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Besos de canela y hielo es la novela seleccionada en la primera edición en castellano de la Beca Elastic Books / Audible para jóvenes escritores. Primera edición: octubre del 2024 © 2024, Estela Bescós García, por el texto © 2024, Elastic Books, por esta edición Dirección editorial: Pema Maymó Edición: Anna López Coordinación editorial: Maria Alier Ilustración de la cubierta: Laura Morcap Diseño de la cubierta: evostudio.com Maquetación: FREIRE. Servicios editoriales. SL Elastic Books Perú, 186 08020 Barcelona Impreso en Liberdúplex Depósito legal: B.15.638-2024 ISBN: 978-84-19478-83-2 Impreso en la UE Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.


Para Lorena, porque esta historia es tuya desde Valencia, y para todos los que vivimos a la caza de un refugio hecho de letras.


«How can a person know everything at eighteen and nothing at twenty-two?» Nothing New, Taylor Swift y Phoebe Bridgers

«How do I tell you how I got here without getting trapped in the past?». Anyway, Richard Siken


Capítulo 1

N

adie patina de noche. Nadie hace nada por la noche, en realidad. No en Greenville, Alberta, Canadá. Población: 5053 habitantes. Durante el día, el pueblo, y en concreto la pista de hielo, están llenos de gente, ya sean estudiantes del instituto por las mañanas o pequeños aspirantes a patinadores o jugadores de hockey en las clases de las tardes. Pero ¿por la noche? Por la noche todo está desierto, inmerso en un mutismo que rara vez se ve interrumpido. Mucho menos a principios de septiembre, cuando las sombras de los árboles comienzan a alargarse y el viento arrecia más cada día que pasa. Saber eso no evita que Cassie tenga el máximo cuidado al cerrar la puerta de los vestuarios tras ella para evitar el portazo que sabe que siempre da. Sus pasos son ligeros como una pluma sobre la moqueta; demasiado, incluso, para unos pies enfundados en unos patines como los suyos. La goma de los protectores apenas arranca un ligero suspiro al suelo mientras se aproxima al hielo, y eso, unido al eco de su respiración pausada, compone el único sonido que se oye en la pista. La pequeña puerta de la barrera que separa el exterior del hielo chirría en cuanto Cassie pone sus dedos sobre ella, y ese chirrido es tan inevitable como el temblor con el que ella termina de abrirla. Después, se queda ahí parada.

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Su cuerpo entero tiembla, desde las cuchillas, todavía dentro en los protectores, pasando por sus piernas enfundadas en unas mallas que hacía mucho que no se ponía, hasta llegar a su mano, blanca de la fuerza con la que se aferra a la puerta. Y el frío no tiene nada que ver, por mucho que le gustaría fingir que así es. Suena ridículo, pero es verdad: el frío de la pista, el mismo que tinta sus mejillas de rosa, no tiene ninguna relación con su temblor. La imagen del hielo extendiéndose ante ella, por otro lado… —No seas idiota —se dice, sacudiendo la cabeza. El miedo sigue brillando en sus ojos cuando, todavía con una mano aferrando la puerta, levanta primero un pie, y luego el otro. Se quita los protectores sin dejar de mirar el hielo. Sigue temblando, pero hay algo diferente en su expresión, en sus movimientos. Una fiereza que no estaba ahí hace unos segundos. Aunque su suspiro es tembloroso cuando suelta la puerta, su primer paso es firme. El sonido de la cuchilla al rasgar el hielo estalla en sus oídos, transportándola a tiempos mejores, a tiempos en los que ese sonido era sinónimo de bienvenida y el hielo, su hogar. A tiempos en los que deslizarse por pistas como esta era más natural que pasear por suelo firme. Dos años pueden ser un suspiro en el mejor de los casos; en el suyo, su paso se ha sentido como una eternidad. Mientras comienza a deslizarse por el hielo, siente cómo el peso del tiempo ha agarrotado sus músculos, convirtiendo lo que debería haber sido automático en un reto. Se sorprende dudando incluso de su capacidad para mantener el equilibrio. Los primeros cinco minutos en el hielo son eternos. Es como aprender a andar de nuevo, un cruel recuerdo de que, al final del día, no puede dar por hecho ni siquiera esto. Sin embargo, continúa ahí. Sacude las manos para entrar en calor, y poco a poco nota cómo sus movimientos ganan fluidez, cómo sus

