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dentes. Un hombre al que ella había apodado Arrastrapiés (porque era el hombre más aburrido que había conocido en su vida) paseaba a su perro por la calle mientras dos gaviotas furiosas picoteaban unos restos de galleta en el asfalto.

—¿Quién sabe? —Emma se encogió de hombros y se arrodilló para recoger los copos de nieve y tirarlos por la ventana antes de que se derritieran por completo—. Quedamos aquí delante mañana a las ocho, ¿vale? Iremos a casa de la señora Rickety-Knees, por si acaso sabe qué es Fulgor, y luego a la cueva de Rusty.

—¿No crees que las ocho es un poco temprano para visitar a una señora mayor?

Emma arrugó la nariz:

—A los ancianos les encantan las sorpresas.

—Creía que les provocaban infartos.

—Bah, siempre te pones en lo peor. —Emma volvió a meter al ave en el armario—. No seas pesimista, que esto va a salir de maravilla. Fulgor descansará un poco más… mira, ya se está quedando dormido otra vez… y mañana averiguaremos qué es y cómo podemos ayudarlo para que vuelva a su hogar.

La chica, sin embargo, no había tenido en cuenta algo importante, y es que Fulgor no tenía ninguna intención de regresar solo. Precisamente se había desplazado hasta allí en busca de Emma, porque en su tierra estaban pasando cosas extrañas. Cosas siniestras. Y presintió que solo ella podía ayudarlo a resolver el embrollo.

La primera mitad de la noche fue tranquila. Todos durmieron como troncos. Hasta que Fulgor se cayó del armario. Emma se despertó sobresaltada y acabó acurrucando al ave en su almohada para que se tranquilizara. Pero no se quedó mucho tiempo. Se retorcía tanto que era como compartir lecho con un tornado. En cierto momento, la chica se despertó con las garras de Fulgor metidas en la nariz y una de sus plumas clavada en la oreja. Así que fue todo un alivio que a las siete por fin sonara el despertador. Solo que al incorporarse y frotarse los ojos, Emma se dio cuenta de que Fulgor no estaba en su cama. Ni tampoco Siestón, que, como todas las noches, se había acurrucado en su pecho, a pesar de los esfuerzos de Fulgor por quitarle el sitio. Miró hacia la puerta. Seguía cerrada, de modo que Fulgor no había podido salir y su madre no lo había descubierto. Luego se fijó en la ventana porque un leve pero inconfundible golpeteo provenía de allí.

—¿Fulgor? —susurró mientras cruzaba la habitación a toda prisa—. ¿Siestón?

Descorrió las cortinas y se encontró a las dos criaturas encaramadas en el alféizar. Fulgor golpeaba el cristal con el pico, como si quisiera salir, y Siestón brillaba, algo que solo hacía en momentos de urgencia (normalmente para iluminar el camino de su dueña en medio de la oscuridad).

Emma se fijó en que fuera todavía estaba oscuro; el sol aún no había salido y el mar, más allá de la casa de la seño-

ra Rickety-Knees, se veía negro y amenazante. Revolshore, así es como lo llamaba la gente del lugar, porque siempre estaba demasiado embravecido para salir en barca y el agua era demasiado fría para los turistas. Fulgor lo observaba fijamente mientras daba golpecitos. Siestón, en cambio, parecía más interesado en dirigir su resplandor hacia el sur, como el haz de una linterna, a lo largo de los acantilados y en dirección a la cueva de Rusty. Emma se acercó y se sintió inquieta, porque algo parecía bien claro: ambos estaban ansiosos por ponerse en marcha. Fulgor estiró el cuello y con el pico tiró del pijama de la chica.

—Está bien, está bien —dijo ella mientras se ponía unos vaqueros y hacía pasar una camiseta y un suéter con capucha por su alborotada melena pelirroja.

Emma no le quitaba los ojos de encima. Había algo diferente en él aquella mañana, algo que no terminaba de encajar. Parpadeó un par de veces, pensando que tal vez seguía medio dormida. Pero no, no se lo estaba imaginando: Fulgor era más grande. El día anterior tenía el tamaño de una gaviota y hoy era como un águila real.

—¿Qué eres? —susurró para sí misma.

Agarró la bolsa de viaje que usaba cuando iba a dormir a casa de su padre y luego se volvió hacia Fulgor, que ahora picoteaba las cortinas con impaciencia.

—Me temo que tendrás que meterte aquí mientras desayuno y voy a buscar mi bicicleta —dijo—; no quiero que mi madre te vea.

Ante aquella perspectiva, Fulgor escupió el trozo de cortina que masticaba y luego dio un buen golpetazo a la ventana. Fue un milagro que el cristal no se rompiera.

—¡Cuidado! —gritó.

Pero Fulgor golpeó de nuevo, esta vez con más fuerza. Y aunque su pico no rompió el vidrio, el ruido fue tan fuerte que despertó a su madre. Emma se quedó helada al oír sus zapatillas arrastrándose por el pasillo. Por su parte, Siestón dejó de brillar. No había tiempo para meter a Fulgor en la bolsa, así que la chica acabó optando por abrir la ventana de par en par.

