LAS BUENAS COSTUM BRES (Y
UN ENSAYO SOBRE LA REESCRI TURA DE BLOODY M ARY)
L. M .OLIVEIRA
DHARM A BOOKS
COM BATE A
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las (y
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u n e n s ayo s o b r e l a r e e s c r i t u r a d e bloody mary)
l . m . oliveira
dharma books
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Dharma Books + Publishing Colección: Combate a 10
Las buenas costumbres (y un ensayo sobre la reescritura de Bloody Mary) L.M. Oliveira Primera edición, 2019 isbn d.r. © 2019, L.M. Oliveira Publicado mediante acuerdo con VicLit Agencia Literaria Dharma Books + Publishing Atlixco 104, inb Raúl Aguayo Impreso en México Se prohibe la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño tipográfico y de portada, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de la editorial.
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Es ronca la muerte, escúchala mugir como una vaca vieja Antonio Gil
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capítulo la
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y
1 la
luz
El Mustang rojo de Sebastián vuela y ruge, pero la velocidad no alcanza para huir de lo que eres. Quizá la adrenalina te distrae de los dolores que cargas en el corazón, porque el corazón va como loco lidiando con ella, y entonces te excitas y rebosas de júbilo. Puede ser que la concentración que pones en el camino, en el sonido del motor, en el temblor del volante, alivie el peso que traes en la cabeza. Pero es imposible huir de lo que eres. Somos lo que somos, aunque eso puede terminar si una vaca se atraviesa en tu camino y, por más que pisas el pedal del freno y sostienes la dirección del auto con las fuerzas de tus brazos, todo se rompe. Entonces quedas suspendido en la quietud, con los ojos cerrados, bajo la tenue oscuridad de los párpados. El instante después del choque fue como flotar en un gran pozo con la cabeza sumergida: ahogado sin estar muerto. Cualquier vaca, cualquier mosquito, cualquier traspié, pueden causar que ese que tienes en los pulmones se convierta en tu último suspiro.
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Mareado y sin la menor idea de cuánto tiempo apoyé mi frente sobre el volante, levanto la cabeza y la recuesto sobre el respaldo. Tomo conciencia de que sobreviví al choque y, pese al aturdimiento, me alegro de estar vivo. El júbilo avanza por mis tejidos como si fuera adrenalina y me llena de un sentimiento de invulnerabilidad y calma. Abro los ojos para corroborar mi existencia y me deslumbro con el reflejo del sol en el retrovisor. Ciño el entrecejo y la nariz, y muevo el espejo para desviar el destello. La mañana apenas clarea y pronto el rubor del cielo comienza a dejar paso a un azul lacerante. Frente al Mustang veo a la vaca tirada sobre el asfalto. Al pie del asiento del copiloto se hallan regados los montones de billetes que nos pagaron la noche anterior. Compruebo que es posible abrir la puerta pese al tremendo golpe y bajo del coche despacio. No siento dolor al hacerlo. Camino hasta la bestia malherida rascándome la nuca y pienso que no me vendría mal tener conmigo el teléfono que me robaron hace unos días, en la pinche Ciudad de México. Me acuclillo a su lado para verla de cerca y en su mirada encuentro el miedo que vi en los ojos de Sebastián aquella madrugada. “Es exactamente igual”, pienso al rememorar al viejo cabrón que yacía moribundo en un sofá. “No me quiero morir”, repitió aterrado muchas veces. Estaba tendido sobre mis piernas en el lobby del hotel, con un terrible dolor en el pecho y la mandíbula. Esperábamos una ambulancia. Me decepcionó verlo rogar que no permitiera su muerte, con miedo. Entonces entendí, colmado de lástima, que toda su vida fue una farsa. A la vez que me entristecía su partida, porque había decidido 14
