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TEMPESTAD VICTORIA AV E Y A R D

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Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del creador o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares reales es mera coincidencia.

TEMPESTAD Título original: Tempest © 2026, Victoria Aveyard Publicado según acuerdo con New Leaf Literary & Media, Inc., a través de International Editors & Yáñez’ Co. Traducción: Karina Simpson Diseño de portada: Will Staehle/UnusualCo Fotografía de la autora: Luke Fontana Diseño de interiores: Patrick Barry Mapas en guardas: TK Mapas en guardas: © 2026, Victoria Aveyard D.R. © 2026, Editorial Océano, S.L.U. C/ Calabria, 168-174 - Escalera B - Entlo. 2ª 08015 Barcelona, España www.oceano.com D.R. © 2026, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Guillermo Barroso 17-5, Col. Industrial Las Armas Tlalnepantla de Baz, 54080, Estado de México info@oceano.com.mx Primera edición: 2026 ISBN: 978-608-584-264-6 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. La infracción de los derechos mencionados puede constituir un delito contra la propiedad intelectual. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. El autor y la editorial no se responsabilizan del uso indebido de su contenido. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) o a CeMPro (Centro Mexicano de Protección y Fomento de los derechos de autor, www.cempro.org.mx) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. IMPRESO EN MÉXICO / PRINTED IN MEXICO

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CAPÍTULO Uno

DESPUÉS LOS BARCOS APARECÍAN en el horizonte infinito.

No era algo fuera de lo común en las islas del Mar de Lyria, donde los vientos alisios y las corrientes veloces arrastraban innumerables embarcaciones. Barcos de guerra, barcos de comercio, barcos de tránsito, barcos sin rumbo alguno. Barcos de todas las banderas... y de ninguna. Catrine Rose observaba en silencio desde la orilla, con la mirada fija en el puerto de Archenport mientras despertaba. Miraba más allá de las pequeñas barcas y de los navíos más imponentes, con los ojos clavados en el arco de piedra que se alzaba sobre el agua, más allá de los muelles. El viento, las olas y el tiempo lo habían moldeado así: las rocas blancas, pulidas hasta quedar lisas, más antiguas que cualquier memoria viva. Hubo un tiempo en que el arco sostuvo la bandera negra, pero la marina meridiana la quemó al desembarcar. Ahora, en su lugar, colgaban sogas con nudos corredizos, y los cuerpos bastaban como estandarte. Su mirada se detuvo en la última cuerda, carcomida por la sal, el lazo deshecho, sin dejar rastro del hombre al que alguna vez sostuvo.

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—Que el mar siempre cante para ti —susurró Cat, tan bajo que las olas suaves se tragaron sus palabras. Pero la vieja despedida resonaba en su mente, dolorosamente familiar. Supuso que el mar era un destino mejor para un pirata: hundirse por fin bajo la superficie y escapar del ciclo abrasador del sol y la putrefacción. Era el lugar al que pertenecían sus huesos. Sombras se deslizaban en el agua bajo los cuerpos, formas oscuras que se retorcían entre las olas. Cat sabía que no debía sospechar de fantasmas, sirenas ni de nada que estuviera más allá de la cruda y dura realidad del mundo. Una aleta rompió la superficie, negra y brillante. Los tiburones giraban con lentitud, esperando que más cadáveres cayeran como fruta demasiado madura. No tendrán que esperar mucho, pensó Cat, mirando los cinco cuerpos que aún colgaban del arco. Todos pasaban por las lentas etapas de la descomposición. Estaban irreconocibles, pero Cat veía sus rostros de todos modos. Los sentía grabados en su mente, marcados más hondo que una quemadura. De alguna forma, los cadáveres parecieron devolverle la mirada, fulminándola sin ojos. Cat se quedó ahí, permitiendo que los fantasmas observaran. Había cosas peores en el mundo que los cadáveres. Despacio, alzó la mirada, pasando junto a los muchos barcos anclados, recorriendo la bahía curva de Archenport, más allá de la península rocosa y del faro que marcaba el extremo occidental de la Isla Beacon. Cat entrecerró los ojos, protegiéndose de la luz, como si pudiera ver más allá del horizonte mismo, a través de las aguas turquesa que se desvanecían en un azul profundo como el zafiro. 10

