El extraño caso del Dr. JekYll y MR. Hyde
Título original: The Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde © de la traducción: Carlos Santos Sáez, 2020 © de la traducción de la introducción: Alicia Gómez Méndez, 2026 © del posfacio: Pedro Vallín, 2026 © de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L. Primera edición: mayo de 2026 ISBN: 979-13-87833-84-8 Depósito legal: B 4695-2026 Diseño de colección: Anna Juvé Maquetación: Àngel Daniel Impresión y encuadernación: CPI Black Print Impreso en Sant Andreu de la Barca Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más. Arpa Manila, 65 08034 Barcelona arpaeditores.com Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Robert Louis Stevenson
El extraño caso del Dr. JekYll y MR. Hyde Traducción de Carlos Santos Sáez Introducción de G. K. Chesterton Posfacio de Pedro Vallín
índice Nota del editor INTRODUCCIÓN
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El extraño caso del Dr. JekYll y MR. Hyde 1. Frente a la puerta
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2. En busca del señor Hyde
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3. La tranquilidad del doctor Jekyll
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4. El asesinato de sir Danvers Carew
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5. La carta
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6. El doctor Lanyon
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7. Bajo la ventana
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8. La noche final
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9. La nota del doctor Lanyon
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10. La confesión del doctor Jekyll
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POSFACIO. EL ESPLENDOR Y EL MONSTRUO
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Nota del editor En la presente edición se ha adaptado el tratamiento «Mr.» al español «señor» o su abreviatura «Sr.», salvo en el título, donde se conserva la forma original inglesa por la que el personaje es universalmente conocido.
INTRODUCCIÓN1 Es una verdad evidente que Stevenson nació en el seno de una tradición puritana, en un país presbiteriano, donde aún resonaban, al menos, los ecos de los truenos teológicos de John Knox; y donde el día de reposo se asemejaba a veces más a un día de muerte que a un día de descanso. Resulta fácil, demasiado fácil, aplicar esto retratando al padre de Stevenson como un viejo y severo covenanter que veía con malos ojos los alegres talentos de su hijo; y semejante simplificación destaca con audacia en negro sobre blanco. Pero, al igual que muchas otras afirmaciones sobre papel, no es cierta; ni siquiera es justa. El viejo señor Stevenson era presbiteriano y probablemente puritano, pero no era un fariseo; y, desde luego, no necesitaba serlo para condenar determinadas conductas de su hijo. Probablemente sea cierto que casi cualquier otro hijo habría ofendido de igual manera; pero también es cierto que casi cualquier otro padre se habría sentido igualmente ofendido. El hijo habría sido el último en fingir que las culpas recaían todas de un solo lado;
1 Texto extraído del libro Robert Louis Stevenson (1927), de G. K. Chesterton.
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lo que sí puede interesar a la posteridad son las condiciones sociales que dieron a esas faltas su carácter peculiar, condiciones que no perdían su importancia aunque las propias faltas hubieran caído hacía tiempo en el olvido. Y aunque tal vez se ha escrito demasiado sobre la sombra de la Kirk y las restricciones de una sociedad puritana, hay algo que ha pasado desapercibido respecto a lo que podríamos llamar la cara oculta de semejante ciudad puritana [Edimburgo]. Hay algo extrañamente feo y desagradable en un lugar así, no solo en las virtudes, sino también en los vicios, y en especial en los placeres. Esto es palpable, como digo, en los propios relatos de Stevenson y en muchas otras historias sobre Edimburgo. Ráfagas de rudo whisky nos llegan en ese viento crudo: a veces hay algo estridente, como el son de las gaitas, en la risa escocesa; y en ocasiones algo casi demencial en la embriaguez escocesa. No lo relacionaré, como hizo un amigo mío, con la hipótesis de que los escoceses paganos adoraban originalmente a los demonios; pero es probable que esté conectado con la misma intensidad un tanto salvaje que les confirió su exhaustividad teológica. De cualquier modo, es cierto que en semejante mundo incluso la propia tentación posee algo tan aterrador como tentador; y, sin embargo, algo al mismo tiempo indigno y anodino. Fue esto lo que se interpuso en la ambición o en la aventura poética natural de un joven poeta; y lo que otorgó a la primera parte de su historia una cualidad de frustración, por no decir de aberración. Lo que le ocurría a Stevenson —si es que alguna vez le ocurrió algo grave, lo que sospecho— era la agudeza del contraste entre el refugio y las delicadas fantasías de su infancia y ese mundo que le aguardaba afuera como el viento en el umbral. No era meramente el contraste entre la poesía y
