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P OV Víctor Vásquez Quintas

Aniv

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narrativa

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P OV Víctor Vásquez Quintas

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narrativa

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Primera edición: 2013 Ilustración de portada: Sr. González Diseño: Editorial Pharus

©Víctor Vásquez Quintas ©Editorial Pharus http://edpharus.blogspot.com/ http://issuu.com/editorialpharus editorialpharus@gmail.com Twitter: @editorialpharus Facebook: Editorial Pharus


Cae la noche sobre Teotihuacán. En lo alto de la pirámide los muchachos fuman marihuana, suenan guitarras roncas. ¿Qué yerba, qué agua de vida ha de darnos la vida, dónde desenterrar la palabra, la proporción que rige al himno y al discurso, al baile, a la ciudad y a la balanza? El canto mexicano estalla en un carajo, estrella de colores que se apaga, piedra que nos cierra las puertas del contacto. Sabe la tierra a tierra envejecida.

Octavio Paz, “Himno entre ruinas”


¿Q

ué de dónde son?, ¿qué de dónde son?/ Que son de la barricada, canto yo, Vincent Prezzo, veintiocho años, haciendo memoria de la canción que Randy intentó enseñarme hace meses. Me acomodo los lentes oscuros que acentúan el toque de actor que en algún momento pudo formar parte de películas serias, de respetables delicias para los exquisitos del cine; aunque en el fondo sea un actor XXX venido a menos; ahora director con dos premios AVN a mejor película porno y eterno candidato al salón de la fama de la Industria del Sexo, mundialmente reconocido gracias a lo que un crítico definió como “la sucia obsesión de llevar al límite los cuerpos de las actrices que estimulan a millones sentados cada noche frente a sus computadoras”. Es mediodía aquí en Los Ángeles y estoy a lado de la alberca, a la sombra de un fresno donde he mandado poner una mesa con sillas de plástico. La decora el brillo marrón de una botella de whisky más tres vasos y una caja de cigarros. Miro a la reportera que vino a entrevistarme: rubia cuarentona, los labios ligeramente llenos de bótox, menos MILF y más 7


cougar, buena para filmarla en este momento cogiendo con el negrazo que sostiene la cámara y lleva una playera con el logotipo de la compañía que le paga el estilo de vida. Pregunta, le digo a la reportera. No puede ocultar la incomodidad que siente al tenerme cerca. Yo: un personaje de bajísimas proezas. Ha de pensar que mi mente ahora imagina el aspecto de su panocha al mismo tiempo que me digo: Si te mandaron a entrevistarme es porque tu carrera va en decadencia y el productor del noticiero (ese diosito de estrellas humanas que me llamó hace dos días para concertar una cita) jamás te invitará a vivir a su departamento. Si piensa eso, tiene razón. El motivo que la trajo a mi casa no soy yo; es Randy. Quiere hurgar en mí como si buscara en la basura un trozo de comida que sacie sus entrañas. Quiere encontrar una declaración que le permita explotar la noticia de que mi amigo es un hijo de puta que gracias a Dios está muerto. Sueña con mil palabras para decir en tres minutos al aire. Quiere ser famosa. Piensa que me digo: Carajo, esta noche veré mi cara en las noticias. Pero le guardo un par de sorpresas. No sabe (puede ser que lo sospeche, pues en esta ciudad todo se sabe) que conocí a Randy en una fiesta cerca de Venice Beach donde ambos nos metimos coca mientras dos latinas de apenas dieciocho años, o tal vez menos, nos hacían una mamada a cada uno como si estuviésemos hechos del sabor de la cereza. Que pasaron varios días antes de que volviera a encontrarme con él; que la segunda vez que lo vi, me sorprendió que trabajara de mesero en un restaurante de comida mexicana donde caí a las tres de la mañana para bajarme una borrachera que empezó horas antes en la casa de Naomi (fui a su casa de Santa Mónica atraído por la voz de la única mujer que he amado, estrangulada en el teléfono, pidiéndome que estuviese a su lado. La medicina me está haciendo mal, quiero dejarla, Vince, tengo fe en estar limpia otra vez, me decía. Pero ésa es otra historia. ¿Para qué contar mi pasado, mis fracasos, si al final son lo mismo?). En esta 8


ciudad lo único que importa es el sol y el triunfo, le digo a la reportera. ¿Me oye? Parecer reyes y reinas que deben morir máximo a los cincuenta años, pues de lo contrario debes envejecer encerrado en tu mansión para evitar que los paparazzis te capturen y vendan a revistas donde aparecerás como una momia que se empuja en silla de ruedas. El mundo sabrá que eres un fiasco. Ni Dios ni estrella. Eres, óyelo bien, un ser humano de mierda que se ha muerto tragándose pastillas a lo pendejo. Pero qué digo, carajo, ya no me iré como un mono por las ramas. ¿Cómo lo conocí? Sí, ahora lo veo, está en ese restaurante mexicano del centro de Los Ángeles. El mesero que me atiende lleva una melena negra y larga que amarra en coleta. Señor Prezzo, soy Randy López, nos conocimos en la fiesta de Venice, ¿me recuerda?, dice al traerme la cuenta, sonriendo como si debiera acordarme de su nombre. ¡Hombre, qué sorpresa!, le digo sólo por decir algo, pero la verdad es que estoy muy borracho y cuando bebo la gente se me hace insoportable y por eso comienzo a buscar la forma de zafarme (realmente no me acuerdo de la fiesta, me acuerdo ahora porque él me lo cuenta después y para ese momento ya no es un don nadie, es Randy, mi amigo, el actor porno que todas las actrices piden les rellene los agujeros). En ese encuentro menciona lo de las colegialas latinas. Me dice que esa noche le ofrecí trabajar como actor porno. Su armamento no es nada comparado a Lex o Mandingo pero es suficiente para que gocen mis actrices más exigentes. Le doy mi tarjeta y me disculpo por no hablar más tiempo pero llevo una borrachera de paraíso y quisiera largarme a casa antes de que algo suceda, le digo. Pero al final pasa algo. Estoy por subir al Lamborghini cuando aparecen de no sé qué alcantarilla dos policías de Los Ángeles. Necesitamos hacerle una prueba de alcohol, dice uno de ellos, un comearroz de apellido Wong. Dormiré en la cárcel, me digo. Sin embargo interviene Randy como un Jesús Salvador prieto, vestido de mesero, hablando un inglés 9


espantoso pero decidido, cosa que a los policías no les deja lugar a dudas que se trata de un buen hombre que se gana la vida conduciendo para gente de mi calaña. Es mi jefe, dice Randy mostrando el permiso de conducir. Los polis inspeccionan. A su uniforme sólo le falta el saco para convertirse en chofer. Los guardianes del orden le piden que no me deje manejar y se alejan a comer tacos. ¡Wong, traidor de la comida de tus ancestros! ¡Cobarde!, le grito en mi interior. Randy, mientras tanto, me pide las llaves del coche. No sé por qué me parece una buena idea: meto la mano en el bolsillo y saco el ramillete tintineante. Todo empieza a ser muy rápido. Randy conduce. Yo voy recostado en el asiento del copiloto y las luces de los faroles pasan tan veloces como unas gacelas en África. ¿Autos que van a estrellarse contra nosotros? Voy demasiado enfiestado y sin embargo sólo pienso en Naomi; en la temporada que pasamos juntos en la Riviera francesa grabando esa película donde el amor o lo que fuera que estuviese sucediendo entre nosotros desde hacía unas semanas (cuando la conocí en las oficinas de Ruda Peggy), la hace decir que sólo cogerá en adelante conmigo, y yo, entonces, anuncio lleno de emoción que volveré a ponerme frente a las cámaras. Entonces todo el mundo se entera de que es exclusivamente mía. Nada más mía. Mía. Propiedad de Vince Prezzo, el Rey de Reyes. Mía. ¿Lo entienden? La noticia es una patada contra la verga de Manuel Ferrara, el franchute que desea grabar con ella una película en septiembre. Ganará menos dinero, cierto; pero la razón principal es que ha perdido la oportunidad de cogerse al culo más deseado de los últimos tiempos, que pasará un año antes de que salga una nueva Diosa del Porno. Pero eso no me importa. Y me importa tan poco que sólo veo con total amplitud el enamoramiento que hay entre nosotros gracias a Mónica Santhiago, una brasileña de hermosas nalgas que vuela desde Río de Janeiro para grabar la película. Mónica me dice un día, sentados en la alberca de 10


la casa que rentamos para todo el staff de la película: Creo que estás enamorado de Naomi, Vince. Es tarde, se ha terminado la grabación y ella y yo nos hemos quedado solos desde hace unos minutos. Naomi descansa en la habitación. Volteo a ver a Mónica y me doy cuenta de que le bajan unas lágrimas que se pierden entre sus tetas pálidas donde curiosamente el sol no la ha tocado. Me abraza y siento la textura de su piel, el doblarse de sus tetas. Estoy contenta por ustedes, dice. Me pide perdón por llorar como una estúpida, pero al ver cómo nos mirábamos Naomi y yo se acordó de un novio que tuvo antes de entrar a la Industria (aunque claro, no dijo Industria, dijo Negocio, pues sabe que esto se trata de sexo y dinero, de vender el cuerpo, de llevar a la vista lo más íntimo que tiene el ser humano). No sé qué fuerza me avienta a la boca de Mónica Santhiago. La beso, un beso en los labios que no significa nada frente a las cámaras pero que es todo cuando nadie nos mira, cuando ninguna lente nos graba. Gracias, Mónica, le digo y sonrío como desde hace mucho no lo hago. Intento detenerme pero la sigo besando, diciéndole gracias, gracias Mónica. De nada, Vince, de nada, dice ella como si no supiese responderme otra cosa. Entonces me ayuda a levantarme y de repente veo que estamos frente a la puerta de su recámara. Nadie nos mira y entro sabiendo que antes de que amanezca deberé regresar al cuarto para dormir a lado de Naomi. Yo quiero seguir con la historia pero la reportera ha vuelto a repetirme la pregunta: ¿y Randy? ¿Quieres saber sobre él?, le digo. ¿No quieres escuchar esta historia? ¿Te estás impacientando? ¿Sólo has venido a saber sobre la desaparición del actor porno que saltó a las noticias porque se le cree guerrillero, o quiere serlo, o regala dinero para una revuelta que termina con más de cincuenta indios muertos en el pinche México de mierda? Deja que te diga algo: Nadie tiene pruebas. Rumores. La única verdad es ésta: Hace días que nadie sabe nada de Randy. El articulista de un periódico escribe: Se 11


esconde en las montañas de México. Hará la revolución, gritan unos estudiantes de la UCLA. Pero me río. Porque está vivo, todo se trata de un malentendido, de unos planes que no salieron como deberían ser. El viejo chiste de por qué no se logra la utopía y el paraíso es igual de mortal que una flor cortada en la mañana que se intenta oler por la tarde y entonces se descubre que huele a muerte. ¿Entienden lo que les digo? Sí, lo sé, es algo así como un pinche cuento chino. Lo que quiero hacerles entender es que son las mismas razones por las cuales Naomi terminó conmigo, contesto pero de inmediato creo que debo cambiar de conversación. Doy un trago al whisky y me doy espacio para recordar otra vez esa noche en que Randy conduce. Se detiene en un mirador desde el cual se ve esta ciudad ardiendo en luz eléctrica. ¿Dónde estamos?, le pregunto. No sé, dice. Me ha visto dormido y borracho y sólo se le ha ocurrido conducir tomando cada desviación al azar. Se ha detenido en ese mirador porque hay poca gasolina en el tanque del automóvil y la vista es preciosa. Miro alrededor y supongo que estamos en alguna parte del Griffith Park. Este indio es maricón, pienso e imagino que me trajo como una noviecita de preparatoria a la que sueña con penetrar. Seguramente lo digo también en voz alta porque Randy sonríe y niega con la cabeza, mirando al frente; como si la ciudad y sus luces fueran el canto de las sirenas llamándolo. No, míster Prezzo, dice; es sólo que este lugar me recuerda a un sitio allá, en el otro lado, en mi tierra, en México. Pues ya que no piensas besarme ni hacer ninguna movida de jodido puto indio mexicano, espera que me coloque, le digo y entonces abro la guantera y detrás de tanto papeleo saco al fin mi pequeña cápsula de emergencia. Mi cocaína de salvación. Quito las llaves pegadas al auto y las sumo en esa cápsula como si fuese una cucharada de café. Dos o tres llaves después empiezo a darme cuenta de que Randy tiene el porte de Toro Sentado de joven, es Cuauhtémoc antes de 12


que los españoles le quemen los pies y destruyan la Gran Tenochtitlán. Y me comienza a narrar su vida allá en el lejano México. Una vida de indio mal alimentado y pobre. Entonces veo a la reportera e imagino que piensa algo así como por fin este loco va a decirme lo que quiero y terminaré con la entrevista. Lo sé porque ha volteado a mirar al camarógrafo. Le ha hecho una seña que conozco bien: la utilizo cuando quiero hacer el acercamiento a la vagina rosada y abierta de una actriz mientras la penetran. Sonrío. Me toma un poco más de tiempo acomodarme los lentes oscuros. Enciendo otro cigarro y entonces dejo escapar el humo igual que Humphrey Bogart en Casa Blanca. ¡Lo imito tan bien! Perdona, ¿cómo te llamas?, le pregunto a la reportera y debo aguantarme la carcajada porque se ha puesto roja y parece que en cualquier momento el enojo va a reventarle los labios botoxeados. Me llamo Autumn, contesta con la dicción de una buena actriz. Me pide continuar. Se esfuerza en parecer una buena muchacha. Y me digo para mis adentros: Ya estás vieja, pero todavía sirves. La imagino abierta de piernas, enseñando sus preciosas nalgas de cuarentona. Pero la imagen no dura todo el tiempo que yo quisiera. Te diré el pasado que me contó Randy, le digo. Te diré aquello que no es ningún chiste ni tampoco algo que se pueda decir en una feria, subido en la rueda de la fortuna. Me aclaro la voz, me echo hacia atrás en la silla y cruzo las piernas y subo la vista al cielo, donde el Sol quema y pienso de nuevo en esa noche, esnifando coca como Dios manda, viendo esta ciudad arder con luz eléctrica mientras la borrachera comienza a esfumarse y el cerebro se pone tan agudo como el arpón con el que se mata a un tiburón blanco en un documental de National Geographic. Y recuerdo las primeras palabras de Randy. Puedo escucharlo en este momento, aquí, junto a la alberca: Carajo, hace tanto tiempo. Pero lo dijo como se dice algo que cargamos pesadamente en alguna parte del alma, como 13


el amor que nos hace conocer la desilusión o esa parte de nosotros mismos que hemos descubierto al mirarnos hoy en la mañana al espejo y nos parece tan distante de lo que creíamos ser, pero al final de cuentas es la parte más tierna del asesino serial que hay en nosotros. Me aclaro otra vez la voz y digo: Randy nace en una casa de láminas que se sostiene milagrosamente a lado de una barranca. Al llover, parece la garganta de un río que arrastra toneladas de basura. Es el único lugar donde pueden vivir familias como la suya: indios que han bajado de las montañas o mulatos que han sacrificado el calor de las playas para acercarse a la ciudad, buscando otra oportunidad, ni mejor ni peor, simplemente robarle otra oportunidad a los planes de Dios, siempre y cuando Dios no encienda la luz de la cocina y descubra con horror que las cucarachas que él ha creado le están robando su venerable comida. La única oportunidad para esos indios ha sido plantarse en lugares donde los ciudadanos respetables sólo los vean cuando les bolean los zapatos. Gente abandonada y desposeída. Pobres y hambrientos que casi siempre miran a la ciudad desde la elevación de un cerro. Honrados hijos de puta. Algo así me pinta Randy su pasado, que es también el de su infancia y yo me lo imagino corriendo por alguna calle polvorienta atrás de una pelota, al sur de la frontera, en el lindo México, en el pinche México al que le quitamos medio territorio y sigue llorando como una puta a la que no le hemos pagado el dinero que pidió. El padre de Randy es tapicero y se emborracha cada que puede y así termina su existencia. Un camión lo atropella, dejándolo embarrado en el asfalto. La madre es amorosa, tanto como puede serlo una madre que, al ver que sus hijos pueden cuidarse por sí mismos, no duda en desaparecer. Buscar otra vida, una donde empezar de nuevo y olvidarse del pasado y pensar que por fin se está viviendo. (Randy me cuenta esto junto a una botella de tequila. Hemos finalizado la grabación de All Internal #22, 14


