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Los sacramentos y la belleza de Dios. Capitulo 1

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Los sacramentos y la

belleza de

Dios


Los sacramentos y la

belleza de

Dios

Cartas al pueblo de Dios

Bruno Forte


Introducción

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© SAN PABLO 2014 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723 E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es © Edizioni San Paolo s.r.l., Cinisello Balsano (Milán) 2011 Traducido por Sara Martín García y Pablo Cervera Barranco Título original: I sacramenti e la bellezza di Dio Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050 E-mail: ventas@sanpablo.es ISBN: 978-84-285-4467-2 Depósito legal: M. 19.449-2014 Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) Printed in Spain. Impreso en España

uando fui llamado al episcopado, me pregunté más de una vez cuál era el principal deber que se me pedía. No tuve duda alguna al pensar que era el de la oración: tenía que rezar por el pueblo que se me había confiado e irradiar lo más posible, a través de la palabra y las obras, el amor por la oración como lugar de encuentro auténtico y profundo con Dios y con el prójimo. En la experiencia de fe de la Iglesia, sin embargo, la oración personal nace de la liturgia y se orienta hacia ella, junto a la vida completa del creyente. Por eso, el obispo está llamado a ser el «primer dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular que se le ha confiado, la guía, el promotor y el guardián de toda la vida litúrgica» de su pueblo (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 41). Por tanto, es deber del obispo trabajar para que todos comprendan cada vez más el sentido auténtico de la liturgia y de los textos en los que esta se expresa, para ser de este modo «conducidos a una activa y fructuosa celebración de la Eucaristía» (Ordenamiento General del Misal Romano, 22). Los Padres de la Iglesia expresa-


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ban estas mismas ideas hablando del obispo como del «mistagogo»: aquel que introduce a los santos misterios con la palabra y con la vida, llevando de la mano a los fieles para que lleguen a contemplar y experimentar la belleza de la salvación de Dios realizada en Cristo. Animado y siendo consciente de ello, decidí dedicar las primeras cartas pastorales dirigidas al pueblo que se me había confiado a la explicación, lo más simple y comunicativa posible, de los sacramentos de la Iglesia: estas servían de apoyo a los trabajos del Sínodo diocesano que trazaba las líneas de nuestra vida eclesial1, y posteriormente el compromiso exigente y precioso de mi visita pastoral a cada una de las comunidades parroquiales. Nacieron así las siete cartas, dedicada cada una a uno de los sacramentos –lugar de encuentro con Dios y con su belleza salvadora– y la carta sobre la Palabra de Dios, que se ocupa del sacramento originario, Jesucristo, la Palabra eterna hecha carne para introducirnos en la vida misma de la Trinidad santa. Para cada carta he redactado un boceto, sobre el que he pedido el parecer de muchas personas, sacerdotes, personas consagradas y laicos, para llegar a la redacción del texto final, que fuese fruto de la mayor escucha posible. También así, estas cartas son la voz de la Iglesia dirigida a todos los peregrinos de Dios. Publicadas en

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pequeños volúmenes y fascículos individuales, traducidas a muchos idiomas, las ocho cartas2 se han recogido ahora aquí para poder ser meditadas de un modo más ágil y utilizadas para ayudar a quien las lea para que sea cada vez más consciente de los dones ofrecidos en las fuentes de la gracia que son los sacramentos, acontecimientos de encuentro de cada creyente y de la comunidad celebrante con Aquel que es la belleza que salva en persona: Jesús, Señor y Cristo, luz de la vida. B. F. Pascua de Resurrección 2011

Cf Los dos volúmenes producidos por el Sínodo a través de un camino auténticamente colegial: Archidiócesis de Chieti-Vasto, Sínodo Diocesano, Una Chiesa pellegrina sulla via della Belleza, Libro del Sinodo promulgato dall’Arcivescovo Metropolita Bruno Forte (Chieti 2007); Id., Direttorio Pastorale. Complemento al Libro Sinodale, promulgato dall’Arcivescovo Metropolita Bruno Forte (Chieti 2008).

