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El Papa Juan XXIII

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El Papa Juan XXIII

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Domenico Agasso sr. Domenico Agasso jr.

El Papa Juan XXIII Con la versión original del «Discurso a la luna»

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Introducción

Sigue dándonos valor

M © SAN PABLO 2014 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723 E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es © Edizioni San Paolo s.r.l., Cinisello Balsamo (Milán) 2013 Título original: Papa Giovanni XXIII. Con la versione originale del «Discorso alla luna» Traducido por Pablo Cervera Barranco Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050 E-mail: ventas@sanpablo.es ISBN: 978-84-285-4439-9 Depósito legal: M. 4.263-2014 Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) Printed in Spain. Impreso en España

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uerto hace cincuenta años, y todavía vivísimo, Juan XXIII Roncalli sigue siendo contemporáneo también de las generaciones que no lo han conocido. Su beatificación, ocurrida en el Año Santo 2000, no fue una fiesta de recuerdo, aunque con mucha riqueza de evocaciones. Fue principalmente un «tocar con la mano» su presencia actual en la Iglesia, en el mundo cristiano y más allá. Aún en nuestros días –medio siglo después de la muerte– muchos siguen escribiéndole como a alguien vivo: miles de cartas y tarjetas de felicitación, que se «entregan» sobre su tumba especialmente en Navidad y en Pascua. Es como un revivir hoy esos momentos de feliz sorpresa –y también de fascinación– que suscitó su aparición como

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pontífice, a partir del otoño de 1958, dentro y fuera del mundo católico. Incluso quien era ajeno a ámbitos religiosos no pudo dejar de escucharlo, cuando invitaba a su Iglesia a recogerse, examinarse, corregir en voz alta ante todo el mundo, y cuando enseñaba la confianza «en los designios superiores e inesperados de la Providencia divina “para todos los hombres”». En el mundo entonces dividido entre contrapuestas hostilidades y temores, sólo su voz sabía interpretar conjuntamente preocupaciones y esperanzas. Y en días de peligro inminente y gravísimo, fue su voz la que tranquilizó y alentó. Juan XXIII llegó a todo esto no sólo a partir de orígenes familiares humildísimos, sino también recorriendo caminos difíciles, a veces insidiosos, sintiéndose a veces aislado, fuera de la Iglesia y también dentro de ella. Tuvo que afrontar –y superar, con el arma de la mansedumbre iluminada– situaciones adversas, sin recibir siempre la confianza y el apoyo de los «suyos», de las estructuras de la Iglesia, de hombres muy prestigiosos de Iglesia. A ellos, luego, en el tiempo de su ponti-

ficado, les dispensó generosamente confianza y amistad, tal como hizo con todos, cada día de su vida.

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D. AGASSO sr. - D. AGASSO jr.


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La sorpresa del nombre

Pocos y cansados. Apenas son 55, en el otoño del año 1958, los cardenales que deben elegir un nuevo Papa, sucesor de Pío XII Pacelli, que gobernó la Iglesia durante 19 años y murió el 9 de octubre. Desde hacía años ya no había nombrado cardenales nuevos, y los ancianos, al reunirse después en la Capilla Sixtina para la votación, son aún menos numerosos. En efecto, dos de ellos son prisioneros políticos de regímenes comunistas europeos: József Mindszenty, en Hungría, y Alojzije Stepinac, en Yugoslavia. Y no sólo eso: poco antes murió el cardenal misionero Celso Costantini. Por último, el mismo sábado 25 de octubre, media hora antes de la apertura del Cónclave, un malestar repentino truncó, en el Colegio americano de

