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1 COME GO WITH ME

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e conocieron un caluroso día de julio de 1957 —doce años después de la guerra, diez años antes de Sgt. Pepper—, entre el despliegue festivo de una celebración vecinal en un barrio residencial inglés: banda de música, desfiles de disfraces, puestos de tartas, casetas de feria y perros policía que saltaban a través de aros de fuego. Paul McCartney, de quince años, había llegado en calidad de turista desde Allerton, a un par de kilómetros, cruzando el campo de golf. No solía ir mucho por Woolton —era un barrio elegante, un poco remilgado—, pero Ivan, un compañero del instituto, vivía allí, y le había propuesto que acudieran al festival. Habría chicas y, además, Ivan tenía un amigo, John Lennon, al que Paul tal vez querría conocer, o al menos verlo tocar con su grupo. Ese año, el comité parroquial encargado de la organización del festival anual de Woolton había decidido incluir en el programa un grupo de skiffle —algo para los jóvenes—, y había invitado a la banda de John Lennon, The Quarry Men —en Gran Bretaña, el skiffle fue un precursor más suave del rock and roll—, para que actuara. Ivan sabía que Paul era un fanático de la música, un guitarrista hábil y un gran cantante. No era un teddy boy como John —no era tan rebelde ni extravagante—, pero admiraba con fervor a Elvis Presley y a Little Richard. Hacia las cuatro de la tarde, Ivan y él llegaron a la iglesia de St. Peter y le dieron tres peniques cada uno a la taquillera —la tarifa infantil, a mitad de precio—. El alboroto que estaba armando el grupo de Lennon se propagaba por el aire húmedo desde los jardines de la iglesia. Paul, con su americana blanca y sus ajustados pantalones negros, no paraba de sudar. Había visto a John por ahí, en el autobús, en el local de fish and chips, y ya sentía fascinación por él. Paul era un muchacho con hambre

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JOHN & PAUL

de conocimiento, desencantado con el instituto y a quien no atraía lo más mínimo la perspectiva de acabar trabajando en una oficina. Y allí estaba ese chico mayor que él, de casi diecisiete años, un roquero con cazadora de cuero, patillas y aire astuto, que no parecía tener ninguna intención de llevar una vida convencional. Jamás querrías que John Lennon te pillara mirándolo, a no ser que estuvieras preparado para hacer frente a las consecuencias. Tenía fama de beligerante, tanto con las palabras como con los puños, y solía ir rodeado de un séquito de amigos. Ahora, mientras Ivan y Paul se acercaban al improvisado escenario, este último tuvo por fin la oportunidad de observar a John Lennon sin verse obligado a disimular. Y también de oírlo. El espectáculo debía de ser tan fabuloso como caótico y ruidoso: un chico restregaba una tabla de lavar, y otro tocaba un contrabajo hecho con un cajón de té; mientras tanto, el batería aporreaba su instrumento con determinación. Al frente estaba Lennon, descarado, desafiando al público con la mirada y entonando, con su voz áspera y potente, canciones que Paul se sabía de memoria. Más adelante, Paul recordaría lo mucho que le habían impresionado la presencia escénica de Lennon y lo bien que sonaba. Sus desatinos también despertaron su curiosidad. Lennon tocaba la guitarra de forma extraña, con la mano izquierda formando acordes sencillos pero poco habituales en el mástil, y cambiaba la letra de las canciones de un modo que, por alguna razón, a Paul le resultaba cautivador. Lo primero que hay que señalar es que este encuentro no fue entre iguales, sino claramente desequilibrado. En la adolescencia, las diferencias de edad se magnifican: cada año es como una generación entera. John no solo era mayor; ya se trataba de una figura importante dentro del pequeño mundo de los jóvenes del sudeste de Liverpool. Tenía carisma, una pandilla de colegas y un grupo de skiffle del que era el líder indiscutible. Según quienes lo conocieron en esa época, resultaba magnético, una presencia que no pasaba desapercibida. Las chicas estaban locas por él; los chicos le tenían miedo. Frente a ese escenario, mirando hacia arriba, Paul sabía que, si quería ser amigo de John o tocar con él algún día, tendría que encargarse de dar el primer paso. John Lennon no se dignaría a prestarle atención.

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