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Memorias del subsuelo


Título original: Записки из подполья © de la traducción: Jorge Ferrer Díaz, 2025 © de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L. Primera edición: enero de 2026 ISBN: 979-13-87833-45-9 Depósito legal: B 20304-2025 Diseño de cubierta: Anna Juvé Maquetación: Laura Rodríguez Dorado Impresión y encuadernación: CPI Black Print Impreso en Sant Andreu de la Barca Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más. Arpa Manila, 65 08034 Barcelona arpaeditores.com Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.


Fiódor Dostoievski

Memorias del subsuelo Traducción del ruso de Jorge Ferrer Posfacio de Tzvetan Todorov


Primera parte

EL SUBSUELO1

1 Desde luego, tanto el autor de estas «Notas», como las propias notas, son producto de la invención. No obstante, no es solo que hombres como él puedan existir en nuestra sociedad. Hombres así deben existir en nuestra sociedad, si atendemos a las circunstancias en las que esta sociedad se formó. He querido poner ante el público, resaltándolo más de lo que se suele, a uno de los personajes de este tiempo tan reciente como ya pasado. Se trata de un representante de una generación que pervive todavía entre nosotros. En este pasaje, titulado «El subsuelo», el personaje se presenta a sí mismo, exhibe sus ideas y, de algún modo, intenta arrojar luz sobre las causas de su surgimiento entre nosotros, las razones por las que alguien como él debía aparecer en nuestro medio. En el siguiente pasaje, se leerán las «notas» propiamente dichas redactadas por este personaje y el relato de algunos sucesos acaecidos en su vida. Fiódor Dostoievski.


I Soy un hombre enfermo… Soy un hombre lleno de rabia. Un hombre desagradable, también. Creo que tengo el hígado malo. En todo caso, no sé un comino de mi enfermedad, ni sé con certeza dónde me duele. No me trato de ninguna dolencia, no he ido a consulta jamás, aunque profeso respeto tanto por la medicina, como por los médicos. Por si fuera poco, soy además un tipo extremadamente supersticioso; bueno, lo bastante como para respetar a la medicina. (Tengo la suficiente instrucción como para librarme de ser supersticioso, pero soy supersticioso.) Ah, no, no: no quiero que se me cure de la rabia que siento. Y eso es algo que no querrán ustedes comprender, ¿verdad que no? Bueno, lo entiendo, ¡desde luego que sí! Como es natural, no seré capaz de explicarles contra quién descargaré mi rabia esta vez; soy perfectamente consciente de que a los médicos no los puedo «joder» con que me abstenga de visitar sus consultas. Sé mejor que nadie que, con ello, al único que le hago daño es a mí, y a


nadie más. Pero da igual: si no recurro a los médicos es porque me da rabia. ¿Que me duele el higaducho este que cargo? ¡Pues, que me duela más! Ya hace tiempo que vivo de este modo. Unos veinte años, nada menos. Ahora tengo cuarenta. Estuve en el servicio público, pero ya lo dejé. Fui un funcionario que destilaba rabia. Era grosero y me complacía serlo. A ver, como no cobraba sobornos, ¡con algo tenía que consolarme, ¿no? (Este ha sido un mal chiste, pero no lo voy a tachar. Lo anoté creyendo que haría mucha gracia y ahora que veo que no era más que un intento de dar la nota, ¡lo dejo y punto!). Cuando a mi mesa se aproximaban peticionarios en busca de algún documento, yo les sacaba los dientes y sentía una satisfacción enorme cuando conseguía estropearle el ánimo a alguno. Y eso se me daba casi siempre. La mayoría era gente cobardona. Peticionarios, ya se sabe. De entre los uniformados, había un oficial que me caía especialmente mal. Se resistía a someterse a mis disposiciones y hacía un ruido insoportable con el sable. Estuve medio año guerreando con él por culpa del puñetero sable. Y gané la partida al final, porque se lo guardó. Pero eso sucedió hace tiempo, siendo yo muy joven todavía. ¿Saben, señores, en qué radicaba el principal motivo de mi rabia? Pues en que, en todo momento, incluso en medio del mayor de mis arrebatos, y eso era lo más repugnante de todo, yo tenía plena consciencia de no ser un hombre cargado de rabia, y mucho menos alguien propenso a la furia: simplemente, me dedicaba a matar gorriones a cañonazos y me solazaba con ello. Echando espuma por la boca, con que me hubie-

