De la Pasi贸n a la Ascensi贸n
Eduardo Camino 路 Ram贸n Jimeno
De la Pasi贸n a la Ascensi贸n El Evangelio comentado por Benedicto XVI
Eduardo Camino es licenciado en Derecho y doctor en Teología por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), universidad en la que ejerció la docencia durante varios años. Es autor de Dios y los ricos (2000), Ética de la especulación financiera (2000), Formar líderes (2007), Ven y verás. La extraordinaria personalidad de Jesucristo (2007) y Rezar con el Papa Francisco (2013).
Prólogo
Ramón Jimeno, licenciado en Derecho y máster en Asuntos Europeos, ha traducido varios libros de la ortodoxia rusa, como L. Uspenski, Teología del Icono (2013) y N. Gorodetski, El Cristo humillado. Ensayo desde la literatura y el pensamiento rusos (2010).
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Mientras subían a Jerusalén Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles para burlarse de Él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará» (Mt 20,18-19). Acaba de predecirles su muerte. Les anticipa la cruz, pero una cruz que no será final, sino paso necesario para el nuevo y definitivo inicio. Por eso siempre que la menciona, menciona también su resurrección. Ambas forman un binomio inseparable. A lo largo de estas páginas se nos invita a ocupar el lugar de esos discípulos y revivir esos momentos. Porque estas palabras proféticas también van dirigidas a nosotros y, al igual que entonces les ocurrió a los Doce, puede que no las entendamos del todo o que las veamos simplemente como un final, un final triste y desolador. Porque también ellos «creyeron que Jesús sería el rey que reinaría para siempre, y de repente vieron que eran compañeros de un ajusticiado. [Solo] La resurrección les convenció de que Jesús era verdaderamente rey y solo poco a poco fueron entendiendo el significado de la cruz»1. Según los evangelios, Jesús les profetizó su muerte y resurrección cinco veces, pero ellos seguían sin creer del todo. Por ejemplo, el mismo san Juan (presente en la Transfiguración y en la resurrección de 1
J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, 237.
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Lázaro) nos cuenta que fue solo al entrar y ver el sepulcro vacío y la disposición de los lienzos y el sudario, cuando de veras creyó (cf Jn 20,6-8). No es que antes no confiase en su Maestro; pero lo que percibió en el umbral de esa tumba marcó un antes y un después en su vida. Algo parecido a lo que uno siente cuando pasa de creer a darse cuenta de que Él es toda la verdad. Pero, ¿por qué «no entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos» ( Jn 20,9)? ¿Por qué esta reticencia (si habían presenciado grandes y variados milagros y ellos mismos habían hecho algunos)? Porque las palabras de Jesús les sonaban oscuras, ilógicas: Jesús «no se presenta como el salvador o el glorioso gobernante que restablecerá el antiguo poder estatal de Israel en todo su esplendor. Él no se llama a sí mismo Mesías, sino Hijo del Hombre. Muy al contrario, su camino pasa por la carencia de poder y la muerte, entregado a merced de los paganos, como Él dice, y llevado por ellos a la cruz. Los discípulos tenían que aprender que el reino de Dios solo vendría al mundo de esa manera»2. Ser discípulo de Cristo es recordar, una y otra vez, esa verdad, penetrar en su misterio, cambiar nuestros conceptos de «éxito» y de «fracaso»: Jesús «no entra en el mundo para establecer el orden social justo mediante el poder. Ha bajado para sufrir con nosotros y por nosotros (...). [Y pese a que en última instancia jamás llegaremos a comprenderlo del todo, paradójicamente,] es lo más positivo que se nos ha dicho sobre Dios: Dios no reina simplemente gracias al poder. Dios ejerce su poder de forma diferente a los mandatarios humanos. Su poder consiste en compartir el amor y el sufrimiento, y el verdadero rostro de Dios aparece precisamente en el sufrimiento. Dios comparte en el sufrimiento la injusticia del mundo, de forma que en las horas sombrías podemos sabernos lo más cerca posible de Él. Dios se empequeñece para que podamos tocarle. Para que nosotros, los seres humanos, resistamos al principio opuesto, el principio del orgullo y del endiosamiento. Viene a conmover nuestro corazón»3. 2 3
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Id, Dios y el mundo, 305. Ib, 318.
