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ÍNDICE PREPRÓLOGO La mexicanidad de Eulalio Ferrer, de Salvador de Aguinaga, 13 PRÓLOGO, 21

La Marsellesa de la paz, 29 Antonio Machado, camino de Collioure, 30 La tierra de la esperanza, 32 Canto a Coatzacoalcos, 34 Arribo y aventura en Oaxaca, 35 La magia de un día oaxaqueño, 38 Despedida de Oaxaca, 42 En la gran capital, 44 Mercurio, revista augural, 48 Del origen de Kahlúa al Habanero Noche Buena, 52 Publicista de tiempo completo, 55 México y Estados Unidos, 59 Por una publicidad en clave mexicana, 62 Nuevos senderos. satisfacciones y riesgos, 70 La publicidad vista en México como ética y cultura, 74 Evocación de la bohemia mexicana, 81 Noche guanajuatense, 83 Crónica entre los viñedos parrenses, 85 En el último tramo de Vasconcelos, 88 En el homenaje a Andrés Henestrosa, 92 El magnífico Salvador Novo, 95 Faena de Capetillo a Romancero, 99 Agustín Lara y María Félix: Tú y Yo, 100

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Índice

En Nueva York con el Coronel García Valseca, 104 La figura de don Martín Luis Guzmán, 107 Con Cantinflas en Cádiz y en la Moncloa, 112 En la Real Academia Española, 113 Hijo distinguido de Oaxaca, 116 Academia Mexicana de la Publicidad, 118 Humberto Sheridan, un mexicano ejemplar, 122 De Pedro Coronel a Carlos Mérida, 123 Mario Orozco Rivera y el Quijote, 125 El sentido mexicano del color, 127 Raúl Anguiano y el Trío de los Hermanos Piscis, 134 Recuerdo de Elvira Gascón, 136 México, lindo y querido…, 137 Con Irma Serrano y Chavela Vargas, 140 Adiós a Lola Beltrán, 141 Claridades, periódico dominical, 143 Muere Mario Moreno, Cantinflas, 144 México, tierra de sueños, 148 Muerte y confidencias de Emilio Azcárraga Milmo, 152 Bodas de plata profesionales, 158 Imágenes mexicanas de la propaganda y la publicidad, 161 De la propaganda a la publicidad, 166 Con Octavio Paz, 171 Sobre la vecindad norteamericana, 173 Vínculos recíprocos de España, México e Iberoamérica, 175 Nacimiento y Renacimiento, 181 La Cibeles en México, 184

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Índice

Segundo Coloquio Internacional de Comunicología, 185 En defensa del buen uso del idioma español, 189 Elogio de Miguel Ángel Porrúa, 193 El amor a los libros, 194 Libro histórico y homenaje a Rafael Méndez, 197 Ingreso en la Academia Mexicana de la Lengua, 203 El lenguaje como preocupación existencial, 207 La lengua española en México, 213 Cervantes y Shakespeare: maestros hermanos de las palabras, 217 Bibliófilo del año 2005, 220 El Premio Internacional Menéndez Pelayo, 223 El exilio español en México, 224 Lázaro Cárdenas: hombre y nombre prócer, 233 Vitalización del Ateneo Español, 236 En el xl aniversario de la llegada a México de los primeros trasterrados españoles, 239 Recuerdos y reflexiones de Adolfo Sánchez Vázquez, 243 Hace medio siglo llegamos a Coatzacoalcos, 249 Quebranto y duelo del exilio español, 252 Ofrenda a los siete rectores del exilio español enterrados en México, 253 Homenaje a Adolfo Sánchez Vázquez, 254 Centenario de Rodolfo Halffter, 257 Mi ahijado José Alfredo Jiménez, 259 Guanajuato y España, 261 Nace el Museo Iconográfico del Quijote, 264 La Mancha en Guanajuato, 269 Alto honor: la condecoración de Miguel Hidalgo y Costilla, 272 Del Golfo de Vizcaya al Golfo de México, 275 XX Aniversario del Museo Iconográfico del Quijote, 282 Los días finales de Octavio Paz, 285 Respuestas al cuestionario Proust, 288 Respuestas a un cuestionario, 290 Respuestas a un cuestionario, 295 Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense, 301 Deslumbramiento y magia de México, 304

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índice

Evocación de Los Pergaminos, 313 Canto a la amistad, 316 Con mis nietos en Acapulco, 319 Fin de una larga etapa profesional, 321 Carta a mi padre, 324 El placer de compartir, 327

EPÍLOGO. En las bodas de oro profesionales de Eulalio Ferrer, 333 Convocatoria, 333 Por los amigos de México, de Carlos Fuentes, 333 Por los amigos de España, de Jesús de Polanco, 337 Aquí en esta tierra de México, mi porvenir se ha hecho pasado, de Eulalio Ferrer Rodríguez, 340 Celebración, de Paco Ignacio Taibo I, 344

Noticia bibliohemerográfica, 347

ÁLBUM DOCUMENTAL Y FOTOGRÁFICO, 351

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LA MARSELLESA DE LA PAZ Es el 14 de julio de 1939. Las alambradas del campo de concentración de Argelès-sur-Mer parecen serpentinas trenzadas, como si decoraran una gran fiesta. La gran fiesta. La gran fiesta de la libertad, la de la toma de la Bastilla por un pueblo revolucionario. Una paradoja es la de celebrarla hoy, un siglo y medio después, en esta paz de confinamiento obligatorio, prisionero precisamente por defender la libertad y no arriar sus banderas. En la barraca reina el entusiasmo por encima de las tristezas. México ha anunciado que abre sus puertas hospitalarias a los refugiados españoles. “La Marsellesa” resuena en el aire festivo. Y la cantamos en homenaje a otro pueblo revolucionario, el mexicano. La bella música tiene letra, no la guerrera, sino la de la paz. Alberto Lauron ha tomado la batuta de su memoria, haciendo entonar a todos “La Marsellesa de la paz”. Contra el feroz grito de guerra que resonando siempre está de la paz el hermoso estandarte (los obreros debemos alzar) y así al través de las fronteras pronto los tramos oirán a los pueblos todos gritar ¡no más guerra, somos hermanos! Al ruido del cañón obreros contestar ¡unión, unión! hasta obtener el triunfo de la paz. No más cañones y fusiles abajo el arte destructor, no más cantos ni gritos de guerra (que despiertan el odio feroz). Fraternidad santa y querida eres y nuestra guía serás, que en el mundo debes reinar,

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Antonio Machado, camino de Collioure

pues los hombres somos hermanos. Al ruido del cañón obreros contestar ¡unión, unión! hasta obtener el triunfo de la paz. Al coro no han tardado en unirse los habitantes de las provisionales barracas vecinas, en un estremecimiento común. Cada uno de los versos, cantado con el corazón. La esperanza, puesta en un nombre mágico, símbolo de paz y de futuro: México. [ 14 de julio de 1939 ]

Antonio Machado, camino de Collioure Apenas había comenzado la década de los años cincuenta. La ciudad de México todavía era, en los azules intensos de su limpio cielo, la región más transparente del aire, como se recreaban en llamarla Alfonso Reyes y Carlos Fuentes. Me encontraba en la parte alta de un sencillo chalé, no lejos del puente de Insurgentes, la avenida más larga del mundo. Un hombre grueso y miope leía atento, con la ayuda de una potente lupa. Su voz abaritonada interrumpía la lectura, disparando interjecciones de fuerte calibre, castizamente españolas. Este hombre de mente clara y pensamiento vibrante era Indalecio Prieto. Leía, recostado en un pequeño sofá, bajo la luz directa de una lamparita eléctrica. La de un sol de atardecer otoñal recorría la habitación poblada de libros. Le visitaba yo, desde las instancias de la amistad y la admiración, para ofrecerle los servicios, ya contratados, de una experta taquimecanógrafa a la que podría dictar sus memorias. Como a Winston Churchill, a Prieto le gustaba dictar. La falta de una buena taquimecanógrafa era el motivo que Prieto esgrimía para eludir el compromiso de sus memorias, apremiadas por Pepe Pagés Llergo, entre otros. Finalmente no las dictó ni las escribió, y quedaron dispersas en cientos de artículos periodísticos. ¿Qué era lo que disgustaba a Indalecio Prieto en aquella lectura agitada? La información que desde Ginebra le había enviado Luis Araquistain en torno a juicios degradantes de la obra de Antonio Machado, escritos por

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Antonio Machado, camino de Collioure

algunos plumíferos del franquismo. Tanto Prieto como Araquistain admiraban a Antonio Machado, considerándolo uno de los poetas más grandes de España. Pero Luis Araquistain, que colocaba a Antonio Machado entre Jorge Manrique y fray Luis de León, no era fiel al recuerdo. “Imposible”, le dije rotundamente a Prieto, “que Araquistain hubiese coincidido con Machado en el restaurante de la estación de Perpignan”, como aseguraba. El exilio de Machado a Francia registró la breve ruta pireniaca de Cerbère-BanyulsCollioure. Tan breve como los 15 días de vida que le quedaban. Referí entonces a Indalecio Prieto el recuerdo imborrable de nuestro encuentro con Antonio Machado en la placita de Banyuls, cuando aquel 7 de febrero de 1939 mi compañero de huida, el capitán Luis Cillán, descubrió al gran poeta junto a su anciana madre, acurrucados en un estrecho banco, indiferentes a la ola humana de la derrota en camino hacia los campos franceses de concentración. Fue una visión dolorosa dentro de la tristeza infinita de un espectáculo desgarrador. Mujeres, niños, ancianos, soldados, mutilados, cubriendo las carreteras y los pueblos de paso al grito gendarmeril de allez… allez. Caravana de hombres sin nombre. El de Machado nos deslumbró y aturdió al mismo tiempo. Aquel hombre de barba crecida y descuidada, de amarillento semblante, casi caídos los lentes y su sombrero, de desgreñado y sucio cabello sobre una frente amplia, con el bastón entre las piernas era… ¡Antonio Machado! El poeta que recitaba en mi infancia santanderina, el Juan de Mairena que me serenaba en los días tensos de la guerra… Estaba allí, y, pegado a su cuerpo, el de la desfallecida madre, envueltos ambos en una manta insuficiente; los dos temblorosos bajo el sol de mediodía y el frío de los Pirineos Orientales; los dos compartiendo amorosamente la plegaria final de la vida. A unos cuantos kilómetros les esperaba el anónimo cementerio de Collioure. El episodio queda registrado en nuestro libro Entre alambradas desde la evocación apretada de los acontecimientos que se sucedieron antes del 14 de abril de 1939, fecha en la que se inicia nuestro Diario. A partir de la sobrevivencia misma, todo ocurría sorpresivamente, con la fugacidad de un asombro tras otro. Necesitaríamos la distancia de los días para entender cómo la visión de Antonio Machado se había hecho entraña de nuestra memoria. Brotó frecuentemente en los días alucinantes que ponían a prueba algo más que nuestro equilibrio mental, nuestra capacidad de esperanza. Nunca olvidaré la voz delgada y quebrada de Antonio Machado diciéndonos,

