Título original: Nibelungenlied © de la traducción: Xavier Roca-Ferrer, 2018 © de la introducción y las notas: Xavier Roca-Ferrer, 2018 © de esta edición: Arpa y Alfil Editores, S. L. Primera edición: febrero de 2026
ISBN: 979-13-87833-87-9 Depósito legal: B 5873-2026 Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Anna Juvé Imagen de cubierta: Kaiser Sigismunds Buch, Eberhard Windeck Maquetación: Àngel Daniel Impresión y encuadernación: CPI Black Print Impreso en Sant Andreu de la Barca Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más. Arpa Manila, 65 08034 Barcelona arpaeditores.com Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Anónimo
EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS Traducción del alto alemán medio, introducción y notas de Xavier Roca-Ferrer
ÍNDICE
Introducción El poema en su contexto
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El argumento del poema
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Burgundios, borgoñones y nibelungos
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La génesis del poema
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¿Quién escribió el NL?
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Idioma y métrica del NL
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Avatares del «poema nacional» de Alemania: del desprecio de un rey a la adoración de un Reich
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Nota sobre la traducción
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Dramatis personae
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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS Cortejo y bodas de Crimilda y Brunilda Aventura I. (De Crimilda)
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Aventura II. De Sigfrido
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Aventura III. De cómo Sigfrido fue a Worms
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Aventura IV. De cómo Sigfrido hizo la guerra a los sajones
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Aventura V. De cómo Sigfrido vio a Crimilda por primera vez
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Aventura VI. De cómo Gunter fue a Islandia a conquistar a Brunilda
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Aventura VII. De cómo Gunter conquistó a Brunilda 129 Aventura VIII. De cómo Sigfrido fue a buscar a sus vasallos
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Aventura IX. De cómo Sigfrido fue enviado a Worms 151 Aventura X. De cómo Brunilda fue recibida en Worms 159 Aventura XI. De cómo Sigfrido regresó a su país con su esposa
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La muerte de Sigfrido Aventura XII. De cómo Gunter invitó a Sigfrido a una gran fiesta
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Aventura XIII. De cómo Sigfrido y su esposa se presentaron a la fiesta
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Aventura XIV. De cómo las reinas se insultaron
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Aventura XV. De cómo Sigfrido fue traicionado
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Aventura XVI. De cómo Sigfrido fue asesinado
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Aventura XVII. De cómo Sigfrido fue llorado y enterrado
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Aventura XVIII. De cómo Sigmundo regresó a su reino
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Aventura XIX. De cómo el tesoro de los nibelungos llegó a Worms
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Aventura XX. De cómo el rey Etzel pidió a los burgundios la mano de Crimilda
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Aventura XXI. De cómo Crimilda fue al país de los hunos
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Aventura XXII. De cómo Etzel recibió a Crimilda
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La venganza de Crimilda Aventura XXIII. De cómo Crimilda logró que sus hermanos fuesen invitados a una fiesta
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Aventura XXIV. De cómo Wärbel y Swämmel desempeñaron su tarea de emisarios
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Aventura XXV. De cómo los nibelungos se dirigieron al país de los hunos
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Aventura XXVI. De cómo Gelfrat murió a manos de Dancwart
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Aventura XXVII. De cómo llegaron a Pöchlarn
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Aventura XXVIII. De cómo los burgundios llegaron al país de los hunos
335
Aventura XXIX. De cómo Crimilda reprendió a Hagen y él se negó a levantarse delante de ella
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Aventura XXX. De cómo Hagen y Volker montaron guardia
349
Aventura XXXI. De cómo fueron a la iglesia
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Aventura XXXII. De cómo Dancwart hirió de muerte a Blödelin
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Aventura XXXIII. De cómo los burgundios se enfrentaron a los hunos
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Aventura XXXIV. De cómo sacaron los cadáveres de la sala
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Aventura XXXV. De cómo murió Iring
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Aventura XXXVI. De cómo la reina mandó incendiar el pabellón
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Aventura XXXVII. De cómo murió Rüdiger
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Aventura XXXVIII. De cómo murieron todos los campeones de Dietrich
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Aventura XXXIX. De cómo el señor Dietrich se batió con Gunter y Hagen
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Comentarios El Nibelungenlied en el marco de la literatura medieval alemana
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Las fuentes escandinavas del poema: la Nibelungensaga y sus variantes
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El drama y sus héroes: carácter, psicología y acción en el Nibelungenlied
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Nibelungenlied y Nibelungenklage: epopeya, sermón y política
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Bibliografía general
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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS
Cortejo y bodas de Crimilda y Brunilda
AVENTURA I1
(De Crimilda)2 1
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Los relatos antiguos nos cuentan historias prodigiosas de héroes ilustres que destacaron por su coraje, de sus alegrías y festejos, de sus lágrimas y su dolor. Oíd una vez más cómo combatieron entre sí unos audaces paladines…3 Entre los burgundios creció una joven de alta cuna cuya belleza no tenía parangón en país alguno. Se llamaba Crimilda y muy pronto se convirtió en una hermosísima mujer, por culpa de la cual muchos héroes hubieron de perder la vida4.
