Checa
Daniel
OJEDA
Foto @chrispueyo
Daniel
OJEDA
Checa
Como si nadie nos estuviera
mirando Daniel Ojeda Checa
Primera edición: abril de 2019 Diseño de cubierta: Alba Cantalapiedra Maquetación: Endoradisseny Edición: Helena Pons Dirección editorial: Ester Pujol © 2019, Daniel Ojeda Checa, por el texto © 2019, Alba Cantalapiedra, por la ilustración de cubierta © 2019, La Galera, SAU Editorial por la edición en lengua castellana Editorial la Galera Josep Pla, 95. 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com facebook.com/lagalerayoung twitter.com/lagalerayoung instagram.com/lagalerayoung Impreso en Liberdúplex Depósito legal: B-5.132-2019 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6440-4 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.
Les dejo de herencia mi libertad. Chavela Vargas
Cuando este libro no exista, rodearé su día en el calendario y escribiré sobre una servilleta un cuento donde todos los libros vuelven a ser árboles y de los árboles crecen cuentos.
Frank y Edna
Este libro es un secreto. Lo tecleo despacio en la oscuridad de mi habitación, y, mien tras lo hago, creo lograr saber quién soy más allá de lo que todo el mundo ve. Más allá de la soledad de una figura desgarbada y vestida de negro, arqueada frente a un papel en blanco. Sé que me gustan los colores oscuros, el sabor fuerte del café y las calas pe queñas del Mediterráneo. Pero todos esos detalles son superficiales frente a aquello que hay dentro de mí, a los personajes que soy capaz de crear, siendo cada uno de ellos un sentimiento, un error o un anhelo que aún no he exteriorizado. Espero a que todos duerman para presentarme vulnerable, pa ra contarlo. Rodeo una taza caliente con las manos para impreg narles el calor, observo el lápiz deslizándose por el escritorio de madera. Amenaza con aterrizar en el suelo, pero, antes de que lo haga, me desocupo y lo atrapo. Apunto con él el comienzo del fo lio y estoy seguro del principio.
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De lo que debe empezar por decir: «Este libro es un secreto».
xxx Frank llevaba las uñas pintadas de negro el día que apoyó su es palda contra el armario del almacén. Creía estar destruido, creía haber sido vencido en el lugar donde más libre se había sentido nunca. Tenía las manos manchadas de sangre y los labios hincha dos. En la puerta de la tienda de antigüedades había colgado un le trero que decía que volvería más tarde. Aunque aquello no era del todo cierto, Frank no sabía nunca cuándo se iba a recomponer de los actos o palabras de las personas que le odiaban o maltrataban por lo que era. Homosexual. No se sentía avergonzado, estaba lleno de ira, pero sus ganas de luchar seguían sobrevolando la estancia cuando Edna ignoró el cartel y se hizo paso entre las estanterías repletas de recuerdos de los que sus dueños se habían desecho. Sombreros, relojes, cuader nos, libros, gabardinas, colgantes y objetos que nunca llegarían a ser lo que habían sido. Frank abrazaba sus piernas, largas y rápi das, creando un escudo que con su mejor amiga nunca funcio naba. Edna llevaba siempre un moño a medio hacer, jerséis anchos y pantalones rotos. Frank adoraba esa forma en la que ella seguía siendo una niña despreocupada. Por su aspecto podría llegar de jugar o de descubrir un continente, sin embargo, ella acababa
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de presenciar una decisión importante. Un fragmento teñido de gris en su memoria. —¿Qué coño ha pasado, Frank? Se agachó para mirarle a los ojos. —Me he enfrentado a esos tíos que siempre vienen a molestar. —Tenemos que denunciarlos, Franki. Edna le acarició la cara, se manchó los dedos y se le inyectaron los ojos de furia. —Solo quédate e intenta distraerme. Eso lo haré más tarde, ya los he denunciado muchas veces y les ha dado exactamente igual. Frank sabía contar historias. Se le daba bien explicar sucesos, hacer que los demás entendieran lo que estaba bien o mal desde su punto de vista. Sin embargo, la policía le miraba, le decían que describiera a esas personas y si no había golpes no hacían nada. ¿Y si había golpes? Delito de odio, gratuito, quizás llamarles la atención y ya está. Edna conocía la tienda como la palma de su mano, se deshizo de la chaqueta y la mochila que llevaba colgada a un hombro y fue hacia el botiquín. Al regresar, Frank sonrió pensando en todas las veces que ella había estado cerca para lamerle las heridas con su presencia. Se sentó justo a su lado y sus manos se entrelazaron con facilidad. —He comprado vodka, habíamos quedado en que esta noche la liábamos. —Ni de broma me olvidaría de eso. Frank torció el gesto de dolor al sentir la mano de Edna lim piándole los labios con un algodón empapado en agua oxigenada.