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La tierra de la esperanza

con la angustia y la resignación del abandono, que esperaban a alguien… (¿Quizá a su hermano José, con el que llegarían a Collioure?) El recuerdo aprisionó para siempre aquella larga y triste mirada de gratitud de Antonio Machado, cuando dejé encima de su manta ligera mi verde capote de capitán miliciano. Fue un acto impulsivo, apenas consciente, desprendido de una emoción que todo lo abarcaba y estremecía. Andando el tiempo, otra mirada agónica me hizo evocar en México aquella de Antonio Machado. La que se dibujó en el rostro intensamente melancólico de Juan Rulfo, días antes de fallecer. Los dos, acaso por distintos caminos, habían aceptado ese momento fatal y final en que lo mejor que puede acaecer es morirse. [ 20 de abril de 1950 ]

La tierra de la esperanza Apenas hemos dormido en las últimas 24 horas. Nos consume la ansiedad; nos es imposible apagar la agitada llama de la expectativa, que con su luz perturba el sueño. Pero la excitación vence las fatigas e incertidumbres del viaje cuando éste se encuentra a punto de culminar. Nuestra mirada se ha hecho experta del horizonte, desde la raya espumosa hasta la raya celeste, mar y cielo, dos infinitos fundidos como telón de fondo para nuestra espera y nuestra esperanza. Mejoraron algo nuestras condiciones con el trasbordo del Cuba al Santo Domingo, bajo la terrible amenaza de dejarnos en la Guayana Francesa. Aunque más pequeño y zarandeado por las olas del Golfo de México, este barco ha sido más acogedor. Pero el calor es terrible y no se puede estar en las bodegas. Las corrientes del Canal de Yucatán han acelerado en dos horas por milla la velocidad de la travesía. Hemos pasado la noche escuchando, en un fonógrafo de los jóvenes franceses que embarcaron en la isla de la Martinica, las canciones de moda en México. Me gustó mucho “Vereda tropical”, digna embajadora de su patria en nuestro barco. Hacia las cinco y media de la madrugada, un grito jubiloso rasgó la soledad marina desde proa: –¡Tierra de México a la vista! ¡Al fin…! Esta exclamación milenaria, entonada por un número infinito de marineros desde los albores de la navegación y del tiempo, nunca

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La tierra de la esperanza

había tenido un sentido tan tangible. Era no sólo una expresión sin más, sino la campana que tañía nuestro futuro. Terminan 41 días en el mar, cifra que rebasa por una unidad la travesía de Noé en su arca, prototipo de los viajes en nave, antecedente del nuestro, como de todas las demás travesías que han marcado el destino de millones de seres. Me siento hermanado con todos los navegantes de la historia, desde el propio Noé hasta Cristóbal Colón, y más allá. Llegamos a la tierra de la esperanza. Nos encontramos frente a las costas mexicanas y al divisarlas en la lejanía tal parece que un fuego arde dentro de nosotros. Hay una nueva sensación en el paladar. Como si acabáramos de comer una fruta amarga y nos llegara el almíbar de otra. Cada vez que el paisaje de la tierra se ha ido descubriendo a nuestros ojos, nos ha inundado de júbilo. La idea de América recobra todo su sentido. Pareciera que estuviéramos descubriendo el continente, y con él, a todo el mundo. La realidad misma nos parece inédita. Incomparable nuestra alegría unos minutos después del crepúsculo, al advertir la sombra de la tierra mexicana, iluminada por los primeros rayos del sol. Somos como náufragos que encuentran refugio, que encuentran fin a su errancia de agua en un peñasco de certidumbre. Jamás habremos de olvidarlo. Otros hombres de nuestro pueblo conquistaron México en una epopeya singular. Nosotros venimos para ser conquistados por México. Somos protagonistas de esa conquista en reversa, provistos de las únicas armas que hoy cuentan: las del espíritu, la hidalguía y la hermandad. Lentamente, el Santo Domingo se acerca a tierra. A las seis y media de la mañana estamos frente a Puerto México, Coatzacoalcos, lugar de nuestro destino. Sin tocar el muelle, recibimos a bordo la visita de las autoridades mexicanas para acelerar los trámites de desembarco. Con ellas acuden representantes españoles de la jare (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), el organismo que ha hecho posible el viaje y se hará cargo de nosotros al desembarcar. Todavía comemos en el barco, en una especie de última cena de una vieja vida que cedía paso a una nueva, mucho más resplandeciente. El desembarco inicia a las tres de la tarde, trasladando nuestras vidas a una mudanza definitiva. Una hora antes habíamos atracado en el muelle. La alegría lo contagia todo, desafiando la plenitud del sol y sus 40 grados. A las cuatro, toca el turno a nuestra familia. Van adelante mi padre y mis hermanas Rosa y Estrella. Cierro yo, con mi madre al brazo, débil por el prolongado mareo. Junto a nosotros, como inseparable lo ha sido en la travesía, Ramón Gallut, de Torrelavega.

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Canto a Coatzacoalcos

Hemos pisado tierra mexicana y nos reciben con regocijo y música. No sabíamos, hasta ese momento, que el nuestro era un viaje hacia el centro de la fiesta. La música de madera de las marimbas entra por nuestros sentidos con resonancias de trópico. Es el bullicioso saludo de esta tierra. Se derraman las lágrimas y se escuchan los vítores. El ambiente se solemniza con los acordes del Himno de Riego. Todo sucede con lentitud, pero con una impresión interior de vértigo. Respiramos hondo. Respiramos libertad. Es el oxígeno que necesitábamos. –¿Qué haremos mañana? —pregunta mi madre. –¡Vivir! —le contestamos. [ 26 de julio de 1940 ]

Canto a Coatzacoalcos Los tres días de estancia en Coatzacoalcos —Puerto México— han dejado huella imborrable en nuestro recuerdo. Familias mexicanas y algunas españolas nos han hecho invitados de honor en sus hogares, con ternura humana y ardiente sabor de trópico. Comidas, paseos en barca por el río y canciones, muchas canciones. Amor, mucho amor. Al hilo de este acogimiento fraternal hemos escrito estas palabras en prosa, que quisieran ser poesía. ¡Gracias, Coatzacoalcos! Gracias, porque hiciste rico en esperanza a quien llegó a ti huérfano, mendigo de ella. Gracias, porque me enseñaste a olvidar los agravios y amarguras de un pasado atormentado. Gracias, porque ayudaste a que a mi espíritu recobrara su valor y mi conciencia su memoria. Gracias, porque diste a mi sangre un nuevo pulso y pusiste en mi alma la pupila de un horizonte nuevo. Gracias, porque reconstruiste la fe de mi palabra, articulándola en el dulce seno de tu propio lenguaje. Gracias, porque devolviste amorosamente a mis labios, con tu beso salobre, el acento original de mi vida. Gracias, porque me abriste a la confianza generosa de un nuevo rumbo, injertando en él las raíces de mi destino.

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Arribo y aventura en Oaxaca

Gracias, porque trocaste el llanto en canto; la espina en espiga; el dolor en color… Gracias, a las luces de tu sol y de tu mar, de tu luna y de tus estrellas. Puerto de Bonanza… ¡Puerto de la Esperanza! Gracias, Coatzacoalcos: De frente te digo que tu signo en mi frente llevo. Y que en mi corazón tu nombre está, más que grabado, tallado. [ 30 de julio de 1940 ]

Arribo y aventura en Oaxaca El llamado tren Interoceánico del Pacífico nos ha dejado en el clima arrullador de Oaxaca. Cuatro días de viaje, atravesando zonas espesas de selva, con escalas en muchas estaciones y lugares —la primera en Veracruz, la última en Puebla— han constituido una gran experiencia en este primer viaje de nuestra vida en México. Apenas hemos dormido, pero la expectativa es grande. El nombre de Oaxaca, semillero de hombres ilustres como pocos, nos enciende la sangre. Quizá intuíamos un dato revelador del que habríamos de enterarnos después: don Benito Juárez, hijo mayor de esta tierra, contrajo nupcias con una dama de orígenes santanderinos, doña Margarita Maza. Se trataba, quizá, de la poesía del azar, que nos devolvía a nuestros orígenes en nuestro nuevo destino. En el largo viaje, pese a las incomodidades de los destartalados y malolientes vagones, sobre todo para mi madre y hermanas, ha habido ratos de buen humor y hasta alguna cantada de la tierruca, con el dúo de Ramón Gallut, que es como de la familia, y mi padre, los dos con aficiones orfeonísticas en un Santander pródigo en coros y buenas voces. Las escalas en las estaciones se alargan y esto nos permite conocer y percibir los colores arrebatadores de México. Estamos frente a un caleidoscopio de los sentidos; cada esquina, cada momento, cada recoveco inesperado nos puede deparar una bulliciosa cohetería de emociones y sensaciones. Con elocuencia estridente, todo nos recuerda que estamos en México. Lo mismo en el paisaje, de verdes oscuros de selva, de páramos grises, que en los vestidos de la gente, con sus morados, rosas y rojos intensos. Y su lenguaje, suave, de tonos acariciantes, de silencios prolongados. Mujeres indígenas descalzas, de pechos sueltos y alzados, que nos ofrecen toda clase de frutos tropicales, y mil cosas diminutas, cada una con su color

