Walden
Título original: Walden, or Life in the Woods © del texto: Henry David Thoreau, 1854 © de la traducción y del prólogo: Jordi Giménez Samanes, 2025 © de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L. Primera edición: febrero de 2026 ISBN: 979-13-87833-47-3 Depósito legal: B 22984-2025 Diseño de cubierta: Anna Juvé Imagen de cubierta: An Alpine Valley (1878), Rodolphe Leon Berthoud Imágenes del interior: fotograbados de Alfred W. Hosmer, 1897. Cortesía de Getty Maquetación: Àngel Daniel Impresión y encuadernación: CPI Black Print Impreso en Sant Andreu de la Barca Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más. Arpa Manila, 65 08034 Barcelona arpaeditores.com Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Henry David Thoreau
Walden La vida en los bosques Traducción y prólogo de Jordi Giménez Samanes
índice Prólogo
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walden Economía
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Dónde vivía y para qué vivía
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La lectura
126
Sonidos
140
Soledad
161
Visitantes
173
El campo de alubias
190
La ciudad
208
Las lagunas
216
La granja de Baker
248
Leyes superiores
258
Mis vecinos los animales
273
Mantener caliente la casa
289
Antiguos habitantes y visitantes de invierno
309
Los animales en invierno
326
La laguna en invierno
339
La primavera
358
Conclusión
381
notas del traductor
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prólogo En el elogio que Ralph Waldo Emerson publicó en The Atlantic Monthly en agosto de 1862, apenas tres meses después del fallecimiento de Thoreau, el célebre filósofo trascendentalista —amigo y mentor del autor de Walden, y también propietario de los terrenos donde este levantó su famosa cabaña en el bosque— revela la ascendencia francesa de su familia. Emerson señala que esta procedía de la isla de Guernsey, una de las islas del Canal bajo soberanía británica, que más tarde sería lugar de refugio y trabajo literario de Victor Hugo. La primera anécdota expuesta por el filósofo acerca de su amigo y protegido es bien reveladora. Los padres de Thoreau poseían una empresa familiar de lápices de grafito, que el futuro escritor se propuso mejorar. Sometidas sus modificaciones a los profesionales del sector, obtuvo la aprobación de estos, y cuando sus amigos y familiares se felicitaban y le felicitaban dando por hecho que era aquello el punto de partida de su carrera en la industria familiar, él rehusó, afirmando que nunca más volvería a fabricar ningún lápiz: «¿Por qué habría de hacerlo? No voy a repetir lo que ya he hecho una vez».
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Hay multitud de anécdotas que nos presentan en Thoreau una personalidad «iconoclasta» (término empleado por Emerson), individualista, emprendedora, inquieta, inconformista, celosa por encima de todo de su independencia, siempre alentada por una preocupación ética, con un impulso muchas veces ascético, y por una espiritualidad sin fundamentos externos, orientada hacia la búsqueda en el propio interior. Hay una exigencia de pureza, de autenticidad, en pos de las cuales se vuelve hacia la naturaleza (es difícil no recordar planteamientos rousseaunianos, aunque las referencias explícitas en Walden apuntan a otras fuentes: los clásicos latinos, los orientales, la Biblia). Al margen de influencias recibidas, cabría incluir a Thoreau en el marco de los autores afines al trascendentalismo, cuyo principal representante sería el propio Ralph Waldo Emerson, pero también escritores, periodistas y activistas como Walt Whitman, Margaret Fuller o Amos Bronson Alcott (padre de la novelista Louisa May Alcott). Todos ellos, en sus diversos campos, han ejercido una influencia indudable en el pensamiento norteamericano (y occidental) del siglo XX: desde la defensa de los derechos de la mujer, hasta la preocupación por la preservación del medio natural, pasando por el movimiento en pro de los derechos civiles, los derechos de los nativos americanos, la abolición (en su momento) de la esclavitud, la desobediencia civil… Acerca de este último punto, es notorio su ensayo Resistance to Civil Government (La resistencia al gobierno civil), publicado en 1849, en el que plantea el conflicto entre la conciencia individual y el sometimiento a leyes injustas. Su influencia se ejerció en personalidades como Tolstoi, Gandhi o Martin Luther King. Thoreau puso en práctica esta desobediencia cuando se negó a pagar cierto impuesto estatal (poll tax), deuda que acumuló durante seis años, como protesta contra