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Dios se empequeñece para abrirnos de nuevo el cielo o, con otras palabras, para ayudarnos a ser como Él: «Dios se hizo Hombre para que el hombre se haga dios». Con esta elocuente fórmula resumen los Padres de la Iglesia la historia del mundo, de la humanidad, de cada hombre. Este es el núcleo del mensaje de estas páginas, así como la pasión, muerte y resurrección de Cristo es el núcleo del Evangelio. De tal manera que hasta podríamos considerar el resto de los años que Él quiso físicamente compartir con nosotros como un prólogo, una introducción a estos tres misterios: su pasión, muerte y resurrección. En innumerables ocasiones J. Ratzinger-Benedicto XVI se ha referido a estos tres hitos y, de una manera más sistemática y extensa –si cabe–, lo ha hecho en el tercer volumen de su obra dedicada a la vida de Cristo, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. El libro que el lector tiene en sus manos pretende recopilar los principales comentarios que J. Ratzinger-Benedicto XVI ha hecho al período de la vida del Señor que va desde los preparativos de la última cena, hasta su ascensión a los cielos. Evidentemente, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección constituye para esta recopilación una ayuda esencial, pero no agota nuestro objetivo por tres razones. La primera, porque –obviamente– los comentarios de J. Ratzinger-Benedicto XVI a los últimos días del Señor en la tierra recorren además muchas audiencias, mensajes, homilías, vía crucis, encíclicas, obras publicadas antes de ser pontífice, etc. La segunda, porque si bien la Semana Santa celebrada por los cristianos arranca con la conmemoración de la entrada triunfal en Jerusalén (y su directa conexión con la Pasión se pone claramente de relieve en ese volumen), nosotros hemos optado por tomar como punto de partida –como ya apuntamos– los preparativos de la última cena. De manera que los tres hechos más significativos que realiza Jesús antes de ese momento (su entrada en la Ciudad Santa, la purificación del templo y su discurso escatológico) quedan sobriamente sintetizados –sin apenas comentarios– en la introducción que sigue a este prólogo. Y la tercera, y más importante, porque este libro persigue una finalidad distinta a la del volumen citado: como ya anticipamos, invita al lector a introducirse en la pasión y contemplar, meditar, hablar con
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el Señor, comentar con Él cada uno de sus últimos acontecimientos. Es decir, nuestro objetivo es, simplemente, ayudar a hacer oración, de modo que la relectura meditada de la pasión, resurrección y ascensión de Jesús vuelva a conmovernos. Ahora bien, desde esta otra perspectiva coincidimos también con la del Pontífice, no podía ser de otra manera, cuando manifiesta su deseo de facilitar al lector el encuentro con el «Jesús real», partiendo de «la certeza de la figura realmente histórica de Jesús»4. La selección de los textos, por tanto, se ha realizado con este fin y si se quisiera encuadrar este libro en algún contexto teológico, este sería más bien el de la teología espiritual. La obra tiene dos partes (distinguibles también por un distinto tipo de letra): el Evangelio y su correspondiente comentario. Respecto al Evangelio, hemos querido plasmar el texto sagrado sin especiales añadidos, los mínimos para situar al lector y hacer fluida la lectura. El Evangelio es la espina dorsal, la estructura en la que irán engarzándose cada uno de los comentarios de J. Ratzinger-Benedicto XVI. Hemos concordado los textos de los cuatro evangelistas y los hemos presentado según el orden cronológico de los acontecimientos narrados por san Juan (que es un orden distinto al de los sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas); es decir, situaremos en el Jueves Santo la última cena; el viernes el proceso y la muerte de Jesús y, el domingo, la Resurrección5. Y respecto a los comentarios, hemos tenido presentes dos criterios. Primero: que en la medida de lo posible –y pensamos que lo hemos conseguido en casi todos los casos–, el comentario respondiese al versículo del Evangelio en cuestión. Segundo: que no se tratase de una «oración directa» de J. Ratzinger-Benedicto XVI (una petición en la mayoría de los casos –o una muy breve conversación– dirigida directamente a Dios, a la Virgen, etc.), sino más bien de un comen4
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J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 9. Tal como nos la narran exclusivamente los cuatro evangelistas, aunque para el misterio de la Ascensión hemos completado con el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles (versículos del 6 al 11).
