Stefan Zweig
amok Traducción del alemán de María Luz Morales
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En el mes de marzo de 1912, durante la descarga de un gran transatlántico, ocurrió en el puerto de Nápoles un extraño accidente, acerca del cual los periódicos pu blicaron informaciones copiosas, aunque adornadas con un exceso de fantasía. Aunque pasajero del Oceanía —el buque en cuestión—, ni a mí ni a mis compañeros de viaje nos fue dado presenciar el singular acontecimien to, pues, al haber ocurrido de noche, mientras se pro cedía al aprovisionamiento de carbón y a la descarga, todo el pasaje, huyendo del ruido, había desembarcado para pasar el rato en cafés y teatros. A mi juicio, no obs tante, ciertas hipótesis a las que en aquella época no quise dar publicidad contienen la verdadera explicación de aquella escena conmovedora; hoy, la perspectiva de los años transcurridos me autoriza, sin duda, a extraer algunas conclusiones de cierta conversación confiden cial que precedió inmediatamente al curioso episodio.
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Cuando, en la agencia de navegación de Calcuta, quise reservar una plaza para mi regreso a Europa, el emplea do se encogió de hombros con gesto compasivo; no sa bía si podría asegurarme un camarote, pues en la épo ca del año que atravesábamos —es decir, en vísperas de la estación de lluvias— el buque llevaba ordinariamen te el pasaje completo desde su salida de Australia y, para darme una respuesta, era preciso aguardar la llegada de un telegrama de Singapur. Al día siguiente me dio la grata noticia de que po día reservarme una plaza; en realidad, se trataba de un camarote poco confortable, situado sobre la cubier ta, en mitad del buque. Pero como yo estaba impacien te por regresar a mi país, apenas vacilé y acepté el ca marote. El empleado no me había engañado. El barco iba lleno a rebosar y el camarote era pésimo: un angosto cuadrilátero cercano a la máquina y apenas iluminado por la luz de un farol redondo. La atmósfera, densa y estancada, olía a aceite y a moho; era imposible esca par, ni por un instante, al zumbido del ventilador eléc trico, que, semejante a un murciélago de acero súbi tamente enloquecido, giraba y giraba en torno a mi cabeza. Abajo, la máquina bufaba y resoplaba como un cargador de carbón subiendo sin cesar la misma esca lera; arriba, se escuchaba el continuo ir y venir de la gente que paseaba por la cubierta. Por ello, apenas hube colocado mi maleta en aquella especie de tumba forma da por grises mamparos e impregnada de fétidas ema
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naciones, corrí a refugiarme en cubierta; al salir de la profundidad del camarote, aspiré, como si fuese purísi mo ámbar, el aire tibio y suave que llegaba de tierra a través de las olas. Pero tampoco en cubierta se encontraba nada más que estrecheces y molestias: un constante ir y venir, una extraña mezcolanza de gentes que, dominadas por la agitación nerviosa inseparable de la ociosidad, subían y bajaban, charlaban sin tregua. El gorjeante parloteo de las mujeres, la circulación incesante por el estrecho pasadizo del entrepuente, donde el enjambre de pasaje ros se detenía un momento ante las sillas plegables, en tre rumores de conversación, para volver luego sobre sus pasos, sin posible término, todo ello me producía un extraño malestar… Regresaba entonces de recorrer un mundo nuevo para mí y guardaba en la mente multitud de imágenes que, en furiosa carrera, pugnaban por adelantarse unas a otras… Hubiese querido reflexionar sobre cuanto había visto, ordenarlo, cribarlo, a fin de dar forma al universo tumul tuoso que con tanta precipitación había pasado ante mis ojos; pero allí, en aquel lugar invadido por la multitud, era imposible encontrar un instante de reposo o tranqui lidad. Si tomaba un libro, las líneas del texto se desdibu jaban entre el móvil caos de sombras proyectadas sobre las páginas por el paso de aquella gente que caminaba y hablaba sin cesar… Y resultaba imposible concentrarse un poco en medio de aquel corredor del buque, calle sin sombra y desbordada de tránsito.