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reconciliarme con él y quererlo, también me dolía su flaqueza de espíritu. No se trata de que todos tengamos que morir con la cabeza en alto, aceptando con naturalidad el punto final de la existencia. Pero su caso era distinto, él construyó un personaje alrededor del pundonor y la virilidad, así que aquello fue patético; habría sido mejor que se tragara el miedo y muriera conforme a las ideas que vivió. No vale la pena tirarlo todo por la borda cuando enfrentas el final. Quizá hago un juicio muy severo, pero Sebastián se encargó de quitarme, una y otra vez, lo que más quería. Huí de su entorno apenas pude, pero aún así su sombra me persiguió toda la vida. Cuando hace poco se acercó a mí para pedir ayuda me desquité como pude. Veo un hilacho de sangre que zigzaguea entre la gravilla del pavimento y se aleja. Pienso que es la vida del inmenso animal malherido que se escapa a otros lares. La idea de la muerte ronda mis pensamientos y no es raro: Sebastián murió hace unas horas, frente a mí agoniza una vaca, y además el coche destrozado, del que salí indemne, me recuerda lo cerca que estuve de no seguir de pie. Cierro los ojos y pienso, con asco, en gusanos. Si no incineran el cuerpo de Sebastián, muy pronto dejará el mundo engullido, bocado a bocado, por miles de ellos. Tras la muerte sólo quedan recuerdos y eso es triste, pues incluso los recuerdos felices nos llenan de melancolía. Y la melancolía, aunque muchos la disfrutan, duele. Muy pronto comencé a llamar a mi padre por su nombre, Sebastián. No lo hice por respeto, sino para mantener distancia. No pareció importarle: era cínico, egoísta y sólo se ocupaba de satisfacer sus placeres; sobre todo si 15
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estaban relacionados con mujeres. Mi madre, Margarita, murió cuando aún era pequeño, así que no sé si Sebastián fue mujeriego mientras estuvo casado con ella. En exceso, quiero decir, porque me consta que tuvo al menos una amante, que se llamaba Carmen. Tendría siete años cuando mis padres comenzaron a pelearse a gritos, noche tras noche. Como aún le temía a la oscuridad, dejaban la puerta de mi cuarto entreabierta, para que así la luz del pasillo me tranquilizara. Pero lo cierto era que los pasos en las escaleras y los insultos no me permitían dormir. Peleaban porque Sebastián nunca estaba en casa y llegaba oliendo a mujer. La mujer era Carmen. Muchas veces la escuché contar que ella y Sebastián se conocieron en la plaza de toros el día que toreaba no sé quién, algún torero importante. Aquella tarde era templada, pero a la sombra hacía fresco y ahí se encontraban sentados. Carmen no iba vestida para la ocasión y el descuido le dio oportunidad a Sebastián de quitarse el saco y acomodarlo sobre los hombros pecosos de la mujer que sería su amante. Como no sabía de toros, Sebastián le explicó las suertes entre chorros de vino de su bota. Ella aprovechó la cercanía, eso contaba, para fijarse en los ojos verdes y en el “curioso” anillo de oro. Es un aro macizo y cuadrado que tiene grabadas una S y una M. Desde que tengo memoria, Sebastián nunca se lo quitó, hasta que hace unos días, me lo dio. Lo llevo puesto. Si estiro la mano veo el anillo contra el cielo. Es tosco y llamativo. 16
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Cuando era pequeño, por supuesto, atrapaba mi atención. No entendía por qué Sebastián usaba un joya de señora: “¿por qué no me prestas ese anillo de señora?”, le habré preguntado cientos de veces. Y cientos de veces me habrá contestado “no es de señora, es del marqués de San Miguel, mi bisabuelo. Lo mandó a hacer en honor al marquesado de San Miguel, que comprendía todas las tierras de una rica hacienda azucarera. Sólo podrás llevarlo cuando yo muera. A partir de ese momento serás el único y legítimo marqués”. En México no se reconocen los títulos nobiliarios desde la constitución de 1857, y no me consta que alguna vez existiera el marquesado de San Miguel ni que el bisabuelo de Sebastián fuera de