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Pedro Estrada Raquel de la Morena

ZEN


© 2019, Raquel de la Morena y Pedro Estrada © 2019, Editorial del Nuevo Extremo S.L. Rosellón, 186, 5º- 4ª, 08008-Barcelona, España Tel (34) 930 000 865 e-mail: info@dnxlibros.com www.delnuevoextremo.com Diseño de cubierta: Collage Comunicació Corrección: Maite Colom / Raquel de la Morena y Pedro Estrada Primera edición: Febrero de 2019 ISBN 978-84-949806-9-5 Depósito legal: B-27133-2019 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Impreso en España - Printed in Spain


LA TERCERA SENDA

–M

ás arriba —le ordenó Wei a su compañera. Yin, de pie, con el talón apoyado sobre el hombro de él, se pegó a su pecho para elevar la pierna un poco más, hasta acariciar con la espinilla su propia frente. —No dobles la rodilla. La chica apretó los dientes y se estiró al máximo. Sentía los tendones a punto de rasgarse. —Aguanta. Sin sufrimiento no hay aprendizaje. «Pues debo de estar aprendiendo un montón», se dijo la joven de diecisiete años. Los gélidos ojos de Wei la observaban con la misma indiferencia que los budas de bronce que flanqueaban el salón de entrenamientos. En otro tiempo, una mirada como esa le habría dolido. En otro tiempo. El maestro Fang dio una palmada. Con un suspiro de alivio, Yin bajó la pierna y se masajeó el muslo para distender los músculos. Las nueve parejas intercambiaron sus puestos; ahora le tocaba a ella sostener en alto la pierna de Wei. Aquellas sesiones de estiramiento matutinas eran infernales, pero, aun así, constituían la parte más amable de la rígida rutina de entrenamiento en el templo de Kapilavas7


tu, el remoto monasterio budista perdido en medio de las blancas cumbres del sur de Nepal. Yin llevaba ya seis años viviendo allí. A esas alturas era casi tan flexible como el mimbre; pero los demás estudiantes se habían estado formando el doble de tiempo, desde que tenían cinco años. Y a ella se le exigía siempre el mismo nivel que al resto. Cada día era una lucha incesante por acortar distancias con sus compañeros; una lucha injusta, ya que la aventajaban en todo. La elasticidad era solo uno de los ejemplos más evidentes. —Te noto distraída —murmuró su compañero tras levantar su pierna frontalmente, colocarla sobre el hombro de ella y acercarse con el pie de apoyo hasta describir una apertura vertical casi perfecta. Yin lo observaba con envidia: «Al maldito no le cuesta nada…»—. ¿Preocupada por la prueba de las tres espadas? —No —mintió. —Puedo ayudarte a prepararla esta tarde —se ofreció sin ningún entusiasmo, con la mirada perdida en los adoquines del suelo. Una oferta muy interesante. Wei era el estudiante más aventajado del templo. Había superado la prueba de las tres espadas de manera impecable el año anterior. Sus consejos podrían serle de gran utilidad. Y sin embargo… —Me las puedo apañar yo sola, gracias. —Eso había sonado demasiado borde—. Gracias —insistió con tono sincero para compensar su áspera respuesta—. Te lo agradezco, de verdad. —«Ya vale, tampoco te pases». Wei se dignó a mirarla de soslayo. No solo era el mejor estudiante; también era el más atractivo, con su cuerpo de gimnasta, aquellos afilados rasgos faciales, unos inteligentes ojos negros y el largo flequillo azabache que le cubría 8


media mejilla. A diferencia de lo que sucedía en las demás escuelas budistas, en el templo de Kapilavastu los alumnos no se rapaban la cabeza. No se les exigía demostrar de aquel modo su renuncia a todo lo material, a las apariencias, a lo superficial. Según la filosofía del maestro Zhou, líder espiritual del templo, cada individuo debía seguir su propia senda hacia la iluminación. Senda que incluía aspecto físico y vestuario. Por ello, no obligaba a los alumnos a vestir como lo hicieran sus ancestros. Él sí lucía la cabeza afeitada y la tradicional túnica roja, pero más por costumbre que otra cosa. Yin, en cambio, usaba ropa deportiva occidental y calzaba el mismo tipo de zapatillas de balonmano con suelas de goma que su madre le había regalado el día en que la dejó allí para que siguiera sus pasos. «Te serán muy útiles sobre los adoquines del salón de entrenamientos». Recordaba bien aquella frase. Fueron las últimas palabras que escuchó de su boca en persona. —El año pasado también rechazaste mi ayuda y… —Más arriba —lo interrumpió autoritaria. Error. Para subir más la pierna, Wei se tuvo que pegar a ella completamente, colocando a ambos en una situación incómoda en todos los sentidos. Precisamente a ese exceso de cercanía achacaba ella el breve romance que habían mantenido la primavera anterior. Los dieciocho internos de su edad que estudiaban en el templo dormían en la misma sala, convivían día y noche en aquel paraje aislado, combinando el estudio de las artes marciales con disciplinas tradicionales como Filosofía, Matemáticas, Inglés o Historia. Durante años. Siete chicas y once chicos. ¿Cómo evitar los amoríos? En teoría, debían tratarse como hermanos; pero no lo eran, y las hormonas de la adolescencia ejercían una fuerza imparable, por más meditación que practicaran. Al 9


