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Rebecca Makkai El préstamo Traducción de Rebeca García Nieto

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Primera edición

Marzo de 2026 Publicado en Barcelona por Editorial Navona

Abacus Futur S.L. Peu de la Creu 4, 08001 Barcelona navonaed.com Edición de mesa y producción Mar Meruelo Maquetación y corrección Editec Ediciones Diseño gráfico Alex Velasco Tipografías Heldane y Studio Feixen Sans Imagen de cubierta Laura Morcap ISBN 978-84-10180-79-6 Depósito legal B 2345-2026 Impresión Romanyà Valls

Impreso en España Título original The Borrower

© Rebecca Makkai Freeman, 2011 © de la traduccion: Rebeca García Nieto, 2026 © de la presente edición: Editorial Navona, 2026 Todos los derechos reservados. Navona apoya el copyright y la propiedad intelectual. El copyright estimula la creatividad, produce nuevas voces y crea una cultura dinámica. Gracias por confiar en Navona, comprar una edición legal y autorizada y respetar las leyes del copyright, evitando reproducir, escanear o distribuir parcial o totalmente cualquier parte de este libro sin el permiso de los titulares. Con la compra de este libro, ayuda a los autores y a Navona a seguir publicando. PEFC Certificado El papel utilizado procede de bosques gestionados de forma sostenible PEFC/14-38-00458

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Índice

Ian nunca estaba contento si no había prólogo 1. La hora del cuento 2. Llegan los problemas a River City 3. La mano de nada 4. El arca 5. La gala benéfica 6. Es solo una luna de papel 7. El tamborilero 8. Prueba D: las cunas, o Si cedes un armario a una bibliotecaria 9. El predecesor 10. Algo estúpido 11. Cabeza de chorlito 12. La semana anterior 13. Fuera del agujero del Hobbit 14. Dentro de la madriguera del conejo 15. Himno 16. La cabeza en la lanza 17. Los cuernos de Debussy

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18. Fábrica de chocolate Leningrado 19. Valor, corazón, cerebro 20. Fugitiva 21. Elige tu propia desventura 22. Podría no tener lengua 23. Una luz, dos luces, luz roja, luz azul 24. El especial de la casa Labaznikov 25. Nación de fugitivos 26. Un poco de Glas para Glass 27. El gran gigante bonachón 28. El Estado esmeralda 29. Un fraude 30. ¿Dónde está Ian? 31. Al norte 32. Patrañas 33. Oh, Canadá 34. La batalla de Havre 35. Inexplicablemente feliz 36. En el que Lucy junta los talones tres veces 37. Una temporada lejos de la Tierra 38. Y todavía estaba caliente 39. Tim Ex Machina Si un libro no tenía epílogo, Ian solía ofrecer el suyo

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Notas de la traductora Biblioteca

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Ian nunca estaba contento si no había prólogo

Tal vez la mala de esta historia sea yo. Incluso ahora, no sabría decir. En los días de la biblioteca, entre todos aquellos libros sobre el antiguo Egipto, la ilustración que más gustaba a los niños mostraba al dios de la muerte con una balanza en la que comprobaba si el corazón del difunto pesaba menos que una pluma. Al menos, me queda este consuelo: algún día sabré si soy culpable. Me he alejado de todas las personas que conocía. He encontrado otra biblioteca, una con paredes de madera de roble y barandillas de hierro. Una biblioteca universitaria, donde los usuarios saben ya lo que vienen a buscar. Paso sus libros por el escáner y apenas me distinguen tras el humo de su café. Nada que ver con mi antigua biblioteca, con la alfombra llena de manchas y las paredes de ladrillo, aunque los libros son idénticos: los mismos lomos, los mismos códigos sobre las etiquetas amarillentas. Sé lo que contienen todos ellos. Me susurran su veredicto desde las alturas. Los fugitivos, los secuestradores, todos me miran desde los estantes y me reclaman para sí. Me dicen que huya a territorio indio, creen que iré directa al infierno, al igual que ellos. Dicen que soy la mentirosa más espectacular que han visto en su vida. Y ese de ahí, el viejo lascivo coleccionista de mariposas, el seductor parlanchín que remueve su vodka con piña 9

