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EL GRAN GATSBY


Título original: The Great Gatsby © de la traducción: José Luis Piquero, 2025 © del posfacio: Rodrigo Fresán, 2025 © de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L. Primera edición: enero de 2026 ISBN: 979-13-87833-46-6 Depósito legal: B 20901-2025 Diseño de cubierta: Anna Juvé Maquetación: Laura Rodríguez Dorado Impresión y encuadernación: CPI Black Print Impreso en Sant Andreu de la Barca Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más. Arpa Manila, 65 08034 Barcelona arpaeditores.com Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.


Francis Scott Fitzgerald

EL GRAN GATSBY Traducción y prólogo de José Luis Piquero Posfacio de Rodrigo Fresán


«Así que ponte el sombrero dorado, si con eso la conmueves; si sabes saltar alto, salta también para ella, hasta que grite “¡Amor, amor del sombrero dorado y que salta alto, has de ser mío!”». Thomas Parke D’Invilliers1

1 Thomas Parker d’Invilliers es un personaje de la primera novela de Fitzgerald, A este lado del paraíso, inspirado en el poeta John Peale Bishop, amigo del autor. (Todas las notas son del traductor).


Una vez más, a Zelda


Índice PRóloGO de José Luis Piquero

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El gran Gatsby

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POSFACIO DE RODRIGO FRESÁN

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PRÓLOGO El Desencanto El nombre de Francis Scott Fitzgerald evoca de inmediato el jazz, los felices años veinte, la Ley Seca y las grandes avenidas de Nueva York, con sus lujosos clubs y sus restaurantes exclusivos. También las calles polvorientas del Medio Oeste, los garajes de pueblo donde chicos negros y blancos juegan a los dados y las mansiones de estilo colonial en cuyos jardines crecen las orquídeas. Es así mismo la representación de los dulces sueños que se convierten en pesadillas: el joven autor de éxito que gasta el dinero a manos llenas y va de una fiesta a otra en compañía de su bella esposa se despertará un día convertido en un cuarentón alcohólico obligado a ganarse la vida manufacturando guiones a tanto el folio, un expresivo emblema de toda una generación que, convincentemente, se llamó perdida. «Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia», dijo. Cronista de todo un estilo de vida en años repletos de ilusiones, nadie como Fitzgerald ha sabido narrar el


fulgor de la juventud y el desencanto de la terca realidad, cuando de la brillante fiesta ya solo quedan flores pisoteadas y favores rechazados. El mundo de Fitzgerald es el de las vivaces flappers, chicas a la moda que bailan el fox-trot y apuran riendo una copa de champán, pero también el del hombre desengañado, cercano a la madurez, que regresa al París de las alegres francachelas para comprobar que ya no queda nadie. Tras las islas bendecidas aguarda un mar oscuro y tenebroso, el envés de los sueños, y de eso trata gran parte de la obra de Fitzgerald, «ángel a sueldo, extraño en el paraíso», como le llamó el poeta Felipe Benítez Reyes. Y de eso mismo trata también El gran Gatsby, considerada por muchos su mejor novela, el retrato más preciso de la era del jazz, despreocupada y rutilante, a la que el crack del 29 extendería muy pronto su acta de defunción. Esta es la historia de un hombre, Jay Gatsby, comprometido en la búsqueda de un grial, de una quimera, de algo que ya no existe porque pertenece al pasado y es, por esencia, irrecuperable. Es la historia de un sueño que nunca se convierte en realidad. Pero ¿quién es Jay Gatsby? Su mejor descripción aparece justo al principio de la novela, en boca del narrador, Nick Carraway: «Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había en él algo magnífico, una exacerbada sensibilidad hacia las promesas de la vida, algo parecido a esas intrincadas máquinas que registran los terremotos a diez mil millas de distancia». Gatsby se nos presenta desde el principio como un idealista, alguien que sigue una estela de sueños, una pro-

