El nacimiento
Sol Luna
del y la
A
rriba, muy arriba, allá en los Andes, hay un lago inmenso llamado Titicaca. El Titicaca es tan grande que, más que un lago, parece un océano. Sus aguas, de un azul intenso, son como un inmenso espejo en el que el cielo se mira a todas horas. Cuando el día amanece tranquilo y apenas corre viento, el lago parece una inmensa llanura, un mundo vacío, un silencioso desierto. Pero no es más que un espejismo, porque en las aguas del Titicaca bulle la vida. Por los matorrales de las orillas, crían las garzas de cuello orgulloso, y entre los juncos florecidos cantan las ranas su canción de amor.
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El lago Titicaca existe desde siempre. Pues, cuando aún no había nada en el mundo, ya existía el lago. El Titicaca estaba abajo y el cielo arriba. Al principio, el lago estaba a oscuras, porque la luz aún no existía. Pero, de pronto, las aguas empezaron a revolverse, como animadas por una mano invisible, y un inmenso remolino se formó en el centro del lago. Las aguas giraron y giraron, absorbidas por una fuerza brutal, y entonces, desde lo más profundo de aquel remolino, surgió un dios. Era alto y corpulento, hermoso y de tranquilo mirar. Se llamaba Viracocha, y fue el creador de todo lo que vemos: del pájaro y el fuego, del mar y la montaña, del metal y la hormiga, del tronco y la raíz. Viracocha echó a andar sobre las aguas con la misma serenidad majestuosa con que camina el puma por la selva, y fue dibujando con sus pasos una estela de espuma. Lo primero que creó fue la luz. Porque Viracocha tenía pensado poblar el mundo con hombres y mujeres, y los seres humanos no podían vivir a oscuras.
—El mundo necesita luz —dijo. Entonces, metió sus manos en las aguas del Titicaca y sacó dos enormes bolas de luz: a una la llamó Sol y a la otra Luna, y a las dos las plantó en el cielo, arriba, muy arriba. Luego, las miró satisfecho, feliz de haberle dado luz al mundo. Al principio, la luna brillaba más que el Sol. Su luz era tan intensa que la noche dejó de existir. Y ocurrió que al Sol le daba envidia que la luna brillase tanto. Porque el Sol quería ser el rey del cielo, alumbrar más que nadie, no tener rivales, sentirse amo y señor de la luz del mundo. De modo que cada vez que miraba a la luna, se moría de celos. Hasta que llegó un día en que ya no pudo soportar más la rabia que sentía. Entonces, encendido de cólera, soberbio como un tirano, agarró un puñado de ceniza y se lo echó en la cara a la Luna. —¡Así ya nadie brillará más que yo! —dijo. Desde entonces, y por culpa de aquella ceniza, la Luna está cubierta de manchas grises. Así que, por más que se empeñe en brillar, nunca conseguirá dar tanta luz como el sol, ni derrotar a la noche que tanto nos asusta.
Los
primeros
hombres
L
os primeros hombres no vivían en la Tierra, sino allí arriba, en el Cielo, donde ahora están las estrellas. Por el Cielo discurrían ríos llenos de peces, y en el Cielo crecían la yuca y la castaña de monte, la banana y la piña silvestre, cuya sabrosa pulpa deleita el paladar de los hombres. En el Cielo había pájaros que cazar, y cerdos salvajes que servían de alimento a quien quisiera llenarse el estómago de carne. En el Cielo, en fin, encontraban los hombres todo lo que pudieran necesitar.
Así que su vida pasaba plácida y feliz, sin problema alguno. Nadie sospechaba entonces que debajo del Cielo existía otro mundo: este otro mundo en el que hoy vivimos, y al que llamamos Tierra. Un día, por la selva del Cielo, caminaba un armadillo. Andaba distraído, comiéndose tranquilamente todas las hormigas que encontraba en la hojarasca. Un cazador lo vio. Era una presa fácil, y seguro que su carne sabría deliciosa. Así que lo apuntó con su arco. Pero, justo cuando la flecha iba a salir disparada, el armadillo alzó la cabeza y se dio cuenta del peligro y, sin perder un segundo, echó a correr. El cazador se fue detrás y, cuando ya estaba a punto de darle alcance, el armadillo cavó un hoyo en el suelo a toda prisa y se perdió bajo la tierra. El cazador soltó el arco, se acuclilló y metió sus manos en el hoyo. Pensó que le sería muy fácil agarrar al armadillo, pero el hoyo era tan hondo que no lo encontró. El cazador volvió a casa decepcionado. Durante toda la noche, no pegó ojo, pensando en el armadillo. Así que, al día siguiente, en cuanto amaneció, volvió al hoyo. Tenía que encontrar al armadillo. Pero, por más que cavó y cavó en el hoyo, no alcanzó ni siquiera a rozarlo con la punta de los dedos. El cazador se pasó una semana cavando. Hasta que, al fin, al octavo día, notó que sus dedos tocaban al armadillo. —¡Esta vez no escaparás! —exclamó el cazador, al tiempo que estiraba la mano.
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