fin y al cabo, su meta no era convertirse en monjes. Bueno, la de algunos sí. Una vez superadas las nueve pruebas, cada cual podía decidir libremente su senda: incorporarse a la disciplina monástica en busca de la iluminación o regresar al mundo exterior, donde las habilidades adquiridas les proporcionarían un futuro, bien como eruditos en las zonas más atrasadas de las regiones cercanas o como expertos en artes marciales en el primer mundo. Durante las largas noches de ventisca, los jóvenes se entretenían en el dormitorio comunitario —tan solo un austero biombo de dos cuerpos separaba la zona de chicos de la de chicas— contándose leyendas e historias de miedo. Según una de ellas, existía también una tercera senda. Una senda secreta, oscura y aterradora que el maestro Zhou solo ofrecía a los mejores estudiantes. Y aquellos que se atrevían a tomarla desaparecían para siempre. Por supuesto, ni Yin ni sus compañeros habían conocido personalmente a nadie que hubiese optado por esa supuesta vía. Pero resultaba divertido imaginar que el futuro podía ofrecerles algo más intrigante que el simple dilema de ser monje o no, una disyuntiva que ni siquiera se planteaban la mayoría de ellos —a excepción de Wei e Indira, la mejor amiga de Yin—. Xun, Bo, Cheng y Guo, por ejemplo, ya se habían rapado la cabeza y se pasaban todo el tiempo libre meditando, tratando de purificar sus mentes para extinguir cualquier deseo y alcanzar así la armonía. En cambio, quienes habían sido internados en el templo por simple tradición familiar o por el prestigio de la formación en artes marciales que allí se impartía —como Gang, Miao, He o Jia— estaban deseando superar sus últimas pruebas para obtener el fajín dorado y huir para siempre de aquel recóndito nido de águilas. Las ansias de divertirse y entregarse a los placeres mundanos 10


los devoraban por dentro. Lo más probable era que, nada más graduarse, bajaran dando brincos por las montañas y se dirigieran directos a la discoteca más estridente de la ciudad más bulliciosa que encontraran. A Yin no le cabía duda de que la primera en llegar sería esa víbora de Miao. En cuanto a ella misma… Antes de decidir tendría que superar las nueve pruebas y, en aquellos seis largos años, había logrado pasar cinco. Desde luego no se veía viviendo como un monje, no tenía madera para ello. Las dos horas de meditación obligatoria que practicaban cada tarde no solo no le servían para aportar paz a su mente, sino que transcurrían en un insoportable carrusel de imágenes recurrentes que la atormentaban, pensamientos circulares —acerca de Wei y, sobre todo, de su madre— sin más objeto que envenenar su espíritu. Cuando se cortaba entrenando con los sables, sabía que lo mejor era dejar que la herida sanara: si no dejaba de rascarla, jamás cicatrizaría y, a la larga, acabaría infectándose, adquiriendo una gravedad mayor de la original y dejando en su piel una marca imposible de borrar. Las heridas emocionales no eran distintas. Pero ¿quién se resistiría a la tentación de rascarse cuando el picor es insoportable? El tiempo solo cura lo que ya no te importa. —Si cambias de opinión, no tienes más que decírmelo. Eso la enfureció. ¿Por qué Wei tenía que pensar tanto en ella ahora? ¿Por qué no lo había hecho antes de traicionarla? La escena que aquella noche contempló seguía grabada a fuego en su mente. —¿Aún sigues molesta por lo de Miao? «Vaya, ¿el alumno aventajado también ha aprendido a leer mentes?». Era la respuesta cortante que tenía lista para disparar, pero, antes de que pudiera lanzarla, la palmada del maestro Fang acudió en rescate de Wei. 11


Los estudiantes se separaron y cambiaron de compañero para el siguiente estiramiento. A Yin le tocó con el buenazo de Bo. A Wei, con Miao. Por un segundo, le pareció que esta le dirigía una mirada burlona de soslayo, aunque era muy posible que se lo hubiera imaginado. En cualquier caso, a ella le daba igual. «Todo tuyo». No habían comenzado el ejercicio cuando una doble palmada del maestro Fang hizo que todos se pusieran firmes. El maestro Zhou acababa de entrar en el salón, una aparición nada frecuente. El líder espiritual cruzó unas breves palabras en voz baja con el encargado de los entrenamientos y, tras hacer una reverencia, Fang se acercó a los estudiantes. —¡Zheng! —exclamó señalando a Yin—. El maestro Zhou te requiere. Bo, yo te ayudaré a estirar. ¡Los demás, empezad! —zanjó con una nueva palmada. La sangre abandonó las mejillas de Yin. ¿Por qué a ella? ¿Qué había hecho? El maestro Zhou en persona era quien supervisaba las sesiones de meditación… ¿Se habría percatado de su fracaso absoluto en esa disciplina? ¿Iban a expulsarla? Por un momento, pensó que debía alegrarse. Abandonaría por fin aquel lugar opresivo donde estaba obligada a convivir con Wei y Miao. Y tal vez por fin Chandra, su madre, se dignara a hacer acto de presencia, pensó mientras la inundaba un sentimiento confuso que se debatía entre la esperanza y el resquemor. Pero no tardó en reflexionar: marcharse ahora, sin haber obtenido el fajín dorado que acreditaba una formación completa, supondría haber perdido seis años miserablemente. Y ella no era de las que tiraban la toalla ni dejaban las cosas a medio hacer. La severa mirada del maestro Fang la obligó a ponerse en movimiento y caminar hacia la salida, donde el maestro 12