donde se coge a Anita Faltoyano por todos los orificios y hace un creampie de videoteca). Randy deja la escuela a los quince años. Empieza a trabajar de mozo en una casa de ricos. Aprende el oficio de la jardinería: poda las flores, afloja la tierra y riega el pasto. Cosas simples, pero indispensables para que exista un jardín. Palabras suyas, no mías. Es aquí donde la vida de Randy añade una nueva fotografía al álbum de su vida. Aquí entra la figura de una mujer que le enseña a coger con estilo. Nada de empellones apresurados en el baño de la secundaria con una compañera aprendiz de puta. Nada de eso. Nada. La mujer de quien hablo es la esposa del dueño de la casa. Una mujer de unos cincuenta años, una cougar que aparenta menos años al ser condenadamente atractiva. Sólo unas ligeras arrugas en el cuello evidencian sus años en la Tierra. El nombre de ella me lo dice Randy, pero ya no me acuerdo. Puede ser cualquiera. Supongamos que se llamaba Loraine. Comienza a cogerse a Loraine en cada oportunidad que tiene, en cada oportunidad que la mujer se encarga de buscar. Es así como Randy aprende a conducir un coche. La jefa un día le pregunta si le gustaría ser su chofer, a lo que Randy alza los hombros y dice sí. La mujer convence al marido de que volver al mozo su chofer es la mejor forma de darle otra opción de vida. Una buena inversión a futuro. El marido acepta porque los ricos evalúan siempre qué personas son una buena inversión a futuro. Es así como Randy disfruta coger con la señora en moteles, a que se la mamen con maestría mientras conduce el auto y también, por supuesto, aprende a voltear con una sonrisa de galán de telenovela mexicana, cuando en las esquinas de los semáforos las muchachas voltean a ver al joven chofer del Mercedes Benz negro. Pero la aventura no dura mucho. A los pocos meses, el marido, un hombre alto y rubio, hijo de españoles, descubre el secreto de los amantes y le pone una golpiza a Randy que le deja la nariz desviada, como si fuera la aleta de 15


un pez que se ha doblado para siempre. La mujer grita. Él sangra. El marido parece un poseído y sabe que es capaz de matarle en ese momento. Randy sale de la mansión y jamás vuelve a saber nada de ese matrimonio. Siento la garganta seca. Me detengo. El camarógrafo me enfoca. Ha de estar haciendo un close up. El cigarro se ha terminado y enciendo otro. El hielo del vaso se ha derretido en el whisky; ahora mi bebida tiene un sabor más diluido, más acuoso. Me levanto y sirvo un chorrito más. Mi garganta se aclara. El sol comienza a pegar fuerte en esta parte del Valle y el viento del mar apenas refresca. ¿Segura que no quieres algo de beber?, le pregunto moviendo frente a sus ojos mi vaso con whisky. Con la mano libre hago un ademán que se dirige al cielo y puede malinterpretarse. Sin embargo, lo hago para referirme al cálido ambiente. Tuerce ligeramente la boca, se ve menos seria pero finalmente accede. Bien, pero sólo una, ¿entiendes Alabama?, dice con tono de advertencia al camarógrafo, quien ha enseñado su sonrisa limpia y blanca como un pianista de jazz. Por un momento, los tres reímos como si fuésemos grandes amigos que se conocen desde hace mucho y se han reunido a platicar sobre la vida, sobre cuestiones simples que quedan enterradas al paso de los días. Tomo los otros dos vasos que están sin usarse y les pongo hielo. Vacío whisky y estoy a punto de darles sus bebidas, cuando la rubia me interrumpe y pregunta si tengo agua mineral. Por supuesto, le digo y llamo a Lupe, mi sirvienta que no es mexicana sino guatemalteca. Trae el agua mineral, le ordeno. Yes, míster Prezzo, dice Lupe y corre hacia el interior de la casa igual que lo hacen las sirvientas latinas en las películas de Hollywood. Al poco rato estoy sirviéndoles el agua mineral. Observo la forma en que el agua cae sobre los hielos y se mezcla con el whisky. ¿Por qué madres esta imagen me parece interesante? Lo más extraño es que me siento con la confianza de contárselo a Autumn y Alabama. Más ahora que no están grabando. Tal vez se deba a que 16


mientras Lupe venía con el agua mineral, la reportera hizo un comentario que me agradó. Dijo que la figura de Randy le parecía romántica. Es como pensar que de esta ciudad puede salir alguien como el Che o el subcomandante Marcos, dijo. Al escuchar sus nombres por un instante yo también sentí algo de esperanza. Me sentí el Vinny Prezzo de sexto año que cree en el Llanero Solitario y Santa Claus. El Vinny Prezzo que piensa que el mundo es perfecto como una navidad eterna, aunque ahora una navidad eterna me suene demencial. Pero entonces, ahora, recuerdo a las cincuenta personas que (¡esos malditos mentirosos de la prensa escupen!) fueron asesinadas en las montañas de México. Y recuerdo a Randy y la manera que tiene de escuchar y de reírse, cuando cansados de filmar bebemos un par de cervezas con todo el equipo de All Internal #22. La cuestión es que me siento confiado y digo que al servir el agua mineral, ver cómo choca con el hielo, se mezcla con el whisky y comienzan a salir burbujas, pienso en la vida que nos toca vivir. Pienso en el pasado, el presente y el futuro, y en los tres estados de la materia (aunque ahora digan que son cuatro o cinco), y no sé por qué al mirar mi trago se me ocurre pensar en todo ello y, por supuesto, habría también que pensar en el vaso de vidrio, en qué madres significa conteniéndolo todo y evidentemente en el plasma que es de lo que está hecho el Sol que quema como la muerte, que pienso en las palabras movimiento y energía, lo cual me viene por un artículo que leí esta mañana en el Times sobre la Teoría Molecular Cinética de la Materia y que hablaba sobre la relación que hay en todo y con todo. La reportera y el camarógrafo beben su sus vasos, me miran y no dicen nada. Sólo saborea cada uno en sus labios el resabio del whisky. Alabama recoge la cámara, se la pone al hombro y la enciende. La rubia me dedica una sonrisa condescendiente. Ni una palabra sobre mi confidencia. Me pregunta si podemos continuar. En fin, qué más da, a eso vinieron, digo 17


sin querer sonar desilusionado por no encontrar eco o simpatía en mis invitados. Enciendo otro cigarro. Me acomodo los lentes. La aventura de Randy con la mujer madura sucede a finales del siglo veinte o, como algunos llaman, el antiguo milenio. Después consigue trabajos por aquí y por allá hasta que termina siendo un vago que recorre las partes turísticas de la ciudad seduciendo extranjeras que le dejan varios dólares de recuerdo. Lo ayudan a sobrevivir su presencia de indio bien parecido y las artes amatorias que perfecciona con el paso de los años. Masculla el inglés lo suficiente como para hacerse entender y tiene cierta predilección por mirar después del sexo el contraste de tonalidades en la piel de su amante en turno con la suya. En su cama duermen norteamericanas (blancas y negras), francesas, inglesas, alemanas, holandesas y japonesas. El maldito se siente orgulloso de las cuarenta y dos extranjeras que se ha cogido. De ahí saca confesiones como que se enamora de algunas pero las olvida con la siguiente mujer que seduce. O frases como “Una mujer es como cada mañana” y tonterías por el estilo de amante latino que curiosamente jamás pierde, incluso cuando supera el reto de cogerse a veinte jovencitas rusas que filmamos durante un inverno del diablo en San Petersburgo, donde he jurado que nunca más volveré a beber vodka. Detalles como esos vuelven a Randy inolvidable para las actrices. Imaginen en esa grabación a veinte mujercitas de piel blanca y panochas rojizas a las que besa en la frente y acaricia el cabello con gesto paternal después de haberlas penetrado como un animal. Ellas agradecen el movimiento, el roce delicado que vuelve a Randy imborrable y querido. Algo que yo nunca fui en mis años de actor. Una cualidad que jamás he sentido propia, como esa chispa personal que me haga auténtico. Sólo con Naomi he dejado atrás la frialdad del sexo explícito para volverla parte de mi vida detrás de las cámaras; y ya lo ven: fracasé. Por supuesto que surgen actrices que no le dan 18


mucha importancia a Randy. Una de ellas, por ejemplo, es Anette. Una faquir que traga veinticinco centímetros de carne llena de saliva y puede seguir sonriendo. Una rubia deliciosa y tan loca como para proponerme hacer una grabación especial donde ella vista de nazi mientras un judío, un musulmán y un indio americano le hacen un recorrido por todas las formas que existen en el porno de cogerse a una mujer y de humillarla: DT, DP, ATM, Fisting, Gaping, que finaliza con corrida en la cara y creampies en ambos agujeros. Será algo grandioso. Los más pervertidos lo adorarán, me dice Annette por teléfono, una mañana en que estoy en la oficina y la secretaria me pasa la llamada de mi vieja amiga. Ella ríe de forma traviesa al finalizar de contarme su idea artística. La sigo por el teléfono y le digo que aquí en California conozco algunos actores que lo harían gratis. Le digo que yo mismo soy uno de ellos. Pero Annette me pide ser el director, que yo sea quien se encargue de los detalles. No me importa verme rechazado y ese día le digo que sí. Sin embargo, surgen otros proyectos y al final le mando un correo y le informo que, tristemente, la grabación deberá retrasarse hasta el verano siguiente. Algo que finalmente no se hará pues nadie en la Industria cuenta con que Annette queda embarazada y termina desapareciendo del mapa. Antes de que se evapore del radar de las películas, me entero que durante sus primeros meses de embarazo actúa en una escena softcore. Luego, como he dicho, desaparece. Casi me he olvidado de la idea (nunca de ella, jamás), cuando la secretaria me anuncia otra vez que la señorita Annette está al teléfono. Hola, digo algo nervioso. Vince, cielo, dice ella con su acento germano, como si hubiese terminado de masticar una salchicha alemana con col agria; seguramente pensabas que ya me había retirado, ¿verdad? ¡Cómo crees!, yo sé que tú nunca, hermosa, le contesto y nos ponemos a hablar del pasado y del presente, de su bebé que es niña y de lo tanto que se parece a ella. 19


También me dice que se ha separado del padre. ¿Quién es?, le pregunto. No importa, Vince, gente de fuera que no entiende el mundo de la Industria. Hay un silencio entre nosotros al pensar lo que existe fuera del mundo de la Industria. ¿Te acuerdas de mi idea?, me dice, retomando el tono con que me había hablado, o el tono, más bien, de quien yo creía que era Annette. ¡Claro, una locura!, ¿en qué pensabas?, digo. Me dispongo a decir algo en contra de su idea artística, pero me interrumpe. ¡Quiero hacerlo, Vince!, me dice con la voz de una colegiala entusiasmada. ¿Estás segura?, le pregunto. Es común que muchas actrices dejen el porno cuando se convierten en madres. Lo entiendo si no quieres hacerlo, sigo. Ahora más que nunca tengo un motivo para hacerlo, me dice con firmeza pero sin dejar que desaparezca su candidez maternal. Imagino que mientras habla conmigo sostiene a su hija en los brazos y le acerca su preciosa teta de areola rosa. Pues entonces hay que arreglarlo, digo. La fecha más próxima para grabar será en octubre y estamos en marzo, ¿qué te parece? Es perfecto, dice, así podré dejar a Katrin con la nana. ¿Vienes a Los Ángeles?, le pregunto. ¿Elei? No, ni hablar, imposible, dice. ¿Puedes venir?, Vince. Vamos, Vince, cariño, hazle un favor a tu vieja amiga Annette, esto es muy importante para ella. ¿Por qué?, le pregunto, extrañado de que se haya referido a ella misma en tercera persona, como si la que me hablara fuera una Annette que jamás he conocido. Y así es como la siguiente hora corre mientras escucho la vida nazi de su abuelo, quien fue un entusiasta asesino y torturador de judíos, de su padre que vivió señalado en la Alemania de postguerra y del pasado que sigue pesando en mi amiga. Y recuerdo que en ese momento siento pena por ella, pues sufre por algo que no ha hecho pero que sigue vivo en su cabeza. Y aunque yo hubiera deseado que ella olvidara a todos los judíos que mató su abuelo y las veces en que la violó su padre, la pobre Annette me confía llorando que quiere filmar la película 20


porque es la única forma de hacer pagar al pasado. Esto me suena muy raro, demasiado masoquista, de la clase de cosas que le encantan a Annette. Ella habla del pasado como se habla de un perro que te ha mordido o una ex novia que te ha dejado y no sé qué contestarle. Sobre todo, lo hago por mi hija, dice. No me siento con fuerzas de negarme, de decirle que lo que necesita es ir con un especialista, con un psicólogo o qué chingaos sé yo. Pero lo mejor que se me ocurre decirle es que cuente conmigo para hacer la escena. Antes de colgar, quedo de hablarle en dos semanas para ultimar los detalles de quiénes serán los actores, las pruebas del sida y la logística, del presupuesto con que vamos a trabajar y todo eso. Nos despedimos, cuelgo y me pongo a trabajar. Pasan los días y te imaginarás a quién contrato para que represente al indio americano. Luego consigo al actor judío después de hacer unas llamadas telefónicas: Mike Andorsky, un imbécil que desde hace tiempo no consigue una producción dónde filmar debido a su etiqueta de actor hardcore con problemas de personalidad. El musulmán es imposible conseguir, así que un día telefoneó a Berlín y le pregunto a Annette si no le importaría grabar con Rico Strong. ¿Ahora es musulmán?, pregunta sorprendida. Ni una mierda, digo, pero dice que puede ponerse una túnica o lo que sea que lo haga parecer el mismísimo Lawrence de Arabia tan oscuro como una caverna. ¿Pero se verá real, Vince?, lo que me preocupa es que se vea real, dice. Me doy cuenta que esa es la principal inquietud de Anette. Dudo antes de contestar. Bueno, sí, claro que se verá real, Annette. Tú no te preocupes, ya lo verás, digo. Aquello basta para convencerla. Luego le digo que he llamado a un amigo que se hará cargo de la logística, sin embargo, ella me detiene el plan. No, yo me encargo de la logística y del decorado, de eso no te preocupes, dice. Pues de poca madre, le digo. Nos vemos pronto, nena. Vete preparando ese culito que pronto llegamos. Ella ríe y antes 21


de colgar le mando saludos a su hija, pensando que pronto la veré y también conoceré a su retoño. Pasa el tiempo y cierto día todos estamos en el aeropuerto de Berlín. Nada más al salir de la aduana, Rico Strong se larga a ver a una ex amante que volverá a partirle el corazón. Luego los veo, muchachos, nos dice y lo vemos alejarse a tomar un taxi para él solo. El equipo restante, que somos en total siete personas contando al camarógrafo, el iluminista, el del sonido, la maquillista, Randy, Mike y yo, subimos a la vagoneta que nos espera para llevarnos al hotel a descansar del viaje de cruzar el Atlántico. Ya en la habitación, le llamo a Annette. ¿Dónde estás, nena? Habíamos quedado de encontrarnos una hora después de mi llegada en el lobby del hotel. Vince, cariño, ahora no podré; estoy terminando los últimos detalles, te llamo más tarde, ¿sí? Oye, ¿necesitas ayuda?, le digo. No me importaría salir en este momento a verte. Nueve horas sentado me tienen las nalgas adoloridas. Escucho la risa de Annette al otro lado de la línea diciéndome que no me preocupe, que todo ya casi está listo. Vete a pasear con el equipo para que desentumas las piernas. Mañana temprano nos vemos, la escucho decir antes de colgar. Ya sin nada que hacer, me quedo en el cuarto y me tiro en la cama durante unos quince minutos. Después me desvisto, me doy un baño y aprovecho para masturbarme pensando en Anette, luego en Naomi y finalmente en una maestra que tuve en sexto año del colegio. Duermo un poco, me despierto, me pongo ropa limpia y bajo al bar del hotel. La mayoría del equipo se encuentra ahí (excepto Rico y la maquillista que se ha ido a dormir).Todos beben cerveza alemana y ríen contando chistes sobre alemanes, aunque los meseros no nos vean con buenos ojos. El único que no participa en los chistes es Mike Andorsky. Parece leer un periódico alemán con mucho interés, algo imposible, pues si él sabe leer alemán eso quiere decir que yo puedo hablar chino como Mao. Deja eso, Andorsky. De alemán no sabes 22


