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Verdad y reparación Cómo conciben la justicia quienes sobreviven al trauma

Judith L. Herman, M.D.

Traducción del inglés de Antonio Aguilella Asensi

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Gracias por comprar este libro. Estás apoyando el trabajo de la autora y permitiendo a la editorial y a toda la cadena de suministro de libros continuar con su trabajo. Cuando compras un libro sostienes la cadena de valor del conocimiento y permites la publicación de libros minoritarios. Cuando pirateas un libro destruyes su valor y amenazas los puestos de trabajo de quienes han trabajado en él. Nota a los lectores: Este libro no pretende ser sustituto de un consejo o tratamiento médico. Cualquier persona con una afección que requiera atención especializada debe consultar un médico o clínico cualificado. Las normas de la práctica clínica y los protocolos cambian con el tiempo, y ninguna técnica o recomendación está garantizada como segura o efectiva en todas las circunstancias. Este libro pretende ser un recurso de información general para los profesionales que ejercen en el campo de la psicoterapia y la salud mental y no sustituye a la formación adecuada, la revisión por pares o a la supervisión clínica. Ni la editorial ni la autora pueden garantizar la completa exactitud, eficacia o idoneidad de cualquier recomendación particular en todos los aspectos.

LIBRERÍAS: THEMA: JM Psicología JBFK2 Abuso y acoso sexual VFJQ3 Trastorno por estrés postraumático (TEPT) y otros traumas psicológicos BISAC: PSY075000 PSICOLOGÍA / Psicología del trauma TEMAS: Psicología enfocada en abuso sexual / Trabajo con víctimas de la violencia

Título original: Truth and Repair: How Trauma Survivors Envision Justice TRUTH AND REPAIR, © 2023 by Judith L. Herman, MD Imagen de portada: Memorial to Survivors of Sexual Assault mosaic © Lori Greene; fotografía realizada por Adrienne Sherman Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

© 2026 EDITORIAL ELEFTHERIA, S.L.U. Barcelona, España www.editorialeleftheria.com Primera edición: Junio de 2026 Traducción: Antonio Aguilella Asensi Maquetación: Ana Córdoba Pérez Diseño de cubierta: Juan Mauricio Restrepo ISBN: 979-13-990287-8-2 DL: B 13288-2026

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RESEÑAS PROFESIONALES

«A través de una narración magistral, Judith Herman traza el camino que separa el trauma de la justicia y nos impulsa a seguirlo. Verdad y reparación es un llamamiento a la acción inspirador y práctico que celebra la sabiduría de las personas supervivientes y su poder para curarse a sí mismas y al mundo en el que vivimos». —Anita Hill

«Tres décadas después de la publicación de su fundamental obra Trauma y recuperación, Herman nos confronta brillantemente con otro aspecto vital (aunque muy ignorado) de la recuperación: la justicia social. La justicia es un componente esencial para curar la sensación de humillación y abandono tan recurrente en las experiencias traumáticas. Cuando se niega la justicia, es probable que la huella del trauma se agrave adoptando la forma de una rabia impotente. Este libro supone una contribución magnífica, inspiradora y de gran calado para las profesiones relacionadas con la curación y para la sociedad en general». —Bessel van der Kolk, doctor en Medicina y autor del superventas El cuerpo lleva la cuenta

«Herman ha escrito algunos de los libros más influyentes y transformadores sobre la violencia contra las mujeres. En su nuevo libro, Verdad y reparación, hace algo aún más radical: escucha a las propias supervivientes y plasma con habilidad sus voces y su sabiduría en una hoja de ruta práctica y verdaderamente esclarecedora para nuestro futuro. Cada palabra suena verdadera y esencial». —V (anteriormente conocida como Eve Ensler), autora de Monólogos de la vagina

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«Durante treinta años, el referente indiscutible de todos los libros que se han escrito sobre el impacto del trauma ha sido Trauma y recuperación, la innovadora obra de Herman. Ahora, tres décadas después, nos llega una continuación de esa obra maestra que examina cómo las supervivientes de la violencia de género buscan justicia y sanación. Verdad y reparación es un libro profundamente documentado que invita a la reflexión y que ofrece esperanza y sanación a las víctimas, muchas de las cuales se han sentido traicionadas, ignoradas o retraumatizadas por las grandes instituciones sociales». —Michelle Bowdler, autora de Is Rape a Crime?

«Los estudios anteriores de Herman sobre el maltrato y abuso a mujeres y niños reformularon nuestra comprensión del trauma. Ahora, en Verdad y reparación, cierra el círculo al describir cómo las víctimas, inicialmente impotentes, pueden lograr la ansiada justicia a través de innovadores acuerdos sociales. En el proceso, aprendemos mucho sobre lo que significa realmente la justicia para las personas traumatizadas. La perspectiva de Herman es profundamente humana y se basa en la realidad histórica y política. Su trayectoria y originalidad convierten a su trabajo en algo único». —Robert Jay Lifton, doctor en Medicina, Universidad de Columbia

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CONTENIDO reseñas profesionales .................................................................... vii introducción ....................................................................................... 1 una nota sobre la metodología .................................................. 14 PRIMERA PARTE