Zhou, sin formular palabra, le indicó con un pausado gesto que lo siguiera. Cruzaron el patio presidido por el árbol de los dos milenios, plantado allí el día en que se terminó de erigir el templo; recorrieron el largo pasillo formado por los altares dedicados a los maestros antepasados —que se remontaban hasta el propio Siddharta Gautama— y entraron en el despacho del líder. Nunca había estado allí, y se sintió sobrecogida por la pulcra sencillez de sus cuatro paredes desnudas, sin más decoración que un solitario e intrincado mandala multicolor que representaba la estructura completa del universo. Lo único que no pegaba ni con cola en la sala era el iMac plateado que presidía la mesa de trabajo. El maestro cerró la puerta tras Yin y la contempló unos segundos en silencio con aquella sonrisa serena que tan nerviosos ponía a muchos estudiantes, incluida ella. —¿Qué me quieres preguntar? Aunque el maestro Zhou era popular por su particular modo de conversar, la cuestión la pilló desprevenida. Por fortuna, siempre se animaba a los estudiantes a pensar antes de hablar, a romper el silencio únicamente si era para mejorarlo, si merecía la pena aquello que se iba a expresar. Las conversaciones en el templo, especialmente con los maestros, eran lentas y escuetas. Así pues, se tomó su tiempo para buscar las palabras correctas. ¿Qué quería preguntarle? Sin duda deseaba saber por qué había requerido su presencia. Pero eso habría demostrado inquietud por su parte, no un espíritu en calma. Por otro lado, también les enseñaban a confiar en su sabiduría presente, en su capacidad natural para discernir intuitivamente la realidad que los rodeaba en cada momento. 13


¿No sería acaso aquella pregunta lógica lo que esperaba oír Zhou? No. No podía ser tan fácil. Los afables ojos del maestro seguían posados en los suyos sin reflejar la menor impaciencia. Quizá debía interrogarlo acerca del mandala de la pared, formular una incisiva y reveladora pregunta sobre aquel dibujo circular que representaba las fuerzas que regulan el universo y que servía para la meditación. O tal vez esperase que le preguntara por su estado de salud, que se interesara por el prójimo antes que por sí misma. ¡No! ¡Claro! Ya lo tenía… La pregunta correcta solo podía ser una: —¿Qué le quiero preguntar? Los ojos del maestro se estrecharon, y las arrugas que los cercaban se hicieron más profundas y visibles. Sus labios se apretaron. Con fuerza. Los hombros le comenzaron a temblar, de manera incontrolable. Y entonces estalló en un sonoro torrente de carcajadas. Se reía tanto que a Yin se le contagió levemente su risa, aun sin saber qué tenía de graciosa la situación. —No intentaba ponerte a prueba con mi pregunta —dijo cuando por fin dominó su hilaridad—. Esperaba que quisieras saber por qué te había sacado del entrenamiento para hablar contigo. ¿No sientes curiosidad por ello? Ella asintió. El maestro Zhou se acercó hasta su escritorio y giró la pantalla del iMac para que Yin pudiera leer el titular de un artículo publicado en la web del diario France Soir: «Décès tragique d’une adolescente dans un lycée international». Yin lo miró sin comprender. —Has vivido en Canadá. —Hasta los once años. —Once años de inviernos gélidos y recuerdos ligeramente borrosos—. Nací en Montreal. 14


—Y hablas francés. —Es mi lengua materna, sí. —Paterna, en realidad. Su padre era canadiense. Su madre, tan nepalí como la mayoría de sus compañeros de estudios. —Esa es la razón de tu presencia aquí. Ah, vale, quería que le tradujera la noticia. ¿Para eso tanto preámbulo? Se acercó a la pantalla y comenzó a leer en voz alta: —«Trágica muerte de una adolescente en un instituto internacional. En la mañana de ayer, Susanne Clémont, estudiante interna de último curso de bachillerato en el liceo Montfort de Rambouillet, departamento de Yvelines, fue hallada muerta. Según fuentes cercanas a la Policía Judicial, las primeras indagaciones apuntan a causas naturales, ya que no se apreciaron en ella signos de violencia y la joven tenía un largo historial de…». —Epilepsia —la interrumpió el maestro Zhou señalando un documento desplegado sobre la mesa—. Padecía ataques epilépticos desde la infancia, aunque eran infrecuentes. Su muerte será atribuida a una crisis nocturna. Yin giró el cuello para echar un vistazo a los papeles. ¿El historial médico de la chica? ¿Cómo podía tenerlo el maestro Zhou? —¿Y no ha muerto por eso? —No. Me temo que no. —Se pasó una mano por su terso cráneo muy lentamente, meditabundo, antes de decidirse a proseguir—. Al final del artículo, como si se tratase de un dato irrelevante, el periodista menciona de pasada ocho pequeñas marcas de arañazos bajo su mandíbula, cuatro a cada lado, distribuidas desde la barbilla al cuello, supuestamente autoinfligidas por los espasmos. 15


El maestro la observó expectante, aguardando algún tipo de reacción, pero Yin seguía sin comprender. —¿Conoces la leyenda de los devas? —No. —¿Y la de la tercera senda? Yin asintió, disimulando la inquietud que comenzaba a apoderarse de ella. Estaba claro que el maestro Zhou era capaz de leer francés sin su ayuda, y le daba mala espina el rumbo que estaba tomando la conversación. —Ambas son ciertas —reveló el maestro con gran seriedad—. Los devas son seres de naturaleza no humana, criaturas de extraordinaria longevidad que se alimentan de algunos sentimientos humanos, propiciándolos en las personas para después absorberlos. La mayoría son inofensivos, incluso beneficiosos, pues se nutren de sentimientos como el amor, el respeto o la gratitud, y por tanto sus acciones se encaminan a cultivarlos favoreciendo las relaciones humanas. Sin embargo, tres de aquellos devas, curiosos y de espíritu inquieto, decidieron un día probar otro tipo de sentimientos: los celos, la ira y el miedo. Y los hallaron más sabrosos. Y adictivos. »Los tres devas se distribuyeron por los confines del mundo, y durante siglos han atormentado a los hombres, cultivando el mal allá por donde pasan, aprovechando que son capaces de adoptar un aspecto físico indistinguible del de los humanos para infiltrarse entre ellos y sembrar su ponzoña. —También existen personas así —intervino Yin sin pensar—. Cizañeros que enfrentan a unos contra otros por placer o por interés. —Pero hay una diferencia crucial: cuando sus víctimas están infestadas de sentimientos negativos, llenas hasta 16