nada, le digo, dejando caer mi mano sobre su hombro. Estoy viendo esta foto del memorial sobre el Holocausto, la había visto en el New York hace unos meses y creo que voy a ir ahora, dice. Pienso en la posibilidad de acompañarlo, pues quedarme a emborrachar no me apetece a esa hora de la mañana. Pero Mike siempre ha sido un idiota, por eso lo dudo. No me cae mal porque haya empezado en el circuito gay, de ahí pasara a metérselas a travestis brasileños y aun así escapase indemne de pescar una enfermedad; lo que me disgusta es algo bastante superficial, si se quiere ver de esa manera: se ha especializado en producciones sado-hetero, donde actúa con capucha, látigos y ropa de piel bajo las órdenes de varios directores amateurs que me parecen la vergüenza de la Industria. Por lo demás, es un tipo flaco de nariz filosa y prematura calvicie. Siempre viste saco de pana y usa gruesas gafas, redondas, lo que a cualquier persona que no lo conozca le haría pensar que está hablando con un respetable profesor universitario de Economía y Sociedad de Berkeley. Lo único intelectual en Andorsky es que lee el New York todos los días, hasta las putas letras pequeñas del Directorio. La envergadura de su pene no es excepcional. Realmente lo he contratado porque en el mundo porno no hay muchos actores judíos: sólo brilla como una vieja estrella distante, a punto de morir, el nombre de Ron Jeremy y eso es hablar de un gordo peludo que apenas tiene cameos en algunas producciones del cine convencional. Finalmente pienso que todo puede ser parte de las propias fronteras que me autoimpongo y le digo que voy con él. Mike deja salir alguna pendejada y se pone un saco muy ligero que se ve que ha escogido especialmente para soportar el otoño alemán. Es en ese momento cuando Randy me habla. ¿A dónde van?, dice. Me doy la vuelta y lo veo sostener un tarro de cerveza en la mano. Se ve con ganas de salir a dar una vuelta. Vamos a ver un monumento, le digo. Voy con ustedes, dice Randy, y como ya nadie del equipo quiere unirse salimos los tres 23


caminando hacia el otoño berlinés. Andamos varias calles hasta que llegamos al Memorial que está en el centro de Berlín, entre la Puerta de Brandeburgo y la Potsdamerplatz. Se trata del gran monumento que hemos salido a ver. El Memorial del Holocausto es un área grande hecha de cubos rectangulares de color grisáceo que dan la impresión de ser enormes ataúdes sin nombre. El acceso es libre. Es una especie de parque donde la gente puede meterse en los pasillos que dividen cada ataúd de otro y otro y otro. Una señalización dice que la única prohibición es no saltar de cubo en cubo por respeto y seguridad. Antes de adentrarnos en esos pasillos de granito, Andorsky se detiene. El sonido de su llanto nos hace voltear a Randy y a mí con la extrañeza de haber descubierto algo increíble. Andorsky llora como un niño. Dos o tres alemanes que pasan cerca se nos quedan viendo, sobre todo a Mike, y ponen cara de alguien que ha tenido la culpa de estropearlo todo y que lo siente desde el fondo de su corazón. Mike, no hagas una pinche escena, le digo y le hago una señal a Randy para que me siga por uno de los pasillos. Avanzamos unos metros y luego volteamos. ¿Vendrás o te quedarás a lloriquear como un marica?, le digo. Mierda, ustedes sigan; yo tengo mis motivos para quedarme, dice Mike. No me toquen los huevos, hijos de la chingada, agrega enfadado, sorbiéndose los mocos y limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Me doy la vuelta y le digo a Randy, vamos, avancemos, dejemos a este judío con sus cinco minutos de lloriqueo. Caminamos un buen trecho hasta que Randy me hace una pregunta que me deja turulato. ¿Y esto qué chingaos es?, pregunta en su tono de pinche mexicano. Es una pinche mierda, dice. Carajo, Randy, es el monumento al Holocausto, me volteo hacia él. Un poco de respeto, le digo. Una cosa es que Andorsky nos valga madres y otra que no sepas qué madres significa esta pinche plaza, le digo. Perdona, ¿pero monumento al qué?, dice. Al Holocausto, repito. Para ese entonces ya somos lo 24


bastante amigos como para comportarme con él un poco agresivo. No me dirás que no sabes lo que fue el Holocausto, pinche frijolero. Sus ojos negros de indio mexicano dicen: no. ¿En serio, Randy? ¿La Segunda Guerra Mundial? Nada. ¿El desembarco en Normandía, los hornos de Auchswitz, Hitler? Ah, Hitler, el de las películas, me contesta muy convencido. En ese momento pienso que me está tomando el pelo pues no puede ser que no tenga puta idea de quién fue Adolf Hitler. Probablemente lo miro como se ve a una especie desconocida de ser viviente. Reanudamos el paso y entre el pasillo gris de los ataúdes empiezo a contarle lo que sé de la Segunda Guerra Mundial. Le cuento una mezcla de los relatos que mi abuelo me contaba de la guerra y lo que recuerdo de un documental que vi una tarde de pereza en el History Channel. Y mientras caminamos por los pasillos fríos y oscuros como un bosque de ataúdes de concreto, Randy se entera de lo que es el Holocausto, de las cámaras de gas y de la salvación que los Estados Unidos hacen del mundo entero. La desolación que nos rodea me hace querer salir de aquellos pasillos. No sabía lo que me has dicho, Vince, dice Randy después de un rato. Su tono es tranquilo, como cuando le agradeces a un guía de museo. Ahora vámonos, dice, porque esto es un pinche frío laberinto que no me gusta nada. No me queda de otra que ir tras él, sintiéndome aturdido por lo que ese memorial significa en las vidas de Annette, Mike Andorsky y en la mía como en la de casi medio mundo. Entonces pienso en la vida de Randy. Por más que la Segunda Guerra Mundial tenga sus repercusiones sobre México; para él, para su familia pobre y hambrienta, para su padre que golpeaba a su madre y para su madre que se ha esfumado, para lo que su familia es en esa casita a lado de un despeñadero; entiendo entonces que el Memorial del Holocausto sólo significa un laberinto sin importancia. Y me doy cuenta que lo que nos diferencia, más que el físico, es el lugar en donde hemos caído al mundo. 25


Pronto salimos del Memorial y el frío se desvanece por el sol del mediodía. Hemos escapado de esos pasillos por otro lado del que hemos entrado y ello hace imposible que encontremos a Andorsky. Que se chingue él y su judaísmo, suelto a los diez minutos de no verlo. Randy y yo damos la media vuelta. Pronto va a ser la hora de comer y por eso decidimos abandonar a Andorsky. Caminamos hacia un restaurante de comida alemana que vemos a lo lejos y en donde pasamos la tarde hablando hasta que volvemos al hotel a eso de las nueve de la noche. En la última visita que hacemos al bar, encontramos a Andorsky tremendamente borracho que da pena. Me acerco y le amenazo diciéndole que si al día siguiente no puede grabar le voy a descontar los dos mil dólares de su sueldo. Asiente como un subalterno regañado, se levanta con dificultad del banco y camina zigzagueante hacia el elevador. Es lamentable. Pido al mesero una botella de agua mineral. Buenas noches, Randy, digo. Él asiente con ese silencio indígena que le da una apariencia de sabio, de pureza y de saber algo que yo y todos nosotros juntos aquí en la puta Alemania no llegaremos a saber nunca. Hasta mañana, dice en español. Antes de que se cierre la puerta del elevador, veo que Randy le ha echado el ojo a una muchacha pelirroja y se prepara para el ataque. Al otro día, Annette llega al hotel a las nueve de la mañana mientras todo el equipo estamos desayunando. Su entrada al restaurante es seguida por todos los ojos masculinos. Apenas verla, me levanto, la abrazo y me sorprende que aún después de haber sido madre se encuentre más hermosa que nunca, que su piel huela a una mezcla de leche y talco y que sea tan blanca como siempre. Se lo digo y ella lo agradece, dándome un beso tierno en la boca. Después saluda a Rico Strong, con quien ha filmado algunas escenas interraciales de Dark Dick. Luego saluda a cada uno de los muchachos del equipo técnico, así como a Sofía, la estilista. Supongo que estos serán mis otros dos empaladores, dice, 26


riéndose y señalando a Mike y Randy. Te presento a Randy López y Mike Andorsky, le digo. Annette mira a cada uno con intensidad, les tiende la mano delicadamente. Has hecho un gran trabajo al hallarlos, me dice. Por extraño que parezca, siento que en esta ocasión Randy no ha causado una fuerte impresión en Annette, sino que ha sido Mike quien la ha atraído. Pero no doy importancia al asunto y dos horas después todo el equipo bajamos en la locación que Annette ha encontrado para hacer la película. Se trata de una cabaña en el claro de un bosque que se me antoja como sueño de infancia. El interior está decorado sobriamente. Apenas la chimenea y los leños ardientes le dan un toque de calidez. Los técnicos comienzan a colocar la iluminación. Sofía, la maquillista, prepara a Annette así como su estilista personal se apresura a darle forma a los rizos rubios que mostrará en la película. Mientras a Annette se le prepara un edema; afuera de la cabaña los actores y yo empezamos a repasar brevemente el guión (si se le puede llamar así a la página y media de acotaciones y descripción de actos sexuales que Annette quiere que hagamos). Fumo junto a Rico Strong y Randy (el único vicio que Mike Androsky rechaza es fumar), cuando la voz de nuestra actriz estrella nos llama desde el interior de la cabaña. ¡Muchachos, vengan!, grita como si fuera una madre que invita a sus hijos a comer. Sólo entrar, a cada uno de los que estamos ahí se nos para la verga. Annette viste el uniforme de un oficial nazi, con espacios recortados donde quedan libres sus tetas y sus dos agujeros. Se ha puesto unas botas puntiagudas muy altas y lleva un látigo. Su piel es blanquísima, casi parece una diosa pintada con el color de la cocaína y sus labios son de un rojo brillante. Los rulos rubios le caen a lado de la gorra de oficial de la SS. ¿Les gusta?, pregunta dando una vuelta de 360 grados, despacio y arqueando la espalda para levantar más el culo desprotegido. Aullamos y chiflamos. Yo le digo que tengo ganas también de cogérmela. 27


Ella se ríe. No, tú eres el director, dice. Las risas inundan la cabaña, se trata de uno de esos momentos de camaradería que más se añoran en la Industria. Antes de empezar, reúno a todo el equipo y les explico que será Annette quien lleve la pauta. Intento hacer que todos nos abracemos, pero en ese momento Annette me interrumpe. Muchachos: soy una tierra virgen donde pueden hacer lo que quieran, se los dejo a su imaginación, dice. Lanza una risa coqueta y guiña su ojo azul derecho. Empezamos a grabar y la escena se vuelve tan grandiosa que toda la cabaña huele a sudor y sexo. Los actores parecen estar llenos de una furia terrible en contra del cuerpo de Annette. De sus ojos no sé si caen lágrimas de verdad o es la saliva que los tres le han escupido repetidas veces sobre su cabeza. En la parte final, Annette hace una petición cuando Randy y Rico ya se han venido haciendo unos creampies fenomenales: desea que Mike Andorksy se venga completamente en su boca, sin derramar una sola gota de semen. Mike se nota encendido y previo a su corrida atraganta a Annette contra su pedazo de carne y se viene en su lengua. Annette se lo traga como si se tratará de una especie de elixir y después empieza a llorar. Sin perder tiempo los muchachos la rodean y abrazan como si fuesen una especie de clan. Grabo todo eso. Grabo incluso, desde muy cerca, cuando Annette se pasa la toalla por la cara y queda limpia y en la toalla blanca queda la huella del semen, la saliva y del lápiz labial. Esa misma noche salimos a festejar y Annette y Mike terminan besándose en la calle. No lo puedo creer, pero así resulta y más tarde se van a vivir juntos a una cabañita en Suiza. A veces vienen a verme, pero pasan la mayor parte del tiempo en Europa, donde han abierto una productora de sexo sadomasoquista y otras cerderías que les tienen ganando un buen dinero alrededor del mundo. Al terminar de contar esa historia, la reportera quiere retomar algo de su entrevista. Me pregunta cómo es que Randy termina de actor porno, aquí, en L. A. Entonces le 28


digo que entre las extranjeras con las que Randy se acuesta, hay una de Pittsburgh que llega a Oaxaca para aprender español y de la que termina enamorándose. Su nombre es Alice. Trigueña de ojos verdes, origen irlandés, recién graduada de la universidad y dos años mayor que él. Para ese momento, Randy ha catado los movimientos sexuales de las mujeres según sus nacionalidades y le parece que las norteamericanas son las mejores en la cama. Desprovistas de complejos y creyentes de que representan a la mejor nación del mundo, cada una coge con la perfección de una superpotencia. El romance se vuelve más fuerte al tiempo que el pueblo se levanta contra el gobierno. Es 2006. En ese tiempo veo unas fotos en los periódicos donde se muestra a un montón de encapuchados en las calles peleando contra la policía e imágenes de autos incendiados. En ese momento lo único que pienso es que el tercer mundo jamás va a cambiar. Se lo digo años después del 2006 a Randy, lo cual lo pone furioso, como si hubiera dicho que su madre es una puta. Randy recuerda todo lo que le ha sucedido en el 2006 con una mezcla de haber vivido algo importante, pero también con la frustración de no haber podido alcanzar nada. ¿Y qué hemos cambiado, Vince?, me lanza la pregunta la primera vez que hablamos del tema en ese restaurante alemán y luego vuelve a decirla cuando me cuenta que su amigo indio le ha propuesto apoyar una revolución. Yo sé que esa pregunta realmente se la hace Randy a sí mismo, como para convencerse o darse fuerzas de seguir adelante. Sólo hemos logrado que lleguen al poder otras ratas engendradas de la misma basura, dice. Y esto que cuento, señorita, da pie para que Randy me cuente su vida en el 2006, digo aquí a lado de mi alberca. Alice está a su lado en los meses en que el pueblo toma la ciudad. Terminan ellos mismos quemando autos y luchando contra la policía. Me cuenta de la vez en que casi los atrapan y deben pasar dos días aguantando el frío y el hambre, escondidos en un 29


edificio abandonado. Y al calmarse las cosas deciden casarse en México, pues ni en sueños podrían conseguir un permiso para que Randy viaje a los Estados Unidos de manera legal. La boda es una ceremonia civil. Además del juez, asisten a la boda un par de amigos de testigos, los padres de Alice y sus hermanas. Por supuesto, la boda es para lograr que Randy adquiera la nacionalidad estadounidense. De ahí, imagino que pasa un tiempo hasta que al fin tienen listos los papeles y él puede viajar a Pittsburgh, donde el padre de Alice es capataz en una fábrica en la que encuentra trabajo. Al principio viven en el sótano de la casa de los padres de Alice. Con el tiempo y el dinero que gana ella como maestra en una escuela para niños con retraso mental, alquilan un departamento diminuto. Sin embargo, el matrimonio no dura mucho. Randy se ha acostumbrado a ganarse la vida seduciendo mujeres. Eso de levantarse todos los días temprano para ir a la fábrica le comienza a parecer una pinche mierda porque definitivamente nada ha cambiado. Ha dejado de ser un pinche pobre en México para convertirse en un pinche pobre en los Estados Unidos de América. Los sueños de la revolución le empiezan a parecer cada vez más lejanos y a tornarse en la figura adulterada pero deliciosa de una mentira. Al año y medio de matrimonio, poco queda en Randy de aquel muchacho que embozado secuestraba autobuses para hacerlos arder en medio de las calles y formar barricadas. Ahora es un obrero que se levanta todos los días a las seis de la mañana, nieve o llueva, para ganar diez dólares por hora. Pasan dos años y aguanta el ritmo de la vida e incluso cambia y se dedica a trabajar como un loco. Quiere convertirse en la reencarnación del sueño americano, pero nada de eso está en su naturaleza. Así son las cosas. A veces te dan ganas de cambiar y otras no. Lo mío es el caos, me dice Randy cuando se le junta el alcohol y la cocaína, y esperamos en este mismo lugar en que ahora estamos sentados, la salida del Sol después de sobrevivir a una larga 30