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desde la N-A-B del estrecho estante superior, me deja malinterpretar sus palabras. (Siempre puede uno contar con una bibliotecaria para una prosa de imitación): Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que yo envidiaba, lo que creía que podía arreglar. Contemplen esta prisión hecha de libros. Antes de que todo esto empezara, le dije a Rocky que un día ordenaría mis libros en orden alfabético por el nombre de su protagonista. Me doy cuenta ahora de dónde estaría yo: Hull, acurrucada entre Huckleberry y Humbert. Aunque realmente debería archivarlo en Drake, por Ian, el niño que me llevé, porque, al margen de quién sea el malo de esta historia, sé que no soy la heroína. Ni siquiera soy el sujeto de esta plegaria.

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1. La hora del cuento

Todos los viernes a las cuatro y media se sentaban con las piernas cruzadas sobre la alfombra de pelo color marrón, toqueteaban la costra de suciedad, purpurina y pegamento Elmer’s que se había formado en ella y apoyaban la espalda en las estanterías de libros ilustrados. Cinco de ellos eran habituales, y un par más habrían venido los siete días de la semana si hubieran podido. Ian Drake vino con varicela, con la pierna rota. Venía incluso cuando sabía que esa semana habíamos cancelado la hora de lectura. Se sentaba allí y leía en voz alta para sí mismo. Además, si daba la casualidad de que sus padres necesitaban una canguro, había dos o tres niños extra que hojeaban inquietos el capítulo octavo y noveno de un libro que no eran capaces de seguir y pasaban el tiempo tirando de los hilos de sus calcetines para luego utilizarlos como hilo dental. Aquel otoño, hace cinco años, íbamos por la mitad de Matilda. Ian vino al galope hacia mí antes de la hora de lectura. Era nuestra cuarta semana con el libro. —Le he dicho a mi mamá que estamos leyendo otra vez La casa de la pradera. No creo que sea demasiado fan de Matilda. Ni siquiera le gustó El Superzorro. —Se pasó los dedos por el pelo—. ¿Capisce? Asentí. —No queremos que tu mamá se preocupe. 11

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No habíamos llegado aún a la parte de la magia, pero Ian ya lo había leído, a escondidas, agazapado junto al estante de Roald Dahl. Así que sabía lo que se avecinaba. Se escabulló hacia el pasillo de las biografías, luego volvió por el pasillo de ciencia con la cabeza inclinada para leer los lomos. Loraine Best, la bibliotecaria jefe, que gracias a Dios no había escuchado nada de nuestra confabulación, apareció junto a mí y observó a los primeros niños que se sentaban sobre la alfombra. Bajaba algunos viernes solo para sonreír y saludar con la cabeza a las madres cuando venían a dejarlos, como si participara de algún modo en la hora del cuento. Como si su lectura de tres minutos de Huevos verdes con jamón no hiciera llorar a la mitad de los niños y a la otra mitad levantar la mano para preguntar si era una bruja buena o una mala. Ian volvió a desaparecer, luego recorrió la sección de historia americana, tocando todos los libros del estante de arriba a mano derecha. —Prácticamente vive aquí, ¿no? —susurró Loraine—. Ese pequeño homosexual. —¡Tiene diez años! —dije—. Dudo que sea nadasexual. —Bueno, lo siento, Lucy, no tengo nada contra él, pero ese chavalín es gay. Lo dijo exactamente con el mismo tono de complacencia ante su supuesta magnanimidad que mi padre utilizaba cada vez que se refería a «Ophelia, mi secretaria negra». Ya en la sección de ficción, Ian se puso de puntillas para coger un enorme libro verde del estante de arriba. Uno de misterio: el hombrecillo azul de la pegatina observaba desde el lomo a través de su lupa. Se sentó en el suelo y empezó a leer la primera página como si en realidad contuviera todos los 12