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el destino de la recaudación: el mantenimiento de la esclavitud y de la guerra contra México. Una aventura que acabó con una breve estancia en prisión. Breve porque sus amigos y familiares se apresuraron a pagar los impuestos atrasados, ya que él no parecía dispuesto a abandonar la cárcel, un lugar donde se sentía más libre y donde debía vivir un ciudadano decente cuando su gobierno no lo era, según sus palabras. «El país no es consciente todavía, o lo es mínimamente, de la grandeza del hijo que ha perdido». Tales son las palabras de Ralph Waldo Emerson en el elogio mencionado. Más allá de su pensamiento y sus posicionamientos, es lícito pensar en la sinceridad, la integridad y la nobleza intelectual de Henry David Thoreau. Es de esos autores que «se ganan» su inconformismo, pues lo demuestran en primer lugar consigo mismos. Buscador incansable, demostró no conformarse con bellas teorías. Aquello que preconizaba, quiso ponerlo en práctica. De esta búsqueda nace Walden, de la voluntad de contrastar con la realidad sus convicciones personales. Convierte su experiencia vital en un experimento económico (en diversas ocasiones desciende al detalle de facilitarnos el coste de los materiales empleados, de las verduras plantadas, de los granos sembrados), pero también en un ensayo introspectivo y en un poema a la naturaleza. Sorprende a veces por su enfoque práctico: explicación pormenorizada de los métodos y probaturas conducentes a mejorar la producción de sus cosechas, o la comodidad de su cabaña, o los trabajos realizados para sondear y medir la profundidad de la laguna, de las capas de hielo de los estanques de la zona, o la observación de la flora de la región (con una vena de gran naturalista), de la migración de las aves, de las costumbres del colimbo y de las guerras entre ejércitos de hormigas. Pero el carácter práctico del relato da lugar a digresiones sociológicas, a reflexiones
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acerca de la aventura y la condición humanas, de la codicia, la ambición y la ignorancia de tantos hombres con sus vanidades y sus banalidades. Porque, a pesar de la soledad del medio en que ha ido a vivir (Thoreau permaneció en su retiro dos años y dos meses, si bien el relato se circunscribe a un año natural con la finalidad de exponer el paso de las estaciones), la obra es también un estudio de tipos humanos, y no solo por aquellos que evoca al hilo de sus recuerdos, sino por las visitas que recibe de conocidos, paseantes, lugareños, un leñador, incluso trabajadores de una empresa de producción de hielo. Si, como dice el autor, una silla es para la soledad, dos para la amistad y tres para la sociedad, los amigos trascendentalistas que se acercan hasta su cabaña conforman un verdadero cenáculo de almas afines, con un elemento idealista y un sello de nobleza intelectual: los mencionados Ralph Waldo Emerson y Amos Bronson Alcott, y también William Ellery Channing, su primer biógrafo y el «Poeta» del diálogo en que, en la obra, Thoreau se nombra a sí mismo «Ermitaño». En sus mejores páginas, Walden se convierte en un himno. El amor a la naturaleza permea todo el texto. El color de la superficie de la laguna en cada una de las épocas del año permanece en el fondo de la retina aunque jamás hayamos estado en sus orillas; la risa fantasmagórica del colimbo en la bruma se convierte en un icono imborrable; las horas pasadas en la soledad y la profundidad del bosque nos llenan el alma con una presencia casi tangible. El hombre y el lugar acaban haciéndose como necesarios el uno al otro. Cómo no pensar en Walden al hablar de Thoreau, pero, cómo no pensar en Thoreau ante la sola mención de Walden Pond. Jordi Giménez Samanes
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No es mi propósito el de escribir una oda al desaliento, sino el de cantar con toda la vitalidad del gallo en la mañana desde lo alto del gallinero, aunque solo sea para despertar a mis vecinos.