arriba, los devas malignos les clavan las uñas bajo la mandíbula y, a través de ellas, sorben sin control esas emociones, matando al huésped en el proceso. Usan todos sus dedos excepto los pulgares. —Ocho marcas, cuatro a cada lado. —Pocos hombres conocen la existencia de estos devas. Entre ellos, nosotros, los monjes del templo de Kapilavastu. —El maestro Zhou rodeó la mesa y tomó asiento en su rústica silla de esparto—. La tercera senda está muy relacionada con ese tipo de criaturas malignas: desde hace siglos, nuestros estudiantes más capacitados tienen la opción de dedicar sus habilidades y su vida a ayudar a sus semejantes librándolos de los demonios que los acechan. —¿Matándolos? —se sorprendió Yin. —Si es necesario, sí. —Pero… —No daba crédito a lo que estaba oyendo—. Siempre nos han inculcado que no debemos dañar a ningún ser. ¿No es esa una de las claves de la recta acción, una ley inexcusable de la cuarta verdad? —Las verdades que os enseñamos son flexibles y subjetivas. «¡¿Y ahora me lo dice?!», estuvo a punto de soltarle, pero se contuvo. Tenía gracia que, después de tantos años repitiendo mantras y verdades lapidarias, el mismísimo líder espiritual del templo le revelara que quizá no había que tomarse tan al pie de la letra sus enseñanzas. —Aunque busquemos reglas universales que rijan en cualquier circunstancia, la verdad absoluta no existe: cada uno debe meditar acerca de las lecciones aquí aprendidas y actuar de acuerdo con sus propias conclusiones para decidir cuál será su senda y el modo en que la recorrerá. Ese momento ha llegado para ti. 17


—… —Aunque las reglas y la tradición del templo indican que solo a los estudiantes que hayan completado su formación se les puede abrir la tercera senda y comenzar a adiestrarlos en la caza de todo tipo de seres maléficos, yo te ofrezco ahora la oportunidad de seguirla. Entrarías directamente en acción. —Yin lo observó con el ceño fruncido. Las objeciones de la joven resultaron evidentes a ojos del viejo maestro—. Soy consciente de que no cuentas con la preparación adecuada —se explicó este—, pero las ocasiones de localizar a uno de los devas son demasiado infrecuentes como para desperdiciarlas. Las circunstancias mandan, y eres la única entre mis discípulos que sabe francés. La aclaración no bastó para alisar el entrecejo de Yin. —Entre los estudiantes sí —repuso ella—, pero supongo que entre esos cazademonios de los que me ha hablado habrá más de uno que sepa francés, y sin duda están mucho mejor preparados que yo para afrontar una misión como esta —objetó con la fuerza de la razón. —Por desgracia, todos los practicantes de la tercera senda que podrían ser aptos para esta tarea se encuentran inmersos en otras misiones importantes de las que no puedo retirarlos todavía. En cualquier caso, si bien es cierto que te hallas en desventaja con ellos respecto a la preparación que aún no has recibido, no debemos perder de vista que eres superior en otros aspectos. —El gesto interrogativo de su pupila lo animó a continuar—: Ellos no tienen la edad de la joven fallecida. Sin embargo, tú puedes infiltrarte en el liceo como una alumna más y descubrir la identidad del deva. Debe de tratarse de alguien del círculo cercano a la víctima, pues habrá empleado cierto tiempo en implantar y avivar en ella el sentimiento negativo que después vampirizó. 18


Aquello no podía estar pasando. Una decena de preguntas piafaban y se agitaban en la mente de Yin como caballos en sus cajones de salida antes de la carrera. La más lógica arrancó primero: —¿Cómo podré averiguar qué la atormentaba? —Ante la alegre sonrisa del maestro, se apresuró a añadir—: Y mi pregunta no significa que haya escogido la tercera senda. —Hablando con sus amigas, interrogando a compañeros… No creo que tardes mucho en descubrirlo. Cada uno de los devas se alimenta de un sentimiento concreto. Hace algo más de un año, un practicante de la tercera senda logró acabar en Venecia con el que se nutría de la ira, así que debe de tratarse de uno de los otros dos: celos o miedo. —Y si descubro su identidad, ¿deberé matarlo? —Por el bien de la humanidad. —¿Y si no soy técnicamente capaz? ¿Cómo se acaba con un deva? —Eso es algo que ignoramos. —¿Qué hay del monje que mató a la criatura aquella en Venecia? ¿No os contó cómo lo había logrado? —Por desgracia no. —El maestro se quedó pensativo un segundo, con la mirada clavada en el suelo—. Tras su combate con el deva, desapareció sin dejar rastro. «Genial». —Agradezco mucho la confianza depositada en mí, maestro, pero prefiero optar por la segunda senda: me gustaría regresar de inmediato al mundo exterior con el fajín dorado para dedicar mis conocimientos al bien de mis semejantes y buscar de ese modo la iluminación espiritual. —«Y escapar por fin de este lugar». —Oh, debes disculparme, Yin, porque creo que no te he explicado correctamente cuáles son las sendas que se 19


