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Marta Álvarez

con ilustraciones de Laia López

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Primera edición: octubre de 2019 Diseño de la colección: Laura Zuccotti Maquetación: Argos Dirección editorial: Ester Pujol Edición: Helena Pons y Anna López © 2019, Marta Álvarez, por el texto © 2019, Laia López, por las ilustraciones © 2019, La Galera SAU, por la edición en lengua castellana La Galera Editorial® Josep Pla, 95 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com facebook.com/lagalerayoung twitter.com/lagalerayoung instagram.com/lagalerayoung

Impreso en Índice Depósito legal: B-16.394-2019 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6541-8 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.

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Para Igua, que no le rompió el corazón a un dragón.

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PRÓLOGO

Había una vez un hermoso reino habitado por hadas, náyades, ninfas y sátiros, y todos los seres feéricos que los sueños humanos han creado jamás. Muchos creían que quien gobernaba allí era la reina Nora, pues, además de un corazón bondadoso, poseía el don de hacer que toda la naturaleza que la rodeaba bailase a su compás. No obstante, había otras cuatro muchachas encargadas de velar por aquel lugar. La reina Iris era la consejera, la que conocía los corazones y sabía calmarlos. No eran pocos los que acudían a ella, aunque resultaba difícil encontrarla: a veces estaba en el lago, dibujando en la orilla; a veces, en el claro, retratando el atardecer… 7

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La tercera reina se llamaba Erin. Lo único que llegaba a la altura de su belleza era su fuerza. Era tan hermosa que muchos reinos vecinos intentaban desacreditarla lanzando rumores sobre ella, e inventaban que su hermosura solo adornaba una cáscara vacía. Sin embargo, nadie se atrevió nunca a enfrentarse a ella. Nadie la atacó jamás, ni a ella, ni a nadie en el reino. De hecho, la cuarta muchacha era, junto con Erin, la protectora de todos ellos. Dicen que la reina Luna podía hablar con los espíritus, y que le gustaba leer sus historias en las estrellas cada noche. Aunque no era la única que disfrutaba de las estrellas, pues allí brillaban con especial intensidad, gracias al don de la quinta reina, Hana. De ella emanaba la luz que bañaba todo el lugar, ya fuera la dorada del sol o la plateada de la luna. Se decía que ella misma había nacido de un rayo de sol y que, cuando reía, que era muy a menudo, crecían los arcoíris que empleaba para tejer las alas de las hadas recién nacidas. Tan idílica era la vida en Mysticland, que a sus habitantes les resultaba difícil imaginar una época anterior a la protección y el consuelo de las cinco reinas. Y es que, en su historia, como en todos los sueños, los orígenes son borrosos y confusos, y muy pocos son capaces de recordarlos. Por suerte para ti, yo sí lo hago. Aunque, desde luego, yo no importo. ¿O sí? Pero regresemos a las reinas… No, no siempre fueron tales; no siempre tuvieron sus impresionantes alas, ni tampoco el respeto de su reino. Es más, hubo un tiempo en el que alguien puso precio a sus cabezas… 8

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Pero me estoy adelantando. Como suele decirse, empecemos por el principio. En un lugar de Mysticland, de cuyo nombre no logro acordarme, vivían una princesa, una costurera, una actriz, una pastelera y un secreto…

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Al Otro Lado del Espejo

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uentan las leyendas que, al principio, en un lugar muy lejano, había una joven que dormía. Y lo que es más importante: soñaba. En su mundo, la vida pasaba, pero esa vida no era suficiente para ella. Así que, cada noche, la joven soñaba, soñaba y soñaba. Soñaba maravillas y magia; belleza, encantos y seres que poblaban todo aquello. Soñaba tanto y con tal intensidad que, sin que nadie supiera cómo, sus sueños cobraron vida, y así nació Mysticland. Dicen, quienes aún creen en ella, que lo primero que soñó fue la luna multicolor, y que, durante el mes que está en lo alto del cielo, la Soñadora vaga entre nosotros, buscando corazones puros a los que premiar con un deseo. Después de la luna, creó todo lo demás: el sol, las estrellas y hasta el último y centelleante grano de arena del lago. Llenó las aguas de náyades y sirenas; soñó las flores para las hadas y los sátiros de las praderas, y las piedras preciosas para los duendes de las montañas. También creó los círculos místicos, los anillos de setas mágicas que transportaban a quien quisiera de una punta a otra del reino, para que todos pudieran disfrutar de cada hermoso rincón. Y, cuando vio que su obra era

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perfecta, la rodeó de una infranqueable muralla para que nada ni nadie la cambiara jamás. Se dice que toda leyenda esconde una perla de verdad en su interior. Lo cierto es que, aunque hoy en día apenas nadie cree en la Soñadora, es innegable que la muralla existe, y que más allá se extienden las Tierras Prohibidas, cuyos peligros son un misterio que nadie se ha atrevido a desentrañar. Hubo un tiempo en el que algunos insensatos lo intentaron, claro. Pero ninguno regresó. O, al menos, eso cuentan las leyendas.

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