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Durante tres días intenté en vano aislarme, contem plando resignado a los hombres y al mar. Pero el mar permanecía siempre igual a sí mismo, azul y desierto; solo el crepúsculo encendía de pronto, sobre las aguas, un multicolor fuego de artificio. En cuanto a las gentes, las conocí a todas perfectamente al cabo de setenta y dos horas. Cada rostro me resultaba familiar hasta el hastío; ya no me atraía la risa aguda de las mujeres, y hasta las acaloradas disputas de dos oficiales holandeses, vecinos míos, dejaron de indignarme. No me quedaba más re medio que refugiarme en otro lugar; pero mi camarote abrasaba y su atmósfera enrarecida era casi irrespirable; y el salón, por su parte, había sido invadido por unas muchachas inglesas que maltrataban sin tregua el piano, tocando estúpidos valses desprovistos de armonía. Has ta que, por fin, resolví alterar el orden del día, bajando al camarote después del mediodía, no sin haberme atur dido antes con unos cuantos vasos de cerveza, a fin de poder dormir mientras los demás comían y bailaban… Cuando desperté, todo era oscuridad y silencio en el pequeño ataúd de mi camarote. Como había parado el ventilador, el aire húmedo y pesado me quemaba las sie nes. Estaba semiatontado y necesité unos minutos para recordar la hora y el sitio donde me encontraba. Sin duda era ya más de medianoche, pues no se oía la música ni el constante rumor de los pasos sobre cubierta. Tan solo la máquina, palpitante corazón del Leviatán, empujaba, sin cesar, el jadeante corpachón del navío hacia lo invi sible.
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Subí a pie hasta la cubierta. Estaba desierta y, al al zar la mirada hacia la humeante torre de la chimenea, hacia los mástiles rígidos y blancos como fantasmas, me deslumbró una claridad mágica. Todo el firmamento resplandecía. En torno a las estrellas que lo salpicaban de centelleos blancos reinaba la oscuridad; y, sin em bargo, el cielo fulguraba. Era como si, ante una luz muy brillante, se hubiese corrido una cortina de terciopelo negro, siendo las estrellas agujeros y desgarraduras por las que se escapaba aquella luminosidad indescriptible. Jamás había visto el cielo como aquella noche: de un azul acerado, metálico y radiante; todo él resplande ciente, todo él rumoroso y deslumbrante de una luz que emanaba de la luna y de las estrellas, y cuya lumbre de bía de arder, lejana, en alguna hoguera del misterio. Como recubiertos de blanca laca, todos los perfiles del navío brillaban, destacando nítidos bajo el claro de luna, sobre el terciopelo sombrío del mar; las jarcias, las ver gas, todos los aparejos y contornos se disolvían en aque lla luminosidad flotante; las luces de los mástiles y, más arriba aún, el ojo redondo del farol de vigía parecían suspendidos en el vacío, pálidas estrellas terrestres en tre las radiantes estrellas del cielo. Justo sobre mi cabeza, la mágica constelación de la Cruz del Sur se clavaba en el infinito con deslum brantes alfileres de diamante; parecía desplazarse, cuan do en realidad era el barco el que creaba esa ilusión de movimiento: el barco avanzaba con suave balanceo, el pecho jadeante, como un nadador gigantesco que se
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abriera paso cabeceando al azar entre las ondas som brías. Yo permanecía en pie y miraba hacia lo alto; me parecía estar sumergido en un baño en el que el agua caliente cayera desde arriba, con la diferencia de que aquí era la luz la que se deslizaba, blanca y tibia, so bre mis manos, me envolvía suavemente la cabeza y los hombros y parecía, en cierto modo, querer pene trar todo mi ser, pues el embotamiento previo de mis sentidos se había disipado como por encanto. Respiré libremente; con una voluptuosidad nueva saboreé en los labios, como bebida purísima, el aire blando, sua ve y levemente embriagador que traía el sabor de los frutos y el perfume de islas lejanas. Y, por primera vez desde que me encontraba a bordo, se apoderó de mí el santo anhelo del ensueño, junto a otro deseo más sensual, que me incitaba a abandonar mi cuerpo, como una mujer abandona el suyo, a aquel embelesamiento voluptuoso que me rodeaba. Hubiese querido tender me, con la mirada fija en los blancos jeroglíficos del cielo, pero las sillas plegables y los balancines habían sido retirados del puente, sin que en toda la cubierta solitaria hubiera un lugar donde entregarse a un plá cido soñar. Así, siempre a tientas, avancé lentamente hacia la proa del bajel; aún me cegaba la luz radiante que se des prendía de las cosas y que, con intensidad creciente, pa recía querer penetrarme. Aquella luz estelar, de gélida blancura y deslumbrante fulgor, casi me hacía daño; por ello ansiaba refugiarme en alguna zona de sombra,