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misterios del mundo, como si todo el universo pudiera estar resuelto antes de la página 132. Sus gafas absorbían la luz de los fluorescentes, como si dos discos amarillos recorriesen las páginas. No se movió hasta que los otros niños empezaron a llegar y Loraine se agachó a su lado y le dijo: —Todo el mundo te está esperando. No era cierto. Tony ni siquiera se había quitado el abrigo todavía, pero Ian se deslizó sobre su trasero hasta unirse a nosotros, sin levantar en ningún momento la vista del libro. Teníamos cinco oyentes aquel día, todos habituales. —Muy bien —dije, con la esperanza de que Loraine se fuera—, ¿dónde lo dejamos? —La señorita Trunchbull les chillaba porque no se sabían las mates —dijo Melissa. —Y gritó a la señorita Honey. —Y estaban aprendiendo la tabla del tres. Ian suspiró de forma ruidosa y levantó la mano. —¿Sí? —Eso fue hace dos semanas. Cuando lo dejamos el último día, nuestra protagonista acababa de enterarse de que la señorita Trunchbull había sido lanzadora de martillo. También nos enteramos de los muchos instrumentos de tortura que tenía en su despacho. —Gracias, Ian. Me sonrió. Loraine puso cara de pocos amigos (no estaba segura de si era por mí o por el chico) y se dirigió a trompicones a las escaleras. Yo casi siempre tenía que interrumpir a Ian, pero no le importaba. Salvo que quemara la biblioteca, no había nada que pudiera hacer que lo alejara de allí. Guardaba Crónicas de un niño de cuarto grado tras el mostrador 13

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para que lo leyera a escondidas cuando viniera sin la canguro. Casi todas las tardes de la semana anterior había corrido escaleras abajo y había pegado su cabeza a mi mesa, jadeando. Por aquel entonces, antes de aquel largo invierno, Ian me recordaba sobre todo a un globo de helio. No solo por su voz, sino por la forma en que miraba hacia arriba cuando hablaba y andaba por ahí, como si tuviera que hacer verdaderos esfuerzos para no salir volando. (¿Tuvo algún predecesor?, pregunta Humbert. No. No lo tuvo. Jamás había conocido a nadie como él). Cuando no podía encontrar un libro que le gustara, venía y se apoyaba en mi mostrador. —¿Qué debería leer? —Cómo dejar de quejarme —le decía—, o Una introducción al catálogo informático. Pero él sabía que bromeaba, que esa era mi pregunta favorita del mundo. Luego escogía algo para él: una vez El libro de los mitos griegos del matrimonio D’Aulaire; otra, Una rueda en la escuela. Normalmente le gustaba lo que le proponía, y el libro de los D’Aulaire inauguró una racha dedicada a la mitología que le duró sus buenos dos meses. Como Loraine me puso pronto en aviso sobre la madre de Ian, me aseguré de que leyera libros con títulos inocuos y cubiertas agradables. Nada de aspecto alarmante, nada de El juego de Egipto. Cuando cumplió los ocho, vino con una niñera y sacó Zapatillas de ballet. Volvió al día siguiente y me dijo que solo le permitían leer «libros de chicos». Por suerte, su madre no parecía tener grandes conocimientos sobre literatura infantil. Así que Mi rincón en la montaña se coló bajo el radar, igual que Los archivos secretos de la se14