Poder ............................................................. 17

capítulo 1

Las reglas de la tiranía ................................. 19

capítulo 2

Las reglas de la igualdad ............................. 29

capítulo 3

Patriarcado .................................................... 41

SEGUNDA PARTE

Concepciones de la justicia ......................... 55

capítulo 4

Reconocimiento ........................................... 57

capítulo 5

Disculpas ....................................................... 67

capítulo 6

Asumir la responsabilidad .......................... 79

TERCERA PARTE

Curación ...................................................... 103

capítulo 7

Resarcimiento ............................................. 105

capítulo 8

Rehabilitación ............................................. 121

capítulo 9

Prevención .................................................. 139

CONCLUSIÓN:

La revolución más larga ............................ 161

agradecimientos ............................................................................. 169 notas ................................................................................................... 173 índice por palabras ....................................................................... 187

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INTRODUCCIÓN

Cuando escribí por primera vez sobre la historia olvidada del trauma en mi libro Trauma y recuperación, sostuve que el sufrimiento de las personas traumatizadas no es solo una cuestión de psicología individual, sino también —y siempre— de justicia social. Dado que la violencia que origina el trauma tiene como objetivo la dominación y la opresión, el mero hecho de reconocer el trauma, de nombrarlo, requiere considerar el contexto histórico de amplios movimientos sociales a favor de los derechos humanos: la democracia secular, la abolición de la esclavitud, la liberación de la mujer y el fin de los conflictos bélicos. Para que el trastorno de estrés postraumático se reconociera como un diagnóstico legítimo en Estados Unidos, hizo falta que los veteranos de Vietnam lanzaran sus medallas por encima de la valla del Capitolio y testificaran que, aunque habían regresado sanos y salvos a casa, en sus mentes seguían estando constantemente en Vietnam. La violencia sexual no se reconoció como una plaga mundial hasta que las mujeres encontraron su voz en el movimiento de liberación femenina y testificaron sobre los delitos cotidianos ocultos de violación, agresión e incesto. Si los trastornos traumáticos afligen a quienes se sienten impotentes, entonces el empoderamiento debe ser un principio fundamental de la recuperación. Si el trauma avergüenza y aísla, entonces la recuperación debe desarrollarse en comunidad. Estas son las ideas terapéuticas centrales de mi trabajo, y creo que se mantienen vigentes en muchas culturas con el paso del tiempo. En Trauma y recuperación, tracé el proceso de la recuperación del trauma en tres etapas aproximadas. En la primera, la superviviente debe centrarse en la compleja y exigente tarea de establecer seguridad en el presente con el objetivo de protegerse de más violencia. La seguridad le permite recuperarse del terror que la redujo a una sumisión abyecta y recobrar su sentido de la agencia. La sensación de tener cierto control y capacidad de elección en la vida cotidiana es, a su vez, un requisito previo para una mayor 1

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recuperación. Por eso, incluso las intervenciones bienintencionadas de la policía y los agentes del sistema judicial pueden causar más daño cuando le quitan el poder y el control a la superviviente, y por eso las intervenciones legales que respetan y empoderan a las supervivientes son una forma justa y sanadora de reparar los daños que han sufrido. En la segunda etapa de la recuperación, la superviviente puede volver a visitar el pasado para llorar su pérdida y dar sentido al trauma. Nunca volverá a ser la misma persona que era antes de los acontecimientos traumáticos de su vida, pero a partir de su dolor puede forjar una nueva identidad que no niegue su pasado ni permita que este la defina por completo. Tras seguir la recuperación de las supervivientes a lo largo del tiempo, un gran número de investigaciones han documentado hechos cuyo sentido es fácil intuir: el apoyo social es un poderoso predictor de una buena recuperación, mientras que el aislamiento social es tóxico. Las personas no pueden sentirse seguras solas, como tampoco pueden estar de duelo y encontrarle un sentido solas. El duelo por el pasado puede parecer interminable, pero acaba llegando a su fin. En la tercera etapa, la superviviente puede volver a centrarse en el presente y en el futuro, ampliando y profundizando en sus relaciones con una comunidad más extensa y en su sensación acerca de lo que la vida puede ofrecerle1. Al reconocer que su sufrimiento forma parte de un problema social mucho mayor, algunas supervivientes extraordinarias son capaces de resignificar su trauma convirtiendo sus historias en un regalo para los demás y uniéndose a otras personas en la voluntad de conseguir un mundo mejor. Desarrollan lo que mi colega y amigo Robert Jay Lifton ha denominado una «misión de superviviente»2. A lo largo de mi carrera, he tenido el privilegio de ser testigo y aliada de muchas pacientes que han pasado por estas etapas para recuperar sus vidas. En los últimos años, he comenzado a contemplar la idea de una cuarta y última etapa de recuperación: la justicia. Si el trauma es realmente un problema social, y de hecho lo es, entonces la recuperación no puede ser simplemente un asunto privado e individual. Las heridas del trauma no son solo las causadas por los autores de la violencia y la explotación; a menudo, la acción o inacción de los testigos —todos aquellos que son cómplices, que prefieren no saber nada del abuso o que culpan a las víctimas— causa heridas aún más profundas. Estas heridas forman parte de la ecología social de la violencia, en la que los delitos contra las personas subordinadas y marginadas se racionalizan, se toleran o se invisibilizan. Si el trauma tiene su origen en una injusticia fundamental, entonces la curación completa debe 2