fiesta. Empieza a acostarse con una que otra empleada de la fábrica donde trabaja. Intenta ser cuidadoso, pero un antiguo amigo del instituto se da cuenta y se lo cuenta a Alice, quien no se comporta como lo haría una esposa despechada y le da el ultimátum para desaparecer antes de que ella pida la disolución del matrimonio y comience a buscarlo la policía o quien chingaos sean los que se encargan de cazar a los ilegales. Así es como, al poco tiempo, Randy espera un tren para cruzar los Estados Unidos y llegar a L. A. Tiene la inteligencia de llevarse algunos dólares que lleva ahorrando, y después de casi doce horas, llega a Los Ángeles con la sensación de que los sueños, como los trenes, tienen hora de llegada y de salida y que uno, muchas veces, es un pasajero que debe bajarse aunque no quiera. El primer día en que Randy pisa el suelo de esta ciudad entiende que también como se termina un viaje comienza otro y lo que entonces resta es ponerse cómodo para disfrutar del paisaje. Pero de comodidades nada. Regresa a vivir en cuartuchos malolientes y a trabajar igual o más que en Pittsburgh. Entiende que sólo con suerte es fácil cambiar de vida. Trabaja como jardinero en algunas casas de Beverly, donde se coge a un par de hijas adineradas, dos señoras y por supuesto que a varias sirvientas que le dan información para una banda de asaltantes que Randy forma. De aquel dulce estanque saca un poco más de dinero y comienza, por algunos meses, a darse la gran vida. También se hace a la idea de que la revolución no sirve para nada. (Aprovecho esto último para descansar un poco y ver a la reportera, quien mira incesantemente al negro camarógrafo como diciéndole carajo, este tipo cómo le da vueltas a las cosas. Me río y mientras expulso el humo del cigarro pienso que tal vez ya es hora de hablar de Tito el triqui, del amigo de Randy, quien a final de cuentas fue quien volvió a aparecer en su vida y le puso enfrente, una vez más, el tren del sueño revolucionario y un ticket para subirse. Ahora Randy está 31


desaparecido y lo señalan como el culpable de matar a todas esas personas en el lindo México. Miro al cielo. Se ha nublado y empieza a soltarse el viento. La bata ya no me protege de esta brisa que viene del mar y empieza a helarme los huevos). Vamos dentro, les digo a mis invitados. Me calzo las sandalias y comienzo a caminar algo errante hacia el ventanal de la sala. De inmediato voy al bar a prepararme una bebida que sirva para contar lo que sigue, porque ya el whisky no hace mucho efecto y necesito algo más fuerte. Decido que para contar eso debo hacerlo con la bebida que Randy me trajo una vez: mezcal. La bebida de su tierra. Entonces volteo y descubro que la reportera y el negro camarógrafo me han seguido. El mezcal es una bebida que Randy me regaló, les digo, para interesarlos en beber. La reportera se lo piensa, mira a la cámara y pregunta: ¿Te apetece, Alabama? Entonces el negro por segunda vez deja de filmar. No me vendría mal, señorita Autumn, dice el muy hijo de la chingada, como si fuese todavía un esclavo. Sirvo dos caballitos más, rebano limones que coloco en un platito y pongo sal a un lado. Salud, les digo. Los tres brindamos y nos tomamos de un tirón el mezcal. La reportera hace cara de asco. El negro y yo ni nos inmutamos. Los tres sentimos el calor llegando al estómago como un fuego benévolo. Descubro con sorpresa que la reportera ha cruzado las piernas y se le notan unos muslos duros, hechos para resistir los embates del más terrible de los armamentos. Les ofrezco un cigarro. Aceptan con gusto y empezamos a fumar en silencio. Pasan unos minutos y de repente carraspeo un poco. El negro entiende, apaga el cigarro en el cenicero y se coloca otra vez la cámara al hombro. Enciende el aparato y comienza a grabar. La rubia reportera se acomoda en el sillón. Empiezo diciendo: Siempre me pareció que Tito el triqui tenía cara de demonio. Me lo presentó Randy durante una caminata que hicimos por la playa de Venice Beach. Era de noche y habíamos salido en parejas: él iba con FlowerTucci 32


(quien se había tomado un descanso de su relación lésbica con Olivia O´Lovely y llevaba algunas semanas cogiendo detrás de cámaras con Randy). Y yo iba con Naomi (para ese entonces, llevábamos cuatro años viviendo juntos desde que nos enamoramos en la Costa francesa). El motivo de la celebración se debía a que Naomi había quedado embarazada y nos proponíamos conseguir una casa en Sacramento, donde ella se retiraría a cuidar de nuestro hijo mientras yo filmaba las últimas películas que nos darían el dinero necesario para pasar el resto de nuestra vida alejados de la Industria. En ese entonces, planeábamos hacer la boda. Habíamos cenado en un restaurante italiano (a mí me hubiera gustado haber ido a algún restaurante de Hollywood), pero Naomi tenía antojo de estar ahí. Le traía recuerdos de cuando era una chica desconocida que acababa de llegar de un pueblo de Montana y se ponía a caminar por la playa pensando de qué mierda iba a vivir. Llevábamos unos diez minutos, cuando al pasar frente al gimnasio que está al aire libre, nos dimos cuenta que había cuatro hombres con pinta de mexicanos, indios, discutiendo acaloradamente a la luz de los faroles. Tres de ellos vestían el uniforme de ayudantes de cocina de algún restaurante que estaba cerca. El otro, el que los miraba de frente y de forma agresiva, vestía pantalón holgado y una sudadera que le quedaba grande. Eran bajos de estatura y el que no estaba uniformado, por su forma de hablar a los demás, parecía ser el jefe. Randy y yo abrazamos a nuestras mujeres, pensando que podía tratarse de unos putos pandilleros. Incrementamos la velocidad de nuestro paso, cuando veo que surge en la cara de Randy una sonrisa que le llena media cara. Parece reconocer a alguien. ¡Ya cayó, ya cayó, Ulises ya cayó!, grita Randy. Los mexicanos se voltean inmediatamente a vernos. Él suelta a Flower, abre los brazos y avanza hacia el sujeto que parece el jefe. A su vez, el que parece el cabecilla ladea la cabeza como si tratara de reconocer quién diablos es el 33


hombre alto y moreno, con cabello largo y camisa semiabierta que se dirige a él. ¿Pero qué hace? ¡Detenlo!, me susurra Naomi con terror, agarrando mi saco con fuerza por la parte del brazo. La tranquilizo diciéndole que Randy parece conocerlos. En ese momento, el jefe también abre los brazos y va al encuentro. Tiene una barba que le crece como un manchón solitario de yerba en el desierto. Sin embargo, habla un inglés muy educado, con un dejo de acento en español muy fuerte. Cuando lo saludo, me sorprende su mano: pequeña y al mismo tiempo tan dura como si estuviese saludando a una piedra. Apenas me mira. Prefiere desvestir con la mirada a Naomi y Flower. No lo culpo. Cualquier hombre lo hubiese hecho. Randy lo abraza como se hace con un colega del colegio y nos dice que Tito ha sido su compañero en la revuelta de Oaxaca, allá en México. Varias piedras les partimos en la cara a muchos pinches policías, dice Randy. Tito sonríe, pero no parece enorgullecerse mucho del pasado. ¿Qué haces aquí?, pregunta Tito a Randy. Nuestro amigo voltea a vernos, guiña el ojo y le suelta que se dedica al cine. Vaya, al cine, dice Tito. Después platican algo en español y puedo darme cuenta de que Tito está alegre por el reencuentro, pero que necesita volver rápidamente a sus negocios con los otros tres indios. Intercambian números de celular, nos despedimos cortésmente y seguimos caminando hacia donde hemos dejado los coches. En el camino, Randy nos cuenta la historia de su amigo y de cómo lo ha conocido. Por momentos su voz tiembla, como si no pudiera sostener todo lo que desea contar. Nos cuenta los días en que piensa en la revolución y en cambiar la realidad, de las barricadas y el olor a gasolina y de la manera en que las llamas hacen arder a los autos y cómo ese humo apesta a fierro y plástico, pero que a él le huele como si al fin hubiese olido la preciosa rajadura de la libertad. Por supuesto que también nos cuenta la historia de Tito, quien es un indio de la etnia triqui que ha conocido luchando contra la policía. 34


Ellos lanzan piedras con la cara embozada en paliacates remojados en vinagre y Coca-Cola y la policía contesta con gas pimienta y chorros de agua. Y es que Tito ha tenido una vida de mierda, nos dice. Es así como Randy empieza a hablar del pequeño Tito que ha nacido entre montañas que jamás hemos imaginado, donde ni siquiera existe la televisión. Nos cuenta el día en que llegan los militares a tocar a la casa de la familia de Tito, y nos cuenta la forma en que los soldados entran al jacal a base de patadas y de los tiros que echan al aire, de cómo golpean al padre de Tito hasta que ya no pude decir nada sobre la guerrilla, de cómo violan a la madre de Tito frente a él y sus hermanos, sólo para divertirse por el tiempo perdido. Y mientras fumamos un buen churro de mota, recargados en el auto de Randy, empezamos a saber que Tito le cuenta toda su vida en una noche que está cargada con el humo de las llantas ardientes, y cargada también del miedo a las Caravanas de la Muerte que recorren las calles para dispararle a los que protegen las barricadas. Caravanas de la Muerte hechas de policías que obedecen órdenes de algún jefe, o simplemente porque (también como los soldados que años atrás violaron a su madre), querían sacarle provecho al tiempo perdido. Estamos en un camión que hemos atravesado en una avenida y que hemos convertido en la guarida de los bazukeros, dice Randy; somos los que lanzan cohetones a los policías, las llantas quemándose nos dan calor y Tito me cuenta de lo puta que ha sido la vida con él. Entonces la suerte, o esa corriente de sucesos que llaman destino hacen que esa noche aparezca la Caravana de la Muerte, disparando hacia el autobús donde se encuentran con otros bazukeros. Uno de sus compañeros, un muchacho de doce años que antes de la revuelta limpiaba parabrisas en los semáforos, recibe un tiro en el pecho y muere. Flower toma de la mano a Randy y le besa la mejilla. Naomi y yo nos miramos y creo que ambos sabemos que es algo que afecta tremendamente 35


a Randy. Pero nada podemos hacer, pues nadie puede salvar a nadie del pasado. Cada uno carga con sus recuerdos. Recuerdos que lo mismo son diamantes que un montón de basura que sólo podemos ver y oler a la distancia, pero jamás tocar. Sin embargo, algo me dice que una parte del pasado de Randy le ha vuelto a echar la red encima. Esa misma noche, ahí en Venice Beach, nos enteramos de cómo esos muchachos luchan contra los policías, cuando entran a la ciudad para terminar con la revuelta. Los bazukeros y miles de personas más pelean como si se tratara el fin del mundo, pero que para ellos sólo se trata de proteger al sueño recién nacido que durante meses llevan defendiendo. Y nos enteramos de cómo dejan de verse, cuando sudorosos y cansados se dan cuenta que los miles de policías, protegidos con escudos y toletes, empiezan a abrir las calles hasta llegar y quitar con un bulldozer el autobús donde varios meses los bazukeros han vivido. Randy y los bazukeros no quieren retroceder, pero es imposible continuar en sus puestos. Serán atrapados por la policía. Empiezan a incendiar todos los autos y edificios que ven a su paso. Quieren incendiar donde todo comenzó y donde pronto todo va a terminar. Randy y Alice huyen y se esconden en un edifico abandonado. Sin embargo, Tito continúa luchando. La última visión que tienen de él es lanzando piedras como si en cada roca estuviera el odio de su padre golpeado y su madre violada. Resiste de tal forma, que varios policías deben aplacar a ese muchacho tan enfurecido como un demonio que grita y llora como si acabara de ver morir la última oportunidad de mejorar las cosas en su vida. Tito termina pasando más de un año en la cárcel. Es lo último que Randy llega a saber de él, un día al leer en el portal electrónico de un periódico los nombres de la gente que los policías han cazado como liebres en el campo. Y aquí es donde esa parte de la historia del porno star mexicano la dejo de conocer, le digo a la reportera. Sirvo otro mezcal. Volteo a ver las paredes de la 36


sala. Ahí cuelgan los cuadros que he comprado y donde posan enmarcadas las portadas de las películas en las que he actuado y dirigido; las entrevistas que me han realizado y los premios que he ganado con el poder (aparte de mi verga erecta y de mi semen) de mi talentoso ojo para mirar el lado más perverso y excitante del cuerpo de una actriz del porno, de sus secreciones y de sus besos más tiernos como sueños que se olvidaron, de futuros que se convirtieron en Universos-Sombra, pero que en este mundo son oro. Y carajo, todo lo que eso me ha costado. Alzo la mirada un poco más. La desvío hacia donde sé que podré ver esa pintura que Naomi y yo compramos en la “Mostra de Cine Erótico de Venecia”. Es un paisaje, un bosque que esconde al mar o un mar que se esconde tras del bosque. Se lo compramos a un muchacho que tenía varios cuadros para vender sobre la acera. ¿Qué nos gustó de la pintura? En ese momento le digo a Naomi que el cuadro me gusta porque tiene impresa la nostalgia de la posibilidad y la calma, de algo que bien puede acercarse a un momento de felicidad. ¿Y tú?, le pregunto a Naomi, mientras pongo mi brazo alrededor de ella. Estamos indecisos de comprar la pintura. Yo pienso en lo que necesitaré hacer para volar con la pintura hasta los Estados Unidos: habrá que desmontarla del marco y después enrollarla y buscar algún empaque donde viaje segura. Pero Naomi habla y me deja sin palabras. Felicidad, dice Naomi sin quitar sus ojos de la pintura. Sonríe y nunca me ha parecido más hermosa, más pura, más inocente, más encabronadamente perfecta. Quiero que la compres, Vince, se trata de nuestra felicidad, dice. Me acerco al muchacho y él me dice el precio del cuadro, el cual es barato, pero nuestras ilusiones puestas en él (como un símbolo del instante que vivimos) son demasiado altas. Y al final, sin saber por qué vemos en esa pintura algo distinto de lo que realmente es, quedamos hechizados. Y es sólo ahora que he perdido a Naomi, en que me doy cuenta que ese cuadro es 37


sólo una pinche pintura. Una pinche pintura que tiene la rara cualidad de hacerme recordar, con perfecta claridad, que ese año nuestra presencia en la “Mostra de Venecia” es estupenda. Salgo de la noche de gala con el trofeo de mejor director gonzo en las manos, con la grabación que Naomi y yo autorrealizamos en la intimidad de nuestra cabaña frente a las blancas playas de Aruba. Vendo la película por dos millones de dólares a una cadena hotelera que tiene negocios en todas partes del planeta y es así como, llenos de dinero y llenos de amor, es decir, esperando a nuestro primer hijo, Naomi y yo regresamos a América. Hemos ideado el plan perfecto para terminar con nuestros días en la Industria del Sexo. De ahora en adelante, lo hemos decidido, únicamente seremos dos padres dedicados a cuidar a su hijo. Estamos orgullosos de todo lo que hemos vivido, incluso de los momentos de mierda que tiene la vida, pues al fin nuestro futuro se verá recompensado. ¿En qué maldito instante se tuerce todo? ¿Por qué somos capaces de pensar que el futuro será perfecto, que el futuro y la vida prometida serán nuestros? ¿Cuándo firmamos los papeles que nos hicieron dueños de tales sueños? Sólo puedo decir que estamos llenos de esperanza. Kilos, toneladas de esperanza. Y aun ahora, con los días tan lejanos como un avión que se ha levantado en el aire y se pierde atrás de las nubes y es imposible de distinguir, aun ahora, no dejo de dudar en la pureza de esos gramos de esperanza. Creo en ellos aunque lo cierto es que las cosas se descompusieron a los pocos días de conocer a Tito en Venice Beach. Una mañana, Naomi y yo nos levantamos tarde, pero felices. La noche anterior la he grabado, desnuda, con su vientre abultado y sus tetas que empiezan a rezumar leche. La grabo porque planeo hacer un video erótico donde ella muestre su cuerpo deformado por la maternidad. El cuerpo de una mujer que está a punto de parir. El cuerpo de nuestro futuro convirtiéndose en realidad. Algo nunca visto en la Industria del Sexo. Habría 38