1 El texto se divide en 39 «aventuras» a guisa de capítulos. Téngase en cuenta que en el alemán de la época el término aventiure no era sinónimo de lo que hoy entendemos por «aventura», sino que tenía un significado mucho más amplio. Podía indicar también «suceso», «relato», «cuento», etcétera. Siguiendo a la mayoría de los traductores mantenemos el término. 2 Todas las aventuras tienen un título, excepto la primera, que suplimos con el nombre de la protagonista. También podríamos intitularla «De cómo Crimilda tuvo un sueño». 3 Todos los filólogos están de acuerdo en que esta primera estrofa es un añadido posterior a la redacción original, de modo que el poema empezaba en la estrofa que sigue. 4 Desde la segunda (o primera) estrofa el poeta empieza a anunciarnos el final desastroso de su relato. Se trata de las famosas Andeutungen, tan abundantes a lo largo y a lo ancho del poema. Hoy las llamaríamos spoilers porque nos
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Aquella muchacha encantadora merecía el amor que despertaba. Audaces guerreros intentaron ganarse su favor y ella fue amable con todos. Su belleza era extraordinaria y sus méritos hubiesen bastado para adornar a un sinfín de doncellas. La tutelaban tres reyes nobles y opulentos: Gunter y Gernot, guerreros sin rival, y el joven Giselher, de valor incomparable5. La muchacha era su hermana y ellos la protegían. Los tres eran caballeros generosos y de ilustre linaje y destacaban por su fuerza y audacia infinitas. El nombre de su reino derivaba de los burgundios. Andando el tiempo llevaron a cabo proezas admirables en el país de Etzel6. Residían con sus tropas en la plaza fuerte de Worms junto al Rin. Les servían orgullosos guerreros procedentes de todo el reino que lucharon lealmente a su lado hasta el final de sus días. Con una muerte lamentable hubieron de pagar un día la malquerencia y los celos de dos nobles damas7.
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desvelan el final. Recuérdese que también la Ilíada comienza refiriéndose a los efectos funestos de la cólera de Aquiles. 5 En realidad, aunque los tres son llamados «reyes» (künege) en el poema, solo el primero y primogénito, Gunter, lo es en el sentido que hoy damos a la palabra. Viene a ser como un primus inter pares. También Crimilda recibe el tratamiento de «reina». En la versión de los Edda, la escena transcurre en la corte del rey Gjuki, junto al Rin, y sus hijos se llaman Gunnar, Hogni (Hagen), Guthorm y Gudrun (Crimilda). La madre de los cuatro es la reina-maga Grimhild. En la ulterior Thydrekssaga, en cambio, la ciudad es Wernisza (Worms), la reina malvada se llama Uote (Ute), los príncipes Gunnar, Gernoz y Gislher, y la princesa Grimhild. En esta versión Hagen es hijo de la reina y de un diablo. 6
Atila, caudillo de los hunos.
7 Nueva Andeutung: es una referencia a la malhadada pelea de las reinas Crimilda y Brunilda en la aventura XIV, que da lugar a la muerte de Sigfrido y a la terrible venganza de su viuda.
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Eran hijos de Ute, una reina poderosa, y su padre, que se llamaba Dancrat,8 les dejó una cuantiosa herencia al morir. Él fue también un hombre de coraje enorme que desde su juventud acumuló una gran fama. Los tres reyes eran, como ya he dicho, hombres de enorme coraje, y tenían por vasallos a los mejores campeones que se haya visto jamás: hombres robustos, audaces y duchos en toda clase de combates. Allí estaban también Hagen de Tronje y su hermano, el muy valeroso Dancwart, el señor Ortwin de Metz, los dos margraves Gere y Eckewart, y Volker de Alzey, hombre de incomparable bravura, Rumolt, señor de la cocina y guerrero impecable, Sindolt y Hunolt. En su calidad de vasallos de los reyes se encargaban de dirigir la actividad de la corte y de mantener la reputación de sus señores. También les servían otros caballeros, de cuyos nombre no me acuerdo. Dancwart era mariscal;9 su sobrino, Ortwin de Metz, ostentaba el cargo de senescal del rey; Sindolt, guerrero excelente, el de copero, y Hunolt el de chambelán, y todos hacían honor a sus empleos respectivos. Del esplendor de la corte, del poder de aquellos señores, así como de sus méritos y virtudes caballerescas que exhibían gozosamente en todo momento resulta imposible dar cuenta exacta10.
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8 Gibich en otras fuentes, de ahí que Wagner llame a esta familia los Gibichungos en la última jornada de su Tetralogía. 9
Es decir, general en jefe del ejército burgundio.