la nobleza. Pero da igual, él siempre se imaginó aristócrata, pundonoroso y viril, aunque se haya acobardado en su lecho de muerte. Contaba Carmen que al terminar la corrida de toros fueron a un restaurante a comer paella y tomar más vino. Después Sebastián se ofreció a llevarla a su casa. Cuando lo invitó a pasar, según la historia de Carmen, él contestó: “me encantaría, señorita, pero por caballerosidad no puedo aceptar sin antes decirle que soy un hombre casado”. No dudo que lo haya dicho, así era él. Al oír esto, Carmen se bajó furiosa del Mustang y azotó la puerta. Sebastián, en lugar de marcharse, esperó a que ella encontrara las llaves en su bolsa. Ante aquel gesto y porque le parecía hermoso, Carmen decidió que le daba igual que estuviera casado, así que volvió al coche para reiterar su invitación. Eso contaba frente a mí. Pero más que mala persona, era desubicada y estaba orgullosa de su historia de amor. 17
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Así que Sebastián se hizo de una amante; y a partir de ese momento las cosas comenzaron a estar mal con mamá. Llegaba tarde y desaliñado a casa. Los domingos, sin falta, iba a los toros aunque no hubiera temporada. Esos días del Señor la tía Soledad, hermana de mi madre, nos invitaba a comer a su departamento. Después de los alimentos salíamos a dar una vuelta por el parque de la colonia. Recuerdo bien, porque me emocionaba mucho, que a mitad del paseo se levantaba una escalinata. Rogaba que me cargaran de los brazos para que subiéramos y bajáramos las escaleras sin que yo tocara los escalones. Era como volar. Luego nos sentábamos en una banca a ver pasear a las personas. Nos volvimos clientes del heladero, que se asomaba tocando la campana. Mamá acariciaba mi cabeza y miraba cómo sonaban los árboles, melancólica, ojerosa. En aquel entonces tendría treinta años y ya no quedaba nada de su sonrisa, de la que apenas tengo memoria. Era una mujer silenciosa y abismada. Además, su mirar era huidizo: volteaba al cielo, cerraba los ojos, evitaba a toda costa que escudriñáramos su frío. Y todo eso fue culpa de Sebastián.Los primeros recuerdos que tengo suyos, más bien son de su ausencia. No sólo me lastimaban, le daban vida a las razones que tenía para despreciarlo tanto. Aquella fue una época en la que mi madre estuvo especialmente taciturna. Un día le pregunté a bocajarro si estaba enferma de cáncer o algo así. Ella se levantó de la cama, se puso un suéter y me llevó de la mano al café de la esquina. ¡Al maldito café de la esquina! —Mira a tu padre —me dijo desde la ventana. 18
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Puse las manos sobre el vidrio y entonces vi a Sebastián que besaba el cuello de Carmen. —No es él —mentí con el afán de que se le quitara el dolor a mi madre, pero claro que era Sebastián. Aún no puedo creer que fuera tan cabrón. Mamá estaba destrozada por la infidelidad y por el cinismo; muda, inerte. Cuesta trabajo entender a Sebastián: ¿por qué no se iba con su amante a un lugar donde mi madre no pudiera verlos? Se lo pregunté en Acapulco, su respuesta fue horrible, casi descarrila nuestra reconciliación. De todas formas se murió antes de que pudiéramos sanar nada. Mamá se encerraba en su cuarto y no quería ver a nadie. Emilia, mi nana, fue un apoyo indispensable para ella y también para mí: jugaba conmigo mientras seguía con los quehaceres de la casa, “córrele, escuincle”, decía y me echaba la pelota. Me llamaba “escuincle” de cariño. Cuando Sebastián me sorprendía con ella, tomaba mi nuca y me empujaba hasta su estudio: —En lugar de perder el tiempo con la servidumbre, dedícate a leer. Sólo falta que salgas ignorante y vulgar, nunca serías aristócrata. Emilia detestaba a Sebastián por todo lo que hacía y aún así, nunca me abandonó. Admiro tanta lealtad. Es la única persona que intentó enseñarme a ser honesto, agradecido y solidario. Sé que la decepcioné, me lo dijo. No recuerdo que la infidelidad de Sebastián me causara otro dolor que el de ver a mi madre deshecha. Y en verdad debí enfurecerme por la traición que cometió, no sólo a mi madre, a mí también. O ¿qué acaso cuando un 19