B. Forte, Perché andare a Messa la Domenica? L’eucaristia e la bellezza di Dio (Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2005; 20053); Id., Confessarsi, perché? La riconciliazione e la bellezza di Dio (Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2006; 20062); Id., La Parola per vivere. La Sacra Scrittura e la bellezza di Dio (Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2007); Id., L’acqua della vita. Il battesimo e la belleza di Dio (Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2008); Id., Cresimarsi, perché? La confermazione e la bellezza di Dio (San Paolo, Cinisello Balsamo 2009); Id., I colori dell’amore. Il matrimonio e la bellezza di Dio (San Paolo, Cinisello Balsamo 2010); Id., Preti per amore. Il sacerdozio e la bellezza di Dio (Paoline, Milán 2010). La carta Il Medico celeste. L’unzione degli infermi e la bellezza di Dio, para el año 2010-2011, es inédita, porque hasta ahora solo se ha difundido en un fascículo para uso interno de la Archidiócesis.

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Lámpara para nuestros pasos La Palabra de Dios

Intentemos comprender juntos qué es la Palabra de Dios: si lo comprendes de verdad, con la mente y con el corazón, sentirás la necesidad de ponerte a la escucha de las palabras con las que Dios mismo te habla, dándote luz para conocerte a ti mismo en la verdad, sabiduría para discernir los signos de su presencia, fuerza que te haga capaz de decirle a tu vez palabras de amor, que sean la voz de tu oración, confesión de tu fe humilde, canto dentro del canto de la Iglesia entera, que nace de la Palabra y es llamada por la Palabra a ser testimonio hasta los confines de la tierra.


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1. ¿Por qué una carta sobre la Palabra de Dios?

He decidido escribirte una carta sobre la Palabra de Dios porque estoy convencido de que en nuestra compleja sociedad está sucediendo algo similar a lo que describe el libro de profeta Amós: «He aquí que vienen días –oráculo del Señor Yahvé– en que yo mandaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Yahvé» (8,11). Reconozco esta hambre en la necesidad de amor que existe en cada uno de nosotros, hombres y mujeres de este tiempo «post-moderno», cada vez más prisioneros de nuestras soledades. Solo un Amor infinito puede apagar la espera que nos quema dentro: solo Dios, que es Amor, puede decirnos que no estamos solos en este mundo y que nuestra casa está en la ciudad celeste, donde no habrá ya dolor ni muerte. «Desde aquella ciudad –escribe san Agustín– nuestro Padre nos ha enviado cartas, nos ha hecho llegar las Escrituras, en las que encender en nosotros el deseo de volver a casa» (Comentario a los Salmos, 64, 2-3). Si comprendes que la Biblia es esta «carta de Dios» que habla precisamente a tu corazón, entonces te acercarás a ella con el ansia y el deseo con los que un enamorado lee las palabras de la persona amada. Entonces Dios, que es Padre y Madre en el amor, te hablará precisamente a ti y la escucha fiel, inteligente, humilde y orante de lo que Él te diga saciará poco a poco tu necesidad de luz, tu sed de amor. Aprender a escuchar la voz que te habla en la Sagrada Escritura es aprender a amar: ¡La Palabra de Dios es la buena noticia contra la soledad! © SAN PABLO 2014

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Por eso, la escucha de la Escritura es una escucha que libera y salva. 2. ¡Dios habla!

Solo Dios podía romper el silencio de los cielos e interrumpir el silencio del corazón: solo Él nos podía decir –como nadie más– palabras de amor. Así ha sucedido con su revelación, en primer lugar para con el pueblo elegido, y después en Jesucristo, la Palabra eterna hecha carne. Dios habla: a través de un acontecimiento y palabras íntimamente vinculadas entre sí, Él se comunica a sí mismo a los hombres. Escritos bajo la inspiración de su Espíritu, estos textos constituyen la Sagrada Escritura, la morada de la Palabra de Dios en las palabras de los hombres. ¡La Palabra de Dios es Dios mismo en el signo de su palabra! Esta participa de su potencia: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allí, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a lo que la envié» (Is 55,10s). El término hebreo dabar, traducido habitualmente como «palabra», significa tanto palabra como acción: así, los diez mandamientos se denominan en hebreo «las diez palabras» para indicar que estas expresan al mismo tiempo las exigencias del amor de Dios y la ayuda que Él da para llevarlas a cabo. El Señor dice lo que hace y hace lo que dice. En © SAN PABLO 2014