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ran acercado una muñeca o una tacita de té cargado de azúcar, probablemente me hubiera calmado. Hasta me enternezco y todo, aunque después me rechinen los dientes de rabia contra mí mismo y la vergüenza me condene a meses de insomnio. Así soy: ¿qué se le va a hacer? Mentí antes cuando dije ser un funcionario cargado de rabia. Mentí, precisamente, por pura rabia. En realidad, lo que hacía era divertirme a costa tanto de los peticionarios como del oficial del sable: por mi propia naturaleza, jamás conseguí cargarme de verdadera rabia. Siempre, a cada instante, reconocía en mí una gran, grandísima colección de elementos contrapuestos. Percibía cómo todos esos contradictorios afanes bullían en mi interior. Sentía que siempre habían estado allí burbujeando y pugnando por salir al exterior, mientras que yo los retenía: los mantenía enjaulados a propósito. Me atormentaban hasta darme vergüenza, me provocaban convulsiones. Al final, me hartaron. ¡Menudo hartazgo! ¿No empiezan a tener, señores míos, la impresión de que me estoy confesando aquí ante ustedes? ¿No les comienza a parecer que les estoy pidiendo perdón por algo? Sí, estoy seguro de que eso es lo que les parece... Ahora bien, les aseguro que me da igual si eso es lo que les parece, como si no... No pude haberme vuelto malo, como tampoco me pude haber tornado cualquier otra cosa: ni malo, ni bueno; ni un canalla, ni un hombre honrado; ni un héroe, ni un insecto. Y ahora paso aquí metido los días que me quedan, atormentándome con el rabioso e inútil consuelo de que un hombre inteligente no puede convertirse en algo que no es, de que solo un tonto puede hacer tal cosa. Sí,

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sí: un hombre inteligente del siglo xix tiene que ser un sujeto sin carácter: debe serlo. Un hombre con carácter, un hombre de acción, suele ser un ser limitado. Esa es la convicción que tengo hoy a mis cuarenta años. Cuarenta años tengo, sí. Es decir, que cargo con toda una vida. Mi edad es la de la vejez más rotunda. ¡Vivir más de cuarenta años es una indecencia, una vulgaridad, una inmoralidad! Díganmelo honestamente, ¿quién vive más de cuarenta años? Se lo diré yo: los tontos y los canallas, esos. ¡Se lo digo a la cara a todos esos ancianos, a todos esos honorables ancianos, a todos esos ancianos de cabellos plateados y perfumados! ¡Y al mundo entero se lo digo a la cara también! Y tengo derecho a hacerlo porque yo sí que viviré hasta los sesenta años. ¡Y hasta los setenta viviré también! ¡Hasta los ochenta, qué caray! ¡Concédanme un momento! A ver si recupero el aliento… Probablemente hayan pensado, señores, que me propongo divertirles. Pues, también en eso se equivocan. No soy un tipo tan gracioso como les parece o les pueda parecer. En todo caso, si, irritados por tanta cháchara (y ya comienzo a percibir que lo están), se les ocurre preguntarme quién soy, a fin de cuentas, les diré que soy un asesor colegiado. Trabajé en el servicio público con el solo propósito de procurarme qué comer (y solo para eso), y cuando el año pasado un pariente lejano me legó seis mil rublos en su testamento, me licencié inmediatamente y me vine aquí a meterme en este rinconcito. Ya antes vivía en este rincón, pero ahora me establecí definitivamente en él. La habitación que ocupo es una porquería, es incómoda y está en un confín de la ciudad. Mi sir-

