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Fundamentos de la fe en Jesucristo

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Jesucristo El Dios con nosotros


Fundamentos de la fe

Benedicto XVI

Jesucristo El Dios con nosotros

Selecci贸n de textos y pr贸logo de Giuliano Vigini


Prólogo

© SAN PABLO 2014 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723 E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es © 2013 Libreria Editrice Vaticana © 2013 Periodici San Paolo s.r.l. Título original: Gesù Cristo. Il Dio con noi Preparación de la edición española: Ezequiel Varona Valdivielso Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid * Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050 E-mail: ventas@sanpablo.es ISBN: 978-84-285-4457-3 Depósito legal: M. 13.031-2014 Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) Printed in Spain. Impreso en España

Hay muchos modos de describir, comentar y meditar los hechos y las parábolas de los evangelios cuando pretendemos abordar la vida, la figura y el mensaje de Jesús. Por otra parte, los mismos evangelistas, según las fuentes de que disponen, trazan varios retratos de Jesús según las finalidades que se proponen o la perspectiva que cada uno de ellos quiere presentar. La estructura, el desarrollo y el estilo de cada uno de los evangelios nacen, por consiguiente, de intentos y modalidades narrativas diferentes, elegidas para comunicar mejor el mensaje que desean transmitir a los lectores. Mateo se distingue por una síntesis rica y madura, sabiamente construida en la arquitectura de conjunto, bien dosificada en su equilibrio interno, siempre atenta a los detalles y a las palabras que contribuyen a definir la naturaleza de los hechos y que revelan la mirada con que el evangelista los percibe para recabar una enseñanza general o específica. Su evangelio se caracteriza 5

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Jesucristo

Prólogo

en particular por la atención que presta a Jesús como el Mesías anunciado por los profetas: por la importancia que asume el tema del reino de Dios y por la centralidad de la Iglesia como comunidad de los creyentes, en la que este Reino toma forma y se desarrolla. El evangelio de Marcos, en cambio, tiene una estructura narrativa compuesta de breves unidades, pero ricas en detalles y marcadas por una viveza particular de acentos, reunidas en un esquema donde domina el interés teológico más que la preocupación histórica. De hecho, su finalidad consiste en poner de relieve la figura de Jesús como «evangelio de Dios», el Reino que ha venido a anunciar, su destino de rey sufriente, coronado en la cruz. Lucas ‒tanto en el evangelio como en los Hechos‒ quiere demostrar sobre todo que las promesas de Dios hechas a Israel se han cumplido en Jesús; que la salvación prometida se extiende a los gentiles y que el ministerio de los apóstoles está en continuidad directa con el de Jesús. Su relato revela a un escritor hábil desde el punto de vista literario y lingüístico, elegante en el estilo, perspicaz como narrador, atento tanto a la estructura de las historias que relata como al modo de desarrollarlas. Pero sobre todo demuestra una notable capacidad de síntesis al elaborar la historia de Jesús de modo coherente y armónico. Juan, por último, se distingue de los tres evangelistas sinópti-

cos no solo por los episodios importantes que omite o incluye, sino por toda una serie de características que destacan determinados aspectos de la figura de Jesús, sobre todo su unicidad como Hijo de Dios, que viene a manifestar al Padre y vuelve glorioso al Padre. En todo esto Juan se revela, desde el punto de vista teológico, como un pensador original y profundo y, desde el punto de vista lingüístico y estilístico, como un autor competente y fino. Esta premisa pretende poner de relieve que, al igual que los evangelistas, también cada exegeta moderno tiene un modo propio de indagar y enfocar la trama y urdimbre de los evangelios, de captar sus peculiaridades de contenido, las modalidades narrativas, los sesgos y los puntos de vista, con el propósito de definir la naturaleza de cada uno de los relatos y de captar en profundidad su significado. Por lo demás, ese rico y heterogéneo filón de historias, interpretaciones y retratos que convencionalmente se hace confluir en el género literario de las «vidas de Jesús» atestigua exhaustivamente la variedad de investigaciones, opciones y cortes interpretativos que se han venido subsiguiendo en el tiempo, si no para reconstruir una verdadera vida de Jesús ‒en el sentido de que los cuatro evangelios, principales fuentes de lo que sabemos de él, no permiten trazar la parábola completa de su