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el puritanismo; era también el contraste entre la poesía y la prosa; y una prosa que resultaba casi repulsivamente prosaica. No creía lo suficiente en el puritanismo como para aferrarse a él, pero sí creía fervientemente en la posibilidad de una vida poética, y le desconcertaba su posición aparentemente imposible en el mundo de la vida real. Y su religión nacional, aun si hubiera creído en su religión con el mismo ardor con que creía en su nación, jamás habría resuelto ese dilema en particular. El puritanismo no tenía noción alguna de la pureza. Casi podríamos decir que en el puritanismo se halla cualquier otra virtud excepto la pureza; incluyendo a menudo la continencia, que es una cosa muy distinta de la pureza. Pero no posee muchas imágenes de inocencia verdadera; de las cosas que son a la vez blancas y sólidas, como la tiza blanca o la madera blanca que tanto adoran los niños. Esto no resta valor en absoluto a las nobles cualidades puritanas: la simplicidad republicana, el espíritu combativo, la frugalidad, la lógica, la renuncia a los lujos, la resistencia a los tiranos, la energía y la iniciativa que han contribuido a otorgar al escocés su ventaja aventurera por todo el mundo. Pero no por ello deja de ser cierto que en su credo ha existido, en el mejor de los casos, una pureza negativa en lugar de positiva: la diferencia entre el ventanal vacío y la torre de marfil. Sé que un prejuicio victoriano sigue viendo esta interpretación teológica de la historia como una muestra del más penoso mal gusto. También sé que el tabú sobre la naturaleza moral del hombre se está convirtiendo en una molestia intolerable, que impide a cualquiera, desde el papista hasta el ateo, decir lo que realmente piensa sobre las cosas que más importan en este mundo. Y me tomaré la libertad de afirmar, a pesar del tabú, que resulta verdaderamente pertinente
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recordar aquí este defecto puritano. Es un hecho que la Kirk del país de Stevenson no tenía un culto al Santo Niño, ni una fiesta de los Santos Inocentes, ni una tradición de los Hermanos Menores de san Francisco, nada que pudiera de algún modo perpetuar el entusiasmo infantil por las cosas sencillas y vincularlo con una regla de vida duradera; esto es un hecho tan innegable como que los cuáqueros no constituyen una buena escuela militar o que el buen musulmán no es un buen catador de vinos. De ahí se deduce que cuando Stevenson abandonó su hogar, cerró la puerta de una casa forrada de oro de las hadas, pero salió a un contraste espantoso; a unas tentaciones a la vez atractivas y repulsivas, y a unos terrores que seguían siendo deprimentes aun cuando se pasaban por alto. El joven en semejante entorno queda desgarrado por algo peor que el dilema de Tannhäuser. Se pregunta por qué le atraen las cosas repugnantes. Me aventuraré aquí en algo que no es más que una conjetura, y sobre un territorio muy oscuro de la psique. Pero sospecho que fue de esta honda y sórdida escisión de donde emergió ese monstruo bicéfalo: el misterio de Jekyll y Hyde. Hay, de hecho, una peculiaridad en ese siniestro grotesco que nunca he visto señalada en ninguna parte (aunque me atrevería a decir que tal vez se haya señalado más de una vez). Se comprenderá que no soy, por desgracia, un estudioso tan minucioso de la obra stevensoniana como muchos que parecen tener a Stevenson en mucha menor estima. Pero me parece que la historia de Jekyll y Hyde, que presuntamente se presenta como si ocurriera en Londres, transcurre en todo momento y de manera inconfundible en Edimburgo. Más de uno de los personajes parece ser escocés puro. El señor Utterson, el abogado, es un abogado escocés de lo más inconfundible, dedicado en exclusiva al derecho escocés. Ningún