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vienta es una campesina vieja, malvada de tan tonta que es, y, por si ello fuera poco, apesta insoportablemente. Me han dicho que el clima de San Petersburgo le resulta cada vez más pernicioso a mi salud y que, en vistas de la escasez de mis recursos, me resulta muy oneroso vivir en la capital. Todo eso lo sé mucho mejor que todos mis sabios consejeros y los entusiastas listillos. Pero me quedo en San Petersburgo; ¡de mi San Petersburgo no me marcho! Y la razón de que no me marche es que… ¡Bah! Si al final da completamente igual si me marcho o me quedo. Pero bueno, a ver, ¿qué es aquello de lo que cualquier hombre decente puede hablar con el mayor deleite? De sí mismo, por supuesto. De modo que eso es lo que haré: hablar de mí mismo.

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II Ahora quiero contarles, señores, lo mismo si quieren escucharlo que si no, por qué no alcancé a convertirme ni siquiera en un insecto. Les informo solemnemente que fueron múltiples las ocasiones en las que quise convertirme en un insecto. Pero ni de tal cosa resulté digno. Les juro, señores míos, que poseer demasiada consciencia es una enfermedad, una enfermedad en toda regla. Para manejarse en la vida, a cualquier hombre le bastaría con una consciencia de envergadura regular, es decir, limitada, incluso, a un cuarto de la cuota que le toca a una persona desarrollada que habite nuestro desgraciado siglo xix. Sobre todo, si tiene la rotunda desgracia de habitar en San Petersburgo, la más frívola y a la vez la más concienzuda de todas las ciudades. (Las ciudades pueden ser concienzudas o inconscientes). Sería de sobras suficiente con que se poseyera, por ejemplo, la consciencia con la que cuentan las personas originales o los hombres de acción. Me juego los cuartos a que escribo todo


esto para llamar la atención con alguna agudeza sobre los hombres de acción, que adopto a propósito una pose vulgar, que agito el sable, como el oficial aquel. Pero díganme, señores: ¿quién podría alardear de sus enfermedades y presumir de ellas? Bueno, ¿qué digo? ¡Todo el mundo lo hace! Todos se vanaglorian de sus males, y yo, el primero. No vamos a discutir ese punto, que mi objeción es absurda. No obstante, tengo la firme convicción de que la posesión de un elevado grado de consciencia y hasta la del más mínimo ápice de consciencia constituye una enfermedad. En esa idea me mantengo firme. Mas, dejemos eso un instante. A ver qué me dicen a esto: ¿cómo es posible que, precisamente en los momentos…, sí, es que siempre fue como a propósito que en los precisos momentos en los que yo era más capaz de percibir todas las sutilezas de «lo que es bello y sublime», como se solía decir antes por aquí, me daba por, ya no solo tener consciencia de su maldad, sino por perpetrar las acciones más indecorosas, acciones que… sí, por qué no decirlo, acciones que, si bien las perpetra todo el mundo, a mí se me ocurría hacerlas, como a propósito, cuando tenía una mayor consciencia de que de ninguna manera debía realizarlas? Mientras mayor consciencia del bien y de todo eso que es «bello y sublime» poseía, más profundamente me hundía en mi propio barro y mayores eran las posibilidades que tenía de quedarme atrapado en él. Pero lo más notable es que todo aquello no parecía deberse a la mera casualidad, sino que sucedía porque así tenía que ser. Era como si aquel fuera mi estado normal, y en modo alguno una enfer-