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INTRODUCCIÓN

requerir una reparación a través de alguna medida de justicia por parte de la comunidad en general. En el transcurso de su recuperación, las supervivientes se enfrentan inexorablemente a muchas preguntas complejas acerca de la justicia. ¿Se atreven a contar sus historias en público? Y en ese caso, ¿puede la comunidad reconocer su verdad? ¿Se puede reparar el daño? Y de ser así, ¿qué se necesitaría para ello? ¿Cómo pueden las supervivientes y los agresores seguir viviendo en la misma comunidad? ¿Qué significaría hacer responsables a los agresores? ¿Es deseable la reconciliación? Y en caso afirmativo, ¿cómo se puede lograr? ¿Cómo puede la comunidad garantizar la seguridad pública y prevenir daños futuros? Para intentar responder a estas preguntas, he vuelto a escuchar a las supervivientes. Este libro trata sobre cómo imaginar una forma mejor de justicia para todos. Propongo que las personas que han sobrevivido a la violencia, que conocen en lo más profundo de su ser verdades que muchos otros preferirían ignorar, sean quienes lideren el camino hacia una nueva concepción de la justicia. El primer paso es simplemente preguntar a las supervivientes qué es lo que les haría sentir que las cosas están bien, o lo mejor posible. Parece algo muy razonable, pero en la práctica casi nunca se hace. Por lo tanto, escuchar se acaba convirtiendo un acto radical. En este libro trato de mostrar lo que significa la justicia para muchas supervivientes y, a través de sus ideas, intento imaginar lo diferentes que podrían ser nuestros sistemas de justicia si se tuvieran realmente en cuenta sus necesidades y deseos. Me he centrado especialmente en supervivientes de la violencia contra las mujeres y los niños por dos razones: (1) porque ahora sabemos que puede tratarse de la violación de derechos humanos más frecuente y asentada en el mundo3 y (2) porque es el tipo de superviviente con el que más he trabajado a lo largo de mi carrera profesional. Alcancé la mayoría de edad durante el movimiento de liberación de la mujer, que me enseñó el acto radical de escuchar. Fue una gran suerte para mí. Como apuntaba la escritora y activista Grace Paley, las mujeres que participaron en el movimiento en aquellos años se vieron respaldadas por «el ímpetu del agua, el fragor y la salinidad» de esa gran segunda ola del feminismo4 y, de hecho, yo he contado con ese apoyo desde entonces. Unos meses antes de comenzar mi residencia en psiquiatría, en 1970, me uní a un grupo de concienciación. Mi amiga y compañera de universidad Kathie Sarachild, que había sido activista por los derechos civiles en el sur de Estados Unidos, había presenciado allí el poder de las personas 3

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que se reunían para contar sus propias historias. Esto le hizo concebir la concienciación como un método tanto de organización política como de investigación científica. En un libro de ensayos titulado Feminist Revolution, publicado por un grupo llamado New York Redstockings, Kathie escribió: «Fuimos las primeras en atrevernos a hacer y decir lo que nadie se atrevía, lo que las mujeres realmente sentían y querían»5. El espacio confidencial de la consulta de psicoterapia guardaba muchas similitudes con el espacio libre del movimiento feminista y, a medida que mis pacientes revelaban sus secretos, yo escuchaba a través de una nueva conciencia de la condición de la mujer. Mis dos primeras pacientes en el servicio de hospitalización donde comencé mi formación eran mujeres que habían hecho serios intentos de suicidarse. Ambas revelaron historias de incesto con sus padres. La conexión entre su desesperación y su temprana iniciación en la vida como objetos sexuales era muy evidente. Escribí en mi diario: «En el patriarcado, el padre mantiene el derecho a tener relaciones sexuales con su hija, del mismo modo que el señor feudal mantiene el derecho de pernada con sus súbditos». El incesto me parecía un paradigma de la opresión sexual de las mujeres. Después de completar mi residencia, comencé a trabajar a una clínica gratuita para mujeres en Somerville (Massachusetts), una ciudad a las afueras de Boston que, por aquel entonces, era un bastión de la clase trabajadora blanca, en su mayoría irlandesa-estadounidense. La clínica era una de las muchas «contrainstituciones» que las activistas del movimiento feminista habían creado a principios de la década de 1970, al igual que los centros de crisis para víctimas de violación y los refugios para mujeres maltratadas. Allí traté con más mujeres con antecedentes de incesto. Empecé a investigar más a fondo este tema en colaboración con mi amiga y colega Lisa Hirschman, que acababa de doctorarse en Psicología. En poco tiempo habíamos recabado veinte casos con tan solo preguntar a otros terapeutas que conocíamos. En aquella época, una importante obra del ámbito de la psiquiatría estimaba la prevalencia del incesto en un caso por millón6. Sus eminentes autores se equivocaban de principio a fin en un ejercicio de ceguera deliberada ante la prevalencia generalizada del abuso infantil. Nunca nos hubiéramos atrevido a contradecir a esas eminencias por nuestra cuenta, pero impulsadas por la energía y la pasión del movimiento feminista a nuestras espaldas y por el honor de que nuestras pacientes nos hubiesen confiado sus secretos, nos convertirnos en testigos públicos de la realidad de la condición de la mujer y decidimos publicar nuestros hallazgos. 4