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contrastante. México nos deslumbra y desconcierta. Hay amor y miseria. Es como un lienzo húmedo que se nos adhiere al cuerpo. El tiempo se vuelve cadencia, sin apremios, sin prisas. Como si viajáramos al infinito, como si el transcurso de las horas y los minutos fuera algo en verdad irrelevante, una mera anécdota que acompaña la verdadera realidad de esta profusión de las facultades perceptivas. En nuestro grupo aparecen los primeros síntomas de paludismo, que es una enfermedad todavía no controlada en México, según nos informó un asturiano que juega muy bien al dominó y cuyo local se encuentra en los portales del zócalo oaxaqueño, lo que nos permite ver pasear a la gente. El día grande es el domingo por la mañana. Todas las familias acuden al zócalo y giran alrededor de él. Entre los jóvenes hay miradas cariñosas y nacen los noviazgos. Los ricos alardean con sus grandes automóviles, casi todos descapotables, dando vueltas en torno de la plaza. Uno de ellos, Collada, se fija en la muy guapa Pilarica, hija de Manuel Neila, y entablan prontas relaciones. Mis hermanas conocen a las hermanas Rincón y pasean con ellas. Hay algo de estremecedor en esta hermosa rutina social de las plazas, indudable herencia hispánica en la que nos reconocemos, a la vez que genuina práctica original de estas tierras americanas, en las que la semilla española se sembró y maduró hasta formar un árbol robusto y sólido, una vigorosa cultura por derecho propio frente a la cual mi asombro crece, hasta la fecha, cada día más. Manolo López y yo trabajamos en un plan grande: como él es boxeador o empezaba a serlo en San Sebastián, puede hacer carrera, desafiando al campeón de peso ligero de Oaxaca. Yo seré su apoderado. Empiezo por exigirle que se llame de ahora en adelante Manuel Uzcudun, recordando al gran Paulino de este apellido, vasco como él. Si resulta derrotado, no hay penalización, pero si vence al campeón, recibirá veinte pesos y un contrato por tres peleas, con doble sueldo. Así vamos al improvisado ring en una plaza donde también se corren y jinetean caballos. El contrincante se llama Antonio Agüero, un mixteco puro con apellido cántabro. Casi no sé nada de box, pero le tengo tanta confianza a Manolo Uzcudun, que cargo con la toalla, el caldero y un par de esponjas y le dirijo desde la esquina. Hay un ambiente jubiloso y la plaza está llena a reventar. Empieza el combate y la superioridad de Manolo se nota enseguida. De modo que al tercer episodio noquea a su valiente enemigo. Pero ahí ardió Troya. El público se enfurece y a los gritos de “¡Muera el gachupín!” y “¡Queremos sangre española!”, nos cercan. No nos queda más remedio que salir corriendo velozmente hasta que encontramos a un tipo fornido que nos protege y

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nos aloja en su gimnasio. Es el director de Educación Física de Oaxaca, el licenciado Raúl Bolaños Cacho. Hacemos gran amistad. Admira a Unamuno y a Ortega. Es dirigente del Partido Nacional Revolucionario y simpatizante de la causa republicana española. Al día siguiente estoy en su biblioteca espléndida y me proporciona sus libros, que devoro en mis lecturas, bajo el tibio clima oaxaqueño. Me he instalado en El Llano, un parque con ardillas que corretean y se encaraman libremente en los árboles, por donde pasean los estudiantes. Me relaciono con ellos y alguna mañana se agrupan a mi alrededor, tomándome como su maestro de literatura. Por las noches, gracias a las amistades de Raúl Bolaños Cacho, ceno gratis, invitado por familias cordiales a las que brindo, a cambio, recitales de García Lorca, Antonio Machado y Gabriel y Galán, mis poetas favoritos. Los compromisos llueven y yo me siento feliz. Tanto, que las hermanas Bravo, oriundas de Laredo y dueñas de un comercio de telas, me han ofrecido empleo con el mayor cariño, oferta que he declinado. Ya habrá tiempo de trabajar. Ahora me interesa estudiar la historia de México y a los clásicos españoles, recorrer Oaxaca de un lado a otro, dar mis clases en El Llano, escribir mis apuntes, pasar en limpio el diario de nuestro viaje trasatlántico de 41 días… y soñar, soñar. Me interesan sobremanera dos titanes de la historia de México oriundos de Oaxaca: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Más allá de aficiones o desaficiones ideológicas, se trata de personajes fascinantes, cuyas biografías no dejaban de intrigarme. Qué mejor lugar para adentrarme en su misterio que Oaxaca, su tierra natal. Me apasionaba por comprender un poco más a estas dos figuras tan tenaces, sobre todo la de Juárez, constructor de la República y el México moderno, artífice de una segunda Independencia, un segundo nacimiento de la nación mexicana, que presentaba en su vida personal una fabulosa historia de lucha y superación, desde su infancia monolingüe en Guelatao hasta su inmortal consolidación como estadista de las Américas. Muchas décadas después, Vicente Quirarte lo expresaría con claridad: “la microhistoria de ese niño zapoteco pronto alcanzó una dimensión nacional”. Detrás y al lado de estas enormes figuras de la historia mexicana se encontraban, también, varias generaciones de brillantes liberales oaxaqueños, cuya impronta y herencia todavía se respiraban, en ese entonces, en Oaxaca, gracias a personajes como el licenciado Bolaños Cacho. Muy pronto, Manolo Uzcudun corta su carrera en Oaxaca y piensa en lanzarse a fondo en la ciudad de México. Mientras, se dedicará a vender los pasteles que Serafín elabora. Lógicamente, también termina mi puesto de

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entrenador, no sin antes haberme enfrentado con un lenguaje petulante, de mi parte, al cronista local de box, que en el diario Oaxaca Nuevo zarandea al españolito Manuel Uzcudun, a quien niega toda clase de méritos como púgil. Redacto la carta que Manolo firma y que se publica con este encabezado: “Un refugiado español se considera intocable por la crítica periodística”. En la carta decimos: Apenas alcanzo en mi haber deportivo diez peleas. Y aunque la victoria nunca ha dejado de estimularme, en todas ellas derrotando a adversarios de peso superior, debe entenderse que me falta la experiencia de un boxeador profesional. Soy muy joven y tengo que aprender. Mis actuaciones en España y Francia han merecido mejor crítica que la suya. La respuesta del director ha sido muy dura, tildándole de mal boxeador y peor plumífero. Lo siento por Manolo, pero este medio no me atrae. ¿A quién pedir disculpas por mi audacia? Sólo a un hombre: a Raúl Bolaños Cacho. Raúl no da importancia a lo sucedido y nos invita, cerca del zócalo, a comer unos chapulines fritos, algo picantes, con limón, novedad incitante de mi paladar. [ 12 de agosto de 1940 ]

La magia de un día oaxaqueño El clima de Oaxaca es tan agradable como su gente. Tibio en la mañana, caluroso al mediodía y acariciante en la noche. Lo gozo con la intensidad de mi propia vida. La luz de Oaxaca captura todos mis sentidos. No sólo es milagro visual, sino deslumbramiento interior. Siento una especie de cosquilleo que va de la piel al corazón. Es una luz nueva que inunda y embriaga. Hermosos y precisos, tangibles, son los versos que Andrés Henestrosa dedicaría a esta luz oaxaqueña, en todas sus extensiones sensibles y metafóricas. El día una abierta rosa azul una rosa de oro el sol; cristalino el aire, trémula de puro tierno la distancia;

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enloquecido de dicha ese pájaro agrega a la torrente del día el chorro de luz su canto… La riqueza de esta luz es tanta y el calor humano que nos rodea tan fraterno, que no me doy cuenta de nuestras penurias y de los equilibrios que hace mi madre para estirar al máximo los cinco pesos diarios que nos dan de subsidio. Pero en medio de las carencias, no creo que haya nada tan bello como este sentido de recuperación de la vida; es como si la estrenáramos en el amanecer milagroso de cada día, como si tuviéramos la oportunidad de nuevo, pero acompañados del tesoro de la conciencia y de la experiencia. En cierto sentido, algo verdaderamente cercano a la utopía. En el paseo de hoy por El Llano me ha acompañado mi padre. Le preocupa el futuro. Si los nazis se imponen en el mundo, la humanidad entrará en una larga noche de suicidio individual y colectivo. Ha escrito a un tío que tiene en La Habana, donde es famosa la relojería de Pepe Andrés. Salió joven de Santander para enriquecerse en Cuba. “De seguro nos ayudará”, me dice. También ha escrito a su querido amigo, compañero tipógrafo y último secretario general del Partido Socialista Obrero Español, Ramón Lamoneda. Se encuentra en la ciudad de México y le pide que le oriente sobre su posible empleo como linotipista o corrector de pruebas. Me recuerda algo que le he oído más de una vez: “La mayor herencia de un padre es el honor de la virtud”. Le animo y le pido que se siente a charlar conmigo. Logro contagiarle el fuego de mi esperanza. Poco a poco desarruga el entrecejo. Le recito “Reyerta”, una de las poesías del Romancero gitano de García Lorca que más me gusta y que más me aplauden en los convites nocturnos de las familias oaxaqueñas: Una dura luz de naipe recorta en el agrio verde caballos enfurecidos y perfiles de jinetes. Mi padre se “encasta” y me recita partes de Los intereses creados. Es lo mejor de Jacinto Benavente, me comenta. Pero el autor de teatro que él prefiere es Joaquín Dicenta, por su gran contenido social; por lo mismo, su poeta favorito es Miguel R. Seisdedos. Le cautivan mis nuevos amigos. Hay una chica, Lupe, de tez apiñonada, de ojos furiosamente negros, que le llama la atención. A mí me atrajo desde el primer día. Estudia literatura