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abogado inglés moderno leyó jamás un árido libro de teología por la noche simplemente porque fuera domingo. En efecto, el señor Hyde posee el encanto cosmopolita que une a todas las naciones; pero hay algo indudablemente caledonio en el doctor Jekyll; y en especial algo que evoca esa cualidad de Edimburgo que llevó a un observador cruel —probablemente de Glasgow— a describirla como «un lugar de vientos del este y presunciones del West End». Esa actitud tan peculiar ante la respetabilidad, y el horror a mezclar la propia reputación con la fragilidad mortal, son rasgos propios de las clases medias altas de las comunidades puritanas más arraigadas. Pero lo que viene especialmente al caso de mi argumento es que hay un sentido en el que ese puritanismo se expresa aún más en el señor Hyde que en el doctor Jekyll. La sensación del repentino hedor del mal, la invitación inmediata a pisar la pura mugre, lo repentino del contraste entre ese pavimento pulcro y decoroso y esa negra cuneta pestilente... Todo esto, aunque sin duda envuelto en la lógica del relato, se ofrece con demasiada franqueza y familiaridad como para no haber tenido alguna base en la observación y la realidad. No es así como el joven pagano común, de climas más cálidos, concibe la alternativa entre Cristo y Afrodita. Su imaginación y buena parte de su mente está entregada a defender la belleza y la dignidad de la alegría de los dioses y los hombres. Tampoco es así como el propio Stevenson llegó a hablar de tales cosas, cuando sintió la sombra de la antigua Atenas caer sobre el lado pagano de París. Reconozco todo el horror que conlleva la concepción de Hyde. Pero esta cualidad sórdida no pertenece únicamente a las diabluras de Hyde. Está implícita, de algún modo, en cada palabra sobre los vicios furtivos y avergonzados de
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Jekyll. Es la tragedia de una ciudad puritana; tanto como esa leyenda negra que Stevenson amaba, en la cual el bastón del mayor Weir bajaba por la calle completamente solo. Espero decir algo en un momento sobre la moralidad tan profunda y ciertamente tan justa y sabia que realmente encierra ese horrible relato. Solo señalo aquí que su atmósfera y su escenario son los de algún cuento de rígida hipocresía en una secta estricta o en una aldea de provincias; podría tratarse de una historia del Medio Oeste cruelmente diseccionada en la Antología de Spoon River. Pero la cuestión es que la belleza humana que hace que el pecado sea más peligroso apenas aparece insinuada —este Belial nunca es grácil ni humano— y en esto me parece que hay algo sugerente del orden invertido y el feo contraste con los que se presenta el libertinaje en un mundo que ha fruncido el ceño ante la libertad. Es la voz de quien, en palabras de Kipling, conoció lo peor demasiado joven; no necesariamente por sus propios actos o por su propia culpa, sino por la naturaleza de un sistema que distinguía lo peor de lo moderadamente malo. Pero, con independencia de la forma que adoptara el impacto del mal, creo que lo apartó bruscamente del desarrollo correcto de su naturaleza romántica; y fue responsable de gran parte de lo que parecía errático o tardío en su vida. No pretendo insinuar que la moralidad de la historia en sí tenga algo de debilidad o morbosidad; mi opinión va en el sentido diametralmente opuesto. Aunque la fábula pueda parecer una locura, la moraleja es muy sensata; de hecho, la moraleja es estrictamente ortodoxa. El problema es que la mayoría de quienes la mencionan desconocen la moraleja, posiblemente porque nunca han leído la fábula. De vez en cuando, esas autoridades anónimas de los periódicos, que descartan a Stevenson con tan lánguida elegancia, dirán
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que hay algo bastante barato y obvio en la idea de que un solo hombre sea dos y pueda dividirse en el bien y el mal. Por desgracia para ellos, da la casualidad de que esa no es la idea. Lo verdaderamente notable de la historia no es descubrir que un solo hombre sea dos, sino que dos hombres sean uno solo. A pesar de todo el vagabundeo y el enfrentamiento entre esos dos seres incompatibles, al final solo hubo un hombre que nació y un hombre que fue enterrado. Jekyll y Hyde se han convertido en un proverbio y en una broma; solo que es un proverbio leído al revés y una broma que nadie capta en realidad. Pero podría habérseles ocurrido a los lánguidos críticos, como parte de la broma, que el relato es una tragedia; y que esto no es más que otra forma de decir que el experimento fue un fracaso. La esencia de la historia no es que un hombre pueda desligarse de su conciencia, sino que no puede hacerlo. La operación quirúrgica tiene un desenlace fatal en la historia. Es una amputación en la que mueren ambas partes. Jekyll, incluso al