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El Mar de Lyria alguna vez se sintió inmenso, con sus aguas insondables rodeadas de islas como piedras preciosas en un collar. Ahora el mar se encogía y ese collar se tensaba alrededor de su garganta, amenazando con ahorcarla junto con todos los demás. Cat volvió a mirar el arco. Las piedras blancas permanecían firmes, más antiguas que cualquier otra cosa en la isla. La curva solía cantar cuando el viento soplaba de cierta manera, como si el Lyria mismo llamara con una voz lejana. Pero el arco ya no cantaba, por más que el viento arreciara. Cuánto pasado había contemplado. Cuánto futuro podría aún presenciar, Cat no lo sabía. Sólo una cosa era segura. El horizonte, antes infinito, había sido conquistado. El sol alcanzó su rostro, su contacto era cálido y dorado. Al menos algunas cosas nunca cambiaban. Mientras los cuerpos se consumían y los barcos ondeaban banderas distintas, el sol, el viento y la marea permanecían constantes. Por eso, Cat se sentía agradecida. Le gustaban las cosas predecibles, y ya casi nada lo era. Con ademanes rápidos, agitó la mano y alzó el reloj de bolsillo de oro sujeto a su cinturón. La carátula estaba agrietada, pero el mecanismo seguía marcando el paso, con sus negras manecillas contando los minutos. El reloj estaba atrasado, cada día más, si podía creerse en las campanas de la iglesia y los cañones del puerto. Pero no era la hora lo que le importaba a Cat, no en realidad. Sus ojos se detuvieron en la diminuta imagen pintada de una rosa, delicada en sus minúsculos detalles. Y difuminándose, el rojo de sus pétalos, hasta convertirse en un rosa pálido. Cat se sentía igual: una flor marchita por el implacable avance del tiempo. 11

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Cerró el reloj de golpe y giró sobre sus talones, dándoles la espalda a los cadáveres y al puerto con una energía implacable. No se detuvo a despedirse de los cuerpos. Esos hombres y mujeres no eran sus amigos, no en realidad. Sólo fue un asunto de negocios, se dijo mientras se alejaba de la orilla. Supervivencia. Mi cabeza o la de ellos. Por encima del puerto, se desplegaba la ciudad de Archenport. La arena blanca y los muelles cedían paso a calles empedradas trazadas en líneas ordenadas. La capital recuperada era pequeña en comparación con las grandes ciudades del Continente, y aun así, la joya de las colonias meridianas. El Fuerte Morden vigilaba todo, sombrío, encaramado en la cima de la colina. Era bajo y macizo, como su homónimo, quien fue el primer lord de aspecto batracio enviado a gobernar las colonias; sus muros de piedra caliza brillaban sobre el verde exuberante de las palmeras. Los cañones recorrían toda su extensión; la batería era una corona de hierro contra el sol que se elevaba en el cielo. Ahora las armas guardaban silencio, pero Cat recordaba la furia de Morden: el estruendo de los cañones como un trueno, el olor a pólvora y a sangre. Archenport no era sino una ciudad empapada de recuerdos. Cada paso se sentía como caminar a través del tiempo mismo: los días marcados por piedra antigua y ladrillo nuevo, hierro gastado y madera fresca. Año tras año apilados unos sobre otros, como cerillos. Y aún más propensos a arder. Hace cincuenta años no había ciudad alguna en la Isla Beacon. Ni siquiera una hilera de tiendas de lona sobre la arena ni una embarcación en las aguas poco profundas. Sólo una playa con forma de medialuna, las palmeras meciéndose y el arco de piedra, solitario, mirando el amanecer. 12

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O eso dicen los libros de historia, pensó Cat, con una mueca en los labios. Alguna vez creyó en lo que decían, pero ya no. Sin duda, los primeros exploradores meridianos encontraron algo más que arena vacía; ella los imaginaba incendiando aldeas y saqueando templos, sus barcos regando enfermedad y muerte a su paso. Era lo mismo en el resto del Mar de Lyria, donde las banderas de coronas extranjeras ondeaban en las costas conquistadas. En cada isla, excepto una. Lo que los primeros invasores hallaron, y lo que después arrebataron, no dejó otro testimonio que el arco de piedra en el agua y un susurro en los árboles. Así se plantó la bandera. El Imperio de Meridia levantó el fuerte, la pequeña iglesia impecable y el faro. Comerciantes, marineros, viajeros y todos aquellos que buscaban fortuna construyeron el resto. Desde entonces, la ciudad isleña había resistido huracanes y asedios. Tratados y guerras. Piratas y reyes. Y ahora, con el regreso de la marina, había tantos marineros que no se podían contar, desde galantes oficiales hasta soldados de rostros curtidos y grumetes aguerridos. Algunos dormían en sus barcos, atracados en los nuevos muelles o fondeados en la bahía; los imponentes navíos de guerra eran demasiado grandes para las aguas poco profundas. Unos cuantos en los barracones del fuerte. Pero la mayoría quedaba relegada a tiendas de lona en la playa y todos estorbaban siempre. Cat se desesperaba ante aquel asentamiento improvisado de hombres de la marina, puliendo sus botones nuevos mientras dormían en la arena. Los recién llegados, apenas iniciados en la vida del Mar de Lyria, lucían las peores quemaduras de sol y manchas de sudor. Otros tenían 13