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ñora Basil E. Frankweiler. Ambos libros trataban de niños que se fugan de casa, me di cuenta más tarde, aunque juro que en aquel momento la conexión ni se me pasó por la cabeza. Terminamos dos capítulos y luego hice una pausa hasta las cinco y media, cuando la mitad de las madres bajaba por las escaleras contoneándose con sus falditas de tenis y la otra mitad emergía con sus niños más pequeños de la zona de libros infantiles. —¿Quién es el protagonista de este libro? —pregunté. Esta era fácil. Siempre era el personaje principal. En los libros de niños, rara vez hay un antihéroe o un narrador poco fiable. Aaron parecía haber estado practicando su respuesta durante días: —Matilda es la protagonista, pero la señorita Honey es una especie de heroína también, porque es muy maja. —¿Quién es el malo o la mala? —¡La señorita Crunchable! —gritó Tessa—. ¡Aunque sea la directoda! ¡Y los directodes suelen ser amables! —Sí —dije yo—, creo que tienes razón. Incluso cuando el malo no es un hombre enmascarado, los críos tienen un sentido de la maldad bastante desarrollado. Unos pocos, los más brillantes, entienden lo amplia que puede llegar a ser esa categoría. —Porque el malo podría ser cualquiera, como un conejo en tu jardín —dijo Tessa. —¿Podrían ser incluso los padres de alguien? —pregunté. Quería que pensasen en los otros antagonistas del libro, la madre y el padre de Matilda, mezquinos y adictos a la televisión. —Sí —dijo Jake—, como si tu madre tiene una pistola. 15

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Eran niños listos, modernos, y lo sabían: una madre podía ser una bruja, un niño podía ser un delincuente. Una bibliotecaria podía ser una ladrona.

Llamemos a la escena del crimen Hannibal, en Misuri. (Por supuesto, hay un Hannibal real ahí fuera, un lugar metido en sus propios asuntos que vive del turismo y el agua del río que popularizó Mark Twain. Yo solo tomo prestado su nombre). Este Hannibal no tenía río, pero tenía una carretera que lo atravesaba y si pasabas en coche por ella y solo veías el McDonald’s, la gasolinera Citgo, la mugre, el maíz y los gases de los tubos de escape, te perdías los jardines con sus setos, las escuelas con banderas impolutas, las grandes casas que quedaban al oeste y las pequeñas al este, con sus caminos de grava y sus buzones resplandecientes. Y ahí estaba la biblioteca, justo al salir de la carretera principal, con su desafortunada arquitectura de ladrillo de los años setenta, camuflada tras pancartas del Festival de Otoño y sus tres ardillas de hierro que llegan a la altura de la cintura. Estas honorables ardillas permanecían con la cabeza alta cual centinelas delante del buzón de devoluciones y la entrada principal. Antes de empujar las pesadas puertas, los niños se sentían impelidos a tocar cada una de ellas, sacudir la nieve de sus colas e incluso encaramarse y sentarse sobre la cabeza de la ardilla más alta. Todos creían de algún modo que estos actos estaban prohibidos. Bajaban al sótano vociferando, con las mejillas rojas. Pasaban por delante de mi mostrador con sus anoraks de colores brillantes. Algunos sonreían, otros prácticamente gritaban al saludar, otros evitaban por completo mirarme. 16

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Con veintiséis años, era la directora de la biblioteca infantil solo porque estaba dispuesta a trabajar más que las otras dos mujeres, mucho más mayores que yo: Sarah-Ann e Irene, quienes parecían entender la biblioteca como una suerte de voluntariado, una especie de comedor social. —Tenemos mucha suerte de que nos dediquen su tiempo —decía Loraine. Lo que era cierto, pues a menudo estaban ocupadas en remodelar salas enteras. Hacía cuatro años que había acabado la universidad, había empezado a morderme las uñas de nuevo y me quedaban dos amigos adultos. Vivía sola en un apartamento a dos pueblos de distancia. No era más que una simple bibliotecaria solterona. Para que conste, obsérvese que mi constitución genética ya indica una ligera predisposición hacia el comportamiento delictivo, una propensión hereditaria a la huida y la garantía cromosómica de una tendencia a la autoflagelación de por vida. Cosas que heredé de mi padre: 1. El gusto por el café espeso como el barro. 2. Dos bultitos óseos en la frente, uno sobre cada ojo, justo debajo del nacimiento del pelo. (No hubo trauma al nacer, ni caída al suelo, solo enfermeras que me frotaban el entrecejo desconcertadas y mi padre enseñándoles los suyos como explicación. Si nosotros dos no somos los malos de esta historia, ¿a santo de qué estos cuernos familiares?). 17