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En 1975, Lisa y yo enviamos nuestro artículo a una revista de estudios sobre la mujer que acaba de lanzarse7. Transcurrió un año entre la aceptación del artículo y su publicación. Durante ese año, el artículo se fotocopió y pasó de mano en mano, como si fuera una publicación clandestina, y pronto empezamos a recibir cartas de mujeres de todo el país que decían: «Creía que era la única», «Pensaba que nadie me creería» o «Creía que era culpa mía». Al escuchar a las mujeres y atrevernos a publicar lo que descubrimos, nos convertimos en catalizadoras de un momento transformador en el que se revelaron crímenes que habían permanecido ocultos durante mucho tiempo. Como médicas, también tuvimos el privilegio de ser testigos de la liberación que se produce cuando se alivia la carga de la vergüenza y el miedo. A medida que nuestras pacientes contaban sus historias y eran recibidas con compasión en lugar de desprecio, su desesperación daba paso a una nueva esperanza y su aislamiento se transformaba en un renovado sentido de comunidad. En 1981 publiqué mi primer libro, Father-Daughter Incest, en el que profundizaba en la importancia de estos descubrimientos. Le siguieron una serie de libros publicados en la década de 1970 por feministas de la segunda ola que ponían al descubierto las dimensiones de la violencia contra las mujeres8. A lo largo de mi carrera profesional, mi trabajo se ha basado en las revelaciones iniciales de ese momento revolucionario9. Ese mismo año, me invitaron a unirme al departamento de Psiquiatría del Cambridge Hospital, un hospital público que operaba como «red de seguridad» para atender a los desfavorecidos y marginados. Hacía poco que se había convertido en un hospital universitario de la facultad de Medicina de Harvard y, en aquel momento, este reciente departamento de Psiquiatría tenía la energía y la creatividad de una empresa emergente. Los miembros del cuerpo docente estaban interesados en desarrollar modelos comunitarios de atención psiquiátrica y estaban realizando contribuciones originales al campo. Aunque el grupo directivo estaba formado exclusivamente por hombres, se mostraron dispuestos a incluir a un par de mujeres que parecían tener cierta valentía. Sin duda, este era el único lugar dentro del ecosistema de Harvard donde yo podía encontrar la libertad para aportar los conocimientos y la sabiduría que había adquirido a través del movimiento feminista a la psiquiatría académica, que ignoraba todo esto en gran medida. Mi colega Mary Harvey (una psicóloga comunitaria que había estudiado programas modelo de ayuda a víctimas de violación en el Instituto 5

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Nacional de Salud Mental de Estados Unidos) y yo comenzamos con una pequeña subvención de la ciudad de Cambridge (Massachusetts) para desarrollar servicios de salud mental para víctimas de delitos. Con el tiempo, lo convertimos en el programa Victims of Violence (“víctimas de violencia”, VoV por sus siglas en inglés), un centro que proporcionaba atención clínica y defensa a las pacientes, formación en el tratamiento de traumas para profesionales de la salud mental y respuesta a crisis tras incidentes de violencia que afectaban a comunidades enteras. Una vez más, muchas de las personas a las que atendíamos en el programa VoV eran mujeres (y algunos hombres) que soportaban las consecuencias duraderas del abuso infantil y la violencia sexual y doméstica. También atendimos a refugiados que buscaban asilo por persecución política. A principios de la década de 1980, también participé en un grupo de estudio sobre el trauma, organizado por mi amigo Bessel van der Kolk, que reunió a médicos e investigadores que trabajaban con veteranos de guerra, niños maltratados y supervivientes de violaciones y violencia doméstica. Me quedó claro que, al igual que la opresión es opresión, el trauma es trauma, ya sea en el ámbito público de la guerra y la política o en el ámbito supuestamente privado del sexo, la reproducción y la vida familiar. Basándome en estas ideas, escribí Trauma y recuperación, publicado en 1992. El programa VoV ha formado hasta ahora a unos doscientos psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, muchos de los cuales han realizado sus propias contribuciones al campo del trauma. A lo largo de los años, hemos sido testigos del desarrollo de la dialéctica del trauma, de momentos en los que los avances en la comprensión se han visto impulsados por las alianzas entre las supervivientes que contaban sus historias y los profesionales que daban testimonio de ello, seguidos de momentos de reacción social y restricción profesional. Ahora, inspirada por una nueva ola de movimientos de concienciación mundial que proclaman la verdad de las vidas de las mujeres, las vidas de las personas negras y las experiencias vividas por aquellos que han sido deshonrados y despreciados, he vuelto a hablar con el tipo de supervivientes de traumas cuyos testimonios han moldeado mi vida intelectual y profesional. A continuación, me baso en trabajos de filosofía, ciencias sociales, historia, derecho y psicología, así como en entrevistas con profesionales que trabajan directamente con supervivientes, como abogados, jueces, defensores, educadores y, por supuesto, profesionales de la salud mental. Pero, en esencia, este libro se basa en el testimonio de las propias supervivientes, 6