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el Antiguo Testamento anuncia a los hijos de Israel la venida del Mesías y la instauración de una nueva alianza; en el Verbo hecho carne cumple sus promesas más allá de cualquier expectativa. El Antiguo y Nuevo Testamento nos narran la historia de su amor para con nosotros, según un camino con el que Dios educa a su pueblo en el don de la alianza cumplida: ¡El Antiguo Testamento se ilumina en el Nuevo y el Nuevo se prepara en el Antiguo! ¿Cómo podría el árbol del cumplimiento prescindir de las raíces de las que procede? «Si la raíz es santa, también las ramas... Sábete que no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz que te sostiene» (Rom 11,16.18). Por eso, discípulos de Jesús, ¡amemos las Escrituras que él mismo ha amado!

de Noé, II, 8). Nutrirse de la Escritura es nutrirse de Cristo: «La ignorancia de las Escrituras –afirma san Jerónimo– es ignorancia de Cristo» (Comentario al Profeta Isaías: PL 24,17). Quien quiere vivir de Jesús debe escuchar incesantemente las divinas Escrituras, sin excluir ninguna. En ellas se revela el rostro del Amado, en este hoy que pasa y en el día del amor sin fin: «Tu rostro, Señor, yo busco: buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos nosotros, los cristianos... Si perseveramos buscando el rostro del Señor, al término de nuestro peregrinaje terreno estará Él, Jesús, nuestra eterna alegría, nuestra recompensa y gloria por siempre» (Benedicto XVI, Discurso del 1 de septiembre de 2006 en el Santuario del Volto Santo di Manoppello).

3. La Palabra se hace carne

4. El Espíritu, intérprete de la Palabra

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» ( Jn 1,14). El cumplimiento de la revelación, don supremo del amor divino, es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, la Palabra única, perfecta y definitiva del Padre, el cual nos dice y nos dona todo en Él. «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Heb 1,1s). En Jesús los textos del Antiguo Testamento adquieren y manifiestan su significado pleno: «Toda la Escritura es un libro solo y este libro es Cristo» (Hugo de San Víctor, El Arca

¿Cómo encontrar al Viviente en el jardín de las Escrituras, similar al jardín del sepulcro? Para que se realice en nosotros lo que le sucedió a la mujer cuyos ojos se abrieron cuando reconoció al Señor resucitado en aquel que antes había confundido con el guardián de jardín (cf Jn 20,15s), es necesario ser llamados por el Amado, tocados por el fuego de Su Espíritu: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» ( Jn 14,26). El Espíritu Santo, que ha guiado al pueblo elegido inspirando a los autores de las Sagradas Escrituras, abre el corazón de los creyentes a la inteligencia de todo lo que está contenido en ellas.

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Así, la Escritura «crece junto con quien la lee» (San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, I, 7, 8). De este modo, ningún encuentro con la Palabra de Dios será vivido sin haber invocado antes al Espíritu, que entreabre el libro sellado, moviendo el corazón y dirigiéndolo a Dios, abriendo los ojos de la mente y dando dulzura en el consentir y en el creer la verdad (cf Concilio Vaticano II, Constitución sobre la divina revelación Dei Verbum, 5). El Espíritu es quien nos hace entrar en la Verdad completa a través de la puerta de la Palabra de Dios, haciéndonos operadores y testigos de la fuerza liberadora que esta posee y que es tan necesaria en un mundo donde a menudo parece que se haya perdido el gusto y la pasión por la Verdad. Antes de leer las Escrituras, invoca siempre al dador de los dones, la luz de los corazones: ¡el Espíritu Santo! 5. La Iglesia, criatura y casa de la Palabra