abren ante ti: no son las tres que tradicionalmente se ofrecen a quienes han completado su preparación superando las nueve pruebas. El fajín dorado no te corresponde aún. Puedes escoger entre adentrarte ahora en la tercera senda, y esta primera misión convalidará las cuatro pruebas que aún te faltan por superar, o regresar junto al resto de tus compañeros y proseguir tus estudios. Eres libre de escoger. Notó el gélido filo de un sable imaginario acariciando su cuello. El mensaje no podía ser más claro: o te juegas la vida en Francia buscando a un ser demoníaco capaz de sorberte el alma, o permaneces aquí estudiando durante un número indeterminado de años en compañía de Wei y Miao. No le costó más de tres segundos decidir. —Quand est-ce que je dois partir, maître?

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CAMUFLAJE

A

unque volaba en clase turista, a Yin le parecía flotar entre algodones: no recordaba la última vez que había disfrutado de un asiento acolchado. El trayecto en avión desde Katmandú a París, con escala en Catar, duraría veinte horas. Era una suerte estar acostumbrada a permanecer inmóvil durante largos periodos de tiempo, a solas con sus pensamientos. Además, necesitaba poner en orden sus ideas. Su vida había cambiado por completo demasiado rápido. El maestro Zhou había comprado su billete antes incluso de que ella aceptara la misión, y también le tenía preparada una autorización firmada para que pudiera viajar sola al extranjero. ¿Acaso estaba al corriente de las ganas que tenía de escapar de allí? Cuando salieron de su despacho, la había acompañado al dormitorio común para que recogiera sus escasas pertenencias: su pasaporte, la misma mochila infantil que cargaba cuando Chandra la llevó al templo, un segundo pantalón de algodón, tres camisetas viejas, un jersey negro lleno de bolas, algunas mudas y el forro polar. Casi todo heredado de otras alumnas que, antes que ella, 21


habían pasado por el templo; incluso cabía la posibilidad de que alguna de aquellas viejas prendas hubiera pertenecido a su propia madre. Después el maestro la había guiado a pie hasta el pueblo más cercano, donde uno de los pocos lugareños que disponían de automóvil aceptó llevarla hasta el aeropuerto de la capital. Ni siquiera había tenido ocasión de despedirse de sus compañeros. Mejor así. Aunque le gustase pensar en sí misma como una joven curtida y endurecida por años de ascética educación budista y renuncia material, en el fondo intuía que no habría sido capaz de controlar sus emociones al decirles adiós, sobre todo a su amiga Indira. Además, su misteriosa desaparición acrecentaría la leyenda de la tercera senda. O quizá no. Todos sabían que ella aún estaba lejos de completar su formación; lo más probable era que el maestro Zhou les contara que había decidido abandonar el templo, rendida ante su propia debilidad de espíritu y su incapacidad para superar las pruebas. Una punzada de rabia atravesó sus costillas cuando imaginó la satisfacción de Miao al escuchar aquella explicación en boca del líder. Para distraerse, extrajo de su mochila el vetusto libraco que le había entregado el maestro Zhou por toda formación: un grimorio encuadernado en piel de yak que, según le había dicho, describía las características de numerosos demonios originarios del Indostán. No tardó en descubrir que le costaba descifrar las borrosas letras del alfabeto devanagari escritas a mano, por no hablar de la ardua tarea que suponía traducir el sánscrito —que solo malconocía por las liturgias budistas— al nepalí actual. A veces las frases que obtenía resultaban tan alambicadas como crípticas. Exasperada, volvió a guardar el libro. 22


Las azafatas avanzaron por el pasillo empujando un carrito rectangular; una de ellas le ofreció agua, café, zumo o un refresco. Optó por el café. Nunca lo había probado, sentía curiosidad. Había tantas cosas que nunca había probado… Arrancada de la civilización cuando solo era una niña, regresaba ahora, a pocos meses de alcanzar la mayoría de edad. ¿Habría cambiado mucho el mundo durante su ausencia? En el templo, los estudiantes no recibían noticias del exterior. Solo podían contactar telefónicamente, una vez cada tres meses, con sus familiares. Si tenían familiares que se preocuparan por ellos, claro. Ese no era el caso de Yin. Cuando bajaban las nieves, mientras los demás disfrutaban de dos semanas de vacaciones al año fuera del templo, a ella no le quedaba más opción que permanecer allí, aburrida y melancólica. Se preguntó dónde estaría su madre. Si seguiría viva. Cuando la sacó de Canadá y se la llevó a aquel país lleno de montañas gigantescas para recluirla en el mismo lugar en el que ella se había formado, le prometió que, el día en que obtuviera el fajín dorado, estaría esperándola en la puerta del templo. Nada más. Nunca fue muy comunicativa, tal vez por haberse educado allí, precisamente. Durante los cuatro primeros años de separación, al menos recibía tres o cuatro llamadas al año. Sin embargo, el desinterés total que había mostrado por ella en los últimos cuatrocientos cincuenta días la hacía sentirse completamente huérfana. A su padre ni siquiera había llegado a conocerlo: un cáncer de páncreas se lo había llevado cuando Yin apenas tenía unos meses de vida. En su mochila guardaba una foto de él: estaba claro de quién había heredado los ojos que cada mañana la observaban desde el otro lado del espejo. 23