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Roma, la vida del cardenal Edward Mooney, arzobispo de Detroit. Así, en la tarde de aquel sábado, se reunió una cincuentena de cardenales, todos ancianos. Entre ellos, el chino Thomas Tien, llegado en camilla con un brazo fracturado, y el chileno José María Caro Rodríguez, al cual le quedaba un mes de vida. Las votaciones, que empezaron ese mismo día, serán once en total. Y ya la tarde del lunes 27, después de ocho votaciones, se van acumulando votos sobre el nombre de Angelo Giuseppe Roncalli, patriarca de Venecia. Para elegir al nuevo Papa se necesitan al menos 35. Este número se alcanzó luego y se superó ampliamente al día siguiente, el martes 28: y aquí está Roncalli Papa, con gran mayoría. El decano de los cardenales, el francés Eugène Tisserant, se inclina delante de él con la pregunta ritual: «¿Aceptas la elección como sumo pontífice?». «Acepto», responde él. Siguiente pregunta: «¿Cómo quieres ser llamado como Papa?». Aquí Angelo Giuseppe Roncalli causa a todos la primera sorpresa, respondiendo a Tisserant: «Vocabor Johannes», me llamaré Juan.

Y de golpe todos empiezan a hacerse preguntas –inicialmente en la Capilla Sixtina y más tarde en todo el mundo– sobre el porqué de esta elección. Llueven explicaciones: Juan es el nombre de grandes santos, el Bautista y el Evangelista; de una veintena de Papas, de un antipapa... Pero ahora llega su respuesta, que sorprende a todos: «Porque Juan es el nombre de mi padre». Luego, ciertamente, recuerda a santos y pontífices con ese nombre. Pero, antes que todos ellos, «mi padre». Después de esto lo asaltan monseñores, ayudantes, ceremonieros y sastres, para que la multitud, que ya festeja en la plaza, le vea vestido de Papa en el balcón de San Pedro. Pero no sólo ella. Juan XXIII Roncalli es el primer Papa que la televisión muestra inmediatamente a todo el mundo. Cuestión de minutos, y su rostro se convierte en imagen de familia en millones de hogares. Y por primera vez da la vuelta al mundo también el nombre de su lugar de origen: Sotto il Monte, provincia de Bérgamo, llamado así porque se encuentra en las raíces del Monte Cauto, en una orilla del río Adda. «Sota el mùt», como lo

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llaman los habitantes, que en la tarde otoñal hacen fiesta, pero sin extrañarse demasiado: «Con tantos sacerdotes y obispos bergamascos a lo largo del tiempo, un día u otro podía salir también un Papa». En el Vaticano, mientras tanto, en torno a Juan, pontífice desde hace pocas horas, también hay un choque de emociones entre los ligados a su persona, después de la aparición en la balconada central de San Pedro y la primera bendición. Es lo que sucede en toda elección de Papa y que implica siempre novedad, cambios, gente que se va y gente que llega. Gente que quiere llegar. Cumplidas todas las tareas que prescribe el ceremonial, muchos se van preguntando: «¿Qué hacemos, ahora?». Y él, el Papa Juan, tranquilo como los paisanos de Sotto il Monte, dice: «Ahora recitemos las oraciones del Oficio, como todas las tardes». Entretanto ha hecho llamar al joven don Loris Capovilla, que vino con él al Cónclave desde Venecia. En Venecia se habían encontrado en el año 1950, cuando Mons. Roncalli, entonces nuncio pontificio en París, vino para

una conmemoración; mientras, don Loris, que pertenecía ya al clero veneciano, se ocupaba de la comunicación y de actividades juveniles. Luego, en enero de 1953, don Loris lo volvió a ver en la Nunciatura de París, con una delegación del clero veneciano, que se encontraba por primera vez con Angelo Roncalli, recientemente nombrado patriarca, sucediendo al cardenal Agostini. Y en aquella ocasión Mons. Roncalli llamó a don Capovilla para trabajar en el equipo del patriarcado veneciano, a partir de marzo de 1953. Ahora, allí en el Vaticano tras la elección, Juan XXIII Roncalli hace llamar a su secretario de Venecia y le dice: «Entre nosotros no cambia nada; pero aquí hay necesidades distintas respecto a Venecia. Estamos en el centro de la catolicidad; muchas cosas cambiarán nuestra vida». Pero esto no es un buen motivo para descuidar los deberes cotidianos. Y muchos años después Mons. Capovilla recordará, en el libro-entrevista Giovanni nel ricordo del segretario (edición de Marco Roncalli, San Pablo Italia)1: «Lo veo de nuevo, esa

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1 M. RONCALLI, Juan en el recuerdo de su secretario Loris F. Capovilla, Palabra, Madrid 20062.