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la mirada vidriosa por el calor, o estaban en cuarentena al otro extremo de la playa, sucumbiendo ya a la enfermedad de la isla. Algunos aún llevaban uniformes de gala, sudando con obstinación dentro de sus rígidas levitas de lana. Cat sabía que pronto aprenderían a temer más al golpe de calor que al orgullo herido. Ella los observaba al pasar, evaluando a los pocos oficiales y hombres de rango. Ninguno parecía prometedor: inútiles y poco interesantes. Malos clientes, en el mejor de los casos. Sin dinero, sin perspectivas, todos ingenuos y desesperados por hacer fortuna en el Mar de Lyria. Ésa es una historia que conozco demasiado bien. Había aún más marineros en la ciudad, junto con toda clase de mercaderes, sirvientes y artesanos por contrato que realizaban sus ajetreadas tareas matutinas. Como Cat, tenían que adaptarse al nuevo equilibrio en Archenport, sustituyendo a los piratas por la Marina. Era una transición precaria, si no es que mortal, pero el oro seguía siendo oro al final de todo. Mientras se compraran mercancías y se pagaran las cuentas, la vida continuaba. Así había sido bajo los piratas, y así volvería a ser bajo el Imperio. Aunque con bastantes más horcas, pensó. Los nuevos colonos miraban todo con ojos asombrados y la piel enrojecida por el sol, igual que los marineros en la playa. Cat apenas les prestaba atención. La mayoría regresaría al Continente entre gritos tras su primera temporada de tormentas. Mientras caminaba, desmenuzaba un pan duro y esparcía migas; loros de un verde brillante chillaban a su paso, correteando sobre los adoquines. Los cuervos no se molestaban. Tenían más que suficiente, hartándose de los cuerpos que adornaban las calles. 14

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La ciudad estaba peor que el puerto, con menos viento para llevarse el olor y más cadáveres abandonados a la putrefacción. Decenas de ellos colgaban por toda la ciudad, suspendidos como hojas de tabaco puestas a secar. A muchos los habían embadurnado con alquitrán y encerrado en jaulas de hierro para preservar los cuerpos el mayor tiempo posible. Era una visión macabra, imposible de ignorar. Cat nombraba a los muertos que veía mientras avanzaba. Tantos nombres que se confundían entre sí. Tantos rostros que apenas podía distinguir un cráneo de otro. No importaba; siempre terminaban fundiéndose en uno solo, en el único rostro que nunca podría olvidar. Un hombre que no colgaba con los demás. Un hombre con ojos del color de una tempestad y manos tan familiares como su propio nombre. Y con una mueca feroz, como un relámpago que cruza un cielo huracanado. Era mi cabeza o la de ellos, volvió a pensar; las palabras, como un escudo, como una explicación dirigida al hombre que no colgaba y que difícilmente querría escuchar ya sus excusas. Mi cabeza o la de ellos. Ella pasó junto a soga tras soga, cuerpo tras cuerpo, rostro tras rostro; cada uno era un recordatorio implacable de los días en los que vivía ahora. Y de los días que no volverían jamás. Siempre iba a terminar así. La república pirata había caído, y nadie podía escapar a la justicia del nuevo gobernador ni a la ley del rey. El Imperio de Meridia había regresado; sus islas habían sido recuperadas. Había comenzado una nueva era. Y Cat sólo podía resistirla, como había resistido todas las demás tormentas. 15