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y le gustaría estudiar filosofía en México. Lupe nos recita la “Suave Patria” del poeta mexicano Ramón López Velarde. Nos entusiasma. Son versos apasionados que cantan al México que ya nos apasiona. Comienzo así a conocer, a la par de la patria geográfica de México, esa otra patria íntima y simbólica, enclavada en el continente de la poesía, la memoria y la sensibilidad más personal, a la que el propio López Velarde dedicó uno de sus más entrañables textos en prosa, “Novedad de la Patria”. Sería el punto de partida de una larga amistad con los poetas mexicanos, tanto los vivos como los muertos, así como de un largo romance con la poesía mexicana y sobre México, riquísimo depósito de sorpresas que todavía no termino de agotar, y que creo que jamás terminaré, pues su veta es infinita. Mi padre les simpatiza a todos. Les habla, con la familiaridad de haberles conocido personalmente, sobre Marcelino Menéndez Pelayo y Miguel de Unamuno. Del primero dice que es el hombre más sabio y más descuidado que ha conocido. Se lo solía tropezar en la calle con la bragueta del pantalón abierta y dos libros en cada mano. A todo el mundo saludaba en Santander, su tierra, y todo el mundo lo saludaba: “Adiós, don Marcelino”. De Unamuno afirma que era el genio por excelencia. Nadie se le podía comparar en originalidad, pero sobre todo en el manejo del idioma. Aunque era arbitrario —observa mi padre— a la hora de inventar nuevas palabras, a veces desconcertantes. –Siendo yo un obrero, con estudios elementales, le discutí a él, que era catedrático en griego y latín, la ortografía de una palabra. Pero claro, tenía que ceder ante la fascinación de un genio como Unamuno, con su barba simpática, y con la mirada terriblemente irónica de sus ojos. Escuchar a don Miguel era una experiencia apabullante sólo comparable a la de escuchar a Pablo Iglesias —el compañero tipógrafo que pensaba y ejemplificaba el socialismo en España. Lo define como un ser lleno de bondad, un verdadero apóstol. De los que enseñan los ideales por lo que vale entregar la vida y perderla, si es preciso, luchando por ellos. Se puede morir por un ideal, pero no matar, que venimos de la tragedia más grande, que es una guerra civil, en la que unos se han matado a otros, siendo hermanos… La mañana es de mi padre. Ha cautivado a los muchachos, y yo, una vez más, me siento orgulloso de él. Se ha borrado por completo su gesto de preocupación y lo que era una sombra de incertidumbre se ha convertido en una luz de esperanza, la de la luz maravillosa de Oaxaca. En la tarde busco en El Llano a mis amigos, especialmente a Lupe —Lupita— que me atrae por la dulzura de su habla, por su figura esbelta,

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por sus ojazos negros. Hablamos como si fuéramos amigos de hace tiempo, aunque no se apean del tratamiento de usted. Quieren conocer mi impresión de los templos de Santo Domingo y La Soledad, las gemas más preciosas de la corona de Oaxaca, ciudad eléctrica y convulsa que los terremotos han destruido en varias ocasiones, sólo para que sus tenaces habitantes vuelvan siempre a levantarla desde los escombros, cada vez más hermosa. Les digo que son un testimonio maravilloso del barroco español, enriquecido con el deslumbramiento del barroco mexicano, que he empezado a conocer. Una mezcla que también se manifiesta en la amplia variedad de celebraciones religiosas, ejemplos vivientes del vigoroso ímpetu del mestizaje cultural. Me prometen acompañarme a una visita imprescindible: la de las ruinas arqueológicas de Mitla y Monte Albán, esplendores prehispánicos de los zapotecas y los mixtecos, cuyos descendientes pueblan el estado de Oaxaca, como una de las grandes concentraciones indígenas que quedan en el país, con sus más de cincuenta lenguas y dialectos. En efecto, el mosaico lingüístico de Oaxaca, uno de los más ricos de cualquier región geográfica del mundo, se asemeja al portentoso diseño de un tejido oaxaqueño. Creyendo que me es familiar, por su apellido, me hablan de San Vicente Ferrer, el santo que los dominicos trajeron a Oaxaca y lo declararon “patrón de Juchitán”, tierra zapoteca. Aprendo en la voz de Lupita que aunque San Vicente Ferrer es oriundo de Valencia, España, los juchitecos lo consideran como un santo propio, nacido en Juchitán y que siempre ha sido grito de guerra de sus moradores el de “¡Viva San Vicente Ferrer!” Hasta Benito Juárez, el orgullo histórico de Oaxaca, tuvo que respetarle. He aquí, de nuevo, el enigmático juego de las coincidencias, algunas jocosas, otras desconcertantes, que se ofrecen como rimas y ritmos entre mi propia vida y los rasgos de mi nuevo hogar. ¿No resulta milagroso, por inimaginable, que a unas cuantas semanas de haber llegado a México, también sorpresivamente, vivamos aquí, en Oaxaca, un día tan mágico como el de hoy? Es un día en que por todas partes se puede escuchar la voz de la musa de Oaxaca, la que nos convierte a todos sus habitantes, sobre todo a nosotros, recién llegados, en sus inspirados cantores y poetas. La magia de Oaxaca desborda los sentidos, sobre todo el gusto y el olfato, elevados por los placeres de la comida oaxaqueña, expresión de este pueblo tan válida como la música o la pintura, rica cocina que manifiesta el genio de un pueblo, arte efímero y anónimo que vive del relámpago de lo fugaz. No es una casualidad, en este sentido, el que la palabra Oaxaca esté emparentada, etimológicamente, con nariz. Con estas ideas en mente,

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no tardaré en probar el mole negro, uno de los siete moles de la cocina oaxaqueña, representativos de los siete valles de su contrastada geografía. [ 8 de septiembre de 1940 ]

Despedida de Oaxaca Concluyen seis meses de nuestra memorable estancia en Oaxaca. Anoche nos despedimos de ella y del año 1940, que tiene un largo eco de resurrección de vida. Nos despedimos de Oaxaca, esta tierra acogedora con la que nos hemos encariñado, deslumbrados por el sol y la fraternidad de un país que se ha alojado en nuestro corazón antes de que nosotros nos hayamos alojado en el suyo. Nos vamos a la capital de México. Allí se fue mi padre, hace una semana, como vanguardia de nuestra instalación definitiva. Con mi padre marchó, también, Ramón Gallut, quien por ser ingeniero de minas ha encontrado ocupación en Cananea, allá lejos, en Sonora, cerca de la frontera con Estados Unidos. En Cananea morirá de un cáncer, algunos meses después. Le lloraremos como parte de nuestra misma familia. Mi madre nos preparó una cena, que nos supo a gloria, sueño imposible en un fin de año de comienzos tan inciertos y tristes. Nos acompañaron, con mis hermanas cariacontecidas, Serafín Diego y Manuel López, con el postre de sus pasteles, negocio que han improvisado con éxito en Oaxaca. La dueña de la casa nos obsequia unos exquisitos dulces en pasta de almendra, que elaboran las monjas vecinas. Mi madre hizo milagros con la cena. De primer plato, un consomé de pollo, de segundo, unas albóndigas de carne con ajos y perejil. De tercer plato, más albóndigas ahora en tomate. Los platos quedaron limpios, rebañados con pan triguero. Tan limpios como mi madre, toda pulcritud, que se ha encargado, en estos seis meses, de que así estén los pisos de las dos habitaciones contiguas de nuestros alojamientos. Ella los ha lavado con estropajos y jabón ordinario, un día sí y otro no. La noche es primaveral, como todas las noches oaxaqueñas. ¡Qué delicia de clima y qué delicia de gente! En ningún momento nos ha molestado su altura de 1,500 metros. La noche se prolongó hasta la madrugada, con los brindis de las dos botellas de vino tinto español Marqués del Riscal, que nos envió Raúl Bolaños Cacho. Yo recité, por última vez en Oaxaca,

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“Reyerta” de Federico García Lorca y “El embargo” de José María Gabriel y Galán, mis éxitos reconocidos. Recitando me he hecho popular entre las familias oaxaqueñas con invitaciones a cenar en una especie de intercambio de buena comida por mis declamaciones poéticas, para alivio doméstico de mi madre. Agradecemos a Raúl Bolaños Cacho todas sus muchas atenciones. Su magnífica biblioteca ha estado a mis órdenes, animando los paseos y diálogos de El Llano, con su sol, con sus sombras, con sus estudiantes, con sus ardillas. Con la experta guía de Raúl he estudiado México en sus textos. Desde Lucas Alamán a Justo Sierra; desde Ignacio Manuel Altamirano —cómo he gozado su novela póstuma El Zarco—, hasta Ignacio Ramírez, el Nigromante: cuántas identificaciones con su pensamiento liberal. Me ha estremecido la prosa vigorosa de José Vasconcelos, cuya Breve historia de México he devorado. He leído a los grandes poetas Amado Nervo, Salvador Díaz Mirón, Ramón López Velarde. He leído de punta a rabo, con asombro de Raúl, México a través de los siglos. De la mano de Raúl Bolaños Cacho he conocido esta Oaxaca —la antigua Antequera—, ahora llamada de Juárez, porque aquí nació el Benemérito de las Américas. También es cuna de otra figura clave en la historia mexicana, el general Porfirio Díaz. (En su viaje al exilio tocaría el puerto de Santander.) He admirado un barroco, más cargado que el español, en la impresionante iglesia de Santo Domingo, al igual que en la de La Soledad. ¡Qué riqueza de retablos y de imaginerías! ¡Qué intenso el fervor católico del pueblo oaxaqueño, circundado de lenguas y grupos indígenas! Y el plateresco de la Iglesia de la Compañía y el de la de San Felipe Neri… He conocido las ruinas prehispánicas de Monte Albán, y me ha llenado de admiración un conjunto poblacional de enormes proporciones, aunque la mayor parte está todavía en proceso de restauración. Su centro ceremonial, en la parte más alta, habla de la importancia de la raza zapoteca, de su inteligencia y de su fuerza física. He conocido las ruinas de Mitla castigadas y realzadas, a la vez, por su antigüedad. Es el centro ceremonial de la raza mixteca, guerrera y enigmática. Con mis hermanas Rosa y Estrella fui a visitar el famoso Árbol del Tule, como a unos diez kilómetros de la capital. Está considerado como el ahuehuete más grande del mundo, con sus 51 metros de diámetro y sus 40 metros de alto. Imponente. Alrededor suyo, los puestos de comida oaxaqueña, picante, sabrosa y diversa. Y el color contrastante en los ricos vestidos y hasta en la misma comida, surtida en verdes y rojos. Aquí he aprendido que el vals “Dios nunca muere” —una especie de himno de Oaxaca— es de un compositor nativo llamado Macedonio Alcalá, que da nombre al teatro