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3. Un temperamento revolucionario que data de mucho más atrás, de mi bisabuelo el bolchevique. 4. La mitad del apellido Hulkinov, reducido a una cáscara1 por un juez de Nueva York. El chiste pasó desapercibido a los oídos de inmigrante de mi padre, que en ese momento se sostenía sobre sus zapatos de refugiado y era una cáscara, solo el envoltorio, del ruso que un día había sido. 5. Pelo ruso claro: el color de absolutamente nada. 6. El escudo familiar que mi padre trajo desde Moscú grabado en un sello de oro: un hombre que sostenía un libro con la mano derecha y una cabeza ensartada en una lanza con la izquierda. (Este es el célebre Hulkinov, un erudito-guerrero del siglo xvii que, cuando oía las trompetas en la lejanía, dejaba sus preciados libros y se iba a luchar por la justicia, la libertad o el honor. Y aquí estoy yo, la última de la estirpe: una bibliotecaria-delincuente del siglo xxi). 7. La profunda culpa rusa.

Cosas que heredé de mi madre: 1. La culpa judeoamericana de un kilómetro de espesor.

Estos son el escenario y los personajes principales. Estamos recostados en nuestros pufs: empecemos. (—¿Adónde va papá con esa hacha? —preguntó Fern2).

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2. Llegan los problemas a River City3

Una mujer bajó sola por las escaleras una tarde a principios de octubre. Llevaba pantalones de vestir, una blusa marrón de seda y zapatos de tacón. Obviamente, se trataba de una madre, no una de esas desaliñadas maestras, canguros o profesoras de clases particulares. Guapa, con el pelo rojo recogido en una coleta que no acababa menguando tristemente como la mía, sino que terminaba recta y tupida como una cola de caballo de verdad. Puso un libro sobre el mostrador y sus pendientes dorados se balancearon al mismo tiempo. Nunca la había visto. —¿Está ocupada? Puse la tapa al bolígrafo y sonreí. —Por supuesto que no. —Soy la mamá de Ian. —¿Perdone? Me estaba mirando de una forma tan insistente que no podía procesar por completo sus palabras. —Mi hijo es Ian Drake. —Ah, Ian. Sí, claro. ¿Cómo puedo ayudarla? Me quedé atónita al darme cuenta de que nunca había visto a esta mujer y que nunca había pensado en ello, a pesar de todo el debate sobre qué libros aprobaría y cuáles no la madre de Ian. Cuando el niño era más pequeño, siempre venía con una canguro; ahora solía venir solo, en bicicleta, y siempre traía una mochila vacía para poder llenarla de libros. 19

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—Bueno, trajo a casa esta novela, Tuck para siempre. —Lo acercó a mí, como si yo pudiera tener algún interés en hojearlo—. Estoy segura de que es realmente un libro maravilloso para niños un poco más mayores y apreciamos mucho sus sugerencias. Es solo que es un poco sensible. —Sonrió y se inclinó hacia mí—. Lo que de verdad necesita Ian ahora son libros que contengan el aliento de Dios. —El aliento de Dios. —Sé que hace un gran trabajo nutriendo sus mentes, pero también necesitamos lecturas que alimenten nuestras almas. Todos y cada uno de nosotros. —Sonrió, arqueando las cejas—. Ian es todavía tan pequeño…, necesita su ayuda. Estoy segura de que puede echarme una mano con esto, Sarah-Ann. Debía de estar mirándola fijamente con la boca abierta, hasta que vi que había dejado la placa de identificación de Sarah-Ann sobre el mostrador. Estaba extrañamente halagada de que Ian no le hubiera dicho mi nombre, de que quisiera mantener en privado nuestras conversaciones diarias. No iba a ser yo quien la sacara de su error. Si pensaba que Sarah-Ann Drummond era la que se encargaba de seleccionar libros con el aliento de Dios, tanto mejor. Sonreí, asegurándome de que había acabado. —En realidad, como somos una biblioteca pública, no censuramos los contenidos a los que nuestros usuarios pueden acceder. Nuestro trabajo es hacer que todo esté disponible. Aunque, por supuesto, los padres pueden elegir lo que estimen conveniente para sus hijos. Podría haber seguido con todo lujo de detalles, pero me contuve. No quería que se asustara y le dijera a Ian que no vol20