El café le agradó. Sabía amargo, pero mucho menos que el té negro de los monjes. Mientras lo paladeaba, se dedicó a observar distraídamente al resto de pasajeros. Entonces reparó en lo extravagante que su propio aspecto debía de resultar a ojos de los demás. Todavía llevaba puesta la ropa de entrenamiento y su largo pelo negro, recogido en una coleta, estaba ligeramente apelmazado por el sudor seco. Disimuladamente, elevó un brazo como para rascarse la nuca y se olisqueó la axila. Bah, nada dramático; «aunque una ducha me vendría de miedo». Lo anotó mentalmente entre sus prioridades. El maestro Zhou le había entregado una tarjeta de crédito junto a una orden rotunda: «Para el éxito de tu cometido deberás pasar desapercibida, y el liceo Montfort es un internado de alto nivel, dirigido a estudiantes de clase acomodada. Gasta todo lo que sea necesario para no delatar tu verdadera identidad, no te preocupes por el dinero. Contamos con generosos benefactores». Lo nunca visto: un maestro budista animando al consumismo. Se encogió de hombros. Si había que ir de compras por el bien de la humanidad, haría el sacrificio. El aeropuerto de París-Orly era un frenético ir y venir de gente apresurada. Como no había necesitado facturar equipaje, nada más aterrizar se dirigió a una de las zonas comerciales y fingió estudiar los artículos expuestos en el escaparate de una tienda de moda. En realidad, a quienes estudiaba era a los viajeros, cuyo fantasmagórico reflejo levitaba sobre la superficie pulida de aquel inmenso cristal. Necesitaba saber qué era lo que se llevaba, cómo vestían las chicas parisinas de su edad. A lo lejos, divisó a un numeroso grupo de estudiantes 24


de secundaria, miembros de un viaje escolar o algo así, que aguardaban desparramados en una zona de espera. Lo primero que llamó su atención fue que todos sostenían unos smartphones extremadamente planos y que se ignoraban los unos a los otros mientras interactuaban con aquellas enormes pantallas. Cuando vivía en Canadá, aunque ella no tenía uno, muchos de sus compañeros de clase ya disponían de móvil, pero nunca los había visto tan interesados en la vida virtual. Reparó también en el look de ellas: blusas con transparencias, vaqueros rasgados, shorts tan shorts que dejaban asomar la parte inferior del glúteo, plataformas, algunos taconazos, tantos pendientes en orejas como en cejas, labios y narices y, sobre todo, un festival de ombligos al aire. El microclima del aeropuerto era tibio, pero la primavera aún no había llegado y Yin se planteó si el mortecino sol que brillaba al otro lado de las cristaleras calentaría lo suficiente como para que ir así vestida resultara confortable. Una montaña de abrigos de colores chillones erigida sobre dos asientos podía ser la respuesta. Asimismo, se fijó en el maquillaje. Tres de las chicas, ataviadas solo con prendas negras y sentadas aparte de las demás, llevaban los ojos rodeados de una sombra tan oscura y amplia que parecían haber fracasado estrepitosamente en la prueba de los diez puños de hierro. Eso sí iba a resultar un problema: ella no se había maquillado en la vida. Ni siquiera había podido aprender algunas nociones básicas viendo a su madre hacerlo, pues Chandra siempre llevaba la cara lavada. Decidió iniciar su misión de camuflaje por la ropa. Al principio, las dependientas de la primera boutique que escogió la vigilaron con mal disimulada desconfianza 25


mientras paseaba entre los percheros. No podía culparlas: su aspecto no era el de una clienta solvente; más bien se correspondía con el de una de trinca-y-corre, con ropa deportiva y todo. La mochila de colorines que portaba a la espalda no contribuiría a tranquilizarlas. Se preguntó si sus rasgos orientales, aunque muy suavizados por el mestizaje, tendrían también algo que ver. En el templo había tenido que protegerse de las burlas racistas de Miao por su ascendencia canadiense, en especial por unos ojos verdes y excesivamente despiertos para ser asiática. Ahora que estaba en Europa, ¿tendría que hacer frente a los mismos reproches, pero por su procedencia oriental? Cuando compró los dos primeros pares de zapatos y la tarjeta de crédito se deslizó sin disparar ninguna alarma, la cosa cambió por completo. Animada por el éxito de la transacción y asesorada por las dependientas, se puso a mirar faldas y pantalones. Prefería los segundos, pues estaba más acostumbrada a ellos y le parecían más cómodos. Escogió en primer lugar dos pares de vaqueros —uno de ellos ajustado—, un short, varias camisetas y dos minifaldas. ¿Practicarían algún tipo de educación física en el liceo Montfort? No se le había ocurrido preguntarle al maestro Zhou cuáles serían sus asignaturas. Solo sabía que estaba a punto de iniciarse el segundo cuatrimestre y que la había matriculado en las mismas clases de la difunta —y no había sido nada fácil hacerse con la plaza, le explicó el líder, ya que los internados elitistas como aquel solían tener una lista de espera importante—. En aquella tienda no había ropa de deporte, así que decidió confiar en que no la necesitara. Y en caso contrario, siempre podría recurrir a la que ahora llevaba puesta, aunque no pegara con el personaje que estaba creando para llevar a cabo su misión sin despertar sospechas. 26