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tenderme sobre una estera, no sentir más en mí aquel agudo centelleo reflejado por cuanto me rodeaba; sen tirlo tan solo encima de mí, no dentro, como cuando se contempla un paisaje desde el interior de una estancia en penumbra. Por fin, tropezando con cabos y jarcias, llegué a la borda y contemplé la proa del navío avan zando en la sombra, mientras la claridad líquida de la luna brotaba, hecha espuma, a ambos lados de la roda. En su avance, el enorme arado marino se alzaba para hundirse después en la entraña de aquella tierra de ne gras ondas; y en ese juego resplandeciente yo sentía en mí todo el dolor del elemento vencido y todo el gozo de la fuerza dominadora. Absorto en esta contemplación, había perdido la noción del tiempo: ¿llevaba una hora apoyado contra la borda o solo habían pasado unos mi nutos? Al capricho de su balanceo, la cuña gigantesca que era el buque me transportaba más allá del tiempo. Y no era posible sentir sino aquella lasitud de indefini ble voluptuosidad. Hubiese querido dormir, soñar y, sin embargo, no sustraerme a aquella magia, no regre sar al ataúd del camarote. Involuntariamente, mi pie tocó un rollo de cabos. Me senté sobre ellos, con los ojos cerrados, aunque no sumidos en la sombra, pues sobre ellos, sobre mí, fulguraba el resplandor plateado. Abajo se oía el murmullo suave del agua y, alrededor, la casi imperceptible resonancia del mundo viviente en su fluir. Poco a poco, aquel leve rumor fue penetrando en mis venas y perdí la conciencia de la existencia: lle gué a no distinguir si aquel aliento era el mío o el latido
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del corazón del barco; el murmullo constante del mun do nocturno me poseía y me anulaba.
Me sobresaltó una tosecilla seca que sonó casi a mi lado. Asustado, me arranqué al ensueño que me embriaga ba. Mis ojos, cegados por la blanca luminosidad que se derramaba sobre mis párpados largamente cerrados, par padearon varias veces, esforzándose por ver; frente a mí, en la sombra proyectada por la borda del barco, bri llaba algo semejante al reflejo de los cristales de unas gafas y una chispa redonda y gruesa como el fuego de una pipa encendida. Cuando me senté sobre los cabos, contemplando tan solo la roda espumeante del vapor bajo mis pies o, por encima de mí, las estrellas de la Cruz del Sur, no advertí la presencia de aquel vecino, que de bía de haber permanecido todo ese tiempo en absoluta inmovilidad. De manera mecánica, con la mente aún em botada, murmuré un cortés «perdón». «No hay de qué», contestó una voz que surgía de las tinieblas. No sabría explicar lo extraño y, al mismo tiempo, lo siniestro de aquella muda vecindad, en plena oscuridad, de dos personas casi tocándose sin poder verse. Contra mi voluntad, tenía la sensación de que aquel hombre me observaba fijamente, del mismo modo que yo sen tía mis ojos clavados en él; la deslumbrante luz superior —aquella oleada de blancura resplandeciente— era tan cruda que ninguno de los dos podía distinguir del otro más que un perfil sumido en la sombra. Solo percibía
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su respiración y el chasquido rítmico de sus aspiracio nes a la pipa humeante. El silencio se volvió insoportable; hubiese querido marcharme, pero habría resultado demasiado brusco. En mi confusión, saqué un cigarrillo. El fósforo estalló y, por un segundo, palpitó una luz en el estrecho espa cio sombrío. Advertí entonces, tras los cristales de las gafas, un rostro que no había visto antes a bordo, ni en las comidas ni en los paseos por cubierta; y, ya fuera porque la llama súbita me dañó los ojos o por simple alucinación, la expresión de aquella cara me pareció es pantosamente desencajada, lúgubre, siniestra, semejan te a la de un gnomo. Pero antes de poder fijar sus ras gos, la oscuridad volvió a engullirlos, y no distinguí más que una silueta inclinada en la sombra y, de cuando en cuando, destacando en el vacío, el anillo rojo de la pipa encendida. Permanecimos en silencio, un silencio pesa do y sofocante como el aire del trópico. Al fin no pude resistir más; me levanté y dije con cor tesía: —Buenas noches. —Buenas noches —respondió desde el fondo de la oscuridad una voz ronca, dura, como enmohecida. Me alejaba con dificultad, tropezando con cabos y tablones, cuando, de pronto, resonaron detrás de mí unos pasos rápidos e inseguros. Era mi anterior vecino. Me detuve involuntariamente. No se acercó del todo, pero advertí en sus movimientos una vacilación de ago tamiento y angustia.