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viera a la biblioteca nunca más. Y, aunque normalmente no era muy fan de que los niños vinieran solos a la biblioteca, no creía que su experiencia de lectura fuera a mejorar con esta madre en concreto cerniéndose sobre su hombro para asegurarse de que todas las palabras que escribió Judy Blume estaban lo bastante henchidas del aliento divino. Así que, desde luego, no iba a comentarle que el niño también podía sacar cualquiera de los libros de la sección de adultos en la planta de arriba y tener acceso a la gran mayoría de páginas web del mundo desde nuestros ordenadores. —Realmente, le encanta la biblioteca —dijo. Pese a ser una de esas bellezas de Kentucky, me di cuenta de que no tenía un fuerte acento sureño; habría sido un complemento perfecto para ella. Sacó de su bolso una hoja de cuaderno doblada, de color crema, con su nombre, «Janet Marcus Drake», impreso en letras azul turquesa en el encabezamiento. —Esta es una lista de los contenidos que me gustaría que evitara. Había pasado abruptamente de ser la belleza del sur a lucir ese aire excesivamente formal de las mujeres perfeccionistas que solo han estado en el mercado laboral dos o tres años antes de dejarlo para tener hijos y ahora les aterraba que no las tomaran en serio. Me entregó la lista y aguardó, como si pretendiera que la leyera en voz alta. Decía: • Brujería/hechizos • Magia • Satanismo, ocultismo, etcétera • Contenido adulto

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• Armas • Teoría de la evolución • Halloween • Roald Dahl, Lois Lowry, Harry Potter y autores por

el estilo. —¿Entiende lo que quiere decir material con contenido adulto? Me las arreglé, de algún modo, para abrir la boca y decir que sí. —Y se me pasó incluirlo en la lista, pero entiendo que además tiene golosinas para los niños. —No necesitaba decirlo de una forma tan formal. Miraba fijamente hacia el bol de Chupa Chups en el borde del mostrador—. ¡Es solo que no quiero que vaya corriendo por aquí con el azúcar disparado! —volvió a reírse, convertida de nuevo en Escarlata O’Hara en su porche. Como en ese momento no se me ocurrió nada que decir que no fuera soez, no abrí la boca. No era por educación o por contención, sino por una suerte de parálisis de la lengua. Quería preguntarle si había oído hablar alguna vez de la Primera Enmienda, si era consciente de que Harry Potter no era un autor, si pensaba que teníamos libros sobre satanismo dispersos por la sección infantil, si se creía que yo era la niñera de Ian, su profesora particular de lectura o su monitora de colonias. En vez de eso cogí el bolígrafo y añadí otra línea a su lista: «Nada de chucherías». —Me alegro mucho de que coopere, Sarah-Ann —dijo. Quería quitármela de encima y también apaciguarla, pero no podía sentarme allí y formalizar un contrato verbal que desafiara la Constitución. Así que le dije: 22

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—Lo que puedo hacer es evitar recomendarle libros con esta temática. —Pero seguramente entienda que él podría encontrarlo por su cuenta. Asentí, lo que era libre de interpretar como quisiera, y dije de forma tranquilizadora, aunque concluyente: —Lo he anotado todo aquí —señalé la lista y me levanté para darle la mano. Un niña, con un montón de libros, se colocó entonces detrás de ella. La señora Drake la miró, me guiñó un ojo mientras estrechaba mi mano y se marchó. La niña dejó caer los libros sobre el mostrador. Siete títulos, todos sobre Marco Polo.