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padre se va con otra, sólo traiciona a su mujer? Pero era un niño y no tenía muchas armas para entender aquello: que Sebastián nos traicionó y humilló. Durante la infancia y la adolescencia no hice nada. Bueno, cultivé por años una rabia desconocida que reconocí cuando me largué de su casa. Soledad tenía la esperanza de que el dolor de mi madre fuera pasajero, pero con los meses su estado fantasmagórico se acentuó: no salía de la habitación ni contestaba el teléfono. La única forma de verla era ahí dentro, en sus penumbras. Un domingo Soledad fue a visitarla, abrió la puerta de la habitación y la encontró tendida sobre su cama: recostada en unos cojines miraba el cielo por las rendijas de las persianas. —¿Qué pasa, Margarita? —la abrazó mi tía. —Hace días que no sé nada de Sebastián — dijo y se echó a llorar. El cabrón de Sebastián estaba de juerga en Acapulco con sus amigos y Carmen. Eso, en sí mismo, ya era imperdonable. Pero, además, apostó la casa donde vivíamos en un juego de cartas, y la perdió. Cuando regresó dijo que teníamos que mudarnos, que la casa ya no era nuestra. Entonces mi madre lo dejó y nos fuimos a vivir a casa de Soledad. No sé por qué aquello no me causó un trauma y, al contrario, hasta me pareció normal. Quizá, gracias a que estuve de aquí para allá entre las casas de mis tías, guardé aquella experiencia como parte de lo común. Pero no es normal mudarse porque tu padre pierde la casa en una apuesta. Y aquella no fue la única vez que Sebastián perdió una casa. Hace poco sucedió de nuevo, por eso me buscó para pedir ayuda, a su modo. 20
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El departamento de mi tía era muy pequeño. Aquellos fueron días tediosos, yo tendría nueve años, y quería jugar con mis vecinos. Pero claro, eran vecinos de la casa que perdió el cabronazo, así que era imposible. Soledad machacó día y noche con que mi madre se divorciara de él, quería que aquella historia quedara atrás para siempre. Charlaban en la mesa mientras yo jugaba con barcos y ranas de papel. Eran conversaciones larguísimas, paraba el oído para escucharlas. Soledad insistía en recordar momentos que subrayaban lo hijo de puta que fue Sebastián. Por ejemplo, cuando mi madre le contó que estaba embarazada de mí, él la amenazó: “más vale que tengas un hombre, Margarita” Y ella se la pasó muy mal, rezaba todos los días pidiendo un varón. —No eran rezos: rogabas entre lágrimas, ¿y el cabrón de tu marido? —preguntó Soledad—, de juerga. Salía a diario y se emborrachaba. Y cuando no estaba de parranda invitaba a sus amigos a jugar póquer y te humillaba. Tú me lo contaste, no sé por qué le perdonas todo. —No le perdono todo. —Todo, seguro ya estás pensando en volver con él. Te conozco, Margarita, estás muy boba. Soledad detestaba a mi tía Isabel. Según ella, además de ser su hermana, era alcahuete de Sebastián. Y bueno, la verdad es que a Isabel le costaba trabajo ser considerada con las personas, las trataba con el desprecio que sentía por ellas. Aunque a mí me ayudó mucho, a su manera: distante, fría, impositiva. Según Soledad, un día Isabel visitó a mi madre en su cuarto. Ahí le dijo que si Sebastián bebía tanto y sólo estaba con sus amigotes, era porque no 21
