A menos que se indique lo contrario, las citas de la Escritura son tomadas de la Santa Biblia versión Reina-Valera 1960® © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
Escribe para sanar
Escribir nuestras historias más difíciles nos trae sanidad y plenitud Publicado originalmente en inglés en 2025 bajo el título BRAVE THE PAGE How Writing Our Hard Stories Brings Healing and Wholeness por Baker Books, una división de Baker Book Publishing Group Grand Rapids, Michigan ISBN: 979-8-88769-677-5 eBook ISBN: 979-8-88769-678-2 Impreso en los Estados Unidos de América © 2026 por Megan Febuary Traducción al español por Belmonte Traductores www.belmontetraductores.com Whitaker House 1030 Hunt Valley Circle New Kensington, PA 15068 www.espanolwh.com Por favor, envíe sugerencias sobre este libro a: comentarios@whitakerhouse.com Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida o transmitida de ninguna forma o por algún medio electrónico o mecánico; incluyendo fotocopia, grabación o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación sin el permiso previo por escrito de la editorial. En caso de tener alguna pregunta, por favor escríbanos a permissionseditor@whitakerhouse.com. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 33 32 31 30 29 28 27 26
A toda persona que ha caminado por los largos pasillos oscuros en busca de sus historias y de las verdades que guardan. Que tu viaje hacia adentro te acerque a las palabras que han sido difíciles de encontrar y a la sanación que has anhelado.
CONTENIDO
Hola, cuerpo.................................................................................. 13 PARTE 1: ELECCIÓN
1. Recolectar recuerdos....................................................... 31 2. El poder de las historias de Génesis.............................. 43 3. Esto es para quien dice la verdad................................... 55 4. Tú eres el guardián de la puerta.................................... 67 PARTE 2: SEGURIDAD
5. Encuentra tus límites...................................................... 77 6. Soberanía creativa........................................................... 93 7. Ojos en el horizonte...................................................... 105 8. ¿Puedo tener un testigo de palabras?.......................... 111 9. Bienvenido a casa, escritor pródigo............................. 121
10. Altares del niño interior............................................... 135 PARTE 3: RESILIENCIA
11. Atravesar portales de duelo.......................................... 155 12. Tu cuerpo es brillante................................................... 169 13. Conviértete en el Buen Samaritano de tus historias.................................................................... 181 14. Escribir a través de los estilos de apego...................... 189 15. Reconstruir después de la ruptura.............................. 201 16. No puedes correr más rápido que tus historias.........209 Reflexiones finales....................................................................... 217 Agradecimientos......................................................................... 221 Notas............................................................................................ 225
Mientras tus lágrimas caen sobre ese lugar herido, que laven tu dolor y liberen tu corazón. Que tu perdón aquiete el hambre de la herida para que, por primera vez, puedas alejarte de ese lugar, reunido con tu corazón desterrado, ahora sanado y liberado, y sientas el aire claro y libre bendecir tu nuevo rostro.
John O’Donohue en For Someone Awakening to the Trauma of His or Her Past
(Para alguien que está despertando al trauma de su pasado)
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HOLA, CUERPO
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uestros cuerpos son narradores, sosteniendo las páginas de nuestras vidas por dentro. Algunas páginas están guardadas en cajones que hemos olvidado. Algunas páginas han sido arrugadas, quemadas y pasadas por la trituradora; pero aun así, están ahí en nuestros cuerpos, aunque no podamos verlas. Gran parte del proceso de sanación se trata de descubrir estas páginas desplazadas que nos han formado a lo largo de los años para que podamos comenzar a transformar esas historias fragmentadas en un todo coherente. Mi cuerpo comenzó a hablarme por primera vez cuando tenía doce años. Me diagnosticaron esclerodermia, una enfermedad autoinmune rara que crea manchas descoloridas y endurecimiento de la piel causado por una sobreproducción de colágeno en el tejido conectivo. En general, yo era asintomática. Ni siquiera te darías cuenta de que tenía esta enfermedad… hasta que me ponía un traje de baño. La descoloración oscura en mis 13
