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JASON REYNOLDS TRACK #1

Traducción de Mónica Rodríguez Rodríguez

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Track #1. Ghost, de Jason Reynolds Primera edición: febrero de 2025 © del texto: Jason Reynolds, 2025 © de la traducción: Mónica Rodríguez Rodríguez, 2025 © De esta edición: La Galera, 2025 Perú, 186 – 08020 Barcelona www.lagaleraeditorial.com Directora editorial: Pema Maymó Editora: Anna López Hereter Diseño y dirección de arte: Cloé Porqueres Corrección: Marcos Poquet, Estela Gómez Impressión: Romanyà Valls ISBN: 978-84-246-7550-9 Deposito legal: B 1117-2025 THEMA: YFR, YFN, YFB Track #1. Ghost, © 2025 by Jason Reynolds Originalmente publicado por Atheneum, una editorial de Simon and Schuster Inc. Publicado con el acuerdo de Pippin Properties, Inc. a través de Rights People, London. Todos los derechors reservados al titular del copyright.

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RÉCORDS MUNDIALES

Atención a esto. Hay un tío llamado Andrew Dahl que tiene el récord mundial de inflar la mayor cantidad de globos… con la nariz. Sí. Te lo juro. No tengo muy claro cómo descubrió que eso era una especie de talento especial y ni siquiera puedo imaginarme la cantidad de mocos que habrá dejado en esos globos, pero, en fin, existe, y Andrew es el mejor en ello. También hay una señora llamada Charlotte Lee que ha batido el récord de poseer el mayor número de patitos de goma. No te miento. Y esto es lo raro: ¿para qué querría nadie tener un patito de goma? Pues imagínate 5631. Quiero decir, ¡venga ya! Y, bueno, es probable que yo tenga el récord mundial de conocer el mayor número de récords mundiales. 11

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Eso y comer el mayor número de pipas. —Déjame adivinar: pipas —casi bramó el señor Charles desde detrás del mostrador de lo que él llamaba su «tienda de campo», aunque viviéramos en una ciudad. El señor Charles, que, por cierto, se parecía a James Brown si James Brown fuera blanco, llevaba vendiéndome pipas de girasol cinco días a la semana desde, déjame pensar… desde que iba a cuarto de secundaria, que es cuando mamá empezó a trabajar en el hospital. Es decir, desde hacía unos tres años. Además, era duro de oído, pero, cuando mi madre me decía esto, yo pensaba que se refería a que tenía la oreja dura, algo a lo que no le encontraba ningún tipo de sentido. No sé por qué no se limitaba a decirme que estaba medio sordo. Supongo que porque «duro de oído» se parecía más a la jerga que se usa en los hospitales, que ya se le comenzaba a pegar. Pero, sí, el señor Charles apenas oía nada, y por eso le gritaba a todo el mundo y todo el mundo le gritaba a él. Su tienda era un verdadero festival de gritos, sin mencionar los sonidos especiales que provenían del televisor que siempre tenía encendido detrás del mostrador con el volumen a tope: pelis del salvaje Oeste en bucle. El señor Charles también era el hombre que me había dado el Libro Guinness de los Récords, que es donde había encontrado la información sobre Andrew Dahl y Charlotte Lee. Afirmaba 12

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que algún día batiría mi propio récord. Un récord de verdad. Ser uno de los mejores en alguna movida. No sé. Lo que sí sabía era que el señor Charles debía de tener el récord de decir «Déjame adivinar: pipas», porque lo decía siempre que me pasaba por la tienda, lo cual significaba que probablemente yo también tenía ya el récord de responderle, a grito pelado, la misma frase: —Déjeme adivinar: un dólar. —Esta era mi respuesta. Lo había dicho un trillón de veces. Entonces, le coloqué el billete sobre la palma arrugada de la mano y él depositó el paquete de pipas sobre la mía. Después, continué mi viaje a cámara lenta, haciendo otra pausa solo cuando llegué a la parada del autobús. Pero esta parada del autobús no era una parada cualquiera. Era la que quedaba justo delante del gimnasio. Solía sentarme allí junto al resto de personas que esperaban el bus, aunque en realidad yo no esperaba ninguno. El bus me llevaría a casa en un santiamén y yo no quería eso. Yo solo iba allí a observar cómo entrenaba la gente. Porque, verás, el gimnasio al otro lado de la calle tenía una ventana enorme (en plan, la pared entera era de cristal) y contaban con esas máquinas que te hacen creer que estás subiendo escaleras, y estaban todos allí, de cara a la parada del bus, con los rostros desencajados, casi como si fueran a desmayarse en cualquier momento. Y, créeme, no había nada más divertido que aquello. Así que los observaba durante un 13