10 Obsérvese ya en esta estrofa el afán del adaptador por trasladar el mundo bárbaro original a los usos de la época cortesana de los caballeros (la llamada Verhöfischung). Este fenómeno es constante a lo largo de toda la obra llenándo-
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Crimilda, que era el centro de aquella corte espléndida, tuvo un día una visión: soñó que había estado criando un hermoso halcón fuerte y feroz, al que dos águilas destrozaban delante de sus ojos. ¡Ninguna visión habría podido conmoverla tanto!11 Contó el sueño a su madre Ute, que lo interpretó así: «El halcón que criabas es un hombre de noble linaje. ¡Quiera Dios protegerlo, que si no, pronto lo perderás!». «¿Por qué me hablas de un hombre, querida madre? No quiero que me ame jamás guerrero alguno. Deseo permanecer bella como soy hasta mi muerte. Así evitaré conocer el dolor a causa del amor de un hombre». «No te comprometas demasiado con votos vanos», le contestó su madre. «Si un día has de ser feliz en este mundo, se deberá al amor de un hombre. Te convertirás en una bella esposa. ¡Que Dios te conceda un caballero valiente!» «No hablemos de esas cosas, señora», dijo la joven. «Circulan muchas historias de mujeres que han acabado pagando el amor con penas. Prefiero evitar ambas cosas y así nunca seré desgraciada». Crimilda resolvió desentenderse del amor. Fue así cómo aquella encantadora doncella vivió feliz durante algún tiempo sin conocer a nadie que mereciera su afecto. Pero llegó el día en que se convirtió en la mujer de un valerosísimo paladín, que resultó ser el halcón del sueño que su madre le interpretara. ¡Con qué crueldad se vengó luego de sus parientes más cercanos que, más tarde, se lo arrebataron! Por culpa de la muerte de un solo hombre muchas madres hubieron de perder a sus hijos.
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la de disonancias como si ocurriera entre dos épocas, salvo cuando el carácter abiertamente bárbaro de los hechos narrados lo hace imposible. 11 El halcón será Sigfrido, y las águilas Gunter y Hagen.
AVENTURA II
De Sigfrido En aquel tiempo vivía en Neerlandia el hijo de un noble rey —su padre se llamaba Sigmundo y su madre Siglinda— en una plaza fuerte de nombre Xanten a orillas del bajo Rin. Sigfrido se llamaba aquel héroe valeroso y audaz1. Recorrió numerosos países para dar a conocer sus méritos y en sus correrías a caballo puso a prueba su fuerza en muchos lugares. Más tarde, en Burgundia, hubo de topar con un ejército de valientes. Hallándose todavía en la flor de la edad y a pesar de su juventud, contábanse de Sigfrido y de su apostura cosas extraordinarias2. Su gloria aumentaba de día en día y su per-
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1 Sigurd en los Edda según los cuales era hijo de Sigmundo y Hjordis, habiendo sido educado por el sabio enano Regan, hermano del dragón Fafnir, guardián de un enorme tesoro. En la Thydrekssaga también se llama Sigurd, pero es hijo de Sigmundo, rey de Tarlunglandia, y de una princesa española llamada Sisibe. Nacido en el bosque, se encarga de su educación el guerrero Mimi. En ambos relatos el héroe mata al dragón, y luego a Regan y a Mimi, y se hace con el tesoro, que, en las versiones más antiguas, no está ligado a los nibelungos sino a la bestia mítica. El Sigfrido/Sivrit del NL es completamente humano. 2
Las contará Hagen en la aventura siguiente, y no todas le hacen honor.
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sona no podía ser más hermosa. No es de extrañar que muchas damas quisieran tenerlo por amigo. Se le educó con arreglo a su condición, pero sus mejores cualidades procedían de su mérito innato. Se convirtió en la gloria principal del país de su padre pues era el primero en todo. Cuando tuvo edad para presentarse en la corte, todos ardían en deseos de verlo. ¡Cuántas damas, casadas y doncellas, deseaban que abandonara el país lo menos posible! Muchas lo amaban y su padre el rey se dio cuenta. Casi nunca se le permitía salir a caballo solo. Sigmundo y Siglinda lo hacían ir ricamente ataviado y se ocupaban de completar su formación hombres expertos y versados en cuestiones de honor. Así se le preparaba para conquistar y gobernar reinos y países. Ya tenía fuerza suficiente para llevar armas y contaba con cuantas cualidades se requieren para ello. Se mostraba discreto a la hora de ganarse el amor de las más hermosas y ellas tenían a gran honor despertar su interés. Llegado el momento de armarlo caballero, su padre Sigmundo hizo anunciar a sus vasallos que organizaría una fiesta a la que acudirían sus mejores amigos, y la noticia se difundió por otros reinos. El soberano repartió entre forasteros y súbditos multitud de caballos y ricas vestiduras. Allí donde había jóvenes con edad y linaje suficientes para entrar en la orden de los caballeros, se les invitó a participar en la fiesta. Y, llegada la hora, todos recibieron espadas como el joven príncipe3.
3 Era lo que los germanistas han reconocido como una ceremonia de Massenpromotion, que aparece en otros poemas de la época como en el Tristant de Eilhart von Oberg (de hacia 1170).