Para hacernos capaces de acoger fielmente la Palabra de Dios, el Señor Jesús ha querido dejarnos –junto con el don del Espíritu– también el don de la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles. Ellos han acogido la palabra de salvación y la han transmitido a sus sucesores como una joya preciosa, custodiada en el cofre seguro del pueblo de Dios, peregrino en el tiempo. La Iglesia es la casa de la Palabra, la comunidad de la interpretación, garantizada por la guía de los pastores a la que Dios ha querido confiar su rebaño. La lectura fiel de la Escritura no es obra de navegantes solitarios, sino que © SAN PABLO 2014

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se vive en la barca de Pedro: el anuncio, la catequesis, la celebración litúrgica, el estudio de la Teología, la meditación personal o de grupo, vivida también en familia, la inteligencia espiritual madurada en el camino de la fe, son otros muchos canales que nos familiarizan con la Biblia en la vida de la Iglesia. También es particularmente bello y fecundo meditar la Palabra según la distribución que hace de ella cada día la liturgia, dejándonos guiar de su mano en la lozana foresta de los textos bíblicos. Acompañado por la Madre Iglesia, ningún bautizado debe sentirse indiferente ante la Palabra de Dios: escucharla, anunciarla, dejarse iluminar por ella para iluminar a los otros es un deber que nos concierne a todos, a cada uno según el don recibido y la responsabilidad que le ha sido confiada, con la pasión misionera que Cristo pide a sus discípulos, sin excluir ninguno (cf Mc 16,15: ¡Por eso he querido en la diócesis una Escuela de la Palabra abierta a todos!). Desde los sacerdotes hasta los diáconos, desde los padres hasta los catequistas, desde los consagrados hasta las consagradas, desde los teólogos hasta los maestros, desde los miembros de asociaciones y movimientos hasta cada bautizado personalmente, joven o adulto, todos están llamados a ser Iglesia generada por la Palabra que anuncia la Palabra: ¡Tú también! 6. La obediencia de la fe a la Palabra

Correspondes de verdad a la Palabra del Señor cuando aceptas ponerte en esa escucha acogedora © SAN PABLO 2014


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que es la obediencia de la fe, «por la que el hombre se entrega libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 5). Dios, que se comunica con tu corazón, no te llama a ofrecerle algo de ti, sino a ti mismo. Esta escucha acogedora te hace libre: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» ( Jn 8,31-32). En la Palabra, Dios mismo te alcanza y te transforma: «Es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Heb 4,12). Así que confiad en la Palabra. Fiaos de ella. Ella es fiel eternamente, como el mismo Dios que la pronuncia y que habita en ella. Por eso, si acoges con fe la Palabra, no estarás solo nunca: en la vida, como en la muerte, entrarás a través de ella en el corazón de Dios: «Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios» (San Gregorio Magno, Registro de las cartas, 5,46). Escuchar, leer, meditar la Palabra; gustarla, amarla, celebrarla; vivirla y anunciarla con palabras y hechos: este es el itinerario que se te abre delante de ti, si comprendes que en la Palabra de Dios está la fuente de la vida. Dios en persona te visita a través de ella: por eso la Palabra te implica, te rapta el corazón y se ofrece a tu fe como una ayuda y defensa en el crecimiento espiritual. © SAN PABLO 2014

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7. Un camino para acoger la Palabra: la «lectio divina»

¿Cómo leer la Palabra de Dios? Un camino bien comprobado para profundizar en ella y gustarla es la lectio divina, que constituye un verdadero itinerario espiritual en varias etapas. La primera es la lectio, la lectura propiamente dicha. Lee atentamente, más de una vez, un pasaje de la Escritura, y pregúntate: «¿Qué dice el texto en sí mismo?». Pasa entonces a la meditatio, la meditación, que es como una parada interior: recógete y pregúntale a Dios: «¿Qué me dices a mí a través de estas palabras?». Ponte en la actitud del joven Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,10). Responde, por tanto, con la oración, la oratio, dirigiéndote de este modo al Dios que te ha hablado: «¿Qué te responderé, mi Señor?». La respuesta la darás invitando a tu Dios a habitar en la casa de tu corazón, para que transforme tus pensamientos y tus pasos. Así, llegarás a la contemplatio, la acción de contemplar, en la que tu corazón, tocado por la presencia de Cristo, se preguntará: «¿Qué tengo que hacer para poner en práctica esta Palabra?», e intentará vivirlo. Atención, inteligencia, juicio, decisión: a través de estas cuatro etapas, vividas en el encuentro con la Palabra, esta será para ti como «lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana» (2Pe 1,19). Precisamente así, la Escritura podrá guiarte y acompañarte por las sendas de la vida: «Lámpara para mis pasos es tu Palabra, luz en mi camino» (Sal 119,105). A veces podrá parecerte © SAN PABLO 2014