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rato, como si fuera una peli: El primero que se desmaye pierde, protagonizada por todas esas personas que subían los escalones una y otra vez, del uno al diez. Sé que todo esto debe de sonar un poco raro, quizá hasta dé un poco de vergüenza ajena, pero era mi manera favorita de pasar el rato cuando estaba aburrido. La mejor parte de estar allí sentado era devorar mis pipas como si de palomitas en el cine se tratasen. Respecto a las pipas. Antes me metía un buen puñado en la boca, chupaba toda la sal y las escupía en plan metralleta. Creo que también podría haber batido el récord mundial en lanzamiento de pipas. Sin embargo, ya había madurado. Me tomaba mi tiempo, dándoles vueltas en la boca, colocándolas en la posición idónea para morder, abrir la cáscara y así poder apartar con cuidado la semilla con la lengua, y después (esta era la parte más complicada) retener esa semilla diminuta en un hueco seguro entre los dientes y la lengua, y escupir al fin la cáscara. Por último, tras todo aquel ritual, masticaba la semilla. Era todo un experto en aquella actividad a pesar de que, siendo realistas, las pipas no saben a nada. Ni siquiera estoy seguro de que merezcan todo el esfuerzo. Aun así, disfrutaba del proceso. Mi padre también comía pipas. De ahí lo había sacado yo. Pero él las masticaba enteras. Las cáscaras, las semillas, todo. Las devoraba igual que una bestia. Era tan adicto a las pipas, que, cuando era muy pequeño, 14

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tenía la manía de preguntarle si algún día le crecería un girasol dentro. Él siempre estaba viendo algún partido, ya fuera de fútbol o baloncesto, y se giraba hacia mí tan solo un segundo, el tiempo justo y necesario para no perderse ninguna jugada, y me respondía: «Los girasoles ya son parte de mí, chaval». Luego, agitaba las pipas en la palma de la mano como si fueran dados antes de echarse otro puñado a la boca para masticarlo. Pero déjame decirte que mi padre era un mentiroso. Los girasoles no formaban parte de él. Era imposible. No sé mucho sobre girasoles, pero sé que son bonitos y que a las chicas les chiflan, y sé que la palabra «girasol» se compone de dos palabras buenas, y ese hombre no tenía ni dos palabras buenas en su vocabulario ni nada que le pudiera gustar a ninguna chica, porque a las chicas no les gustan los hombres que intentan dispararles, a ellas o a sus hijos. Sí, así era él. Mi padre perdió la cordura tres años atrás. En aquel momento, el alcohol le hizo más malo de lo que nunca había sido. Cada dos por tres, y siempre cuando caía el sol, se convertía en una persona diferente, como si un loco lo poseyera, hasta que, al fin, una noche mi madre decidió defenderse. Aquella noche fue horrible. Yo tenía la cabeza enterrada entre el colchón y la almohada, una manía que había adquirido cada vez que se peleaban, cuando mi madre irrumpió en mi cuarto. —Tenemos que irnos —anunció, tirando de las sá15

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banas para arrancarlas de la cama. Cuando no me moví, gritó—: ¡Venga! Lo siguiente que supe es que me arrastraba por el pasillo y yo no dejaba de tropezarme con mis propios pies. Entonces miré hacia atrás y lo vi, a mi padre, tambaleándose desde el dormitorio, con los labios ensangrentados y una pistola en la mano. —¡No me obligues a hacerlo, Terri! —suplicó, enfadado, pero mi madre y yo no nos detuvimos. El sonido del arma amartillándose. Luego, el del pomo de la puerta. En cuanto la abrimos, mi padre disparó. ¡Nos estaba disparando! ¡Mi padre! Mi padre… nos estaba… ¡disparando! ¡A su mujer y a su niño! No quise girarme para ver a qué le había dado, principalmente porque tenía miedo de que me diera a mí. O a mamá. El estruendo fue horrible y lo suficientemente agudo como para hacerme creer que el cerebro me iba a estallar dentro de la cabeza, como para hacer que mi corazón hipase. Pero lo más increíble fue que el disparo, el sonido más fuerte que había escuchado nunca, provocó que mis piernas se movieran aún más rápido. No sé si eso es posible, pero al menos me dio esa sensación. Mi madre y yo seguimos corriendo, bajando las escaleras hasta la calle, adentrándonos en la oscuridad con la muerte pisándonos los talones. Corrimos, corrimos y corrimos, hasta que por fin llegamos a la tienda 16

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del señor Charles, que, por suerte para nosotros, abre las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. El señor Charles vio que estábamos sin aliento, llorando, descalzos y en pijama, y nos escondió en su almacén mientras llamaba a la policía. Nos quedamos allí toda la noche. No he vuelto a verlo desde entonces. Mamá me contó que los policías le habían dicho que, al llegar a casa, se habían encontrado a mi padre sentado en los escalones del porche, descamisado, con la pistola a un lado, bebiendo cerveza y comiendo pipas, esperando. Como si estuviera esperando a que lo detuvieran. Como si no hubiese metido la pata hasta el fondo. Le cayeron diez años de cárcel y, si soy sincero, no sé si me alegro o no. A veces, desearía que le hubiera caído cadena perpetua. Otras, desearía que estuviera en casa, sentado en el sofá, viendo un partido con sus pipas en la mano. En cualquier caso, una cosa está clara: aquella fue la noche en la que aprendí a correr. Así que, cuando dejé atrás la parada del autobús frente al gimnasio y me encontré con todos aquellos chicos en la pista de atletismo del parque, entrenando, tuve que acercarme a ver qué estaba sucediendo, porque correr no es algo que yo haya tenido que practicar jamás. Es algo que siempre supe hacer.

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