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principal de la ciudad. Y me he liberado de otra ignorancia, al estilo europeo: que el vals “Sobre las olas” es de autor mexicano, Juventino Rosas. El periódico que leemos es El Universal de la ciudad de México, donde colabora Mateo Solana, este montañés-oaxaqueño, amante del colonialismo español, con el que charlamos a ratos, desde posiciones distintas sobre el pasado y el presente. Una de las noticias que más nos ha impresionado es la del asesinato de Trotski, el 20 de agosto. Otro de los crímenes de José Stalin. La mano negra que hizo desaparecer en España a Andrés Nin. Hasta Oaxaca nos ha llegado la noticia de la muerte en el exilio francés de Montauban, un 3 de noviembre, de don Manuel Azaña, presidente de la República Española, figura de elevada estatura entre los intelectuales españoles del siglo XX. Mal político, le dolería más que a nadie su fracaso. Se habla de traer sus restos a México. Manuel Azaña, al que pude escuchar, en el radio del hogar paterno, sus arrebatadores discursos antes de 1936, me dio la impresión, con la angustia de su voz, en un discurso radiofónico desde Barcelona a mediados de 1938, de que la guerra la teníamos perdida. Fue aquella arenga de “Paz, Piedad y Perdón” que se tragó entero el odio de la guerra, sordo a la generosidad. Adiós, Oaxaca. Has puesto ternura en nuestra vida. Tus palabras saben a dulce, intenso y refinado. A la estación del ferrocarril han acudido a despedirnos algunos amigos oaxaqueños. Nos ha conmovido la generosidad de la familia Muro, que ha entregado a mi madre una cesta de víveres y frutas para el largo viaje que nos aguarda hasta la capital de la república. En nuestra mirada y en nuestro corazón brota un emocionado adiós a Oaxaca, esta tierra que ha llenado de esperanza y amor nuestra renacida existencia. Envueltos en gratitud y cariño saludamos la entrada de un nuevo año, que es signo integral de una nueva vida. [ 1º de enero de 1941 ]

En la gran capital Casi un mes en esta gran ciudad que es México, D.F. Inimaginable, no obstante lo he leído en Oaxaca y lo que allí me dijeron unos y otros. Me toca ahora conocer otra grandeza de México, la de su magnitud física. Me asombran el Paseo de la Reforma —una especie de Campos Elíseos de París—; la avenida Insurgentes, tan larga y animada; la avenida Juárez, tan con-

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currida de día, tan solitaria de noche. Y la mezcla de la gente. El indígena que atraviesa las calles, temeroso de los automóviles, con sus huaraches o sandalias; el mexicano solemne y bien trajeado; los hombres con sombreros de paja, rectos y humildes; el criollo expresivo y el español gritón. Y el habla mexicana matizada de dulzura, suave como la mirada. En efecto, es el español… y algo más. Lo mismo en el acento prosódico, que en los términos entrecruzados de castellanismos e indigenismos. La primera sorpresa la experimentamos días atrás en la estación de ferrocarriles de Buenavista, amplia y acogedora. Habíamos dejado cerca del andén las maletas y bultos que trajimos desde Oaxaca. Un hombre bajito, de edad indefinida, se nos acercó y nos dijo en voz baja, como si revelara un secreto: –Agusado jefecito, no le vayan a volar el veliz. Me quedé desconcertado, sabía que me hablaba en español, pero no entendía nada. Otro, curioso, me dijo al acercarse: –Mis abuelos eran asturianos. Y nos aclaró que lo que ese hombre nos había querido decir era que debíamos cuidarnos para que no nos robaran las maletas. Nunca lo olvidaría. Tampoco que “güero” equivale a rubio, que “vieja” es la referencia simpática a la esposa, que “patroncita” es la madre y que “cuate” es un hermano gemelo y también un amigo del alma. El piso que había buscado mi padre no estaba lejos de la estación, a unas seis cuadras, en Orozco y Berra 22, entre Mina y Puente de Alvarado, dentro del popular barrio de Guerrero, aledaño a la “zona roja”. Con la ayuda de un cargador nos distribuimos maletas y bultos hasta llegar a la pequeña calle de nuestro destino, vacía de gente, en una casa silenciosa, con una portera atenta y servicial. Mi padre tenía prisa por contarnos todas las aventuras desde su partida de Oaxaca. Le dieron alojamiento el lebaniego Antonio Paz y su compañera santanderina Emilia, precisamente en la calle Guerrero, ayudando, a cambio, con los gastos de alimentación. La jare le había entregado 1,500 pesos como subsidio único y final. Con Ramón Lamoneda, corrector de los Talleres Gráficos de la Nación, trató de emplearse como linotipista, al no haber cupo como corrector de pruebas. Se encuentra en espera de que lo llamen. También visitó a los hermanos Gilardi, amigos de la familia cuando vivían en Santander, con el deseo de colocarme a mí de lo que fuera, de agente de ventas si era posible, pero le informaron que su negocio —imprenta La Carpeta— no andaba bien y que no podrían hacer nada en mi

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favor. Para colmo, la esperanzada carta al tío Pepe Andrés, de La Habana, mereció un “no” rotundo: los Andrés nazistas. Noto el desánimo y entiendo que yo debo renunciar a mi proyecto de estudiar filosofía para que podamos salir adelante. Se compran las camas y los muebles indispensables. El “departamento”, como aquí se le llama al piso, es de tres habitaciones y un cuarto de criados en la azotea, en el cual acomodo todos mis papeles y los libros que los amigos de Oaxaca me obsequiaron. Mi madre está contenta porque ha logrado con el dueño del departamento una rebaja de diez pesos en la renta, de modo que en el primer año pagaremos sólo 65 pesos al mes… Y a luchar, que ése es nuestro signo. Acompaño a mi padre a saludar a Luis Goicuría, un montañés querido, amigo suyo, a quien protegió en Santander cuando los caciques políticos le arrinconaron. Logró que dirigiera la revista Recta, en plena guerra, haciendo de ella un ejemplo de belleza tipográfica y de contenido. Hombre culto y relevante, Goicuría es gerente de ventas de la Editorial González Porto, instalada en el pasaje que une la calle de Madero con la de 5 de Mayo. El recibimiento es cordial y surge una promesa concreta: tiene avanzado el proyecto de editar una revista con el título de Mercurio. Lo pensaba compartir con un periodista vasco, Eusebio Lámbarri, pero como se trata de algo cancelado, por haber encontrado ambos empleo, quiere avisarle que me entregará el proyecto para que yo lo actualice y emprenda las gestiones necesarias con los directivos de la Sociedad Centro Comercial, patrocinadora de la revista. Mi padre lo da por seguro y me compra una cartera de piel y de mano, en Petacas Numancia, tienda vecina a la editorial, cuyo propietario, un asturiano, nos identifica como “recién llegados”. La cartera de mano es una herramienta indispensable de trabajo. Mi padre me llama la atención sobre un detalle curioso: la mitad de los exiliados españoles en activo llevan este tipo de herramienta, que corresponde a la imagen de un refugiado que ya encontró empleo. En el curso de estos días nos ha sucedido otra pequeña adversidad. Como mi madre, además de ser modista de soltera, trabajó después en un taller de bolsas de papel de la calle Magallanes en Santander —el de la señora Petra, esposa de García Venero—, decidió con mi padre comprar unos moldes de madera y algunas resmas de papel glassine. Laborando día y noche, mis padres han fabricado un millar de bolsas que yo intento vender en las dulcerías, sin resultado, lo cual acentúa el desaliento familiar. En México, las bolsas de papel se fabrican ahora mecánicamente, a un precio inferior. Surge la mano solidaria de Andrés Abascal, socialista de Reinosa (Cantabria), que es contador de una importante papelería de la calle de