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Se quejaba sin parar y a ella le ponía tan nerviosa que le pellizcaba la pierna con ganas para que lo hiciera con más razón. —Mañana cuando vaya a denunciar diré tu nombre por lo que me estás haciendo sufrir. Ve con cuidado, joder, que soy sensible. —Ser sensible no es lo mismo que ser quejica —sentenció Ed na. La primera vez que Edna vio a Frank fue en una escuela de ba llet de Barcelona a la que los dos habían asistido casi obligados. Él por experimento de su madre adoptiva, para romper barreras y que se recuperara de la época en el orfanato. Ella por capricho de sus padres. Edna aún recordaba el primer encuentro como si hu biese sido ayer. Frank, sin embargo, intentaba ser más olvidadizo con el pasado o no hablar de él. —¿Te acuerdas de la profesora? Era tan alta y elegante que no dejábamos de mirar sus movimientos, no se parecían en nada a los nuestros. Frank comenzó a reírse y los golpes recientes le pararon a tiem po. —Tú llevabas todo lo que habías pillado por casa. Calentado res, coleteros, hasta un tutú. Creo que casi le da un ataque al cora zón cuando te vio aparecer. Ninguno de los dos llegó al año en la escuela de baile. Pero fue tiempo suficiente para que, con los días, Frank no apartara la mirada de Edna, se quedó prendado de la valentía de aquella niña que bailaba como si estuviera en el circo cuando le man daban hacer todo lo contrario. Ella le veía llegar con Inocencia, la madre de Frank, de la mano y escuchaba que las demás niñas
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se reían de él, comentaban que aquella mujer era muy mayor. Le llamaban raro, delgaducho y maricón. Una de esas veces Edna esperó sentada en las escaleras de caracol que llevaban a la sala, para ver a Frank subir y presenció como todas se burlaban. Abrió su mochila, en la que su madre le había metido una fiambrera, y ella incorporó a su mascota: el señor Ratón. Le dejó ir hacía los acosadores y gritar como si se tratara de un cíclope. Frank estaba abajo, de rodillas, con las manos sobre la cabeza y recordando un pasado demasiado pesado para un niño de nueve años. Al levan tar la vista Edna estaba allí con el señor Ratón entre las manos y una sonrisa heroica. —Siempre me decías: «Yo tengo diez, soy más mayor. Te cuida ré.» —continuó Frank, imitando los gestos y la voz de Edna cuan do era pequeña. —No debió de ser sano pensar ya de niña que todo el mundo era imbécil menos tú. Mientras recordaban sus aventuras terminó de curarle las he ridas y volvió a ponerse en pie para guardar en el botiquín lo que había utilizado. La imagen de ambos en clases de ballet solo era un recuerdo que se volvía a repetir ahora con un Frank de diecinueve años y una Edna de veinte como protagonistas. Inocencia era la dueña de aquella tienda en El Carmel, el barrio más alto de la ciu dad. Él vivía en la parte más elevada, cerca de los búnkeres, donde las vistas se habían convertido en un punto de encuentro obliga torio para los turistas y Edna en la zona más baja, donde los auto buses hacían una de sus últimas paradas. La tienda se encontraba entre edificios y casas bajas, donde las familias eran de origen hu