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zancadas llegan más lejos, cómo el sonido de la cuchilla contra el suelo deja de sorprenderla a cada paso que da. Cuando se da cuenta de que lleva casi media hora en el hielo, algo se apodera de ella. Es orgullo, pero también vergüenza y determinación. Todas y ninguna a la vez; una mezcla. Es algo nuevo, algo que recorre sus venas al galope, que calienta su sangre y la lleva a ganar velocidad, a cruzar la pista de extremo a extremo, dejando atrás la seguridad de las vallas. Algo que la lleva a cerrar los ojos y girar sobre sí misma, a jadear cuando es consciente de que sigue en pie. Llega un punto en el que son solo ella y el hielo, sus pies y sus botas y las cuchillas. El sonido de su respiración entrecortada se mezcla con el del metal al rasgar el hielo. Y el eco de todo envolviéndola, meciéndola en su seno. Sabe que ha pasado mucho tiempo y que no todo lo que este se ha llevado volverá, pero siempre le quedará esto. Esta sensación a la que nunca ha sido capaz de poner nombre. Antes de marcharse, una idea cruza su mente. Es fugaz, una locura, pero es suficiente para volver a prender la mecha en su sangre. Lo primero que aprende cualquier patinador, contrario a lo que muchos creen, no es a patinar. Lo primero que uno aprende al pisar el hielo es a caer. Cuando Cassie comienza a coger carrerilla, no es el salto lo que tiene pensado. Avanza durante cerca de un minuto así, de frente, ganando velocidad poco a poco y, cuando alcanza la que sabe es la velocidad necesaria, se gira para dar la espalda al hielo. Lo hace en un movimiento rápido, un visto y no visto, y entonces su cuerpo toma el control. Es como si sus músculos hubieran reconocido el patrón, la velocidad y el giro repentino ejecutados por su mente y, con una rapidez vertiginosa, tomaran control de la patada con la que su pierna izquierda empuja su cuerpo hacia delante y hacia arriba.

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La adrenalina de estar en el aire no se compara con nada. La forma en que la corriente fría azota su cuerpo mientras reposiciona su cuerpo es lo más cercano a estar en casa que ha sentido en mucho tiempo. El aterrizaje es forzoso. La vuelta y media está ahí, tal y como la marca en el hielo le muestra, pero la posición de las cuchillas al volver a la tierra no es del todo correcta. Cuando su mano toca el hielo para facilitar la caída, Cassie sonríe. Dobla el codo de esa manera que sus primeros entrenadores le hicieron practicar tantas veces y, para cuando su culo aterriza, el eco de su risa incrédula reverbera a su alrededor. —¿Estás bien? La pregunta corta el aire como si estuviera más afilada que sus patines, y su risa muere en sus labios en cuanto abre los ojos y lo ve. Nadie patina de noche; sin embargo, ahí está él, con ambos brazos apoyados en las vallas y una sonrisa a medio camino entre divertida y curiosa. Está preocupado, también. Lo ve en sus ojos, esos que parecen a punto de desaparecer bajo el caos que es su pelo rizado. El primer pensamiento que atraviesa su mente es que lleva muy poca ropa para estar en una pista de hielo, solo una camisa a medio abrochar. El segundo es que no debería estar ahí. Sus movimientos cuando empieza a levantarse son caóticos, torpes, alejados de la precisión de su caída. Tiene que salir de ahí cuanto antes. ¿La habrá visto bien? A lo mejor no, a lo mejor puede salir por la puerta de atrás y olvidarse de que alguien la ha visto colarse en la pista de hielo de noche. A lo mejor no la ha reconocido. —Joder, joder… —murmura mientras patina en dirección contraria al chaval. —¡Eh, espera! —dice el chico cuando se da cuenta de que está saliendo por patas—. ¿Seguro que no te has hecho daño? Sin girarse a mirarlo, Cassie sacude la cabeza y alcanza los protectores a toda prisa mientras oye los pasos del chico acercarse. Con un