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—Discúlpeme —dijo con precipitación— que le pida un favor. Yo… yo… —balbuceó, interrumpiéndose, tan grande era su turbación—. Tengo motivos… para retraer me… Un luto reciente… Evito la compañía a bordo… No lo digo por usted… No, no… Solo quería rogarle… Le quedaría muy agradecido si no dijera a nadie, en el barco, que me ha visto aquí… Se trata de… razones per sonales que me impiden… por ahora… el trato con la gen te… Sí… ahora… ahora me sería muy desagradable que usted dijera cómo, aquí… una persona… de noche…, si dijera usted que yo… De nuevo le fallaron las palabras. Me apresuré a tranquilizarlo, asegurándole que cumpliría su deseo. Nos despedimos con un apretón de manos. Después regresé a mi camarote y dormí un sueño pesado, extrañamente agitado y poblado de visiones confusas.
Cumplí mi promesa y no hablé con nadie en el vapor de aquel extraño encuentro, aunque la tentación era fuerte, pues en el transcurso de una travesía cualquier nimiedad se convierte en acontecimiento: una vela en el horizonte, un flirteo recién descubierto, un delfín saltando en el agua, cualquier frívola insignificancia… Al mismo tiempo, me acosaba la curiosidad por saber algo más acerca de aquel hombre singular; consulté la lista de pasajeros en busca de un nombre que pudiera ser el suyo y observé a los viajeros, tratando de descu brir a alguien que guardara relación con él. Durante
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todo el día estuve preso de una nerviosa impaciencia, deseando que llegara la noche para ver si volvía a en contrarlo. Los enigmas psicológicos ejercen sobre mí un poder inquietante. Todo mi ser arde en el deseo de descubrir las relaciones entre las cosas, y la sola pre sencia de un individuo de tipo singular puede desper tar en mí una pasión de conocimiento no menos viva que la pasión carnal. El día se me hizo, así, intermina ble, desmenuzándose el tiempo entre mis dedos sin de jar más que una sensación de vacío. Me acosté tem prano; estaba seguro de despertarme a medianoche, pues la preocupación por lo sucedido me arrancaría del sueño. Y, en efecto, desperté a la misma hora que la víspe ra. En la esfera de mi reloj de radio las manecillas se su perponían formando una sola línea luminosa. Me apre suré a salir del camarote sofocante para enfrentarme a una noche no menos asfixiante. Las estrellas brillaban como la noche anterior, es parciendo una luz difusa sobre el buque oscilante; muy alta en el cielo flameaba la Cruz del Sur. Todo era igual que la víspera, pues en los trópicos los días y las no ches presentan una regularidad mayor que en nuestras latitudes; pero aquel balanceo flotante y soñador de la noche anterior ya no me dominaba. Algo me atraía y me inquietaba, pero ahora sabía perfectamente hacia dónde: hacia los puntales negros de la borda, para com probar si el hombre misterioso seguía allí, sentado e inmóvil. En lo alto sonó la campana del buque; enton
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ces me decidí a avanzar. Paso a paso, luchando entre la aversión y el deseo, rehíce el camino. Apenas había llegado al lugar preciso cuando, de pronto, apareció ante mí algo parecido a un ojo de fuego: la pipa. Él es taba allí. A mi pesar, me estremecí y me detuve. Un instan te más, y me habría marchado. Pero entonces, en la sombra, una figura se movió, se incorporó, dio dos pasos, y de pronto oí, ante mí, su voz, a la vez cortés y fatigada. —Perdóneme —dijo—; sin duda querrá usted vol ver a su sitio, y he creído advertir que retrocedía al no tar mi presencia. Le ruego que se siente con toda tran quilidad; yo me marcho. Le rogué con viveza que se quedara: si había retro cedido era únicamente por no molestarle. —No me molesta —dijo con cierta amargura—; al contrario, por una vez me siento menos solo. Hace días que no he pronunciado una sola palabra. Tal vez… tal vez haga años… Y es doloroso guardarlo todo dentro; eso ahoga… No puedo permanecer en mi camarote; es como encerrarse en un ataúd… Tampoco soporto a esa gente que ríe todo el día, que ríe siempre… No; ya no puedo resistirlo. Incluso desde mi camarote los oigo y tengo que taparme los oídos… Es cierto que ellos no saben… Y aunque lo supieran… ¿qué les importa a los demás? Se interrumpió de nuevo; luego, bruscamente, se apre suró a añadir:
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—Pero no quiero importunarle. Disculpe esta charla… Se inclinó y realizó un gesto como para marcharse. Yo insistí: —No me importa en absoluto. A mí también me agrada conversar un rato aquí, tranquilamente… ¿Un cigarrillo? Le ofrecí fuego. Una vez más su rostro se recortó, vacilante, contra la negra borda; ahora se volvía del todo hacia mí; tras las lentes, sus ojos examinaban con atención mi cara, como animados por una violencia fe bril. Me estremecí. Comprendí que aquel hombre que ría hablar, que necesitaba hablar. Y adiviné que, para ayudarle, debía guardar silencio. Me señaló otra silla de lona que había quedado allí. Nos sentamos. Los cigarrillos ardían, y el nervioso vai vén del punto luminoso del suyo me reveló que su mano temblaba. Yo callé, y él también. De pronto, en voz baja, me preguntó: —¿Está usted cansado? —No, en absoluto. La voz que surgía de la oscuridad volvió a vacilar. —Quisiera pedirle algo… Es decir… quisiera con tarle algo… Ya sé, ya sé lo absurdo que resulta dirigirse así a la primera persona con quien uno tropieza, pero… pero me encuentro en un estado de ánimo terrible… y he llegado a un punto en que me es absolutamente ne cesario hablar con alguien… o estoy perdido. Usted me comprenderá cuando… sí…, cuando yo le haya conta do… Sé que no puede ayudarme en nada… pero este
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silencio me enferma… y un enfermo siempre resulta ri dículo a los demás… Le interrumpí rogándole que no se atormentara. Si quería contarme aquello… Claro que no podía prome terle nada; pero al menos era un deber mostrar com prensión… Si uno se cruza con alguien angustiado, está obligado a prestarle auxilio, ayuda… —¿Un deber… mostrar comprensión… estar obli gados…? —repitió lentamente—. ¿Cree usted de verdad que estamos obligados a prestar ayuda? Repitió la frase tres veces. Aquel modo sordo y obs tinado de insistir me hizo estremecer. ¿Era aquel hom bre un loco? ¿O estaba borracho? Como si hubiera adivinado mi pensamiento, dijo de pronto, con otro tono: —Tal vez me crea loco o borracho. No; no lo es toy… todavía. Es solo que esa frase suya me ha conmo vido de un modo extraño. Muy extraño. Porque eso es precisamente lo que me atormenta: quisiera saber si te nemos un deber…, si estamos realmente obligados… Volvió a balbucear. Luego se interrumpió brusca mente. Y retomó el relato: —Soy médico. Y a un médico se le presentan con frecuencia casos terribles, casos extremos, en los que uno ya no sabe dónde empieza y dónde termina el de ber… Porque, en realidad, no existe un único deber —el que tenemos hacia los demás—, sino también un deber hacia uno mismo, un deber hacia el Estado y otro hacia la ciencia. Estamos obligados a ayudar, sí; esa es,
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justamente, la obligación del médico. Pero esas máxi mas rara vez pasan de ser teorías. ¿Hasta dónde debe mos ayudar, socorrer? Usted es un desconocido para mí; yo lo soy para usted; nos encontramos, y yo le rue go que no diga a nadie que me ha visto. Bien: usted guarda silencio y cumple ese deber. Le pido que conver se conmigo porque el silencio me mata, y usted accede a escucharme. Bien; pero hasta aquí todo es fácil. Aho ra bien, si yo le pidiera que me empujara y me arrojara por la borda… ahí, sin duda, terminaría la complacen cia, la ayuda… Debe de existir un límite, en algún lu gar, sin duda allí donde entra en juego la propia res ponsabilidad, la propia vida. Es indispensable que ese límite exista. ¿O acaso, para un médico, ese deber no debe detenerse ante nada? ¿Debe convertirse en salva dor universal solo porque posee un diploma redactado en latín? ¿Debe realmente sacrificar su vida, abrasar su sangre, cuando una mujer o un hombre le piden que sea noble, abnegado y bueno? No: el deber tiene que acabar en algún punto, precisamente allí donde nuestras fuer zas ya no alcanzan para cumplirlo. Volvió a interrumpirse y se levantó de golpe: —Discúlpeme. Estoy muy excitado en este momen to; pero no estoy borracho, no todavía. Es algo que me ocurre con frecuencia, se lo confieso sin rodeos, en esta maldita soledad. Piense que desde hace siete años vivo casi exclusivamente entre salvajes y fieras. Así se pier de la costumbre de hablar con sosiego. Y cuando uno empieza a desahogarse, las palabras brotan como un