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MIENTRAS SU PEQUEÑA casa se encontraba en las afueras del

pueblo, la taberna estaba en el centro, bien situada en la plaza Hargrove. Aunque ahora la mayoría la llamaba plaza de los Cuervos, gracias a la multitud de aves negras posadas sobre los tejados, los postes de las cercas e incluso en los gorros de los marineros que se quedaban demasiado quietos. Cat respiró hondo, con gesto bien ensayado, al pisar Hargrove y contuvo una bocanada de aire lo bastante grande como para llevarla hasta el otro lado. Aun así, el olor empeoraba cada día y sus ojos se humedecieron mientras apresuraba el paso. Como hacía cada mañana, Cat se dijo a sí misma que no mirara. Y, como cada mañana, alzó la vista. Le parecía lo mínimo que podía hacer, un castigo que merecía y que soportaría siempre. Por más familiar que se hubiera vuelto aquella visión, Cat no pudo evitar ahogar un grito contra su pañuelo, con el estómago revuelto de repulsión. El cadáver la observaba cruzar la plaza, mirando sin ojos: Harry Morovant, capitán del Seadragon, el último y único viejo lord del Mar de Lyria. Para un hombre así, el gobernador Osprin exigió un final distinto, acorde con el vencido. Cat recordaba con claridad los últimos momentos del capitán Morovant. Los bordes de aquel día aún sangraban en su memoria, como una herida que se niega a cerrar. Osprin lo mantuvo con vida durante meses después de su gran derrota. El tiempo suficiente para que viera a sus hombres ser ejecutados, sus barcos arder, a sus capitanes compañeros ser perseguidos y asesinados. 16

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El tiempo suficiente para que presenciara la ruina de la república pirata y de todo lo que él había intentado construir. Toda la ciudad acudió a la ejecución, para contemplar al rey moribundo de un reino muerto. Cat vio el sobresalto de miedo en sus ojos oscuros como carbón, el rubor bajo sus mejillas curtidas por el sol, las nuevas vetas de gris en su barba, que antes era negra. Sin su sombrero emplumado ni su levita de terciopelo verde, parecía pequeño, irrelevante. Y perdido. Nada parecido al gran capitán que Cat había conocido. Pero su orgullo permanecía, aferrándose todavía. Morovant no se quebró cuando tantas tripulaciones y capitanes fueron ahorcados, un cuello tras otro, día tras día. No se quebró cuando los hombres del gobernador lo sometieron a los tornos para arrancarle información sobre la dispersa armada pirata. No se quebró cuando los casacas azules de Meridia lo hicieron marchar por la ciudad bajo la amenaza de las armas. No se quebró cuando le ataron brazos y piernas, sujetando cada extremidad a un caballo. Pero sí se quebró cuando las bestias lo desmembraron. Ojalá ahí hubiera terminado todo, pensó Cat al pasar junto al cadáver. Fue una forma cruel de morir, pero aún más cruel de pudrirse. El gobernador Osprin había mandado clavar al lord pirata a un poste en la plaza, con las extremidades cosidas de nuevo en su lugar. Ahora Morovant parecía una muñeca rota, remendada a toda prisa por una madre descuidada, y cada día resultaba más espantoso. Un niño flaco, de mirada desquiciada, estaba sentado junto al cuerpo, eternamente encaramado en su pequeño banco. Sostenía un palo nudoso para ahuyentar a los pájaros. 17

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Ésa también había sido una orden del gobernador Osprin. Morovant no era digno ni siquiera de los cuervos. Desde luego, Cat deseaba que sí lo hubiera sido, aunque fuera tan sólo para acelerar la descomposición y concederle por fin algún descanso. Deseaba que los tiburones estuvieran en el puerto, que una ola cruel se alzara y reclamara el cuerpo de Morovant para que pudiera reposar en el mar que tanto había amado. Al menos eso se merecía. Todos lo merecían. Luchó por contener las náuseas habituales, tanto por el olor como por la culpa. Una de las dos cosas era mucho más fácil de soportar. Pasó de prisa, dejando al niño su pan de costumbre. Él le dedicó una mirada amarga, el mejor agradecimiento que podía ofrecer, antes de volver a su labor maldita. Cat se sentía igual. Maldita. En el poste, Morovant estaba desplomado. Su mandíbula se había desprendido y yacía abandonada en su regazo. Era una imagen extraña, un mosaico de encías vacías: sus dientes de oro y marfil ya habían sido robados. Cat supuso que estarían en el bolsillo de algún oficial de la marina, de sus esposas o de alguna de las pocas prostitutas que quedaban en la isla. Era su cabeza o la mía, pensó una vez más al llegar a su taberna. Pero Cat se detuvo en el umbral, obligándose a lanzar una mirada por encima del hombro. El capitán Morovant seguía clavándole la mirada desde el poste, con ese tipo de acusación que sólo un cadáver puede sostener. Como siempre, ella enfrentó su acusación, incapaz de desviar la mirada. Aceptó el castigo que tan bien merecía. Sobre su cabeza, un letrero de madera se balanceaba, pintado con la imagen de una rosa color rojo sangre.