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resoplido, alza la mirada cuando su sombra la envuelve. Le saca una cabeza fácilmente. —¿Vas a delatarme? —¿Eh? —El chico murmura cuando ella lo mira con cara de malas pulgas—. ¿Delatarte? No, eh, qué va. ¿Por qué iba a…? —¿Entonces por qué me sigues? —Cassie le interrumpe, exasperada, mientras se pone el primer protector. —Hum. —El chico se lleva el dedo índice a la barbilla y comienza a rascársela, como si estuviera completando un examen y no respondiendo a una simple pregunta. Cassie tiene ganas de matarlo—. ¿Para asegurarme de que estás bien? El modo en que lo dice, como si fuera la respuesta más lógica y a la vez dudara de ella, la enfurece más de lo que está dispuesta a admitir. Está claro que ella no debería estar ahí, y sospecha que él tampoco. ¿Por qué arriesgarse a que le descubran así, preguntándole si está bien? Ella se habría escondido y, una vez comprobado que podía caminar, habría salido corriendo. Sería lo lógico, vaya. —Bueno, pues ya ves que estoy bien. Puedes largarte cuando quieras —masculla, poniéndose el segundo protector. No puede evitar hacer una mueca cuando roza demasiado cerca la cuchilla y le arranca unas gotas de sangre a su pulgar derecho. —Te sangra el dedo —dice el chico. Cuando levanta la cabeza, tiene una mano hundida en un bolsillo de su vaquero mientras juega con su collar de media luna con la otra. Reluce bajo las luces de la pista, y parece antiguo. La observa divertido, mordiéndose el labio. O, mejor dicho, está jugando con él. Como si estuviera conteniendo algo. Cassie levanta otra ceja, incrédula al tiempo que pregunta: —¿Y? —¿Quieres una tirita? —¿Vas por ahí con tiritas en los bolsillos?

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Cuando saca un par de tiritas arrugadas del bolsillo izquierdo de sus bermudas con gesto triunfante (¿quién lleva bermudas con ese tiempo?), Cassie parpadea, incrédula. —Entonces ¿la quieres? —pregunta con una sonrisa ladeada mientras se la tiende. Al hacerlo da un paso al frente, y Cassie traga saliva ante la repentina proximidad. Con el ceño fruncido, asiente. Cuando la coge, sus manos se rozan unos instantes y Cassie no puede evitar fijarse en lo cálida que es su piel en contraste con la suya. Sacude la cabeza y, mientras batalla con la torpeza inherente a intentar ponerse una tirita con la mano izquierda, masculla: —Gracias. —Nada, nada —dice él. Después, mientras ella continúa batallando con la tirita, murmura—: ¿Necesitas ayuda con…? Vale, no he dicho nada. El muy payaso incluso pone las manos en alto cuando Cassie lo mira mal, y lo peor de todo es que esa dichosa sonrisa no desaparece en ningún momento de sus labios. Es de noche, están metidos en un recinto que se supone que está cerrado, y él actúa como si fueran amigos de toda la vida que se han encontrado en el supermercado. —Bueno, pues adiós —dice Cassie, y se dirige hacia los vestuarios. —¡Espera! ¿Cómo te llamas? Cassie se mofa de él sin dejar de caminar: —¿Para qué quieres saberlo, para poner mi nombre en la denuncia? Antes de que el portazo retumbe en las instalaciones, oye cómo el chico se ríe y grita: —¡Yo me llamo Micah, por si lo quieres poner en la tuya! Cassie lo tiene que admitir: hasta ella se ríe con esa respuesta. * * *