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brazos y piernas hacía que pareciera que tenía moretones por todo el cuerpo. A veces los otros niños gritaban: “¿Qué te pasó? ¿Alguien te está pegando en tu casa?”. Esos fueron los últimos días en que usé shorts. Cambié toda mi ropa de verano por ropa de invierno. Mientras la mayoría de mis compañeros usaban shorts cortados y camisetas sin mangas, yo me cubría con jeans holgados que me quedaban sueltos en las caderas y suéteres que cubrían casi cada centímetro de mi piel, convirtiéndome en un charco sudoroso en el calor húmedo de Luisiana. Así que, en la secundaria, cuando la vida es una temporada de primeras veces (primer beso, primer baile, primer grano, primer tampón), yo también experimenté mi primera enfermedad. Visitamos a varios médicos que no tenían idea de esta enfermedad rara, pero por fin me vio un especialista que tenía el cabello negro y despeinado y usaba lentes de armazón grueso. Olía a penicilina rancia (algo agrio con un toque de moho). Con mis padres reunidos en una pequeña habitación de hospital, usó una lupa bajo una luz fluorescente intensa para investigar mi piel extraña, tomando fotos y notas para compartir con otros médicos sobre este diagnóstico. Me sentía como una rata de laboratorio exhibida, pero una necesaria para estudiar y entender. Después de mi diagnóstico, mi familia y mis amigos buscaron en internet y lloraron feo sobre las imágenes que encontraron: una serie de rostros demacrados, bocas encogidas, huesos retorcidos y cuerpos deformados. Bajé la mirada a mi piel. Podía ver el daño exterior, pero por dentro me sentía completamente bien. No coincidía con el frenesí de los demás que yo estaba viviendo, como si la enfermedad estuviera dislocada en mí y yo en ella.
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No puedo decirte dónde existían en mi cuerpo, en ese tiempo, los sentimientos sobre mi diagnóstico, quizás escondidos en algún lugar con las otras emociones que no sabía cómo manejar. Supongo que cada quien maneja sus sentimientos de manera diferente; mi mamá se aferraba a mí, los ojos de mi papá estaban fijos en la preocupación, mi mejor amiga sollozaba, mis hermanos estaban distantes, mis abuelos oraban con devoción férrea, y yo, bueno… yo daba largas caminatas por el malecón cerca de nuestra casa y por las zanjas, como hacía cuando era más pequeña y las cosas se sentían fáciles. En el segundo año después de mi diagnóstico, mi familia hizo un viaje a West Virginia para visitar a mis abuelos, que eran parte de una pequeña iglesia evangélica llamada Church of God, que se alzaba en lo alto de las Montañas Blue Ridge. Yo había estado en servicios de iglesia antes, pero nunca en uno como este. La capilla era pequeña y calurosa, con bancas abarrotadas que se extendían por ambos lados. Miré cómo las mujeres ocupaban sus asientos de siempre, con peinados tipo colmena levantados sobre la cabeza. Se mecían de arriba abajo en acuerdo con gritos seguros de “¡Amén!” y “¡Aleluya!”. El servicio se alargó, más de dos horas, con himnos fuertes y desafinados, y manos agitándose salvajemente mientras la Escritura era leída por un hombre sudoroso y de rostro enrojecido que se balanceaba sobre el púlpito. Cuando parecía que el servicio estaba terminando, hubo un anuncio, y el pastor y mis abuelos me llamaron al frente de la pequeña iglesia con mi familia detrás. Mientras nos apiñábamos en la pequeña plataforma, el pastor de rostro rojo habló de mi enfermedad de manera torpe, obviamente desinformado, pero cambió esa falta de conocimiento por fervor, lanzando palabras
