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Reflexiones laicales sobre las homilías
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Claudio Dalla Costa
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Un diagnóstico preocupante
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La homilía está enferma
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El cardenal Yves Congar, uno de los hombres más importantes de la Iglesia del siglo XX, decía a finales de los años sesenta: «A pesar de las treinta mil homilías dominicales, Francia sigue siendo un país católico». Incluso quien no cree en los milagros debería plantearse algún interrogante al respecto. Si además tenemos en cuenta que, transcurridos más de cuarenta años desde esta afirmación, la situación no ha mejorado, sería de desear que los que se dedican a estas cuestiones empezaran a preocuparse y a cuestionarse a propósito de la predicación. Entre los fieles, son pocos los que expresan sinceramente su opinión acerca de lo que escuchan los domingos cuando van a misa. La mayoría prefiere aguantar el sermón del cura de turno con un religioso silencio, tal vez desconectando y pensando en otras cosas, considerando la homilía como una especie de penitencia normal. «Se padece la homilía, porque no se puede evitar: forma parte del guión» (Alessandro Pronzato).
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Pero no todos tienen la suficiente paciencia como para verse una y otra vez sepultados bajo el enorme chorro de palabras que cae desde nuestros púlpitos. Hay que reconocer que abordar esta situación, con esa sinceridad tan deseable en la Iglesia, constituye un servicio enormemente oportuno que puede prestarse a tantos y tantos predicadores cuya misión es anunciar la Palabra y comentarla. Los laicos tienen que sentirse libres para expresar su propia opinión y tratar de mejorar la calidad de los sermones, de modo que se adapten cada vez más a la vida concreta. El malestar que se vive en nuestras parroquias va en aumento y también las estadísticas, tan de moda en estos años, muestran con insistencia que la homilía está enferma y que hay que aplicarle urgentemente algún remedio. No podemos seguir como si no pasara nada, aguantando homilías sin pies ni cabeza y ya está, cada uno a su casa. Con enorme respeto hacia quienes tienen el deber de predicar, y con la humildad de quienes se saben aún en camino, conscientes de que todo puede siempre mejorar, creo que los laicos tienen que manifestar sus propias convicciones sobre ese momento de la liturgia que vulgarmente se conoce como «el sermón». Este libro nace precisamente de un continuo ir de un lado para otro, de parroquia en parroquia, para comprobar personalmente el estado de salud de la homilía. Esta particular peregrinación, que ha durado casi seis años, ha resultado –salvo raras excepciones– más bien decepcio6
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nante. Animado también por otras personas, he tenido la idea de esbozar alguna idea que, en mi opinión, podría ser de utilidad para todos aquellos que, domingo tras domingo, se arriesgan con una tarea tan importante. El Sínodo de los Obispos sobre la palabra de Dios de 20081 se definió también como un Sínodo sobre la comunicación. La Iglesia está tomando conciencia de que, en los últimos años, está cambiando la manera de comunicar y que, hoy más que nunca, además de al contenido de la enseñanza hay que estar muy atentos a las preocupaciones y a los interrogantes del que escucha este mensaje. En los últimos Sínodos de los Obispos se ha debatido mucho sobre la homilía. Numerosas intervenciones en el aula sinodal han insistido en que la homilía constituye un problema a escala mundial. En la Iglesia hay serias dificultades de comunicación y muchos fieles abandonan las comunidades cristianas porque no encuentran en ellas un lenguaje capaz de interesarles, un lenguaje que les llegue y les implique. Son muchos los que se quejan pero, a la postre, se tragan el malestar de años y años de homilías aburridas e inútiles. Son pocos los fieles que tienen la valentía de manifestar su perplejidad con total sinceridad y de expresar sus críticas para tratar de mejorar un determinado lenguaje eclesial. 1
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 5 al 26 de octubre de 2008: La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia [N. del T.].
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El que fuera secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana, monseñor Mariano Crociata, echó más leña al fuego, a finales de 2009, al afirmar que las homilías de los domingos se habían convertido en una «papilla insulsa», una especie de «plato incomestible» o, en todo caso, «poco nutritivo». Por otro lado, como afirma Sergio Zavoli, «… es de todos sabido que el 95% de la formación cristiana (después de la etapa de la catequesis) pasa –o no pasa– casi exclusivamente por la homilía de los domingos y fiestas de guardar, y las diferentes formas de predicación». El cardenal Silvano Piovanelli, en la presentación del monumental Diccionario de homilética, editado en colaboración entre las editoriales italianas Elledici y Velar, escribe: «Realmente, al menos juzgando desde las críticas que nos hacen personas sencillas y gente culta, no parece que estemos siendo capaces de captar ese “hoy” de salvación, de fuerza, de gozo. Nuestro lenguaje es demasiado complicado: nuestros discursos –como redactados en clave– parecen emplear una jerga particular: como algunos dicen, el “teologués”. Las homilías carecen frecuentemente de calidad doctrinal y expositiva por una inadecuada preparación –tanto próxima como remota– de los predicadores, aunque se dé la impresión de estar recitando una lección aprendida de memoria. Las palabras sobrevuelan las cabezas de los fieles, sin entrar en su vida; golpean los tímpanos sin llegar a tocar el corazón. Somos maestros –¡y ni 8
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siquiera buenos maestros!–, pero no somos testigos: la gente escucha, pero no se convence y, en consecuencia, no cambia su propia vida».
La advertencia de Benedicto XVI
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Benedicto XVI, preocupado por la escasa eficacia de las homilías del clero católico, en su exhortación apostólica Verbum Domini2 precisó lo siguiente: «Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico. Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía. Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión. […] Predicar de modo apropiado ateniéndose al Leccionario es real2
Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, de Benedicto XVI al episcopado, al clero, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre la palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, del 30 de septiembre de 2010, nn. 59; 60 [N. del T.].
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La homilía está enferma .......................................... 5 Los ingredientes de la homilía ............................... 57 El lenguaje de la Iglesia ............................................. 99 Los maestros de la predicación............................... 141
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Págs.
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Índice
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Antología de textos sobre la predicación ................... 189 Bibliografía ........................................................................... 195
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