Más camisetas, blusas, vestidos, zapatos y cinturones se fueron acumulando sobre el mostrador para regocijo de las vendedoras, tan felices que incluso decidieron hacerle un descuento del cinco por ciento. ¿Lo tenía todo? «¡Bolsos!». Eligió dos. Uno grande que pudiera servirle para llevar los libros a diario y otro más pequeño, para fiestas. Fiestas. La última en la que había estado incluyó una tarta de fresa y once velas. ¿Sabría desenvolverse socialmente? La experiencia del internado no era nueva para ella, pero sus futuros compañeros serían gente de mundo, abiertos, cosmopolitas… Nada que ver con los silenciosos y reflexivos estudiantes del templo. —¿Necesitas también gafas de sol? La pregunta de la sonriente dependienta la sacó de sus pensamientos. —¿Por qué no? —Ya puestos, mejor no arriesgarse a presentarse allí sin unas para luego descubrir que todos las usaban. Salió de la boutique vestida con una combinación de sus adquisiciones más llamativas: unos botines, con tacón de aguja y cordones, en un precioso color champán; medias negras tupidas —ella habría elegido ponerse unas de rejilla que también había comprado, pero, aunque el vello de sus piernas siempre le había resultado de lo más natural, al final aceptó, a regañadientes, el insistente consejo de las dependientas de depilarse antes de usarlas—; una minifalda vaquera con largos deshilachones que le colgaban por los muslos; una blusa blanca con escote palabra de honor y un gato sonriente dibujado en lentejuelas que cambiaban de color al pasar sobre ellas la palma de la mano; una chaqueta de cuero negra —«una perfecto», le dijeron que se llamaba aquel modelo—; y, encima de todo, una capa de tul color 27


arena. Las dependientas le habían asegurado que cada una de aquellas prendas era el último grito en la ciudad, así que lucirlas todas juntas debía de dar como resultado un look apropiado para hacerse pasar por una joven adinerada y cool… «Si es que todavía se usa esa expresión». Desde luego, frío no iba a pasar. Lo que no podía evitar era sentir una desagradable opresión en la boca del estómago. Los principios que tan profundamente le habían inculcado comenzaban a rebelarse contra aquel atracón de materialismo y banalidad. La habían adiestrado para que, ante la pregunta «¿Necesitas…?», su respuesta siempre fuera «En realidad, no». Mientras entraba en la tienda de equipajes, tuvo que repetirse una y otra vez que todo aquello no era necesario para ella, sino para la misión. Adquirió una voluminosa maleta rígida con ruedas, similar a las que empleaban tantos pasajeros, y guardó dentro sus nuevas y viejas pertenencias antes de proseguir su ruta por la tienda de lencería y la peluquería. En esta última la atendió una chica, Nicole, no mucho mayor que ella. Horrorizada ante el estado de su cabello, pero fascinada por su vestuario —«el conjunto más loco» que había visto nunca—, prometió hacerle un peinado a la altura. Hora y media después, Yin, con sus cabellos teñidos de color chocolate —la estilista le había asegurado que aquellos matices rojizos eran «un must entre las chicas super wow de París»—, la mitad izquierda de su melena formando una cascada de rizos y la mitad derecha recogida hacia la coronilla en dos grandes trenzas, marchó rumbo a la tienda de cosmética, donde se hizo con un lote completo de lo que le quisieron endilgar, y regresó con todo ello a la peluquería. Nicole, entusiasmada con su atrevida clienta, había prometido ayudarla también con el maquillaje, la 28


manicura y la depilación —la eliminación del vello le pareció un martirio innecesario—. De camino, en un pequeño puesto circular, se compró uno de aquellos smartphones tan finitos y costosos. Cuando por fin hubo completado su camuflaje, contempló en un espejo el reflejo de su rostro —con más pintura que el de un actor kabuki— y se preguntó cómo reaccionarían sus compañeros del templo si se presentase ante ellos de aquella guisa. El pobre Bo seguro que la confundiría con un demonio y sufriría un infarto. A Indira le encantaría, aunque solo fuera por darle ánimos. ¿A Miao le rechinarían los dientes o se burlaría de su aspecto? Ambas cosas, probablemente. ¿Y Wei? ¿Cómo reaccionaría él? «¿Y a quién le importa?». Le dio las gracias a Nicole, le dejó una buena propina electrónica y se marchó en busca de la estación de tren, no sin antes entrar en una joyería para adquirir pendientes, pulseras, anillos y colgantes varios. Percibió muchas miradas posándose en ella al pasar, masculinas y femeninas por igual. La hacían sentir casi tan incómoda como los tacones —a los que había logrado dominar con relativa facilidad gracias a su trabajado sentido del equilibrio—, pero se animó diciéndose que eran una buena señal, la prueba de que había logrado el disfraz adecuado. En su aspecto no quedaba ni rastro de sí misma. Rambouillet, a cuarenta y cinco kilómetros de París, resultó ser una pequeña isla urbana rodeada de bosques infinitos de majestuosos robles y pinos. Mientras el tren se aproximaba a su destino traqueteando sobre una vía elevada entre las copas de los árboles, Yin, con la cabeza reclinada contra la ventanilla, disfrutó del relajante espectáculo que le ofrecía 29