sido algo inofensivo, de no ser por el calor que me producen las posturas de Naomi, el que roce con sus manos mi verga y que la levante tan alto como en mis mejores días y entonces nos nazca, pues ella también lo siente palpitar, el deseo de coger. Ya antes hemos tenido sexo con ella en ese estado, siete meses; el doctor nos ha dicho que no existe problema alguno, que es algo más común y menos peligroso de lo que se piensa. Pero nadie, ni siquiera los consejos de Nina Hartley para tener sexo en el embarazo, habría podido advertirnos de esa puta madrugada en que Naomi despierta empapada en sangre. Llamo al 911 y en pocos minutos la veo perderse en la camilla, débil y pálida; atrás de las puertas de emergencia, custodiada por doctores y enfermeras. Perder a nuestro hijo resulta espantoso para los dos. En los días que siguen, todo intento por ayudarla a salir de la depresión resulta inútil. Peleamos por cualquier cosa. Me quiere acuchillar cuando una mañana le digo que el día está soleado y es muy bello. Pocos días después, Naomi me abandona una tarde en que yo estoy fuera de California; he tenido que volar a Miami para grabar una escena de culos latinos con Ice la Fox y Sophia Castello. A mi regreso a Los Ángeles, las cosas de Naomi han desaparecido de los armarios, como si de repente ella no existiera en mi vida o alguien la hubiese borrado. Sólo encuentro una nota puesta sobre la cama. Reconozco su letra. Ella ha escrito: Lo siento, Vince. No sé de ella durante varios días. ToriLane y BobbiStarr, sus mejores amigas dentro de la Industria, sólo me dicen que se ha mudado a un departamento en Santa Mónica. Déjala tranquila, me piden aquellas zorras, como si yo fuera el culpable de la pérdida de nuestro hijo. Dejo correr los días. Estoy seguro que Naomi volverá conmigo. Pero no tardo en recibir una noticia que me pega tan fuerte como si Babe Ruth desde la muerte hubiera conectado mi corazón y lo mandara fuera de la barda. Naomi ha decidido firmar con Brazzers y tendrá en pocos días una escena con DP y ATM 39


con Marco Banderas y el puto de Tobi Robinson. Maldigo al porno, maldigo a la Industria y al momento en que se ha convertido en una fábrica de mete y saca de carne, y maldigo a Naomi por ser tan hija de puta como para grabar una escena con otros hombres, mientras yo sigo masturbándome con la fantasía de que esa mujer me ama. Me maldigo a mí mismo. El día que va a ser la grabación, me emborracho con tequila y esnifo coca hasta que los huesos me tiemblan. Estoy acostado junto a la alberca y ni siquiera puedo pararme. En algún momento de la borrachera pienso en sacar el teléfono celular y preguntar a mis contactos dónde se realizará la grabación. Me imagino apareciendo por ahí con una escopeta para impedir a como dé lugar que grabe Naomi. Quiero hacer una verdadera escena de celos, pero entonces pienso que seré llamado el imbécil de VincePrezzo y dejaré de ser el gran VincentPrezzo que se ha cogido a ese gran culo que es Naomi y quien ha tenido la verga lo suficientemente hambrienta como para dejarla marchar e ir a la cacería de más panochas que le produzcan más dólares. Un momento de dignidad, de egocentrismo estúpido hacia mi nombre, donde mi preocupación más grande no es perder el amor de Naomi sino cómo se leerá mi nombre en las necrológicas del futuro,impiden que ruede hacia la alberca y me mate. Afortunadamente, también aparece la cara borrosa de Randy, quien me cachetea la cara y después me lanza agua fría para hacerme despertar de ese pesado sueño de arenas movedizas que comienza a tragarme. Con dificultad me acomodo sobre un camastro. Tras varios minutos, el pasón de coca empieza a perder efecto y soy capaz de beber una cerveza a la vez que machuco un cigarro tras otro, mientras le cuento todo lo que ha sucedido en estos días, de lo tanto que amo a Naomi y de cómo me resulta imposible creer que, repentinamente, lo que ella y yo hemos construido ya no exista. Randy me mira con generosidad, sin lástima disfrazada de amistad. Lo siento, 40


digo, pero no puedo creer que en este momento en que te platico esto, a mi esposa se la estén cogiendo dos imbéciles frente a una cámara. Entonces me surge una risa tan fuerte como el rugido de una hiena que al poco tiempo se convierte en llanto. Le digo que me ha llegado la hora de abandonar la industria y dedicarme al sueño de abrir un hotel en alguna playa de la India. Pasar el resto de mis días alejado de esta ciudad y su maldita luz eléctrica. Tranquilo, me dice Randy, tocándome el hombro como un viejo camarada. Me tallo los ojos irritados y de un movimiento expulso los mocos que se han juntado en mi nariz por el llanto. ¿Y dónde mierda has estado?, le pregunto. Desde esa noche en que nos emborrachamos después de la cena en Venice te he perdido la pista. La verdad es que los acontecimientos han hecho que me olvide también de llamarlo. Pero eso no importa, yo sólo quiero desviar el tema, pensar en otra cosa que no sea la imagen de mi esposa siendo penetrada frente a las cámaras y en los millones de tipos alrededor del mundo que se masturbarán viendo la escena. Estuve con Tito preparando la revolución, dice Randy antes de ponerse en la boca el vaso de whisky. Yo sigo lo bastante drogado como para querer escuchar una historia que me distraiga del momento que vivo. La Revolución suena a nombre de cantina mexicana, digo. Randy se acomoda con parsimonia la melena oscura y brillante. Tal vez son los días que llevo sin ver a mi amigo, pero no tengo duda de que su piel tiene un tono más oscuro, como si hubiera pasado largo tiempo bajo el sol. Vuelve a parecerme la reencarnación de Toro Sentado o del mismo Cuauhtémoc. Sus ojos negros brillan como si durante ese tiempo se hubiesen convertido en diamantes que relucen de algo que ya no es el abismo, sino la noche profunda y tranquila que un hombre puede ver antes de morir. Anda, dame otro cigarro, le pido desde el camastro. Me acerca la cajetilla y luego el encendedor. Doy una larga fumada viendo hacia la tarde que comienza a volverse color naranja cuando 41


se oculta el Sol en el mar. Cuenta cómo has preparado la revolución, le digo con la mirada puesta en el cielo, dime qué licores has usado. Uso esta frase para mirar los ojos azules de la reportera. Sus labios se han despintado ligeramente por la bebida. Alabama luce cansado de cargar la cámara en el hombro. Necesito un trago antes de seguir, les digo. Me sirvo y hago el gesto de quererles rellenar sus caballitos. Antes de que ambos puedan negarse, ya les he vertido el mezcal. Hace calor, dice finalmente la reportera. Ha dado un trago al caballito de mezcal que he rellenado. Me paro a abrir la ventana, pero no parece suficiente. Se levanta y se quita el saco color beige que lleva puesto. El camarógrafo y yo la hemos mirado levantarse del sofá y elevar frente a nuestros ojos una figura digna de sobrevivir a la muerte. Al desabrocharse el saco, el movimiento me ha permitido repasar su cuerpo, las piernas bronceadas y anchas que anteceden a un par de muslos generosos para resistir los embates de una gran verga. Sus tetas son carnosas. Su cuerpo entero pertenece a la clase de mujer que pocas veces logran verse. La imagino más joven. Es toda una belleza, sin una sola inyección de bótox que busque rescatarla de los golpes del tiempo. Miro su cuello porque sé que ahí está el secreto de su edad. La piel un poco arrugada me lo indica. Ella vuelve a sentarse y al hacerlo, se coloca un poco más cerca de mí. Subo una de mis piernas al sofá para verme más relajado y el movimiento me permite rozar ligeramente la punta de su zapatilla. Debajo de la bata experimento el alzamiento inmediato de mi verga que quiere abalanzarse en busca de su boca. Ella parece darse cuenta del efecto que ha producido en mí. Sus mejillas están rojas. Se acomoda el cabello. Miro rápidamente al camarógrafo. El negro intuye que algo inesperado puede pasar. La revolución, dice de improviso la reportera para regresarme al relato que he interrumpido. Ah, sí, claro, la revolución que estaban preparando Randy y Tito. Y así es 42


como empiezo a contar la tarde en que Randy me dice que Tito le llama a la semana siguiente de rencontrarse en Venice. Le llama varias veces al teléfono. Se da cuenta de esto cuando vuelve a encender su celular después de pasar la mañana entera grabando el nuevo video de American Anal Starlets, donde tiene la oportunidad de cogerse a JynxMaze y Katie St. Ives, dos jovencitas que apuntan para convertirse en las nuevas estrellas del cine anal. Randy dice a Tito que pasará a recogerlo en su casa del Éste de L.A. Su viejo amigo le dice que, en ese momento, está en Madera, justo a la mitad del Valle de San Joaquín, a ocho horas de viaje. Es por eso que quedan de verse al día siguiente, otra vez en Venice, junto al parque de patinaje. Randy llega puntual. Algunos muchachos hacen acrobacias con sus patinetas. Se deslizan sobre el asfalto como si la fuerza de gravedad no estuviese hecha para ellos y la tabla. Unos surfeadores del concreto. Randy encuentra a Tito sentado en una banca, viendo el parque de patinaje. Está muy atento. Observa la diversión que produce patinar. Sabe que esos muchachos son inconscientes de que las lesiones terminarán por destrozarles las rodillas en unos años más hasta convertirlos en adultos de rótulas crepitantes. Pero es una hora de la tarde de un día que tal vez no quede grabada en su memoria. Nada importa fuera del ahora. Es la mezcla del ahora y el mañana. Es una bebida que no te deja lugar para las dudas. Esto no lo invento. Son palabras que dice Randy, porque al sentarse, Tito el triqui comienza a contarle su vida después de la revuelta del 2006. Luego llega el turno de Randy, quien habla de qué clase de actor se trata y de las más de mil mujeres que se ha cogido desde que ha empezado en el porno. Entonces se dan cuenta de que todo lo que hablan se trata del pasado y que es el pasado lo que les ha hecho diferentes. Pero ahora están juntos, mirando a unos jóvenes patinar. Metros adelante las olas pegan contra la arena, la gente se baña y dejan que el sol le tueste la piel. Tito 43


le cuenta que al salir de la cárcel, se dedica a luchar contra el gobierno. Grafitea paredes y protesta en las calles. Se vuelve socio de varias organizaciones comunistas hasta que ingresa a una Unión de Pueblos Indígenas, atraído por las palabras de un viejo que habla de las injusticias que han sufrido los indios como él, desde la Conquista. Es un hombre de voz tranquila que habla de convertir la esperanza en realidad. Cuenta su pasó por la frontera a través del desierto, de las dos personas que ve morir en el cruce y de lo cerca que una víbora de cascabel estuvo de morderlo. Los viejos amigos hablan durante un buen rato. Cuando la visión de los patinadores les cansa, van a un bar. A Randy le interesa saber más sobre la vida de su amigo y es por ello que le pregunta en qué restaurante trabaja. Tito dice que él no trabaja en ningún restaurante. Era una reunión que tenía con hombres de mi organización que dan dinero para el Movimiento. Randy le dice que quiere ayudar. Tengo dinero, mucho dinero, dice. El porno paga bien y me gustaría colaborar en tu organización. Le habla a Tito de la taquería que ha abierto en Huntington Park y del vibrador que se vende en las sex shops del mundo y que se anuncia como una copia de su verga morena. Tito ríe, pero no dice nada al respecto. En cambio, cuenta que el día anterior ha estado en la pequeña ciudad de Madera, donde se vio con unos compañeros que harán con él la revolución. Será en un pueblo que se llama Unión de los Ángeles, en las montañas de Oaxaca. No se trata de cualquier pueblucho. Es donde Tito ha nacido y ha visto a los militares destrozar la vida de su familia. Randy no duda. Encontrarse con Tito, después de tantos años y con las posibilidades de no volverse a ver, piensa, se debe a una razón. Es la fuerza del cosmos, se le ocurre. Siente la posibilidad de volver a cumplir el sueño de luchar por un lugar mejor, uno donde no existan diferencias sociales, ni hambre, ni violencia. Parece que al final vuelven a la vida las conversaciones y frases que tanto se repitieron 44


en la revuelta del 2006 contra el gobierno. Atrás quedan las caravanas de la muerte. Una vez más, tiene la oportunidad de estar en la plaza central de Oaxaca, repitiendo consignas contra el gobierno y canturreando el nombre del Che y Fidel Castro, de Lenin; de Benito Juárez y Flores Magón; de Engels y Marx. Repitiendo aquellos nombres que le parecen salidos de una época perdida e imposible. Rostros de unos hombres impresos en tela, donde los maestros cuentan historias y dicen que tuvieron la fuerza para buscar la justicia. Tito sabe lo que Randy debe estar pensando, pues él mismo ha creído en aquellos personajes como si fueran santos. Ha leído sus pensamientos a lo largo de los años. Entiende que las cosas sólo pueden cambiar a base de ideas y acción. Para lograr el sueño de libertad y justicia es necesario tener el suficiente valor para llevar a cabo las cosas, incluso si la muerte se atraviesa en el camino. Terminan la reunión en un table dance cercano a la autopista 5. Randy paga los gastos de la rubia que se coge Tito y descubre que le gusta ver cómo su amigo disfruta de las tetas blancas. Mientras Tito lo hace con la rubia, Randy sólo fuma y fuma, pensando que pronto va a terminar su vida en el porno. El domingo siguiente, Randy acompaña a Tito para encontrarse con algunos indígenas triquis que viven en un pueblucho del Valle de San Joaquín y simpatizan con la causa. Es un viaje de cinco horas. El día convenido para viajar, Randy pasa en su Hummer negra de rines cromados a recoger a Tito. Espera media hora en el sitio donde quedó de verse, pero Tito no aparece. En ese momento, Randy recibe una llamada a su celular. Es Tito, disculpándose. Ha surgido un problema y debo marchame muy temprano a Greenfield para asistir a la reunión, dice Tito. Dime la dirección y llego, dice Randy. Es mejor que lo dejemos para otro día, yo te llamo, dice Tito. Cuelga. Se le nota ansioso, como si algo no hubiese salido según lo planeado. Cuatro días después, Tito vuelve a llamar. Es un jueves por la mañana. Se nota más relajado y 45


pregunta a Randy si pueden verse para platicar sobre Unión de los Ángeles. Es noche y Randy lo invita a su casa de Long Beach para que platiquen. Le da la dirección y cuelga. Antes de que su amigo llegue, Randy hace ejercicio y trata de relajarse pues en la tarde grabará una escena donde él y Mr. Pete le harán una doble penetración anal a la jovencísima Ashli Orion. No puede distraerse de la escena que hará. Debe mantener su verga erecta durante todo el tiempo. Sabe que sentirá el roce de otro pene y eso no es nada divertido. En cualquier momento, uno puede desinflarse y romper un récord de erecciones infalibles. Cuando al fin Randy ha hecho la escena con éxito y vuelve a su casa, Tito ya lo está esperando. Ha llegado una hora antes de lo acordado. Ahora que le cuento esto le digo que la casa de Randy era totalmente distinta a esta mansión. Digo era, porque vendió su casa para ayudar a la causa. De madera y color blanco, sus ventanales dan a un horizonte marino. La casa se levanta sobre la arena. Cualquiera que la visite, sabe que se trata de la vivienda de un soltero poco acostumbrado a mantener el orden en su vida. Sólo entrar, se percibe el olor de panochas que noche tras noche duermen en su cama. En la sala hay una televisión, tres libros de autoayuda y una colección bastante larga de discos de grupos de rock en inglés y de grupos de rock mexicanos que en mi puta vida he imaginado que existieran. Una barra con una buena dotación de alcohol. El olor de la mariguana y del tabaco es el incienso que se puede respirar y te coloca en estado zen. En la pared de la sala, dos grandes posters de Emiliano Zapata y otro tipo de bigote que, me dice Randy, es un cantante muy famoso de rancheras. Sólo estoy una vez en su casa y es cuando le veo poner un disco de mariachi; acto seguido, destapamos una botella de tequila. Una casa con esas características es la que seguramente se encontró Tito. ¿De qué hablan? Por supuesto que de la libertad, la revolución, del compromiso y más que nada del dinero. Randy le dice 46


que ha puesto en venta la casa y que la ganancia será para la liberación de Unión de los Ángeles. Tito olvida el carácter serio y reservado que la cárcel y los golpes del gobierno le han producido, y sonríe como un niño que ha podido dejar por un instante de ser un demonio. Se emborrachan y terminan hablando de la utopía que están por realizar y de lo fácil que es volver real lo que han soñado. Casi al final de la conversación, cuando Tito está por irse al mismo tiempo que el sol va iluminando la playa, éste le pregunta en un momento de lucidez a Randy si comprende de lo que realmente se trata todo lo que han hablado. Sí, dice Randy. ¿Comprendes que tal vez tengamos que matar?, pregunta Tito. Randy ha pensado mucho en la idea como para titubear. Tito sonríe, deja ver sus dientes amarillos e imperfectos, y entonces le dice a Randy que se verán el domingo en el centro de L. A. Randy acompaña tres veces a Tito en juntas donde se reúnen con indígenas. Sus mujeres visten huipiles coloridos y parecen no haber cambiado en nada su llegada a los Estados Unidos. Mantienen la costumbre de intercambiar a sus hijas de apenas doce años de edad por unos cartones de cerveza. Las reuniones se realizan en casas de algunos indios, pero Randy no sabe de lo que se habla, pues todas las conversaciones Tito las lleva en su idioma. Las caras de los indios al ver a Tito son de respeto y de desconfianza para Randy. Mi amigo reconoce que la gente le tiene miedo a su paisano. De esto se da cuenta al querer acariciar la cabeza de una pequeña. La madre grita como si Randy fuera una especie de asesino. Tito se ríe de una manera oscura y fría, como si el llanto de la familia tuviera gracia. Aquella reacción de su viejo camarada desconcierta a Randy. ¿Puede su amigo ser tan cruel? Randy se da cuenta que una persona puede convertirse en su propio enemigo. A partir de ahí, comienza a observar a Tito. No como el amigo, sino como un hombre del que pretende saber cuánto se parece al amigo que conoció. Algunas veces, 47