ECONOMÍA Cuando escribí las páginas que siguen, o al menos el grueso de ellas, vivía solo en el bosque, sin un vecino en más de kilómetro y medio a la redonda, en una cabaña que me había construido yo mismo a orillas de una laguna, Walden Pond, en Concord, Massachusetts, y me ganaba el sustento exclusivamente con el trabajo de mis manos. Allí viví dos años y dos meses. En la actualidad me encuentro ya de vuelta en la civilización. No sometería mis asuntos a la atención de mis lectores de no ser por las preguntas que algunos de mis conciudadanos han venido haciéndome acerca de mi forma de vida, preguntas que algunos podrían considerar impertinentes, pero que a mí no me lo parecen de ningún modo, sino más bien, y dadas las circunstancias, muy naturales y pertinentes. Algunos me han preguntado qué comía, si no me sentía solo, si no tenía miedo, y cosas por el estilo. Otros han mostrado curiosidad por saber qué porción de mis ingresos entregaba a causas caritativas; y algunos otros, con familias muy numerosas, a cuántos niños pobres mantenía. Así pues, pediré a aquellos de mis lectores que no sientan un interés
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particular hacia mí que me perdonen si me entrego en este libro a la tarea de responder a algunas de estas preguntas. En la mayor parte de los libros, el yo, la primera persona, se omite; en este, se mantendrá; esto es, con respecto al egocentrismo, lo que marca la diferencia. Al fin y al cabo, por lo general no recordamos que es la primera persona la que habla. No hablaría tanto de mí mismo si hubiera alguien a quien conociera igual de bien. Por desgracia, estoy limitado a este asunto por lo reducido de mi experiencia. Por mi parte, además, exijo de todo escritor, antes o después, un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no una mera repetición de lo que ha escuchado acerca de la vida de otros hombres: el tipo de relato que enviaría por escrito a sus familiares desde una tierra lejana, pues si ha vivido sinceramente, tiene que haber sido en una tierra lejana para mí. Tal vez estas páginas vayan dirigidas más particularmente a estudiantes pobres. En cuanto al resto de mis lectores, podrán entresacar los pasajes que mejor les convengan. Confío en que ninguno fuerce el traje hasta reventársele las costuras; mejor servicio le hará a quien le ajuste la talla. Me gustaría en verdad decir algo, no para los habitantes de China o de las islas Sandwich,1 sino para vosotros que leéis estas páginas y que se supone vivís en Nueva Inglaterra; algo acerca de vuestras condiciones, en especial de las externas, o de vuestras circunstancias en este mundo, en esta ciudad, es decir, si es necesario que sean tan malas como tal vez son, si pueden mejorarse o no. Me he movido mucho por Concord, y en todas partes, en las tiendas, en las oficinas, en el campo, me ha parecido como si los lugareños estuvieran haciendo algún tipo de penitencia, de mil maneras diferentes. Cuanto he oído decir de los brahmanes, que se exponen sentados a cuatro fuegos y de cara al sol; o que se mantienen colgados, con la cabeza bocabajo suspendida sobre las
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llamas; o que contemplan el cielo con la cabeza vuelta por encima del hombro «hasta que les resulta imposible recuperar su postura natural y, debido al retorcimiento del cuello, no pueden ingerir ya nada más que líquidos»; o que se encadenan de por vida a los pies de un árbol; o que recorren la vastedad de un imperio moviéndose como orugas, como si lo midieran con su propio cuerpo; o que se aguantan sobre un solo pie en lo alto de una columna…; todo ello, todas estas formas de penitencia consciente, apenas resultan más increíbles y asombrosas que las escenas de las que soy testigo diario. Los doce trabajos de Hércules eran una trivialidad en comparación con los que emprenden mis vecinos, pues aquellos fueron tan solo doce y tuvieron un final. Nunca he visto, sin embargo, que estos hombres mataran o capturaran a ningún monstruo, ni que ninguno de