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milde, casi todos se conocían, incluso se respiraba ambiente de pueblo. Inocencia había levantado aquel desván de antigüedades desde muy joven, y, tras haber terminado los estudios obligatorios, Frank era el siguiente en sacar adelante aquel negocio. Se levantó recuperado ante la mirada de Edna y comenzó a or denar el mostrador. Parte de él seguía en el suelo por la pelea con aquellos chicos. Frank tamborileó los dedos contra el cristal de las vitrinas que estaban justo detrás de él y comenzó a tararear una canción. A Edna le encantaban las canciones infantiles y Frank lo sabía, lo utilizaba con mimo para hacerla sentir bien cuando notaba que estaba triste. Lo había descubierto la primera vez que Edna había llorado por desamor. Su amiga odiaba ese sentimien to porque la hacía sentir adulta, prefería esquivar todas esas cosas que para ella conllevaban crecer. No era un juego que le llamara especialmente la atención. —Me encanta este lugar porque con todos los objetos puedes inventarte un pasado si no te gusta el tuyo —confesó Edna acer cándose al mostrador. —¿Y por qué negar el nuestro? —Bueno, es una vía de escape. Frank abrió la caja registradora y contó las ganancias por enci ma. Pensó una vez más que Edna quería escapar constantemente del futuro, del paso del tiempo, de la vida adulta. Ya estaban más cerca, él vendiendo antigüedades y ella estudiando Cine pese a todos los que habían creído que no llegaría a nada por culpa, según ellos, de su poca madurez. Edna tenía déficit de atención y ligeros problemas para aprender en el colegio que no le habían
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impedido terminar sus estudios, pero sí que habían hecho que le costase mucho más que al resto. Antes del día con el que co mienzo a narrar esta historia, Edna era plenamente feliz porque había conseguido crear un burbuja donde lo importante eran sus padres, Frank y el cine. El resto seguía siendo como cuando era una niña, no había normas, no quería preocuparse demasiado por el mundo, conducía porque le daba libertad, no seguía unos horarios marcados, no se preocupaba por la apariencia, y así, en tre crecer y no querer hacerlo, estaba en una línea donde la vida le era cómoda. Hasta antes de encontrarse a Frank herido no le asustaba. Verle tirado en el suelo cuando siempre se mantenía en pie ante las burlas, le había hecho caer en que quizás no observar a tu alrededor con ojos de adulto no quiere decir que las cosas no sucedan y tengan cada vez más peso, más ruido, más importancia. —No quieres verlo, pero estás creciendo y me gusta, Edna. Si gues estando loca y eso también me gusta. Que hagas una cosa no quiere decir que pierdas la otra. —Cállate —dijo golpeando el suelo con un pisotón— o te doy una paliza. Le miró fijamente. Las carcajadas de Frank eran secas, con do lor. —Uy, perdón —continuó—, se me había pasado el cristo que te han hecho. —Tranquila, señora. —Frank movió las manos burlón—. Ellos también se han llevado lo suyo. Edna se deshizo de las deportivas y salió de un salto del mostra dor. Le encantaba creerse un mono, envolvió a Frank con brazos y
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piernas y él descansó la cabeza en su hombro. Se sacaban un año, Edna era mayor, sin embargo Frank parecía un gigante a su lado. Todo vestido de negro mientras que su amiga llevaba prendas to talmente dispersas e iba despeinada. Me gusta imaginar, por lo que imagino, que en ese momento Edna miró los altos techos de aquel lugar y echó de menos todas las veces que Frank y ella habían pasado las horas muertas allí. La primera película con su autoría. Con una cámara vieja y dis fraces disparatados. Los inventarios con Inocencia, descubriendo extrañas reliquias. Juegos de mesa, fiestas de dos, abrazos. Un mundo un poco más cuerdo en ese trozo de tierra. La ausencia de prejuicios o problemas, el reflejo en su mirada de una familia que se había encontrado porque no había unas lí neas que indicaran lo