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mesa sin concretar. En su primera aparición, le contemplamos extendiendo los brazos en el aire hacia la bahía y la luz verde que brilla al otro lado del Estrecho, la luz del embarcadero de su amor perdido, Daisy Buchanan. Pero su idealismo permanece oculto tras innumerables capas: las bulliciosas fiestas con las que trata de sofocar su melancolía y disfrazar su hipersensibilidad, los rumores sobre el origen de su fortuna, sus propias invenciones para deslumbrar a Nick... Solo paulatinamente iremos sabiendo que todo cuanto Gatsby ha hecho tiene por objeto recuperar su idilio de juventud y, con él, quizás, una parte de sí mismo que considera perdida. Y acaso una absolución, también, pues, en el fondo, Gatsby solo ha sido un buscavidas, un ambicioso paleto del Oeste y, finalmente, un gánster con corbata de seda, alguien que se ha colado de rondón en el paraíso. A la postre, el destino trazará sus planes para evitar esa redención, como ocurre en las grandes tragedias: a pesar de sus trazas de antihéroe, Gatsby es uno de los grandes héroes trágicos de la literatura norteamericana. Lo cual también es una forma de redención, y así parece entenderlo Nick. Gatsby habrá erigido su fortuna sobre el barro, pero, incluso siendo así, sus motivos son nobles. Jay, como los marineros holandeses maravillados ante la visión del nuevo continente, se ha dedicado a perseguir su sueño, y si ha jugado sucio, su capacidad para la fantasía y su idealismo (del que los demás –Jordan, Daisy, Tom– carecen) lo sitúan en un plano de superioridad moral. Resulta significativa la frase con la que Nick se despide de su amigo: «Son pura gentuza. Tú

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vales mucho más que todo ese hatajo de podridos puestos en fila». ¿Quiénes son esos «podridos»? Sin duda, los invitados a sus fiestas, las vacuas estrellas de cine y los gorrones borrachines. Pero sobre todo los millonarios indiferentes que «destrozan cosas y personas y luego se refugian en su dinero», como los Buchanan. La propia Daisy se muestra incapaz de estar a la altura del amor de Gatsby y su ilusorio pero espléndido romanticismo. En ese sentido, Gatsby es un hombre traicionado, lo que lo iguala, paradójicamente, a quien se convierte en brazo ejecutor de su destino, Wilson. Por eso, lo que se encuentran Nick y los criados en la piscina y en el jardín es un «holocausto»: toda víctima es inocente. En torno a la figura de Gatsby se construye el nudo central de la historia, como un planeta alrededor del cual orbitaran los demás personajes, satélites apenas dibujados, menos relevantes por sí mismos que por su relación con el protagonista. Sabemos muy poco de Nick Carraway, reducido a la condición de testigo y confidente. En cuanto a Tom Buchanan, este es solo un animal, útil únicamente para desencadenar el dramático desenlace, del que es el auténtico responsable. Hasta Daisy nos resulta lejana, poco definida, como corresponde a la encarnación de un sueño: se limita a flotar en su vestido de muselina que la brisa que entra por la ventana hace ondular en el aire. Siguiendo a Vargas Llosa, el crítico Ferran Benito se ha referido al carácter «inconcluso» de las diferentes tramas de la novela (los turbios negocios de Gatsby, la relación entre Nick y Jordan Baker, las correrías adúlteras de Tom Buchan-