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De aquel festejo pudieran contarse maravillas. Sigmundo y Siglinda se cubrieron de honor por la largueza con que distribuyeron regalos. Atraídos por su generosidad, numerosos paladines de mérito acudieron al país. Hubo que ataviar a cuatrocientos portadores de espada a la par que Sigfrido. Muchas hermosas doncellas que sentían inclinación por él se pusieron a trabajar para complacerlo y cosieron pedrería sobre brocado de oro para adornar los hábitos de tantos jóvenes y orgullosos paladines conforme a sus deseos. No procedía hacer otra cosa. El anfitrión hizo disponer sitiales para un gran número de hombres valerosos. Fue durante el solsticio de estío cuando Sigfrido recibió la espada de caballero4. La catedral acogió entre sus muros a guerreros y nobles paladines en gran número. Los más ancianos se encargaron de instruir a los novicios como en su día se hiciera con ellos. El tiempo pasó agradablemente para todos, pero lo mejor estaba aún por llegar. Cantose una misa en loor de Dios. Después, la multitud se dividió y los que habían de ser armados caballeros formaron una hilera para obtener el honor que esperaban según los ritos de la caballería en una ceremonia celebrada con un fasto difícil de superar. A continuación se dirigieron corriendo hacia los numerosos caballos que los aguardaban, ensillados, en el patio del castillo de Sigmundo. El combate que siguió fue tan estrepitoso que temblaron el palacio y sus salas. Dejándose lle-
4 En las leyendas artúricas este tipo de ceremonias se celebraban siempre en el solsticio de verano. En la segunda parte del poema la terrible venganza de Crimilda tiene también lugar en este solsticio.
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var por su ardor, aquellos valientes provocaron un enorme estruendo. Veteranos y novicios se acometieron con fiereza y la barahúnda de las lanzas al romperse retumbó por los aires. De las manos de cuatrocientos combatientes volaban por los aires sin cesar palos reducidos a astillas delante del palacio. ¡Con cuánto ardor combatían entre sí! Finalmente el anfitrión ordenó el cese de la lucha y los caballos fueron retirados del patio de armas. Muchos escudos resultaron abollados y el suelo quedó sembrado de las piedras preciosas arrancadas a fuerza de golpes de tantas armas resplandecientes. Entonces fueron invitados a sentarse donde se les indicó y a continuación manjares abundantes y refinados hiciéronles recobrar las fuerzas perdidas mientras se les servía vino a discreción. Tanto los forasteros como los del país viéronse cubiertos de honores. Aunque todos se entregaron al asueto el resto del día, los juglares ambulantes que habían acudido al festejo no permanecieron ociosos y pagaron con su música y sus danzas los regalos que recibieron. El país de Sigmundo se hizo así acreedor de un sinfín de alabanzas5. El rey ordenó a Sigfrido, su hijo y vasallo, que repartiera feudos de tierras y castillos tal como había hecho él mismo en su día. Sigfrido obedeció y distribuyó feudos entre sus compañeros de nombramiento, de modo que todos los presentes se alegraron sobremanera de haber acudido.
5 Los juglares ambulantes venían a ser en aquellos tiempos los «noticieros» que transportaban las nuevas de pueblo en pueblo.
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Las fiestas duraron siete días y la poderosa reina Siglinda, fiel a la tradición, repartió abundante oro rojo6 por amor a su hijo. He aquí cómo ganó el corazón de todos para Sigfrido. Ni siquiera los juglares partieron con las manos vacías. A casi todos tocaron en suerte corceles y lujosos atuendos como si los reyes estuviesen al borde de la muerte. Creo que jamás castellano alguno se mostró tan generoso. En cuanto la fiesta hubo terminado, los invitados se dispersaron abrumados de honores. Oyose decir luego a los más poderosos del reino que querían tener por rey al joven príncipe, pero Sigfrido, el héroe de magnífica estampa, se negó. Mientras vivieran Sigmundo y Siglinda, su amado hijo no quería llevar la corona. Con todo, el muy valiente y audaz joven aceptó convertirse en el protector7 de su país para rechazar cualquier violencia que pudiera ponerlo en peligro.
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6 El «oro rojo», tantas veces citado en el poema, es una aleación de oro y cobre. 7
Algo así como el generalísimo de los ejércitos.
AVENTURA III
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El corazón del joven no había sufrido tribulación amorosa alguna hasta el día en que oyó hablar de una joven doncella de rara belleza que vivía entre los burgundios. Por culpa de ella, muchos goces hubo de experimentar y también mucho sufrimiento. Se la conocía en todas partes por su hemosura sin par y numerosos guerreros habían tenido ocasión de comprobar su nobleza y orgullo indomable. Su fama atrajo a muchos forasteros al país de Gunter. Por numerosos que fueran los que la requerían de amores, el corazón de Crimilda no parecía dispuesto a aceptar a ninguno de ellos. No conocía aún al hombre que habría de hacerla suya algún día. El hijo de Siglinda ansiaba ganarse un amor digno de él. Ningún otro pretendiente se le podía comparar. Ya había demostrado ser capaz de ganarse el favor de las mujeres más bellas de su país. Andando el tiempo la noble Crimilda se convirtió en la esposa del audaz Sigfrido. Parientes y vasallos le aconsejaron que, si deseaba someterse a un amor definitivo, debía pretender a una doncella de su rango. Dijo entonces el audaz Sigfrido: «¡Muy bien! Quiero pretender a Crimilda,
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la joven y hermosa princesa del país burgundio, porque sé que su belleza no tiene rival. De querer contraer matrimonio, ni el más poderoso de los emperadores se sentiría deshonrado casándose con tan poderosa reina». La noticia llegó a oídos de Sigmundo. Sus súbditos la comentaban y él se enteró del deseo de su hijo. Mucho le preocupó que se hubiera propuesto desposar aquella doncella de excelso linaje. También alcanzó el rumor a Siglinda, esposa del noble rey, y se inquietó mucho pensando en la vida de su hijo porque conocía bien la ferocidad de Gunter y los suyos. Ambos procuraron disuadir al bravo joven de aquella empresa. Dijo entonces el audaz Sigfrido: «Mi amado padre, antes renunciaría para siempre al amor de las más nobles mujeres del mundo que dejar de pretender el objeto que en lo más profundo de mi corazón ya adoro1. Por más que me digan, nadie logrará hacerme renunciar a ella». «Ya que no estás dispuesto a hacerte atrás», respondió el rey, «tu deseo me hará inmensamente feliz y te ayudaré a conseguirla con todo lo que esté a mi alcance. Sin embargo, el rey Gunter tiene a su servicio hombres muy poderosos. ¡Y aunque solo tuviera al bravo Hagen, es este un caballero tan soberbio y altivo que se me hiela la sangre solo de pensar en las desventuras que pueda acarrearnos pedir la mano de tan ilustre doncella!» «¿Qué nos ha de importar?», dijo entonces Sigfrido. «Si no consigo nada por las buenas, me comprometo a ganarla por la fuerza de mi brazo. Me siento capaz de conquistar todo el país con su gente».