contrario. Estaba en lo no escrito. Inocencia y Frank miraban de la misma forma, adentro. Y a Edna le encantaba. —Mis padres se van a separar —musitó. Había llorado tres veces en toda su vida. Cuando murió el se ñor Ratón, cuando vio llorar por primera vez a Frank y en ese preciso instante. Él conocía a sus padres, a Bernat y a Rosa. Había desayuna do miles de veces en casa de Edna observándolos a ellos bailar una canción de Joan Manuel Serrat en la cocina. Menos mal que Frank no estaba esa mañana cuando Rosa se levantó de la me sa llorando por el recuerdo de una conversación nocturna, des pués Edna escuchó desde la cocina, con el desayuno en la boca, la
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noticia que nunca esperó que llegara. Fue testigo del quiebre de una historia que conocía desde que nació, quizás no vivió el ini cio, pero siempre había sentido que lo conocía. Creyó que la sepa ración reventaba una de las bases que ellos le habían enseñado: la familia. Frank bajó a Edna del mostrador y le miró la cara surcada de lágrimas. —¿Quieres hablar de ello? —Cosas de adultos, cosas de adultos lo llaman. Pero Frank, yo solamente siento que ahora mi hogar se ha roto, mi madre está encerrada en su mundo y mi padre se ha marchado esta mañana de casa sin despedirse de mí. Yo solamente soy un fantasma pre senciando todo lo que hacían y decían sin participar. —¿Por qué no me lo has contado nada más llegar, Ed? Ella encogió los hombros. —Al verte así se me ha olvidado. Frank repasó con sus dedos las mejillas de Edna. Ella sonrió sin ganas. Aquel final de septiembre, con escasa luz, fue la primera vez que Frank y Edna tuvieron ganas de quedarse a dormir en la tienda. No era un lugar muy cómodo, Inocencia tenía un colchón en el almacén para alguna urgencia, pero la falta de calefacción no les atraía. —No tienes que volver a casa aún, podemos quedarnos aquí y luego dormimos en la mía. Frank se tenía que agachar para llegar a Edna y ella se ponía de cuclillas para facilitarle el abrazo. Mientras tanto algunas perso nas observaban los escaparates de la tienda, pensando si entrar,
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pero no lo hacían al ver el cartel de cerrado unos minutos, que se convirtieron en mucho más mientras ellos dos siguieron ig norando el exterior hasta la hora real del cierre en la que el cartel siguió diciendo que el cierre sería temporal. —Le haremos un traje a medida al mundo. Vamos, una mierda de traje —dijo Edna. Se sorbió los mocos y buscó la mochila con la mirada. Frank la alcanzó con tres zancadas y sacó de ella lo prometido. La bebida no estaba fría del todo, pero en el almacén tenían una nevera pe queña, también había hielo. Frank e Inocencia pasaban mucho tiempo allí, por lo que intentaban que el desván de antigüedades fuera una segunda casa. Edna sirvió dos cubatas y puso una lista de reproducción en su móvil guardándoselo en el bolsillo del pantalón. La música sonaba lejana, pero estaba lo suficiente cerca como para que reconocieran sus favoritas, la mayoría de las veces eran las mismas. Edna comenzó a bailar saliendo del cuartito y dando vueltas alrededor de las estanterías, sin parar de beber mientras iba inventándose historias con cada objeto que tocaba. —Creo que es hora de que empiece la fiesta. Edna se soltó el pelo y siguió el ritmo de una guitarra eléctrica, con el que huía de la realidad. Si se proponía fingir u olvidar, lo hacía de verdad, aunque más tarde le pasara factura. Escuchó el ruido que hacía su amigo al salir de la tienda y bajar el cierre, des de dentro, impidiendo así que los vieran desde la calle. Se habían quedado atrapados allí. No sonaba tan mal. Una vida entre aquellas cuatro paredes, creyendo ser cualquier cosa, volviéndose loca, pasando de la vida