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como: “¡Oremos para que Dios la sane, la libere, y desate la enfermedad de su joven cuerpo!”. Ese día yo llevaba un vestido de terciopelo rojo y recuerdo con claridad cómo su color resaltaba la decoloración de mis brazos y piernas bajo las luces del techo de la iglesia, mientras sentía los ojos de desconocidos clavarse en mi piel manchada. “Megan, ponte en el centro aquí para que todos podamos poner manos sobre ti y orar”, dijo mi abuelo con una voz autoritaria. ¿Qué opción tenía, después de todo, cuando la congregación se agolpaba a nuestro alrededor? Mi cuerpo fue empujado suavemente hacia el centro de esta colmena, y en medio de una sensación de claustrofobia, mi mente flotó en algún lugar por encima de todos nosotros, mirando hacia abajo mientras la escena se desplegaba. Manos sobre mí, en hombros, brazos, cabeza, mientras bocas se movían y palabras se derramaban en un lenguaje apasionado e indescifrable. Hacia el final de la sesión de oración, después de que la multitud volvió a sus asientos, me pidieron que me quedara. “Megan, ¿crees en la sanidad de Dios?”, preguntó mi abuelo, con los ojos muy abiertos y esperanzados. Mi cuerpo seguía aturdido; yo estaba en el centro de atención y necesitaba una respuesta que me sacara de ese escenario lo más rápido posible. Así que dije que sí, y con eso, todas las manos se levantaron aún más y los pies pisotearon con emoción, haciendo que la capilla retumbara y se sacudiera. Cuando regresé a mi asiento, los asistentes extendían la mano para tocarme al pasar, como si yo fuera una celebridad infantil. Viajamos de regreso a casa no mucho después, pero seguí sintiendo a esa congregación a mi alrededor durante meses,
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como un suéter de cuello alto que pica y se pega demasiado apretado y aun así es imposible de quitar. Al año siguiente, mi esclerodermia entró en remisión. Pasó tan rápido, desapareciendo tan velozmente como la enfermedad había aparecido al inicio, que me sentí confundida. ¿Había existido alguna vez? ¿Había sido todo un sueño extraño? Pero no, los informes y las imágenes del médico confirmaban todo. La decoloración de mis piernas y brazos se desvaneció, el tejido brillante, como una cicatriz, empezó a aclararse, y pude usar un traje de baño sin esa sofocante autoconciencia que había sentido antes. Sin embargo, esa sensación persistió durante años después, por costumbre. Supe por mi familia que las personas que habían orado por mí en esa iglesia de la montaña decían que fue un milagro, un regalo de Dios mientras nos reuníamos ese día. Quizás lo fue, o quizás necesitaban que fuera un milagro para confirmar su fe ardiente. Tal vez fue un poco de ambas cosas: las oraciones de otros y la evolución de la enfermedad. Nadie puede estar completamente seguro, pero cuando volví con el médico apestoso, él confirmó que era típico que la esclerodermia entrara en remisión por sí sola en niños si eran diagnosticados lo suficientemente temprano. Esta experiencia me dejó con una fascinación por el cuerpo, como si a menudo hubiera algo dentro de nosotros que yace muy por debajo de la superficie si nos atrevemos a mirar. A medida que crecí, me sumergí profundamente en estudios sobre el trauma y su impacto residual en el cuerpo, y un día me encontré en una biblioteca donde los libros trepaban alto hasta el techo. Un título en particular captó mi atención: When the Body Says No [Cuando el cuerpo dice no] de Gabor Maté. Tomé el libro del estante y lo abrí, y las primeras palabras que
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leí mencionaban a una clienta suya que fue diagnosticada con la misma enfermedad que yo tenía, aunque en la adultez. Me quedé en shock. Fue la primera vez que leí algo sobre la esclerodermia desde una perspectiva psicosomática. Antes de eso, todo lo que había leído era, en el mejor de los casos, clínico. El primer capítulo abre con una historia sobre una clienta que, desde una edad temprana, había aprendido a suprimir sus emociones, su voz y su trauma para protegerse. Eso hizo que Maté sintiera curiosidad sobre la posible conexión entre la enfermedad de su cuerpo y esa supresión. Él escribió: “En la esclerodermia (de la palabra griega que significa ‘piel endurecida’), el asalto suicida del sistema inmunológico resulta en un endurecimiento de la piel”.1 Luego hace dos preguntas poderosas: “¿Fue la esclerodermia la forma en que su cuerpo rechazaba este sentido del deber que lo abarcaba todo?” y “¿Qué crea esta guerra civil dentro del cuerpo?”.2 Sus palabras ofrecieron un espejo a mi experiencia que ni siquiera me di cuenta de que necesitaba en ese momento. Había algo en mí que anhelaba entender esta enfermedad y otras dolencias que mi cuerpo sostuvo años después. ¿Podrían, de alguna manera, representar las historias que yo llevaba dentro y, posiblemente, el impacto de reprimirlas? Me adentré más en el libro de Maté, y tarde más en muchos otros. Él explicó que la función principal de la enfermedad era crear una barrera de engrosamiento a través de muchas capas de piel. Una guerra civil dentro del cuerpo. Sí, ese era el lenguaje que yo había estado buscando. Había un conflicto bajo mi piel, sentimientos e historias no dichas que vivían en una postura de pelea, impactando mi sistema inmunológico. En esencia, la esclerodermia es una respuesta autoinmune que organiza un