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lo atendía como se debe. Insinuó que era una mala esposa, que se la pasaba echada, cuando lo que necesitaban los hombres era que sus mujeres estuvieran pendientes de ellos. Y remató advirtiéndole que no se sorprendiera si se iba con otra. “Supongo que la pinche vieja ya sabía lo de Carmen”, barruntaba Soledad y le aseguraba a mi madre que lo peor de casarse con Sebastián era esa pinche vieja. Mamá le pedía que no exagerara y eso enfurecía más todavía a Soledad. “¿Cómo que exagero? El día que nació tu hijo esa vieja se portó como bruja”. Antes de que Isabel hiciera de las suyas, Sebastián montó un espectáculo que da risa por ridículo, aunque en realidad habla de lo egoísta e insensible que era: Soledad estaba en la sala de espera con ansias de tener noticias de su hermana, cuando Sebastián se peleó a golpes con un muchacho. Era día de la independencia y en la tele pasaban el desfile militar. Y, justo en esas circunstancias, al mamón de Sebastián se le ocurrió gritar “¡Viva Maximiliano, que viva el emperador!”. Fue entonces cuando el joven, que estaba sentado junto a él, al verlo blanco y de ojos verdes, le gritó: “Pinche gachupín”. Sebastián, en lugar de callarse, le dijo que el color de su piel no lo hacía menos mexicano. Y luego lo insultó: “usted y los suyos lo que tendrían que hacer es dejar de reproducirse como animales. Por eso está el país como está. Si al menos pudiéramos venderlos como ganado, valdría de algo tanta prole”. El muchacho se le tiró encima a patadas y puños, indignado. Y ¿cómo no? Fue tanto el alboroto en el hospital, que los elementos de seguridad llamaron a la policía para que detuviera a Sebastián. Antes de subirlo a la patrulla, los oficiales dejaron 22
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que una enfermera le curara los raspones y le atendiera el ojo hinchado. Cuando la enfermera terminó de sanarlo, Sebastián le agradeció con un beso en la boca. “Nadie me lo contó, yo lo vi”, subrayaba Soledad. Y la enfermera no sólo no lo rechazó, al contrario, disfrutó de aquello. Luego recogió las orquídeas que el cabrón de Sebastián llevaba de regalo y se atrevió a acomodarlas en la habitación de mi madre, todas maltrechas. “Esa enfermera se habría acostado con tu marido en la primera oportunidad que le dieran. Y ahí estaba de falsa, dizque preocupada por ti”. Cuando Soledad entró a la habitación y vio a su hermana en la cama, tranquila, supuso que ya había pasado lo peor. Le dijo que le encantaría que me llamara Lucio, porque viene de luz. “Ya sé que soy muy hippie, pero el nombre, al fin de cuentas, pesa. Sobre todo cuando su significado es transparente, como el mío. Ya sabes que durante mucho tiempo sentí que estaba destinada a sentirme sola. Afortunadamente conocí a un californiano que solucionó mi problema. Era un ferviente defensor de la edad solar, que es el paso siguiente en la evolución humana, en el que cuidaremos el entorno con energía limpia y viviremos en pequeñas comunidades autosuficientes. La cosa es que dividió mi nombre en dos e invirtió las mitades: Sol-Edad; Edad-sol: edad solar, soy el futuro”. Pero no había pasado lo peor, claro que no, faltaba que Isabel tocara la puerta para anunciar su llegada, decía Soledad. Y, ¿qué salió de su boca?: “gracias a Dios que estás bien, si vieras cuántas mujeres mueren al dar a luz”. Para relajar el ambiente, Soledad le contestó que aquello era una gran casualidad, pues mi madre no sólo no murió 23
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al dar a luz, sino que llamaría “Lucio” a su hijo. “Qué Lucio ni qué nada, se va a llamar Sebastián, como su padre, como su abuelo, como su bisabuelo y su tatarabuelo”, sentenció Isabel. Mi madre, muy parca y no sé si con ironía, le dijo a Soledad: “yo quería que se llamara Esteban, pero ni tú ni Isabel me escucharon jamás”. ¿Soy Esteban o Sebastián? La pregunta puede parecer ridícula, pero no lo es. En el nombre van la historia personal y los afectos. Para mi madre, para Soledad, para mi nana Emilia y para Susana, mi mujer, soy Esteban. En cambio, para los Buentello y para la gente común, soy Sebastián. Nunca me he presentado como Esteban ante un extraño. Siento una gota que escurre por mi mejilla y sospecho que sangro. Sangrar es buena excusa para llorar, pero también para levantar la cara con valor y enfrentarse con huevos a las circunstancias. Miro la