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cotidiana, aunque, claro, no era la mejor opción. No era real. Ed na se contradecía, tanto que ni siquiera yo la entiendo al imagi narla y escribirla. —¿Te acuerdas de nuestro primer concierto? —La voz de Edna. Imagínala tú también. Rugosa como la corteza de un árbol, imperfecta, no podría cantar. Pero si la escuchabas hablar, si lo hacías de verdad, te recordaba a cosas. A alguien más mayor, sien do contradictoria incluso en aquello que no había elegido ella misma. —Edna, te saqué de allí a rastras. —Bebí demasiado, era aún más joven y no controlaba. Frank la miró con una mueca irónica. No había pasado tantísi mo tiempo. —Y también recordarás que, de lo poco que me acuerdo, no me gustó ¿no? —Él asintió—. Pues ahora pienso en él y me gusta. Escucho las canciones y me veo en ellas. Entonces la realidad es que no es que no me gustara, sino que no lo entendí. Es lo que vi vimos lo que nos hace ser lo que somos ahora, el pasado nos hace ser lo que somos. —Cuando te pones con este rollito de semiborracha intensa me das miedo. Edna escogió un sombrero con flecos, sin mucha utilidad, para lanzárselo a Frank. De esa noche Edna le podría recordar a Frank durante toda su vida que se había olvidado de todo, pero no era de echar cosas en cara que ella también hacía. Se descalzó para subirse al mostrador a bailar mientras él se tiró en el suelo, debajo, notando como el
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alcohol iba calando en él. No le hacía sentirse mejor, era sentirse comprendido y no juzgado lo que había hecho que Frank quisiera muchísimo a Edna. La de ellos dos podría haber sido una historia de amor, pero no lo era, aunque yo entiendo el amor como un sentimiento no necesariamente romántico, sino real, sano y leal. Cuando iban al instituto siempre habían sido «la loca» y «el raro». Pensaron que eran dos buenos apodos para una pareja de amigos capaz de salvar o de destruir el mundo, de leer al revés, de chuparse el codo con la lengua, de aguantar toda la noche de fies ta, de salir ilesos de los dramas emocionales, de conocerse tanto que podrían hacerse pasar el uno por la otra y la otra por el uno. La loca abrió los brazos y se dejó caer al suelo, se hizo daño, pe ro el raro ya no tenía fuerzas para preguntarle por su estado. Reían, alto, sin importarles que alguien pudiera interrumpirles. Seguramente imaginaron que las personas no existían, se creye ron sus deseos y al mismo tiempo sus temores. —Oye, Frank... —Mmmmmhá. —¿Me podrían multar por conducir en chanclas? Busca en Google. Obedeció. Buscó su teléfono, torpe, tardó demasiado en hacer lo. Veía las letras raras ya que desafiaron la primera norma des pués de beberse unas copas: no tumbarse bajo ninguna circuns tancia. Y menos en el suelo. —Parece que sí, te pueden multar. Podrían buscar también un castigo a la altura para los que pegan a la gente que lo único que hace es vivir en libertad.
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—¿En serio? —Se incorporó pálida sobre el parqué—. Pero yo suelo hacerlo bastante. Si me paran me acercaré lentamente al policía y le diré: «¿Señor agente, camiseta puedo llevar o me la quito?». Frank se llevó las manos a la cabeza, y, a partir de ahí, siendo fieles a la verdad y a los personajes diré que del resto no se acorda rían. De la resaca sí, de eso siempre.
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