Después de aquello me quedé unos pocos minutos reclinada en mi silla, practicando mi respiración de yoga e intentando dilucidar si acababa de comprometer mis principios morales. Todavía tenía en la mano la lista doblada de Janet Drake. Lo siguiente que recuerdo fue a Loraine, que bajaba las escaleras contoneándose, luego se abalanzó para apoyarse sobre el mostrador con las dos manos. Su pelo corto y castaño estaba hecho un desastre, tenía mechones pegados a la frente con una mezcla de gomina y sudor. —Lucy —dijo, casi a gritos—. ¿Pudiste tranquilizar a esa mujer? —Sí —volví a meter los pies en los zapatos—. Intentó darme esta lista. Empecé a desdoblarla, pero Loraine hizo un gesto con la mano. Ya la había visto antes. 23

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—No dejes al niño sacar ningún otro libro de magos. Y escribe una nota a Sarah-Ann y a Irene. A esas alturas, ya casi me había acostumbrado a Loraine, a su filosofía de que si la comunidad iba a comprarnos alguna vez sillas nuevas, había que tenerla contenta, y que les dieran a las libertades civiles. Normalmente estaba a favor de retirar de la biblioteca, de forma rápida y permanente, cualquier libro del que un usuario se hubiera quejado. En vez de llamarla alcohólica vieja loca, en vez de coger el teléfono para alertar a la Asociación por las Libertades Civiles, me decanté por una resistencia pasiva. —¿Y cómo se supone que voy a hacer eso exactamente? Loraine se balanceó ligeramente y se agarró al borde del mostrador. Tenía las uñas pintadas de rojo oscuro, igual que la piel que rodeaba cada uña. —Oh, simplemente dile que es un libro de referencia o algo así. Dile que no se puede prestar. —De acuerdo. No me preocupaba en absoluto que Loraine insistiera en el tema, dudaba de que fuera a acordarse al cabo de un mes. Y si intentaba despedirme porque había prestado un libro a un usuario de una biblioteca pública, tendría tanta representación legal gratis en diez minutos que su cabeza macerada en ginebra se pondría a girar como una peonza. —¿Te encuentras mal, Lucy? Te lo pregunto solo porque tu camisa está muy arrugada. —Estoy perfectamente. —Vale, sí, seguro que lo estás. Retiró la mano del mostrador y se dirigió con cautela hacia el baño de los niños. 24

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A las seis apagué el ordenador, volví a colocar los libros del carrito en las estanterías y subí al piso de arriba. En ese momento, Rocky salía en su silla de ruedas de detrás del mostrador. Llevaba unas gafas negras de pasta con cristales tan gruesos que le deformaban los ojos, ya engullidos en cierto modo por sus voluminosos mofletes. Varios usuarios me habían confiado (mientras yo asentía, algo horrorizada) que «les sorprendía que pudiera hablar de una forma tan fluida». —¿Un café? —Por supuesto —dije. Echamos la llave y cruzamos la calle hasta llegar a la cafetería. Rocky esperaba fuera, porque había un escalón en la entrada, y le saqué su café. Me senté en un banco de la acera y movió su silla para colocarse a mi lado. Di un sorbo a mi café a través del agujero de la tapa y me quemé la lengua. —Pues la madre de Ian Drake me ha gritado hoy —dije, lo que no era cierto, pero era exactamente como lo sentía entonces—. ¡Y luego Loraine me chilló por lo de la madre de Ian! —Me comportaba como una niña de ocho años diciendo que me habían gritado solo porque no me había gustado lo que me habían hecho—. Me pide que censure lo que lee el niño. La propia Loraine. Rocky destapó su café y sopló en él. ¿Por qué era siempre yo la que se quemaba la lengua? ¿Por qué todos los demás usaban la cabeza para tomar estas precauciones? —Pues ya sabes, ignórala. ¿De verdad estás dejando que esto te fastidie? El punto de vista habitual de Rocky era que yo me tomaba todo de una forma demasiado personal. Y, después de doce años en la biblioteca, estaba tan acostumbrado a Loraine que no po25