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ya que, en mi opinión, son expertas en lo que algunos han empezado a llamar justicia de las supervivientes o justicia curativa. Animadas por los movimientos populares por la libertad, un número cada vez mayor de supervivientes ha publicado sus propios relatos en primera persona. Además, he realizado entrevistas en profundidad y no estructuradas a muchas supervivientes de diversos orígenes que se enteraron de mi proyecto a través de mis diversas redes sociales profesionales y que se mostraron dispuestas a hablar conmigo. Estas extraordinarias personas tienen una misión como supervivientes: han sido capaces de crear un nuevo propósito vital a partir de su trauma compartiendo sus historias. Algunas han dedicado su vida a la prevención de la violencia, como profesoras, escritores, artistas, abogados, organizadoras comunitarias, clérigos y defensoras de las víctimas. Algunas han querido aparecer con su nombre real; otras han elegido figurar con seudónimos. Cito sus entrevistas a lo largo del libro. Una de las supervivientes que habló conmigo es una joven llamada Sarah Super, una organizadora comunitaria que vive en Minneapolis. Su historia ilustra lo mejor que puede ofrecer el sistema judicial convencional y una visión de la justicia que va mucho más allá. Sarah se puso en contacto conmigo por primera vez hace unos años para invitarme a la ceremonia de inauguración de un monumento en memoria de las víctimas de agresiones sexuales. Había leído Trauma y recuperación y se había sentido inspirada por un capítulo en el que yo comparaba la violación con el combate como ritos de iniciación violentos para hombres y mujeres jóvenes. En él, escribía sobre la importancia del Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington D. C. como lugar de reconocimiento público, peregrinación y curación para los veteranos de Vietnam, y lo contrastaba con el hecho de que no existiera ningún monumento en ningún lugar para las víctimas de violación. Sarah decidió que quería que su ciudad construyera uno. Y lo consiguió. Sarah había sufrido una terrible agresión por parte de un exnovio, que irrumpió en su apartamento por la noche y la violó a punta de cuchillo. Después, consiguió huir y la acogieron unos vecinos que la oyeron gritar. En este caso excepcional, el sistema judicial funcionó exactamente como se supone que debe hacerlo. «La policía llegó en cuestión de minutos», dijo. «Me trataron muy bien. Vivía en una calle preciosa, muy blanca, muy acomodada. Era la víctima perfecta». Alec, el violador, huyó y fue detenido tras una persecución por la autopista. «A él también lo trataron muy bien», reflexionó Sarah. «He pensado muchas veces en que lo detuvieron sin hacerle daño». Se preguntaba qué le habría pasado si hubiera sido negro. 7

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Alec finalmente se declaró culpable y fue condenado a doce años de prisión. Sarah sintió que la severidad de la sentencia validaba la gravedad del delito, porque él había amenazado su vida y también porque ella creía que él seguía siendo peligroso y aún le tenía miedo: «Puede que quiera castigarme por hacerle responsable», dijo, «al igual que me castigó por romper con él». Se sintió totalmente apoyada por su defensor de víctimas y por el fiscal del distrito que llevó su caso, y en la sentencia tuvo la oportunidad de contar su historia y se sintió escuchada: «Cuando leí mi declaración de impacto como víctima, [la jueza] se quitó las gafas y realmente me escuchó». Entonces, ¿qué faltaba? ¿Qué más se necesitaba para que se hiciera justicia? Para Sarah, una de las partes más dolorosas de toda la experiencia fue la forma en que la violación dividió a la comunidad supuestamente liberal a la que tanto ella como Alec pertenecían. Los padres de su exnovio, que a menudo la habían acogido en su casa, aparentemente se consideraban a sí mismos y a Alec como las verdaderas víctimas, ya que él se enfrentaba a cargos penales, y crearon un «centro de apoyo» para organizar el respaldo de la comunidad hacia él, que incluía aportaciones económicas para su defensa y una campaña de cartas que daban testimonio de su «buen carácter». Mientras tanto, no se pusieron en contacto con Sarah en ningún momento. Se sintió borrada. Unas semanas después de la violación, Sarah decidió identificarse ante la prensa de Minneapolis como la víctima de su delito. Una vez más, se sintió herida por lo poco que le dijeron las personas que conocía. «Sentí el silencio que rodea a la violencia sexual», me dijo. «Vi cómo ese silencio aísla a las supervivientes, protege a los agresores y permite que la comunidad apoye la cultura de la violación como espectadores ignorantes y pasivos». Esto es lo que ocurre con los delitos de violencia sexual. Dividen a las comunidades al poner al descubierto las dinámicas de poder subyacentes de dominación y subordinación. Sarah cuenta que, tras la violación, el machismo cotidiano se le hizo intolerable. Pero cuando volvió a salir con hombres, se dio cuenta de lo profundamente arraigado que estaba en la cultura. Habló con sus citas sobre sus actitudes y experiencias sexuales como hombres. Todos ellos habían asistido a despedidas de soltero en clubes de striptease y habían consumido pornografía como parte habitual de sus vidas. Sarah me contó que ella había sido la primera persona en preguntarles sobre algunas de las formas en que participaban en la cultura de la violación. Nunca se lo habían planteado. No veían ninguna necesidad de hacerlo. «La justicia implica un cambio cultural», dijo Sarah. «La curación debería depender 8

