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Reflexiones sobre la vida consagrada
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MARKO I. RUPNIK MARIA CAMPATELLI
Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
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Una única vocación cristiana
¿Y si quien busca no encuentra?
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Con gestos lentos y un poco cansados, el padre Boguljub colocó sobre la mesa de madera sólida del locutorio del monasterio, donde habitualmente recibía, una cesta de peras secas, un cuenco de pequeños trozos de queso pecorino y una tabla para cortar con un panecillo de pan ya un poco oscuro en rebanadas, a la espera de que llegaran dos invitados que desde hacía tiempo le solicitaron una cita. Nunca los había visto todavía. Y, mientras los esperaba, de vez en cuando, en voz baja, susurraba alguna oración, invocando sobre ellos la bendición de Dios y pidiendo que el Señor, salvador de los hombres, les hiciera experimentar su mirada bondadosa. Finalmente llegaron al monasterio. Era una pareja de unos 40 años, Marijan y Maruska. Maruska trabajaba en un gran supermercado; él era geómetra. Tenían tres hijos, a los que siempre habían tratado de educar en 5
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la fe en la que también ellos se esforzaban por vivir su matrimonio. Por sus ojos era visible la sorpresa de encontrarse ante el anciano monje, ante su mirada buena y luminosa. Como de costumbre, Boguljub ofreció las peras secas y creó inmediatamente un clima favorable para el encuentro. Maruska no se hizo de rogar y comenzó inmediatamente a explicar el motivo de la insistencia con que habían pedido que los atendiera. «Padre, Marijan y yo, cuanto hemos podido, siempre hemos intentado vivir profundamente la fe, participar en la vida de la Iglesia, seguir sus enseñanzas, estar cercar de nuestros pastores... Pero siempre nos hemos topado con muchos obstáculos, y el problema principal no eran tanto las dificultades que encontrábamos, cuanto la óptica con la que se nos invitaba a mirarlas. A medida que pasan los años, nos hemos convencido de que, a la postre, la cuestión no está en tratar de resolver las dificultades, en buscar las soluciones. Empezamos a intuir que, quizás, se debe buscar otra cosa. Si uno participa un poco más desde dentro en la vida eclesial, escucha muchas conferencias, toma parte en muchas reuniones donde continuamente se proponen infinidad de análisis sobre cómo está la situación. Explicaciones largas y a veces doctas sobre las interferencias culturales, históricas, sociológicas, que concluyen siempre 6
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con lo que se debería hacer. Pero, perdóneme padre por lo que estoy diciendo –podría parecer un juicio, pero nace de la experiencia de muchos años, y de tocar con la mano cómo este enfoque ha generado en la comunidad eclesial cansancio, desconfianza, y a veces también un cierto cinismo– lo que constatamos es que precisamente este modo de proceder no funciona. No funciona en general, pero tampoco entre nosotros. Me explico: para nosotros dos, vivir el sacramento del matrimonio significa hacernos cada vez más una sola cosa. Precisamente aquello por lo que el Señor reza en el evangelio de Juan: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros” ( Jn 17,21). Con todo, para cada problema que ha surgido entre nosotros, en todos los momentos de tensión, de enfrentamiento y de lejanía mutua, había siempre alguien dispuesto a aconsejarnos algún enfoque psicológico, alguna dinámica relacional, algo que siempre partía de nosotros, que era obra nuestra, compromiso nuestro. Al final nos hemos dado cuenta de que todo esto llevaba a armonizarnos a él y a mí como dos individuos que tratan de estar bien juntos, de vivir pacíficamente el uno con el otro...». «Más aún –intervino Marijan– el uno junto al otro. Rara vez hemos encontrado una ayuda no 7