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torrente… Pero espere… Sí, ahora lo recuerdo… Yo que ría pedirle que escuchara, exponerle un caso en el que se trata de saber si un hombre debe prestar su ayuda, pres tarla con candor casi angélico, cuando… Por otra parte, temo que el relato sea demasiado largo. ¿De verdad no está usted cansado? —No, en absoluto. —Gracias, muchas gracias. ¿Bebe usted? Buscó a tientas a su espalda, en la oscuridad. Oí el ruido del cristal, el choque de botellas; dos, tres, quizá más, que tenía a su lado. Me ofreció un vaso de whis ky, en el que apenas humedecí los labios, mientras él vaciaba el suyo de un trago. Permanecimos un instante en silencio. Sonó de nuevo la campana. Eran las doce y media.
—Pues yo…, yo quería contarle el caso siguiente: ima gínese a un médico de una pequeña ciudad… o mejor, de una aldea…, un médico que…, un médico que… Se interrumpió de nuevo. Luego, de pronto, acercó más su asiento. —No; no es así… Tendré que contárselo todo di rectamente, desde el principio; de otro modo no lo en tendería. Un caso así no puede exponerse como ejem plo ni como teoría… es necesario que le cuente mi propio caso. Sin vergüenza, sin disimulos. Ante mí también se muestran las personas desnudas; me enseñan sus mise rias, su orina, sus excrementos. Cuando se pide ayuda
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no hay rodeos posibles: hay que decirlo todo… El caso que voy a contarle no es el de un médico imaginario. Me desnudo ante usted y empiezo: yo… Pues he perdi do la costumbre de sonrojarme en esta infernal soledad, en este maldito país que nos roe el alma y nos chupa la médula de los huesos… Debí de hacer algún movimiento, porque se inte rrumpió. —¡Ah! ¿Protesta usted? Lo comprendo. Lleva aún dentro el entusiasmo de la India, sus templos y palme ras, todo ese romanticismo que despierta en el turista un viaje de dos meses. Sí, el trópico es encantador cuan do se atraviesa en ferrocarril, en automóvil o en rick shaw; también yo me sentí así cuando llegué por prime ra vez, hace siete años. ¡Cuántos sueños devané entonces! Quería aprender lenguas orientales para leer los libros sagrados en el texto original; quería estudiar el alma de los indígenas —sí, así se dice en la jerga europea—, con vertirme en misionero de la humanidad, de la ciencia, de la civilización… Todos los que llegamos de Occidente soñamos lo mismo. Pero allí, en ese sofocante inverna dero que el viajero no ve, las fuerzas se agotan pronto: la fiebre —contra la que es inútil cualquier provisión de quinina, porque, de un modo u otro, acaba atrapándo nos— nos devora el cuerpo; nos volvemos indolentes, perezosos; nos transformamos en gallinas mojadas o en crustáceos insensibles… El europeo es, en cierto modo, arrancado de sí mismo cuando, procedente de las gran des ciudades, llega a una de esas malditas estaciones
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perdidas entre los pantanos; tarde o temprano todos caen: unos se entregan a la bebida, otros al opio, otros solo piensan en golpear y maltratar hasta volverse bes tias; cada cual contrae su propia locura. Se siente nos talgia de Europa; se sueña con volver a caminar algún día por el centro de una calle, con sentarse entre perso nas blancas en una habitación clara, de muros de pie dra. Se sueña así durante años, hasta que por fin llega la hora de obtener un permiso… cuando ya nos hemos vuelto demasiado indolentes para emprender el viaje. Sabemos que en Europa nos han olvidado, que nadie nos recuerda ni nos conoce, que allí seríamos tan insig nificantes como un molusco en el océano…, un molus co al que cualquiera pisa. Y nos quedamos, y seguimos