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que la Palabra leída no te dice nada: ¡No te desanimes! Vuelve a ella e invoca: «Señor, dame vida según tu Palabra» (v. 107). Esta misma dificultad la han vivido muchos antes que tú, Abraham, Sara, Moisés, Jeremías, Ester, el Bautista, Pedro, Pablo: estos y otros hombres y mujeres de la Biblia pueden hablarte del esfuerzo y de la alegría de creer. Prueba a conocerles meditando los textos que narran sus historias con las etapas de la lectio divina: descubrirás lo cerca que están de tus peticiones y cómo su experiencia te habla (es la manera que intento utilizar en los encuentros del «laboratorio de la fe», dirigido especialmente a los jóvenes). 8. La Palabra, fuente de amor

Las palabras del Dios Amor nos hacen capaces de amar. El amor es el fruto que nace de la escucha auténtica de la Palabra: «Poned por obra la Palabra –advierte el apóstol Santiago– y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (1,22). El que se deja iluminar por la Palabra sabe que el sentido de la vida consiste no en replegarse sobre sí mismos, sino en el salir de sí sin volver atrás que es el amor. La escucha de la Sagrada Escritura te hace sentirte amado y te hace capaz de amar: si te entregas sin reservas al Dios que te habla, Él te donará a los otros, enriqueciéndote con todas las capacidades necesarias para ponerte a su servicio. He aquí por qué Benedicto XVI invita especialmente a los jóvenes, que se encuentran con la vida por delante, a «adquirir intimidad con la © SAN PABLO 2014

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Biblia, a tenerla a mano, para que sea como una brújula que indica el camino a seguir» (Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud del 2006). La Palabra es una guía segura porque –entre los muchos ruidos del mundo– nos lleva a esforzarnos por los demás siguiendo los pasos de Jesús, reconociendo en ellos su voz que llama. Las obras «signo» de la Caritas presente en nuestra Iglesia (los centros de escucha, las casas de acogida, los comedores, etcétera), las diversas actividades de voluntariado, los retos de la justicia, de la paz y de la preservación de lo creado, las personas que cada día llaman a la puerta de tu corazón, te esperan para comprender si la Palabra que escuchas te ha cambiado de verdad el corazón. Si haces estas cosas, podrás sentir que lo que dice el Señor está dirigido a ti: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,37-40). 9. La Palabra, fuente de alegría y de esperanza

Si escuchas la Palabra y la guardas en tu corazón, sentirás que tu vida se refugia en el corazón mismo de Dios, de donde nace continuamente la confianza en el presente y la esperanza en el futuro: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica –dice Jesús– será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24). Esta confianza se nutre de la alegría de sentirse amados: «Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me © SAN PABLO 2014


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llamaba por tu Nombre, Señor, Dios de los ejército» ( Jer 15,16). Por eso los dos discípulos, en el camino de Jerusalén a Emaús, en la explicación de las Escrituras reencontraron el calor del corazón, redescubrieron las razones de la esperanza, se vieron sobrecogidos por la alegría del encuentro (cf Lc 24,13-35). La Escritura, narración de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo, es memoria viva de este grande amor que suscita confianza en Aquel que llevará a cumplimiento sus promesas. Dándote razones de vida y de esperanza, la Palabra te abre al mañana de Dios y te ayuda a traerlo al presente con la fuerza de humildes actos de fe y de sencillos gestos de caridad. Por esta fuerza suya, la Palabra es también la razón de la gran esperanza que anima el diálogo ecuménico: si nos esforzamos en ser discípulos de una única Palabra, ¿cómo podemos considerar nuestras divisiones más importantes que la unidad a la que esta nos llama? 10. De la Palabra al Silencio