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Téngase en cuenta que no la ha visto aún «ni en pintura».
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Así le contestó el rey Sigmundo: «Tus palabras me llenan de cuidado, porque, si la noticia llega al Rin, no te permitirán entrar en el país. Hace tiempo que conozco a Gunter y a Gernot y estoy convencido de que nadie logrará nunca obtener a la doncella por la fuerza, pero si quieres entrar en su país con una tropa de guerreros, contamos con amigos que, si los convocamos, estarían dispuestos a acompañarte». «No pienso llevar conmigo un ejército de gente armada a la orilla del Rin como si de una invasión se tratase», dijo Sigfrido. «Lamentaría mucho tener que recurrir a ello para obtener a la hermosa doncella. Me basta con mi brazo para conquistarla. Partiré al país de Gunter con once guerreros. Ayúdame, pues, padre Sigmundo». Sus compañeros recibieron entonces pieles de variados tonos para hacerse sus vestimentas. En cuanto Siglinda, su madre, supo la noticia, se puso a temblar por su querido hijo, pues temía perderlo a manos de los hombres de Gunter. La noble reina derramó abundantes lágrimas, pero su hijo fue a su encuentro y le dijo afectuosamente: «Señora, mi proyecto no debe hacerte llorar. No me quita el sueño tener que enfrentarme con paladín alguno. Ayúdame ahora a partir al país de los burgundios y procura que mis guerreros y yo vayamos ataviados como corresponde al honor de unos soberbios héroes. Mucho te lo agradeceré». «Puesto que no puedo hacerte cambiar de opinión», dijo la reina Siglinda, «te ayudaré en tu viaje, mi único hijo, y os proporcionaré, a ti y a tus compañeros, las mejores ropas que haya vestido jamás guerrero alguno. Tomad cuanto necesitéis».
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El joven Sigfrido se inclinó entonces ante la reina y le dijo: «No deseo para mi viaje más de doce paladines elegidos y que se les vista lo mejor posible. Ardo por conocer cuanto antes a Crimilda y saber más de ella». No pocas mujeres hermosas estuvieron trabajando sin descanso de noche y de día hasta terminar las ropas que Sigfrido exigía. El príncipe no estaba dispuesto a renunciar a su viaje. Su padre ordenó que los pertrechos con los que Sigfrido iba a abandonar su país estuvieran ricamente adornados y puso a su disposición relucientes corseletes, sólidos cascos y escudos hermosos y grandes. Cuando llegó la hora de partir a tierra burgundia, hombres y mujeres de Xanten se preguntaban, llenos de angustia, si regresarían alguna vez a su país. Los paladines mandaron cargar sobre mulas armas y vestidos. Sus caballos eran hermosos y sus arneses de oro rojo. Nadie en el mundo tuvo jamás razones para sentirse más orgulloso que Sigfrido y sus hombres. Entonces el príncipe fue a despedirse, puesto que partía al país de los burgundios. El rey y la reina le dieron licencia para marchar con lágrimas de tristeza, pero él los consoló tiernamente, diciéndoles: «No lloréis por mí ni temáis en absoluto por mi vida». Los guerreros que le acompañaban estaban apenados y más de una doncella lloraba por su partida. Pienso que su corazón les anunciaba que aquel viaje sería el fin de muchos de sus parientes y amigos. Su llanto resulta comprensible, pues tenían sobradas razones para lamentarse. Siete días después aquellos valerosísimos guerreros alcanzaron la ribera del río2 a la altura de Worms. Sus indumen-
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tarias eran de oro rojo y relucían, soberbios, los arneses de sus monturas. Los caballos de los compañeros del audaz Sigfrido avanzaban a buen paso. Llevaban escudos nuevos, grandes y resplandecientes, y magníficos cascos. Así hizo su entrada el muy valiente Sigfrido en el país de Gunter y cabalgó hasta el palacio. Nunca antes habíanse visto allí héroes mejor pertrechados. Las puntas de sus espadas rozaban sus espuelas. Aquellos impecables combatientes portaban afilados hierros. El de Sigfrido era de dos palmos de anchura y tenía dos filos que cortaban a cuál mejor3. Sus manos sostenían las bridas doradas y los petrales de sus arneses eran de seda. Así fue cómo hicieron su entrada en el país burgundio. El pueblo acudió de todas partes a verlos. Numerosos vasallos de Gunter salieron a recibirlos. Según los usos de entonces, soberbios guerreros, caballeros y escuderos, fueron a dar la bienvenida a los recién llegados al país de su amo y se hicieron cargo de sus monturas y escudos. Al ver que se disponían a llevar los caballos al establo, el muy audaz Sigfrido intervino diciendo: «Dejadnos los caballos a mí y a mis hombres… Pienso que no tardaremos en partir. «Si alguno de vosotros sabe dónde está el rey, que me lo diga sin tardanza. Quiero ver a Gunter, el poderoso rey del país burgundio. No me lo ocultéis». Y uno de los hombres, que estaba bien enterado, le contestó:
3 Se trata de la famosa Balmung, la espada mágica que forma parte del tesoro de los nibelungos. El poeta del NL da por ocurridos los episodios de la muerte del dragón, el baño en su sangre y la conquista del tesoro, que nos serán relatados «in medias res» y a modo de flash-back por Hagen de Tronje. Es posible que el Ur-NL de 1150 se detuviera más en estos episodios.