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República del Salvador, quien logra que nos adquieran, a menos del costo, las mil bolsas. Mi hermana Rosita quiere ser dependienta de comercio, pero hasta ahora sus gestiones han sido infructuosas. Estrella ha ingresado en el Colegio Madrid para concluir sus estudios secundarios, interrumpidos por la guerra. En estos primeros días posteriores a mi llegada puedo sentir el vérti­ go de la gran ciudad, ese vértigo preñado de entusiasmo que han vivido todas las generaciones de visitantes que han recorrido sus calles. Esa exaltación emotiva que Alfonso Reyes tan bien retrató en el epígrafe de su insuperable ensayo “Visión de Anáhuac”, y que años después daría título a una de las más memorables novelas de la literatura mexicana, una obra de Carlos Fuentes, consagrada, precisamente, a la vida convulsiva de la ciudad: La región más transparente. Entre una cosa y otra, moviéndome de un lado a otro en esta ciudad inmensa que se aproxima al millón de habitantes, he frecuentado el Centro Republicano Español, ubicado en la calle de Balderas. Ahí puedo ver y saludar a hombres famosos que son leyenda de mi memoria: Indalecio Prieto, Belarmino Tomás, Amador Fernández, Amós Ruiz Lecina, Crescenciano Bilbao, Antonio Fernández Clérigo, Adolfo Salazar, Álvaro de Albornoz, Juan José Domenchina, Carlos Hernández Zancajo. Enrique Puente y Julián Lara, que están organizando las Juventudes Socialistas, me invitan a afiliarme a ellas y acepto enseguida. Se considera un hecho el triunfo final de los aliados, triunfo que yo no alcanzo a ver por ninguna parte. Me hablan del pronto regreso a España, una vez caído Franco, cosa también discutible. Algunos, en un exceso de optimismo, planean gobiernos y cargos oficiales. Indalecio Prieto no comparte ese optimismo y se muestra escéptico. Terriblemente autocrítico, afirma sin disimulo ni temor: “La República la perdimos nosotros, no la derribó Franco”. Recorro algunos cafés, convertidos en centro de tertulia de los españoles refugiados. En El Tupinamba destaca la figura patriarcal del general José Miaja. El mentís del héroe que uno se imaginó: sencillo, abierto, socarrón, con sus ojos miopes detrás de unos gruesos lentes. A su alrededor abundan los aficionados al futbol y los toros. Los políticos, en cambio, frecuentan El Papagayo. Los poetas, encabezados por León Felipe y un flamenco santanderino, José Domingo Samperio, alternan en El Sorrento y en El Campoamor. Otros poetas, como Pedro Garfias y Juan Rejano, prefieren El Puerto de Cádiz, a un costado de la Alameda Central, una cantina donde los escritores mexicanos beben cerveza y tequila. En La Parroquia predominan

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los montañeses: Enrique y José Vega Trápaga, Juan José Lastra, Gregorio Villarías, Roque Alonso, Jesús Revaque, Arturo Canencia, Wenceslao Solinís, Mateo Toca, mi padre… y un poeta asturiano que no es del exilio, pero sí cercano a la democracia con sabor ácrata, Alfonso Camín. En la tertulia de La Parroquia surgirá la idea de crear el Centro Montañés Sotileza, cuya convocatoria redacta prácticamente mi padre. Todos cabemos en México. La diferencia está entre quienes lo ven como lugar de paso y los que piensan que es puerto de arribo. Lo que nos sorprende es que a pesar de ser una república que apenas hace treinta años vivió una revolución social, México no ha dejado de ser un país de contrastes, donde se nota tanta miseria y tanta opulencia a la vez. Manolo del Valle, un asturiano dueño del restaurante Manolo, al que conozco por Arturo Canencia, que ha instalado un cabaret en la calle de López, me confiesa que los políticos que frecuentan su establecimiento son todo lo contrario de un proyecto de revolución social. Y me advierte: –No vengan ustedes con malas ideas. México es un país para ganar dinero. Palabras extrañas para quienes han llegado a este país con el deseo de honrar su hospitalidad. Con el latido de la gratitud en la garganta y las semillas de una nueva patria en el corazón. [ 3 de febrero de 1941 ]

Mercurio, revista augural Sigo asombrado con esta inmensa capital. Su vitalidad, por la fuerza tremenda que irradia, nos da la idea de un país cuya grandeza no es medible en número de calles, ni en biografía de personas, ni en clases sociales. La sensación de peso del país es como una fuerza telúrica que tira de uno, que arrastra como si fuera ola o corriente de mar. Es el enfrentamiento constante con lo inesperado. ¿Cómo imaginar que me iba a encontrar con una plaza tan monumental como la que aquí se llama Zócalo? Imponentes también, la Catedral, el Palacio Nacional y el Ayuntamiento. Piedra y espacio. Barroco y color. Reino del tiempo y de la historia. Ésta fue la antigua Tenochtitlan, capital del imperio mexica. Se comprende el deslumbramiento de los conquistadores y fundadores de la Nueva España por la enorme extensión del país. El título pudo ser

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una prolongación en América del imperio español en Europa, pero debió ser un reconocimiento a la grandeza de un país anterior, con su cultura y sus propios hallazgos. No sólo hemos encontrado hospitalidad, sino el regalo de una tierra que está por encima de nuestra gratitud, a fuerza de ser espectáculo de los sentidos y vibración de vida. Contemplar el volcán apagado del Popocatépetl, conocido con el sobrenombre de Don Goyo, junto a la cumbre del Iztaccíhuatl, vigías de la gran ciudad, es una seducción a la vista: el blanco nevado de sus crestas cobijado por un azul que transparenta el añil y lo derrama generosamente sobre la bóveda celeste de esta capital monumental. De ella emana un misterio mágico, lleno de imanes, despertador insomne del encantamiento. Nos vamos asentando en México. Luis Goicuría me pasó el proyecto de la revista Mercurio con una serie de recomendaciones muy útiles. Mencionó algo que ignoraba: que en el año 1936, antes de la guerra civil, se había incorporado a una empresa publicitaria, con sede en Madrid, en la que se atendía, entre otras actividades, la introducción de Coca-Cola en España. –Es un nuevo oficio que hubiera continuado en México —me dijo— de no haber surgido mi trabajo actual. Ya he tenido contacto con Juan José Gurrola, que me parece el mejor profesional de la publicidad en México. Me pidió que siguiera de cerca este medio, porque la revista no era ajena a él. Me entrevistaría varias veces con el presidente, el vicepresidente y el secretario de la Sociedad Centro Comercial, patrocinadora de la revista: Carlos Martos, Salvador Ruiz de Chávez y Julio Goicochea. Este último nacido en Cabezón de la Sal, amigo de Mateo Toca, quien me presentó con él. Los tres, excelentes personas. Comprendo que me vean con algunas reservas, siendo un desconocido, sin antecedentes profesionales. Llegamos finalmente al acuerdo de que editaría la revista Mercurio, con un tiraje mínimo de 1,000 ejemplares, como órgano oficial de la Sociedad, que cumple treinta y un años de vida, sin más ayuda que 75 pesos, contra entrega de cada número mensual para su distribución gratuita entre los socios. Todo lo demás correría por cuenta mía: redactar, formar e imprimir la revista, incluyendo la contratación y el cobro de los anuncios, de cuyo importe sería beneficiario personal. Una relación de la junta directiva deberá ir en primera plana, con nombres y cargos. Habré de consultar con el presidente los temas de los editoriales de la revista y el contenido de ésta en casos especiales. Goicuría firmó como fiador del contrato. Quisimos que la cantidad de 75 pesos fuese mayor —equivale a dos días de sueldo de

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Luis—, pero no se pudo. Sin embargo, me han respaldado en las gestiones para obtener anuncios, acompañándome personalmente en algunas visitas. El que más interés pone es el presidente Carlos Martos, cuya tienda, en San Cosme, se encuentra muy cerca de la Facultad de Filosofía en la que yo quería estudiar. Algunos días me asomo al patio y me enamoro del lugar, con su curiosa mezcla de estudiantes y maestros. Oigo los nombres de Antonio Caso y José Gaos. Este último refugiado español, como otros profesores, Ramón Xirau, Luis Recaséns Siches, Antullano… Lo más difícil es contratar anuncios. En algunos establecimientos hay letreros que indican: “Esta casa no hace publicidad”. Otros dicen: “Prohibida la entrada a agentes de anuncios”. Nada me arredra y no hay sitio por donde no me cuele, con mi inseparable cartera de mano. Mi padre me ha entregado cinco pesos que he gastado rápidamente en transportes y refrescos, uno de los cuales, el Sidral Mundet, me gusta mucho, no así la Coca-Cola, con su sabor de botica. He sacado planillas de tranvía —tres por el precio de dos pasajes—, pero resultan inútiles por mi falta de orientación y porque no es nada fácil recorrer la ciudad de un extremo a otro. Como soy buen andarín, me atengo a mis pies hasta que termino rendido. De Orozco y Berra camino hasta San Pedro de los Pinos. Hago como dos horas de ida y otras dos de vuelta, con visitas por Mixcoac y por Tacubaya. Otro tanto hago a San Lázaro y Tlalpan. El problema es que nadie resuelve de inmediato. Me miran con desconfianza, pero como no me niegan el anuncio, vuelvo una y otra vez. Mi madre me lava diariamente dos mudas y los pares de calcetines que tengo, para que salga cada mañana como un sol de Pedreña. Hay anunciantes que me tratan con simpatía y les cuento mis aventuras. Les conmuevo. Uno de ellos es Agustín Velasco, de La Madrileña; otro don Elías Pando, de Vinos Santo Tomás. Hay casos, como el de los distribuidores de las conservas Clemente Jacques —el asturiano Amancio Fernández y el montañés Andrés Arrate— que me regalan productos de la firma, lo que hace feliz a mi madre. El primer número de Mercurio sale con fecha de abril con su lema: “Una revista al servicio del comercio”. Veinticuatro páginas y cuatro de forros; suman doce las páginas con anuncios. Todo un récord, me dice Goicuría. Figuran marcas famosas como Coca-Cola, Santo Tomás, Carta Blanca, Pizá… He logrado un contrato de seis inserciones con Habanero Berretega, una bebida de moda en México, a partir de aguardiente de caña y crianza en barricas de brandy o productos jerezanos. No he regateado nada en la revista. Está impresa en papel satinado, con ligero color de avellana tostada.