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EL SOL SE PONÍA en tonos escarlata a través de los vidrios on-

dulados de las ventanas, lanzando un destello de luz por el interior de la taberna en penumbras. Les daba un color rojizo al piso de tablones y a las paredes entabladas, haciendo que la madera de pino brillara desde dentro. Un reloj hacía tic-tac en una esquina, lo único que marcaba el paso del tiempo, además de las sombras cada vez más alargadas. El Widow Rose permanecía en silencio, con sólo dos clientes acurrucados en su lugar de siempre. El señor Pine y el señor Dorian estaban desplomados sobre la larga barra; el resto de los bancos y las mesas permanecían vacíos. Ambos eran marineros, aunque no habían puesto pie en un barco en años. Hombres pobres, pero buenos clientes. Parpadeaban torpemente entre ellos, comunicándose sólo con la mirada. Detrás de la barra, la señora Moseley estaba recargada contra los gabinetes. Como los hombres, la tabernera parecía medio dormida, con los párpados pesados y el cabello gris encrespado por la humedad. El brillo habitual del sudor relucía en su frente, la misma corona que todos llevaban en una isla tropical. Se secaba la frente con pequeños toques; el pañuelo blanco aleteaba como si fuera el ala de un ave. En el rincón del fondo, Cat se sobresaltó con el movimiento y despertó de su sopor de calor y desaliento. El reloj de bolsillo yacía abierto a su lado, latiendo con suavidad, la rosa desteñida le hacía compañía. Una sola vela ardía sobre la mesa frente a ella, proyectando apenas la luz suficiente para beber, y mucho menos para revisar sus cuentas. Entrecerró los ojos para examinar el libro de contabilidad abierto, 19

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deslizando la pluma por una columna de números que disminuían drásticamente. La verdad, oscura como la tinta, resultaba difícil de asimilar. Pero los asientos vacíos alrededor de la taberna lo eran aún más. Hubo un tiempo en que no quedaba una sola silla vacía: cada asiento ocupado, el salón a reventar de clientes a cualquier hora, todos los cuartos llenos y el libro de cuentas de Cat reventando con líneas de crédito. Llegaba gente de toda clase en busca de ron o de buena compañía. Marineros, comerciantes, artesanos, viajeros. Viejos con nudillos deformados y grumetes. Pescaderas que bebían sus copas de jerez. Nuevos colonos entusiastas, con los ojos brillantes y la piel con quemaduras por el sol aún más intensas. Contrabandistas, saqueadores de naufragios. Y piratas, claro, aunque la mayoría lo era a su manera, en el mar o lejos de él. Cat y la señora Moseley trabajaban noches enteras, apenas con tiempo para sentarse, mucho menos para pensar. Ahora, en cambio, lo único que Cat tenía eran pensamientos, cada uno peor que el anterior, galopando por su mente como un caballo enloquecido desgarrando a un hombre. Apretó los dientes, tachó una última cifra y dejó la pluma. —Creo que por hoy terminamos —murmuró Cat, cerrando su libro de cuentas con un golpe seco que rompió el silencio. Moseley alzó una ceja, pero no discutió. La tabernera sabía que no debía cuestionar a su patrona, aunque eso implicara cerrar la taberna antes de que el sol se hundiera en el mar. —Dentro de poco, Morovant será polvo, y los marineros volverán a entrar haciendo un escándalo —respondió Moseley. Era más fácil culpar al cadáver que al hombre que lo 20