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peripecia terrena desde un punto de vista históricobiográfico‒, al menos para diseñar algunos fundados recorridos históricos y, sobre todo, más allá de la misma cronología precisa y completa de los hechos, para hacer emerger el sentido y alcance de los acontecimientos centrales de la existencia de Jesús (su pasión, muerte y resurrección). Para ello es necesaria una hermenéutica de la fe que integre y amplíe la perspectiva histórica, para una enseñanza que sepa ir más allá de los acontecimientos y los inserte en el corazón mismo de la vida de los creyentes. Esta es precisamente la perspectiva que adopta Benedicto XVI al construir su mosaico teológico e histórico de la vida de Jesús. Con razón se habla de mosaico, porque su reflexión está constituida por un conjunto de teselas narrativas, aunque no son simples cuadernos aislados de exégesis o meditaciones bíblicas, sino que todas contribuyen a formar y enriquecer progresivamente el cuadro de conjunto, que hace resaltar la persona viva de Jesús: su historia real, presentada e interpretada con los ojos de la fe. En esto, el teólogo que explica y el hombre espiritual que vive la palabra de Dios se dan la mano para acompañar al lector a captar en profundidad el apasionante misterio de la encarnación: el misterio del Dios anunciado a María que se hace pequeño para vivir en el mundo y abrir de par en par ante todos el horizonte de una

vida nueva. Con Jesús comienza la aventura de Dios que sale al encuentro del hombre, pero también del hombre que se encuentra con él, como hacen los magos que se ponen en camino, o como Juan Bautista, que le prepara el camino. La fe humilde es la que nos impulsa a salir de nosotros mismos y a experimentar la trepidación de un nuevo nacimiento, ya que nuestra verdadera «genealogía» ‒para usar las palabras de Benedicto XVI en la La infancia de Jesús‒ es la fe en él, «que nos da una nueva procedencia y nos hace nacer “de Dios”». Contra la tentación constante del hombre de proyectar su propia vida prescindiendo de Dios, persiguiendo grandes o pequeños espejismos, Jesús en el desierto se pone como ejemplo de la lucha interior que se debe librar para no ceder a las seducciones del mal, encontrarnos a nosotros mismos y permanecer fieles a Dios. Las palabras y los gestos de Jesús nos sostienen en las incomodidades de este camino. La imagen recurrente en las parábolas de la pequeña semilla que brota y crece produciendo frutos abundantes, a pesar de las resistencias y dificultades del exterior, simboliza la realidad de quien sabe que lo importante no es la debilidad constitutiva de la que se parte, sino el puerto al que se llega, fortalecidos con el poder de Cristo que sostiene, transforma y dirige al bien. El programa anunciado en las

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bienaventuranzas indica, sin embargo, claramente con qué condiciones se puede acceder al reino de Dios. Solamente un cambio radical de mentalidad y de vida permite hacer fructificar el don de salvación de Jesús, permaneciendo firmes y perseverantes en la fe. En su ministerio público, hablando a los discípulos y a las multitudes, predicando y curando ‒dos gestos, subraya Benedicto XVI, siempre unidos, por cuanto forman «un único mensaje de esperanza y de salvación»‒, Jesús invita a mirar lejos, más allá de nuestras necesidades y preocupaciones cotidianas, confiando en los dones que vienen de lo alto: la misericordia y el amor de Dios. Cuando nos encontramos con él, Palabra viva del Padre, nos encontramos con el Dios que libera y salva, el Dios de la vida. Este es el paso fundamental. No se trata de «seguir una idea o un proyecto, sino de encontrarse con Jesús como una Persona viva, dejarnos implicar totalmente por él y por su Evangelio». Sin embargo, las hostilidades, las acusaciones y los desprecios que Jesús recibe incluso por parte de los suyos, que lo han visto crecer, enseñar y curar, testimonian que siempre sentimos la tentación de cerrarle el corazón y ser impermeables a su mensaje. La gente prefiere a otros profetas y otros signos, incapaz de reconocer en él al verdadero profeta y verdadero signo, «la transparencia de Dios»

entre los hombres, el rostro transfigurado del Padre que lo ha enviado al mundo por amor. El camino de la cruz empieza a hacerse más próximo. La entrada de Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos, es el comienzo de una semana que marca el vértice de su peripecia terrena. Es acogido festivamente por la muchedumbre, aclamado como el Mesías tanto tiempo esperado, pero este Mesías que ha venido a dar cumplimiento a las Escrituras no es un Rey que promete una felicidad y justicia baratas, sino que elige e indica como trono la cruz, símbolo de sacrificio y donación total de sí. Antes de subir a la cruz, encontramos los pasajes que ilustran la fuerza del amor y del servicio con que Cristo está para sellar su misión y al mismo tiempo indicar a los discípulos el ejemplo a seguir en el estar y el «amar juntos». En el lavatorio de los pies y en la institución de la Eucaristía hay palabras y gestos de purificación, compartición y sacrificio, pero también de entrega: continuar en la vida la ofrenda de sí que los discípulos han aprendido de él, haciéndola visible al mundo como testimonio de la unidad y de la comunión con él. La plena conciencia de pertenecer, en la fe, a un solo Señor y a una sola familia es la respuesta a la súplica de Jesús al Padre de guardar a los discípulos (y con ellos a todos los creyentes), «para que sean una sola cosa,