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an...), que se convierten en meras sugerencias fragmentarias sabiamente entretejidas con la trama principal. Y, sin embargo, esas sugerencias son las que dan al relato su atmósfera, las que aportan el color a esa crónica de una época que es El gran Gatsby. Así, la prolija lista de apellidos de los invitados a las fiestas, los diálogos desopilantes de borrachos y coristas y las biografías, solo esbozadas, de Wolfsheim o Dan Cody. Por lo demás, la escena etílica y caótica en el apartamento de Myrtle o la cómica anécdota del coche que pierde la rueda al salir de la casa de Gatsby constituyen contrapuntos indispensables que refuerzan el sentido de la acción y la prefiguran. ¿Quién pone un abrupto y sangriento final a la fiesta del apartamento sino Tom Buchanan, el mismo que lo pondrá al festivo verano de Gatsby? Y el absurdo accidente de la rueda ¿no anticipa un accidente mucho más absurdo y trágico? De hecho, todos los personajes parecen tener una contrafigura grotesca, un doble deforme e inquietantemente familiar. El de la delicada Daisy podría ser la amante de su marido, la carnosa y vulgar Myrtle, que no sabe decir «apendicitis». El de Gatsby –un hombre misterioso que aparece de pronto salido no se sabe de dónde– sería Biloxi, el invitado a la boda de los Buchanan a quien nadie conoce y cuyo paso por la universidad es más que dudoso. Del mismo modo, el cartel que anuncia la consulta del doctor Eckleburg, con sus grandes ojos azules tras unas gafas (en los que Wilson ve la mirada justiciera de Dios), tiene su encarnación en Ojos de Búho, testigo del funeral con el que se cierra la novela.

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Y por cierto, ¿por qué a ese funeral no asiste Jordan? La «inconclusión» a la que se refieren Vargas Llosa y Benito se revela en algunos cabos sueltos, ciertos vacíos que, en opinión del escritor peruano, son también «atributos» del mundo que Fitzgerald recrea: una época sin acabar, truncada, como una promesa incumplida. El gran Gatsby resulta así, con sus imperfecciones, un espejo de la vida más convincente, una ficción que no oculta sus intenciones: la vida también queda siempre a medio hacer. Pero tal vez sea todo mucho más sencillo. En el fondo, El gran Gatsby es una vuelta de tuerca a un tema eterno: el chico pobre que se enamora de la chica rica, una especie de cuento de hadas desfigurado en el que el escudero vislumbra a la princesa en su palacio de oro y se propone realizar grandes hazañas para merecerla. Gatsby (no olvidemos que es un hombre con una «concepción platónica» de sí mismo) desea escalar los muros de ese palacio, la casa de Louisville, un «misterio en sazón», «una sugerencia de alegres y radiantes actividades que tendrían lugar a través de sus pasillos y de romances que no se habían vuelto mustios ni se conservaban en lavanda, sino que eran frescos y palpitantes». En su camino se interpondrán brujas y dragones, pero lo que finalmente le hará fracasar en su empresa, a diferencia de lo que sucede en los cuentos de hadas, será el hecho de que nunca dejará de ser, por muchos millones que haya reunido, el chico pobre, el James Gatz de Dakota del Norte. El mundo de los ricos es inexpugnable. Daisy ama la fantasía y el flirteo, pero no está dispuesta a apostarse entera

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en busca del ideal. Ella no tiene una «concepción platónica» de sí misma: Daisy «suena a dinero», como el mismo Gatsby constata amargamente. Así pues, no es Gatsby quien «no resulta bien» sino ese mundo cerrado, esa reluciente campana de cristal vedada a los simples mortales y que esconde la putrefacción, el «nauseabundo cieno que flotaba en la estela de sus sueños». Una dura lección que no deja de hacer mella en el clarividente Nick Carraway, el cual abandonará sus ambiciones de triunfar en Nueva York para retornar al hogar familiar, al aburrido pero genuino espacio de la juventud. En contraste, la vida en Nueva York y Long Island, las fiestas y el glamour, los amigos importantes y las mujeres hermosas acaban por revelarse tan ilusorios como el ensueño romántico de Gatsby: las fiestas se terminan, las mujeres muestran su alma insustancial y los hombres matan. Esta distorsión del estilo de vida moderno y sofisticado de la ciudad queda plasmada en la imagen (poderosamente alegórica), que Nick guarda del Este: en una pesadillesca parodia de un funeral, cuatro hombres graves vestidos de etiqueta transportan una camilla en la que yace una mujer borracha en traje de noche y en cuya mano brillan las joyas. La comitiva se introduce en la casa equivocada y, en última instancia, no importa, puesto que nadie sabe el nombre de la mujer. Toda la novela es, en definitiva, una gran danza de la muerte en la que los invitados bailan creyendo ser eternos y felices, caminando en pos del «orgiástico futuro», mientras la muerte mueve la cabeza y advierte que lo que llegará es el inevitable acabamiento.