sus trabajos tuviera fin. No cuentan con ningún Yolao amigo que les ayude a cauterizar con un hierro al rojo el cuello de las cabezas de la Hidra, de las cuales, a medida que cada una de ellas era arrancada, brotaban dos. Veo a hombres jóvenes, conciudadanos míos, cuya desgracia es la de haber heredado granjas, casas, graneros, ganado y aperos de labranza, cosas todas ellas más fáciles de adquirir que de deshacerse de ellas. Habría sido mejor para ellos haber nacido al aire libre en mitad de los pastos y haber sido amamantados por una loba: habrían visto con mayor claridad qué tierra estaban llamados a trabajar. ¿Quién les ha hecho siervos del campo? ¿Por qué tienen que apoquinar con sus sesenta acres, cuando el hombre está condenado únicamente a su parcela de polvo? ¿Por qué se ven obligados a empezar a cavarse su propia tumba desde el momento mismo en que nacen? Tienen que vivir toda una vida humana con todas estas cosas constantemente presentes y salir adelante lo mejor que pueden. Cuántas pobres
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almas inmortales he conocido poco menos que aplastadas y asfixiadas bajo esa carga, arrastrándose por la senda de la vida, con un granero de veinticinco por doce metros al que hacer frente (unos establos de Augías que nunca conseguirán limpiarse) y cien acres de tierra por añadidura en los que labrar, segar, pastorear y hacer leña. Quienes carecen de propiedad, quienes luchan sin tales innecesarios estorbos heredados, encuentran trabajo suficiente para dominar y cultivar unos pocos decímetros cúbicos de carne. Y es que los hombres trabajan por error. Lo mejor del hombre pronto acaba bajo tierra para fertilizarla. Por aparente obra del destino, al que suele llamarse necesidad, se dedican a acumular tesoros que, como se dice en un viejo libro,2 la polilla y el orín corromperán y los ladrones desenterrarán y robarán. Es una vida de locos, como descubrirán cuando lleguen a su final, si no antes. Se cuenta que Deucalión y Pirra crearon a los hombres arrojando piedras tras sus espaldas: De ahí la dureza de nuestra estirpe, avezada al esfuerzo, y testimonio damos del origen de nuestro nacimiento.3
Así que todo por la ciega obediencia a un torpe oráculo, que les llevó a arrojar piedras a sus espaldas sin mirar dónde caían. Por mero error nacido de la ignorancia, la mayoría de los hombres, aun viviendo en un país como este, relativamente libre, están tan pendientes de sus ocupaciones y de las duras tareas que la vida impone, que no pueden recoger los mejores frutos de esta. Sus dedos, por exceso de trabajo, están entumecidos, o les tiemblan demasiado. En realidad, el hombre trabajador no dispone de tanto ocio como para desarrollarse íntegramente en el día a día; no puede permitirse
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mantener relaciones sociales, de hombre a hombre: el valor de su trabajo se depreciaría en el mercado. No tiene tiempo para ser otra cosa que una máquina. ¿Cómo podría tener presente su ignorancia —como su crecimiento personal lo requeriría— quien tan a menudo tiene que echar mano de sus conocimientos? De vez en cuando habría que proporcionarle alimento y vestimenta gratis, y reconfortarlo con nuestro mejor licor, antes de juzgarlo. Las mejores cualidades de nuestra naturaleza, al igual que las primicias de los frutos de la tierra, deben protegerse mediante la más delicada de las manipulaciones. Pero no solemos tratarnos ni a nosotros ni entre nosotros de manera tan considerada. Algunos de vosotros, todos lo sabemos, sois pobres. La vida se hace difícil en tales condiciones, falta el aire por así decir. No dudo de que algunos de los que lean este libro no podrían pagar todas las comidas que han comido, ni todos los abrigos o los zapatos que con tanta rapidez se gastan, o que ya están gastados y raídos, y que para llegar hasta esta página han tenido que sustraer o tomar prestado algo de tiempo, robándoles una hora a sus acreedores. Para mí resulta evidente lo humilde y subrepticia que es la vida que lleváis