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de un mundo en el que los ritos de iniciación de los jóvenes no implicaran degradar a las mujeres». Aunque Sarah no había tenido noticias de muchos amigos y colegas que esperaba que la apoyaran, sí había tenido noticias de muchísimas personas desconocidas que querían compartir sus historias. «Descubrí que había estado rodeada de supervivientes de violencia sexual sin saberlo», dijo. Esto es, en última instancia, lo que la llevó a decidir crear un monumento conmemorativo donde se pudiera reconocer públicamente la realidad de la violencia sexual. «Escribí a mi concejal (por primera vez en mi vida), quien me remitió al comisionado de la Junta de Parques (a quien no conocía), quien me invitó a hablar durante tres minutos en la siguiente reunión de la Junta de Parques». Como hábil organizadora, Sarah invitó a las numerosas supervivientes que le habían escrito a acompañarla mientras leía su declaración de tres minutos ante la Junta de Parques. Gracias a su liderazgo y a la avalancha de historias que se produjeron en un momento de reflexión social sobre los abusos sexuales de poder, se construyó el Monumento a las Supervivientes de la Violencia Sexual en un parque de Minneapolis. Se inauguró el 10 de octubre de 2020. Tarana Burke, la organizadora de la comunidad negra que fundó el movimiento #MeToo, y V (antes conocida como Eve Ensler), la dramaturga blanca que escribió Monólogos de la vagina, hablaron en la inauguración. Para Sarah, el monumento es un lugar destinado a la educación pública y a los eventos de «verdad comunitaria». Uno de los mosaicos del monumento, obra de la artista Lori Greene, ilustra la cubierta de este libro. Honrar a las supervivientes con el reconocimiento público es un tipo de justicia muy diferente de las nociones convencionales de lo que significa la justicia. Pero este tipo de reconocimiento significa mucho para las supervivientes, ya que ayuda a sanar la ruptura con sus comunidades, lo que, en mi opinión, es esencial para la justicia de las supervivientes. Como hemos aprendido recientemente a raíz del amargo ajuste de cuentas con los numerosos monumentos confederados de nuestro país, los monumentos conmemorativos sí importan. Son proclamaciones públicas perdurables que nos dicen a quién honra y respeta nuestra sociedad. A veces de forma directa, pero más frecuentemente por omisión, también nos dicen a quién se debe deshonrar y faltar al respeto, quién debe ser invisible. Muchos monumentos confederados se erigieron después de la Guerra de Secesión, durante el periodo de reacción que instituyó un siglo de justicia por linchamiento y de las leyes Jim Crow, que propugnaban la segregación 9

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racial. Por lo tanto, la inauguración en Montgomery (Alabama) en 2018 del Monumento Nacional por la Paz y la Justicia, creado por la ONG Equal Justice Initiative, dirigida por el abogado negro Bryan Stevenson, fue un momento trascendental. Conocido informalmente como el “Monumento Nacional de los Linchamientos”, rinde homenaje a cuatro mil víctimas de las atrocidades de la supremacía blanca y desafía a cada una de las comunidades donde fueron asesinadas a reconocer su propia historia tácita. Del mismo modo, un monumento a las víctimas de agresiones sexuales es una reivindicación pública de las supervivientes que desafía los derechos tácitos de la supremacía masculina. El reconocimiento público de los agravios ocultos representa, en muchos sentidos, un primer paso hacia la justicia equitativa. La historia de Sarah Super ilustra el tipo de afirmación pública para las supervivientes que brilla por su ausencia incluso cuando el sistema de justicia convencional ofrece su mejor versión. Pero, en realidad, la gran mayoría de las supervivientes nunca encuentra justicia, ni siquiera en términos convencionales. Sarah fue tratada con respeto y profesionalidad por los agentes de policía, el fiscal y el juez. La mayoría de las supervivientes de agresiones sexuales nunca se encuentran con ninguno de estos funcionarios públicos, o si lo hacen, desearían no haberlo hecho. La policía a menudo las interroga como si fueran sospechosas en lugar de víctimas. Los fiscales no quieren molestarse con casos que podrían ser difíciles de ganar debido a los prejuicios comunes que podrían compartir los jurados. Los jueces a menudo también comparten estos prejuicios. Las supervivientes que han tenido encuentros con el sistema judicial suelen referirse a ellos como una «segunda violación». Los miembros de otros grupos subordinados o marginados sufren injusticias similares. Como hemos aprendido del movimiento Black Lives Matter, la violencia policial contra las personas negras, que llega incluso al asesinato, es básicamente un delito de impunidad. Es hora de que busquemos algo mejor. El libro se divide en tres partes. La primera parte expone la teoría subyacente de que la justicia depende de la organización social del poder. En los capítulos 1 y 2, contrasto dos tipos de relaciones de poder fundamentalmente diferentes, una basada en la dominación y la subordinación y otra basada en la mutualidad y la reciprocidad. La primera es el arquetipo de la tiranía; la segunda, el arquetipo de la igualdad. Ambos tipos de relaciones de poder se encuentran en todo el mundo y a lo largo de la historia, y se manifiestan en todas las escalas de la interacción humana y la estructura 10