morir, declara la conclusión del asunto: que el peso de la lucha moral lo tiene encadenado y no puede eludirse de ese modo. La razón es que jamás podrá haber igualdad entre el mal y el bien. Jekyll y Hyde no son hermanos gemelos. Son más bien, como uno de ellos señala certeramente, como padre e hijo. En definitiva, Jekyll creó a Hyde; Hyde jamás habría creado a Jekyll, solo lo destruyó. La idea no está tan manida como creen los críticos, después de que Stevenson la planteara hace treinta años. Pero lo que afirma Jekyll no es que se trate del primer experimento de este tipo sobre la dualidad, sino más bien que debe ser el último. Tampoco admito necesariamente la torpeza técnica que algunos han alegado contra el relato, por el mero hecho de creer que muchas de sus emociones se experimentaron
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por primera vez en el crudo dolor de la juventud. Algunos han entrado en detalles particulares para despedazarlo; y E. F. Benson ha hecho la —para mí— extraña observación de que la estructura de la historia se desmorona cuando Jekyll descubre que su combinación química fue en parte accidental y, por tanto, irrecuperable. El crítico afirma con desdén que habría dado exactamente igual si Jekyll se hubiera tomado una píldora azul. Me parece extraño que alguien que parece saber tanto sobre el diablo como el autor de Colin no logre reconocer la pezuña hendida en el espíritu hendido convocado por el experimento de Jekyll. Ese momento en el que Jekyll descubre que su propia fórmula le falla, debido a un accidente que jamás había previsto, es sencillamente el momento supremo en toda historia de un hombre que adquiere su poder del infierno; el instante en el que encuentra la trampa del contrato. A Macbeth, a Fausto y a otros cien les llega un momento similar; y la cuestión es que nada es realmente seguro, y menos aún la seguridad que ofrece un satanista. La moraleja es que el diablo es un mentiroso, y sobre todo un traidor; que es más peligroso para sus amigos que para sus enemigos; y, con todo el respeto hacia el señor Benson, no se trata de una moraleja superficial ni carente de importancia. Pero, aunque la historia emergió finalmente como una gárgola esculpida con sumo cuidado por un maduro maestro artesano, y fue, además, una gárgola de la mayor edificación espiritual, eminentemente adecuada para ser adosada al edificio más sagrado, lo que pretendo expresar por el momento es que la piedra de la que estaba hecha la encontró originalmente, a mi juicio, un Stevenson niño, jugando por la calle, por no decir las alcantarillas. En otras palabras, no necesitó abandonar la respetable metrópoli del norte para encontrar las debilidades de Jekyll y los crímenes de Hyde.
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Abordo estas cuestiones en términos generales, no solo por delicadeza, sino en parte por algo que casi podría llamar impaciencia o desprecio. Pues las querellas entre los encubridores victorianos y los enlodadores posvictorianos me parecen deficientes en el entendimiento honesto y llano de las dificultades de la naturaleza humana. Tanto los escandalizados como los escandalosos me parecen muy necios al lado de la persona sensata de la Biblia, que se limitó a decir que hay cosas que ningún hombre conoce, como el rastro de un pájaro en el aire y el camino de un hombre en su juventud. Es indudable que Stevenson fuera, en el sentido maduro y sensato, un hombre bueno, sin necesidad de apologética victoriana alguna; que nunca hiciera nada que considerara malo resulta improbable, incluso sin ninguna elaborada investigación de los bajos fondos; y todo ello queda aún más desmentido por el hecho de que, al margen de cierta tradición religiosa, muy pocos de los encubridores o de los enlodadores creen realmente en la moralidad implícita. Los primeros no buscan salvar nada mejor que la respetabilidad; los segundos, incluso cuando calumnian, apenas pueden condenar. Stevenson no era católico; tampoco pretendía haber seguido siendo puritano; pero era un pagano sumamente honorable, responsable y caballeroso, en un mundo de paganos que en su mayoría destacaban considerablemente menos por su caballerosidad y su honor. Yo, por mi parte, si se me permite decirlo, estoy dispuesto a defender mis propios principios o a juzgar a los demás hombres por los suyos. Pero la pretensión victoriana de que todo héroe de novela bien vestido, con ingresos de más de quinientas libras al año, nace inmune a las tentaciones, que los santos más poderosos han controlado revolcándose entre zarzas, no me incumbe y no volveré a discutirla.