—No te alejes mucho —le dijo a Fulgor, mientras este se preparaba para saltar—. En cuanto pueda salir, te llevaré con Rusty y averiguaremos quién eres y por qué estás aquí.

Salió al exterior, como un rayo blanco en mitad de la oscuridad. Por un instante, Emma observó con asombro cómo subía en espiral hacia el cielo, muy por encima de los tejados y esparciendo copos de nieve con su cola ondulante. Entonces se acordó de su madre, que ya estaba allí, apoyada en la puerta con las manos en las caderas. Emma hizo como que se desperezaba.

—Estoy admirando la vista.

—¡Pero qué vista ni qué ocho cuartos, si todavía está todo oscuro!

Emma se giró para recoger a Siestón, y con el rabillo del ojo vio cómo Fulgor daba vueltas por encima de la casa. ¿Qué querría de ella?

—Estás tramando algo —dijo la madre con cautela.

La chica guardó a Siestón en su bolsillo.

—Tengo diez años, mamá. Siempre estoy tramando algo.

La señora Spark cruzó la habitación y se asomó a la ventana. Emma contuvo la respiración mientras su madre miraba a la izquierda, luego a la derecha, arriba y abajo. Pero Fulgor se había escondido, porque para alivio de Emma, su madre simplemente se encogió de hombros para decir:

—Vamos a preparar unos cereales, ¿vale?

Emma la siguió hasta la puerta, pero cuando su pie rozó el molde vacío de la señora Rickety-Knees, se fijó en algo que no había visto la noche anterior: un trozo de papel escrito semioculto bajo el montón de envoltorios de magdalena. Lo recogió.

—Ah, se me olvidó decírtelo —dijo su madre, mirando por encima del hombro—. La señora Rickety-Knees me dijo que os dejaba la receta, por si os apetecía hacer más.

Pero la chica solo estaba escuchando a medias, pues sabía que la señora Rickety-Knees no era una adulta normal. Era de las que a los setenta años usa leggins con unicornios y, como ella, poseía una mascota mágica que siempre llevaba en el bolso. Se llamaba Babaganush y aunque todos en el pueblo la tomaban por un chihuahua, era en realidad un dragón pigmeo. La señora Rickety-Knees también dejaba notas secretas a Emma y a Arno como si fueran deberes de la escuela… ¿o quizá también recetas?

Emma leyó la nota mientras bajaba apresuradamente las escaleras detrás de su madre. Tal como sospechaba, no era ninguna receta…

Emma y Arno:

Est is escondiendo a una criatura m gica y creo que s lo que es.

Su corazón dio un vuelco.

Un f nix de hielo. Y si est aqu , en Anod n, eso es que se avecinan problemas. As que llev dselo a Rusty enseguida. Decidle que estoy al tanto y que me ocupar de los preparativos para el viaje al norte. No hay tiempo de m s explicaciones.

Sen ~ ora Rickety-Knees x

La mente de Emma daba vueltas. Rusty les había enseñado un montón de cosas sobre dragones y unicornios, sobre triscones y ballenuncas, pero no les había dicho nada de ningún fénix de hielo. Miró la nota otra vez. ¿Por qué la llegada de Fulgor significaba que se avecinaban problemas?

¿Y qué era eso que decía la señora Rickety-Knees de un «viaje al norte»?

La chica se esforzó mucho por concentrarse en poner la mesa mientras su madre preparaba los cereales. Pero solo podía pensar en la nota de la señora Rickety-Knees y en que ya habían perdido toda una noche durmiendo cuando, al parecer, tendrían que haber llevado a Fulgor a la cueva de Rusty en cuanto lo encontraron. Mientras rumiaba, le dio un puñado de nueces a Siestón. ¿Sabía él que la llegada del fénix de hielo era preocupante? ¿Por eso se le notaba tan ansioso por ir en busca de Rusty?

Emma no paraba de mirar por la ventana de la cocina mientras comía, pero no veía rastro de Fulgor por ningún sitio; ni siquiera una mínima mancha blanca. Empezaba a temer que se hubiera marchado; pero entonces, unos copos cayeron junto a la ventana y se relajó un poquito. El fénix seguía allí, esperándola, aunque no tenía ni idea de qué quería ni por qué su llegada implicaba algún peligro.

—Estás muy nerviosa esta mañana —dijo su madre—. ¿Me quieres decir algo?

—Estaba pensando en los neumáticos de la bici. Hinchamos los míos el fin de semana pasado, ¿verdad?

La señora Spark asintió:

—¿Por qué? ¿Dónde piensas ir?

—De aventuras. Con Arno.

La mamá de Emma rebañó los últimos cereales que le quedaban y respondió:

—Vale, pero solo si no os desviáis del camino de la costa y vuelves a casa a la hora de comer. ¿Me lo prometes?

Emma volvió a pensar en las palabras de la señora

Rickety-Knees. Un viaje al norte. ¿Pero hasta qué norte?