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ejército, haciendo guardia de adentro hacia afuera para proteger al yo de lo que el cuerpo interpreta como una amenaza. Aprender todo esto me hizo pensar en las muchas maneras en que había intentado protegerme a lo largo de los años, emocional y físicamente, y en cómo había aprendido a esconderme. Siempre me costó compartir cómo me sentía y hablar del abuso sexual que me había formado como una joven sobreviviente de trauma. Esto continuó en la adultez con otras experiencias de violencia y agresión sexual que provocaron un silencio persistente y una soledad abrumadora porque nunca pude hablar libremente sobre mi experiencia. Ahora entiendo que esto no es poco común. Cuando nuestro joven yo experimenta eventos dolorosos que no podemos contener, creamos “casas seguras” de nuestra propia construcción para proteger nuestras historias y mantenerlas bajo llave hasta que nos sintamos lo suficientemente seguros como para abrirlas. Quizás eso era lo que mi cuerpo había estado haciendo con esta enfermedad todo el tiempo, tratando de protegerme de una guerra interna que todavía no sabía nombrar. Es un pensamiento con el que todavía me quedo mientras miro mi piel al teclear estas páginas: pálida, delgada, arrugas comenzando a formarse con la llegada de la mediana edad. Aunque esta enfermedad ya no está activa en la superficie de mi cuerpo, excepto por algunas cicatrices ambiguas que permanecen en mi espalda, nunca desaparecerá del todo, es un recordatorio de las capas ocultas de historia que yacen dormidas, esperando que yo las llame a la superficie a medida que me vuelva capaz de conocer su origen. Nuestra piel, músculos y órganos almacenan emociones que son reprimidas durante el trauma; nuestros cuerpos pueden
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convertirse en celdas de contención para nuestra ira, tristeza, preocupación y desesperación. “Todos somos libros de historia vivientes. Nuestros cuerpos contienen nuestras historias; cada capítulo, línea y verso de cada evento y relación en nuestras vidas”, explica Caroline Myss. “A medida que nuestras vidas se desarrollan, nuestra salud biológica se convierte en una declaración biográfica viva y respirante que comunica nuestras fortalezas, debilidades, esperanzas y miedos”.3 El trabajo que he descubierto a lo largo de los años es entender que mi cuerpo no es mi enemigo, sino mi historiador, mi defensor, mi narrador, y mi brillante amiga. Ella me ofrece regalos envueltos en piel y lenguaje, llenos de sabiduría, esperando a que yo los abra. Así como la poeta Mary Oliver escribe sobre recibir “una caja llena de oscuridad”, yo también he llegado a entender que algo así puede, en efecto, ser un regalo.4 Este replanteamiento del cuerpo puede parecer tan contradictorio. Aun así, cuando nos acercamos a la historia del cuerpo con una escucha compasiva, podemos sanar nuestra narrativa un capítulo a la vez. Siempre he estado cautivada por las historias, historias tanto dentro como fuera de mí. Leía todo lo que pudiera tener en mis manos para conectarme con el lenguaje, buscando palabras y experiencias que reflejaran las mías. Uno de los primeros libros que me cambió fue I Know Why the Caged Bird Sings [Sé por qué canta el pájaro enjaulado] de la Dra. Maya Angelou. A los doce años, sentí mis manos temblar mientras lo leía. Lo que más me atrapó fue su relato de la infancia, cuando escribió sobre ser una joven sobreviviente de trauma y la mudez que eso le creó. Yo me identifiqué con lo indecible de lo que ella hablaba, con el peligro que debió haber sentido dentro de su propio cuerpo por