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«¿Quieres saludar al rey? Enseguida darás con él. Acabo de verlo en la gran sala que te indico en compañía de sus paladines. Ve a su encuentro. Allí lo encontrarás en compañía de muchos señores poderosos». Mientras tanto habían llevado al rey la noticia de que acababan de llegar unos caballeros de magnífica estampa, revestidos de espléndidos corseletes y suntuosos ropajes. Nadie en Burgundia los conocía. El rey se preguntaba, asombrado, de dónde habrían venido aquellos guerreros de linaje elevado, indumentaria suntuosa y provistos de tan sólidos, nuevos e ingentes escudos, y lamentó que nadie supiera contestarle. Respondió al fin al rey Ortwin de Metz, hombre famoso por su fuerza y su coraje: «Si nosotros no los conocemos, llamemos a mi tío Hagen y que los vea. Se conoce al dedillo todos los reinos y países extranjeros y el nombre de quienes los gobiernan y nos lo dirá». El rey ordenó que se presentase con sus hombres y el de Tronje acudió a la corte con sus guerreros. Hagen pregunto qué quería el rey de él: «Hay en mi castillo unos paladines desconocidos de los que nadie sabe nada. ¿Los has visto antes? Cuéntame la verdad, Hagen», le dijo Gunter. «Así lo haré», contestó Hagen, se acercó a una ventana y observó a los recién llegados. Admiró mucho su apostura y el lujo de su indumentaria. Nunca antes los había visto en el país de los burgundios. Declaró entonces que, cualquiera que fuese el lugar del cual habían acudido hasta el Rin, eran por fuerza príncipes o mensajeros de príncipes. «Sus monturas son espléndidas y sus ropas soberbias. Vengan de donde vengan, son gente principal y valerosa».
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Así habló Hagen y añadió: «Me atrevería a afirmar que, aunque no he visto nunca a Sigfrido, él es el paladín que ha hecho tan soberbia entrada en tu reino, aunque no sabría decirte cuáles sean sus intenciones. »Trae consigo noticias nunca oídas, porque este héroe mató con su propia mano a los valientes nibelungos, Schilbung y Nibelung, hijos de un rey poderoso. Gracias a su gran fuerza llevó a cabo luego hazañas extraordinarias. »Me han asegurado que un día que cabalgaba sin escolta, al pasar por delante de una gran montaña cercana al lugar en que se guardaba el tesoro de los nibelungos, se encontró con una tropa de bravos guerreros a los que nunca antes había visto. »Acababan de sacar el tesoro de una caverna y se disponían a repartírselo. Oíd ahora de qué modo extraño los príncipes nibelungos se disponían a hacerlo. Mucho asombró aquella escena al valiente Sigfrido. »Tanto se acercó que al fin reconoció a aquellos bravos y ellos a él. Uno de ellos exclamó: “¡Aquí llega el robusto Sigfrido, héroe de Neerlandia!”. Los nibelungos le revelaron historias asombrosas. »Schilbung y Nibelung acogieron afablemente al campeón. De común acuerdo, los jóvenes príncipes, hombres de honor, le propusieron, confiando en su magnífica estampa, que repartiera el tesoro entre ellos, y tanto insistieron que el héroe acabó por aceptar. »Había tantas piedras preciosas, por lo que cuentan, que ni cien carros hubiesen bastado para transportarlas, y, además, todo el oro del país nibelungo. Encargaron a Sigfrido que hiciera la partición de aquella fortuna, y, en prenda de amistad, le dieron la espada de su padre, el rey Nibelung, pero poco provecho sacaron de los servicios
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del valeroso héroe, puesto que este fue incapaz de concluir el reparto y ambos montaron en cólera. »Les acompañaban doce amigos, todos ellos hombres corajudos, de elevada estatura y fuerza enorme, pero ¿qué pudieron hacer? Sigfrido, encolerizado, los mató con su propia mano y capturó a setecientos guerreros del país nibelungo con aquella buena espada llamada Balmung. Rindiéndose al terror que les inspiraron la espada y el ardor bélico de aquel audaz paladín una tropa de guerreros jóvenes le entregaron el país y sus plazas fuertes. »En cuanto a los dos poderosos reyes, el de Neerlandia dio muerte a ambos. Púsole en gran peligro Alberic, que pretendió vengar a sus señores allí mismo, pero en Sigfrido halló una fuerza irresistible. »El corpulento enano no fue capaz de derrotarlo en la lucha. Combatiendo como dos leones feroces, se metieron en la cueva de la montaña hasta que el héroe arrebató a Alberic la capa mágica que le hacía invisible. Fue así cómo el terrible Sigfrido se adueñó del tesoro. »Todos cuantos habían osado oponérsele yacían muertos. Sigfrido ordenó que el tesoro fuese devuelto al lugar del que lo habían sacado los vasallos de Nibelung y encargó su custodia al robusto Alberic. »Le hizo jurar que sería su servidor y le obedecería en todo». Hagen de Tronje continuó: «He aquí lo que hizo Sigfrido. Jamás paladín alguno ha tenido tanta fuerza. »Y aún sé algo más de Sigfrido que me han contado: mató con sus propias manos a un dragón y se bañó en su sangre. Gracias a aquel baño su piel se hizo dura como el cuerno y no hay arma capaz de atravesarla. Existen abundantes pruebas de ello. »Debemos acoger del mejor modo posible a este señor para