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solo para vivir el uno con el otro, sino, como dice el Evangelio, el uno en el otro. Alguna vez me viene el pensamiento de que la convivencia que tienen en mente los que nos dan consejos no se distingue en modo alguno de lo que piensa la mayor parte de la gente: una asociación para un bienestar mayor. O, como máximo, cuando se caracteriza por alguna connotación moral, uno se imagina una especie de convivencia pacífica, fruto de una autodisciplina que enseña a no traspasar las fronteras que establecemos, tácitamente o no, para no molestarnos. Y, en efecto, en general nos proponían un trabajo sobre nosotros para ajustar el carácter, los modos de hacer, de pensar, para aumentar los márgenes de tolerancia respecto del otro y para formular objetivos comunes tan altos que nos impulsaran a no permanecer anclados en nuestras fijaciones. Pero, gracias a Dios, sí, precisamente gracias a Él, nosotros dos hemos madurado cada vez más la intuición –no sabría siquiera cuando la hemos advertido por primera vez– de que la vida cristiana es la vida de la Iglesia, y esta es algo muy distinto a una convivencia pacífica donde no se cruzan los límites reconocidos de los propios territorios. Si la familia es la “pequeña Iglesia doméstica”, como se dice con frecuencia, entonces deben valer también para la familia los criterios de la vida nueva, de la 8
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vida eclesial... Pero no hemos conseguido encontrar a nadie que confirmara este sentir nuestro confuso, estas intuiciones nuestras... Hasta que un día, en YouTube, hemos visto una conferencia de un cierto padre Boguljub...», concluyó Marijan con una sonrisa. «Padre –reanudó Maruska– nosotros dos hemos sido absolutamente cautivados por lo que decía usted, por cómo describía la vida cristiana. Era como si alguien desde lejos entendiera nuestras aspiraciones, nuestras perplejidades ante lo que se nos proponía y, atravesando estas perplejidades y estas aspiraciones confusas, nos llevara de la mano al umbral de un mundo bellísimo que no conocíamos... Esa noche nos conmovimos profundamente y decidimos que debíamos conseguir encontrarla. Por eso, padre, querríamos saber si existen aún lugares donde podamos ver a personas que se han hecho uno, que viven uno en el otro y no uno junto al otro, atentas a no molestarse...». Boguljub escuchaba con una expresión un poco confusa. Se preguntaba de qué conferencia se tratase y de cómo hacía la gente para encontrar estas cosas... En cuanto a él, apenas conseguía usar el correo electrónico siguiendo las instrucciones que le dio un hermano más joven, que había apuntado diligentemente en un cuaderno. Sin ese cuaderno, 9
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estaba perdido. El anciano monje sonrió dentro de sí, atento a no dejarse distraer por estos pensamientos, y se concentró sobre lo que sus invitados estaban relatando, algo que, en cambio, hizo que cayera un velo de tristeza sobre sus ojos. Marijan continuó: «Padre, nuestros abuelos nos contaban que, de vez en cuando, iban en peregrinación a santuarios, a monasterios, a lugares significativos, donde se confesaban y encontraban con monjes que les acogían y con los cuales tenían breves conversaciones iluminadoras sobre sus vidas. Pero también en las ciudades, en alguna iglesia, había padres capaces de acogerles y de quedarse con ellos en un coloquio espiritual...». «Más aún –urgió Maruska– la abuela nos hablaba de una cierta sor Amvrosija, a la que consideraba como una verdadera madre, a la cual confiaba con mucha confianza las dificultades, no solo de niña, sino también de novia y de madre. Y la abuela recordaba con mucha gratitud los consejos de esta religiosa, la sabiduría con la que le ayudaba a mirar las cosas de la vida, desde cómo criar las gallinas, a cómo educar a los hijos, cómo afrontar ciertas aristas caracterológicas del abuelo y, sobre todo, cómo leer los problemas, no para “resolverlos” porque ciertos problemas son insolubles, sino trasportándote a un plano donde los miras desde otra luz...». 10
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Índice
Págs.
1. Una única vocación cristiana .............................
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2. Foto automática en gris ..................................... 47 3. Libre aceptación de la muerte ........................... 105
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4. Por qué estamos en esta situación ..................... 127
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5. Fundamentos de la vida el uno en el otro .......... 179 6. El flujo de vida .................................................. 211
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7. La lección de historia ........................................ 327
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