¿A Aberdeen? ¿A Inverness? ¿Hasta John O’Groats, en el extremo de Escocia? Sería mejor intentar alargar un poco más…

—No creo que esta sea una aventura de las que se acaban antes de comer… Pero te prometo que llegaré a casa sana y salva. Cuando sea.

—A la hora de la merienda, ni un minuto más tarde —respondió su madre mientras se levantaba para ayudarla a preparar unos sándwiches de jamón y queso para el almuerzo de los dos amigos.

La chica asintió, no muy convencida. Luego guardó a Siestón y los sándwiches en su mochila (ahora sabía que cualquier intento de convencer a un fénix de hielo de que se metiera en su maleta o en cualquier otra bolsa era inútil), antes de ponerse el abrigo y salir corriendo.

El sol ya lucía en el cielo y hacía bastante viento. Arno la esperaba junto a la puerta, pero todavía no había nadie más por la calle, porque el colegio estaba cerrado por vacaciones y el otro edificio destacable del pueblo, la oficina de correos que regentaban los padres de Arno, no abría hasta más tarde. Emma echó un vistazo calle abajo. Arno le siguió la mirada:

—Los Swagger-Thump están fuera, de vacaciones. Se han ido a Gales, creo que a competir en un concurso familiar de levantamiento de pesas.

Emma respiró aliviada. Bruno y Brionia Swagger-Thump, gemelos de su mismo curso, vivían al lado de Arno. Su padre trabajaba en un gimnasio cercano y había criado a sus hijos para ser fuertes, lo cual podría haber salido bien si no fuera porque Bruno y Brionia utilizaban su fuerza para abusar y hacer la vida imposible a sus compañeros. Llevaban mucho tiempo amargando a Emma y Arno, pero en los últimos meses habían bajado el ritmo, gracias a que Siestón mordió la mano de Bruno y a que los dos amigos les gastaron una broma con una bañera voladora y una patata. Aun así, era un alivio saber que no iban a poder husmear a su alrededor.

—¿Llevas a Fulgor en la mochila? —susurró Arno con entusiasmo.

—No. Ni siquiera estoy segura de que quepa.

—¿Entonces por qué se mueve?

Emma la giró hacia su pecho.

—Siestón, ¿estás tú ahí? Será mejor que no te comas nuestro almuerzo…

Arno miró a su alrededor.

—Pero entonces, ¿dónde está Fulgor?

Un graznido resonó desde el tejado de la casa. Emma y Arno alzaron la vista, entrecerrando los ojos para evitar el reflejo solar y lo vieron: la bestia mágica, encaramada en lo alto de la chimenea.

—¡Es mucho más grande! —gritó Arno.

Emma se mordió el labio. Era demasiado grande para

que alguien que pasara por la calle lo confundiera con una gaviota y las plumas de su cola ondeando al viento con su blanco plateado, tampoco ayudaban nada.

—Tenemos que darnos prisa —dijo mientras sacaba la bicicleta del garaje y la llevaba a la acera—. Gutsy Wonder nunca llega tarde a una aventura, ¡y nosotros tampoco!

—¿Pero cómo ha crecido tanto? —preguntó el chico—. ¡Si solo ha pasado una noche!

—Ni idea, pero la señora Rickety-Knees nos dejó una nota con las magdalenas diciendo que cree que Fulgor es un fénix de hielo… —Arno abrió mucho los ojos— y que su llegada a Anodín indica problemas. Dice que tenemos que llevarlo con Rusty cuanto antes.

A Arno le costaba asimilar tantas novedades de golpe, pero su amiga ya había empezado a pedalear.

—Ah, y creo que nos vamos de viaje —gritó por encima del hombro—. Un viaje de los gordos.

—¿Un viaje? —Arno la seguía—. ¿Adónde?

—Al norte —respondió la chica con tono inquietante. Fulgor se lanzó desde la chimenea detrás de ellos. Arno no tardó en quejarse:

—Apuesto a que vamos a ir directos hacia esos problemas.

La mente de Emma no paraba de dar vueltas. ¿Y si los líos guardaban alguna relación con Jasper Hornswoggle?

El Gobierno había sacado a Jasper de la cárcel hacía un año y medio para que matara a un dragón que casi quemó

al primer ministro del país, después de que entrara accidentalmente en su dormitorio. El mandatario no había querido admitir en público que había visto un dragón, porque sabía que la gente creería que se había vuelto loco, así que cuando Jasper se deshizo de la criatura, pensó que todo había acabado. También las bestias mágicas lo creyeron. Pero Jasper se dio cuenta de que había muchas más en estado salvaje, y así ideó su propia operación secreta: robar esas criaturas para venderlas a ricachones de todo el mundo.

Emma pedaleó más deprisa, sin dejar de mirar a la carretera y a Fulgor. Tenía un montón de preguntas para Rusty, pero había una cosa que ya sabía: tenía que mantener a ese joven fénix de hielo lo más lejos posible de Jasper Hornswoggle.

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