muchos de vosotros, pues la experiencia me ha agudizado la vista. Siempre al límite, luchando por entrar en el negocio y por escapar de las deudas, por salir de ese viejo atolladero, antiguo en verdad, llamado æs alienum por los antiguos romanos, «cobre ajeno», porque algunas monedas de entonces estaban hechas de cobre; viviendo, muriendo, recibiendo sepultura merced a este cobre ajeno. Siempre prometiendo pagar, prometiendo pagar mañana, pero muriendo hoy, insolventes. Intentando ganarse el favor de otros, hacerse una clientela, por todos los medios posibles, con tal de que no sean motivo de penas de prisión. Mintiendo, adulando, votando, reduciéndose hasta la más estricta
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estrechez de civilidad, o dilatándose en una atmósfera de fina y vaporosa generosidad que le permita a uno persuadir al vecino de que le deje fabricarle los zapatos, o el sombrero, o el abrigo, o el carruaje, o proveerle de comestibles de importación. Afanándose hasta caer enfermo por acumular reservas para el día que uno pueda caer enfermo; algo que pueda conservarse en un viejo arcón, o en un calcetín entre pared y pared, o bajo los ladrillos; no importa dónde, ni cómo, ni si es mucho ni poco. Me maravilla a veces que podamos ser tan frívolos, casi diría, como para prestar toda nuestra atención a esa forma de servidumbre tan burda, y en cierto modo externa, llamada «esclavismo de los negros», como si no hubiera amos más aplicados y sutiles que esclavizan a la gente, tanto en el norte como en el sur. Es duro tener encima a un capataz sureño, pero es peor el norteño; y lo peor de todo es cuando uno se convierte en negrero de uno mismo. ¡Cómo hablar luego de la divinidad en el hombre! No hay más que ver a ese carretero que viene y va día y noche por los caminos, de mercado en mercado: ¿qué divinidad puede bullir en su interior? ¡No hay deber más elevado para él que el de dar forraje y agua a sus caballos! ¿Qué es para él su propio destino, comparado con los intereses de la industria del transporte? ¿Acaso no trabaja para el Señor Entrega Rápida? ¿Cuán divino es, cuán inmortal? Mirad cómo se encoge y se arrastra, cómo le atenaza todo el día un miedo indefinido, no demostrando precisamente ser inmortal ni divino, sino esclavo y prisionero de su propia opinión de sí mismo, de una fama ganada con sus propias acciones. La opinión pública es un tirano benévolo en comparación con nuestras propias opiniones íntimas. Aquello que un hombre piensa de sí mismo es lo que determina, o más bien señala, su destino. Alcanzar la emancipación
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de uno mismo, aun en las provincias de las Indias Occidentales de la fantasía y la imaginación… ¿dónde está el Wilberforce4 que la lleve a cabo? Pensemos también en las damas de nuestra comarca, que tejen cojines de asiento para el baño, pues el fin está próximo, pero sin dejar asomar un interés demasiado vivo por su propio destino… ¡como si se tratara de matar el tiempo sin ofender a la eternidad! La mayor parte de los seres humanos llevan una vida de tranquila desesperación. Aquello a lo que llamamos resignación no es sino la confirmación de esta desesperación. Uno cambia la desesperación de la ciudad por la desesperación del campo, donde tiene que consolarse con la bravura de los visones y las ratas almizcleras. Incluso tras lo que se conoce como juegos y entretenimientos del género humano se oculta una desesperación estereotipada aunque inconsciente. No hay nada lúdico en ellos, pues se dan después del trabajo. Con todo, es señal de sabiduría no hacer cosas desesperadas. Cuando consideramos aquello que representa, por servirnos de las palabras del Catecismo, la finalidad suprema del ser humano, y aquello que constituye las necesidades básicas y los verdaderos medios de vida, pareciera que los hombres han elegido deliberadamente el modo de vida común porque lo preferían a cualquier otro. Sin embargo, lo que piensan con toda sinceridad es que no tenían elección. Pero las naturalezas despiertas y sanas recuerdan que el sol naciente es siempre brillante. Nunca es tarde para renunciar a nuestros prejuicios. No hay por qué creer que, por antiguo que sea algo, deba confiarse en ello ni actuar conforme a ello sin pruebas. Aquello que todo el mundo repite, o simplemente acepta en silencio como verdad hoy, puede resultar ser falso mañana, como mero humo emanado de la opinión que algunos tomaron por una nube portadora de