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no incurrir en el odio del joven paladín. Tiene tanta audacia que conviene tenerlo por amigo. Gracias a su fuerza sobrehumana, ha llevado a cabo hazañas prodigiosas». Habló entonces el poderoso rey: «Tienes razón. Observa como este bravo paladín tiene el aire de querer entrar en liza, él y los guerreros que le acompañan. Bajemos al encuentro de este caballero». «Puedes hacerlo sin deshonor alguno», dijo Hagen, «puesto que es de noble linaje e hijo de un rey poderoso. Viendo su actitud diría (y pongo a Cristo por testigo) que no ha cabalgado hasta nosotros por una cuestión baladí». Dijo entonces el rey del país: «Reciba, pues, nuestra bienvenida. Es noble y audaz, según me has dado a entender, y su llegada puede reportar ventajas al país de los burgundios». Y el rey Gunter fue al encuentro de Sigfrido. El anfitrión y sus guerreros acogieron al visitante con la mayor cortesía y aquel paladín de magnífica estampa se inclinó a su vez, mostrando así su agradecimiento por el recibimiento que se le acababa de hacer. «Me pregunto, noble Sigfrido», dijo el rey, «de dónde has venido a este país y qué te trae a la renana Worms». El visitante le contestó: «Te lo haré saber sin rodeos. »He oído contar en el país de mi padre que aquí se hallan los campeones más bravos que haya reclutado jamás rey alguno y he venido a comprobarlo. Esta es la razón de mi llegada. »He oído elogiar también tu propio coraje y asegurar que nunca hubo un rey más valiente. Todos dicen lo mismo cuando hablan de este país. Sea como fuere, no conoceré el descanso hasta tener prueba de ello. »También yo soy un paladín y merecería llevar una corona, pero quiero que se diga de mi que soy digno de poseer
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tierras y súbditos por mi esfuerzo personal. En prenda de ello pongo mi cabeza y mi honor. »Si eres tan valiente como se dice, no me importa complacer u ofender a quien sea. Quiero arrancarte por la fuerza todo lo que es tuyo: tu país, tus castillos… todo ha de ser mío». El rey y sus vasallos se asombraron mucho al oír aquel discurso: el recién llegado quería apoderarse del país. En cuanto sus hombres lo oyeron, montaron en cólera. Dijo entonces el guerrero Gunter: «¿Qué he hecho yo para merecer lo que pretendes? ¿Se supone que he de dejarme arrebatar por la fuerza cuanto durante largos años ha venido gobernando honradamente mi padre? Entérate de que nosotros también conocemos bien el arte de la caballería». «No me echaré atrás», replicó el valiente visitante. «Si no eres capaz de proteger tu propio país con tu coraje, me adueñaré de todo. Lo mismo afirmo en relación con los bienes que heredaré: tuyos serán si con tu fuerza te los ganas. »Apostemos tu herencia contra la mía, que no deben de ser muy distintas. Si uno de nosotros vence al otro, todo será suyo: los dos países y sus gentes». Hagen y Gernot se opusieron a la idea. «No es mi intención conquistar por la fuerza tierras poniendo en riesgo vidas que la mano de un héroe puede segar», dijo Gernot. «Poseemos ricos territorios que nos sirven legítimamente y nadie tiene mejor derecho sobre ellos que nosotros». Allí estaban sus amigos hirviendo de rabia contenida. Entre ellos se hallaba Ortwin de Metz y dijo: «Este desafío es una ofensa. El fuerte Sigfrido te ha provocado sin motivo alguno. »Si tú y tus hermanos no estuvierais dispuestos a defenderos y aunque el provocador llevara detrás a todo un ejér-
