el caníbal ilustrado
antonio ortuño dharma books
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Publicado por Dharma Books + Publishing Colección: El cuadrilátero El caníbal ilustrado Antonio Ortuño Primera edición, 2019 isbn: 978-607-98339-6-1 d.r. © 2019, Dharma Books Dharma Books + Publishing Arquitectos 51 Escandón, 11800 Miguel Hidalgo, cdmx. www.dharmabooks.com.mx Diseño editorial y de portada Raúl Aguayo Impreso en México Esta obra se escribió con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte del fonca, de la Secretaría de Cultura Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño tipográfico y de portada, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de la editorial.
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Para Olivia, Natalia y Julia
Para mis colegas de la prensa cultural mexicana (o lo que queda de ella)
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¿Es progreso si el caníbal usa un tenedor? Stanislaw Jerzy Lec
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prólogo:
bocados de carne humana
Soy periodista desde el año del señor de 1997. Mi primer texto fue el editorial de un diario que llegué a teclear directamente de la calle, a los diez minutos de franquear la puerta de la Redacción, porque no quedaba nadie más que lo hiciera (el equipo había huido en masa y decenas de espontáneos, más o menos ineptos, aparecimos en busca de empleo). Escribí unas líneas apresuradas sobre la reacción de los medios ante la muerte de Diana de Gales. Espero que cada copia haya desaparecido de la Tierra. Calculo que, a lo largo de estos años, he publicado alrededor de tres mil quinientos artículos. La mitad de ellos han sido columnas de opinión y la otra, una mezcla de entrevistas, crónicas y reportajes. A la vez, edité más de quince mil notas periodísticas, tanto cables de agencia como materiales originales, investigados en la calle por colegas reporteros. Si es verdad que, como calcula el profesor Malcolm Gladwell, se necesitan diez mil horas de práctica para convertirse en un especialista en el terreno que sea, mi cuota hace tiempo que se cumplió. Pero no me postulo como experto: ser periodista es educarse en una materia diferente cada vez. Ser periodista es, fatalmente, ser aprendiz. 11
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A lo largo de estos mismos años escribí también novelas y relatos. He publicado catorce libros de narrativa y participado en tantas mesas, charlas, presentaciones y entrevistas que no pienso ponerme a recontarlas. Palabra por palabra y página por página, he sido periodista al menos tantas horas y días como escritor, lo cual es mucho decir. Periodismo y literatura, sin embargo, son empeños diferentes. No comparten ni siquiera la visión del lenguaje. A la vez, poseen vasos comunicantes incontestables. Este es un libro que reúne mis dos ocupaciones y presenta decenas de artículos sobre asuntos literarios redactados entre 1997 y 2019 para diarios, semanarios, revistas y portales web. No hay en él un solo inédito. Cada texto fue, en su momento, revisado por un editor antes de salir a la luz (y todos ellos han vuelto a serlo antes de ser incluidos en esta colección). Hay aquí ejemplares de las columnas que he sostenido cotidianamente lo mismo que escritos singulares, destinados a la prensa de diferentes geografías. Publicaciones como El País, La Vanguardia, ABC, Etiqueta Negra, la Revista de la Universidad, Le Monde Diplomatique (edición alemana), Clarín, La Tercera, El Informador, Reforma, Proceso, Letras Libres, La Tempestad, Cuaderno Salmón, Más por Más, Luvina, Nueva Sociedad, Complot, SoHo, Don Juan, Milenio y algunas fenecidas como Itinerario, Letras Explícitas, Picnic, Cultura y Arte de México, Composta Amateur, Arcana, Público o Siglo 21 fueron los domicilios originales de los textos que hoy se mudan acá. Mi punto de vista ha sido ante todo, incluso por encima del enfoque periodístico, el de un espectador interesado pero escéptico. Los libros, la escritura y la 12