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había puesto ahí, y a la marina que había ahuyentado a sus mejores clientes. —De tus labios a los oídos de los dioses —murmuró Cat, poniendo los ojos en blanco mientras se levantaba. Moseley soltó una risa; su larga trenza gris se balanceaba mientras recogía las jarras vacías de sus únicos clientes. Ni Dorian ni Pine parecieron notarlo. —Será mejor que ponga algo de distancia entre nosotras —dijo la tabernera. Se tocó la clavícula e hizo un gesto sagrado para ahuyentar la mala suerte—. No vaya a ser que los dioses descarguen su castigo a través de la incrédula. Una media sonrisa asomó en los labios de Cat. —Tal vez últimamente he decidido tener un poco de fe. —¡Ja! —soltó Moseley—. En lo único que usted tiene fe es en el buen dinero. —Algunos dirían que el oro es un dios por sí mismo —respondió Cat, sonriendo. Con pasos rápidos, se acercó a los dos viejos marineros. Ninguno se movió. —Como siempre, gracias por su preferencia, señor Pine, señor Dorian —dijo en voz alta, sacándolos de su estupor. Los dos se sobresaltaron al mismo tiempo, debilitados por la edad y el alcohol. Al menos el señor Pine tuvo el juicio suficiente para asentir en agradecimiento y dejar una última moneda. —Que el mar siempre cante para usted —replicó con voz áspera. El mar ya no canta, señor Pine, quiso responder ella, pero no dijo nada y los observó salir arrastrando los pies. Cuando la puerta se cerró de golpe y agitó el aire, Cat deslizó la moneda sobre la barra de madera. —De mi dios al tuyo —dijo Cat. 21

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Moseley sonrió y guardó la moneda en la manga, dejando al descubierto las cuentas de oración entretejidas alrededor de su brazo pecoso. Cat conocía lo suficiente sus símbolos, pero ya poco le importaba la Iglesia de Meridia. En el Mar de Lyria no había dioses que ella reconociera. Al menos, ninguno mayor que el viento del huracán, el sol abrasador o una marea implacable. En cuanto a sus propias cuentas de oración, se habían perdido hacía mucho tiempo. Hechas añicos o arrebatadas, pensó, recordando una piedra turquesa y una mano callosa dentro de su bolsillo. Esa misma piedra, engarzada en una cadena de oro, colgando de un cuello largo, azul brillante contra la piel bronceada y un tatuaje negro. Cat se estremeció ante la punzada del recuerdo y apartó la mirada para no enfrentar el dolor. Detrás de la barra, un espejo empañado devolvía la imagen de unas cuantas velas y del sol que se extinguía. Y también la de Cat, desvaneciéndose igual que la luz. Los últimos meses habían apagado el color de su rostro. Su piel, antes pálida y luego dorada por los años en el Mar de Lyria, había adquirido un tono opaco. Sus ojos estaban ensombrecidos; el ámbar brillante se había vuelto apagado y pesado. Incluso su cabello, de un castaño dorado que antes relucía como una moneda recién acuñada, había perdido su brillo. Es sólo la luz, se dijo antes de volver a mirar la estancia. —Moseley, déjame ayudar... Pero sus palabras se diluyeron. No había nada en qué ayudar. —Ya terminé —respondió la tabernera, forzando una sonrisa mientras levantaba las jarras—. Como le dije, pronto las cosas van a cambiar. 22

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—¿Y si no cambian? —Entonces, usted las cambiará —la sonrisa de la anciana se volvió más afilada—. Siempre encuentra la forma de cambiar el viento a su favor. —Así es —murmuró Cat, pues mucho había cambiado en su vida y todavía más seguía cambiando. Moseley salió de detrás de la barra. Era más alta que Cat, de hombros anchos, fuerte como un buey pese a su edad. A su lado, Cat se sentía pequeña, frágil, aunque no muchas cosas habían logrado quebrarla. —Supongo que, si tiene que hacerlo, se despedirá del Widow Rose —dijo Moseley, guiando a su señora hacia la puerta—. Siempre fue su plan, mi lady. ¿Verdad? Cat no se molestó en mentir. El corazón le retumbó, haciéndola dudar por un instante. Observó a la tabernera, y leyó en ella los años con la misma atención con la que leía la ciudad o la taberna. Recordó el día en que se conocieron, en otra isla, en otra vida completamente distinta. Mi lady. El título le pesaba como un abrigo viejo, demasiado estrecho y abandonado tiempo atrás. —Hace años que no me llamabas así —dijo por fin Cat, escogiendo sus palabras con cuidado. Moseley inclinó la cabeza, con un destello en la mirada. —Hace años que no es una dama —respondió, con una sonrisa sarcástica. Una risa se le formó en la garganta a Cat, y por un segundo olvidó por completo la taberna vacía, los cuerpos afuera y los últimos seis meses. —En eso, estamos de acuerdo.

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