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los nombres de las constelaciones


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los nombres de las constelaciones

daniel espartaco sánchez

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dharma books


PR Publicado por Dharma Books + Publishing Colección: El vuelacercas

Los nombres de las constelaciones Daniel Espartaco Sánchez Primera edición, 2020 isbn: 978-607-99001-1-3

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d.r. © 2020, Dharma Books Dharma Books + Publishing Arquitectos 51 Escandón, 11800 Miguel Hidalgo, cdmx. www.dharmabooks.com.mx

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Diseño editorial y de portada Raúl Aguayo

Ilustración de la portada Edmund Weiß. "Leonid Meteor Storm", Bilderatlas der Sternenwelt (1888) Impreso en México

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño tipográfico y de portada, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de la editorial.


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Para Gilma


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Entonces, ¿por qué nunca nos detenemos a mirarlas? ¿Por qué? mijaíl bulgákov .

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n legajo de papel fotográfico, las hojas cortadas de manera desigual, con caligrafía gruesa y casi ilegible en el dorso, en la parte con la marca de agua Fujifilm. Un cuaderno Scribe a rayas, como los que usan los estudiantes, con anotaciones hechas de manera dispersa. Fue lo único que traje conmigo cuando desocupé el departamento de la Moderna, luego de que te fueras a Berlín, pues le regalé al chatarrero la totalidad de nuestros muebles, electrodomésticos y libros. Los encontré en la parte superior del clóset, junto con las carpetas donde guardabas metódicamente, y de manera cronológica, los recibos de la renta y los servicios, los papeles de hacienda, notas de consumo y tickets de librerías, entradas de cine, boletos de avión, etcétera. Me mudé a un lugar en la Nápoles con una bolsa de dormir Coleman y una estufita de gas para el café, como si volviera a tener veinte años o estuviera de campamento. Mis amigos decían que me había vuelto loco y casi llegué 11


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a creer que tenían razón. Compré una libreta barata, un bolígrafo desechable, y una noche, sin darme cuenta, comencé a pasar en limpio lo que estaba escrito en el papel fotográfico y en el cuaderno de estudiante. Eran los últimos días del verano y llovía por las noches. Los ligustros estaban en flor. Un tordo me despertaba de madrugada, aterido entre las ramas oscuras de un árbol. Las muchachas reían en las terrazas de los cafés. Como siempre, había guerras y revoluciones en varias partes del mundo. Hice muchas caminatas sin ningún sentido. Me alimentaba con cualquier cosa. Entraba a los bares a mirar aburridos partidos de fútbol… Era feliz, pero solo me faltaba algo: tú. Ciudad de México, septiembre de 2017.

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la maldición del escorpión dorado (escrito en papel

fotográfico de la marca fujifilm)

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i tuviera que contar la historia del Escorpión Dorado, tendría que remontarme a la mañana en que cumplí once años, cuando mi padre me acompañó durante las tres cuadras de distancia que separaban nuestra casa de la escuela pública donde yo cursaba el quinto año de primaria. Desde aquel cielo inmenso que nos rodeaba —el límpido cielo del desierto de Chihuahua—, no tardaría en caer la primera helada del otoño. Que me acompañara fue algo que me pareció inusual, pues casi siempre yo había caminado el trayecto a solas desde el primer año. Al despedirnos frente a la puerta, entre el ruido de los autos y el vocerío de mis compañeros, mi padre sacó del bolsillo un paquetito envuelto en papel de regalo, pero sin moño. Era la llave de la casa, me dijo. El llavero tenía la forma de un martillo en miniatura, el mango estaba hecho de plástico, la cabeza de estaño. —Pero no es un juguete —me explicó, solemne—, sino todo lo contrario. Ya eres un niño grande. 15