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—Si eso, cuando termines de descojonarte, me avisas —dice Cassie mientras termina de aplicar el esmalte de uñas sobre su meñique: es un azul marino que parecía menos oscuro cuando lo compró, pero no le va a hacer ascos a un esmalte de menos de un dólar. De fondo, la risa de Erin brota de los altavoces de su portátil, amortiguada por la colcha sobre la que lo ha puesto. La imagen de la cabeza de su amiga echada hacia atrás desternillándose desde su habitación en Toronto ocupa la pantalla completa—. No sé para qué te cuento nada. —Porque es ley —dice Erin, ladeando la cabeza—. ¿Y dices que no te lo has vuelto a cruzar? —¿Por qué tendría que habérmelo vuelto a cruzar? —masculla Cassie pasando a la mano derecha. —Tía, vives en un pueblo de cinco mil habitantes —responde Erin con el tono que pone cuando habla de obviedades—. Si yo no paro de cruzarme a peña cuando vuelvo a Victoria, que se acerca a los cien mil, no tardarás en volver a encontrártelo. —Sí, ya, lo que tú digas —dice Cassie, deseando cambiar de tema. No está segura de por qué lo ha sacado para empezar, pero al final no ha podido evitar confesarle que había vuelto al hielo—. Hablando de Victoria, ¿cuándo tienes pensado visitar a tus padres? Erin la mira con una ceja alzada, claramente consciente del cambio de conversación. Llevan media hora de videollamada y, por mucho que Erin ha intentado que Cassie le hable más en profundidad sobre cómo fue volver al hielo, su amiga solo ha reciprocado sus intentos con constantes cambios de tema. No es que Cassie no quiera hablar de ello. El problema es que no sabe cómo: es como si, después de dos años alejada del circuito, todavía no fuera capaz de hablar ni de lo que pasó ni de su recuperación. —Uf, para rato —responde Erin al fin, y Cassie detecta el sutil cambio en su postura. Erin no es el tipo de persona que muestra su incomodidad, más bien todo lo contrario, pero basta con saber dónde buscar para encontrar las señales. Están en la forma en que insis-

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te en desviar la mirada, en la ligera línea que aparece en su frente, esa que delata cuánto le gustaría fruncir el ceño y cuánto le cuesta evitarlo. Está en sus hombros, en la manera en que descienden ligeramente—. Pasé una semana en casa para el cumple de Mike, pero eso fue en junio. Desde entonces he estado entrenando, ya sabes cómo es Nikita cuando se acerca el Autumn Classics. Cassie hace una mueca, recordando el rostro severo de su antiguo entrenador cuando se acercaba el primer evento no oficial de la temporada. Era casi más insoportable que cuando se acercaba el primer evento oficial. Aun con todo, pese a querer decirse que no envidia a su amiga, la realidad es que sí lo hace. Y eso no es un secreto para ninguna de las dos. —Vamos, que hasta Navidad nada, ¿no? —pregunta, cerrando el bote de pintaúñas y arrellanándose en la cama—. Qué putada. Su amiga se encoge de hombros. —¿Y tú, sabes ya cuándo vendrás a visitar a tus padres? —Ahora mismo no tengo planes —responde Cassie. Sus padres viven en Kingston, a tres horas de Toronto, donde Erin entrena. Teniendo en cuenta que ella vive a treinta y siete horas de ambas ciudades, pilla con bastante rapidez lo que su amiga quiere preguntarle realmente: cuándo van a volver a verse. La decisión de Cassie de marcharse a su pueblo natal al terminar la fisioterapia había pillado por sorpresa a su amiga, pero no fue una sorpresa tan grande para sus padres: comprendieron con rapidez que Cassie necesitaba distancia, no tanto de ellos, sino de todo lo que Toronto había significado para ella—. De momento estoy bien aquí con mi abuela, y mañana tengo una entrevista en una cafetería. —Así que va para largo, ¿eh? —pregunta su amiga, y una vez más Cassie es capaz de distinguir la pena en sus ojos, en la línea que trazan sus hombros. En la forma en que sus labios se curvan en torno a sus siguientes palabras—. Pues qué putada. —Ya.