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lectura, el mundo literario y sus mezquindades, el embate del pop y la transformación de la vida literaria tradicional en materia de blog, primero, y de redes sociales, después, son algunos de los asuntos que me han seducido y a los que he dedicado largas horas de reflexión (y aporreo de teclados). En resumen, estos son artículos sobre la gente de letras y sus modos. Los he escrito desde la postura de alguien que se acomoda en el balcón, mira el desfile por las calles y se sabe, al menos de modo metafórico, un caníbal: ojos y boca repletos de carne humana, que se engulle feliz. Algunos textos son serios porque la literatura debe pensarse siempre desde un cierto rigor. Otros son burlescos porque demasiadas parcelas del mundo literario pueden (y suelen) ser muy ridículas. El libro está organizado en cuatro secciones. Sus nombres fueron tomados de las columnas que he publicado, aunque sus contenidos provengan de diversos espacios. La primera, “La feria de las vanidades”, se entromete en las aventuras y malaventuras de la vida literaria. Le sigue “El libro negro”, donde se visitan obras y personajes que me fascinan, por veneración o irritación malsana… De allí se pasa a “Negocios raros”, que concentra algunas perplejidades sobre la lectura y sus obstáculos. Y, hacia el final, el volumen cierra con “El mundo alucinante” (loados sean Sor Juana y Reynaldo Arenas), una sección que se asoma a la escritura misma, sus alcances y terquedades. En ocasiones, he yuxtapuesto dos artículos consecutivos sobre el mismo asunto y, en otras, textos que bordan lo ya comentado, pero con años de distancia. Me parece que en ambos casos hay un cierto placer en esa convivencia, que suele redondear una mirada. 13
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Me resisto a llamar “ensayos” a mis artículos. El ensayo, al menos en este país y en mi generación, ya sea académico o “creativo”, se interesa por enfoques y lenguajes que, lo confieso, me atraen poco. Supongo que, en la medida en la que buscan reflexionar, habrá algo de ensayístico en estos textos. Pero su tradición no es la del “centauro” sino la (añejísima) de la prensa literaria, que lee la realidad con avidez y, muy a menudo, lo hace en clave de humor negro. Tampoco pretende, esta colección de ideas varias, hacerse pasar por una preceptiva ni, menos aún, por un volumen de teoría literaria. Ni loco quiero postularme como el cartógrafo del reino. El academicismo que muchos entienden como único camino posible para hablar de literatura no cabe, por suerte o desgracia, en periódicos ni revistas de interés general. Pero eso no significa que la prensa esté condenada a publicar naderías, como ya supieron Twain, Bierce, Mencken, Chesterton, Kraus, Anita Loos, integrantes todos de la logia a la que este libro quiere pertenecer. Tengo una deuda particular, por sobre todas, con Jorge Ibargüengoitia. Debo haber leído al menos veinte veces cada una de sus colecciones de artículos y sigo haciéndolo. Son algunos de mis libros favoritos en todo el mundo. El asado está servido, pues. La carne quedó en su punto. Éntrenle.
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la feria de las vanidades
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EL CRÍTICO IMBÉCIL: CLOSE UP
El crítico imbécil es, por lo general, un escritor que de cuando en cuando o por método se interna en el arduo páramo de juzgar la obra ajena. Es ideal, desde luego, que sea un escritor detestable: un narrador soporífero, un poetastro apenas apto para resolver sudokus. La primera ley que rige el trabajo del crítico imbécil es clara: no hablar demasiado bien ni de la propia madre. Si la inteligencia, se dice, está en el matiz, por qué no habría de estar en el matiz también la tontería. Así, su norma primordial es presentar como relativo todo mérito de un libro y como risible cada error (Y no, no me aterro: a mí también me gustan, hipócrita lector, las críticas sangrientas, en las que una mano extrae el corazón del reseñado mientras otra le arranca la lengua; y sin embargo…) La segunda ley postula que la distancia que separa al crítico imbécil de su criticado es equivalente al tamaño de la benevolencia o la densidad del chisguete de veneno que le dedicará. Funciona como el sistema de castas de la India, pero al revés: el secreto es matar a todos lo que ocupan su mismo escalón. Es decir, si el crítico es un figurón consagrado (seamos sinceros: nada impide que un asno llegue a las cimas de la profesión), puede permitirse escribir decorosamente sobre un jovencito 17