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Y agregó que podía utilizar la llave en el remoto caso de que mi madre o él estuvieran ausentes cuando yo regresara de la escuela. Era una gran responsabilidad para mí, recalcó, una prueba de confianza de su parte. Lo más importante era no perder el llavero, no portarme mal cuando estuviera solo —acercarme a la estufa, por ejemplo, o hurgar en la cómoda de mis padres, como tenía por costumbre, etcétera— y no abrirle la puerta a gente desconocida, mucho menos a los Testigos de Jehová. —Entiendo —dije, sintiéndome honrado, consciente de que, con la excepción de abrirle la puerta a un desconocido, mucho menos a los Testigos de Jehová, tarde o temprano cometería alguna de las faltas mencionadas. Lo que el hombre ignoraba es que muchas veces me había saltado la escuela para regresar a casa y entrar por una de las ventanas deslizantes del primer piso, no sin antes quitar el mosquitero con el desarmador que llevaba en la mochila, para mirar durante horas los programas de la Telesecundaria y comer fruta hasta el hartazgo, sin que nadie pareciera darse cuenta de los faltantes en el refrigerador. Fue así como aprendí toda clase de cosas mucho más interesantes que los temarios de sexto año. Como era un sistema ideado para comunidades rurales, también había programas sobre técnicas agropecuarias. Horticultura, apicultura, porcicultura, etcétera. Cualquier cosa era preferible antes que la escuela. Tal era mi adicción al televisor, que no me importaba lo que transmitieran. Poco antes de que terminara el turno de mis padres, saltaba de

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regreso por la ventana para darme una vuelta por un local de videojuegos del barrio. Más tarde aparecería en casa con la mochila en la espalda, haciéndoles creer que había pasado la mañana en clase, preparándome para el futuro, como rezaban los clichés de la época. Mi capacidad para mentir, robar, etcétera, era algo que incluso me sorprendía a mí mismo. Al tener la llave, evitar la escuela resultó más cómodo y provechoso para lo que consideraba mi educación verdadera: la Telesecundaria. Uno de los programas que más me impresionó estuvo dedicado a la revolución inglesa del siglo xvii, por ejemplo. En la escuela habíamos visto una revolución francesa, pero cien años antes, en Inglaterra, le habían cortado la cabeza al rey Carlos i. Se detallaban los acontecimientos con imágenes. Las dos guerras civiles entre parlamentarios y realistas, la Mancomunidad y el Protectorado de Cromwell. La maestra de sexto grado, la señorita Noemí, se limitaba a dictar el contenido de los libros que yo leía por mí mismo desde comienzos del año, cuando te los entregaban. Muchas veces nos obligó a leer en voz alta un fragmento de la lección. Algo exasperante, pues la mayor parte de la clase no podía hacerlo con fluidez. Que cualquier error implicara el escarnio provocaba que aquellos sin problemas de lectura tartamudearan o se equivocaran al acentuar las palabras. Durante los dictados yo hacía un esfuerzo más allá de lo humano para no quedarme dormido. El tedio era algo físico, doloroso, podía llegar a entumecerme las piernas y los brazos. En cambio, los

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programas de la Telesecundaria eran interesantes a más no poder. Hasta las materias difíciles para mí, aritmética, álgebra, física y química, eran comprensibles. Me gustaba apicultura, sobre todo porque era explicada por un hombrecillo simpático con una tesitura de voz chillona y acento del sur, vestido con pantalón de pechera y sombrero de paja. Aprendí sobre el comportamiento de las abejas, las medidas de seguridad y el equipo de protección necesarios antes de acercarse a una colmena, información que podía salvarme la vida, sobre todo con la amenaza de las abejas africanas, como decían en los noticieros. Porque la otra opción por la mañana era la barra de noticias del Canal Dos. Thatcher, Castro, el papa Juan Pablo ii. Ronald Reagan quería llenar el espacio de cabezas nucleares —la Guerra de las Galaxias, como le llamaban a eso—, pero tenía largas entrevistas con Mijaíl Gorbachov para firmar un acuerdo de desarme. El orden existente era precario. Portaviones en el Mediterráneo, Muamar el Gadafi, el ayatolá Jomeini. No entendía muy bien todo ese cuento de la Contra y los Sandinistas. El planeta podía estallar en cualquier momento, decía mi madre, pero nunca sucedió por alguna razón. —¿Entiendes lo que quiero decir? —insistió mi padre aquella mañana de noviembre, entre el vocerío de mis compañeros, después de entregarme el paquetito envuelto como regalo. Vestía de la manera habitual: pantalones Wrangler de mezclilla, camisa de franela a cuadros rojos, un chaleco

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