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Lo que sí me concierne, en esta etapa particular de la historia, no es la cuestión de qué consideraba Stevenson correcto o incorrecto cuando se hubo convertido de manera consciente y sistemática en un pagano, sino el modo particular en que el bien y el mal se le presentaron en aquella edad áspera e incierta en la que aún era, por tradición, un puritano. Y en verdad creo que hubo algo de apresurado en la forma en que el mal se deslizó en su existencia, al igual que lo hace en la de todos los demás. Vio la cola del diablo antes de verle los cuernos. El puritanismo le dio la llave de los sótanos más que de los salones de Babilonia; y algo tan subterráneo, asfixiante y envilecido flota como una humareda sobre la historia de Jekyll y Hyde. Pero solo menciono estos asuntos como parte de una visión de conjunto de su mente y de su naturaleza moral, el cual me parece que tuvo muchísimo que ver con el desarrollo posterior de su destino. El desarrollo normal, o al menos el ideal, del destino de un hombre va desde la colorida habitación de la infancia hasta un jardín aún más romántico de la fe y los encuentros de la juventud. Va del Jardín de versos para niños al jardín de los votos del hombre. No creo que esa época de transición transcurriera bien para Stevenson; creo que algo lo frustró o lo descarrió; creo que fue entonces cuando el viento del este, el del puritanismo de Edimburgo, lo desvió de su rumbo, de modo que no regresó sino hasta mucho después a algo semejante a una lealtad segura y a una relación cabal con el prójimo. En definitiva, creo que en su infancia tuvo la mejor suerte del mundo, y en su juventud la peor suerte del mundo; y que esto explica la mayor parte de su historia y de su obra. G. K. Chesterton
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El extraño caso del Dr. JekYll y MR. Hyde
1 Frente a la puerta Flaco, alto, seco y melancólico, el abogado Utterson era un hombre que jamás sonreía. Se mostraba prudente en las charlas y era incapaz de expresar emociones, sin embargo, sabía generar afectos. En las reuniones de amigos, cuando el vino era bueno, sus ojos transmitían algo muy humano que no llegaba a reflejarse en palabras pero que hablaba, no solo a través de los símbolos mudos de su expresión en la sobremesa, sino también, con mayor frecuencia, a través de sus acciones diarias. Consigo mismo era austero. Cuando estaba solo bebía ginebra para castigar su gusto por los buenos vinos, y, aunque le gustaba el teatro, no había traspuesto en veinte años el umbral de una sala. En cambio, tenía mucha paciencia con los demás, los hacía recapacitar sobre la energía perdida que requería hacer las cosas mal, y siempre optaba por ayudar antes que censurar. —No reprocho la herejía de Caín —solía decir con gracia—. Siempre permito que el prójimo se destruya del modo que mejor le parezca. Por su carácter, era su destino ser la última amistad honorable, la influencia postrera de las vidas que avanzan hacia su perdición. Su actitud jamás variaba.