embruteciéndonos en las selvas cálidas y húmedas. ¡Mal dito el día en que me vendí para acabar en ese agujero asqueroso! »Sin embargo, no fue una decisión completamen te voluntaria por mi parte. Había estudiado en Alema nia, donde me doctoré en Medicina —creo que con solvencia— y llegué a obtener una plaza en un hospi tal clínico de Leipzig; por aquella época, en no sé qué número de la Medizinische Blätter se habló con gran des elogios de una nueva inyección que yo fui el pri mero en aplicar. »Entonces me enredé en una aventura amorosa; una mujer a la que conocí en el hospital volvió loco a su amante hasta el punto de que este le disparó con su re vólver; poco después yo mismo no tardé en estar tan
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loco como él. Ella se mostraba orgullosa y fría, con una actitud que me enloquecía; siempre fui juguete de mu jeres insolentes y dominantes, pero aquella me obliga ba a doblegarme hasta hacerme crujir los huesos. No hacía sino lo que ella quería. Una vez… »En fin, ¿por qué no confesarlo ahora, cuando han pasado ya ocho años? Una vez tomé para ella una suma de dinero de la caja del hospital; se descubrió y se armó un escándalo monumental. Un tío mío repuso la canti dad y cubrió el déficit, pero mi carrera estaba arrui nada. Precisamente entonces supe que el gobierno holan dés reclutaba médicos para las colonias, ofreciéndoles un adelanto en metálico. Comprendí que no debía de ser un buen negocio cuando daban dinero por adelantado; sabía también que en aquellas plantaciones dominadas por las fiebres las cruces funerarias se multiplicaban con una rapidez triple que en nuestros países. Pero cuando se es joven siempre se cree que la fiebre y la muerte solo afectan a los demás. En fin, no podía elegir: fui a Ró terdam y firmé un contrato por diez años; recibí un bo nito fajo de billetes; envié la mitad a mi tío; la otra mi tad fue el botín de una de esas mujeres del barrio del puerto, que se quedó con todo lo que tenía por el sim ple mérito de parecerse vagamente a la otra gata mal dita. Después, sin dinero, sin reloj, sin ilusiones, volví la espalda a Europa; cuando zarpamos del puerto no sentí la menor tristeza. »Me senté en cubierta como los demás, como usted mismo, y, cuando un día descubrí en lo alto la Cruz del
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Sur y, a lo lejos, las palmeras, se me ensanchó el cora zón. ¡Ah!, la selva, la soledad, el silencio; todo me ha cía soñar… »¡Oh! No fue precisamente la soledad lo que me faltó. No me destinaron a Batavia ni a Surabaya, a una ciudad donde pudiera encontrar seres humanos, clu bes, campos de golf, libros y periódicos, sino a una de esas estaciones de distrito —el nombre no importa— situada a dos jornadas de viaje de la ciudad más próxi ma. Toda la sociedad que me rodeaba se reducía a unos cuantos funcionarios aburridos y ásperos y dos indí genas de “media casta”; aparte de ellos, no había al rededor más que selva, plantaciones, maleza y pan tanos… »Al principio aún era soportable. Me entregué a toda clase de estudios. Un día, tras volcar el automóvil del vicepresidente durante una visita de inspección, aquel alto funcionario se rompió una pierna y yo le practiqué, sin ayuda alguna, una operación de la que se habló mu cho. También me dediqué a coleccionar venenos y ar mas indígenas; en fin, procuraba mantenerme alerta. »Pero eso duró solo mientras no se agotó la ener gía traída de Europa; después me dejé vencer. Los po cos europeos que veía me aburrían indeciblemente; aca bé rompiendo toda relación con los funcionarios y me entregué a la bebida, replegándome cada vez más en mis ensueños solitarios. »No se trataba más que de aguantar dos años más; al cabo de ellos sería libre y obtendría una pensión; po