le parece que adopta la risa de los soldados que violaron a su madre y mataron a su padre. Tito ha vuelto suya la risa de los tiranos. Por supuesto que Randy esto lo piensa y jamás se lo dice a Tito, creyendo que a final de cuentas puede equivocarse pues no habla su idioma y desconoce las costumbres que esos indios tienen y que si bien son de su misma región, no se parecen en nada físicamente a él. En ellos se nota la pureza. Randy es mezcla de indios y negros. Les une a ellos haber sido pobre y marginado; lo único que importa es realizar la liberación de Unión de los Ángeles, esa ranchería perdida en las montañas de Oaxaca, lejos de cualquier carretera y de la mirada del gobierno. Hambre, enfermedad e ignorancia son tres caciques que jamás quieren irse, le dice Tito en una ocasión. Por fin llegará la libertad, dice en otra. Nada se le debe a la Patria porque la Patria se había olvidado de nosotros. ¡Arriba las armas! Patrañas así son las cosas que escupe Tito y que Randy aprueba como cuando se cata un vino que te puede emborrachar el alma. Randy ve en el movimiento de Unión de los Ángeles, la última oportunidad para cumplir los sueños de juventud. Todo sigue marchando así: Tito llevando a Randy a las juntas donde él no se entera de nada y sólo se queda viendo cómo los indios, a veces gustosos, pero otras con miedo, entregan sobres llenos de dólares que han sudado para ganar en América. Hasta una mañana en que ha tenido que ir a un desayuno con uno de los productores de White Ass #22, una serie de películas especializada en el sexo interracial, cuando al ver que aún no llega con quien tiene que verse, toma el periódico que está a la entrada del restaurante. Él jamás lee, pero leer para pasar el tiempo le costará a Randy darse cuenta de lo que pasa en realidad. Atrae su atención las fotos de dos indios que Randy ha visto en un par de reuniones. La nota dice que los asesinaron la noche anterior y las pesquisas de la policía indican que los ejecutó un indio de la misma etnia, quien 48


según testigos, que se hace llamar Comandante Tito. Es el encargado de presionarlos para que paguen unas cuotas que se dirigen para comprar armas que se mandan a las montañas del Sur de México. El sheriff dice que los muertos se negaron a dar más dinero para la compra de armas y por eso el Comandante Tito los asesinó. Describe también al acompañante del asesino: otro tipo de rasgos indígenas, melena larga y alto. Randy se preocupa cuando se da cuenta que la descripción habla de él. Sin pensarlo más tiempo, llama a Tito desde el teléfono celular. La llamada está por ir al buzón de voz, cuando Tito contesta. ¿Dónde estás, cabrón?, pregunta Randy. He leído el periódico y viene una noticia de la chingada. Ando en Nueva York, contesta Tito calmadamente. Ya sé de lo que se trata. Mañana los que hablaron olvidarán lo que vieron, dice. Randy quiere saber por qué los mató. Espera escuchar una explicación que aclarare el motivo de los asesinatos, aunque en el fondo sabe que es una pregunta estúpida. En vez de respuesta, escucha otra pregunta: ¿Sigues pensando que esto es un juego? No se trata de tener la verga lista para meterla, ¿entendiste, Randy? Si permitimos que la gente se eche para atrás en el movimiento, al rato nadie nos dará ni un dólar. Randy sabe que algo en el fondo de su mente le dice eres un estúpido por haberte metido en esta aventura. Antes de que Tito cuelgue, decide meter presión. No estoy seguro de dar más dinero al movimiento, dice. Se trata de una frase riesgosa, pero necesaria para comprobar si su amigo también puede matarlo. Te llamaré al regresar, dice Tito con el tono duro que le ha escuchado en las reuniones. Cuelga. Seguramente esa noche junto a la alberca, Randy me cuenta más cosas, pero yo me siento muy cansado así que lo que me dice ya no lo recuerdo. Me quedo dormido hasta que me despierto en la mañana, tiritando, pues el grosor de la toalla que me tapa es insuficiente para detener el frío. Entro a casa y duermo hasta la tarde, destilando con escalofríos el alcohol y el amor 49


de Naomi que me resta en el cuerpo. Me tomo una semana antes de regresar al trabajo. Si algo tiene el porno es que cada día entra una nueva chica a la industria que quiere ser la reina del sexo. Decido dejar atrás mi retiro actoral. De alguna u otra manera tengo que sacar a Naomi de mí. Ella lleva cogiendo dos escenas con otros tipos. Así es como llega a mi vida Ashley Leigh a quien planeo volver la nueva revelación del porno que a sus diecinueve años haré merecer una nominación a mejor actriz revelación de los premios AVN. Menuda y trigueña, tiene unos ojos verdes que me recuerdan al mar en alguna playa, un mar en el que puedes entrar todo lo que gustes. El mismo día de conocerla, le digo que hagamos una prueba y me la cojo por primera vez ante las cámaras. Su piel es tan blanca que se enrojece al toque de mis manos. Me dice que su familia no sabe que está en la Industria. ¿Te preocupa que se enteren?, le digo. Pone una cara cachonda y ríe. Son viejos, dice. Es toda una bribona. De castigo le termino haciendo un creampie anal que ella me ruega se lo dé en la boca. No sé cómo, pero al terminar de decir esto me doy cuenta que he movido mi mano en algún punto de la historia y que ahora está sobre la rodilla blanca de la reportera como una especie de coyote que ha caído sobre la liebre. Una rodilla carnosa en la que apenas puede notarse el hueso de la rótula. La aprieto como cuando se palpa una fruta y sé inmediatamente que es una rodilla hecha para estar en cuatro patas. Miro a la reportera y le sonrío. Ella baja ligeramente su vista de cielo hacia mi mano que quiere apoderarse de su rodilla; con las yemas de mis dedos empiezo a tocarle la parte interior del muslo. Vuelve a subir sus ojos y me observa fijamente como lo puede hacer una víbora. Me ve la entrepierna, esa carpa que mi verga ha alzado en su honor. Vuelve sus ojos a mí y después los hace aletear hacia la ventana donde se quedan quietas como dos aves azules que observan el jardín y la alberca. Quiero penetrarla en ese mismo instante. Miro al camarógrafo. 50


Alabama no ha dejado de grabar, sabe lo que sucede y traga saliva y en una de esas me doy cuenta que se le ha parado y de un movimiento rápido se acomoda su Mamba negra en los shorts color caqui. Me da la impresión de ser un soldado norteamericano en su día de descanso en Falluyah. He estado ahí con los putos árabes. Recuerdo el desierto y el calor de mierda y los niños y los muertos árabes y los muertos que son muchachos americanos igual de jóvenes que yo que creen que están salvando la libertad. Negros, latinos, asiáticos, blancos, U. S. A. born, algunos venidos de algún país del tercer mundo, abajo del muro de México. Muchachos que lo único que quieren es pasar unos años en el ejército para volverse ciudadanos, para ser merecedores del American Way of Life porque somos los amos del pinche mundo. Y por eso cuando dejo la guerra y vuelvo a U.S.A. y veo cómo mi hermano menor juega el último videojuego de cuatro versiones sobre la guerra, escupo la tierra y me digo fuiste un imbécil, VincentPrezzo, mejor te hubieras quedado a dar la guerra con tu videojuego y la tercera dimensión. Por eso entiendo lo que hace Randy y Tito. Entiendo que tengas el corazón tan puro como el aire y luego lo pierdas ensuciándolo y descubras que hay una oportunidad de volver a purificarte y ser alguien que esté en el mundo como un Buda o un Jesús sin seguidores ni iglesias de mierda, pero tan tranquilo como para vivir la vida como si fueras Adán y encontraras otra vez a Eva después de mucho tiempo y le dijeras ¡ey! amor, podemos regresar al Paraíso porque he ido y he matado al hijo de puta que nos expulsó. Pero pronto comprendes que tu corazón ya no es tan puro y esa milésima de suciedad en tu corazón te hace perder el sueño de lograr la felicidad. Porque como en todo sueño, en cierto momento se debe despertar, claro, siempre y cuando no seas un tipo en estado vegetativo que no se entera de nada y deben limpiarle hasta la boca. La reportera no me mira, ni me hace caso, pero yo sé perfectamente de lo que hablo. He 51


llevado al firmamento estrellas del sexo como también he truncado futuros posibles: bellas jovencitas cuyos padres han renegado de ellas. He sido un rey que elige quiénes entran en mi paraíso de placer y dinero. He sido Dios y Demonio y he puesto un precio a pagar. Pero nadie es tan tonto como para pensar que soy el único Dios que existe. Dejó ese pensamiento a un lado porque, cosa curiosa, ahora, en este mismo instante en que sobo un poco más arriba la pierna de la reportera y siento cómo ella pone su mano encima de la mía y sus uñas largas de color rojo me arañan un poco el dorso, recuerdo a Inga e Inés, dos hermanas de Lituania que convierto en estrellas del porno europeo. Recuerdo a Colette, que llega virgen a mi cama de un hotel de Praga convencida de que soy un fotógrafo de moda y, a pesar de su resistencia, termino cogiéndomela como nadie lo ha hecho, por todos sus agujeros y ella gritando de placer. Recuerdo a Bagheera y sus pezones negros con sabor rancio que no sabe si debe escupir mi semen o tragárselo, y hago que se lo trague y le guste. Recuerdo a Nikki que después se llama Nikki Anderson y al paso de los años se retira como una de las grandes pornstars del mundo, que ahora vive felizmente casada y con suficiente dinero como para no volver a trabajar. Recuerdo la forma en que llegan todas ellas, más de mil jovencitas de Europa del Este, entre los dieciocho y veinte años, tímidas, ilusionadas por convertirse en famosas modelos de pasarela, vírgenes en sus sueños sobre el sexo y el futuro que sueñan con París y algún diseñador famoso y en revistas como Vanity Fair y algunas incluso enamoradas de sus novios. Recuerdo a mis traductoras, a quienes les digo qué quiero que les digan a ellas y qué cosas no. Recuerdo el placer que me produce verlas sentadas en la orilla de la cama, sus ojos incrédulos al saber que me dedico al porno, el gozo extremo al convencerlas de que el sexo es lo mejor del mundo y las veo entonces comenzar a quitarse la ropa y quedar desnudas 52


para que les pueda filmar la categoría de su cuerpo y decirles lo que ellas ya saben, que son hermosas, sin embargo sé muy bien que es algo que necesitan escuchar. Luego empiezo a lamerles la vagina hasta ponerlas calientes y entonces inicio mi verdadera función. Recuerdo a Karina y todo su aire intelectual que no le sirve de nada, cuando me llama llorando porque sus amigos la están viendo en el Internet, cogiendo conmigo. Recuerdo a Anita y su cara de miedo al ver mi verga y luego tomándola entre su mano y metiéndola en su boca. Recuerdo la tristeza que me da saber a las pocas semanas que se suicida lanzándose de un puente en Budapest porque su novio se entera de lo que ha hecho y la llama puta. Recuerdo que soy agresivo al momento de cogérmelas, un toro que despotrica contra lo que tiene enfrente y terminaba siendo cariñoso, me enamoro de ellas, las veo como hermanas, son mi madre de joven. Recuerdo que les pago unos euros más por aparecer en mi casting, una mierda de dinero en comparación a lo que me dejarán sus videos al venderlos alrededor del mundo. Me pregunto si ellas serán conscientes de que alguien estará masturbándose en algún lugar que ella y yo jamás conoceremos. Sí, he sido un verdadero hijo de la chingada, lo sé. Tal vez lo sigo siendo. Pero nadie ve que soy un constructor de sueños al mismo tiempo que un terrorista de futuros. Soy de la misma calaña de los tipos que Randy quiere exterminar y que, sin saberlo, él también termina siendo. No pido perdón ni lo busco. La industria porno es la luz del dinero y nuestras vidas son igual de oscuras que las sombras de todo ser humano: abogados, maestras, sacerdotes, doctores, administradoras, presidentes. Depende de qué tan de acuerdo estemos con la densidad de nuestra vida, con esa soledad que sólo se nos revela frente al espejo o sin él, sin ella, sin padres ni hermanos, a solas en el baño o bajo el rayo más ardiente del sol o el horizonte más azul que hayamos podido divisar. A veces me siento un poco feliz y creo que puedo salir librado. Al final, la melodía 53


puede volver a ser tocada otra vez. Replay a lo que quisimos ser. Parece que el disco no está rayado. Pero pienso esto y entonces me sacan de mis cavilaciones: Tengo que ir a mear, dice Carl. Le señalo dónde están los baños y lo vemos perderse a la vuelta de un pasillo blanco repleto de fotos que van a dar a la cocina. Al quedarnos solos, deslizo más mi mano sobre la pierna de la reportera. Comienzo a recorrer su tobillo y luego meto mi mano un poco encima de su falda. Sus muslos son cremosos. Siento el calor que desprende su vagina excitada. Meto más la mano. Las puntas de mis dedos tocan una tela húmeda. Aparto con mi dedo índice la tanga y comienzo a frotar por encima, buscando la erección de su clítoris. Mis dedos se mojan. Una línea de vellos púbicos es lo único que hace adulta su rajada. La miro a los ojos. A pesar del bótox inyectado y su edad, sigue siendo una mujer hermosa. Sus pechos carnosos ruegan ser desabotonados. La mano que tengo libre agarrará uno de ellos y soy feliz al darme cuenta que son naturales. Pronto me sentiré empujado a lanzarme sobre ella, nos besaremos ferozmente, liberaré uno de sus pezones y lo lameré y chuparé. La reportera gime. Bajo como un perro olisqueando hasta su sexo y empiezo a lamerlo y a beber los fluidos que salen del fondo de su vagina, un coño rosado y sorprendentemente estrecho para una mujer de su edad, como si fuera una jovencita que apenas comienza a coger. Ella toma mi cabeza, la aprieta contra su sexo como si quisiera impedir que me apartara de aquella deliciosa fuente. La lengua comienza a cansárseme y debo ayudarme con los dedos. Ella gime como una perra en celo. Mi saliva es una con sus fluidos. En eso me doy cuenta que Alabama nos mira. Parece un idiota con la boca abierta. Graba, le digo. Sí, sí, graba, dice ella. El negro se pone la cámara al hombro y la enciende. Empiezo a dirigir los ángulos de las tomas. La rubia me aparta de sí y me echa hacia el sillón. Se lanza sobre mi entrepierna. Abre mi bata y deja que salga 54


sin molestias mi pene, erecto como el monumento a Washington, y como si se tratara de una especie de alimento, la introduce en su boca. Haz un meatshot, le ordeno a Alabama, que se vea lo más cerca posible la acción de mi verga entrando en su vagina. Métemela por el culo, ella me pide más tarde. Abro sus piernas y escupo en su ano, cerrado y preciosamente rosado. Escupo saliva en mi verga y la meto. Oh, Señor, ¿por qué las delicias deben ser tan estrechas? No importa. Estoy por terminar. Quiero sentir cómo te vienes dentro, dice ella. La empalo con furia. Ella grita. Eyaculo y también grito. Me recupero casi al instante y le digo a Alabama que no pierda el close up al ano de la rubia, a quien he colocado en una posición en la que puede enseñar sus nalgas. Mi semen comienza a salir de su interior y cae como una gruesa gota de crema sobre la alfombra, la viscosa síntesis de lo que jamás podrá ser. Sudo como un cerdo. No tengo espacio en mi mente para pensar en la grotesca obscenidad de todo esto. Sólo pienso en cómo engrandecer la escena, en cómo volverla algo de lo más excitante para los pornógrafos del mundo. Miro a Alabama. La reportera me ha leído el pensamiento porque comienza a gatear hacia el negro. ¡La cámara!, pido. A partir de un movimiento me convierto en el camarógrafo y director de lo que pasa. Enfoco las nalgas blancas y grandes de la rubia. Subo mi gran ojo mecánico hasta que me encuentro con su boca ciñéndose sobre una pitón negra y casi morada que parece atragantarla. La saliva cae a la alfombra. Alabama ha tomado a la rubia del cabello y sin piedad intenta metérsela toda en la boca. Ella casi vomita. Con sus ojos enrojecidos, se pone a cuatro patas en el sofá. Les digo que vayamos arriba, en uno de los cuartos de visita hay una gran cama. La reportera comienza a caminar, moviendo sus nalgas de una forma que vuelve a pararme la verga. Las zapatillas largas la hacen ver más alta y sensual. Parece haber rejuvenecido. No importa. De todas formas vamos a morir. Seremos comida 55