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tarde caminar, yendo y viniendo con su rosario entre las manos, mientras que yo, un poco perdido, abrumado por mil pensamientos, no conseguía entenderlo en esa situación nueva e imprevista». Tranquilo, como sus paisanos de Sotto il Monte.

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Clérigo y sargento

Precisamente, nació en Sotto il Monte el viernes 25 de noviembre de 1881, siendo entonces rey de Italia Humberto I de Saboya y pontífice León XIII Pecci. Nacido, y el mismo día bautizado, era el cuarto hijo –primero de los varones– de Juan Bautista Roncalli y de Marianna Mazzola. Después de él nacerían otros nueve, de los cuales tres murieron en la infancia, en una familia campesina que precisamente entonces pasaba fatigosamente de la condición de aparcería al cultivo propio. Esa empresa se consiguió cuando Angelo era niño todavía. Los Roncalli tuvieron entonces su propia casa en la granja Colombera. «Pobreza serena y contenta»: así definió después la condición de su casa y el clima que reinaba en ella, bajo la tutela de «barba» Zaverio, su

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protío: el hombre laborioso y devoto que en casa era también catequista de niños y guía espiritual de todos. Octubre de 1892: a los 11 años está en el Seminario en Bérgamo, después de dos años de escuela elemental con resultados más bien mediocres. Al Seminario menor, entonces, se enviaban también niños sin una clara vocación: era una vía para arrancarlos de la ignorancia. Angelino Roncalli, en cambio, tiene vocación, quizá alimentada precisamente por el tío Zaverio. En junio de 1895, a los 13 años, recibe la «tonsura», que lo introduce en el estado eclesiástico. Y cuando por primera vez llega a casa vistiendo el traje talar, negro, todos en la familia comienzan a tratarlo de «usted». Y los estudios avanzan bien, porque a los 20 años, en 1901, el obispo bergamasco Mons. Guindani lo envía con una beca de estudio a Roma, donde completará el camino hacia el sacerdocio, pero con una interrupción: lo llaman al servicio militar. En la época, para los clérigos, es un año, con la facultad también de elegir el cuerpo: y él elige el 73° regimiento de infantería en Bérgamo, adonde llega sin traje

talar y con bigotes soldadescos. Cabo tras seis meses, sargento después de un año, en 1903 se licencia, y retoma los estudios en Roma, donde asiste a los funerales del Papa León XIII y a la coronación del sucesor, Pío X Sarto, que antes era patriarca de Venecia. En aquel mismo año, último gran paso antes del sacerdocio: en diciembre es ordenado diácono, rodeado por compañeros de estudio y por amigos, entre los cuales está el joven, inteligentísimo y entusiasta Ernesto Buonaiuti, también él ya cercano al sacerdocio. Y destinado luego por un lado a una espléndida carrera de profesor universitario de historia del cristianismo; y, por otra, a un acontecimiento de durísima confrontación con la alta autoridad eclesiástica por su obra de historiador del cristianismo que le procurará acusaciones y condenas canónicas severísimas, hasta la excomunión. Y morirá incluso excomulgado, sin los sacramentos. Por último, el 10 de agosto de 1904, fiesta de San Lorenzo mártir, ordenación sacerdotal de Roncalli realizada por Mons. Giuseppe Ceppetelli, en la iglesia de Santa María en

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Montesanto. El día después, su primera misa en San Pedro. Y el primer encuentro con un Papa, Pío X Sarto, al cual es presentado como «joven sacerdote de Bérgamo». Una bendición, luego la mano del Papa impuesta sobre su cabeza durante algunos instantes: este es su primer contacto con la cúspide de la Iglesia.