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dría volver a Europa y empezar una nueva vida. En rea lidad, no hacía nada más que esperar, esperar, tumba do sin más. Y así estaría esperando todavía si ella…, si aquello, no hubiera ocurrido. La voz que hablaba en la oscuridad se detuvo. La pipa ya no ardía. El silencio era tan profundo que vol ví a oír el agua rompiendo en espuma contra la roda del buque y el latido sordo y lejano del corazón de la má quina. Habría encendido con gusto un cigarrillo, pero temía el vivo resplandor del fósforo y el reflejo que pro yectaría sobre el rostro del desconocido. Él callaba, se guía callando… y yo no sabía si había terminado o si dormía o soñaba, tan absoluto era su silencio. De pronto, la campana sonó con un doble tañido fuerte y rotundo: era la una. El hombre se levantó brus camente; volvió a oírse el choque del vaso. Era eviden te que buscaba a tientas el whisky. Escuché el leve gor goteo del líquido; luego, de repente, la voz reanudó el relato, ahora más intensa, más apasionada: —Pero… aguarde un momento… sí, ahora lo recuer do… Yo estaba allí, en mi maldito agujero, como una araña en su red, inmóvil desde hacía meses. Era justo después de la estación de las lluvias. Durante semanas enteras el agua había tamborileado sobre el techo. No venía nadie; ningún europeo; pasaba el día entero sen tado en casa, entre mis mujeres amarillas y mi botella de whisky. Me encontraba completamente hundido; lle vaba en el corazón una nostalgia mortal de Europa; cuando leía una novela en la que se hablaba de calles
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iluminadas y de mujeres blancas, me temblaban los de dos. No puedo describir con exactitud ese estado; es una especie de enfermedad tropical: una nostalgia fu riosa, febril y, al mismo tiempo, deprimente y agotado ra, que de vez en cuando se apodera de uno. Así creo recordarme aquel día, inclinado sobre un atlas, soñan do viajes, cuando de pronto llaman a la puerta. Mi boy1 y una de las mujeres están fuera, ambos con los ojos desmesuradamente abiertos. Gesticulan con nerviosis mo; ante ellos hay una lady, una mujer blanca. »Me levanto de un salto. No he oído llegar coche ni automóvil. ¿Una mujer blanca aquí, en este desierto?… »Me dispongo a bajar la escalera, pero me detengo. Me miro un instante en el espejo para poner algo de or den en mi ropa. Me siento nervioso, inquieto, como asal tado por un presentimiento desagradable, pues no co nozco en la Tierra a una sola persona que pueda venir a mí por simple amistad. Al fin me decido a bajar. »La dama, que me espera en el vestíbulo, se preci pita hacia mí. Un espeso velo de automóvil le oculta el rostro. Voy a saludarla, pero ella me corta con viveza. »—Buenos días, doctor —dice en un inglés fluido (quizá demasiado fluido, demasiado aprendido de me moria)—. Perdóneme si le he sorprendido. Estamos pre
1 Muchacho; criadito indígena, en este caso. En inglés en el original, como todas las frases o vocablos que reproducimos en este idioma.
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cisamente en la estación, donde se ha detenido nuestro automóvil… »“¿Por qué no ha venido entonces en coche hasta aquí?”, pienso, como un relámpago. Ella continúa: »—Recordé entonces que vivía usted cerca. He oído hablar tanto de usted… hizo usted un verdadero mila gro con el vicepresidente. Tiene la pierna en perfecto estado; juega al golf igual que antes. Aquí todo el mun do sigue hablando de ello, y daríamos encantados al gruñón de nuestro cirujano mayor —y a los otros dos, de propina— si quisiera usted venir con nosotros. Por cierto, ¿cómo es que nunca se le ve por allí? Vive usted como un auténtico yogui… »Y siguió hablando de ese modo, con una volubili dad creciente, sin dejarme pronunciar una sola palabra. En su locuacidad había nerviosismo, inquietud mani fiesta, y yo mismo empezaba a sentirme turbado. “¿Por qué habla tanto?”, me preguntaba. “¿Por qué no se pre senta? ¿Por qué no se quita el velo? ¿Tendrá fiebre? ¿Es tará enferma? ¿O estará loca?”. Mi excitación iba en aumento, consciente de lo ridículo de mi actitud ante ella: de pie, inmóvil, inundado por el torrente de sus pa labras. »Al fin se detuvo un instante y pude invitarla a su bir. Ella hizo una seña a su boy para que se quedara atrás y me precedió por la escalera. »—Es agradable esto —dijo, observando mi habi tación—. ¡Oh, qué libros tan hermosos! Me gustaría leerlos todos.
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