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—Bueno —dice su amiga al cabo de un rato de silencio—, ¿y de dónde ha salido esa entrevista? No sabía que quisieras ponerte a currar tan pronto. —Llevo ya tres meses aquí, y los ahorros dan para lo que dan. Si quiero mantenerme sin depender de mi abuela, ya me tocaba buscar algo —responde Cassie, mordiéndose el labio. Todavía no lo ha hablado con su abuela. Aunque no duda de que se ofrecería a ayudarla económicamente si se lo pidiera, lo cierto es que Cassie todavía no se siente cómoda con la idea de mantener esa conversación con ella. O de mantener ninguna conversación que se desvíe de los temas más banales. Cuando decidió volver al pueblo, no pensó que aquello se le haría tan cuesta arriba: acostumbrada a la dinámica que tenía con sus padres, adaptarse a convivir con una persona completamente diferente está siendo un reto mayor de lo que había previsto, desde los horarios hasta las conversaciones más sencillas. Aunque tiene sentido: después de todo, en los últimos siete años apenas han hablado una vez al mes, si es que hablaban. Sacude la cabeza ante esa línea de pensamiento. —Me la consiguió Ollie. La entrevista, digo —añade al cabo de unos segundos de silencio. —Ah, el famoso Ollie —dice Erin, inclinándose hacia delante y entrelazando los dedos delante de ella. —Nunca me lo vas a perdonar, ¿verdad? —Cassie resopla cuando ve la sonrisilla que se abre paso entre los labios de su amiga. —¿Que te escondieras a esa cucada que tienes de amigo? Pues claro que no. Cuando con quince años Cassie se mudó con sus padres a Toronto para poder entrenar con un entrenador mejor, al principio mantuvo el contacto con todos sus amigos. Sin embargo, pronto este se fue diluyendo hasta que solo quedaron las felicitaciones por victorias, seguidos de los cumpleaños y, finalmente, ni eso. La úni-

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ca persona del pueblo con la que no perdió el contacto fue su amigo Ollie. Sin embargo, en Toronto conoció a Erin. Todavía recuerda su primer día en el Toronto Cricket Club como el desastre que fue, y como el día que marcó el inicio de su amistad. Recuerda las pullas que empezaron intercambiando y, sobre todo, la mano que Erin le tendió después de que los nervios le hicieran infrarrotar un simple axel. Tiene muchos recuerdos de los siete años que llevan siendo amigas, pero uno de los más graciosos, sin duda, es el de cuando, en su decimoctavo cumpleaños, Ollie fue a pasar una semana con ella y sus padres. La manera de ser de Erin —tan directa y afilada, como los patines sobre los que ha pasado la mayor parte de su vida— no podría haber distado más de la manera de ser de Ollie —tan amable y tranquilo como el único pueblo que había conocido hasta entonces—. Ollie jura y perjura que no fue tan mal, que Erin le causó impresión, sí, pero no fue mala. Lo que él no sabe es la cara de susto que puso cuando Erin se puso a acribillarle con todas sus preguntas, cómodas e incómodas formuladas por igual. Cassie sacude la cabeza ante el recuerdo, preguntándose una vez más cómo encaja ella entre dos personas tan diferentes. —No puedes culparme —dice. Mira el reloj y resopla cuando ve la hora—. Creo que voy a intentar dormir ya, que mañana tengo la entrevista a las nueve. Erin suelta una expresión de sorpresa, una tan exagerada que ni siquiera su sobrina de cuatro años la hubiera tomado por real, y pregunta: —¿A las nueve? ¡Eso es prontísimo para ti, que nunca has pillado un avión a las cinco, que nunca has ido a entrenar a las siete, que…! —Vete a la mierda. —Cassie resopla—. ¿Hablamos mañana?

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—Pues claro —responde Erin, arrellanándose en su cama—. Me tienes que contar cuántos vasos se te caen en tu primer día. —Solo es la entrevista. Ya habrá tiempo para eso más adelante. Cuando su amiga cuelga la llamada, Cassie permanece ahí a saber cuánto tiempo, observando la imagen que tiene de fondo de pantalla en su portátil: en ella aparecen Erin y ella abrazadas en la pista en la que solían entrenar. Tienen las cabezas muy juntas, y entre sus manos se distinguen las bebidas energéticas de las que solían atiborrarse. Eligió esa foto de fondo de pantalla cuando se mudó a Greenville; hasta no hace tanto, acostumbraba a ver en la pantalla de su ordenador una foto de ella con Ollie, con su sonrisa suave, esos pelos desordenados y sus manos en torno a uno de los tés que siempre está tomando. A veces, como la noche que se coló en la pista de hielo, Cassie es capaz de convencerse de que no han cambiado tantas cosas como parece; de que, si lo piensa bien, vivir en una ciudad como Toronto y en un pueblo como Greenville no son cambios tan radicales. Pero luego se da cuenta de que hace cuatro meses que no abraza a Erin, y toda esa montaña se desmorona.

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