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Testigo de los años espléndidos, intruso él mismo, como Gatsby, en el dorado palacio, Francis Scott Fitzgerald acaso intuyó ese acabamiento y, en alguna pesadilla, vio su propio rostro en el de la mujer borracha que llevan hombres graves. Por eso acertó, como pocos, a describir la dicha efímera que lo parecía todo y no fue nada, el modo en que los sueños se disipan dejando solo el vacío, el desencanto. La vida misma, imperfecta pero emocionante. Como imperfecta y emocionante es El gran Gatsby, una historia que no ha perdido un ápice de la intensidad y frescura que la han convertido en un clásico intemporal. El lector tiene en sus manos, sin duda, una de las grandes novelas norteamericanas del siglo xx. josé luis piquero

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EL GRAN GATSBY


I En mis años más jóvenes y vulnerables, mi padre me dio un consejo que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza desde entonces. «Cuando vayas a criticar a alguien», me dijo, «recuerda tan solo que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú». No dijo más pero siempre nos hemos entendido inusualmente bien de forma tácita y comprendí que daba a entender mucho más de lo que decía. En consecuencia, suelo diferir cualquier juicio, un hábito que me ha facilitado conocer a muchas personas curiosas y que también me ha convertido en víctima de no pocos pelmas consagrados. El pensamiento anormal se apresura a detectar esta cualidad y engancharse a ella cuando la aprecia en una persona normal, y así sucedió que en la universidad fui injustamente acusado de ser un político, porque estaba al tanto de los secretos pesares de tipos inquietantes y misteriosos. La mayor parte de las confidencias no eran


solicitadas —con frecuencia, fingía tener sueño o estar preocupado o mostraba una frivolidad hostil cuando me daba cuenta, por ciertas señales, de que en el horizonte se avecinaba una revelación íntima—, pues las revelaciones íntimas de los jóvenes, o al menos los términos en que las expresan, son habitualmente plagios y vienen alteradas por supresiones obvias. Reservarse los juicios es un asunto de infinita esperanza. Aún temo un poco perderme algo si olvido que, tal como mi padre sugirió no sin fatuidad —y yo repito no sin fatuidad—, el sentido del decoro fundamental se reparte de forma desigual al nacer. Y, tras vanagloriarme de este modo de mi tolerancia, he de admitir que tiene un límite. La conducta puede fundarse sobre roca dura o sobre húmedos pantanos, pero, a partir de cierto punto, no me importa sobre qué está fundada. Cuando volví del Este el pasado otoño, sentí que deseaba que el mundo estuviese uniformado y en un cierto estado de perpetua atención moral; no me apetecían más excursiones bulliciosas con vistas privilegiadas al corazón humano. Solo Gatsby, el hombre que da su nombre a este libro, quedaba excluido de mi reacción: Gatsby, que representaba todo aquello por lo que siento un olímpico desprecio. Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había en él algo magnífico, una exacerbada sensibilidad hacia las promesas de la vida, algo parecido a esas intrincadas máquinas que registran los terremotos a diez mil millas de distancia. Esta receptividad no tenía nada que ver con esa blanda facilidad para impresionarse que se dignifica con el nombre de «temperamento creativo»: era un