recta tropical y escojo la valentía sobre el llanto. Toco mi frente y me duele. Descubro una herida que mancha mis dedos de rojo. Levanto la cara y a lo lejos distingo una camioneta que se acerca. Su contorno parece salir de un espejismo, de un incendio. Quizá es el efecto visual que acontece en las carreteras, quizá es producto del choque. El calor tropical comienza a agobiarme y me pica el cuerpo. Si me rasco la comezón se aviva. Además tengo sed, así que vuelvo al coche y busco la botella de agua que compré en la última gasolinera. Siento más gotas que escurren por mi rostro. Me acomodo en el asiento, manipulo el espejo retrovisor y veo que la herida es pequeña y no chorrea. Las gotas son de sudor. Junto al 24
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asiento encuentro la botella. El agua está caliente como un té, de todas formas ahuyenta la sed. El claxon de la pick up me asusta, no sé cómo pero olvidé que venía en camino. La camioneta no se detiene ni baja la velocidad... está casi encima mío. En un reflejo cierro la puerta para que no la reviente. Zumba a su paso, violenta, veloz. Un instante después, desesperado y furioso, abro la ventana: —¡Hijo de la chingada! —grito, pero el alarido sólo lo escucha la vaca que, además, en su agonía lo confunde con el grito de la muerte, que muge como vaca vieja. Y entonces, cuando pienso que la camioneta se esfuma, veo por el retrovisor que se encienden las luces rojas de los faros traseros, que se detiene y da una vuelta en u. Ahora vuelve hacia donde estoy. Veo por el retrovisor que conduce un señor con sombrero. Pasa junto a mí a una velocidad muy baja, amenazante. No nos vemos porque su camioneta es más alta y va en el volante. Deja atrás la vaca y se detiene a unos cuantos metros adelante de ella. Supongo que bajará y vendrá a preguntarme algo, pero pasan los minutos y no baja. Logro distinguir que recarga su brazo sobre la ventana abierta y que fuma. Veo el cigarrillo y el humo. No sé si es un fantasma, estoy agobiado. ¿Por qué se detuvo? ¿qué espera para bajarse? Quizá ya no me siento indestructible. Concentro mi atención en la camioneta pero no sucede nada. Estoy cansado, aburrido y, ahora, encerrado en el Mustang, muerto de calor. Tardé mucho tiempo en entender un hecho fundamental de la muerte de mi madre, y no lo hubiera entendido de no 25
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ser por Susana: si las leyes hubieran sido otras, no se habría muerto. Quedé huérfano porque ella, que estaba en su derecho de no volver a alumbrar, tuvo que acudir a la ilegalidad. Se desangró por culpa de las malas condiciones de no sé qué clínica clandestina. Nunca quise averiguar. No entendía, pero estaba lleno de furia, más que de tristeza. La vida teje una filigrana muy fina, a veces invisible. La muerte de mi madre se empezó a tejer el día que Sebastián decidió reconquistarla. Primero la llamó por teléfono. La reacción de mi madre fue pegarle un grito y colgar. Esa tarde Soledad se la pasó dándole fuerzas para que lo dejara atrás. Pero algo en mi madre la empujaba hacia Sebastián. Me cuesta creer que fuera enamoramiento. Era más bien una inclinación que brotaba de una debilidad innata, o que venía de los orígenes de su vida y que no puedo explicar. Existen personas que nacen con ciertas debilidades frente a las que no tienen defensa. Sebastián era la suya. Un cabrón de esos que seducen con su personalidad y su belleza física. Así que mi madre no podía más que caer de vuelta. Él siguió machacando hasta que mi madre se ablandó, le decía a Sebastián que no insistiera más, pero con un tono casi dulce, sin enjundia. Entonces un mensajero apareció para entregar un sobre. Adentro estaban las fotografías de una casa enorme y luminosa. Cuando Sebastián volvió a llamar, ella trató de ser severa, pero al final le dio otra oportunidad: “está bien, vamos a vernos para platicar”.
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