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INTRODUCCIÓN

social, desde los ámbitos íntimos del amor y la familia hasta los ámbitos políticos del Estado-nación, pasando por los ámbitos internacionales de la religión organizada, los negocios y el crimen. La primera se encuentra en las historias de guerras, conquistas, esclavitud y genocidios; la segunda aparece en la evolución del apego y el cuidado y en las historias de las aspiraciones humanas de libertad, paz y justicia. Desarrollo la idea de que la justicia es un concepto moral que requiere una comunidad moral para poder aplicarse, y defiendo que las relaciones de dominación y subordinación son incompatibles con la justicia, que debe basarse en los principios de confianza y equidad que solo se encuentran en las relaciones de reciprocidad. En el capítulo 3, exploro la hegemonía mundial del patriarcado como ejemplo de cómo las reglas y los métodos de la tiranía pueden estar profundamente arraigados en la organización de las relaciones sociales. Detallo algunas de las formas en que la violencia oculta del patriarcado se perpetúa no solo en la cultura y las costumbres, sino también en las estructuras del derecho, la aplicación de la ley y la justicia misma. Utilizo el ejemplo del patriarcado porque es el que mejor conozco, tanto personal como profesionalmente. Por extensión, espero que este análisis pueda aplicarse a otras situaciones en las que el dominio de un grupo sobre otro está profundamente arraigado desde hace siglos, como en el legado de las castas, la esclavitud, el colonialismo y la persecución religiosa. Por las mismas razones, la mayor parte de las investigaciones y testimonios que cito proceden de Estados Unidos; por extensión, espero que se puedan aplicar métodos de análisis similares a otros países. La segunda parte profundiza en las visiones de justicia que surgen de los testimonios de mis informantes. Esbozo el contraste fundamental entre lo que tantas supervivientes dicen que quieren (verdad y reparación) y lo que nuestro sistema judicial ofrece realmente, que es el castigo y la indemnización económica. El capítulo 4 aborda el reconocimiento público de la verdad como el comienzo necesario de la justicia. Todas las supervivientes que entrevisté para este libro (y me atrevo a decir que cualquier superviviente con quien haya trabajado) deseaban sobre todo el reconocimiento y la reivindicación. Las supervivientes quieren que se reconozca la verdad y que el delito sea denunciado por las personas de sus comunidades que son importantes para ellas. Pero esto significa que las supervivientes deben ser realmente importantes para sus comunidades en general. También significa que su credibilidad debe juzgarse sin prejuicios. 11

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VERDAD Y REPARACIÓN

Cuando los miembros de grupos subordinados se atreven a buscar justicia, rápidamente queda claro lo poco que importan y lo poco que se valora su testimonio. Por ejemplo, después de que el popular artista R. Kelly fuera declarado culpable de tráfico sexual y extorsión, la distinguida profesora de derecho Kimberlé Crenshaw observó que este famoso depredador había podido salirse con la suya durante décadas abusando de numerosas víctimas «por la simple razón de que las personas de los mundos superpuestos del entretenimiento, el derecho y los medios de comunicación han sido entrenadas para ver a las niñas y mujeres negras como prescindibles». Añadió: «Si la interacción entre el racismo y la misoginia que facilita el abuso de las mujeres y niñas negras sigue dándose por sentada como ruido de fondo, se perderá la oportunidad de corregir los errores históricos más amplios que representa esta vergonzosa saga»10. La justicia exige no solo la condena penal de un depredador particularmente conocido, sino también —y sobre todo— la corrección de esos errores históricos más amplios. En los capítulos 5 y 6, desarrollo una visión de la justicia que se centra en reparar el daño causado a las supervivientes y en corregir esos errores históricos, en lugar de castigar a los perpetradores. Tras reconocer el daño causado, el primer paso para reparar una relación dañada es la disculpa. De eso trata el capítulo 5, en el que contrasto las disculpas genuinas con las falsas. Las disculpas genuinas, aunque poco frecuentes, pueden ser extraordinariamente sanadoras, mientras que las disculpas falsas agravan el daño. Las disculpas genuinas a menudo pueden conducir al perdón y la reconciliación, pero considero que la presión social para perdonar también puede convertirse en un camino fácil para los testigos y en una trampa que agrava la injusticia para las supervivientes. El capítulo 6 explora visiones de cómo sería la rendición de cuentas de los delincuentes si la justicia no se midiera mediante el castigo. Repaso las teorías y prácticas alternativas del movimiento de justicia restaurativa, considerando tanto su promesa creativa como sus limitaciones. También repaso algunos intentos recientes dentro del derecho civil existente para responsabilizar a las instituciones que han permitido la explotación criminal generalizada de mujeres y niños. La tercera parte desarrolla aún más la idea de la justicia como curación para las víctimas, los perpetradores y la sociedad en general. El capítulo 7 explora la cuestión de la restitución para las supervivientes, comenzando con las compensaciones económicas por daños y perjuicios para particulares, pero ampliando el marco para considerar los tipos de organización 12