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silencio del deseo y de la espera. Quien ama la Palabra sabe lo necesario que es el silencio, interior y exterior, para escucharla de verdad, y para dejar que su luz nos transforme mediante la oración, la reflexión y el discernimiento: en el clima del silencio, a la luz de las Escrituras, aprendemos a reconocer los signos de Dios y a llevar nuestros problemas al designio de la salvación del que la Escritura da testimonio. La escucha es el silencio fecundo habitado por la Palabra: «El Padre pronunció una palabra, que fue su Hijo, y siempre la repite en un eterno silencio; por eso, debe ser escuchada por el alma en silencio...» (San Juan de la Cruz, Sentencias. Dichos de amor y luz, n. 21, en Opera, Roma 19672, 1095). Por tanto, ¡no se pronuncia jamás la palabra de la vida sin haber caminado largamente por los senderos del silencio, en la escucha meditativa y profunda de la Palabra que viene del Eterno! 11. El icono de María, Virgen de la escucha

De la escucha obediente de la Palabra brota, por tanto, la elocuencia silenciosa de la vida: «No cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes» (1Tes 2,13). Esta existencia habitada por el Eterno se nutre siempre de nuevo de la escucha de su silencio, que nos llega a través de la Palabra y que nos abre al

María es el icono de la escucha fecunda de la Palabra: ella nos enseña a acogerla, a guardarla y a meditarla incesantemente: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Imagen perfecta de la Iglesia, María se deja plasmar por la Palabra de Dios: «Hágase en mí según tu Palabra» (1,38). Y la escucha se hace don de amor: la Virgen de la anunciación va a casa de Isabel a ayudarla en su necesidad. Mujer de escucha, María se presenta en la visitación como Madre del Amor: «¿Y cómo es

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que la Madre del Señor viene a mí?» (1,43). Su voz es portadora de la alegría mesiánica: «Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (v. 44). Su bienaventuranza es haber escuchado y creído la Palabra del Eterno: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (1,45). A María –criatura de la Palabra, que intercede por nosotros en la gloria de Dios– le pido que nos ayude a vivir como ella, a la escucha de la Palabra, para acoger en nosotros el Verbo de la vida y llevarlo a los demás, en la transparencia y el esfuerzo de todos nuestros días. Rezar con María, confiar en su intercesión (por ejemplo con la oración del rosario, tan rica de motivos bíblicos) te ayudará a custodiar y vivir las divinas Escrituras. 12. La Palabra para vivir

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queden impresas en mí, oh Señor. ¡Bendita el alma traspasada por la caridad! Buscará su fuente y beberá de ella. Bebiendo de ella, tendrá siempre sed. Saciándose, deseará con ardor a Aquel de quien tiene siempre sed, incluso aunque beba siempre. De este modo, para el alma, el amor es sed que busca con ansia, es una herida que se sana» (San Columbano, Instrucción 13 sobre Cristo fuente de vida, 2-3: Opera [Dublín 1957] 118-120). Sólo el amor abre al conocimiento del Amado: «Podía comprender el sentido de las palabras de Jesús solamente quien reposó sobre su pecho» (Orígenes, In Joannem 1,6: PG 14,31). ¡Apoya también tú la cabeza sobre el pecho del Señor, como el discípulo amado en la última Cena (cf Jn 13,25), y escucha sus palabras, dejando que su corazón le hable al tuyo. Es lo que le pido a Dios para ti, mientras «te confío al Señor y a la Palabra de su gracia que tiene el poder de edificar y de conceder la heredad con todos los santos» (cf Hch 20,32). ¡Amén!

La oración de un monje, experto en la meditación asidua de las Escrituras, nos ayude a entrar en la escucha de la Palabra de Dios siguiendo el ejemplo de María: «Te pedimos, Señor, que nos hagas conocer lo que amamos, porque no buscamos nada fuera de ti. Tú eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestra comida, nuestra bebida, nuestro Dios. Te pido, oh Jesús nuestro, que inspires nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y que traspases con tu amor nuestras almas, para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: Hazme conocer a Aquel que ama mi alma; he sido herido por tu amor. Deseo que esas heridas © SAN PABLO 2014

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