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día sorprenderle nada de lo que hiciera. Últimamente también parecía obtener un placer perverso en subrayar mi ingenuidad y se comportaba como si esperara, incluso le aburriera, cualquier conducta humana inusual: un mocoso de cuatro años que vomitaba sobre nuestra nueva Enciclopedia Británica, el hecho de que Loraine guardara una vieja botella de Sprite llena de vodka en el frigorífico del personal, que el presidente de Estados Unidos afirmara que Jesús quería que estuviéramos en guerra. —¿Tienes tu tema para el verano? —dijo. No iba a dejar que me obsesionara con el asunto. —No. —Iba a pasar buena parte del invierno y la primavera haciendo folletos y recortando coches de carreras o cometas de cartulina para colgar en la pared norte del club de lectura de verano. Había algunos kits que podía pedir, por supuesto, pero creía que no tenían alma, y Loraine pensaba que eran caros—. Loraine quiere otra vez algo sobre los viajes mágicos. Dos años antes, el tema había sido «No hay fragata como un libro», lo que fue desastroso, porque ninguno de los niños sabía lo que era una fragata y algunos padres pensaron que se trataba de algo obsceno. —¿Y «Devora un libro»? Podrías mostrar un tiburón comiéndose un libro. O un dinosaurio. —No está mal. —Es mejor que la fragata. Me puse de lado en el banco con los pies en alto. —¿Qué tal «Brujería y ritos satánicos»? —¡«El ser y la nada»! ¡Podrías repartir pins de Sartre! —¡«El malestar en la cultura»! Seguimos así un buen rato y al menos me hizo sentir algo mejor. Eso es todo lo que daba de sí nuestra relación. Segura26

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mente era culpa mía. Íbamos juntos a ver películas antiguas al cinefórum (no eran citas, solo veíamos películas que nadie más quería ver) y nos mirábamos con desdén durante todo el día, hasta que decidía que yo estaba exagerando y así me lo hacía saber. Me tiró de la manga: —Me dijiste que te echara la bronca si alguna vez volvías a ponerte una chaqueta de punto. —Hace frío. —Solo cumplo órdenes. Odiaba empezar a tener aspecto de bibliotecaria. No era nada bueno. En la universidad había fumado ciertas sustancias. En el parachoques de mi primer coche tenía pegatinas provocadoras. Venía de un larga estirpe de revolucionarios. Me levanté y me estiré, y luego me sentí irracionalmente culpable por hacer eso delante de Rocky, que no podía. Estaba tan cansada de estar todo el día sentada, estaba segura de que acabaría con gangrena o con hemorroides. En el trabajo inventaba excusas para andar por los pasillos. El carrito de las devoluciones rara vez tenía más de tres libros, porque cada cinco minutos me levantaba para colocarlos en las estanterías. ¿Durante qué momentos de la historia las personas habían tenido trabajos de oficina? ¿Tal vez los últimos cuatrocientos años, de un total de cuatro millones? No era natural. El chiste favorito de mi padre decía: ¿Qué es un ruso? Un nihilista. ¿Qué son dos rusos? Una partida de ajedrez. ¿Y tres? Una revolución. Pero ¿cómo llamas a una revolucionaria en potencia varada tras un mostrador? Ansiosa, tal vez. Problemática. Un volcán inactivo.

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