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Las heridas del obispo

Tenía que estudiar derecho canónico. Y en cambio se encuentra destinado en Bérgamo, como secretario del nuevo obispo, Mons. Giacomo Maria Radini-Tedeschi. Diez años de trabajo junto a un apóstol. Apóstol actualizadísimo, maestro en las verdades eternas, y estudioso de las realidades del tiempo. Atento a la voz del mundo obrero y campesino, a costa también de sufrir «represalias» de inesperada y desoladora procedencia eclesiástica. Él, Roncalli, así lo recuerda: «¡Ahí está, Mons. Radini, bella persona erguida, imponente! Casi en acto de venirnos aún al encuentro, con esa mirada suya dispuesta a colorearse con cualquier relámpago, con cualquier llama, con cualquier sombra del espíritu». De él Angelo Roncalli ha aprendido

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cómo se soportan no sólo las heridas recibidas por la Iglesia, sino, peor aún, las que proceden de la Iglesia, o de hombres de Iglesia muy poco iluminados. Mons. Radini-Tedeschi enfermó mortalmente a los 57 años, y le tocó a don Roncalli, su secretario, advertirle del fin inminente, asistiéndolo luego hasta el final. Así se lo había pedido el obispo, y así lo hizo. Mons. Radini muere en 1914. Luego viene la I Guerra mundial y don Roncalli se encuentra llamado de nuevo a las armas como sargento de sanidad, como se hacía en aquellos tiempos con los sacerdotes jóvenes. Más tarde será nombrado capellán militar, prestando servicio en el hospital. Pero transcurre también algunos períodos en el frente: en la zona de Asiago y luego en la del Piave. Y con él fueron llamados a la guerra sus hermanos Alfredo y Zaverio. Cuando llegó la paz, vuelve a Bérgamo, pero para quedarse poco. El pontífice Benedicto XV, viejo amigo de Radini-Tedeschi, lo llama a Roma como director en Italia de la Obra para la Propagación de la Fe, gran sodalicio internacional de apoyo a las misiones.

Trabajo importante, que implica para él el nombramiento como «prelado doméstico de Su Santidad». No se trata de una consagración episcopal, pero el cargo requiere un traje de color morado, y en Sotto il Monte, al verlo llegar vestido de obispo sin serlo, la perplejidad es grande. Nadie se explica ese color, pero su madre no hace de ello un gran problema: «Son cosas que se combinan entre sí...». Vestido aparte, el trabajo es mucho. Viajes frecuentes por toda Italia y por Europa, encuentros con el Papa, que después de Benedicto XV fue Pío XI Ratti. Este le hace obispo. Y también visitador apostólico, con destino a Bulgaria. Ahora se hacen útiles los trajes de Mons. Radini-Tedeschi, adaptados a su talla. Cada obispo debe tener su lema personal, es la tradición. Y él elige «Oboedientia et pax». Uno de los momentos hermosos de esta promoción suya llega cuando presenta al Papa Pío XI a sus padres, Marianna y Juan Bautista Roncalli. Verdaderamente dos personas que no esperaban semejante honor. Pero que ni siquiera se esperaban tener que esperar años antes de volver a ver a su hijo.

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Índice

Págs.

Introducción: Sigue dándonos valor ......

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1. La sorpresa del nombre .................... 9 2. Clérigo y sargento ............................ 15 3. Las heridas del obispo ...................... 19 4. Entre Turquía y Francia ................... 25 5. Curar, no aterrorizar ........................ 31 6. Los teólogos inquietos ..................... 37 7. Las púrpuras sacudidas .................... 45 8. San Bernardo no hace descuentos ... 50 9. Catherine de Oklahoma .................. 55 10. La palabra a los obispos ................... 65 11. El barco de los niños judíos ............. 73 12. Las virtudes de los periodistas ......... 81 13. El eclipse y los ciegos ....................... 87 14. Deseos desde el otro mundo ............ 93 15. Presentes y ausentes en el Concilio . 101

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Págs.

16. El borde del abismo ......................... 109 17. El regreso del prisionero .................. 117 18. La encíclica del Jueves Santo .......... 123 Conclusión: Sigue hablándonos ............. 139 El «Discurso a la luna» del Papa Juan XXIII ........................................ 143

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