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lluvia fertilizadora que regaría sus campos. Lo que los viejos dicen que no hagas, lo pruebas y resulta que podías hacerlo. Que los viejos actúen como viejos y los jóvenes como jóvenes. Hubo un tiempo en que los viejos no sabían lo suficiente, acaso, para conseguir combustible fresco con que mantener encendido el fuego; los jóvenes, en cambio, ponen unas ramitas secas bajo la cazuela y salen a recorrer el mundo con la velocidad de los pájaros, y con una energía que los viejos no podrían resistir, como es opinión común. La edad provecta no está mejor cualificada (y apenas tanto como cualquier otra) para instruir a la juventud, pues el provecho obtenido no es tan grande como el perdido tiempo atrás. Casi podríamos dudar de que el hombre más sabio haya aprendido nada que sea completamente atribuible al mero hecho de haber vivido. En la práctica, los viejos no tienen consejos muy importantes que dar a los jóvenes, ya que su experiencia ha sido tan parcial y su vida ha supuesto un fracaso tan triste, por motivos personales, que sin duda tienen que darse cuenta de ello; y es posible que conserven algo de fe que desmienta tal experiencia, y que les haga ver que simplemente son menos jóvenes de lo que una vez fueron. He vivido ya una treintena de años en este planeta, y todavía estoy por oír la primera sílaba de algún consejo valioso, o al menos serio, de boca de mis mayores. No me han dicho nunca nada, ni probablemente puedan decirme nada, en este sentido. He aquí la vida, un experimento que en gran medida yo aún no he probado, y de poco me sirve que ellos ya lo hayan hecho. Si cuento con alguna experiencia que considero valiosa, estoy seguro de poder constatar que mis mentores nada me han dicho de ella. Me dice un granjero: «No puedes vivir comiendo únicamente alimentos vegetales, porque no te aportan nada de aquello con lo que se forman los huesos»; de modo que él
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consagra religiosamente una parte del día a suministrarle a su organismo materia prima para sus huesos. Mientras habla, va caminando detrás de su buey, el cual, gracias a unos huesos fabricados a partir de materia vegetal, tira de él y de su pesado arado superando todo obstáculo. Algunas cosas constituyen verdaderas necesidades básicas para determinados ambientes, los más afectados por la pobreza y la enfermedad, mientras que en otros son meros lujos, e incluso en algunos son desconocidas por completo. A algunos les parece como si el campo de la vida humana en toda su extensión hubiera sido ya examinado por sus predecesores, desde lo alto de las cumbres hasta lo más hondo de los valles, así como todas las cosas por las que debemos cuidarnos. Según Evelyn:5 «El sabio Salomón redactó reglamentos acerca incluso de la distancia a que debían plantarse los árboles, y los pretores romanos determinaron con qué frecuencia podía uno entrar en las tierras del vecino para recoger las bellotas que caían en ellas sin incurrir en invasión de la propiedad, y cuál era la parte que le correspondía al vecino». Hipócrates llegó a dejarnos instrucciones acerca de cómo cortarnos las uñas: al nivel de la punta de los dedos, ni más largas ni más cortas. Sin duda, el tedio y el hastío mismos nacidos de la suposición de haberse agotado la variedad y los goces de la vida son tan viejos como Adán. Pero las capacidades del hombre nunca han llegado a medirse, de hecho se han puesto tan poco a prueba, que no debemos juzgar acerca de lo que podemos hacer a partir de ningún precedente. Sean cuales hayan sido sus fracasos hasta ahora, «no te aflijas, hijo mío, porque ¿quién podrá achacarte lo que hayas dejado sin hacer?». Podríamos contrastar nuestras vidas a través de mil pequeños ejemplos, como el del sol, cuyos rayos tanto hacen madurar mis alubias, como iluminan todo un sistema de