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Indudablemente, tal comportamiento no debía resultar difícil al abogado Utterson por ser hombre, en el mejor de los casos, reservado y que basaba su amistad en una tolerancia solo comparable a su bondad. Es propio de la persona modesta aceptar los amigos que ofrece el destino, esa era la actitud de nuestro abogado. Sus amigos eran, o bien familiares suyos, o aquellos a quienes conocía hacía largos años. Su afecto, como la hiedra, crecía con el tiempo y no respondía necesariamente al carácter de la persona a quien lo otorgaba. Así eran los lazos que lo unían con Richard Enfield, pariente lejano y personaje muy conocido en la ciudad. Eran muchos los que se preguntaban qué verían el uno en el otro y qué podrían tener en común. Todos los que se cruzaban con ellos en sus paseos dominicales afirmaban que no decían una sola palabra, que parecían aburridos y que recibían con evidente agrado la presencia de cualquier otro amigo. Sin embargo, ambos valoraban esas excursiones, las consideraban el mejor momento de toda la semana y, para poder disfrutar de ellas sin interrupciones, no solo rechazaban oportunidades de diversión, sino que desdeñaban llamadas de trabajo. Ocurrió que en uno de los paseos desembocaron los amigos en una calleja de uno de los barrios comerciales de Londres. Se trataba de una vía estrecha y tranquila, que durante los días laborables albergaba un comercio floreciente. Sus habitantes eran comerciantes prósperos que competían unos con otros en sus emprendimientos, e invertían parte de sus ganancias en buena decoración, convirtiendo sus vidrieras, a ambos lados de la calle, en una oferta tentadora, como dos filas de vendedoras sonrientes. También el domingo, día en que ocultaba sus encantos y se mostraba poco frecuentada, la calleja brillaba en el deslucido barrio en que se hallaba, como brilla
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una hoguera en la oscuridad del bosque. Acaparaba y solazaba la mirada de los paseantes con sus contraventanas recién pintadas, sus bronces pulidos y la limpieza y alegría que la caracterizaban. A dos casas de una esquina, en la acera de la izquierda yendo en dirección al este, interrumpía la línea de vidrieras la entrada a un patio, y exactamente en ese mismo lugar, un siniestro edificio proyectaba su alero sobre la calle. Tenía dos plantas, ninguna ventana, una puerta en la planta baja y un frente ciego de pared deslucida en la superior. En todos los detalles se adivinaba la huella de un abandono prolongado. La puerta, que carecía de campanilla y de llamador, tenía la pintura saltada y descolorida. Allí se refugiaban los vagabundos y encendían sus hogueras, los niños vendían baratijas en sus escalones, un escolar probaba el filo de su navaja en sus molduras, y nadie en casi una generación se había preocupado por alejar a esos visitantes inoportunos ni de reparar los estragos que habían hecho en ella. Enfield y el abogado marchaban por la acera opuesta, pero cuando llegaron a dicha entrada, el primero levantó el bastón y señaló hacia ella. —¿Te ha llamado la atención esa puerta alguna vez? —preguntó. Y una vez que su compañero respondiera afirmativamente, continuó—: Siempre la asocio mentalmente con un extraño caso. —¿De veras? —dijo el abogado Utterson con una ligera alteración en la voz—. ¿De qué se trata? —Sucedió lo siguiente —continuó Enfield—. Regresaba en una ocasión a mi casa, quién sabe desde qué lugar alejado, eran las tres de la madrugada, estaba oscuro y el invierno era muy frío. Mi camino me llevó a atravesar un barrio de la ciudad en que lo único que se veía era una fila de
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faroles encendidos. Recorrí calles donde todos dormían, iluminadas como para un desfile y vacías como la nave de una iglesia, hasta que me hallé en ese estado en que un hombre comienza a desear que aparezca un policía. De pronto vi dos figuras: una, la de un tipo de estatura baja que avanzaba a buen paso en dirección al este, y la otra, la de una niña de unos ocho o diez años que corría por una bocacalle a la mayor velocidad que le permitían sus piernas. Pues señor, como era de esperar, al llegar a la esquina hombre y niña chocaron, y aquí viene lo horrible de la historia: el hombre atropelló con toda tranquilidad el cuerpo de la niña y siguió adelante, a pesar de sus gritos, dejándola tendida en el suelo. Supongo que tal como lo cuento no parecerá gran cosa, pero la visión fue horrorosa. Aquel hombre no parecía un ser humano, sino un Juggernaut pavoroso. Lo llamé, lo perseguí, lo agarré