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tario teológico, de una reflexión o explicación, que llevase al lector a realizar su propia oración personal. Por último, decir que el texto aparece acompañado por diversas obras de arte (Fray Angelico, Giotto, Juan de Juanes, Rubens, Gaudí, Botticelli, etc.). La razón de incluirlas fue pensar que podrían ayudar al lector a introducirse e imaginar la escena, razón que se vio confirmada al descubrir las siguientes palabras del entonces cardenal Ratzinger: «He afirmado muy a menudo que estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra toda negación, son de un lado los santos y de otro la belleza que la fe ha generado. Para que la fe pueda hoy crecer debemos guiarnos a nosotros mismos y a los hombres con los que nos encontramos a conocer los santos y a entrar en contacto con lo bello»6. Si es verdad, como más de una vez se ha dicho, que el verdadero yo de cada uno (su verdadero amor) aflora en el momento de la prueba, es en la Pasión donde más claramente podremos percibir la locura del amor de Dios. Hasta tal punto que, como afirmó Juan Pablo II, «si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar»7. Pero «la pasión no es un cúmulo de dolores físicos, como si la redención dependiera de la mayor suma posible de dolores. ¿Es que Dios puede alegrarse del sufrimiento de una criatura, incluso de su propio Hijo? ¿Acaso puede ver en ellos la moneda para comprarle a Él la reconciliación? Tanto la Biblia como la fe cristiana no tienen nada que ver con estas ideas. Lo que realmente cuenta no es el dolor como tal, sino un amor tan grande, un amor que expande tanto la existencia, que es capaz de unir lo que está lejos y lo que está cerca, que pone en contacto con Dios al hombre abandonado por Dios»8. «El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran 6 7 8
J. Ratzinger, La belleza-La Iglesia, 15-22. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, 82. J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, 243.
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amor en su vida, se trata de un momento de “redención” que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –solo entonces– el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha “redimido”»9. Esto es lo que se ha de entender: ese amor que nos atrae, que nos eleva, que nos brinda la posibilidad de ser como Dios, pero por el camino reglamentario, el que Él mismo está por mostrarnos. Que el Espíritu Santo y la Madre de Jesús, nuestra Madre, nos acompañen a revivir estas escenas y logren conmover nuestros corazones, para sacar de estos momentos de oración frutos de mejora personal y de entrega a Dios y a todas las almas. E. Camino R. Jimeno
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Benedicto XVI, Spe salvi, n. 26.
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Introducción Pietro Lorenzetti La entrada de Jesús en Jerusalén, 1320 Basílica de San Francisco: Basílica inferior (Asís) La arquitectura, el mundo vegetal, el animal, las personas: todo en esta obra refleja su participación en la gloria que rodea al Salvador, todo cambia de aspecto y se pliega ante la presencia de Dios hecho hombre. La arquitectura acartonada ( Jerusalén), el paisaje limitado (el Monte de los Olivos) y el tamaño de los niños (las personas) abandonan sus parámetros habituales y dejan la escena sin enmarcar porque, sencillamente, lo que estamos presenciando trasciende el espacio y el tiempo. De esta manera, y con la ayuda de la perspectiva invertida, se nos quiere transmitir que también hoy entra Jesús en Jerusalén, y que el espectador está invitado, como un personaje más, a acompañarle en su último viaje a la Ciudad Santa: cortando y agitando palmas, extendiendo su manto, formando parte del cortejo o aguardando, sin más, en el interior de la ciudad.
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La noticia de la resurrección de Lázaro alcanzó tal notoriedad que muchos «creyeron en Él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús» ( Jn 11,45-46). Esta popularidad y liderazgo representaba una clara amenaza para el sistema religioso establecido por sacerdotes y fariseos, así como para el equilibrio de poderes que habían acordado con el ocupante romano. Se acercaba la «hora» de su muerte y Jesús se retiró con sus discípulos al desierto de la ciudad de Efraín. Aprovechó este tiempo de retiro para prepararse, seguir explicando a sus discípulos el reino de los Cielos y animarles en la fe. Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús acudió a Jerusalén. Salió con prisa, a la cabeza de unos discípulos desconcertados, con miedo creciente a medida que escuchaban lo que iba a suceder. De camino pasaron por Jericó y llegaron a Betania (donde había resucitado a Lázaro). Faltaban seis días para la Pascua de los judíos. El domingo por la mañana (el Domingo que nosotros llamamos de Ramos) Jesús abandonó Betania y fue a Jerusalén (recorriendo una distancia de unos 2.800 metros: de ascensión el primer kilómetro por la vertiente oriental del Monte de los Olivos y, desde allí, un rápido descenso hacia el templo). Cerca ya de la ciudad lloró por la destrucción que dentro de poco iba a sufrir. Efectivamente, cuarenta años más tarde Tito destruirá esa Jerusalén y, de ella, no quedará «piedra sobre piedra» (Mc 13,2). Al entrar en la ciudad, los que le acompañaban proclamaron cantos de alabanza y, a gritos, decían: «¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21,9). Proclamaban lo mismo que el día de su nacimiento dijeron los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas» (Lc 2,14). Los fariseos pudieron comprobar que sus peores temores se hacían realidad: a Jesús, sentado sobre un pollino de asna, no solo le salía al encuentro la muchedumbre, sino que lo hacía al grito de «rey de Israel» (cf Jn 12,12-15). Para mayor escándalo de sacerdotes y escribas, Jesús no se escondía; se dirigió al Templo, donde curó a ciegos y cojos, y escuchó las alabanzas de los niños. Como ningún adulto le invitó a cenar, aquella misma tarde-noche volvió a Betania a casa de sus amigos: Lázaro, Marta y María. 14