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Fernando Guijarro me ha ilustrado algunas páginas a precios módicos y mi padre se ha encargado de la corrección de pruebas, oficio que le aprendo rápidamente. El tema principal que me han encomendado es el descanso dominical. Las tiendas de abarrotes no sólo están abiertas desde muy temprano y hasta altas horas de la noche, sino que hacen lo mismo los domingos. Hay muchos socios que no respetan el descanso dominical y debe convencérseles de lo contrario. Tarea dura, me advierten. No falta el artículo de la añoranza solidaria, que dedico a Santander, víctima de la fuerza ciega de la desgracia, por el incendio que en estos días ha destruido una extensa parte de la ciudad. He podido encontrar una imprenta económica, pero alejada de la ciudad, en Bahía de Santa Bárbara y Mariano Escobedo. Es una especie de cooperativa que se llama Fundación Dondé. He estado al pie del cañón, al grado de molestar a los cajistas. Pero la revista sale el 8 de abril, con su tirada de 1,000 ejemplares. Acaricio y huelo los primeros como si fueran un manjar esperado. Con la tinta fresca pongo varios de ellos en mi maletín, pero olvido que son pasadas las doce de la noche y que atravesar Santa Julia —uno de los barrios de la delincuencia capitalina—, con ese abultado maletín es casi un suicidio, como me dirían los vecinos de Orozco y Berra. He corrido como un gamo. Dos intentos de asalto y otro más, el de un taxista que me quería meter a la fuerza en su coche. A las dos de la madrugada llego a la casa, con mis padres en vela y alarmados. Estoy bañado en sudor y creo que no se han borrado de mi cara los sustos que acabo de sufrir. Pero la revista está ahí… Ha empezado a andar. Y nosotros con ella. Hago cuentas y cobro de inmediato los 75 pesos de la mensualidad, que me paga el tesorero, el lebaniego Ramón Lamadrid. Nos queda una ganancia de 300 pesos, cuando se cobren los anuncios, otra tarea nada fácil. Y el comienzo de una gran aventura. Me he ido acostumbrando al recorrido que hago a pie, entre nuestra calle de Orozco y Berra —famoso historiador mexicano— hasta la República de Colombia, sede de la Sociedad Centro Comercial. Tomo la avenida Hidalgo, con abundantes librerías de viejo, sigo por Belisario Domínguez, rica en edificios coloniales, hasta desembocar en la Plaza de Santo Domingo, maravilla histórica de la vieja ciudad, con su monumental iglesia y los corredores de piedra, aposento de los “evangelistas”, esos vates con máquina de escribir como herramienta, que redactan, por encargo de la gente iletrada o analfabeta, cartas de amor, de protesta, de despedida o de amenaza según los casos. Muy cerca, a una calle, está la Escuela Nacional Preparatoria,

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Del orígen de Kahlúa al Habanero Noche Buena

bulliciosa de estudiantes todo el día. Así llego a República de Colombia. Aprendo que esta zona de la capital identifica las calles con los nombres de las Repúblicas de América, lo mismo que existen otras dedicadas a otro tipo de nombres geográficos, o a los nombres literarios, filosóficos, etcétera. Una hora de camino y otra de regreso, pasando por ese monumento urbano que es el Zócalo, encuadernado en piedra catedralicia y palaciega. [ 30 de mayo de 1941 ]

Del origen de Kahlúa al Habanero Noche Buena Se ha conformado algo que me pronosticó Luis Goicuría al entregarme su proyecto de Mercurio. “La naturaleza de la revista te va a facilitar un campo de relaciones comerciales que te puede ser útil, más allá de la propia revista.” Mi tendencia a platicar con los anunciantes, la circunstancia de que la mayor parte de éstos sean personas y no corporaciones, me ha permitido entablar una cordial relación con algunos de ellos. Me cuentan sus cuitas, sus problemas de mercado, sus críticas al gobierno, sus comentarios sobre la guerra, etcétera. Coinciden, generalmente, en un tema: el de la competencia, sea de precios, de productos o de personas… Así, he tratado a José Junco, un asturiano dueño de un expendio de café en las calles de Abraham González. Me habla con pasión de un licor que él ha creado y que está perfeccionando. Se llama Kahlúa. Me lo ha dado a probar y me gusta. Me asegura que es único en el mundo y que cuando afine su sabor le va a dar mucho dinero. Hablo con don Eustaquio Ibarra, dueño de la Compañía Destiladora, y con su socio, don Antonio Guardiola, dos españoles distintos, pero de personalidad inconfundible. Hago remembranzas junto con don Eugenio Se­ rrano, dueño de los chocolates Larín, cuyo hijo, Fermín, está casado con una santanderina que fue a la escuela con mi madre. Y me ha simpatizado mucho don Manuel Fernández Díaz, de la familia tabasqueña de los Fernández Manero, gente rica e importante en la política mexicana. Producen el Habanero Noche Buena, al que califican como el mejor del mundo. Este don Manuel es un hombre joven, simpático, locuaz, divertido. Hace un año que me encarga textos para sus folletos, los que me paga muy bien. Me pidió una idea para anunciar su Habanero en las pasadas navidades y le gustó

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mucho, tanto, que en marzo pasado me nombró jefe de publicidad de la casa. Me paga 700 pesos al mes, con el compromiso de ir sólo en las tardes, lo que me parece estupendo. Mi situación económica prospera sensiblemente, ya que Mercurio me proporciona ahora un ingreso mensual del orden de los 600 pesos. Julio Cagigas, el esposo de mi hermana Rosita, me enseña a conducir y compro un automóvil Chevrolet, usado, que mando pintar en azul y verde, mis colores preferidos. El verde me atrae tanto —verde de ver, verde de mi tierra montañesa, verde de la bandera mexicana— que le adopto como tinta para mi pluma. A la vez, ensayo la rúbrica de mi firma, obligación que ignoraba antes de asumir el cargo. El presupuesto de publicidad es corto, pero diseño un plan que se ajusta a él y a un mercado que comienzo a conocer. Consta de dos partes, una referida a anuncios en revistas especializadas y en cuñas en los principales diarios, con uso eventual de la radio, sobre todo en las actividades informativas de la empresa. La segunda, se lleva la mayor parte del presupuesto y va a originar una revolución promocional en el ramo abarrotero. Comprende los siguientes puntos básicos: •  Casa Noche Buena abre una cuenta bancaria a cada uno de los dependientes de las tiendas que venden sus productos, y en ella se ingresará proporcionalmente un diez por ciento sobre el importe de cada pedido. •  Se crea un Club de Caballeros Noche Buena. Su lema es “honor, constancia y trabajo”, a él pueden pertenecer todos los dependientes y empleados que lo deseen, mediante credencial con fotografía y con derecho a participar gratuitamente en los bailes y actos sociales del Club. •  Se organiza un torneo de futbol con equipos integrados por los dependientes de tiendas de abarrotes, agrupados por zonas de la ciudad, siendo por cuenta de la casa los uniformes, balones, campos de juego, árbitros, etcétera. •  Se crea una revista de 32 páginas, más 4 de forros a todo color, con el título de El Caballero Noche Buena, donde colaboran los afiliados con sus artículos, poesías, notas sociales, etcétera. El plan se traduce en un éxito de ventas. Los Caballeros Noche Buena han elegido a su primera reina —la bella señorita Alicia González, hija de asturianos. Hay un baile de gala en el Club Hispano Mexicano con más de

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dos mil asistentes. Es el delirio. En el torneo de futbol participan 10 equipos bien entrenados por el jugador argentino José Guerrero, magnífico interior del Club Asturias, y con valores sobresalientes. En el equipo La Fama el portero es Cuco Villarías y en El Renovación —del que yo era extremo—, juegan Paco Noreña, Rubén Salcedo y el maño Abadia. En El Danubio destaca el gran defensa Baltasar Izaguirre. Hay concursos de poesía y es un espectáculo singular ver y oir cómo estos muchachos —algunos ya mayores— recitan en público y por radio. En Radio Mil se ha establecido un concurso: Buscando Estrellas, por el que desfilan cuantos piensan que pueden serlo. Otro concurso es el de Las 18 Palabras Mágicas, a partir de un modelo publicitario que se incluye en las bases. (El lema de Habanero que se adopta es: “Toda fiesta buena y bonita de Habanero Noche Buena necesita”.) Los Caballeros Noche Buena han constituido su junta directiva, encabezada por Vicente Pérez, Ernesto de la Vía y Santos Arias. En una de sus asambleas, empiezan a plantear reivindicaciones sociales, como la de que todos los fabricantes o industriales abonen a los dependientes una comisión especial sobre ventas, como lo hace Casa Noche Buena. Lo cual desborda los objetivos del Club y alarma a los señores Fernández Manero. Formo y vigilo la revista, en la que escribo con varios seudónimos, Lio-la y Cántabro, entre otros. Hoy ha sido un día algo tormentoso. La señora Anita, la esposa de Manuel Fernández Díaz, se ha enterado de la tremenda pachanga organizada por su marido días atrás y le reclama a él, al jefe de ventas y a mí. Lo sucedido es uno de esos episodios entrelazados con la magia de México. Don Manuel ha lanzado un nuevo producto —el Ron O.K.—, bajo el lema publicitario de “El licor de las Américas”. Don Manuel se había comprometido con su padre, don Salvador Fernández Manero, que es el presidente de la Casa Noche Buena, a vender 25,000 cajas en los primeros dos meses. Pero el nuevo producto no camina, sea por su sabor —tomado fraudulentamente de una de las fórmulas de rones extranjeros registrados en la Secretaría de Salubridad—, sea por el precio, o porque todavía es prematuro su consumo. Don Manuel, reunido con los vendedores, les desafía: “Amigos, yo les voy a enseñar cómo en una noche vendo más cajas de O.K. que ustedes en un mes”. Al efecto, cerró por su cuenta el cabaret Josephine, instalado en la calle de Nuevo León, cerca del puente de Insurgentes. Puso precio cerrado a todas las pupilas, las más hermosas de la ciudad, e invitó a los principales comerciantes de abarrotes, unos treinta.