por el cuello y lo obligué a regresar al lugar donde unas cuantas personas se habían reunido en torno a la niña. El hombre estaba muy tranquilo y no ofreció resistencia, pero me dirigió una mirada tan aviesa que el sudor volvió a mojarme la frente como cuando corría. Los congregados eran familiares de la víctima, y pronto hizo su aparición un médico. Según aquel matasanos la pobre criatura no había sufrido más daño que el susto natural, y supongo que creerás que con esto acabó todo. Pero se dio una curiosa circunstancia. Desde el primer momento en que le vi, aquel hombre me produjo una enorme repugnancia, y lo mismo les ocurrió, cosa muy natural, a los parientes de la niña. Pero lo que me sorprendió fue la actitud del médico. Respondía este al tipo de galeno común y corriente. Era un hombre de edad indefinida, fuerte acento de Edimburgo y la sensibilidad de un banco de madera. Pues le ocurría lo mismo que a nosotros. Cada
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vez que miraba a mi prisionero se ponía enfermo y palidecía presa del deseo de matarle. Ambos nos dimos cuenta de lo que pensaba el otro y, dado que el asesinato nos estaba vedado, hicimos lo máximo que pudimos, dadas las circunstancias. Le dijimos al caballero de marras que daríamos a conocer su hazaña, que todo Londres, de un extremo al otro, maldeciría su nombre, y que si tenía amigos o reputación sin duda los perdería. Y mientras lo vapuleábamos de esta manera, manteníamos apartadas a las mujeres, que se hallaban prestas a lanzarse sobre él. En mi vida he visto círculo semejante de rostros encendidos por el odio. Y en el centro estaba aquel hombre revestido de una especie de frialdad negra y despectiva, asustado también —se le veía—, pero capeando el temporal como un verdadero Satán. «Si desean sacar partido del accidente —nos dijo—, naturalmente me tienen en sus manos. Un caballero siempre trata de evitar el escándalo. Digan cuánto quieren». Pues bien, le apretamos las clavijas y le exigimos nada menos que cien libras para la familia de la niña. Era evidente que habría querido escapar, pero nuestra actitud le dio miedo y al final accedió. Solo restaba conseguir el dinero, y ¿dónde crees que nos condujo?: ¡a ese edificio de la puerta! Abrió con una llave, entró, y al poco rato volvió a salir con diez libras en oro y un talón por valor de la cantidad restante, extendido al portador contra la banca de Coutts y firmado con un nombre que no puedo mencionar a pesar de ser ese uno de los detalles más interesantes de mi historia. Lo que sí te diré es que era un nombre muy conocido y que se ve muy a menudo en los periódicos. La cifra era alta, pero el que había estampado su firma en el talón, si es que era auténtica, era hombre de gran fortuna. Me tomé la libertad de decirle al caballero en cuestión que todo aquel asunto
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me parecía sospechoso y que en la vida real un hombre no entra a las cuatro de la mañana en semejante antro para salir al rato con un cheque por valor de casi cien libras firmado por otra persona. Pero él se mostró frío y despectivo. «No tema —me dijo—, me quedaré con ustedes hasta que abran los bancos y pueda cobrar yo mismo ese dinero». Así pues nos pusimos todos en camino, el padre de la niña, el médico, nuestro amigo y yo. Pasamos el resto de la noche en mi casa y a la mañana siguiente, una vez desayunados, nos dirigimos al banco. Yo mismo entregué el talón al empleado haciéndole notar que tenía razones de peso para sospechar que se trataba de una falsificación. Pues nada de eso. La firma era legítima. —¡Qué barbaridad! —dijo Utterson. —Ya veo que piensas lo mismo que yo —dijo Enfield—. Sí, es una historia desagradable porque el hombre en cuestión era un personaje detestable, un auténtico infame, mientras que la persona que firmó ese cheque es un modelo de virtudes, un hombre muy conocido y, lo que es peor, famoso por sus buenas obras. Un caso de chantaje, supongo. El del caballero honorable que se ve obligado a pagar una fortuna por un desliz de juventud. Por eso doy a este edificio el nombre de «la casa del chantaje». Aunque aun eso estaría muy lejos de explicarlo todo —añadió. Dijo esto y se sumió en sus pensamientos. De ellos vino a sacarlo Utterson con una pregunta. —¿Y sabes si el que extendió el talón vive ahí? —Sería un lugar muy apropiado, ¿verdad? —respondió Enfield—, pero se da el caso de que recuerdo su dirección y vive en no sé qué plaza. —¿Y nunca has preguntado a nadie acerca de esa casa de la puerta? —preguntó Utterson.
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