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INTRODUCCIÓN

comunitaria que serán necesarios para crear servicios verdaderamente reparadores dentro de las prácticas del derecho y la aplicación de la ley. Los dos últimos capítulos tratan de imaginar cómo prevenir daños futuros. Si el castigo y el aislamiento de los delincuentes no son la manera adecuada de medir la justicia, entonces hay que encontrar otras formas de garantizar la seguridad de la comunidad y de reinsertar a los delincuentes en sus comunidades. El capítulo 8 repasa lo poco que se sabe sobre los delincuentes y su rehabilitación. Considero las pruebas de la eficacia del tratamiento de los delincuentes, que en la actualidad se limita principalmente a esa pequeña minoría que ha infringido la ley y ha sido condenada por los tribunales a recibir tratamiento. También subrayo la diferencia entre los tratamientos que se basan en la comprensión de estos delitos como abusos de poder y los que carecen de cualquier teoría social subyacente. Por último, en el capítulo 9, considero la promesa del campus universitario como laboratorio para desarrollar nuevos modelos de prevención de la violencia de género, utilizando los marcos de la salud pública y la justicia social. El libro concluye con una visionaria agenda de las supervivientes. Escuchar a las supervivientes de traumas y ser testigo de sus historias ha sido la base de mi vida profesional durante los últimos cincuenta años. Pero este libro también me ha llevado a adentrarme en ámbitos del conocimiento y el pensamiento, en el derecho, la historia y la filosofía política, lejos de mis propias áreas de especialización. Por lo tanto, pido al lector que considere este libro como el intento de una principiante de reimaginar la justicia, basado en el testimonio de supervivientes. Serán otros quienes desarrollen estas ideas en el futuro, si es que nuestra imperfecta especie tiene futuro en este planeta.

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UNA NOTA SOBRE LA METODOLOGÍA

Los testimonios que he recopilado provienen de veintiséis mujeres y cuatro hombres que son supervivientes de abuso sexual infantil, agresión sexual, tráfico sexual, acoso sexual y/o violencia doméstica. Para encontrarlos, simplemente difundí a través de mis diversas redes profesionales que quería hablar con supervivientes sobre sus puntos de vista sobre la justicia. No pretendo que este grupo sea representativo en general. El grupo que creé era bastante diverso en términos de origen étnico, orientación sexual, clase y origen geográfico, pero, en promedio, tenían un nivel educativo más alto que la población general, y muchos de sus miembros, como yo, pertenecían al mundo académico o a profesiones liberales. Sus edades oscilaban entre los veintidós y los sesenta años, y la mayoría tenían entre treinta y cuarenta años. No entrevisté a nadie que hubiera sido paciente del programa VoV, ya que habría constituido una violación de los límites profesionales. Tampoco entrevisté a nadie menor de veintiún años ni a nadie que estuviera en un momento crítico tras una agresión reciente; mis informantes habían tenido tiempo para recuperarse y reflexionar sobre lo que entendían por justicia. Mi grupo de informantes también era atípico, ya que más de la mitad había denunciado los delitos y había intentado que los agresores rindieran cuentas a través de los sistemas de justicia penal y/o civil, una tasa de denuncia y participación muy superior a la media de las víctimas de estos delitos. Seis (el 20%) habían participado realmente en procedimientos que dieron lugar a la condena penal del agresor. Si se considera la condena como la medida del éxito, esto representa una tasa de éxito mucho mayor que la que ofrece generalmente el sistema judicial. Mi método de entrevista no estaba estructurado, lo que significa que simplemente dejé que la conversación se desarrollara mientras mis informantes compartían sus historias. Les pregunté qué necesitaban para sentir que las cosas estaban bien, o lo mejor posible, y cuáles creían que deberían ser las consecuencias para los agresores y los testigos. Dado que 14

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UNA NOTA SOBRE LA METODOLOGÍA

las víctimas suelen estereotiparse como vengativas, les pregunté específicamente sobre los sentimientos de ira y venganza. También les pregunté su opinión sobre el perdón. A quienes habían tenido contacto con las estructuras formales de la justicia, les pregunté por qué denunciaron los delitos y cuáles habían sido sus experiencias. La mayoría de las entrevistas fueron grabadas y transcritas, pero en algunas ocasiones solo tomé notas. Todas las personas entrevistadas dieron su consentimiento informado por escrito. Empecé este proyecto hace veinte años, durante un año de beca en el Radcliffe Institute for Advanced Studies. Redacté algunas conclusiones preliminares en un artículo que se publicó en un número especial de la revista Violence Against Women sobre justicia restaurativa en 20051. Luego la vida se interpuso en forma de enfermedades y del traslado a una comunidad asistida, tras lo cual enviudé y fui abuela. Por todas estas razones, el proyecto quedó en suspenso. En los últimos tres años, por fin he podido retomarlo. Realicé algunas entrevistas adicionales, entre ellas nuevas entrevistas a tres supervivientes con las que había hablado por primera vez veinte años atrás, para conocer cómo habían evolucionado sus opiniones. Durante la pandemia, mientras estaba prácticamente en confinamiento solitario, por fin me pareció el momento adecuado para empezar a escribir este libro.

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