectos dañinos los observé tanto en Hormezaque como en la Sabana de Bogotá, pero creo que nunca fueron impedimento para que la mora fuera cultivada y su fruto apreciado. Mientras en Colombia, Estados Unidos y países Europeos se habla de regiones con cultivos de mora, en Australia se habla de áreas infestadas de mora. Afortunadamente dimos con una línea de mermeladas importadas (de Francia, donde aprecian la buena comida) que incluye entre sus variedades una de mora. Es deliciosa,
y bien vale la pena pagar el sobrecosto del producto importado con tal de poder disfrutar de unas buenas tostadas con mantequilla y mermelada de mora al desayuno. Desafortunadamente, la mata de mora de esta casita no alcanza a producir la cantidad suficiente de moras como para hacer dulce. Tampoco creo que sea posible usar la mermelada francesa para hacer el dulce, o seguramente no quedaría igual. Queda entonces el consuelo de saborear la mermelada y las pocas moras que hay, añorando aquel dulce de mora de la casona. - Luis Francisco Silva
Gastronomía casera Torta de piña
Se pone en un molde metalico las 5 cucharadas de azucar con la cucharada de agua y se deja a fuego medio hasta que se derrita el azucar y tome un color doradito. Se ponen encima las tajadas de piña y se dejan conservar un rato por un lado y luego se les da vuelta y se retiran del fuego. Rodajas de piña 6 cucharadas de harina de trigo 5 cucharadas de azucar 4 cucharaditas de polvo de hornear 3 huevos Un poquito de leche Una pizca de sal Para el caramelo: 5 cucharadas de azúcar y una cucharadita de agua
Aparte en un tazon se ponen las 6 cucharadas de harina, 5 de azucar, 4 cucharaditas de polvo de hornear y los 3 huevos y se bate hasta integrar todos los ingredientes, aclarando la masa con un poquito de leche hasta que este de una consistencia ni demasiado solida pero no muy aguada (como una salsa bien espesa). Este batido se echa en el molde encima de la piña y se mete al horno por aproximadamente 15 a 20 minutos. De inmediato se desmolda sobre un plato o bandeja. Se puede decorar agregando mitades de cerezas marrasquino en el centro de cada rodaja de piña. - Beatriz de Silva
Pernil de cerdo en Coca-Cola
Ingredientes 1 Pernil de Cerdo sin hueso 2 Lts de Coca-Cola 1 Cda de Mostaza Sal y Pimienta Azúcar morena
Si el pernil tiene piel, quitarle parte de la piel con un chuchillo, dejando solo una capa muy delgada de grasa. Echar un poco de sal y pimienta, y untar levemente con mostaza. Espolvorear azúcar y llevar al horno en una bandeja recubierta de papel aluminio.
Preparación Colocar el pernil en una olla grande con la piel hacia abajo. Verter la Coca-Cola y llevar a ebullición. Bajar el fuego, tapar y dejar cocinar aproximadamente una hora por cada kilo de pernil. Cuando esté cocinado, sacar el pernil y dejarlo enfriar un poco. Mientras tanto, precalentar el horno a 220ºC.
Hornear por 10-15 minutos o hasta que se forme un glaseado oscuro por encima. Servir cortado en rodajas.
- Luis Francisco Silva
Notas sociales Cumpleaños Enero 2 4 5 5 5 8 9 12 12 14 18 18 23 24 25
Marcela Mojica M. Vanessa Fitch Ruiz Maria Eugenia Sandoval M. Juan Camilo Sampedro Alvaro Calero Carlota (Titina) Mojica M. Gabriela Pérez Niño Carlos Eduardo Niño Hernando Rodríguez Martha Rivera González Norela de Silva Tess Brink Fitch Beatriz C. Silva Mojica Laura Pérez Niño Pilar Fonseca Mojica
Febrero 6 Alvaro Ariza 7 Santiago Vélez Mojica 7 Alfonso Mojica 8 P. Hernando Silva S.J. 9 Abel Mojica Perico 13 Cristina Schumacher 14 Mateo Mojica 15 Elsa Mojica Arenas 16 Maria Clara Sandoval M. 18 Beatriz de Silva 19 Luis Alfonso Ruiz 19 Paula Silva Díaz
19 20 20 22 22 23 26 27
Andrés Duplat Mariana Mojica Daniel Sebastián Candela Niño Federico Rojas Mojica Ivonne Mejía Mónica Hanke Myriam Silva Gil Anabella Vélez
Marzo 3 Jorge Lozano 3 Carmen Helena Vergara 3 Fernando Mojica 6 Lucía Margarita Díaz 9 Conrad Walter Mojica 9 Juanita Sánchez Mojica 9 Mónica Ramírez Hanke 11 Mauricio Mojica 11 Luz Delia Mojica 11 Amalia Maria Mojica 14 P. Antonio José Silva M. 15 Thomas Dylan Mojica 17 Manuela Sandoval 19 Alberto Schumacher 23 Valentina Muñoz Silva 23 Diego Robert Mojica 23 Camila Angela Mojica 25 Abel Mojica Beltrán 30 Alberto Vargas 30 Beatriz Eugenia Sanchez
M.
Avisos Oferta
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ATENCIÓN: Próxima edición
La próxima edición de El Mangle estará dedicada a la FAMILIA MOJICA MARQUEZ y sus descendientes. Por lo tanto urge recibir fotos e información relacionada con los descendientes de JORGE, HUGO, LUIS GABRIEL, CARMENCITA Y CARLOS HERNAN MOJICA MARQUEZ que puede ser enviada por correo electrónico a una de las siguientes direcciones: -
beatricesi@hotmail.com
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elmangle@etb.net.co