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cito real, yo mismo estaría dispuesto a combatir para que este valiente renunciase a su absurdo orgullo». Un fiero enojo se apoderó del héroe de Neerlandia. Dijo: «¡Que tu mano no ose atacarme! Soy un rey poderoso y tú el vasallo de un rey. Doce hombres de tu tropa no podrían sostener un combate contra mí solo». Entonces Ortwin de Metz mandó a gritos que le trajeran las armas. Era digno hijo de la hermana de Hagen de Tronje, que guardaba silencio. El rey estaba confuso. Entonces Gernot, paladín audaz y de magnífica estampa, tomó la palabra y dijo a Ortwin: «¡Apaga tu cólera! El señor Sigfrido no nos ha hecho nada todavía que no sea reparable en buena forma. Tratémoslo como a un amigo y se nos alabará por ello». Dijo entonces el fuerte Hagen a Sigfrido y a sus hombres: «Caballeros, lamentamos que Sigfrido haya cabalgado hasta Worms con el propósito de presentarnos batalla. Vuestro paladín hubiera debido contenerse, puesto que jamás mis señores lo habrían insultado de este modo». «Si lo que he dicho te molesta, señor Hagen», repuso el fuerte Sigfrido, «puedo demostrarte de qué son capaces mis brazos en el país de los burgundios». «A mí corresponde evitarlo», dijo Gernot, y prohibió a todos sus hombres decir nada que pudiese enojarlo. Entonces Sigfrido se acordó de la noble doncella. Y prosiguió Gernot: «¿Qué ganaríamos combatiendo? Perecerían muchos héroes con poco honor para nosotros y ningún provecho para ti». A ello repuso Sigfrido, hijo del rey Sigmundo: «¿Qué están esperando Hagen y Ortwin para entrar en liza junto con sus amigos, pues, al parecer, tienen tantos entre los burgundios?». Los interpelados no contestaron cumpliendo las órdenes de Gernot.
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«Sé bienvenido», exclamó entonces el hijo menor de Ute,4 junto con tus compañeros de armas. «Nos ponemos gustosamente a vuestra disposición, mis allegados y yo». E hizo servir a los visitantes el vino de Gunter. Entonces habló el rey: «Si no mancilla tu honor, considérate dueño de cuanto nos pertenece. Compartamos, pues, vidas y bienes». Al oírlo, el señor Sigfrido se apaciguó un tanto. Diéronse órdenes de guardar el equipaje de los recién llegados y se buscó el mejor alojamiento posible para los lugartenientes de Sigfrido y todos se acomodaron a gusto. En los días que siguieron, el huésped fue muy agasajado por los burgundios. Día tras día rindiéronle grandes honores mil veces más de lo que yo os pudiera contar como tributo a su viril coraje. Creedme si os digo que muy pocos le guardaron resentimiento. Cuando el rey y sus vasallos querían divertirse, Sigfrido era siempre el mejor. No había prueba de la que no saliera victorioso, tan grande era su fuerza a la hora de lanzar piedras o la jabalina. Y cuando por cortesía aquellos caballeros de magnífica estampa se entregaban a sus juegos en presencia de las damas, todos gozaban mirando al héroe de Neerlandia, pues sabían que un delicado amor lo inspiraba5. Cualquiera que fuese el juego elegido, siempre se mostraba dispuesto a participar. Ocupaba su alma una encantadora
4 Parece que el que habla es Giselher, el más joven de los tres reyes burgundios. 5 El amor de la princesa Crimilda, que ha determinado el viaje. Nos hallamos ya, pues, en los tiempos del amor cortés, cantado por los trovadores provenzales y los Minnesänger alemanes. Es obvio que tal amor resulta anacrónico en un relato que ocurre en tiempos de Atila y no debió de aparecer en versiones anteriores.
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doncella, la cual, sin haberlo visto aún jamás, cantaba siempre sus alabanzas desde el recogimiento de su alcoba. Cuando los hombres de palacio, caballeros y escuderos, se acometían, la noble princesa Crimilda los contemplaba desde la ventana: no necesitaba mejor distracción. Si él hubiese sabido que la que ocupaba su corazón lo estaba mirando, mucho se habría alegrado y de haberla avistado con sus ojos, doy por seguro que nada en este mundo le habría hecho más feliz. Cuando se hallaba en el patio del palacio pasando el tiempo junto a los demás héroes como se hace todavía hoy,6 el hijo de Siglinda parecía tan digno de ser amado que muchas damas se enamoraron profundamente de él. Sigfrido solía decirse: «¿Cómo conseguiré que mis ojos vean a la noble doncella que mi corazón adora desde hace tanto tiempo? Todavía es una extraña para mí y me siento triste». Siempre que aquellos poderosos reyes partían en campaña a caballo con sus caballeros, Sigfrido se veía obligado a acompañarlos. Entonces Crimilda se afligía y él también hubo de sufrir mucho por culpa de su amor. He aquí, pues, cómo pasó un año entero en el país de Gunter habitando el palacio del soberano y sin ver ni una sola vez a la preciosa mujer que, andando el tiempo, tantos gozos y tantas penas habría de causarle.
6 Esta estrofa revela, como tantas otras, los dos planos temporales en que se mueve el poema: una época heroica y primitiva ya cerrada y un presente cortesano. Obsérvese como el adaptador trata de vincularlo considerando este presente como una continuación de aquel pasado heroico del que ha conservado sus usos principales. Con ello intentaba «acercar» un pasado remoto a su auditorio de principios del siglo XIII.