aquel paisaje al atardecer, con el sol naranja derramando hipnóticos destellos de oro sobre el ondulante manto verdoso que se extendía como un océano hasta el horizonte. Hacía tanto tiempo que no veía un bosque verde ni el oleaje del mar, que se sintió extrañamente conmovida. Intuía que le iba a gustar aquel lugar. Apenas había puesto un pie fuera de la estación cuando llamó su atención la presencia de un hombre trajeado, de unos sesenta años, que aguardaba junto a un reluciente BMW negro y la miraba con curiosidad. Sostenía un folio blanco ante su pecho. Una sola palabra, impresa con enormes caracteres en negrita, ocupaba toda la hoja: «Zen». —¿La señorita Zen? —le preguntó sin abandonar su posición. —Me apellido Zheng, sí —admitió intrigada—; le falta la hache y… —comenzó a explicar señalando el folio, pero, antes de que pudiera completar la frase, el hombre ya se había hecho con su equipaje y se disponía a introducirlo en el maletero del vehículo. —El señor Zhou nos avisó de su llegada. Su tren ha llegado maravillosamente puntual —explicó mientras guardaba la maleta con experimentada rapidez. Su francés era impecable, pero tenía acento británico—. Me llamo Clayton, y soy el chófer del liceo Montfort. Yin estrechó la firme mano tendida ante ella y subió al asiento trasero a través de la puerta que cortésmente le abría. Mientras él ocupaba el puesto de conductor, ella se acercó la mano a la nariz. Olía muy bien, a colonia de flores silvestres o algo así. Observó a Clayton más detenidamente a través del retrovisor. Pelo canoso con la raya cuidadosamente marcada a un lado, barba fina y arreglada, nudo de corbata impecable, alfiler y gemelos dorados… Si aquel 30


caballero era solo el chófer, los profesores debían de pertenecer a casas reales europeas. El coche vibró suavemente con el arranque del motor. Contempló embelesada las pacíficas calles adoquinadas, las plazas de postal, las casitas bajas con techos de pizarra azul a dos aguas en alegre contraste con sus fachadas blancas, las cercas de madera rodeando los bucólicos jardincitos y los elegantes rótulos artesanales que coronaban los escaparates de las tiendas. Los transeúntes paseaban sin prisa por todo el ancho de las calzadas, cruzando aquí y allá, totalmente despreocupados del escaso tráfico. Rambouillet parecía una villa del siglo xvii congelada en el tiempo, un escenario de cuento con figurantes de ropaje actual. La mirada de Clayton buscó la suya en el espejo. —Abróchese el cinturón, por favor. «El cinturón de seguridad, claro. Qué tonta». Lo encontró junto a su hombro y se lo puso con torpeza por su falta de práctica. —Discúlpeme, con tanto viaje ando algo despistada. —Oh, no tiene la menor importancia. ¿Su primera vez en Francia? —Sí. —Permítame pues felicitarla por su nivel de francés. —Mérito cero: me crie en Quebec. —¡Pero por supuesto! —exclamó asintiendo—. Por eso me sonaba tan antiguo su acento. —Sí, suele decirse que en Canadá pronunciamos como en la corte de Luis XIV. —«Y si a eso le sumamos seis años hablando solo nepalí, el resultado puede ser terrible». Aunque ese detalle no tenía pensado revelarlo. El maestro Zhou le había aconsejado que se abstuviera de contar ni un solo detalle acerca de su estancia en Nepal: si una información 31


como aquella llegaba a oídos del deva y la criatura demoniaca empezaba a sospechar de la vinculación de Yin con el templo de Kapilavastu, la joven perdería toda su ventaja… y quién sabe si incluso la vida. De repente, se le ocurrió que no era demasiado pronto para comenzar su investigación—. Una pena lo de la chica fallecida… —Una trágica pérdida, desde luego. Ayer vinieron sus padres para retirar sus pertenencias. Estaban destrozados. —Clayton giró en el siguiente cruce para dirigirse hacia las afueras—. Me temo que usted ocupará su cama. Espero que no sea aprensiva. —Descuide. ¿Cómo se llamaba? —Clémont. Susanne Clémont. Si la tranquiliza, le diré que, aunque sucedió por la noche, no falleció en su lecho. La encontraron junto a los establos de los caballos. ¿Caballos? ¿Pero qué clase de instituto era aquel? «Uno sin problemas presupuestarios», pensó la joven. Por un instante, y sin pedir permiso, la idea de que no se había comprado ninguna prenda apropiada para montar cruzó por su mente, y la banalidad de semejante pensamiento la fustigó con el látigo de la vergüenza. —¿Se sabe ya cuál fue la causa de su muerte? —Epilepsia —respondió sacudiendo la cabeza con pesar—. Una crisis durante la noche. Si hubiese sufrido el ataque en un lugar menos solitario, tal vez alguien podría haberla ayudado… —¿Y qué hacía en el establo por la noche? —No le gustó la expresión de la mirada de Clayton en el retrovisor; quizá se había pasado de curiosa. Yin pegó un volantazo al devenir de sus pensamientos para desviar el tema de conversación hacia otros derroteros menos áridos—. Su compañera será ahora la mía, ¿verdad? 32


El chófer asintió. —Chloe. Al parecer, se encuentra terriblemente decaída por la muerte de Susanne. «Debían de estar muy unidas». Ya sabía por quién empezar a indagar. El coche se alejó del pueblo con suavidad y se internó en un frondoso robledal. Tras recorrer una larga serie de curvas ciegas, franquearon una feroz verja capaz de bloquear ambos carriles y un amplio claro de hierba rasurada con pulcritud emergió ante sus ojos. Lo presidía un edificio alargado de tres plantas con aspecto de mansión señorial decimonónica; frente a él se extendían unos jardines versallescos. Desperdigadas a sus flancos, Yin divisó un puñado de construcciones más pequeñas y modernas. En un extremo del prado había una zona asfaltada salpicada de lujosos coches aparcados. La carretera moría allí. —¿Me permite hacerle una última pregunta, Clayton? —Pero por supuesto, señorita Zen. —¿Cree que mi vestuario es… adecuado? —¿Adecuado? —Me refiero a si… se ajusta a la forma de vestir de las demás alumnas. La pausa que el chófer se tomó para responder fue significativa. —Creo que causará sensación. —Genial —suspiró resignada.

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