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como nosotros» ( Jn 17,11), «para que el mundo crea que tú me has enviado» ( Jn 17,21) y «que los has amado como a mí» ( Jn 17,23). Esta relación constante con el Padre es la relación fundamental que define la personalidad de Jesús. También en la noche oscura, en la hora de la traición de Judas, en los últimos instantes de vida es total su entrega a la voluntad del Padre. A diferencia del hombre, siempre propenso a decir «no» a esta voluntad, el «sí» de Jesús se convierte en el acto que transforma, eleva y redime por la fuerza de ese amor filial absoluto con que todo es reconducido al Padre. Con la muerte y la resurrección de Jesús la historia de la salvación llega al punto decisivo de inflexión. Con la Pascua de Cristo todo se transforma y recomienza según una visión cualitativamente nueva del hombre y de las relaciones entre los hombres. En el sorprendente acontecimiento de la resurrección de Jesús no se da, en efecto, una simple vuelta a la vida anterior, sino la novedad sustancial del «paso hacia una vida que ya no está sometida a la caducidad del tiempo, una vida inmersa en la eternidad de Dios». En esta certeza se basa la fe de la Iglesia y se alimenta la esperanza de los creyentes, en la seguridad de que pueden tener siempre a Jesús a su lado, como está prometido (Mt 28,20). Pero este pasaje radical, inaugurado por la

Pascua de Jesús, no es una herencia inerte que se ha de custodiar para uno mismo, sino una alegre nueva que se debe llevar a todos los hombres como don de verdad y de esperanza. Este es el modo auténtico de testimoniar que Cristo está vivo; que su resurrección no es un acontecimiento del pasado que se ha de conmemorar en las festividades litúrgicas, sino la realidad de un encuentro que continúa e impulsa a vivir siempre «de modo pascual» esta alegría del Señor resucitado. Como a los antiguos discípulos a los que se aparece Jesús, también los discípulos de hoy le piden que se quede con ellos para ser regenerados continuamente en el entusiasmo de la fe y en el ardor de la caridad. Y como en Pentecostés, el Espíritu Santo ‒representado diversas veces en los evangelios con las imágenes del viento y del fuego‒ sopla en sus corazones para que permanezcan siempre encendidos en el compromiso de desempeñar la misión que se les ha confiado de anunciar y testimoniar el Evangelio «hasta los confines de la tierra» (He 1,8), de modo que reúnan a todos los pueblos en la comunidad de Jesús resucitado y los bauticen «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Cuando, cuarenta días después de la resurrección, sube Jesús al cielo, es decir, vuelve al Padre que lo había enviado al mundo, no abandona a quien se queda en él. Porque la suya no

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es una evasión del tiempo de la humanidad ni del tiempo de la Iglesia, donde sigue viviendo en todos aquellos que se quieren encontrar con él y hacer experiencia de él. Este es, a grandes rasgos, el hilo que mantiene juntas las diversas etapas de este tipo de «vida de Jesús» por fragmentos que aquí sentimos la tentación de reconstruir con las palabras de Benedicto XVI. Las temáticas afrontadas en este recorrido son muchas y es difícil resumir su riqueza, tratándose de una fina urdimbre que él hace de cada pasaje evangélico, pasando de la colocación histórica al significado teológico y espiritual y a la actualización existencial (qué me dice a mí hoy; en qué medida me afecta; cómo entra en mi vida…). Recorrer las vicisitudes reales de Jesús, utilizando las coordenadas de la exégesis histórico-crítica que Benedicto XVI considera más fiable y significativa, significa para él llegar a comunicar la pasión por la verdad de Cristo y la alegría del encuentro con él. Este quiere ser también, en definitiva, el fruto de estas páginas. Giuliano Vigini

Índice

Págs. Prólogo ............................................................ 5 1. Dios se hace hombre .................................... El anuncio ........................................................ El nacimiento ................................................... La visita de los Magos ...................................... Juan Bautista..................................................... El bautismo de Jesús ......................................... El desierto y las tentaciones ..............................

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2. Palabras y gestos de Jesús ............................ El reino de Dios ............................................... Las Bienaventuranzas ....................................... Las curaciones .................................................. Jesús habla a las multitudes ............................... Nadie es profeta en su tierra ............................. La Transfiguración............................................

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Págs. 3. El camino de la Cruz ................................... La entrada en Jerusalén .................................... El lavatorio de los pies ...................................... La Última Cena ................................................ La noche oscura ................................................ La traición de Judas .......................................... La muerte en cruz.............................................

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4. Ha resucitado ............................................... 89 El sepulcro vacío ............................................... 89 El centro de la fe............................................... 92 La Pascua de la vida .......................................... 96 Las apariciones a los discípulos......................... 101 La Ascensión de Jesús ...................................... 107 La venida del Espíritu Santo ............................ 109 Elenco de fuentes ............................................ 115

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