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esa verdad oculta, oscurecida y flotando. Nunca en mi vida había experimentado algo tan vulnerable. Sus palabras se convirtieron en mi salvavidas, mi escape estilo Shawshank (me refiero a la película Sueño de fuga), mi fuga de este mundo oscuro, y, como escribió el escritor Franz Kafka, “un hacha para el mar helado dentro de [mí]”.5 Fue como si Angelou me diera el permiso que yo estaba buscando para descubrir mi verdad, aunque todavía no supiera cuál era esa verdad. Muchos libros que siguieron después de Angelou sirvieron como un mapa de ruta para descubrir mi amor por las historias (libros de autores como Rumi, Khalil Gibran, Sheri Reynolds, Sylvia Plath, y muchos más). Estos libros existían principalmente en el pasillo de mi casa de infancia en una estantería de madera que permanece hasta el día de hoy como una biblioteca apilada hasta lo alto, abarcando cada género imaginable. Libros con esquinas dobladas y anotados, libros empezados y dejados sin terminar, libros heredados de una generación a la siguiente con dedicatorias garabateadas en la primera página. Era una tradición; yo asumía que después de terminar un libro, iría a buscar en esos estantes uno nuevo que mis padres acabaran de dejar. Mientras estudiaba las palabras de estos autores, me preguntaba si yo también podría jugar con el lenguaje y convertirme en historiadora de mi propia experiencia vivida. Empecé a poner a prueba la teoría, derramando mis palabras sobre el papel hasta que mis dedos suaves formaron callos, llenando páginas con poesía y ensayos personales. Parecía que con cada página que escribía, crecía una luz que exponía las maneras en que yo me había estado escondiendo sin darme cuenta, revelando un filtro
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sobre mi voz que había estado silenciándome, principalmente por supresión emocional, trauma reprimido y deber religioso. Como muchos que crecen en el corazón del Bible Belt (Cinturón bíblico), encontré que la religión era una forma de vida, ritual e identidad. Antes de entrar por primera vez a un edificio de una iglesia, Dios estaba en todo, en cada flor que olía, en cada árbol que escalaba, y en cada lago donde metía los dedos de los pies. Parecía que en todo, Dios se estaba haciendo mi amigo. Era un consuelo bienvenido para la tristeza y los secretos del trauma sostenidos en mis huesos jóvenes que me hacían doler sin saber por qué. Después del diagnóstico de mi enfermedad de la piel, unos años después de mi viaje a la iglesia de mis abuelos, yo estaba desesperadamente sola y quería ser parte de algo. Todos mis amigos iban a la iglesia, estaban siendo salvos, y cantaban en coros, y entonces decidí subirme a la misma ola espiritual en la que todos ellos estaban montados. En ese momento, ese entorno de iglesia ofrecía alivio del dolor interno que yo sentía, pero también agravó la supresión emocional que estaba ocurriendo en mi vida familiar y la represión del trauma que había quedado enterrado dentro de mi cuerpo. Aun así, permanecí en la iglesia durante años e integré mi identidad tan profundamente en su teología que no podía distinguir la diferencia entre quién era yo y lo que yo “debía ser”. Era imposible nombrarlo en ese tiempo, pero básicamente perdí mi voz y mi sentido de identidad en el vaivén espiritual que se veía más o menos así: ora, arrepiéntete, y vuelve a hacerlo otra vez. Como resultado, me sentía adormecida por la fórmula religiosa que me servía para anestesiarme, como si yo estuviera sonámbula. ¿La verdad? Yo no quería sentir nada, y ahí estaba: una insensibilidad prescriptiva servida gratis en una bandeja de
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comunión de la que todos los demás parecían estar participando. ¿Cómo iba a negarme? Yo sentía un dolor que nadie podía ver y que yo no podía identificar del todo. Yo había reconocido este dolor en las memorias de Maya Angelou, que reflejaban mi silencio y mis sentimientos de estancamiento y cautiverio. Su ave por fin se había liberado. ¿Podría la mía? Sus palabras me hicieron sentir menos sola y me enseñaron a presentarme con valentía en la página para liberar las emociones acumuladas que estaban guardadas en mi cuerpo. Había una pregunta que se volvió más pronunciada con cada palabra que escribía, una pregunta que latía en mi cuerpo: ¿estaba lista para despertar y sanar mi vida? Si la respuesta era sí, entonces todas las señales apuntaban a un camino angosto marcado por todo lo oscuro y lo desconocido. Me aterrorizaba y, a la vez, era justamente lo que necesitaba enfrentar para sentirme viva: mis historias sagradas. Aunque para ese