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don extraordinario para la esperanza, una disposición romántica como nunca había visto en ninguna otra persona y que no creo probable que vaya a ver de nuevo. No. Gatsby resultó bien al final: es lo que hizo presa en Gatsby, ese nauseabundo cieno que flotaba en la estela de sus sueños, lo que temporalmente liquidó mi interés en los inútiles pesares y las efímeras alegrías de los hombres. Mi familia había sido prominente en esta ciudad del Medio Oeste, gente acomodada, durante tres generaciones. Los Carraway son algo así como un clan y mantenemos la tradición de que descendemos de los duques de Buccleuch, pero el verdadero fundador de mi linaje fue el hermano de mi abuelo, que vino aquí en el 51, envió a un sustituto a la Guerra Civil e inauguró la ferretería al por mayor que mi padre aún regenta hoy en día. Yo no conocí a este tío abuelo, pero se supone que me parezco a él, especialmente si nos atenemos al retrato algo tosco que cuelga en la oficina de mi padre. Me gradué en New Haven en 1915, justo un cuarto de siglo después que mi padre, y algo después participé en esa tardía migración teutónica conocida como la Gran Guerra. Disfruté tan intensamente del contraataque que regresé algo alborotado. En vez de ser el cálido centro del mundo, el Medio Oeste se me antojaba ahora el andrajoso extremo del universo; así que decidí irme al Este y aprender el negocio de los valores. Todo el mundo que yo conocía estaba en el negocio de los valores, así que supuse que podría sustentar a un hombre más. Mis tías y tíos, al completo, discutieron el asunto como si estuvieran eligiendo un colegio para mí y finalmente dijeron:

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«Bueno... vale», con expresiones solemnes y vacilantes. Mi padre aceptó financiarme durante un año y, tras varias demoras, me vine al Este, de forma permanente, creo, en la primavera del 22. Lo más práctico era buscar alojamiento en la ciudad, pero hacía calor en esa época y yo acababa de dejar una tierra de amplias praderas y amistosos árboles, así que cuando un joven de la oficina sugirió que alquiláramos juntos una casa en un pueblo cercano me pareció una gran idea. La casa la encontró él, un bungaló hecho de cartón, algo desconchado, por ochenta al mes, pero en el último minuto la compañía le envió a Washington y yo me fui al campo solo. Conseguí un perro —al menos lo conseguí por unos días, hasta que se escapó— y un viejo Dodge y una mujer finlandesa que me hacía la cama y me preparaba el desayuno y murmuraba dichos finlandeses mientras se inclinaba sobre la cocina eléctrica. Durante un par de días me sentí solo, hasta que, una mañana, un tipo que había llegado algo después que yo, me paró en el camino. —¿Cómo se llega a West Egg Village? —me preguntó con aire indefenso. Se lo dije. Y mientras me alejaba ya no me sentía solo. Era un guía, un pionero, un colono original. Sin querer, el hombre me había conferido el derecho de empadronamiento. Y así, con el sol y el gran estallido de las hojas creciendo en los árboles —tal y como las cosas crecen en una película a cámara rápida—, sentí la familiar convicción de que la vida volvía a comenzar con el verano.

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Había mucho que leer, en primer lugar, y mucha salud que arrebatar al joven aire tonificante. Compré una docena de libros sobre banca y crédito y asuntos de inversión y los coloqué en mi estantería, con sus tonos rojos y dorados como dinero recién acuñado, prometiéndome desvelar los brillantes secretos que solo Midas y Morgan y Mecenas conocían. Y tenía la firme intención de leer además muchos otros libros. En la universidad era algo literato —un año escribí una serie de obvios y muy solemnes editoriales para el «Yale News»— y ahora iba a recuperar todas esas cosas para mi vida y volver a convertirme en el más especializado de los especialistas, el «hombre bien amueblado». Esto no es solo un epigrama: la vida es mucho más satisfactoria mirada desde una única ventana, después de todo. Fue pura casualidad que hubiera alquilado una casa en una de las más extrañas comunidades de Norteamérica. Se trataba de esa estrecha y bulliciosa isla que se extiende por el este de Nueva York y en la que hay, entre otras curiosidades naturales, dos inusuales formaciones de tierra. A veinte millas de la ciudad, un par de enormes huevos, idénticos en contorno y separados solo por una bahía de cortesía, se adentran en el cuerpo de agua salada más domesticado del Hemisferio Oeste: el gran corral húmedo del Estrecho de Long Island. No son óvalos perfectos —como el huevo de Colón, ambos están aplastados en su extremo de contacto— pero su parecido físico ha de ser una fuente de perpetua confusión para las gaviotas que los sobrevuelan. Para los no alados, el fenómeno más llamativo es su desigualdad en cada detalle, salvo en forma y tamaño.

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