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A la entrada del Josephine se entregarían, a cada uno, unas bragas de mujer para hacer pareja con la correspondiente dueña de las mismas. Una orquesta toca ritmos afrocubanos, animados por el fuerte sabor del Ron O.K. y los gritos de las semidesnudas muchachas. El asombro de los clientes fue indescriptible, como si por vez primera hubiesen podido bailar —y disfrutar después— con mujeres tan atrevidas y de tan atractivos cuerpos. A mí me tocó una pelirroja de traje largo y trepidante. Don Manuel, tras quedarse con la más rebosante de todas, al cierre de la pachanga, anotaría en un cuadernillo los pedidos que fue arrancando a cada comerciante. Un total de 2,500 cajas. “¡Eso es vender!”, dijo eufórico. Pero ni la señora Anita, ni don Salvador están de acuerdo con el método. Mañana nos espera la Primera Convención de Caballeros Noche Buena, donde don Manuel piensa vender 1,000 cajas más. Entregaremos diploma y cien pesos al joven Guillermo Martínez Patiño, quien salvó la vida de diez personas en un reciente choque de trenes. Preparo mi discursillo, con el tema de querer es poder. [ 1º de septiembre de 1944 ]

Publicista de tiempo completo Mercurio me ha abierto posibilidades de un destino profesional en el medio de la publicidad, como en el caso del Habanero Noche Buena. Entre los anunciantes de la revista figura la Agencia Madero, que pertenece a Casa Madero, con sede en Parras de la Fuente, Coahuila. El gerente de la oficina, don Jorge T. Salazar, con el que converso cada mes en sus oficinas de Tacubaya, me ha animado para que participe en un concurso abierto para ocupar el cargo de jefe del departamento de publicidad que se quiere crear en la ciudad de México. Me enseña la convocatoria y me habla de la importancia de Casa Madero como primera industria vitivinícola del país. Se trata de un puesto bien pagado y con grandes expectativas. Consulto con mi padre, quien piensa que todavía es posible el regreso a España sin tardar mucho, por lo que no le encanta la idea. Pero mi madre sí me anima y me dice en voz alta para que lo oiga mi padre: “Aprovecha todo lo que puedas para abrirte paso en la vida. No sufras, ni esperes nada de la política. Esto va para largo”. (Han transcurrido varios meses desde que

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acabó la guerra mundial y nada asegura la caída de Franco, que a todos parecía inminente, incluso a los menos optimistas.) El Centro Republicano es un desfile de gentes y de actos que esperan el acontecimiento, entre planes de gobierno y distribución de cargos. He trabajado durante toda la semana en un proyecto que se ajuste a los requisitos insertos en la convocatoria de Casa Madero, firma que acaba de constituirse, como sucesora de Ernesto Madero y Hermanos. ¿Para qué crear un departamento de publicidad y cuáles serían sus tareas y objetivos? Andrés Zaplana me proporciona algunos libros de publicidad, la mayor parte en inglés. Debo muchos aleccionamientos a Luis Goicuría, que ha sido el primero en aconsejarme que participe en el concurso, y que ha creado la Escuela Técnica de la Publicidad, dentro de la Asociación Nacional de la Publicidad, en la que me recomienda inscribirme. Ayer entregué en sobre cerrado mi propuesta en las oficinas de Agencia Madero y esperaré el fallo el próximo día 30, según indica la convocatoria. El 3 de julio, don Jorge T. Salazar me avisó que había sido seleccionado en el concurso de Casa Madero y que ese mismo día, en la tarde, debería acudir a una entrevista personal con el director general de la firma. Me anticipó que, junto a la mía —elegida entre diez— había otra opción: una propuesta presentada por Augusto Elías Riquelme y Ricardo Hinojosa, dos famosos publicistas, para que, en lugar de crear un departamento de publicidad, operaran con la agencia que ellos representaban, altamente capacitada y con la seguridad de tener los servicios completos, que una oficina propia de publicidad no podía suministrar, sobre todo en la contratación con los medios. Comprendí que mi entrevista era definitiva. Acudí a ella con cierto nerviosismo, pensando que mi posición estaba en desventaja. Pero me encontré con un hombre que me transmitió inmediatamente tranquilidad. Era el señor José Salinas Iranzo, ingeniero enólogo y director general de Casa Madero. Hombre de finos modales, encantadora sonrisa e ideas muy claras. Durante una hora examinó punto por punto el contenido de mi plan, desarrollado en dos partes básicas: características del problema y soluciones. Eran dieciocho páginas a renglón abierto, de estilo condensado. El interés del señor Salinas no se centró tanto en mi experiencia profesional, sino en mi capacidad de entrega a un proyecto que requería viajes frecuentes a Parras, una dedicación completa al trabajo, con un entrenamiento a fondo en el mercado de vinos y en la cultura que éste exige. Me citó a la mañana siguiente en el hotel Ritz de la calle Madero. Allí estuve a las 12 en punto. Me esperaba el señor Salinas Iranzo, en compañía de don En-

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rique Madero y don Jorge T. Salazar. Con acentos cordiales, examinándome de nuevo de arriba abajo con su mirada penetrante, don José Salinas Iranzo me felicitó efusivamente porque desde ese mismo día era el jefe del nuevo departamento de publicidad de Casa Madero. Y me dio una explicación: “Necesitamos un hombre que se especialice en un mercado que es distinto de los demás, que tiene reglas generales, pero características específicas y exclusivas que lo hacen diferente. ¿Se da cuenta de la tarea que le espera?”, me preguntó. Contesté que sí, dominado por la pasión de mi interlocutor. Aprender era el signo de mi vida. El señor Salinas me retuvo y me invitó a comer junto con su esposa, Artemisa, una mujer de baja estatura, de gran señorío y transparencia bondadosa. Ambos eran valencianos y me hicieron una revelación que me estremeció: también eran refugiados. Él, de ascendencia republicana; ella, de ascendencia libertaria. La conversación fue larga, salpicada de confidencias mutuas. Me sentí, más que estimulado, comprometido. El señor Salinas se había dedicado a la viticultura en la rica zona valenciana de Requena. Al llegar a México se instaló en Monterrey, con la idea de dar clases en la Universidad. Visitó Parras, la tierra que debe su nombre a las primeras vides silvestres que hallaron los conquistadores. Propuso a los señores Madero levantar las Bodegas de San Lorenzo, casi en ruinas. Elaboró una fórmula de brandy, adaptada a las posibilidades vitivinícolas de Parras y al sabor semiseco de un cognac francés. La guerra europea interrumpió el abastecimiento de este último producto y la única competencia real del mercado era el Brandy Quinto, elaborado en la ciudad de México. La batalla sería con los habaneros y los rones. Salió a despedirme el señor Salinas, delgado de cuerpo, de estatura elevada, con el sol de los viñedos en el rostro y con palabras fraternas. El hombre triunfal que había logrado hacer resurgir a Casa Madero, llenando de prosperidad a Parras, esa ciudad que fue fundada en febrero de 1598. Renuncié a mi cargo en Casa Noche Buena con un Manuel Fernández desconsolado, pero comprensivo. Habíamos hecho una excelente amistad y era su compañero preferido en las parrandas que organizaba a espaldas de Anita, su esposa. Don Jorge T. Salazar me asignó una modesta oficina, en el corredor externo de la planta y en ella trabajo desde el 6 de julio, en plena zona de Tacubaya. Sueldo de 1,100 pesos al mes, gastos de representación y un incremento sustancial a partir de enero próximo. Estoy eufórico y contagio a mis padres y hermanas. Por primera vez, comemos todos en un restaurante. Elegí el Danubio, por conocer ya sus langostinos a la plancha y sus especialidades marineras.

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Controlo todos los compromisos publicitarios de la empresa y planeo los nuevos, de acuerdo con el programa aprobado. Mi primera tarea es recopilar toda la información histórica de Casa Madero y sus productos. En ella figura el nombre del fundador, don Evaristo Madero, por transferencias sucesivas que se hicieron a partir de don Lorenzo García, un caballero español al que asombró, desde el primer día, la riqueza del valle de Parras, estableciendo en él las Bodegas San Lorenzo, en agosto de 1626, las que por su antigüedad pueden considerarse las primeras de América. Las propiedades de don Evaristo abarcaban una gran parte del estado de Coahuila y de las provincias de Texas y Arizona, entonces territorio mexicano. Su primogénito, Francisco, fue padre del llamado presidente mártir de México, en la Revolución de 1910, Francisco I. Madero. He llegado a tiempo de lanzar, formalmente, el producto estrella de la casa, en honor de su fundador: Evaristo 1º, punto central del proyecto con el que concursé: la valoración de Parras como la principal sede vitivinícola de México. Con tal fin, producimos una serie de anuncios de prensa, en tamaño de robaplanas, que establecen una analogía entre Parras y otros lugares del mundo, famosos por alguna singularidad concreta. Estoy enamorado de la técnica de ilustración llamada profesionalmente scratchboard, que ejecuta con maestría el dibujante mexicano Gabriel Reyes, con quien suscribo un contrato de exclusividad. El endoso de tres siglos de técnica y experiencia subrayarán la categoría de Evaristo 1º como la marca de más alta calidad de cuantas se han producido en México a través de todos los tiempos. La campaña me vale la primera felicitación del Consejo de Administración de la firma, cuyo presidente, don Salvador Madero, me entrega insignia y diploma en un acto en la explanada que forman las Bodegas de San Lorenzo y la Casa Grande de la Hacienda del mismo nombre. Evaristo 1º se coloca rápidamente en el nivel buscado: en el de un cognac para las clases superiores del mercado. Salinas me confiesa que no sólo es el mejor producto de la firma, sino el de más amplio margen de utilidad. Me siento contento, más aún porque la campaña ha sido elogiada por Augusto Elías Riquelme y Ricardo Hinojosa, quienes me invitan a comer y me proponen que me incorpore a su agencia —con la cuenta de Casa Madero— mediante un acuerdo con esta empresa. Por conocer los antecedentes del concurso, les explico mi negativa. La coyuntura abre una relación amistosa que me estimula. Me duermo con una música de Reyes Magos pegada al oído. [ 26 de julio de 1946 ]

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