de gusanos, trabajo para enterradores, dinero que una funeraria cobrará después de convertirnos en ceniza. El llanto de los seres queridos que nos sobrevivan. Los tres subimos las escaleras. El negro Alabama delante, en medio la rubia y al final yo. Mirando todo a través de mi ojo de pescado. Ya en la cama les dejo tocarse a su antojo antes de volver a imponer mis órdenes. Le digo que quiero verla en cuatro patas para mirar su gran culo y ver cómo la pitón de Alabama, negra y sudorosa, entra en su coño rosado hasta que la empuñadora se topa con su carne. Ella sonríe porque le encanta la idea. Ven, nena, le dice Alabama, nalgueándola con fuerza. Los miro coger y al grabarlos pienso en los millones de espectadores que mirarán desde el punto de vista que elegí. Me imagino ganando mi tercera estatuilla en los premios AVN. Ansío la oportunidad de ver a Naomi en ese escenario de Las Vegas y mirarla para que sepa que he triunfado. Que nuestro amor es basura y que ahora lo que importa es seguir cogiendo. Será triste. Será una mentira, digo en voz alta al mismo tiempo que Alabama ha sacado su verga de la panocha de la reportera y la ha acercado a los labios de ella y eyacula una leche blanca que le llena la boca y salpica el rostro maduro, botoxeado, de MILF más bien cougar, de la rubia reportera que se llama Autumn Moon. Close up a su rostro. Con su dedo índice se limpia el semen sobrante en su mejilla y se lo acerca a su boca para tragarse el resto que no ha caído en su lengua. Traga. Sonríe. Di adiós con tu mano derecha. Mándame un beso. Ella se lo manda a todo el mundo. Apago la cámara. Fin. Pasa un buen rato en silencio hasta que retomamos fuerzas. Acostados sobre la cama kingsize, la rubia me dice que debe terminar la entrevista. No me lo pienso más y entonces me aclaro la voz. Empiezo a contar que Tito vuelve a Los Ángeles dos semanas después, a las ocho de la mañana en un vuelo de la American Airlines proveniente de Nueva York. Lo sé porque encuentro a Randy en la grabación de AssParade #34 que se lleva a 56


cabo en una casa de San Fernando, a donde me acompaña Ashley que empieza a querer incursionar en las producciones de sexo extremo. Sé que ella está en el cruce de una carretera donde pronto la veré en Brasil cogiendo en yates increíbles. Es graciosa y risueña, pero en ocasiones terriblemente infantil y bruta, y esa mezcla comienza a darme ideas para correrla de la casa. Randy llega bronceado, atlético y vistiendo unos pants color azul oscuro con rayas rojas que lo hacen parecer alguna clase de jugador de futbol. Sin embargo, se ve distraído y ensimismado. Probablemente drogado. Voy a saludarlo de la mano de mi nuevo descubrimiento. Ashley se lo come con los ojos. Me causa gracia. No siento ningún sentimiento de pertenencia hacia ella y me doy cuenta que puedo sacarle provecho al asunto, filmando una escena entre la nueva diva del porno con el experimentado Randy López, que seguramente me asegurará varios miles de dólares. ¿Todo bien?, le pregunto, cuando Ashley se ha alejado de nosotros a platicar con otras actrices, contoneando sus nalgas. Nos quedamos fumando. Ambos cargamos lentes negros. Él, unos Ray-Ban y yo Armani Exchange. Él, estilo piloto; yo, estilo motociclista con mezcla de ex banda de rock. El silencio entre los dos empieza a molestarme. Gracias, le digo sólo por decir algo. ¿De qué?, me pregunta. Sonrío. Han pasado varios días desde la noche en la alberca. No me molesta que se le haya olvidado. En Los Ángeles, tiempo pasado sólo se merece el olvido. Agradezco secretamente que no se acuerde de mi penosa actitud de pobre enamorado. Por nada, dice. Luego le pregunto qué le parece si grabamos una escena con mi nueva musa. Se queda callado, pensando la idea. El tiempo es oro en este negocio, le digo. Da dos fumadas rápidas al cigarro y luego tira con hastío la colilla al piso y la aplasta con su tenis como si se tratara de matar una alimaña. Necesito tu ayuda, Vince, me dice secamente, mirando hacia el cielo y después levantándose los lentes oscuros de 57


piloto sobre la cabellera. Puedo mirarle sus dos ojos tan negros como el vidrio de los lentes. Tiene unas ojeras que se ciñen alrededor de sus cuencos como un par de nubes llenas de noches sin dormir. Lo tomo del brazo y caminamos hacia un rincón aun más apartado de la casa donde podemos platicar sin ser interrumpidos por el gemido de las actrices ni por gente del equipo que no tiene por qué escuchar nuestra plática. Me cuenta entonces que Tito llegará al día siguiente, a las ocho de la mañana, en un avión de la American Airlines proveniente de Nueva York. Cae en la cuenta de que tal vez yo no me acuerde de lo que me contó junto a la alberca de mi casa. Le digo que sí, que recuerdo lo de los asesinatos, que Tito es el responsable y a Randy lo están incriminando. Incluso recuerdo haberme comportado de forma totalmente penosa, digo. Randy asiente. Tito me llamó ayer en la noche y me ha dicho que debo encontrarme con él en el aeropuerto, dice. Le recomiendo que no asista y mande al diablo todo eso de la revolución. Le pregunto cuánto dinero le ha dado a Tito. Lo suficiente como para empezar un levantamiento armado en un pueblo de México, dice. Le digo que no creo que haya sido tan estúpido como para darle todo su dinero. Me contesta que todavía falta una maleta llena de dólares que tiene guardada en un compartimento secreto del sótano de su casa en la playa. Esto lo dice como si le pesara no librarse del dinero. No puedo creer que Randy esté enredado en una patraña de sueños revolucionarios, pienso. En ese momento no me cabe duda que toda revolución es capitalista si pues para hacerla se necesita de dinero. Le recomiendo que no vuelva a contestar el teléfono a Tito, que se olvide del asunto, que hay amigos que tristemente y por fortuna perdemos a lo largo de la vida, como si un día nos levantáramos y sólo fueran parte de un sueño que raramente volveremos a recordar. Le digo que con el dinero que le queda, tal vez medio millón de dólares, puede volverlos a invertir y al cabo de dos años recuperar la cantidad perdida; que mientras 58


todo eso sucede, puede quedarse en mi casa, tengo ideas nuevas para películas que causarán sensación entre el público. En fin, ya casi hablo de un plan que empieza a parecerme bastante factible, cuando alza la mano como diciéndome, espera, todavía no termino de contarlo todo. Hay un problema, dice y saca del bolsillo de su chamarra deportiva su celular. El texto que aparece en la pantalla está en español, así que lo traduce. Se trata del Primer Comunicado Libertario, donde se hace énfasis en la pureza del levantamiento armado que ha ocurrido esa madrugada, en la diminuta población de Unión de los Ángeles, en las montañas del Sur de México. Sin embargo, no se menciona la muerte de más de cincuenta personas entre hombres, mujeres, niños y ancianos al quererse librar del yugo de los caciques que los han oprimido durante siglos. Se trata de la primera acción contundente para hacer la revolución en un siglo que ha olvidado la esencia del ser humano. Entre esas y otras pendejadas que ya no recuerdo, sé que firman el documento una serie de tipos de nombres rimbombantes que se hacen llamar comandantes, entre ellos, recuerdo el nombre de Tito, el del propio Randy y el de una mujer que firmaba como comandanta Bengala, a quien una semana después Randy conoce en un bar de Tijuana y de la que me contará en una llamada telefónica antes de perderse al otro lado de la frontera. Lo cierto es que el verdadero problema no es el nombre de Randy escrito en el comunicado (por eso ha donado su dinero), sino que lo que narra el comunicado es un texto lleno de basura ideológica, sueños latinoamericanos y mentiras, pues a través del internet, Randy logra enterarse por los periódicos mexicanos que los muertos son muchos y que los revolucionarios no son para nada luchadores de la libertad. Algunos testigos que sobrevivieron escondiéndose en el monte narran que aparecieron en la noche una veintena de hombres fuertemente armados, con capuchas, quienes primero 59


gritaron consignas a favor del Movimiento Libertario de Unión de Los Ángeles, para extrañamente después, ante la mirada atónita de los pobladores que comenzaron a gritarles que se largaran de una vez pues no los dejaban dormir en paz, el grupo guerrillero abrió fuego indiscriminadamente, casa por casa, rincón por rincón, calle a calle, a todo aquél que les pareciera que estaba en contra del movimiento, sin importarles mucho, al final, si la gente era partidaria o no de ellos. Todo lo que Randy traduce me suena a basura de Hollywood, al argumento barato de una película sobre algún país bananero. Por supuesto que me río, le digo que aquello que ha sucedido en las montañas de México no debe preocuparlo. Sin embargo, mi respuesta sólo enfurece a Randy. Me pone un golpe en el pecho que casi me hace caer. ¡Esto no es una película!, grita al mismo tiempo que sus ojos parecen escaparse al fin de aquellas grandes manchas negras que los rodean. No he entendido nada pero quiero calmarlo. Quedo con él para acompañarlo al día siguiente al aeropuerto y que juntos arreglemos las cosas con su amigo de juventud. Me mira una vez más, como si yo fuera un pinche gringo que no entiende nada y sólo quiere que le vendan marihuana y lo dejen vivir tranquilo. Me dice que tiene otro problema. Creo que me están siguiendo, dice. No sé quién, pero tengo la sensación de una persona me mira y escucha desde lejos. Dice aquello volteando ligeramente la cabeza hacia la derecha y la izquierda, como si se cuidara de no parecer que habla conmigo directamente. ¿Amigos de Tito?, pregunto. No lo sé, dice, pero ayer en la noche estaba seguro que alguien me miraba desde la playa; salí pero no vi a nadie y esta mañana encontré unas pisadas cerca de donde comienza la escalera que conecta de la playa a mí casa. Afortunadamente, la voz de RobKabot, el director de la película que se está filmando, llega a nuestros oídos llamando a Randy para la grabación de la escena con Devon Lee. Le digo que despeje la mente cogiéndose a Devon para la cámara y cuando 60


terminas me llamas al celular. Estaré en casa preparando todo para recibir a tu amigo como se merece. ¿Qué harás?, pregunta. Luego verás, le digo alejándome hacia el hall donde Ashley platica con otras actrices porno. Voy a llamarla, pero pienso que es mejor si me marcho de ahí de forma solitaria y silenciosa, tal como lo haría un asesino a sueldo, aunque ¡por Dios!, ya me voy poniendo dramático. Acostados los tres sobre la cama kingsize de sábanas blancas como el semen. Fumando de la pipa de agua una María red widow que casi nos hace dormir. Luego tres rayas de coca. Arriba, despiertos y serenos. La rubia reportera con sus tetas carnosas cayendo hacia la derecha e izquierda de su pecho. Alabama mostrando su mamba negra aletargada como si estuviera reposando en una selva hecha de hilos de algodón. Yo, protegido por mi bata; al drogarme me da frío. Ella empieza a reírse y Alabama y yo la seguimos. Nuestras risas son largas y fuertes, como las de tres niños que se ríen de alguna broma de la tele que llegarán a recordar en la vida adulta. Autumn Moon, le digo y me doy cuenta que por primera vez me dirijo a ella por su nombre. ¿Qué pasa, cariño?, dice ella como una madre que quiere calmar los apetitos de su hijo. Tenemos que terminar la entrevista. Ella mira a Alabama, quien se levanta pesadamente de la cama y recoge la cámara de la alfombra con el mismo brío que si se tratara de una lanza para atravesar leones en la selva. Pero no podemos filmar aquí, dice, estoy desmaquillada, tengo semen en la boca y en el culo. Sólo enfócame, le digo a Alabama. Salimos a la terraza que hay afuera de mi cuarto y desde donde se puede ver el jardín y la piscina de un azul más azul que el cielo. Un azul psicodélico muy vivo; irreal; absolutamente químico; muy humano, de tiempos postmodernos. Nos sentamos en la mesa de hierro forjado que tengo en la terraza privada de mi cuarto. Sus patas son líneas que se encierran en sí mismas como un caracol y se abren hacia fuera para formar otro y otro y otro círculo 61


concéntrico que se repite. Autumn Moon no sale en la toma y se comporta con profesionalismo: su pierna cruzada, cubierta por la sábana que le arrancó a la cama. Si no fuera por la línea seca de semen que sale de su boca y cae por su cuello hasta su pecho, pensaría que realmente pudo ser una gran presentadora de televisión. Tal vez lo es, pero nunca tuvo ni tendrá la oportunidad de conducir el telediario de la noche, ni el del mediodía, ni el de la mañana. Ni siquiera le darán permiso de decir el clima. Será la reportera especializada en la información basura. Eso a ella no le importa. Luce tranquila, en paz consigo misma, dijera un libro de autoayuda. ¡Porquerías!. Alabama se ha puesto la ropa y graba. Estamos colocados hasta las neuronas. Por mi parte me acomodo los lentes negros y con la mano me arreglo un poco el cabello. Fumo. Una calada larga de humo que me llena la boca y se cuela entre los dientes y luego paso por la garganta hacia los pulmones, y regreso para sacar por la nariz como si fuese un dragón de veintiocho años que resopla cansado. Al mismo tiempo de realizar este movimiento, pienso en Naomi, es decir, pienso ahora en Naomi, en este instante, en este segundo que ya ha pasado. ¿Dónde estás?, me pregunto. ¿Te acuerdas de mí, puta, ahora mismo que yo pienso en ti? Malditas preguntas de enamorado. El amor nos hace perdedores. Pareciera que ganamos todo, pero la verdad es que derrochamos hasta la sangre que nos fue regalada por nuestros padres. Quisiéramos ser magos para manejar el tiempo a nuestro antojo. Recuerdo la última vez que la vi. Fue inmediatamente después de su regreso al porno con Brazzers, donde hace una doble penetración con corridas en la boca. Llevábamos tres meses separados hasta que un día me la encuentro por casualidad en el pasillo de la oficina de Dudley Scott, un tipo obeso que hace tiempo fue mi representante y que luego supe, se coge a Naomi mientras le consigue nuevas películas en las cuales actuar y donde podrá extirparse mi 62


nombre pegado a su lindo trasero. Jamás tiene en cuenta que soy Vincent Prezzo, el rey más joven en el cine porno y que su traición le quitará varios millones de dólares a su cuenta. En el pasillo de Dudley Scott, el cerdo, las puertas están cerradas y vacías, sin nadie entre ella y yo que nos permita desentendernos el uno del otro. Sólo nos queda fingir que jamás nos hemos visto. Imposible escapar por alguna puerta con el pretexto de buscar a alguien cuyo nombre es lo menos importante. No. Todo acto por evadir el hecho de pasar uno frente al otro habría sido aceptar que nuestros corazones están negros de petróleo y listos para arder. Heridos de muerte. No. Somos fríos. Viejos conocedores de la Industria del sexo y de la maquinaria en que nos convierte. Tiene gracia que ella y yo no rebasemos los treinta años. ¿Tristeza? Para nada, en absoluto. ¿Sabiduría? Ninguna. Sólo a base de cogernos el corazón aprendemos a ser pragmáticos. Pasar uno frente al otro como si no nos conociésemos. Cruzarnos y no decir nada. Olvidar nuestra historia. El pasado no existe. Gran frase para grandes personas. Las palabras brotan de ese instante en que nos vemos, en que seguramente ella y yo pensamos retroceder y evitar el cruce de nuestros cuerpos caminando en el pasillo de la oficina de Dudley Scott. Maldito cerdo. Camino. Ella hace lo mismo y por un segundo creo que desviará la mirada hacia otra parte, echará a correr y entonces yo saldré vencedor. ¿Por qué no lo hace? Maldita sea. ¿Por qué? Miramos hacia el horizonte, es decir, hacia la pared que hay atrás de cada uno y frente a cada uno. Intentamos no mirarnos. Para mi mala suerte, el pasillo parece tan largo como una autopista al puto Universo. Lenta, lentísima, tan lenta como un caracol arrastrándose en la calle segundos antes de que un auto lo aplaste. Entonces pienso que la ausencia de un gesto mío sólo significará que soy un cobarde. Tengo que reconocerla. ¿Quién puede pasar frente a la persona que ama y no hacerle caso? Sí, la odio, 63