momento me había alejado de la iglesia como institución, este viaje hacia la escritura y la expresión creativa a través de la sanación de historias me devolvió a la fe de una manera nueva. Aprendí el poder de escuchar y de tener curiosidad por las preguntas sin respuesta, y me encontré en una búsqueda interna que me llevó a espacios profundos que me asustaban y que, en otros momentos, me sostenían como un vientre mientras yo descubría significado para muchos momentos indecibles de mi vida. Annie Rogers, una psicoanalista cuyo trabajo ha sido tan formativo para mi sanación, mi escritura y mi investigación, escribió un libro titulado The Unsayable: The Hidden Language of Trauma [Lo indecible: el lenguaje oculto del alma].6 Este título fue cierto para mí, y decir lo que había sido indecible se convirtió en un proceso fundamental en mi camino hacia usar la
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sanación de historias como un acto de volver a visitar mis historias pasadas para entender su impacto en el pasado, el presente y el futuro mediante el acto de escribir y reflexionar. Se volvió la expedición de mi vida. Anhelaba entender el cuerpo como narrador y usar el poder de la escritura para liberar mi dolor pasado. Había algo en las palabras que materializaba lo que se había sentido atascado en mi cuerpo cuando las leía y cuando las escribía. A medida que empecé a escribir para sanar mis historias, especialmente las tiernas, fue como si las viejas heridas del trauma empezaran a tocar la puerta de mi vida, pidiéndome que respondiera por primera vez. Al principio me resistí, temiendo a quién podría encontrar esperándome del otro lado. Aun así, a medida que empecé a preguntar qué querían mostrarme estas historias, la puerta se abrió lentamente, no con un golpe, sino con un chirrido, como si fuera parte de una casa embrujada esperando ser explorada, una casa embrujada a la que no necesariamente le tenía miedo, sino que más bien me intrigaba. El proceso de sanar mis historias ha sido doloroso, pero necesario, un proceso que continúa hasta el día de hoy. Nuestras historias nunca terminan con nosotros; están constantemente desenrollándose capa tras capa para ayudarnos a crear una comprensión más profunda de cómo existir y estar en este mundo. En el libro de Ezequiel, hay una historia sobre un valle de huesos secos. Siempre he relacionado este texto con el trauma y el dolor guardados en nuestros cuerpos (historias olvidadas con el tiempo, dejadas a secarse bajo el sol caliente del desierto). Se nos dice que cuando Ezequiel habló palabras sobre esos huesos, empezaron a crujir y a sacudirse de regreso a la vida, con piel, sangre y tejido vistiendo los esqueletos desnudos hasta
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que estuvieron vivos una vez más. Como esos huesos secos, el trauma puede permanecer dormido en nosotros durante años, hasta que le damos lenguaje que lo ayuda a recordar lo que alguna vez fue. Cuando escuchamos las historias de adentro y ponemos pluma sobre papel, estamos haciendo la misma pregunta a nuestras vidas: ¿pueden vivir estos huesos?7 Si nos aquietamos lo suficiente, quizás veamos las historias sacudirse y volver a la vida; quizás las oigamos contarnos misterios del pasado, y tal vez veamos un milagro. A través de este viaje de sanar mis historias, me di cuenta de que quería ayudar a otros a hacer lo mismo. Pero yo no quería ser una terapeuta típica. En cambio, anhelaba un punto medio entre la terapia conversacional y la somática. Quería ser una guía de historias para quienes buscan sanar mediante la escritura y la expresión creativa, servir a toda persona que tiene una historia esperando ser contada y escrita. Obtuve mi maestría en una escuela que se especializaba en el cuidado de trauma enfocado en narrativa y en la dirección espiritual, y durante el programa me sumergí en mi propia historia al reflexionar sobre los momentos más formativos de mi vida e investigué el cuerpo como narrador, aprendiendo cómo se convierte en el guardián de las historias demasiado tiernas para abordarlas hasta que estamos emocionalmente disponibles para ellas. Mientras me preparaba para escribir este libro, pensé en los muchos narradores a quienes he acompañado a lo largo de los años y en los temas que surgieron de nuestras sesiones que reflejaban muchos de los míos: historias de origen que provocaban duda de uno mismo, el agobio relacionado con la necesidad de control, el miedo a decir la verdad en relación con el peso de cuidar a quienes debían cuidarme, y cómo el cuerpo contiene