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planetas similares al nuestro. De haberlo tenido presente, me habría ahorrado algunos errores. No fue bajo esa luz como las cultivé. ¡Qué maravillosos triángulos, estos que tienen a las estrellas por vértices! ¡Qué distantes y diferentes los seres que, desde las diversas mansiones del universo, contemplan lo mismo en el mismo momento! La naturaleza y la vida humana son tan variadas como nuestras distintas constituciones. ¿Quién podría decir qué perspectiva ofrece la vida a otra persona? ¿Podría darse un milagro mayor que el que acontecería si intercambiásemos por un instante nuestra mutua mirada a través de los ojos de los demás? En una hora recorreríamos todas las edades del mundo; sí, y viviríamos en todos los mundos de cualquiera de esas eras. ¡Historia! ¡Poesía! ¡Mitología! No se me ocurre la lectura de ninguna otra experiencia ajena tan asombrosa y enriquecedora como lo sería esta. La mayor parte de cuanto mis vecinos dicen ser bueno, a mí me parece malo en lo más hondo del alma; y si me arrepiento de algo, probablemente sea de mi buena conducta. ¿Qué demonio me ha poseído para comportarme tan bien? Puede decirme la cosa más sabia que se le ocurra, señor anciano —usted que ha vivido setenta años no sin cierto honor—: yo sigo oyendo una voz irresistible que me invita a alejarme de todas esas palabras. La nueva generación abandona lo emprendido por la anterior como si de un navío embarrancado se tratara. Creo que no tenemos por qué temer en dejarnos llevar por la confianza mucho más de lo que hacemos. Podemos renunciar al cuidado de nosotros mismos en la misma proporción en que, honestamente, se lo brindamos a otros. La naturaleza está tan bien adaptada a nuestra debilidad como a nuestra fortaleza. La ansiedad y la tensión incesantes de algunas personas vienen a ser una forma casi incurable
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de enfermedad. Tenemos tendencia a exagerar la importancia del trabajo que realizamos, cuando en realidad, ¡cuántas cosas no las hacemos nosotros! Además, ¿y si caemos enfermos? ¡Qué vigilantes somos! Dispuestos siempre a no vivir por la fe si podemos evitarlo. Después de pasarnos el día en estado de alerta, por la noche recitamos de mala gana nuestras oraciones y nos encomendamos a incertezas. Nos vemos así sincera y fundamentalmente obligados a vivir, venerando nuestra vida y negando la posibilidad de cambio. Es la única forma, decimos; pero hay tantas formas como radios pueden dibujarse a partir de un punto central. Todo cambio es un milagro digno de contemplación; pero es un milagro que tiene lugar a cada instante. Confucio dijo: «Saber que sabemos lo que sabemos, y que no sabemos lo que no sabemos, en ello radica el verdadero conocimiento».6 Cuando un hombre haya reducido un acto de la imaginación a convertirlo en un acto de su entendimiento, preveo que todos los hombres acabarán estableciendo su vida sobre tal fundamento. Pasemos un momento a considerar aquello a que me refería, que causa la mayor preocupación y ansiedad, y en qué medida es necesario que nos preocupemos o, como mínimo, que nos cuidemos de ello. Sería conveniente llevar una vida primitiva y pionera, aun en medio de una civilización adelantada, aunque solo fuera para aprender cuáles son las necesidades más básicas de la vida y qué métodos se han puesto en práctica para obtenerlas; o también quizá para echar un vistazo a los viejos libros de cuentas de los comerciantes y comprobar qué es lo que los hombres han comprado con mayor asiduidad en las tiendas, lo que más han almacenado, es decir, cuáles son los comestibles más básicos. Pues los avances de la historia poca influencia han ejercido en las leyes fundamentales de la existencia