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El lunes por la mañana volvió con sus discípulos a Jerusalén. Vio a lo lejos una higuera, junto al camino, toda verde y llena de hojas. Sintió hambre y se acercó por si veía algo de comer. Al no encontrar más que hojas la maldijo: «Nunca jamás coma nadie fruto de ti» (Mc 11,14). Al llegar a la Ciudad Santa entró en el templo y «comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo, y les enseñaba diciendo: “¿No está escrito que mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones”. Lo oyeron los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y buscaban el modo de prenderle; pues le temían, ya que toda la muchedumbre estaba admirada de su doctrina» (Mc 11,15-18). Aquel día Jesús contó a sus discípulos algunas parábolas más. Entre ellas la de aquellos viñadores que al ver venir al heredero (el hijo del dueño de la viña) a recoger los frutos de la viña (el pueblo judío) en la que estos estaban trabajando, deciden matarle para quedarse con la herencia. Al hacerse tarde se fue hacia el Monte de los Olivos. Allí habló a sus discípulos sobre lo que iba a venir. Todo era para irles preparando para su «hora». Luego, de nuevo, se dirigió a Betania a pasar la noche. Al día siguiente, martes, por la mañana regresó de nuevo a Jerusalén. Al pasar por el mismo camino, los discípulos comprobaron que la higuera maldecida el día anterior (símbolo de la sinagoga judía) estaba seca. Jesús aprovechó su asombro para decirles: «Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: Arráncate y échate al mar, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido. Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá» (Mc 11,23-24). Al llegar a Jerusalén entró de nuevo en el templo y le rodearon los escribas, fariseos, sacerdotes y ancianos. Con mucha claridad les reprendió por sus abusos y pecados. Y se despidió de ellos con unas palabras muy tristes: «Vuestra casa se os va a quedar desierta» (Mt
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23,38), que era como profetizarles: vuestro Templo se quedará muy pronto sin morador, porque Dios se irá de él y, como toda casa abandonada y vacía, se vendrá abajo. A la salida del Templo los discípulos, que habían estado presentes y oído todo, le indicaron que mirase el imponente edificio del Templo y su riqueza. El Salvador les respondió otra vez que sería destruido. Siguieron caminando y, sentados ya en el Monte de los Olivos, de cara a la Ciudad y al Templo, le volvieron a preguntar sobre el tiempo en que todo eso iba a suceder, y también por las señales de su última venida. El Salvador les habló del juicio final y de los signos que anunciarán aquel día. Parece ser que al día siguiente, miércoles, el Señor se quedó en Betania todo el día, porque no se sabe que volviese a Jerusalén hasta el jueves. Durante este día los sacerdotes principales y los ancianos del pueblo tomaron dos determinaciones: prenderle sin violencia ni publicidad, y hacerlo después de la Pascua. Sin embargo todo lo hicieron al revés. El motivo por el que cambiaron de opinión fue Judas. Este fue a hablar con ellos (no le resultaría difícil alegar algún pretexto para bajar a la ciudad) y les prometió entregárselo si le pagaban. Ellos se alegraron mucho por esta oportunidad y fijaron el precio en treinta monedas de plata, el precio fijado por la ley por la vida de un esclavo. Desde aquel momento Judas buscaba la ocasión para entregarle. Al día siguiente por la mañana, se dirige por última vez con los suyos a Jerusalén. Esto fue lo que ocurrió…
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Índice Págs. Prólogo .......................................................................................... 5 Introducción ................................................................................. 12 1. Preparativos de la Última Cena ......................................... 2. Lavatorio de los pies y anuncio de la traición de Judas ....................................................................................... 3. Un mandamiento nuevo y predicción de las negaciones de Pedro ............................................................ 4. Palabras de despedida a sus discípulos ............................ 5. La oración sacerdotal .......................................................... 6. Institución de la Eucaristía ................................................. 7. Getsemaní.............................................................................. 8. El proceso religioso judío ................................................... 9. El proceso civil romano ...................................................... 10. Vía crucis ............................................................................... 11. En el Calvario........................................................................ 12. Muerte y sepultura de Jesús ............................................... 13. ¡Ha resucitado! ..................................................................... 14. La ascensión ..........................................................................
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Bibliografía .................................................................................... 206
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