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medad o una tara, porque, a fin de cuentas, perdí las ganas de luchar contra la supuesta tara. La cosa llegó al punto de que casi acabo creyendo (o puede que lo creyera de veras), que aquel era, después de todo, mi estado natural. ¡Y lo que sufrí al principio luchando contra ello! No me creía que fuera un fenómeno común a todo el mundo y me pasé toda la vida escondiéndolo como un secreto. Sentía vergüenza (y puede que todavía sienta un poco). La cosa llegaba al punto de que, a veces, al regresar a mi covacha en alguna de las repugnantes noches petersburguesas, sentía una satisfacción perversa, soterrada y fuera de lo normal al cobrar consciencia de que ese día había perpetrado otro acto miserable, y que lo hecho no tenía vuelta atrás, y entonces me roía por dentro en secreto, me roía con los dientes, me cortaba las vísceras con una sierra, me succionaba los jugos hasta que la amargura se transformaba por fin en un dulzor vergonzoso y maldito y, al final de todo, me embargaba una firme, ¡una intensa sensación de placer! ¡Placer, sí! ¡Placer! Lo sostengo. Y es por eso que lo cuento, porque me gustaría saber si hay otros que experimenten estos mismos placeres. Se lo voy a explicar: se trata de un placer provocado nada más y nada menos que por la toma de consciencia clarísima de mi propia humillación; por la meridiana claridad con la que veía que había llegado al último tope; por la certeza de que sí, lo hecho era deleznable, pero así tuvo que ser; de que no, no tenía salida: nunca sería un hombre distinto del que ya era; de que, aun si quedaran el tiempo y la voluntad para convertirme en alguna otra cosa, lo más probable es que no quisiera

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hacerlo; y que aun queriéndolo, tampoco habría hecho nada en particular, porque, en realidad, lo más probable es que no hubiera algo distinto en lo que convertirse. Lo principal, el meollo de este asunto, es que todo esto ocurre de acuerdo con las leyes principales que derivan de la posesión de un exceso de consciencia, y de la inercia que se sigue de esas mismas leyes. Por consiguiente, no es que no te rehagas a ti mismo, sino que no hay nada que puedas hacer en general. A resultas de ese exceso de consciencia, por ejemplo, uno descubre que es un canalla, mas ¿qué consuelo da ese conocimiento, si lo que se descubre es que se es un canalla y punto? Bueno, basta… ¡Vaya la que he montado! ¿Y acaso he aclarado algo? ¿Cómo explicar el placer que sentía? ¡Ya se lo explicaré! ¡Esto yo lo llevo hasta el final! Es para eso que he tomado la pluma, a fin de cuentas… Yo mismo, por ejemplo, soy terriblemente orgulloso. Soy susceptible y me ofendo con facilidad, como un jorobado o un enano. Pero lo cierto es que ha habido ocasiones en las que, si alguien me hubiera pegado una bofetada, es posible que hasta me hubiera puesto contento. Lo digo en serio: es probable que hubiera sabido encontrar, incluso en eso, algún tipo de placer; desde luego, el placer de la desesperación, pero ya se sabe que en la desesperación anidan algunos de los placeres más ardientes, sobre todo cuando se tiene una consciencia muy fuerte de la ausencia de una salida de la situación en la que uno se ha metido. Y en el caso de la bofetada: ¡bueno, ahí la consciencia descubre de repente la clase de basura miserable en la que te han convertido! En todo caso, lo prin-

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cipal es que, me ponga como me ponga, siempre soy el principal culpable de todo y, lo que es más ofensivo, culpable sin culpa, culpable, por así decirlo, a resultas de las leyes de la naturaleza. Culpable, en primer lugar, porque soy más inteligente que todos los que me rodean. (Siempre me he considerado más inteligente que las personas que me rodean y a veces, lo crean ustedes o no, hasta me avergonzaba de ello. En todo caso, toda la vida he dirigido la vista a un lado, porque nunca he podido mirarle a los ojos a los demás). Y culpable, por fin, porque de haber existido algún tipo de nobleza, eso, consciente de su inutilidad, solo habría añadido tormento a mi condición. Porque lo más seguro es que no podría hacer nada con esa nobleza de espíritu: no perdonaría, porque podría ser que mi ofensor me golpeara de acuerdo con las órdenes de la naturaleza, a las que concederle el perdón carece de sentido; y tampoco habría podido olvidar, porque por mucho que la bofetada respondiera a las órdenes de la naturaleza, el golpe duele. Por último, si hubiera querido renunciar por completo a la nobleza de marras y vengarme del ofensor, tampoco habría podido vengar nada en nadie, porque lo más probable es que no me decidiera a hacer algo, aun si hubiera podido. ¿Por qué no me habría decidido? De eso me gustaría decir unas palabras aparte.

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