pero también mi sangre arrastra cada una de las letras de su nombre: N-A-O-M-I. A un metro de distancia, mi mente tiene que decidir entre las posibilidades que se abren enfrente: ¿hablarle, hacer apenas un pequeño gesto amigable o pasar de ella sin fijarme? Adiós, le digo. Adiós, dice ella. Apenas nos miramos, sus ojos verdes se convierten en un rayo delgadísimo. Nos alejamos. Ella caminando hacia mi pasado; yo caminando hacia el de ella. Nuestros pasos dejan de hacer ruido sobre la alfombra y sé entonces que para ambos ya no existe el retorno. Nos hemos anulado mutuamente. Corte final. Jamás la volveré a recordar ni me importará lo que sea de su vida, pienso al salir del edificio donde está la oficina de Scott, a punto de subir al coche. Tal vez algún día otras personas me digan que has muerto, pienso. Tal vez una revista te lleve la noticia de mi muerte. ¿Seremos viejos? ¿Más viejos? ¿Te importará? Ahora sé que en mi memoria no existen herramientas para editar mi vida ni la tuya. Es imposible elegir el olvido; el olvido es un regalo. ¿Aún me recuerdas, Naomi, mi amor? ¡Bah! ¡Basura! ¡Maldito idiota!, me grito. Debe ser la droga. Me río como un gamberro que ha destrozado los buzones que hay fuera de las casas del barrio. Se me escapan las lágrimas, pero estoy seguro que detrás de mis lentes negros estilo motociclista la rubia reportera me mira con compasión. ¿Pero qué se creerá? ¡La historia de Randy!, grito como para pedirle que deje de mirarme de esa manera, que de mí no es de quien estamos hablando. Randy, mi amigo Randy, pronuncio y comienzo a soltarme otra vez en esa historia que avanza en paralelo con la mía. Ahora, en este momento, me gustaría decir que nazco en los suburbios de Nueva York. Aun recuerdo la pequeña casa blanca sobre la colina, con su cerca del mismo color y el patio trasero en verde que termina donde es el inicio de los confines del bosque y su sombra. Bosque al que muchas veces entro. Mi padre se llama Frank y mi madre April. Él es un hombre serio que ríe 64


en pocas ocasiones, empleado que se esmera para brillar en una empresa de calculadoras en la que jamás triunfará. Muere de enfisema pulmonar cuando yo apenas voy a entrar a la universidad. Ella, mi madre, muere cuando yo tengo seis años al hacerse un aborto casero que la desangra. El motivo: desea vivir en París. Al quedarme solo, soy un muchacho a punto de entrar a la universidad. Planeo seguir una vida donde mi principal motivo sea la búsqueda de la felicidad a través del arduo trabajo y la construcción de una familia con alguna buena mujer que, seguramente, encontraré en los años siguientes. Pero también hay una idea mejor que me ronda desde el bachillerato. La tengo relegada en mi mente. Al fin de cuentas, tengo el valor y vendo la casa de la colina, cobro la indemnización del seguro de vida de mi padre y abandono la costa Este para venirme a vivir a Los Ángeles, dispuesto a terminar con todo ese dinero mientras soy joven y fuerte, mientras puedo perseguir a la felicidad como un cazador que es dueño de unas balas verdes con las caras impresas de nuestros presidentes. Tengo dieciocho años. En una de mis salidas nocturnas por L.A., conozco a una pelirroja alocada y risueña que me lleva a una fiesta. Una cosa lleva a la otra como a un árbol le sigue otro en el bosque y pronto me veo cogiendo a esa misma chica en medio de la fiesta, donde todos están muy pendientes de lo que hacemos, algo que en ese momento me gusta, pero que instantes después de eyacular me hace sentir que me he convertido en una silla que ha podido avanzar por sí misma. Entonces viene a mí una señora rubia que ha estado muy atenta a mis movimientos; resulta ser una productora de películas porno que, después de coger con ella un par de veces, me invita a formar parte de la Industria. ¿Por qué no?, me digo. Y aquí estoy. Estoy contando en este momento que Randy me llama por teléfono a eso de las siete de la tarde. Dice que pasará a mi casa para hablar sobre lo de su amigo. Cuando llega, me 65


pregunta si ya tengo alguna idea de cómo ayudarle. Le digo que haremos que su amigo se la pase increíble cogiendo con Ashley. Randy me mira extrañado y luego mira a mi princesita que está acostada en el sofá, pintándose las uñas de un rojo intenso mientras ve un programa de MTV. Sonríe. Lo que quiero es zafarme de él, no premiarlo, dice. Le digo que la idea es que lo ataquemos con cerveza y drogas para que coja y tú bien sabes que en exceso uno no da un buen espectáculo. Nosotros lo grabaremos desde unos lentes que he pasado a comprar esta misma tarde y que tienen una cámara integrada que le pondremos a Ashley, digo. La vergüenza y la frustración de no haberse podido coger a una actriz porno serán para mañana un recuerdo imborrable en la mente de tu amigo. Un recuerdo que podrá ser enviado a todas las organizaciones y personas con las que tenga trato si no deja de molestarte con apoyar su causa. Humillarlo con el sexo, dice Randy, con su propia forma de tener sexo. ¿No es una gran idea?, le pregunto. Randy medita. ¿Y si no funciona?, pregunta después de un rato. ¿Y si sucede que se vuelve un semental y se coge a tu descubrimiento como nunca? Entonces habré logrado una de las películas más interesantes del año, le digo. Nos reímos. Por supuesto, ahora que lo pienso, mi idea no es la más brillante, pero al menos resulta segura. Todo lo contrario de lo que al final sucede y es tal vez lo que tiene que suceder desde el principio. Algo que Randy ya trae dándole vueltas en su mente desde que me encuentro con él en la grabación de la mañana. En fin, recuerdo que le pregunto si es cierto que alguien lo sigue. Se ríe y me dice que todo se trata de imaginaciones suyas y que está seguro que al día siguiente las cosas se arreglarán. Bebemos una copa más, hablamos sobre algunos chismes de la industria y después él se va. A la mañana siguiente, Randy me telefonea camino del aeropuerto. Irá por Tito y lo traerá a mi casa. Colgamos. Mientras llega la hora de su llegada, le explico a Ashley que 66


esta tarde grabaremos una escena interracial donde todo se verá a través de unas gafas que tiene escondida una cámara. Le encanta la idea, más cuando le digo que ella las usará. ¿Randy será el actor?, pregunta rezumando en sus palabras la excitación de grabar con mi amigo. No, cariño, será con un chico nuevo que va empezando, le digo. Se nota decepcionada, pero no mucho, pues yo sé que mi princesa adora el placer de cualquier verga, tanto, que me dice que está cachonda y se baja a darme una buena mamada. Pasa una hora y Randy no llega con Tito. Preocupado, le telefoneo varias veces pero no contesta. Comienzo a preocuparme y mi princesa bosteza de lo aburrida que está. Cuando voy por la décima llamada a su teléfono, alguien toca el interfón de mi puerta. Es Randy. Está nervioso, mira hacia la calle como si le preocupara que alguien aparte de mí lo esté mirando. Le reclamo su tardanza. Necesito que me abras tu portón para meter la camioneta, dice. Apenas queda espacio para un coche en mi garaje, le digo. Sería mejor que te estaciones fuera. No, necesito entrar, dice acercando sus ojos a la pantalla del interfón. Abro la puerta con el control remoto y bajo las escaleras para encontrarme con él. Al aparecer en la puerta, me pide que me deshaga de Ashley. Ante mi pregunta de por qué, él se vuelve a su camioneta y baja los vidrios polarizados. En el asiento del copiloto está su viejo amigo de la juventud, Tito el Comandante. Casi me acerco a saludarlo, cuando veo que tiene la cabeza inclinada sobre su pecho. Pienso que se han ido a emborrachar y debe de estar durmiendo y casi alzo la mano para saludarlo, pero entonces le veo la lengua morada y gorda, colgando de su boca. Alrededor del cuello, las marcas de unos dedos indican el arma del asesino. Miro a Randy. Me doy cuenta que tiene rasguñada la cara y su ojo derecho parece rodeado de sangre. Tito se ha defendido sin éxito, pienso. No tardo en pasar del asombro al espanto cuando sé que tengo un cadáver en mi casa. ¿Por qué no lo trajiste vivo?, le pregunto, imaginando 67


que me presento en la corte a declarar. Tu plan psicológico era una mierda, dice. Acepto que era una mierda, pero te aseguro que aquí no podemos tener a un muerto. Randy sube el vidrio polarizado de su camioneta. Son tan oscuros que impiden ver el interior a simple vista. Le abro el portón y me subo a la parte trasera de la camioneta. ¿A dónde vamos?, pregunta mientras se echa de reversa. Carajo, Randy, no puedes matar a una persona sin tener un plan de dónde irla a tirar. Nos quedamos en silencio, la mitad de la camioneta está en la acera y la otra dentro de mi propiedad. Pensamos en algún maldito lugar cerca de Los Ángeles donde podamos deshacernos del cuerpo. Se me ocurren miles de sitios, pero en todos está el peligro de que alguien nos descubra. De mi imaginación brota un juzgado y una señora gorda, negra, con sus mejores prendas de un color verde pastel y un pequeño gorro que seguramente utiliza para ir a la iglesia, diciendo: Recuerdo las placas de VINCE2601 del estado de California, sí, señor fiscal, reconozco a ese señor que lo vi tirando el cuerpo de un hombre. En ese momento emerge como un antiguo barco hundido la visión de aquel farallón al que alguna vez llegué conduciendo al desviarme de la carretera que va de San Diego a Los Ángeles y donde encuentro la visión de un precipicio bajo el que reposan unas grandes rocas que el mar golpea con cada ola, produciendo una espuma blanca, muy blanca, demasiado blanca. Aquella primera vez voy solo. Acabo de ganar mi primer millón de dólares dirigiendo New Anal Starlets y por un momento me gusta saber si tengo el poder de decisión para matarme. Por supuesto que no tengo el valor para acabar con mi vida, con todo lo que llevo logrando. La segunda ocasión que asisto estoy acompañado de Naomi en alguno de nuestros viajes a San Juan Capistrano. Recuerdo que ella tiembla, que la brisa marina nos golpea los poros de la piel como si el infinito nos saludara gustoso de recibirnos en ese momento, pero juntos, 68


abrazados, ella y yo mirándonos; tras un largo beso, aquel precipicio que hay debajo de nosotros no parece temible, no en ese momento, donde perfectamente podemos morir juntos y felices, acostumbrados a obtener más felicidad como si se tratara de ganar dinero. La tercera vez ni siquiera alcanzo a llegar pues he roto con Naomi. Me detengo a medio camino, antes de tirarme y decido regresar a casa, sin fuerzas para mi suicidio. Esta cuarta vez, Randy y yo llevamos el cuerpo de Tito el comandante, de Tito el viejo camarada de juventud de Randy, quien alguna vez peleó junto a él para combatir la injusticia y cambiar el mundo. Nos acercamos con cuidado, dejamos su cuerpo en la tierra y lo hacemos rodar. Vemos el cuerpo de Tito cayendo, al niño Tito que ve a su padre ser asesinado y a su madre violada por los soldados, a Tito el preso que lucha por la libertad, a Tito su amigo, a Tito el asesino que mata a sus propios hermanos de raza porque no dan dólares para la revolución. Cuando Randy y yo decidimos volver a L.A., ya es de noche y no hay nadie más que nosotros deshaciéndose de un cadáver que se pierde en la negritud y en la espuma blanca que se distingue incluso en esta negrura tan oscura y que estamos seguros que también se ha llevado algo de nosotros. Nos detenemos en el primer bar que encontramos al entrar en la ciudad. Yo pido un whisky en las rocas y Randy un tequila. Fumamos en silencio, sin decirnos una sola palabra. Después de un rato, Randy habla. Me voy Vince, me largo de aquí. Lo miro. Sus ojos tienen la rara cualidad de ser negros en medio y rojos a los lados. Me parece otra vez Cuauhtémoc antes de que los conquistadores le quemen los pies, me parece una vez más Toro Sentado cabalgando las praderas en busca de bisontes. ¿A dónde irás?, le pregunto. Me cuenta que tiene el sueño de abrir un pequeño hotel en Puerto Escondido, donde de vez en cuando pueda ir al mar y surfear. Ya no tengo nada qué hacer aquí, he vendido la casa y tengo una maleta llena de dólares que me alcanzarán para vivir como 69


siempre he querido, dice. Paga la cuenta y por última vez nos damos la mano. Una semana más tarde, cuando pienso que se encuentra en alguna playa mexicana esperando la ola perfecta, me entero por las noticias que ha desaparecido y se le acusa de ser el autor intelectual de la masacre de más de cincuenta indígenas en el pueblo de Unión de Los Ángeles. Se dice que dirige otra insurgencia. Se dice que lo asesinaron los compañeros de Tito y su cadáver yace en el fondo de una barranca. La verdad es que no sé nada. La verdad es que ya no me importa. Ahora sí, señorita reportera, querida Autumn, es todo lo que tengo que decir, digo sin que ella espere el final. Ella descansa la mano y deja el micrófono sobre el piso. Mientras tanto, el camarógrafo detiene la grabación y coloca la cámara sobre la mesa. La reportera echa su largo cabello rubio hacia atrás y ese movimiento me deja ver sus dos senos pecosos y grandes, embarrados de una fina capa de costra seminal. Suspiran aliviados de haber finalizado. Gracias Autumn, gracias Alabama, digo. Me quito los lentes negros que llevan incorporada una pequeña cámara. Me levanto y camino hacia uno de los cajones de mi buró de donde regreso con dos sobres color paja. Les pido me firmen un recibo por el dinero. Cuestiones de contabilidad, les digo. Ambos me dicen que no hace falta, que todo sea por engrandecer el arte porno y ayudar a Randy. Firmen, por favor, les pido nuevamente. Me siento mal, ellos piensan en el arte y la amistad mientras el único interés que llena mi mente es quiénes podrían ser mis potenciales clientes. Se me ocurre que, como un acto de honradez, podría quemar la película. La imagino ardiendo en la noche. Pienso en Randy, pienso en mis sueños, en Naomi que debe estar por llegar en cualquier momento con mi hija. Pienso en volver a filmar. Pienso en un fuego tan claro como el sol de la mañana y en un canto que me termina por tranquilizar. Pero al final se trata de simples pensamientos y entonces debo acompañar a Autumn y Alabama a la 70


puerta para despedirlos. Afuera están sus coches; no quiero ser un mal amigo. Antes de que se alejen, nos damos un abrazo. ¿Crees que se encuentra bien?, pregunta Autumn antes de irse. Sé que en algún tiempo estuvo enamorada de Randy y guardará su nombre para recobrarlo en cada instante de miedo, cuando llegue a vieja y crea que eligió mal en la vida. Entonces se dirá ese nombre y sabrá que la vida valió la pena y tendrá fuerzas para esperar lo desconocido. Seguro, le digo. Alzo la mano y me despido antes de cerrar la puerta. Regreso a casa y, al pisar los ladrillos que forman el camino que atraviesa el jardín, me detengo. Miro al cielo. Hay nubes. Hará frío esta noche. Ciertas palabras de Randy vuelven: Vince, amigo, tenemos que luchar por hacer este mundo mejor, ésa debe ser nuestra misión. Algo surge en mí: primero un sentimiento que desconozco y que termina brotando como una risa contra el cielo. Déjate de fantasías, estrella del porno, me gustaría decirle. Mira los mil títulos donde aparece tu nombre. Mira la cabeza donde hermosas mujeres han puesto sus labios. Me acomodo los lentes negros que acentúan la apariencia de protagonista de películas serias, de delicias para los exquisitos del cine. ¿Qué de dónde son?, ¿qué de dónde son?/ Que son de la barricada, canto yo, Vincent Prezzo, veintiocho años, haciendo memoria de la canción que Randy intentó enseñarme hace tiempo. Santa María del Tule, Oaxaca. Noviembre 2009 - Mayo 2013.

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Víctor Vásquez Quintas (Oaxaca, 1984). Autor del libro de cuentos Últimas anotaciones (FETA, 2009) y la novela policiaca La Noche (Ediciones B, 2012).


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Víctor Vásquez Quintas Ejemplar número:

El cuidado de la edición estuvo a cargo de Jesús Rito García.


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