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o aprobatoriamente sobre un madurón, pero a un integrante de su misma camada solo deberá dedicarle sarcasmos. En cambio, si se trata de un muchachito sin más publicación a cuestas que una antología matanga, puede consagrarle una felación discursiva a un clásico (unos pocos valientes —o demasiado locos— eligen el camino de intentar aniquilarlos para hacerse de cierta fama, pero son los menos) y apoyar con firmeza a un tipo en plena producción; todo, a cambio de mordisquear como un french poodle histérico los talones de cualquier escritor primerizo que se le cruce (y si el tipejo además ganó un premio, deja entrever que lo obtuvo mediante enjuague o cochupo). Más difícil es el papel del autor maduro, que ni puede adorar a sus predecesores inmediatos (so riesgo de perderse bajo su sombra) ni concederse tampoco el menor rasgo de aprobación por los jóvenes (podría llamar demasiada atención sobre ellos y opacarse). Por ello, el integrante de este escalón ha desarrollado el invento más gustado de la crítica mundial: la reseña popurrí, que contiene líneas que pueden interpretarse lo mismo como elogios que como abiertos insultos. Frases como: “En la obra de Fulano bulle una energía salvaje, tosca y no pocas veces abandonada a la mera intuición” (o sea, es un bruto). O: “Zutano muestra un derroche de personalidad, quizá excesivamente formal, en su adornada prosa” (es decir, mata de sueño hasta a la mosca tsé-tsé). De estas críticas inocuas y a la vez inicuas se encuentran pobladas nuestras revistas y suplementos.
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Cincuenta excusas para desdeñar a los escritores que no son tus amigos (y fingir que reflexionaste)
1. Es pura mercadotecnia. 2. Tiene un padrino muy poderoso. 3. Es parte de una mafia implacable. 4. Todo mundo sabe que se acuesta con X. 5. Es sobrino (o prima) de X. 6. Acá nos lo venden como la gran cosa pero en Japón y en París ni lo fuman. 7. Lo mismito que hace ella, lo hace en Finlandia un güey mucho mejor. 8. Hace lo mismo que hacía Fulano hace cuarenta años (o dos siglos). 9. Lo premian porque a veces tienen que premiar a latinoamericanos, para quedar bien. 10. Es amiga íntima de X. 11. Nos mienten: lo que hace no lo compra nadie. 12. Nos mienten: lo que hace solo lo compra el gobierno. 13: Nos mienten: lo que hace solo lo compra la empresa X, que ya le invirtió lana y quiere recuperarla. 14. Lo que hace vende porque aquí no hay crítica. 15. Lo que hace vende porque aquí todos son idiotas. 16. Lleva haciendo lo mismo hace diez años (o treinta). 17. Él mismo se pagó toda esa prensa, seguro. 18. La están imponiendo porque le conviene al poder. 19
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19. Lo que hace son puras relaciones públicas. 20. Nació multimillonaria, así es fácil. 21. Es que su rollo tan político jala. Por eso lo hace. 22. Es que es muy apolítico y eso jala. Por eso lo hace. 23. Finge todo. No se la cree ni él. 24. Ya se le subió. 25. Me gustaba al principio pero ya lo cooptaron. 26. Lo único que quiere es llamar la atención. 27. Es una mascota de la institución y la llevan como maleta a todos lados. 28. El organizador era su compañero de la primaria. 29. Lo impuso el mercado. Un mercado dirigido y falseado, claro, porque no vende. 30. Es pura moda pasajera. Primavera-verano. 31. Es súper dócil y siempre anda de chistoso, por eso gusta. 32. Siempre le anda regalando drogas a X. Por eso lo invitan. 33. Le robó todas las ideas a X. Pero las hizo digeribles. 34. Me robó todas las ideas a mí. Pero las descafeinó. 35. Le abren todos los espacios porque pobrecito, allá anda de meritorio, insiste e insiste. 36. Le abren todos los espacios porque es mujer. 37. Le abren todos los espacios porque es gay. 38. Era la única que encontraron aquí que hace eso, que ahorita viene mucho. Pero ya. 39. Me contaron que anda en unos enjuagues bien gruesos. Por eso. 40. ¿Te gusta? A mí se me hace súper colonizado. Con sus zapatitos. 41. Porque está guapa y buenísima. Por eso: porque quieren quedar bien con ella. 20
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42. Es súper convencional. Les vende la idea de lo simple. 43. Es súper pretenciosa. Les vende la idea de lo complicado. 44. Hace unas ondas académicas muy de güeva. Pura cita, pura palabrería. 45. Hace puras ondas intuitivas, cero diálogo con el pensamiento actual. 46. Todas sus referencias son viejitas, trilladas. 47. Todas sus referencias son de moda, puro arribismo. 48. Ni referencias tiene. 49. Pues a mí eso me parece aburrido. 50. Ay, no jodas. Claro que no es envidia. Eso qué.