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narrativas no dichas. También pensé en lo importante que es incluir un cuidado informado sobre trauma en nuestra sanación de historias en relación con la respuesta fisiológica de lucha, huida, congelamiento o complacencia que puede venir con escribir sobre dolor pasado. Después de todo, la escritura y la respuesta al trauma se relacionan entre sí. Cuando exploramos nuestras historias con las herramientas de la escritura y las herramientas que necesitamos para sanar nuestras narrativas, podemos comenzar el trabajo de reescribir los guiones que nos han formado a lo largo de los años. Pero para siquiera empezar a pensar en cómo podemos usar la escritura para sanar, debemos hacer la pregunta, ¿sanar qué? Sanar las historias que hemos pasado por alto con el tiempo porque han sido olvidadas o son demasiado tiernas para confrontarlas. ¿Por qué? Para recuperar palabras perdidas a causa de lo indecible en nuestros cuerpos. ¿Cómo? Mediante la expresión creativa y la escritura como una forma de procesar dolor pasado. Con todo esto dicho, necesito ser clara. Este no es un libro solo para escritores y creativos. Esto es para todo cuerpo que ha experimentado lo bueno, lo malo y lo feo de la vida. Hay historias dentro de ti esperando ser escritas y leídas porque te ayudarán a escuchar y entender tu vida. No voy a fingir que esta sanación de historias no es un trabajo tierno, que no sacará a la superficie heridas que has dejado sin atender durante años o que no provocará cortes de papel al pasar las muchas páginas de la narrativa de tu cuerpo mientras buscas la verdad. Este viaje es duro, pero es sanador. Debes saber esto: si hay un dolor en tu vida que necesita sanidad,
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entonces comenzar por escribir tus historias formativas es un portal poderoso para encontrarte. Y no, no tienes que identificarte como escritor o creativo para empezar a descubrir el poder de tu narrativa. Si tienes un cuerpo, tienes una historia, una historia de vida, un manuscrito hecho del tejido, los huesos y la sangre de una vida vivida. Hace poco, una clienta me preguntó: “¿Me sentiré mejor una vez que empiece a escribir mis historias?”. Me reí. No quería romperle el corazón; estaba tan increíblemente llena de esperanza. “No”, le dije. “Te vas a sentir peor… al principio”. Su rostro cayó. Quería una respuesta fácil, una solución rápida, una inyección de resolución que yo no podía darle. El proceso de sanar las historias de uno es un viaje de toda la vida. Donde una historia comienza, otra termina; todas conectadas. Empezamos a sanar al examinar la tela de nuestras vidas, notando cómo una pieza se conecta con otra y otra hasta que forma una colcha entera. Donde hay agujeros en la tela, creo firmemente que también hay un remiendo que llega cuando hacemos espacio para ser testigos de nuestra verdad, descubrir nuestra voz, y hacernos amigos de las historias que viven dentro de nosotros. Mi esperanza para ti, querido lector, es que este libro despierte tus historias, tu viaje de sanación, y tu curiosidad por la escritura y la expresión creativa como herramientas de descubrimiento. A lo largo del libro, comparto ensayos personales vulnerables para ilustrar la sanación de historias y conceptos terapéuticos. Que sean una plataforma de lanzamiento para tu autorreflexión y que ofrezcan una mirada de cómo descubrir tus historias, algunas rotas en piezas diminutas, puede ayudarte a estar completo una vez que sean reunidas.
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Al final de cada capítulo hay ejercicios de escritura para ayudarte a que comiences a examinar tu propia historia, junto con afirmaciones que puedes repetir sobre ti. No son obligatorios para esta lectura, pero te ayudarán a sumergirte profundamente en tu viaje de sanación. Espero que te sirvan bien mientras las escribes sin disculpas ni censura. Así que aquí está la cosa: ¿este libro va a remover muchas cosas en ti? Eso espero. Espero que te interrumpa, te sacuda, y te haga sentir sentimientos que habías olvidado. También espero que te reviva. Que arroje luz sobre tus historias ocultas y tus heridas olvidadas para que puedas empezar a sanarlas a la luz del día.