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EL PATATÚS
La envidia es un mal recurrente en las relaciones entre escritores a lo largo del tiempo. Encontramos episodios pertinentes para estudiar este fenómeno en épocas y lugares que van de la (insigne) Grecia arcaica hasta la (modesta) posmodernidad nacional. Es decir: se trata de incidentes cíclicos, y casi podríamos decir que perennes. Pedir, como suele hacerse ahora, que no se hable de envidias cuando se discuten temas literarios podrá ser muy respetable como requisito para ceñir el debate al terreno de las ideas, pero está muy lejos de reflejar la realidad. Como dice el polaco Leszek Kolakowski: “A un escritor le puede dar un patatús, por no decir ataque de locura, si algún colega le hace la cochinada de ganar el Premio Nobel”. Comencemos por recordar la rivalidad entre dos de los titanes de la tragedia, Sófocles y Esquilo, quienes se disputaban, año con año, el premio al mejor estreno de la temporada teatral ateniense. Hasta que Esquilo, de plano, se largó a Siracusa para no seguir pasando por la humillación de ser batido (y en el horizonte de Sófocles aparecía un nuevo rival, Eurípides; al cual por cierto, odiaba con el alma Aristófanes, otro grande de la época). 22
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No terminan ahí los ejemplos, claro. “Cuando un amigo triunfa, muero un poco”, decía ese gran intrigante que fue Gore Vidal, a quien los éxitos de contemporáneos suyos como Mailer o Capote le daban ganas de arrancarse los pelos a tirones. El Siglo de Oro español fue pródigo en malquerencias. Francisco de Quevedo arremetió contra Góngora, quien era considerado el mayor poeta de su tiempo. Lope de Vega detestó a Cervantes, quien llegó a ser su amigo y fungió incluso testigo de su boda, por el éxito del Quijote (algunos llegaron a atribuirle la continuación apócrifa de la novela, aunque parece ser que de tal cargo era inocente). Todos los anteriores trataron con desdén a Ruiz de Alarcón por ser novohispano, y se mofaron de su joroba... A Lope, de hecho, llegaron a encarcelarlo por la sospecha de que había arruinado el estreno de la comedia El anticristo, de nuestro paisano, con la colocación de una especie de bomba fétida… Y no hablamos de seres menores sino de los “ingenios” más preclaros del idioma antes del siglo xx. ¿Qué decir de la relación de celos crispados (no exentos, a veces, de afinidades y hasta de afecto) entre Shakespeare y Ben Johnson? ¿O entre Malraux, Sartre y Camus? ¿O entre Virginia Woolf y Katherine Mansfield? O, ya en terrenos más cercanos, entre Contemporáneos y Estridentistas, entre Alfonso Reyes y Salvador Novo, entre Octavio Paz y Carlos Fuentes... ¿Cómo es que la envidia, ese ingrediente que ha sazonado la vida literaria a lo largo de toda la historia, ha dejado de tener existencia legal, no puede ser puesta en la mesa con su nombre y debe ocultarse detrás de una careta de presuntos 23
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desacuerdos razonables de tipo estético o político? Que alguien ataque a otro por celos no significa que no pueda tener razón en su reclamo o refutación. ¿De repente resulta que todos los escritores son hermanas de la caridad, incapaces de un mal sentimiento? Por favor.
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